En una entrevista realizada en 1997, el Indio Solari dejó una frase que, vista desde el presente, parece haber envejecido mejor que muchas teorías sobre participación juvenil:
«No estamos para bajarle línea a los chicos, sino para escucharlos, porque en sus nervios hay mucha más información del futuro que la que tipos de nuestra edad puedan tener».
La frase suele circular como una muestra de simpatía hacia las juventudes. Sin embargo, contiene algo más profundo. Es una crítica a una forma particular de entender la autoridad, el conocimiento y la política: el adultocentrismo.
El problema no es la edad
El adultocentrismo no consiste simplemente en que las personas adultas ocupen espacios de responsabilidad. El problema aparece cuando la edad se convierte en una fuente automática de legitimidad para hablar y decidir, mientras las personas jóvenes son consideradas inexpertas, inmaduras o incapaces de comprender plenamente los asuntos públicos.
Desde esta lógica, las juventudes son vistas como sujetos en preparación. Todavía no saben. Todavía no entienden. Todavía no están listas. Por eso se les escucha poco y se les explica mucho.
La frase del Indio invierte esa relación. No plantea que las personas jóvenes tengan siempre la razón. Tampoco idealiza la juventud. Lo que propone es algo más incómodo: reconocer que existen conocimientos que los adultos no poseen y que las nuevas generaciones pueden percibir procesos históricos, culturales y políticos que quienes ocupan posiciones de autoridad todavía no alcanzan a comprender.
Los nervios como categoría política
Quizás la palabra más interesante de la frase sea «nervios».
El Indio no habla de programas políticos, diagnósticos técnicos o planes estratégicos. Habla de nervios. Habla de inquietudes, malestares, preguntas, incertidumbres y deseos.
Es decir, de aquello que suele ser desestimado por las instituciones precisamente porque todavía no ha sido convertido en discurso oficial. Sin embargo, muchas transformaciones históricas comenzaron de esa manera.
Antes de convertirse en leyes, investigaciones o políticas públicas, fueron incomodidades. Fueron preguntas. Fueron personas jóvenes señalando problemas que buena parte de la sociedad prefería ignorar.
Las luchas por los derechos civiles, los movimientos estudiantiles, los feminismos, las reivindicaciones ambientales o las demandas por diversidad sexual suelen haber sido protagonizadas por generaciones que fueron acusadas de exagerar, de ser inmaduras o de no comprender la realidad.
Con frecuencia, el tiempo terminó dándoles la razón.
Escuchar no es tolerar
Existe una diferencia importante entre tolerar a las juventudes y escucharlas. La tolerancia puede ser una práctica vertical. El adulto conserva el poder y permite que otros se expresen.
Escuchar implica algo distinto.
-Implica aceptar la posibilidad de aprender.
-Implica reconocer que el conocimiento no circula únicamente desde arriba hacia abajo.
-Implica admitir que las instituciones pueden equivocarse y que quienes parecen tener menos experiencia pueden estar identificando problemas que otros no ven.
Por eso escuchar resulta tan difícil. No exige únicamente paciencia. Exige humildad.
Universidades y democracia
Esta discusión resulta especialmente relevante para las universidades. Con frecuencia las instituciones de educación superior afirman promover el pensamiento crítico, la participación y el debate. Sin embargo, cuando las voces estudiantiles cuestionan decisiones institucionales, muchas veces la conversación se desplaza rápidamente hacia los procedimientos, las formalidades o las competencias.
Los reglamentos son necesarios. Las estructuras organizativas también.
Pero ninguna institución puede reducir los conflictos políticos a problemas administrativos sin correr el riesgo de perder de vista aquello que les dio origen.
Escuchar a las juventudes no significa aceptar automáticamente todas sus demandas. Significa tomarlas suficientemente en serio como para discutirlas.
Una lección vigente
Quizás esa sea una de las razones por las que la frase del Indio sigue circulando casi treinta años después.
No porque ofrezca una respuesta definitiva. Sino porque nos recuerda algo que las instituciones, las organizaciones y las personas adultas olvidan con frecuencia: el futuro no suele anunciarse desde los espacios más poderosos.
A veces aparece primero en la incomodidad. En la pregunta que nadie quería escuchar. En la protesta que parecía exagerada.
O, como diría el propio Indio, en los nervios de quienes todavía están intentando nombrar el mundo que viene.
Escucharlos no es un acto de cortesía. Es una forma de comprender el tiempo que habitamos.
Para cerrar, la frase del Indio Solari no solo invita a pensar la relación entre generaciones, sino también a detenerse en aquello que no siempre logra convertirse en discurso: los malestares, las intuiciones y las formas de percepción que emergen antes de ser nombradas. En ese sentido, la crítica al adultocentrismo no se agota en el plano de las ideas, sino que también se juega en la sensibilidad con la que aprendemos a escuchar lo que todavía no tiene forma estable.
Quizás por eso, más que explicarse completamente, esta reflexión puede ser acompañada. Una manera de hacerlo es volver a una de las canciones del propio Indio Solari, donde estas tensiones aparecen en otro registro, no conceptual sino musical. Se trata de “Juguetes perdidos”, una pieza que no ofrece respuestas cerradas, pero sí abre un territorio de imágenes, sensaciones y desbordes que dialogan con la idea de lo juvenil como potencia de percepción y no solo como etapa de espera.
Escucharla después de este texto no es un cierre ilustrativo, sino una invitación a desplazar la reflexión hacia otro lenguaje: el sonido como otra forma de pensar lo social, lo generacional y lo político.