Por momentos, no hace falta inventar nuevas metáforas. Basta mirar con atención a Sin Cara en El viaje de Chihiro para reconocer algo inquietantemente cercano: una figura que no es mala en sí misma, pero que se vuelve lo que el entorno le devuelve. Una figura que consume… y termina siendo consumida.
Un contexto que desborda el aula: paro activo y disputa por el FEES
En abril de 2026, la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica declaró un paro activo en el marco de la disputa por el Fondo Especial para la Educación Superior 2027.
No se trata de una huelga tradicional. El paro activo implica no detener del todo las clases, sino transformarlas: el aula se desplaza hacia espacios de discusión, análisis crítico y organización colectiva. La medida, fue propuesta por la Escuela de Ciencias Políticas e impulsada desde la Asamblea Ampliada de Ciencias Sociales.
El trasfondo es claro: la ruptura de negociaciones entre el gobierno y las rectorías, junto con el anuncio de congelamiento presupuestario, activó un escenario de tensión donde estudiantes han exigido no criminalizar la protesta y han respaldado acciones como la toma de edificios.
En este contexto, la universidad deja de ser únicamente un espacio académico para convertirse en un territorio en disputa.
Una presencia incómoda: lo que Sin Cara nos obliga a ver
Sin Cara no entra haciendo ruido. Aparece silencioso, casi invisible, hasta que encuentra un espacio donde puede interactuar. En el baño termal, rodeado de codicia, jerarquías y ansiedad por el oro, empieza a transformarse: devora, crece, exige, se desborda.
No es un villano clásico. Es, más bien, un espejo.
Pensar la universidad pública en Costa Rica desde esta imagen —en medio de las discusiones sobre el FEES— abre una pregunta incómoda: ¿qué estamos reflejando cuando hablamos de financiamiento, autonomía y defensa de lo público?
Dimensión ética: entre el principio y la inercia
El debate sobre el FEES suele reducirse a montos, porcentajes y reglas fiscales. Pero la metáfora de Sin Cara desplaza el foco: no se trata solo de cuánto, sino de para qué y desde dónde.
Cuando no hay un horizonte ético claramente asumido, la universidad corre el riesgo de actuar por inercia. De responder a presiones externas —mediáticas, políticas o económicas— sin procesarlas críticamente. De adaptarse, más que de orientar.
Aquí la pregunta no es técnica, es profundamente ética: ¿la universidad pública está organizada para sostener el bien común o para administrarse a sí misma?
Porque cuando el criterio se diluye, cualquier lógica puede ocupar su lugar.
Dimensión política: el conflicto que no siempre se nombra
El baño termal en la película no es neutral. Está lleno de relaciones de poder, de intercambios desiguales, de decisiones que benefician a unos y excluyen a otros.
Lo mismo ocurre con el FEES.
Lejos de ser un simple mecanismo de financiamiento, es un campo de disputa donde se juegan visiones de país, modelos de desarrollo y sentidos de lo público. Pero también —y esto suele quedar fuera del foco— es un espacio donde emergen tensiones internas:
- -¿Quién decide dentro de la universidad?
- -¿Cómo se distribuyen los recursos?
- -¿Qué áreas se fortalecen y cuáles se precarizan?
- -¿Qué voces participan y cuáles quedan fuera?
La figura de Sin Cara incomoda porque evidencia que el problema no es solo la presión externa. También está en cómo la institución procesa, negocia o reproduce esas presiones.
El quiebre: cuando la universidad se enfrenta a su propio reflejo
Hay momentos en que la metáfora deja de ser interpretativa y se vuelve concreta.
El episodio en el que la propia institución decide cortar el agua, la luz y mantener una alarma activa durante toda la noche mientras estudiantes sostenían la toma de un edificio no es un detalle administrativo. Es un punto de inflexión.
Ahí la universidad deja de ser únicamente un espacio en disputa para convertirse en actor directo de una práctica que tensiona su propio discurso.
La contradicción es evidente: una institución que, en medio de un paro activo que reivindica la reflexión crítica, la organización y la defensa de lo público, recurre simultáneamente a medidas que operan desde la presión, el desgaste y el control.
En clave de Sin Cara, es el momento en que el personaje ya no solo refleja el entorno: lo encarna sin mediación.
Y la pregunta se vuelve más incómoda aún: ¿qué condiciones hicieron posible que esa decisión pareciera válida, necesaria o incluso “normal”?
Cuando aparece Chihiro: el límite, el cuidado y la transformación
Sin embargo, la historia no termina ahí. Hay un giro clave cuando Chihiro Ogino entra en escena de otra manera.
Chihiro no compite con Sin Cara, no lo reprime con violencia ni se deja seducir por el oro. Hace algo más difícil: le pone un límite sin dejar de reconocerlo. Le ofrece comida que lo obliga a devolver lo que ha consumido, lo saca del espacio donde se desbordó y lo acompaña en un proceso de transformación.
Fuera del baño termal, Sin Cara cambia. Se calma. Deja de devorar.
Este momento es clave para pensar la universidad:
- -No toda respuesta al conflicto tiene que pasar por la coerción.
- -No todo límite tiene que construirse desde el castigo.
- -No toda tensión se resuelve eliminando al otro.
La relación que propone Chihiro abre otra posibilidad: la del vínculo como práctica ética y pedagógica.
Dimensión pedagógica: formar criterio o reproducir reflejos
El propio paro activo es, en sí mismo, una apuesta pedagógica: convertir la crisis en contenido, el conflicto en aprendizaje, la coyuntura en espacio formativo.
Pero esa apuesta entra en tensión cuando las respuestas institucionales contradicen ese horizonte.
¿Qué se aprende de una universidad que, mientras promueve el debate crítico en las aulas, gestiona el conflicto desde la coerción fuera de ellas? ¿Qué tipo de ciudadanía se está formando cuando el disenso se reconoce discursivamente, pero se limita en la práctica?
La escena con Chihiro Ogino sugiere otra dirección: la formación no ocurre solo en lo que se dice, sino en cómo se sostienen los conflictos, cómo se construyen los límites y cómo se cuidan los vínculos.
En ese sentido, la universidad puede amplificar la lógica de Sin Cara —absorber sin procesar, reproducir sin transformar— o puede apostar por lo contrario: formar sujetos capaces de no devorar ni ser devorados por el contexto.
Democratizar para no devorar(se)
Hay un punto donde la metáfora deja de ser cómoda y se vuelve exigente.
Porque si la universidad quiere evitar convertirse en una figura que refleja sin cuestionar, necesita mirarse hacia adentro. Las tensiones en torno al FEES no solo interpelan al gobierno o a la opinión pública. También interpelan la vida interna de la institución:
- -sus formas de gobierno,
- -sus mecanismos de participación,
- -su relación con estudiantes, territorios y comunidades.
El paro activo abre precisamente esa posibilidad: no solo defender recursos, sino disputar el sentido de la universidad.
No se trata únicamente de cuánto presupuesto se recibe. Se trata de cómo se decide, para quién y con quién.
Una pregunta abierta (y urgente)
Sin Cara no desaparece. Cambia de contexto. Y con eso, cambia también su forma de estar en el mundo.
En medio del paro activo, de la defensa del FEES y de las tensiones abiertas entre gobierno, autoridades y movimiento estudiantil, aparece una imagen difícil de ignorar: una universidad que disputa lo público hacia afuera, pero que también debe hacerlo hacia adentro.
Pero también aparece otra posibilidad, menos estridente pero más exigente: la de construir relaciones como las que propone Chihiro.
La pregunta, entonces, es otra: ¿qué tipo de universidad queremos ser cuando el conflicto nos atraviesa?
Porque en tiempos de disputa por lo público, la ética, la política y la pedagogía no son dimensiones separadas. Son, precisamente, el terreno donde se juega el sentido mismo de la universidad.









