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Minerales críticos, centros de datos y disputa por los territorios: ¿quién sostiene el poder tecnológico mundial?

La expansión de la inteligencia artificial, la construcción de centros de datos y la transición energética están intensificando la competencia por los minerales, la energía, el agua y las infraestructuras que sostienen la economía digital. Mientras las grandes potencias buscan asegurar sus cadenas de suministro, Costa Rica y Centroamérica enfrentan una pregunta fundamental: ¿cómo participar en esta transformación tecnológica sin subordinar las necesidades de sus territorios a las prioridades de la competencia global?

La inteligencia artificial parece habitar un espacio inmaterial. Hablamos de la nube, de servicios digitales y de sistemas capaces de procesar enormes cantidades de información. Sin embargo, detrás de esa aparente inmaterialidad existe una infraestructura física que ocupa territorios, consume electricidad y agua, requiere equipos especializados y depende de cadenas internacionales de extracción y procesamiento de minerales.

Cada centro de datos necesita instalaciones, sistemas de refrigeración, conexiones eléctricas, equipos de almacenamiento, redes de comunicación y componentes electrónicos. Su construcción y funcionamiento forman parte de una economía tecnológica que depende de materiales como el cobre, el aluminio, el litio, el níquel, el galio y las tierras raras, entre otros, aunque los requerimientos específicos varían según la infraestructura y la tecnología utilizada.

La creciente demanda de capacidad informática, impulsada en parte por la inteligencia artificial, está colocando estas infraestructuras en el centro de nuevas decisiones de inversión y planificación territorial. La expansión de los centros de datos no puede comprenderse únicamente como una cuestión de innovación, conectividad o competitividad económica. También debe analizarse desde las condiciones materiales que hacen posible su funcionamiento y desde las relaciones de poder que determinan quién controla esas condiciones.

Esta discusión se conecta con una transformación más amplia: la creciente importancia de los minerales críticos en la competencia internacional.

El informe Mineral Commodity Summaries 2026 (MCS 2026), publicado por el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), permite examinar cómo se construye la preocupación por el suministro de minerales y cómo esta se traduce en políticas industriales, alianzas comerciales, proyectos extractivos e iniciativas para reorganizar las cadenas globales de producción.

Más allá de sus datos sobre producción, reservas e importaciones, el documento ofrece una oportunidad para plantear preguntas sobre el futuro tecnológico: ¿quién define qué recursos son estratégicos?, ¿qué territorios se consideran prioritarios para garantizar su suministro?, ¿qué necesidades justifican la expansión de estas infraestructuras? y ¿quién asume los costos ambientales y sociales de un modelo de desarrollo cada vez más dependiente de la capacidad de procesamiento digital?

¿Quién decide qué minerales son críticos?

La expresión minerales críticos suele asociarse con materiales indispensables para determinadas industrias y tecnologías, cuyo suministro enfrenta riesgos de interrupción. Sin embargo, la criticidad no depende exclusivamente de las propiedades de un mineral ni de su disponibilidad geológica. También está relacionada con las prioridades industriales, la organización de los mercados y las relaciones políticas entre países.

El informe del USGS destaca la dependencia estadounidense de las importaciones. Según las cifras presentadas en el documento, Estados Unidos depende completamente de las importaciones para 16 minerales y en más de un 50 % para otros 54.

Estos datos permiten dimensionar la exposición de su industria a las interrupciones del suministro externo. Pero las cifras adquieren un significado político cuando esa dependencia se presenta como una amenaza para la seguridad nacional.

En ese contexto, la vulnerabilidad se convierte en un argumento para impulsar medidas como aranceles, subsidios, inversiones en producción nacional, acumulación de reservas estratégicas, acuerdos con proveedores considerados confiables e incluso medidas coercitivas para asegurar el acceso a estos recursos.

La clasificación de los minerales críticos contribuye así a establecer prioridades para la intervención estatal. Al determinar qué materiales son indispensables para la economía y la seguridad del país, también se define qué sectores deben recibir apoyo, qué actividades productivas deben fortalecerse y qué territorios adquieren un nuevo valor estratégico.

La cuestión no consiste en negar los riesgos reales asociados con la concentración de la producción o las restricciones comerciales. Consiste en examinar cómo se interpretan esos riesgos, qué respuestas políticas se consideran legítimas y qué intereses quedan en el centro de las decisiones.

Cuando garantizar el suministro se convierte en una prioridad, los minerales dejan de ser solamente materias primas y pasan a formar parte de una estrategia para organizar la economía, la tecnología y el territorio.

Esta dinámica también permite advertir una contradicción: reducir la dependencia de un proveedor no significa necesariamente disminuir la dependencia general de los recursos naturales. Un país puede diversificar sus importaciones, abrir nuevas minas y fortalecer su industria nacional sin reducir el volumen de materiales que consume.

La discusión sobre los minerales críticos exige, por tanto, distinguir entre la seguridad del abastecimiento y la sostenibilidad del modelo económico que genera esa demanda.

China, Estados Unidos y la disputa por las cadenas de suministro

La competencia por los minerales está estrechamente vinculada con las tensiones entre Estados Unidos y China. Ambos países ocupan posiciones importantes en la economía tecnológica mundial, pero sus capacidades productivas y sus relaciones con los proveedores de materias primas son diferentes.

El informe del USGS identifica dependencias estadounidenses de proveedores extranjeros y documenta restricciones comerciales aplicadas por distintos países a determinados minerales. Estas medidas muestran que las cadenas de suministro no son espacios exclusivamente comerciales: también pueden convertirse en instrumentos de negociación y presión política.

La respuesta estadounidense incluye iniciativas para recuperar capacidades industriales nacionales, diversificar proveedores y fortalecer relaciones con países considerados aliados. Estas estrategias buscan reducir las vulnerabilidades de las cadenas de suministro y asegurar el acceso a materiales necesarios para las industrias estratégicas.

Sin embargo, reducir la dependencia de un proveedor no significa necesariamente transformar las relaciones desiguales que caracterizan el comercio internacional de materias primas. También puede significar trasladar la extracción, el procesamiento y las infraestructuras hacia otros territorios que ofrezcan condiciones favorables.

En este contexto, las estrategias de friendshoring y nearshoring adquieren relevancia para América Latina. La región puede resultar atractiva por su ubicación geográfica, sus recursos energéticos, sus conexiones comerciales y las oportunidades para instalar nuevas infraestructuras industriales y digitales.

La pregunta es qué lugar ocuparán nuestros países en esta reorganización. ¿Serán capaces de desarrollar capacidades tecnológicas propias y fortalecer sus economías, o su participación se concentrará en ofrecer energía, suelo, infraestructura y otros recursos para satisfacer las necesidades de las grandes empresas tecnológicas?

Esta interrogante adquiere una dimensión particular cuando la competencia por las materias primas se combina con la expansión de los centros de datos.

La fiebre por los centros de datos: la nube también ocupa territorio

La expansión de la inteligencia artificial está impulsando una nueva carrera por construir centros de datos capaces de procesar, almacenar y transmitir cantidades crecientes de información.

Estas instalaciones se han convertido en infraestructuras estratégicas para las empresas tecnológicas y los países que buscan fortalecer su posición en la economía digital. América Latina participa de esta expansión: un análisis de mercado de JLL publicado en febrero de 2026 documenta el crecimiento de la capacidad de centros de datos en la región y la aparición de nuevos proyectos.

La tendencia responde a necesidades reales de conectividad, almacenamiento y procesamiento. Sin embargo, también plantea preguntas sobre la escala de las inversiones, los recursos que requieren y los beneficios que dejan en los territorios donde se instalan.

Un centro de datos no es simplemente un edificio lleno de servidores. Es una infraestructura que necesita suministro eléctrico continuo, sistemas de refrigeración, redes de telecomunicaciones, equipamiento electrónico y condiciones específicas para operar. Su construcción y funcionamiento también se relacionan con cadenas globales de producción que comienzan mucho antes de que los equipos lleguen a su destino.

La expansión de estas instalaciones conecta directamente la economía digital con la disputa por los minerales críticos.

Los servidores, los sistemas de alimentación eléctrica, los equipos de comunicación y los sistemas de refrigeración requieren diferentes materiales industriales. El cobre, por ejemplo, es fundamental para numerosos componentes eléctricos; el aluminio se utiliza en distintas estructuras y equipos; y los semiconductores dependen de cadenas productivas que emplean diversos minerales y materiales especializados.

No todos los minerales considerados críticos por Estados Unidos tienen la misma importancia para cada centro de datos. La composición material depende de las tecnologías, los equipos y las decisiones de diseño. Pero el conjunto de estas infraestructuras forma parte de una economía tecnológica cuya expansión depende de la disponibilidad de materiales, energía y capacidad industrial.

La nube no elimina la dependencia de los recursos naturales: la reorganiza y, en muchos casos, la vuelve menos visible para quienes utilizan sus servicios.

Esta dimensión material obliga a ampliar la discusión sobre la inteligencia artificial. No basta con preguntarnos qué nuevas aplicaciones podemos desarrollar o qué ventajas competitivas ofrece una mayor capacidad de procesamiento. También necesitamos saber qué recursos se requieren para sostenerla, de dónde provienen y qué consecuencias genera su producción.

Energía y agua: las condiciones territoriales de la inteligencia artificial

La construcción de centros de datos de gran escala puede incrementar la demanda eléctrica y requerir nuevas inversiones en generación, transmisión y distribución de energía. Las necesidades de agua dependen de los sistemas de refrigeración, las condiciones climáticas, el diseño de las instalaciones y las tecnologías utilizadas.

Estos requerimientos no son iguales en todos los proyectos. Por eso, las evaluaciones deben considerar las características específicas de cada instalación y del territorio donde pretende establecerse.

El desafío aparece cuando la expansión de la infraestructura digital se planifica principalmente desde las necesidades de las empresas, sin discutir suficientemente sus implicaciones para el abastecimiento energético, la gestión del agua y otras prioridades sociales.

Una inversión puede generar empleos y ampliar determinadas capacidades técnicas, pero sus beneficios deben examinarse junto con sus costos, sus requerimientos de infraestructura y las obligaciones que asume frente a las comunidades.

También es importante preguntar quién financia las obras necesarias para garantizar el suministro eléctrico, cómo se distribuyen los costos de ampliar las redes y qué sucede si la demanda proyectada supera las capacidades disponibles.

Estas preguntas no implican rechazar de antemano los centros de datos. Permiten establecer las condiciones bajo las cuales su instalación puede resultar compatible con las necesidades del territorio.

La cuestión es especialmente importante porque la demanda de infraestructura digital no constituye un fin en sí mismo. Su expansión responde a decisiones empresariales, modelos de negocio y expectativas de crecimiento que también deben poder discutirse públicamente.

¿Qué necesidades sociales justifican ampliar la capacidad de procesamiento digital y cómo se comparan sus beneficios con el uso de energía, agua y suelo que exige esa expansión?

Plantear esta pregunta permite diferenciar entre las necesidades colectivas de conectividad y acceso a la tecnología y los intereses particulares asociados con el crecimiento de determinadas plataformas y servicios comerciales.

Costa Rica: ¿una nueva frontera para las infraestructuras digitales?

En Costa Rica, esta discusión ha adquirido una relevancia concreta con el interés por atraer inversiones en centros de datos especializados en inteligencia artificial.

El 17 de septiembre de 2026, la Universidad Estatal a Distancia informó sobre una iniciativa anunciada para Limón que contempla un campus de aproximadamente 42 hectáreas y una capacidad proyectada de hasta 200 megavatios. La publicación señala que su viabilidad requiere examinar aspectos como el consumo eléctrico, la disponibilidad de agua, los permisos ambientales, la conectividad y los beneficios para las comunidades. Se trata de características anunciadas para un proyecto, no de un consumo que deba darse por realizado.

La dimensión de esta iniciativa permite comprender por qué la expansión de los centros de datos debe formar parte de una discusión nacional sobre el modelo de desarrollo.

Costa Rica ha construido una posición internacional vinculada con la conservación de la biodiversidad, la generación eléctrica renovable y la producción de dispositivos médicos y otros bienes de alta tecnología. Estas capacidades pueden ofrecer oportunidades para participar en nuevas actividades económicas, pero también hacen necesario examinar las condiciones bajo las cuales se desarrollan las inversiones.

El interés por atraer centros de datos no debería evaluarse únicamente por el volumen de capital anunciado o por la posibilidad de posicionar al país como destino tecnológico. También es necesario conocer sus requerimientos de energía y agua, las inversiones públicas que podrían necesitar, los empleos que generarían, la formación profesional asociada y las capacidades que permanecerían en el territorio.

La pregunta es particularmente importante cuando se trata de instalaciones que pueden requerir grandes cantidades de electricidad y elevados niveles de inversión, pero cuya operación no necesariamente se traduce en una cantidad proporcional de empleos directos.

Esto no significa que los centros de datos carezcan de beneficios económicos o tecnológicos. Significa que sus aportes deben evaluarse a partir de información concreta y de las prioridades que la sociedad establezca para el uso de sus recursos.

¿Desarrollo tecnológico o provisión de condiciones para el capital global?

Costa Rica necesita discutir qué entiende por desarrollo tecnológico.

Una posibilidad es concentrarse en atraer instalaciones que respondan a la demanda internacional de capacidad informática. Otra es aprovechar las inversiones para fortalecer la formación profesional, la investigación, la innovación local y las capacidades productivas vinculadas con la economía digital.

Ambas dimensiones no son necesariamente incompatibles. Sin embargo, sus resultados dependen de las condiciones de cada proyecto, de las políticas públicas que lo acompañan y de la capacidad de negociación del país.

Por eso, resulta importante preguntar qué compromisos asumen las empresas, qué conocimientos se desarrollan localmente, qué oportunidades existen para proveedores nacionales y cómo se distribuyen los beneficios económicos.

También es necesario analizar los efectos territoriales. La disponibilidad de electricidad, agua y suelo no puede considerarse únicamente una ventaja competitiva para atraer inversiones. Estos recursos sostienen múltiples actividades y formas de vida, y su utilización requiere decisiones que contemplen las necesidades de las poblaciones.

El país debe preguntarse, además, si dispone de información pública suficiente para evaluar las implicaciones de proyectos de gran escala y si existen mecanismos adecuados para que las comunidades participen en las decisiones que pueden transformar sus territorios.

La llegada de nuevas inversiones tecnológicas puede abrir oportunidades, pero su contribución al bienestar colectivo no está garantizada de antemano.

El desafío consiste en que la política de atracción de inversiones no sustituya la discusión sobre qué desarrollo tecnológico necesita Costa Rica y bajo qué condiciones quiere construirlo.

Centroamérica: territorios estratégicos en una economía que necesita más infraestructura

La expansión de los centros de datos también está generando interés en otros países de Centroamérica. La ubicación geográfica de la región, sus conexiones internacionales y el desarrollo de sus infraestructuras de telecomunicaciones ofrecen oportunidades para ampliar las redes digitales.

Sin embargo, la instalación de centros de datos forma parte de un proceso más amplio de reorganización de la economía mundial. La competencia por las infraestructuras digitales se conecta con la búsqueda de electricidad, materiales, conectividad y territorios donde desarrollar nuevas capacidades industriales.

Esto significa que Centroamérica puede adquirir importancia no solo como mercado de servicios digitales, sino también como espacio para instalar infraestructuras que sostengan actividades económicas desarrolladas en otras partes del mundo.

La pregunta es si esta transformación contribuirá a fortalecer las capacidades de la región o si profundizará una inserción económica basada principalmente en ofrecer condiciones favorables para el capital internacional.

La diferencia importa.

Una región puede atraer inversiones, ampliar sus redes de telecomunicaciones y construir nuevas instalaciones sin desarrollar necesariamente las capacidades científicas, industriales y tecnológicas necesarias para controlar una parte significativa de las actividades de mayor valor agregado.

También puede asumir los costos de ampliar sus infraestructuras energéticas e hídricas sin que exista una discusión suficiente sobre quién se beneficia de esas inversiones y quién termina financiándolas.

Por eso, las políticas de atracción de centros de datos deben analizarse junto con las estrategias de desarrollo industrial, formación profesional, investigación científica, planificación energética y protección ambiental.

La coordinación regional podría contribuir a establecer criterios comunes de transparencia, evaluación ambiental y distribución de beneficios. También permitiría fortalecer las capacidades públicas para negociar con empresas internacionales y evitar que la competencia entre países por atraer inversiones debilite las condiciones sociales y ambientales.

La integración centroamericana no debería limitarse a facilitar el tránsito de mercancías o conectar infraestructuras. También puede servir para discutir colectivamente cómo participar en la economía digital y qué condiciones deben respetarse para proteger los bienes comunes y las necesidades de las poblaciones.

Los costos invisibles de la transición tecnológica

La relación entre minerales críticos y centros de datos permite identificar una contradicción que atraviesa buena parte de la economía tecnológica contemporánea.

Por un lado, la digitalización se presenta como una vía para mejorar la eficiencia, ampliar el acceso a la información y desarrollar nuevas soluciones para problemas sociales y ambientales. Por otro, su expansión requiere infraestructuras materiales que dependen de la extracción de recursos, el consumo de energía y la transformación de territorios.

Esta contradicción no significa que las tecnologías digitales sean intrínsecamente perjudiciales. Sus efectos dependen de cómo se diseñan, para qué se utilizan, quién controla sus infraestructuras y qué necesidades buscan satisfacer.

La inteligencia artificial puede tener aplicaciones relevantes en la investigación científica, la salud, la educación y el análisis ambiental. Pero esas posibilidades no justifican automáticamente cualquier expansión de la capacidad informática ni cualquier proyecto de infraestructura.

Es necesario distinguir entre el desarrollo de herramientas que contribuyen a resolver necesidades colectivas y el crecimiento de sistemas orientados principalmente a ampliar mercados, automatizar actividades rentables o sostener modelos de negocio basados en un consumo creciente de recursos.

La misma distinción debe aplicarse a la transición energética.

La sustitución de combustibles fósiles por fuentes renovables es importante para enfrentar el cambio climático, pero las tecnologías utilizadas también requieren materiales y procesos industriales. Una transición que reduce determinadas emisiones mientras desplaza los costos ambientales hacia territorios de extracción necesita ser examinada desde una perspectiva de justicia ambiental.

Asimismo, la sustitución de un proveedor de minerales por otro puede reducir una dependencia geopolítica sin disminuir la presión general sobre los recursos naturales.

El reciclaje, la recuperación de materiales, la durabilidad de los equipos y la reparación pueden contribuir a reducir algunas necesidades extractivas. Sin embargo, sus resultados dependen de las características de las tecnologías, los sistemas de recuperación y las decisiones económicas que orientan la producción.

Por eso, el desafío no consiste únicamente en hacer más eficiente la infraestructura tecnológica. También implica discutir cuánto necesitamos expandirla, con qué propósitos y bajo qué criterios sociales y ambientales.

Una tecnología no puede considerarse sostenible únicamente porque su funcionamiento utiliza electricidad renovable o porque ofrece servicios digitales avanzados. También debemos considerar los materiales que requiere, los territorios que transforma y las necesidades que contribuye a satisfacer.

Una agenda para Costa Rica y Centroamérica: ¿qué debemos discutir?

La competencia por los minerales críticos y la expansión de los centros de datos plantean desafíos que no pueden resolverse únicamente desde las políticas de inversión extranjera o las estrategias empresariales.

Para Costa Rica y Centroamérica, resulta necesario construir una agenda que permita evaluar estas transformaciones desde las necesidades de las poblaciones y las condiciones de sus territorios.

Primero, conocer los requerimientos materiales de la economía digital. Esto supone examinar las cadenas de suministro, la procedencia de los equipos, los materiales utilizados y las implicaciones de su producción. La infraestructura digital debe dejar de presentarse como una actividad desvinculada de los territorios donde se extraen sus recursos.

Segundo, garantizar la transparencia sobre el uso de la energía y el agua. Los proyectos de centros de datos deben evaluarse con información verificable sobre su demanda prevista, sus sistemas de refrigeración, las inversiones necesarias y sus posibles efectos sobre otros usos de estos recursos.

Tercero, discutir los beneficios sociales de las inversiones. La creación de empleo, la formación profesional, la transferencia de conocimientos, el desarrollo de proveedores nacionales y las contribuciones económicas deben examinarse de manera concreta, sin asumir que el volumen de inversión garantiza por sí mismo un beneficio colectivo.

Cuarto, fortalecer la participación de las comunidades. Las decisiones sobre nuevas infraestructuras deben considerar las necesidades de los territorios y permitir una discusión pública informada sobre sus implicaciones. La participación no debería limitarse a comunicar proyectos ya definidos, sino contribuir a establecer sus condiciones y prioridades.

Quinto, desarrollar capacidades científicas y tecnológicas propias. La región necesita políticas que fortalezcan la investigación, la formación profesional, la innovación y la capacidad pública para evaluar y regular las nuevas tecnologías. Esto permitiría ampliar las posibilidades de negociación y reducir la dependencia de conocimientos, equipos y decisiones controlados exclusivamente desde el exterior.

Sexto, preguntarnos qué necesidades queremos atender con la tecnología. La expansión de la capacidad informática debe discutirse junto con las prioridades sociales. El acceso a servicios digitales, la educación, la investigación científica y las herramientas para enfrentar problemas ambientales son dimensiones que merecen consideración, pero sus requerimientos deben compararse con los costos y las alternativas disponibles.

Estas discusiones pueden contribuir a que la región no se limite a competir por atraer proyectos, sino que desarrolle criterios propios para decidir qué inversiones necesita, cuáles son sus condiciones y qué formas de desarrollo desea impulsar.

La nube, los minerales y los bienes comunes: ¿quién decide sobre el futuro?

El informe Mineral Commodity Summaries 2026 muestra cómo el acceso a los minerales se ha convertido en un componente estratégico de la competencia internacional. La dependencia de las importaciones, las restricciones comerciales y las políticas para reorganizar las cadenas de suministro revelan que la economía tecnológica está profundamente vinculada con las decisiones de los Estados y las empresas sobre los recursos materiales.

La expansión de los centros de datos añade otra dimensión a esta disputa. La inteligencia artificial y los servicios digitales necesitan infraestructuras que ocupan territorios, requieren energía y agua y dependen de cadenas globales de extracción, procesamiento y fabricación.

Estas transformaciones también afectan a Costa Rica y Centroamérica. La región puede encontrar oportunidades para desarrollar nuevas capacidades tecnológicas, pero también enfrenta el desafío de determinar cómo se distribuyen los beneficios y las responsabilidades asociados con estas inversiones.

El punto de partida debe ser reconocer que el agua, la energía, los ecosistemas y los territorios no son únicamente factores de producción disponibles para satisfacer las demandas del mercado internacional. Son condiciones que sostienen la vida y que permiten el desarrollo de múltiples actividades sociales, económicas y culturales.

Desde esta perspectiva, la discusión sobre los centros de datos y los minerales críticos también es una discusión sobre los bienes comunes: sobre las condiciones materiales que compartimos, las relaciones que las sostienen y las decisiones colectivas que necesitamos construir para protegerlas.

No se trata de rechazar la tecnología ni de ignorar las oportunidades que puede ofrecer. Se trata de evitar que la promesa de innovación cierre la discusión sobre sus consecuencias y que la necesidad de atraer inversiones sustituya la capacidad de decidir sobre nuestros territorios.

La pregunta central no es únicamente cómo posicionar a Costa Rica en la economía digital o cómo conseguir que Centroamérica participe en las nuevas cadenas de suministro. Es también cómo garantizar que esa participación contribuya a mejorar las condiciones de vida, fortalezca las capacidades de nuestras sociedades y respete los límites ecológicos.

¿Quién decide qué tecnologías necesitamos? ¿Quién controla los recursos que las hacen posibles? ¿Quién recibe sus beneficios y quién asume sus costos?

La fiebre por los centros de datos y la disputa por los minerales críticos nos recuerdan que el poder tecnológico también es poder sobre la materia, la energía, el agua y el territorio.

Comprender estas relaciones es indispensable para abrir una discusión pública sobre el futuro que queremos construir. Porque la pregunta no es solamente de quién es la nube, sino también de quién son los recursos que la sostienen, al servicio de qué intereses se organizan y qué lugar ocupan nuestras comunidades en las decisiones sobre su futuro.

El Escudo de las Américas: minerales críticos, centros de datos y seguridad para quién

La inclusión de los minerales críticos entre las prioridades de seguridad del Escudo de las Américas abre una discusión fundamental sobre el rumbo de la transformación tecnológica en Centroamérica. Cuando el acceso a determinados materiales y la protección de las cadenas de suministro se vinculan con la seguridad regional, los minerales dejan de ser considerados únicamente recursos necesarios para la industria y pasan a ocupar un lugar estratégico en la competencia económica y geopolítica. Esta perspectiva también permite comprender la creciente importancia de las infraestructuras digitales, entre ellas los centros de datos que sostienen la expansión de la inteligencia artificial.

En este escenario, la llamada fiebre por los centros de datos adquiere una dimensión política. Estas instalaciones requieren energía, agua, conectividad y suelo, y su expansión puede generar nuevas presiones sobre los territorios. Si, además, las infraestructuras digitales comienzan a presentarse como estratégicas para la seguridad económica y tecnológica, surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando las necesidades de las comunidades entran en conflicto con las prioridades de seguridad definidas por los gobiernos y los intereses económicos globales?

La preocupación no consiste en afirmar que el Escudo de las Américas establezca mecanismos para imponer proyectos o limitar la participación comunitaria, sino en examinar las implicaciones de situar los minerales críticos y sus cadenas de suministro en el ámbito de la seguridad. Cuando una inversión se presenta como indispensable para la competitividad, el desarrollo tecnológico o la seguridad nacional, existe el riesgo de que las objeciones de las comunidades sean tratadas como obstáculos frente a objetivos considerados superiores. Por eso, es necesario preguntarse qué espacio tendrán la deliberación pública, la evaluación de los impactos y la capacidad de las poblaciones para cuestionar iniciativas que comprometan sus condiciones de vida.

Para Costa Rica y Centroamérica, esta discusión resulta especialmente relevante. La atracción de inversiones en infraestructura digital no debería evaluarse únicamente por el capital movilizado o la posición que los países puedan ocupar en las cadenas globales de suministro. También requiere examinar quién recibe los beneficios, quién asume los costos de ampliar las redes eléctricas y los servicios de agua, qué necesidades locales podrían quedar desplazadas y qué mecanismos permiten a las comunidades intervenir en las decisiones. Si los centros de datos y las cadenas de suministro de minerales críticos adquieren prioridad estratégica, ¿podrán las comunidades decidir sobre el futuro de sus territorios o sus necesidades quedarán subordinadas a intereses definidos fuera de ellos?

La cuestión de fondo es qué entendemos por seguridad. ¿Se trata de garantizar el suministro de materiales, la disponibilidad de energía y el funcionamiento de infraestructuras para la economía digital, o también de proteger el agua, los ecosistemas, las condiciones de vida y la capacidad de los pueblos para decidir sobre los bienes comunes? Vincular la tecnología con la seguridad regional no debería convertir las prioridades geopolíticas en razones para reducir el debate democrático. Por el contrario, hace más necesario fortalecer la transparencia, la participación ciudadana y los mecanismos de rendición de cuentas.

En última instancia, la pregunta para Centroamérica no es solamente cómo incorporarse a la economía digital, sino quién define sus prioridades, a qué intereses responde esa transformación y qué capacidad tendrán los pueblos para decidir sobre ella. Porque una región puede convertirse en un espacio estratégico para las cadenas globales de suministro y la expansión tecnológica sin que eso garantice mejores condiciones de vida para sus habitantes. El desafío es evitar que la seguridad de la economía digital termine prevaleciendo sobre la seguridad y la autonomía de las comunidades que sostienen, habitan y cuidan estos territorios.

Referencias:

Acontecer Digital. (2026, 17 de septiembre). Data center en Costa Rica abre oportunidad tecnológica, pero exige certezas sobre energía, agua y viabilidad. Universidad Estatal a Distancia.

Departamento de Estado de los Estados Unidos. (2026, 22 de septiembre). Declaración conjunta sobre el Escudo de las Américas.

Picerni, R. (2026, 23 de febrero). Latin America data center report: Year-end 2025. JLL.

U.S. Geological Survey. (2026). Mineral commodity summaries 2026. U.S. Department of the Interior.

Pueden descargar aquí la infografía

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1492 y la herida colonial: Mariátegui y el desafío de pensar desde el territorio

El 12 de octubre suele recordarse bajo distintas denominaciones: Día de la Raza, Día de la Hispanidad o Encuentro de Dos Mundos. Sin embargo, estas expresiones no son neutrales: cada una propone una manera de interpretar la historia y de comprender sus consecuencias en el presente. Desde una perspectiva crítica latinoamericana y caribeña, esta fecha nos invita a reflexionar sobre la conquista, el despojo territorial y la imposición de un orden colonial que transformó las formas de organización económica, las relaciones sociales y los modos de habitar y comprender el mundo de los pueblos originarios.

En este contexto, volver a 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, del pensador peruano José Carlos Mariátegui, constituye una oportunidad para revisar las raíces históricas de nuestras desigualdades y preguntarnos por las posibilidades de construir otras formas de organizar la vida colectiva. Publicada originalmente en 1928, esta obra sigue ofreciendo herramientas para comprender la relación entre tierra, poder, comunidad y emancipación, así como para cuestionar las ideas de progreso que justifican el despojo y la subordinación de los pueblos.

Para el Observatorio de Bienes Comunes, leer a Mariátegui implica recuperar una pregunta fundamental: ¿cómo pensar las transformaciones de nuestras sociedades desde sus propias historias, territorios y experiencias comunitarias, sin convertir las teorías en moldes que ignoran la realidad que pretenden explicar?

La conquista y la transformación de las relaciones con la tierra

En el ensayo «Esquema de la evolución económica», Mariátegui examina las profundas transformaciones producidas por la conquista española en la organización económica del Perú. Su interpretación se distancia de los relatos que presentan este proceso como un encuentro entre culturas o como el inicio inevitable de una etapa de progreso. En su lugar, analiza la ruptura de las formas de organización existentes y la instauración de relaciones de explotación que marcaron la historia posterior del país.

Antes de la conquista, las comunidades indígenas habían desarrollado formas de organización económica vinculadas con el trabajo colectivo, la reciprocidad y el aprovechamiento compartido de los recursos. Mariátegui destaca particularmente la organización agraria del Imperio incaico y la importancia del ayllu, la comunidad como espacio de organización social y económica.

La conquista no sustituyó estas formas de organización por un sistema que garantizara mejores condiciones de vida para las mayorías. Por el contrario, impuso nuevas relaciones de propiedad y explotación, debilitó las estructuras comunitarias y subordinó la producción a los intereses coloniales. Posteriormente, el latifundio y el gamonalismo consolidaron mecanismos de concentración de la tierra y sometimiento de la población indígena.

Esta interpretación permite comprender que la desigualdad no puede explicarse únicamente por las diferencias individuales, las condiciones educativas o las supuestas dificultades de determinados grupos para incorporarse al progreso. Es necesario examinar las relaciones históricas de poder que han determinado quién controla la tierra, quién se beneficia de su aprovechamiento y quién soporta las consecuencias del despojo.

En 7 ensayos, Mariátegui plantea que el problema del indio tiene una raíz fundamentalmente económica y social: el régimen de propiedad de la tierra. Su argumento cuestiona las explicaciones que atribuyen la exclusión indígena a características raciales o culturales y dirige la atención hacia las estructuras que reproducen la explotación.

Esta perspectiva conserva una importancia decisiva para comprender los conflictos territoriales contemporáneos. Las disputas por la tierra y el agua, la expansión de las actividades extractivas y la subordinación de las necesidades comunitarias a los intereses económicos no son fenómenos aislados de su historia. Nos obligan a examinar cómo se distribuyen el poder y los recursos, qué formas de vida se protegen y cuáles se sacrifican en nombre del desarrollo.

La comunidad indígena: memoria, resistencia y posibilidad

Uno de los aportes más significativos de Mariátegui es su reflexión sobre la comunidad indígena. Frente a las interpretaciones que la consideran una estructura atrasada destinada a desaparecer con la modernización, el autor reconoce su importancia económica, social y política.

Su análisis no consiste en idealizar las comunidades ni en afirmar que sus formas históricas de organización deban permanecer intactas. Se trata, más bien, de reconocer que en ellas existen experiencias de cooperación, reciprocidad y trabajo colectivo que cuestionan la idea de que la competencia individual y la propiedad privada constituyen las únicas formas posibles de organizar la producción y satisfacer las necesidades humanas.

La comunidad aparece así como una realidad histórica que ha resistido diferentes formas de subordinación y que conserva capacidades para reorganizarse y transformar sus condiciones de existencia. En el pensamiento de Mariátegui, estas experiencias no son simples vestigios de un pasado que debe superarse, sino una fuente de posibilidades para construir un proyecto emancipador arraigado en las condiciones concretas de nuestra América.

Esta reflexión dialoga con la perspectiva de los bienes comunes. Los bienes comunes no se reducen a recursos naturales disponibles para el aprovechamiento económico. También comprenden las relaciones sociales, los conocimientos, las prácticas de cooperación y las formas de organización mediante las cuales las comunidades sostienen la vida y construyen respuestas colectivas a sus necesidades.

Desde esta mirada, defender los bienes comunes implica prestar atención a las condiciones que hacen posible su existencia: el acceso a la tierra y al agua, la autonomía de las comunidades, la transmisión de conocimientos y la capacidad colectiva de decidir sobre el territorio.

La pregunta, entonces, no es únicamente qué recursos deben protegerse, sino también qué relaciones sociales permiten cuidarlos, compartirlos y sostenerlos frente a las presiones de la mercantilización.

Pensar desde nuestra realidad: una crítica a las ideas importadas de progreso

Mariátegui también ofrece una reflexión fundamental sobre la producción de conocimiento. Su propuesta de interpretar la realidad peruana desde sus particularidades históricas cuestiona la aplicación mecánica de teorías elaboradas en otros contextos.

Su apropiación crítica del marxismo no consistió en reproducir un esquema europeo de evolución social, sino en examinar las contradicciones de una sociedad en la que coexistían distintas formas de producción y relaciones de poder. La herencia colonial, las estructuras agrarias, la expansión capitalista y las formas comunitarias no podían comprenderse como etapas sucesivas de una misma trayectoria universal. Formaban parte de una realidad histórica compleja, atravesada por relaciones de subordinación y conflicto.

De ahí la importancia de su propuesta de construir un pensamiento arraigado en las condiciones concretas de nuestros pueblos. Pensar desde América Latina no significa rechazar las ideas producidas en otras regiones, sino someterlas a la crítica, confrontarlas con nuestras experiencias y construir herramientas capaces de explicar las particularidades de nuestra historia.

Esta preocupación también permite cuestionar las concepciones dominantes del desarrollo. Con frecuencia, el progreso se presenta como un camino único, medido por el crecimiento económico, la expansión de las inversiones y la incorporación de los territorios a los circuitos del mercado. Desde esta perspectiva, las formas comunitarias de organización aparecen como obstáculos y los territorios se valoran principalmente por los recursos que pueden ofrecer.

Mariátegui nos ayuda a poner en cuestión esta mirada. Si la historia de nuestras sociedades está atravesada por la concentración de la tierra, el despojo y la subordinación de las mayorías, no basta con prometer más crecimiento económico para resolver sus contradicciones. Es necesario preguntarnos quién decide el rumbo de las transformaciones, quién se beneficia de ellas y qué ocurre con las comunidades, los conocimientos y las formas de vida que no se ajustan a sus intereses.

Para el Observatorio de Bienes Comunes, esta discusión resulta especialmente relevante. Pensar desde el territorio supone reconocer que las comunidades producen conocimientos sobre sus entornos, construyen memorias colectivas y desarrollan prácticas para sostener la vida. Estos saberes no deben tratarse como elementos secundarios frente al conocimiento institucional, sino como parte de las capacidades sociales necesarias para comprender y transformar la realidad.

El 12 de octubre: una historia que sigue interpelando el presente

A casi un siglo de la publicación de 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, las preguntas de Mariátegui continúan siendo relevantes. La concentración de la tierra, la desigualdad rural, la subordinación de las comunidades y los conflictos entre las necesidades colectivas y los intereses económicos siguen formando parte de las disputas que atraviesan América Latina y el Caribe.

Sin embargo, recuperar su pensamiento no significa trasladar directamente sus respuestas a nuestro tiempo. Supone reconocer la potencia de sus preguntas y utilizarlas para examinar las transformaciones actuales de nuestras sociedades.

¿Qué continuidades existen entre las formas históricas de despojo y los conflictos territoriales contemporáneos? ¿Cómo se justifican las desigualdades cuando se presentan como consecuencias inevitables del progreso? ¿Qué conocimientos y experiencias quedan excluidos cuando las decisiones sobre los territorios se toman sin reconocer la voz de las comunidades? ¿Qué podemos aprender de las prácticas colectivas que, frente a estas presiones, defienden otras maneras de habitar y cuidar el mundo?

Estas preguntas permiten vincular la memoria histórica con las luchas presentes. La conquista no constituye únicamente un acontecimiento del pasado: sus consecuencias se manifiestan en estructuras de propiedad, jerarquías sociales y relaciones de poder que han cambiado a lo largo del tiempo, pero que siguen siendo objeto de disputa.

Por eso, el 12 de octubre también puede ser una oportunidad para reconocer las resistencias de los pueblos indígenas y las comunidades que han defendido sus territorios, sus conocimientos y sus formas de organización. No se trata solamente de recordar lo que fue destruido, sino de reconocer las capacidades colectivas que han permitido sostener y recrear otras formas de vida.

Volver a Mariátegui para defender los bienes comunes

Desde el Observatorio de Bienes Comunes, la lectura de Mariátegui nos invita a recuperar tres reflexiones fundamentales.

Descolonizar nuestra manera de pensar. Reconocer que nuestras sociedades tienen historias y realidades particulares exige cuestionar las explicaciones que presentan un único modelo de desarrollo como destino inevitable. Pensar desde nuestros territorios implica construir herramientas de análisis en diálogo con las experiencias, los conocimientos y las luchas de nuestros pueblos.

Comprender la tierra como una cuestión de poder. Los conflictos territoriales no se limitan a la distribución de recursos. También expresan disputas sobre las condiciones materiales de la vida, la autonomía de las comunidades y la capacidad de decidir qué se produce, cómo se habita el territorio y para quién se organizan sus riquezas.

Reconocer la comunidad como una fuente de posibilidades. Las prácticas de cooperación, reciprocidad y organización colectiva muestran que existen otras maneras de responder a las necesidades compartidas. Defender los bienes comunes significa fortalecer las condiciones que permiten a las comunidades participar en las decisiones que afectan sus vidas y sostener sus formas de organización.

En este 12 de octubre, volver a 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana es una invitación a mirar nuestra historia desde las relaciones de poder que la han configurado, pero también desde las resistencias y posibilidades que atraviesan nuestros territorios.

Mariátegui nos recuerda la importancia de pensar desde nuestra propia realidad, reconocer las experiencias comunitarias y cuestionar los modelos que presentan el despojo como sinónimo de progreso. Su obra nos permite comprender que la defensa de la vida no puede separarse de las condiciones materiales que la hacen posible ni de las relaciones sociales mediante las cuales la sostenemos.

Pensar desde el territorio es también preguntarnos quién decide sobre los bienes que sostienen la vida y qué formas de organización queremos construir para defenderlos.

En el Observatorio de Bienes Comunes, recuperamos esta pregunta como parte de una reflexión colectiva sobre la memoria, la autonomía de los pueblos y la construcción de alternativas frente a la mercantilización de la naturaleza y de la vida.

Volver a Mariátegui es una oportunidad para seguir pensando, desde América Latina y el Caribe, cómo transformar las herencias coloniales y fortalecer las prácticas colectivas que hacen posible otros futuros.

Volver a Mariátegui es una oportunidad para profundizar en las raíces históricas de nuestras desigualdades y reconocer las posibilidades de transformación que nacen de las experiencias comunitarias. Por eso, les invitamos a leer 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, una obra fundamental del pensamiento crítico latinoamericano que continúa aportando preguntas para comprender las relaciones entre tierra, poder, comunidad y emancipación.

Les invitamos a acercarse a esta obra, explorar sus reflexiones y ponerlas en diálogo con las luchas de nuestros territorios y las experiencias de quienes defienden los bienes comunes.

Lea y descargue el libro: 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, de José Carlos Mariátegui, en la Biblioteca Ayacucho.

Porque leer a Mariátegui no es solamente volver sobre nuestra historia: es abrir preguntas sobre el presente y las posibilidades de construir otros futuros desde América Latina y el Caribe.

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Cuando un río nos convoca: ¿cómo se organiza una comunidad para defender el Río Zapote en Upala?

La defensa de un río requiere mucho más que denunciar los impactos que lo afectan. También implica construir organización, compartir conocimientos y fortalecer las capacidades colectivas para cuidar el territorio.

En esta entrevista, José Ramón Meneses comparte la experiencia organizativa en torno al Río Zapote, en Upala, y los aprendizajes que surgen de una lucha que articula investigación, vigilancia y acciones de cuidado.

¿Qué nos aporta esta experiencia?
  • -Transformar la preocupación en organización: construir respuestas colectivas frente a las situaciones que afectan el río.
  • -Investigar para defender: conocer los permisos, las concesiones y los procedimientos institucionales que intervienen en las actividades extractivas.
  • -Vincular defensa y cuidado: articular la vigilancia y la denuncia con acciones de conservación y recuperación del río.
  • -Reconocer las dimensiones sociales del conflicto: comprender las necesidades, desigualdades y relaciones que atraviesan el territorio.
  • -Ampliar la mirada territorial: conectar la defensa del Río Zapote con la lucha por el Río Pizote y la preocupación compartida por los ríos de Upala.
La organización como camino para defender los bienes comunes

Los procesos organizativos permiten que las comunidades intercambien saberes, construyan conocimientos y desarrollen capacidades para participar en las decisiones que afectan aquello que comparten. La experiencia del Río Zapote nos recuerda que defender un río también significa aprender a organizarnos y construir otras formas de comprender, habitar y cuidar el territorio.

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Tierra y poder en Sudamérica: ¿quién decide el futuro de los territorios?

El Décimo Informe Anual sobre Acceso a la Tierra y Territorio en Sudamérica, elaborado por el Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica (IPDRS) y el Movimiento Regional por la Tierra y el Territorio, analiza cómo el extractivismo, la financiarización de la naturaleza y el debilitamiento institucional están transformando las condiciones de vida de los pueblos indígenas, las comunidades campesinas y las poblaciones afrodescendientes.

¿Quién decide qué se hace con la tierra? ¿Qué ocurre cuando los bosques, el agua y la biodiversidad comienzan a tratarse como activos financieros? ¿Qué lugar ocupan los pueblos que han cuidado y habitado los territorios cuando las decisiones se toman en nombre de la inversión, la conservación o la lucha contra el cambio climático?

Estas preguntas atraviesan el Décimo Informe Anual sobre Acceso a la Tierra y Territorio en Sudamérica, titulado Los pueblos indígenas, comunidades campesinas y afrodescendientes en la geopolítica actual. La publicación ofrece una mirada crítica sobre las transformaciones que experimentan los territorios sudamericanos y permite comprender cómo las dinámicas económicas y políticas globales inciden en la vida de las comunidades.

Después de diez ediciones, este informe muestra que las disputas territoriales ya no pueden entenderse únicamente como conflictos por la propiedad o la distribución de la tierra. Hoy también están relacionadas con la crisis climática, los mercados de carbono, el endeudamiento de los Estados, la expansión de las actividades extractivas y las nuevas formas de apropiación de la naturaleza.

La tierra no es solamente un recurso económico: es también territorio, memoria, sustento, autonomía y posibilidad de construir formas de vida. Comprender lo que ocurre con ella exige mirar más allá de los indicadores económicos y preguntarse quiénes toman las decisiones, quiénes reciben los beneficios y quiénes asumen sus consecuencias.

Cuando la crisis climática abre nuevas disputas por los territorios

A lo largo de una década, el informe ha registrado cambios importantes en las formas de abordar el acceso a la tierra y el territorio. Si inicialmente las discusiones se concentraban en la distribución de la propiedad y el reconocimiento de los derechos territoriales, actualmente las disputas incorporan nuevas dinámicas vinculadas con la geopolítica, las finanzas y las políticas ambientales.

La crisis climática ocupa un lugar central en esta transformación. Iniciativas como los mercados de carbono, los bonos de biodiversidad y los canjes de deuda por naturaleza se presentan como mecanismos para financiar la conservación y reducir las emisiones. Sin embargo, también plantean interrogantes sobre el control de los territorios, la distribución de los beneficios y la autonomía de las comunidades.

El informe advierte sobre las asimetrías que pueden producirse cuando estas iniciativas se diseñan desde centros financieros y espacios de decisión alejados de los territorios afectados. Bajo determinadas condiciones, las soluciones climáticas pueden reproducir relaciones desiguales: las comunidades asumen restricciones y responsabilidades ambientales, mientras otros actores concentran los beneficios económicos.

El problema, por tanto, no se limita a determinar si una iniciativa contribuye a la conservación. También es necesario preguntarse quién define qué significa conservar, bajo qué condiciones se hace y qué capacidad tienen los pueblos para decidir sobre sus territorios.

De territorios vivos a activos financieros

Otra de las tendencias identificadas es la financiarización de la naturaleza: un proceso mediante el cual elementos como los bosques, el agua y la biodiversidad adquieren valor como activos susceptibles de generar rendimientos financieros.

Esta transformación modifica las formas de comprender y gestionar los territorios. La naturaleza comienza a interpretarse mediante indicadores de captura de carbono, servicios ecosistémicos y oportunidades de inversión. Aunque estos instrumentos se presentan como respuestas a los problemas ambientales, también pueden desplazar las discusiones sobre los derechos colectivos, la autonomía y las decisiones políticas que afectan a las comunidades.

El informe plantea una distinción fundamental: reconocer el papel de los pueblos indígenas y las comunidades campesinas en el cuidado de la naturaleza no equivale a reconocer su capacidad para gobernar sus territorios.

Cuando las comunidades aparecen únicamente como beneficiarias de proyectos o guardianas de los ecosistemas, existe el riesgo de reducir su participación a una función instrumental, sin reconocerlas como sujetos políticos con derechos, conocimientos y capacidad de decisión.

Esta discusión resulta especialmente importante para los pueblos que han sostenido históricamente sus territorios frente a diferentes formas de despojo. No se trata solamente de conservar la naturaleza, sino también de discutir quién tiene el poder de decidir sobre ella.

Prosperidad para quién: el papel de las instituciones y los intereses económicos

El informe también examina el debilitamiento de las instituciones y la distancia entre los marcos normativos y las prácticas concretas. En distintos países de Sudamérica, las narrativas de prosperidad, crecimiento económico y seguridad jurídica acompañan iniciativas orientadas a flexibilizar controles ambientales o reducir las restricciones que protegen los derechos colectivos.

En este escenario, las normas que reconocen derechos territoriales y establecen salvaguardas ambientales pueden presentarse como obstáculos para la inversión. La búsqueda de condiciones favorables para los negocios entra así en tensión con las demandas de protección ambiental, participación y autonomía de las comunidades.

Estas transformaciones no ocurren en un vacío. El informe analiza el papel de las élites económicas y políticas, así como las formas en que determinados actores se adaptan a los nuevos mecanismos de valorización de la naturaleza.

La expansión del capitalismo verde muestra algunas de estas contradicciones. Las iniciativas que prometen compatibilizar el crecimiento económico con la protección ambiental pueden reproducir desigualdades cuando subordinan las decisiones territoriales a las oportunidades de inversión o trasladan los costos sociales y ambientales a las poblaciones locales.

Más que asumir que toda iniciativa de financiamiento ambiental produce los mismos resultados, el informe invita a examinar sus condiciones concretas, sus relaciones de poder y sus efectos sobre los derechos de quienes habitan los territorios.

Los pueblos no solo resisten: también construyen alternativas

Frente a estas transformaciones, el Décimo Informe no se limita a documentar conflictos. También recoge experiencias y estrategias impulsadas por los pueblos indígenas, las comunidades campesinas y las poblaciones afrodescendientes para defender sus derechos y fortalecer su capacidad de decisión.

Entre ellas se encuentran iniciativas como la campaña #MujeresAmazónicas, que contribuye a politizar las experiencias y las labores de cuidado vinculadas con la defensa territorial, y los Protocolos Autónomos de Consulta en Brasil, orientados a fortalecer los procedimientos propios de las comunidades para garantizar el respeto de sus derechos, incluido el consentimiento libre, previo e informado en los casos correspondientes.

Estas experiencias muestran que la defensa territorial no se reduce a oponerse a proyectos que amenazan los medios de vida. También implica producir conocimientos, construir acuerdos colectivos, fortalecer organizaciones y desarrollar mecanismos propios para participar en las decisiones que afectan a las comunidades.

Desde esta perspectiva, las poblaciones rurales no son únicamente grupos expuestos a las transformaciones económicas y ambientales. Son actores políticos que elaboran propuestas, defienden formas de vida y disputan los sentidos del desarrollo.

Sus experiencias permiten ampliar la mirada sobre el territorio: además de su dimensión productiva y ecológica, están presentes las relaciones comunitarias, las memorias, los conocimientos locales y las prácticas cotidianas que hacen posible sostener la vida.

Tres preguntas para comprender las disputas territoriales actuales

La lectura del informe permite reconocer algunos desafíos que atraviesan las discusiones sobre tierra, naturaleza y poder en Sudamérica.

1. ¿Qué distancia existe entre los compromisos ambientales y las decisiones económicas?

Los Estados pueden asumir compromisos climáticos y reconocer derechos humanos mientras impulsan políticas que favorecen la expansión extractiva o flexibilizan las condiciones de protección ambiental. Examinar esta tensión permite comprender los límites de las políticas públicas y las contradicciones entre los compromisos formales y las prácticas concretas.

2. ¿Quién tiene derecho a decidir sobre los territorios?

La participación de los pueblos indígenas y las comunidades campesinas en espacios institucionales o internacionales no garantiza, por sí sola, que sus propuestas sean escuchadas o que puedan incidir en las decisiones. La cuestión de fondo es si cuentan con condiciones efectivas para ejercer sus derechos, defender su autonomía y participar en el gobierno de sus territorios.

3. ¿Qué condiciones permiten sostener la vida en los territorios?

La defensa de la tierra está relacionada con la soberanía alimentaria, el acceso al agua, la continuidad de las prácticas comunitarias y la protección de quienes defienden los bienes comunes. En contextos de violencia y conflictividad territorial, estas dimensiones permiten comprender que los conflictos no afectan únicamente los ecosistemas: también comprometen las condiciones materiales y colectivas para vivir dignamente.

Estas preguntas ayudan a conectar las transformaciones geopolíticas con las experiencias cotidianas de las comunidades. También permiten reconocer que las discusiones sobre el futuro ambiental no pueden separarse de las relaciones de poder que determinan quién accede a los bienes comunes, quién los controla y quién puede decidir sobre ellos.

Comprender la disputa por la tierra es comprender la disputa por el futuro

El Décimo Informe Anual sobre Acceso a la Tierra y Territorio en Sudamérica ofrece una oportunidad para profundizar en las transformaciones que atraviesan los territorios del continente. Sus análisis por país y las experiencias que documenta permiten relacionar las dinámicas globales con los conflictos, las resistencias y las propuestas de quienes defienden sus territorios.

Su aporte consiste también en recordar que las respuestas a la crisis climática y ambiental no pueden evaluarse únicamente por los recursos que movilizan o los indicadores que alcanzan. Es necesario examinar las relaciones sociales y políticas que producen, los derechos que reconocen y las posibilidades de participación y autonomía que garantizan.

En un contexto en el que la naturaleza adquiere cada vez más importancia en las estrategias económicas y geopolíticas, resulta fundamental mantener abiertas estas preguntas: ¿qué formas de relación con la tierra queremos sostener?, ¿qué lugar ocupan los pueblos en las decisiones sobre sus territorios?, ¿cómo construir respuestas a las crisis ambientales que no reproduzcan las desigualdades que las han acompañado?

La disputa por la tierra es también una disputa por los bienes comunes, por la capacidad colectiva de decidir y por las condiciones que hacen posible una vida digna.

Sobre el IPDRS: El Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica (IPDRS) es una organización que trabaja en temas relacionados con el desarrollo rural, los derechos de las poblaciones del campo y las transformaciones territoriales en Sudamérica. A través de la investigación, el diálogo y la incidencia, contribuye a visibilizar las problemáticas y propuestas de los pueblos indígenas y las comunidades campesinas de la región.

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«Ya no se puede ni a caballo»: comunidades de Upala exigen caminos transitables

Asociaciones de desarrollo de Los Ledezma, Fátima, Villanueva, El Delirio y San Bosco denuncian el deterioro de caminos nacionales y municipales que afecta el acceso a la salud, la educación y el trabajo. Las comunidades anuncian un cierre de calles para el miércoles 14 de octubre, siempre que no reciban una respuesta clara a sus solicitudes y demandas, y exigen compromisos concretos para atender la situación.

¿Qué sucede cuando una ambulancia tiene dificultades para llegar hasta una vivienda? ¿Qué pasa cuando asistir a la escuela se convierte en un desafío y las familias campesinas encuentran obstáculos para trasladar sus cosechas? ¿Qué significa vivir en una comunidad donde los caminos se deterioran durante años sin recibir la atención necesaria?

Estas preguntas forman parte de la vida cotidiana de las comunidades vecinas de Los Ledezma, Fátima, Villanueva, El Delirio y San Bosco, en Upala. Sus habitantes denuncian el deterioro de la ruta nacional 170 y de varios caminos municipales que conectan sus comunidades. Frente a esta situación, las asociaciones de desarrollo se han unido para exigir respuestas y hacer visible un problema que, según señalan, lleva años sin una solución efectiva.

«Ya no se puede transitar, bueno, solo que a caballo, porque ya ni a moto ni carro», explica Mario, presidente de la Asociación de Desarrollo Integral de Los Ledezma. Para describir las condiciones de uno de los caminos, recurre a una imagen que permite dimensionar lo que enfrentan: «Es como ir en un río seco».

No se trata únicamente de huecos, piedras o lastre desaparecido. Se trata de las dificultades que encuentran las personas para desplazarse, atender sus necesidades y sostener sus actividades cotidianas.

Trece años sin intervención: el camino de La Jefa

Uno de los casos que más preocupa a las comunidades es el de la calle conocida como La Jefa, un camino municipal de 1,67 kilómetros, identificado con el código 2-13-403-032. De acuerdo con la denuncia de la Asociación de Desarrollo Integral de Los Ledezma, este camino lleva más de 13 años sin recibir una intervención adecuada, pese a que cuenta con código y, según la información aportada por la organización, presupuesto anual.

Las condiciones descritas por los vecinos incluyen grandes huecos, piedras y sectores donde se acumula el agua. La situación dificulta el tránsito de motocicletas y vehículos, hasta el punto de que, según Salomón, el camino prácticamente solo puede recorrerse a caballo.

Pero hay algo más urgente que el deterioro de la superficie. La comunidad reporta la presencia de más de 100 niños y niñas vinculados a la escuela local, así como nueve personas adultas mayores en fase terminal que requieren atención médica. Según explica Mario, las ambulancias ingresan con frecuencia para trasladar pacientes al hospital, pero el estado del camino dificulta su desplazamiento. «Hay adultos mayores en fase terminal […] y ya definitivamente no pueden pasar», señala.

La descripción obliga a mirar el camino desde otro lugar. Allí donde la infraestructura no permite el tránsito adecuado, también se dificulta el ingreso de quienes necesitan atención médica. Una vía deteriorada puede convertir un traslado indispensable en una situación mucho más compleja para pacientes, familias y personal de emergencias. ¿Cómo se sostiene el cuidado de la vida cuando llegar hasta una vivienda depende de las condiciones de un camino que lleva años sin atención?

Caminos que conectan comunidades, pero que también pueden dejarlas aisladas

La denuncia comprende otras vías que conectan a las comunidades y permiten el acceso a sus actividades cotidianas. Las asociaciones identifican tres caminos municipales que requieren atención:

-Calle principal: 2,4 kilómetros. Código 2-13-032.

-Calle La Jefa: 1,67 kilómetros. Código 2-13-403-032.

-Calle La Culebra: 2,8 kilómetros. Código 2-13-271-032.

Según la información proporcionada por Mario, estas vías presentan problemas de deterioro y falta de intervención. En el caso de uno de los caminos que comunica la escuela con San Bosco, señala que fue intervenido hace aproximadamente 14 años y que desde entonces no ha recibido nuevas obras de mantenimiento.

Para los vecinos, existe una contradicción difícil de ignorar: algunos de estos caminos están identificados administrativamente y, según la denuncia, cuentan con presupuestos anuales, pero sus condiciones continúan deteriorándose. Esta situación forma parte de las preocupaciones que las comunidades buscan poner en conocimiento público.

Los caminos no son espacios aislados del resto de la vida comunitaria: son las vías que permiten trasladarse, acceder a servicios, transportar productos y mantener los vínculos entre poblaciones vecinas. Cuando una calle se vuelve prácticamente intransitable, las consecuencias no recaen solamente sobre quienes viven junto a ella. También afectan a las comunidades que dependen de esa conexión para desarrollar sus actividades cotidianas.

Cuando el camino se deteriora, la vida cotidiana también

Las consecuencias del abandono vial no se limitan al transporte. Se extienden a diferentes dimensiones de la vida comunitaria.

La salud depende también de las condiciones del territorio: La atención médica no comienza cuando una persona ingresa al hospital. También depende de las posibilidades de llegar hasta ella, trasladarla oportunamente y garantizar que las familias puedan acceder a los servicios de salud. Cuando una ambulancia encuentra dificultades para ingresar, las condiciones del camino se convierten en un problema para quienes necesitan atención y para las personas que los cuidan.

En Los Ledezma, la preocupación por las personas adultas mayores en fase terminal muestra la dimensión humana de esta situación. No hablamos de una simple incomodidad durante el recorrido, sino de las dificultades que enfrentan las comunidades para amaíz, arroz y frijoles. Los cultivos más fuertes son el maíz, los frijoles y el tiquisque; también se produce yuca. Esta producción constituye una fuente importante de sustento para los hogares.

Cuando los caminos se encuentran deteriorados, sacar los productos se vuelve más difícil, el transporte puede encarecerse y el acceso a bienes y servicios puede complicarse. Para las comunidades rurales, los caminos son parte de las condiciones materiales que hacen posible el trabajo y la vida cotidiana. Por eso, la preocupación de los vecinos no se limita a poder circular por una calle. También se relaciona con las posibilidades de sostener sus actividades productivas, transportar lo que cosechan y mantener los vínculos económicos con otras comunidades.na realidad que no debería pasar inadvertida: hay pacientes que deben ser trasladados en condiciones especialmente difíciles y familias que viven con la preocupación de cómo responder ante una emergencia. Un camino transitable también es una condición para cuidar y acompañar la vida.

La educación necesita condiciones para sostenerse: Las asociaciones también denuncian problemas relacionados con la infraestructura educativa. Según la información aportada por la comunidad, 115 niños y niñas se ven afectados por una situación en la que cada grupo recibe apenas dos días de clases por semana. La comunidad esperaba que la escuela estuviera lista en 2025, pero esa entrega no se concretó.

Este señalamiento permite reconocer otra dimensión de las dificultades que enfrentan las familias. La educación necesita espacios adecuados y condiciones que permitan sostener los procesos de aprendizaje. Cuando estas condiciones no están garantizadas, las consecuencias alcanzan a la niñez, a sus familias y al conjunto de la comunidad. Las posibilidades de aprender y desarrollar una vida digna no deberían depender del lugar donde se nace ni de las dificultades que existan para acceder a una escuela. La preocupación expresada por los vecinos es también un llamado a mirar las necesidades de la niñez rural y las condiciones en que se desarrolla su educación.

El trabajo campesino también necesita caminos transitables: Las vías comunales permiten transportar cosechas, movilizar productos y sostener intercambios comerciales. En esta zona hay una importante actividad productiva de tubérculos y granos básicos, entre ellos maíz, arroz y frijoles. Los cultivos más fuertes son el maíz, los frijoles y el tiquisque; también se produce yuca. Esta producción constituye una fuente importante de sustento para los hogares.

Cuando los caminos se encuentran deteriorados, sacar los productos se vuelve más difícil, el transporte puede encarecerse y el acceso a bienes y servicios puede complicarse. Para las comunidades rurales, los caminos son parte de las condiciones materiales que hacen posible el trabajo y la vida cotidiana. Por eso, la preocupación de los vecinos no se limita a poder circular por una calle. También se relaciona con las posibilidades de sostener sus actividades productivas, transportar lo que cosechan y mantener los vínculos económicos con otras comunidades.

La organización comunitaria también necesita espacios: A estas dificultades se suma la ausencia de un local comunal para reuniones y actividades colectivas, según la denuncia vecinal. La falta de este espacio limita las posibilidades de encontrarse, organizar actividades y fortalecer los procesos de coordinación.
Sin embargo, las asociaciones de desarrollo han encontrado una forma de enfrentar el problema: unirse para hacer una denuncia compartida. La articulación entre Los Ledezma, Fátima, Villanueva, El Delirio y San Bosco muestra que las consecuencias del deterioro vial no se detienen en los límites de una comunidad. Se trata de una problemática territorial que afecta a poblaciones conectadas entre sí. Frente a dificultades compartidas, la organización comunal permite reconocer necesidades comunes, sumar esfuerzos y construir una voz colectiva para hacer visibles sus demandas.

Cinco comunidades que decidieron unir sus voces

La ruta nacional 170 atraviesa los territorios donde viven y trabajan estas poblaciones. Su deterioro, junto con el de los caminos municipales, afecta a comunidades que comparten necesidades y que, según explican sus representantes, llevan tiempo buscando respuestas.

Por eso, las asociaciones de desarrollo han decidido actuar conjuntamente. Su demanda no se limita a un tramo específico: buscan que se atiendan tanto la ruta nacional como los caminos municipales.

Mario explica que las organizaciones quieren dar a conocer la situación en medios de comunicación y redes sociales para que la problemática trascienda el ámbito local. En su llamado, señalan al Ministerio de Obras Públicas y Transportes (MOPT), al Consejo Nacional de Vialidad (CONAVI) y a la Municipalidad de Upala como las instituciones de las que esperan respuestas y compromisos concretos.

La exigencia es clara: no quieren quedarse únicamente con promesas; necesitan conocer las fechas de inicio de las obras y contar con compromisos documentados. «No vamos a parar hasta que nos den una fecha definitiva de inicio de obras, con documento en mano donde se comprometan ellos a cumplir», advierte Mario.

Como medida de presión, y siempre que no reciban una respuesta clara a sus solicitudes y demandas, las asociaciones anunciaron una huelga con cierre de calles para el miércoles 14 de octubre de 2026, que se mantendrá hasta contar con una definición y una respuesta concreta al problema. También solicitaron apoyo para difundir la situación en medios de comunicación y redes sociales, con el propósito de que más personas conozcan las condiciones que enfrentan estas comunidades. Su llamado busca visibilizar una problemática que atraviesa la vida cotidiana de sus habitantes y que, para ellos, requiere una respuesta concreta.

¿Qué significa garantizar caminos transitables?

La situación de Los Ledezma nos invita a pensar en algo que suele pasar inadvertido: la infraestructura forma parte de las condiciones que sostienen la vida en común. Un camino permite que una persona llegue a una consulta médica, que una niña asista a la escuela, que una familia transporte sus productos y que las comunidades mantengan sus vínculos con otros territorios. Cuando esas vías se deterioran y no reciben atención oportuna, las dificultades se extienden a distintas dimensiones de la vida cotidiana.

Por eso, el problema no puede reducirse a la reparación de una superficie de lastre o a la intervención de determinados kilómetros. También es necesario reconocer cómo las condiciones de la infraestructura influyen en las posibilidades de cuidar, estudiar, trabajar y participar en la vida comunitaria.

La denuncia de las asociaciones pone sobre la mesa una cuestión fundamental: ¿qué significa vivir dignamente en un territorio rural cuando las condiciones básicas para desplazarse, estudiar, trabajar y cuidar a otras personas no están garantizadas?

Los caminos son parte de los bienes y las condiciones materiales que hacen posible la vida compartida. Su deterioro afecta la relación entre las comunidades y los servicios que necesitan, pero también puede limitar las posibilidades de sostener actividades productivas y fortalecer los vínculos entre vecinos.

En este contexto, escuchar a las comunidades permite reconocer dimensiones del problema que no siempre aparecen cuando se habla de infraestructura únicamente en términos de kilómetros, presupuestos u obras. Detrás de cada camino hay personas que necesitan trasladarse, familias que cuidan a sus seres queridos, niños y niñas que tienen derecho a aprender y trabajadores que dependen de esas vías para desarrollar sus actividades.

La denuncia de las asociaciones también muestra el valor de la organización comunitaria. Frente a una problemática que afecta a varias poblaciones, sus habitantes han decidido unir sus voces para compartir sus preocupaciones y exigir que sus necesidades sean atendidas. Hacer visible esta realidad es también reconocer el derecho de las comunidades a expresar lo que viven, señalar aquello que afecta sus condiciones de vida y reclamar respuestas.

Desde Los Ledezma, el mensaje es directo: las comunidades necesitan caminos transitables y compromisos que se cumplan. Porque un camino no es solamente una vía para llegar de un lugar a otro. Es también una condición para cuidar la vida, sostener el trabajo y mantener viva la comunidad.

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Cuando el río cambia: sedimentos, extracción de material y afectaciones sobre la pesca en el río Frío

El presente texto forma parte de los monitoreos que realiza el Grupo de Defensa de la cuenca del Río Frío, en el marco de los diálogos comunitarios orientados a comprender cómo la extracción de material del río altera los modos de vida de quienes habitan y dependen de él. Desde la experiencia cotidiana de pescadores, comunidades y personas vinculadas al río, se han comenzado a registrar señales que merecen atención: aguas cargadas de sedimentos, cambios en la profundidad del cauce, acumulación de material y una percepción generalizada de disminución de los peces. Estas observaciones no son conclusiones definitivas, sino puntos de partida para el diálogo, la investigación y el seguimiento colectivo de las transformaciones que hoy enfrenta el río Frío de Guatuso.

Desde la experiencia de quienes conocen y viven el río Frío, comienzan a hacerse visibles señales que llaman a prestar atención: aguas cargadas de sedimentos, cambios en la profundidad del cauce, acumulación de material y una percepción de disminución de los peces. Estas observaciones forman parte de las reflexiones que el Grupo de Defensa de la cuenca del Río Frío viene compartiendo frente a las intervenciones que actualmente se realizan en el río.

Un río no cambia únicamente cuando deja de correr. También cambia cuando sus aguas comienzan a transportar constantemente grandes cantidades de sedimento, cuando ese material se deposita en otros sectores, cuando se modifica la profundidad del cauce o cuando los espacios donde antes se encontraba vida acuática dejan de presentar las mismas condiciones. Eso es parte de lo que preocupa actualmente en el río Frío de Guatuso.

Desde la experiencia cotidiana de quienes conocen el río y desarrollan actividades vinculadas con él, se señala que durante los días en que se realizan trabajos de dragado y extracción de material en la parte alta, el agua baja constantemente cargada de sedimentos. La percepción expresada es clara: durante buena parte de la semana resulta difícil encontrar momentos en que el río vuelva a presentar sus aguas transparentes.

El sedimento también viaja

La extracción de material en un río no termina necesariamente en el lugar donde se realiza la intervención. El agua continúa su recorrido y con ella se movilizan partículas y sedimentos que pueden terminar depositándose aguas abajo.

En el caso del río Frío, quienes conocen diferentes sectores del cauce han observado acumulaciones de material en puntos donde antes las condiciones eran distintas. Lugares que anteriormente presentaban mayor profundidad hoy se perciben más rellenados, al punto de que sectores que antes tenían características diferentes pueden recorrerse actualmente con el agua aproximadamente a la cintura.

Estas transformaciones llaman la atención porque el cauce de un río es un sistema dinámico. Modificar una parte puede tener consecuencias en otros puntos, especialmente cuando la intervención implica remover grandes cantidades de material.

La pregunta, entonces, no debería ser únicamente cuánto material se extrae, sino qué ocurre con ese material, hacia dónde se desplaza y cómo modifica las condiciones del río aguas abajo.

¿Qué significa esto para la pesca?

La pesca permite observar cambios que muchas veces no aparecen inmediatamente en una medición.

Quienes han pescado durante años pueden reconocer cuándo determinadas especies dejan de aparecer con la misma frecuencia, cuándo cambian los lugares donde se encuentran los peces o cuándo las condiciones del agua ya no son las mismas.

Entre las preocupaciones compartidas desde el territorio está precisamente la percepción de que anteriormente era posible encontrar una mayor cantidad de peces y que actualmente son cada vez menos frecuentes.

No corresponde atribuir automáticamente esta disminución a una sola causa. La salud de las poblaciones de peces depende de múltiples factores y requiere estudios que permitan establecer relaciones con evidencia. Sin embargo, la coincidencia temporal entre cambios visibles en el río, presencia constante de sedimentos y transformaciones del cauce constituye una señal que merece ser investigada.

Porque cuando un río cambia, también pueden cambiar los lugares donde los peces se alimentan, se refugian y se reproducen.

Y cuando disminuyen los peces, no solamente se afecta una actividad recreativa. También se deteriora una relación histórica entre las comunidades y el río.

Agua sucia todos los días: una señal que no debería normalizarse

Otra preocupación señalada desde quienes conocen el río es la presencia constante de agua turbia durante los días en que se realizan los trabajos.

La turbidez por sedimentos no debe confundirse automáticamente con contaminación química. Son fenómenos diferentes y requieren análisis específicos. Sin embargo, una presencia persistente de sedimentos puede modificar las condiciones físicas del hábitat acuático y afectar organismos que dependen de determinadas características del agua.

A esto se suma la observación ocasional de manchas que aparentaban corresponder a aceite desplazándose por el río.

Una observación de este tipo, por sí sola, no permite determinar el origen ni la composición de una sustancia. Precisamente por eso debería activar una pregunta básica: ¿qué está llegando al agua y qué controles existen para determinarlo?

Un río no debería convertirse en un espacio donde las comunidades tengan que acostumbrarse a mirar el agua sucia y preguntarse qué está ocurriendo.

Un problema que también alcanza a la vida alrededor del río

Las preocupaciones no se limitan a la pesca. El río forma parte de una red de relaciones mucho más amplia. Sus aguas atraviesan comunidades, sostienen formas de vida y son utilizadas por animales. Cuando las características del agua y del cauce cambian, las consecuencias potenciales también pueden extenderse más allá del sitio exacto donde se realiza una extracción.

Por eso resulta necesario mirar el río como un sistema y no como una sucesión de puntos aislados donde se puede extraer material sin considerar lo que ocurre antes y después.

Desde esta perspectiva, una intervención en la parte alta puede tener implicaciones aguas abajo. El sedimento que hoy se remueve en un sector puede terminar depositándose en otro. Una modificación del cauce puede alterar las condiciones de un sitio que se encuentra a kilómetros de distancia. Y una disminución de peces puede ser percibida primero por quienes pasan horas junto al río antes de que exista un estudio que explique sus causas.

Escuchar las señales del río

Las reflexiones del Grupo de Defensa de la cuenca del Río Frío parten precisamente de esa experiencia acumulada en el territorio: observar, escuchar y comparar lo que ocurre actualmente con lo que el río ha sido durante años.

No se trata de convertir cada cambio observado en una conclusión definitiva. Se trata, más bien, de reconocer que existen señales que merecen ser tomadas en serio y que requieren investigación, seguimiento y transparencia.

Un río no es solamente un lugar del que se puede extraer material.

Es un cauce vivo, un espacio donde circula agua, sedimento y vida; donde existen peces, animales y relaciones comunitarias; y donde las transformaciones realizadas en un punto pueden repercutir mucho más allá del lugar intervenido.

Señales de alerta

A partir de lo observado y compartido desde el territorio, algunas señales deberían motivar atención y seguimiento:

  • -Aumento persistente de la turbidez durante los periodos de extracción o intervención.

  • -Acumulación de sedimentos en sectores aguas abajo.

  • -Cambios perceptibles en la profundidad y configuración del cauce.

  • -Disminución o cambios en la presencia de peces respecto de años anteriores.

  • -Aparición de manchas o sustancias inusuales sobre el agua, que requieran identificación y análisis.

  • -Extracción continua o ampliación de las zonas intervenidas.

  • -Cambios que se perciben aguas abajo de los sitios donde se realiza la extracción.

  • -Ausencia de información pública suficiente sobre los volúmenes extraídos, las condiciones de la intervención, su seguimiento y sus posibles efectos.

  • -Normalización de cambios que anteriormente no formaban parte de las condiciones habituales del río.

Estas señales no sustituyen los estudios ambientales ni las evaluaciones técnicas. Pero tampoco deberían ser ignoradas.

Porque muchas veces el deterioro de un río no comienza con una gran catástrofe. Comienza cuando pequeñas modificaciones empiezan a repetirse, cuando el agua permanece turbia un día tras otro, cuando el sedimento se acumula, cuando los peces dejan de aparecer como antes y cuando la comunidad comienza a considerar normal aquello que antes no lo era.

Escuchar esas señales también es una forma de defender el río Frío.

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Bienes comunes en corto – Así fuimos haciendo comunidad: construir un lugar para vivir

Así fuimos haciendo comunidad

En esta entrega de Bienes Comunes en Corto escuchamos la voz de David Menjívar para acercarnos a la historia de Birmania: una comunidad que se ha ido construyendo entre dificultades, aprendizajes, vínculos y esfuerzos compartidos por mejorar las condiciones de vida.

Su relato nos recuerda que una comunidad no aparece hecha. Se construye cuando las personas se encuentran, reconocen lo que comparten y comienzan a trabajar juntas para transformar aquello que afecta su vida cotidiana. Y ese proceso tampoco termina: los desafíos cambian, pero la necesidad de organizarse y sostener los vínculos permanece.

¿Por qué hablar de historias de vida?

Las historias de vida nos permiten acercarnos a los procesos comunitarios desde quienes los han vivido. En sus recuerdos y experiencias encontramos saberes sobre cómo se construyen los vínculos, cómo se aprende a trabajar colectivamente y cómo un territorio va adquiriendo significado para quienes lo habitan.

Escuchar estas voces también es una forma de recuperar memoria y reconocer que los bienes comunes se construyen y sostienen en prácticas cotidianas: en las relaciones, los aprendizajes, los cuidados y los esfuerzos compartidos que hacen posible la vida en comunidad.

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Esto tiene que quedar grabado: un mapa para caminar por la educación popular con Carlos Rodrigues Brandão y Óscar Jara

Antes de comenzar: volver al encuentro

Antes de acercarnos al folleto, queremos detenernos en otra voz que nos ayuda a entrar en esta conversación.

En este video, Óscar Jara comparte cómo conoció a Carlos Rodrigues Brandão y reconstruye, desde la memoria y la experiencia, más de 20 años de encuentros, conversaciones, aprendizajes y caminos compartidos. Su relato nos permite acercarnos a Carlos no solamente a través de sus ideas y de su obra, sino también desde los vínculos, las experiencias y las conversaciones que fueron haciendo posible una vida dialógica alrededor de la educación popular.

Jara recupera algunos de esos encuentros y comparte aspectos de Carlos que fueron importantes para su propia formación y para profundizar su comprensión de la educación popular: aprender desde las experiencias, reconocer otros saberes, preguntarse por las formas de producir conocimiento y comprender la educación como un proceso que se construye en relación con otras personas y con los territorios.

Este testimonio acompaña la conversación que dio origen a “Esto tiene que quedar grabado”. Si el folleto nos permite escuchar directamente aquel diálogo entre Carlos Rodrigues Brandão y Óscar Jara, esta entrevista nos ofrece otra entrada: la memoria de uno de sus protagonistas sobre una trayectoria compartida durante más de dos décadas.

Quizá sea una buena manera de comenzar: escuchando a Óscar hablar de Carlos para luego entrar en aquella conversación y seguir las preguntas que ambos fueron dejando abiertas.

¿Y si acercarnos a la educación popular no consistiera en encontrar una definición, sino en seguir las preguntas que la han puesto en movimiento?

Hay tradiciones que se vuelven difíciles de recorrer cuando intentamos convertirlas demasiado pronto en una definición. La educación popular puede ser una de ellas. A lo largo de su historia aparecen nombres, experiencias, organizaciones, movimientos, territorios y debates que se encuentran, se separan, vuelven a encontrarse y, en ese movimiento, van transformando aquello que entendemos por educar.

Por eso, este folleto que compartimos, Esto tiene que quedar grabado. Una conversación entre Óscar Jara y Carlos Rodrigues Brandão sobre lo vivido, lo aprendido y los caminos de la educación popular, puede ser leído como un mapa. No como un mapa que nos dice exactamente hacia dónde caminar, sino como uno que permite reconocer algunas huellas, detenernos en determinados cruces y preguntarnos por los caminos que otras personas fueron recorriendo.

La publicación recupera una conversación sostenida en junio de 2019 entre Carlos Rodrigues Brandão y Óscar Jara, conservada por el Centro de Estudios y Publicaciones Alforja y posteriormente transcrita y editada con el apoyo del Observatorio de Bienes Comunes del Programa Kioscos Socioambientales de la Universidad de Costa Rica.

Y quizá lo más interesante es precisamente que no nació como un texto destinado a entregar respuestas definitivas. Fue una conversación entre dos educadores que comparten décadas de experiencias, encuentros, aprendizajes y preguntas. Una conversación en la que recuerdan, dudan, se corrigen, recuperan nombres y vuelven sobre asuntos que parecían olvidados.

Caminar por las huellas, no buscar una ruta única

Al leerla aparecen Paulo Freire, el Movimiento de Educación de Base, Recife, los movimientos de cultura popular, las experiencias de alfabetización, la Investigación-Acción Participativa, las organizaciones campesinas, las comunidades, las universidades y distintas experiencias latinoamericanas. Aparecen también las trayectorias de personas como Orlando Fals Borda, Lola Cendales, Marcela Gajardo y otras educadoras e investigadores que permiten ampliar la conversación hacia diferentes momentos y territorios.

Pero estas referencias no están allí para construir una especie de árbol genealógico definitivo de la educación popular. El propio folleto advierte que no se trata de decidir quiénes fueron sus protagonistas principales, sino de identificar algunos puntos desde los cuales continuar explorando.

Esto cambia la manera de leer.

En lugar de preguntarnos únicamente “¿qué es la educación popular?”, podemos comenzar a preguntarnos: ¿cómo se fue construyendo?, ¿en qué experiencias?, ¿junto a quiénes?, ¿en qué conflictos?, ¿qué problemas intentaba enfrentar?, ¿qué relaciones entre educación y organización comenzaron a aparecer?, ¿qué conocimientos fueron reconocidos?, ¿qué conocimientos quedaron fuera?

Porque una de las pistas que atraviesa el folleto es que la educación popular no aparece primero como una teoría acabada que luego fue aplicada en los territorios. Se fue construyendo en experiencias concretas, atravesada por búsquedas, conflictos, preguntas metodológicas y procesos organizativos.

Preguntar también es disputar

Caminar por este mapa supone entonces reconocer que la educación popular nunca ha sido solamente una discusión sobre métodos educativos. En sus distintas experiencias aparecen preguntas sobre el conocimiento, el poder, la organización, la participación, la cultura y las posibilidades de transformar aquello que vivimos.

La conversación entre Brandão y Jara permite acercarse a esa dimensión desde las propias experiencias de quienes participaron en algunos de esos procesos. Y allí aparecen tensiones que siguen siendo actuales: qué conocimientos reconocemos como conocimiento; cómo se relacionan las experiencias comunitarias con las universidades y las políticas educativas; cómo investigar sin separar radicalmente a quienes investigan de quienes son investigados; cómo aprender de las propias experiencias; cómo evitar que una propuesta nacida para transformar termine reproduciendo relaciones verticales y autoritarias.
Estas preguntas importan porque nos recuerdan que la educación popular no puede pensarse solamente desde sus palabras más conocidas. También hay que mirar sus prácticas, sus contradicciones, sus disputas y los caminos que ha tomado cuando se encuentra con distintos territorios y generaciones.

Así, el folleto no presenta una educación popular inmóvil, encerrada en una época o reducida a un conjunto de autores. Presenta una construcción en movimiento.

De lo vivido a lo aprendido

Hay otra pista que atraviesa con fuerza esta publicación: la importancia de volver sobre lo vivido.

La conversación misma nace de ese ejercicio. Dos personas recuerdan experiencias, reconstruyen trayectorias y se preguntan por aquello que aprendieron. En ese sentido, recordar no significa simplemente mirar hacia atrás. Puede convertirse en una forma de volver sobre nuestras prácticas para preguntarnos qué vimos, qué no vimos, qué aprendimos y qué podemos hacer con aquello que aprendimos. Esa es también una de las puertas que abre la sistematización de experiencias desarrollada por Óscar Jara.

Quizá aquí encontremos una clave para leer el folleto desde nuestro presente: la memoria no como nostalgia, sino como materia para volver a pensar y actuar.

Porque si las experiencias pueden producir conocimiento, entonces nuestras propias prácticas educativas también pueden convertirse en lugares desde donde formular preguntas, reconocer aprendizajes y abrir posibilidades.

Un mapa que no termina en el folleto

Por eso, proponemos leer Esto tiene que quedar grabado como una invitación a caminar.

Podemos comenzar siguiendo las huellas de Freire y preguntarnos por la relación entre alfabetización, cultura, diálogo y organización. Podemos detenernos en Brandão para explorar los vínculos entre educación, territorio, cultura popular y conocimiento. Podemos seguir a Jara para preguntarnos qué significa aprender de nuestras propias experiencias. Podemos acercarnos a Fals Borda para explorar qué ocurre cuando investigar también significa participar y producir conocimiento junto con las comunidades. O podemos continuar hacia las múltiples experiencias, organizaciones y personas que aparecen en este mapa y que nos llevan hacia otros lugares.

Pero quizá la invitación más importante sea no leer buscando una conclusión.

Leer para preguntarnos. Preguntarnos para conversar. Conversar para volver sobre nuestras prácticas. Y volver sobre nuestras prácticas para descubrir qué posibilidades de transformación pueden abrirse.

El folleto termina justamente allí: preguntando qué seguimos entendiendo hoy por educación popular, qué hemos aprendido de aquellas experiencias, qué necesitamos volver a preguntar, cómo cambian estas ideas cuando encuentran otros territorios y generaciones y qué nuevas formas de aprender juntas y juntos están apareciendo.

Tal vez ese sea el sentido de este mapa: no ofrecernos una ruta cerrada, sino algunas huellas para comenzar a caminar.

Porque la educación popular, si quiere seguir siendo una práctica de transformación, quizá tenga que conservar justamente esa capacidad de preguntarse por sí misma, de revisar lo aprendido, de reconocer sus contradicciones y de volver a encontrarse con las experiencias desde las que puede seguir construyéndose.

Les invitamos a recorrer este mapa, detenerse en sus cruces y, sobre todo, a continuar la conversación.

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Cuando la Biblia entra al gobierno: una lectura desde la Teología de la Liberación

Las espiritualidades forman parte de la vida de las personas y de las comunidades: ayudan a construir sentidos, valores, formas de relacionarnos con otras personas y maneras de comprender el mundo que habitamos. Por eso, lejos de considerar la dimensión espiritual como un asunto exclusivamente privado o secundario, resulta importante reconocer que también puede tener implicaciones éticas y políticas. Precisamente por esa capacidad de orientar miradas y prácticas, necesitamos detenernos ante las conexiones que se establecen, a veces con demasiada facilidad, entre fe, autoridad y ejercicio del poder. No se trata de cuestionar la espiritualidad ni el derecho de las personas a encontrar en ella orientación para sus vidas, sino de preguntarnos qué ocurre cuando esas conexiones se realizan de manera ingenua, cuando una convicción particular se presenta como verdad suficiente para todas las personas o cuando una experiencia de fe comienza a confundirse con una fuente incuestionable de legitimidad política. Pensar estas relaciones con mayor cuidado también significa tomarnos en serio la dimensión ética y política de nuestras espiritualidades.

A propósito del Día de la Biblia

Hay declaraciones que pueden escucharse como expresiones personales de fe y, sin embargo, abrir preguntas mucho más amplias cuando son pronunciadas por quienes ocupan espacios de poder. Durante la celebración del Día de la Biblia realizada en la Asamblea Legislativa, la presidenta Laura Fernández se refirió públicamente a su relación con la Biblia y afirmó que esta no constituye solamente una fuente de sabiduría y orientación personal, sino que también puede ser entendida como un «libro de gobierno». En ese mismo contexto expresó: «Yo llegué a agradar a Dios y al pueblo de Costa Rica. A nadie más».

No nos interesa aquí discutir la fe personal de la presidenta, ni poner en cuestión el derecho de cualquier persona a encontrar en sus creencias una fuente de orientación para su vida. La pregunta que nos interesa es otra y aparece precisamente cuando una convicción religiosa es vinculada de manera explícita con el ejercicio del poder público: ¿qué significa convertir la Biblia en un «libro de gobierno» dentro de una sociedad plural?

La pregunta adquiere una particular densidad si la hacemos desde América Latina y el Caribe y, más específicamente, desde el legado de la Teología de la Liberación. Porque una de las grandes contribuciones de esta tradición no consistió en sacar la Biblia de la vida pública, sino en volver a colocarla en medio de la historia, de los conflictos sociales y de las experiencias concretas de quienes viven situaciones de pobreza, exclusión y opresión. Su apuesta fue, precisamente, leer la fe desde la realidad y preguntarse qué consecuencias tiene una determinada manera de comprender a Dios cuando se encuentra con el sufrimiento humano.

Una Biblia leída desde la historia

La Teología de la Liberación surgió en un contexto latinoamericano marcado por profundas desigualdades y por sociedades atravesadas por distintas formas de violencia, exclusión y concentración del poder. Gustavo Gutiérrez, uno de sus principales referentes, planteó que la reflexión teológica no podía permanecer al margen de esa realidad. La fe debía encontrarse con la historia y, por tanto, con las condiciones concretas en las que viven las personas.

De ahí surge una de sus contribuciones más conocidas: la opción preferencial por los pobres. No se trataba simplemente de una invitación a sentir compasión por quienes viven en condiciones de pobreza, sino de una transformación en la manera de mirar la realidad: reconocer que las personas empobrecidas y excluidas no son únicamente destinatarias de ayuda, sino sujetos capaces de interpretar su propia experiencia y participar en la transformación de las condiciones que producen su exclusión. Investigaciones posteriores sobre el pensamiento de Gutiérrez han destacado precisamente esta dimensión de la opción por los pobres como una categoría orientada a transformar la realidad «desde los pobres y con los pobres».

Esto resulta particularmente importante para nuestra discusión porque desplaza el centro de la pregunta. La Biblia deja de ser solamente un texto que puede proporcionar respuestas para quien gobierna y se convierte también en una fuente desde la cual preguntar qué ocurre con quienes son gobernados.

En esa tradición, la lectura bíblica recupera con fuerza las historias del Éxodo, la denuncia profética frente a la injusticia y las palabras y prácticas de Jesús relacionadas con quienes ocupaban los márgenes de la sociedad. La cuestión no es únicamente conocer qué dice el texto, sino preguntarse qué hacemos con aquello que decimos creer. La relación entre fe y práctica, entre reflexión y acción, se vuelve entonces fundamental.

Por eso, quizá el legado de la Teología de la Liberación pueda ayudarnos a introducir una pequeña incomodidad en la expresión «libro de gobierno».

¿Y si la Biblia no fuera principalmente un libro para decirle al gobierno cómo gobernar, sino también un libro para preguntarle al gobierno qué está haciendo con la vida de las personas?

Del poder que busca legitimarse al poder que debe rendir cuentas

Aquí aparece una tensión que atraviesa buena parte de la reflexión latinoamericana sobre la relación entre religión y poder. La fe puede convertirse en una fuente de inspiración ética, pero también puede ser utilizada para conferir un carácter incuestionable a determinadas decisiones. Cuando una autoridad política afirma que sus decisiones están orientadas por Dios, se introduce una dificultad adicional en la discusión pública: las decisiones políticas dejan de presentarse únicamente como decisiones humanas, históricas y discutibles, y pueden adquirir la apariencia de una autoridad superior frente a la cual resulta más difícil plantear preguntas.

Esto no significa que una persona creyente deba abandonar sus convicciones al entrar en la vida pública. Significa reconocer que una sociedad plural está compuesta por personas que creen de maneras diferentes, por quienes profesan otras religiones, por quienes no profesan ninguna y por quienes mantienen una relación crítica, cambiante o incluso distante con la religión. Una convicción personal puede orientar la conciencia de quien gobierna; pero las decisiones que afectan a toda la sociedad necesitan poder ser discutidas en un espacio común donde nadie tenga que compartir previamente una determinada fe para participar de la conversación.

Esta distinción resulta especialmente relevante para la tradición de la Teología de la Liberación porque su crítica no estuvo dirigida únicamente contra determinadas estructuras económicas o políticas. También cuestionó las formas en que la propia religión podía relacionarse con estructuras de poder. Estudios sobre el pensamiento de Gustavo Gutiérrez han señalado precisamente su crítica a formas estabilizadas del poder religioso.

La cuestión, entonces, no es si la Biblia puede tener consecuencias políticas. Evidentemente puede tenerlas. La propia historia de la Teología de la Liberación demuestra que una lectura bíblica puede generar compromisos profundos con la justicia, la dignidad y la transformación social. La cuestión es qué tipo de relación entre Biblia y poder estamos construyendo.

Una cosa es que la fe impulse a una persona a cuestionar la injusticia. Otra es utilizar la fe para cerrar la posibilidad de cuestionar a quien gobierna.

La paradoja de una fe que incomoda al poder

Quizá aquí encontremos una de las paradojas más fecundas para releer hoy el legado de la Teología de la Liberación. Una tradición profundamente arraigada en la lectura bíblica terminó convirtiéndose, precisamente, en una fuente de crítica frente a distintas formas de poder político, económico y religioso.

Su preocupación por las personas pobres no surgía de una mirada romántica sobre la pobreza. Partía de reconocer que existen estructuras sociales que producen desigualdad y que la fe no puede permanecer indiferente ante ellas. Incluso documentos de la propia Iglesia que formularon críticas a determinadas expresiones de la Teología de la Liberación reconocieron que la opción preferencial por los pobres constituye una preocupación legítima y que no puede utilizarse la crítica teológica como pretexto para la neutralidad frente a la miseria y la injusticia.

Esta tensión es importante porque nos permite escapar de una lectura demasiado sencilla. No se trata de contraponer una «religión buena» a una «religión mala», ni de afirmar que toda presencia religiosa en la esfera pública constituye necesariamente un problema. La historia latinoamericana es mucho más compleja. Comunidades cristianas, movimientos populares, comunidades eclesiales de base y distintas experiencias pastorales han participado en procesos de defensa de derechos, organización comunitaria y denuncia de injusticias.

Lo que está en juego es algo más profundo: qué sucede cuando una determinada interpretación religiosa deja de ser una convicción desde la cual una persona participa en la vida pública y comienza a presentarse como fundamento suficiente para gobernar a todas las demás.

La diferencia puede parecer pequeña, pero políticamente es enorme.

¿Qué nos dice hoy esta tradición?

En el Día de la Biblia, recuperar el legado de la Teología de la Liberación puede servirnos para volver a leer la Biblia no como un texto que elimina las preguntas políticas, sino como una tradición de lectura que históricamente ha producido nuevas preguntas sobre el poder, la pobreza y la dignidad.

Tal vez la pregunta no sea únicamente qué puede decir la Biblia sobre cómo debería comportarse una persona que ocupa la Presidencia. También deberíamos preguntarnos qué dice (o qué nos permite preguntar) sobre quienes quedan fuera de las decisiones, sobre quienes soportan las consecuencias de determinadas políticas y sobre quienes rara vez aparecen en los espacios donde se define el rumbo de una sociedad.

En esta perspectiva, la opción preferencial por los pobres adquiere una actualidad que desborda la cuestión estrictamente religiosa. Nos obliga a mirar desde aquellos lugares donde las decisiones del poder se sienten en el cuerpo y en la vida cotidiana: en quien no puede acceder a una atención de salud, en quien pierde su territorio, en quien ve deteriorarse el río que sostiene su comunidad, en quien enfrenta precariedad laboral, en quien queda fuera de una educación digna o en quien observa cómo aquello que sostiene la vida comienza a ser tratado únicamente como mercancía.

Es aquí donde encontramos un puente con la reflexión sobre los bienes comunes. Si entendemos los bienes comunes como aquellos tejidos naturales, sociales y culturales que sostienen nuestras vidas, entonces la pregunta por la fe y el poder no puede reducirse a una discusión abstracta sobre religión. También nos conduce a preguntar quién decide sobre aquello que es necesario para vivir, quién participa en esas decisiones y qué ocurre cuando determinados intereses se imponen sobre las condiciones que permiten sostener la vida.

En ese sentido, el legado de la Teología de la Liberación puede conversar con una perspectiva de bienes comunes porque ambas miradas, desde lugares diferentes, nos obligan a desplazar la atención del poder concentrado hacia las condiciones concretas de reproducción de la vida.

Volver a preguntar desde abajo

Quizá uno de los mayores aportes de esta tradición sea recordarnos que la Biblia no tiene una única manera de ser leída políticamente. Puede convertirse en una herramienta de legitimación del orden existente, pero también puede ser leída desde quienes cuestionan ese orden. Puede servir para hablarle al poder, pero también para incomodarlo.

Por eso, frente a la idea de la Biblia como «libro de gobierno», podríamos recuperar una pregunta distinta: ¿qué pasaría si leyéramos la Biblia desde quienes tienen menos poder para preguntarle al gobierno por sus decisiones?

La pregunta cambia completamente el lugar desde donde se mira.

Ya no se trata de preguntarnos cómo hacer que el gobierno se parezca más a nuestras propias convicciones religiosas. Se trata de preguntarnos cómo nuestras convicciones religiosas o no, pueden contribuir a construir una sociedad donde nadie tenga que someterse a una verdad particular para ser escuchado, donde el poder pueda ser cuestionado y donde la dignidad de las personas no dependa de su capacidad para hacerse visible ante quienes gobiernan.

Tal vez ahí exista una de las herencias más fecundas de la Teología de la Liberación: recordarnos que una fe que habla de liberación no puede conformarse con bendecir el poder. Tiene que ser capaz de mirarlo desde abajo, escuchar sus efectos y preguntarse por quienes quedan al margen.

Por eso, este Día de la Biblia puede ser una oportunidad no para cerrar la conversación sobre qué debe hacer un buen gobierno, sino para abrir una pregunta más incómoda: ¿qué nos dice la Biblia cuando la leemos desde quienes tienen que vivir con las consecuencias de las decisiones del poder?

Quizá entonces la Biblia deje de ser solamente un «libro de gobierno». Y vuelva a ser, también, un libro desde el cual preguntarle al gobierno por la vida.

Para seguir leyendo: la Biblia desde una mirada popular

Leer la Biblia desde una perspectiva popular implica también preguntarnos desde dónde la leemos, con quiénes la leemos y qué preguntas llevamos a sus páginas. La tradición de la Teología de la Liberación nos recuerda que no existe una lectura desligada de la historia: las experiencias de pobreza, exclusión, desigualdad, organización comunitaria y búsqueda de justicia también pueden convertirse en lugares desde los cuales interpretar los textos bíblicos.

Por eso, más que buscar en la Biblia respuestas cerradas para gobernar, administrar o justificar decisiones, una lectura popular puede acercarse a ella como una fuente de preguntas sobre la vida concreta. ¿Qué ocurre con quienes tienen menos poder? ¿Quiénes quedan fuera? ¿Quiénes son escuchados y quiénes permanecen en silencio? ¿Qué formas de dominación aparecen normalizadas? ¿Qué significa hoy hablar de justicia, dignidad, cuidado, solidaridad y vida en abundancia?

Algunos aspectos para una lectura popular

Una lectura que quiera evitar el literalismo y abrirse al diálogo con la realidad puede considerar algunos elementos:

  • El contexto: preguntarnos cuándo, dónde y en qué circunstancias fue escrito un texto, qué problemas atravesaban esas comunidades y qué situación histórica expresa.

  • El género literario: no todos los textos bíblicos buscan decir lo mismo ni deben leerse de la misma manera. Hay relatos, poemas, parábolas, leyes, cartas, discursos, genealogías y textos proféticos, entre otros.

  • Quién habla y desde dónde: reconocer las voces presentes en el texto, pero también preguntarnos quiénes aparecen, quiénes quedan fuera y qué relaciones de poder atraviesan el relato.

  • La experiencia de quienes leen: una lectura popular no coloca la vida de las comunidades fuera de la interpretación. Las experiencias de pobreza, trabajo, exclusión, organización, cuidado y defensa de los territorios también generan preguntas legítimas al texto.

  • El conjunto y no la frase aislada: evitar utilizar un versículo separado de su contexto para convertirlo en una sentencia absoluta. Una lectura responsable necesita poner los fragmentos en diálogo con el resto del texto y con su contexto histórico.

  • La interpretación como diálogo: reconocer que existen distintas tradiciones y formas de interpretar la Biblia. Ninguna lectura debería presentarse automáticamente como la única posible, especialmente cuando pretende orientar la vida de toda una sociedad plural.

  • La relación entre fe y poder: preguntarnos qué ocurre cuando una interpretación religiosa comienza a utilizarse para legitimar autoridades, decisiones políticas o relaciones de dominación. La pregunta no es solamente qué dice el texto, sino también qué hacemos con aquello que creemos que el texto dice.

  • La vida como criterio de reflexión: preguntarnos qué efectos produce una determinada interpretación en la vida concreta de las personas, especialmente de quienes viven situaciones de vulnerabilidad, exclusión o desigualdad.

Esta manera de leer también recupera una dimensión comunitaria. La Biblia puede ser leída en conversación, compartiendo experiencias, dudas, desacuerdos y saberes, sin convertir una interpretación particular en una verdad que deba imponerse a todas las personas. En ese sentido, leer desde abajo no significa encontrar una única lectura correcta, sino abrir un espacio para que las palabras dialoguen con las vidas y para que las vidas también interroguen las palabras.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes proponemos acercarnos a estas lecturas populares como parte de una educación que no separa las preguntas éticas de las condiciones concretas en que vivimos. Porque quizá una de las preguntas más fértiles para este Día de la Biblia no sea solamente qué dice la Biblia, sino qué nos permite ver cuando la leemos junto a quienes defienden la vida, cuidan sus territorios, organizan sus comunidades y buscan construir otras formas de vivir en común.

Referencias:

Agüero Ruiz, Byron. (2026, 27 de septiembre). Laura Fernández: “La Biblia es buen manual para cómo ser buen presidente”. Diario Extra.

Barrera, Abner. (2022). Teología Latinoamericana de la Liberación: Una valoración. Temas de Nuestra América, 38(71), 231–242.

Boff, Leonardo (2014, 29 de septiembre). Fe y política más allá del fundamentalismo. Leonardo Boff.

Gutiérrez, Gustavo (1972). Teología de la liberación: Perspectivas. Ediciones Sígueme.

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Defensa con ropaje de seguridad: recursos, territorios y “terrorismo ambiental”

«Defender nuestras economías potenciando la cooperación económica; explorando mecanismos de control de las inversiones; salvaguardando las cadenas de suministro de minerales críticos mediante un abastecimiento diversificado y confiable; y promoviendo normativas sobre proveedores de confianza para la infraestructura digital, que se apliquen de forma no discriminatoria. Reconocemos que una seguridad duradera requiere desarrollo económico, empleos estables y oportunidades tangibles para la población, y que la soberanía económica se defiende con éxito cuando el capital que entra en nuestras naciones es transparente y verificable.» 

Declaración conjunta relativa a la defensa de la soberanía en el Hemisferio

¿Qué ocurre cuando la seguridad empieza a organizar decisiones sobre recursos, inversiones, territorios y regulación ambiental? Esta pregunta resulta cada vez más pertinente ante la manera en que distintos conflictos económicos y ambientales comienzan a ser inscritos dentro de lenguajes asociados con la seguridad nacional, la seguridad económica y la lucha contra las amenazas. El llamado Escudo de las Américas, presentado como una iniciativa para fortalecer la cooperación hemisférica frente al crimen organizado y el narcotráfico, ofrece un ejemplo particularmente interesante. Su primer pilar incorpora una dimensión económica que incluye minerales críticos, infraestructura digital (entre ella, centros de datos y otras instalaciones necesarias para sostener la economía digital), resiliencia de las cadenas de suministro, revisión de inversiones y mecanismos relacionados con “proveedores confiables”. La declaración fue suscrita el 22 de septiembre de 2026 por Estados Unidos y otros catorce gobiernos del hemisferio, entre ellos Costa Rica.

No se desprende de estos elementos, por sí mismos, que el propósito de la iniciativa sea controlar los recursos latinoamericanos o desplazar a China. La cuestión que interesa es otra: qué transformaciones ocurren cuando decisiones sobre minerales, inversiones, infraestructura y comercio empiezan a organizarse bajo un marco de seguridad. El cambio de lenguaje no es menor. Un problema económico puede ser discutido en términos de mercado, regulación y política pública; cuando pasa a ser definido como un problema de seguridad, las prioridades, los actores y los mecanismos de decisión pueden modificarse.

Esta transformación resulta todavía más significativa cuando se observa el modo en que el lenguaje de la seguridad comienza a aparecer en conflictos ambientales. El 27 de marzo de 2026, durante un acto en la Casa Blanca con agricultores y ganaderos, Donald Trump anunció cambios en los estándares de combustibles renovables y, en ese mismo contexto, se refirió a los ambientalistas como “terrorists”, afirmando que él los denomina “environmental terrorists”. La expresión apareció mientras defendía los nuevos estándares como una medida favorable para la producción agrícola y la economía rural.

La expresión volvió a aparecer meses después en una disputa institucional. El secretario de Comercio estadounidense, Howard Lutnick, acusó de “environmental terrorism” a la Comisión Costera de California, en un conflicto relacionado con proyectos de infraestructura y energía. Los dos episodios son diferentes y no deben confundirse: en uno se trata de una caracterización presidencial de los ambientalistas y en el otro de una acusación dirigida contra una autoridad reguladora. Sin embargo, ambos permiten observar un desplazamiento discursivo que merece atención: conflictos que tradicionalmente pertenecían al terreno de la política ambiental, económica o regulatoria empiezan a expresarse mediante el lenguaje de la amenaza y la seguridad.

La palabra “terrorismo” introduce una diferencia sustantiva. No describe simplemente una discrepancia sobre una política pública ni una discusión acerca de los límites de la regulación. Coloca al otro dentro de un campo semántico asociado con la amenaza, la excepcionalidad y la necesidad de protección. Por eso importa preguntarse qué ocurre cuando quienes cuestionan determinadas formas de extracción, producción o utilización del territorio dejan de aparecer como actores de un conflicto político y comienzan a ser construidos como un problema de seguridad.

De la estigmatización a la amenaza

Esta discusión tiene, además, un antecedente en Costa Rica que destacamos en una nota anterior. En “De estúpido a malintencionado: cómo se naturaliza la estigmatización de quienes defienden el ambiente”, advertíamos que las descalificaciones dirigidas contra quienes cuestionan determinadas decisiones ambientales no constituyen simplemente excesos retóricos. Las etiquetas, burlas y acusaciones contribuyen a construir una imagen pública en la que las personas defensoras aparecen como radicales, obstaculizadoras o enemigas del desarrollo, y pueden abrir espacio para formas posteriores de hostigamiento y criminalización.

Lo que aparece ahora es un desplazamiento adicional. ¿Qué sucede cuando esa estigmatización comienza a conectarse con el lenguaje de la seguridad? Llamar a alguien “radical” o “antidesarrollo” busca deslegitimar su posición; llamarlo “terrorista” introduce otra lógica, porque convierte el desacuerdo en una potencial amenaza. No se trata de afirmar que exista una relación causal automática entre ambos fenómenos ni de sostener que toda política de seguridad produzca criminalización ambiental. Se trata de reconocer que las palabras utilizadas para nombrar un conflicto ayudan a determinar qué actores aparecen como legítimos y cuáles pueden ser considerados peligrosos.

Este desplazamiento resulta especialmente delicado porque las personas defensoras ambientales ya desarrollan su trabajo en condiciones de extrema vulnerabilidad. Según Global Witness, durante 2025 fueron asesinadas al menos 124 personas defensoras de la tierra y el ambiente en el mundo, y el 85% de los asesinatos documentados ocurrió en América Latina. Colombia registró 39 casos y Brasil 26; más de tres cuartas partes de las víctimas eran pequeños agricultores, pueblos indígenas o personas afrodescendientes. Desde 2012, la organización ha documentado 2.375 asesinatos y desapariciones.

El asesinato constituye la expresión extrema de una violencia que tiene otras manifestaciones. Amenazas, intimidación, estigmatización, vigilancia y criminalización forman parte de un repertorio mucho más amplio. En México, por ejemplo, el Centro Mexicano de Derecho Ambiental documentó durante 2025 135 eventos de agresión y 314 agresiones específicas contra personas y comunidades defensoras. En 76 de esos eventos participaron autoridades federales, estatales o municipales, policías o fiscalías. La estigmatización, intimidación y difamación representaron conjuntamente el 53,8% de las agresiones específicas.

Estos datos permiten comprender por qué el lenguaje importa. La violencia contra las personas defensoras no comienza necesariamente con el asesinato; puede comenzar mucho antes, cuando se construye una representación pública que las presenta como obstáculos, radicales, enemigos del desarrollo o actores sospechosos. La estigmatización puede preparar el terreno para otras formas de violencia porque transforma la percepción social sobre la legitimidad de quienes cuestionan determinados intereses.

En este sentido, la expresión “terrorismo ambiental” merece ser observada no solamente por su contenido explícito, sino por el tipo de relación que propone entre defensa ambiental y amenaza. Cuando la defensa de un territorio comienza a ser descrita con categorías propias de la seguridad, cambia también el terreno en el que esa defensa puede ser escuchada.

Minerales críticos, infraestructura digital y territorios estratégicos

El otro lado de esta discusión aparece en el primer pilar del Escudo de las Américas. El interés por los minerales críticos responde a una transformación real de la economía mundial. La Agencia Internacional de Energía (2025) señala que China es el principal refinador de 19 de los 20 minerales estratégicos analizados, con una participación promedio cercana al 70%; en el caso de las tierras raras utilizadas para fabricar imanes, concentra alrededor del 91% de la producción refinada.

La preocupación por diversificar las cadenas de suministro es, por tanto, comprensible. El problema comienza cuando nos preguntamos qué significa políticamente esa diversificación y quién define qué proveedor es “confiable”. Si la confiabilidad implica transparencia, trazabilidad, protección ambiental, derechos laborales y respeto de las comunidades, estamos ante una discusión sobre condiciones necesarias para unas cadenas de suministro más responsables. Pero si el criterio de confiabilidad termina dependiendo fundamentalmente de la alineación geopolítica, la palabra adquiere otro significado.

La diferencia importa especialmente en América Latina, donde muchos de los minerales considerados estratégicos se encuentran en territorios habitados por comunidades indígenas, campesinas y rurales. Desde la perspectiva de los bienes comunes, un mineral no es simplemente una materia prima disponible para una cadena global: antes de convertirse en recurso estratégico, existe dentro de un territorio. Allí hay agua, bosques, comunidades, memoria, actividades productivas y relaciones sociales que no desaparecen porque el subsuelo adquiera una nueva importancia geopolítica.

Por eso la resiliencia de una cadena de suministro no necesariamente equivale a la resiliencia de una comunidad. Una empresa puede necesitar garantizar el suministro permanente de un mineral y, al mismo tiempo, una comunidad puede necesitar garantizar la permanencia de sus fuentes de agua. Ambas necesidades pueden ser presentadas como cuestiones de seguridad, pero no necesariamente representan la misma idea de lo que debe ser protegido.

Algo similar ocurre con la infraestructura digital. La economía contemporánea suele presentar los datos, la nube y los servicios digitales como si existieran en un espacio prácticamente inmaterial. Sin embargo, detrás de esa aparente virtualidad existe una infraestructura física cada vez más extensa: cables submarinos, redes eléctricas, sistemas de conectividad, instalaciones de almacenamiento y procesamiento y, de manera particularmente significativa, centros de datos. Estos requieren grandes cantidades de energía, sistemas permanentes de refrigeración, suelo e infraestructura de conectividad, de modo que la expansión de la economía digital también produce nuevas demandas territoriales.

Los centros de datos permiten observar con especial claridad esta transformación. Una infraestructura que puede parecer distante de las discusiones tradicionales sobre territorio termina dependiendo de recursos muy concretos: electricidad, agua para determinados sistemas de enfriamiento, terrenos adecuados, redes de fibra óptica y condiciones regulatorias que permitan su operación continua. La llamada transición digital, por tanto, no elimina la dimensión material de la economía; en algunos casos simplemente desplaza sus demandas hacia infraestructuras menos visibles para quienes utilizan los servicios.

Esto abre otra pregunta relevante para América Latina y el Caribe. Si determinados territorios son considerados estratégicos para instalar centros de datos, desarrollar redes de conectividad o garantizar nuevas capacidades digitales, ¿qué ocurre con los bienes comunes necesarios para sostener esas infraestructuras? El agua utilizada para refrigeración, la energía requerida para mantenerlas operativas y el suelo destinado a estas instalaciones dejan de ser únicamente cuestiones técnicas y pasan a formar parte de una discusión sobre prioridades territoriales.

Aquí aparece una tensión que conecta los minerales críticos con la infraestructura digital. La seguridad de las cadenas de suministro requiere minerales; la economía digital requiere infraestructura; y ambas dependen de territorios concretos. Sin embargo, la forma en que se presentan estas necesidades puede hacer que sus costos territoriales queden en segundo plano. Un territorio puede ser estratégico para asegurar minerales críticos, para producir energía o para instalar infraestructura digital, pero seguir siendo al mismo tiempo un territorio de vida para quienes lo habitan.

La cuestión no consiste en negar la importancia de estas infraestructuras ni en asumir que toda inversión tecnológica produce necesariamente impactos negativos. Se trata de reconocer que aquello que aparece como estratégico desde una cadena global también tiene consecuencias materiales y territoriales. La pregunta es, nuevamente, quién decide sobre esas prioridades, qué costos se consideran aceptables y quién participa en la definición de aquello que debe ser protegido.

En este sentido, minerales críticos y centros de datos pueden parecer asuntos muy diferentes, pero comparten una característica: ambos muestran cómo la creciente competencia geopolítica convierte determinados territorios, recursos e infraestructuras en piezas de una arquitectura global de seguridad económica y tecnológica. El riesgo es que, al adquirir ese carácter estratégico, las necesidades de las cadenas globales comiencen a presentarse como prioridades que no admiten discusión.

La resiliencia de una economía digital tampoco es necesariamente equivalente a la resiliencia de los territorios que la sostienen. Garantizar que un centro de datos permanezca operativo puede requerir asegurar grandes cantidades de energía y agua; garantizar la vida cotidiana de una comunidad puede exigir precisamente preservar esos mismos bienes para otros usos. La pregunta, entonces, vuelve a ser política: ¿qué necesidades tienen prioridad, quién establece esa prioridad y bajo qué mecanismos de participación y control?

Aquí aparece una tensión central para América Latina y el Caribe: los territorios pueden convertirse simultáneamente en espacios estratégicos para las cadenas globales de suministro, la infraestructura energética y la economía digital, y en espacios de vida para las comunidades que los habitan. Cuando ambas perspectivas entran en conflicto, resulta necesario preguntarse quién participa en la decisión, qué derechos se reconocen y qué intereses terminan definiendo el carácter estratégico de un territorio.

Cuando la seguridad redefine el conflicto

Los dos hilos de esta discusión no son idénticos. No existe evidencia suficiente para afirmar que el Escudo de las Américas y el uso de la expresión “terrorismo ambiental” formen parte de un único proyecto. Pero su coexistencia permite observar una tendencia más amplia: la expansión del lenguaje de la seguridad hacia ámbitos que antes eran discutidos principalmente como problemas económicos, ambientales, regulatorios o territoriales.

Esto importa porque la securitización puede cambiar las condiciones del debate. Cuando una inversión es presentada como estratégica, su cuestionamiento puede comenzar a aparecer como un obstáculo para la seguridad económica. Cuando una regulación ambiental es presentada como una amenaza, su aplicación puede aparecer como un problema de seguridad nacional. Y cuando una persona defensora es descrita mediante el lenguaje del terrorismo, su oposición deja de ser interpretada únicamente como una posición política o ambiental.

No significa que las amenazas reales deban ignorarse. El crimen organizado, el narcotráfico, la destrucción ambiental y la explotación ilegal de recursos son problemas concretos. Precisamente por ello es importante no borrar las diferencias entre quienes ejercen violencia, quienes participan de estructuras criminales, quienes regulan y quienes defienden territorios afectados por esas dinámicas.

La seguridad no debería convertirse en una categoría capaz de absorber todas esas diferencias. Desde los bienes comunes, esto obliga a formular las preguntas desde otro lugar. No basta con discutir cómo garantizar cadenas de suministro resilientes; también es necesario discutir cómo garantizar territorios habitables. No basta con asegurar inversiones o infraestructura digital; también es necesario asegurar la participación de las comunidades afectadas. Y no basta con proteger recursos estratégicos; también es necesario proteger a quienes, desde los territorios, denuncian su destrucción o cuestionan las formas en que se pretende disponer de ellos.

La cuestión, en última instancia, no es solamente quién controla los recursos, sino quién puede decidir sobre ellos y bajo qué condiciones.

Un río no es solamente un recurso hídrico. Un bosque no es solamente una reserva. Una montaña no es solamente un depósito mineral. Y un territorio no es solamente el lugar donde puede instalarse un centro de datos. Son parte de relaciones sociales, culturales y ecológicas que sostienen la vida.

Por eso quienes defienden esos territorios no pueden ser reducidos a la categoría de obstáculos simplemente porque cuestionen una determinada forma de apropiación, explotación o transformación territorial. Y mucho menos debería darse por supuesto que una defensa ambiental se convierte en una amenaza por el hecho de disputar decisiones consideradas estratégicas.

La discusión sobre seguridad, recursos, infraestructura y territorios necesita mantener abierta una pregunta que suele desaparecer cuando todo comienza a ser leído desde la lógica de la amenaza: ¿seguridad para quién y para proteger qué?

Porque si la seguridad sirve para garantizar cadenas de suministro, inversiones, acceso a minerales y continuidad de infraestructuras digitales, pero quienes habitan y defienden los territorios donde esas condiciones materiales se encuentran continúan enfrentando presiones y amenazas, queda pendiente una cuestión fundamental: ¿qué estamos entendiendo realmente por seguridad?

Esta pregunta no busca cerrar el debate, sino abrirlo allí donde resulta más necesario: en los territorios y junto a quienes los habitan, los conocen, los cuidan y los defienden.

Referencias:

Centro Mexicano de Derecho Ambiental, A. C. (2026, 16 de abril). Aumentan agresiones contra defensores del medio ambiente en México en 2025, el Estado sigue siendo el principal responsable. https://cemda.org.mx/aumentan-agresiones-contra-defensores-del-medio-ambiente-en-mexico-en-2025-el-estado-sigue-siendo-el-principal-responsable/

Ede-Osifo, Uwa (2026, 29 de junio). La administración de Trump apunta a la agencia costera de California en la escalada de la lucha contra la producción de energía. The Guardian. https://www.theguardian.com/us-news/2026/jun/29/california-trump-administration-energy-production

Embajada de los Estados Unidos en Costa Rica. (2026). Declaración conjunta relativa a la defensa de la soberanía en el Hemisferio. https://cr.usembassy.gov/es/declaracion-conjunta-relativa-a-la-defensa-de-la-soberania-en-el-hemisferio/

Global Witness. (2026). At least 124 land and environmental defenders killed globally in 2025. https://globalwitness.org/en/press-releases/at-least-124-land-and-environmental-defenders-killed-globally-in-2025/

International Energy Agency. (2025). Global critical minerals outlook 2025. IEA. https://www.iea.org/reports/global-critical-minerals-outlook-2025