Por Koro-sensei, colaborador accidental del Observatorio de Bienes Comunes. Profesor de la Clase 3-E, especialista en pedagogía crítica, velocidad Mach 20 y recuperación de objetos perdidos que nunca debieron convertirse en el tema principal de la conversación.
Si hay algo que he aprendido enseñando en la Clase 3-E es que los conflictos importantes rara vez comienzan por aquello que termina apareciendo en los informes.
Cuando un estudiante deja de participar, el problema normalmente no es el silencio. Cuando alguien se enfurece, el problema no suele ser el grito. Y cuando una comunidad entra en conflicto, casi nunca el problema principal es aquello que aparece al final en la lista de daños.
Por eso observo con curiosidad lo que ocurre en la Universidad de Costa Rica.
Después de semanas de conflicto, ocupación, negociaciones, comunicados, denuncias cruzadas, tensiones institucionales y debates sobre el futuro de la universidad pública, el país parece haber llegado finalmente a una conclusión provisional: faltan cosas.
-Primero fue una olla arrocera.
-Después un coffee maker.
-Luego un microondas.
-Más tarde aparecieron productos de limpieza, equipos varios y ahora dos computadoras, un trípode, audífonos, un ventilador y hasta un perfume.
El inventario sigue creciendo.
Lo interesante no es que se investiguen esas pérdidas. Sería absurdo sostener lo contrario. Toda institución tiene el deber de proteger sus bienes y esclarecer responsabilidades cuando ocurren daños o desapariciones.
Lo verdaderamente interesante es observar la intensidad institucional que logra movilizar un inventario. Porque mientras los listados de objetos faltantes se actualizan con notable precisión, otras preguntas parecen avanzar con una velocidad considerablemente menor.
Por ejemplo:
-¿Qué llevó a un grupo de estudiantes a ocupar edificios administrativos durante varias semanas?
-¿Qué condiciones políticas produjeron semejante nivel de confrontación?
-¿Qué falló en los mecanismos de diálogo universitario para que el conflicto llegara hasta ese punto?
-¿Qué aprendizajes institucionales deja todo lo ocurrido?
-¿Quiénes tomaron determinadas decisiones durante los primeros días de la crisis?
-¿Por qué algunas denuncias reciben una atención inmediata mientras otras parecen diluirse lentamente en el aire universitario?
Curiosamente, esas preguntas no suelen venir acompañadas de tasaciones económicas.
No generan cuadros contables.
No aparecen fácilmente en hojas de cálculo.
Y quizá por eso resultan mucho más difíciles de administrar.
Porque una computadora desaparecida puede valorarse en seiscientos mil colones. Un trípode puede cuantificarse. Un perfume puede registrarse en un informe.
Pero resulta mucho más complejo calcular cuánto cuesta una universidad donde los conflictos políticos terminan procesándose principalmente mediante investigaciones, expedientes y procedimientos disciplinarios mientras las causas profundas permanecen relativamente intactas.
Y ahí es donde el asunto comienza a ponerse interesante.
Durante las últimas semanas, buena parte de la conversación institucional ha girado alrededor de daños materiales que ya superan varias decenas de millones de colones, según las estimaciones preliminares divulgadas públicamente. Los montos se discuten. Los objetos se enumeran. Las pérdidas se clasifican.
Sin embargo, cuesta encontrar la misma energía institucional dedicada a inventariar aquello que hizo posible el conflicto.
-No existe un informe equivalente sobre el deterioro de la confianza.
-No hay una tasación sobre el desgaste del diálogo universitario.
-Nadie parece estar calculando el costo político de una comunidad que cada vez encuentra menos espacios para procesar democráticamente sus desacuerdos.
Y eso resulta llamativo.
Porque incluso dentro del propio Consejo Universitario han surgido voces señalando que las investigaciones no deberían concentrarse únicamente en las acciones de los estudiantes, sino también en las actuaciones de sectores administrativos durante el conflicto.
La observación es importante porque introduce una pregunta fundamental: si la universidad aspira a comprender lo ocurrido, ¿por qué algunas responsabilidades parecen investigarse con tanta rapidez mientras otras apenas comienzan a mencionarse?
La cuestión se vuelve todavía más delicada cuando recordamos episodios que fueron ampliamente comentados durante los primeros días de la ocupación.
Por ejemplo, la suspensión de servicios básicos dentro del edificio ocupado.
Hasta hoy sigue siendo legítimo preguntarse quién tomó la decisión de restringir agua y electricidad durante una protesta universitaria y bajo qué criterios se consideró adecuada una medida de ese tipo.
No porque ello elimine otras responsabilidades. No porque justifique daños posteriores. Sino porque también forma parte de la historia.
También forman parte de la historia los señalamientos sobre insultos, hostilidad y agresiones verbales reportadas por distintos actores durante el conflicto.
Sin embargo, cuando se observa la discusión pública, pareciera que algunos hechos generan una reacción institucional inmediata mientras otros permanecen en una especie de zona gris donde el tiempo lentamente los vuelve invisibles.
Y eso debería preocuparnos. Porque una universidad pública no se fortalece únicamente identificando quién rompió una ventana o quién se llevó un equipo.
También se fortalece cuando es capaz de examinar críticamente sus propias decisiones. Cuando investiga todas las aristas de un conflicto. Cuando evita construir relatos donde unas violencias resultan perfectamente visibles
y otras permanecen fuera del foco.
Desde la Clase 3-E solemos enseñar algo sencillo: si un estudiante tiene problemas, no basta con castigar las consecuencias. Hay que comprender las condiciones que produjeron el comportamiento.
Corregir y sacionar sin comprender produce obediencia temporal. Comprender sin actuar produce impunidad.
La tarea educativa consiste en sostener ambas cosas simultáneamente. Quizá la Universidad de Costa Rica enfrenta hoy un desafío parecido.
Porque mientras el inventario de pérdidas continúa creciendo, sigue sin existir un inventario igualmente detallado sobre los motivos que llevaron a la protesta.
Y esa ausencia es mucho más difícil de contabilizar.
-No tiene número de activo.
-No posee código patrimonial.
-No aparece en los formularios administrativos.
Pero probablemente explique más sobre el conflicto que cualquier coffee maker, cualquier perfume o cualquier olla arrocera.
Después de todo, las universidades públicas no se construyeron para proteger electrodomésticos. Se construyeron para discutir críticamente la sociedad, incluso cuando esas discusiones resultan incómodas.
Y quizá ahí radique la pregunta que sigue faltando en el inventario: cuando todo esto termine, ¿la universidad habrá comprendido mejor por qué ocurrió el conflicto o simplemente tendrá una lista más completa de las cosas que desaparecieron?
Atentamente,
Koro-sensei
Profesor de la Clase 3-E y observador ocasional de instituciones que pueden calcular perfectamente el valor de un perfume, pero todavía buscan cómo medir el costo de no escuchar a tiempo.
Posdata
Si aparece un nuevo informe institucional informando la desaparición de un borrador, una engrapadora o una calculadora científica, les ruego mantener la calma. No todo objeto extraviado constituye una amenaza contra el orden democrático.
Aunque admito que una calculadora desaparecida podría ser grave. Sobre todo si estaba encargada de calcular cuántas reuniones de diálogo hacen falta para evitar una toma.
Todavía no conozco la respuesta.
También quisiera aclarar que la Clase 3-E realizó una inspección exhaustiva y no encontró ninguna olla arrocera en sus instalaciones.
Encontramos un pulpo mutante, dos robots experimentales y una criatura interestelar.
Pero ninguna olla arrocera.
Si la Universidad de Costa Rica desea ampliar el inventario, sugiero incluir algunos bienes que también parecen extraviados:
- Confianza institucional.
- Escucha activa.
- Imaginación política.
- Capacidad para discutir desacuerdos sin convertirlos inmediatamente en expedientes.
Estos bienes son más difíciles de reponer que un coffee maker.
Y bastante más costosos.
Finalmente, si algún día elaboran una tasación económica de los conflictos que nunca se discutieron a tiempo, por favor avísenme.
Tengo la sospecha de que esa cifra podría superar ampliamente los ₡38 millones.
¿Por qué un Observatorio de Bienes Comunes habla de esto?
Porque, queridos estudiantes, los bienes comunes no son solamente ríos, bosques o territorios. También son las comunidades que construimos, las instituciones que compartimos y la capacidad de discutir nuestros desacuerdos sin convertir cada conflicto en una simple lista de objetos perdidos.
Además, si después de varias semanas de protesta, negociaciones, comunicados, tensiones políticas y debates sobre democracia universitaria terminamos hablando principalmente de una olla arrocera, un coffee maker y un perfume… sospecho que la verdadera desaparición ocurrió en otra parte.
Antes de que digan que me lo inventé
Como la velocidad Mach 20 no siempre es considerada una fuente académica válida, el Observatorio comparte a continuación las noticias, comunicados y declaraciones públicas utilizadas para construir esta reflexión.
Las incluimos por una sencilla razón: en los últimos días hemos descubierto que una olla arrocera puede producir más evidencia documental que algunos debates sobre democracia universitaria.
Así que, para tranquilidad de quienes sospechan que Koro-sensei está exagerando, aquí están los documentos. Las computadoras, el perfume, el trípode, los montos, las declaraciones, las denuncias y los comunicados no fueron inventados por la Clase 3-E.
La ironía tampoco.
Referencias:
Ortiz Salas, Ignacio. (2026, 28 de mayo). Integrantes del Consejo Universitario piden que se investiguen las acciones de administrativos contra los estudiantes en la toma de la Rectoría. Semanario Universidad. https://semanariouniversidad.com/universitarias/integrantes-del-consejo-universitario-piden-que-se-investiguen-las-acciones-de-administrativos-contra-los-estudiantes-en-la-toma-de-la-rectoria/
Ruiz, Paula. (2026, 1 de junio). UCR detecta ausencia de dos computadoras, trípode y hasta un perfume tras toma de edificio en mayo: estas pérdidas ascienden a ¢1,4 millones. Observador. https://observador.cr/ucr-detecta-ausencia-de-dos-computadoras-tripode-y-hasta-un-perfume-tras-toma-de-edificio-estas-perdidas-ascienden-a-14-millones/
Villegas, Andrey. (2026, 1 de junio). Computadoras, audífonos y hasta perfumes “desaparecieron” durante toma de edificios en la UCR. CRHoy. https://crhoy.com/nacionales/computadoras-audifonos-y-hasta-perfumes-desaparecieron-durante-toma-de-edificios-en-la-ucr/
Villalobos, Paulo. (2026, 28 de mayo). ‘Coffee maker’, microondas y olla arrocera desaparecieron tras toma de Rectoría de UCR. Teletica. https://www.teletica.com/nacional/coffee-maker-microondas-y-olla-arrocera-desaparecieron-tras-toma-de-rectoria-de-ucr_409640









