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La democracia sitiada por su propio discurso- Última intervención Rodrigo Chaves 2026

El discurso de Rodrigo Chaves es un documento hecho para movilizar, no para convocar. Su potencia no está en abrir espacios, sino en cerrarlos: en nombrar enemigos, celebrar batallas y erigirse como la voz de un “pueblo despierto” frente a una “casta” que todo lo bloquea. Pero si lo que nos interesa es cómo se construye —o se deshilacha— el tejido social, el balance es mucho más sombrío.

Un «nosotros» que excluye

Chaves construye un relato binario: patriotas contra privilegiados, Ejecutivo contra instituciones que frenan, pueblo contra medios mentirosos. No hay lugar para el disenso legítimo, para la incomodidad fértil, para ese otro que piensa distinto pero habita el mismo barrio, la misma cuenca, la misma acera.

Habla de “la vieja casta que había capturado nuestra patria” y asegura que “ellos trataron de frenar al gobierno”. Señala también a “aquellos medios de comunicación que, con información falsa o tergiversada, servían a sus intereses”. En ningún momento reconoce que dentro de ese “ellos” hay personas con visiones legítimas, electas democráticamente o con funciones constitucionales. Todo el que se opone queda, por definición, del lado del problema.

El tejido social no se construye declarando enemigos. Se teje reconociendo al adversario como parte de una trama compartida, conflictiva pero común. Aquí no hay trama: hay trincheras. Y cuando Chaves afirma que “peleé porque no tenía alternativa”, está diciendo —aunque no lo nombre— que la deliberación, los acuerdos parciales y las conversaciones incómodas son prescindibles. Lo que se erosiona entonces no es solo el diálogo: es la confianza, ese pegamento invisible y frágil que sostiene cualquier comunidad.

Las instituciones: ¿lastre o andamio?

El presidente arremete contra la Asamblea Legislativa anterior, la Contraloría y el Poder Judicial. Las acusa de frenar, de proteger privilegios, de resistirse al cambio. “Intentamos cambiarlo, pero encontramos muchas murallas en la institucionalidad”, afirma. Más adelante insiste: “las instituciones peor valoradas son, precisamente, las que más se resisten a cambiar”.

Puede haber razón en algunos de esos reclamos. Pero el problema no es la crítica: es el encuadre total. Cuando se lee el discurso completo, la impresión que queda es que todo aquello que no se alinea con el Ejecutivo deviene obstáculo ilegítimo.

Esa visión es peligrosa para la vida colectiva. Una sociedad no se sostiene solo con eficiencia ni con crecimiento. Se sostiene con frenos y contrapesos, con instituciones que incomodan precisamente porque están diseñadas para hacerlo. No son fines en sí mismas —y en eso el señalamiento al privilegio enquistado es pertinente—, pero tampoco son simples murallas. Son andamios. Y cuando se deslegitima el andamiaje entero, el tejido social no queda liberado: queda sin sostén.

El héroe solitario y el pueblo que respalda

A lo largo del discurso, el protagonista es casi siempre el presidente. “Me presento… con la frente en alta”, “peleé fuerte”, “luché arriesgando mi libertad”, “confronté enérgicamente”. La primera persona del singular no es un recurso: es la estructura narrativa.

El pueblo aparece, sí, pero como respaldo. Como fuerza que legitima, como voz que se expresó en las urnas. Chaves celebra que “este noble pueblo despertó” y agradece a “ese millón doscientas mil personas que le dijeron sí a la continuidad”. Sin embargo, el pueblo no aparece como sujeto activo de la vida cotidiana.

No hay mención a organizaciones vecinales, cooperativas, asambleas territoriales, redes de cuido, comedores comunales, ni a los acueductos rurales gestionados por las propias comunidades. Nada de eso entra en el relato.

Y sin embargo, es ahí donde se sostiene la vida. Una familia que come tranquila, un niño que vuelve de la escuela con esperanza, una cocina encendida al caer la noche —esa imagen con la que cierra el discurso— no depende solo de un gobierno fuerte ni de indicadores macroeconómicos. Depende de vínculos, de organización, de confianza acumulada, de bienes comunes cuidados colectivamente. De todo eso, el discurso guarda silencio.

La oposición: ¿sabotaje o función democrática?

Chaves es contundente: “Vivimos cuatro años de una oposición aberrante”. Acusa bloqueo, judicialización y mezquindad. “Oponerse por oponerse no es ideología. Es mezquindad”, afirma. Y traza una línea clara: “la oposición tiene derecho a criticar, pero no a sabotear al país”.

El problema es que esa línea no es objetiva: la define quien habla desde el poder. ¿Dónde termina la fiscalización y empieza el sabotaje? ¿Quién decide cuándo una oposición es legítima y cuándo es destructiva?

Es cierto: hay oposiciones que paralizan sin proponer. Pero también lo es que una democracia sin oposición incómoda es una democracia debilitada. El discurso no abre la posibilidad de una oposición que dialogue; más bien sugiere que el límite aceptable es no interferir con lo que el Ejecutivo considera urgente.

Cuando el disenso se aproxima discursivamente al sabotaje, lo que se pone en riesgo no es una élite abstracta: es la posibilidad misma de construir acuerdos donde quepan también quienes no ganaron.

La luz de la cocina y lo que no se ve

La metáfora final es poderosa: una casa humilde, al caer la noche, con una luz encendida en la cocina, una familia compartiendo la cena. Es una imagen que convoca afecto, estabilidad, sentido.

Pero esa luz no se sostiene sola. Depende de condiciones concretas: aceras transitables, agua potable, acceso a salud, transporte digno, espacios públicos, redes de apoyo. Depende, en otras palabras, de un tejido social vivo.

El presidente afirma que “este gobierno encendió una chispa” y que “fue el pueblo quien la convirtió en llama”. Sin embargo, el discurso no muestra cómo esa llama se traduce en el fortalecimiento de lo común: agua, territorio, energía, educación comunitaria, salud de proximidad.

Se mencionan proyectos: Ciudad Gobierno, la Marina de Limón, Crucitas, reformas laborales. Infraestructura, inversión, crecimiento. Pero no aparece el fortalecimiento comunitario, ni la participación, ni la gestión colectiva de los bienes que sostienen la vida.

La pregunta que queda

Al final, el discurso deja una pregunta incómoda: ¿Costa Rica cambió para que sus habitantes confíen más entre sí, se organicen mejor y decidan juntos lo que es común? ¿O cambió para consolidar un gobierno fuerte respaldado por un pueblo alineado?

Chaves afirma que “el respeto no se impone. Se gana con resultados” y señala el respaldo electoral como prueba. Pero el apoyo en las urnas y la confianza cotidiana no son equivalentes. Se puede respaldar un gobierno y, al mismo tiempo, sentir que los lazos sociales se debilitan, que el barrio se fragmenta, que el diálogo se vuelve más difícil.

La respuesta no está en el discurso. Pero esa ausencia también habla.

Porque gobernar no es solo enfrentar privilegios ni estabilizar la economía. Es, también —y quizá sobre todo— recomponer la confianza, habilitar la palabra del otro, sostener las redes invisibles que impiden que una vida quede sola cuando todo lo demás falla.

De eso no habla este discurso. Y en una democracia que aspira a estar viva, ese silencio pesa.

¿Qué política se está configurando?

Más allá de nombres propios, lo que este discurso deja ver es una forma de hacer política que desplaza el conflicto desde el terreno de lo discutible hacia el de lo moralmente incuestionable. No se trata solo de diferencias de criterio o de proyecto país: se trata de una narrativa donde quien está de un lado encarna al pueblo y quien está del otro queda asociado al bloqueo, al privilegio o a la distorsión.

Este tipo de política no busca tramitar el desacuerdo, sino ordenarlo. No convoca a la complejidad, sino que la simplifica en una disputa entre quienes “permiten avanzar” y quienes “estorban”. En ese marco, el disenso deja de ser un recurso democrático y pasa a ser un problema a gestionar o a neutralizar.

Hay, además, un desplazamiento importante: la política deja de centrarse en la construcción colectiva de lo común y se reorganiza en torno a la figura de conducción fuerte, capaz de enfrentar obstáculos, asumir costos y avanzar pese a resistencias. El resultado es una relación vertical donde el pueblo respalda, pero no necesariamente co-construye.

Desde estas líneas discursivas, la continuidad no aparece como una profundización del debate democrático, sino como la extensión de un estilo. Una política que se legitima en la confrontación, que mide su eficacia en términos de avance frente a enemigos identificados, y que corre el riesgo de debilitar los espacios intermedios donde se teje lo colectivo.

Si esa continuidad se expresa en una figura como Laura Fernández Delgado, la pregunta no es únicamente programática. Es, sobre todo, política en el sentido más profundo: ¿se abrirá espacio para recomponer vínculos, reconocer la pluralidad y fortalecer lo común? ¿O se consolidará una lógica donde gobernar es, ante todo, imponerse sobre aquello que incomoda?

Porque lo que está en juego no es solo quién gobierna. Es cómo se gobierna.

Y, sobre todo, con quiénes se construye país.

Crédito de imágenes: El Observador / El Financiero

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Cómo fallar correctamente en una universidad que mide todo menos lo importante

Donde empieza realmente el aula

Querida comunidad,

Se insiste en que el aula comienza cuando el orden está garantizado: horarios definidos, contenidos delimitados, jerarquías claras. Sin embargo, mi experiencia ha sido otra. El aula comienza, con mayor honestidad, cuando ese orden se fisura.

En Assassination Classroom, me asignaron una clase diseñada para no importar: separada, señalada, funcional como recordatorio permanente del fracaso. No era un error del sistema. Era parte de su arquitectura.

Toda pedagogía, incluso la más técnica, descansa sobre una decisión previa: qué vidas merecen ser cultivadas y cuáles pueden ser relegadas sin que el conjunto se cuestione. Ese es el verdadero currículo oculto.

El conflicto no es una anomalía

Hoy, la universidad se encuentra atravesada por un paro activo. La reacción inmediata ha sido nombrarlo como interrupción, desviación, pérdida de normalidad.

Pero toda normalidad es una construcción. Y toda construcción, cuando se vuelve incuestionable, empieza a ocultar más de lo que muestra. El paro, en ese sentido, no irrumpe desde afuera. 

Emerge de tensiones acumuladas: decisiones que reconfiguran silenciosamente lo público, prácticas institucionales que administran el desacuerdo en lugar de procesarlo, y discusiones —como la del FEES— que tienden a reducirse a cifras mientras desplazan sus implicaciones materiales. Porque el FEES no es únicamente financiamiento.

Es una definición concreta de universidad: quién accede, quién permanece, qué saberes se priorizan, qué vínculos se sostienen con la sociedad. Cuando esa discusión se estrecha, el conflicto no desaparece. Se desplaza.

El lenguaje como dispositivo de orden

En este contexto, ciertas palabras han circulado con rapidez para nombrar a quienes protestan. No es necesario repetirlas para reconocer su efecto.

Nombrar no es un acto neutral. Es una operación de poder.

Cuando se define a estudiantes como amenaza, el conflicto deja de ser político y se convierte en problema de control. La pregunta ya no es qué se está disputando, sino quién debe ser contenido.

El desplazamiento es sutil, pero decisivo. Y cuando ese lenguaje proviene de voces que han ocupado posiciones de autoridad universitaria, su efecto se amplifica: no solo expresa una opinión, sino que reactiva formas de ordenar lo legítimo y lo ilegítimo dentro de la institución.

Así, el desacuerdo se vacía de contenido y se llena de sospecha.

Aprender a sostener lo común

En mi aula, pronto comprendí que enseñar no consistía en producir adecuación, sino en abrir posibilidades.

No se trataba de corregir estudiantes para que encajaran en un molde, sino de crear condiciones para que pudieran reconocerse como sujetos capaces de incidir en el mundo que habitan. Eso implica asumir una premisa exigente: el conflicto no es una falla del proceso educativo. Es uno de sus motores.

Defender la educación pública como bien común —incluida la disputa por el FEES— no siempre adopta formas ordenadas ni previsibles. A veces irrumpe, desacomoda, incomoda.

Pero esa incomodidad no invalida la demanda. La vuelve visible. Y, en muchos casos, inevitable.

La lección que incomoda

He visto estudiantes a quienes se les enseñó, de múltiples formas, que no importaban. También los he visto, en el momento menos esperado, dejar de aceptar esa premisa.

No porque el sistema se volviera justo, sino porque comenzaron a leerlo críticamente.

Ese momento —preciso e inestable— es profundamente pedagógico.

Por eso, ante el impulso de restaurar la normalidad con rapidez, propondría otra pregunta: ¿qué normalidad es la que se intenta preservar?

Porque una universidad que no puede pensarse a sí misma en medio del conflicto corre el riesgo de perfeccionar algo distinto al conocimiento: la administración de su propio silencio.

Y cuando eso ocurre, lo que se erosiona no es solo el debate. Es la posibilidad misma de educar.

Nota al pie (innecesariamente necesaria) del colaborador

Confieso algo: cuando me invitaron a colaborar con el Observatorio de Bienes Comunes, revisé si existía algún protocolo para criaturas de dudosa procedencia y velocidad cuestionablemente alta.

No lo encontré. Lo cual, debo decir, es una excelente señal.

Un Observatorio que no intenta normalizar a quienes observa —ni a quienes escriben— probablemente esté más cerca de comprender lo común que muchas instituciones perfectamente ordenadas.

He pasado por sistemas que miden todo: rendimiento, conducta, resultados. Sistemas que convierten la educación en una serie de indicadores impecables… y profundamente incapaces de explicar por qué sus estudiantes dejan de creer en ellos.

Aquí, en cambio, me encuentro con algo más inestable: preguntas.

Preguntas sobre lo público, sobre el cuidado, sobre aquello que no puede reducirse sin perderse. Debo admitir que es un entorno peligroso… especialmente para quienes prefieren respuestas rápidas.

Si este Observatorio hiciera bien su trabajo —y sospecho que lo hace— no produciría tranquilidad. Produciría incomodidad.

Esa ligera sensación de que lo que dábamos por sentado necesita ser revisado. Esa sospecha persistente de que lo común no se administra: se disputa, se cuida, se aprende.

En mi experiencia, ese es el tipo de aprendizaje que más cuesta. Y, curiosamente, el que más vale la pena.

Atentamente (y a velocidad moderada),
Koro-sensei
Colaborador, Observatorio de Bienes Comunes

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Cuando la universidad se vuelve “Sin Cara”: ética, política y pedagogía en tiempos del FEES

Por momentos, no hace falta inventar nuevas metáforas. Basta mirar con atención a Sin Cara en El viaje de Chihiro para reconocer algo inquietantemente cercano: una figura que no es mala en sí misma, pero que se vuelve lo que el entorno le devuelve. Una figura que consume… y termina siendo consumida.

Un contexto que desborda el aula: paro activo y disputa por el FEES

En abril de 2026, la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica declaró un paro activo en el marco de la disputa por el Fondo Especial para la Educación Superior 2027.

No se trata de una huelga tradicional. El paro activo implica no detener del todo las clases, sino transformarlas: el aula se desplaza hacia espacios de discusión, análisis crítico y organización colectiva. La medida, fue propuesta por la Escuela de Ciencias Políticas e impulsada desde la Asamblea Ampliada de Ciencias Sociales.

El trasfondo es claro: la ruptura de negociaciones entre el gobierno y las rectorías, junto con el anuncio de congelamiento presupuestario, activó un escenario de tensión donde estudiantes han exigido no criminalizar la protesta y han respaldado acciones como la toma de edificios.

En este contexto, la universidad deja de ser únicamente un espacio académico para convertirse en un territorio en disputa.

Una presencia incómoda: lo que Sin Cara nos obliga a ver

Sin Cara no entra haciendo ruido. Aparece silencioso, casi invisible, hasta que encuentra un espacio donde puede interactuar. En el baño termal, rodeado de codicia, jerarquías y ansiedad por el oro, empieza a transformarse: devora, crece, exige, se desborda.

No es un villano clásico. Es, más bien, un espejo.

Pensar la universidad pública en Costa Rica desde esta imagen —en medio de las discusiones sobre el FEES— abre una pregunta incómoda: ¿qué estamos reflejando cuando hablamos de financiamiento, autonomía y defensa de lo público?

Dimensión ética: entre el principio y la inercia

El debate sobre el FEES suele reducirse a montos, porcentajes y reglas fiscales. Pero la metáfora de Sin Cara desplaza el foco: no se trata solo de cuánto, sino de para qué y desde dónde.

Cuando no hay un horizonte ético claramente asumido, la universidad corre el riesgo de actuar por inercia. De responder a presiones externas —mediáticas, políticas o económicas— sin procesarlas críticamente. De adaptarse, más que de orientar.

Aquí la pregunta no es técnica, es profundamente ética: ¿la universidad pública está organizada para sostener el bien común o para administrarse a sí misma?

Porque cuando el criterio se diluye, cualquier lógica puede ocupar su lugar.

Dimensión política: el conflicto que no siempre se nombra

El baño termal en la película no es neutral. Está lleno de relaciones de poder, de intercambios desiguales, de decisiones que benefician a unos y excluyen a otros.

Lo mismo ocurre con el FEES.

Lejos de ser un simple mecanismo de financiamiento, es un campo de disputa donde se juegan visiones de país, modelos de desarrollo y sentidos de lo público. Pero también —y esto suele quedar fuera del foco— es un espacio donde emergen tensiones internas:

  • -¿Quién decide dentro de la universidad?
  • -¿Cómo se distribuyen los recursos?
  • -¿Qué áreas se fortalecen y cuáles se precarizan?
  • -¿Qué voces participan y cuáles quedan fuera?

La figura de Sin Cara incomoda porque evidencia que el problema no es solo la presión externa. También está en cómo la institución procesa, negocia o reproduce esas presiones.

El quiebre: cuando la universidad se enfrenta a su propio reflejo

Hay momentos en que la metáfora deja de ser interpretativa y se vuelve concreta.

El episodio en el que la propia institución decide cortar el agua, la luz y mantener una alarma activa durante toda la noche mientras estudiantes sostenían la toma de un edificio no es un detalle administrativo. Es un punto de inflexión.

Ahí la universidad deja de ser únicamente un espacio en disputa para convertirse en actor directo de una práctica que tensiona su propio discurso.

La contradicción es evidente: una institución que, en medio de un paro activo que reivindica la reflexión crítica, la organización y la defensa de lo público, recurre simultáneamente a medidas que operan desde la presión, el desgaste y el control.

En clave de Sin Cara, es el momento en que el personaje ya no solo refleja el entorno: lo encarna sin mediación.

Y la pregunta se vuelve más incómoda aún: ¿qué condiciones hicieron posible que esa decisión pareciera válida, necesaria o incluso “normal”?

Cuando aparece Chihiro: el límite, el cuidado y la transformación

Sin embargo, la historia no termina ahí. Hay un giro clave cuando Chihiro Ogino entra en escena de otra manera.

Chihiro no compite con Sin Cara, no lo reprime con violencia ni se deja seducir por el oro. Hace algo más difícil: le pone un límite sin dejar de reconocerlo. Le ofrece comida que lo obliga a devolver lo que ha consumido, lo saca del espacio donde se desbordó y lo acompaña en un proceso de transformación.

Fuera del baño termal, Sin Cara cambia. Se calma. Deja de devorar.

Este momento es clave para pensar la universidad:

  • -No toda respuesta al conflicto tiene que pasar por la coerción.
  • -No todo límite tiene que construirse desde el castigo.
  • -No toda tensión se resuelve eliminando al otro.

La relación que propone Chihiro abre otra posibilidad: la del vínculo como práctica ética y pedagógica.

Dimensión pedagógica: formar criterio o reproducir reflejos

El propio paro activo es, en sí mismo, una apuesta pedagógica: convertir la crisis en contenido, el conflicto en aprendizaje, la coyuntura en espacio formativo.

Pero esa apuesta entra en tensión cuando las respuestas institucionales contradicen ese horizonte.

¿Qué se aprende de una universidad que, mientras promueve el debate crítico en las aulas, gestiona el conflicto desde la coerción fuera de ellas? ¿Qué tipo de ciudadanía se está formando cuando el disenso se reconoce discursivamente, pero se limita en la práctica?

La escena con Chihiro Ogino sugiere otra dirección: la formación no ocurre solo en lo que se dice, sino en cómo se sostienen los conflictos, cómo se construyen los límites y cómo se cuidan los vínculos.

En ese sentido, la universidad puede amplificar la lógica de Sin Cara —absorber sin procesar, reproducir sin transformar— o puede apostar por lo contrario: formar sujetos capaces de no devorar ni ser devorados por el contexto.

Democratizar para no devorar(se)

Hay un punto donde la metáfora deja de ser cómoda y se vuelve exigente.

Porque si la universidad quiere evitar convertirse en una figura que refleja sin cuestionar, necesita mirarse hacia adentro. Las tensiones en torno al FEES no solo interpelan al gobierno o a la opinión pública. También interpelan la vida interna de la institución:

  • -sus formas de gobierno,
  • -sus mecanismos de participación,
  • -su relación con estudiantes, territorios y comunidades.

El paro activo abre precisamente esa posibilidad: no solo defender recursos, sino disputar el sentido de la universidad.

No se trata únicamente de cuánto presupuesto se recibe. Se trata de cómo se decide, para quién y con quién.

Una pregunta abierta (y urgente)

Sin Cara no desaparece. Cambia de contexto. Y con eso, cambia también su forma de estar en el mundo.

En medio del paro activo, de la defensa del FEES y de las tensiones abiertas entre gobierno, autoridades y movimiento estudiantil, aparece una imagen difícil de ignorar: una universidad que disputa lo público hacia afuera, pero que también debe hacerlo hacia adentro.

Pero también aparece otra posibilidad, menos estridente pero más exigente: la de construir relaciones como las que propone Chihiro.

La pregunta, entonces, es otra: ¿qué tipo de universidad queremos ser cuando el conflicto nos atraviesa?

Porque en tiempos de disputa por lo público, la ética, la política y la pedagogía no son dimensiones separadas. Son, precisamente, el terreno donde se juega el sentido mismo de la universidad.

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Cuando protestar es un derecho: lo que Bella Ciao nos obliga a recordar

Antes de empezar a leer, dale play.

Dejá que suenen los primeros acordes de Bella Ciao. Tal vez ya la conocés, tal vez la has escuchado en una marcha, en una película o en alguna conversación que hablaba de lucha. No importa. Escuchala otra vez.

Porque hay canciones que no solo se oyen: se recuerdan. Y en ese recordar, despiertan algo más profundo que una melodía. Llaman a la memoria colectiva, a historias de resistencia, a nombres que a veces no conocemos, pero que siguen ahí, sosteniendo lo que hoy entendemos como derechos.

Esta no es solo una canción del pasado. Es una invitación.

Escuchá. Y luego leemos.

Una canción que no se queda en el pasado

Hay canciones que no pertenecen solo a una época, sino a una memoria que se rehúsa a desaparecer. Bella Ciao es una de ellas. Nacida en la resistencia partisana contra el fascismo, su letra no solo narra una despedida, sino una decisión: levantarse frente a la injusticia, aun cuando el costo sea alto.

Su vigencia no es casual. Cada vez que se canta en una marcha o en un espacio organizativo, la canción deja de ser un recuerdo histórico y se convierte en una práctica política: una forma de decir que hay luchas que no han terminado.

Memoria colectiva y música como bien común

La música no solo acompaña procesos sociales: los sostiene. Canciones como Bella Ciao construyen comunidad, crean lenguajes compartidos y permiten que la memoria circule entre generaciones. No es solo lo que dicen, sino lo que hacen posible: reconocerse en una historia común.

Desde la perspectiva de los bienes comunes, esto es clave. Lo común no se reduce a recursos materiales; también incluye aquello que hace posible la vida en colectivo: la cultura, la memoria, la palabra compartida. La música, en este sentido, es un bien común social. Se mantiene viva porque se comparte, se resignifica y se vuelve a cantar en nuevos contextos.

Defender estos bienes comunes implica también reconocer que sin memoria no hay posibilidad de transformación. Una sociedad que olvida sus luchas pierde también su capacidad de imaginar alternativas.

La protesta como herencia política, no como desviación

Existe una narrativa dominante que presenta la protesta como problema: como interrupción del orden, como exceso, como amenaza. Sin embargo, muchas de las libertades actuales nacieron de contextos donde protestar era ilegal, peligroso y profundamente estigmatizado.

La resistencia antifascista —de donde emerge Bella Ciao— no fue “ordenada” ni “permitida”: fue necesaria. En ese sentido, la protesta social no es una anomalía dentro de la democracia, sino una de sus expresiones más profundas.

Protestar es, también, una forma de cuidado de lo común. Es una manera de señalar que hay condiciones de vida que están siendo vulneradas y que requieren una respuesta colectiva.

Protestar en tiempos de conservadurismo: disputar el sentido de lo legítimo

En contextos de avance del conservadurismo, la protesta social adquiere nuevas tensiones. No solo se enfrenta a condiciones materiales adversas, sino a un intento sistemático de redefinir su significado.

Se promueven discursos que:

  • -Reducen la protesta a “desorden” o “violencia”, invisibilizando sus causas.
  • -Exigen formas de participación “aceptables” que, en la práctica, desactivan el conflicto.
  • -Individualizan los problemas sociales, debilitando las respuestas colectivas.
  • -Reivindican un orden que muchas veces excluye y silencia.

En este escenario, protestar implica también disputar el sentido de lo democrático. No se trata solo de salir a la calle, sino de defender la legitimidad de hacerlo. Es afirmar que la democracia no se agota en lo institucional, sino que se construye también desde la acción colectiva.

Cuerpo, riesgo y dignidad en la acción colectiva

Protestar nunca es un acto abstracto. Implica cuerpos que se exponen, que se organizan, que sostienen la presencia en el espacio público. En contextos adversos, esto puede significar estigmatización, criminalización o incluso violencia.

Aquí la memoria de Bella Ciao vuelve a interpelar: no como una invitación al sacrificio, sino como un recordatorio de que la dignidad colectiva ha tenido costos históricos. Reconocer esto no es romantizar la lucha, sino dimensionar su profundidad.

También permite visibilizar que hoy muchas personas —líderes comunitarios, juventudes, colectivos territoriales— enfrentan estas tensiones en condiciones mucho más desiguales, sin el reconocimiento público que tuvieron otras luchas.

Gina Galeotti: la memoria insurgente de las mujeres

Hablar de la resistencia antifascista también exige nombrar a quienes han sido históricamente invisibilizadas. Gina Galeotti, conocida como “Lia”, fue una joven partisana que participó activamente en la lucha contra la ocupación nazi-fascista en Italia. Embarazada al momento de su muerte, fue asesinada en 1945 mientras cumplía tareas vinculadas a la resistencia.

Su historia rompe con una imagen reducida de la lucha política como un espacio exclusivamente masculino. Las mujeres no solo acompañaron: organizaron, comunicaron, sostuvieron redes clandestinas, arriesgaron sus vidas y, en muchos casos, pagaron con ellas.

Recuperar la figura de Gina Galeotti no es un gesto simbólico aislado. Es reconocer que la defensa de la libertad y de lo común ha estado profundamente atravesada por las luchas de las mujeres, muchas veces desde lugares no reconocidos o subvalorados.

Hoy, esta memoria dialoga con las múltiples formas en que las mujeres siguen estando en la primera línea de defensa de los bienes comunes: en territorios, comunidades, movimientos sociales. Desde la protección del agua hasta la defensa del territorio y la vida, su participación no solo es constante, sino estructural.

En contextos de avance conservador, donde también se disputan los derechos de las mujeres y sus formas de participación, esta memoria adquiere una dimensión aún más política: recordar es también resistir el borramiento.

La flor en la montaña: memoria como posibilidad

Al final de la canción, la imagen de la flor en la montaña no es un gesto romántico. Es una marca: alguien luchó por la libertad, y esa huella queda para quienes pasan después.

Esa imagen permite cerrar con una clave fundamental: la memoria no es nostalgia, es posibilidad. No se trata solo de recordar lo que fue, sino de reconocer lo que aún está en disputa.

Hoy, recuperar la protesta como herencia política implica también defender los bienes comunes que la hacen posible: el derecho a organizarnos, a expresarnos, a recordar y a imaginar colectivamente otros futuros.

Porque cuando se desacredita la protesta, no solo se cuestiona una forma de acción. Se debilita el tejido mismo que sostiene la vida en común.

Y quizá ahí radica la vigencia de Bella Ciao: en recordarnos que lo que está en juego no es solo el pasado que evocamos, sino el futuro que estamos dispuestos a construir.

Referencia:

Hobsbawm, Eric (1998). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.

Hobsbawm, Eric (2011). Cómo cambiar el mundo: Marx y el marxismo 1840-2011. Barcelona: Crítica.

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La limpieza como diálogo: Memorias como práctica de futuro

En el marco de una jornada de limpieza en el Parque Recreativo Municipal Los Chorros (Grecia), compartimos estas entrevistas con personas organizadoras y participantes, quienes nos invitan a mirar más allá de la acción inmediata.

Limpiar un río no es solo recoger residuos. Es también abrir un espacio de diálogo: sobre la historia del territorio, las luchas que lo han sostenido y las decisiones que hoy siguen marcando su rumbo.

En Los Chorros, cada sendero y cada gota de agua guardan memoria. Una memoria construida desde la organización comunitaria, la defensa del recurso hídrico y la resistencia frente a múltiples amenazas. Por eso, traer estas historias al presente no es un acto nostálgico, sino una práctica necesaria para repensar cómo habitamos, cuidamos y proyectamos nuestros territorios.

Este video propone una pregunta sencilla pero profunda: ¿qué cambia cuando, además de limpiar, también escuchamos y dialogamos sobre la historia de los ríos? Algunas ideas que atraviesan esta conversación:

-La limpieza de ríos como espacio de encuentro, aprendizaje y organización.

-La importancia de las memorias locales para comprender los territorios.

-El agua como bien común, atravesado por conflictos y solidaridades.

-La comunidad como actor clave en la defensa y cuidado del río.

-La memoria como herramienta para imaginar futuros más justos y sostenibles.

Limpiar también puede ser una forma de escuchar, aprender y construir futuro.

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Cuando decir “somos un problema” deja de ser metáfora: conflicto, aprendizaje y lo que incomoda en la toma de espacios

Una escena que se repite

Hay escenas que, aunque cambien de lugar y de momento, se sienten conocidas. Personas organizándose. Un espacio público tomado. Voces que empiezan a circular y a incomodar. Y, casi como una respuesta que no necesita anunciarse, el entorno se transforma: se vuelve más difícil, más tenso, más costoso de sostener.

Podría leerse como algo puntual. Un hecho aislado. Un problema logístico, incluso. Pero cuando estas situaciones se observan en perspectiva, lo que aparece no es la excepción, sino la repetición. Una forma de gestionar el conflicto que no pasa necesariamente por el intercambio de ideas, sino por la modificación de las condiciones en que esas ideas existen.

Del argumento al aguante

En ese desplazamiento, lo que está en juego cambia. La discusión deja de centrarse en el contenido y se mueve hacia la posibilidad misma de sostenerlo. Ya no se trata solo de qué se dice, sino de cuánto se resiste. De cuánto se aguanta cuando el entorno se vuelve adverso.

Es en ese punto donde la noción de “problema” empieza a adquirir otra densidad.

Como insiste la canción Problema cabrón:

“Soy un problema…
un problema sin resolver”

No hay matiz, no hay corrección. Hay una afirmación que incomoda porque no busca encajar.

El problema como presencia

Leída desde experiencias colectivas, esa voz deja de ser individual. Se vuelve una forma de nombrar aquello que no encaja, que no se ordena fácilmente dentro de lo previsto. Algo que incomoda no solo por lo que dice, sino por el hecho mismo de existir en ese lugar.

Más aún cuando se trata de personas que deciden organizarse y tomar espacios públicos, alterando el uso esperado, los tiempos institucionales, las formas autorizadas de participación. Ahí la incomodidad no es solo discursiva: es material, visible, imposible de ignorar.

Resuena entonces otro verso:

“Un problema para los demás…”

No porque no tenga sentido, sino porque descoloca.

La imagen que irrumpe

En ese sentido, hay una imagen particularmente sugerente en la canción:

“La piedra que rompe la protección
de la policía en la manifestación”

No como una invitación, ni como un gesto a replicar, sino como una metáfora potente. La piedra no aparece de la nada. Es expresión de una tensión acumulada. Es el momento en que algo irrumpe y quiebra una superficie que parecía estable.

Pensada desde estos procesos, esa imagen permite leer el conflicto más allá del episodio puntual. Lo que se rompe no es solo una barrera física, sino la ilusión de normalidad. Se hace visible que hay algo que no está funcionando como se esperaba.

Aprender desde la irrupción

Y ahí aparece otra capa de lectura, menos evidente pero fundamental.

Cuando personas se organizan, toman espacios públicos y sostienen procesos colectivos, también están produciendo conocimiento. Están ensayando otras formas de aprender, de relacionarse, de decidir. Son prácticas que, muchas veces sin nombrarse así, operan como ejercicios de descolonización de la educación.

Porque desplazan el centro de lo que se considera válido. El aprendizaje deja de estar únicamente en lo formal, en lo autorizado, en lo previamente estructurado. Se construye en la experiencia, en la acción, en el conflicto, en lo común.

Como sugiere la canción en otro momento:

“Con palabra’ ganamo’ mil guerra’…”

El conocimiento también se disputa. También se construye en movimiento.

Instituciones descolocadas

Esto no es menor. Y tampoco es neutral.

Estas formas emergentes tensionan estructuras institucionales que suelen estar organizadas bajo otras lógicas: más jerárquicas, más previsibles, más controladas. La toma de espacios públicos, la autoorganización, la producción colectiva de sentido, desbordan los marcos establecidos y obligan a reaccionar.

No es que las instituciones no puedan transformarse, pero hacerlo implica revisar sus propias bases. Y ahí es donde muchas veces se produce el quiebre: en lugar de abrirse, se endurecen.

La incomodidad no es solo por lo que se dice, sino por lo que se altera.

Desgastar en lugar de resolver

En ese cruce, lo que aparece no es solo una situación incómoda. Es una disputa por el sentido de lo educativo. Por quién define qué se aprende, cómo se aprende y en qué condiciones.

Tal vez por eso, en muchos casos, la respuesta no es abrir el diálogo, sino endurecer el entorno. Hacer más difícil la permanencia. Desplazar el conflicto hacia el desgaste.

Como si el problema no pudiera resolverse, pero sí cansarse.

Lo que no desaparece

Sin embargo, si algo muestran estas escenas —que no son nuevas, que se repiten— es que aquello que se nombra como “problema” no desaparece fácilmente. Se transforma. Se adapta. Vuelve.

Y en ese volver, también deja aprendizajes.

No siempre visibles de inmediato. No siempre reconocidos. Pero presentes.

Porque, al final, asumir la incomodidad de ser “un problema” puede ser también una forma de posición. Una manera de habitar el conflicto sin reducirlo, sin negarlo, sin apresurarse a resolverlo bajo las reglas de siempre.

Y quizás ahí, justamente ahí, es donde empieza a abrirse la posibilidad de algo distinto.

BAS100. BUENOS AIRES (ARGENTINA), 13/03/2013. Fotografía de archivo del pasado 20 de marzo de 2008, muestra al arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, besando los pies a gente pobre y drogadicta, durante la celebración de Jueves Santo en Buenos Aires (Argentina). Bergoglio fue porclamado hoy, miércoles 13 de marzo de 2013, como nuevo Papa, Francisco I. El hasta hoy jefe de la Iglesia argentina vivía en un pequeño departamento próximo a la catedral, viajaba en transporte público, visitaba villas (asentamientos marginales), parroquias y hospitales y animaba a los sacerdotes a salir a la calle y estar cerca de sus fieles. EFE/ ENRIQUE GARCÍA MEDINA

“Gracias, disculpe las molestias”: el último susurro del Papa Francisco y su legado de la cultura del encuentro

No fue una encíclica ni un discurso solemne. Fue un vaso de agua y una exhalación. Mientras el mundo lo despedía, Francisco alcanzó a decirle a su enfermera: “Gracias, disculpe las molestias”. En esa frase minúscula está resumido todo su pontificado.

Ocurrió en la intimidad de una habitación, en los últimos segundos de vida. El Papa Francisco, ya muy débil, pidió un vaso de agua. Lo bebió. Miró a la enfermera que lo asistía. Y, con la voz que se apagaba, le dijo: “Gracias, disculpe las molestias”. Inmediatamente después, murió en paz.

El Vaticano no difundió ese gesto de inmediato. Lo hizo casi un año después, con la publicación del libro Padre, del periodista Salvatore Cernuzio, donde se reconstruye ese momento a partir de testimonios del entorno más cercano.

La frase conmovió al mundo. No por grandilocuente, sino precisamente por lo contrario: por su pequeñez, por su cotidianidad, por su hondura humana. Quien esperaba un testamento teológico o una última declaración de principios encontró, una vez más, la esencia de Francisco: la convicción de que lo sagrado habita en lo mínimo y de que el encuentro con el otro es el centro de todo.

Dicha en el umbral de la muerte, esa frase condensa lo que él llamó durante años la cultura del encuentro.

¿Qué significa, para una persona humana, decir eso en el último suspiro?
No es cortesía vacía ni un reflejo automático. Es, ante todo, el reconocimiento de que no se vive en soledad. “Gracias” rompe la indiferencia: reconoce que otro me ha sostenido, que otro ha sido don para mí. “Disculpe las molestias” expresa la humildad de quien sabe que ocupar un lugar —incluso un lugar querido— implica una carga para los demás.

Francisco, el Papa que habló de los descartables, de los invisibles, de quienes sobran para el sistema, se coloca aquí en el lugar de quien pide perdón por existir. No por servilismo, sino por coherencia. Porque si el otro es sagrado, entonces mi presencia en su vida no es un derecho automático: es un regalo que debo cuidar y por el que debo agradecer.

La cultura del encuentro: el poliedro frente a la indiferencia

Para comprender por qué esa frase condensa un pontificado, hay que volver a una de las imágenes centrales que Francisco repitió insistentemente: la del poliedro.

Como explica el teólogo Víctor Manuel Fernández en Hacia una cultura del encuentro, Francisco rechaza las lógicas que enfrentan y excluyen. Su horizonte es una sociedad con múltiples facetas, distintas entre sí, pero articuladas en una unidad rica en matices. En el poliedro, nadie sobra. Nadie es descartable. “Aun las personas que pueden ser cuestionadas por sus errores —escribió en Evangelii gaudium— tienen algo que aportar que no debe perderse”.

Frente a esa riqueza, Francisco identificó uno de los males de nuestro tiempo: la cultura de la indiferencia, también llamada cultura del descarte. En una homilía del 13 de septiembre de 2016 en Santa Marta, lo expresó con crudeza: nos hemos acostumbrado a ver el dolor ajeno, decir “qué pena, pobre gente” y seguir de largo. Señaló incluso la vida cotidiana: familias que comparten la mesa mirando el teléfono, donde “cada uno es indiferente al encuentro”. Justo en el núcleo de la sociedad —la familia—, el encuentro se desvanece.

El encuentro se juega en lo pequeño

Frente a esa frialdad, Francisco propuso algo radicalmente simple. En esa misma homilía afirmó: “Si yo no miro —no es suficiente ver—, si yo no me detengo, si yo no toco, si yo no hablo, no puedo hacer un encuentro”.

La cultura del encuentro no necesita cumbres internacionales ni grandes declaraciones. Se construye en gestos mínimos: detenerse, mirar a los ojos, escuchar, tocar, dejarse afectar.

“No sólo viendo sino mirando, no sólo oyendo sino escuchando, no sólo cruzándonos con las personas sino deteniéndonos con ellas, no sólo diciendo ‘¡Qué pena! ¡Pobre gente!’ sino dejándonos llevar por la compasión… para acercarse, tocar y decir ‘no llores’ y dar al menos una gota de vida”.

Ahí se juega todo: en restituir la dignidad concreta de cada persona, especialmente de quienes el sistema descarta. Y eso no se aprende en los libros: se aprende en la vida cotidiana, en la mesa, en la calle, en los vínculos.

El pacto cultural que nace del corazón

Francisco insistió en que no basta con pactos políticos o acuerdos morales. Hace falta algo más profundo: un pacto cultural. Es decir, una decisión compartida de reconocer al otro como otro, con su propia manera de ver, sentir y habitar el mundo.

“Se trata —escribe Fernández— de reconocerle al otro el derecho de ser él mismo y de ser diferente”.

Esto implica afirmar que la dignidad no depende de la utilidad, la eficiencia o la productividad. “El solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menor desarrollo —dice Francisco en Evangelii gaudium— no justifica que algunas personas vivan con menor dignidad”.

“Gracias, disculpe las molestias”: la cultura del encuentro llevada al extremo

A la luz de todo esto, aquella última frase adquiere una profundidad mayor. Francisco no la pronunció para la historia. La dijo en voz baja, para una sola persona, en el momento más frágil de su vida. Y allí, sin cámaras ni discursos, vivió lo que enseñó.

“Gracias”: porque reconoció que esa mujer, anónima y concreta, era en ese instante lo más importante.
“Disculpe las molestias”: porque asumió que su presencia —aunque amada— también implica una carga, y pidió perdón por ella.

Ese gesto mínimo es la cultura del encuentro en estado puro. No como teoría, sino como vida encarnada.

Nos queda la tarea

Francisco se fue pidiendo agua, agradeciendo y pidiendo perdón. Con ese susurro, mostró que la cultura del encuentro no es una ideología ni una estrategia, sino una práctica cotidiana que se ejercita incluso —y sobre todo— en la fragilidad.

La pregunta queda abierta: ¿seremos capaces de vivir esa cultura del encuentro? ¿O seguiremos atrapados en la indiferencia, mirando el teléfono mientras el otro espera, a nuestro lado, una mirada?

Como escribió en su mensaje al pueblo argentino del 30 de septiembre de 2016, se trata de entregar lo mejor de nosotros mismos “para mejorar, crecer, madurar”. Eso —añadió— nos permitirá construir una cultura del encuentro que supere la lógica del descarte.

Gracias, Francisco. Y disculpe las molestias. Nunca lo fueron.

¿Por qué un Observatorio de Bienes Comunes habla del Papa Francisco?

A primera vista, podría parecer extraño. Un Observatorio de Bienes Comunes —dedicado a pensar el agua, la tierra, los territorios, la organización comunitaria— deteniéndose en las últimas palabras de un Papa. Pero la pregunta es otra: ¿cómo no hacerlo?

Francisco no habló de los bienes comunes como categoría técnica, pero sí nombró —una y otra vez— aquello que los sostiene: la dignidad compartida, la interdependencia y la responsabilidad con los otros y con la vida. Cuando denunció la “cultura del descarte”, estaba señalando el mismo problema que atraviesa las luchas por los bienes comunes: un sistema que convierte lo vivo en objeto, que mercantiliza el agua, la tierra y los cuerpos, y que vuelve prescindibles a comunidades enteras.

La cultura del encuentro, en este sentido, no es un concepto abstracto. Es una práctica profundamente política y territorial. Implica reconocer que nadie se salva solo, que la vida es en común y que lo que cuidamos —una naciente, un bosque, una memoria, un vínculo— no nos pertenece individualmente, sino que nos constituye colectivamente.

Cuando Francisco insiste en mirar, detenerse, tocar, escuchar, está nombrando también las condiciones mínimas para cuidar lo común. No hay defensa de los bienes comunes sin encuentro. No hay organización comunitaria sin vínculos. No hay justicia territorial sin reconocer al otro —humano y no humano— como digno.

Por eso este Observatorio se detiene en una frase tan pequeña. Porque en “gracias, disculpe las molestias” hay una ética del cuidado que desborda lo religioso y se vuelve profundamente política: reconocer que dependemos de otros, que nuestra vida afecta a otros, y que habitar el mundo exige responsabilidad.

Hablar de Francisco, entonces, no es un gesto devocional. Es una apuesta por pensar, desde otro lugar, cómo reconstruimos lo común en tiempos de fragmentación. Porque tal vez la defensa de los bienes comunes comienza ahí: en la capacidad de encontrarnos, de reconocernos y de no darnos por descartables.

Referencias:

Papa Francisco. (2016, septiembre 13). Por una cultura del encuentro. Homilía. Misas matutinas en la capilla de la Domus Sanctae Marthae. L’Osservatore Romano. 

Fernández, V. M., & Espeche Gil, V. (s. f.). El papa Francisco y la cultura del encuentro. América Latina. Pontificia Comisión para América Latina. 

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Incomodar para aprender: Mujica y la crisis silenciosa de la universidad pública – Documento de trabajo

“Aprendemos porque tenemos picazón y eso se adquiere por contagio cultural, casi cuando abrimos los ojos al mundo.”
José Mujica

En plena Semana Universitaria, mientras las universidades públicas negocian el FEES con un gobierno que congela presupuestos y capitaliza sus divisiones internas, el Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra publica La universidad que no se atreve (o el placer de volver a pensar la educación pública), un documento inspirado en los discursos de Mujica.

No es un informe técnico ni un comunicado gremial. Es, más bien, una provocación: una invitación a preguntarnos por qué defender lo público se volvió una consigna vacía, por qué la universidad dice una cosa y hace otra, y cómo el miedo, el conformismo o la incongruencia institucional se han convertido en obstáculos para cualquier transformación real. Todo esto a partir de una idea sencilla pero potente: el conocimiento también es placer, el inconformismo se contagia y la inteligencia pierde sentido si no se comparte.

La incomodidad de Mujica para una universidad que se cree crítica

José Mujica no es académico, y justamente por eso incomoda. No habla de indicadores, acreditaciones o empleabilidad. Habla de placer, de curiosidad, de aprender con otros. “Me gusta bañarme en piscinas de inteligencia ajena”, dice, y con esa frase tensiona una universidad que premia la autoría individual y sanciona cualquier desborde como falta.

El documento no lo convierte en figura intocable, sino en espejo incómodo. A partir de sus ideas, emergen preguntas que la universidad crítica suele esquivar: ¿por qué desconfiamos de los saberes que no pasaron por el aula? ¿Por qué un campesino que conoce los ciclos de la tierra no puede enseñar? ¿Por qué el éxito estudiantil se mide en salario y no en la capacidad de hacerse preguntas?

En esa línea, una de sus advertencias resuena con fuerza: no se trata de acumular datos, sino de aprender a pensar. Porque los datos envejecen, las tecnologías cambian, los empleos desaparecen. Lo que permanece es la capacidad crítica. Una universidad que solo entrena para el presente, en el fondo, está formando para la obsolescencia.

Semana Universitaria: entre memoria viva y museo

La narrativa oficial sitúa el origen de la Semana Universitaria en 1948, como un esfuerzo por “unir” a la comunidad tras la Guerra Civil. Pero esa versión tiende a suavizar el conflicto y a presentar la unidad como consenso, cuando en realidad fue también una operación de pacificación interna.

Ese sentido cambia en 1970, con la lucha contra ALCOA. Ahí, la Semana deja de ser celebración y se convierte en campo de disputa. El movimiento estudiantil toma la calle para defender la soberanía nacional, mientras las autoridades llaman a la normalidad. Esa tensión —entre una memoria institucional que ordena y una memoria insurgente que incomoda— sigue presente.

De ahí surge la pregunta central del documento: ¿la Semana U de hoy es memoria viva o una puesta en escena de sí misma? Cuando la memoria no incomoda ni empuja a actuar, deja de ser memoria y se convierte en folklore. Y el folklore, a diferencia de la protesta, no interpela a nadie.

Mujica lo diría de otra forma: hace falta una “epidemia de inconformismo”. La Semana U fue eso en su mejor momento. Hoy corre el riesgo de ser apenas su representación.

FEES congelado y universidades fragmentadas

El contexto actual refuerza esa preocupación. En 2026, la negociación del FEES ocurre bajo un congelamiento real del presupuesto (0% de aumento) y con el incumplimiento del 2% aprobado por la Asamblea Legislativa.

Sin embargo, el conflicto no es solo externo. Las universidades han trasladado al espacio público una disputa interna por la redistribución de los recursos. Una discusión legítima, pero que, en este contexto, debilita la posición colectiva. El resultado es funcional al gobierno: no necesita confrontar directamente cuando el bloque universitario se fragmenta por sí mismo.

La advertencia es clara: sin unidad, no hay posibilidad de avance. En palabras de Mujica, “pobre del que emprenda en soledad esta cacería”. Defender lo público —y transformarlo— no es tarea individual.

Un documento para salir de la trinchera

La universidad que no se atreve no busca reafirmar consignas, sino desarmarlas. No pregunta si hay que defender la universidad pública, sino qué universidad estamos defendiendo.

Organizado en diez secciones —desde “El miedo académico” hasta “La hipocresía universitaria”— el documento combina reflexión y práctica. Cada apartado cierra con una actividad: no hay respuestas finales, sino ejercicios para pensar en colectivo.

Entre sus aportes más urgentes destacan:

  • – Una crítica a la distancia entre discurso y práctica: hablar de autonomía mientras se decide sin las bases.
  • – Una apuesta por el inconformismo activo: no como queja, sino como acción concreta.
  • – Una defensa del placer de aprender frente a la lógica del sacrificio.
Leerlo también es tomar posición

Este no es un documento para archivar, sino para usar. Las actividades —“El velorio de lo público”, “La bitácora del miedo”, “El maquillaje y el hueso”— están pensadas para aulas, asambleas y grupos de estudio.

En ese sentido, la publicación dialoga directamente con el momento actual. En medio de la Semana Universitaria, propone recuperar su dimensión crítica. En medio de la crisis del FEES, recuerda que las conquistas históricas no fueron concesiones, sino resultado de organización y conflicto.

La tradición no está garantizada. Se sostiene —o se pierde— en las prácticas del presente.

Una invitación incómoda

“No se dejen robar ni los sueños ni la juventud, comprométanla con el destino, el dolor y la vergüenza de América Latina.”
José Mujica

La universidad que no se atreve es la que teme cambiar. La que prefiere el maquillaje antes que el hueso. La que recuerda el pasado sin asumir el presente.

Este documento no ofrece certezas. Ofrece preguntas. Y en eso radica su potencia.

Descargarlo, leerlo en grupo, discutirlo, incluso pelear con él, es ya un gesto de inconformismo. Porque, al final, la incomodidad que deja no es abstracta: es la certeza de que las cosas podrían ser distintas —y que transformarlas no depende solo de “los de arriba”.

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Hormigas, infancia y común: una lección zapatista sobre cómo aprender y organizar la vida

En un relato breve, cargado de humor, ternura y profundidad política, el zapatismo vuelve a recordarnos que las grandes preguntas no siempre se responden desde arriba. “El Condenado y las Hormigas (el amor y el desamor según un niño zapatista)”, firmado por el Capitán en enero-febrero de 2026, es mucho más que un cuento: es una invitación a repensar cómo aprendemos, cómo nos organizamos y cómo construimos lo común.

A través de la historia de un niño travieso, nombrado por su madre como “Condenado Chamaco del Demonio”, el texto despliega una crítica sutil pero contundente a las formas tradicionales de enseñanza y a las jerarquías del saber, al tiempo que propone una pedagogía arraigada en la experiencia, la observación y la vida comunitaria.

El común no se explica, se vive

Uno de los momentos de tensión del relato ocurre cuando el Subcomandante Insurgente Moisés llega a la escuela a explicar qué es el “común”. Su exposición, cargada de conceptos políticos, estructuras organizativas y referencias al proceso zapatista, deja en silencio a niñas, niños y autoridades comunitarias. Nadie responde. Nadie parece haber comprendido.

Sin embargo, un niño levanta la mano y responde con una sola palabra: “hormigas”.

Lejos de ser una ocurrencia ingenua, su intervención muestra una comprensión profunda. A partir de su experiencia observando hormigueros, el niño explica cómo estos insectos se organizan, distribuyen tareas, cooperan y se sostienen colectivamente, incluso en momentos de crisis.

El contraste es claro: mientras el discurso formal no logra transmitir el sentido del común, la experiencia vivida sí lo hace. El mensaje es contundente: 

el común no es una teoría que se memoriza, sino una práctica que se aprende viviendo.

Una política sin jerarquías rígidas

Las hormigas aparecen como una metáfora política. No hay una figura visible que ordene, pero sí existe organización. Cada quien cumple una función, hay cooperación, cuidado de las crías, defensa del colectivo y capacidad de respuesta ante situaciones adversas.

Cuando una tormenta altera el entorno, las hormigas no esperan instrucciones: se reorganizan. Algunas forman un puente con sus propios cuerpos para que las demás puedan continuar su camino. Luego, cuando pasa la emergencia, vuelven a sus tareas.

Esta imagen condensa una propuesta política: formas de organización horizontales, basadas en la responsabilidad compartida, la solidaridad y la adaptación colectiva. Es una crítica directa a las estructuras verticales y centralizadas, y una afirmación de la autonomía como práctica cotidiana.

El conocimiento nace desde abajo

El niño protagonista no aprende lo que sabe en la escuela ni a través de explicaciones formales. Su conocimiento proviene de otros espacios:

– acompaña a su familia en la milpa,
– aprende de su abuela sobre plantas medicinales,
– observa a los animales,
– pregunta, investiga, toma notas.

Incluso recurre a estrategias propias —como conseguir videos sobre hormigas— para profundizar su aprendizaje.

Este proceso muestra que el conocimiento válido no es únicamente el que se transmite desde instituciones, sino también —y sobre todo— el que se construye desde la experiencia cotidiana, en diálogo con el entorno y la comunidad.

Una crítica desde dentro a la educación

El relato no idealiza la educación autónoma. Por el contrario, muestra sus tensiones y contradicciones:

– la promotora de educación está distraída,
– el formador no revisa adecuadamente,
– la enseñanza no logra conectar con quienes aprenden.

Esta mirada crítica desde dentro permite reconocer que incluso en procesos alternativos existen desafíos. No se trata de negar los errores, sino de visibilizarlos como parte de un proceso en construcción.

Aprender haciendo: una pedagogía de la experiencia

El niño encarna una forma de aprender basada en la curiosidad y la acción:

– pregunta cuando no entiende,
– observa con atención,
– compara, analiza, registra.

Construye su propio cuaderno, clasifica lo que conoce, identifica vacíos y decide investigarlos. Su aprendizaje no es pasivo, es activo, situado y reflexivo.

Esta propuesta dialoga con las prácticas de educación popular y con enfoques que reconocen el valor de la sistematización de experiencias: aprender a partir de lo vivido, reflexionar sobre ello y producir conocimiento colectivo.

La infancia como sujeto político

Uno de los aportes del texto es la forma en que sitúa a la niñez. El niño no aparece como alguien que “todavía no sabe”, sino como alguien que:

– comprende,
– analiza,
– explica,
– y enseña.

Es él quien logra traducir el concepto del común de manera clara, incluso para los adultos. Esta inversión del lugar tradicional de la infancia cuestiona el adultocentrismo y reconoce a niñas y niños como sujetos políticos activos, capaces de aportar a la vida colectiva.

Entre el amor y el desamor: lo afectivo también es político

El relato no separa la política de la vida cotidiana ni de las emociones. El amor y el desamor atraviesan la historia:

la promotora, pierde concentración;
el formador, en conflicto con su compañera, descuida su tarea;
el niño es nombrado desde el regaño constante de su madre.

Estos elementos muestran que los procesos educativos y políticos están profundamente atravesados por lo afectivo. Las emociones no son un elemento secundario, sino parte constitutiva de cómo se construyen las relaciones, los aprendizajes y las comunidades.

Nombrar también es hacer política

El nombre del niño —“Condenado Chamaco del Demonio”— no es una simple anécdota. Es una forma de mostrar cómo el lenguaje puede marcar identidades, estigmatizar y excluir.

En la escuela y en el espacio religioso, ese nombre se vuelve criterio de separación: “no hay que juntarse con los condenados”. Así, una palabra repetida se convierte en una realidad social.

Sin embargo, el niño no se reduce a ese nombre. Desde ese lugar, construye conocimiento, observa el mundo y aporta a su comunidad. El relato abre así una reflexión sobre el poder de las palabras y la necesidad de cuestionar las categorías que clasifican a las personas como “buenas” o “malas”.

La naturaleza como maestra

Lejos de ser un simple escenario, la naturaleza es una fuente central de aprendizaje. Las hormigas enseñan sobre organización, cooperación, cuidado y respuesta colectiva ante la adversidad.

Esta mirada rompe con la lógica que reduce la naturaleza a recurso y la reconoce como espacio de conocimiento, relación y vida. En este sentido, el cuento nos recuerda también el dialogo con perspectivas ecológicas que entienden lo humano como parte de una red más amplia.

Aprender a mirar lo pequeño

Este texto cierra con una enseñanza sencilla y profunda: a veces, para entender los grandes procesos, hay que aprender a mirar lo pequeño.

En un mundo donde abundan los discursos complejos, este relato nos recuerda que el conocimiento también puede surgir de observar un hormiguero, de hacer preguntas simples y de escuchar a quienes, muchas veces, no son considerados como portadores de saber.

Porque, como muestra este niño zapatista, entender el común no siempre pasa por grandes teorías, sino por aprender a vivir, compartir y sostener la vida en colectivo.

Pensar los bienes comunes desde abajo: aportes del relato zapatista

El cuento “El Condenado y las Hormigas” no solo ofrece una reflexión sobre el común en clave organizativa, sino que también aporta elementos fundamentales para repensar los bienes comunes más allá de las definiciones tradicionales.

En primer lugar, el texto sugiere que los bienes comunes no son simplemente recursos compartidos, sino relaciones sociales vivas. El común no está en la cosa —la tierra, el agua, el bosque—, sino en la forma en que las comunidades se organizan para cuidarlos, sostenerlos y reproducir la vida en torno a ellos. En este sentido, las hormigas no solo representan organización, sino una ética del cuidado colectivo que es central para cualquier proceso de defensa de los bienes comunes.

En segundo lugar, el relato desplaza la idea de que el conocimiento sobre los bienes comunes proviene de expertos o marcos técnicos. Por el contrario, muestra que ese conocimiento se construye desde la experiencia cotidiana, desde el vínculo con el territorio, desde la observación atenta y desde prácticas concretas de vida. El niño que aprende de las hormigas encarna esa posibilidad: comprender lo común desde la práctica, no desde la abstracción.

Asimismo, el texto pone en evidencia que los bienes comunes están profundamente atravesados por dimensiones afectivas y culturales. El amor, el desamor, el lenguaje y las relaciones comunitarias no son elementos secundarios, sino condiciones que influyen directamente en la posibilidad de sostener lo común. No hay gestión de bienes comunes sin vínculos, sin confianza y sin formas de relación que permitan la cooperación.

Por otra parte, el cuento invita a cuestionar las jerarquías del saber y del poder que muchas veces atraviesan las discusiones sobre bienes comunes. La capacidad del niño para explicar el común mejor que las autoridades revela que el conocimiento no está necesariamente donde se supone que debe estar. Esto abre la puerta a reconocer la importancia de saberes situados, comunitarios e incluso infantiles en la construcción de alternativas.

Finalmente, el relato reafirma que los bienes comunes no son estructuras estáticas, sino procesos en constante construcción. Así como el “común zapatista” cambia de forma y de nombre, también las formas de organizar la vida colectiva son dinámicas, adaptativas y abiertas. Pensar los bienes comunes implica, entonces, asumir su carácter inacabado y la necesidad de recrearlos continuamente.

Matriz de aportes conceptuales para pensar los bienes comunes
A continuación, se presenta una matriz que sintetiza algunos de los principales aportes del texto, útil para procesos de formación, análisis o investigación:

Eje conceptual

Aporte del texto

Implicaciones para pensar los bienes comunes

Claves para procesos formativos y organizativos

El común como práctica

El común no se enseña con discursos, se comprende desde la experiencia (las hormigas)

Los bienes comunes no son objetos, sino prácticas sociales

Promover aprendizajes desde la experiencia, no solo desde lo teórico

Organización colectiva

Las hormigas muestran cooperación, توزيع de tareas y respuesta ante crisis

La gestión de lo común requiere organización horizontal y corresponsabilidad

Fomentar estructuras flexibles, colectivas y adaptativas

Conocimiento situado

El niño aprende desde la observación, la familia y el territorio

El saber sobre lo común es local, encarnado y comunitario

Valorar saberes locales y procesos de sistematización

Crítica a la verticalidad

El discurso del SubMoy no logra transmitir el común

Las jerarquías del saber pueden limitar la comprensión colectiva

Construir espacios horizontales de aprendizaje

Infancia como sujeto político

El niño comprende y explica mejor que los adultos

Niñas y niños son actores en la construcción de lo común

Incluir activamente a la niñez en procesos organizativos

Dimensión afectiva

El amor y el desamor afectan la enseñanza y la organización

Lo común requiere vínculos, confianza y cuidado

Incorporar lo emocional en los procesos colectivos

Lenguaje e identidad

El nombre del niño genera exclusión pero también resignificación

El lenguaje construye realidades en torno a lo común

Cuidar las formas de nombrar y reconocer a las personas

Naturaleza como maestra

Las hormigas enseñan organización y cooperación

La naturaleza es fuente de conocimiento, no solo recurso

Integrar aprendizajes ecológicos en la formación política

El común como proceso

La estructura zapatista está en construcción constante

Los bienes comunes son dinámicos y cambiantes

Mantener apertura al cambio y a la recreación colectiva

*Imagenes tomadas de Radio Zapatista

Pueden descargar la infografía aquí

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Justicia tardía y memoria viva: Marielle Franco y las democracias bajo asedio

Esta nota es una invitación a leer Laboratorio favela, una obra clave para comprender cómo la violencia estatal, el racismo estructural y el punitivismo atraviesan nuestras democracias desiguales. Desde los territorios populares de Río de Janeiro, Marielle Franco articula investigación y compromiso político para repensar la seguridad, la democracia y el derecho a la ciudad desde la defensa de la vida.

📘 Descargá el libro Laboratorio favela publicado por Tinta Limón

La reciente condena por el asesinato de Marielle Franco y Anderson Gomes marca un hito judicial importante, pero no clausura el debate político que su vida y su muerte siguen abriendo. Marielle no fue solo una víctima de la violencia política en Brasil: fue una pensadora crítica de la seguridad, del Estado y de la democracia en contextos atravesados por desigualdad, racismo y militarización de la vida cotidiana.

Desde su experiencia como mujer negra, favelada, lesbiana y concejala de Río de Janeiro, denunció con claridad el avance de un Estado punitivo que sustituye derechos por castigo y políticas sociales por control armado. En sus investigaciones y discursos mostró cómo la llamada “guerra contra las drogas” opera, en realidad, como una guerra contra los pobres, legitimada por el miedo, el racismo y un discurso de orden que naturaliza la muerte de ciertos cuerpos.

Seguridad, desigualdad y autoritarismo cotidiano

El pensamiento de Marielle interpela directamente a nuestras sociedades actuales, cada vez más desiguales y tentadas por respuestas punitivistas frente a conflictos sociales complejos. Allí donde el Estado se retira en materia de salud, educación o vivienda, suele reaparecer con fuerza en forma de policía, cárceles y vigilancia. La seguridad deja de pensarse como cuidado de la vida y se redefine como administración del miedo.

Marielle advirtió que estas políticas no solo afectan a las periferias urbanas: erosionan el pacto democrático en su conjunto. Cuando una parte de la sociedad acepta la suspensión de derechos para “otros”, se habilita un modelo de democracia frágil, selectiva y profundamente excluyente. Esta deriva autoritaria no se impone únicamente desde arriba: se construye cotidianamente cuando el castigo sustituye a la justicia social como horizonte político.

Territorio, vida y democracia

Desde esta mirada crítica, Marielle propone un desplazamiento fundamental: pensar la democracia desde los territorios. Lejos de una mirada victimista sobre las favelas, las reivindicó como espacios de potencia política, organización comunitaria y producción de vida. Su apuesta fue articular la lucha institucional con la autoorganización social, defendiendo el derecho a la ciudad frente a su mercantilización y militarización.

Recordarla hoy implica más que exigir justicia penal: supone preguntarnos qué modelos de seguridad estamos legitimando, qué violencias se normalizan en nombre del orden y qué lugar ocupan las vidas periféricas en nuestras democracias. En tiempos de endurecimiento discursivo y respuestas simplistas a problemas estructurales, su pensamiento sigue siendo una herramienta crítica para imaginar sociedades menos desiguales, menos punitivas y más profundamente democráticas.

El Estado penal y la “pacificación” como forma de guerra

Uno de los aportes más potentes de su trabajo es el análisis de las Unidades de Policía Pacificadora (UPP) como expresión concreta del Estado penal. Lejos de representar una política de cuidado, la “pacificación” aparece como una estrategia de ocupación militar de territorios pobres, sostenida por un discurso de seguridad que legitima la suspensión cotidiana de derechos.

Marielle muestra cómo estas políticas no resuelven las causas de la violencia, sino que la administran selectivamente, normalizando el uso letal de la fuerza contra poblaciones racializadas y empobrecidas. La seguridad se convierte así en una tecnología de control territorial y social, antes que en una política de protección de la vida.

Racismo estructural y gestión diferencial de la vida

El análisis se profundiza al mostrar que la violencia estatal en Río de Janeiro no es un exceso ni una desviación, sino una práctica estructural atravesada por el racismo. Jóvenes negros de las favelas son construidos como enemigos internos, cuerpos prescindibles en nombre del orden y la estabilidad.

Marielle insiste en que no hay neutralidad posible en estas políticas: la seguridad pública define quién merece vivir y quién puede morir sin escándalo social. Esta gestión diferencial de la vida revela una democracia profundamente jerarquizada, donde la igualdad formal convive con la desprotección sistemática de ciertos sectores sociales.

Ciudad mercancía versus derecho a la ciudad

Otro eje central de su pensamiento es la crítica a la ciudad concebida como empresa. La militarización de las favelas se articula con proyectos inmobiliarios, turísticos y de “revitalización urbana” que expulsan a poblaciones históricas. La seguridad funciona como condición para el negocio: limpiar territorios, disciplinar cuerpos y allanar el camino a la mercantilización del espacio urbano.

Frente a ello, Marielle defiende el derecho a la ciudad como derecho a permanecer, a decidir y a producir vida en el territorio. No se trata solo de acceso a servicios, sino de participación real en las decisiones que afectan los espacios donde se vive.

Favela como potencia política y comunitaria

Contra las miradas que reducen la favela a carencia o amenaza, Laboratorio favela la presenta como espacio de organización, saberes y resistencias. Marielle recupera experiencias comunitarias, culturales y políticas que disputan el sentido de la seguridad y la democracia desde abajo.

Su apuesta no fue romantizar la precariedad, sino reconocer la capacidad colectiva de las periferias para producir alternativas frente a la violencia estatal y el abandono institucional. Allí donde el Estado aparece solo para castigar, emergen prácticas de cuidado, solidaridad y organización que sostienen la vida.

Democracia bajo asedio y bienes comunes sociales

El asesinato de Marielle no puede separarse del contexto que ella misma denunció: el debilitamiento del pacto democrático, la normalización del autoritarismo y la aceptación social de la violencia como herramienta política. Su pensamiento funciona hoy como una advertencia para América Latina: cuando la desigualdad se gobierna con castigo y miedo, la democracia se vacía de contenido.

Desde esta trayectoria, repensar los bienes comunes sociales —la seguridad, la ciudad, los territorios, la democracia misma— se vuelve una tarea urgente. Marielle nos invita a comprenderlos no como mercancías ni como privilegios, sino como construcciones colectivas orientadas al cuidado de la vida. Leerla hoy es, en ese sentido, una forma de disputar el sentido común punitivo y de defender una democracia que ponga en el centro la dignidad, la justicia y la vida de todas las personas.

Pistas para leer el pensamiento de Marielle Franco

Para profundizar en estas reflexiones, resulta útil detenerse en algunos conceptos centrales del pensamiento de Marielle Franco. Más que categorías teóricas abstractas, se trata de herramientas políticas construidas desde la experiencia territorial y la investigación crítica, que permiten comprender cómo operan hoy la seguridad, la desigualdad y el poder en nuestras democracias. La siguiente tabla ofrece un acercamiento sintético a estos ejes, facilitando la lectura y el diálogo con los debates actuales.

Concepto clave¿Qué nos propone Marielle Franco?¿Por qué interpela hoy?
Estado penalUn Estado que reduce derechos sociales y refuerza el castigo, la policía y las cárceles como forma de gobernar la desigualdad.Porque muchas democracias gestionan la exclusión con represión en lugar de justicia social.
PacificaciónDiscurso que encubre la ocupación militar de las favelas y la suspensión cotidiana de derechos.Ayuda a cuestionar políticas de “mano dura” presentadas como soluciones técnicas.
Guerra contra los pobresLa llamada guerra contra las drogas funciona como guerra selectiva contra cuerpos racializados y territorios empobrecidos.Permite leer críticamente el uso del miedo para legitimar violencia estatal.
Racismo estructuralEje central de la violencia: define quién es sospechoso, quién es descartable y quién merece protección.Explica por qué la violencia no se distribuye de forma neutral en la sociedad.
Favela como potenciaTerritorio de organización, saberes, creatividad política y vida comunitaria, no solo de carencias.Rompe con miradas estigmatizantes sobre periferias y territorios populares.
Ciudad mercancíaLa ciudad gestionada como negocio, donde la seguridad prepara el terreno para la especulación.Dialoga con procesos de gentrificación y expulsión en América Latina.
Derecho a la ciudadDerecho a habitar, decidir y producir vida en el territorio, más allá del mercado.Plantea una democracia urbana centrada en la vida y no en la rentabilidad.
Democracia en riesgoLa aceptación de la violencia estatal debilita el pacto democrático desde dentro.Advierte sobre democracias formales que toleran exclusiones profundas.
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PDFImagen