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Cuando todo parece inevitable: cómo leer las coyunturas sin caer en el determinismo

Este artículo forma parte de la provocación que abre el proceso de formación “Mirar el mundo con otros ojos: formación crítica para leer la coyuntura y los territorios” Información aquí.

Un diálogo que comienza aquí… y termina al final

(Escena improbable pero necesaria. Una mesa pequeña. Dos cafés negros. Afuera, el ruido del mundo que insiste en llamarse normal.)

—Todo esto ya lo hemos visto antes —dice Žižek, removiendo el café—. Crisis, guerras, discursos grandilocuentes. El sistema sabe convertir el desastre en rutina.

—Sí —responde Galeano, mirando el periódico—. Y sabe vestir el saqueo con palabras nobles. Democracia, seguridad, progreso. Nunca dice: “vamos por el oro”.

—El truco —insiste Žižek— es convencerte de que no hay alternativa.

—El truco —corrige Galeano— es convencerte de que no hay motivo.

(Silencio breve. Afuera, el mundo sigue su marcha normal.)

—Entonces la pregunta no es qué está pasando —dice Žižek—.

—Sino qué nos están diciendo que está pasando —completa Galeano.

El diálogo continúa al final de esta nota.

Vivimos tiempos en los que casi todo se nos presenta como inevitable. Las crisis económicas “no tienen alternativa”. Las reformas institucionales “son necesarias”. Las guerras “defienden la seguridad”. Las privatizaciones “modernizan”. El lenguaje dominante construye una sensación de fatalidad: las cosas son así y no pueden ser de otra manera.

En este contexto, aprender a leer la coyuntura se vuelve una tarea política urgente.

La trampa de la normalidad

El filósofo Slavoj Žižek propone una distinción clave: no todos los conflictos son iguales. Algunos forman parte del juego normal del sistema; otros constituyen auténticos puntos de inflexión.

Los primeros son tensiones previsibles, administrables, incluso funcionales al orden existente. Los segundos, en cambio, pueden marcar un deterioro profundo —aunque se presenten como mera continuidad— o abrir la posibilidad de algo realmente nuevo.

El problema es que la visión dominante está obsesionada con lo primero. Nos entrena para interpretar cada crisis como parte del “funcionamiento normal” de la democracia, del mercado o de la geopolítica. Así, lo estructural se disfraza de coyuntural y lo excepcional se vuelve rutina.

Cuando la concentración del poder avanza, se habla de eficiencia.
Cuando se reducen derechos, se habla de ajustes técnicos.
Cuando se militarizan territorios, se habla de seguridad.
Cuando se privatizan bienes comunes, se habla de modernización.

La narrativa convierte procesos de fondo en simples movimientos del tablero.

Pero ¿y si no estamos ante un movimiento más del juego, sino ante un cambio en las reglas mismas?

Las guerras no dicen la verdad

Aquí resulta iluminadora la advertencia del escritor uruguayo Eduardo Galeano: las guerras mienten. Ninguna se presenta como guerra de saqueo. Todas invocan nobles razones: la democracia, la libertad, la dignidad nacional, la voluntad de Dios. Ninguna confiesa: “yo mato para robar”.

Galeano mostró cómo, detrás de los discursos morales, operan intereses materiales muy concretos. El coltan en el Congo. El petróleo en Medio Oriente. El agua en territorios estratégicos. Los recursos no aparecen en los titulares; aparecen los valores. La violencia se justifica en nombre del bien.

Pero el patrón no se limita a las guerras con bombas. También existen guerras sin declaración formal: guerras financieras, jurídicas, mediáticas. Se imponen privatizaciones bajo la amenaza de la deuda. Se condicionan políticas públicas a través de organismos internacionales. Se redefine lo público como ineficiente y lo privado como inevitable. No hay tanques, pero hay contratos. No hay invasiones militares, pero hay concesiones por décadas.

Cuando todo esto ocurre, el lenguaje cumple una función decisiva: ocultar el motivo.

La pregunta entonces no es solo qué está pasando, sino cómo se nos está narrando lo que pasa.

Conflictos del juego o puntos de inflexión

Volviendo a Žižek: distinguir entre conflictos del juego y puntos de inflexión implica sospechar de la normalidad. Implica preguntarnos si lo que se presenta como continuidad no es, en realidad, un deterioro estructural. O si lo que parece caos no es la señal de que algo nuevo intenta emerger.

Esta lectura crítica exige romper con el determinismo. El determinismo no siempre adopta la forma de una gran teoría histórica; a veces se presenta como sentido común. “Siempre ha sido así.” “No hay alternativa.” “Es lo que toca.” Ese fatalismo cotidiano desactiva la imaginación política y reduce la ciudadanía a espectadora.

Sin embargo, la historia no es una maquinaria automática. Las estructuras pesan, pero no deciden por sí solas. Los intereses existen, pero necesitan legitimarse. Y esa legitimación depende de relatos que pueden ser cuestionados.

Cuando el discurso habla de valores, pero el conflicto es material

Si las guerras mienten, nuestra tarea es escuchar lo que el discurso no dice. Si la visión dominante reduce todo a conflictos administrables, nuestra tarea es identificar los quiebres reales.

¿Estamos ante ajustes técnicos o ante redefiniciones profundas de soberanía?
¿Ante reformas necesarias o ante procesos de desposesión?
¿Ante seguridad o ante reconfiguración del poder?

En sociedades marcadas por desigualdades, crisis climática y disputas por los bienes comunes, esta distinción no es académica. Es práctica. De ella depende nuestra capacidad de acción colectiva.

Recuperar la posibilidad de intervenir

Leer críticamente la coyuntura es, en última instancia, recuperar la posibilidad de intervenir en ella. Significa negarse a aceptar que todo está decidido. Significa sospechar de las explicaciones demasiado simples y de las justificaciones demasiado nobles. Significa reconocer que, detrás de cada gran palabra —democracia, seguridad, progreso— puede haber intereses muy concretos en juego.

No se trata de caer en el cinismo ni en la paranoia. Se trata de ejercitar una vigilancia democrática sobre el lenguaje y el poder. De aprender a distinguir el ruido del quiebre. De no confundir continuidad con deterioro ni conflicto con transformación.

Cuando todo parece inevitable, quizá el primer gesto político sea este: volver a preguntar.

¿Qué está realmente en juego?
¿Quién gana?
¿Quién pierde?
¿Qué se presenta como normal que, en realidad, no lo es?

Porque si algo enseña la historia es que lo inevitable suele ser, en realidad, lo que dejamos de cuestionar.

Volvemos al café: Žižek y Galeano frente a la coyuntura

Žižek (inquieto, gesticulando): El problema no es que haya crisis. ¡El capitalismo ama las crisis! Las necesita. Las administra. Las convierte en parte del espectáculo. La gente cree que vive un momento excepcional, pero el sistema sigue funcionando perfectamente. El verdadero peligro no es el caos… es cuando el deterioro se presenta como normalidad.

Galeano (sonríe apenas): Las guerras también funcionan así. Se anuncian con trompetas morales. Se habla de libertad, de democracia, de seguridad. Nadie dice: “vamos por el petróleo”. Nadie dice: “vamos por el agua”. Pero los pozos y los ríos siempre están en el mapa.

Žižek: ¡Exacto! La ideología no es lo que oculta la realidad. Es la realidad misma funcionando a través de lo que creemos. Cuando aceptamos que algo es inevitable, ya estamos dentro del guion.

Galeano: Las guerras mienten. Y no solo las guerras con bombas. También mienten las guerras silenciosas. Las que privatizan el agua. Las que hipotecan países. Las que llaman “modernización” a la entrega.

Žižek (inclina la cabeza): Entonces la pregunta es: ¿estamos ante un conflicto más del juego o ante un punto de inflexión? Porque el sistema puede tolerar escándalos, protestas, alternancias políticas… pero no tolera que cuestionen las reglas.

Galeano: Y cuando alguien cuestiona las reglas, se le acusa de irresponsable, de radical, de enemigo del orden. El orden siempre habla en nombre de la paz.

Žižek (ríe): ¡Sí! La paz del mercado, la paz de los cementerios, la paz de la resignación. Lo fascinante es cómo se logra que las víctimas defiendan el relato que las perjudica.

Galeano: Eso tiene que ver con el lenguaje. Las palabras se desgastan. Democracia, libertad, progreso. Se usan tanto que terminan encubriendo lo contrario. La violencia se vuelve técnica. El saqueo se vuelve contrato.

Žižek: Y cuando todo se vuelve técnico, parece que ya no hay política. Solo expertos. Solo cifras. Solo inevitabilidad.

Galeano (mirando por la ventana): Pero la historia no es una máquina automática. Cada tanto, algo se desborda. Un pueblo vota por el agua como derecho. Una comunidad defiende su río. Un gesto rompe el libreto.

Žižek: Ahí está el verdadero escándalo. No el conflicto administrado, sino el momento en que alguien dice: “esto no es normal”.

Galeano: Las guerras mienten, pero también revelan. Revelan qué se disputa realmente. Tierra. Agua. Minerales. Poder.

Žižek: Entonces tal vez el acto más subversivo hoy no sea gritar más fuerte… sino preguntar mejor.

Galeano (asiente): Preguntar quién gana. Preguntar quién pierde. Preguntar qué se esconde detrás de las grandes palabras.

(El café se enfría. Afuera, la normalidad continúa su espectáculo. En la mesa queda flotando una sospecha: tal vez lo inevitable no sea más que una historia mal contada.)

Ilustración: Creación digital mediante inteligencia artificial (Gemini de Google).

Claves para leer la coyuntura sin caer en el determinismo
Dimensión de análisisPreguntas clave¿Qué evita?¿Qué fortalece?
Acontecimiento, proceso o estructura¿Es un hecho aislado o parte de una tendencia más larga? ¿Responde a transformaciones estructurales?El alarmismo y la lectura superficial del titularComprensión histórica y perspectiva de largo plazo
Intereses materiales en juego¿Qué recursos, territorios o sectores económicos están involucrados? ¿Quién gana y quién pierde?Quedarse solo en el discurso moralAnálisis político-económico más riguroso
Lenguaje y narrativa¿Qué palabras se utilizan? ¿Qué se presenta como inevitable? ¿Qué se invisibiliza?Naturalizar decisiones políticas como técnicasLectura crítica de discursos y sentidos comunes
Escala global–territorial¿Cómo impacta este proceso global en mi territorio concreto? ¿Cómo se encarna en políticas locales o conflictos comunitarios?Pensar lo global como algo lejanoConexión entre experiencia cotidiana y geopolítica
Dimensión colectiva¿Cómo debatimos esto en comunidad? ¿Qué otras miradas enriquecen el análisis?La lectura individual y fragmentadaConstrucción de pensamiento crítico compartido
Aprender a mirar es aprender a intervenir

Leer la coyuntura no es un ejercicio académico neutral. Es un acto político.

Cuando distinguimos entre conflictos del juego y puntos de inflexión, evitamos tanto el fatalismo como la ingenuidad. Cuando preguntamos por los intereses materiales detrás de los discursos, rompemos el hechizo de las palabras nobles. Cuando conectamos lo global con nuestros territorios, dejamos de ser espectadores y empezamos a reconocernos como parte del escenario.

El determinismo nos dice que todo está decidido.
La lectura crítica nos recuerda que todo relato es disputable.

Tal vez el verdadero punto de inflexión no esté solo en los grandes acontecimientos del mundo, sino en el momento en que decidimos mirarlos de otra manera —colectivamente, con sospecha, con método y con compromiso.

Y ahí comienza, justamente, la formación.

Referencias:

Galeano, Eduardo. (2005, 9 de septiembre). Las guerras mienten. Brecha.

Žižek, Slavoj. (2025). El cielo en desorden. Anagrama.

 

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A diez años de su siembra: Berta Cáceres, la pedagogía del río y la política de la vida

El 3 de marzo de 2016 fue asesinada en La Esperanza, Honduras, Berta Cáceres, lideresa indígena lenca, feminista y defensora del río Gualcarque. Una década después, su figura no solo convoca memoria: interpela críticamente el modelo político y económico que convierte territorios en mercancía y comunidades en obstáculos.

Como coordinadora del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), Berta articuló una resistencia que trascendía la oposición a un proyecto hidroeléctrico específico. La lucha contra Agua Zarca —impulsada sin consulta previa en territorio lenca— evidenciaba un patrón estructural: el extractivismo como forma contemporánea de colonialismo interno, sostenido por alianzas entre capital transnacional, élites nacionales y aparatos estatales.

En su pensamiento, el río no era un “recurso natural”. Era sujeto de memoria, espiritualidad y comunidad. Allí emerge lo que podríamos llamar la pedagogía del río: una forma de aprendizaje político que nace de la escucha del territorio. El río enseña interdependencia —ningún cauce fluye aislado—; enseña comunidad —sus aguas se sostienen en múltiples afluentes—; enseña límite —cuando se le violenta, responde—; y enseña continuidad —la memoria fluye como corriente.

Defender el Gualcarque no era solo oponerse a una represa; era afirmar que el territorio educa. Que el río forma conciencia. Que en su fluir se aprende una política distinta: no centrada en la acumulación, sino en el cuidado y la reciprocidad. Esta pedagogía desborda la racionalidad tecnocrática que reduce el agua a kilovatios y balances financieros, y cuestiona la idea de desarrollo que fragmenta naturaleza y cultura.

Aquí radica uno de los aportes teóricos más potentes de su legado: la defensa territorial como política de la vida. No se trataba únicamente de resistir un megaproyecto, sino de disputar el sentido mismo de lo que entendemos por progreso. ¿Qué es el río? ¿Quién decide sobre él? ¿Qué saberes cuentan? ¿Qué vidas importan?

A diez años, hablar de Berta Cáceres es hablar de una pedagogía que sigue vigente. Y esa pedagogía no se agota en la defensa ecológica: se expande hacia la memoria, la cultura y las formas en que producimos conocimiento.

Río, memoria y bienes comunes: más allá de lo “natural”

Si el río educa, también lo hace enseñando que la vida no puede dividirse en compartimentos. Uno de los aportes más profundos del pensamiento de Berta es la comprensión del río como bien común que es simultáneamente natural y cultural. El río no es solo agua que fluye: es memoria compartida, es relato colectivo, es práctica espiritual, es organización comunitaria. Es, en ese sentido, un bien común simbólico.

Separar “naturaleza” y “cultura” ha sido una operación funcional al extractivismo. Cuando el río se reduce a caudal aprovechable, se invisibiliza su dimensión histórica y cultural. Pero cuando se le reconoce como espacio de vida, también se reconoce que su defensa es una defensa de la identidad y de la autonomía colectiva. El río sostiene cultivos, pero también sostiene sentidos; alimenta cuerpos, pero también alimenta memorias.

La pedagogía del río nos enseña justamente esa unidad: que el despojo no es solo material. Es también un intento de romper vínculos comunitarios, de erosionar memorias y de imponer una narrativa única del “progreso”. Defender el río es defender la posibilidad de nombrar el mundo desde otros marcos culturales y políticos.

Hoy, en distintos territorios de América Latina, quienes se organizan para proteger sus ríos suelen ser descalificados como “locos”, “radicales” o “ingenuos”. Esa estrategia de deslegitimación busca negar la racionalidad que brota del territorio. Sin embargo, la experiencia demuestra que muchas de esas voces que fueron ridiculizadas advertían impactos reales: contaminación, pérdida de agua, ruptura del tejido comunitario.

La acusación de locura funciona como mecanismo de disciplinamiento. Frente a ello, la pedagogía del río nos invita a invertir la pregunta: ¿qué racionalidad es la que considera razonable destruir un río en nombre del crecimiento económico? ¿qué tipo de normalidad naturaliza la violencia contra quienes defienden la vida?

Recordarla es asumir que la defensa del agua es, al mismo tiempo, defensa de la memoria, de la cultura y de la dignidad. Porque cuando un río se defiende, no solo fluye el agua: fluye también la historia de un pueblo que se niega a desaparecer.

Y esa lección nos conduce inevitablemente a otra dimensión del aprendizaje que el río ofrece: la forma en que conocemos y validamos lo que sabemos.

Cuando el río enseña también en Maquengal: ecos de la pedagogía en el Río Frío

La pedagogía del río de la que hablaba Berta Cáceres no pertenece únicamente al Gualcarque. También se expresa en territorios como Maquengal, en la cuenca del Río Frío – Caño Negro, donde las comunidades han aprendido a leer el agua como memoria viva y como advertencia.

En Maquengal, el río no es una abstracción cartográfica ni un simple caudal medible en metros cúbicos por segundo. Es sustento cotidiano, paisaje compartido, historia familiar y espacio de encuentro. Los recorridos comunitarios por el cauce —para observar cambios, documentar extracciones o señalar afectaciones— no son solo acciones de denuncia: son ejercicios de conocimiento colectivo. Allí se actualiza una forma de saber que no siempre cabe en un expediente técnico, pero que nace de la experiencia directa con el territorio.

Como en el caso que enfrentó Berta desde el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, en Maquengal también se evidencia una tensión entre la mirada que reduce el río a recurso y la que lo comprende como bien común. Cuando la comunidad advierte sobre la pérdida de cobertura ribereña, la alteración del cauce o el impacto acumulativo de intervenciones “permitidas”, no está reaccionando desde la improvisación: está defendiendo un tejido de relaciones que sostiene su vida cotidiana.

La experiencia de Maquengal confirma que la defensa del río es también defensa del derecho a habitar dignamente el territorio. Y muestra que la pedagogía del río no es metáfora lejana: es práctica concreta. Es caminar el cauce, conversar en comunidad, contrastar lo que dicen los papeles con lo que muestra el agua. Es recordar que la legitimidad no nace únicamente del sello institucional, sino del vínculo persistente con el lugar.

En ese sentido, el Río Frío dialoga con el Gualcarque. Ambos recuerdan que los bienes comunes no se defienden solo con argumentos legales, sino con comunidad organizada y memoria activa. Ambos enseñan que cuando el río cambia, la comunidad lo sabe. Y que escuchar esa voz —antes de que sea demasiado tarde— es parte de la tarea ética y política que Berta nos dejó como herencia.

Más allá del estudio técnico: memoria, dignidad y descolonización del conocimiento

Si el río enseña interdependencia y memoria, también enseña que no todo conocimiento cabe en un informe. En muchos conflictos socioambientales, el punto de partida suele definirse en términos de “estudios técnicos”: impacto ambiental, viabilidad financiera, modelaciones hidráulicas, dictámenes jurídicos. Estos instrumentos son relevantes. Pero cuando se convierten en el único lenguaje legítimo de la discusión, producen un silenciamiento: desplazan las memorias, los vínculos afectivos, el derecho al disfrute del territorio y la experiencia cotidiana de quienes habitan los ríos.

Las comunidades no comienzan a defender un río cuando se publica un informe; comienzan cuando sienten que algo amenaza su forma de vida. Esa experiencia también es conocimiento. Allí están los saberes situados, los relatos, las prácticas culturales, las espiritualidades. Está el derecho a una vida digna que no se agota en indicadores cuantificables. Está el lugar de lo sagrado, de aquello que no siempre puede traducirse en categorías técnicas pero que estructura profundamente la experiencia colectiva.

Asumir la pedagogía del río implica reconocer que la defensa territorial no nace únicamente de peritajes, sino de una comprensión integral del territorio como tejido de relaciones. El desafío no es descartar el conocimiento técnico, sino descentrarlo como único punto de validación.

Aquí se abre una tarea pendiente, especialmente para instancias que aún operan bajo marcos epistemológicos coloniales —incluidas muchas secciones de la universidad pública—: comprender que la descolonización no es solo discursiva. Supone transformar nuestras formas de investigar, de acompañar y de producir conocimiento. Trabajar con lo no legitimado, con lo que no está escrito, con lo que no siempre puede decirse en lenguaje académico.

La pedagogía del río nos invita a escuchar lo que no aparece en las matrices de evaluación: la memoria que no está archivada, la experiencia que no cabe en un formulario, el bienestar como principio organizador de la vida colectiva.

Si el acompañamiento universitario y profesional a las luchas territoriales quiere ser coherente con una ética de los bienes comunes, deberá aprender de ese fluir: abrirse a otros lenguajes, reconocer otras epistemologías y admitir que el conocimiento también nace en asambleas, en riberas y en prácticas comunitarias que sostienen la vida.

Quizás esa sea una de las lecciones más urgentes que nos deja esta década sin Berta: dejar que el río no solo sea defendido, sino que nos enseñe a transformar la manera en que pensamos, investigamos y acompañamos la vida en común.

Referencias:

Carvajal, Valentina. (2026, marzo 2). A diez años de Berta Cáceres: la lideresa que defendió el río y despertó al mundo. Greenpeace. https://es.greenpeace.org/es/noticias/a-diez-anos-de-berta-caceres-la-lideresa-que-defendio-el-rio-y-desperto-al-mundo/

Izquierdas. (2018). El asesinato de Berta Cáceres y las tramas del poder en Honduras. Izquierdas, (40), 254–273.

VV. AA. (2022). Defensoras: la vida en el centro. (Entrevista a Berta Cáceres).

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Estrategias de seguridad en tiempos de colapso: extractivismo y poder en la política de Estados Unidos

Estados Unidos debe prepararse para un entorno de crisis prolongadas —económicas, climáticas, sanitarias y geopolíticas— mediante una adaptación constante de sus capacidades civiles, económicas y militares.

Pueden descargar el documento aquí.

La Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos redefine la seguridad nacional desde una lógica abiertamente economicista y geopolítica, en la que el control de territorios, recursos estratégicos y cadenas de suministro aparece como condición central del poder global. Esta formulación no solo desatiende la crisis socioecológica contemporánea, sino que contribuye a profundizarla al legitimar nuevas formas de extractivismo bajo el lenguaje de la “seguridad”, la “estabilidad” y la “resiliencia”.

El documento presenta el acceso a minerales críticos, energía y recursos naturales como un imperativo estratégico, con especial énfasis en América Latina y otras regiones del Sur Global. Esta narrativa transforma territorios vivos en infraestructuras funcionales a la seguridad de las potencias, desplazando comunidades, debilitando soberanías locales y reforzando economías dependientes. La crisis climática, lejos de asumirse como un límite estructural del modelo civilizatorio vigente, es negada o instrumentalizada para justificar la expansión energética, la reindustrialización extractiva y la intensificación del control territorial.

En este marco, la noción de seguridad se desvincula del cuidado de la vida y se redefine como capacidad de control, militarización y aseguramiento de flujos materiales. La estrategia promovida por la administración de Donald Trump expresa así una respuesta autoritaria a una crisis que es simultáneamente ecológica, social y política: en lugar de abrir transiciones hacia modelos pos-extractivistas y de justicia ambiental, profundiza la disputa por los bienes comunes y consolida las asimetrías globales existentes.

Pensar la seguridad desde esta clave obliga a invertir la pregunta: ¿seguridad para quién y a costa de qué territorios? En un contexto de colapso socioecológico, insistir en estrategias de dominación y extracción no produce estabilidad, sino que acelera los conflictos, amplía las desigualdades y erosiona las condiciones que hacen posible la vida.

La seguridad nacional de Estados Unidos abarca la defensa del país, la fortaleza de su economía, la protección de infraestructuras críticas y la capacidad de sostener cadenas de suministro seguras frente a crisis y amenazas externas.

América Latina y el Caribe: el territorio como “zona de seguridad”

Vista desde América Latina y el Caribe, la Estrategia de Seguridad reactualiza una matriz histórica de dominación hemisférica en la que la región es concebida como espacio de provisión, contención y control. La referencia explícita al “Hemisferio Occidental” como área prioritaria de seguridad, junto con mensajes difundidos desde redes sociales oficiales del gobierno estadounidense afirmando que “el hemisferio es nuestro”, refuerzan una visión neomonroísta que subordina territorios, pueblos y bienes comunes a los intereses estratégicos de una potencia externa.

En este encuadre, América Latina y el Caribe no aparecen como sujetos políticos con proyectos propios, sino como reservas de minerales críticos, energía, biodiversidad y fuerza de trabajo, disponibles para sostener la seguridad económica y militar del Norte global. Esta narrativa prolonga una historia marcada por el extractivismo, la dependencia y la violencia territorial. La securitización de los bienes naturales y de las cadenas de suministro habilita la militarización, la flexibilización ambiental y el debilitamiento de la autodeterminación de comunidades indígenas, campesinas y costeras. Bajo el lenguaje de la “estabilidad” y la “cooperación”, se refuerzan economías de enclave y se amplían las asimetrías regionales, desplazando cualquier debate sustantivo sobre transiciones justas, soberanía popular y defensa de los bienes comunes.

Esta lógica se inscribe en una genealogía más amplia de dominación hemisférica que remite directamente a la Doctrina Monroe y al Destino Manifiesto, pilares históricos de la política exterior estadounidense hacia la región. Bajo la consigna de “América para los americanos”, estas doctrinas legitimaron la intervención, el tutelaje político y la apropiación territorial como supuestos actos de protección y civilización. La afirmación contemporánea de que “el hemisferio es nuestro” no constituye una anomalía discursiva, sino la actualización de ese imaginario colonial: América Latina y el Caribe como patio trasero estratégico, espacio disponible para la extracción, el control y la contención de amenazas externas.

El acceso confiable a minerales críticos, energía y otros recursos estratégicos es esencial para la seguridad nacional, la competitividad industrial, la innovación tecnológica y la preparación ante escenarios de conflicto y disrupción global.

Recursos estratégicos y disputa geopolítica

En este mismo marco, las declaraciones de Laura J. Richardson, excomandante del United States Southern Command, ilustran con particular claridad la forma en que la seguridad nacional estadounidense se articula con la disputa por los recursos de la región. Richardson señaló de manera reiterada que América Latina y el Caribe concentran activos estratégicos clave —como el litio del denominado Triángulo del Litio en Argentina, Bolivia y Chile, los hidrocarburos de Venezuela y Guyana, el agua dulce y las tierras raras— y que estos resultan centrales para los intereses de Washington frente a la competencia con China y Rusia.

Al afirmar que “esta región importa” por sus recursos y que Estados Unidos debía “empezar su juego” para disputar su acceso, estas declaraciones colocan explícitamente los bienes naturales estratégicos en el centro de las prioridades militares y geopolíticas. Lejos de tratarse de deslices retóricos, constituyen expresiones coherentes con una concepción de seguridad que convierte territorios y ecosistemas en piezas de un tablero de competencia global.

Guerra, extractivismo y crisis socioecológica: una misma racionalidad

La guerra ocupa un lugar estructural en los extractivismos contemporáneos y en la profundización de la crisis socioecológica. No se trata únicamente de conflictos armados abiertos, sino de una racionalidad de guerra que atraviesa la gestión de los territorios, la naturaleza y los cuerpos. El extractivismo opera como una guerra permanente contra la vida: impone ritmos acelerados de extracción, despoja comunidades, fragmenta ecosistemas y normaliza la violencia como costo necesario del “progreso”, la “seguridad” o el “desarrollo”. La militarización de territorios ricos en bienes naturales no es una anomalía del modelo, sino una de sus condiciones de posibilidad.

En el contexto actual, la crisis climática y ecológica no desactiva esta lógica, sino que la reconfigura. A medida que el colapso socioecológico se profundiza, la guerra se consolida como dispositivo para asegurar el acceso a recursos cada vez más escasos: agua, energía, minerales críticos y tierras fértiles. La securitización de estos bienes transforma conflictos socioambientales en amenazas estratégicas y legitima el uso de la fuerza —militar, policial, jurídica o económica— para garantizar flujos materiales hacia los centros de poder. De este modo, la guerra deja de ser un evento excepcional y se convierte en una forma cotidiana de gobernanza del colapso.

Esta articulación revela que no estamos ante crisis separadas —ambiental, social, energética o de seguridad—, sino ante una crisis civilizatoria sostenida por una lógica de dominación. La guerra protege al extractivismo y el extractivismo alimenta la guerra, en un círculo que erosiona las bases mismas de la vida. Romper ese vínculo implica disputar el sentido de la seguridad: no como capacidad de destruir o controlar, sino como posibilidad de sostener territorios habitables, relaciones justas y futuros comunes. En un mundo al borde del colapso, la paz no puede edificarse sobre territorios devastados ni sobre comunidades convertidas en zonas de sacrificio.

Lo común frente a la tormenta: recomenzar desde abajo

Frente a un escenario marcado por la militarización de la seguridad, la expansión extractiva y la gestión autoritaria del colapso, las reflexiones del Ejército Zapatista de Liberación Nacional ofrecen un contrapunto radical. Allí donde la seguridad hegemónica se define como control de territorios, aseguramiento de flujos materiales y disputa entre potencias, el zapatismo plantea otra pregunta: ¿cómo sostener la vida en medio de la tormenta y, sobre todo, cómo no repetir el mundo que la produjo?

La “tormenta” nombrada por el EZLN —esa convergencia de crisis climática, guerras, despojos, violencias y colapsos— es el mismo horizonte que subyace a las estrategias de seguridad analizadas en este texto. Pero mientras estas responden con más extracción, más control y más guerra, el zapatismo insiste en que el verdadero riesgo está en el “día después”: reconstruir sobre las mismas lógicas que convirtieron la tierra, los cuerpos y los territorios en mercancía y botín estratégico.

En ese punto, lo común aparece no como consigna abstracta, sino como práctica concreta de recomposición social. Asamblea, trabajo compartido, cuidado mutuo, autonomía y reconocimiento de las diferencias se presentan como bases para sostener la vida cuando las grandes infraestructuras del poder —Estados, mercados, ejércitos— fallan o se vuelven abiertamente destructivas. Lo común no se subordina a la seguridad de las potencias ni a la rentabilidad del capital: se orienta a garantizar lo necesario para vivir con dignidad.

Este horizonte interpela directamente la noción de seguridad que atraviesa la disputa global por los recursos estratégicos. Mientras la seguridad dominante convierte territorios en “zonas de sacrificio” y normaliza la guerra como forma de gobernanza del colapso, la apuesta por lo común desplaza el eje hacia la reproducción de la vida. No se trata de asegurar minerales, energía o cadenas de suministro, sino de asegurar agua, alimento, salud, memoria y futuro para las comunidades.

En tiempos de crisis socioecológica, pensar desde lo común implica reconocer que la estabilidad no vendrá de la dominación ni del control armado de la naturaleza, sino de la capacidad colectiva de recomenzar sin repetir. La palabra zapatista no ofrece recetas, pero sí una advertencia y una invitación: si el día después se construye con las mismas lógicas de guerra y extractivismo, la tormenta no habrá terminado. Defender lo común es, en ese sentido, una forma radical de disputar la seguridad, el futuro y la vida misma.

Claves conceptuales para leer la seguridad y los recursos en disputa

Los documentos de seguridad utilizan categorías como “recursos estratégicos”, “minerales críticos” o “recursos naturales” como si fueran conceptos neutros y evidentes. Sin embargo, cada término encierra una forma particular de entender el territorio, la naturaleza y el poder. La siguiente tabla ofrece definiciones comparadas que permiten distinguir estas nociones y, al mismo tiempo, abrir una lectura crítica sobre cómo el lenguaje de la seguridad transforma bienes comunes en activos geopolíticos.

ConceptoDefinición operativaCómo aparece en discursos de seguridad / desarrolloLectura crítica desde ecología política
Bienes naturalesElementos de la naturaleza que sostienen la vida y los ecosistemas (agua, suelos, bosques, biodiversidad).Invisibilizados o reducidos a “insumos” disponibles.Son relacionales y finitos; no existen para ser apropiados, sino para ser cuidados colectivamente.
Recursos naturalesBienes naturales convertidos en objetos de uso económico.Nombrados como base del crecimiento y la competitividad.La categoría naturaliza la mercantilización y oculta relaciones de poder y despojo.
Recursos estratégicosRecursos clave para la seguridad, la industria o el poder geopolítico.Asociados a soberanía, control territorial y cadenas de suministro.Reconfiguran territorios como zonas de sacrificio en nombre de la seguridad nacional.
Recursos críticosInsumos considerados escasos o indispensables (litio, tierras raras, agua).Justifican urgencia, flexibilización ambiental y extractivismo acelerado.La “criticidad” es política: depende del modelo productivo que se decide sostener.
Materias primasRecursos extraídos sin procesamiento significativo.Presentadas como oportunidad de inserción económica global.Reproducen dependencia y reprimarización de economías periféricas.
Infraestructura estratégicaObras que permiten extracción, transporte y control (puertos, carreteras, energía).Asociadas a desarrollo, seguridad y estabilidad.Facilitan el extractivismo y fragmentan territorios y tejidos comunitarios.
Seguridad energéticaGarantía de acceso continuo a fuentes de energía.Prioriza expansión fósil y control geopolítico.Ignora límites ecológicos y alternativas de transición justa.
Cadenas de suministroRedes globales de producción y circulación de bienes.Presentadas como vulnerables y a asegurar.Externalizan costos sociales y ambientales a territorios periféricos.
SoberaníaCapacidad de un Estado para decidir sin interferencias externas.Invocada para justificar control y militarización.Puede entrar en tensión con la autodeterminación de pueblos y comunidades.
Bienes comunesBienes gestionados colectivamente para la vida (agua, territorio, saberes).Ausentes o incompatibles con el enfoque dominante.Proponen una lógica de cuidado, corresponsabilidad y límites al extractivismo.
Matriz general de lectura crítica: Estrategia de seguridad de EE. UU.
EjeQué plantea la estrategiaClaves de lectura críticaImplicaciones para América Latina y el Caribe
Concepto de seguridadAmplía la seguridad nacional más allá de lo militar, incorporando economía, energía, cadenas de suministro y tecnología.La seguridad deja de centrarse en la vida y se redefine como capacidad de control y aseguramiento de flujos materiales.Los territorios pasan a ser leídos como activos estratégicos, no como espacios de vida.
Recursos estratégicos y críticosPrioriza el acceso a minerales críticos, energía, agua y tierras clave para la competitividad global.Naturaliza la extracción como necesidad estratégica e invisibiliza sus impactos sociales y ecológicos.Refuerza el rol de la región como proveedora de materias primas.
Cadenas globales de suministroBusca reducir dependencias y asegurar abastecimiento frente a crisis o competidores geopolíticos.La resiliencia se traduce en control territorial y presión sobre países del Sur Global.Intensificación de proyectos extractivos y de infraestructura.
Competencia entre potenciasDefine a China y Rusia como competidores estratégicos prioritarios.La disputa geopolítica se desplaza a territorios periféricos.Mayor injerencia externa bajo la lógica de “equilibrio de poder”.
Dimensión climáticaReconoce el cambio climático como riesgo, pero lo integra a la seguridad.El clima se gestiona como amenaza, no como límite estructural del modelo.Se justifica nueva extracción “verde” y expansión energética.
MilitarizaciónRefuerza cooperación militar y presencia estratégica en regiones clave.La militarización aparece como herramienta normal de gobernanza.Criminalización de conflictos socioambientales.
Lenguaje y narrativaUso de términos como estabilidad, resiliencia, cooperación y orden.Lenguaje técnico que oculta relaciones de poder y despojo.Dificulta la visibilización de resistencias locales.
TerritorioEl territorio es concebido como espacio a asegurar.Se vacía de historia, cultura y vida comunitaria.Desplazamiento de pueblos indígenas y comunidades rurales.
Modelo de desarrolloVincula seguridad con crecimiento, reindustrialización y competitividad.Reafirma un modelo extractivo dependiente de alta intensidad material.Bloquea debates sobre transiciones justas y alternativas.
SoberaníaPromueve cooperación alineada a intereses estratégicos de EE. UU.La soberanía se subordina a la lógica hemisférica de seguridad.Debilitamiento de proyectos políticos autónomos.
Conflicto y guerraAsume escenarios de conflicto prolongado y crisis múltiples.La guerra se vuelve forma permanente de gestión del colapso.Incremento de tensiones sociales y ambientales.
Bienes comunesNo aparecen como categoría central.Lo común queda subsumido en la lógica de recurso estratégico.Amenaza directa a territorios, agua, biodiversidad y saberes.
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Entre el río y el cuido mutuo: una comunidad que no se deja sola

El pasado sábado 21 de febrero visitamos esta comunidad y conversamos con Pedro Martínez de Calle Alvarez, con el propósito de conocer de primera mano las vivencias cotidianas que enfrentan ante el abandono en el mejoramiento de sus condiciones de vida. Entre las principales preocupaciones se encuentra la situación del camino: aunque la comunidad se ubica a menos de 300 metros del centro, esta vía constituye la única salida pública y se vuelve intransitable cuando el río crece, provocando inundaciones que incomunican a las familias. Esta condición afecta de manera especial a las personas adultas mayores y no es un hecho aislado ni reciente, sino una problemática persistente que evidencia la urgencia de abordar el territorio desde una perspectiva integral de gestión del riesgo.

Primeras impresiones del territorio y la vida comunitaria

El recorrido permitió reconocer una comunidad que, pese a las dificultades, ha sabido construir fuertes redes de apoyo. Más allá de las carencias materiales, se trata de un espacio de cuido mutuo, donde las personas se miran entre sí, conversan, se acompañan y expresan con cariño que es un lugar tranquilo, en el que se sienten bien. En momentos de llenas, la preocupación no se limita a la propia vivienda: las vecinas y vecinos están atentos a lo que ocurre en la casa contigua, corren a ayudarse y activan prácticas solidarias que sostienen la vida colectiva incluso en contextos de emergencia.

De la emergencia a la organización comunitaria

En este proceso, la comunidad ha venido dando un paso importante: pasar del cuido y la atención en la emergencia a la búsqueda activa de visibilización de su situación. Desde hace aproximadamente un año, vecinas y vecinos han iniciado esfuerzos de organización comunitaria orientados a incidir públicamente, gestionar espacios de participación y abrir canales de diálogo que les permitan transformar y mejorar sus condiciones de vida. Este tránsito expresa una decisión colectiva de no permanecer únicamente en el lugar de la vulnerabilidad o la espera, sino de asumirse como protagonistas de su propio desarrollo, con voz, propuesta y capacidad de incidencia sobre el territorio que habitan.

Construir vida digna desde el territorio

Las acciones comunitarias que emergen en este territorio no se limitan a responder a la emergencia, sino que expresan una apuesta cotidiana por la construcción de una vida digna. El cuido mutuo, la preocupación compartida por las personas adultas mayores, la disposición a acompañarse en momentos de dificultad y la decisión de organizarse para incidir reflejan una forma de habitar el territorio donde la vida se coloca en el centro. Estas prácticas muestran que la dignidad no se reduce a condiciones materiales, sino que también se construye a partir de relaciones de solidaridad, reconocimiento y responsabilidad colectiva frente a los riesgos que amenazan la vida común.

Gestión del riesgo: entre la experiencia comunitaria y la responsabilidad institucional

Esta experiencia pone en evidencia una disyuntiva central en las prácticas de gestión del riesgo. Por un lado, las respuestas comunitarias surgen desde el conocimiento del territorio y de las relaciones cotidianas, dando lugar a esquemas de atención construidos entre vecinas y vecinos para enfrentar la vulnerabilidad. Estas prácticas, basadas en la solidaridad y el cuido mutuo, han permitido responder de manera inmediata a situaciones que se repiten en el tiempo y que forman parte de la experiencia vivida de la comunidad.

Por otro lado, esta misma capacidad organizativa es también un llamado de atención a las instituciones. La gestión del riesgo no puede descansar únicamente en el esfuerzo comunitario ni en la buena voluntad de quienes habitan el territorio. Estas prácticas requieren ser reconocidas, fortalecidas y complementadas por enfoques institucionales que asuman su responsabilidad, garanticen la inversión necesaria y aseguren mejores condiciones de infraestructura. Solo así será posible reducir la vulnerabilidad sin desgastar los tejidos comunitarios que, día a día, sostienen el cuido de la vida.

¿Por qué hablar de esto?

La intención de estos espacios de intercambio no es acarrear responsabilidades individuales ni señalar a una institución en particular. Más bien, busca evidenciar cómo una lógica institucional acumulada a lo largo de los años ha ido produciendo espacios de abandono que, aun cuando existen personas interesadas en incidir y transformar estas condiciones, no siempre logra reconocer ni responder a las realidades concretas de las comunidades. Estos encuentros aspiran a abrir un diálogo necesario para repensar las formas de gestión, desde el reconocimiento de la experiencia territorial y el compromiso con el cuido de la vida.

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Justicia tardía y memoria viva: Marielle Franco y las democracias bajo asedio

Esta nota es una invitación a leer Laboratorio favela, una obra clave para comprender cómo la violencia estatal, el racismo estructural y el punitivismo atraviesan nuestras democracias desiguales. Desde los territorios populares de Río de Janeiro, Marielle Franco articula investigación y compromiso político para repensar la seguridad, la democracia y el derecho a la ciudad desde la defensa de la vida.

📘 Descargá el libro Laboratorio favela publicado por Tinta Limón

La reciente condena por el asesinato de Marielle Franco y Anderson Gomes marca un hito judicial importante, pero no clausura el debate político que su vida y su muerte siguen abriendo. Marielle no fue solo una víctima de la violencia política en Brasil: fue una pensadora crítica de la seguridad, del Estado y de la democracia en contextos atravesados por desigualdad, racismo y militarización de la vida cotidiana.

Desde su experiencia como mujer negra, favelada, lesbiana y concejala de Río de Janeiro, denunció con claridad el avance de un Estado punitivo que sustituye derechos por castigo y políticas sociales por control armado. En sus investigaciones y discursos mostró cómo la llamada “guerra contra las drogas” opera, en realidad, como una guerra contra los pobres, legitimada por el miedo, el racismo y un discurso de orden que naturaliza la muerte de ciertos cuerpos.

Seguridad, desigualdad y autoritarismo cotidiano

El pensamiento de Marielle interpela directamente a nuestras sociedades actuales, cada vez más desiguales y tentadas por respuestas punitivistas frente a conflictos sociales complejos. Allí donde el Estado se retira en materia de salud, educación o vivienda, suele reaparecer con fuerza en forma de policía, cárceles y vigilancia. La seguridad deja de pensarse como cuidado de la vida y se redefine como administración del miedo.

Marielle advirtió que estas políticas no solo afectan a las periferias urbanas: erosionan el pacto democrático en su conjunto. Cuando una parte de la sociedad acepta la suspensión de derechos para “otros”, se habilita un modelo de democracia frágil, selectiva y profundamente excluyente. Esta deriva autoritaria no se impone únicamente desde arriba: se construye cotidianamente cuando el castigo sustituye a la justicia social como horizonte político.

Territorio, vida y democracia

Desde esta mirada crítica, Marielle propone un desplazamiento fundamental: pensar la democracia desde los territorios. Lejos de una mirada victimista sobre las favelas, las reivindicó como espacios de potencia política, organización comunitaria y producción de vida. Su apuesta fue articular la lucha institucional con la autoorganización social, defendiendo el derecho a la ciudad frente a su mercantilización y militarización.

Recordarla hoy implica más que exigir justicia penal: supone preguntarnos qué modelos de seguridad estamos legitimando, qué violencias se normalizan en nombre del orden y qué lugar ocupan las vidas periféricas en nuestras democracias. En tiempos de endurecimiento discursivo y respuestas simplistas a problemas estructurales, su pensamiento sigue siendo una herramienta crítica para imaginar sociedades menos desiguales, menos punitivas y más profundamente democráticas.

El Estado penal y la “pacificación” como forma de guerra

Uno de los aportes más potentes de su trabajo es el análisis de las Unidades de Policía Pacificadora (UPP) como expresión concreta del Estado penal. Lejos de representar una política de cuidado, la “pacificación” aparece como una estrategia de ocupación militar de territorios pobres, sostenida por un discurso de seguridad que legitima la suspensión cotidiana de derechos.

Marielle muestra cómo estas políticas no resuelven las causas de la violencia, sino que la administran selectivamente, normalizando el uso letal de la fuerza contra poblaciones racializadas y empobrecidas. La seguridad se convierte así en una tecnología de control territorial y social, antes que en una política de protección de la vida.

Racismo estructural y gestión diferencial de la vida

El análisis se profundiza al mostrar que la violencia estatal en Río de Janeiro no es un exceso ni una desviación, sino una práctica estructural atravesada por el racismo. Jóvenes negros de las favelas son construidos como enemigos internos, cuerpos prescindibles en nombre del orden y la estabilidad.

Marielle insiste en que no hay neutralidad posible en estas políticas: la seguridad pública define quién merece vivir y quién puede morir sin escándalo social. Esta gestión diferencial de la vida revela una democracia profundamente jerarquizada, donde la igualdad formal convive con la desprotección sistemática de ciertos sectores sociales.

Ciudad mercancía versus derecho a la ciudad

Otro eje central de su pensamiento es la crítica a la ciudad concebida como empresa. La militarización de las favelas se articula con proyectos inmobiliarios, turísticos y de “revitalización urbana” que expulsan a poblaciones históricas. La seguridad funciona como condición para el negocio: limpiar territorios, disciplinar cuerpos y allanar el camino a la mercantilización del espacio urbano.

Frente a ello, Marielle defiende el derecho a la ciudad como derecho a permanecer, a decidir y a producir vida en el territorio. No se trata solo de acceso a servicios, sino de participación real en las decisiones que afectan los espacios donde se vive.

Favela como potencia política y comunitaria

Contra las miradas que reducen la favela a carencia o amenaza, Laboratorio favela la presenta como espacio de organización, saberes y resistencias. Marielle recupera experiencias comunitarias, culturales y políticas que disputan el sentido de la seguridad y la democracia desde abajo.

Su apuesta no fue romantizar la precariedad, sino reconocer la capacidad colectiva de las periferias para producir alternativas frente a la violencia estatal y el abandono institucional. Allí donde el Estado aparece solo para castigar, emergen prácticas de cuidado, solidaridad y organización que sostienen la vida.

Democracia bajo asedio y bienes comunes sociales

El asesinato de Marielle no puede separarse del contexto que ella misma denunció: el debilitamiento del pacto democrático, la normalización del autoritarismo y la aceptación social de la violencia como herramienta política. Su pensamiento funciona hoy como una advertencia para América Latina: cuando la desigualdad se gobierna con castigo y miedo, la democracia se vacía de contenido.

Desde esta trayectoria, repensar los bienes comunes sociales —la seguridad, la ciudad, los territorios, la democracia misma— se vuelve una tarea urgente. Marielle nos invita a comprenderlos no como mercancías ni como privilegios, sino como construcciones colectivas orientadas al cuidado de la vida. Leerla hoy es, en ese sentido, una forma de disputar el sentido común punitivo y de defender una democracia que ponga en el centro la dignidad, la justicia y la vida de todas las personas.

Pistas para leer el pensamiento de Marielle Franco

Para profundizar en estas reflexiones, resulta útil detenerse en algunos conceptos centrales del pensamiento de Marielle Franco. Más que categorías teóricas abstractas, se trata de herramientas políticas construidas desde la experiencia territorial y la investigación crítica, que permiten comprender cómo operan hoy la seguridad, la desigualdad y el poder en nuestras democracias. La siguiente tabla ofrece un acercamiento sintético a estos ejes, facilitando la lectura y el diálogo con los debates actuales.

Concepto clave¿Qué nos propone Marielle Franco?¿Por qué interpela hoy?
Estado penalUn Estado que reduce derechos sociales y refuerza el castigo, la policía y las cárceles como forma de gobernar la desigualdad.Porque muchas democracias gestionan la exclusión con represión en lugar de justicia social.
PacificaciónDiscurso que encubre la ocupación militar de las favelas y la suspensión cotidiana de derechos.Ayuda a cuestionar políticas de “mano dura” presentadas como soluciones técnicas.
Guerra contra los pobresLa llamada guerra contra las drogas funciona como guerra selectiva contra cuerpos racializados y territorios empobrecidos.Permite leer críticamente el uso del miedo para legitimar violencia estatal.
Racismo estructuralEje central de la violencia: define quién es sospechoso, quién es descartable y quién merece protección.Explica por qué la violencia no se distribuye de forma neutral en la sociedad.
Favela como potenciaTerritorio de organización, saberes, creatividad política y vida comunitaria, no solo de carencias.Rompe con miradas estigmatizantes sobre periferias y territorios populares.
Ciudad mercancíaLa ciudad gestionada como negocio, donde la seguridad prepara el terreno para la especulación.Dialoga con procesos de gentrificación y expulsión en América Latina.
Derecho a la ciudadDerecho a habitar, decidir y producir vida en el territorio, más allá del mercado.Plantea una democracia urbana centrada en la vida y no en la rentabilidad.
Democracia en riesgoLa aceptación de la violencia estatal debilita el pacto democrático desde dentro.Advierte sobre democracias formales que toleran exclusiones profundas.
Pueden descargar la infografía aquí:
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Crisis climática y territorios sagrados: lo que se pierde cuando el hielo retrocede

Cambio climático, espiritualidad y bienes comunes en las montañas del mundo

El retroceso acelerado de los glaciares no solo transforma paisajes: también reconfigura creencias, rituales y formas de relación con el territorio. Así lo plantea un artículo reciente publicado en Nature titulado «Melting ice and transforming beliefs», que analiza cómo comunidades indígenas de distintas regiones montañosas interpretan el cambio climático desde sus marcos culturales y espirituales, y cómo estas interpretaciones están en plena transformación.

Lejos de entender el deshielo únicamente como un fenómeno físico, el artículo muestra que, para muchas comunidades, la desaparición del hielo implica una ruptura profunda en los vínculos que sostienen la vida social, simbólica y ecológica. Montañas, glaciares y aguas de deshielo no son solo “recursos naturales”, sino seres con agencia, memoria y capacidad de cuidar —o sancionar— a las comunidades humanas.

El deshielo como crisis biocultural

Desde los Andes hasta el Himalaya, pasando por las Rwenzori Mountains en África, el artículo documenta cómo el cambio climático altera rituales, calendarios agrícolas, peregrinaciones y normas comunitarias de uso del territorio. En muchos casos, el retroceso glaciar es interpretado como una señal de desequilibrio moral o de ruptura en la relación entre las personas y los seres de la montaña.

Estas lecturas no son explicaciones “alternativas” del cambio climático, sino marcos éticos que históricamente han orientado prácticas de cuidado, límites al uso de los bienes naturales y responsabilidades compartidas frente a la degradación ambiental. Cuando los glaciares desaparecen, no solo se pierde agua o hielo: se debilitan también los sistemas culturales que regulaban la vida en común.

Adaptación, duelo y resistencia

El artículo subraya que las creencias religiosas y espirituales no son estáticas. Frente a la pérdida del hielo, muchas comunidades están reelaborando rituales, redefiniendo símbolos y buscando nuevas formas de relación con montañas y lagos sagrados. Este proceso combina duelo, incertidumbre y creatividad, pero también revela una notable capacidad de adaptación cultural.

Sin embargo, estas transformaciones no ocurren en el vacío. Se desarrollan en contextos de desigualdad histórica, presiones extractivas, turismo intensivo y escasa responsabilidad de los grandes emisores globales. La adaptación, en muchos casos, se convierte en una carga adicional para comunidades que ya enfrentan múltiples formas de exclusión.

Injusticia climática: cuando la crisis no la causaron quienes la padecen

El artículo pone en evidencia una de las contradicciones centrales del cambio climático: las comunidades indígenas y rurales de montaña —responsables mínimas de las emisiones globales— son quienes enfrentan las pérdidas más profundas y complejas. No solo pierden glaciares o estabilidad ecológica, sino también marcos culturales y espirituales que sostienen su relación con el territorio.

Esta desigualdad no es accidental. Responde a una historia larga de colonialismo, extractivismo y marginación política que ha convertido muchos territorios de montaña en zonas de sacrificio. En este contexto, el deshielo aparece como una expresión más de una injusticia climática estructural, donde los costos sociales, culturales y ecológicos recaen sobre quienes menos contribuyeron a la crisis.

Además, en varios casos documentados, las comunidades asumen una carga moral desproporcionada, interpretando el cambio climático como una culpa propia o un castigo por haber fallado en el cuidado del territorio. Esta internalización de la responsabilidad invisibiliza el rol de los Estados, las corporaciones y el modelo económico global que acelera el calentamiento del planeta.

Bienes comunes naturales y culturales: una relación inseparable

Uno de los aportes más potentes del artículo es mostrar que los bienes comunes naturales y culturales no pueden pensarse por separado. Glaciares, montañas y aguas no son bienes comunes solo por su valor ecológico, sino porque sostienen memorias, rituales, lenguajes y formas de organización comunitaria.

Cuando el cambio climático destruye un glaciar, también amenaza los bienes comunes culturales asociados a él: peregrinaciones, relatos fundacionales, autoridades rituales y normas de uso colectivo del territorio. A la inversa, cuando se erosionan estas tramas culturales, se debilitan las capacidades comunitarias para defender y cuidar los bienes naturales.

Desde esta perspectiva, la defensa de los bienes comunes exige ir más allá de la gestión técnica de los recursos y reconocer las dimensiones simbólicas, espirituales y políticas que hacen posible el cuidado colectivo de la vida.

Cuando el hielo habla: territorios y prácticas en transformación

El artículo mencionado, analiza diversos casos situados en regiones montañosas de África, Asia y América Latina, donde el retroceso acelerado de los glaciares está transformando no solo los ecosistemas, sino también las creencias, rituales y formas de relación comunitaria con el territorio. Estos casos muestran cómo el cambio climático se vive como una crisis biocultural que pone en tensión los bienes comunes naturales y culturales.

Cuando el hielo habla: territorios, culturas y crisis climática en distintos contextos
Territorio en transformación¿Quiénes habitan y cuidan?¿Qué está cambiando?Clave para pensar los bienes comunes
Andes (alta montaña)Comunidades indígenas andinasEl retroceso glaciar reconfigura rituales, peregrinaciones y lecturas morales del territorio; las montañas siguen siendo seres con agencia.El cambio climático rompe vínculos históricos de cuidado, revelando desigualdades globales.
Himalaya (Bhután y Nepal)Comunidades sherpa y poblaciones de alturaGlaciares y lagos sagrados “enferman”; tensiones entre espiritualidad, turismo y mercantilización del territorio.Cuidar los bienes comunes implica disputar el uso económico del paisaje sagrado.
Rwenzori Mountains (África oriental)Pueblo BakonjoLa pérdida de glaciares impide rituales clave y debilita normas culturales que regulaban el uso sostenible del entorno.La crisis climática erosiona simultáneamente naturaleza y cultura.
Andes (cambios religiosos)Comunidades en procesos de urbanización y conversiónEl deshielo se interpreta como castigo divino; abandono de rituales tradicionales sin negar la vitalidad del territorio.Los bienes comunes se redefinen en contextos de transformación social y económica.
Himalaya (saberes situados)Comunidades locales y saberes propiosEl glaciar es entendido como parte de un sistema vivo que conecta lagos, ríos, montañas y personas.Los bienes comunes no son objetos: son relaciones vivas e interdependientes.
Tradiciones alteradas por el deshielo: espiritualidad, pérdida y cuidado del territorio

Esta dimensión cultural del deshielo ha sido documentada también por investigaciones y relatos recogidos por UNESCO (2025), que destacan cómo la desaparición de los glaciares afecta directamente la vida espiritual de los pueblos de montaña.

En los Andes, la desaparición del glaciar de Chacaltaya dejó no solo una infraestructura abandonada, sino una herida simbólica profunda en comunidades aymaras que leen este hecho como la confirmación de antiguas profecías. En el sur del Perú, el retroceso del glaciar del Ausangate, venerado como un Apu protector, ha obligado a transformar la peregrinación del Señor de Qoyllurit’i, restringiendo la extracción de hielo como gesto de cuidado hacia la montaña.

En el Himalaya, antes de cualquier expedición al Monte Everest, se realizan ceremonias de Puja para pedir permiso a las divinidades de la montaña. El aumento de accidentes es interpretado por comunidades sherpa como consecuencia del irrespeto, la contaminación y la mercantilización del territorio, más que como simples eventos naturales.

Casos similares se observan en Asia oriental, donde comunidades han restringido incluso el acceso científico a glaciares considerados sagrados, defendiendo la idea de que la continuidad humana está ligada a la del hielo. En todos estos contextos, el deshielo no se vive solo como pérdida material, sino como una amenaza a relaciones recíprocas con un paisaje vivo.

Cuidar el hielo es cuidar la vida en común

En conjunto, los casos analizados muestran que las poblaciones de montaña sostienen una ética de cuidado que reconoce la interdependencia entre humanos y naturaleza. Sus valores desbordan las lógicas de rentabilidad, eficiencia y explotación que dominan la respuesta global al cambio climático.

En un mundo marcado por la injusticia climática, estas experiencias no son expresiones del pasado, sino claves fundamentales para repensar la defensa de los bienes comunes. Cuidar los glaciares no es solo una tarea técnica: es una disputa ética, cultural y política por las formas de habitar y sostener la vida en común.

Nota: Las imágenes utilizadas en esta publicación son de carácter ilustrativo y fueron tomadas del Atlas de Glaciares y Aguas Andinos: el impacto del retroceso de los glaciares sobre los recursos hídricos, elaborado por UNESCO y GRID-Arendal, con fines informativos y educativos.
La imagen de portada corresponde al artículo : Tradiciones alteradas por el deshielo. El Correo de la UNESCO (2025).

Referencias:

Allison, E., Ceruti, C., Muhumuza, M., Salas Carreño, G., Sherpa, P. Y., & Lizaga Villuendas, I. (2026). Melting ice and transforming beliefs. Nature Climate Change, 16(2), 118–122. https://doi.org/10.1038/s41558-025-02551-3

Allison, Elizabeth. (2025). Tradiciones alteradas por el deshielo. UNESCO Courier. https://courier.unesco.org/es/articles/tradiciones-alteradas-por-el-deshielo

UNESCO, GRID-Arendal, Johansen, K. S., Alfthan, B., Baker, E., Hesping, M., Schoolmeester, T., & Verbist, K. (2018). El Atlas de Glaciares y Aguas Andinos: el impacto del retroceso de los glaciares sobre los recursos hídricos. UNESCO / GRID-Arendal. ISBN 978-92-3-300103-9; 978-82-7701-178-3. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000266209

United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization, & IRD Éditions. (2025). The voices of glaciers: Stories of grief and hope among fading glaciers in the tropics. UNESCO; IRD Éditions.

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Mirar el mundo con otros ojos: formación crítica para leer la coyuntura y los territorios

Como en El Eternauta (historieta argentina de 1957, escrita por Héctor Germán Oesterheld y dibujada por Francisco Solano López), no habitamos un mundo neutro ni seguro: una nevada silenciosa —hecha de discursos, decisiones globales, disputas de poder y conflictos territoriales— cae sobre nuestras vidas sin pedir permiso. En ese escenario, sobrevivir no es un acto individual, sino una tarea colectiva que exige comprender qué está pasando, quién decide, a quién beneficia el orden actual y cómo nos afecta en lo cotidiano. El proceso de formación Rompecabezas de las miradas: quién te mira y quién te ve parte de esa intuición: para actuar con sentido, primero hay que aprender a mirar críticamente la realidad.

En ese marco, esta invitación se sitúa en un momento de reacomodo político e ideológico, marcado por el avance de discursos autoritarios, conservadores y excluyentes que cuestionan derechos conquistados y debilitan políticas orientadas a la equidad, la justicia social y la ampliación de la democracia. La derechización de la vida pública no solo redefine agendas institucionales, sino que también tensiona los sentidos comunes, normaliza desigualdades y reconfigura los conflictos en los territorios, afectando de manera directa a comunidades, organizaciones y procesos colectivos. Leer críticamente este contexto se vuelve una tarea urgente para no quedar atrapados en narrativas que justifican la exclusión y para defender, desde abajo, horizontes más justos y solidarios.

A lo largo de seis sesiones presenciales, el proceso propone un espacio de diálogo y construcción colectiva para analizar los cambios globales y su impacto en América Latina y el Caribe, las desigualdades desde una perspectiva de sistema-mundo, el papel de las ideas, los discursos y los medios en la formación de sentidos comunes, así como los territorios en disputa y los conflictos que los atraviesan. Además, se trabajarán herramientas para el análisis de coyuntura y para desmontar narrativas que naturalizan la exclusión, abriendo caminos para pensar alternativas desde los territorios y las organizaciones.

Participar en este proceso es una invitación a fortalecer la mirada crítica, a conectar lo global con lo local y a reconocer los saberes y experiencias comunitarias como fuentes legítimas de conocimiento. Está dirigido a personas interesadas en comprender mejor el presente y en aportar a prácticas colectivas más conscientes, organizadas y transformadoras.

📅 Fechas y temas del proceso de formación
  • 17 de marzo¿Qué está pasando en el mundo y por qué nos afecta?

  • 24 de marzoPoder, sistema-mundo y desigualdades

  • 7 de abrilIdeas, discursos y sentidos comunes

  • 14 de abrilTerritorios en disputa y conflictos actuales

  • 21 de abrilCómo analizar la coyuntura

  • 28 de abrilDesmontar discursos y pensar alternativas

🕕 Todas las sesiones se realizarán a las 6:00 p. m., en modalidad presencial.
📌 La participación requiere compromiso para asistir a todas las sesiones del proceso.

📌 Cupo limitado. La inscripción se realiza mediante el formulario disponible hasta el 10 de marzo 2026.

https://forms.gle/PCqGR5VyJKEqwhMv9

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Monte Alto: el derecho a la vivienda se conquista organizándose

El 25 de enero de 2026, la comunidad de Monte Alto realizó un acto político de celebración y agradecimiento que marcó un hito en su historia colectiva. La actividad fue también el espacio de presentación del documento “La tierra se gana luchando”, una memoria viva que reconstruye casi diez años de lucha por la tierra y la vivienda desde la voz de quienes sostuvieron el proceso.

Monte Alto Celebración y agrade

Lejos de ser un cierre, el encuentro reafirmó que la vivienda digna sigue siendo una conquista en disputa y que la organización comunitaria es la condición básica para hacer efectivo este derecho frente a un modelo urbano excluyente.

La vivienda como derecho, no como mercancía

La experiencia de Monte Alto surge en un contexto donde el acceso a la vivienda se encuentra mediado casi exclusivamente por el mercado. Para cientos de familias trabajadoras, comprar una casa o un lote se volvió imposible, mientras extensas tierras permanecían ociosas o sujetas a la especulación.

Frente a esta realidad, Monte Alto encarna una disputa de fondo: la tierra debe cumplir una función social. La lucha no fue por apropiarse de un bien privado, sino por garantizar un derecho básico: un lugar seguro y estable para vivir. En ese sentido, la experiencia cuestiona directamente la idea de la vivienda como privilegio y la reivindica como condición mínima para la dignidad y la vida.

La organización como infraestructura de la resistencia

Uno de los ejes centrales del documento es la organización colectiva. Desde los primeros momentos, la permanencia en el territorio fue posible gracias a asambleas, comités, guardias comunitarias y acuerdos colectivos. Ninguna familia, de manera individual, habría podido resistir desalojos, presiones legales y abandono institucional durante casi una década.

Monte Alto muestra que la organización no es solo una herramienta defensiva, sino una forma de construir poder popular. La toma de decisiones colectivas permitió sostener la lucha, negociar desde una posición más fuerte y transformar una ocupación precaria en un proceso comunitario con horizonte político.

De la lucha por la tierra al derecho a la vivienda urbana

Un aprendizaje clave del proceso fue la capacidad de adaptación. Aunque la toma inicial estaba pensada desde experiencias agrarias previas, la realidad de las familias —trabajadoras urbanas, sin posibilidad de vivir de la tierra— obligó a repensar el camino.

Este giro no significó abandonar la lucha, sino redefinirla: Monte Alto dejó de pensarse como un espacio productivo agrícola y comenzó a construirse como barrio popular, poniendo en el centro el derecho a la vivienda, la estabilidad familiar y el futuro de niños y niñas. Esta lectura política permitió sostener el proceso sin perder su sentido de justicia social.

Las mujeres: sostener la vida, sostener la lucha

El documento reconoce de manera explícita el papel de las mujeres en Monte Alto. Fueron ellas quienes sostuvieron la vida cotidiana en los momentos más duros: cuidaron a las familias, defendieron los ranchos, mantuvieron la organización y levantaron la moral colectiva frente a la violencia y el despojo.

Este protagonismo no fue accesorio ni simbólico. La experiencia demuestra que sin el liderazgo y la constancia de las mujeres, la lucha no habría sobrevivido. Monte Alto visibiliza así una dimensión fundamental de las luchas por la vivienda: defender la tierra es también defender los cuidados, los vínculos y la reproducción de la vida.

Memoria, aprendizaje y proyección política

“La tierra se gana luchando” no es solo un recuento histórico. Es una apuesta por la memoria como herramienta política. Recuperar lo vivido, reconocer a quienes iniciaron el proceso y sistematizar aprendizajes permite fortalecer las luchas actuales y futuras, tanto dentro como fuera de Monte Alto.

En este sentido, el documento se propone como un insumo para otras comunidades que hoy enfrentan desalojos, exclusión urbana y negación del derecho a la vivienda. La experiencia demuestra que la organización, la constancia y las alianzas amplían las posibilidades de conquista.

Reconocer trayectorias para fortalecer procesos

Durante el acto también se rindió homenaje a Carlos Coronado, referente histórico de las luchas por la tierra y la vivienda en Costa Rica. Su trayectoria expresa la continuidad entre luchas agrarias y urbanas, y una concepción clara: sin organización popular no hay victorias duraderas.

Este reconocimiento no se limita a una figura individual, sino que simboliza una memoria colectiva de luchas que atraviesan generaciones y territorios, y que siguen siendo fundamentales para pensar alternativas frente a la crisis habitacional.

Una lucha que continúa

Aunque se alcanzó un acuerdo que permitió a las familias comprar sus lotes y avanzar hacia la seguridad jurídica, la lucha en Monte Alto no ha terminado. Persisten desafíos relacionados con servicios básicos, infraestructura, vivienda digna y defensa del barrio.

Monte Alto es hoy una experiencia viva que reafirma una certeza política: los derechos no se conceden, se conquistan. Y se conquistan cuando la gente se organiza, construye comunidad y defiende colectivamente la dignidad y la vida.

El derecho a quedarse: una lucha que aún no termina

La historia de Monte Alto no se detiene con los avances alcanzados. En los linderos del asentamiento, decenas de familias siguen viviendo una realidad muy similar a la que dio origen a esta lucha. De un lado, alrededor de 80 familias; del otro, unas 20 familias más, con más de diez años de posesión, raíces construidas en el territorio y niños y niñas que han nacido y crecido ahí, enfrentando los mismos problemas de acceso a vivienda, servicios y seguridad jurídica.

Estas familias no son un “caso aparte”. Forman parte de la misma realidad de exclusión urbana y tienen el mismo derecho a la estabilidad, al arraigo y a una vida digna. Hoy, muchas de ellas han comenzado a organizarse, buscando orientación y acompañamiento para defender su derecho a permanecer en el lugar que han construido como hogar.

El camino no es sencillo. Requiere trabajo colectivo, constancia y apoyo solidario. Pero la experiencia de Monte Alto demuestra que organizarse es posible y necesario, y que la estabilidad de las familias no es un favor ni una concesión: es un derecho por el que vale la pena seguir luchando.

Homenaje a una trayectoria de lucha colectiva

Durante el acto político realizado en Monte Alto, la comunidad rindió un sentido homenaje a Carlos Coronado, en reconocimiento a su trayectoria histórica en las luchas por la tierra y la vivienda. El homenaje destacó no solo su papel en el impulso y acompañamiento del proceso de Monte Alto, sino una vida dedicada a fortalecer la organización popular, a abrir caminos colectivos y a sostener la convicción de que los derechos se conquistan luchando.

Descargá el documento La tierra se gana luchando y conocé la historia de Monte Alto, sus aprendizajes colectivos y los desafíos que siguen abiertos en la lucha por el derecho a la vivienda.

Revisa el documento aquí

Galería

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Reconociendo nuestros territorios: Sexto conteo de Primates en Tacares de Grecia

Este video presenta una entrevista a Francis Suárez, de Primates de Grecia, realizada en el marco del conteo anual de primates en Grecia, una experiencia de monitoreo participativo que combina ciencia ciudadana, educación ambiental y reflexión territorial.

A partir de su experiencia en el acompañamiento de estas iniciativas, la conversación aborda las crecientes presiones que enfrentan los ecosistemas del cantón: la fragmentación del bosque, la pérdida de corredores biológicos y el avance de formas de desarrollo que debilitan las condiciones que sostienen la vida silvestre y humana. El testimonio permite comprender cómo estas transformaciones no solo afectan a los primates y otras especies, sino también al agua, al paisaje y a la calidad de vida de las comunidades locales.

El video invita a pensar el conteo de primates no solo como una actividad técnica de registro de fauna, sino como una práctica pedagógica y política que fortalece la participación comunitaria, visibiliza los riesgos socioambientales y promueve una relación más responsable con el territorio. En este sentido, la ciencia ciudadana aparece como una herramienta clave para democratizar el conocimiento, articular saberes locales y generar conciencia colectiva frente a los procesos de deterioro ambiental.

Esta es una actividad en la que participó el Observatorio de Bienes Comunes, y que se inscribe en su trabajo por analizar críticamente los modelos de desarrollo, defender los bienes comunes y aportar a la construcción de territorios donde la vida —humana y no humana— sea el centro de las decisiones.

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Conversando en torno a la defensa ambiental, justicia y riesgos en el Caribe Sur

El pasado viernes 20 de febrero, estudiantes del curso Política Ambiental en Costa Rica y Centroamérica de la Universidad de Costa Rica sostuvieron un conversatorio vía Zoom con Philippe Vangoidsenhoven, defensor ambiental con más de dos décadas de trabajo de monitoreo y denuncia en el Caribe Sur costarricense.

Durante el intercambio, Philippe compartió su experiencia como defensor ambiental, documentando la destrucción de humedales, playas y zonas boscosas asociadas a proyectos inmobiliarios y turísticos, así como los costos personales y riesgos que implica esta labor: hostigamiento legal, agresiones físicas, daños materiales y desgaste emocional. La conversación permitió problematizar la distancia entre la imagen internacional de Costa Rica como país “verde” y las debilidades reales en la aplicación efectiva de la legislación ambiental.

Uno de los ejes centrales fue el funcionamiento del sistema judicial y administrativo. Philippe relató obstáculos recurrentes en fiscalías, municipalidades y dependencias ambientales, incluyendo denuncias archivadas sin análisis riguroso y resistencias institucionales, aunque también reconoció avances recientes en la respuesta de la Fiscalía Ambiental, especialmente en la reducción de los tiempos de inspección. Desde esta experiencia, se subrayó la urgente necesidad de protocolos de protección para personas defensoras ambientales y de mayor coherencia entre normativa, instituciones y territorio.

El conversatorio también abordó los desafíos cotidianos de la defensa ambiental: la dificultad de sostener procesos legales a largo plazo, la limitada participación comunitaria cuando los impactos no son inmediatos y la frustración que genera la impunidad ambiental. En este contexto, se destacó la importancia del monitoreo ciudadano, la documentación sistemática (fotografías, videos y registros) y la articulación con comunidades, estudiantes y actores institucionales comprometidos.

En este marco, la experiencia compartida permitió identificar de manera concreta algunas de las principales limitaciones estructurales y personales que enfrenta la defensa ambiental en el Caribe Sur, y que atraviesan de forma permanente el trabajo de monitoreo y denuncia:

Limitaciones y obstáculos en la labor de defensa ambiental

  • -Riesgos personales y de seguridad: exposición constante a agresiones físicas, hostigamiento y daños materiales como consecuencia directa de las denuncias realizadas.
  • -Hostigamiento legal y desgaste emocional: uso del sistema judicial como mecanismo de presión, con múltiples procesos que demandan tiempo, recursos económicos y afectan la salud mental.
  • -Debilidades institucionales: denuncias archivadas sin análisis adecuado, falta de seguimiento sostenido y respuestas desiguales por parte de fiscalías, municipalidades y autoridades ambientales.
  • -Falta de protección a personas defensoras: ausencia de protocolos claros y efectivos que garanticen seguridad personal y acompañamiento institucional frente a amenazas y represalias.
  • -Burocracia y lentitud procesal: procedimientos extensos que dificultan la aplicación oportuna de medidas cautelares y permiten la continuidad del daño ambiental.
  • -Limitada participación comunitaria: bajo involucramiento social cuando los impactos no afectan directamente intereses individuales o propiedades privadas, asociado también al miedo a represalias, conflictos locales o consecuencias legales derivadas de denunciar.
  • -Asimetría de poder: desventaja frente a actores económicos y políticos con mayores recursos para influir en decisiones administrativas y judiciales.
  • -Costos económicos personales: inversión de recursos propios en monitoreo, documentación y traslados, sin respaldo financiero institucional estable.

Estas limitaciones no solo evidencian las tensiones que atraviesan la defensa del territorio, sino que permiten comprender por qué la protección ambiental depende, en muchos casos, del compromiso sostenido de personas y comunidades frente a un Estado que responde de manera fragmentada.

La importancia de estos espacios de intercambio

Este tipo de encuentros permiten vincular la formación académica con los conflictos socioambientales reales, poniendo en diálogo el conocimiento técnico, la experiencia territorial y la reflexión crítica. Para el estudiantado, escuchar directamente a personas defensoras ambientales contribuye a comprender las tensiones entre desarrollo, legalidad y justicia ambiental, así como los riesgos que enfrentan quienes protegen los bienes comunes.

Al mismo tiempo, estos espacios fortalecen el papel de la universidad pública como actor social, capaz de visibilizar problemáticas silenciadas, cuestionar discursos oficiales y acompañar procesos de defensa del territorio. El conversatorio reafirmó la necesidad de construir puentes entre academia, comunidades y personas defensoras, colocando en el centro la vida, el cuidado de la naturaleza y la democracia ambiental.

La voz del territorio: valoración de Philippe sobre estos espacios

Como cierre del conversatorio, Philippe compartió una reflexión en audio sobre la importancia de estos espacios de intercambio entre la universidad y quienes defienden el territorio desde la práctica cotidiana. En su apreciación, destacó el valor de poder hablar con franqueza, compartir experiencias que muchas veces quedan fuera del discurso oficial y encontrar en el estudiantado un interés genuino por comprender lo que ocurre más allá de los marcos normativos.

El audio refuerza la necesidad de que estos encuentros no sean excepcionales, sino parte de un diálogo sostenido que permita romper el aislamiento de las personas defensoras ambientales, fortalecer la conciencia crítica y construir redes de apoyo desde el conocimiento, la escucha y la solidaridad.

🎧 A continuación, compartimos el audio con la reflexión de Philippe sobre el sentido y la relevancia de estos espacios de encuentro.