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Las mujeres indígenas hablan: cultura, semillas y defensa del territorio

Un encuentro en Boca Coen del territorio indígena Tjai, puso en el centro las voces de mujeres indígenas, la defensa de la cultura, el idioma, las semillas ancestrales y el cuidado de la tierra y los bienes naturales.

Conmemorar el Día Internacional de la Mujer Indígena también puede ser una oportunidad para detenerse, conversar y escuchar. No solamente para hablar sobre las mujeres indígenas, sino para encontrarse con quienes, desde sus comunidades, sostienen conocimientos, prácticas y formas de relacionarse con el territorio.

Así ocurrió en la comunidad de Boca Coen, del territorio indígena Tjai este 12 de septiembre, donde mujeres lideresas se reunieron en el Rancho Cultural Däyë para compartir, dialogar y reflexionar sobre aquello que consideran fundamental para la continuidad de su pueblo.

En este espacio también participaron personas mayores de la comunidad de Boca Coen, cuya presencia permitió sumar otras voces y experiencias a un encuentro atravesado por la memoria, los conocimientos y las prácticas que se transmiten dentro de la comunidad.

Para Hugo Céspedes Morales, líder y habitante de Boca Coen, el encuentro permitió compartir con las lideresas de la comunidad Boca Coen y conversar sobre asuntos que atraviesan la vida cotidiana y el futuro del territorio.

Entre ellos estuvieron la importancia de preservar el idioma y la cultura, recuperar y proteger las semillas ancestrales, así como cuidar la tierra y los recursos naturales que, desde su cosmovisión, Sibö les dejó.

Más que una actividad protocolaria, las personas participantes describen el espacio como un encuentro para compartir, dialogar e interactuar. Y quizá ahí está una de las claves: la cultura no solamente se conserva, también se conversa, se practica y se comparte entre generaciones y comunidades.

«Me siento muy feliz de ser una mujer indígena»

Una de las voces que compartió durante el encuentro fue la de Johana Morales Morales, lideresa de la comunidad de Boca Coen.

Su testimonio parte de algo profundamente sencillo y, al mismo tiempo, profundamente político: el orgullo de ser mujer indígena.

Johana se reconoce como cuidadora de los bosques, de la tierra y de las semillas ancestrales. Desde ese lugar, señala la necesidad de no olvidar aquello que sostiene la identidad comunitaria: el idioma cabécar, la cultura y los conocimientos asociados al territorio.

La conversación también puso sobre la mesa la importancia de rescatar las semillas ancestrales y de fortalecer el trabajo colectivo entre las mujeres.

Porque las mujeres indígenas no solamente participan de la vida comunitaria: han desempeñado y continúan desempeñando un papel fundamental en la construcción y sostenimiento de sus territorios.

Pero el encuentro también permitió nombrar una preocupación: el poco apoyo que muchas veces reciben de las instituciones públicas.

Johana hace un llamado para que ese apoyo no se reduzca a reuniones, actividades o espacios donde las mujeres son escuchadas momentáneamente. Lo que se demanda es algo más concreto: proyectos y acciones que contribuyan realmente a fortalecer a las mujeres indígenas y sus procesos de conservación de la cultura, el idioma y los conocimientos propios.

No se trata solamente de ser invitadas a conversar. Se trata también de que sus voces tengan consecuencias.

Conocer los derechos también es una forma de defenderse

Durante la actividad también se compartieron elementos relacionados con la Ley Indígena N.° 6172, como parte de una conversación sobre los derechos que deben conocer y ejercer las mujeres indígenas.

Para Seidy Estela Morales López, presidenta de la Asociación de Mujeres Jolpé Kjané, la conmemoración fue un motivo de orgullo y, sobre todo, una oportunidad para encontrarse como mujeres.

Su intervención puso énfasis en una preocupación que atraviesa los testimonios: la necesidad de que las mujeres indígenas no sean invisibilizadas en la sociedad y que sus voces sean escuchadas.

La legislación, sin embargo, no aparece aquí como un punto de llegada. Conocer los derechos puede ser también una herramienta para reconocer las desigualdades existentes y exigir que las instituciones cumplan con sus responsabilidades.

Porque entre el reconocimiento formal y la vida cotidiana existe todavía una distancia que las propias mujeres están señalando.

Semillas, idioma, tierra y memoria

Los distintos testimonios coinciden en algo: hablar de las mujeres indígenas implica hablar también del territorio.

El idioma no aparece separado de la cultura. Las semillas no aparecen separadas de la tierra. El cuidado de los bosques no aparece separado de la memoria. Y la organización de las mujeres tampoco aparece separada de la defensa de aquello que permite sostener la vida comunitaria.

Por eso, cuando las mujeres hablan de semillas ancestrales, no están hablando únicamente de variedades que deben conservarse. Hablan también de conocimientos, prácticas, relaciones y memorias que han sido transmitidas y que necesitan continuar viviendo.

Cuando hablan del idioma, hablan de una manera de nombrar y comprender el mundo.

Cuando hablan de la tierra y los bosques, hablan de espacios que no pueden reducirse simplemente a recursos disponibles.

Y cuando hablan de organizarse, están hablando de una práctica colectiva que permite enfrentar el presente y construir posibilidades para el futuro.

La participación de las personas mayores de la comunidad recuerda además que esta transmisión no ocurre solamente a través de discursos o documentos. También ocurre en la palabra compartida, en la memoria de quienes han vivido el territorio y en los encuentros entre distintas generaciones.

Que escuchar no sea suficiente

La conmemoración dejó también una pregunta abierta para las instituciones. ¿Qué significa realmente apoyar a las mujeres indígenas?

Los testimonios son claros al respecto: no basta con convocar, reunirse o escuchar. El acompañamiento debe traducirse en acciones, proyectos y condiciones que fortalezcan los procesos que las propias mujeres y comunidades ya vienen construyendo.

La demanda no parte de una ausencia de organización. Al contrario.

En Boca Coen existen mujeres organizándose, cuidando, transmitiendo conocimientos, defendiendo su cultura y pensando colectivamente el futuro.

Tal vez el desafío institucional sea aprender a acompañar sin sustituir esos procesos; reconocer sin apropiarse de sus voces; y apoyar sin convertir la participación en una simple actividad de calendario.

Porque una conmemoración puede terminar cuando termina la actividad.

Pero el trabajo de las mujeres que cuidan la cultura, las semillas, el idioma, los bosques y la tierra continúa al día siguiente. Y es ahí donde la conversación realmente comienza.

Voces del encuentro

La actividad contó con la participación de mujeres de espacios como el Grupo de Mujeres Kjueko Boca Coen y el Grupo de Mujeres Jirorwá, entre otras participantes y lideresas comunitarias, así como con la presencia de personas mayores de la comunidad de Boca Coen.

Sus voces recuerdan que defender la cultura también es defender las condiciones que permiten reproducirla; que cuidar las semillas es cuidar memoria y futuro; y que escuchar a las mujeres indígenas implica reconocerlas como protagonistas de sus territorios y de las decisiones que afectan sus vidas.

En un contexto donde muchas veces se habla de los territorios indígenas desde afuera, este encuentro propone otra ruta: escuchar lo que las propias mujeres tienen que decir, compartir y construir.

Porque también ahí, en la conversación entre mujeres, en el encuentro entre generaciones, en la transmisión de una palabra, en una semilla que se conserva y en una lengua que continúa hablándose, se está cuidando lo común.

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Memoria, martirio y diálogo para defender la vida: Espiritualidades diversas frente a los conflictos por los territorios y los bienes comunes

Desde el Observatorio de Bienes Comunes compartimos dos documentos que nos invitan a pensar el diálogo, la defensa de los territorios y el cuidado de la vida desde una perspectiva profundamente situada en las comunidades.

En tiempos marcados por conflictos socioambientales, extractivismo, despojo territorial y distintas formas de violencia contra quienes defienden la vida, hablar de diálogo no puede reducirse a sentar a diferentes actores alrededor de una misma mesa. Dialogar también implica preguntarnos quiénes pueden hablar, quiénes son escuchados, quiénes tienen capacidad de decisión y qué relaciones de poder atraviesan ese encuentro.

Esta preocupación atraviesa el documento Diálogo justo y en equidad para la transformación de conflictos, elaborado desde redes eclesiales latinoamericanas en contextos de extractivismo. El texto parte de una constatación importante: aunque distintos actores reconocen el valor del diálogo, la palabra no necesariamente significa lo mismo para una empresa, una institución pública, una comunidad afectada o un movimiento social. Por eso propone mirar las condiciones concretas que pueden hacer del diálogo una herramienta de justicia y transformación.

El documento llama particularmente la atención sobre las asimetrías de poder, la necesidad de escuchar a quienes padecen los conflictos, garantizar su participación efectiva, asegurar el acceso a la información y situar los procesos de diálogo en los propios territorios donde se viven las consecuencias.
Desde el Observatorio consideramos que estas reflexiones pueden abrir una conversación más amplia: ¿cómo construir diálogos capaces de encontrarnos en nuestras diferencias sin convertirlas en obstáculos?

Más allá de una sola voz

Las comunidades están atravesadas por múltiples maneras de comprender la vida, el territorio y nuestras responsabilidades colectivas. En ellas conviven distintas tradiciones religiosas, espiritualidades, cosmovisiones, experiencias comunitarias y también personas que no profesan ninguna religión.

Reconocer esta diversidad no significa buscar una espiritualidad única ni construir consensos artificiales. Significa, más bien, abrir espacios donde podamos escuchar las distintas formas en que las personas nombran aquello que consideran valioso y digno de ser cuidado.

Para algunas personas, la defensa de un río puede estar vinculada con la fe y con una relación espiritual con la creación. Para otras, puede partir de una cosmovisión indígena, de una memoria comunitaria, de una experiencia histórica de defensa territorial, de una preocupación ecológica o de una convicción ética que no necesita recurrir a una referencia religiosa.

Todas estas experiencias pueden encontrarse alrededor de preguntas comunes: ¿qué vida queremos defender?, ¿qué territorios queremos cuidar?, ¿qué relaciones queremos construir?, ¿qué formas de violencia y despojo no estamos dispuestas a aceptar?

El diálogo ecuménico puede ser parte de ese camino, pero también puede desbordar los límites del propio mundo religioso. El encuentro entre distintas espiritualidades y con personas no creyentes puede convertirse en una oportunidad para reconocer que existen múltiples caminos para acercarnos a preocupaciones compartidas: la dignidad, la justicia, la solidaridad, el cuidado de la naturaleza y la defensa de los bienes comunes.

Escuchar también a quienes resisten

El segundo documento, Mártires de la Creación, coloca otra dimensión sobre la mesa: la memoria de quienes han defendido la tierra, el agua, los bosques y sus comunidades frente a proyectos extractivos y otras formas de despojo. El texto propone ampliar la mirada del martirio para incluir no solamente a las personas, sino también a comunidades y territorios afectados por estas dinámicas.

Esta memoria aparece acompañada de una preocupación por las condiciones que permiten que determinadas violencias se reproduzcan. El documento llama a comunicar y registrar estos casos, fortalecer la solidaridad, impulsar procesos de aprendizaje colectivo y compartir saberes con otras comunidades.

Aquí aparece un punto de encuentro particularmente fértil para el diálogo: aprender de quienes están defendiendo la vida en los territorios.

No se trata únicamente de hablar sobre las comunidades, sino de escuchar sus experiencias, sus conocimientos, sus memorias y sus propias formas de comprender lo que está ocurriendo. El primer documento insiste precisamente en que las comunidades afectadas deben ocupar un lugar real de autoridad y expresión dentro de los procesos de diálogo.

Del encuentro a la acción común

El diálogo adquiere sentido cuando puede transformar relaciones y ampliar las posibilidades de justicia. El propio documento habla de un “diálogo orientado a la transformación” y de un “diálogo emancipador”, entendido como aquel que contribuye a modificar las relaciones sociales y las desigualdades en la distribución del poder.

Esta perspectiva resulta especialmente sugerente para pensar los bienes comunes. El encuentro entre diferentes espiritualidades, tradiciones religiosas y posiciones no religiosas no tendría que buscar que pensemos igual. Puede buscar algo más sencillo y, al mismo tiempo, más exigente: que podamos reconocernos como parte de una conversación común sobre aquello que sostiene la vida.

Esto supone también aprender a conversar cuando existen diferencias profundas. Escuchar no significa renunciar a las propias convicciones. Dialogar tampoco significa relativizar las injusticias o colocar en un mismo nivel a quienes tienen capacidades de decisión radicalmente distintas. Como advierte el documento, un diálogo justo requiere reconocer las asimetrías de poder que atraviesan cada conflicto.

Quizás allí exista una tarea especialmente importante para nuestras sociedades: construir espacios de encuentro donde la diversidad espiritual, religiosa y no religiosa no sea una barrera, sino una fuente de aprendizajes para defender aquello que compartimos.

Más allá de sentarse a dialogar: seis claves para la transformación

Diálogo justo y en equidad para la transformación de conflictos propone seis dimensiones para pensar un diálogo que pueda contribuir realmente a la transformación de los conflictos. Su punto de partida es reconocer que no todas las personas, comunidades e instituciones llegan a la conversación en las mismas condiciones: existen diferencias de poder, acceso a la información, capacidad de decisión y posibilidades de incidencia. Por ello, dialogar no puede reducirse a reunir a las partes, sino que requiere crear condiciones de mayor justicia y equidad.

A continuación, presentamos una síntesis de estas seis dimensiones, que ponen especial atención en la escucha de las comunidades afectadas, su participación efectiva, el acceso a información, la importancia de situar los procesos en los territorios y la responsabilidad de las instituciones públicas frente a las acciones empresariales. La propuesta entiende el diálogo como una posibilidad para transformar las relaciones sociales, reconocer las asimetrías de poder y construir condiciones más equitativas para abordar los conflictos.

Dimensión del diálogo¿Qué plantea el documento?Clave para un diálogo justo
1. Reconocer las asimetrías de poderLos actores que participan en un conflicto no cuentan necesariamente con las mismas capacidades de decisión, información, recursos o responsabilidades.No asumir que todas las partes llegan a la mesa en condiciones equivalentes. El diálogo debe reconocer y considerar las relaciones de fuerza existentes.
2. La Iglesia garante de la voz de las víctimasLa Iglesia no debe asumir una posición de observadora o mediadora neutral, sino partir de la opción preferencial por las personas empobrecidas y vulnerables.La escucha de quienes sufren las consecuencias del conflicto debe ocupar un lugar central en el proceso de diálogo.
3. Dar autoridad, voz y oportunidad de propuestas a las víctimasLas personas y comunidades afectadas no deben limitarse a ser invitadas, consultadas o representadas indirectamente.Deben contar con espacios reales de expresión, reconocimiento y autoridad para participar y formular propuestas. El documento amplía esta escucha hacia las víctimas no humanas: ecosistemas, especies y territorios.
4. Garantizar la transparencia y el acceso universal a la informaciónLa falta de información adecuada, oportuna y accesible puede impedir que las comunidades defiendan sus derechos.La información debe estar disponible de manera equitativa antes de cualquier negociación o decisión.
5. Situar el diálogo en los territorios en conflictoEl diálogo no debería quedar desconectado de los lugares donde se experimentan los impactos y donde las comunidades resisten y cuidan sus territorios.Llevar la conversación al territorio permite incorporar las experiencias, demandas y conocimientos de quienes viven directamente el conflicto.
6. Monitoreo y control de las acciones empresariales a través de las leyes e instituciones públicasEl respeto de los derechos humanos y ambientales no puede depender únicamente de la voluntad o autorregulación empresarial.Se requiere regulación efectiva, instituciones públicas capaces de supervisar y hacer cumplir las normas, y un Estado democrático que garantice justicia y derechos.
Dos documentos para continuar la conversación

Compartimos estos materiales como una invitación a leer, conversar y abrir preguntas. No los presentamos como una respuesta definitiva. Nos interesa ponerlos en circulación porque contienen reflexiones y experiencias que pueden alimentar conversaciones más amplias sobre los conflictos socioambientales, las relaciones de poder, la defensa de los territorios, la memoria y las distintas formas de comprender nuestro vínculo con la naturaleza.

El camino puede comenzar precisamente allí: sentarnos a escuchar qué nos une, reconocer aquello que nos diferencia y preguntarnos qué podemos hacer juntxs para cuidar la vida y los bienes comunes.

Documentos para descargar y leer

Diálogo justo y en equidad para la transformación de conflictos Reflexiones de las redes eclesiales latinoamericanas en contextos de extractivismo.

El documento propone seis dimensiones para pensar un diálogo verdaderamente transformador: reconocer las asimetrías de poder, garantizar la voz de las víctimas, asegurar transparencia e información, situar el diálogo en los territorios y fortalecer el papel de las instituciones públicas y las comunidades en el seguimiento de los conflictos.

Mártires de la Creación

Un documento que recupera testimonios y experiencias de personas, comunidades y territorios afectados por la violencia asociada a la defensa de la naturaleza, el agua y los territorios. Desde una perspectiva de fe, propone fortalecer la memoria, el aprendizaje colectivo, la organización comunitaria, la solidaridad y el cuidado de la Casa Común.
Los compartimos para seguir conversando. Porque quizá una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo sea aprender a encontrarnos sin exigirnos pensar igual, y descubrir desde nuestras diferencias qué podemos hacer juntxs para defender la vida.

En un videomensaje dirigido a la comunidad de Lampedusa, el papa León XIV afirmaba: “La historia es devastada por los poderosos, pero es salvada por los humildes, los justos y los mártires, en quienes brilla el bien y la auténtica humanidad resiste y se renueva”. Más que una frase para ubicarnos cómodamente del lado de quienes defienden la vida, estas palabras abren una pregunta incómoda: ¿desde dónde acompañamos y compartimos las luchas de quienes resisten? La tensión entre el poder, sus comodidades y privilegios, y la ética de quienes sostienen la vida en sus territorios también nos interpela a quienes caminamos junto a estas experiencias.

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El golpe también se cuenta: mentiras, poder y la disputa por la realidad

11 de septiembre de 1973: cuando las “noticias falsas” todavía no tenían redes sociales

Hay una manera de recordar el 11 de septiembre de 1973 que consiste en volver sobre la fecha, enumerar los acontecimientos y repetir, año tras año, que aquel día ocurrió un golpe de Estado en Chile.

Hay otra posibilidad: preguntarnos cómo fue posible que un golpe de Estado pudiera presentarse como una defensa del orden, de la institucionalidad y hasta de la democracia. Esta segunda pregunta resulta más incómoda, pero también más necesaria.

Cuando hablamos hoy de fake news, desinformación o manipulación informativa solemos pensar inmediatamente en redes sociales, algoritmos, teléfonos y plataformas digitales. Como si el problema hubiera nacido con Facebook, X, TikTok o WhatsApp. Sin embargo, el 11 de septiembre de 1973 nos recuerda algo fundamental: las noticias falsas no nacieron en internet.

Mucho antes de las redes sociales, el poder ya sabía que para transformar una realidad política no bastaba con ocupar un territorio. También era necesario disputar las palabras con las que ese territorio sería interpretado.

Antes de las redes ya existía la disputa por la realidad

El documento 1-11 septiembre de 1973 muestra un Chile profundamente polarizado durante los días previos al golpe. Esa polarización atravesaba también los medios de comunicación: mientras quienes apoyaban a la Unidad Popular seguían Televisión Nacional, sectores opositores seguían Canal 13, perteneciente a la Pontificia Universidad Católica. La disputa política era, por tanto, también una disputa por los espacios desde los cuales se construía y circulaba la realidad.

Esto permite mirar la desinformación de una manera menos cómoda. No se trata únicamente de personas que comparten contenidos falsos en internet. La pregunta de fondo es otra: ¿quién tiene la capacidad de definir qué está ocurriendo?

Quien consigue instalar una explicación como sentido común adquiere una forma particular de poder. Puede decidir quién aparece como amenaza, quién como víctima, quién como enemigo y quién como salvador. Puede conseguir que una interpretación particular de los acontecimientos termine presentándose como si fuera simplemente “la realidad”.

En Chile esa disputa existía mucho antes de que una pantalla pudiera enviarnos una notificación.

“Esto no es un golpe de Estado”

Quizá uno de los ejemplos más reveladores se encuentre en las propias palabras de quienes estaban ejecutando el golpe.

A las ocho de la mañana del 11 de septiembre, con Valparaíso bajo control militar, el almirante José Toribio Merino afirmó: “Este no es un golpe de Estado”. Según la proclama, lo que estaba ocurriendo era el “restablecimiento de un estado de derecho”.

La frase importa no porque una mentira pueda convertirse en verdad por ser pronunciada desde el poder, sino porque muestra una necesidad política: el poder necesita producir un lenguaje capaz de hacer inteligible y justificable aquello que está haciendo.

Los militares no dijeron simplemente que habían decidido tomar el poder. Construyeron otro relato. Hablaron de una patria que se derrumbaba, de una crisis social y moral, de un gobierno incapaz de controlar el caos, de grupos paramilitares, de una amenaza de guerra civil y de la necesidad de liberar a Chile del “yugo marxista”.

Aquí aparece una operación que todavía reconocemos en muchos discursos políticos: primero se presenta una situación de emergencia; después se identifican responsables; luego se construye una amenaza extraordinaria y, finalmente, aparece quien afirma tener la capacidad de salvarnos de ella.

Por eso el problema no puede reducirse a una falsedad aislada. Hay algo más complejo: una arquitectura política del relato.

El caos puede ser real y también puede ser narrado

Esto permite mirar de otra manera las referencias al “caos”. El documento registra un contexto efectivamente atravesado por una fuerte crisis política, económica y social: inflación, desabastecimiento, acaparamiento, sabotaje empresarial y una creciente polarización.

Reconocer que existía una crisis, sin embargo, no significa aceptar automáticamente cualquier explicación sobre sus causas ni cualquier solución presentada para resolverla.

Una crisis puede ser real y, al mismo tiempo, puede ser narrada políticamente.

Lo importante no es solamente determinar si algo ocurrió. También importa observar cómo se seleccionan los acontecimientos, cómo se ordenan, qué causas se les atribuyen, quiénes son responsabilizados y qué respuestas terminan apareciendo como inevitables.

La existencia del conflicto no determina por sí misma el relato sobre el conflicto.

Esta distinción resulta fundamental para comprender cómo opera la propaganda. La mentira no siempre necesita inventarlo todo. Puede ser mucho más eficaz cuando toma elementos reales, los separa de su contexto, exagera algunos, oculta otros y establece conexiones interesadas hasta construir una explicación conveniente.

En Chile había conflictos, violencia, escasez, polarización y confrontación política. Sobre esa realidad se construyó un relato que permitió presentar la intervención militar como una respuesta necesaria frente al caos y la amenaza.

El golpe no solamente necesitó soldados. Necesitó una explicación.

Para imponer una explicación también hay que controlar quién puede hablar

La disputa por la realidad no se desarrolló únicamente mediante discursos. Mientras las fuerzas militares avanzaban, también se desplegó una operación para controlar las comunicaciones.

A las 4:30 de la madrugada comenzó en Valparaíso la llamada “Operación Silencio”, destinada a acallar sistemas de comunicación y radios vinculadas a la Unidad Popular. Horas después, aviones Hawker Hunter bombardearon los estudios de Radio Corporación. La primera proclama golpista fue transmitida desde el Ministerio de Defensa.

La Junta no se limitó a informar lo que estaba ocurriendo. Ordenó a la prensa, las radioemisoras y los canales considerados afines a la Unidad Popular suspender sus actividades informativas, bajo amenaza de castigo aéreo y terrestre.

Esto cambia nuestra manera de entender la desinformación. No se trata solamente de producir información falsa. También se trata de decidir qué información puede circular, qué voces pueden ser escuchadas, qué imágenes pueden verse y qué acontecimientos pueden ser nombrados.

En otras palabras, el silencio también puede ser una forma de construir realidad.

Cuando algunas voces son silenciadas y otras reciben el poder de hablar en nombre de todos, la disputa ya no ocurre únicamente sobre lo que es verdadero o falso. Ocurre también sobre quién tiene la posibilidad de contar lo sucedido.

Cuando el lenguaje intenta gobernar los acontecimientos

Quizá uno de los aspectos más reveladores del 11 de septiembre sea la velocidad con la que se intentó transformar el significado de lo que estaba ocurriendo.

A las 8:10 de la mañana se informaba que las Fuerzas Armadas comenzaban a hacerse cargo del país. A las 8:40 se transmitía una proclama que hablaba de crisis, caos, guerra civil, liberación de la patria y restauración del orden y la institucionalidad. Mientras La Moneda era atacada, el relato oficial continuaba construyéndose.

A las 10:00 se anunció que, si no había rendición, La Moneda sería bombardeada. A las 11:52 comenzó el bombardeo. Y posteriormente, cuando el palacio ya estaba siendo destruido, la Junta presentó la acción militar como una operación destinada a “evitar el derramamiento de sangre”.

La contradicción es evidente. Pero precisamente por eso resulta pedagógica.

Nos muestra que el lenguaje político no solamente describe los acontecimientos: también intenta gobernar su interpretación.

La palabra “orden” puede acompañar una ruptura institucional. “Libertad” puede aparecer en un contexto de censura. “Restauración” puede nombrar una toma del poder. “Bien común” puede ser invocado para justificar decisiones tomadas por quienes han desplazado el orden democrático.

Las palabras no son neutrales cuando están respaldadas por determinadas relaciones de poder.

Fabricar legitimidad

A las 14:10, la Junta Militar transmitió un nuevo bando en el que afirmaba que las Fuerzas Armadas habían asumido el poder porque un gobierno inicialmente legítimo había caído en una “ilegitimidad flagrante”. La acción se justificaba, además, apelando al supuesto sentir de la “gran mayoría nacional”, al “bien común” y al “alto interés patriótico”.

Aquí aparece algo políticamente más complejo que una mentira: la fabricación de legitimidad.

El poder que acaba de romper el orden constitucional se presenta como encargado de restaurarlo. Quien toma el poder por la fuerza habla de institucionalidad. Quien clausura espacios de expresión puede hablar de libertad. Quien impone un nuevo orden puede presentarse como quien viene a salvar a la patria.

Por eso quizá sea insuficiente preguntar únicamente si un mensaje es verdadero o falso. También necesitamos preguntar quién está hablando, desde dónde habla, con qué poder cuenta, qué efectos busca producir, qué queda fuera del relato y quién tiene la posibilidad de responder.

Estas preguntas nos permiten pasar de la verificación aislada de un dato a una lectura política de la información.

La censura también construye memoria

Después del golpe, la relación entre poder y comunicación no terminó. La censura y el control de las industrias culturales limitaron la circulación de expresiones artísticas y políticas dentro de Chile. Muchas manifestaciones artísticas chilenas tuvieron que desarrollarse fuera del país, mientras dentro del territorio surgía lentamente un movimiento reivindicativo a través de medios de comunicación de oposición.

La represión, por tanto, no operó solamente sobre las personas. También operó sobre las palabras, las imágenes, los relatos y las posibilidades de recordar.

Esto resulta especialmente importante porque una sociedad no recuerda únicamente aquello que ocurrió. Recuerda también aquello que pudo ser contado, aquello que fue silenciado y aquello que logró permanecer a pesar de la censura.

La disputa por la realidad no termina cuando termina el acontecimiento. Continúa en la memoria.

Las redes sociales no inventaron el problema

¿Qué tienen que ver las redes sociales con todo esto?

Mucho, pero quizá no de la manera que solemos pensar.

Las redes han acelerado la circulación de información, multiplicado los productores de contenido, facilitado nuevas formas de manipulación y creado otras maneras de producir propaganda y desinformación. Pero no inventaron la manipulación política de la realidad.

Tampoco inventaron los rumores, la propaganda, la censura, la construcción de enemigos, la utilización del miedo o la fabricación de amenazas. Mucho menos inventaron la posibilidad de presentar una ruptura del orden democrático como una operación necesaria para salvarlo.

Lo digital cambió la velocidad, la escala y las herramientas. No inventó la lógica política.

El 11 de septiembre de 1973 permite mirar precisamente esa continuidad. Las tecnologías cambian, pero algunas preguntas permanecen: ¿quién cuenta la historia?, ¿quién tiene capacidad para imponer una interpretación?, ¿qué voces quedan fuera?, ¿qué acontecimientos son presentados como inevitables?

Una vieja disputa con nuevas tecnologías

Lo que ocurre hoy alrededor de figuras como Fernando Cerimedo y de distintos equipos y medios vinculados a las nuevas derechas vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que atraviesa esta historia: ¿qué sucede cuando la tecnología aumenta enormemente la capacidad de intervenir sobre aquello que una sociedad percibe como real? Investigaciones recientes han documentado el uso de campañas negativas, redes de trolls, contenidos manipulados y estructuras digitales orientadas a amplificar determinados mensajes e intervenir en la conversación pública.

El problema, entonces, no consiste solamente en identificar una noticia falsa. La cuestión es más amplia: quién produce los contenidos, quién consigue hacerlos circular, qué emociones buscan activar, qué temas logran instalar y qué voces quedan desplazadas en medio de esa saturación. Las tecnologías digitales permiten producir y distribuir información a una velocidad y escala que no existían en 1973, pero la lógica política que las atraviesa no es completamente nueva. Cambian las herramientas; persiste la disputa por la realidad.

Esto vuelve especialmente necesario repensar la relación entre comunicación, tecnología y democracia. Una granja de cuentas, un contenido manipulado o una pieza generada mediante inteligencia artificial no son problemas exclusivamente técnicos. Adquieren importancia política cuando forman parte de ecosistemas capaces de fabricar autoridad, instalar sospechas, amplificar determinadas interpretaciones y desgastar la capacidad colectiva para distinguir entre información, propaganda y manipulación.

Por eso, recordar el 11 de septiembre de 1973 no debería llevarnos únicamente a mirar hacia atrás. También puede ayudarnos a desarrollar una mirada más atenta sobre el presente. Si entonces el control de las radios, los medios y las palabras fue parte de la construcción de una nueva realidad política, hoy necesitamos preguntarnos qué ocurre cuando esa disputa se desplaza hacia plataformas digitales, algoritmos, cuentas coordinadas y herramientas capaces de producir imágenes, audios y textos sintéticos.

La pregunta sigue siendo incómodamente actual: quién está contando la realidad, con qué herramientas, para quién y con qué consecuencias. Repensar esto no significa asumir que toda comunicación digital es manipulación ni que toda tecnología conduce inevitablemente a la desinformación. Significa reconocer que las tecnologías también son espacios de poder y que defender una conversación democrática requiere aprender a mirar no solo lo que circula, sino también las condiciones que hacen posible su circulación.

Recordar para sospechar

Por eso recordar Chile no debería reducirse a una efeméride.

No se trata solamente de mirar hacia atrás y decir que esto ocurrió hace 53 años. Se trata de preguntarnos qué mecanismos seguimos reconociendo en nuestro presente.

Cuando alguien nos dice que existe una amenaza tan extraordinaria que determinadas reglas deben suspenderse, conviene preguntar quién construyó esa amenaza. Cuando nos dicen que todo es caos, vale la pena preguntarse qué acontecimientos produjeron ese caos y quién se beneficia de esa explicación. Cuando alguien se presenta como la única alternativa frente al desastre, podemos preguntar quién decidió que las demás alternativas dejaron de existir.

Y cuando una autoridad afirma que restringir determinadas voces es necesario para defender la libertad, la pregunta debería ser sencilla: ¿qué libertad está defendiendo?

También conviene mirar aquello que queda fuera de cuadro. Cuando una versión de los acontecimientos comienza a repetirse hasta convertirse en sentido común, no basta con preguntarnos si contiene algún dato verdadero. Hay que preguntarse qué otras voces fueron desplazadas para que esa versión pudiera ocupar todo el espacio.

En ese sentido, recordar el golpe de Estado de 1973 también es aprender a leer críticamente la información del presente.

El golpe también se cuenta

La historia recogida en 1-11 septiembre de 1973 muestra que la toma del poder estuvo acompañada por una rápida reorganización del Estado: cierre del Congreso, clausura de la Central Única de Trabajadores, establecimiento de un nuevo orden económico, persecución política, prisión, tortura, asesinato, exilio y censura.

Pero muestra también algo que puede resultar menos visible cuando reducimos el golpe a una secuencia de acontecimientos militares: la disputa por la realidad continuó.

Cuando un poder necesita legitimarse, necesita también contar una historia sobre sí mismo. Una historia donde el caos antecede al salvador, donde la amenaza justifica la excepción, donde la violencia aparece como necesidad, donde la ruptura institucional se presenta como restauración y donde la censura puede aparecer como protección.

Quizá esa sea una de las razones por las que el 11 de septiembre sigue siendo una fecha incómoda. No solamente porque nos recuerda que una democracia puede ser destruida, sino porque nos obliga a pensar que antes de destruirla también puede ser necesario convencer a suficientes personas de que destruirla es necesario.

Y para eso hacen falta armas. Pero también hacen falta palabras. Recordar el golpe es, entonces, aprender a escuchar esas palabras. No para vivir atrapados en el pasado, sino para reconocer, en el presente, cuándo alguien comienza nuevamente a decirnos que para salvar el orden hay que destruirlo.

Referencia

Memoria Chilena. (2013). 1-11 septiembre de 1973. Biblioteca Nacional de Chile. 

Para profundizar

Esta nota parte de la necesidad de volver a las fuentes y acercarnos a los documentos que permiten reconstruir los acontecimientos más allá de las interpretaciones que circulan en el presente. Te invitamos a consultar y descargar 1-11 septiembre de 1973, elaborado por Memoria Chilena, un documento que reúne materiales y referencias para aproximarse al contexto del golpe de Estado en Chile y a las formas en que aquellos acontecimientos fueron narrados y documentados. Revisarlo también puede ser una oportunidad para seguir preguntándonos cómo se construyen las versiones de la realidad, qué voces quedan fuera y qué papel juegan los medios y las tecnologías en esas disputas.

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¿Qué país se planifica? Naturaleza, derechos y democracia en el PNDIP 2027-2030

Antes de entrar en nuestras preguntas, les invitamos a leer el Plan Nacional de Desarrollo y de Inversión Pública (PNDIP) 2027-2030, conocer sus diagnósticos, prioridades y propuestas, y acercarnos directamente a la hoja de ruta que plantea para el país. Leer el Plan también es una forma de preguntarnos qué futuro está imaginando y cómo pretende construirlo.

El Plan Nacional de Desarrollo y de Inversión Pública (PNDIP) 2027-2030 propone una ruta para los próximos cuatro años en la que conviven crecimiento económico, atracción de inversión, reducción de la pobreza, transformación tecnológica, descarbonización y fortalecimiento de los servicios públicos. Pero más allá de sus metas e indicadores, el documento construye una determinada imagen del país: una forma de entender la naturaleza, los derechos sociales y el papel de quienes participan en las decisiones públicas.

Leer el Plan desde estas dimensiones permite encontrar algunas tensiones que no siempre aparecen cuando se lo observa únicamente como instrumento técnico.

La primera pregunta es aparentemente sencilla: ¿qué naturaleza aparece en el PNDIP?

Una naturaleza que debe ser gestionada

El capítulo de Ambiente y Energía incorpora biodiversidad, recurso hídrico, mares y costas, suelos, energía, descarbonización, acción climática y gestión del riesgo. El diagnóstico reconoce el deterioro de ecosistemas, la contaminación, la pérdida de biodiversidad y la vulnerabilidad de distintos territorios. También plantea la necesidad de restaurar, conservar y mejorar la gestión ambiental.

Pero junto con esta preocupación aparece un lenguaje particularmente revelador: capital natural, servicios ecosistémicos, bioeconomía, financiamiento, incentivos e inversión sostenible.

No se trata simplemente de palabras técnicas. Expresan una determinada manera de comprender la relación entre sociedad y naturaleza. El bosque, el agua, la biodiversidad o los ecosistemas aparecen no solo como condiciones que sostienen la vida, sino también como recursos que pueden ser valorados, gestionados, financiados e incorporados a determinadas dinámicas productivas.

El propio Plan plantea la necesidad de hacer visible el “capital natural” en las decisiones económicas y financieras, mientras incorpora mecanismos de financiamiento para bienes y servicios ecosistémicos. De esta manera, la conservación deja de aparecer únicamente como una obligación pública o una responsabilidad colectiva y comienza también a hablar el lenguaje de la inversión, los incentivos y las oportunidades económicas.

Aquí aparece una primera tensión. ¿Qué significa conservar cuando la conservación debe, al mismo tiempo, demostrar su utilidad económica?

La pregunta no supone negar que la naturaleza tenga dimensiones económicas ni que existan instrumentos financieros capaces de contribuir a su protección. El problema aparece cuando esa valoración termina delimitando qué merece ser protegido, bajo qué condiciones y con qué criterios. Un bosque puede ser importante porque presta servicios ecosistémicos, pero también porque sostiene una comunidad, una cultura, un territorio y múltiples formas de vida cuya importancia difícilmente puede reducirse a una rentabilidad, un precio o un indicador.

Pero existe una tensión todavía más profunda. La conservación no ocurre fuera del modelo de desarrollo. Los mismos territorios que son presentados como espacios de protección, restauración o provisión de servicios ecosistémicos pueden ser, simultáneamente, espacios de infraestructura, producción, inversión y aprovechamiento de recursos.

Esto obliga a preguntar por los límites de este tipo de conservación. ¿Qué sucede cuando proteger un ecosistema no implica necesariamente cuestionar las actividades económicas que presionan sobre él? ¿Hasta dónde puede llegar una política de conservación que busca hacer compatible la protección ambiental con nuevas oportunidades productivas? ¿Qué ocurre cuando el lenguaje de la sostenibilidad permite incorporar nuevas actividades económicas sin discutir de manera suficiente sus impactos territoriales?

El caso del agua permite observar con mayor claridad esta tensión. El Plan habla de seguridad hídrica, infraestructura, gestión por cuencas y fortalecimiento de capacidades locales. Pero la seguridad hídrica puede significar cosas muy diferentes según cómo se defina. Puede significar garantizar disponibilidad para las actividades económicas, ampliar infraestructura y asegurar el suministro, o proteger el agua como condición fundamental de la vida y como responsabilidad colectiva.

Por eso, la pregunta no es únicamente cómo gestionar mejor el recurso, sino también para qué, para quién y bajo qué prioridades se gestiona. ¿Quién decide sobre el agua? ¿Quién participa en esas decisiones? ¿Quién tiene acceso? ¿Quién obtiene los beneficios de su aprovechamiento? ¿Quién asume los costos cuando el territorio se deteriora?

La referencia a la naturaleza como “capital” introduce así una pregunta que atraviesa todo el Plan: ¿qué ocurre cuando aquello que debe ser protegido también es pensado como un recurso para dinamizar el desarrollo?

El desafío no consiste solamente en escoger entre conservación o desarrollo. Es preguntarnos qué tipo de desarrollo puede sostenerse sin convertir las condiciones que hacen posible la vida en simples insumos de ese mismo desarrollo. Porque una política puede restaurar un ecosistema y, al mismo tiempo, mantener intactas las lógicas que producen nuevas presiones sobre otros territorios. Puede financiar la conservación y, simultáneamente, ampliar las condiciones para nuevas inversiones. Puede hablar de sostenibilidad sin necesariamente interrogar las relaciones de poder que determinan quién puede decidir sobre la naturaleza.

La naturaleza que emerge del Plan es, entonces, una naturaleza fundamentalmente administrada: una naturaleza que debe ser medida, ordenada, restaurada, financiada y gestionada. La cuestión que queda abierta es hasta dónde llegan esas herramientas cuando aquello que está en disputa no es solamente la gestión de la naturaleza, sino el modelo de desarrollo que define sus usos y sus límites.

Y esto conduce directamente a la segunda pregunta: ¿qué entiende el Plan por derechos sociales?

¿Qué entiende el Plan por derechos sociales?

El PNDIP declara incorporar un enfoque de Derechos Humanos y Sostenibilidad y reconoce derechos vinculados con educación, salud, vivienda, trabajo y protección social. Pero el reconocimiento de un derecho no agota la discusión sobre cómo se garantiza.

En el Plan, buena parte de los derechos sociales se traduce en cobertura, acceso, beneficiarios, eficiencia, metas e indicadores. En salud, por ejemplo, se plantea aumentar la cobertura del Seguro de Salud; en protección social aparecen metas relacionadas con pensiones; y en educación se establecen indicadores de permanencia, conclusión, cobertura y aprendizaje.

Medir estas dimensiones es necesario. El problema aparece cuando la medición comienza a sustituir la discusión sobre el derecho mismo.

Tener cobertura no significa necesariamente tener acceso efectivo. Estar matriculado no garantiza una educación significativa. Recibir un servicio no implica que existan condiciones dignas para ejercer el derecho.

Esta diferencia es fundamental porque los derechos sociales no funcionan bajo la misma lógica que una mercancía o un servicio cualquiera. Su fundamento no debería depender de la rentabilidad, de la capacidad de pago o del atractivo de un territorio para la inversión.

Sin embargo, el PNDIP incorpora de manera importante el lenguaje de financiamiento, inversión y alianzas público-privadas, incluso en ámbitos vinculados con vivienda e infraestructura.

Esto abre una frontera problemática: ¿hasta dónde llega la responsabilidad pública y dónde comienza la lógica de la inversión?

No se trata de afirmar que toda participación privada implique privatización. La cuestión es más estructural. Cuando la disponibilidad de capital se convierte en una condición central para resolver necesidades sociales, existe el riesgo de que la política pública comience a organizar sus prioridades según aquello que puede ser financiado, ejecutado o convertido en proyecto de inversión.

Ahí se produce un desplazamiento importante: del derecho como garantía colectiva hacia la necesidad como problema de gestión y financiamiento.

¿Derecho o cobertura? Cuando garantizar no es solamente llegar a más personas

El énfasis del PNDIP en ampliar coberturas y mejorar el acceso permite mostrar resultados, establecer metas y medir avances. Pero también deja abierta una pregunta de fondo: ¿cuándo podemos decir que un derecho está efectivamente garantizado? La cantidad de personas cubiertas por un servicio puede crecer sin que necesariamente mejoren, en la misma proporción, las condiciones materiales para ejercer ese derecho.

Esta tensión resulta especialmente relevante cuando se observan derechos como la salud, la educación, la vivienda o la protección social. Una política puede aumentar la cobertura de un seguro, ampliar la matrícula educativa, otorgar soluciones habitacionales o incrementar el número de personas beneficiarias de un programa y, aun así, persistir desigualdades relacionadas con la calidad, la oportunidad, la continuidad o las condiciones territoriales de acceso.

Por eso, cobertura y garantía no son necesariamente equivalentes. La primera responde, sobre todo, a una pregunta cuantificable: ¿a cuántas personas llega una política? La segunda exige preguntas más amplias: ¿en qué condiciones llega?, ¿qué posibilidades reales abre?, ¿qué desigualdades reproduce o transforma?, ¿qué ocurre con quienes quedan fuera y por qué?

El propio lenguaje de indicadores puede hacer menos visibles estas diferencias. Cuando el cumplimiento de un derecho se expresa principalmente mediante porcentajes, metas y número de personas atendidas, existe el riesgo de que aquello que resulta más sencillo de medir termine ocupando el centro de la política pública. Lo que no cabe fácilmente en un indicador puede quedar relegado, aunque sea decisivo para la experiencia concreta de un derecho.

Esto no significa cuestionar la necesidad de medir. Significa preguntarse qué estamos midiendo y qué dejamos de mirar cuando la medición se convierte en la principal forma de demostrar que un derecho está siendo garantizado.

La discusión también tiene una dimensión territorial. Una misma cobertura puede producir experiencias muy distintas según las condiciones del lugar donde se vive: las distancias, la infraestructura disponible, las capacidades institucionales, las condiciones económicas o las posibilidades de organización comunitaria. De ahí que garantizar derechos no pueda reducirse únicamente a ampliar porcentajes nacionales.

La pregunta entonces cambia de escala: no basta con saber cuánto cubre una política; necesitamos saber qué condiciones de vida hace posibles. Y allí aparece una tensión central para el modelo de desarrollo: si los derechos son entendidos principalmente como servicios que deben ampliar su cobertura y eficiencia, ¿qué lugar ocupan las condiciones sociales, territoriales y colectivas que hacen posible ejercerlos?

Así, el desafío no consiste en escoger entre derechos o indicadores, sino en evitar que el indicador termine reemplazando al derecho. El PNDIP permite avanzar en la primera pregunta —cuánto se cubre—, pero deja abierta una discusión más profunda: ¿cómo sabemos que una sociedad está garantizando efectivamente los derechos que reconoce?

El territorio donde ambas preguntas se encuentran

Naturaleza y derechos sociales no son asuntos separados. Ambos se expresan en territorios concretos, donde las condiciones ambientales, las desigualdades sociales, las formas de producción y las capacidades institucionales se encuentran y, muchas veces, entran en conflicto.

El PNDIP reconoce esta dimensión territorial y construye parte de su diagnóstico a partir de las brechas existentes entre regiones. Identifica, por ejemplo, el estrés hídrico y la contaminación de fuentes en el Pacífico Norte; los problemas de saneamiento, planificación y gobernanza en las zonas marino-costeras; la presión sobre el agua, el aire, los residuos y la biodiversidad en la Gran Área Metropolitana; y la degradación de suelos y los déficits de planificación en territorios rurales y áreas fuera de las zonas protegidas.

Esta diferenciación resulta importante porque muestra que los problemas ambientales y sociales no se distribuyen de manera homogénea. El lugar donde se vive condiciona las posibilidades de acceder a determinados servicios, enfrentar riesgos, desarrollar actividades económicas o sostener formas de vida. Por eso, hablar de brechas territoriales no debería significar únicamente distribuir recursos de manera diferenciada, sino también preguntarse cómo se producen esas desigualdades y quiénes tienen capacidad para definir el futuro de esos territorios.

El Plan propone respuestas que van desde infraestructura y gestión de cuencas hasta ordenamiento territorial, restauración, saneamiento, desarrollo local y fortalecimiento de capacidades. En vivienda, por ejemplo, plantea intervenciones integrales en barrios vulnerables y asentamientos informales que combinan infraestructura, equipamiento, vivienda, regularización, renovación urbana y mitigación de riesgos.

Aquí aparece una cuestión que atraviesa todo el PNDIP: ¿el territorio es solamente el lugar donde se implementan las políticas o también un espacio desde donde se construyen las decisiones?

La pregunta adquiere todavía más fuerza cuando observamos cómo el propio Plan describe su proceso de participación. El PNDIP afirma que las consultas ciudadanas, regionales y sectoriales permitieron identificar necesidades de la población y que sus resultados constituyeron un insumo relevante para formular las intervenciones públicas. Pero participar en una consulta y participar en la definición de las decisiones no son necesariamente lo mismo.

Participar no es necesariamente decidir

El PNDIP incorpora consultas directas, consultas con organizaciones, consultas regionales y mecanismos de participación ciudadana. Sin embargo, el propio documento muestra que la participación tiene alcances distintos según la intervención. En el sector vivienda, por ejemplo, señala que solo dos de las siete intervenciones programadas incorporaron mecanismos de participación ciudadana en su formulación, mientras otras contemplan mecanismos de retroalimentación durante la implementación.

La diferencia no es menor. Ser consultado, aportar información, retroalimentar una política y tener capacidad para modificar sus prioridades son formas distintas de participación.

Esto permite formular una pregunta más exigente: ¿en qué momento la voz de los territorios deja de ser un insumo para convertirse en capacidad efectiva de decisión?

La cuestión resulta particularmente relevante cuando las políticas intervienen sobre espacios donde ya existen comunidades, actividades productivas, ecosistemas y formas diversas de habitar. Un plan puede identificar correctamente una brecha territorial y diseñar una intervención para atenderla, pero todavía queda abierta la discusión sobre quién define qué debe cambiar, cómo debe cambiar y qué costos o transformaciones serán asumidos por quienes habitan ese territorio.

El propio PNDIP ofrece ejemplos de esta diversidad. Mientras algunas intervenciones contemplan articulación con organizaciones comunales y procesos de seguimiento y rendición de cuentas, otras no incorporan mecanismos de participación ciudadana en su formulación o implementación.

Por eso, el dilema no está únicamente en cuánta participación ofrece el Plan, sino en qué capacidad efectiva tienen quienes participan para incidir sobre las decisiones que afectan sus territorios.

Esta discusión conecta nuevamente las preguntas que atraviesan el documento. La naturaleza aparece como ecosistema, recurso, capital natural y objeto de protección; los derechos sociales aparecen como garantías que deben ampliar cobertura y producir resultados; y los territorios aparecen como espacios diferenciados que requieren intervenciones específicas. La participación debería permitir poner estas dimensiones en diálogo, pero queda abierta la pregunta de si también permite discutir las prioridades y las propias reglas del desarrollo.

Ahí se encuentra una de las tensiones centrales del PNDIP: ¿qué ocurre cuando los territorios son reconocidos como espacios con necesidades particulares, pero las decisiones sobre su futuro continúan organizándose principalmente desde instituciones, indicadores, proyectos e instrumentos de inversión?

La pregunta no busca negar la importancia de planificar ni de contar con metas. Busca mirar qué queda fuera cuando planificar significa, sobre todo, identificar brechas, asignar intervenciones y medir resultados.

Porque un territorio no es únicamente una unidad de planificación. También es un espacio vivido, habitado, disputado y construido colectivamente.

¿Profundizar o erosionar la democracia?

Las tensiones anteriores también tienen una dimensión democrática. La forma en que una política pública entiende la naturaleza, los derechos y la participación no es políticamente neutral: define quién puede decidir, qué conocimientos son reconocidos y cuáles intereses tienen capacidad para orientar las decisiones.

El PNDIP apuesta por una fuerte capacidad de planificación, rectoría institucional, medición de resultados y coordinación entre actores. Esta arquitectura puede fortalecer la capacidad del Estado para responder a problemas complejos. Pero también puede producir un efecto contrario cuando la definición de las prioridades queda concentrada en expertos, instituciones e instrumentos técnicos, mientras la participación social se limita a espacios consultivos.

Aquí aparece una tensión entre democracia como participación y democracia como gestión. En la primera, las personas y comunidades no son solamente receptoras de políticas, sino sujetos capaces de disputar diagnósticos, prioridades y decisiones. En la segunda, participan principalmente dentro de procedimientos diseñados previamente por las instituciones.

La diferencia adquiere mayor importancia cuando las decisiones involucran naturaleza y derechos. Si los ecosistemas son traducidos principalmente en indicadores de conservación, servicios y mecanismos de financiamiento, y los derechos sociales en coberturas, metas y resultados, existe el riesgo de que aquello que no puede ser fácilmente cuantificado pierda capacidad para intervenir en la definición de lo público.

Algo similar ocurre con la incorporación del mercado. La participación de actores privados puede ampliar capacidades y recursos, pero también introduce una asimetría que no puede ignorarse: no todos los actores llegan a la mesa con los mismos recursos, capacidades de negociación o posibilidades de incidir. Una política que convoca por igual a comunidades, instituciones y capital privado puede parecer participativa y, sin embargo, reproducir profundas desigualdades en la capacidad efectiva de decisión.

La paradoja es que un Estado puede ampliar sus mecanismos de consulta mientras concentra la definición de las reglas, puede multiplicar indicadores de transparencia mientras mantiene decisiones difíciles de disputar técnicamente, y puede convocar a la ciudadanía mientras las decisiones fundamentales siguen organizándose alrededor de criterios de eficiencia, inversión y gestión.

Por eso, la cuestión democrática no se reduce a preguntar si hubo participación. La pregunta más exigente es qué capacidad tuvo esa participación para transformar las decisiones.

En este sentido, el PNDIP deja abierto un dilema de fondo. Su apuesta por la planificación, la experticia técnica, los indicadores, la inversión y la coordinación institucional puede contribuir a fortalecer las capacidades públicas, pero también puede erosionar la dimensión deliberativa y conflictiva de la democracia si convierte la política en un problema predominantemente técnico y administrativo.

La democracia también supone reconocer que existen desacuerdos legítimos sobre qué proteger, qué producir, qué distribuir y qué priorizar. No todos los conflictos pueden resolverse mediante un indicador de desempeño, ni todas las decisiones colectivas pueden delegarse en quienes poseen la experticia técnica o financiera para ejecutarlas.

Ahí se encuentra quizá la tensión democrática más profunda del Plan: si la participación será entendida como un mecanismo para legitimar y mejorar la gestión, o como una capacidad efectiva de las personas y comunidades para disputar el rumbo de las decisiones públicas.

La diferencia entre ambas opciones no es menor. En ella se juega buena parte de la posibilidad de que la planificación fortalezca la democracia o, bajo el lenguaje de la eficiencia y la modernización, termine reduciendo los espacios desde los cuales la sociedad puede intervenir, cuestionar y decidir sobre aquello que afecta su vida.

Las tensiones del modelo de desarrollo: entre lo común y lo mercantil

El PNDIP no presenta estas dimensiones como conflictos abiertos. Más bien, las articula dentro de una misma arquitectura de desarrollo en la que conviven protección ambiental, derechos sociales, inversión, financiamiento, infraestructura y participación. Precisamente ahí aparecen las tensiones que interesa explorar: ¿qué sucede cuando aquello que sostiene la vida también es pensado como recurso, servicio, inversión o proyecto? La siguiente matriz recoge algunos de estos puntos de fricción y propone preguntas para mirar cómo se relacionan, dentro del Plan, las necesidades colectivas con las lógicas de valorización económica.

Dimensión¿Qué plantea el PNDIP?Tensión que aparecePreguntas críticas
NaturalezaReconoce biodiversidad, agua, suelos, mares y ecosistemas como ámbitos prioritarios de intervención. Plantea conservación, restauración, gestión ambiental y sostenibilidad.La naturaleza aparece como aquello que debe protegerse, pero también como parte de las estrategias productivas y de desarrollo.¿Qué significa proteger la naturaleza cuando su protección también se incorpora a una determinada idea de desarrollo? ¿Qué formas de relación con ella quedan fuera de esa mirada?
Capital naturalUtiliza la categoría de “capital natural” y plantea hacer visible su importancia en las decisiones económicas y financieras.La naturaleza adquiere reconocimiento dentro del lenguaje económico y puede ser incorporada a decisiones de inversión, financiamiento y gestión.¿Qué ganamos y qué perdemos cuando aquello que sostiene la vida es nombrado como “capital”? ¿Qué otros valores de la naturaleza quedan fuera cuando se la traduce al lenguaje económico?
Servicios ecosistémicosIncorpora mecanismos de financiamiento para bienes y servicios ecosistémicos y utiliza instrumentos de compensación y reconocimiento económico.La conservación puede quedar vinculada a mecanismos financieros que asignan valor económico a determinadas funciones de los ecosistemas.¿La conservación necesita convertirse en un servicio susceptible de financiamiento para ser reconocida? ¿Qué ocurre con aquello que no puede traducirse fácilmente en una unidad financiable?
Conservación y desarrolloVincula biodiversidad, producción, bioeconomía, restauración, incentivos y planificación territorial bajo criterios de sostenibilidad.La conservación no aparece necesariamente como límite frente a determinadas actividades económicas, sino también como una dimensión que puede coexistir con ellas.¿Hasta dónde puede llegar una conservación que busca ser compatible con las dinámicas productivas? ¿Cuándo la sostenibilidad transforma las formas de producir y cuándo simplemente permite hacerlas compatibles con nuevos instrumentos ambientales?
Minería y actividades extractivasEn el caso de Crucitas, reconoce impactos ambientales críticos asociados a la minería ilegal, incluida la deforestación y contaminación de fuentes de agua. Al mismo tiempo, plantea promover la exploración y explotación regulada de minería metálica a cielo abierto en Cutris de San Carlos mediante un marco legal.Un mismo territorio aparece como espacio afectado por daños ambientales, receptor de inversión pública para atender necesidades básicas y, simultáneamente, como territorio donde se contempla desarrollar una actividad minera regulada.¿Qué significa ordenar un territorio donde la actividad extractiva aparece simultáneamente como problema ambiental y como posibilidad de desarrollo? ¿Dónde se sitúan los límites de la sostenibilidad? ¿Quién decide qué actividades son compatibles con el futuro del territorio?
AguaVincula seguridad hídrica con infraestructura, gestión de cuencas, saneamiento y fortalecimiento de capacidades locales. También incorpora instrumentos económicos de gestión ambiental.El agua aparece simultáneamente como recurso, servicio, condición sanitaria y objeto de gestión económica.¿Desde dónde se define el agua: como recurso, como servicio, como derecho o como condición fundamental de la vida? ¿Qué sucede cuando esas distintas formas de entenderla entran en conflicto?
InversiónPresenta la inversión como motor del desarrollo productivo y destaca la movilización de capital para infraestructura, servicios y actividades económicas.Las necesidades colectivas se articulan con una estrategia de atracción, movilización y ejecución de inversión.¿Qué necesidades tienen prioridad cuando el desarrollo se organiza alrededor de la capacidad de movilizar inversión? ¿Qué lugar ocupan aquellas necesidades que no representan una oportunidad de inversión?
InfraestructuraPrioriza carreteras, caminos y puentes, además de electricidad, telecomunicaciones, acueductos y alcantarillados.La infraestructura puede ampliar derechos y capacidades, pero también transforma los territorios donde se instala y puede habilitar nuevas dinámicas productivas.¿Infraestructura para quién y para qué proyecto de territorio? ¿Cómo se decide qué debe transformarse y qué debe permanecer? ¿Quién participa en esas decisiones y quién asume sus costos?
ViviendaIncluye alternativas crediticias, financiamiento y alianzas público-privadas para el desarrollo habitacional.La vivienda como derecho se articula con mecanismos financieros y participación de actores privados.¿Qué ocurre cuando garantizar el derecho a la vivienda pasa también por las condiciones del crédito y de la inversión? ¿Puede hablarse de garantía efectiva cuando el acceso depende de determinados mecanismos financieros?
TerritorioIncorpora diagnósticos regionales, planes de desarrollo, ordenamiento territorial, intervenciones diferenciadas y mecanismos de retroalimentación de actores sociales.El territorio es simultáneamente espacio de vida, planificación, inversión, producción y localización de proyectos.¿El territorio es solamente el lugar donde se implementan las políticas o también un espacio desde donde se construyen las decisiones? ¿Quién tiene capacidad para definir su futuro?
Derechos socialesTraduce derechos vinculados con salud, educación, vivienda, trabajo y protección social en coberturas, beneficiarios, metas, resultados e indicadores.La garantía de derechos puede desplazarse hacia una lógica de cobertura, eficiencia y gestión de servicios.¿Cuándo podemos decir que un derecho está efectivamente garantizado? ¿Qué dimensiones de la vida quedan fuera cuando la garantía se mide principalmente mediante cobertura e indicadores?
ParticipaciónIncorpora consultas ciudadanas, regionales y sectoriales. Algunas intervenciones contemplan participación en la formulación y otras mecanismos de retroalimentación durante la implementación.Ser consultado, aportar información, retroalimentar una política y poder modificar sus prioridades son formas distintas de participación.¿Participar significa ser escuchado o poder modificar las decisiones? ¿En qué momento entra la ciudadanía: cuando se define el rumbo o cuando se consulta sobre un rumbo ya trazado?
Actores privadosIncorpora organizaciones productivas, entidades financieras, empresas y otros actores en determinadas intervenciones y mecanismos de articulación.Los actores participan desde posiciones diferentes y con capacidades desiguales de negociación, recursos e incidencia.¿Quién tiene mayor capacidad para hacer valer sus intereses dentro de esta gobernanza? ¿Una mesa compartida implica necesariamente una distribución compartida del poder?
Indicadores y gestiónOrganiza buena parte del Plan mediante Gestión para Resultados, metas, indicadores, cobertura y cumplimiento.Lo que puede medirse y compararse adquiere mayor visibilidad dentro de la política pública, mientras otras dimensiones pueden resultar más difíciles de incorporar.¿Qué ocurre cuando aquello que resulta más sencillo de medir termina definiendo qué cuenta como resultado? ¿Qué dimensiones de los derechos, los territorios o la naturaleza quedan fuera del indicador?
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La imaginación también resiste: educación popular para tiempos de fragmentación – Documento de trabajo

¿Qué puede hacer la educación popular cuando el miedo, el individualismo, la desinformación y los discursos autoritarios parecen ganar terreno? ¿Cómo sostener la organización colectiva cuando crecen el cansancio, la fragmentación y la sensación de que no hay alternativas?

Estas son algunas de las preguntas que atraviesan La imaginación también resiste: educación popular en América Latina y el Caribe, el Documento de Trabajo 22 del Observatorio de Bienes Comunes, elaborado a partir del conversatorio “Educación popular ante la reconfiguración del poder”, realizado el 19 de mayo de 2026 con la participación de educadoras y educadores populares de distintos países de la región.
El documento parte de una preocupación por el momento que atraviesa América Latina y el Caribe. El avance de discursos autoritarios, la militarización, el extractivismo, la criminalización de la protesta, la concentración del poder y el debilitamiento de las democracias forman parte de un escenario que no se limita a las instituciones. También transforma las maneras en que las personas sienten, se relacionan, participan e imaginan el futuro.

Y allí aparece una de las ideas centrales del texto: la disputa política también ocurre en el terreno de las subjetividades.

El poder también se disputa en lo que sentimos

El documento invita a mirar más allá de las elecciones, los gobiernos o las instituciones. La llamada “reconfiguración del poder” también implica una disputa por los sentidos comunes, las emociones y las posibilidades de construir proyectos colectivos.

El miedo, la rabia, el cansancio y la incertidumbre pueden convertirse en terreno fértil para discursos que ofrecen respuestas rápidas frente a problemas complejos. A esto se suma el papel de las redes sociales y las plataformas digitales, donde la circulación acelerada de información, la polarización y la desinformación pueden profundizar la fragmentación.

Frente a esto, la educación popular tiene un desafío que va más allá de transmitir contenidos políticos: reconstruir la capacidad de diálogo, escucha y reflexión colectiva.

Del análisis político a la reconstrucción de vínculos

El documento plantea que las personas no actuamos únicamente a partir de argumentos racionales. Las experiencias cotidianas, los afectos, las frustraciones, la memoria y los sentidos culturales también forman parte de la manera en que interpretamos el mundo y tomamos posición frente a él.

Por eso, una educación popular situada en el presente necesita trabajar también con los afectos, la escucha, la memoria, el cuerpo y la experiencia comunitaria.

La apuesta es recuperar aquello que las lógicas individualistas buscan debilitar: la posibilidad de encontrarnos, organizarnos, cuidarnos y construir sentidos en común.

En este sentido, el documento propone pensar la educación popular como una práctica ética y política vinculada con la defensa de la vida digna: defender los bienes comunes, fortalecer las memorias históricas, acompañar resistencias territoriales y sostener espacios de participación colectiva.

Crear también es resistir

Quizás una de las apuestas más sugerentes del documento sea colocar la creatividad en el centro de la discusión.

Aquí la creatividad no aparece como un recurso decorativo ni como una simple “dinámica” para hacer más entretenido un proceso formativo. Es entendida como una capacidad política para imaginar alternativas, construir otros lenguajes y abrir posibilidades allí donde predominan el miedo y la sensación de que no existe otro futuro.

Teatro, música, muralismo, humor, poesía, juego, performance, memoria oral y cartografía colectiva aparecen como prácticas capaces de reconstruir tejido social y producir comunidad. Crear otras maneras de encontrarnos, narrar lo que vivimos e imaginar futuros posibles también forma parte de las resistencias.

La pregunta, entonces, no es solamente cómo resistir, sino también cómo volver a imaginar.

Una educación popular para sostener la vida

El documento no ofrece recetas ni promete transformaciones inmediatas. Su apuesta es otra: fortalecer capacidades colectivas para comprender críticamente la realidad, defender la vida digna y sostener procesos organizativos incluso en escenarios adversos.

De allí surge una idea que atraviesa sus páginas: la esperanza no como espera pasiva, sino como construcción organizada.

Hablar de esperanza organizada implica reconocer que, incluso en contextos difíciles, existen comunidades, memorias, luchas y prácticas capaces de abrir otros horizontes. Mantenerlas vivas requiere organización, creatividad y compromiso colectivo. El documento recupera para ello la idea de la “paciente impaciencia”: sostener la acción y la esperanza aun cuando las transformaciones no sean inmediatas.

Más que respuestas, preguntas para encontrarnos

Por eso, este Documento de Trabajo no busca cerrar la discusión. Busca abrirla.

Entre sus páginas aparecen preguntas sobre las formas de autoritarismo que reconocemos en nuestros territorios, los discursos de miedo y odio que circulan, el impacto de las redes sociales, el cansancio organizativo, las experiencias que todavía generan esperanza y las pedagogías que necesitamos construir para dialogar con nuevas generaciones.

Son preguntas para leer, pero también para conversar.

¿Qué está pasando con nuestros vínculos? ¿Qué formas de organización todavía producen esperanza? ¿Cómo disputar el miedo sin dejar de reconocer las experiencias que lo producen? ¿Qué puede aportar la educación popular en este escenario? ¿Qué necesitamos crear para seguir encontrándonos?

Quizás allí esté una de las invitaciones más importantes del documento: no aceptar la fragmentación como destino.

En tiempos donde tantas fuerzas parecen empujarnos hacia el aislamiento, la competencia y el desencanto, volver a encontrarnos también es una práctica política. Pensar juntos y juntas, recuperar la memoria, crear, cuidar y organizarnos son formas de mantener abierta la posibilidad de transformar la realidad.

La imaginación también resiste es, en ese sentido, una invitación a detenernos, mirar críticamente el presente y preguntarnos qué pedagogías, vínculos y formas de organización necesitamos para sostener la vida y mantener abiertos otros futuros posibles.

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Convocatoria – ¿Nos sentamos a conversar con Illich? Taller de creatividad

A 100 años de su nacimiento, sus preguntas siguen sobre la mesa.

Hay ideas que no vienen a darnos respuestas, sino a incomodarnos. Las de Iván Illich son algunas de ellas. Su crítica a las instituciones, las herramientas, el desarrollo y las formas en que organizamos nuestras necesidades sigue invitándonos a mirar aquello que damos por normal y preguntarnos si realmente tiene que ser así.

Por eso, desde el Observatorio, queremos celebrar este centenario de una manera distinta: sentándonos a conversar con Illich.

No será un curso para aprender su obra ni una revisión de sus conceptos. Será un espacio para jugar con sus preguntas, llevarlas a nuestra experiencia, discutirlas y utilizarlas como punto de partida para imaginar otras posibilidades. Porque la creatividad también puede comenzar cuando dejamos de aceptar que las cosas tienen que ser como son.

Durante cuatro encuentros iremos construyendo este recorrido. Comenzaremos por mirar aquello que hemos dejado de preguntar: esas prácticas, instituciones y formas de vida que aparecen como necesarias o inevitables. Luego exploraremos nuestra relación con las herramientas y los sistemas que utilizamos cotidianamente, preguntándonos cuándo dejan de ampliar nuestras capacidades y comienzan a organizar nuestra vida.

Pondremos también sobre la mesa la pregunta por los límites: ¿cuándo “más” deja de ser mejor? Más tecnología, más producción, más velocidad, más infraestructura, más servicios. No para encontrar una respuesta única, sino para descubrir dónde aparecen los umbrales y quién decide sobre ellos.

Pero conversar con Illich también implica discutir con Illich. En lugar de convertir sus ideas en verdades, las pondremos a prueba frente a nuestro presente, reconociendo sus aportes, sus límites y aquello que quizá necesitamos pensar más allá de él.

El último encuentro abrirá un espacio para imaginar. A partir de lo que hayamos problematizado, nos preguntaremos qué herramientas, instituciones o formas de relacionarnos podríamos crear si nos atreviéramos a pensar aquello que todavía no existe.

La propuesta se desarrollará desde una metodología participativa, dialógica y lúdica, inspirada en la educación popular y la pedagogía crítica. No habrá respuestas correctas ni una evaluación tradicional. Habrá lecturas breves, conversaciones, juegos, ejercicios de observación, discusión e imaginación colectiva.

La invitación es sencilla: sentarnos, leer, conversar, disentir, jugar, imaginar y volver a mirar.

Porque quizá una sobremesa que vale la pena no termina cuando encontramos una respuesta, sino cuando dejamos una pregunta sobre la mesa.

📅 Información de la actividad

¿Nos sentamos a conversar con Illich?
Taller de creatividad 

Lunes 5, 12, 19 y 26 de octubre de 2026
Hora: 6:00 p. m.
Lugar: Kioscos Socioambientales, San Pedro

Participación gratuita, con inscripción previa.

https://forms.gle/ihYr64TF3ZR37aBQ7

No necesitas ser especialista en Illich. Solo traer curiosidad y ganas de conversar. Illich desconfiaba de los expertos cuando comenzaban a hablar en nuestro lugar. Aquí queremos recuperar algo más sencillo: sentarnos juntos a preguntar y pensar.

Ivan Illich en su primer cumpleaños en Cuernavaca corregida

Cien años de Illich: las preguntas que todavía incomodan

¿Qué ocurre cuando aquello que fue creado para ayudarnos termina organizando nuestra vida? ¿Cuándo una herramienta deja de estar a nuestro servicio y comenzamos a estar al servicio de ella? ¿Qué capacidades hemos dejado de ejercer porque aprendimos a depender de instituciones, servicios o expertos?

A cien años del nacimiento de Iván Illich (1926–2002), más que recuperar una figura para convertirla en monumento, podemos hacer algo distinto: volver a sentarnos con su obra y dejar que sus preguntas nos incomoden. Desde el Observatorio de Bienes Comunes proponemos una Sobremesa con Iván, no como una clase sobre un autor ni como un recorrido destinado a ordenar definitivamente su pensamiento, sino como una invitación a encontrarnos con sus preguntas, ponerlas en diálogo con nuestra experiencia y permitir que abran nuevas conversaciones.

Hay algo particularmente sugerente en esta forma de conmemorar un centenario. En lugar de preguntarnos solamente qué pensó Illich, qué conceptos desarrolló o cuáles de sus ideas continúan siendo reconocidas, podemos preguntarnos qué hace todavía su pensamiento cuando lo ponemos en contacto con nuestro presente. Porque quizá su vigencia no consista en ofrecernos respuestas que podamos trasladar mecánicamente a los problemas actuales, sino en ayudarnos a recuperar una disposición crítica: sospechar de aquello que aparece como natural, necesario o inevitable y preguntarnos cómo llegó a ser así, quién decidió que debía organizarse de esa manera y qué otras posibilidades fueron quedando fuera.

Un pensamiento que incomoda

Iván Illich fue un pensador y crítico social nacido en Viena cuya trayectoria intelectual se desarrolló en buena medida desde América Latina. En los años sesenta fundó en Cuernavaca, México, el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), un espacio de encuentro y reflexión sobre educación, cultura y transformación social. Su obra cuestionó algunas de las certezas sobre las que se organizan las sociedades modernas y dirigió una mirada especialmente crítica hacia las instituciones cuando estas, en lugar de ampliar las capacidades de las personas, terminan generando dependencia y definiendo las condiciones bajo las cuales aprendemos, vivimos y nos relacionamos.

En La sociedad desescolarizada, Illich puso en discusión la identificación entre aprendizaje y escolarización; en La convivencialidad exploró la relación entre herramientas, instituciones y autonomía; y en otros trabajos examinó los procesos mediante los cuales actividades y capacidades de la vida cotidiana pueden ser progresivamente desplazadas hacia instituciones profesionales y sistemas especializados. Conceptos como desescolarización, convivencialidad, autonomía y límites permiten acercarse a ese pensamiento, pero también pueden convertirse en una trampa si los tratamos como respuestas acabadas.

Por eso, acercarnos a Illich implica algo más que recuperar sus ideas: supone mirar aquello que esas ideas nos permiten ver y, al mismo tiempo, aquello que no alcanzan a explicar. El propio documento Sobremesa con Iván parte de esta diferencia entre aprender sobre Illich y aprender con Illich: una herramienta de pensamiento tiene sentido cuando nos permite hacer algo con ella, cuando abre una posibilidad de mirar nuestra propia experiencia, y no cuando simplemente la admiramos o la repetimos.

De las ideas a las prácticas

Aquí aparece una cuestión que nos interesa especialmente: la relación entre pensamiento, práctica y ética. Hablar de autonomía, libertad, convivencia o capacidad comunitaria puede resultar relativamente sencillo; lo más exigente es preguntarnos si nuestras propias formas de relacionarnos hacen posible aquello que defendemos.

Esta tensión nos obliga a mirar también hacia nuestros propios espacios. Podemos cuestionar el autoritarismo y reproducir pequeñas formas de autoritarismo; podemos defender la conversación y, al mismo tiempo, querer tener siempre la última palabra; podemos hablar de autonomía mientras construimos relaciones de dependencia. Incluso podemos criticar instituciones que concentran el poder y terminar reproduciendo esas mismas lógicas dentro de nuestras organizaciones, proyectos o comunidades.

En ese sentido, acercarse a Illich supone aceptar que la crítica no puede dirigirse únicamente hacia afuera. También puede volverse sobre nosotros mismos y preguntarnos qué prácticas estamos reproduciendo, qué capacidades estamos desplazando y qué relaciones de dependencia estamos construyendo incluso allí donde buscamos transformarlas. De ahí que una de las preguntas que atraviesan la propuesta sea especialmente incómoda: ¿estamos reproduciendo nosotros mismos aquello que criticamos?

Esta es quizá una de las razones por las que resulta más fecundo leer a Illich como interlocutor que como autoridad. Sus conceptos pueden ayudarnos a mirar nuestra experiencia, pero esa experiencia también tiene derecho a responderles, contradecirlos y ponerlos a prueba.

Una ética para conversar

La conversación, entonces, deja de ser solamente una forma de intercambiar ideas y adquiere una dimensión ética. Conversar implica escuchar, responder, dejarse interpelar y conservar la posibilidad de disentir. Significa reconocer que podemos sostener posiciones diferentes sin convertir necesariamente al otro en enemigo.

El documento recupera, en este sentido, una distinción sugerente entre controversia y polémica: la controversia permite que existan posiciones diferentes sin reducir el encuentro a la derrota del otro, mientras que la polémica tiende a organizarse precisamente alrededor de esa voluntad de vencer.

La diferencia importa porque también dentro de los espacios críticos podemos reproducir las formas de poder que cuestionamos. Podemos defender la autonomía sin permitir el desacuerdo, cuestionar el autoritarismo mientras construimos pequeños autoritarismos o reivindicar la conversación mientras buscamos imponer nuestra propia palabra. Por eso la pregunta no es solamente qué pensamos, sino también cómo queremos relacionarnos mientras pensamos juntos y juntas.

Esta dimensión ética resulta particularmente importante para una lectura contemporánea de Illich. No basta con defender determinadas ideas sobre autonomía, libertad o convivencia; también necesitamos construir formas de relación en las que esas ideas puedan experimentarse. La ética no aparece, entonces, como un conjunto de principios separado de la práctica, sino como algo que se pone en juego en la manera en que escuchamos, discutimos, acompañamos, revisamos nuestras posiciones y aceptamos que nuestras propias herramientas de pensamiento pueden ser cuestionadas.

Leer a Illich contra Illich

Volver a Illich cien años después tampoco significa convertirlo en una figura intocable. Precisamente porque su pensamiento buscó cuestionar las certezas y revisar las formas establecidas de comprender el mundo, parece poco coherente acercarnos a su obra como si fuera una nueva doctrina.

Una de las invitaciones más provocadoras de Sobremesa con Iván es “leer a Illich contra Illich”: preguntarle dónde tiene razón y dónde se equivoca, qué no alcanzó a ver, qué ha cambiado desde que escribió, qué experiencias contemporáneas pueden contradecir sus argumentos y qué conceptos necesitaríamos revisar. El propósito no es encontrar errores para descartarlo ni defenderlo frente a cualquier crítica, sino tomarlo suficientemente en serio como para discutir con él.

Esto también supone reconocer algo fundamental: una obra crítica permanece viva no porque encontremos la interpretación correcta de ella, sino porque todavía consigue abrir una conversación. No necesitamos preguntarnos qué habría dicho Illich sobre cada problema de nuestro tiempo. Podemos hacer algo más interesante: preguntarnos qué preguntas de Illich nos ayudan a pensar esos problemas de otra manera.

¿Qué nos puede preguntar Illich desde Costa Rica?

Es aquí donde la sobremesa deja de ser solamente una conversación sobre un autor y comienza a convertirse en una conversación sobre nuestro mundo. Las preguntas de Illich pueden encontrarse con problemas concretos de Costa Rica: la educación pública, la seguridad social, la universidad, las políticas de agua, los conflictos territoriales, el trabajo, las tecnologías digitales, las ciudades y las formas en que nuestras instituciones organizan la vida cotidiana.

Podemos mirar nuestras instituciones desde una pregunta sencilla pero exigente: ¿qué prometen y qué terminan produciendo? La escuela dice que educa, el hospital que cura, la universidad que produce conocimiento; pero una mirada inspirada en Illich nos invita a observar sus efectos concretos: qué capacidades amplían, cuáles desplazan, de qué dependencias participan y en qué momento aquello que pretendía resolver un problema comienza a producir otros.

Algo semejante ocurre con las herramientas. Teléfonos, plataformas digitales, automóviles, sistemas de evaluación, redes sociales, algoritmos, universidades e instituciones públicas pueden ser observados desde una pregunta que sigue siendo profundamente actual: ¿en qué momento dejamos de utilizar una herramienta y comenzamos a organizar nuestra vida alrededor de ella? La cuestión no consiste en decidir de antemano si una tecnología, una institución o un servicio es bueno o malo, sino en identificar cuándo comienza a establecer las condiciones bajo las cuales debemos vivir.

También podemos mirar nuestra relación con el crecimiento. Más velocidad, más producción, más consumo, más escolarización, más servicios, más información, más tecnología, más infraestructura: la pregunta illichiana no sería simplemente cuánto más podemos alcanzar, sino hasta dónde podemos llegar sin destruir las condiciones que hacen posible una vida autónoma. Allí aparece la cuestión de los límites y de quién tiene la capacidad de decidir dónde se encuentran esos umbrales.

Y junto a esto aparece otra tarea: escuchar aquello que nuestras categorías dejan fuera. El trabajo que no aparece como empleo, los aprendizajes que ocurren fuera de la escuela, los cuidados que no aparecen como servicios, los saberes que no reciben certificación y las múltiples actividades cotidianas que sostienen nuestras vidas sin aparecer necesariamente en las cuentas económicas. Mirar aquello que permanece invisible también es una forma de preguntarnos qué formas de vida han sido desplazadas o desvalorizadas por las categorías con las que organizamos nuestro mundo.

De este modo, las preguntas de Illich pueden ayudarnos a detenernos frente a aquello que suele presentarse como inevitable y recuperar una capacidad que atraviesa toda esta propuesta: preguntar quién decidió que las cosas tenían que ser así y qué posibilidades quedaron fuera.

Una sobremesa para volver a encontrarnos

Con este espíritu nace Sobremesa con Iván. 100 años de Iván Illich. La propuesta parte de una idea sencilla: quizá la mejor manera de conmemorar el centenario no sea ordenar todo lo que Illich pensó, sino recuperar algo de su manera de pensar y ponerla nuevamente en circulación.

El documento propone siete sobremesas para recorrer distintas preocupaciones de su obra: las instituciones que prometen ayudarnos, las herramientas que terminan gobernándonos, el problema del “más”, las formas en que cuidar, educar y ayudar pueden producir dependencia, aquello que queda fuera de nuestras categorías, la posibilidad de discutir con Illich y, finalmente, una ética para conversar. No se trata de un itinerario para aprender correctamente qué debemos pensar, sino de una invitación a utilizar esas preguntas sobre nuestras propias experiencias.

La propuesta incorpora además distintos juegos y ejercicios para llevar el pensamiento a la conversación: imaginar una institución “al revés” para observar sus efectos contradictorios; mirar de nuevo una herramienta cotidiana y preguntarnos quién utiliza a quién; buscar el umbral a partir del cual el “más” deja de producir bienestar; hacer visibles actividades que suelen quedar fuera de las categorías de trabajo, producción o cuidado; imaginar qué le preguntaríamos a Illich hoy; y, finalmente, construir colectivamente preguntas y posibilidades que todavía no existen.

Porque la sobremesa no es solamente una metáfora. Puede convertirse en una práctica: una mesa, un texto, un grupo de personas, una pregunta y tiempo suficiente para que aparezcan asociaciones inesperadas, desacuerdos, cambios de opinión y nuevas posibilidades. En ese sentido, conversar también puede ser una pequeña experiencia de aquello que buscamos defender: un espacio donde el pensamiento no está completamente organizado de antemano, donde nadie posee por completo la respuesta y donde algo puede emerger del encuentro.

Abrir la conversación

Cien años después de su nacimiento, no queremos construir un monumento a Iván Illich. Queremos abrir una conversación. Sentarnos juntos y juntas, abrir un libro, leer una página, preguntar, escuchar, discutir, contradecir, jugar y volver a mirar.

Queremos que sus preguntas salgan de los libros y entren en nuestra vida cotidiana; que puedan encontrarse con nuestras instituciones, nuestras comunidades, nuestros territorios y también con nuestras propias prácticas. Que podamos discutir con Illich sin necesidad de convertirlo en una autoridad, reconocer sus aportes sin dejar de señalar sus límites y, sobre todo, permitir que aquello que pensamos con él vuelva a ponerse en juego en nuestras relaciones.

Tal vez ahí se encuentre una de las formas más fértiles de acercarnos a su legado: no memorizar una obra, sino dejarnos interpelar por ella. Después de todo, una conversación que vale la pena no siempre termina cuando encontramos una respuesta. A veces termina cuando descubrimos una pregunta mejor.

Descargar el documento de trabajo

“Sobremesa con Iván. 100 años de Iván Illich” es el Documento de Trabajo N.º 21 del Observatorio de Bienes Comunes, publicado en septiembre de 2026. Es una propuesta para leer, conversar, jugar con las ideas de Illich y llevar sus preguntas a nuestras propias experiencias, comunidades y territorios.

Toma el documento, siéntate a la mesa y deja que alguna pregunta comience la conversación.Quizá una conversación que vale la pena no termina cuando encontramos una respuesta, sino cuando descubrimos una pregunta mejor.

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Defender la Caja es defender la vida: voces desde la calle

En la manifestación del 3 de septiembre, las voces que se encontraron frente a la CCSS hablaron de deudas, autonomía, privatización y decisiones políticas. Pero, por encima de todo, hablaron de algo más elemental: de la vida que la seguridad social sostiene y del cuidado como responsabilidad colectiva.

Antes de leer, escuchemos

Antes de entrar en esta reflexión, queremos invitarle a hacer algo sencillo: escuchar.

Escuchar las voces que se encontraron en la calle el 3 de septiembre. Escuchar sus historias, sus preocupaciones y sus llamados. Escuchar también la música, las consignas, la cimarrona, las risas y ese humor que aparece incluso cuando lo que está en juego se siente tan serio.

Porque una protesta no es solamente indignación.

También es encuentro. Es la posibilidad de reconocerse en otras personas, de compartir una preocupación y convertirla en palabra, canto, consigna o celebración. En medio de las amenazas que las personas participantes identifican sobre la seguridad social, aparecen también la alegría de estar juntas, la esperanza de que todavía es posible defender lo común y la convicción de que la vida merece ser cuidada colectivamente.

Por eso este audio no es solamente un registro de una manifestación. Es también un pequeño paisaje sonoro de una protesta: las voces que reclaman, las voces que recuerdan, las voces que agradecen, las voces que se indignan y las voces que se ríen mientras siguen resistiendo.

Hay humor frente al poder. Hay música en medio del conflicto. Hay personas que llegan desde sus lugares de trabajo, estudiantes, trabajadores, pacientes, comunidades y organizaciones que se encuentran alrededor de una preocupación compartida.

Y quizás ahí haya algo importante que escuchar. La defensa de la vida no siempre tiene el rostro de la solemnidad. A veces también canta, baila, se ríe y hace bromas.

Así que, antes de seguir leyendo, les invitamos a darle unos minutos al audio.

Escuchemos primero. Después podemos preguntarnos qué hay detrás de esas voces. Porque cuando escuchamos con atención, descubrimos que no solamente están diciendo “la Caja se defiende”.

Están hablando de aquello que hace que una sociedad pueda cuidar de quienes la conforman.

Están hablando de la vida.

Hay momentos en que una institución deja de ser solamente una institución.

Se vuelve una historia familiar. Un hospital al que alguien llegó de madrugada. Una cirugía que salió bien. Un tratamiento que pudo recibirse a tiempo. Una persona que nació. Otra que pudo seguir viviendo.

Eso es lo que aparece una y otra vez en las voces recogidas durante la manifestación del 3 de septiembre en defensa de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS).

Entre consignas, música, discursos y llamados a ocupar la calle, emerge una pregunta que va mucho más allá de la coyuntura: ¿qué estamos defendiendo cuando defendemos la seguridad social?

Una de las voces lo cuenta desde una experiencia íntima. Su hermana había entrado a un quirófano y, horas después, le pidió que llevara un mensaje a la manifestación: estaba viva gracias a la atención recibida en un hospital de la Caja. En esa historia aparece una dimensión difícil de reducir a cifras: la seguridad social puede ser, literalmente, la diferencia entre la vida y la muerte.

Otra voz, desde el trabajo cotidiano de la salud, lo plantea de otra manera. Una médica especialista recuerda que defender la Caja también significa permanecer en los hospitales, atender a cada paciente y sostener la calidad de la atención. La defensa de la institución no ocurre únicamente en las calles: también sucede cada día en los lugares donde se cuida, se diagnostica, se acompaña y se intenta sanar.

Ahí aparece uno de los hilos más fuertes de esta protesta: la Caja es pensada como una institución del cuidado.

No como una empresa más. No solamente como un sistema que presta servicios. En una de las intervenciones se la nombra como una institución solidaria y como una columna vertebral de la paz social del país.

Y quizá ahí esté una de las claves para escuchar lo que ocurre en la calle.

Una defensa que comienza antes de que podamos hablar

La seguridad social aparece en los relatos como algo que acompaña la vida entera.

Una persona recuerda que todos hemos nacido en hospitales de la Caja. Otra habla de quienes necesitan sus servicios para enfrentar enfermedades y operaciones que sus ingresos jamás podrían pagar. Una joven recuerda que ella misma vino al mundo gracias a la institución.
La Caja aparece así como una infraestructura que sostiene la vida incluso antes de que podamos reconocerla como tal.

Está allí cuando nacemos, cuando enfermamos, cuando necesitamos una cirugía, cuando una familia atraviesa una emergencia. Está allí también para quienes no podrían convertir una enfermedad en una cuenta que pagar.

Por eso, cuando las personas en la calle dicen que la Caja “es de todos”, no están hablando únicamente de propiedad institucional. Están hablando de interdependencia.

Dependemos de otras personas para sostener nuestra vida. Y una sociedad decide organizar parte de esa dependencia mediante instituciones comunes.

La seguridad social es, en ese sentido, una manera concreta de decir que la salud de una persona no debería depender exclusivamente de su capacidad individual de pago.

El cuidado frente a la lógica de la mercancía

Varias de las voces expresan una preocupación por la posibilidad de que la salud termine siendo tratada cada vez más como una mercancía.

La amenaza que se nombra es la privatización, pero detrás de esa palabra aparece una preocupación más profunda: ¿qué sucede cuando aquello que necesitamos para vivir comienza a organizarse principalmente según la capacidad de pago?

Una de las intervenciones lo expresa de manera directa al recordar que existen lugares donde las personas pueden quedar fuera de la atención porque no tienen dinero para pagarla. En contraste, reivindica la existencia de una institución capaz de financiar tratamientos y operaciones que resultarían inaccesibles para buena parte de la población.

La discusión, entonces, no es únicamente sobre quién administra hospitales o cuánto cuesta determinado servicio. Es también una discusión sobre qué consideramos un derecho y qué estamos dispuestos a convertir en negocio.

Las amenazas que aparecen en las voces

La protesta no se construye solamente desde una defensa nostálgica de lo que existe. Las personas señalan problemas y amenazas concretas.

Una de las principales preocupaciones es el dinero que el Estado adeuda a la Caja y el impacto que ese financiamiento insuficiente tiene sobre su capacidad de responder a las necesidades de la población. Otra preocupación recurrente es la autonomía institucional y la intervención política en las decisiones de la CCSS.
También aparece el temor frente a la privatización y la tercerización, así como la preocupación por el debilitamiento de capacidades institucionales, por la disponibilidad de infraestructura, equipos y personal y por las decisiones que puedan afectar el funcionamiento de la institución.

Y hay una preocupación que atraviesa varias intervenciones: qué ocurre con la democracia cuando las instituciones públicas y sus mecanismos de autonomía y control son debilitados.

Por eso algunas voces no hablan únicamente de salud. Hablan también de división de poderes, de legalidad, de autonomía y de la posibilidad de que la ciudadanía pueda exigir cuentas a quienes gobiernan.

La defensa de la Caja aparece así conectada con una pregunta mayor: ¿qué instituciones necesitamos para cuidar la vida y qué condiciones democráticas necesitamos para proteger esas instituciones?

Una herencia que no se guarda en una vitrina

Hay otra palabra que aparece en la protesta y que vale la pena detenerse a escuchar: herencia.

Una de las participantes dice que la Caja es una herencia de Costa Rica y que, como toda herencia, tiene que ser cuidada.

Pero una herencia no es solamente algo que recibimos. También es algo que dejamos.

Por eso la pregunta no debería ser únicamente qué hemos recibido de la seguridad social, sino qué estamos haciendo hoy para que otras personas puedan recibirla mañana.

En la manifestación aparecen jóvenes, estudiantes, personas trabajadoras, organizaciones sindicales, comunidades y personas usuarias de los servicios de salud. Una de las voces jóvenes lo expresa justamente como una responsabilidad con quienes vienen: defender la Caja es también defender las posibilidades de futuro de hijos, padres y nuevas generaciones.

La herencia, entonces, deja de ser una mirada hacia el pasado.

Se convierte en una responsabilidad con el futuro.

Cuidar lo común

Quizá por eso la palabra que mejor atraviesa este conjunto de voces no sea “defensa”.

Sea cuidado.

-Cuidar la salud de quien no conocemos.

-Cuidar una institución que puede necesitarnos hoy, aunque ayer no la necesitáramos.

-Cuidar los recursos que hacen posible que un hospital funcione.

-Cuidar a quienes trabajan en ellos.

-Cuidar la autonomía de las instituciones públicas.

-Cuidar también las reglas democráticas que permiten exigir responsabilidades.

-Y cuidar aquello que una sociedad decidió construir colectivamente para que la enfermedad, el accidente o el nacimiento no se conviertan automáticamente en una condena económica.

En la calle, entre una consigna y una cimarrona, eso es lo que parecen estar diciendo muchas de estas voces: la seguridad social no se defiende solamente porque sea una institución histórica. Se defiende porque expresa una decisión colectiva sobre cómo queremos vivir juntos.

-Una decisión que coloca la vida antes que la capacidad de pago.

-Una decisión que reconoce que necesitamos de otras personas.

-Una decisión que convierte la solidaridad en una política pública.

La pregunta que queda abierta

Las voces del 3 de septiembre no son uniformes. Hay enojo, indignación, memoria, humor, preocupación y también alegría. Hay críticas al gobierno, llamados a la movilización y distintas interpretaciones sobre las amenazas que enfrenta la Caja.

Pero en medio de esa diversidad aparece algo común. Una y otra vez, las personas hablan de quienes nacieron, quienes fueron atendidos, quienes sobrevivieron, quienes necesitan un tratamiento, quienes trabajan en los hospitales y quienes todavía no han necesitado la Caja pero saben que algún día podrían hacerlo. Hablan, en definitiva, de la vida.

Y quizá por eso defender la seguridad social nos obliga a hacernos una pregunta que va más allá del 3 de septiembre:

¿Qué tipo de sociedad queremos construir cuando llegue el momento en que cualquiera de nosotros necesite que alguien nos cuide?

Porque una sociedad solidaria no se mide solamente por lo que puede comprar cada persona por separado. También se mide por aquello que somos capaces de garantizar colectivamente. La Caja, en ese sentido, no es solamente un lugar al que vamos cuando enfermamos. Es una forma de decir que la vida de las otras personas también nos importa.

Porque protestar no significa dejar de reír

Y en medio de la indignación también hubo espacio para reír, jugar y crear. Porque la protesta social no solo se expresa en discursos y consignas: también se construye desde el humor, la sátira, la música y la imaginación popular.

Este video recoge precisamente ese otro rostro de la movilización: la capacidad de convertir la calle en un espacio de encuentro, de crítica y también de alegría. Una forma de decir que defender lo público también puede hacerse con creatividad, con irreverencia y con una sonrisa.

Porque hasta para protestar, el pueblo sabe inventarse sus propias formas de decir: aquí estamos y aquí seguimos.

Galería
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Cuando la política entra en la red: poder, datos y disputa por la conversación pública

El caso Cerimedo y la pregunta que deberíamos hacernos sobre nuestras democracias digitales

La detención en Bolivia del consultor político argentino Fernando Cerimedo ha vuelto a colocar en el centro de la discusión pública algo que suele aparecer solamente cuando estalla un escándalo: ¿cómo funcionan realmente las redes digitales que intervienen en la política?

Cerimedo fue detenido el 18 de agosto de 2026 en Bolivia, en el marco de una investigación relacionada con el ataque sufrido por la abogada y analista política Nadia Beller. Posteriormente, la justicia boliviana abrió además una investigación por presunto enriquecimiento ilícito y este 29 de agosto dictó una segunda detención preventiva. Cerimedo ha sido vinculado durante los últimos años con campañas políticas en América Latina y el Caribe, entre ellas las de Rodrigo Paz, Javier Milei y Jair Bolsonaro.

El caso, sin embargo, no debería llevarnos únicamente a preguntarnos quién es Cerimedo o qué hizo. También puede servirnos para mirar algo más amplio: el sistema de relaciones, tecnologías, datos, medios, comunidades y estrategias que hoy forman parte de la disputa política.

Porque las redes digitales no son simplemente un lugar donde los políticos publican mensajes.

Son también un espacio donde se construye realidad política.

Más allá de las redes sociales: ¿qué es un ecosistema digital?

Cuando hablamos de política digital solemos pensar inmediatamente en Facebook, Instagram, TikTok o X.

Pero esa es solamente una parte del fenómeno. Un ecosistema digital puede incluir redes sociales abiertas, grupos de WhatsApp, medios digitales, comunidades organizadas, influencers, cuentas automatizadas, herramientas de monitoreo de conversaciones, bases de datos, publicidad segmentada y sistemas de inteligencia artificial.

Como punto de partida debemos comprender que las redes sociales son solamente una pequeña parte de un ecosistema mucho mayor.

Esto cambia nuestra manera de entender la política. Ya no se trata únicamente de “publicar un mensaje”.

Se trata de conocer a quién llega, qué emociones provoca, quién lo comparte, qué comunidades lo reproducen, qué otras narrativas lo acompañan y cómo los algoritmos terminan amplificando determinadas conversaciones.

La política digital se parece, en ese sentido, a una nueva forma de plaza pública.

Pero una plaza pública en la que cada persona puede recibir una versión diferente de la conversación colectiva.

Del boca a boca al “boca a boca” digital

Durante mucho tiempo, una de las formas más importantes de hacer política fue el boca a boca.

Una conversación en el barrio, una reunión comunitaria, una conversación en el trabajo o una discusión familiar podían ayudar a construir una percepción sobre una persona candidata, un partido o un problema público.

La lógica no desapareció. Se digitalizó. Las redes permiten que una conversación que comienza en un pequeño grupo pueda reproducirse rápidamente entre comunidades diferentes.

Un mensaje puede pasar de un grupo de WhatsApp a una publicación, de ahí a un influencer, después a un medio digital y posteriormente regresar a las redes convertido en “tendencia”.

El problema aparece cuando confundimos la visibilidad de una conversación con su representatividad.

Que algo aparezca constantemente en nuestras pantallas no significa necesariamente que sea lo que piensa la mayoría de la sociedad.

Y aquí aparece uno de los grandes poderes de las redes: no solamente permiten expresar opiniones. También permiten hacer visible determinadas opiniones y ocultar otras.

La política también se puede medir

Una de las transformaciones más importantes está relacionada con los datos.

Las herramientas de escucha social permiten monitorear conversaciones públicas y detectar palabras, temas, emociones, comunidades y tendencias. En la entrevista analizada se explica, por ejemplo, cómo estas herramientas pueden utilizarse para observar conversaciones alrededor de temas políticos y posteriormente segmentar a las personas según sus posiciones o sentimientos.

Esto puede tener usos legítimos.

Una institución pública puede saber qué preocupaciones tiene la ciudadanía. Un medio puede identificar temas emergentes. Una organización social puede comprender mejor una discusión pública.

Pero también existe otra posibilidad: convertir esa información en una herramienta para intervenir sobre las personas.

Si conocemos qué preocupa a diferentes grupos, qué palabras generan rechazo, qué temas producen miedo o indignación y qué mensajes movilizan a determinadas comunidades, podemos diseñar contenidos específicamente orientados a producir determinadas respuestas.

La frontera entre comunicación y manipulación puede volverse entonces mucho más difícil de distinguir.

El problema no es solamente el bot

Cuando aparece una discusión sobre manipulación digital, rápidamente aparece una palabra: bots.

Y ciertamente existen cuentas automatizadas, redes coordinadas y sistemas capaces de producir y amplificar contenidos.

Pero reducir todo el problema a los bots puede ser una manera de no mirar el fenómeno completo.

En la entrevista se plantea una idea importante: el objetivo no necesariamente es que miles de cuentas falsas convenzan directamente a miles de personas. También puede consistir en introducir una determinada conversación en el sistema para que los algoritmos la detecten como relevante y posteriormente la amplifiquen.

Es decir: la cuestión no es solamente cuántas cuentas participan, sino qué conversación consiguen instalar.

Y aquí aparece una diferencia fundamental. Una cuenta falsa puede iniciar una conversación. Pero si esa conversación termina siendo reproducida por personas reales, medios, influencers o comunidades políticas, deja de ser solamente una operación automatizada.

Empieza a formar parte de la conversación social.

La inteligencia artificial cambia nuevamente las reglas

La inteligencia artificial introduce una nueva dimensión.

Durante años, la creación de redes coordinadas requería personas que administraran múltiples cuentas. La automatización y la IA reducen progresivamente el costo de producir contenidos, administrar interacciones y adaptar mensajes.

La entrevista plantea incluso un escenario en el que un candidato podría contar con sistemas capaces de interactuar con personas utilizando información previamente obtenida sobre sus intereses y preferencias.

Esto abre preguntas enormes.

-¿Qué ocurre cuando una persona cree estar conversando con otro ciudadano, pero en realidad está interactuando con un sistema automatizado?

-¿Qué sucede cuando una imagen, un video, una voz o una declaración pueden ser generados artificialmente?

-¿Cómo distinguimos una experiencia política auténtica de una experiencia diseñada algorítmicamente?

-Y, sobre todo: ¿qué ocurre con la confianza cuando dejamos de saber quién está hablando?

No todo es manipulación: las redes también pueden organizar

Sería un error construir una mirada exclusivamente negativa.

Las redes digitales también han abierto posibilidades enormes para la organización social.

Permiten convocar rápidamente, compartir información, documentar situaciones, conectar territorios y visibilizar conflictos que difícilmente encontrarían espacio en los medios tradicionales.

En la propia entrevista se menciona como ejemplo una movilización reciente en Costa Rica convocada principalmente mediante redes sociales. La capacidad de convocatoria mostró que estas herramientas pueden transformar rápidamente una indignación dispersa en presencia colectiva.

Las redes pueden servir para organizar una protesta. Pero también para organizar una campaña comunitaria, defender un territorio, denunciar una injusticia, compartir conocimiento o construir solidaridad. Por eso el problema no es “redes sí” o “redes no”.

La pregunta es quién las controla, para qué las utiliza y bajo qué condiciones se produce esa comunicación.

El límite de las redes: movilizar no significa necesariamente convencer

Aquí aparece una de las cuestiones más interesantes.

Las redes pueden movilizar a quienes ya están convencidos. Pero movilizar no necesariamente significa transformar una posición política.

En el análisis recogido en la entrevista se señala justamente esta diferencia: una convocatoria puede conseguir una importante movilización sin necesariamente modificar las percepciones de quienes se encuentran fuera de ese núcleo ya convencido.

Esto es fundamental para entender la política contemporánea. Los algoritmos pueden ayudarnos a encontrar personas que piensan como nosotros.

Pero si pasamos demasiado tiempo dentro de comunidades donde todos comparten las mismas posiciones, podemos terminar creyendo que nuestra comunidad representa a toda la sociedad.

Y entonces aparece una paradoja: estamos cada vez más conectados y, al mismo tiempo, podemos estar cada vez más separados.

El riesgo de confundir percepción con realidad

Uno de los mayores peligros de estos ecosistemas es la posibilidad de fabricar una sensación de mayoría.

Muchas personas hablando de un tema puede producir la impresión de que “todo el mundo está hablando de eso”.

Muchas cuentas defendiendo una posición pueden generar la sensación de que “la gente piensa así”.

Una sucesión de publicaciones puede hacer parecer que un problema es inevitablemente central.

Pero la conversación digital no es un espejo perfecto de la sociedad. Es una construcción. Está mediada por algoritmos, plataformas, comunidades, intereses económicos, estrategias de comunicación y decisiones humanas.

Por eso debemos aprender a formular una pregunta sencilla: ¿estoy viendo lo que la sociedad piensa o estoy viendo lo que el sistema decidió mostrarme?

Cuando el conflicto político se convierte en ataque

Otro riesgo es la transformación de la disputa política en una disputa por destruir al adversario.

En el ecosistema digital puede aparecer una lógica donde ya no importa discutir una propuesta, sino desacreditar a quien la formula.

La entrevista distingue entre el contraste político —“yo pienso de esta manera y vos de otra”— y aquellas prácticas orientadas a atacar, deslegitimar o silenciar al adversario. Esta diferencia resulta fundamental.

Una democracia necesita conflicto. Necesita desacuerdo. Necesita crítica.

Pero cuando el objetivo deja de ser disputar ideas y pasa a ser destruir la posibilidad de que la otra persona sea escuchada, la conversación democrática comienza a deteriorarse.

La violencia política también puede adquirir formas digitales: campañas de hostigamiento, ataques coordinados, desinformación, ridiculización sistemática o intentos de convertir a una persona en un objeto permanente de agresión.

No todo desacuerdo es violencia. Pero tampoco toda agresión puede esconderse detrás de la palabra “debate”.

El caso Cerimedo nos obliga a mirar el sistema

En los últimos días, además, el propio caso ha mostrado otro problema: la información sobre las redes digitales también puede ser manipulada.

Tras el allanamiento de inmuebles vinculados con Cerimedo circularon videos que supuestamente mostraban una “granja de bots”. AFP verificó que algunas de esas imágenes eran antiguas y que otra había sido generada mediante inteligencia artificial.

La paradoja es enorme. Estamos discutiendo operaciones de manipulación digital mientras, al mismo tiempo, circulan contenidos falsos sobre esas mismas operaciones.

Esto debería servirnos como una advertencia.

No basta con desconfiar de “los otros”. La alfabetización digital democrática implica aprender a verificar también aquello que confirma nuestras propias posiciones.

¿Qué riesgos enfrentamos como sociedad?

Podemos resumir algunos de los principales riesgos:

  • -Desinformación: contenidos falsos, engañosos o descontextualizados que pueden alterar nuestra comprensión de los acontecimientos.

  • -Manipulación emocional: utilización sistemática del miedo, la indignación o el enojo para orientar comportamientos políticos.

  • -Segmentación extrema: mensajes diferentes dirigidos a comunidades diferentes, dificultando la existencia de una conversación pública compartida.

  • -Automatización: cuentas y sistemas capaces de producir o amplificar contenidos a una escala difícil de alcanzar mediante trabajo humano.

  • -Falsa sensación de mayoría: hacer que una posición parezca mucho más extendida de lo que realmente está.

  • -Hostigamiento coordinado: utilización de redes para atacar o silenciar personas.

  • -Pérdida de confianza: cuando ya no sabemos qué información es verdadera, quién la produjo o quién la está amplificando.

  • -Concentración de poder: plataformas y actores privados poseen enormes capacidades para recopilar datos y ordenar la circulación de información.

  • -Opacidad: muchas veces desconocemos quién financia una campaña, quién administra determinadas redes o qué criterios determinan qué contenidos llegan a nuestras pantallas.

Entonces, ¿qué hacemos?

La respuesta no puede ser abandonar las redes.

Tampoco podemos pensar que la solución consiste simplemente en prohibir determinadas tecnologías.

Necesitamos construir capacidades democráticas para habitar estos espacios.

Eso implica aprender a preguntarnos:

-¿Quién produce este contenido?

-¿Quién lo financia?

-¿Qué información utiliza?

-¿A quién intenta convencer?

-¿Qué emoción busca provocar?

-¿Por qué estoy viendo esto?

-¿Hay evidencia independiente que permita comprobarlo?

-¿Quién más está difundiendo este mensaje?

Y existe una pregunta todavía más importante: ¿qué intereses aparecen cuando una conversación aparentemente espontánea se vuelve demasiado coordinada?

La disputa no es solamente tecnológica

Quizás esta sea la principal lección que podemos extraer del caso Cerimedo.

La tecnología importa. Los datos importan. Los algoritmos importan. Las redes coordinadas importan.

Pero ninguna de estas cosas explica por sí sola el comportamiento político de una sociedad.

Las herramientas digitales pueden amplificar determinadas tendencias, pero no inventan de la nada el malestar social, la frustración económica, la inseguridad, la pérdida de confianza o el desencanto con las instituciones.

Las tecnologías pueden organizar, acelerar y amplificar. Pero necesitan un terreno social sobre el cual operar.

Por eso una democracia que quiera enfrentar la manipulación digital no puede limitarse a combatir bots.

También tiene que preguntarse:

-¿por qué determinadas narrativas encuentran terreno fértil?

-¿qué malestares están expresando?

-¿qué instituciones han perdido legitimidad?

-¿qué sectores de la población sienten que nadie los escucha?

Porque cuando una sociedad deja de confiar en sus instituciones, las narrativas que prometen soluciones simples, enemigos claros y respuestas inmediatas pueden encontrar un terreno especialmente fértil.

Habitar críticamente el ecosistema digital

El desafío, entonces, no consiste en regresar a un supuesto pasado sin redes.

Las redes ya forman parte de nuestra vida política. El desafío es aprender a vivir en ellas sin entregar nuestra capacidad de juicio. Necesitamos ciudadanos capaces de distinguir popularidad de evidencia, viralidad de verdad, indignación de argumento y coordinación de participación espontánea.

Necesitamos medios capaces de investigar las infraestructuras que están detrás de las campañas digitales. Necesitamos instituciones capaces de establecer reglas de transparencia y rendición de cuentas. Y necesitamos plataformas sometidas a mayores responsabilidades respecto de los datos, la publicidad política, la automatización y la circulación de contenidos manipulados.

Pero también necesitamos algo más básico: recuperar la conversación. Porque frente a un ecosistema que puede fragmentarnos en miles de comunidades y hablarnos a cada uno de manera diferente, defender la democracia implica volver a construir espacios donde podamos encontrarnos con quienes piensan distinto.

El problema no es que existan muchas voces, sería que algunas de esas voces fueran fabricadas para parecer muchas, mientras otras desaparecen del campo de nuestra atención. La pregunta de fondo no es, entonces, si las redes sociales son buenas o malas. Es otra, ¿quién está construyendo la conversación pública en la que tomamos nuestras decisiones políticas?

Y esa es una pregunta que, en una democracia, no podemos dejar únicamente en manos de los algoritmos.

Referencias:

AFP Factual. (2026). Entre humanos y algoritmos: el reto de reconocer bots en redes sociales. AFP Factual.

Innerarity, Daniel. (2024). Inteligencia artificial y democracia. UNESCO. Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

López López, Paulo Carlos, Andrea Mila Maldonado, y Vasco Ribeiro. (2023). La desinformación en las democracias de América Latina y de la península ibérica: De las redes sociales a la inteligencia artificial (2015–2022). Uru: Revista de Comunicación y Cultura, (8), 69–89. DOI: 10.32719/26312514.2023.8.5

Trejo Delarbre, Raúl. (2016). Ser visibles, para ser ciudadanos. Política y redes sociodigitales en América Latina. Revista Latinoamericana de Ciencias de la Comunicación, 12(22), 57–69. DOI: 10.55738/alaic.v12i22.202

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La pedagogía de la protesta: lo que aprendemos cuando salimos a la calle

Antes de leer, escuchemos.

Escuchemos las voces de quienes estuvieron hoy en la calle. Dejemos que sean sus palabras, sus gritos, sus preguntas, sus risas, sus consignas y sus emociones las que nos devuelvan a este 1 de setiembre. Revivamos la protesta desde quienes la caminaron, la sintieron y la hicieron posible.

Este collage de voces no busca solamente registrar lo ocurrido. Es una invitación a volver sobre ese momento desde los sentires de quienes participaron: la indignación frente a los recortes, la preocupación por el futuro, la defensa de la educación pública, pero también la alegría de encontrarse, cantar, reír, jugar y bailar.

Después de escuchar, les invitamos a leer. Porque quizás una protesta también puede ser una escuela. Y entonces aparece una pregunta que atraviesa esta jornada: ¿qué aprendemos cuando protestamos?

Una escuela que no tiene aula

La protesta suele ser mirada desde afuera. Se cuentan las personas que asistieron, las consignas, las calles recorridas, las declaraciones, los enfrentamientos o las demandas. Se intenta medir su impacto y determinar si tuvo éxito.

Pero hay otra dimensión que suele quedar escondida: lo que una movilización enseña mientras ocurre.

La calle se convierte por unas horas en un espacio donde aprendemos a reconocernos, a escucharnos y a descubrir que nuestras preocupaciones no son solamente individuales. Lo que una persona vive como incertidumbre frente al futuro puede encontrar en otra voz una explicación, una pregunta o una compañía.

La protesta produce así un conocimiento situado: se aprende caminando, conversando, gritando, escuchando, preguntando y compartiendo.

Las voces recogidas este 1 de setiembre permiten acercarnos a esa pedagogía cotidiana de la movilización.

Y quizás podamos reconocer algunos de sus aprendizajes.

Aprendemos a cuidar y cuidarnos

En medio de una movilización también se aprende que nadie llega completamente solo.

Se pregunta si alguien necesita algo. Se espera a quien quedó atrás. Se comparte el espacio. Se acompaña a quien está cansado. Se está pendiente de quienes caminan alrededor.

Son gestos pequeños, pero contienen una idea política profunda: la defensa de lo común comienza también por el cuidado de quienes lo están defendiendo.

Frente a una lógica social que muchas veces nos invita a resolver individualmente nuestros problemas, la protesta recuerda que también podemos construir respuestas colectivas. Cuidar y cuidarnos no es una pausa de la política. Es parte de ella.

Aprendemos a preguntar

Una de las características más fuertes de las voces de hoy es la presencia de preguntas.

-¿Por qué se reduce la educación?

-¿Por qué no se escucha a quienes serán afectados?

-¿Qué significa realmente defender el futuro del país?

-¿Quién decide las prioridades presupuestarias?

-¿Quiénes pagan las consecuencias de esas decisiones?

Preguntar es una forma de interrumpir aquello que pretende presentarse como inevitable.

Cuando una decisión política se presenta como la única alternativa posible, la pregunta abre una grieta: ¿tenía que ser así?

La protesta enseña entonces algo fundamental: no aceptar las decisiones como hechos naturales. Preguntar significa reconocer que detrás de cada presupuesto, cada recorte y cada política existen decisiones, intereses, prioridades y disputas.

Aprendemos a acompañarnos

Una movilización hace visible algo que la vida cotidiana suele esconder: nuestras luchas están conectadas.

La defensa de una beca puede estar relacionada con la posibilidad de que una persona permanezca en la universidad. La alimentación estudiantil puede estar relacionada con la permanencia educativa. La educación pública puede estar relacionada con la movilidad social. La inversión social puede estar relacionada con las posibilidades de futuro.

Por eso, acompañar una lucha que aparentemente no es propia también puede convertirse en una manera de defender aquello que nos sostiene colectivamente.

No marchamos solamente por quienes están hoy en las aulas. También por quienes estarán mañana.

Esta idea aparece con fuerza en las voces recogidas durante la protesta: defender la educación pública significa defender posibilidades que alcanzan a quienes todavía no han llegado a ellas.

Aprendemos a caminar juntos y juntas

Caminar parece sencillo. Pero caminar colectivamente requiere mirar a los lados, reconocer otros ritmos, esperar, avanzar, detenerse y volver a comenzar.

Una movilización convierte ese gesto cotidiano en una experiencia política.

Durante unas horas dejamos de ser personas dispersas para convertirnos en un cuerpo colectivo que ocupa el espacio público.

No necesariamente pensamos igual.

No tenemos las mismas historias.

No venimos de los mismos lugares.

Pero podemos coincidir en una preocupación, en una demanda o en la necesidad de defender algo que consideramos común. Caminar juntos y juntas no significa caminar al mismo paso. Significa decidir que vale la pena avanzar acompañados.

Aprendemos a reír

Hay algo que también merece ser escuchado en el registro de esta protesta: la alegría.

Entre las consignas, las denuncias y la indignación aparecen llamados a bailar, a mantener el ánimo, a encontrarse con otras personas.

Esto puede parecer secundario frente a la gravedad de lo que se está discutiendo. No lo es.

La alegría también puede ser una forma de resistencia frente al miedo y al agotamiento. Una movilización no solamente expresa aquello que rechazamos; también produce espacios donde podemos experimentar, aunque sea temporalmente, el mundo que queremos construir: un mundo donde estamos con otras personas y no solas frente a los problemas.

Aprendemos a jugar

La protesta también tiene una dimensión lúdica. Las consignas, los ritmos, los gestos, las formas de ocupar la calle y las maneras creativas de comunicar una demanda producen otros lenguajes políticos.

Jugar permite experimentar. Permite probar otras formas de decir. Permite romper momentáneamente la solemnidad de la política institucional y recordar que la imaginación también es una herramienta para disputar sentidos. La calle no solamente comunica mensajes. La calle inventa lenguajes.

Aprendemos a bailar

Quizás bailar sea una de las imágenes más potentes de esta jornada. Bailar en medio de una protesta puede parecer contradictorio: ¿cómo se puede bailar cuando existen preocupaciones tan serias?

Precisamente porque protestar no significa renunciar a la vida.

La movilización también puede ser celebración de aquello que se quiere defender. Cuando se baila colectivamente, el cuerpo deja de ser solamente un cuerpo que reclama y se convierte en un cuerpo que afirma: aquí estamos, aquí seguimos y todavía tenemos razones para encontrarnos.

Aprendemos a debatir

No todas las voces recogidas dicen exactamente lo mismo. Y eso también es parte de la protesta.

En ellas aparecen distintas lecturas sobre el gobierno, el presupuesto, las universidades, el papel del mercado, las instituciones, la Asamblea Legislativa y el rumbo del país.

Una sociedad movilizada no es necesariamente una sociedad homogénea. Es una sociedad que abre espacios para disputar sentidos.

La pregunta democrática no debería ser cómo hacer desaparecer esas diferencias, sino cómo convivir con ellas y convertirlas en conversación, organización y acción colectiva.

La protesta enseña que la política no está terminada cuando termina una elección.

También ocurre cuando las personas se reúnen para discutir qué consideran justo, qué futuro quieren y qué están dispuestas a defender.

Aprendemos la sátira

Y está también la sátira. La burla. La ironía. El juego con las palabras. La capacidad de reírse del poder.

La sátira permite decir aquello que, expresado solamente mediante un discurso formal, podría perder fuerza. Desarma solemnidades, cuestiona discursos oficiales y permite mirar las contradicciones desde otro ángulo. En ese sentido, también es una forma de pedagogía.

Porque nos enseña a no tomar como natural aquello que el poder presenta como incuestionable.

La sátira no reemplaza la argumentación, pero puede abrir una puerta para que una pregunta entre por otro camino.

¿Qué se está disputando realmente?

Después de escuchar estas voces, la discusión sobre el presupuesto educativo parece adquirir otra dimensión.

No estamos únicamente frente a una discusión sobre porcentajes. Estamos frente a una disputa sobre las condiciones materiales para ejercer un derecho, sobre el papel de las instituciones públicas y sobre las posibilidades de futuro de quienes dependen de ellas.

Las voces de esta jornada expresan preocupación por los recortes, por las becas, por las condiciones para estudiar, por la falta de escucha y por la posibilidad de que la educación pública pierda capacidad para responder a las necesidades sociales.

Algunas intervenciones vinculan este proceso con una transformación más amplia: una universidad cada vez más orientada hacia el mercado, un debilitamiento de la inversión social y una reducción de los espacios de participación y negociación.

Son lecturas políticas expresadas desde la movilización. No todas las personas participantes necesariamente las comparten de la misma manera.

Pero escucharlas importa. Porque permiten identificar qué está siendo percibido como amenaza por quienes hoy decidieron salir a la calle.

Y entre esas amenazas aparece una preocupación de fondo: que aquello que durante décadas fue construido como derecho pueda comenzar a ser tratado progresivamente como privilegio.

La protesta como memoria

En las voces también aparece una memoria. La memoria de quienes estudiaron gracias a la educación pública. De las familias que hicieron esfuerzos para que sus hijos e hijas pudieran estudiar. De quienes recibieron becas. De quienes encontraron en una institución pública una posibilidad que de otro modo habría sido inaccesible.

La protesta recuerda que los derechos no aparecieron espontáneamente. Fueron producto de decisiones políticas, luchas sociales, instituciones y generaciones que construyeron condiciones distintas a las que encontraron quienes les precedieron.

Por eso defender la educación pública también significa defender una memoria colectiva.

Recordar que aquello que hoy parece normal alguna vez fue una conquista. Y que las conquistas pueden ser ampliadas, pero también pueden ser debilitadas.

La esperanza de una sociedad que todavía se mueve

Quizás por eso esta jornada importa más allá de sus resultados inmediatos. Porque en un momento donde muchas personas sienten que las decisiones se toman lejos de ellas, la movilización devuelve una experiencia elemental de la democracia: podemos encontrarnos, hablar, preguntar, disentir y hacer visible aquello que no queremos aceptar en silencio.

La esperanza no está en creer ingenuamente que todo saldrá bien. Está en descubrir que todavía existen capacidades colectivas para actuar.

-Cuidar.

-Preguntar.

-Acompañarnos.

-Caminar juntos y juntas.

-Reír.

-Jugar.

-Bailar.

-Debatir.

-Satirizar.

-Organizarnos.

Y volver a encontrarnos.

Una pedagogía para defender lo común

Quizás esta sea una de las principales enseñanzas del 1 de setiembre. La protesta no solamente demanda algo al poder. También nos transforma mientras la hacemos.

Nos enseña que defender un derecho requiere aprender a reconocerlo como un asunto colectivo. Que la indignación puede convertirse en conversación. Que la conversación puede convertirse en organización. Que la organización puede ocupar la calle. Y que ocupar la calle también puede ser una experiencia de cuidado, alegría y esperanza.

Por eso, escuchar primero estas voces importa.

Porque antes de analizar los números, las declaraciones y las posiciones políticas, podemos escuchar los cuerpos y los sentires de quienes estuvieron allí.

-Podemos escuchar el cansancio y la energía.

-La indignación y la risa.

-La preocupación y la esperanza.

-El grito y la pregunta.

-La protesta y la celebración.

Quizás ahí esté la verdadera pedagogía de la protesta: aprender que aquello que parece imposible de defender individualmente puede convertirse en una fuerza cuando decidimos hacerlo juntas y juntos.

Hoy la educación pública volvió a caminar. Y mientras caminaba, también enseñó. Nos enseñó que una sociedad que todavía se encuentra, se pregunta, se cuida, se ríe y se organiza es una sociedad que todavía puede disputar su futuro.

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