La falacia de la pluralidad: cuando dos voces no ocupan el mismo lugar

Estamos ante un genocidio en Gaza y ante una relación profundamente desigual frente al aparato político y militar israelí. En estas condiciones, poner dos posiciones en un mismo espacio no elimina las desigualdades entre ellas. La pluralidad puede abrir un lugar para distintas voces, pero no debería convertirse en una forma de dejar de reconocer las condiciones desde las que esas voces hablan ni la responsabilidad que implica presentarlas en relación.

Recibimos un comunicado en el que se plantea que es posible sostener determinados principios y, al mismo tiempo, garantizar la presencia de posiciones diferentes en un espacio de discusión. La formulación parece razonable: una institución puede defender sus principios y, a la vez, abrir espacios para el desacuerdo y la diversidad de perspectivas.

Sin embargo, precisamente ahí aparece una pregunta que merece ser discutida: ¿es suficiente con mantener formalmente los principios y ofrecer un espacio a posiciones diferentes para considerar cumplida la responsabilidad institucional?

El problema no está en que existan posiciones distintas ni en que estas puedan expresarse. Tampoco en la necesidad de construir espacios donde el desacuerdo pueda ser escuchado. El problema aparece cuando una concepción ingenua de la pluralidad permite separar la participación de las condiciones en las que esta ocurre y, con ello, eximirnos de la responsabilidad de reconocer las desigualdades que atraviesan esas posiciones y que pueden terminar siendo legitimadas por el propio espacio.

Dicho de otra manera: podemos sostener nuestros principios, abrir el micrófono y escuchar distintas voces. Pero eso no significa que hayamos agotado nuestra responsabilidad.

La pluralidad no ocurre en el vacío

Ninguna voz llega al espacio público desde un lugar completamente neutral. Las personas, organizaciones e instituciones participan desde posiciones sociales, históricas y políticas diferentes. Algunas cuentan con mayores recursos, reconocimiento, redes, capacidad de incidencia o acceso institucional. Otras deben construir desde cero las condiciones para ser escuchadas.

Por eso, el número de voces presentes no nos dice necesariamente cómo está distribuido el poder entre ellas. Dos personas pueden compartir el mismo escenario y disponer del mismo tiempo de exposición, pero tener capacidades muy distintas para hacer circular sus argumentos antes y después de ese momento. Una puede contar con una estructura institucional que amplifique su voz, mientras otra depende de redes comunitarias, esfuerzos colectivos o espacios ocasionales para alcanzar una audiencia similar.

El micrófono puede ser el mismo. Las condiciones para llegar hasta él no necesariamente lo son.

Reconocer esta diferencia no significa impedir la participación de determinadas posiciones. Significa asumir que el hecho de darles espacio no elimina las relaciones sociales, históricas y políticas que existen alrededor de ellas.

Y aquí aparece una pregunta fundamental: ¿qué responsabilidad conserva una institución frente a las desigualdades que atraviesan las posiciones que decide poner en diálogo? La respuesta no puede agotarse en decir que todas tuvieron la posibilidad de hablar.

La igualdad del formato no elimina la desigualdad

Una forma habitual de imaginar la pluralidad consiste en distribuir el espacio de manera proporcional: una posición habla, luego otra; una perspectiva expone, luego aparece su contraparte. El procedimiento puede parecer justo porque el formato permite que diferentes posiciones tengan presencia.

Pero la igualdad del formato no elimina las desigualdades que existen fuera de él.

Podemos distribuir el tiempo por partes iguales y seguir teniendo una relación desigual de poder. Podemos colocar dos voces frente a frente y dejar intactas las condiciones que hacen que una tenga mayor capacidad para instalar temas, conseguir reconocimiento, acceder a instituciones o mantener una presencia pública.

La igualdad formal puede ser importante, pero no es suficiente para comprender la desigualdad real. El problema, entonces, no es que el formato sea plural. El problema aparece cuando el formato plural se utiliza como evidencia de que la responsabilidad ya fue cumplida, sin examinar qué ocurre con las desigualdades que ese formato no modifica.

La falacia de «dos lados»

Llamemos, provisionalmente, falacia de la pluralidad a esta operación: asumir que cuando conseguimos reunir dos posiciones diferentes hemos producido automáticamente las condiciones suficientes para un debate plural.

El problema no está en que existan dos posiciones ni en que ambas puedan ser escuchadas. El problema aparece cuando el número de voces se convierte en una medida suficiente de pluralidad y se deja de mirar aquello que precede y rodea al encuentro.

La pluralidad no se puede contar únicamente. También requiere observar desde dónde se habla, con qué recursos, con qué reconocimiento y con qué capacidad de incidencia. Una voz puede disponer de canales institucionales permanentes, recursos profesionales y posibilidades de interlocución que otra no posee. Otra puede construir su presencia a partir de redes sociales, organizaciones comunitarias, movimientos colectivos o esfuerzos voluntarios.

Cuando estas diferencias desaparecen detrás de la fórmula “dos lados”, la pluralidad puede terminar ocultando aquello que pretendía mostrar.

Pero existe aquí un segundo problema. Si aceptamos que basta con garantizar la presencia de dos posiciones diferentes, podemos terminar trasladando toda la responsabilidad al acto de participación: “ambas voces fueron escuchadas”. A partir de ahí, las desigualdades que existen entre ellas parecen convertirse en un asunto externo al espacio.

Y no necesariamente lo son.

La mesa no borra la estructura que existe alrededor de ella

Pensemos en cualquier discusión pública. Una institución gubernamental y una organización comunitaria pueden ser invitadas al mismo foro. Una empresa y un colectivo vecinal pueden recibir el mismo tiempo de exposición. Dos organizaciones sociales pueden sentarse frente a frente.

Formalmente, existe pluralidad.

Pero las condiciones de partida pueden ser muy diferentes. Una organización puede disponer de equipos profesionales, recursos económicos, asesorías jurídicas, canales institucionales y presencia permanente en los medios. La otra puede sostener su trabajo mediante voluntariado, redes comunitarias y esfuerzos colectivos.

No hay contradicción en que ambas tengan derecho a participar. Lo que merece ser discutido es la idea de que colocarlas en la misma mesa elimina esas diferencias.

La mesa no borra la estructura que existe alrededor de ella.

Y tampoco debería permitirnos olvidar que toda decisión de organizar un espacio produce determinados efectos de reconocimiento. Al seleccionar qué posiciones entran en conversación y bajo qué condiciones, no solamente estamos facilitando que hablen: también estamos contribuyendo a definir cuáles posiciones aparecen como interlocutoras legítimas dentro de ese espacio.

Por eso, la responsabilidad no consiste únicamente en garantizar diversidad de voces. También implica preguntarse qué desigualdades estamos haciendo visibles, cuáles estamos dejando fuera y cuáles podríamos estar normalizando al presentar determinadas posiciones como equivalentes.

“Pluralidad sin renuncia a los principios”

En este punto cobra especial importancia la formulación “pluralidad sin renuncia a los principios”.

El problema no está en defender que una institución pueda mantener sus principios mientras abre espacios a distintas posiciones. Eso es perfectamente posible.

La cuestión es otra: mantener los principios no necesariamente nos exime de asumir la responsabilidad sobre las desigualdades que pueden ser reproducidas o legitimadas mediante una determinada práctica de pluralidad.

Es posible afirmar que no se renuncia a los principios y, simultáneamente, construir un espacio bajo una concepción ingenua de la pluralidad. Es posible garantizar que diferentes posiciones sean escuchadas y, al mismo tiempo, evitar preguntarse por las relaciones de poder que atraviesan esas posiciones. Es posible defender formalmente determinados valores y, a la vez, presentar como equivalentes realidades profundamente desiguales.

Ahí se encuentra la tensión que nos interesa señalar. La pluralidad no necesariamente nos libera de responsabilidad por el hecho de ser plural.

Más bien, puede ocurrir lo contrario: cuanto más importante es para una institución garantizar espacios plurales, mayor es la responsabilidad de preguntarse qué efectos produce esa apertura y qué formas de desigualdad pueden quedar naturalizadas bajo su cobertura.

Escuchar no es lo mismo que reconocer

Aquí aparece otra dimensión del problema. Una voz puede ser escuchada sin que necesariamente sea reconocida como una fuente legítima de conocimiento.

Podemos permitir que alguien hable y, al mismo tiempo, interpretar su experiencia desde categorías construidas por quienes históricamente han tenido mayor capacidad para definir los problemas. Podemos abrir un micrófono sin preguntarnos qué experiencias quedan fuera de las categorías con las que estamos pensando.

Esta cuestión nos conduce al trabajo de Miranda Fricker sobre la injusticia epistémica.

En Epistemic Injustice: Power and the Ethics of Knowing (2007), Fricker examina la relación entre poder y conocimiento. Su propuesta permite observar que nuestras prácticas de conocer y reconocer a otras personas no están separadas de las relaciones sociales en las que vivimos.

Uno de sus conceptos centrales es la injusticia testimonial, referida a situaciones en las que los prejuicios pueden producir un déficit injustificado de credibilidad hacia quien habla. Otro es la injusticia hermenéutica, relacionada con las dificultades que aparecen cuando determinadas experiencias sociales no cuentan con recursos interpretativos suficientes para ser comprendidas y comunicadas dentro de los marcos compartidos.

Estas categorías ofrecen una herramienta para pensar la pluralidad desde otro lugar. La pregunta ya no es solamente quién tiene permiso para hablar, sino también qué condiciones permiten que una voz sea considerada creíble, qué experiencias pueden ser comprendidas y qué conocimientos aparecen como legítimos.

La pluralidad puede ser formalmente amplia y, al mismo tiempo, epistemológicamente estrecha.

La ingenuidad de pensar que basta con dar espacio

Aquí aparece la idea que queremos problematizar: una concepción ingenua de la pluralidad.

Es ingenua no porque defender espacios de diálogo sea ingenuo. Al contrario, escuchar posiciones diferentes es una condición importante para la vida democrática. La ingenuidad aparece cuando suponemos que dar espacio equivale a asumir responsabilidad sobre las condiciones y desigualdades que atraviesan ese espacio.

Como si sentar a dos personas en una mesa fuera suficiente para cumplir con la pluralidad. Como si distribuir el mismo tiempo hiciera innecesario reconocer las diferencias históricas de recursos. Como si permitir una réplica hiciera desaparecer las desigualdades institucionales. Como si la presencia de una posición alternativa bastara para que ninguna otra consideración sobre el poder resultara necesaria.

De esta manera, la pluralidad puede convertirse en una forma de desresponsabilización.

Se abre el espacio, se escuchan las voces y, una vez cumplido ese procedimiento, la institución puede presentarse como neutral frente a las desigualdades que atraviesan la conversación.

Pero las desigualdades no desaparecen porque hayamos decidido no mirarlas.

Y más aún: cuando una práctica institucional presenta como equivalentes posiciones que parten de condiciones desiguales, puede contribuir a normalizar esa desigualdad. No necesariamente porque exista una intención explícita de hacerlo, sino porque el formato puede desplazar la atención desde las condiciones estructurales hacia la simple presencia de las voces.

Más voces no siempre significa más comprensión

Una discusión puede incorporar cada vez más voces y, sin embargo, mantener intacto el marco desde el cual se interpreta el problema.

Podemos ampliar el número de participantes sin ampliar realmente las preguntas. Podemos multiplicar opiniones sin cuestionar las categorías que organizan esas opiniones. Podemos tener desacuerdo sin tener comprensión.

Esta distinción resulta fundamental: pluralidad de voces y pluralidad de conocimientos no son necesariamente lo mismo.

La primera se refiere a quién está presente en la conversación. La segunda nos obliga a pensar qué podemos llegar a comprender gracias a esa presencia y si las experiencias incorporadas tienen capacidad real para transformar los marcos desde los cuales interpretamos la realidad.

Una discusión puede ser muy plural en términos de participantes y continuar siendo limitada en términos de conocimiento. Puede reunir posiciones diferentes y mantener intacta una determinada manera de definir el problema. Puede ofrecer diversidad en el escenario mientras reproduce homogeneidad en las categorías utilizadas para interpretar aquello que ocurre.

Por eso, ampliar la pluralidad también significa ampliar nuestra capacidad colectiva para cuestionar los marcos que damos por sentados.

Una pluralidad menos ingenua

Problematizar esta concepción de la pluralidad no significa abandonar el diálogo ni cuestionar el derecho de las personas a expresar posiciones diferentes. Significa tomar la pluralidad más en serio.

Una pluralidad democrática no debería limitarse a garantizar que diferentes personas puedan hablar. También debería permitir reconocer las desigualdades que atraviesan esas voces y preguntarse por los efectos de ponerlas en diálogo bajo determinadas condiciones.

Esto supone pasar de una idea aritmética de la pluralidad —una voz frente a otra, un lado frente a otro— hacia una comprensión más compleja. No se trata solamente de sumar voces, sino de ampliar nuestra capacidad colectiva para escuchar, comprender, cuestionar y producir conocimiento.

En este sentido, el comunicado que recibimos puede ser leído como una oportunidad para abrir una discusión más amplia. La afirmación de que es posible sostener los principios y, al mismo tiempo, garantizar la pluralidad no debería cerrar la discusión sobre la responsabilidad institucional. Al contrario, debería llevarnos a preguntar qué significa sostener esos principios cuando las posiciones que entran en diálogo están atravesadas por desigualdades que no desaparecen al compartir un mismo espacio.

Porque el desafío no consiste únicamente en permitir que dos voces hablen.

Consiste también en preguntarnos qué estamos haciendo cuando las ponemos en relación, qué desigualdades reconocemos, cuáles dejamos intactas y cuáles corremos el riesgo de legitimar al presentar su encuentro como suficiente evidencia de pluralidad.

Porque dos voces pueden ocupar el mismo escenario sin ocupar el mismo lugar.

Y reconocer esa diferencia no debilita la pluralidad. Nos obliga, más bien, a asumirla con mayor responsabilidad.

La pluralidad no debería ser una forma de eximirse de la desigualdad. Debería ser una oportunidad para reconocerla, problematizarla y evitar que su existencia quede legitimada simplemente porque todas las voces tuvieron un espacio para hablar.

Cuando escuchar no basta: las herramientas de la injusticia epistémica

La discusión sobre la pluralidad no termina cuando conseguimos poner distintas voces frente a un mismo micrófono. También necesitamos preguntarnos qué condiciones hacen posible que una voz sea escuchada, creída, reconocida y capaz de producir conocimiento en el espacio público.

El trabajo de la filósofa Miranda Fricker resulta útil para profundizar esta pregunta. En Epistemic Injustice (2007), Fricker muestra que las relaciones de poder también atraviesan nuestras prácticas de conocimiento: pueden afectar quién recibe credibilidad, quién logra hacer inteligible su experiencia y quién es reconocido como sujeto capaz de conocer.

Sus conceptos permiten desplazar la mirada desde el simple conteo de voces hacia las condiciones sociales que acompañan esas voces. La siguiente matriz recoge algunos de sus principales aportes y los propone como herramientas para leer críticamente situaciones en las que la aparente pluralidad puede coexistir con profundas desigualdades de poder.

Concepto / aporteDefinición o idea central según FrickerUtilidad para interpretar y analizar críticamente
Injusticia epistémicaGénero de injusticia que afecta a una persona específicamente en su capacidad como sujeto de conocimiento. Fricker distingue entre injusticia testimonial e injusticia hermenéutica.Permite identificar desigualdades que no son únicamente materiales o políticas, sino que afectan quién puede ser reconocido como sujeto de conocimiento y cómo sus experiencias pueden ser comprendidas.
Injusticia testimonialSe produce cuando un prejuicio del oyente conduce a otorgar al hablante un nivel de credibilidad inferior al que merece.Permite analizar situaciones en las que una voz es desacreditada no por la calidad de sus razones, sino por prejuicios asociados con quien habla.
Déficit de credibilidad por prejuicio identitarioEl déficit de credibilidad surge cuando un prejuicio relacionado con la identidad social del hablante interviene en la valoración de su testimonio.Ayuda a distinguir entre errores ordinarios de valoración y formas de injusticia epistémica vinculadas con desigualdades sociales.
Injusticia testimonial sistemáticaForma de injusticia testimonial vinculada con prejuicios que afectan al sujeto en diferentes dimensiones de su vida social, como la económica, política o jurídica.Permite analizar cómo una desventaja en el reconocimiento de una voz forma parte de patrones más amplios de desigualdad social.
Injusticia testimonial incidentalInjusticia testimonial localizada en una situación particular y que no necesariamente se encuentra conectada con otras formas de desigualdad social.Permite diferenciar una experiencia concreta de descrédito de aquellas formas de injusticia que forman parte de relaciones sociales más amplias y persistentes.
Prejuicio identitarioPrejuicio asociado con el tipo social al que se atribuye una persona. Puede operar de manera positiva o negativa y afectar la valoración de su credibilidad.Permite examinar si la evaluación de una voz está influida por concepciones sociales previas acerca del tipo de persona que habla.
Poder socialCapacidad socialmente situada de controlar las acciones de otras personas. Puede ejercerse de manera agencial o mediante estructuras que producen efectos sin depender de una acción individual directa.Permite analizar desigualdades que no pueden explicarse únicamente por decisiones individuales, sino por estructuras que condicionan las posibilidades de participación e incidencia.
Poder identitarioForma de poder social que depende de concepciones compartidas sobre las identidades sociales y que opera, entre otros medios, a través de imaginarios y discursos.Ayuda a comprender cómo las representaciones sociales de determinados grupos pueden afectar su credibilidad, reconocimiento y participación pública.
Economía de la credibilidadDistribución socialmente desigual de la credibilidad, en la que prejuicios y estereotipos pueden hacer que algunas personas reciban sistemáticamente más o menos credibilidad que otras.Ofrece un marco para analizar cómo se distribuye la autoridad epistémica dentro de un debate, institución o espacio público.
Estereotipos como heurísticosLos estereotipos pueden funcionar como recursos espontáneos para orientar los juicios sobre otras personas. El problema surge cuando esos procesos incorporan prejuicios que afectan injustamente la valoración de su credibilidad.Permite comprender algunos mecanismos mediante los cuales determinados hablantes son considerados espontáneamente más o menos creíbles.
Injusticia hermenéuticaSe produce cuando una laguna en los recursos interpretativos colectivos coloca a una persona en una situación de desventaja para comprender o comunicar una experiencia social significativa.Permite analizar situaciones en las que una experiencia de desigualdad resulta difícil de nombrar, comunicar o comprender porque los recursos interpretativos disponibles son insuficientes.
Marginalización hermenéuticaParticipación desigual de distintos grupos en las prácticas sociales mediante las cuales se producen y transforman los significados colectivos.Permite preguntar quién participa en la construcción de los conceptos y marcos interpretativos con los que una sociedad comprende determinadas experiencias.
Virtud de justicia testimonialDisposición intelectual y ética que permite al oyente identificar y corregir la influencia de prejuicios en sus juicios sobre la credibilidad de quien habla.Ofrece un criterio para analizar la responsabilidad de quien escucha y su capacidad para revisar críticamente sus propios juicios de credibilidad.
Virtud de justicia hermenéuticaSensibilidad reflexiva ante situaciones en las que una persona encuentra dificultades para hacer inteligible su experiencia debido a una carencia de recursos hermenéuticos colectivos.Permite considerar que una dificultad para comprender un testimonio puede estar relacionada con condiciones sociales de interpretación y no necesariamente con una deficiencia del hablante.
Objetivación epistémicaLa injusticia testimonial puede implicar una exclusión de la persona de la práctica misma de conocimiento: deja de ser reconocida como sujeto epistémico y es tratada, en cierto sentido, como objeto de conocimiento.Permite analizar situaciones en las que el problema no consiste solamente en impedir que alguien hable, sino en negar su condición de sujeto capaz de producir conocimiento.
Dimensión política de la injusticia epistémicaLas virtudes individuales pueden contribuir a enfrentar la injusticia epistémica, pero resultan insuficientes cuando esta se encuentra sostenida por estructuras sociales de poder.Permite evitar una lectura exclusivamente individual del problema y dirigir la atención hacia las condiciones institucionales y sociales que producen y reproducen desigualdades epistémicas.
Del análisis de la justicia al análisis de la injusticiaFricker propone partir de experiencias concretas de injusticia para comprender las condiciones que debería reunir una práctica epistémica justa.Ofrece una estrategia de análisis: observar primero dónde y cómo se produce el daño epistémico para identificar posteriormente las condiciones necesarias para relaciones más justas de conocimiento.
Referencia

Fricker, Miranda (2007). Epistemic injustice: Power and the ethics of knowing. Oxford University Press.

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