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La luz que incomoda: memoria, verdad y resistencia en defensa de la casa común – Cuaderno de estudio

¿Qué estructuras permiten que la violencia contra las personas defensoras se repita? ¿Qué podemos aprender de quienes dedicaron su vida a defender la dignidad y la justicia?

El este nuevo cuaderno de estudio «La luz que incomoda. Memoria, verdad y resistencia: de Monseñor Romero a las personas defensoras de la casa común», nos propone explorar estas preguntas a partir de los apuntes de Ignacio Ellacuría sobre el asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, escritos entre 1980 y 1987.

La publicación invita a ir más allá de los hechos individuales para comprender las relaciones de poder, los intereses económicos y políticos, la estigmatización y los mecanismos de impunidad que rodean la violencia contra quienes defienden la vida y los derechos humanos.

Ellacuría: comprender la maquinaria de la violencia

Uno de los principales aportes de Ignacio Ellacuría es su esfuerzo por comprender el asesinato de Monseñor Romero más allá de la identificación de sus responsables materiales. Su análisis busca reconocer el esquema de poder que hizo posible el crimen: las relaciones entre intereses económicos y fuerza armada, la protección de los responsables, los discursos que deslegitiman a quienes denuncian las injusticias y el uso del miedo para debilitar la organización popular.

Esta perspectiva permite formular una pregunta fundamental: ¿qué condiciones hacen posible que la violencia se repita? En lugar de limitarse a los hechos individuales, el cuaderno propone examinar las estructuras que los sostienen y los intereses que se benefician de ellas.

La memoria como herramienta para transformar el presente

Para Ellacuría, recordar no consiste únicamente en rendir homenaje a las víctimas. La memoria permite reconstruir lo sucedido, reconocer las responsabilidades y comprender qué debe cambiar para evitar que la violencia continúe. Por eso, el cuaderno recupera su insistencia en identificar y transformar las fuentes que hacen posible la muerte, en vez de conformarse con señalar a los responsables de cada crimen.

Este aporte también invita a pensar la defensa de los derechos humanos y los bienes comunes desde una perspectiva colectiva. Comprender la violencia exige reconocer sus patrones, cuestionar los discursos que la justifican y fortalecer las redes de solidaridad que permiten enfrentar el miedo y sostener las luchas comunitarias.

De Monseñor Romero a las personas defensoras de hoy

Recuperar a Monseñor Romero y a Ignacio Ellacuría significa también preguntarnos por las luchas actuales. ¿Qué tienen en común sus compromisos con los de quienes hoy defienden ríos, bosques, territorios indígenas y derechos colectivos?

El cuaderno recupera las historias de personas defensoras de Mesoamérica, sus luchas y las comunidades que acompañaron. Sus experiencias permiten reconocer que la violencia no afecta únicamente a quienes reciben amenazas o son asesinados: también busca debilitar la organización comunitaria y las posibilidades de defender los bienes comunes.

La memoria, desde esta perspectiva, no es solamente un homenaje al pasado. Es una herramienta para comprender el presente, exigir justicia y fortalecer la solidaridad.

Defender el ambiente en un contexto de violencia y despojo

Defender un río, un bosque o un territorio es también defender las formas de vida de las comunidades que dependen de ellos. Sin embargo, quienes asumen esta tarea enfrentan amenazas, campañas de desprestigio, criminalización y, en los casos más extremos, asesinatos.

El contexto regional sigue siendo preocupante. Según el informe de Global Witness publicado en 2026, al menos 124 personas defensoras de la tierra y el ambiente fueron asesinadas en el mundo durante 2025. La mayoría de los casos documentados ocurrió en América Latina.

Estas cifras permiten dimensionar un problema que no puede comprenderse como una suma de hechos aislados. Los conflictos por la tierra y los recursos, los intereses económicos, la estigmatización y la falta de protección contribuyen a configurar escenarios de riesgo para quienes defienden sus territorios y derechos.

En este contexto, la lectura de Ellacuría adquiere una relevancia particular: nos invita a preguntar no solo quién ejerce la violencia, sino también qué relaciones de poder la hacen posible, qué intereses protege y qué condiciones permiten que permanezca impune. Recuperar las historias de las personas defensoras es una forma de reconocer sus luchas y de abrir preguntas sobre las responsabilidades colectivas e institucionales frente a las agresiones.

La defensa de los bienes comunes requiere también fortalecer las redes de solidaridad, la memoria y las formas de protección colectiva. Porque garantizar el derecho a defender la vida es parte de las condiciones necesarias para construir comunidades más justas y democráticas.

¿Qué aporta este cuaderno?
  • Lectura crítica del poder: herramientas para analizar los intereses, las relaciones y los mecanismos que permiten la reproducción de la violencia.

  • Memoria viva: historias de personas defensoras de Mesoamérica que hicieron de la defensa de la vida una práctica colectiva.

  • Defensa de los bienes comunes: vínculos entre los derechos humanos, la protección de los territorios y las condiciones que sostienen la vida.

  • Herramientas para el estudio colectivo: preguntas, fragmentos de Ellacuría y ejercicios para relacionar sus reflexiones con las realidades actuales.

  • De la reflexión a la acción: propuestas para fortalecer la solidaridad, visibilizar las agresiones y construir compromisos personales y colectivos.

Crédito imagen: Coordinadora de Lucha Sur Sur-CLSS
Te invitamos a leerlo y compartirlo

La luz que incomoda forma parte de la serie Cuadernos de Estudio del Observatorio de Bienes Comunes. Está dirigido a personas, organizaciones, comunidades y espacios educativos interesados en reflexionar sobre las violencias que enfrentan quienes defienden los derechos humanos y los bienes comunes.

Te invitamos a descargar el cuaderno, explorar sus preguntas y utilizar sus herramientas en espacios de formación y conversación colectiva.

Porque mantener viva la memoria también significa preguntarnos cómo acompañamos a quienes hoy siguen defendiendo la vida y la casa común.

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Pensar fuera del centro: un mapa para desobedecer la geopolítica del conocimiento

¿Dónde se produce el conocimiento? Si queremos investigar un problema de nuestra comunidad, reconstruir la historia de una organización campesina o conservar la memoria de una lucha social, ¿a dónde nos dirige nuestro mapa mental? ¿A la universidad, a un centro de investigación, a una biblioteca? ¿Y qué ocurre con los conocimientos que se construyen en los territorios, las organizaciones y los espacios comunitarios?

El Observatorio de Bienes Comunes de la Universidad de Costa Rica presenta Pensar fuera del centro: Antigeopolítica de los espacios de pensamiento, reflexión y acción en América Latina y el Caribe, un nuevo cuaderno de la colección Los Herejes de lo Común. Una invitación a explorar experiencias que cuestionaron las formas habituales de producir, reconocer y compartir conocimientos, y que se atrevieron a construir otros lugares desde donde pensar el mundo.

El GPS del conocimiento siempre nos lleva al mismo lugar

Imaginemos que encendemos un GPS y escribimos: «Quiero producir conocimiento».

El aparato calcula la ruta: «Destino recomendado: universidad».

Insistimos: «Quiero investigar los saberes de un territorio».

La respuesta no cambia demasiado.

«Destino recomendado: universidad».

Probamos una última vez: «Quiero conservar la memoria de una organización campesina».

El GPS duda un instante y vuelve a señalar el mismo camino.

El problema no está en las universidades, los archivos o los centros de investigación como tales. La pregunta es por qué hemos aprendido a reconocer determinados espacios como productores legítimos de conocimiento, mientras otros aparecen solamente como lugares donde ocurren las cosas o donde se recogen testimonios y datos.

La geopolítica del conocimiento no se limita a establecer cuáles instituciones tienen mayor prestigio. También distribuye autoridad: quién puede formular preguntas, elaborar conceptos, interpretar experiencias y decidir qué cuenta como conocimiento; quién publica y enseña, y quién termina convertido en objeto de investigación.

Pensar fuera del centro significa cuestionar esa distribución y explorar otras formas de construir espacios para conocer.

Una historia de lugares construidos para pensar

El cuaderno recorre diez experiencias históricas y contemporáneas de América Latina y el Caribe. No las reúne para construir un nuevo santoral de instituciones alternativas ni para ofrecer recetas que puedan copiarse en cualquier territorio. Las pone en conversación para explorar una pregunta común: ¿qué ocurre cuando pensar exige construir un espacio propio?

El recorrido comienza antes de las universidades, con los quilombos, palenques y cumbes que surgieron de las luchas de las personas esclavizadas contra el orden colonial. No se plantea una línea histórica directa entre aquellas comunidades y las experiencias educativas y organizativas posteriores. La conexión está en otra parte: en la necesidad de construir condiciones para vivir, reunirse, transmitir saberes, conservar la memoria y decidir colectivamente.

Desde allí, el mapa nos lleva a las Universidades Populares vinculadas con José Carlos Mariátegui en Perú, donde la cultura se entendía como un terreno de disputa política; a Warisata, en Bolivia, donde la comunidad y el ayllu se convirtieron en parte fundamental de la experiencia educativa; y a las escuelas de formación obrera del Caribe, que buscaron fortalecer las capacidades de organización y comprensión del mundo de los trabajadores.

También nos encontramos con La Rosca de Investigación y Acción Social, en Colombia, que cuestionó la autoridad tradicional del investigador y exploró formas de producir conocimiento junto con las organizaciones campesinas; con el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), asociado con Iván Illich, en Cuernavaca, México; y con el Centro de Documentación e Información Bolivia (CEDIB), donde conservar documentos se convirtió en una forma de sostener la memoria y facilitar el acceso a información relevante para la sociedad.

El recorrido continúa con el Instituto Brasileiro de Análises Sociais e Econômicas (IBASE), que articuló investigación y participación pública; la Escola Nacional Florestan Fernandes (ENFF), construida por el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra de Brasil; el CIDECI-Unitierra, en Chiapas, que invita a discutir las formas convencionales de reconocer el aprendizaje; y las experiencias de educación autónoma zapatista, donde el territorio, la vida comunitaria y la organización forman parte de los procesos educativos.

Cada experiencia tiene su historia, sus protagonistas y sus condiciones particulares. No todas persiguen los mismos objetivos ni enfrentan las mismas relaciones de poder. Precisamente por eso, el cuaderno no pregunta únicamente qué hicieron, sino también qué problemas intentaban resolver, qué espacios construyeron, qué relaciones quisieron transformar y qué contradicciones aparecieron en el camino.

No se trata de encontrar nuevas recetas

Una experiencia histórica puede convertirse fácilmente en una «buena práctica» cuando se la presenta como un modelo listo para reproducir. En ese proceso suelen desaparecer las disputas, los errores, las improvisaciones y las preguntas que le dieron sentido.

La Rosca no fue solamente una experiencia de participación: puso en discusión quién tiene autoridad para investigar. CIDOC no fue únicamente una iniciativa de educación alternativa: también enfrentó el riesgo de institucionalizarse. CEDIB no fue simplemente un archivo: su trabajo documental respondió a necesidades históricas concretas. Y construir una escuela propia, como hizo el MST con la ENFF, implica mucho más que levantar un edificio: supone crear condiciones materiales y colectivas para sostener la formación.

Por eso, el cuaderno propone cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos «¿qué podemos copiar de estas experiencias?», nos invita a explorar ¿qué preguntas nos ayudan a formular para nuestros propios territorios y organizaciones?

Esta mirada también permite reconocer que un espacio de pensamiento necesita más que financiamiento o infraestructura. Requiere tiempo para detenerse, posibilidades de encuentro, memoria, circulación de conocimientos, autonomía para formular preguntas, capacidad de disentir y condiciones para equivocarse y cambiar de rumbo.

Tener recursos no garantiza libertad para investigar. Contar con un proyecto financiado no significa poder modificar sus preguntas cuando la realidad demuestra que algo no funciona. La autonomía también depende de quién decide, qué puede discutirse y qué conocimientos pueden compartirse.

Cuatro ejercicios para desarmar el GPS del conocimiento

El cuaderno no quiere quedarse en la reflexión. Por eso incluye cuatro ejercicios para trabajar estas preguntas de manera práctica y colectiva:

  • -El GPS del conocimiento: dibujar un mapa de los lugares a los que acudimos para aprender, investigar o producir conocimiento, y explorar rutas alternativas.

  • -El detective de los espacios: reconstruir una experiencia histórica atendiendo a sus problemas, protagonistas, relaciones de poder y contradicciones.

  • -El centro se mueve: reconocer lugares donde ya aprendemos y pensamos, incluso cuando no suelen ser considerados espacios de producción de conocimiento.

  • -Construir un espacio que todavía no existe: imaginar un espacio de pensamiento en nuestro territorio y discutir quién podría participar, qué se aprendería, quién decidiría, cómo se sostendría y qué haría falta para que no terminara reproduciendo aquello que busca transformar.

No son ejercicios con respuestas correctas. Son herramientas para abrir conversaciones, hacer visibles las jerarquías que solemos dar por sentadas e imaginar otras posibilidades de encuentro, investigación y acción colectiva.

El mapa no se destruye: se desobedece

Una universidad, una comunidad, un archivo, una escuela de movimiento, una biblioteca o una conversación pueden convertirse en espacios de pensamiento. No porque todos deban hacer lo mismo, sino porque pueden crear condiciones distintas para formular preguntas, compartir saberes, conservar memorias y actuar sobre los problemas que enfrentamos.

La antigeopolítica del conocimiento que propone este cuaderno no busca sustituir un centro por otro. Nos invita a cuestionar por qué ciertos lugares concentran la autoridad para producir conocimiento y a reconocer la diversidad de espacios desde los cuales podemos comprender y transformar el mundo.

Quizá la primera herejía no haya sido pensar diferente. Quizá haya sido construir un lugar desde donde hacerlo.

¿Qué es Los Herejes de lo Común?

Pensar fuera del centro forma parte de la colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes: Cuadernos de Antigeopolítica y Antiimperialismos, impulsada por el Observatorio de Bienes Comunes de la Universidad de Costa Rica.

Estos cuadernos nacen como herramientas pedagógicas y políticas para cuestionar los dogmas que presentan como inevitables el extractivismo, el colonialismo contemporáneo, la mercantilización de la vida y las distintas formas de dominación imperial. Recuperan experiencias históricas y actuales de resistencia, organización y defensa de la vida en América Latina y el Caribe, con el propósito de fortalecer la reflexión crítica y la imaginación política.

La figura del hereje, inspirada en la tradición de Fray Servando Teresa de Mier, no representa aquí a quien se equivoca, sino a quien se atreve a cuestionar las verdades establecidas y a imaginar otras formas de comprender y habitar el mundo. Desde esta perspectiva, las luchas por el agua, los territorios, la soberanía de los pueblos y las formas comunitarias de vida también producen preguntas, conocimientos y horizontes colectivos que desafían el orden dominante.

La colección busca abrir espacios para pensar esas experiencias, reconocer sus aprendizajes y contradicciones, y preguntarnos qué mundos queremos defender y construir frente a las múltiples formas de ocupación, control y despojo contemporáneo.

Porque defender los bienes comunes también significa defender nuestra capacidad colectiva de pensar, imaginar y construir otros mundos posibles.

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Crónica rosa: La Pantera sale a conocer qué pasa en una protesta

Este martes 20 de octubre, la Pantera Rosa se dejó ver por las calles de San José, Costa Rica. Su misión era sencilla: conocer qué sucede en una manifestación y descubrir por qué las protestas parecen molestar tanto al poder.

La Pantera Rosa salió hoy a caminar por San José. No iba detrás de ningún sospechoso, como en sus viejas aventuras, ni tenía que resolver uno de esos misterios que la mantienen ocupada. Esta vez tenía una tarea diferente: visitar la manifestación por los derechos sociales y observar qué hace la gente cuando sale a la calle para defender aquello que considera importante.

La curiosidad tenía su razón de ser.

Mientras el partido oficialista cuenta con los votos necesarios para impulsar sus decisiones y avanzar con los recortes que afectan derechos sociales, también dedica esfuerzos a descalificar las protestas, ningunear a quienes participan y promover investigaciones que parecen querer convertir la manifestación en un problema por sí mismo.

Así que la Pantera se hizo una pregunta antes de salir de casa: si quienes gobiernan tienen los votos para tomar sus decisiones, ¿por qué les molesta tanto que la gente salga a la calle?

Con esa inquietud, llegó a San José. Y lo primero que descubrió fue que una protesta es mucho más que una multitud reunida en una calle.

Se camina, se conversa, se comparte

La Pantera Rosa empezó por observar los pasos. La gente caminaba, se encontraba con otras personas, intercambiaba saludos y conversaba. Algunas llegaban con sus compañeras y compañeros de organización; otras se acercaban para conocer qué estaba pasando. Había quienes llevaban rato participando y quienes quizás estaban viviendo una experiencia nueva.

En medio de la marcha, las consignas se escuchaban una tras otra. Se cantaba, se reía y se compartían palabras de ánimo. También había momentos para escuchar las intervenciones de quienes tomaban el micrófono y poner atención a las razones que habían llevado a tantas personas hasta allí.

La Pantera anotó algo importante en su libreta: una protesta también es un lugar para encontrarse.

Porque las luchas sociales no se construyen únicamente en reuniones formales, oficinas o espacios organizativos. También se alimentan de esos encuentros en los que las personas reconocen que sus preocupaciones no son individuales, que otras viven situaciones semejantes y que hay problemas que necesitan respuestas colectivas.

Quizás alguien llegó preocupado por el futuro de la salud pública. Otra persona, por los recortes sociales. Alguien más, por las condiciones de vida de su familia o por las dificultades que enfrenta su comunidad. Aunque los motivos particulares puedan ser distintos, la calle permite ponerlos en común.

Y allí estaba la Pantera, descubriendo que caminar junto a otras personas puede ser una manera de decir: esto que nos sucede no nos resulta indiferente.

En las plazas también se hace política

La investigación continuó en los espacios públicos. La Pantera observó plantones, intervenciones y distintas formas de expresar posiciones políticas. Vio cómo las personas se apropiaban de las plazas para hacer visibles sus preocupaciones y recordar que los asuntos públicos no pertenecen exclusivamente a quienes ocupan cargos de gobierno.

Porque una plaza no es solamente un lugar para atravesar de camino a otro sitio. También puede convertirse en un espacio para detenerse, escuchar, conversar y preguntarse qué está pasando con aquello que compartimos.

La Pantera comprendió que una manifestación busca precisamente eso: interrumpir, aunque sea por un momento, la normalidad con la que transcurre la vida cotidiana.

Cuando se recorta un derecho, se modifica una política pública o se toman decisiones que afectan a muchas personas, no todo el mundo tiene la posibilidad de sentarse frente a quienes deciden. Tampoco todas las personas encuentran espacios para hacer escuchar sus preocupaciones.

Por eso, salir a una plaza, organizar un plantón o convocar una manifestación puede ser una forma de abrir una conversación que, de otro modo, difícilmente tendría lugar.

La protesta hace visible aquello que algunos preferirían mantener lejos de la mirada pública.

Y cuando la Pantera observó cómo las calles se convertían en espacios de expresión, encontró otra pista: a veces, ocupar el espacio público es la manera de recordarle al poder que la sociedad no se reduce a las decisiones que se toman desde arriba.

La protesta también tiene música, poesía y baile

Pero la Pantera Rosa todavía tenía mucho que aprender.

En su recorrido descubrió que una manifestación no se compone únicamente de discursos y consignas. También hay música, poesía, rap y baile. Hay personas que encuentran en una canción las palabras que necesitan para expresar su indignación. Otras recurren a la poesía para hablar de lo que les preocupa. Algunas prefieren escuchar; otras sienten la necesidad de tomar la palabra.

La creatividad aparece allí donde las personas buscan formas de contar lo que viven, compartir sus ideas y expresar sus desacuerdos.

La Pantera tomó nota de algo que parecía evidente, pero que a veces se olvida: protestar no significa dejar de reír, cantar o bailar. La indignación y la alegría pueden caminar juntas. La preocupación por el futuro también puede expresarse mediante la música, el arte y el encuentro.

Y es que, incluso en momentos difíciles, las personas necesitan reconocerse, acompañarse y encontrar fuerzas para continuar.

Una manifestación puede ser un espacio para expresar el descontento, pero también para celebrar que todavía es posible reunirse, hablar y construir algo en común.

La Pantera, que había llegado esperando encontrar únicamente una multitud enojada, descubrió una experiencia mucho más diversa.

Había desacuerdo, sí. Había preocupación y reclamos. Pero también había creatividad, conversación y ganas de hacerse escuchar.

Las calles hablan de lo que está pasando y de lo que podría venir

La investigación llevó a la Pantera a otro asunto: las calles también sirven para advertir sobre lo que está sucediendo y sobre aquello que podría ocurrir si las decisiones políticas siguen un determinado rumbo.

Las personas no salen a protestar solamente por lo que ya han perdido. También pueden hacerlo para advertir sobre los riesgos que identifican en las decisiones que se están discutiendo.

En ese sentido, una manifestación es una forma de intervenir en el presente y disputar el futuro.

Quienes participan buscan que sus preocupaciones sean escuchadas antes de que determinadas decisiones se consoliden, que sus argumentos entren en una discusión de la que se sienten excluidos o que las consecuencias de ciertas medidas no sean tratadas como asuntos secundarios.

La Pantera comprendió entonces que la protesta no siempre llega cuando todo ha sucedido. A veces aparece precisamente porque las personas intentan evitar que algo suceda.

Sin embargo, no todas las advertencias reciben la misma atención. Hay quienes pueden acceder fácilmente a los espacios donde se toman las decisiones y quienes necesitan organizarse, movilizarse y ocupar las calles para conseguir que sus voces sean escuchadas.

Por eso, la Pantera siguió observando. Quería comprender qué sucede cuando las personas se manifiestan, expresan sus preocupaciones y, aun así, sienten que las decisiones continúan avanzando sin tomar en cuenta sus voces.

Reconocimiento y agradecimiento

Agradecemos a Primitivo, por compartir su rap, y al Colectivo Barrial, por llevar su poesía a la protesta. Gracias por poner la palabra, el ritmo y la creación artística al servicio del encuentro, la expresión colectiva y la defensa de los derechos sociales. Porque también desde el arte se toma la calle, se comparte lo que sentimos y se construyen formas de decir, juntas y juntos, que otras vidas son posibles.

La espera también forma parte de la protesta

En algún momento, la Pantera se detuvo a observar a quienes permanecían allí, pendientes de lo que pudiera suceder.

Porque una manifestación no termina necesariamente cuando se apagan los micrófonos o cuando las personas comienzan a retirarse. También está la espera: la incertidumbre sobre las decisiones que se tomarán, la expectativa de saber si alguien escuchará los reclamos y la preocupación por lo que vendrá después.

Las personas pueden salir a las calles, expresar sus argumentos y presentar sus demandas, pero eso no significa que obtendrán una respuesta inmediata.

A veces, la protesta es precisamente la expresión de una conversación que no ha podido producirse en otros espacios. Una manera de insistir en que las decisiones que afectan la vida de muchas personas no deberían tratarse como si sus consecuencias fueran irrelevantes.

La Pantera miró alrededor y volvió a preguntarse qué significa escuchar.

¿Basta con permitir que las personas hablen? ¿Escuchar consiste únicamente en dejar que una manifestación termine para continuar con los planes previstos? ¿Qué sucede cuando las voces se expresan, los argumentos se presentan y, aun así, quienes toman las decisiones no parecen dispuestos a reconsiderarlas?

La libreta comenzaba a llenarse de preguntas.

El misterio de la Pantera Rosa: ¿por qué le molestan tanto las protestas al poder?

Antes de retirarse, la Pantera Rosa volvió sobre el motivo que la había llevado hasta San José.

El partido oficialista cuenta con los votos para impulsar sus decisiones. Tiene la posibilidad de recurrir a los mecanismos institucionales para avanzar con sus propuestas. Sin embargo, la existencia de esa mayoría no ha impedido que las manifestaciones sean objeto de descalificaciones, que se intente restar importancia a los reclamos o que se planteen investigaciones contra quienes participan en la protesta social.

Entonces, ¿qué es lo que tanto incomoda?

Si los votos están asegurados, ¿por qué parece necesario desacreditar a quienes se oponen? Si las decisiones pueden defenderse públicamente con argumentos, ¿por qué la expresión del desacuerdo se convierte en motivo de sospecha? Si quienes gobiernan están convencidos de que sus propuestas son las correctas, ¿por qué les preocupa que otras personas salgan a cuestionarlas?

La Pantera Rosa no encontró una respuesta definitiva. Pero sí comprendió que el misterio no estaba en las personas que caminaban, cantaban, bailaban, conversaban o sostenían sus pancartas.

El verdadero asunto estaba en la relación entre el poder y el desacuerdo.

Porque una mayoría parlamentaria permite aprobar decisiones, pero no significa que toda la sociedad esté de acuerdo con ellas. Tener los votos no equivale a tener la razón sobre todos los asuntos, ni elimina la responsabilidad de escuchar las consecuencias que las decisiones políticas tienen sobre la vida de las personas.

La democracia no consiste únicamente en contar votos. También implica reconocer que quienes no comparten las decisiones de una mayoría conservan el derecho a cuestionarlas, organizarse y manifestarse públicamente.

Y es precisamente allí donde la protesta adquiere importancia: recuerda que la política no termina en las instituciones, que la ciudadanía no desaparece después de las elecciones y que las personas siguen teniendo razones para intervenir en las decisiones que afectan sus vidas.

La Pantera cerró su libreta. Había aprendido que en una protesta se camina, se conversa, se canta, se baila, se comparte, se escucha y se espera. Que las calles pueden convertirse en lugares donde las preocupaciones individuales se encuentran y se transforman en preguntas colectivas. Que el espacio público también sirve para advertir, reclamar y recordar que hay asuntos que no deberían resolverse de espaldas a quienes los viven.

Pero se marchó con una última pregunta, quizás la más importante de todas: Si quienes gobiernan tienen los votos para hacer lo que quieren, ¿por qué les cuesta tanto aceptar que otras personas tengan el derecho de decir que no están de acuerdo?

La Pantera Rosa siguió su camino. El misterio continúa abierto.

Las pequeñas cosas que sostienen una protesta

Antes de marcharse, la Pantera Rosa quiso hacer una última anotación. Esta vez no tenía que ver con las consignas, los discursos ni las pancartas. Se trataba de esas cosas que suceden mientras una manifestación avanza y que, a veces, pasan inadvertidas entre tanta gente.

La Pantera observó a quienes se dedicaban a cuidar la marcha. Personas que, sin necesidad de tomar un micrófono, asumían la tarea de mantener un cordón para resguardar a quienes caminaban, estar pendientes de los movimientos alrededor y evitar que los vehículos atravesaran el espacio ocupado por la manifestación.

No eran detalles menores. Mientras unas personas expresaban sus demandas, otras procuraban que pudieran hacerlo con mayor seguridad. Había quienes estaban pendientes de lo que sucedía a los lados, quienes advertían sobre los vehículos y quienes ayudaban a mantener el espacio para que la marcha continuara.

La Pantera tomó nota: para que muchas personas puedan salir a la calle, también hace falta que otras se ocupen de cuidarlas.

Después llegó la lluvia. Y con ella, otra de esas escenas que quizás no aparecen en las fotografías de las manifestaciones, pero que dicen mucho sobre lo que sucede allí.

La Pantera vio a personas que se acercaban para cubrirse entre varias, compartir un espacio bajo un paraguas y ayudarse a sobrellevar el aguacero. Pequeños gestos de acompañamiento que, en medio de una jornada de reclamos, mostraban otra dimensión de la protesta: la preocupación por quienes están al lado.

Porque una marcha no se sostiene solamente con consignas. También necesita atención, organización, responsabilidad y disposición para cuidar a otras personas.

Hay quienes ayudan a mantener el recorrido, quienes están pendientes de que nadie quede desprotegido, quienes comparten lo que tienen y quienes encuentran la manera de acompañar a alguien que quizás ni siquiera conocen.

La Pantera comprendió que, en medio de una manifestación, también se construyen relaciones. Personas que llegan con sus propias preocupaciones descubren que pueden hacer algo por las demás. El cuidado deja de ser un asunto exclusivamente individual y se convierte en una responsabilidad compartida.

Y quizás allí encontró una de las lecciones más interesantes de su recorrido: mientras se reclama por los derechos sociales, también se ponen en práctica formas de convivencia que nos recuerdan por qué esos derechos importan.

La seguridad, el acompañamiento, la posibilidad de expresarse y el cuidado mutuo no son asuntos separados de la vida colectiva. Son parte de las condiciones que permiten que las personas se encuentren, participen y defiendan aquello que consideran importante.

La Pantera Rosa guardó su libreta. Esta vez, además de las preguntas sobre el poder, se llevaba algunas imágenes: personas sosteniendo un cordón para cuidar a otras, cuerpos que se organizaban para proteger el espacio de la marcha y gente que se acercaba para compartir un poco de resguardo frente a la lluvia.

Quizás no todo el mundo se detenga a mirar esas escenas. Quizás tampoco ocupen los titulares del día siguiente.

Pero la Pantera decidió que valía la pena recordarlas. Porque una protesta también se construye con esos gestos discretos que hacen posible caminar en compañía y que nos recuerdan que defender los derechos de todas las personas comienza, muchas veces, por estar pendientes de quienes caminan a nuestro lado.

Y mientras se alejaba, la Pantera Rosa se hizo una última pregunta: Si en medio de una protesta somos capaces de organizarnos para cuidarnos entre tantas personas, ¿qué otras cosas podríamos hacer juntas y juntos si aprendiéramos a cuidar de esa misma manera la vida cotidiana?

La libreta de la Pantera Rosa: ¿Qué se protesta y qué se disputa?

La Pantera Rosa se detuvo a escuchar. Entre consignas, discursos y voces que se levantaban pese a la lluvia, fue anotando aquello que las personas reunidas en San José querían defender, cuestionar y poner en discusión. Su libreta comenzó a llenarse de reclamos, preocupaciones y preguntas sobre el país que estamos construyendo.

Al revisar sus apuntes, encontró que la protesta no se limita a defender un presupuesto: también disputa qué entendemos por derechos, democracia, bienestar y futuro.

1. La educación pública no es un privilegio: es un derecho: Estudiantes de secundaria y universidades públicas, personas graduadas y quienes reconocen en la educación una oportunidad para transformar sus vidas insistieron en una preocupación compartida: los recortes presupuestarios no son cifras abstractas. Pueden afectar becas, oportunidades de estudio y las condiciones que permiten a personas de distintos territorios y realidades económicas acceder a la educación.

La Pantera anotó una frase que atravesó varias intervenciones: muchas de las personas que hoy estudian o participan en la vida universitaria pudieron hacerlo gracias a la educación pública. Defenderla significa defender también las oportunidades de quienes todavía no han llegado a las aulas.

2. ¿Qué país prioriza las cárceles mientras debilita las escuelas?: En las intervenciones apareció una crítica a las prioridades del Gobierno. Algunas voces cuestionaron que se presenten las cárceles como respuesta a los problemas de seguridad mientras se reducen recursos destinados a la educación y otros servicios públicos.

La disputa no se limita a decidir cuánto dinero se asigna a cada institución. También plantea una pregunta sobre las respuestas que construimos como sociedad: ¿qué condiciones necesitamos para vivir con dignidad y seguridad? ¿Qué lugar ocupan la educación, la salud y las oportunidades para las juventudes en ese horizonte?

3. Los recortes tienen consecuencias concretas y desiguales: La Pantera escuchó preocupaciones por el estudiantado de territorios como Limón, por las becas y por los recursos que permiten a personas de sectores populares continuar sus estudios. También hubo voces que llamaron la atención sobre las personas con discapacidad y las dificultades que enfrentan cuando se debilitan los apoyos institucionales.

Las intervenciones recordaron que las decisiones presupuestarias no afectan a todas las personas de la misma manera. Para algunas, un recorte puede significar perder una oportunidad educativa o encontrar nuevas barreras para ejercer sus derechos.

La pregunta que quedó anotada fue: ¿quién termina pagando las consecuencias de las decisiones que se toman desde el poder?

4. La salud y la educación públicas forman parte de una historia compartida: Varias intervenciones vincularon la defensa de la educación con la de la Caja Costarricense de Seguro Social y las garantías sociales. Se recordó que muchas personas nacieron en hospitales públicos, estudiaron en centros educativos estatales y encontraron en estas instituciones oportunidades que difícilmente habrían tenido de otra manera.

La protesta recuperó así una memoria colectiva: los derechos sociales son conquistas históricas y no simples concesiones de quienes gobiernan.

Defenderlos significa preguntarse qué queremos preservar de esa historia y qué país queremos dejar a las próximas generaciones.

5. La democracia no termina cuando se cuentan los votos: La Pantera encontró una preocupación que atravesaba buena parte de los discursos: el derecho a expresar desacuerdos, cuestionar las decisiones gubernamentales y manifestarse en el espacio público.

Algunas personas denunciaron actitudes autoritarias y manifestaron su preocupación por la descalificación de las voces críticas. Otras insistieron en la importancia de defender el Estado de derecho y las libertades democráticas.

La disputa, entonces, también se refiere a cómo entendemos la democracia. ¿Es solamente la posibilidad de elegir representantes y permitir que una mayoría tome decisiones? ¿O supone también la obligación de escuchar a quienes cuestionan esas decisiones y garantizar que puedan organizarse, reclamar y protestar?

6. No se trata solamente de partidos políticos, se trata de derechos: En distintas intervenciones aparecieron críticas al Gobierno, a sus representantes y a las decisiones que se están impulsando. Pero también hubo llamados a no reducir la movilización a una disputa entre partidos.

Estudiantes y otras personas participantes insistieron en que la defensa de la educación pública y de los derechos sociales necesita reunir a quienes comparten esas preocupaciones, incluso si tienen trayectorias políticas diferentes.

La Pantera anotó una tensión importante: ¿cómo construir una fuerza colectiva capaz de defender derechos comunes sin quedar atrapada en las divisiones partidarias?

7. La protesta también disputa el sentido de lo que significa cuidar el país: Hubo intervenciones que relacionaron la defensa de los derechos sociales con la protección de la naturaleza, la responsabilidad con las generaciones futuras y la necesidad de construir un país donde las personas puedan vivir con dignidad.

Algunas voces llamaron a fortalecer la organización y a conectar las luchas dentro y fuera de Costa Rica. Otras recordaron el valor de la educación pública para las personas que provienen de comunidades rurales y sectores populares.

La Pantera comprendió que, detrás de los reclamos presupuestarios, también hay distintas ideas sobre el bienestar colectivo y sobre aquello que merece ser protegido como parte de una vida compartida.

8. La organización importa: ocupar las calles también implica cuidarse: En medio de la movilización, las personas participantes recibieron indicaciones para organizarse en distintos espacios, mantener el orden y evitar provocaciones. También hubo llamados a acompañar a quienes enfrentaban situaciones difíciles durante la jornada.

La Pantera encontró aquí otra dimensión de la protesta: no basta con expresar el desacuerdo; también es necesario construir formas de participación colectiva que permitan sostenerlo.

La organización, el acompañamiento y el cuidado mutuo forman parte de las condiciones que hacen posible defender derechos en el espacio público.

Al terminar sus apuntes, la Pantera Rosa comprendió que las voces reunidas en la manifestación no expresaban una única preocupación ni necesariamente compartían todas las respuestas. Había reclamos presupuestarios, denuncias políticas, experiencias personales y distintas maneras de entender lo que estaba en juego.

Sin embargo, encontró un hilo común: la defensa de la educación pública y de los derechos sociales se convirtió también en una discusión sobre las prioridades del país, las desigualdades que atraviesan las decisiones presupuestarias y las condiciones necesarias para ejercer la democracia.

La Pantera cerró su libreta con una última pregunta: Cuando las personas salen a la calle para defender sus derechos, ¿están pidiendo únicamente que no les quiten lo que tienen o también están disputando qué país queremos construir entre todas y todos?

La Pantera Rosa se despide… pero sigue investigando

La Pantera Rosa guardó su libreta, sacudió las gotas de lluvia de su abrigo y se dispuso a regresar a casa. Se iba con varias preguntas, algunas respuestas y la sospecha de que el verdadero misterio no estaba en las calles, sino en los despachos donde se toman decisiones sobre la vida de tanta gente.

Antes de marcharse, miró hacia atrás. La gente seguía conversando, organizándose y defendiendo sus derechos. Entonces sonrió: ¡vaya, vaya! Parece que una protesta es mucho más que hacer bulla.

La Pantera no logró resolver por qué a algunos les molesta tanto que la gente se manifieste, pero sí descubrió algo curioso: hay quienes tienen votos para tomar decisiones, pero no parecen tener mucha paciencia para escuchar a quienes las cuestionan.

Y eso sí que merece una investigación. Por ahora, nuestra felina detective se retira de la escena. Eso sí, deja una advertencia: seguirá observando, tomando apuntes y haciendo preguntas incómodas. Porque, como bien sabe cualquier detective, cuando alguien se empeña demasiado en que no se mire algo… ¡más ganas dan de investigar!

Caso cerrado por hoy. ¿Misterio resuelto? ¡no!

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La Pantera Rosa sale a la calle: crónicas de una esperanza que no se deja domesticar

Entre pancartas, canciones, bailes y reclamos, las protestas sociales nos recuerdan que pensar críticamente también consiste en cuestionar lo que nos han dicho que debemos aceptar.

Una extraña costumbre se extiende por el mundo

Buenas tardes. Les habla la Pantera Rosa, corresponsal infiltrada en las calles del planeta, donde se ha detectado una anomalía que preocupa profundamente a ciertos sectores del poder: la gente está saliendo a protestar. Y no parece tratarse de un error del sistema.

En distintos lugares del mundo, las personas se encuentran para expresar su malestar, reclamar derechos, defender sus territorios, cuestionar decisiones gubernamentales y exigir condiciones de vida dignas. Algunas marchan con pancartas; otras llevan tambores, canciones, disfraces o instrumentos musicales. Hay quienes preparan comida, comparten agua, acompañan a las personas heridas y organizan espacios para sostener la movilización.

¡Qué situación tan complicada para quienes preferirían que cada persona resolviera sus problemas en la intimidad de su casa, sin molestar a nadie!

Porque una cosa es que alguien esté inconforme y otra, bastante más incómoda, es que descubra que otras personas también lo están. Peor todavía: que empiecen a conversar, a reconocerse y a preguntarse si aquello que parecía un problema individual tiene causas que van mucho más allá de sus circunstancias particulares.

Y entonces sucede lo impensable: el malestar deja de ser una colección de frustraciones privadas y comienza a convertirse en una pregunta colectiva.

Nuestra corresponsalía considera que aquí hay algo digno de atención.

Cuando las calles se convierten en lugares para pensar

Existe una curiosa costumbre de imaginar el pensamiento crítico como una actividad que ocurre exclusivamente entre libros, escritorios, aulas universitarias y personas que utilizan palabras suficientemente complicadas como para necesitar un diccionario a mano.

La Pantera Rosa no tiene nada contra los libros. De hecho, lleva uno en su bolso, por si acaso necesita defenderse de alguna interpretación apresurada de la realidad.

Pero hay algo que conviene recordar: también se piensa cuando una comunidad se pregunta por qué le falta agua, cuando estudiantes defienden la educación pública, cuando las personas trabajadoras cuestionan sus condiciones laborales o cuando un territorio se organiza para proteger un río amenazado.

Se piensa al comparar lo que se promete con lo que realmente sucede. Al escuchar experiencias que contradicen las explicaciones oficiales. Al descubrir que aquello que se presenta como inevitable responde, en realidad, a decisiones humanas que pueden discutirse y transformarse.

La protesta social abre precisamente ese espacio: permite que distintas experiencias salgan del aislamiento, se encuentren y pongan en cuestión las explicaciones con las que aprendimos a entender el mundo.

El libro Pensar en marcha. Filosofía y protesta social en Colombia, publicado por CLACSO, recoge una experiencia especialmente interesante: la reflexión filosófica que acompaña las movilizaciones sociales y busca comprender sus preguntas, sus conflictos y sus posibilidades. Sus autores proponen una relación entre la reflexión comprometida y la acción reflexiva. Pensar-en-marcha

Dicho de una manera menos solemne: no hace falta esperar a que termine la protesta para empezar a pensar sobre ella. También podemos pensar mientras caminamos, discutimos, organizamos una olla comunitaria o intentamos comprender por qué tantas personas sienten que las instituciones no están respondiendo a sus necesidades.

La calle no sustituye a los libros, ni los libros sustituyen a la calle. Pero cuando se encuentran, pueden ayudarnos a formular mejores preguntas.

Y formular preguntas sigue siendo una costumbre difícil de controlar.

El problema de una ciudadanía que empieza a hacerse preguntas

La Pantera Rosa ha observado que, cuando aparecen las protestas, también suele aparecer un repertorio bastante conocido de explicaciones.

Que las personas no comprenden las decisiones gubernamentales. Que alguien las manipula. Que deberían esperar. Que existen canales institucionales para expresar sus preocupaciones. Que manifestarse altera la tranquilidad de quienes no tienen nada que reclamar.

Esta corresponsalía no descarta que cada movilización tenga sus propias tensiones, contradicciones y conflictos. Las protestas no son espacios mágicos donde desaparecen las diferencias ni comunidades perfectamente organizadas en las que todo el mundo está de acuerdo.

Pero hay una pregunta que merece hacerse: ¿qué ocurre cuando los canales disponibles no ofrecen respuestas suficientes, cuando determinadas voces no encuentran escucha o cuando los problemas persisten a pesar de haber sido señalados una y otra vez?

En esas circunstancias, la protesta puede convertirse en una manera de hacer visible aquello que se preferiría mantener fuera de la conversación pública.

Y aquí aparece otra curiosidad: con frecuencia se invita a la ciudadanía a participar, siempre que su participación no incomode demasiado, no cuestione las decisiones tomadas y no interrumpa el funcionamiento habitual de las cosas.

La Pantera Rosa quisiera conocer la dirección exacta de esa oficina donde se tramitan las solicitudes para una participación ciudadana que no produzca ninguna incomodidad.

Mientras tanto, conviene recordar que la protesta social no es solamente una expresión de descontento. También puede abrir debates sobre qué entendemos por democracia, quiénes tienen la posibilidad de intervenir en las decisiones colectivas y cuáles son las experiencias que reciben atención pública.

Protestar no garantiza que las demandas sean atendidas ni que los cambios necesarios se produzcan. Pero permite colocar preguntas en el espacio público y disputar la idea de que las cosas deben continuar exactamente como están.

No todo ocurre frente a un micrófono

Hay otra dimensión de las protestas que merece atención: aquello que sucede entre las personas que participan.

A veces, la mirada se concentra tanto en las consignas, las declaraciones y los enfrentamientos que dejamos de observar las relaciones que hacen posible sostener una movilización.

Alguien cocina. Otra persona organiza los turnos. Alguien presta su casa, comparte información o acompaña a quien tiene miedo. Hay quienes ponen música, crean imágenes, escriben, bailan y encuentran maneras de expresar lo que las palabras habituales no alcanzan a decir.

Estas prácticas no son simples adornos de la protesta. Pueden formar parte de su capacidad para reunir experiencias diversas, construir vínculos y abrir espacios de colaboración.

En su reflexión sobre las movilizaciones colombianas de 2021, Pensar en marcha presta atención precisamente a la presencia del arte, la cultura, los cuidados y las formas de solidaridad que acompañaron las resistencias. Pensar-en-marcha

La Pantera Rosa encuentra aquí una noticia particularmente interesante: mientras buena parte del mundo insiste en presentarnos la competencia como la forma natural de relacionarnos, en las calles aparecen personas ensayando otras maneras de encontrarse.

No significa que todas las diferencias desaparezcan ni que toda experiencia colectiva sea necesariamente justa. Significa que, en medio del conflicto, también pueden surgir aprendizajes, preguntas y relaciones que merecen ser reconocidos.

A veces, la protesta no solo cuestiona una decisión política. También permite experimentar, aunque sea temporalmente, que otras formas de organizarnos son posibles.

Y eso, para una corresponsal acostumbrada a observar las extravagancias del poder, resulta bastante más interesante que otro discurso sobre la importancia de la productividad.

La esperanza no es quedarse esperando

Conviene hacer una aclaración antes de cerrar esta transmisión: la Pantera Rosa no confunde esperanza con ingenuidad.

Las protestas tienen costos. Las personas pueden sufrir violencia, persecución, detenciones y desgaste. Las movilizaciones pueden enfrentar divisiones, perder fuerza o no alcanzar sus objetivos. Además, quienes salen a las calles no siempre comparten las mismas aspiraciones ni imaginan las mismas soluciones.

Por eso, mirar las protestas críticamente también exige escuchar sus distintas voces, comprender sus contextos y preguntarnos por los cambios que reclaman, las relaciones que construyen y los obstáculos que encuentran.

Pero reconocer esas dificultades no significa ignorar su importancia.

Cuando las personas se encuentran para cuestionar una injusticia, defender un bien común o exigir que sus necesidades sean escuchadas, están participando en una disputa sobre cómo queremos vivir y qué lugar ocupamos en las decisiones que afectan nuestras vidas.

La esperanza aparece allí, no como una promesa de que todo saldrá bien, sino como la posibilidad de actuar colectivamente frente a aquello que parecía inamovible.

Por eso, cuando la Pantera Rosa recorre las noticias de las protestas que emergen en distintos lugares del mundo, presta atención no solo a las multitudes, sino también a las preguntas que las reúnen, a las historias que las impulsan y a los vínculos que nacen en el camino.

Porque pensar críticamente no consiste únicamente en aprender a desconfiar de las explicaciones que recibimos. También implica imaginar alternativas, escuchar a quienes han sido ignorados y construir herramientas para comprender y transformar nuestra realidad.

Y si, además, en el proceso aparecen una orquesta, una pancarta ingeniosa o alguien repartiendo comida, nuestra corresponsalía no tiene objeciones.

Último reporte: las calles siguen hablando

Desde el Observatorio de Bienes Comunes, esta Pantera Rosa se despide con una última observación: las protestas sociales nos recuerdan que la vida colectiva no está terminada de escribir.

Cada movilización tiene su historia. Cada comunidad enfrenta sus propios conflictos. No hay una receta universal para transformar la realidad, ni basta con llenar las calles para resolver problemas que se han construido durante décadas.

Pero cuando las personas se encuentran, comparten sus experiencias y se atreven a cuestionar lo que parecía incuestionable, se abre una posibilidad: comenzar a pensar de otra manera aquello que vivimos en común.

Tal vez por eso las protestas incomodan tanto. No solo interrumpen la circulación de vehículos o alteran la agenda de las autoridades. También interrumpen la circulación de ciertas certezas.

Y ahora, si me permiten, debo continuar mi recorrido. Hay demasiadas calles por observar, demasiadas preguntas por escuchar y demasiados intentos de explicar que todo está bien mientras la gente insiste en decir lo contrario.

La Pantera Rosa informa: pensar también es salir al encuentro de otras personas, cuestionar lo que parecía inevitable y descubrir que la realidad puede transformarse cuando dejamos de enfrentarla en soledad.

Seguiremos informando. La esperanza, por lo visto, todavía no ha solicitado permiso para manifestarse.

Mapa de las protestas: distintas luchas, una pregunta compartida

La Pantera Rosa ha desplegado su libreta de corresponsal y encontró algo que merece atención: las protestas no nacen todas por las mismas razones, ni tienen idénticos objetivos. Algunas denuncian decisiones gubernamentales; otras enfrentan la corrupción, las desigualdades, la violencia o el deterioro de las condiciones de vida. Pero muchas comparten una ruptura: personas que dejan de aceptar en silencio aquello que se presenta como inevitable.

Para ampliar la nota, podemos incorporar una matriz que permita reconocer qué se reclama, qué está en juego y qué nos enseñan estas movilizaciones sobre la vida en común. No se trata de meter todas las luchas en el mismo saco (la Pantera Rosa sabe que hasta los sacos tienen sus límites), sino de mirar sus diferencias y posibles puntos de encuentro.

Matriz de protestas: ¿qué está llevando a la gente a las calles?

Esta matriz recoge algunas de las movilizaciones documentadas durante las últimas semanas y otros procesos de protesta que continúan activos. No es un inventario completo de las luchas del mundo, sino una fotografía de distintas formas de inconformidad que atraviesan octubre de 2026.

País o región¿Qué está movilizando a la gente?¿Qué está en juego?La pregunta que nos deja la Pantera Rosa
FranciaEstudiantes, sindicatos y otros sectores protestan por las condiciones educativas, el costo de la vida y el deterioro de los servicios públicos.El acceso a una educación digna y la capacidad de sostener la vida cuando todo cuesta más.¿Por qué siempre aparecen recursos para exigir sacrificios a la población, pero nunca parecen suficientes para garantizar sus derechos?
AlbaniaEstudiantes y otros sectores se sumaron a las protestas contra la corrupción, el gobierno y un proyecto turístico de lujo que amenaza con privatizar el aprovechamiento de la costa.La defensa del territorio, los bienes comunes y la posibilidad de decidir qué futuro se construye.¿Quién decide qué hacer con un territorio: quienes lo habitan o quienes llegan con suficiente dinero para comprarlo?
ArgentinaEstudiantes y trabajadores universitarios marcharon contra los recortes presupuestarios a la educación.La educación pública como derecho y como condición para construir una sociedad menos desigual.¿Qué clase de futuro se puede construir si se considera el conocimiento un gasto prescindible?
Estados UnidosSe han registrado movilizaciones contra las políticas migratorias y actuaciones de agentes de inmigración, además de convocatorias contra el gobierno de Donald Trump.Los derechos de las personas migrantes, los límites del poder estatal y las libertades democráticas.¿Qué queda de los derechos cuando su ejercicio depende de quién eres, de dónde vienes o de cuánto le agradas al poder?
EspañaLas protestas por los desalojos y el encarecimiento de la vivienda han puesto en el centro el derecho a permanecer en el lugar donde se ha construido una vida.El acceso a la vivienda, la permanencia en los barrios y el conflicto entre la vivienda como derecho y como negocio.¿En qué momento tener un techo dejó de ser una necesidad humana y pasó a convertirse, ante todo, en una oportunidad de inversión?
PortugalLas movilizaciones por el encarecimiento de la vivienda expresan el malestar ante unos precios que dificultan cada vez más el acceso a un hogar.La posibilidad de vivir en las ciudades sin que el alquiler consuma una parte desproporcionada de los ingresos.Si una ciudad expulsa a quienes la sostienen, ¿para quién se está construyendo?
IndiaMovilizaciones juveniles han denunciado irregularidades electorales y cuestionado las revisiones de los registros de votantes.La confianza en los procesos electorales y el derecho a participar en la vida política.¿De qué sirve celebrar elecciones si también hay que preguntarse quién podrá ejercer realmente su derecho al voto?
Reino Unido y otros paísesLas marchas de solidaridad con Palestina continúan expresando rechazo a la violencia contra la población palestina y cuestionamientos a las políticas de los gobiernos.La defensa de la vida, la solidaridad internacional y el derecho a denunciar las violaciones de derechos humanos.¿La solidaridad es un principio universal o solo se permite cuando no incomoda a quienes gobiernan?
Indonesia y otros países con movilizaciones juvenilesDistintos movimientos juveniles han cuestionado la corrupción, las condiciones de vida, las oportunidades laborales y el funcionamiento de las instituciones. Las causas varían de un país a otro.La posibilidad de tener un futuro digno y participar en decisiones que afectan la vida cotidiana.¿Qué ocurre cuando una generación deja de creer que debe conformarse con el futuro que le ofrecen?

Nota de la corresponsalía: esta selección reúne protestas con causas y trayectorias diferentes. No todas comparten demandas, formas de organización ni horizontes políticos. Tampoco todas las movilizaciones tienen los mismos niveles de participación o han recibido las mismas respuestas de las autoridades.

Hay una solidaridad que atraviesa muchas de estas movilizaciones y que merece un lugar propio: la defensa del pueblo palestino frente al genocidio en Gaza, perpetrado por Israel, y la violencia que continúa marcando sus vidas. En distintas partes del mundo, las marchas, los plantones, las acciones culturales y las campañas de solidaridad han llevado a las calles una exigencia de justicia, el rechazo a las acciones del Estado israelí y la denuncia de la devastación de la vida palestina.

Estas expresiones nos recuerdan que la solidaridad también cruza fronteras: que el sufrimiento de un pueblo no tiene por qué convertirse en una noticia más que aprendemos a tolerar, y que defender la dignidad humana implica cuestionar la indiferencia, exigir responsabilidades a quienes perpetran la violencia y acompañar a quienes resisten.

La Pantera Rosa toma nota: mientras algunos pretenden que miremos hacia otro lado, hay quienes siguen encontrándose en las calles para denunciar las acciones de Israel, afirmar que la vida palestina importa y recordarnos que la solidaridad no necesita pasaporte, pero sí memoria, compromiso y voluntad de no mirar hacia otro lado.

Lo que la matriz no puede mostrar por sí sola

La tabla permite ordenar las demandas, pero hay algo que se pierde cuando las protestas se reducen a una lista de reclamos: la gente no solo sale a la calle para denunciar lo que está mal; también aprende, se organiza y ensaya otras formas de relacionarse.

En las movilizaciones encontramos asambleas, conversaciones, canciones, bailes, ollas compartidas, acompañamiento y cuidado mutuo. No aparecen necesariamente en los titulares, pero son parte de la experiencia de protestar. La calle se convierte, por momentos, en un lugar donde se comparten conocimientos, se reconocen problemas que parecían individuales y se descubren posibilidades de actuar colectivamente.

Desde esa perspectiva, la protesta también es una práctica de pensamiento crítico. No porque quienes protestan tengan todas las respuestas, sino porque se atreven a poner en duda las respuestas que el poder presenta como definitivas.

La Pantera Rosa propone tres preguntas para leer estas luchas:

  • -¿Qué nos enseñan sobre aquello que nuestras sociedades consideran normal, aunque produzca sufrimiento o desigualdad?
  • -¿Qué vínculos, saberes y formas de ayuda mutua aparecen cuando las personas se organizan?
  • -¿Qué alternativas comienzan a imaginarse cuando dejamos de pensar que los problemas deben resolverse individualmente?

Y una última observación de esta corresponsalía: a los gobiernos puede incomodarles que la gente proteste; a los mercados, que cuestione sus prioridades; y a quienes prefieren la obediencia, que las personas comiencen a pensar juntas.

Pero quizá esa sea una de las contribuciones más importantes de la protesta: recordarnos que la realidad no es un guion terminado y que la ciudadanía no consiste únicamente en observar cómo otras personas deciden nuestro destino.

La Pantera Rosa seguirá recorriendo las calles. No descarta entrevistar a una pancarta, asistir a una asamblea o aprenderse una coreografía. Lo que no hará es quedarse esperando, en silencio, a que le concedan permiso para pensar.

Para seguir pensando en marcha: una invitación a leer colectivamente

La Pantera Rosa ha hecho sus recorridos por las calles y ha llenado varias páginas de su libreta. Pero todavía queda una pregunta: ¿cómo comprender lo que ocurre cuando las personas dejan de aceptar en silencio las decisiones que afectan sus vidas y comienzan a organizarse para cuestionarlas?

Para seguir esta pista, queremos recomendar una lectura: Pensar en marcha. Filosofía y protesta social en Colombia, publicado por CLACSO. Este libro nos invita a acercarnos a las protestas no solamente como acontecimientos políticos que aparecen en las noticias, sino también como experiencias que producen preguntas, reflexiones y aprendizajes colectivos.

Leerlo en este momento puede ayudarnos a mirar más allá de las imágenes de multitudes, las pancartas y los enfrentamientos. ¿Qué conocimientos se construyen en las calles? ¿Qué preguntas comienzan a hacerse las personas cuando descubren que sus malestares no son problemas individuales? ¿Qué relaciones de solidaridad, cuidado y colaboración hacen posible sostener una lucha? ¿Qué ocurre con nuestras ideas sobre la democracia cuando quienes habitualmente son escuchados deciden que ya no quieren seguir hablando solos?

Las experiencias colombianas que recoge el libro nos ofrecen pistas para pensar también las movilizaciones que recorren otros lugares del mundo. No porque todas las protestas sean iguales, sino porque acercarnos a ellas puede ayudarnos a reconocer sus particularidades, sus tensiones y sus posibilidades transformadoras.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes nos interesa especialmente esta invitación: entender la protesta como una expresión de inconformidad, pero también como un espacio donde se aprende a pensar con otras personas, se cuestiona lo que parecía inevitable y se ensayan maneras distintas de construir la vida en común.

La Pantera Rosa recomienda, entonces, hacer una pausa entre pancarta y pancarta, abrir el libro y continuar la conversación. Porque salir a la calle puede ser una manera de plantear preguntas, y leer colectivamente puede ayudarnos a comprender mejor por qué esas preguntas importan.

¿Y si, además de observar las protestas, nos animamos a pensar con ellas?

Referencias:

Associated Press. (2026, 17 de octubre). Riots in Tirana enter a fifth day as Albania’s anti-government protests escalate.

Columbia University, Global Freedom of Expression. (2026). CGFoE Protest Monitor: Tracking pro-democracy protests and the suppression of dissent worldwide.

Democracy Now! (2026, 16 de octubre). Las protestas lideradas por estudiantes se extienden de Francia a Albania y Argentina.

Grueso Vanegas, D. I., Niño Castro, Á., Rueda Barrera, E. A., y Tovar González, L. (Eds.). (2022). Pensar en marcha: Filosofía y protesta social en Colombia. CLACSO.

Nilsson-Julien, E. (2026, 5 de octubre). From school blockades to violence: What is driving student protests in France? Euronews.

Tanjim, N. (2026, 16 de octubre). Young, online and on the streets. The Business Standard.

Taylor, H. (2026, 18 de octubre). Why are people protesting across Europe? The Guardian.

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La necropolítica en Costa Rica: los Juegos del Hambre y el Estado que decide quién importa

Seguridad, exclusión y deshumanización: cuando los derechos se convierten en fichas de negociación

¿Qué sucede cuando una sociedad comienza a aceptar que algunas personas deben sacrificarse para que otras puedan vivir con seguridad, prosperidad o tranquilidad?

En Los Juegos del Hambre, de Suzanne Collins, el Capitolio gobierna mediante el miedo, el espectáculo y la desigualdad. Los distritos sostienen materialmente al sistema, pero sus habitantes deben competir en una arena donde la supervivencia de unos depende de la eliminación de otros. Mientras el espectáculo concentra la atención, las relaciones de poder que lo hacen posible permanecen en segundo plano.

¿Y si utilizáramos esa imagen para mirar la política costarricense?

Las disputas por el financiamiento de la educación pública y las políticas sociales, las transformaciones laborales, las decisiones ambientales, los acuerdos comerciales y las respuestas frente a la violencia parecen asuntos separados. Sin embargo, todos abren una pregunta común: ¿quién define las prioridades del Estado y quién termina soportando las consecuencias de sus decisiones?

En estas discusiones, la negociación suele presentarse como una necesidad: hay que llegar a acuerdos, aceptar concesiones y comprender que los recursos son limitados. Pero ¿por qué tantas veces la negociación comienza por determinar qué derechos deben sacrificarse, en lugar de discutir las condiciones que producen su deterioro?

El concepto de necropolítica, desarrollado por el filósofo camerunés Achille Mbembe, permite examinar cómo el poder distribuye desigualmente la exposición a la violencia, el abandono y las condiciones degradadas de existencia. No se refiere únicamente a matar, sino también a las formas en que determinadas poblaciones quedan expuestas a mayores riesgos y reciben menor protección.

La metáfora de Los Juegos del Hambre nos ayuda a conectar estas preguntas. No porque todas las decisiones políticas sean equivalentes, sino porque permite examinar quién establece las reglas, quién decide los sacrificios y quiénes deben asumir sus costos.

La arena: convertir los derechos en sacrificios

En Los Juegos del Hambre, la desigualdad aparece como una condición inevitable. La competencia distrae de las reglas que organizan el sistema y presenta la supervivencia individual como la única salida posible.

En la política costarricense encontramos una tensión semejante cuando la educación pública, las políticas sociales o la protección ambiental se presentan como gastos que compiten con otras prioridades; cuando las garantías laborales aparecen como obstáculos para la competitividad, o cuando las necesidades de las comunidades se subordinan a determinados proyectos económicos.

Cada discusión tiene sus particularidades, pero todas requieren examinar cómo se distribuyen los recursos, los beneficios y los costos.

La promoción de centros de datos, por ejemplo, plantea interrogantes sobre el consumo de agua y energía, el uso del territorio y la distribución de los beneficios de la inversión. La discusión sobre la jornada laboral 4×3 remite, a su vez, al tiempo de descanso, los cuidados y la capacidad de las personas para organizar sus vidas.

No se trata de asumir que toda inversión es perjudicial o que cualquier reforma constituye una amenaza. Se trata de preguntar bajo qué condiciones se toman las decisiones y quién tiene capacidad para enfrentar sus consecuencias.

Cuando los derechos se presentan como obstáculos y las pérdidas como inevitables, la discusión deja de centrarse en cómo garantizar mejores condiciones de vida y pasa a determinar quién debe conformarse con menos.

Los tributos: ¿quién paga el precio del desarrollo?

En el mundo de Suzanne Collins, los distritos producen los recursos que sostienen al Capitolio, pero no participan en igualdad de condiciones en las decisiones que organizan sus vidas.

Esta imagen invita a examinar las relaciones entre desarrollo, poder y distribución de recursos en Costa Rica.

El crecimiento económico y la atracción de inversiones suelen justificarse por los beneficios que prometen. Sin embargo, sus resultados no se distribuyen automáticamente de manera equitativa. Los costos ambientales, laborales y sociales pueden recaer sobre poblaciones que tienen menos recursos para afrontarlos y menos capacidad para incidir en las decisiones.

Algo similar ocurre cuando se discuten las condiciones de financiamiento de las instituciones públicas. Quienes pueden pagar servicios privados tienen alternativas frente al deterioro de la oferta pública; quienes dependen de ella pueden ver restringidas sus posibilidades de atención, educación y bienestar.

Estas diferencias importan porque los sacrificios no se experimentan de la misma manera. Una restricción puede ser una dificultad temporal para algunos sectores y una barrera decisiva para otros.

Por eso, evaluar una política económica requiere más que contabilizar inversiones, empleos o ingresos. También exige examinar sus consecuencias territoriales y sociales.

¿Quién recibe los beneficios del desarrollo, quién asume sus costos y quién tiene voz para decidir cómo se distribuyen?

El Capitolio también negocia: el TLC con Israel

Las relaciones comerciales también expresan prioridades políticas. Un caso relevante es el Tratado de Libre Comercio entre Costa Rica e Israel, cuyo expediente legislativo es el 25.542.

En octubre de 2026, el Consejo Universitario de la Universidad de Costa Rica recomendó a la Asamblea Legislativa no aprobar el tratado. Entre sus preocupaciones señaló aspectos relacionados con los derechos humanos, la protección ambiental, la participación ciudadana y la identificación del origen de mercancías procedentes de territorios palestinos ocupados. El tratado continuaba en trámite legislativo.

Este debate se desarrolla en el contexto del genocidio contra el pueblo palestino y de las discusiones internacionales sobre las responsabilidades de los Estados y sus relaciones económicas con Israel. Por ello, no puede reducirse a una cuestión técnica sobre aranceles y oportunidades de mercado.

En septiembre de 2026, una comisión legislativa rechazó solicitudes para recibir en audiencia a la cónsul honoraria de Palestina en Costa Rica y al especialista en derecho internacional Nicolás Boeglin, quienes podían aportar criterios al análisis del tratado.

Estos hechos plantean preguntas sobre la relación entre los intereses comerciales y las obligaciones internacionales del país. ¿Cómo se evalúan las implicaciones de un acuerdo comercial cuando existen graves cuestionamientos sobre los derechos humanos? ¿Qué mecanismos permiten identificar el origen de las mercancías? ¿Qué lugar ocupan las consideraciones éticas, ambientales y jurídicas en las decisiones económicas?

La discusión no consiste en afirmar que un tratado comercial sea equivalente a otras formas de violencia. Consiste en examinar las responsabilidades que acompañan a las decisiones estatales y los límites que deben orientar sus relaciones económicas.

En Los Juegos del Hambre, el Capitolio establece las reglas de una competencia que oculta las relaciones de poder detrás del espectáculo. En este caso, la pregunta es qué aspectos quedan fuera de la discusión cuando los beneficios comerciales ocupan el centro del debate.

Un acuerdo no debería evaluarse únicamente por sus oportunidades económicas, sino también por sus implicaciones sociales, ambientales y de derechos humanos.

Chorreras: cuando una comunidad se convierte en un problema que resolver

En noviembre de 2025, alrededor de 73 familias de Chorreras, en Cutris de San Carlos, fueron desalojadas de terrenos ubicados dentro del Refugio Nacional de Vida Silvestre Corredor Fronterizo Norte. El operativo incluyó la demolición de las estructuras que ocupaban las familias. El caso se relaciona con la ocupación de terrenos estatales dentro de un área silvestre protegida.

El caso obliga a considerar dos responsabilidades: la protección de los ecosistemas y la atención de las consecuencias sociales de las decisiones estatales.

La defensa de un área protegida no elimina la necesidad de examinar qué ocurre con las personas que pierden sus viviendas, sus relaciones comunitarias y sus condiciones cotidianas de subsistencia. Tampoco significa que la protección ambiental deba suspenderse, sino que las respuestas institucionales deben considerar las dimensiones sociales del conflicto.

Desde la perspectiva de la necropolítica, interesa observar qué sucede cuando una comunidad queda reducida a un problema territorial que debe resolverse. El espacio aparece como aquello que debe recuperarse, mientras las condiciones de vida de quienes lo habitan pueden quedar relegadas.

La cuestión es cómo se articulan la protección ambiental, las responsabilidades institucionales y los derechos de las personas afectadas.

En Los Juegos del Hambre, los distritos existen en función de las necesidades del Capitolio. En Chorreras, la metáfora invita a preguntar quién tiene capacidad para decidir sobre el territorio y qué lugar ocupan las familias afectadas en esa decisión.

La protección de los bienes comunes y la atención de las condiciones de vida no deberían tratarse como objetivos necesariamente incompatibles.

Los descartables: cuando algunas muertes parecen importar menos

En agosto de 2023, Rodrigo Chaves se refirió a los homicidios mediante la expresión «es entre ellos que se matan», en un contexto de creciente preocupación por la violencia. La declaración generó controversia sobre la manera en que el Gobierno interpretaba la crisis de homicidios.

La frase permite plantear una pregunta: ¿quiénes son esos «ellos» que aparecen separados del resto de la sociedad?

El crimen organizado y la violencia homicida requieren respuestas institucionales. Sin embargo, cuando las víctimas se presentan como parte de un mundo ajeno, existe el riesgo de que sus muertes se perciban como menos relevantes o previsibles.

La necropolítica invita a examinar cómo se construyen esas fronteras morales: quién merece preocupación, quién recibe reconocimiento como víctima y quién queda reducido a una categoría que parece explicar o justificar su muerte.

No se trata de ignorar las circunstancias de cada homicidio ni de equiparar situaciones diferentes. Se trata de preguntar si esas diferencias terminan debilitando la obligación de investigar la violencia y proteger a las comunidades afectadas.

Cuando algunas muertes dejan de interpelarnos porque creemos que pertenecen a «otros», la desigualdad también empieza a organizar nuestro reconocimiento de la vida.

El espectáculo del castigo: la cárcel como advertencia

En julio de 2026, Laura Fernández planteó la posibilidad de llevar estudiantes de barrios considerados peligrosos al Centro de Alta Contención de la Criminalidad Organizada (CACCO), con la intención de mostrarles las consecuencias de involucrarse en actividades delictivas. La propuesta provocó cuestionamientos sobre su eficacia preventiva y sobre el riesgo de estigmatizar a jóvenes por el lugar donde viven.

La iniciativa convierte la cárcel en una advertencia dirigida a una población previamente identificada como problemática. El barrio donde vive un estudiante aparece como una señal de riesgo y el encierro como un destino que debe evitar.

Sin embargo, prevenir la violencia requiere considerar también las oportunidades educativas, laborales, culturales y comunitarias disponibles para la juventud. Mostrar las consecuencias del delito no sustituye la necesidad de construir condiciones para que existan alternativas reales.

La inauguración del CACCO, el 14 de octubre de 2026, amplió esta discusión. El centro tiene una capacidad anunciada de 5.100 personas y se inspira en el modelo penitenciario salvadoreño. El Gobierno lo presenta como una herramienta contra el crimen organizado, mientras el modelo de seguridad asociado a las megacárceles plantea interrogantes sobre las garantías y los derechos de las personas privadas de libertad.

Una cárcel de alta seguridad no constituye por sí misma una expresión de necropolítica. La cuestión es qué concepción de seguridad se fortalece cuando el castigo ocupa un lugar central en el discurso público.

En Los Juegos del Hambre, el espectáculo recuerda a los distritos quién tiene el poder. Cuando el encierro se presenta como advertencia pública, cabe preguntar si la exhibición del castigo desplaza la discusión sobre prevención, reinserción y condiciones sociales de la violencia.

La seguridad no se mide solamente por la capacidad de encerrar, sino también por la de prevenir la violencia y construir condiciones para la convivencia.

La gran negociación: ¿quién decide qué derechos se sacrifican?

El financiamiento de la educación pública, las políticas sociales, las condiciones laborales, la protección ambiental, los acuerdos comerciales y las respuestas frente a la violencia son asuntos diferentes. No tienen las mismas causas ni producen necesariamente los mismos efectos.

Sin embargo, todos pueden examinarse desde una preocupación compartida: cómo se establecen las prioridades públicas, quién participa en su definición y quién asume sus consecuencias.

La negociación es parte de la democracia. Permite construir acuerdos, resolver conflictos y conciliar intereses. El problema aparece cuando se utiliza para presentar el sacrificio de determinados derechos como una condición inevitable, sin discutir suficientemente las alternativas ni la distribución de los costos.

¿Por qué la protección ambiental se presenta a veces como un obstáculo para la inversión? ¿Por qué el financiamiento de la educación pública debe justificarse continuamente? ¿Por qué los costos de determinadas transformaciones laborales recaen sobre quienes tienen menor capacidad para afrontarlos? ¿Qué lugar ocupan los derechos humanos cuando entran en tensión con intereses comerciales?

Estas preguntas permiten conectar debates que, tratados por separado, pueden ocultar las relaciones de poder que los atraviesan.

En la arena, los participantes compiten dentro de reglas que no han establecido. La atención se concentra en sobrevivir, mientras el sistema que organiza la competencia permanece fuera de foco.

Algo semejante puede ocurrir cuando las necesidades colectivas se presentan como intereses enfrentados y la política queda reducida a decidir quién debe ceder.

La pregunta no es solamente quién gana una negociación, sino quién definió sus condiciones y qué alternativas quedaron fuera de la discusión.

Salir de la arena: disputar las condiciones de vida

La metáfora de Los Juegos del Hambre también permite imaginar la posibilidad de cuestionar las reglas de la competencia.

Frente a los conflictos analizados, no basta con identificar quién soporta los costos de las decisiones. También es necesario preguntarse cómo se construyen alternativas, qué actores pueden intervenir y qué capacidades colectivas permiten transformar las condiciones existentes.

La defensa de la educación pública, el trabajo digno, los derechos humanos, la protección ambiental y las condiciones de vida de las comunidades no tiene por qué convertirse en una competencia entre causas. Son dimensiones relacionadas con la posibilidad de sostener una vida digna.

La organización social permite recuperar las experiencias de quienes enfrentan estos problemas, producir conocimiento colectivo y formular propuestas que no se limiten a escoger entre sacrificios.

Esto no significa negar los conflictos, las restricciones materiales o la necesidad de tomar decisiones. Significa que las prioridades deben discutirse democráticamente y que sus consecuencias no deberían recaer sistemáticamente sobre quienes tienen menos poder para influir en ellas.

La necropolítica ofrece una herramienta para examinar precisamente esa distribución desigual de la protección y la vulnerabilidad. Su utilidad no consiste en convertir cualquier decisión cuestionable en una manifestación del mismo fenómeno, sino en preguntar cuándo las políticas y los discursos contribuyen a deshumanizar poblaciones, normalizar su sufrimiento o reducir la protección que reciben.

El TLC con Israel, el desalojo de Chorreras, los discursos sobre la violencia y las políticas penitenciarias son escenarios distintos. Cada uno requiere un análisis específico, pero todos nos invitan a examinar cómo se definen las prioridades y qué lugar ocupa la vida en las decisiones públicas.

Volvamos, entonces, a la pregunta inicial: ¿qué sucede cuando una sociedad comienza a aceptar que algunas personas pueden ser expulsadas, estigmatizadas o abandonadas sin que su sufrimiento provoque la misma preocupación que el de otras?

Quizás el mayor riesgo sea acostumbrarnos a la arena: asumir que no existen alternativas y que la única discusión posible consiste en decidir quién debe sacrificarse esta vez.

Los derechos necesitan condiciones materiales, instituciones que los sostengan y comunidades capaces de defenderlos. No deberían convertirse en fichas de cambio ni depender de que otras personas pierdan los suyos.

Porque el problema no es solamente quién gana los Juegos del Hambre. Es por qué hemos llegado a aceptar que la sociedad debe funcionar como una arena en la que unas vidas se sostienen a costa de otras.

Para seguir profundizando

La necropolítica, concepto desarrollado por el filósofo camerunés Achille Mbembe, nos invita a cuestionar cómo el poder decide quién merece protección y qué poblaciones quedan expuestas a la violencia, el abandono y la precarización de la vida. Para profundizar en esta reflexión, te invitamos a leer su texto Necropolitica, una obra fundamental para comprender las relaciones entre poder, violencia y las condiciones desiguales en que vivimos. Porque preguntarnos qué vidas importan también implica cuestionar las estructuras que producen y normalizan esas desigualdades.

Notas de prensa utilizadas

Corte Internacional de Justicia. (2024, 19 de julio). Legal consequences arising from the policies and practices of Israel in the Occupied Palestinian Territory, including East Jerusalem: Advisory opinion.

Costa Rica adopta el modelo penitenciario de Bukele con la inauguración de una nueva megacárcel. (2026, 14 de octubre). El País.

Costa Rica opens mega-prison as organized crime fight intensifies. (2026, 14 de octubre). Reuters.

Chaves incumplió promesa de resolver situación de 73 familias desalojadas en Chorreras. (2025, 28 de noviembre). CR Hoy.

Chaves sí reafirmó que “es entre ellos que se matan” al hablar de la crisis de homicidios. (2025, 11 de noviembre). Radioemisoras UCR.

Comisión rechaza recibir a cónsul palestina y experto en derecho internacional por TLC con Israel. (2026, 11 de septiembre). Delfino.cr.

El mito del paraíso verde y sostenible: Costa Rica arrastra al menos nueve retrocesos ambientales. (2026, 24 de julio). La Nación.

Excursiones estudiantiles a una megacárcel: la última receta contra el narco que divide a Costa Rica. (2026, 13 de julio). El País.

Madrigal, L. M. (2025, 26 de noviembre). Autoridades desalojaron asentamiento ilegal de coligalleros en Chorreras, Cutris. Delfino.cr.

Consejo Universitario de la UCR recomienda no aprobar TLC con Israel. (2026, 6 de octubre). Delfino.cr.

TLC entre Costa Rica e Israel: nuevas preguntas en el trámite legislativo. (2026, 22 de septiembre). Delfino.cr.

Vargas, N. (2025, 19 de julio). Minae ordena desalojar a más de 73 familias por invasión de refugio de vida silvestre. La Nación.

Sánchez, S. (2026, 16 de julio). Reglamento emitido por Rodrigo Chaves prohíbe visitas de menores a circuitos de alta contención, pero Laura Fernández impulsa llevar estudiantes al Cacco. La Nación.

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¿En qué momento nos acostumbramos a que desconozcan lo que somos?

Una reflexión del Colectivo Antonio Saldaña sobre la autonomía indígena, los saberes ancestrales y la defensa de la vida

Hay algo que nos debe preocupar profundamente: que nos acostumbremos a ver cómo se desconocen nuestros derechos, nuestras decisiones y nuestras formas de vida, como si no estuviera pasando nada.

Como Colectivo Antonio Saldaña, sentimos dolor cuando observamos que, frente a decisiones que afectan a nuestros pueblos, parece que poco a poco nos vamos acostumbrando a la indiferencia. El Gobierno y las instituciones toman decisiones, se establecen restricciones y se desconocen prácticas tradicionales y culturales, mientras la vida cotidiana continúa como si nada estuviera ocurriendo.

Pero sí está ocurriendo algo. Y necesitamos hablarlo.

Cuando se desconocen nuestras prácticas tradicionales, no se está despreciando solamente una costumbre o un conocimiento particular. Se está poniendo en cuestión nuestra cosmovisión, nuestra filosofía ancestral, nuestra historia, nuestra autonomía y nuestra identidad. Se está cuestionando nuestro derecho a existir como pueblos con conocimientos, formas de organización y maneras propias de comprender y cuidar la vida.

Para abrir esta reflexión, queremos poner en común tres situaciones que nos invitan a pensar qué lugar ocupan realmente los pueblos indígenas en las decisiones que afectan sus vidas.

1. Cuando nuestros conocimientos no encuentran lugar en los servicios de salud

El pasado 6 de octubre de 2026, el medio Delfino.cr informó que la Comisión Permanente Especial de Derechos Humanos de la Asamblea Legislativa archivó el proyecto de ley 24.506, que buscaba reconocer las prácticas tradicionales de los pueblos indígenas en los servicios de salud.

La iniciativa contemplaba el reconocimiento de la medicina tradicional indígena, las prácticas de las parteras durante el embarazo y el parto, y el respeto a las prácticas culturales relacionadas con la muerte y los funerales.

La mayoría que apoyó el archivo señaló preocupaciones sobre los riesgos sanitarios, la regulación y la supervisión de estas prácticas. Una propuesta de minoría, por su parte, planteó modificaciones para atender algunas de esas observaciones y mantener vivo el proyecto.

Pero esta noticia nos deja una pregunta que va más allá de lo ocurrido en la Asamblea Legislativa: ¿por qué sigue siendo tan difícil construir servicios de salud que reconozcan las condiciones culturales, territoriales y sociales de los pueblos indígenas?

En Talamanca conocemos las dificultades que enfrentan muchas familias para acceder a una atención médica digna y oportuna. Personas adultas mayores, familias con necesidades de atención compleja y personas que requieren medicamentos o tratamientos se encuentran con obstáculos relacionados con la distancia, la falta de recursos y la rigidez de los procedimientos institucionales.

En ocasiones, las propias personas trabajadoras de la salud reconocen estas dificultades, pero señalan que sus posibilidades de actuación están limitadas por los protocolos y los recursos disponibles.

Por eso, el problema no puede reducirse a una discusión entre medicina convencional y medicina tradicional. Necesitamos preguntarnos cómo construir servicios de salud que respondan a las necesidades de las comunidades, respeten sus conocimientos y garanticen la atención necesaria.

El Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo establece, en su artículo 25, que los servicios de salud deben organizarse, en la medida de lo posible, a nivel comunitario, planificarse y administrarse en cooperación con los pueblos interesados, y considerar sus condiciones económicas, geográficas, sociales y culturales.

Entonces, ¿por qué el reconocimiento de estas realidades continúa encontrando tantas dificultades?

Nuestros conocimientos no son piezas de museo. Son parte de nuestra vida, de nuestra historia y de las formas en que hemos aprendido a cuidar de nuestras familias y comunidades.

Reconocerlos no significa renunciar a la atención médica necesaria. Significa construir relaciones respetuosas entre conocimientos y garantizar que las decisiones sobre nuestra salud no se tomen ignorando quiénes somos y dónde vivimos.

2. Cuando las decisiones de nuestras comunidades no son respetadas

En agosto de 2026, comunidades bribris de Talamanca se movilizaron hasta las oficinas centrales de la Dirección Nacional de Desarrollo de la Comunidad (DINADECO), en San José.

Según informó el Observatorio de Bienes Comunes de la Universidad de Costa Rica, más de 60 personas de distintas comunidades participaron en la protesta del 20 de agosto. Exigían que DINADECO atendiera la decisión de la Asamblea de la Asociación de Desarrollo Integral del Territorio Indígena Bribri de Talamanca (ADITIBRI) de destituir a su presidenta.

El conflicto se relaciona con un contrato firmado en septiembre de 2024 con una empresa privada para la venta de certificados de créditos de carbono basados en la cobertura forestal del territorio. De acuerdo con la información publicada, la Asamblea de ADITIBRI había anulado el contrato desde 2024 y, en mayo de 2026, una nueva asamblea decidió destituir a la presidenta. Las personas manifestantes denunciaron que DINADECO no había tramitado esa decisión.

Aquí aparece una cuestión fundamental: ¿qué significa la autonomía indígena si las decisiones adoptadas por las comunidades encuentran obstáculos para hacerse efectivas ante las instituciones del Estado?

La autonomía no puede reducirse a una palabra que aparece en las leyes o en los discursos oficiales. Tiene que expresarse en la posibilidad real de que los pueblos discutan sus asuntos, tomen decisiones colectivas y ejerzan control sobre aquello que afecta su vida.

Cuando una comunidad cuestiona un contrato, exige que se respete una decisión de su asamblea o reclama información sobre una negociación, no está planteando un asunto administrativo aislado. Está defendiendo su derecho a participar en las decisiones que comprometen su presente y su futuro.

También debemos preguntarnos qué sucede cuando los mecanismos institucionales terminan alejando las decisiones de los espacios comunitarios donde deberían discutirse.

¿Quién tiene la última palabra sobre los asuntos que afectan al territorio? ¿Qué ocurre cuando la voluntad expresada en una asamblea no encuentra respuesta? ¿Cómo se garantiza que las estructuras de representación actúen conforme a los acuerdos y las decisiones de las comunidades?

Estas preguntas son necesarias porque la autonomía se construye y se defiende cotidianamente. Requiere información accesible, participación efectiva, transparencia y respeto por las decisiones colectivas.

No basta con afirmar que los pueblos indígenas tienen derechos. Es necesario que existan condiciones para ejercerlos.

3. Cuando proteger el bosque puede significar perder el control sobre el territorio

La discusión sobre los contratos de carbono también nos obliga a mirar más allá de las instituciones nacionales y preguntarnos qué intereses están entrando en nuestros territorios.

En agosto de 2025, durante un conversatorio solicitado por la comunidad de Alto Coén, personas bribris y cabécares de Talamanca analizaron los mecanismos de compensación de emisiones de carbono, en particular el Plan Ambiental Forestal Territorial (PAFT) y el Contrato de Reducción de Emisiones Forestales (CREF).

En ese encuentro se discutieron las condiciones de estos instrumentos, sus implicaciones para los usos tradicionales del bosque y las posibilidades reales de las comunidades de decidir sobre su implementación.

La preocupación no era que el bosque dejara de ser importante. Todo lo contrario: se trataba de defender una relación con la naturaleza que no puede reducirse a la cantidad de carbono que capturan los árboles.

Como señaló Filidencio Cubillo durante la protesta de agosto de 2026: «Es parte de nuestra cosmovisión, cuidar la naturaleza, porque en la naturaleza, en los bosques es que se encuentra nuestro alimento, la medicina, nuestras viviendas».

Estas palabras nos recuerdan que el bosque no es únicamente una superficie que captura carbono y que puede generar certificados para vender en los mercados internacionales. Es también un espacio de vida, de memoria, de alimentación, de medicina y de reproducción cultural.

Por eso, cuando los contratos establecen restricciones sobre el uso de los bosques, necesitamos preguntarnos qué consecuencias pueden tener para las comunidades que han construido históricamente sus formas de vida en relación con ellos.

¿Puede hablarse de conservación si las comunidades pierden capacidad para decidir cómo relacionarse con sus propios territorios?

¿Quién define qué significa proteger un bosque: las personas que han vivido y cuidado ese territorio durante generaciones, las instituciones que diseñan los programas o las empresas que compran certificados de carbono?

¿Quién obtiene los beneficios económicos y quién asume las restricciones y los riesgos?

Los cuestionamientos expresados en Talamanca apuntan a un problema de fondo: la conservación no puede convertirse en una nueva forma de limitar la autonomía indígena ni de subordinar las relaciones con la naturaleza a las necesidades de los mercados.

Los mecanismos de compensación de emisiones deben examinarse considerando sus condiciones concretas, sus efectos y las posibilidades reales de participación de las comunidades. No basta con que un proyecto se presente como ambientalmente beneficioso para dar por hecho que también lo es para los pueblos que habitan los territorios involucrados.

Cuidar el bosque no puede significar desconocer a quienes han construido su vida junto a él.

La protección de la naturaleza y la autonomía de los pueblos no deberían presentarse como objetivos incompatibles. El desafío es reconocer los conocimientos, las decisiones y las formas de manejo territorial de las comunidades, en lugar de imponerles condiciones definidas desde fuera.

4. Tres situaciones, una preocupación compartida

¿Qué tienen en común el archivo de un proyecto sobre medicina tradicional, los reclamos de las comunidades bribris ante DINADECO y las preocupaciones por los contratos de carbono?

Aunque se trata de situaciones diferentes, todas nos invitan a examinar una cuestión fundamental: ¿quién tiene la capacidad de decidir sobre nuestras vidas, nuestros conocimientos y nuestros territorios?

En la salud, la pregunta aparece cuando los servicios no responden adecuadamente a las condiciones culturales y territoriales de las comunidades, o cuando los saberes tradicionales encuentran dificultades para ser reconocidos.

En el gobierno del territorio, aparece cuando las comunidades reclaman que se respeten las decisiones de sus asambleas y que las instituciones atiendan su voluntad.

En la conservación de los bosques, aparece cuando los acuerdos con actores externos pueden establecer condiciones que afectan los usos tradicionales y la capacidad comunitaria de decidir sobre el territorio.

No debemos confundir estas situaciones ni asumir que todas responden exactamente a los mismos mecanismos. Cada una tiene su historia, sus actores y sus particularidades. Sin embargo, juntas nos permiten reconocer una preocupación común: el reconocimiento de los derechos indígenas no puede quedarse en el papel, sino que debe expresarse en las relaciones cotidianas entre los pueblos, las instituciones y los demás actores que intervienen en sus territorios.

La autonomía no existe plenamente si otras personas deciden qué conocimientos son válidos, qué prácticas pueden mantenerse, qué usos del bosque están permitidos o qué decisiones comunitarias merecen ser atendidas.

Y aquí necesitamos insistir en algo: no estamos hablando de privilegios, sino del respeto a los pueblos indígenas como sujetos colectivos de derechos, con historia, conocimientos, autoridades, formas de organización y capacidad para decidir sobre su futuro.

5. ¿Cómo llegamos a acostumbrarnos a la indiferencia?

Hay algo que nos duele y que necesitamos reconocer.

Cuando vemos que se toman decisiones que afectan a nuestros pueblos y sentimos que nada cambia, podemos terminar pensando que no vale la pena hablar, reclamar o participar. Cuando los procedimientos son complicados, las respuestas no llegan y nuestras voces parecen no tener suficiente peso, el cansancio puede convertirse en silencio.

Pero necesitamos preguntarnos qué sucede cuando ese silencio comienza a parecer normal.

¿En qué momento dejamos de sentir como propio lo que afecta a nuestra comunidad? ¿Cuándo empezamos a pensar que la pérdida de una práctica tradicional, la falta de atención médica o una decisión sobre nuestros bosques son asuntos separados de nuestra vida cotidiana?

La indiferencia no debe entenderse simplemente como una falta de interés de las personas. También debemos mirar las condiciones que la alimentan: el desgaste de las luchas, las dificultades para obtener respuestas, la falta de información, las divisiones internas y la sensación de que las decisiones importantes siempre se toman en otros lugares.

Por eso, esta reflexión no pretende señalar a nuestras comunidades ni responsabilizarlas por todo lo que ocurre. Busca abrir una conversación sobre cómo recuperar nuestra capacidad de escucharnos, reconocernos y organizarnos.

Porque la defensa de los derechos no comienza únicamente cuando presentamos una denuncia o participamos en una movilización. También comienza cuando compartimos lo que está ocurriendo, cuando conversamos con las personas mayores, cuando transmitimos nuestros conocimientos a las nuevas generaciones y cuando creamos espacios para discutir las decisiones que afectan a nuestra vida colectiva.

Necesitamos mantener vivas nuestras preguntas y construir respuestas en común.

No podemos permitir que el cansancio nos haga olvidar el valor de lo que defendemos. Tampoco podemos dejar que nuestras diferencias nos impidan reconocer las preocupaciones que compartimos.

La organización comunitaria necesita información, conversación y participación. Necesita que las personas puedan comprender qué está en juego, expresar sus preocupaciones y decidir juntas cómo actuar.

6. Defender lo que somos también es defender nuestro futuro

Nuestra identidad no es una herencia inmóvil que debemos conservar sin cambios. Es una historia viva que se transmite, se transforma y se reconstruye en las relaciones entre las generaciones, en el cuidado de los territorios y en las decisiones que tomamos como pueblos.

Defender nuestras prácticas tradicionales no significa rechazar cualquier conocimiento nuevo. Defender la autonomía no significa renunciar al diálogo con otras instituciones. Defender los bosques no significa aceptar que otras personas decidan por nosotros cómo debemos vivir en ellos.

Significa que esos diálogos, acuerdos y decisiones deben construirse desde el respeto, con participación efectiva y reconociendo nuestra capacidad para decidir.

Queremos servicios de salud que respondan a las necesidades de nuestras familias. Queremos instituciones que respeten nuestras decisiones comunitarias. Queremos que la conservación de los bosques no se convierta en una excusa para restringir nuestros derechos o abrir la puerta a nuevas formas de apropiación de los territorios.

Y, sobre todo, queremos que nuestras voces sean escuchadas antes de que las decisiones estén tomadas.

No podemos aceptar que nuestra historia sea tratada como algo que ya pasó, que nuestros conocimientos sean vistos como obstáculos o que nuestra relación con la naturaleza sea reducida a un valor económico.

Nuestros saberes están vivos. Nuestros territorios están vivos. Nuestras comunidades siguen pensando, actuando y construyendo sus propios caminos.

Por eso, frente a estas situaciones, necesitamos preguntarnos cómo fortalecer nuestra organización, cómo acompañar las luchas de nuestras comunidades y cómo hacer que las nuevas generaciones conozcan las historias que nos han traído hasta aquí.

No podemos permitir que el desconocimiento se vuelva costumbre, ni que la indiferencia termine pareciéndonos normal.

El dolor que sentimos ante estas situaciones también puede convertirse en una oportunidad para conversar, recuperar la memoria y fortalecer los vínculos que sostienen nuestra vida colectiva.

Porque defender nuestros derechos no es solamente reaccionar ante lo que otros hacen. Es también afirmar quiénes somos, qué valoramos y qué futuro queremos construir.

Una pregunta para conversar en nuestras comunidades

Queremos dejar abierta esta reflexión para que no termine en estas palabras.

Cuando se archiva una iniciativa que busca reconocer nuestros conocimientos, cuando una comunidad tiene que movilizarse para exigir que se respeten sus decisiones o cuando se establecen condiciones que pueden afectar nuestra relación con los bosques, tenemos razones para detenernos y conversar.

¿Qué podemos hacer, desde nuestras familias, nuestras comunidades y nuestras formas de organización, para que el desconocimiento de nuestros derechos no se convierta en algo que terminemos aceptando en silencio?

¿Qué necesitamos recuperar para fortalecer nuestra autonomía? ¿Cómo podemos transmitir nuestros conocimientos y nuestra historia a las nuevas generaciones? ¿Qué espacios debemos construir para que las decisiones sobre nuestra salud, nuestra cultura y nuestros territorios se tomen con nuestra participación real?

No tenemos que responder estas preguntas en soledad. Podemos hacerlo escuchándonos, compartiendo nuestras experiencias y construyendo acuerdos.

La defensa de nuestros derechos también se sostiene en esa capacidad de reconocernos como parte de una historia común y de actuar colectivamente para que siga viva.

9 de octubre del 2026

Colectivo Antonio Saldaña

Talamanca, Costa Rica

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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1492 y la herida colonial: Mariátegui y el desafío de pensar desde el territorio

El 12 de octubre suele recordarse bajo distintas denominaciones: Día de la Raza, Día de la Hispanidad o Encuentro de Dos Mundos. Sin embargo, estas expresiones no son neutrales: cada una propone una manera de interpretar la historia y de comprender sus consecuencias en el presente. Desde una perspectiva crítica latinoamericana y caribeña, esta fecha nos invita a reflexionar sobre la conquista, el despojo territorial y la imposición de un orden colonial que transformó las formas de organización económica, las relaciones sociales y los modos de habitar y comprender el mundo de los pueblos originarios.

En este contexto, volver a 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, del pensador peruano José Carlos Mariátegui, constituye una oportunidad para revisar las raíces históricas de nuestras desigualdades y preguntarnos por las posibilidades de construir otras formas de organizar la vida colectiva. Publicada originalmente en 1928, esta obra sigue ofreciendo herramientas para comprender la relación entre tierra, poder, comunidad y emancipación, así como para cuestionar las ideas de progreso que justifican el despojo y la subordinación de los pueblos.

Para el Observatorio de Bienes Comunes, leer a Mariátegui implica recuperar una pregunta fundamental: ¿cómo pensar las transformaciones de nuestras sociedades desde sus propias historias, territorios y experiencias comunitarias, sin convertir las teorías en moldes que ignoran la realidad que pretenden explicar?

La conquista y la transformación de las relaciones con la tierra

En el ensayo «Esquema de la evolución económica», Mariátegui examina las profundas transformaciones producidas por la conquista española en la organización económica del Perú. Su interpretación se distancia de los relatos que presentan este proceso como un encuentro entre culturas o como el inicio inevitable de una etapa de progreso. En su lugar, analiza la ruptura de las formas de organización existentes y la instauración de relaciones de explotación que marcaron la historia posterior del país.

Antes de la conquista, las comunidades indígenas habían desarrollado formas de organización económica vinculadas con el trabajo colectivo, la reciprocidad y el aprovechamiento compartido de los recursos. Mariátegui destaca particularmente la organización agraria del Imperio incaico y la importancia del ayllu, la comunidad como espacio de organización social y económica.

La conquista no sustituyó estas formas de organización por un sistema que garantizara mejores condiciones de vida para las mayorías. Por el contrario, impuso nuevas relaciones de propiedad y explotación, debilitó las estructuras comunitarias y subordinó la producción a los intereses coloniales. Posteriormente, el latifundio y el gamonalismo consolidaron mecanismos de concentración de la tierra y sometimiento de la población indígena.

Esta interpretación permite comprender que la desigualdad no puede explicarse únicamente por las diferencias individuales, las condiciones educativas o las supuestas dificultades de determinados grupos para incorporarse al progreso. Es necesario examinar las relaciones históricas de poder que han determinado quién controla la tierra, quién se beneficia de su aprovechamiento y quién soporta las consecuencias del despojo.

En 7 ensayos, Mariátegui plantea que el problema del indio tiene una raíz fundamentalmente económica y social: el régimen de propiedad de la tierra. Su argumento cuestiona las explicaciones que atribuyen la exclusión indígena a características raciales o culturales y dirige la atención hacia las estructuras que reproducen la explotación.

Esta perspectiva conserva una importancia decisiva para comprender los conflictos territoriales contemporáneos. Las disputas por la tierra y el agua, la expansión de las actividades extractivas y la subordinación de las necesidades comunitarias a los intereses económicos no son fenómenos aislados de su historia. Nos obligan a examinar cómo se distribuyen el poder y los recursos, qué formas de vida se protegen y cuáles se sacrifican en nombre del desarrollo.

La comunidad indígena: memoria, resistencia y posibilidad

Uno de los aportes más significativos de Mariátegui es su reflexión sobre la comunidad indígena. Frente a las interpretaciones que la consideran una estructura atrasada destinada a desaparecer con la modernización, el autor reconoce su importancia económica, social y política.

Su análisis no consiste en idealizar las comunidades ni en afirmar que sus formas históricas de organización deban permanecer intactas. Se trata, más bien, de reconocer que en ellas existen experiencias de cooperación, reciprocidad y trabajo colectivo que cuestionan la idea de que la competencia individual y la propiedad privada constituyen las únicas formas posibles de organizar la producción y satisfacer las necesidades humanas.

La comunidad aparece así como una realidad histórica que ha resistido diferentes formas de subordinación y que conserva capacidades para reorganizarse y transformar sus condiciones de existencia. En el pensamiento de Mariátegui, estas experiencias no son simples vestigios de un pasado que debe superarse, sino una fuente de posibilidades para construir un proyecto emancipador arraigado en las condiciones concretas de nuestra América.

Esta reflexión dialoga con la perspectiva de los bienes comunes. Los bienes comunes no se reducen a recursos naturales disponibles para el aprovechamiento económico. También comprenden las relaciones sociales, los conocimientos, las prácticas de cooperación y las formas de organización mediante las cuales las comunidades sostienen la vida y construyen respuestas colectivas a sus necesidades.

Desde esta mirada, defender los bienes comunes implica prestar atención a las condiciones que hacen posible su existencia: el acceso a la tierra y al agua, la autonomía de las comunidades, la transmisión de conocimientos y la capacidad colectiva de decidir sobre el territorio.

La pregunta, entonces, no es únicamente qué recursos deben protegerse, sino también qué relaciones sociales permiten cuidarlos, compartirlos y sostenerlos frente a las presiones de la mercantilización.

Pensar desde nuestra realidad: una crítica a las ideas importadas de progreso

Mariátegui también ofrece una reflexión fundamental sobre la producción de conocimiento. Su propuesta de interpretar la realidad peruana desde sus particularidades históricas cuestiona la aplicación mecánica de teorías elaboradas en otros contextos.

Su apropiación crítica del marxismo no consistió en reproducir un esquema europeo de evolución social, sino en examinar las contradicciones de una sociedad en la que coexistían distintas formas de producción y relaciones de poder. La herencia colonial, las estructuras agrarias, la expansión capitalista y las formas comunitarias no podían comprenderse como etapas sucesivas de una misma trayectoria universal. Formaban parte de una realidad histórica compleja, atravesada por relaciones de subordinación y conflicto.

De ahí la importancia de su propuesta de construir un pensamiento arraigado en las condiciones concretas de nuestros pueblos. Pensar desde América Latina no significa rechazar las ideas producidas en otras regiones, sino someterlas a la crítica, confrontarlas con nuestras experiencias y construir herramientas capaces de explicar las particularidades de nuestra historia.

Esta preocupación también permite cuestionar las concepciones dominantes del desarrollo. Con frecuencia, el progreso se presenta como un camino único, medido por el crecimiento económico, la expansión de las inversiones y la incorporación de los territorios a los circuitos del mercado. Desde esta perspectiva, las formas comunitarias de organización aparecen como obstáculos y los territorios se valoran principalmente por los recursos que pueden ofrecer.

Mariátegui nos ayuda a poner en cuestión esta mirada. Si la historia de nuestras sociedades está atravesada por la concentración de la tierra, el despojo y la subordinación de las mayorías, no basta con prometer más crecimiento económico para resolver sus contradicciones. Es necesario preguntarnos quién decide el rumbo de las transformaciones, quién se beneficia de ellas y qué ocurre con las comunidades, los conocimientos y las formas de vida que no se ajustan a sus intereses.

Para el Observatorio de Bienes Comunes, esta discusión resulta especialmente relevante. Pensar desde el territorio supone reconocer que las comunidades producen conocimientos sobre sus entornos, construyen memorias colectivas y desarrollan prácticas para sostener la vida. Estos saberes no deben tratarse como elementos secundarios frente al conocimiento institucional, sino como parte de las capacidades sociales necesarias para comprender y transformar la realidad.

El 12 de octubre: una historia que sigue interpelando el presente

A casi un siglo de la publicación de 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, las preguntas de Mariátegui continúan siendo relevantes. La concentración de la tierra, la desigualdad rural, la subordinación de las comunidades y los conflictos entre las necesidades colectivas y los intereses económicos siguen formando parte de las disputas que atraviesan América Latina y el Caribe.

Sin embargo, recuperar su pensamiento no significa trasladar directamente sus respuestas a nuestro tiempo. Supone reconocer la potencia de sus preguntas y utilizarlas para examinar las transformaciones actuales de nuestras sociedades.

¿Qué continuidades existen entre las formas históricas de despojo y los conflictos territoriales contemporáneos? ¿Cómo se justifican las desigualdades cuando se presentan como consecuencias inevitables del progreso? ¿Qué conocimientos y experiencias quedan excluidos cuando las decisiones sobre los territorios se toman sin reconocer la voz de las comunidades? ¿Qué podemos aprender de las prácticas colectivas que, frente a estas presiones, defienden otras maneras de habitar y cuidar el mundo?

Estas preguntas permiten vincular la memoria histórica con las luchas presentes. La conquista no constituye únicamente un acontecimiento del pasado: sus consecuencias se manifiestan en estructuras de propiedad, jerarquías sociales y relaciones de poder que han cambiado a lo largo del tiempo, pero que siguen siendo objeto de disputa.

Por eso, el 12 de octubre también puede ser una oportunidad para reconocer las resistencias de los pueblos indígenas y las comunidades que han defendido sus territorios, sus conocimientos y sus formas de organización. No se trata solamente de recordar lo que fue destruido, sino de reconocer las capacidades colectivas que han permitido sostener y recrear otras formas de vida.

Volver a Mariátegui para defender los bienes comunes

Desde el Observatorio de Bienes Comunes, la lectura de Mariátegui nos invita a recuperar tres reflexiones fundamentales.

Descolonizar nuestra manera de pensar. Reconocer que nuestras sociedades tienen historias y realidades particulares exige cuestionar las explicaciones que presentan un único modelo de desarrollo como destino inevitable. Pensar desde nuestros territorios implica construir herramientas de análisis en diálogo con las experiencias, los conocimientos y las luchas de nuestros pueblos.

Comprender la tierra como una cuestión de poder. Los conflictos territoriales no se limitan a la distribución de recursos. También expresan disputas sobre las condiciones materiales de la vida, la autonomía de las comunidades y la capacidad de decidir qué se produce, cómo se habita el territorio y para quién se organizan sus riquezas.

Reconocer la comunidad como una fuente de posibilidades. Las prácticas de cooperación, reciprocidad y organización colectiva muestran que existen otras maneras de responder a las necesidades compartidas. Defender los bienes comunes significa fortalecer las condiciones que permiten a las comunidades participar en las decisiones que afectan sus vidas y sostener sus formas de organización.

En este 12 de octubre, volver a 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana es una invitación a mirar nuestra historia desde las relaciones de poder que la han configurado, pero también desde las resistencias y posibilidades que atraviesan nuestros territorios.

Mariátegui nos recuerda la importancia de pensar desde nuestra propia realidad, reconocer las experiencias comunitarias y cuestionar los modelos que presentan el despojo como sinónimo de progreso. Su obra nos permite comprender que la defensa de la vida no puede separarse de las condiciones materiales que la hacen posible ni de las relaciones sociales mediante las cuales la sostenemos.

Pensar desde el territorio es también preguntarnos quién decide sobre los bienes que sostienen la vida y qué formas de organización queremos construir para defenderlos.

En el Observatorio de Bienes Comunes, recuperamos esta pregunta como parte de una reflexión colectiva sobre la memoria, la autonomía de los pueblos y la construcción de alternativas frente a la mercantilización de la naturaleza y de la vida.

Volver a Mariátegui es una oportunidad para seguir pensando, desde América Latina y el Caribe, cómo transformar las herencias coloniales y fortalecer las prácticas colectivas que hacen posible otros futuros.

Volver a Mariátegui es una oportunidad para profundizar en las raíces históricas de nuestras desigualdades y reconocer las posibilidades de transformación que nacen de las experiencias comunitarias. Por eso, les invitamos a leer 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, una obra fundamental del pensamiento crítico latinoamericano que continúa aportando preguntas para comprender las relaciones entre tierra, poder, comunidad y emancipación.

Les invitamos a acercarse a esta obra, explorar sus reflexiones y ponerlas en diálogo con las luchas de nuestros territorios y las experiencias de quienes defienden los bienes comunes.

Lea y descargue el libro: 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, de José Carlos Mariátegui, en la Biblioteca Ayacucho.

Porque leer a Mariátegui no es solamente volver sobre nuestra historia: es abrir preguntas sobre el presente y las posibilidades de construir otros futuros desde América Latina y el Caribe.

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Esto tiene que quedar grabado: un mapa para caminar por la educación popular con Carlos Rodrigues Brandão y Óscar Jara

Antes de comenzar: volver al encuentro

Antes de acercarnos al folleto, queremos detenernos en otra voz que nos ayuda a entrar en esta conversación.

En este video, Óscar Jara comparte cómo conoció a Carlos Rodrigues Brandão y reconstruye, desde la memoria y la experiencia, más de 20 años de encuentros, conversaciones, aprendizajes y caminos compartidos. Su relato nos permite acercarnos a Carlos no solamente a través de sus ideas y de su obra, sino también desde los vínculos, las experiencias y las conversaciones que fueron haciendo posible una vida dialógica alrededor de la educación popular.

Jara recupera algunos de esos encuentros y comparte aspectos de Carlos que fueron importantes para su propia formación y para profundizar su comprensión de la educación popular: aprender desde las experiencias, reconocer otros saberes, preguntarse por las formas de producir conocimiento y comprender la educación como un proceso que se construye en relación con otras personas y con los territorios.

Este testimonio acompaña la conversación que dio origen a “Esto tiene que quedar grabado”. Si el folleto nos permite escuchar directamente aquel diálogo entre Carlos Rodrigues Brandão y Óscar Jara, esta entrevista nos ofrece otra entrada: la memoria de uno de sus protagonistas sobre una trayectoria compartida durante más de dos décadas.

Quizá sea una buena manera de comenzar: escuchando a Óscar hablar de Carlos para luego entrar en aquella conversación y seguir las preguntas que ambos fueron dejando abiertas.

¿Y si acercarnos a la educación popular no consistiera en encontrar una definición, sino en seguir las preguntas que la han puesto en movimiento?

Hay tradiciones que se vuelven difíciles de recorrer cuando intentamos convertirlas demasiado pronto en una definición. La educación popular puede ser una de ellas. A lo largo de su historia aparecen nombres, experiencias, organizaciones, movimientos, territorios y debates que se encuentran, se separan, vuelven a encontrarse y, en ese movimiento, van transformando aquello que entendemos por educar.

Por eso, este folleto que compartimos, Esto tiene que quedar grabado. Una conversación entre Óscar Jara y Carlos Rodrigues Brandão sobre lo vivido, lo aprendido y los caminos de la educación popular, puede ser leído como un mapa. No como un mapa que nos dice exactamente hacia dónde caminar, sino como uno que permite reconocer algunas huellas, detenernos en determinados cruces y preguntarnos por los caminos que otras personas fueron recorriendo.

La publicación recupera una conversación sostenida en junio de 2019 entre Carlos Rodrigues Brandão y Óscar Jara, conservada por el Centro de Estudios y Publicaciones Alforja y posteriormente transcrita y editada con el apoyo del Observatorio de Bienes Comunes del Programa Kioscos Socioambientales de la Universidad de Costa Rica.

Y quizá lo más interesante es precisamente que no nació como un texto destinado a entregar respuestas definitivas. Fue una conversación entre dos educadores que comparten décadas de experiencias, encuentros, aprendizajes y preguntas. Una conversación en la que recuerdan, dudan, se corrigen, recuperan nombres y vuelven sobre asuntos que parecían olvidados.

Caminar por las huellas, no buscar una ruta única

Al leerla aparecen Paulo Freire, el Movimiento de Educación de Base, Recife, los movimientos de cultura popular, las experiencias de alfabetización, la Investigación-Acción Participativa, las organizaciones campesinas, las comunidades, las universidades y distintas experiencias latinoamericanas. Aparecen también las trayectorias de personas como Orlando Fals Borda, Lola Cendales, Marcela Gajardo y otras educadoras e investigadores que permiten ampliar la conversación hacia diferentes momentos y territorios.

Pero estas referencias no están allí para construir una especie de árbol genealógico definitivo de la educación popular. El propio folleto advierte que no se trata de decidir quiénes fueron sus protagonistas principales, sino de identificar algunos puntos desde los cuales continuar explorando.

Esto cambia la manera de leer.

En lugar de preguntarnos únicamente “¿qué es la educación popular?”, podemos comenzar a preguntarnos: ¿cómo se fue construyendo?, ¿en qué experiencias?, ¿junto a quiénes?, ¿en qué conflictos?, ¿qué problemas intentaba enfrentar?, ¿qué relaciones entre educación y organización comenzaron a aparecer?, ¿qué conocimientos fueron reconocidos?, ¿qué conocimientos quedaron fuera?

Porque una de las pistas que atraviesa el folleto es que la educación popular no aparece primero como una teoría acabada que luego fue aplicada en los territorios. Se fue construyendo en experiencias concretas, atravesada por búsquedas, conflictos, preguntas metodológicas y procesos organizativos.

Preguntar también es disputar

Caminar por este mapa supone entonces reconocer que la educación popular nunca ha sido solamente una discusión sobre métodos educativos. En sus distintas experiencias aparecen preguntas sobre el conocimiento, el poder, la organización, la participación, la cultura y las posibilidades de transformar aquello que vivimos.

La conversación entre Brandão y Jara permite acercarse a esa dimensión desde las propias experiencias de quienes participaron en algunos de esos procesos. Y allí aparecen tensiones que siguen siendo actuales: qué conocimientos reconocemos como conocimiento; cómo se relacionan las experiencias comunitarias con las universidades y las políticas educativas; cómo investigar sin separar radicalmente a quienes investigan de quienes son investigados; cómo aprender de las propias experiencias; cómo evitar que una propuesta nacida para transformar termine reproduciendo relaciones verticales y autoritarias.
Estas preguntas importan porque nos recuerdan que la educación popular no puede pensarse solamente desde sus palabras más conocidas. También hay que mirar sus prácticas, sus contradicciones, sus disputas y los caminos que ha tomado cuando se encuentra con distintos territorios y generaciones.

Así, el folleto no presenta una educación popular inmóvil, encerrada en una época o reducida a un conjunto de autores. Presenta una construcción en movimiento.

De lo vivido a lo aprendido

Hay otra pista que atraviesa con fuerza esta publicación: la importancia de volver sobre lo vivido.

La conversación misma nace de ese ejercicio. Dos personas recuerdan experiencias, reconstruyen trayectorias y se preguntan por aquello que aprendieron. En ese sentido, recordar no significa simplemente mirar hacia atrás. Puede convertirse en una forma de volver sobre nuestras prácticas para preguntarnos qué vimos, qué no vimos, qué aprendimos y qué podemos hacer con aquello que aprendimos. Esa es también una de las puertas que abre la sistematización de experiencias desarrollada por Óscar Jara.

Quizá aquí encontremos una clave para leer el folleto desde nuestro presente: la memoria no como nostalgia, sino como materia para volver a pensar y actuar.

Porque si las experiencias pueden producir conocimiento, entonces nuestras propias prácticas educativas también pueden convertirse en lugares desde donde formular preguntas, reconocer aprendizajes y abrir posibilidades.

Un mapa que no termina en el folleto

Por eso, proponemos leer Esto tiene que quedar grabado como una invitación a caminar.

Podemos comenzar siguiendo las huellas de Freire y preguntarnos por la relación entre alfabetización, cultura, diálogo y organización. Podemos detenernos en Brandão para explorar los vínculos entre educación, territorio, cultura popular y conocimiento. Podemos seguir a Jara para preguntarnos qué significa aprender de nuestras propias experiencias. Podemos acercarnos a Fals Borda para explorar qué ocurre cuando investigar también significa participar y producir conocimiento junto con las comunidades. O podemos continuar hacia las múltiples experiencias, organizaciones y personas que aparecen en este mapa y que nos llevan hacia otros lugares.

Pero quizá la invitación más importante sea no leer buscando una conclusión.

Leer para preguntarnos. Preguntarnos para conversar. Conversar para volver sobre nuestras prácticas. Y volver sobre nuestras prácticas para descubrir qué posibilidades de transformación pueden abrirse.

El folleto termina justamente allí: preguntando qué seguimos entendiendo hoy por educación popular, qué hemos aprendido de aquellas experiencias, qué necesitamos volver a preguntar, cómo cambian estas ideas cuando encuentran otros territorios y generaciones y qué nuevas formas de aprender juntas y juntos están apareciendo.

Tal vez ese sea el sentido de este mapa: no ofrecernos una ruta cerrada, sino algunas huellas para comenzar a caminar.

Porque la educación popular, si quiere seguir siendo una práctica de transformación, quizá tenga que conservar justamente esa capacidad de preguntarse por sí misma, de revisar lo aprendido, de reconocer sus contradicciones y de volver a encontrarse con las experiencias desde las que puede seguir construyéndose.

Les invitamos a recorrer este mapa, detenerse en sus cruces y, sobre todo, a continuar la conversación.

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Cuando la Biblia entra al gobierno: una lectura desde la Teología de la Liberación

Las espiritualidades forman parte de la vida de las personas y de las comunidades: ayudan a construir sentidos, valores, formas de relacionarnos con otras personas y maneras de comprender el mundo que habitamos. Por eso, lejos de considerar la dimensión espiritual como un asunto exclusivamente privado o secundario, resulta importante reconocer que también puede tener implicaciones éticas y políticas. Precisamente por esa capacidad de orientar miradas y prácticas, necesitamos detenernos ante las conexiones que se establecen, a veces con demasiada facilidad, entre fe, autoridad y ejercicio del poder. No se trata de cuestionar la espiritualidad ni el derecho de las personas a encontrar en ella orientación para sus vidas, sino de preguntarnos qué ocurre cuando esas conexiones se realizan de manera ingenua, cuando una convicción particular se presenta como verdad suficiente para todas las personas o cuando una experiencia de fe comienza a confundirse con una fuente incuestionable de legitimidad política. Pensar estas relaciones con mayor cuidado también significa tomarnos en serio la dimensión ética y política de nuestras espiritualidades.

A propósito del Día de la Biblia

Hay declaraciones que pueden escucharse como expresiones personales de fe y, sin embargo, abrir preguntas mucho más amplias cuando son pronunciadas por quienes ocupan espacios de poder. Durante la celebración del Día de la Biblia realizada en la Asamblea Legislativa, la presidenta Laura Fernández se refirió públicamente a su relación con la Biblia y afirmó que esta no constituye solamente una fuente de sabiduría y orientación personal, sino que también puede ser entendida como un «libro de gobierno». En ese mismo contexto expresó: «Yo llegué a agradar a Dios y al pueblo de Costa Rica. A nadie más».

No nos interesa aquí discutir la fe personal de la presidenta, ni poner en cuestión el derecho de cualquier persona a encontrar en sus creencias una fuente de orientación para su vida. La pregunta que nos interesa es otra y aparece precisamente cuando una convicción religiosa es vinculada de manera explícita con el ejercicio del poder público: ¿qué significa convertir la Biblia en un «libro de gobierno» dentro de una sociedad plural?

La pregunta adquiere una particular densidad si la hacemos desde América Latina y el Caribe y, más específicamente, desde el legado de la Teología de la Liberación. Porque una de las grandes contribuciones de esta tradición no consistió en sacar la Biblia de la vida pública, sino en volver a colocarla en medio de la historia, de los conflictos sociales y de las experiencias concretas de quienes viven situaciones de pobreza, exclusión y opresión. Su apuesta fue, precisamente, leer la fe desde la realidad y preguntarse qué consecuencias tiene una determinada manera de comprender a Dios cuando se encuentra con el sufrimiento humano.

Una Biblia leída desde la historia

La Teología de la Liberación surgió en un contexto latinoamericano marcado por profundas desigualdades y por sociedades atravesadas por distintas formas de violencia, exclusión y concentración del poder. Gustavo Gutiérrez, uno de sus principales referentes, planteó que la reflexión teológica no podía permanecer al margen de esa realidad. La fe debía encontrarse con la historia y, por tanto, con las condiciones concretas en las que viven las personas.

De ahí surge una de sus contribuciones más conocidas: la opción preferencial por los pobres. No se trataba simplemente de una invitación a sentir compasión por quienes viven en condiciones de pobreza, sino de una transformación en la manera de mirar la realidad: reconocer que las personas empobrecidas y excluidas no son únicamente destinatarias de ayuda, sino sujetos capaces de interpretar su propia experiencia y participar en la transformación de las condiciones que producen su exclusión. Investigaciones posteriores sobre el pensamiento de Gutiérrez han destacado precisamente esta dimensión de la opción por los pobres como una categoría orientada a transformar la realidad «desde los pobres y con los pobres».

Esto resulta particularmente importante para nuestra discusión porque desplaza el centro de la pregunta. La Biblia deja de ser solamente un texto que puede proporcionar respuestas para quien gobierna y se convierte también en una fuente desde la cual preguntar qué ocurre con quienes son gobernados.

En esa tradición, la lectura bíblica recupera con fuerza las historias del Éxodo, la denuncia profética frente a la injusticia y las palabras y prácticas de Jesús relacionadas con quienes ocupaban los márgenes de la sociedad. La cuestión no es únicamente conocer qué dice el texto, sino preguntarse qué hacemos con aquello que decimos creer. La relación entre fe y práctica, entre reflexión y acción, se vuelve entonces fundamental.

Por eso, quizá el legado de la Teología de la Liberación pueda ayudarnos a introducir una pequeña incomodidad en la expresión «libro de gobierno».

¿Y si la Biblia no fuera principalmente un libro para decirle al gobierno cómo gobernar, sino también un libro para preguntarle al gobierno qué está haciendo con la vida de las personas?

Del poder que busca legitimarse al poder que debe rendir cuentas

Aquí aparece una tensión que atraviesa buena parte de la reflexión latinoamericana sobre la relación entre religión y poder. La fe puede convertirse en una fuente de inspiración ética, pero también puede ser utilizada para conferir un carácter incuestionable a determinadas decisiones. Cuando una autoridad política afirma que sus decisiones están orientadas por Dios, se introduce una dificultad adicional en la discusión pública: las decisiones políticas dejan de presentarse únicamente como decisiones humanas, históricas y discutibles, y pueden adquirir la apariencia de una autoridad superior frente a la cual resulta más difícil plantear preguntas.

Esto no significa que una persona creyente deba abandonar sus convicciones al entrar en la vida pública. Significa reconocer que una sociedad plural está compuesta por personas que creen de maneras diferentes, por quienes profesan otras religiones, por quienes no profesan ninguna y por quienes mantienen una relación crítica, cambiante o incluso distante con la religión. Una convicción personal puede orientar la conciencia de quien gobierna; pero las decisiones que afectan a toda la sociedad necesitan poder ser discutidas en un espacio común donde nadie tenga que compartir previamente una determinada fe para participar de la conversación.

Esta distinción resulta especialmente relevante para la tradición de la Teología de la Liberación porque su crítica no estuvo dirigida únicamente contra determinadas estructuras económicas o políticas. También cuestionó las formas en que la propia religión podía relacionarse con estructuras de poder. Estudios sobre el pensamiento de Gustavo Gutiérrez han señalado precisamente su crítica a formas estabilizadas del poder religioso.

La cuestión, entonces, no es si la Biblia puede tener consecuencias políticas. Evidentemente puede tenerlas. La propia historia de la Teología de la Liberación demuestra que una lectura bíblica puede generar compromisos profundos con la justicia, la dignidad y la transformación social. La cuestión es qué tipo de relación entre Biblia y poder estamos construyendo.

Una cosa es que la fe impulse a una persona a cuestionar la injusticia. Otra es utilizar la fe para cerrar la posibilidad de cuestionar a quien gobierna.

La paradoja de una fe que incomoda al poder

Quizá aquí encontremos una de las paradojas más fecundas para releer hoy el legado de la Teología de la Liberación. Una tradición profundamente arraigada en la lectura bíblica terminó convirtiéndose, precisamente, en una fuente de crítica frente a distintas formas de poder político, económico y religioso.

Su preocupación por las personas pobres no surgía de una mirada romántica sobre la pobreza. Partía de reconocer que existen estructuras sociales que producen desigualdad y que la fe no puede permanecer indiferente ante ellas. Incluso documentos de la propia Iglesia que formularon críticas a determinadas expresiones de la Teología de la Liberación reconocieron que la opción preferencial por los pobres constituye una preocupación legítima y que no puede utilizarse la crítica teológica como pretexto para la neutralidad frente a la miseria y la injusticia.

Esta tensión es importante porque nos permite escapar de una lectura demasiado sencilla. No se trata de contraponer una «religión buena» a una «religión mala», ni de afirmar que toda presencia religiosa en la esfera pública constituye necesariamente un problema. La historia latinoamericana es mucho más compleja. Comunidades cristianas, movimientos populares, comunidades eclesiales de base y distintas experiencias pastorales han participado en procesos de defensa de derechos, organización comunitaria y denuncia de injusticias.

Lo que está en juego es algo más profundo: qué sucede cuando una determinada interpretación religiosa deja de ser una convicción desde la cual una persona participa en la vida pública y comienza a presentarse como fundamento suficiente para gobernar a todas las demás.

La diferencia puede parecer pequeña, pero políticamente es enorme.

¿Qué nos dice hoy esta tradición?

En el Día de la Biblia, recuperar el legado de la Teología de la Liberación puede servirnos para volver a leer la Biblia no como un texto que elimina las preguntas políticas, sino como una tradición de lectura que históricamente ha producido nuevas preguntas sobre el poder, la pobreza y la dignidad.

Tal vez la pregunta no sea únicamente qué puede decir la Biblia sobre cómo debería comportarse una persona que ocupa la Presidencia. También deberíamos preguntarnos qué dice (o qué nos permite preguntar) sobre quienes quedan fuera de las decisiones, sobre quienes soportan las consecuencias de determinadas políticas y sobre quienes rara vez aparecen en los espacios donde se define el rumbo de una sociedad.

En esta perspectiva, la opción preferencial por los pobres adquiere una actualidad que desborda la cuestión estrictamente religiosa. Nos obliga a mirar desde aquellos lugares donde las decisiones del poder se sienten en el cuerpo y en la vida cotidiana: en quien no puede acceder a una atención de salud, en quien pierde su territorio, en quien ve deteriorarse el río que sostiene su comunidad, en quien enfrenta precariedad laboral, en quien queda fuera de una educación digna o en quien observa cómo aquello que sostiene la vida comienza a ser tratado únicamente como mercancía.

Es aquí donde encontramos un puente con la reflexión sobre los bienes comunes. Si entendemos los bienes comunes como aquellos tejidos naturales, sociales y culturales que sostienen nuestras vidas, entonces la pregunta por la fe y el poder no puede reducirse a una discusión abstracta sobre religión. También nos conduce a preguntar quién decide sobre aquello que es necesario para vivir, quién participa en esas decisiones y qué ocurre cuando determinados intereses se imponen sobre las condiciones que permiten sostener la vida.

En ese sentido, el legado de la Teología de la Liberación puede conversar con una perspectiva de bienes comunes porque ambas miradas, desde lugares diferentes, nos obligan a desplazar la atención del poder concentrado hacia las condiciones concretas de reproducción de la vida.

Volver a preguntar desde abajo

Quizá uno de los mayores aportes de esta tradición sea recordarnos que la Biblia no tiene una única manera de ser leída políticamente. Puede convertirse en una herramienta de legitimación del orden existente, pero también puede ser leída desde quienes cuestionan ese orden. Puede servir para hablarle al poder, pero también para incomodarlo.

Por eso, frente a la idea de la Biblia como «libro de gobierno», podríamos recuperar una pregunta distinta: ¿qué pasaría si leyéramos la Biblia desde quienes tienen menos poder para preguntarle al gobierno por sus decisiones?

La pregunta cambia completamente el lugar desde donde se mira.

Ya no se trata de preguntarnos cómo hacer que el gobierno se parezca más a nuestras propias convicciones religiosas. Se trata de preguntarnos cómo nuestras convicciones religiosas o no, pueden contribuir a construir una sociedad donde nadie tenga que someterse a una verdad particular para ser escuchado, donde el poder pueda ser cuestionado y donde la dignidad de las personas no dependa de su capacidad para hacerse visible ante quienes gobiernan.

Tal vez ahí exista una de las herencias más fecundas de la Teología de la Liberación: recordarnos que una fe que habla de liberación no puede conformarse con bendecir el poder. Tiene que ser capaz de mirarlo desde abajo, escuchar sus efectos y preguntarse por quienes quedan al margen.

Por eso, este Día de la Biblia puede ser una oportunidad no para cerrar la conversación sobre qué debe hacer un buen gobierno, sino para abrir una pregunta más incómoda: ¿qué nos dice la Biblia cuando la leemos desde quienes tienen que vivir con las consecuencias de las decisiones del poder?

Quizá entonces la Biblia deje de ser solamente un «libro de gobierno». Y vuelva a ser, también, un libro desde el cual preguntarle al gobierno por la vida.

Para seguir leyendo: la Biblia desde una mirada popular

Leer la Biblia desde una perspectiva popular implica también preguntarnos desde dónde la leemos, con quiénes la leemos y qué preguntas llevamos a sus páginas. La tradición de la Teología de la Liberación nos recuerda que no existe una lectura desligada de la historia: las experiencias de pobreza, exclusión, desigualdad, organización comunitaria y búsqueda de justicia también pueden convertirse en lugares desde los cuales interpretar los textos bíblicos.

Por eso, más que buscar en la Biblia respuestas cerradas para gobernar, administrar o justificar decisiones, una lectura popular puede acercarse a ella como una fuente de preguntas sobre la vida concreta. ¿Qué ocurre con quienes tienen menos poder? ¿Quiénes quedan fuera? ¿Quiénes son escuchados y quiénes permanecen en silencio? ¿Qué formas de dominación aparecen normalizadas? ¿Qué significa hoy hablar de justicia, dignidad, cuidado, solidaridad y vida en abundancia?

Algunos aspectos para una lectura popular

Una lectura que quiera evitar el literalismo y abrirse al diálogo con la realidad puede considerar algunos elementos:

  • El contexto: preguntarnos cuándo, dónde y en qué circunstancias fue escrito un texto, qué problemas atravesaban esas comunidades y qué situación histórica expresa.

  • El género literario: no todos los textos bíblicos buscan decir lo mismo ni deben leerse de la misma manera. Hay relatos, poemas, parábolas, leyes, cartas, discursos, genealogías y textos proféticos, entre otros.

  • Quién habla y desde dónde: reconocer las voces presentes en el texto, pero también preguntarnos quiénes aparecen, quiénes quedan fuera y qué relaciones de poder atraviesan el relato.

  • La experiencia de quienes leen: una lectura popular no coloca la vida de las comunidades fuera de la interpretación. Las experiencias de pobreza, trabajo, exclusión, organización, cuidado y defensa de los territorios también generan preguntas legítimas al texto.

  • El conjunto y no la frase aislada: evitar utilizar un versículo separado de su contexto para convertirlo en una sentencia absoluta. Una lectura responsable necesita poner los fragmentos en diálogo con el resto del texto y con su contexto histórico.

  • La interpretación como diálogo: reconocer que existen distintas tradiciones y formas de interpretar la Biblia. Ninguna lectura debería presentarse automáticamente como la única posible, especialmente cuando pretende orientar la vida de toda una sociedad plural.

  • La relación entre fe y poder: preguntarnos qué ocurre cuando una interpretación religiosa comienza a utilizarse para legitimar autoridades, decisiones políticas o relaciones de dominación. La pregunta no es solamente qué dice el texto, sino también qué hacemos con aquello que creemos que el texto dice.

  • La vida como criterio de reflexión: preguntarnos qué efectos produce una determinada interpretación en la vida concreta de las personas, especialmente de quienes viven situaciones de vulnerabilidad, exclusión o desigualdad.

Esta manera de leer también recupera una dimensión comunitaria. La Biblia puede ser leída en conversación, compartiendo experiencias, dudas, desacuerdos y saberes, sin convertir una interpretación particular en una verdad que deba imponerse a todas las personas. En ese sentido, leer desde abajo no significa encontrar una única lectura correcta, sino abrir un espacio para que las palabras dialoguen con las vidas y para que las vidas también interroguen las palabras.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes proponemos acercarnos a estas lecturas populares como parte de una educación que no separa las preguntas éticas de las condiciones concretas en que vivimos. Porque quizá una de las preguntas más fértiles para este Día de la Biblia no sea solamente qué dice la Biblia, sino qué nos permite ver cuando la leemos junto a quienes defienden la vida, cuidan sus territorios, organizan sus comunidades y buscan construir otras formas de vivir en común.

Referencias:

Agüero Ruiz, Byron. (2026, 27 de septiembre). Laura Fernández: “La Biblia es buen manual para cómo ser buen presidente”. Diario Extra.

Barrera, Abner. (2022). Teología Latinoamericana de la Liberación: Una valoración. Temas de Nuestra América, 38(71), 231–242.

Boff, Leonardo (2014, 29 de septiembre). Fe y política más allá del fundamentalismo. Leonardo Boff.

Gutiérrez, Gustavo (1972). Teología de la liberación: Perspectivas. Ediciones Sígueme.

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Sentires y Saberes: David Menjívar, Birmania y una historia de vida que hace comunidad

En esta nueva entrega de Sentires y Saberes nos acercamos a la historia de vida de David Menjívar, una historia que también es, de muchas maneras, parte de la historia de Birmania, en Upala.

David llegó desde El Salvador a Birmania, y ese encuentro con una comunidad marcada por las distancias, las dificultades de acceso y el aislamiento fue también el inicio de un aprendizaje que atravesaría buena parte de su vida: comprender que las condiciones de una comunidad no están dadas de una vez y para siempre, y que su transformación requiere que las propias personas que la habitan asuman un papel protagónico.

A través de sus recuerdos, experiencias y reflexiones, esta conversación nos permite acercarnos a la construcción de un vínculo comunitario que no se limita a compartir un territorio. Se trata de construir relaciones, reconocerse como parte de una historia común y asumir que mejorar las condiciones de vida implica también organizarse, trabajar colectivamente y preguntarse qué comunidad se quiere construir.

La historia de David se entreteje así con la de Birmania. Su recorrido nos habla de caminos que se han ido abriendo, de esfuerzos compartidos y de una convicción que aparece una y otra vez: el bienestar de una comunidad también se construye cuando las personas deciden involucrarse en aquello que les afecta y trabajar junto a otras para transformarlo.

Pero esta conversación también nos recuerda que ninguna transformación está terminada. Birmania sigue enfrentando dificultades y formas de aislamiento que, aunque alguna vez estuvieron relacionadas principalmente con las distancias y las condiciones de acceso, hoy también pueden verse alimentadas por el desinterés y el abandono. Por eso, el compromiso comunitario no aparece como una tarea concluida, sino como un proceso que necesita continuar.

Escuchar a David es acercarnos a una manera de entender la vida comunitaria en la que el vínculo y la práctica transformadora van de la mano: conocer a otras personas, compartir sus preocupaciones, asumir responsabilidades y trabajar para que las condiciones de vida puedan mejorar.

En su historia hay también una invitación a mirar la comunidad no como algo acabado, sino como algo que se construye cotidianamente. Y quizá allí se encuentra una de las preguntas que atraviesan esta conversación: ¿qué podemos hacer, colectivamente, para que el lugar que habitamos tenga cada vez mejores condiciones para vivir?

Esta es una historia de vida, pero también una historia de compromiso, de aprendizaje y de comunidad. Una historia que nos recuerda que los territorios también se construyen a través de los vínculos que somos capaces de sostener.

Historias de vida y bienes comunes

Acercarnos a los bienes comunes también implica escuchar las historias de quienes los construyen y sostienen. Una historia de vida permite reconocer cómo, desde las experiencias cotidianas, las personas van creando vínculos con otras, con un territorio y con aquello que comparten.

La historia de David Menjívar y su relación con Birmania nos muestra que estos vínculos no aparecen de manera automática. Se construyen con el tiempo, a través del encuentro, el aprendizaje, la participación y el trabajo colectivo. En ese proceso también se construyen identidad, pertenencia y responsabilidades compartidas.

Por eso, recuperar estas historias es también recuperar saberes: formas concretas en que las personas han aprendido a organizarse, cuidarse y trabajar juntas para mejorar sus condiciones de vida. Los bienes comunes no son solamente aquello que compartimos; también son las relaciones y prácticas que hacemos posibles para sostener aquello que consideramos común.