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Cuando el hemisferio vuelve a ser un tablero: la «Doctrina Donroe», la securitización de América Latina y la mirada de la antigeopolítica

No hay mapas inocentes. Cada mapa organiza una forma de mirar el mundo, establece prioridades y define quiénes son aliados, amenazas o territorios estratégicos. El reciente artículo de Elbridge Colby sobre la denominada Doctrina Donroe no es únicamente una columna de opinión: es una declaración sobre cómo la administración Trump imagina el futuro de América Latina y el Caribe.

El pasado 29 de julio, Elbridge Colby, subsecretario de Guerra para Política de Estados Unidos, publicó un artículo en el que presenta lo que denomina el «Trump Corollary to the Monroe Doctrine», bautizado también como la Doctrina Donroe. En él sostiene que Estados Unidos debe volver a concentrar su estrategia en el hemisferio occidental, fortaleciendo la cooperación militar, aumentando las capacidades de defensa de los países latinoamericanos e impidiendo que potencias rivales establezcan posiciones estratégicas en la región.

Aunque el texto se presenta como una propuesta pragmática basada en el «interés mutuo», expresa una manera particular de entender el continente: América Latina deja de ser vista como un conjunto de sociedades diversas para convertirse en un espacio cuyo principal valor reside en su importancia para la seguridad estadounidense.

Desde la perspectiva de la antigeopolítica, esta transformación merece una lectura crítica.

Más que una doctrina: una forma de imaginar el territorio

Uno de los principales aportes de la geopolítica crítica consiste en recordar que la geopolítica no comienza con los ejércitos, sino con los discursos. Antes de movilizar tropas, instalar bases militares o firmar acuerdos de cooperación, los Estados producen relatos sobre el mundo: identifican amenazas, delimitan fronteras simbólicas y asignan funciones a los territorios.

Eso es precisamente lo que hace Colby. Su artículo sostiene que durante décadas Estados Unidos descuidó el hemisferio occidental al privilegiar un orden internacional liberal y global. Frente a ello propone un cambio de rumbo: volver a mirar América Latina desde una lógica de «realismo flexible» y «América Primero».

En esta narrativa, el territorio latinoamericano adquiere cuatro funciones estratégicas:

  • -proteger la seguridad del territorio estadounidense;
  • -contener amenazas transnacionales;
  • -impedir la presencia de potencias rivales;
  • -garantizar un entorno estable para los intereses geopolíticos de Estados Unidos.

No es casual que el artículo hable reiteradamente de «nuestro hemisferio». Esa expresión no es neutra. Construye una geografía política donde la región deja de ser un conjunto de países soberanos para convertirse en un espacio cuya estabilidad se define desde Washington.

Como señala la geopolítica crítica, los mapas también son discursos de poder.

Del enemigo interno al enemigo multidimensional

La denominada Doctrina Donroe no aparece en un vacío histórico. Forma parte de una larga tradición de doctrinas de seguridad impulsadas por Estados Unidos hacia América Latina.

Durante la Guerra Fría, la Doctrina de Seguridad Nacional transformó profundamente la manera de entender la seguridad en el continente. Su principal innovación consistió en desplazar la amenaza desde las fronteras hacia el interior de las sociedades.

El enemigo ya no era únicamente un ejército extranjero. Era el enemigo interno.

Esa categoría fue deliberadamente amplia. Incluyó organizaciones guerrilleras, pero también sindicatos, movimientos campesinos, organizaciones estudiantiles, comunidades eclesiales de base, organizaciones indígenas, defensores de derechos humanos e incluso actores políticos que cuestionaban el orden establecido. En numerosos países latinoamericanos, esa lógica sirvió para justificar la militarización de la vida política, la vigilancia, los estados de excepción y graves violaciones a los derechos humanos.

La Doctrina Donroe no reproduce exactamente esa doctrina. Los contextos históricos son distintos. Sin embargo, comparte un mecanismo similar: la construcción de una narrativa de amenazas que reorganiza las prioridades del Estado.

En el texto de Colby aparecen reunidos narcotráfico, terrorismo, migración, gobiernos de izquierda, crimen organizado y competencia con otras potencias. Venezuela, Nicaragua y Bolivia son incorporados dentro de esa arquitectura discursiva como factores que contribuyen a la inseguridad regional.

No se trata de afirmar que estos fenómenos sean equivalentes. Lo importante es observar cómo son integrados dentro de un mismo lenguaje de seguridad.

Desde la antigeopolítica, la pregunta fundamental no es únicamente cuáles amenazas existen, sino quién las define, desde dónde las define y qué políticas se vuelven posibles una vez que esas amenazas son aceptadas como sentido común.

Cuando la seguridad reorganiza la política

Uno de los ejes centrales del artículo es la afirmación de que no puede haber desarrollo sin seguridad. Bajo esa premisa, Colby propone incrementar el gasto militar, fortalecer las capacidades de defensa de los países latinoamericanos y ampliar la cooperación con las fuerzas armadas estadounidenses.

El problema no radica en reconocer la importancia de la seguridad.

El problema aparece cuando la seguridad deja de ser una política pública y se convierte en el principio organizador de todas las demás.

Cuando eso ocurre, cuestiones como la participación ciudadana, la protección ambiental, la justicia social o los derechos colectivos comienzan a evaluarse principalmente desde su utilidad para la estabilidad y el control territorial.

La historia latinoamericana muestra que los procesos de securitización rara vez son neutros.

Con frecuencia terminan ampliando la capacidad de vigilancia del Estado, fortaleciendo la militarización de determinados territorios y reduciendo los márgenes del debate democrático.

Los bienes comunes como territorios estratégicos

Para quienes defienden los bienes comunes, este giro tiene profundas implicaciones.

Puertos, redes eléctricas, corredores logísticos, minerales críticos, cables submarinos, bosques, humedales, ríos y zonas costeras pueden dejar de entenderse como bienes comunes para convertirse en infraestructura estratégica.

Cuando eso sucede cambia la pregunta política.

Ya no se discute quién cuida un río. Se discute quién controla un activo estratégico.

Ya no se habla únicamente de conservación. Se habla de seguridad nacional. Las comunidades dejan de ser protagonistas de la gestión territorial y pasan a ser consideradas actores cuya participación depende de las prioridades de la seguridad.

La antigeopolítica: mirar el territorio desde abajo

Frente a esta mirada, la antigeopolítica propone invertir el punto de partida.

En lugar de comenzar por los intereses de las grandes potencias, comienza por las experiencias de quienes habitan los territorios.

No pregunta únicamente cómo defender un Estado. Pregunta cómo defender la vida. Cómo proteger los bienes comunes. Cómo fortalecer la democracia territorial. Cómo ampliar la capacidad de decisión de las comunidades.

Mientras la geopolítica observa corredores estratégicos, balances militares y zonas de influencia, la antigeopolítica observa conflictos ambientales, formas de organización comunitaria, memorias territoriales y prácticas cotidianas de cuidado.

Una herramienta para leer la Doctrina Donroe

Más que aceptar o rechazar la doctrina, la antigeopolítica propone leerla críticamente.

DimensiónLo que plantea la Doctrina DonroePreguntas desde la antigeopolítica
TerritorioEl hemisferio es un espacio estratégico para la seguridad de EE. UU.¿Estratégico para quién? ¿Quién define esa importancia?
AmenazasNarcotráfico, migración, gobiernos considerados hostiles y potencias rivales forman parte de un mismo marco de seguridad.¿Cómo se construye el enemigo? ¿Qué conflictos quedan invisibilizados?
SeguridadLa seguridad antecede al desarrollo.¿Qué otras formas de seguridad pueden construirse desde las comunidades?
PoderEstados Unidos asume un liderazgo hemisférico.¿Quién define las reglas del orden regional?
Bienes comunesLos activos estratégicos deben protegerse.¿Qué ocurre cuando un río, un puerto o un bosque dejan de ser bienes comunes y pasan a ser activos de seguridad?
DemocraciaLa estabilidad depende del fortalecimiento de las capacidades de defensa.¿Cómo evitar que la seguridad desplace la deliberación democrática y la participación ciudadana?
Un debate que apenas comienza

La Doctrina Donroe no es únicamente una propuesta de política exterior estadounidense. Es un síntoma del retorno de una geopolítica que vuelve a colocar a América Latina en el centro de las disputas por la seguridad, los recursos estratégicos y la competencia entre potencias.

Su novedad no radica únicamente en recuperar el lenguaje de la Doctrina Monroe. También refleja una transformación más amplia: el paso desde la lógica del enemigo interno propia de la Guerra Fría hacia una constelación de amenazas híbridas, donde migración, narcotráfico, infraestructura crítica, gobiernos considerados hostiles y competencia geopolítica aparecen articulados bajo un mismo marco de seguridad.

Frente a esa mirada, la antigeopolítica no propone ignorar los problemas de seguridad que afectan a nuestras sociedades. Propone otra pregunta: ¿quién define qué significa estar seguros y desde dónde se construye esa definición?

Responder esa pregunta implica desplazar el centro del análisis. Los territorios dejan de ser simples espacios de disputa entre Estados y recuperan su condición de lugares habitados, donde comunidades, pueblos indígenas, organizaciones sociales y gobiernos locales producen conocimientos, cuidan los bienes comunes y construyen formas de seguridad vinculadas con la vida, la justicia ambiental y la democracia.

En un momento en que el hemisferio vuelve a ser concebido como un tablero estratégico, la antigeopolítica recuerda que los territorios no son casillas de un juego de poder. Son espacios vivos, atravesados por memorias, conflictos, derechos y proyectos colectivos. Leer críticamente doctrinas como la Doctrina Donroe es, en ese sentido, un ejercicio para comprender no solo cómo se reorganiza la geopolítica mundial, sino también cómo defender la autonomía de los pueblos y la gestión democrática de los bienes comunes frente a las nuevas formas de securitización.

Herramienta de análisis: Leer la Doctrina Donroe desde la antigeopolítica

La antigeopolítica parte de una premisa sencilla: las doctrinas de seguridad no solo describen el mundo, sino que también lo producen. Al definir amenazas, prioridades y territorios estratégicos, construyen una determinada forma de comprender la realidad y orientan las decisiones políticas.

La siguiente matriz propone algunas claves para leer críticamente la denominada Doctrina Donroe desde una perspectiva antigeopolítica.

Dimensión de análisisLa mirada de la Doctrina DonroeLa lectura desde la antigeopolíticaPreguntas para el debate
TerritorioEl hemisferio occidental es un espacio estratégico cuya estabilidad resulta indispensable para la seguridad de Estados Unidos.El territorio no es únicamente un espacio estratégico; es un espacio vivido, habitado y construido por comunidades con historias, conflictos y proyectos propios.¿Quién decide cuándo un territorio se convierte en «estratégico»? ¿Estratégico para quién?
AmenazasNarcotráfico, migración, terrorismo, gobiernos considerados hostiles y potencias rivales conforman un mismo escenario de inseguridad.Las amenazas no son únicamente hechos objetivos; también son construcciones políticas que priorizan ciertos problemas y silencian otros.¿Cómo se produce la figura del enemigo? ¿Qué conflictos quedan fuera de la narrativa de seguridad?
SeguridadLa seguridad constituye el requisito previo para el desarrollo y la prosperidad.La seguridad también implica garantizar derechos, justicia ambiental, participación democrática y condiciones dignas para la vida.¿Quién define qué significa estar seguros?
PoderEstados Unidos asume un papel conductor en la organización del orden hemisférico.El poder también se construye desde abajo: comunidades, gobiernos locales, pueblos indígenas y organizaciones sociales producen formas propias de gobernanza territorial.¿Quién tiene legitimidad para decidir el futuro del territorio?
ActoresLos protagonistas son los Estados, las fuerzas armadas y las instituciones de seguridad.Las comunidades, organizaciones sociales y pueblos indígenas también producen conocimiento y seguridad territorial.¿Quiénes aparecen como sujetos políticos y quiénes quedan invisibilizados?
DesarrolloEl desarrollo depende del fortalecimiento de la seguridad y las capacidades de defensa.El desarrollo también requiere democracia, redistribución, sostenibilidad ecológica y participación ciudadana.¿Qué modelo de desarrollo se privilegia y quién se beneficia de él?
Bienes comunesLa infraestructura crítica y los activos estratégicos deben protegerse para garantizar la estabilidad regional.Los bienes comunes son territorios de vida cuya gestión debe construirse democráticamente, no únicamente desde criterios de seguridad nacional.¿Qué ocurre cuando un río, un puerto o un bosque pasan de ser bienes comunes a convertirse en activos estratégicos?
EscalaEl análisis parte de los intereses geopolíticos de una gran potencia.El análisis comienza en los territorios, las experiencias locales y las relaciones cotidianas de cuidado.¿Qué cambia cuando el mapa se dibuja desde las comunidades y no desde los centros de poder?
ConocimientoPredominan las categorías de inteligencia, defensa, riesgo y control.Se reconocen saberes comunitarios, memorias territoriales y conocimientos situados sobre el territorio.¿Qué conocimientos son considerados válidos para comprender los conflictos?
DemocraciaLa estabilidad y el orden aparecen como condiciones prioritarias para la cooperación regional.La seguridad solo es sostenible si fortalece la participación, los derechos humanos y la autonomía de las comunidades.¿Puede existir seguridad sin democracia?

Más que ofrecer respuestas definitivas, esta matriz busca mostrar que toda doctrina geopolítica es también una forma de producir realidad. La antigeopolítica invita a desplazar la mirada: del Estado a los territorios; de las amenazas a las relaciones que las construyen; de la competencia entre potencias a las comunidades que sostienen la vida. En ese desplazamiento aparecen preguntas que rara vez figuran en los documentos de seguridad: ¿quién cuida los bienes comunes?, ¿quién define el interés nacional?, ¿qué formas de seguridad emergen desde abajo y no desde los aparatos militares? Estas preguntas son fundamentales para comprender cómo las doctrinas geopolíticas inciden en la democracia, la autonomía territorial y la defensa de los bienes comunes.

Referencia:

Colby, Elbridge (2026). Elbridge Colby on the opportunities of the «Donroe Doctrine». Americas Quarterly. Americas Quarterly

Gonçalves de Lima, Ivaldo (Coord.). (2025). Uma mirada antigeopolítica: Tensão, resistência e emancipação na América Latina. Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

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Registrar para no normalizar: palabras, poder y violencia política

Hay palabras que parecen pequeñas. Una descalificación, una burla, un apodo o una etiqueta lanzada desde una conferencia de prensa pueden durar apenas unos segundos, convertirse en titular, circular por redes sociales y desaparecer rápidamente entre nuevas declaraciones y nuevas controversias. Sin embargo, cuando esas palabras son pronunciadas desde posiciones de autoridad, merecen ser registradas. No solamente por lo que dicen, sino por lo que hacen.

La reciente referencia a la “plantonitis” ofrece una puerta de entrada para observar un fenómeno más amplio. En estos primeros cien días de gobierno se ha acumulado un repertorio de expresiones utilizadas para referirse a quienes protestan, cuestionan, investigan, critican o simplemente incomodan al poder. Ratas, cucarachas, vagabundos, canallas, comunistas, filibusteros, jetones, zánganos, sicarios políticos y muchas otras expresiones forman parte de un vocabulario que merece ser observado más allá de la anécdota.

Por eso reunimos cien términos y expresiones. No como un campeonato de groserías ni para reducir la discusión política a quién insultó más, sino como un ejercicio de registro. Porque las palabras también forman parte de las relaciones de poder.

Cuando la palabra viene desde el poder

No todas las palabras tienen el mismo peso. Una descalificación entre particulares puede formar parte de una disputa interpersonal, pero cuando quien habla ocupa la Presidencia de la República, una curul legislativa o una posición institucional de autoridad, sus palabras ocurren dentro de una relación desigual. Quien ejerce el poder tiene una plataforma pública, capacidad para instalar temas en la agenda y, en muchos casos, capacidad efectiva para tomar decisiones que afectan la vida de las personas.

Por eso, cuando desde esos espacios se llama “ratas”, “vagabundos”, “canallas”, “filibusteros” o “sicarios políticos” a quienes cuestionan, el problema no se agota en el tono. Hay una operación política que merece atención: el adversario deja de aparecer como alguien con quien se puede discrepar y comienza a ser construido como alguien despreciable, ignorante, corrupto, peligroso o enemigo.

Esto no significa que la política deba ser un espacio sin conflicto. Todo lo contrario. Una democracia necesita desacuerdos, controversias y confrontación de ideas. El problema aparece cuando la respuesta a una posición política deja de ser un argumento y pasa a ser una descalificación de quien la sostiene.

De la demanda al estigma

Una de las consecuencias de este lenguaje es el desplazamiento de la discusión. En lugar de preguntar qué está reclamando una comunidad, qué denuncia una organización o qué cuestiona una persona, la conversación comienza a girar alrededor de quiénes son esos que reclaman.

La protesta puede convertirse entonces en “plantonitis”; quienes protestan, en “vagabundos”; quienes cuestionan, en “enemigos”; quienes investigan, en “sicarios”; quienes discrepan, en “comunistas” o “antipatriotas”. La etiqueta funciona como una respuesta rápida: permite desacreditar al interlocutor sin necesidad de entrar en el contenido de su argumento.

Este mecanismo adquiere especial relevancia cuando pensamos en los bienes comunes. Defender un río, el agua, un bosque, un territorio, un parque, una escuela, la salud o cualquier otro espacio fundamental para la vida colectiva implica muchas veces organizarse, participar, cuestionar decisiones y disputar públicamente las formas en que se administra aquello que nos pertenece colectivamente.

La protesta, en ese sentido, no es una anomalía de la democracia. Es también una de sus expresiones.

Registrar para poder volver sobre lo ocurrido

Aquí aparece el sentido de este ejercicio. Registrar no significa asumir que cada expresión constituye por sí misma un acto de violencia política ni que todas tienen la misma gravedad. Significa conservar la evidencia para poder discutirla.

¿Quién lo dijo? ¿Cuándo? ¿En qué contexto? ¿Contra quién? ¿Fue una expresión aislada o forma parte de un repertorio que se repite? ¿Qué efecto produce cuando ese lenguaje proviene de una autoridad?

Estas preguntas son importantes porque la comunicación política contemporánea está marcada por una velocidad que favorece el olvido. Una declaración provoca indignación durante unas horas, se convierte en meme al día siguiente y pronto queda desplazada por la siguiente controversia. La acumulación desaparece. El patrón se vuelve difícil de percibir.

El registro interrumpe ese ciclo. Permite volver sobre las palabras, compararlas y reconstruir una secuencia. También permite enfrentar la desinformación: una frase puede ser recortada, sacada de contexto, reinterpretada o negada con el paso del tiempo. Conservar las declaraciones y sus fuentes permite regresar a lo ocurrido y discutirlo sobre una base documental.

Por eso, documentar estas expresiones no consiste simplemente en guardar insultos. Es construir memoria política.

El peligro de acostumbrarnos

Existe además un riesgo menos visible: la normalización. Una expresión que inicialmente provoca rechazo puede convertirse, después de repetirse muchas veces, en parte del paisaje político. Lo que ayer parecía inaceptable comienza a ser explicado como “el estilo” de determinada figura pública. La violencia verbal deja de discutirse y pasa a considerarse simplemente una característica del personaje.

Ahí el registro cumple otra función. Permite decir que algo ocurrió antes de que se vuelva invisible por repetición.

La normalización no significa que todas las palabras fuertes deban recibir el mismo tratamiento. Tampoco supone exigir una política sin confrontación. Significa prestar atención cuando la descalificación sistemática empieza a sustituir al argumento y cuando el desprecio se convierte en una forma habitual de responder a la crítica.

Registrar permite conservar la posibilidad de mirar hacia atrás y preguntar: ¿cuándo comenzó a parecernos normal?

Cien días como punto de partida

Los primeros cien días de un gobierno suelen utilizarse para hacer balances de proyectos, decisiones, anuncios y resultados. Proponemos agregar otra dimensión: observar cómo habla el poder cuando enfrenta el desacuerdo.

La “plantonitis” es, en este sentido, una puerta de entrada satírica a una discusión mucho más seria. El problema no está únicamente en una palabra, sino en lo que un repertorio de palabras puede revelar sobre la relación entre autoridad, crítica y participación.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes nos interesa mirar estas formas de comunicación porque la defensa de lo común requiere precisamente espacios donde las comunidades puedan cuestionar, organizarse y disputar las decisiones que afectan sus territorios y sus condiciones de vida. Si quienes ejercen ese derecho son sistemáticamente ridiculizados o deslegitimados, también se está afectando la calidad del espacio democrático en el que esas disputas ocurren.

Las palabras no son un detalle separado de la política. Pueden cerrar conversaciones o abrirlas; pueden deshumanizar o reconocer; pueden convertir una demanda social en una molestia o permitir que esa demanda sea escuchada.

Por eso hacemos este registro. Registrar para recordar. Recordar para discutir. Discutir para no normalizar.

Porque frente a la velocidad del discurso político, el olvido también puede convertirse en una forma de impunidad. Y porque quienes defienden un río, el agua, un bosque, un territorio o cualquier otro bien común tienen derecho a algo tan sencillo como fundamental: que su voz sea escuchada antes de ser descalificada.

100 expresiones de la confrontación política

Las siguientes palabras y expresiones han sido utilizadas y enunciadas públicamente desde lugares de poder político y tribunas institucionales. Se presentan como un registro del lenguaje empleado para descalificar, ridiculizar, estigmatizar o confrontar a personas, grupos, medios e instituciones.

No se trata de equiparar todas las expresiones ni de afirmar que tienen la misma gravedad. El interés del registro está precisamente en observar la acumulación y las distintas formas que puede adoptar el lenguaje de la confrontación.

  • Inútiles
  • Mafiosos
  • Chantajistas
  • Banda de corruptos
  • Antipatriotas
  • Desgraciados
  • Malnacidos
  • Burros
  • Mentirosos
  • Desagradables
  • Que rebuznan
  • Vagos
  • Mezquinos
  • Traidores de la patria
  • Ratas
  • Cucarachas
  • Judas
  • Matrafuleros
  • Loca de Gandoca
  • Zánganos
  • Sicarios políticos
  • Ticos con corona
  • Medios canallas
  • Mentirosos
  • Desinformadores
  • Manipuladores
  • Hipócritas
  • Escandalosos
  • Malintencionados
  • Cafoleados
  • Despreciable
  • En lo único que a usted no la he visto metida […] es en el gimnasio
  • Ticos con corona
  • Tontita
  • Tres medios
  • asesinos a sueldo
  • Sicario que se vende al mejor postor
  • Prensa canalla
  • Defensor de las castas
  • Prensa malvada
  • Prensa ruin
  • Vende humo
  • Resentidos sociales
  • Damas de compañía
  • Diputadilla comunista y resentida social
  • Vagabunda
  • Tonta que no entiende
  • Gran mentirosa
  • Vagabunda, tonta que no entiende, o mentirosa
  • Traición a los ideales del pueblo de Costa Rica
  • Comunista
  • Desagradable
  • Vendidos
  • Corruptos
  • Equino
  • Atacan sin piedad
  • Campaña psicológica
  • Grupo chiquitito de diputados
  • El ridículo que están haciendo
  • Meterse en la misma cama
  • El escándalo que hagan
  • El ridículo que están haciendo
  • Escandalillos baratos
  • Morbo
  • Mentir sin pudor
  • Patente de corso
  • Hacer lo que le dé la gana
  • A donde le dé la gana
  • Como le dé la gana
  • Escudarse en la libertad de prensa
  • Comunistas
  • Vagabundos
  • Canallas
  • Vergüenza nacional
  • Lastre
  • Partida de comunistas
  • Que se enderecen
  • Trolles
  • Obstruccionistas
  • Privilegiados
  • Caníbales
  • Póngase crema de rosas”
  • “Que le llevara serenata”
  • Acusetas
  • La desaparición del comunismo
  • Maricón
  • Chuchinga
  • Pernicioso
  • Vulgar
  • Perverso
  • Animal
  • Hocico
  • Chancletudo barato de quinta categoría
  • Chusma
  • Pachuco
  • Cobarde
  • Miserable
  • Que llega drogado a la Asamblea
  • El más inepto e inútil de los funcionarios
  • Un plantón que no merece más que el desprecio
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Que la cultura no se quede quieta: La Barraca, García Lorca y el desafío de mantener vivo un legado

El 18 de agosto de 1936, Federico García Lorca fue asesinado en Granada, en los primeros meses de la Guerra Civil española. Tenía 38 años y se encontraba en su tierra natal cuando la violencia política terminó con su vida. La fecha quedó asociada a una de las pérdidas más dolorosas de la cultura española del siglo XX, pero también a una paradoja que resulta difícil de ignorar: quienes silenciaron al poeta no pudieron silenciar aquello que había puesto en movimiento. Su poesía, su teatro y, especialmente para esta reflexión, su apuesta por llevar la cultura al encuentro de las comunidades continuaron viajando mucho después de su muerte.

Ochenta años después, la pregunta no es solamente cómo recordar a Lorca, sino qué hacemos hoy con aquello que él ayudó a poner en movimiento.

¿Qué necesitamos compartir para poder vivir juntos y juntas?

Casi un siglo después, esta pregunta podría parecer muy distante de una experiencia ocurrida en los caminos de la España de los años treinta. Sin embargo, basta mirar un poco más de cerca para descubrir que sigue interpelándonos.

En 1931, un grupo de estudiantes universitarios decidió que el teatro no podía seguir siendo un privilegio reservado para quienes vivían en las ciudades o podían pagar una entrada. Así nació La Barraca, un proyecto de teatro universitario ambulante impulsado por estudiantes de la Unión Federal de Estudiantes Hispanos y dirigido por Federico García Lorca y Eduardo Ugarte.

Su apuesta era sencilla de decir, pero profundamente radical para su tiempo: sacar la cultura de sus espacios habituales y llevarla al encuentro de las comunidades.

Durante cuatro años, estudiantes voluntarios recorrieron pueblos y aldeas llevando obras de Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina y otros autores del teatro clásico español. No cobraban por hacerlo. No había primeras ni segundas figuras. Todos participaban de las distintas tareas: actuar, montar los escenarios, transportar los decorados, organizar las funciones.

Como decía Lorca: “Aquí no hay divos”.

La frase resume algo mucho más profundo que una forma de organizar una compañía teatral. Expresa una manera distinta de entender la cultura: como una construcción colectiva en la que nadie está por encima de los demás y en la que cada persona aporta desde sus posibilidades.

Cuando la cultura sale al camino

La Barraca no fue solamente una compañía de teatro. Fue un experimento de democratización cultural.

En una España atravesada por profundas desigualdades sociales y territoriales, el acceso al teatro, las bibliotecas, las universidades, los museos y otros espacios culturales estaba concentrado principalmente en las ciudades. Para buena parte de la población rural, la cultura institucional permanecía distante.

La respuesta de La Barraca no fue esperar a que las comunidades llegaran hasta esos espacios. Fueron ellos quienes emprendieron el camino.

Las plazas, los atrios, los descampados y otros espacios públicos se transformaron en escenarios. La cultura abandonaba el “templo” y se encontraba con la gente allí donde estaba. Y quizás ahí encontramos una de las imágenes más poderosas de aquella experiencia.

En Almazán, durante una representación al aire libre, comenzó a llover. Los actores continuaron sobre el escenario y el público permaneció en la plaza. La función siguió adelante bajo la lluvia. Actores y espectadores compartían la misma intemperie. La escena puede parecer pequeña frente a la historia de La Barraca, pero contiene buena parte de su significado: la cultura como encuentro, como experiencia compartida, como espacio común.

De espectadores a sujetos colectivos

Esta forma de entender la cultura también modificaba la relación entre quienes producían una obra y quienes la recibían.

La Barraca llevó a los pueblos obras que hablaban de conflictos, injusticias, resistencias, comunidades y relaciones de poder. Uno de sus montajes más emblemáticos fue Fuenteovejuna, cuya historia ponía en escena la respuesta colectiva de un pueblo frente al abuso del poder. Así, el teatro podía convertirse en algo más que entretenimiento.

Podía ser una forma de reconocerse, de hacerse preguntas, de conversar sobre el poder, la justicia y la dignidad.

Por eso el documento de trabajo que presentamos no propone leer La Barraca solamente como una experiencia del pasado. Propone preguntarnos qué podemos aprender de ella para pensar nuestro presente.

Porque si la cultura es un bien común, entonces importa preguntarnos quién puede acceder a ella, quién la produce, quién decide sobre ella y qué ocurre cuando deja de ser un espacio compartido para convertirse exclusivamente en mercancía.

La cultura también es un bien común

Cuando hablamos de bienes comunes solemos pensar en el agua, los bosques, las semillas o el territorio. Pero existen otros bienes que no siempre reconocemos de la misma manera: la memoria, el conocimiento, la educación, los espacios públicos, los saberes comunitarios, la capacidad de organización y, también, la cultura.

Son bienes que no podemos simplemente poseer de manera individual. Existen porque se comparten, se practican, se transmiten y se cuidan colectivamente.

El documento “La Barraca: cultura, comunidad y bienes comunes sociales. Federico García Lorca y el derecho colectivo a la cultura”, Documento de Trabajo N.º 20 del Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra, parte precisamente de esa idea.

No pretende ser una biografía de Lorca ni un estudio literario sobre La Barraca. Es, ante todo, una herramienta pedagógica para pensar la cultura como un bien común, tomando aquella experiencia como punto de partida.

Desde esta perspectiva, el legado de La Barraca puede pensarse a partir de tres dimensiones: accesibilidad, participación y sostenibilidad.

La cultura no puede ser común si está reservada para unos pocos. Pero tampoco basta con ampliar el acceso: necesitamos participar en su producción, apropiarnos de ella, interpretarla y transformarla. Y, finalmente, necesitamos cuidarla para que pueda transmitirse y continuar existiendo.

¿Qué tiene que ver La Barraca con Costa Rica?

Quizás esta sea la pregunta más importante. Porque no se trata de reproducir una experiencia de hace casi cien años. Se trata de reconocer que algunas preguntas siguen abiertas.

En Costa Rica también existen desigualdades en el acceso a espacios y bienes culturales. Hay conocimientos comunitarios que corren el riesgo de perderse, espacios de encuentro que se debilitan y territorios donde las posibilidades de acceso a determinadas expresiones culturales son mucho menores.

Pero también existen comunidades, colectivos, universidades, bibliotecas, grupos artísticos y organizaciones que producen y sostienen cultura todos los días. La pregunta, entonces, no es solamente qué cultura tenemos.

Es también:

-¿Quién puede acceder a ella?

-¿Quién decide qué cultura importa?

-¿Qué conocimientos estamos dejando desaparecer?

-¿Qué espacios necesitamos proteger para encontrarnos?

-¿Qué papel puede jugar la universidad pública en la construcción y defensa de estos bienes comunes?

Estas preguntas atraviesan el documento y buscan llevar la discusión más allá de la historia de La Barraca, hacia nuestros propios territorios y comunidades.

El carro de Tespis todavía está rodando

Hay una imagen que atraviesa las últimas páginas del documento: el carro de Tespis. Según la tradición recogida en el cuaderno, Tespis habría sido uno de los primeros actores y habría llevado el teatro de un lugar a otro sobre un carro. Siglos después, La Barraca retomó esa imagen y convirtió la rueda en su símbolo.

Pero hay algo más importante que la anécdota. El carro representa una idea: la cultura no se queda quieta. Lorca y sus estudiantes pusieron esa idea en práctica. Cargaron decorados, vestuarios y escenarios en camiones y salieron al camino.

Hoy no necesitamos necesariamente camiones ni tablados para continuar ese movimiento. Podemos hacerlo con una biblioteca comunitaria, un archivo local, una obra de teatro, una canción, una película, un mural, una ronda de cuentos, un taller, una memoria recuperada o una conversación en la plaza.

El desafío sigue siendo el mismo: poner la cultura en movimiento y convertirla nuevamente en encuentro. Mantener vivo un legado no es repetirlo Por eso presentamos este documento de trabajo. No como un homenaje nostálgico a La Barraca ni como una invitación a mirar con admiración una experiencia que ocurrió hace casi un siglo.

Lo presentamos como una herramienta para hacer preguntas desde nuestro propio presente. El documento incluye ejercicios para identificar los bienes culturales de nuestras comunidades, reconocer cuáles están amenazados, pensar qué espacios de encuentro estamos perdiendo y preguntarnos cómo podríamos construir colectivamente una nueva “Barraca” en nuestros territorios.

Porque mantener vivo un legado no significa conservarlo intacto.

-Significa hacerlo conversar con nuestro tiempo.

-Significa tomar una pregunta del pasado y dejar que vuelva a incomodarnos.

-Significa preguntarnos qué estamos dispuestos a compartir para vivir juntos y juntas.

Y quizás, sobre todo, significa recordar que la cultura no tiene por qué esperar encerrada.

-Puede salir a la calle.

-Puede encontrarse con la comunidad.

-Puede ponerse al servicio de la imaginación, la memoria, la organización y la vida colectiva.

-Puede volver a subir al carro.

El carro sigue esperando

Casi un siglo después, la pregunta de La Barraca continúa abierta:

¿La cultura se queda encerrada o sale al camino?

Desde el Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra queremos contribuir a que ese carro siga rodando.

Por eso ponemos a disposición “La Barraca: cultura, comunidad y bienes comunes sociales. Federico García Lorca y el derecho colectivo a la cultura”, nuestro Documento de Trabajo N.º 20, elaborado como una herramienta para leer, conversar, caminar los territorios, reconocer nuestros bienes culturales y pensar colectivamente qué queremos proteger, recuperar y construir.

Porque, al final, la cultura —como los bienes comunes— solo permanece viva cuando la hacemos vivir colectivamente.

El carro de Tespis sigue rodando. La pregunta es: ¿qué vamos a poner dentro?

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Chavela Vargas y los bienes comunes sociales: cuando una voz también sostiene la vida en común

“La música no tiene fronteras, pero sí un final común: el amor y la rebeldía”
— Chavela Vargas

Cada 5 de agosto recordamos a Chavela Vargas. Su legado suele evocarse por una extraordinaria carrera artística, una voz inconfundible y una vida marcada por la rebeldía. Pero detenernos únicamente en esos aspectos deja fuera una pregunta que hoy resulta urgente: ¿qué tiene que ver una cantante con los bienes comunes?

A primera vista, parecería que muy poco. Sin embargo, si entendemos los bienes comunes como aquello que una comunidad crea, comparte, cuida y transmite colectivamente para sostener la vida, la respuesta cambia por completo.

La música, la memoria, los lenguajes, los afectos, las historias y las formas de nombrar el mundo también pueden entenderse como bienes comunes sociales. No porque pertenezcan a todas las personas de manera automática, sino porque cobran sentido cuando son apropiados, recreados y compartidos por una comunidad.

Los bienes comunes no son solo naturales

Cuando hablamos de bienes comunes solemos pensar en ríos, bosques, humedales, semillas o acuíferos. Son fundamentales para la reproducción de la vida y han ocupado un lugar central en las luchas socioambientales. Pero la vida en común también depende de otros bienes que no pueden encerrarse en un cercado ni delimitarse sobre un mapa.

Los bienes comunes sociales y culturales son las memorias colectivas, los saberes populares, las lenguas, las fiestas, las canciones, las formas de organización, las prácticas de solidaridad y los vínculos que permiten a una comunidad reconocerse como tal.

No son recursos que simplemente existen. Son procesos vivos que se construyen, se cuidan y se recrean cada día mediante la participación de quienes los habitan.

Una voz que pasó a ser de los pueblos

Chavela Vargas nunca perteneció únicamente a la industria musical. Con el paso del tiempo, muchas de sus interpretaciones dejaron de ser canciones para convertirse en parte de la memoria afectiva de América Latina.

Su voz acompañó despedidas, migraciones, exilios, luchas sociales, encuentros y pérdidas. Pero también abrió un horizonte de libertad para muchas personas que, desde la diversidad sexual, encontraron en su vida una afirmación de que era posible desafiar los mandatos sociales y vivir con dignidad.

Cada generación encontró nuevas maneras de apropiarse de su obra, otorgándole sentidos distintos según su propio contexto.

Eso revela una característica fundamental de los bienes comunes: permanecen vivos porque las comunidades los resignifican continuamente.

Una canción deja de pertenecer únicamente a quien la interpreta cuando pasa a formar parte de la experiencia compartida de un pueblo.

La cultura también sostiene la vida

Con frecuencia se piensa que la cultura ocupa un lugar secundario frente a las urgencias económicas, ambientales o políticas.

Sin embargo, ninguna comunidad logra sostener una defensa del territorio únicamente mediante argumentos técnicos, científicos o jurídicos.

Las luchas necesitan relatos que expliquen por qué vale la pena defender un lugar.

-Necesitan memorias que conecten generaciones.

-Necesitan símbolos que fortalezcan la identidad colectiva.

-Necesitan espacios donde compartir el dolor, la esperanza y la alegría.

En otras palabras, necesitan cultura. Las canciones que acompañan una marcha, las radios comunitarias, los murales, los relatos de las personas mayores o las celebraciones populares no son elementos decorativos. Constituyen bienes comunes sociales porque fortalecen la confianza, transmiten conocimientos y hacen posible la organización colectiva.

Cuando se pierde la cultura también se pierde territorio

Los procesos de despojo rara vez afectan únicamente la naturaleza. También transforman profundamente las relaciones sociales que hacen posible la vida comunitaria.

Cuando una comunidad es desplazada, no desaparecen solamente las viviendas o los paisajes. También se debilitan las redes de apoyo, los conocimientos locales, las prácticas de ayuda mutua y las memorias compartidas.

Por eso, defender los bienes comunes implica proteger tanto los territorios como las relaciones que les dan significado.

-No basta con conservar un río si desaparecen las comunidades que conocen su historia.

-No basta con proteger un bosque si se pierde la cultura que enseñaba cómo convivir con él.

La defensa de los bienes comunes es, al mismo tiempo, una defensa de las condiciones materiales y simbólicas que permiten sostener la vida en común.

Chavela y la dignidad de existir

La vida de Chavela Vargas desafió muchas de las normas de su tiempo. Cuestionó los mandatos sobre el género, la forma de habitar el espacio público y la libertad para amar. Sin necesidad de convertir cada gesto en una consigna política, mostró que existir con autenticidad también puede convertirse en un acto de resistencia.

Su trayectoria recuerda que los bienes comunes sociales también incluyen la posibilidad de construir comunidades donde la diferencia no sea motivo de exclusión, sino parte de la riqueza colectiva.

La dignidad, el reconocimiento y la libertad de ser quienes somos también necesitan cultivarse comunitariamente.

Cuidar la cultura también es defender los bienes comunes

En una época en que muchas expresiones culturales son absorbidas por las lógicas del mercado o reducidas a mercancías de consumo, conviene recordar que la cultura también puede ser un espacio de encuentro, organización y memoria.

Defender los bienes comunes no consiste únicamente en proteger aquello que puede medirse o delimitarse sobre un mapa.

También significa cuidar las historias que nos unen, las palabras que compartimos, las canciones que nos acompañan y las memorias que fortalecen nuestra capacidad de imaginar otros futuros posibles.

Quizá por eso recordar a Chavela Vargas no sea solamente un ejercicio de nostalgia.

Es reconocer que la cultura no es un lujo. Es un bien común social que fortalece la memoria, alimenta la organización y nos ayuda a imaginar otros futuros posibles.

Los pueblos no solo sobreviven porque tienen agua, tierra o bosques. También sobreviven porque conservan las voces, los afectos, los saberes y las memorias que hacen posible la vida en común.

En tiempos de fragmentación, cuidar esos bienes comunes sociales es también una forma de resistencia.

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¿Qué aprendemos mientras limpiamos un río? Un cuaderno que convierte las jornadas de limpieza en experiencias de organización, memoria y acción colectiva

¿Qué ocurre cuando una jornada de limpieza deja de ser una actividad puntual y se convierte en un espacio para encontrarse, conversar, organizarse y aprender colectivamente?

Esa es la pregunta que atraviesa Pedagogía de la constancia: metodologías participativas para el cuidado de los ríos. La publicación recoge una experiencia construida por Observatorio Ciudadano del Agua (OCA) del Río Agualote, carrera de Gestión Integral del Recurso Hídrico-UCR, FUNDEMA-PP, el Acueducto Municipal de Grecia, el OCA Río Trojas, el OCA Colorado y la Municipalidad de Sarchí, junto a otras organizaciones comunitarias, instituciones públicas y personas voluntarias que, durante varios años, participaron en jornadas de limpieza en los ríos Prendas, Tacares, Trojas y Agualote, en la región de Occidente de Costa Rica. Con el tiempo, estas jornadas dejaron de entenderse únicamente como acciones para retirar residuos y se transformaron en espacios para fortalecer vínculos, compartir saberes, recuperar la memoria de los territorios y construir nuevas formas de participación.

Cuando limpiar un río también significa construir comunidad

Lejos de presentar un manual o una receta, el cuaderno propone una reflexión sobre lo aprendido en el camino. Su principal aporte es reconocer que el cuidado de los bienes comunes no depende únicamente de grandes acciones, sino también de la capacidad de regresar una y otra vez al territorio, sostener los procesos en el tiempo y construir relaciones de confianza.

A esta apuesta la llamamos pedagogía de la constancia: una forma de entender que la transformación social se construye desde la persistencia, la organización y el compromiso colectivo.

¿Qué encontrarán en este cuaderno?

El documento combina reflexión conceptual, sistematización de experiencias y herramientas metodológicas. Entre sus principales aportes destacan:

  • -Una mirada a los ríos como territorios vivos y bienes comunes.
  • -La comprensión de las jornadas de limpieza como procesos pedagógicos y organizativos, más allá de la recolección de residuos.
  • -Una propuesta conceptual sobre la pedagogía de la constancia, surgida de la experiencia acumulada en los territorios.
  • -Diez metodologías participativas para fortalecer el trabajo comunitario antes, durante y después de las jornadas.
  • -Herramientas para leer críticamente los procesos, identificar aprendizajes y reconocer las tensiones que forman parte de toda experiencia colectiva.
  • -Preguntas e indicadores para acompañar procesos similares en comunidades, organizaciones, centros educativos e instituciones.
Una invitación a mirar más allá de la «basura»

Con frecuencia el éxito de una jornada de limpieza se mide por la cantidad de residuos recolectados. Este cuaderno propone ampliar esa mirada e incorporar otras preguntas: ¿qué relaciones se fortalecieron?, ¿qué aprendimos sobre nuestro territorio?, ¿qué capacidades organizativas se construyeron?, ¿quiénes se involucraron y quiénes aún faltan?

Estas preguntas permiten reconocer que el verdadero impacto de una jornada no termina cuando el río queda limpio, sino cuando la comunidad desarrolla mayores capacidades para cuidar, defender y habitar su territorio.

Una herramienta para organizaciones y comunidades

Esta publicación está dirigida a organizaciones comunitarias, colectivos ambientales, centros educativos, gobiernos locales, instituciones públicas, universidades y personas interesadas en fortalecer procesos participativos para el cuidado de los bienes comunes.

Más que documentar una experiencia, el cuaderno busca compartir aprendizajes que puedan inspirar nuevas iniciativas y seguir tejiendo redes de colaboración en defensa de los ríos.

Porque un río limpio es importante, pero una comunidad organizada para cuidarlo lo es aún más.

Sobre la colección

Este cuaderno forma parte de la colección Huellas Cimarronas: Cuadernos Metodológicos, una serie que nace del reconocimiento de que, en América Latina y el Caribe, las luchas por los bienes comunes también han construido formas propias de aprender, organizarse y transformar la realidad. La colección recupera esas memorias, experiencias y saberes que recorren nuestros caminos de resistencia, esperanza y creación colectiva, poniéndolos en diálogo con los desafíos de nuestro tiempo.

El nombre Huellas Cimarronas reivindica la memoria de los pueblos cimarrones: hombres y mujeres esclavizados que huyeron para construir espacios de libertad en palenques y quilombos. Allí no solo preservaron sus culturas y formas de vida, sino que también desarrollaron estrategias de organización, solidaridad y resistencia para seguir luchando por la libertad de quienes aún faltaban. Inspirada en ese legado, esta colección reúne herramientas metodológicas y reflexiones que entienden la educación popular como una práctica de libertad y la construcción colectiva del conocimiento como parte de la defensa de los bienes comunes.

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El Congreso Anfictiónico sigue haciéndonos preguntas: Un debate de hace dos siglos que continúa vigente

Hace doscientos años, en Panamá, representantes de las nuevas repúblicas latinoamericanas se reunieron para intentar responder una pregunta que aún nos interpela: ¿cómo defender la soberanía y construir una integración capaz de enfrentar las amenazas que se cernían sobre Nuestra América? Aquella reunión, conocida como el Congreso Anfictiónico de Panamá, fue mucho más que un encuentro diplomático. Representó uno de los primeros esfuerzos por imaginar una región capaz de actuar de manera conjunta frente a las presiones externas y las disputas internas.

Dos siglos después, las preguntas permanecen abiertas. La dependencia económica, el extractivismo, la militarización de los territorios, la crisis climática, la regresión de derechos y las nuevas formas de dominación nos obligan a volver sobre aquella experiencia, no para idealizar el pasado, sino para encontrar herramientas que nos permitan comprender los desafíos del presente. Como plantea el cuaderno, la historia no es un museo de acontecimientos concluidos, sino un territorio en disputa desde el cual pensar los horizontes políticos de nuestro tiempo.

¿Qué propone este cuaderno?

Con este propósito, desde el Observatorio de Bienes Comunes presentamos el cuaderno El Congreso Anfictiónico de Panamá: soberanía, integración y disputas antigeopolíticas en Nuestra América, un material de formación política que propone leer este episodio histórico desde una perspectiva antigeopolítica. La publicación invita a mirar el Congreso no únicamente como un proyecto entre Estados, sino como una reflexión sobre la construcción de soberanía desde los pueblos, la defensa de los bienes comunes y la necesidad de fortalecer procesos de integración que coloquen la vida en el centro.

Ideas clave que encontrarás en la publicación

El cuaderno desarrolla una lectura crítica del Congreso Anfictiónico y propone reflexionar sobre temas como:

  • -La vigencia del Congreso Anfictiónico para comprender los desafíos actuales de América Latina.
  • -La disputa histórica entre el panamericanismo y el latinoamericanismo como proyectos políticos enfrentados.
  • -La soberanía entendida más allá del Estado, vinculada a la autonomía de los pueblos.
  • -La integración regional como una práctica construida desde los territorios y no únicamente desde los gobiernos.
  • -Una lectura antigeopolítica que coloca en el centro la vida, los bienes comunes y la cooperación entre los pueblos.
  • -Los desafíos contemporáneos de la región: extractivismo, crisis climática, militarización, dependencia tecnológica, migraciones y defensa de los bienes comunes.
  • -Propuestas metodológicas y actividades de educación popular para trabajar estos temas en talleres, organizaciones y espacios comunitarios.
Una herramienta para la formación política

Lejos de ser un texto exclusivamente histórico, el cuaderno establece puentes entre el siglo XIX y los desafíos contemporáneos. A lo largo de sus capítulos analiza las tensiones entre panamericanismo y latinoamericanismo, las razones del fracaso del Congreso, las disputas geopolíticas que atraviesan la región y las posibilidades de construir una integración desde abajo, impulsada por las comunidades, organizaciones y movimientos sociales. Además, incorpora actividades de educación popular que buscan convertir la lectura en un proceso colectivo de reflexión y acción.

Parte de la colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes

Este cuaderno forma parte de la colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes, específicamente de la serie Los Herejes de lo Común: Cuadernos de Antigeopolítica y Antiimperialismos. La colección nace como una herramienta pedagógica y política para fortalecer lecturas críticas sobre los bienes comunes, las resistencias territoriales, la soberanía y los antiimperialismos desde América Latina y el Caribe. Más que ofrecer respuestas definitivas, busca abrir preguntas, recuperar memorias de lucha y contribuir a la construcción colectiva de otros horizontes posibles.

Una invitación a seguir pensando la integración

En un contexto en el que los proyectos de integración regional enfrentan múltiples desafíos y donde la fragmentación continúa favoreciendo intereses económicos y geopolíticos ajenos a los pueblos, recuperar el debate sobre el Congreso Anfictiónico significa preguntarnos nuevamente por las formas de construir solidaridad, cooperación y autonomía en Nuestra América.

Te invitamos a descargar, leer y compartir este nuevo cuaderno, con la convicción de que la historia cobra sentido cuando nos ayuda a comprender el presente y a imaginar colectivamente los caminos para defender la vida y los bienes comunes.

¿Por qué un Observatorio de Bienes Comunes habla del Congreso Anfictiónico?

A primera vista, el Congreso Anfictiónico de Panamá podría parecer un episodio lejano de la historia diplomática latinoamericana. Sin embargo, para quienes trabajamos desde la perspectiva de los bienes comunes, representa una oportunidad para reflexionar sobre preguntas que siguen abiertas: ¿cómo construimos soberanía?, ¿cómo defendemos aquello que compartimos?, ¿cómo articulamos respuestas colectivas frente a problemas que trascienden las fronteras nacionales?

Los bienes comunes no son únicamente el agua, los bosques, las semillas o los territorios. También son aquellas condiciones que hacen posible la vida en común: la paz, la cooperación entre los pueblos, la solidaridad, la capacidad de decidir colectivamente sobre nuestro futuro y de construir horizontes compartidos. En ese sentido, la integración latinoamericana puede entenderse como un bien común político que requiere ser cuidado, fortalecido y permanentemente reconstruido.

Hoy, las amenazas que enfrentan nuestros pueblos —el extractivismo, la crisis climática, la militarización, la mercantilización de la vida, la dependencia tecnológica y la regresión de derechos— difícilmente pueden comprenderse o enfrentarse desde una mirada exclusivamente nacional. Son procesos que atraviesan el continente y que exigen nuevas formas de articulación, aprendizaje y acción colectiva.

Por eso, recuperar el Congreso Anfictiónico no responde a un interés por conmemorar el pasado, sino por alimentar las discusiones del presente. Volver sobre aquella experiencia nos permite preguntarnos qué significa construir soberanía en el siglo XXI, qué formas de integración necesitamos y cuál puede ser el papel de las comunidades, organizaciones y movimientos sociales en la defensa de la vida y los bienes comunes.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes entendemos que la memoria también es un territorio en disputa. Revisitar estos procesos históricos es una forma de fortalecer la imaginación política, recuperar experiencias de organización e identificar aquellas preguntas que continúan orientando las luchas por una Nuestra América más justa, solidaria y comprometida con el cuidado de la vida.

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CartmanCast – Cartman lee historia: cómo encontrar un golpe de Estado donde no lo hay

¿Qué tan fácil es hablar de un golpe de Estado?

Cartman: «¡Bienvenidos bienvenidas a una nueva edición de CartmanCast Política Premium! Hoy vamos a hablar de algo gravísimo. Casa Presidencial dice que hubo un golpe de Estado. ¿Entraron los tanques? No. ¿Tomaron los cuarteles? Tampoco. ¿Suspendieron la Constitución? Pues no. La Sala Constitucional prorrogó temporalmente el nombramiento de magistrados suplentes y la respuesta fue: ¡Golpe de Estado!»

(Pausa dramática)

Cartman: «Como aquí todavía creemos en leer antes de opinar, fui a buscar un libro que sí sabe de golpes de Estado. Veamos qué tiene que decir Marcos Roitman antes de empezar a repartir certificados de golpista.»

La escena parece salida de una sátira, pero plantea una pregunta seria: ¿qué ocurre cuando conceptos cargados de una profunda memoria histórica se utilizan para describir cualquier conflicto institucional?

Durante la presentación de su posición frente a la resolución de la Sala Constitucional, la Presidencia de la República calificó la decisión como un «golpe de Estado» y describió a los magistrados que votaron a favor como «magistrados golpistas». Más allá del debate jurídico sobre el alcance de la resolución, vale la pena detenerse en el peso político e histórico de esas palabras.

Un concepto construido con sangre y autoritarismo

En Tiempos de oscuridad. Historia de los golpes de Estado en América Latina, Marcos Roitman Rosenmann reconstruye el golpe de Estado como uno de los principales mecanismos mediante los cuales las élites políticas, económicas y militares interrumpieron procesos democráticos en la región. El libro muestra que los golpes no fueron simples desacuerdos entre instituciones, sino rupturas del orden constitucional acompañadas por persecución política, censura, desapariciones forzadas, tortura y dictaduras que marcaron la historia latinoamericana.

Roitman también sostiene que los golpes han cambiado de forma. Si durante buena parte del siglo XX estuvieron encabezados por las fuerzas armadas, en las últimas décadas pueden asumir modalidades más complejas, donde intervienen poderes legislativos, judiciales, actores económicos, medios de comunicación y redes de poder que buscan alterar el rumbo político de un país. Los denomina, entre otras expresiones, «golpes de guante blanco», precisamente porque ya no siempre requieren tanques en las calles para producir una ruptura del orden democrático.

Sin embargo, ese análisis no significa que cualquier conflicto entre poderes constituya automáticamente un golpe de Estado.

No toda crisis institucional es un golpe

La historia latinoamericana enseña que los golpes de Estado implican algo más profundo que una decisión judicial polémica o una confrontación entre instituciones.

En términos generales, suponen la alteración deliberada del orden constitucional para desplazar o neutralizar un poder legítimamente constituido, sustituyendo las reglas democráticas por una nueva correlación de fuerza.

Precisamente por eso el concepto exige rigor.

La resolución de la Sala Constitucional podrá ser discutida, criticada o incluso impugnada desde distintos argumentos jurídicos. Pero convertir automáticamente esa controversia en un «golpe de Estado» supone trasladar un concepto construido a partir de experiencias históricas traumáticas hacia un escenario institucional que continúa desarrollándose dentro del marco constitucional.

No se trata de minimizar la importancia del conflicto entre el Poder Ejecutivo, la Asamblea Legislativa y la Sala Constitucional. Se trata de reconocer que las democracias también viven tensiones entre poderes, y que no toda controversia constitucional representa una ruptura del régimen democrático.

Cuando las palabras pierden su significado

Existe un riesgo político cuando conceptos tan cargados de historia comienzan a utilizarse como herramientas de confrontación cotidiana.

El primero es el desgaste del lenguaje.

Si toda resolución judicial incómoda, toda derrota parlamentaria o toda diferencia institucional es presentada como un golpe de Estado, el término deja de describir un hecho excepcional y termina convertido en un recurso retórico para deslegitimar al adversario político.

El segundo riesgo es todavía mayor: el debilitamiento de la memoria histórica.

En América Latina y el Caribe, hablar de golpes de Estado significa hablar de miles de personas asesinadas, desaparecidas, encarceladas, exiliadas o perseguidas por defender proyectos políticos democráticos. Significa recordar sociedades enteras sometidas al terror estatal y generaciones marcadas por la violencia política. Esa historia no puede reducirse a una metáfora para describir cualquier conflicto institucional.

No toda crisis institucional es un golpe

La historia latinoamericana y Caribeña nos enseña que los golpes de Estado implican mucho más que una decisión judicial polémica o una confrontación entre instituciones. No basta con que exista una disputa entre poderes, una interpretación constitucional controvertida o un conflicto político intenso para afirmar que estamos frente a un golpe.

Hablar de un golpe de Estado exige un ejercicio de rigurosidad conceptual e histórica. No se trata únicamente de preguntarse quién tomó una decisión, sino qué tipo de transformación del poder político está ocurriendo.

A lo largo del siglo XX, los golpes de Estado significaron la interrupción abrupta del orden constitucional mediante la sustitución del poder legítimamente constituido. En muchos casos estuvieron encabezados por las fuerzas armadas, pero detrás de ellas actuaban élites económicas, sectores empresariales, partidos políticos, grupos de poder, gobiernos extranjeros y medios de comunicación que buscaban reorganizar el Estado de acuerdo con un nuevo proyecto político.

Como explica Marcos Roitman Rosenmann, esas formas de ruptura han evolucionado. En el siglo XXI las democracias pueden enfrentar procesos de erosión institucional más complejos, donde la ruptura ya no siempre llega acompañada de tanques en las calles o juntas militares. Existen experiencias en las que distintos poderes del Estado son utilizados para desplazar gobiernos, impedir el ejercicio de sus competencias o alterar la voluntad popular. Sin embargo, reconocer esa transformación no significa que cualquier conflicto entre instituciones pueda calificarse automáticamente como un golpe de Estado.

Para aproximarnos con mayor seriedad al concepto conviene plantearnos algunas preguntas fundamentales.

¿Existe una intención de sustituir el orden constitucional? Un golpe de Estado supone algo más que cuestionar una decisión pública. Implica la voluntad de alterar las reglas fundamentales mediante las cuales se organiza el poder político, desplazando o neutralizando a las autoridades legítimamente constituidas.

¿Se busca reemplazar a quienes ejercen el poder? Los golpes no persiguen únicamente modificar una política pública o revertir una resolución judicial. Buscan alterar quién gobierna, cómo se distribuye el poder y bajo qué reglas continuará funcionando el Estado.

¿Existe una concentración extraordinaria del poder? Otro elemento relevante es la acumulación de facultades que rompen el sistema de pesos y contrapesos. Cuando un actor político elimina los mecanismos de control, impide el funcionamiento de otros poderes o concentra competencias incompatibles con el régimen democrático, la preocupación adquiere otra dimensión.

¿Se restringen derechos y libertades fundamentales? Históricamente, los golpes de Estado han venido acompañados por la suspensión de garantías constitucionales, persecución de opositores, censura, criminalización de la protesta, detenciones arbitrarias y uso de la violencia estatal. Estas medidas buscan consolidar el nuevo poder e impedir cualquier resistencia.

¿Se rompe la posibilidad de resolver los conflictos por las vías democráticas? Las democracias constitucionales están diseñadas precisamente para gestionar desacuerdos. Los conflictos entre el Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial forman parte de su funcionamiento cotidiano. La existencia de controversias constitucionales, recursos judiciales o interpretaciones distintas sobre las competencias de cada institución no constituye, por sí sola, evidencia de un golpe de Estado. De hecho, la posibilidad de discutir esas diferencias dentro del marco jurídico es una expresión del propio Estado de derecho.

La resolución de la Sala Constitucional podrá ser discutida, criticada o incluso impugnada desde distintos argumentos jurídicos. Es legítimo debatir si la interpretación realizada fue correcta o si excedió determinadas competencias. Pero convertir automáticamente esa controversia en un «golpe de Estado» supone trasladar un concepto construido a partir de algunas de las experiencias más traumáticas de la historia latinoamericana hacia un escenario que continúa desarrollándose mediante mecanismos institucionales previstos por el propio orden constitucional.

Reconocer esta diferencia no significa minimizar la importancia del conflicto político actual. Tampoco implica asumir que todas las actuaciones de los poderes públicos son correctas o están exentas de control democrático. Significa, más bien, comprender que la democracia no consiste en la ausencia de conflictos, sino en la existencia de reglas, procedimientos e instituciones capaces de procesarlos sin destruir el orden constitucional.

Precisamente por eso resulta tan importante cuidar el significado de las palabras. Si cada derrota política, cada resolución judicial incómoda o cada interpretación constitucional controvertida es presentada como un golpe de Estado, terminamos perdiendo la capacidad de reconocer cuándo una democracia enfrenta una verdadera ruptura de sus fundamentos.

El último comentario de Cartman

Cartman: «A ver si entendí el nuevo reglamento de la democracia. Si un juez falla en contra mía… ¡golpe de Estado! Si el Congreso no aprueba mi súper ley para prohibir las verduras… ¡golpe de Estado! Si mi mamá no me deja jugar PlayStation… ¡golpe de Estado doméstico! ¡Mamá, estoy siendo víctima de un régimen autoritario!»

(Pausa)

Cartman: «¿Ven el problema? Si todo es un golpe de Estado, entonces nada es un golpe de Estado.»

(Pasa las hojas del libro.)

Cartman: «Y aquí es donde la historia les arruina la fiesta. Porque mientras nosotros usamos la palabra para ganar una discusión política, en América Latina y el Caribe hubo gente que desapareció, fue torturada, encarcelada, exiliada o asesinada durante golpes de Estado de verdad. Hubo familias que nunca volvieron a ver a sus hijos. Hubo dictaduras que gobernaron durante años con miedo, censura y represión.»

(Silencio.)

Cartman: «Así que no, amiguitos. No digo que no existan conflictos entre poderes. Para eso están los tribunales, las leyes y la Constitución. Tampoco digo que un juez siempre tenga la razón. Lo que digo es que una democracia puede vivir disputas muy fuertes sin que eso signifique que el orden constitucional se rompió.»

Cartman: «Los golpes de Estado no son cualquier pleito institucional. Son otra cosa. Y justamente porque América Latina pagó un precio tan alto por ellos, deberíamos pensarlo dos veces antes de usar esa palabra como si fuera un insulto de moda.»

(Música de cierre.)

Cartman: «Así que hagan un favor a la democracia: antes de gritar ‘¡golpe de Estado!’, lean un poquito de historia. Porque cuando todo es un golpe de Estado, los verdaderos golpes dejan de reconocerse… y ahí sí estamos en problemas.»

Quizá esa sea la principal enseñanza que deja Tiempos de oscuridad: defender la democracia también implica defender el significado de las palabras. La memoria histórica no existe únicamente para recordar el pasado, sino para dotarnos de criterios que nos permitan distinguir entre una controversia institucional, por intensa que sea, y una verdadera ruptura del orden democrático. Banalizar conceptos como «golpe de Estado» no fortalece el debate público; por el contrario, debilita nuestra capacidad para reconocer las amenazas reales cuando estas aparecen.

Referencia:

Roitman, Marcos. (2025). Tiempos de oscuridad: Historia de los golpes de Estado en América Latina. Akal.

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Cuando las instituciones dejan de sentirse interpeladas: Monseñor Romero y una reflexión ética para la universidad

En julio de 2026, durante la sesión solemne del Concejo Municipal de Nicoya con motivo del 202.º aniversario de la Anexión del Partido de Nicoya a Costa Rica, el sacerdote Jeison Víquez Acuña dirigió un mensaje a la presidenta de la República que rápidamente trascendió el acto protocolario y generó un amplio debate nacional. Sus palabras abordaron temas como la justicia tributaria, la educación, la pobreza, la violencia y la responsabilidad del Estado frente a las personas más vulnerables, provocando diversas reacciones tanto de apoyo como de crítica.

Más allá de las posiciones que pueda generar esa intervención, el episodio abrió una discusión de mayor profundidad: ¿qué papel desempeñan las voces éticas cuando interpelan al poder político? ¿Cuál es la responsabilidad de quienes ocupan espacios de liderazgo frente a las desigualdades, las exclusiones y las decisiones que afectan la vida colectiva? Estas preguntas no pertenecen exclusivamente al ámbito religioso; forman parte del debate democrático sobre la responsabilidad pública y el compromiso con el bien común.

En América Latina y el Caribe, una de las figuras que mejor representa esta discusión es Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Si bien su legado suele abordarse desde una perspectiva religiosa o a partir de su martirio, también puede leerse como una experiencia de profunda coherencia ética. Su trayectoria invita a reflexionar sobre cómo una persona o una institución construyen autoridad no desde el poder que ejercen, sino desde su capacidad para escuchar la realidad, dejarse interpelar por el sufrimiento humano y actuar en consecuencia.

Esta reflexión retoma una intervención del papa Francisco sobre Monseñor Romero, no con el propósito de desarrollar una lectura confesional, sino para identificar aquellos rasgos de su práctica que pueden dialogar con desafíos contemporáneos como la universidad pública, la responsabilidad institucional y la defensa de los bienes comunes. En un contexto donde las organizaciones corren el riesgo de concentrarse en sus propios procedimientos, indicadores y dinámicas internas, la experiencia de Romero plantea una pregunta vigente: ¿nuestras prácticas están orientadas a preservar las instituciones o a responder, de manera ética, a las necesidades de la sociedad?

Empezamos

Monseñor Romero suele ser recordado como un mártir o como una figura religiosa de enorme relevancia para América Latina y el Caribe. Sin embargo, más allá de esa dimensión confesional, su trayectoria ofrece una pregunta profundamente ética para cualquier institución que aspire a servir al bien común: ¿desde dónde construimos nuestras decisiones?

En una intervención dirigida a los obispos centroamericanos, el papa Francisco recupera la figura de Romero para recordar que el compromiso auténtico comienza cuando una persona o una institución se deja afectar por la realidad. No basta con conocer el sufrimiento; es necesario permitir que ese sufrimiento modifique nuestras prioridades, nuestras formas de actuar y nuestros criterios de decisión.

Esta reflexión trasciende el ámbito religioso y adquiere especial fuerza cuando pensamos en la universidad pública.

El riesgo de una universidad que se mira a sí misma

Las universidades producen conocimiento, forman profesionales y generan investigación. Sin embargo, existe un riesgo permanente: que la institución termine organizando su vida alrededor de sus propios procedimientos, indicadores y lógicas administrativas.

Cuando esto ocurre, la universidad puede seguir siendo eficiente, publicar más artículos, ejecutar más proyectos o mejorar sus métricas, mientras pierde progresivamente su capacidad para escuchar las preguntas que emergen desde los territorios y las comunidades.

No se trata de negar la importancia de la excelencia académica. Se trata de preguntarnos para quién y desde dónde se produce el conocimiento.

Romero recuerda que la legitimidad de una práctica no depende únicamente de su calidad técnica, sino de su capacidad para responder a las heridas de su tiempo.

De administrar problemas a dejarse afectar

Francisco señala que el verdadero compromiso implica dejar que el sufrimiento transforme incluso el uso del tiempo y de los recursos.

Llevado al ámbito universitario, esto significa preguntarnos si nuestras agendas responden principalmente a las exigencias institucionales o si son capaces de reorientarse cuando la realidad plantea desafíos urgentes.

No basta con investigar sobre la desigualdad, la crisis ambiental o las exclusiones sociales. La pregunta ética es si esos problemas transforman también la manera en que investigamos, enseñamos y nos vinculamos con la sociedad.

La diferencia entre estudiar una realidad y dejarse interpelar por ella marca el paso de una universidad que observa a una universidad que se compromete.

La centralidad de las personas

Uno de los pasajes más sugerentes del discurso afirma que el valor del trabajo no depende de la cantidad de actividades realizadas ni de los recursos disponibles, sino de la centralidad de la compasión.

En un lenguaje laico, podríamos traducir esta idea diciendo que ninguna institución puede medir su éxito únicamente por sus resultados administrativos. La pregunta decisiva sigue siendo si las personas permanecen en el centro de sus decisiones.

Cuando los procedimientos terminan siendo más importantes que las personas, cuando las métricas pesan más que las necesidades sociales, o cuando la gestión desplaza la escucha, la institución comienza a perder el sentido de su existencia.

Escuchar antes que responder

Romero no construyó su autoridad desde la distancia, sino desde la escucha permanente de quienes vivían las consecuencias de la violencia y la exclusión.

Para la universidad, esta actitud supone reconocer que el conocimiento no nace únicamente en las aulas, los laboratorios o los centros de investigación. También se produce en las comunidades, en los movimientos sociales, en las organizaciones populares y en las experiencias cotidianas de quienes enfrentan los problemas que la academia intenta comprender.

Escuchar no significa únicamente consultar. Significa aceptar que esas voces pueden cuestionar nuestras categorías, modificar nuestras preguntas e incluso transformar nuestras prioridades institucionales.

Una ética de la coherencia

Quizá la enseñanza más vigente de Monseñor Romero no sea únicamente la denuncia de las injusticias, sino la coherencia entre lo que afirmaba y la manera en que organizó su vida.

Esa coherencia también interpela a la universidad. Si decimos que somos una institución al servicio de la sociedad, debemos preguntarnos continuamente si nuestras decisiones presupuestarias, nuestras prioridades de investigación, nuestros incentivos académicos y nuestras formas de evaluación fortalecen realmente ese compromiso o si, por el contrario, terminan alimentando una universidad cada vez más preocupada por reproducirse a sí misma.

La pregunta que deja Romero sigue siendo profundamente actual: ¿nuestras instituciones están organizadas para proteger su funcionamiento o para responder a las necesidades de la sociedad?

Responder esa pregunta no es un ejercicio espiritual ni confesional. Es, ante todo, un ejercicio de responsabilidad ética.

Las reflexiones del papa Francisco sobre Monseñor Romero permiten identificar un conjunto de aprendizajes que trascienden el ámbito religioso y se convierten en criterios para evaluar cualquier práctica institucional. En un contexto donde la universidad y otras organizaciones corren el riesgo de orientarse principalmente por sus propios procedimientos, indicadores o lógicas de funcionamiento, la trayectoria de Romero invita a preguntarnos qué significa construir una práctica ética capaz de dejarse interpelar por la realidad. La siguiente matriz recupera algunos de esos rasgos y los pone en diálogo con los desafíos contemporáneos de la universidad pública y la defensa de los bienes comunes.

Rasgo de la práctica de Monseñor Romero¿Qué significa éticamente?Pregunta para la práctica universitaria
Dejarse afectar por la realidadLa ética comienza cuando el sufrimiento de otras personas deja de ser un dato y se convierte en una responsabilidad.¿Qué problemas sociales modifican realmente nuestras prioridades de investigación, docencia y acción social?
Escuchar antes de intervenirComprender exige escuchar a quienes viven las consecuencias de los problemas y reconocerlos como sujetos de conocimiento.¿Escuchamos a las comunidades o únicamente recogemos información de ellas?
La realidad transforma la agendaEl compromiso implica reorganizar el tiempo, los recursos y las decisiones según las necesidades de las personas.¿Nuestra agenda responde a las necesidades sociales o a las exigencias institucionales?
La compasión como criterio institucionalEl valor de una práctica no depende de la cantidad de actividades, sino de su capacidad para cuidar la vida y la dignidad.¿Cómo evaluamos el éxito de nuestros proyectos: por indicadores o por su impacto en las personas?
Coherencia entre discurso y prácticaLa autoridad ética nace de la congruencia entre lo que se afirma y lo que se hace.¿Nuestras políticas institucionales reflejan los valores que defendemos públicamente?
Independencia frente al poderMantener autonomía para señalar injusticias, incluso cuando ello implica costos o tensiones.¿La universidad conserva capacidad crítica frente a los intereses políticos y económicos?
Poner a las personas en el centroLas estructuras deben estar al servicio de las personas y no las personas al servicio de las estructuras.¿Nuestros procedimientos fortalecen o dificultan el vínculo con estudiantes, comunidades y territorios?
Compromiso desde la cercaníaLa legitimidad se construye compartiendo las condiciones de quienes enfrentan los problemas.¿Nuestra investigación se realiza con los territorios o únicamente sobre los territorios?
Aprender desde el puebloLa experiencia social también produce conocimiento y debe dialogar con el saber académico.¿Reconocemos los saberes comunitarios como fuentes legítimas de conocimiento?
Asumir la incomodidadUna práctica ética acepta que el encuentro con la realidad cuestione privilegios, rutinas y certezas.¿Qué estamos dispuestos a cambiar cuando la realidad contradice nuestras formas habituales de trabajar?
La práctica ética como condición para cuidar los bienes comunes

Hablar de bienes comunes implica mucho más que hablar de recursos naturales o de patrimonio colectivo. Los bienes comunes existen porque una comunidad desarrolla prácticas de cuidado, responsabilidad compartida y compromiso con aquello que sostiene la vida. Sin esas prácticas, incluso los bienes más valiosos terminan siendo apropiados, degradados o destruidos.

Desde esta perspectiva, el principal aporte de Monseñor Romero no radica únicamente en la denuncia de las injusticias, sino en la construcción cotidiana de una práctica ética capaz de sostener lo común. Su legado recuerda que el compromiso no se mide por la fuerza del discurso, sino por la disposición a dejar que la realidad transforme nuestras prioridades y nuestras decisiones.

En el discurso que inspira esta reflexión, el papa Francisco insiste en que una práctica auténtica nace cuando las personas y las instituciones se dejan afectar por el sufrimiento de los demás, reorganizan sus agendas y colocan la dignidad humana en el centro de sus decisiones.

Esta idea resulta especialmente pertinente para quienes trabajamos en la defensa de los bienes comunes. Los conflictos por el agua, los bosques, los humedales, los territorios, la salud pública o la educación no son únicamente disputas por recursos. Son también disputas sobre las prácticas éticas que sostienen una sociedad. Allí donde predomina la indiferencia, el individualismo o la subordinación al poder, los bienes comunes se debilitan. Allí donde existen comunidades capaces de escuchar, cuidar, cooperar y actuar con coherencia, los bienes comunes encuentran condiciones para reproducirse y fortalecerse.

En este sentido, la universidad, las organizaciones sociales, las instituciones públicas y los movimientos ciudadanos comparten un desafío común: construir prácticas que no se orienten únicamente por la eficiencia, los indicadores o la administración, sino por la responsabilidad frente a la vida colectiva.

La práctica ética no es un complemento del trabajo por los bienes comunes; es su condición de posibilidad. Sin ella, la participación se convierte en trámite, el conocimiento en acumulación de información y las instituciones en fines en sí mismas. Con ella, en cambio, es posible construir relaciones de confianza, fortalecer la acción colectiva y sostener aquellos bienes materiales e inmateriales que hacen posible una vida digna.

Quizá esa sea una de las enseñanzas más vigentes de Monseñor Romero: los bienes comunes no se defienden únicamente con leyes, políticas públicas o conocimientos técnicos. Se sostienen, ante todo, mediante personas e instituciones capaces de actuar con coherencia, escuchar el clamor de su tiempo y asumir la responsabilidad de cuidar aquello que pertenece a todas y todos.

La importancia de ser «mala palabra»

Uno de los momentos más provocadores de la reflexión del papa Francisco sobre Monseñor Romero aparece cuando recuerda que muchos hombres y mujeres en Centroamérica ofrecieron su vida por mantener viva la voz profética frente a la injusticia y al abuso del poder. En ese contexto afirma, con una expresión cargada de significado: «Él también fue mala palabra», recordando que Romero fue objeto de sospechas, descalificaciones y cuestionamientos incluso dentro de la propia Iglesia. Lejos de reivindicar el conflicto como un fin en sí mismo, esta expresión invita a reflexionar sobre una realidad frecuente en la vida pública: quienes cuestionan las desigualdades, denuncian abusos o ponen en evidencia las contradicciones del poder suelen convertirse en voces incómodas. En muchas ocasiones son etiquetados como exagerados, conflictivos, radicales o inconvenientes, no necesariamente porque sus argumentos carezcan de fundamento, sino porque alteran consensos, interpelan privilegios o desafían formas establecidas de ejercer la autoridad.

Desde esta perspectiva, «ser mala palabra» no significa buscar la confrontación permanente ni construir una identidad basada en la oposición. Significa asumir que una práctica ética difícilmente será siempre cómoda o bien recibida. Cuando una persona, una organización o una institución colocan la dignidad humana, la justicia o el cuidado de lo común por encima de los intereses particulares, es probable que generen resistencias.

Esta reflexión resulta especialmente pertinente para la universidad pública, los movimientos sociales y las organizaciones comprometidas con los bienes comunes. Con frecuencia, los conflictos socioambientales, las desigualdades territoriales o las amenazas contra los derechos colectivos exigen investigaciones, posicionamientos o acciones que incomodan a actores políticos, económicos o incluso académicos. En esos momentos aparece una pregunta decisiva: ¿la búsqueda de reconocimiento institucional debe prevalecer sobre la responsabilidad de decir aquello que la realidad exige?

La trayectoria de Monseñor Romero recuerda que la legitimidad ética no depende de la ausencia de críticas, sino de la coherencia entre la palabra y la práctica. En ocasiones, cuidar los bienes comunes, defender los derechos humanos o acompañar a las comunidades implica aceptar que la crítica, la incomprensión o el aislamiento forman parte del costo de sostener una posición fundada en la justicia.

En un tiempo donde las instituciones enfrentan fuertes presiones para evitar el conflicto, preservar consensos o proteger su imagen pública, el legado de Romero plantea una cuestión que mantiene plena vigencia: ¿estamos dispuestos a asumir la incomodidad que implica defender aquello que consideramos justo o preferimos adaptar nuestras convicciones para evitar convertirnos en «mala palabra»?

Quizá una práctica ética comienza precisamente allí: cuando la búsqueda de aceptación deja de ser el criterio principal y la responsabilidad frente a la sociedad ocupa su lugar.

Referencia:

Papa Francisco. (2019). Discurso del Papa Francisco a los obispos centroamericanos reunidos en Panamá. ACI Prensa

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¿Cuántos productos merece comer una persona pobre? Bienes comunes, dignidad humana y el debate sobre la Canasta Básica Tributaria

Las decisiones económicas nunca son únicamente económicas. También expresan una determinada manera de comprender qué vidas merecen ser protegidas.

La propuesta de revisar la Canasta Básica Tributaria (CBT) abrió en Costa Rica una discusión que trasciende el ámbito fiscal. La exdiputada Pilar Cisneros planteó que la lista de productos exonerados del Impuesto al Valor Agregado (IVA) debía revisarse porque, según afirmó, «la gente más humilde de este país no consume 140 productos». En la misma línea, el Ministerio de Hacienda ha señalado que estudia un eventual «IVA personalizado» con el propósito de evitar que hogares de altos ingresos reciban las mismas exoneraciones tributarias que quienes viven en condición de pobreza.

La discusión sobre el diseño de un sistema tributario más progresivo es legítima y necesaria. También es razonable preguntarse si los beneficios fiscales llegan efectivamente a quienes más los necesitan. Sin embargo, el debate cambia de naturaleza cuando deja de preguntarse cómo garantizar el acceso a una vida digna y comienza a definir qué bienes son suficientes para quienes viven en pobreza.

En ese momento ya no estamos únicamente frente a una discusión tributaria. Estamos frente a una discusión ética.

Cuando la pobreza se administra

Toda política pública construye una determinada imagen de la sociedad. También lo hacen las palabras.

Cuando el debate se centra en establecer qué productos «realmente consume» una persona pobre, el riesgo consiste en transformar la pobreza en una categoría administrativa antes que en una realidad social compleja. Las personas dejan de aparecer como sujetos de derechos y pasan a ser clasificadas según un patrón de consumo considerado aceptable.

La pregunta deja de ser cómo ampliar las condiciones materiales para ejercer una vida digna y comienza a desplazarse hacia otra mucho más limitada: ¿cuál es el mínimo que una persona necesita para sobrevivir?

No se trata de una diferencia menor. Mientras la primera pregunta busca reducir las desigualdades, la segunda corre el riesgo de administrarlas.

La economía como compromiso ético

Hace más de cuatro décadas, Óscar Arnulfo Romero advertía que una sociedad pierde su horizonte cuando el dinero, el poder o la eficiencia económica se convierten en valores absolutos. En su Cuarta Carta Pastoral, Misión de la Iglesia en medio del país, describía esa lógica como una idolatría del capital: un orden social que termina subordinando la vida humana a los intereses económicos.

Más allá del contexto salvadoreño en el que escribió, la fuerza de esa reflexión reside en el criterio que propone: las decisiones públicas no pueden evaluarse únicamente por su rentabilidad fiscal o por los indicadores de eficiencia que producen. También deben examinarse por la concepción de ser humano que contienen y por las consecuencias que generan sobre quienes viven en condiciones de mayor vulnerabilidad.

Este no es un argumento confesional. Es un principio ético ampliamente compartido en las tradiciones contemporáneas de los derechos humanos y de la justicia social: la economía constituye un medio para sostener la vida colectiva, no un fin en sí mismo.

Los bienes comunes también sostienen la vida

Con frecuencia pensamos los bienes comunes como ríos, bosques, humedales o semillas. Sin embargo, las sociedades también construyen bienes comunes sociales: instituciones, políticas públicas y acuerdos colectivos que garantizan condiciones indispensables para la reproducción de la vida.

La educación pública, la seguridad social, los sistemas universales de salud o el acceso al agua son ejemplos de esos bienes comunes porque no responden únicamente a intereses individuales. Expresan compromisos colectivos orientados a proteger aquello que ninguna sociedad democrática debería abandonar a la lógica exclusiva del mercado.

Desde esa perspectiva, la Canasta Básica Tributaria puede comprenderse como un bien común social.

No porque sea una lista perfecta o inmodificable, sino porque representa un acuerdo político sobre cuáles bienes esenciales deben recibir una protección especial para evitar que el sistema tributario profundice las desigualdades existentes.

Su sentido no consiste únicamente en disminuir la carga impositiva. También expresa una decisión colectiva acerca de las condiciones materiales que una sociedad considera indispensables para sostener una vida digna.

Por ello, cualquier discusión sobre su reforma debería partir de una pregunta distinta: ¿fortalece este mecanismo nuestra capacidad colectiva para garantizar el acceso a esos bienes esenciales o debilita ese compromiso compartido?

Más allá de las etiquetas

En Costa Rica se ha vuelto habitual que las críticas a la desigualdad o las propuestas orientadas a fortalecer mecanismos de protección social sean descalificadas mediante etiquetas ideológicas. Con frecuencia, el debate se desplaza rápidamente hacia acusaciones de «comunismo», «marxismo» o «estatismo», evitando discutir el contenido de los argumentos.

Esa estrategia empobrece la deliberación democrática.

Defender que las políticas públicas deben evaluarse también desde sus efectos sobre la vida cotidiana de las personas no pertenece a una corriente política específica. Forma parte de una tradición ética mucho más amplia que sostiene que la dignidad humana debe constituir el criterio último de las decisiones colectivas.

Romero conoció bien ese tipo de descalificaciones. Fue acusado reiteradamente de responder a intereses ideológicos cuando denunció estructuras económicas y políticas que sacrificaban personas en nombre del orden o del crecimiento. Su respuesta consistió en insistir en un principio sencillo y profundamente político: ninguna sociedad puede considerarse justa cuando normaliza que algunos grupos humanos carguen sistemáticamente con el costo del bienestar de otros.

La pregunta que permanece

El debate sobre la Canasta Básica Tributaria probablemente continuará en los próximos meses. Habrá estudios técnicos, estimaciones fiscales y diferentes propuestas de reforma. Todo ello resulta necesario.

Pero ninguna discusión sobre impuestos debería hacernos perder de vista la pregunta fundamental.

No se trata únicamente de cuántos productos contiene una lista ni de cuánto recauda el Estado.

Se trata de decidir qué condiciones materiales consideramos indispensables para que todas las personas puedan desarrollar una vida digna y qué responsabilidades estamos dispuestos a asumir colectivamente para protegerlas.

En última instancia, esa es la función de los bienes comunes: recordar que existen dimensiones de la vida que no pueden reducirse a una lógica de costos y beneficios. Son el resultado de acuerdos sociales construidos para sostener la convivencia, disminuir las desigualdades y afirmar que la dignidad humana no constituye un privilegio reservado para quienes pueden pagarla, sino un patrimonio compartido que una sociedad democrática tiene el deber de resguardar.

Referencias:

Loaiza, David (2026). Pilar Cisneros propuso revisión a alimentos en la canasta básica. Diario Extra.

Romero, Óscar Arnulfo (2007). Su pensamiento. IV. Homilías. Tomo VII (junio de 1979-marzo de 1980). San Salvador: UCA Editores.

 

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El pentagonismo de Juan Bosch: una guía para entender la nueva estrategia de seguridad de Estados Unidos

Cada vez que Estados Unidos presenta una nueva estrategia de seguridad para el hemisferio, el debate suele concentrarse en identificar qué cambió: nuevas amenazas, nuevos adversarios, nuevas prioridades o nuevos conceptos que orientarán su política exterior. Sin embargo, esa atención a la coyuntura suele dejar en un segundo plano una pregunta más profunda: ¿qué elementos permanecen a lo largo del tiempo en la forma en que Estados Unidos piensa y actúa sobre América Latina y el Caribe?

En las últimas semanas hemos analizado cómo la seguridad hemisférica vuelve a ocupar un lugar central en la política estadounidense. La migración, el crimen organizado transnacional, la competencia estratégica con China, la protección de cadenas de suministro críticas, los minerales estratégicos y la infraestructura considerada esencial aparecen como ejes prioritarios de una agenda que trasciende lo estrictamente militar para abarcar dimensiones económicas, tecnológicas y ambientales.

Pero quizás el mejor punto de partida para comprender este escenario no sea un documento reciente del Pentágono o del Departamento de Estado. Tal vez convenga volver a un libro escrito hace varias décadas por un intelectual y dirigente político caribeño: Juan Bosch.

No porque ese libro haya «predicho» el presente, sino porque ofrece categorías de análisis que siguen siendo sorprendentemente útiles para comprender cómo se construyen las relaciones de poder entre Estados Unidos y América Latina.

Leer a Bosch no es un ejercicio de nostalgia

Juan Bosch escribió desde una experiencia singular. Intelectual, historiador, presidente democráticamente electo en República Dominicana y posteriormente derrocado, conoció de primera mano las formas en que la política exterior estadounidense incidía sobre los procesos políticos latinoamericanos.

Su reflexión nunca fue únicamente dominicana. Intentó comprender una lógica más amplia: la forma en que América Latina era incorporada dentro de los intereses estratégicos de Estados Unidos.

Esa mirada resulta especialmente valiosa hoy porque evita reducir cada decisión estadounidense a un acontecimiento aislado. En cambio, invita a observar procesos de larga duración, continuidades y transformaciones en la manera en que se justifican determinadas políticas hacia la región.

El contexto internacional ha cambiado profundamente desde que Bosch escribió su obra. La Guerra Fría terminó, aparecieron nuevos actores globales, las tecnologías digitales transformaron las formas de ejercer poder y la crisis climática adquirió una dimensión geopolítica inédita. Sin embargo, algunas preguntas siguen siendo extraordinariamente actuales.

No se trata de encontrar respuestas listas para aplicar, sino de recuperar herramientas para formular mejores preguntas.

Las amenazas cambian; la lógica merece ser examinada

Una de las enseñanzas más sugerentes de Bosch consiste en observar que las justificaciones de la intervención internacional nunca permanecen estáticas.

Durante distintos momentos históricos, América Latina fue presentada como un espacio donde era necesario contener amenazas consideradas prioritarias para Estados Unidos. En diferentes épocas esas amenazas recibieron nombres distintos: la expansión del comunismo, la insurgencia, el narcotráfico, el terrorismo internacional, el crimen organizado o la migración irregular.

Hoy la narrativa incorpora además la competencia con China, la protección de minerales críticos, la resiliencia de las cadenas de suministro, la seguridad energética y el control de tecnologías estratégicas.

Cada uno de estos problemas posee una existencia real y merece atención. Sin embargo, Bosch invita a realizar una pregunta adicional: ¿cómo determinadas situaciones llegan a convertirse en asuntos de seguridad nacional y qué consecuencias políticas produce esa clasificación?

La cuestión no consiste en negar la existencia de amenazas, sino en comprender que la forma en que estas son definidas nunca es políticamente neutral.

Una caja de herramientas para leer la política hemisférica

Más que buscar respuestas cerradas en un clásico latinoamericano, podemos convertir su lectura en una pequeña caja de herramientas para analizar el presente.

1. Preguntarse quién define la amenaza

Toda estrategia de seguridad comienza identificando un problema. Bosch recuerda que vale la pena preguntarse quién realiza esa definición, desde qué intereses y con qué objetivos.

Cuando un asunto pasa a ser considerado una amenaza estratégica, cambian las prioridades institucionales, los recursos disponibles y las formas de intervención política.

2. Diferenciar el discurso de los intereses

Los documentos oficiales suelen presentar objetivos vinculados con la estabilidad, la democracia o la seguridad. Bosch propone mirar también qué intereses económicos, comerciales, energéticos o geopolíticos acompañan esos discursos.

Las narrativas importan, pero también las relaciones materiales que ayudan a explicar determinadas decisiones.

3. Pensar el Caribe y Centroamérica como espacios estratégicos

Con frecuencia se analiza a países como Costa Rica, Panamá o República Dominicana de manera aislada.

Bosch propone una perspectiva distinta: comprender el Caribe y Centroamérica como regiones estratégicas donde convergen rutas marítimas, comercio internacional, movilidad humana, recursos naturales y disputas entre grandes potencias.

En el contexto actual esa observación adquiere nueva relevancia.

4. Analizar las políticas desde una escala regional

Muchas decisiones que parecen nacionales responden en realidad a estrategias regionales.

Los acuerdos de seguridad, la cooperación policial, la vigilancia fronteriza, los programas de asistencia o las inversiones en infraestructura suelen formar parte de arquitecturas que trascienden las fronteras de cada país.

Comprender esas conexiones permite leer de otra manera los procesos locales.

5. Observar a los actores internos

Bosch nunca explicó la política hemisférica únicamente desde Washington.

También llamó la atención sobre el papel de gobiernos, élites económicas, fuerzas políticas, instituciones y grupos empresariales latinoamericanos.

Las estrategias internacionales siempre encuentran aliados, resistencias, negociaciones y disputas dentro de cada sociedad.

Mirar únicamente hacia Estados Unidos deja incompleta la explicación.

Lo que Bosch no pudo anticipar

Volver a leer un clásico no significa convertirlo en una autoridad incuestionable.

El mundo actual incorpora desafíos que Bosch no conoció.

La inteligencia artificial, las plataformas digitales, el control de datos, la vigilancia algorítmica, las infraestructuras tecnológicas, los minerales necesarios para la transición energética y la crisis climática modifican profundamente las formas contemporáneas del poder.

Por ello, leer a Bosch hoy implica tanto recuperar sus preguntas como reconocer los límites históricos de su obra.

Precisamente allí reside su mayor utilidad: no ofrece un manual terminado, sino una forma de pensar críticamente los procesos políticos.

Recuperar el pensamiento latinoamericano y caribeño para comprender el presente

Con frecuencia buscamos interpretar la política internacional recurriendo exclusivamente a centros académicos o instituciones del Norte Global. Sin embargo, América Latina también ha producido una rica tradición de pensamiento político que sigue ofreciendo herramientas valiosas para comprender los desafíos contemporáneos.

Recuperar a Juan Bosch no responde a un ejercicio de nostalgia intelectual. Es una invitación a fortalecer nuestra propia capacidad de análisis, dialogando con autores que reflexionaron desde las experiencias históricas de la región.

Si la nueva estrategia de seguridad estadounidense nos obliga a preguntarnos por el futuro de América Latina y el Caribe, quizá también sea momento de volver a quienes, desde hace décadas, intentaron comprender las relaciones de poder que siguen moldeando nuestro continente.

Porque algunas categorías cambian con el tiempo. Otras, en cambio, siguen ayudándonos a formular las preguntas que todavía necesitamos responder.

Siete preguntas para leer cualquier estrategia de seguridad

Antes de aceptar como evidente cualquier nueva estrategia de seguridad, vale la pena preguntarse:

  1. ¿Qué problema está siendo definido como una amenaza?
  2. ¿Quién construye esa definición y quién queda fuera de ella?
  3. ¿Qué intereses económicos, geopolíticos o tecnológicos acompañan el discurso de seguridad?
  4. ¿Qué lugar ocupa América Latina dentro de esa estrategia?
  5. ¿Qué actores nacionales participan en su implementación o cuestionamiento?
  6. ¿Qué dimensiones del problema quedan invisibilizadas cuando todo se interpreta desde la seguridad?
  7. ¿Qué continuidades existen entre esta estrategia y las formuladas décadas atrás?
Para leer la estrategia de seguridad de Estados Unidos desde Juan Bosch
Categoría de análisis¿Qué propone observar Juan Bosch?¿Cómo aparece en la estrategia actual de EE. UU.?Preguntas para el análisis crítico
Construcción de la amenazaLas amenazas no son únicamente hechos objetivos; también son construcciones políticas que orientan prioridades e intervenciones.Migración irregular, crimen organizado, influencia de China, minerales críticos, infraestructura estratégica y ciberseguridad aparecen como amenazas prioritarias.¿Quién define qué constituye una amenaza? ¿Qué problemas reciben atención y cuáles permanecen invisibles?
Justificación de la intervenciónToda política hacia la región necesita un relato legitimador.Cooperación en seguridad, fortalecimiento institucional, estabilidad democrática, protección de cadenas de suministro y defensa de intereses estratégicos.¿Qué objetivos explícitos se presentan? ¿Qué otros intereses pueden coexistir detrás del discurso oficial?
Intereses geopolíticosLa política exterior responde a objetivos de largo plazo relacionados con el poder y la posición internacional.Competencia con China, protección de rutas marítimas, control tecnológico, acceso a recursos estratégicos y fortalecimiento de alianzas regionales.¿Qué papel ocupa América Latina dentro de la competencia global entre potencias?
Importancia del Caribe y CentroaméricaEl Caribe no es una periferia sino un espacio geoestratégico central.Canal de Panamá, movilidad humana, rutas comerciales, puertos, interconexión energética y corredores logísticos recuperan importancia estratégica.¿Por qué ciertos territorios adquieren mayor relevancia en determinados momentos históricos?
Actores localesLas estrategias internacionales requieren alianzas internas para concretarse.Gobiernos, fuerzas policiales, organismos multilaterales, empresas tecnológicas y sectores empresariales participan en la implementación de políticas de seguridad.¿Quiénes impulsan estas políticas dentro de cada país? ¿Quiénes las cuestionan?
Economía y seguridadLa dimensión económica forma parte de la política internacional, aunque muchas veces permanezca oculta tras el lenguaje de la seguridad.Nearshoring, resiliencia económica, minerales estratégicos, transición energética e infraestructura crítica aparecen vinculados con la seguridad nacional.¿Qué intereses económicos acompañan las decisiones en materia de seguridad?
Escala regionalLos procesos nacionales deben entenderse dentro de dinámicas continentales.Programas regionales de cooperación, interoperabilidad militar, inteligencia compartida y coordinación fronteriza.¿Qué decisiones parecen nacionales pero responden a estrategias regionales?
Continuidades históricasCambian los discursos, pero ciertas lógicas de poder permanecen.La narrativa pasa del comunismo al terrorismo, luego al narcotráfico y hoy incorpora migración, crimen transnacional y competencia geopolítica.¿Qué ha cambiado realmente y qué elementos muestran continuidad histórica?
Soberanía y autonomíaAnalizar cómo las decisiones internacionales condicionan la capacidad de decisión de los Estados latinoamericanos.Cooperación en seguridad, financiamiento, asistencia técnica y alineamientos estratégicos generan nuevas formas de dependencia e interdependencia.¿Qué margen de decisión conservan los países latinoamericanos? ¿Qué alternativas pueden construir?
Lo que Bosch no alcanzó a verTodo clásico tiene límites históricos y debe dialogar con nuevos fenómenos.Inteligencia artificial, vigilancia digital, plataformas tecnológicas, datos, cambio climático y transición energética transforman la geopolítica contemporánea.¿Qué nuevas categorías necesita desarrollar hoy el pensamiento crítico latinoamericano?

Pueden descargar la infografía aquí

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Referencia:

Bosch, Juan (2024). El pentagonismo: Sustituto del imperialismo. Ediciones Fundación Juan Bosch.