Cuando decir “somos un problema” deja de ser metáfora: conflicto, aprendizaje y lo que incomoda en la toma de espacios

Una escena que se repite

Hay escenas que, aunque cambien de lugar y de momento, se sienten conocidas. Personas organizándose. Un espacio público tomado. Voces que empiezan a circular y a incomodar. Y, casi como una respuesta que no necesita anunciarse, el entorno se transforma: se vuelve más difícil, más tenso, más costoso de sostener.

Podría leerse como algo puntual. Un hecho aislado. Un problema logístico, incluso. Pero cuando estas situaciones se observan en perspectiva, lo que aparece no es la excepción, sino la repetición. Una forma de gestionar el conflicto que no pasa necesariamente por el intercambio de ideas, sino por la modificación de las condiciones en que esas ideas existen.

Del argumento al aguante

En ese desplazamiento, lo que está en juego cambia. La discusión deja de centrarse en el contenido y se mueve hacia la posibilidad misma de sostenerlo. Ya no se trata solo de qué se dice, sino de cuánto se resiste. De cuánto se aguanta cuando el entorno se vuelve adverso.

Es en ese punto donde la noción de “problema” empieza a adquirir otra densidad.

Como insiste la canción Problema cabrón:

“Soy un problema…
un problema sin resolver”

No hay matiz, no hay corrección. Hay una afirmación que incomoda porque no busca encajar.

El problema como presencia

Leída desde experiencias colectivas, esa voz deja de ser individual. Se vuelve una forma de nombrar aquello que no encaja, que no se ordena fácilmente dentro de lo previsto. Algo que incomoda no solo por lo que dice, sino por el hecho mismo de existir en ese lugar.

Más aún cuando se trata de personas que deciden organizarse y tomar espacios públicos, alterando el uso esperado, los tiempos institucionales, las formas autorizadas de participación. Ahí la incomodidad no es solo discursiva: es material, visible, imposible de ignorar.

Resuena entonces otro verso:

“Un problema para los demás…”

No porque no tenga sentido, sino porque descoloca.

La imagen que irrumpe

En ese sentido, hay una imagen particularmente sugerente en la canción:

“La piedra que rompe la protección
de la policía en la manifestación”

No como una invitación, ni como un gesto a replicar, sino como una metáfora potente. La piedra no aparece de la nada. Es expresión de una tensión acumulada. Es el momento en que algo irrumpe y quiebra una superficie que parecía estable.

Pensada desde estos procesos, esa imagen permite leer el conflicto más allá del episodio puntual. Lo que se rompe no es solo una barrera física, sino la ilusión de normalidad. Se hace visible que hay algo que no está funcionando como se esperaba.

Aprender desde la irrupción

Y ahí aparece otra capa de lectura, menos evidente pero fundamental.

Cuando personas se organizan, toman espacios públicos y sostienen procesos colectivos, también están produciendo conocimiento. Están ensayando otras formas de aprender, de relacionarse, de decidir. Son prácticas que, muchas veces sin nombrarse así, operan como ejercicios de descolonización de la educación.

Porque desplazan el centro de lo que se considera válido. El aprendizaje deja de estar únicamente en lo formal, en lo autorizado, en lo previamente estructurado. Se construye en la experiencia, en la acción, en el conflicto, en lo común.

Como sugiere la canción en otro momento:

“Con palabra’ ganamo’ mil guerra’…”

El conocimiento también se disputa. También se construye en movimiento.

Instituciones descolocadas

Esto no es menor. Y tampoco es neutral.

Estas formas emergentes tensionan estructuras institucionales que suelen estar organizadas bajo otras lógicas: más jerárquicas, más previsibles, más controladas. La toma de espacios públicos, la autoorganización, la producción colectiva de sentido, desbordan los marcos establecidos y obligan a reaccionar.

No es que las instituciones no puedan transformarse, pero hacerlo implica revisar sus propias bases. Y ahí es donde muchas veces se produce el quiebre: en lugar de abrirse, se endurecen.

La incomodidad no es solo por lo que se dice, sino por lo que se altera.

Desgastar en lugar de resolver

En ese cruce, lo que aparece no es solo una situación incómoda. Es una disputa por el sentido de lo educativo. Por quién define qué se aprende, cómo se aprende y en qué condiciones.

Tal vez por eso, en muchos casos, la respuesta no es abrir el diálogo, sino endurecer el entorno. Hacer más difícil la permanencia. Desplazar el conflicto hacia el desgaste.

Como si el problema no pudiera resolverse, pero sí cansarse.

Lo que no desaparece

Sin embargo, si algo muestran estas escenas —que no son nuevas, que se repiten— es que aquello que se nombra como “problema” no desaparece fácilmente. Se transforma. Se adapta. Vuelve.

Y en ese volver, también deja aprendizajes.

No siempre visibles de inmediato. No siempre reconocidos. Pero presentes.

Porque, al final, asumir la incomodidad de ser “un problema” puede ser también una forma de posición. Una manera de habitar el conflicto sin reducirlo, sin negarlo, sin apresurarse a resolverlo bajo las reglas de siempre.

Y quizás ahí, justamente ahí, es donde empieza a abrirse la posibilidad de algo distinto.

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