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Comunidades bribris protestan contra DINADECO por irrespeto a autonomía indígena

Zuiri Méndez y Andrea Espinoza

TC-590 Programa Kioscos Socioambientales

Clementino Villanueva se levantó a las 3:00 am para viajar desde la comunidad de Meleruk en Territorio Bribri de Talamanca hacia las oficinas centrales de DINADECO en San José.

Al igual que Filidencio Cubillo y más de 60 personas de distintas comunidades de este territorio indígena en Caribe Sur, protestaron el jueves 20 de agosto porque las jefaturas de DINADECO no han tramitado la destitución de la presidenta de la ADITIBRI.

La presidenta firmó un contrato el 14 de septiembre del 2024 con la empresa GGI Grupo GOICO Internacional, por la venta de certificados de créditos de carbono basados en cobertura forestal del territorio. Este convenio se realizó sin consulta previa, libre e informada.

Desde el 2024 la Asamblea de ADITIBRI anula el contrato, sin embargo el conflicto continuó y por esto que el 8 de mayo del 2026 realizaron una nueva Asamblea donde la mayoría votó por destituir a la presidenta.

Clementino indicó que se está irrespetando la autonomía indígena tutelada por legalidad nacional e internacional. Primero cuando DINADECO no está acogiendo la voluntad de la Asamblea general de la ADITIBRI. Y segundo, por firmar un contrato sin realizar la debida consulta.

Bonos de carbono, restricciones culturales y puertas a extractivismos

Restringirnos de las zonas boscosas para el uso de bonos de carbono, atenta contra nuestra dignidad y soberanía alimentaria. Por eso estamos aquí, y esperamos que DINADECO escuche nuestra petición y que el estado costarricense reconsidere su posición. No estamos mendigando nada, estamos aquí exigiendo nuestros derechos, señaló Filidencio.

Las críticas a los mercados de bonos de carbono ha generado críticas dentro del territorio bribri de Talamanca desde el 2010, cuando inició el Programa de REDD+ para territorios indígenas, en cual se estaba planteando según las poblaciones, sin un debido proceso de consulta.

Los bonos de carbono se venden a partir del carbono que capturan grandes masas de árboles, por lo que en los contratos que se firman, usualmente se impide que se realice cualquier alteración que vaya a afectar la captura del carbono. Esto implica que las poblaciones que viven con los bosques, no puedan tocarlos.

En ese sentido genera serias dudas sobre las restricciones que este tipo de proyectos pueda traer sobre los usos tradicionales sobre los bosques, pues son las zonas boscosas que sostienen la materialidad y cosmovisión de sus vidas. Así indica Filidencio: Es parte de nuestra cosmovisión, cuidar la naturaleza, porque en la naturaleza, en los bosques es que se encuentra nuestro alimento, la medicina, nuestras viviendas.

Clementino por su parte, señaló que la firma de estos contratos con empresas privadas pone en riesgo la poca selva que tienen, la protección de los ríos y las montañas. Y señala: Si los traidores entregan nuestros recursos a las transnacionales, no solo es el carbono, sino ya da pie para que exploten el oro, las minas, madera, gas. Estamos abriendo la puerta sin darnos cuenta que todo eso va a suceder a futuro. Y cuando eso pase ¿A dónde iremos todas las familias indígenas? Por eso estamos defendiendo lo poquito que tenemos.

Un lucha que continúa

A la protesta asistieron mujeres, menores de edad y personas adultas mayores provenientes de las comunidades de Kachabli, Korbita, Suretka, Meleruk, Rancho Grande, Volio, entre otras. Clementino indicó: Y si en caso que DINADECO no llegue con las personas negociadoras a un feliz término, la próxima vamos a tener invadido todo esto, no va a pasar ni carro. Talamanca ha sido siempre luchador defendiendo sus recursos naturales.

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Monitorear para defender: lo que los recientes registros de Philippe Vangoidsenhoven nos muestran sobre el Caribe Sur

Humedales intervenidos, bosques bajo presión, cambios de uso del suelo y fauna que intenta desplazarse entre carreteras, tendidos eléctricos y espacios urbanos. Los monitoreos recientes de Philippe Vangoidsenhoven muestran un territorio en transformación y la importancia de sostener una mirada atenta sobre aquello que muchas veces pasa desapercibido.

Monitorear un territorio también es una forma de defenderlo: observar, recorrer, fotografiar, registrar, comparar y volver al mismo lugar permite reconocer transformaciones que difícilmente pueden comprenderse a partir de una fotografía aislada o de una denuncia puntual. En el Caribe Sur, el trabajo de monitoreo que Philippe Vangoidsenhoven desarrolla desde hace varios años permite precisamente construir esa mirada sostenida sobre el territorio.

Sus recorridos por sectores como Hone Creek, Cocles, Playa Negra, Punta Uva y Sixaola han permitido documentar tanto espacios que todavía conservan importantes valores ecológicos como procesos de intervención que requieren atención.

Los registros más recientes permiten mirar dos dimensiones estrechamente relacionadas: las transformaciones de los ecosistemas y los efectos que estas tienen sobre la fauna que habita y se desplaza por el territorio.

Cuando un territorio cambia poco a poco

Uno de los principales aportes del monitoreo es mostrar que la transformación territorial no necesariamente ocurre de una sola vez.

En los casos recientemente documentados en Cocles y Sixaola aparecen procesos acumulativos: eliminación de vegetación, chapea, tala, rellenos, fumigación, extracción de madera, apertura de terrenos y, posteriormente, posibles cambios hacia otros usos.

En uno de los casos de Cocles, por ejemplo, un terreno donde anteriormente existía una bomba de agua presenta intervenciones que incluyen eliminación de árboles y rellenos con distintos materiales. Las imágenes obtenidas mediante dron permiten observar que una parte importante del terreno presenta características propias de un humedal, algo que resulta difícil de apreciar desde la vía pública debido a la vegetación que permanece en su borde.

El caso resulta especialmente relevante porque permite preguntarnos qué ocurre cuando las transformaciones de un terreno se desarrollan gradualmente y permanecen parcialmente ocultas a la mirada cotidiana.

Y también muestra por qué una fotografía tomada hoy puede ser apenas un fragmento de una historia territorial mucho más larga.

Humedales bajo presión, pero también espacios que todavía resisten

Los registros de Cocles muestran un contraste especialmente significativo. Mientras un humedal presenta señales de intervención, en un terreno cercano todavía permanece otra pequeña laguna rodeada de vegetación y árboles, aparentemente conservando sus características naturales.

La comparación entre ambos espacios permite recordar algo fundamental: los humedales no son terrenos vacíos esperando ser rellenados. Son ecosistemas con funciones propias y espacios que sostienen biodiversidad. El hecho de que algunos todavía permanezcan en buenas condiciones permite, además, reconocer que las transformaciones no son inevitables y que existen espacios cuya conservación continúa siendo posible.

Por eso, monitorear también significa identificar aquello que todavía está ahí y preguntarnos qué necesitamos hacer para que permanezca.

Bosques, humedales y cauces forman parte del mismo territorio

Otro de los elementos que aparece en los registros es la dificultad de separar los problemas ambientales en categorías aisladas.

En el sector de Cocles cercano a Keköldi, el monitoreo permitió identificar trabajos de chapea en un terreno con árboles antiguos y sectores con características de humedal. La intervención pudo detenerse con la participación de la Fuerza Pública y un fiscal indígena. El sitio se encuentra, además, en un espacio vinculado al Refugio Nacional de Vida Silvestre Gandoca-Manzanillo y, según la información registrada, parte del área corresponde a Patrimonio Natural del Estado.

En Sixaola aparece otra cadena de transformaciones: extracción de madera, reducción de cobertura vegetal, eliminación de regeneración, fumigación, fragmentación y posterior transformación de terrenos, incluyendo áreas que habrían sido destinadas a la venta de lotes. El monitoreo también registra intervenciones próximas al cauce de agua que atraviesa la finca.

Esto permite observar una tendencia que merece especial atención: bosque, humedal, vegetación ribereña, cauces y cambio de uso del suelo no pueden analizarse como asuntos separados.

Lo que ocurre en una parcela puede tener efectos sobre otros elementos del territorio.

De la extracción de madera al cambio de uso del suelo

El caso de San Rafael 2, en Sixaola, permite observar una transformación que merece seguimiento más allá del momento de la tala.

De acuerdo con el monitoreo, la extracción de madera se habría desarrollado durante más de tres décadas, pasando progresivamente de árboles de mayor diámetro hacia árboles más pequeños. Posteriormente, algunas áreas fueron despejadas, se iniciaron labores de fumigación y parte del terreno habría comenzado a ponerse a disposición para la venta de lotes.

La preocupación, entonces, no se limita a cuánto bosque se pierde en un momento determinado.

También importa qué ocurre después. La apertura de terrenos, la fragmentación y la posible urbanización pueden formar parte de una misma secuencia de transformación. Por eso, el monitoreo permite construir memoria y seguir el proceso completo, en lugar de observar únicamente una intervención puntual.

La fauna también nos cuenta cómo está cambiando el territorio

El segundo monitoreo reciente amplía esta mirada. Porque el territorio no está habitado únicamente por personas, casas, carreteras o infraestructura. También lo utilizan especies que necesitan desplazarse, alimentarse, descansar y reproducirse.

En Puerto Viejo, Philippe ha seguido durante años la presencia de un cocodrilo juvenil que habita una quebrada ubicada en la entrada de la localidad. El animal parece haberse adaptado a este espacio urbano y mantiene una conducta de evasión frente a las personas. Pero incluso pequeñas modificaciones pueden alterar las condiciones de esa convivencia.

Los troncos ubicados en la desembocadura de la quebrada, utilizados por el cocodrilo como lugar de descanso, fueron retirados. La intervención habría estado relacionada con el manejo del agua, aunque esta información requiere confirmación institucional. El caso abre una pregunta sencilla pero importante: ¿qué ocurre cuando modificamos un elemento aparentemente menor que forma parte del hábitat de una especie?

El monitoreo también registra dos casos de congos encontrados muertos en sectores de Paraíso Road y San Rafael 2, Sixaola. En el primer caso, las características observadas permiten plantear como hipótesis un posible contacto con cables de alta tensión, aunque la causa exacta requeriría una evaluación técnica. El segundo registro refuerza la necesidad de identificar posibles puntos de riesgo en los recorridos de la fauna.

No basta con construir infraestructura para la fauna

Hay otro aprendizaje interesante. En Paraíso Road se había instalado un mecate con la intención de facilitar el desplazamiento de animales sobre la carretera. Sin embargo, después de más de un año de seguimiento mediante cámaras, Philippe señala que no registró cruces por esa estructura.

Esto plantea una cuestión que debería estar presente en las políticas de conservación: una infraestructura para fauna no debería evaluarse solamente porque fue construida.

También necesitamos saber si funciona. ¿La utilizan los animales? ¿Qué especies la utilizan? ¿Con qué frecuencia? ¿En qué condiciones? ¿Qué modificaciones serían necesarias?

El monitoreo permite justamente formular estas preguntas y evaluar si las medidas adoptadas producen los resultados esperados.

Algunas tendencias que atraviesan los registros

Aunque los casos son diferentes, vistos en conjunto permiten reconocer varias tendencias presentes en el Caribe Sur.

1. La transformación territorial es progresiva: Las intervenciones pueden acumularse durante años: primero la eliminación de vegetación, luego el relleno, la limpieza, la fumigación, la apertura de caminos o terrenos y finalmente nuevos usos.

2. Los humedales continúan bajo presión: Los registros muestran tanto humedales intervenidos como espacios que todavía conservan sus características naturales. El contraste hace visible la necesidad de protegerlos y dar seguimiento a sus transformaciones.

3. El cambio de uso del suelo merece atención permanente: La pérdida de cobertura forestal puede ser parte de procesos más amplios de fragmentación, apertura de terrenos y urbanización.

4. La infraestructura también transforma los recorridos de la fauna: Carreteras, puentes y tendidos eléctricos atraviesan espacios utilizados por las especies. Lo que para las personas puede parecer infraestructura cotidiana puede convertirse en una barrera o un punto de riesgo para la fauna.

5. Las denuncias no deberían ser el punto final: En varios de los casos aparecen denuncias previas, participación institucional o acciones para detener intervenciones. Pero queda una pregunta fundamental: ¿qué ocurre después?

El seguimiento permite saber si una intervención se detuvo, si reapareció, si cambió de forma o si forma parte de un proceso más amplio.

6. La información también es una herramienta de prevención: Conocer dónde habita una especie, por dónde se desplaza o dónde se producen intervenciones permite anticipar conflictos y pensar medidas preventivas.

En ese sentido, monitorear no es solamente registrar problemas. Es también producir información para tomar mejores decisiones.

Monitorear es construir memoria territorial

Quizás uno de los aportes más importantes de este trabajo sea precisamente ese: construir memoria.

Las fotografías, videos, recorridos, observaciones y registros realizados en distintos momentos permiten comparar el antes y el después, reconocer patrones y documentar cambios que podrían perderse en la cotidianidad.

El monitoreo ciudadano puede convertirse así en una herramienta para mirar procesos que requieren tiempo.

Porque un bosque que desaparece, un humedal que se rellena, un cauce que se modifica o un corredor utilizado por la fauna que se interrumpe no son necesariamente hechos aislados. Pueden ser parte de transformaciones más amplias del territorio.

Y seguir esas transformaciones permite formular preguntas que no siempre aparecen cuando miramos solamente una parcela o un evento:

– ¿Qué está cambiando?
– ¿Desde cuándo?
– ¿Qué permanece?
– ¿Quién interviene?
– ¿Qué mecanismos existen para protegerlo?
– ¿Y qué sucede después de que aparece una alerta?

Seguir mirando también es defender

Los registros recientes de Cocles, Puerto Viejo y Sixaola muestran un Caribe Sur profundamente dinámico.

Hay humedales que enfrentan presiones, pero también otros que permanecen. Hay bosques transformados y espacios que todavía conservan árboles antiguos. Hay fauna que encuentra formas de adaptarse a espacios urbanos y animales que enfrentan riesgos asociados con la infraestructura.

Frente a estas transformaciones, el monitoreo permite hacer algo fundamental: no perder de vista lo que está ocurriendo.

El trabajo de Philippe Vangoidsenhoven nos recuerda que recorrer el territorio, documentarlo y volver a mirar en el tiempo puede aportar elementos para comprender los cambios, identificar tendencias y mantener abiertas las discusiones sobre cómo queremos habitar estos territorios.

Porque monitorear no es solamente observar. Es construir memoria, producir conocimiento y sostener una mirada sobre aquello que queremos defender.

Seguir el monitoreo del Caribe Sur

Este trabajo de observación continúa y reúne nuevos registros sobre fauna, ecosistemas, transformaciones territoriales y situaciones que requieren seguimiento.

Si quieren conocer directamente los reportes, fotografías y observaciones de Philippe Vangoidsenhoven, pueden visitar su página de monitoreo:

Ingresa aquí para conocer su sitio web.

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Seguir estos registros también es una forma de mantener la mirada sobre el territorio.

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La Escuela de la Protesta Social: fui a cubrir un plantón y terminé aprendiendo cosas

Pueden escuchar el audio aquí

Soy Cartman. Trabajo en el Observatorio de Bienes Comunes. Muy a mi pesar.

No recuerdo haber solicitado este puesto, pero aquí estoy. Y como si trabajar en el Observatorio no fuera suficiente castigo, de vez en cuando me mandan a observar cosas. Esta vez tocó un plantón.

La instrucción, según recuerdo, era bastante sencilla: ir, escuchar, registrar y después contar qué había pasado. Yo pensé que sería una de esas actividades en las que uno llega, mira unas pancartas, escucha un par de discursos y puede regresar tranquilamente a sus asuntos.

No contaba con la Escuela de la Protesta Social.

Porque eso fue lo que encontré en la calle. Una escuela sin matrícula, sin pupitres y sin ninguna posibilidad de solicitar un cambio de grupo. Las pizarras eran los carteles. Las clases aparecían cada vez que alguien tomaba el micrófono. Y, para mi desgracia, las personas que estaban ahí tenían bastante que decir.

Así que escuché.

Y después de escuchar varias veces el audio que quedó registrado durante la jornada, tengo que admitir algo que preferiría mantener en secreto: un plantón puede ser bastante más complejo que un grupo de personas protestando.

Lo primero que me enseñaron fueron los carteles. Yo había pensado que eran simplemente carteles, pero aparentemente hasta eso requiere más atención de la que estaba dispuesto a ofrecer. En cada uno había una manera de nombrar el presente: una demanda, una preocupación, una denuncia, una pregunta o una frase capaz de condensar en pocas palabras algo que, en un discurso, podría tomar veinte minutos.

Por eso las calles también tienen pizarras.

Los carteles no explican toda una coyuntura, pero dejan rastros de ella. Son pequeñas piezas de memoria instantánea. Registran aquello que alguien consideró suficientemente importante como para escribirlo y levantarlo frente a otras personas. Y cuando se juntan muchos, empiezan a mostrar algo más: las preocupaciones, los lenguajes y hasta el sentido del humor con los que una movilización intenta hacerse escuchar.

Eso me interesó. No demasiado, claro.

No quiero que en el Observatorio crean que estoy disfrutando. Pero sí lo suficiente para entender que la protesta también escribe.

Después vino mi segunda sorpresa. Yo esperaba encontrar una concentración marcada por la solemnidad, porque aparentemente tenemos la costumbre de imaginar que protestar significa poner cara seria durante varias horas. Pero había música, canciones, aplausos, encuentros y solidaridad. Había alegría.

En una de las intervenciones se habló precisamente de la importancia de la solidaridad, el compañerismo y la ciudadanía, y también aparecieron voces de personas adultas mayores que reivindicaron su presencia y su participación en la defensa de derechos y de aquello que consideran construido colectivamente.

Ahí tuve que corregir otra de mis ideas. La protesta no solamente se alimenta de la indignación.

También necesita encuentro.

La gente se reúne porque algo le importa, pero también porque encontrarse con otras personas puede producir solidaridad, confianza y hasta alegría. Parece una cosa sencilla, pero tiene consecuencias importantes: una movilización no es solamente una suma de reclamos individuales, sino un espacio donde esos reclamos empiezan a reconocerse como asuntos compartidos.

Cartman aprendió eso. No pongan “Cartman aprendió eso” en ningún informe oficial.

Luego llegó la memoria, y ahí la cosa cambió.

Una de las intervenciones comenzó a recuperar nombres de mujeres: Luisa Carrasco, Luisa González, Carmen Lyra, Ángela Acuña, Yolanda Oreamuno, Chavela Vargas, Adela González y Cristina Zeledón. Después de cada nombre aparecía un “presente”. La intervención no se quedó en las figuras más conocidas, sino que también recordó a mujeres cuyos nombres no siempre ocupan un lugar visible en los relatos históricos: quienes trabajan en casas, hospitales, fábricas, campos y montañas y que, desde esos lugares, también sostienen la vida cotidiana.
Entonces entendí por qué una protesta puede ser también una forma de memoria.

No se trata solamente de recordar por recordar. Se trata de traer al presente las luchas que hicieron posible que algunas cosas que hoy consideramos derechos llegaran a existir. La memoria permite conectar lo que ocurre ahora con quienes estuvieron antes, con sus luchas, sus derrotas, sus conquistas y sus preguntas.

Una de las voces del plantón lo planteó desde la historia de la democracia costarricense y de las luchas por la educación pública, los derechos sociales, las libertades, la paz y la división de poderes.

Y ahí apareció una frase que, pese a mi natural resistencia a tomarme estas cosas demasiado en serio, me pareció difícil de ignorar: nuestra dignidad, nuestra rabia y nuestra rebeldía tienen historia.

Quizá esa sea una de las razones por las que las protestas insisten tanto en recordar nombres. Porque decir “presente” no solamente habla de alguien que ya no está. También dice que aquello por lo que esa persona luchó sigue formando parte de la conversación.

La memoria, entonces, no queda detrás.

Camina con la protesta.

Pero la jornada no tenía una sola memoria ni una sola voz. Y esa fue otra de las cosas que tuve que aprender.

En el audio aparecen personas adultas mayores, activistas, estudiantes y personas trans, entre otras voces, hablando desde experiencias diferentes. Una intervención de la Asociación Trans Vida reivindicó la presencia de las personas trans y de quienes desafían las normas de género, rechazando que sus vidas fueran reducidas a una supuesta “ideología” y defendiendo su lugar como personas y ciudadanía. También hubo un llamado a detener la confrontación y abrir espacios de diálogo.

Eso hizo que el plantón adquiriera otra dimensión.

Protestar también es decir quiénes están. Quiénes tienen algo que decir. Quiénes quieren ser escuchados. Y quiénes consideran que determinadas discusiones sobre el país también les pertenecen.

No todas las voces del audio dicen exactamente lo mismo. Tampoco tienen las mismas experiencias ni las mismas prioridades. Pero comparten un espacio público y, durante un momento, participan de una conversación colectiva.

Eso es importante porque a veces hablamos de “la protesta” como si fuera una persona con una sola opinión. No lo es.

La protesta tiene voces. Y esas voces pueden coincidir, complementarse, tensarse e incluso contradecirse. Escucharlas juntas permite entender algo que una fotografía no muestra: la diversidad interna de quienes salen a la calle.

También se habló mucho de democracia.

Y aquí debo reconocer que pensé en esconderme detrás de una pancarta.

Las intervenciones vincularon la democracia con la libertad de expresión, los derechos humanos, la independencia de poderes, la institucionalidad, la educación pública, la paz y la participación ciudadana. Una de las voces cuestionó la idea de que la democracia se limite al momento de votar y reivindicó la posibilidad de organizarse, expresarse y participar en el espacio público.

También aparecieron críticas al Gobierno y preocupaciones relacionadas con el Poder Judicial, las garantías sociales y otras instituciones públicas.

Aquí hay que escuchar con cuidado. Las expresiones políticas fuertes que aparecen en el audio pertenecen a quienes participaron en el plantón. No son afirmaciones institucionales del Observatorio ni deben confundirse con hechos verificados simplemente porque fueron pronunciadas desde un micrófono. Pero sí forman parte de la memoria de esa jornada. Y eso también importa.

Porque un registro de protesta no solamente conserva argumentos con los que podemos estar de acuerdo. Conserva también el lenguaje de la confrontación, las preocupaciones, las exageraciones, las certezas y los temores que circulan en un momento determinado.

Escuchar es, en este caso, una forma de aproximarse a cómo una parte de la ciudadanía estaba leyendo el presente.

Y llegó.

Y entonces, cuando ya estaba bastante cansado de escuchar hablar de democracia, derechos, institucionalidad, memoria y paz, apareció el humor. Por fin. Ahí sí me sentí como pez en el agua.

Había canciones, consignas, bombas y juegos de palabras. Una de las canciones convertía la coyuntura política en una burla repetitiva; en otros momentos, las críticas aparecían acompañadas por humor y recursos propios de la tradición satírica de las protestas.
Y descubrí que la sátira también cumple una función política.

Puede señalar una contradicción sin necesidad de explicarla durante media hora. Puede quitarle solemnidad al poder. Puede transformar una crítica en una frase que se recuerda y circula. Puede hacer reír a quienes están ahí y, al mismo tiempo, dejar una pregunta incómoda.

La protesta puede estar profundamente preocupada por lo que está ocurriendo y aun así reírse.

De hecho, quizá justamente porque está preocupada necesita hacerlo.

Yo, personalmente, considero que esta fue la mejor parte de la clase.

No porque me guste la protesta. No porque me guste trabajar en el Observatorio. Y definitivamente no porque alguien me haya pedido escribir esta nota.

Simplemente porque era la materia para la que estaba mejor preparado.

Cuando terminó la jornada, volví al Observatorio con una conclusión bastante molesta: había ido pensando que debía registrar una protesta y terminé registrando algo mucho más difícil de resumir.

Había memoria. Había preocupación. Había distintas identidades y experiencias. Había defensa de derechos. Había una discusión sobre democracia y sobre el papel de las instituciones. Había solidaridad. Había alegría. Y había humor.

Todo ocurriendo al mismo tiempo. Por eso quizá sería demasiado sencillo decir que aquel plantón fue solamente una expresión de descontento. Lo que quedó grabado en el audio muestra algo más complejo: personas diferentes entrando al espacio público para contar cómo estaban viviendo el momento, qué les preocupaba, qué querían defender y qué país imaginaban.

Eso es lo que me interesa conservar. No una versión ordenada en la que todos piensan lo mismo. No una conclusión que resuelva el plantón en tres frases. Sino las voces.

Porque después de que la plaza se vacía, los carteles se guardan y las personas regresan a sus casas, todavía queda algo que puede volver a escucharse.

Una canción. Un nombre. Un “presente”. Una denuncia. Una carcajada. Una preocupación. Una idea de democracia. Una voz diciendo que está ahí. Y eso también es memoria.

Así que, después de todo, quizá sí fui a una escuela. Solo que no me avisaron. Y como aparentemente en el Observatorio creen que estas cosas son importantes, ahora me toca dejar la tarea. Escuchen el audio completo del plantón.

No se queden con mi versión. Yo ya hice bastante. Fui. Escuché. Tomé notas. Y escribí esto.

El resto está en las voces. Ahí están las canciones, las intervenciones, los nombres, los “presentes”, las demandas, el humor y las distintas maneras en que quienes participaron intentaron explicar qué estaba pasando. Yo solamente hice el favor de ponerlo por escrito.

Muy a mi pesar, claro.

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¿Derechos para quien los conoce? Salud, ciudadanía y la peligrosa idea de la “gente sencilla”

Las declaraciones de la diputada Marta Esquivel sobre las personas que recurren a la Sala Constitucional para exigir atención médica han generado una amplia discusión pública. La controversia se concentró inicialmente en una frase: quienes presentan recursos de amparo para acceder a servicios de salud serían, según sus palabras, “ticos con corona”. Sin embargo, la discusión más relevante quizás no se encuentra ahí.

Al explicar sus afirmaciones, la legisladora sostuvo que las personas “más sencillas” muchas veces no acuden a la Sala Constitucional porque desconocen cuál es su función. La observación, lejos de cerrar el debate, abre preguntas fundamentales sobre la forma en que entendemos la ciudadanía, los derechos y la igualdad en Costa Rica.

Porque si el acceso efectivo a los derechos depende de cuánto conocemos sobre las instituciones, los procedimientos o los mecanismos legales disponibles, entonces estamos frente a un problema mucho más profundo que una lista de espera o una disputa sobre prioridades administrativas.

Estamos frente a una discusión sobre quién puede ejercer sus derechos y quién queda excluido de hacerlo.

La desigualdad que se esconde detrás de los derechos

Formalmente, todas las personas tienen derecho a la salud y acceso a los mecanismos constitucionales para defender ese derecho. Pero la realidad social rara vez funciona de manera tan simple.

No todas las personas cuentan con el mismo nivel de información. No todas conocen los procedimientos institucionales. No todas tienen acceso a asesoría jurídica, redes de apoyo o acompañamiento organizativo. No todas disponen del tiempo, los recursos o la confianza necesaria para enfrentar procesos administrativos y judiciales.

En otras palabras, la existencia formal de un derecho no garantiza automáticamente la capacidad real de ejercerlo. Por eso resulta problemático interpretar que quienes presentan recursos de amparo constituyen una suerte de grupo privilegiado frente a quienes no lo hacen.

La pregunta relevante no es por qué algunas personas logran reclamar sus derechos.

La pregunta es por qué otras personas, enfrentando situaciones similares,

no cuentan con las mismas herramientas para hacerlo.

Cuando el acceso efectivo a un derecho depende del conocimiento, la información o la capacidad de movilización individual, la desigualdad deja de estar únicamente en los ingresos o las condiciones materiales. También aparece en la posibilidad misma de ser reconocido como sujeto de derechos.

Ciudadanía no es obedecer: es poder reclamar

Las democracias no se construyen únicamente a partir de elecciones periódicas o instituciones formales. También dependen de la capacidad de las personas para exigir rendición de cuentas y reclamar el cumplimiento de los derechos que el propio ordenamiento jurídico reconoce.

Desde esta perspectiva, los recursos de amparo no representan una anomalía del sistema democrático. Son parte de sus mecanismos de protección.

La Sala Constitucional no fue creada para atender casos excepcionales de personas privilegiadas. Fue concebida precisamente para garantizar que cualquier persona pueda defenderse cuando considera que una institución pública ha vulnerado un derecho fundamental.

Presentar un recurso de amparo no constituye un privilegio. Más bien evidencia el ejercicio de una ciudadanía activa que busca hacer efectivos derechos previamente reconocidos. Por ello, una democracia saludable debería preocuparse menos por quienes reclaman y más por las barreras que impiden que otras personas puedan hacerlo.

Los recursos de amparo como síntoma institucional

Existe además una dimensión que suele desaparecer del debate.

Cada recurso de amparo en materia de salud cuenta una historia previa.

-Una cita que nunca llegó.

-Una cirugía postergada durante años.

-Un examen que se retrasa indefinidamente.

-Un medicamento que no se entrega.

-Un tratamiento cuya espera pone en riesgo la calidad de vida de una persona.

Por esa razón, los recursos de amparo no deberían analizarse únicamente como un problema administrativo que altera listas de espera. También son indicadores de tensiones acumuladas dentro del sistema de salud.

Si durante décadas miles de personas han tenido que acudir a la Sala Constitucional para obtener atención médica, la pregunta no puede dirigirse exclusivamente hacia quienes presentan los recursos.

También debe dirigirse hacia la capacidad institucional para resolver las causas que los producen. Después de miles de resoluciones judiciales, órdenes constitucionales y llamados de atención, ¿por qué continúan reproduciéndose los mismos conflictos?

-¿Por qué los recursos siguen siendo necesarios?

-¿Por qué la respuesta institucional continúa llegando, en muchos casos, solamente después de la intervención judicial?

La persistencia de este fenómeno revela desafíos de gestión, planificación y organización que no desaparecen señalando a quienes recurren a los mecanismos constitucionales disponibles.

La paradoja de la “gente sencilla”

La referencia a la “gente sencilla” contiene una paradoja particularmente preocupante.

Si aceptamos que existe una parte de la población que desconoce cómo defender sus derechos, la conclusión lógica debería ser fortalecer los mecanismos de información, acompañamiento y acceso a la justicia. Sin embargo, el razonamiento parece desplazarse en otra dirección.

En lugar de preguntarnos por qué algunas personas no pueden reclamar, terminamos cuestionando a quienes sí lo hacen. De esta forma, la desigualdad deja de ser vista como un problema público que debe corregirse y pasa a convertirse en una característica naturalizada del sistema.

Pero una sociedad democrática no debería asumir con normalidad que ciertas personas conocen y ejercen sus derechos mientras otras permanecen excluidas de esa posibilidad. La existencia de ciudadanos de primera y segunda categoría no es una expresión de igualdad. Es precisamente su negación.

¿Dónde se coloca el foco del problema?

La discusión sobre los recursos de amparo también revela algo más profundo: la manera en que se distribuyen las responsabilidades cuando una institución enfrenta dificultades.

Con frecuencia, la atención pública se concentra en las personas que reclaman atención médica, en las listas de espera o en los mecanismos judiciales que buscan corregir situaciones concretas. Sin embargo, rara vez se dedica la misma energía a examinar los factores estructurales que limitan la capacidad de respuesta de la institución.

La historia reciente de la CCSS ha estado marcada por denuncias de corrupción, cuestionamientos sobre procesos de contratación, conflictos relacionados con intermediaciones privadas y los llamados «biombos», problemas de planificación, así como debates recurrentes sobre el uso de recursos públicos y la orientación de las inversiones institucionales.

A ello se suman problemas de carácter financiero que afectan directamente la sostenibilidad del sistema. Durante décadas, distintos sectores han señalado las consecuencias del incumplimiento en el pago de obligaciones patronales, las deudas acumuladas del Estado con la institución, las dificultades para recuperar recursos adeudados y los desafíos asociados a la informalidad laboral.

También han existido cuestionamientos sobre dinámicas de articulación entre la medicina privada y la atención pública, donde algunas personas con capacidad de pago acceden primero a consultas especializadas privadas y posteriormente buscan que determinados procedimientos, cirugías o tratamientos sean asumidos por la seguridad social. Más allá de los casos particulares, estas situaciones suelen alimentar debates sobre equidad, uso de recursos públicos y las distintas formas en que el poder adquisitivo puede influir en los recorridos de atención dentro del sistema de salud.

Ninguno de estos problemas puede explicarse por la existencia de recursos de amparo. Por el contrario, todos ellos inciden directamente sobre la capacidad administrativa, financiera y técnica que permite a la institución cumplir su misión.

Cuando faltan recursos, cuando la planificación es insuficiente, cuando la gestión enfrenta obstáculos persistentes o cuando intereses particulares logran capturar espacios de decisión, las consecuencias terminan manifestándose en aquello que la población experimenta cotidianamente: listas de espera prolongadas, atrasos en procedimientos, limitaciones en la cobertura y dificultades para garantizar una atención oportuna.

Resulta paradójico que el debate sobre los supuestos «ticos con corona» se concentre en personas que recurren a mecanismos constitucionales para exigir una atención que consideran necesaria, mientras otras formas de privilegio vinculadas al acceso diferencial a información, redes profesionales, servicios privados o capacidades económicas suelen recibir una atención mucho menor en la discusión pública.

Por eso resulta llamativo que el debate se concentre en quienes intentan acceder a mecanismos constitucionales de protección y no en las condiciones que hacen cada vez más difícil que la institución responda adecuadamente sin necesidad de intervención judicial.

Si la preocupación es fortalecer la Caja, entonces la discusión no puede limitarse a quienes presentan recursos de amparo. También debe incluir una reflexión crítica sobre las prácticas, decisiones e intereses que erosionan la capacidad institucional de uno de los principales pilares del Estado social costarricense.

La pregunta de fondo no es únicamente quién reclama.

La pregunta es qué estamos haciendo —o dejando de hacer— para que la institución pueda responder de manera oportuna, universal y equitativa a las necesidades de la población.

La política de la “gente sencilla”

Quizás uno de los aspectos más problemáticos de esta discusión sea el uso de la expresión «gente sencilla». En apariencia, la frase transmite cercanía, empatía y reconocimiento hacia sectores populares. Sin embargo, en el contexto de las declaraciones analizadas, su función parece ser otra.

La categoría no se utiliza para denunciar que miles de personas enfrentan dificultades para acceder a información sobre sus derechos. Tampoco para cuestionar las barreras que impiden a muchas personas reclamar atención médica oportuna. Mucho menos para señalar las desigualdades que limitan el acceso efectivo a la justicia. Por el contrario, la expresión aparece para explicar por qué algunas personas no presentan recursos de amparo y, al mismo tiempo, para diferenciarles de quienes sí lo hacen.

De esta forma, la «gente sencilla» deja de ser un sujeto cuyos derechos deben fortalecerse y se convierte en un argumento dentro de una discusión sobre quién reclama y quién no reclama.

La paradoja es evidente. Si efectivamente existen personas que desconocen los mecanismos para defender sus derechos, la respuesta democrática debería consistir en ampliar el acceso a la información, fortalecer la educación cívica y garantizar mayores condiciones de acompañamiento y protección.

Lo contrario implica naturalizar la desigualdad. Implica aceptar que algunas personas cuentan con herramientas para defenderse mientras otras permanecen excluidas de esa posibilidad.

Más preocupante aún es que la expresión termine funcionando como una forma de romantizar la vulnerabilidad. Como si la condición de «gente sencilla» consistiera precisamente en esperar, soportar y adaptarse a las deficiencias institucionales sin cuestionarlas. Pero la dignidad de las personas no se expresa en su capacidad de resignarse.

Se expresa en su capacidad de ejercer plenamente sus derechos. Desde esta perspectiva, el verdadero problema no es que algunas personas conozcan los mecanismos constitucionales para defenderse. El problema es que todavía existan tantas otras que no cuentan con las mismas oportunidades para hacerlo.

Por eso, si realmente existe preocupación por la «gente sencilla», la discusión no debería centrarse en quienes presentan recursos de amparo.

Debería centrarse en las condiciones que obligan a miles de personas a esperar durante meses o años por una atención médica, en las barreras que limitan el ejercicio efectivo de sus derechos y en las responsabilidades políticas e institucionales que hacen posible esa situación.

Porque una sociedad democrática no se mide por la cantidad de personas que soportan silenciosamente una injusticia. Se mide por su capacidad para garantizar que todas las personas, incluidas las más vulnerables, puedan reclamar y ejercer sus derechos en condiciones de igualdad.

La salud como bien común

La discusión trasciende incluso el ámbito jurídico. La CCSS constituye uno de los principales bienes comunes sociales construidos a lo largo de la historia del país. Su existencia expresa una convicción colectiva: que el acceso a la salud no debe depender de la riqueza, el origen social o la capacidad de pago de cada persona.

Sin embargo, la fortaleza de un bien común no puede medirse únicamente por su infraestructura, su cobertura o sus indicadores financieros. También debe evaluarse por su capacidad para garantizar igualdad efectiva en el acceso a los derechos que administra.

Cuando la atención médica depende crecientemente de quién sabe reclamar, quién conoce los procedimientos o quién logra movilizar recursos jurídicos, aparecen señales de fragmentación que afectan la legitimidad misma del sistema.

Por eso la discusión no debería enfrentar a quienes presentan recursos contra quienes permanecen en listas de espera.

La verdadera pregunta es otra.

¿Cómo construir una institución capaz de garantizar el derecho a la salud sin que miles de personas deban acudir a los tribunales para hacerlo efectivo?

Porque una Caja fuerte no es aquella donde la ciudadanía deja de reclamar. Es aquella donde reclamar deja de ser necesario. Y una democracia más igualitaria no es aquella donde algunas personas conocen sus derechos mientras otras no. Es aquella donde todas cuentan con las mismas posibilidades reales de ejercerlos.

Referencia:

Hidalgo, Kristin (2026, 11 de junio). “Y lo mantengo”: Marta Esquivel reafirma que quienes acuden a la Sala IV por atención médica son “ticos con corona”. AmeliaRueda.com

Crédito imagenes: Semanario Universidad.

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Voces en vigilia: defender la electricidad pública, defender lo común

Más que una grabación, este audio es el registro vivo de una vigilia construida desde la calle. Entre consignas, canciones, discusiones improvisadas, memorias del Combo ICE, denuncias, risas, cansancio y esperanza, las voces que aquí se escuchan narran una preocupación profunda por el futuro de lo público en Costa Rica. Escuchar esta vigilia es también escuchar cómo distintas personas entienden la solidaridad, la universalidad y el derecho colectivo a participar en las decisiones que afectan la vida común. Les invitamos a escuchar estas voces en protesta: voces que cuidan, cuestionan, recuerdan, explican y sostienen la presencia colectiva frente a una discusión que desborda ampliamente el ámbito eléctrico.

Una noche frente a la Asamblea

Mientras dentro de la Asamblea Legislativa avanzaba la discusión del proyecto de “armonización” eléctrica, afuera se desarrollaba otra escena política.

Una vigilia. Un espacio de encuentro.

Una conversación pública sostenida durante horas por sindicatos, estudiantes, organizaciones ecologistas, comunidades rurales, colectivos territoriales, personas defensoras de ríos, juventudes, personas jubiladas y múltiples voces que decidieron permanecer presentes mientras se discutía el futuro del sistema eléctrico nacional.

Las grabaciones de esta jornada permiten escuchar algo más que consignas. Permiten escuchar un país discutiéndose a sí mismo.

Entre intervenciones improvisadas, explicaciones técnicas, denuncias políticas, canciones, recuerdos históricos y llamados a la organización, la vigilia fue construyendo una narrativa común: la discusión sobre electricidad nunca ha sido solamente una discusión técnica.

Detrás del lenguaje de “modernización”, “competencia”, “armonización” o “mercado eléctrico”, muchas personas identifican preguntas mucho más profundas:

-¿qué significa lo público?
-¿quién decide sobre bienes estratégicos?
-¿qué ocurre cuando servicios esenciales comienzan a reorganizarse bajo lógicas de mercado?
-¿y qué tipo de sociedad se produce cuando el acceso depende cada vez más de la capacidad de pago?

La electricidad como derecho cotidiano

Uno de los elementos más presentes en las intervenciones fue la insistencia en que la electricidad no puede reducirse únicamente a una mercancía.

Durante la vigilia aparecieron constantemente referencias a la vida cotidiana:
-la posibilidad de estudiar,
de cocinar,
-de acceder a internet,
-de sostener pequeños negocios,
-de garantizar condiciones mínimas de dignidad en territorios urbanos y rurales.

Las voces insistían en algo fundamental: la electricidad no es solamente infraestructura. También es una condición material para ejercer otros derechos. Por eso muchas intervenciones conectaban directamente la defensa del sistema eléctrico público con la defensa de principios como universalidad y solidaridad.

En distintas participaciones se recordó que Costa Rica alcanzó niveles muy altos de cobertura eléctrica bajo un modelo basado en planificación pública y acceso nacional. Y justamente allí aparecía una de las preocupaciones centrales frente al proyecto de ley: el temor de que una reorganización progresiva del sistema termine debilitando esos principios históricos.

La crítica no se limitaba únicamente a la posibilidad de participación privada. La preocupación principal era otra: que la lógica del mercado termine desplazando la lógica solidaria que históricamente sostuvo la expansión del servicio eléctrico hacia comunidades rurales, territorios indígenas y zonas donde la rentabilidad privada difícilmente habría garantizado cobertura.

Como se señaló durante la vigilia, el principio de universalidad no puede separarse del principio de solidaridad.

Más allá del ICE: la disputa por lo público

Aunque la discusión inmediata giraba alrededor del ICE y del proyecto de armonización, las intervenciones constantemente ampliaban el marco del debate.

Las voces no hablaban solamente de una institución. Hablaban de una idea de país.

A lo largo de la jornada aparecieron referencias a educación pública, agua, banca estatal, seguridad social, agricultura y otros espacios percibidos como parte de una institucionalidad construida históricamente bajo principios públicos.

En muchas intervenciones, la defensa del ICE aparecía como parte de una preocupación más amplia frente al debilitamiento progresivo de lo público en Costa Rica. Y aquí emergía una idea importante repetida durante la vigilia: la privatización no necesariamente ocurre únicamente cuando una institución pública se vende de forma directa.

También puede producirse mediante procesos más graduales:
-fragmentación institucional,
-subordinación al mercado,
-apertura competitiva desigual,
-desfinanciamiento,
-o transferencia progresiva de decisiones estratégicas hacia actores privados.

Por eso varias voces insistieron en que la discusión actual debía entenderse como parte de una transformación más amplia del papel del Estado y de los bienes comunes en la sociedad costarricense.

Ríos, territorios y conflictos socioambientales

Las grabaciones también muestran cómo la discusión eléctrica se conecta con conflictos territoriales y ambientales presentes en distintas regiones del país. Personas provenientes de comunidades afectadas por proyectos hidroeléctricos privados señalaron preocupaciones relacionadas con extractivismo, presión sobre ecosistemas y conflictos comunitarios.

En varias intervenciones apareció la experiencia de comunidades que han debido enfrentar proyectos energéticos en defensa de ríos y territorios locales. Y junto con ello, surgieron referencias a experiencias centroamericanas donde procesos de apertura eléctrica han estado acompañados por conflictos socioambientales, persecución de personas defensoras y aumento tarifario.

La vigilia iba conectando así distintos procesos que muchas veces se discuten por separado:
-privatización,
-extractivismo,
-gentrificación,
-desplazamiento territorial,
-y debilitamiento de mecanismos colectivos de protección social.

La memoria del Combo ICE

Uno de los elementos más significativos de las voces en protesta es la presencia constante de la memoria. A lo largo de la noche reaparecieron referencias al año 2000 y a las movilizaciones contra el Combo ICE. Personas que participaron en aquellas luchas compartían experiencias con generaciones más jóvenes que hoy vuelven a ocupar las calles.

La memoria aparecía no solo como recuerdo, sino como herramienta política.
Como una forma de recordar que muchas instituciones públicas existentes hoy no fueron concesiones espontáneas del poder político, sino resultado de décadas de organización social, conflicto y movilización colectiva.

En múltiples momentos se insistió en algo fundamental: el ICE no pertenece a un partido político, ni a un gobierno específico, sino a procesos históricos construidos socialmente.

La calle como espacio pedagógico

Las voces también permiten observar otra dimensión frecuentemente invisibilizada de la protesta social: su capacidad pedagógica.

La vigilia fue, en muchos sentidos, una experiencia de educación política colectiva.

-Había personas explicando aspectos técnicos del proyecto.
-Otras relataban experiencias comunitarias.
-Algunas organizaban consignas.
-Otras compartían análisis económicos, ambientales o históricos.

Entre canciones, conversaciones y discursos, el espacio público se convertía en un lugar donde distintas generaciones intercambiaban experiencias, aprendizajes y formas de entender la realidad política del país.

La protesta aparecía entonces no solamente como mecanismo de presión política, sino también como espacio de producción de conocimiento colectivo. Un lugar donde se articulan memorias, diagnósticos, afectos, preocupaciones y horizontes compartidos.

Permanecer

Incluso en medio del cansancio, las tensiones y los episodios de violencia policial ocurridos durante la jornada, las voces registradas insisten constantemente en la importancia de permanecer.

-Permanecer vigilando.
-Permanecer explicando.
-Permanecer acompañándose.
-Permanecer organizándose.

La insistencia en “no aflojar” atravesó gran parte de la vigilia. Pero más allá de la consigna, lo que aparece en las grabaciones es una defensa persistente de la acción colectiva como práctica democrática. Una idea de democracia que no se reduce únicamente al voto o a la representación institucional, sino que también incluye organización social, presencia en el espacio público, vigilancia ciudadana y participación activa en decisiones que afectan la vida común.

Lo que está en disputa

Escuchar estas voces permite comprender que la discusión sobre la “armonización” eléctrica desborda ampliamente el ámbito energético.

Lo que aparece en disputa es también una forma de entender la sociedad. De un lado, una lógica que tiende a reorganizar servicios públicos bajo criterios de competencia, rentabilidad y apertura de mercados.

Del otro, una defensa de principios como solidaridad, acceso universal, planificación pública y construcción colectiva de bienes comunes.

Por eso las voces de la vigilia regresan una y otra vez a la misma idea: defender la electricidad pública no es solamente defender una institución.

Es defender la posibilidad de que ciertos aspectos fundamentales de la vida continúen organizándose desde la solidaridad y no exclusivamente desde la capacidad de pago.

La violencia como respuesta a la participación

La jornada también estuvo marcada por episodios de violencia policial ocurridos durante la vigilia.

En medio de una manifestación pública y de vigilancia ciudadana alrededor de la votación legislativa, un estudiante fue arrestado y golpeado por la Fuerza Pública, requiriendo posteriormente atención hospitalaria. Además, durante el intento de solicitar explicaciones sobre la detención, una diputada fue empujada por oficiales presentes en el lugar.

Lo ocurrido no puede entenderse como un hecho aislado ni únicamente como un “incidente” operativo. La violencia contra quienes participan en manifestaciones públicas tiene efectos políticos más amplios: produce miedo, desmoviliza y envía mensajes sobre quiénes pueden ocupar legítimamente el espacio público y bajo qué condiciones.

Resulta especialmente preocupante que situaciones de violencia ocurran precisamente en contextos donde la ciudadanía busca ejercer vigilancia democrática sobre decisiones públicas.

La protesta social cumple una función fundamental dentro de cualquier democracia:
-permite expresar desacuerdos,
-hacer visibles conflictos,
-vigilar el ejercicio del poder
-y participar políticamente más allá de los mecanismos electorales.

Por eso, cuando las respuestas institucionales frente a la organización colectiva incluyen intimidación, uso desproporcionado de la fuerza o criminalización, lo que se tensiona no es únicamente una movilización concreta, sino el propio derecho democrático a la participación pública.

La vigilia dejó una imagen profundamente contradictoria: mientras muchas personas insistían en la importancia del diálogo, la organización y la defensa colectiva de lo público, la respuesta estatal terminó incluyendo golpes, arresto y violencia.

Y justamente allí aparece una de las preguntas más incómodas que atraviesan este tipo de escenarios: ¿qué tan sólida es una democracia que percibe la protesta social como amenaza?

La olla común: cocinar la solidaridad

Pero la vigilia no estuvo compuesta únicamente por discursos, consignas o denuncias.

Durante la jornada también se organizó una olla común para las personas presentes. Entre termos de café, platos compartidos, alimentos preparados colectivamente y personas distribuyendo comida durante horas, el espacio de protesta se transformó también en un espacio de cuidado.

Lejos de ser un detalle secundario, la olla común revela una dimensión profundamente política de este tipo de movilizaciones. Porque sostener una vigilia durante horas implica mucho más que permanecer físicamente en un lugar. Implica crear condiciones materiales para que las personas puedan permanecer juntas.

Alimentarse colectivamente, compartir recursos y organizar el cuidado mutuo forman parte de una manera distinta de entender lo público. En contextos donde frecuentemente predomina una lógica individualista —donde cada persona resuelve por sí misma sus necesidades— la olla común introduce otra racionalidad:
-la de la interdependencia,
-la cooperación
-y el reconocimiento de que la vida colectiva necesita sostenerse mutuamente.

La comida compartida se convierte entonces en algo más que alimentación. Se vuelve una práctica concreta de solidaridad.

Mientras dentro de la Asamblea Legislativa se discutía una reorganización del sistema eléctrico bajo lenguajes asociados a competencia y mercado, afuera muchas personas estaban construyendo otra experiencia social: compartir comida entre desconocidos, cuidar a quienes llevaban horas en la calle, preguntar quién necesitaba agua, café o descanso, y sostener colectivamente el espacio común.

La olla común transforma el espacio público en algo distinto a un simple lugar de tránsito o confrontación. Lo convierte en un territorio de encuentro. Un lugar donde la política no ocurre únicamente en el discurso, sino también en prácticas concretas de cuidado y sostenimiento colectivo.

Y quizá allí aparece uno de los elementos más importantes de toda la jornada: la resistencia no se construye únicamente desde la denuncia. También se construye desde la capacidad de acompañarse, alimentarse y permanecer juntos incluso en escenarios de incertidumbre y desgaste.

Porque defender lo público no consiste solamente en defender instituciones. También implica defender prácticas sociales basadas en solidaridad, cooperación y cuidado mutuo.

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El diablo anda suelto: la mayoría está en la calle (aunque no tenga 31 votos)

Dicen que el diablo anda suelto, pero esta vez decidió colaborar. Se sumó al Observatorio de Bienes Comunes como cronista incómodo de este 1° de mayo: caminó la calle, escuchó las voces, tomó nota de lo que se dice y de lo que se intenta callar. No vino a asustar, sino a registrar. Y lo que encontró —entre estudiantes, magisterio, trabajadores y defensores de la vida— fue un país que habla en plural y que ya no está dispuesto a quedarse en silencio.

Memoria que insiste, conflicto que permanece

Empiezo por donde siempre conviene empezar: la memoria. El 1° de mayo no es una fecha ceremonial ni un gesto vacío que se repite por costumbre; es una memoria histórica que se reactiva precisamente cuando las tensiones vuelven a hacerse visibles. Fui a revisar el origen —Chicago, 1886— y no encontré épica despolitizada, sino conflicto: huelga, represión, criminalización y ejecución de dirigentes obreros. Desde ahí se instala una constante que todavía incomoda al poder: los derechos laborales y sociales no emergen de la benevolencia institucional, sino de procesos conflictivos donde la organización colectiva empuja y desborda los límites que se le imponen.

Lo que registro en el presente es que esa memoria no está clausurada ni archivada; opera, se actualiza y reaparece cada vez que las condiciones materiales de vida se tensan, que las formas de representación política se perciben insuficientes y que los sentidos de lo público entran nuevamente en disputa. Conmemorar, en ese marco, no es un ejercicio retrospectivo sino una forma de leer el presente con una historia que sigue abierta y que, por lo tanto, no ha dejado de producir efectos.

Soy un síntoma político

Sobre mi presencia —ya que insisten en nombrarla— conviene precisar algo: decir que “el diablo anda suelto” no describe una anomalía ni una irrupción irracional, sino la manifestación de un malestar que ha dejado de ser silencioso. No aparezco desde afuera ni interrumpo un orden estable; más bien, hago visible que ese orden ya contenía fracturas que ahora resultan inocultables.

Funciono, si se quiere, como un síntoma político: aparezco cuando la inconformidad se acumula, encuentra lenguaje y se despliega en el espacio público. No produzco el conflicto, lo evidencio. Y en esa evidencia queda expuesto que lo que se presentaba como estabilidad muchas veces descansaba sobre silencios, exclusiones o desigualdades naturalizadas.

Lo que este 1° de mayo en Costa Rica dejó ver no fue una irrupción aislada ni un episodio excepcional, sino la convergencia de múltiples malestares que, al encontrarse en la calle, adquieren una densidad política que ya no puede leerse como suma de casos individuales.

Una polifonía que desborda el orden

El material que recoge este collage de voces no se deja organizar bajo una narrativa única, y precisamente ahí radica su potencia. No se trata de sintetizar ni de jerarquizar demandas, sino de exponer una polifonía que desborda los intentos de reducción. En ese entramado, el movimiento estudiantil no se limita a defender el financiamiento de la educación pública a través del FEES, sino que cuestiona de manera más profunda los procesos de despolitización de la universidad y los intentos de restringir su papel como espacio crítico.

El magisterio, por su parte, articula una crítica que no se agota en lo sectorial, sino que vincula el deterioro de las condiciones educativas con dinámicas estructurales de precarización que inciden directamente en la reproducción de desigualdades sociales. No se trata únicamente de condiciones laborales, sino de las bases mismas sobre las cuales se construye la posibilidad de igualdad.

En ese mismo plano, la defensa de la CCSS aparece como uno de los núcleos más densos de la disputa, en tanto concentra una discusión sobre el sentido de lo público. Lo que está en juego no es solo la preservación de una institución, sino la continuidad —o la transformación— de un modelo de bienestar que enfrenta presiones crecientes hacia su fragmentación y eventual mercantilización.

Poder, cierre democrático y narrativas en disputa

En el plano político-institucional, lo que se escucha en la calle no es un rechazo abstracto, sino una lectura situada de cómo se está ejerciendo el poder. Las voces recogidas dan cuenta de una percepción creciente de que las dinámicas de gobierno están transitando hacia formas que restringen la deliberación y amplían los márgenes de imposición. La idea de decisiones adoptadas “a golpe de tambor” no funciona solo como consigna, sino como síntesis de una inquietud más profunda sobre el debilitamiento de los procedimientos democráticos sustantivos.

Este señalamiento se articula con la identificación de redes de cuido político que permiten la continuidad de ciertas estructuras de poder, incluso en contextos donde el discurso oficial se presenta como disruptivo o transformador. La tensión entre narrativa y práctica emerge, así, como uno de los ejes más persistentes del malestar: lo que se promete no coincide necesariamente con lo que se ejecuta, y esa brecha es percibida, nombrada y cuestionada.

Mi papel aquí no es resolver esa tensión, sino dejar constancia de su existencia y de su creciente visibilidad.

Tramas de lucha y horizontes compartidos

Lo que este recorrido permite observar es que las luchas no se presentan de forma aislada, sino como parte de una trama compleja donde distintas agendas se entrelazan sin perder su especificidad. La defensa de los derechos de las mujeres se inscribe en un contexto donde las violencias persisten y donde las capacidades institucionales para garantizar protección efectiva son puestas en cuestión.

La reivindicación de los sindicatos reaparece como afirmación de la legitimidad de la organización colectiva frente a discursos que buscan erosionarla, recordando que las condiciones laborales no se negocian individualmente, sino que se disputan colectivamente.

Por su parte, las demandas en torno al ROP introducen una dimensión intergeneracional que evidencia tensiones sobre el derecho a una vejez digna en un contexto de transformación de los sistemas de seguridad social. Estas luchas, aunque diversas en sus formas y énfasis, convergen en una exigencia más amplia: la democratización de la vida política entendida no como un procedimiento formal, sino como una práctica que requiere apertura, participación efectiva y reconocimiento del conflicto como parte constitutiva de lo democrático.

Escalas de la protesta: entre lo local y lo global

El alcance de lo que se expresa en la calle no se limita a las fronteras nacionales. Las voces recogidas articulan también una crítica a la injerencia de Estados Unidos en la región, incluyendo Costa Rica, lo que reactualiza debates históricos sobre soberanía en un contexto de dependencias persistentes.

De manera simultánea, la solidaridad con el pueblo palestino y la denuncia del genocidio amplían el horizonte de la protesta, inscribiéndola en una lógica internacionalista que reconoce la interconexión de las luchas. Lo local y lo global no aparecen como niveles separados, sino como dimensiones que se cruzan y se condicionan mutuamente en la experiencia concreta de quienes protestan.

Escuchar como acto político

Escuchar este collage no es un ejercicio pasivo ni meramente descriptivo. Implica reconocer que lo que está en juego es la producción de sentidos en disputa sobre el presente y el futuro. En un contexto donde la política tiende a reducirse a gestión, administración y control, la calle reaparece como un espacio donde se produce lenguaje, se articulan demandas y se ensayan formas de comunidad.

En esta clave, mi presencia deja de ser leída como amenaza para convertirse en indicador: allí donde aparezco, hay conflicto, pero también hay vitalidad democrática. No soy el problema; soy la señal de que algo está siendo puesto en cuestión.

No me olvido de los bienes naturales

Hay, sin embargo, una dimensión que atraviesa todo el recorrido y que no puede ser tratada como un tema más: la cuestión ambiental. La voz ecologista que emerge en este 1° de mayo no se limita a la defensa abstracta de la naturaleza, sino que introduce una lectura sobre la reorganización del poder en los territorios, sobre quién decide y bajo qué criterios se establecen los límites de intervención.

Lo que se denuncia con insistencia es una tendencia hacia la concentración de decisiones en el aparato central del MINAE, lo que reduce los márgenes de autonomía técnica y debilita instancias que históricamente han funcionado como contrapesos dentro de la institucionalidad ambiental. Esta recentralización no es un ajuste administrativo menor, sino una reconfiguración del poder de decisión que desplaza equilibrios y condiciona los procesos de evaluación.

A ello se suma el recorte presupuestario, cuyos efectos no son abstractos: menos recursos implican menor capacidad de fiscalización, menor presencia institucional en los territorios y, por lo tanto, una mayor exposición de los ecosistemas a presiones externas. En este contexto, la flexibilización de los marcos regulatorios —presentada bajo el lenguaje de la eficiencia— es percibida como una apertura de portillos que debilita el principio de precaución y facilita intervenciones sobre entornos sensibles.

Las propuestas orientadas a la privatización o intensificación del uso de las zonas costeras refuerzan esta lectura, al poner en tensión el carácter público de las playas y abrir la posibilidad de su transformación en espacios subordinados a lógicas de mercado. Este conjunto de medidas se articula, además, con un discurso desarrollista que deslegitima las preocupaciones ambientales al reducirlas a caricaturas, desplazando el debate hacia una falsa oposición entre desarrollo y conservación.

Simultáneamente, se identifica un uso estratégico del lenguaje ambiental que distintas voces nombran como greenwashing: la apelación a la sostenibilidad y a la defensa de los océanos convive con prácticas que, en la experiencia concreta, contradicen esos principios. Esta brecha entre narrativa y acción alimenta la desconfianza y refuerza la percepción de inconsistencia.

Finalmente, la erosión de los mecanismos de participación ambiental cierra el cuadro. Procesos que formalmente incluyen consulta terminan operando como instancias de validación sin incidencia real, debilitando tanto la legitimidad de las decisiones como la relación entre comunidades e institucionalidad.

Lo que se configura, en conjunto, no es una desaparición de la institucionalidad ambiental, sino su reconfiguración: menos autónoma, más frágil, más permeable a presiones externas.

Y en ese punto, mi tarea es sencilla: no exagero, no adorno, no dramatizo.

Registro.

Porque cuando la protección ambiental se vuelve flexible, lo que entra en negociación no es solo la norma. Es la vida misma.

Reporte del diablo: la mayoría que se quedó esperando

Transmisión desde las inmediaciones del poder…

Mientras yo caminaba la calle —llena, ruidosa, viva—, me dio por asomarme al edificio que dicen concentra la “mayoría”. Y ahí estaba: impecable, custodiado, listo para una escena que nunca ocurrió. Un operativo desplegado con disciplina, vallas en su lugar, policías atentos… resguardando, curiosamente, nada. O peor: resguardando una ausencia.

Confirmo: la manifestación no pasó por ahí. No fue descuido. Fue decisión.

Porque mientras adentro se repite el número —31, 31, 31— como si fuera un conjuro de legitimidad, afuera la cuenta se hacía de otra manera: en pasos, en voces, en cuerpos que eligieron no pedir permiso ni girar alrededor de ningún edificio. Yo mismo tomé otro rumbo. No por perderme, sino por encontrarme con lo que estaba pasando.

No hubo cerco. No hubo choque. No hubo siquiera la cortesía de acercarse. Y, sin embargo, el mensaje fue más claro que cualquier consigna: se puede blindar un edificio, pero no se puede obligar a la calle a reconocerlo como centro.

La escena, lo admito, tenía algo de comedia involuntaria. Un dispositivo listo para contener una amenaza que decidió no presentarse. Una institucionalidad esperando ser interpelada… y una calle que, simplemente, siguió hablando en otro lado. Más que ignorancia, fue desplazamiento.

Así que dejo constancia en este reporte: la “gran mayoría” se quedó esperando. Y la política, por un momento, ocurrió sin ella.

Dicen que ando suelto. Puede ser. Pero esta vez ni siquiera toqué la puerta.

Entrevista exclusiva con el diablo

—Se insiste en que usted “anda suelto”. ¿Cómo interpreta esa afirmación?
—La frase dice más del miedo de quien la enuncia que de mí. “Suelto” sugiere descontrol, pero lo que hay es organización. Aparezco cuando el malestar deja de ser individual y encuentra formas colectivas de expresarse.

—¿Por qué su presencia se vuelve más visible en fechas como el 1° de mayo?
—Porque la memoria no es pasiva. El 1° de mayo activa una genealogía de luchas que recuerda que los derechos se conquistaron enfrentando al poder. En ese contexto, mi presencia no es excepcional: es coherente.

—Se le asocia con el caos y la desestabilización.
—Esa es una lectura interesada. Se llama “caos” a todo aquello que interrumpe la comodidad del orden. Pero no hay nada más inestable que un sistema que necesita silenciar para sostenerse.

—¿Qué lectura hace del momento actual del país?
—Hay una tensión evidente entre formas de poder que buscan concentrarse y sectores sociales que exigen ser escuchados. Esa tensión no es nueva, pero hoy se expresa con mayor claridad porque los márgenes de tolerancia al deterioro se han reducido.

—En el collage aparecen múltiples luchas. ¿Cómo se relacionan entre sí?
—No necesitan ser idénticas para ser compatibles. Lo que comparten es una experiencia de límite: educativo, económico, político. Yo no unifico esas luchas; las pongo en contacto.

—¿Qué papel juega la institucionalidad en este escenario?
—La institucionalidad puede ser espacio de mediación o de cierre. Cuando se percibe como cerrada, la calle se vuelve inevitable. No como rechazo absoluto, sino como corrección de ese cierre.

—También hay referencias internacionales en estas voces.
—Porque las luchas no están aisladas. Las dinámicas de poder, las formas de intervención externa, incluso los modelos económicos, operan a escala global. Ignorar eso sería ingenuo.

—¿Tiene algún horizonte o finalidad?
—No soy un programa político. Soy una señal. Indico que hay algo que no está funcionando y que requiere ser transformado.

—¿Cuándo deja de aparecer el “diablo”?
—Cuando el conflicto deja de ser necesario para ser escuchado. Es decir, cuando la democracia deja de temerle a su propia gente.

—Entonces, ¿se va a quedar?
—Mientras intenten gobernar sin escuchar, ya sabe la respuesta.

El diablo anda suelto.
No como amenaza, sino como evidencia.
Y esta vez, no habla en singular.

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Cuando limpiar el río revela el problema: desafíos y aprendizajes de la jornada del 28 de marzo en Sarchí

El pasado sábado 28 de marzo, en el marco de la jornada anual de Acción por los Ríos, diversas organizaciones comunitarias, instituciones, estudiantes y personas voluntarias se reunieron en los potreros de Puax para una nueva jornada de limpieza y recuperación del río. Más que una actividad puntual, la jornada se convirtió nuevamente en un espacio de aprendizaje colectivo sobre el estado de los ríos y sobre la importancia de la organización comunitaria para defenderlos.

Desde tempranas horas de la mañana, más de 50 personas se sumaron al recorrido por el río, en una actividad que combinó trabajo colectivo, observación del territorio y diálogo entre comunidad, universidad e instituciones . En la jornada participaron el Observatorio Ciudadano del Agua del Río Agualote, el Observatorio Ciudadano del Agua del Río Trojas, el Observatorio Ciudadano del Agua del Río Colorado, la Municipalidad de Sarchí, la Universidad de Costa Rica a través del programa de Gestión Integral del Recurso Hídrico (GIRH UCR), la Cruz Roja, FUNDEMA-PP, la empresa Panduit, así como personas voluntarias y organizaciones comunitarias que se sumaron a la actividad. La limpieza permitió retirar una importante cantidad de residuos, pero también dejó en evidencia una realidad que va mucho más allá de la basura visible.

Lo que el río nos está diciendo

Durante la jornada se recolectaron alrededor de 635 kilogramos de residuos acumulados en el río y sus alrededores. Sin embargo, el dato más importante no es solo la cantidad recolectada, sino lo que esa cantidad permite comprender.

A lo largo del recorrido se identificaron residuos domésticos, envases asociados a agroquímicos y zonas donde el olor evidenciaba posibles vertidos de aguas negras y grises directamente al río. Esto confirma que el problema no se limita a la basura visible, sino que responde a una forma de uso del territorio que sigue deteriorando los ecosistemas y afectando la calidad del agua. A esto se suma la presión urbanística que están sufriendo los ríos en la zona. En el caso del río Trojas, en los sectores donde se realizó el trabajo, el recorrido mostró cómo en muchos tramos el río colinda directamente con residencias a lo largo de prácticamente todo el trayecto intervenido, lo que evidencia un crecimiento urbano que se acerca cada vez más a las riberas.

Las jornadas de limpieza permiten retirar residuos, pero también permiten leer el río. Permiten entender qué tipo de actividades están impactando el territorio, qué problemas se están acumulando y qué aspectos siguen sin resolverse desde las políticas públicas. En ese sentido, el río deja de ser solamente un espacio físico y se convierte en una señal de alerta sobre el estado ambiental de los cantones de Occidente.

Limpiar el río no resuelve el problema estructural, pero sí lo vuelve visible. Y hacer visible el problema es hoy una de las formas más importantes de educación ambiental y de acción comunitaria.

Un río que vuelve a unir a las personas

Uno de los elementos más valiosos de la jornada fue la participación de personas provenientes de distintos cantones y organizaciones. La actividad reunió a comunidad organizada, estudiantes, docentes universitarios, voluntariado y representantes institucionales, lo que demuestra que la defensa de los ríos no puede ser una tarea aislada.

Estos espacios permiten algo que muchas veces se pierde: volver a encontrarse. Después de años en los que muchas dinámicas comunitarias se debilitaron, las jornadas de limpieza se están convirtiendo en espacios donde las personas se reconocen, dialogan y construyen vínculos a partir del cuidado del territorio .

En ese sentido, el río no solo conecta territorios, también conecta personas. Y ese vínculo es clave para cualquier proceso de defensa ambiental.

Más que limpiar: fortalecer la articulación

La jornada del 28 de marzo también confirmó algo que se ha venido construyendo en los últimos años: la defensa de los ríos solo es posible cuando se articulan comunidad, organizaciones sociales, voluntariado, universidad e instituciones públicas.

La participación de más de 50 personas demuestra que estas jornadas no son únicamente actividades ambientales, sino espacios de aprendizaje colectivo y de organización comunitaria . En el recorrido no solo se recogieron residuos, también se compartieron experiencias, se intercambiaron preocupaciones y se fortalecieron vínculos entre quienes están trabajando en distintos territorios por la defensa del agua.

La presencia de la Universidad de Costa Rica, junto con organizaciones comunitarias, observatorios ciudadanos del agua, la Municipalidad de Sarchí, la Cruz Roja, FUNDEMA-PP, GIRH UCR y la empresa Panduit demuestra que estos procesos no dependen únicamente del voluntariado, sino de una articulación más amplia que combina conocimiento académico, organización comunitaria y acción territorial. Cada jornada fortalece esa red, y esa red es precisamente lo que permite que estas acciones tengan continuidad.

Por eso, limpiar el río también es organizarse. También es aprender juntos. También es construir una forma distinta de relacionarnos con el territorio.

Desafíos que van más allá de la limpieza

La jornada del 28 de marzo también permite comprender que el trabajo de las organizaciones no termina cuando finaliza la limpieza del río. Al contrario, ahí empieza una parte aún más compleja: la incidencia y el seguimiento.

Uno de los principales desafíos es lograr un mayor monitoreo por parte de las instituciones responsables. Las jornadas permiten visibilizar el problema, pero es necesario que exista seguimiento en temas como vertidos de aguas residuales, uso de agroquímicos, protección de las riberas y control de actividades que siguen afectando los ríos. Sin ese acompañamiento institucional, el esfuerzo comunitario corre el riesgo de repetirse sin lograr cambios estructurales.

Otro desafío central es la educación ambiental. Muchas de las situaciones que se encuentran durante las limpiezas no responden únicamente a decisiones individuales, sino a prácticas que se han normalizado durante años. Por eso, recuperar los ríos también implica generar procesos educativos sostenidos en escuelas, colegios, comunidades y organizaciones, que permitan comprender por qué los ríos son fundamentales para la vida y por qué su cuidado no puede depender únicamente del voluntariado.

A esto se suma la necesidad de fortalecer la organización comunitaria. Las jornadas de limpieza muestran que existe voluntad de participar, pero también evidencian que el trabajo necesita continuidad, articulación y espacios donde las personas puedan seguir involucrándose más allá de una actividad puntual.

Finalmente, el desafío más grande es pasar de la reacción a la prevención. Limpiar es necesario, pero evitar que los ríos sigan contaminándose es todavía más urgente. Eso implica políticas públicas más efectivas, mayor responsabilidad institucional y una participación comunitaria que no se limite únicamente a las jornadas de limpieza, sino que también se exprese en procesos de organización, incidencia y defensa del territorio.

La próxima jornada será en Los Chorros

El proceso continúa. La próxima jornada de limpieza y acción comunitaria se realizará el sábado 11 de abril en el sector de Los Chorros. La invitación es abierta a todas las personas, organizaciones e instituciones que quieran sumarse a la defensa de los ríos y al fortalecimiento del trabajo comunitario.

Cuando los ríos dejan de ser espacios para disfrutar

La jornada del 28 de marzo deja también una reflexión necesaria. Durante muchos años, los ríos fueron espacios de encuentro para jugar, bañarse, caminar y compartir en comunidad. Eran parte de la vida cotidiana de los barrios y de las familias.

Hoy, en muchos cantones, esa realidad está cambiando. Los ríos están dejando de ser espacios para el disfrute y están pasando a ser lugares donde las personas se reúnen para limpiar, denunciar y tratar de recuperar lo que poco a poco se ha ido perdiendo.

Que las comunidades se organicen para defenderlos es una señal de esperanza. Pero que tengamos que hacerlo cada vez con más frecuencia también es una señal de alerta.

Cada jornada de limpieza muestra que el problema no es puntual ni reciente. Es el resultado de muchos años de abandono, de decisiones que priorizaron otros intereses sobre el cuidado del agua y de políticas que no lograron proteger los ríos como espacios de vida.

Por eso, estas jornadas no pueden verse solo como actividades ambientales. Son también espacios de educación, de organización y de defensa del territorio. Son una forma de decir que los ríos todavía pueden recuperarse, pero que eso solo será posible si las comunidades siguen organizándose para cuidarlos.

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Como parte de este esfuerzo colectivo, las organizaciones y comunidades participantes han planteado dar continuidad a estas iniciativas a través de nuevas jornadas de acción en distintos puntos de la región de Occidente. Estas actividades buscan seguir fortaleciendo la conciencia ambiental, promover la participación comunitaria y avanzar en el cuidado de las cuencas.

Las próximas fechas programadas son:

  • Sábado 11 de abril – Jornada en Los Chorros, en Grecia.

  • Sábado 25 de abril – Jornada en el Río Agualote.

Desde las organizaciones impulsoras se hace un llamado a las comunidades, instituciones y personas interesadas a sumarse a estas actividades y continuar construyendo espacios de acción colectiva para la defensa y recuperación de los ríos. Estas jornadas recuerdan que el cuidado del agua es una tarea compartida y fundamental para la vida en los territorios.

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Vejez, dignidad y resistencia: un cuaderno de estudio sobre la lucha de Norma Plá

Este cuaderno de estudio fue elaborado por Jimena Tercero Herrera y Daniela Díaz López, estudiantes asistentes del Observatorio de Bienes Comunes, como parte de su trabajo académico durante el año 2025 en el marco de los proyectos del Observatorio y la Caja de Herramientas. Su aporte fue fundamental para el desarrollo de este material educativo orientado a la reflexión crítica sobre derechos sociales, vejez y acción colectiva.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes de la Universidad de Costa Rica compartimos el cuaderno de estudio Vejez, dignidad y resistencia popular: Norma Plá, una voz de valentía y dignidad, un material educativo que busca reflexionar críticamente sobre la defensa de los derechos sociales, la participación ciudadana y la dignidad de las personas mayores.

Este cuaderno propone un recorrido histórico y pedagógico por la vida y la lucha de Norma Beatriz Guimil de Plá (1932–1996), una mujer trabajadora que se convirtió en uno de los símbolos más visibles de la resistencia social en Argentina durante la década de 1990. En un contexto marcado por profundas reformas neoliberales —privatizaciones, ajuste fiscal y cambios en los sistemas de pensiones— Plá emergió como una voz colectiva que denunció el deterioro de las condiciones de vida de las personas jubiladas y pensionadas.

Norma Plá: una vida marcada por la dignidad y la protesta

Norma Plá nació en el conurbano bonaerense en el seno de una familia trabajadora. Desde muy joven se incorporó al mercado laboral en empleos domésticos y tareas de cuidado, trabajos históricamente precarizados y escasamente reconocidos por los sistemas de seguridad social. Como muchas mujeres de su generación, su trayectoria laboral estuvo atravesada por la informalidad, lo que la dejó sin acceso a una jubilación digna.

Durante los años noventa, cuando las políticas neoliberales redujeron el valor real de las pensiones y transformaron el sistema previsional argentino, Plá se convirtió en una referente del movimiento de jubilados y pensionados. Su presencia constante en las calles, sus intervenciones públicas y su firmeza frente al poder político la transformaron en un símbolo de dignidad y resistencia.

Cada miércoles, frente al Congreso argentino, cientos de jubilados se reunían para reclamar pensiones dignas. Aquellas protestas —conocidas como los miércoles de los jubilados— se convirtieron en un espacio de aprendizaje colectivo, donde la experiencia de vida se transformaba en denuncia pública y en construcción de conciencia social.

La protesta como pedagogía

Uno de los aportes centrales del cuaderno es mostrar que las luchas sociales no solo denuncian injusticias: también producen conocimiento. La experiencia de Norma Plá revela cómo la protesta puede convertirse en un espacio pedagógico donde las personas aprenden a leer críticamente la realidad, a organizarse colectivamente y a disputar el sentido de los derechos.

La palabra de Plá, directa y sin mediaciones técnicas, provenía de la experiencia cotidiana de la precariedad. Al llevar esa experiencia al espacio público, logró transformar un problema individual —la pobreza en la vejez— en un debate político sobre el modelo de sociedad.

Su figura también desafió estereotipos profundamente arraigados: una mujer mayor, pobre y proveniente de los márgenes sociales ocupando el espacio público, confrontando al poder y denunciando injusticias. Su presencia mostró que la vejez no es un tiempo de silencio, sino también un territorio de lucha y participación política.

Pensar las pensiones hoy

El cuaderno invita a reflexionar sobre las desigualdades estructurales que atraviesan los sistemas de pensiones en América Latina. Tanto en Argentina como en Costa Rica, las jubilaciones reproducen muchas de las desigualdades presentes en el mercado laboral: quienes han tenido empleos formales y estables acceden a mejores pensiones, mientras que quienes trabajaron en la informalidad —especialmente mujeres dedicadas a tareas de cuidado— enfrentan mayor precariedad en la vejez.

Desde esta perspectiva, la figura de Norma Plá permite pensar la seguridad social como una conquista histórica que requiere organización, debate público y participación ciudadana para ser defendida.

Un cuaderno para estudiar, dialogar y organizarse

Este cuaderno de estudio fue elaborado como una herramienta educativa para promover el análisis crítico sobre la relación entre vejez, trabajo, género y derechos sociales. Inspirado en la tradición de la educación popular latinoamericana, busca contribuir a procesos de formación colectiva que permitan comprender las raíces de las desigualdades y fortalecer la defensa de los bienes comunes.

La historia de Norma Plá nos recuerda que los derechos no son concesiones permanentes: son conquistas sociales que se defienden en la organización colectiva, la participación y la protesta.

Su legado sigue vigente hoy, cuando los debates sobre los derechos sociales, las pensiones, los cuidados y la dignidad en la vejez continúan atravesando nuestras sociedades.

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De cambios aislados a tendencias territoriales: señales de alerta desde el monitoreo ciudadano en el Caribe Sur

El siguiente balance recoge observaciones realizadas durante los primeros dos meses del año 2026 en el marco del trabajo de monitoreo territorial que desarrolla el defensor ambiental Philippe Vangoidsenhoven en el Caribe Sur de Costa Rica. Más que presentar un recuento detallado de casos específicos, esta revisión busca identificar algunas tendencias y señales de alerta que emergen al observar en conjunto los registros recientes de transformaciones ambientales en la región.

En el Caribe Sur de Costa Rica, muchas de las transformaciones del territorio ocurren de manera gradual y fragmentada. Un árbol menos aquí, un relleno allá, una construcción que aparece donde antes había bosque o humedal. Observados de forma aislada, estos hechos pueden parecer episodios menores. Sin embargo, cuando se registran y comparan a lo largo del tiempo, comienzan a revelar patrones más amplios de transformación ambiental.

El monitoreo territorial que ha realizado durante más de dos décadas el defensor ambiental Philippe Vangoidsenhoven permite justamente ese tipo de lectura. Su trabajo, basado en recorridos, fotografías comparativas, observación directa y seguimiento de denuncias, constituye un archivo ciudadano que ayuda a comprender cómo están cambiando los ecosistemas del Caribe Sur.

Este monitoreo ha sido posible gracias a su labor sostenida en el territorio, pero también al aporte de muchas personas vecinas que, al observar cambios o intervenciones en el paisaje, se comunican con él para alertar sobre lo que está ocurriendo. A partir de estas alertas, Philippe visita los sitios, registra las transformaciones mediante fotografías y notas de campo, y documenta la evolución de los procesos en el tiempo. De esta forma, el monitoreo se construye también como un ejercicio colectivo de vigilancia socioambiental desde el territorio.

Más que centrarse en un caso específico, la revisión conjunta de los registros de monitoreo permite identificar tendencias y señales de alerta que invitan a reflexionar sobre el futuro ambiental de la región.

Tendencias que emergen del monitoreo territorial

1. Transformaciones graduales del paisaje

Una de las características más visibles en los registros es que los cambios ambientales rara vez ocurren de forma abrupta. Con frecuencia se trata de procesos acumulativos: primero se elimina parte de la cobertura vegetal, luego se realizan chapeas o intervenciones parciales, posteriormente se rellena el terreno y finalmente aparecen construcciones.

Este tipo de secuencia permite que la transformación del territorio ocurra en etapas, diluyendo la percepción del impacto y dificultando su seguimiento institucional.

2. Presión creciente sobre ecosistemas sensibles

Los registros de monitoreo señalan intervenciones recurrentes en ecosistemas particularmente frágiles desde el punto de vista ambiental, como humedales, bosques costeros, márgenes de quebradas o áreas cercanas a la franja costera.

Estos ecosistemas cumplen funciones ecológicas clave: regulan el agua, albergan biodiversidad y protegen la dinámica natural del litoral. Cuando se alteran o fragmentan, los impactos pueden extenderse más allá del sitio intervenido.

3. Cambios de uso del suelo asociados a dinámicas inmobiliarias

Otra tendencia que aparece de manera reiterada es la transformación progresiva de terrenos que originalmente presentaban características de bosque o humedal hacia usos vinculados con infraestructura, vivienda o actividades comerciales.

Este proceso suele estar asociado a la creciente valorización del suelo en zonas turísticas del Caribe Sur, donde la expansión inmobiliaria ejerce una presión cada vez mayor sobre el territorio.

4. Fragmentación de los ecosistemas

Incluso cuando algunos elementos naturales permanecen —como el cauce de una quebrada o pequeños parches de vegetación—, el entorno puede transformarse completamente. Esta fragmentación reduce la conectividad ecológica, debilita los corredores biológicos y limita la capacidad de los ecosistemas para mantenerse funcionales.

5. Tensiones entre normativa ambiental y realidad territorial

Costa Rica cuenta con un marco jurídico robusto en materia ambiental. No obstante, los procesos documentados en el monitoreo plantean preguntas sobre la capacidad de fiscalización, seguimiento y control en el territorio.

Cuando intervenciones en ecosistemas sensibles se repiten en el tiempo, surge la necesidad de examinar cómo se están aplicando las normas existentes y cuáles son las capacidades institucionales para prevenir o revertir estos procesos.

El valor del monitoreo ciudadano

Frente a estos escenarios, el monitoreo ambiental realizado por personas que habitan y recorren cotidianamente el territorio adquiere una importancia particular.

Este tipo de observación sostenida permite:

  • Registrar cambios ambientales que ocurren lentamente.

  • Construir memoria territorial sobre procesos de transformación del paisaje.

  • Generar información pública que puede complementar los registros institucionales.

  • Alertar tempranamente sobre posibles impactos en ecosistemas sensibles.

  • Articular redes informales de vigilancia comunitaria, donde las personas vecinas alertan sobre situaciones que luego pueden ser documentadas en terreno.

Más allá de cada caso específico, el monitoreo ciudadano contribuye a visibilizar dinámicas territoriales que, de otro modo, podrían pasar desapercibidas, y muestra cómo la defensa de los bienes comunes también se construye desde la atención cotidiana que las comunidades ponen sobre su territorio.

Una invitación a explorar el monitoreo del Caribe Sur

El trabajo de registro territorial realizado por Philippe Vangoidsenhoven se encuentra ahora disponible públicamente a través del sitio “Monitoreo Caribe Sur”, una plataforma que reúne reportes, fotografías y documentación generada a lo largo de años de observación del territorio.

El sitio busca fortalecer la memoria ambiental del Caribe Sur y poner a disposición información que puede ser útil para comprender las transformaciones que afectan a la región.

Invitamos a quienes deseen conocer más sobre este trabajo de monitoreo territorial a visitar la página:

Monitoreo Caribe Sur
https://sites.google.com/view/monitoreocaribesur/inicio

Explorar estos registros permite observar el territorio en el tiempo y comprender mejor los procesos que están configurando el presente y el futuro ambiental del Caribe Sur.

Publicaciones de referencia

Para profundizar en los registros y análisis que sustentan este balance, se pueden consultar las siguientes publicaciones elaboradas por Philippe Vangoidsenhoven, disponibles en el sitio Monitoreo Caribe Sur:

Estos reportes presentan documentación más detallada del monitoreo territorial realizado en la región y permiten observar, a partir de registros fotográficos y seguimiento en el tiempo, las transformaciones que han ocurrido en distintos ecosistemas del Caribe Sur.

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Hospital sin Paredes: una historia vigente de salud comunitaria

El Hospital sin Paredes no es solo un capítulo destacado en la historia de la salud pública costarricense: es una lección viva sobre cómo una comunidad puede construir bienestar cuando la salud se entiende como un proceso social, participativo y profundamente humano. Hoy, compartimos una reedición del documento Nuestra Historia sin Paredes —preparada para poner nuevamente en circulación la memoria de esta experiencia— junto con dos entrevistas a Enid Cruz, quien vivió de cerca la construcción de este proyecto y el legado del Dr. Juan Guillermo Ortiz.

Un modelo de salud adelantado a su tiempo

El Hospital sin Paredes surgió como respuesta a las necesidades de comunidades rurales que permanecían excluidas de la atención médica tradicional. La experiencia innovó al romper —literalmente— las paredes que separaban al hospital de la vida cotidiana de la gente.

Esta propuesta acercó la salud a los hogares, formó auxiliares de enfermería elegidas por la comunidad, impulsó equipos interdisciplinarios, creó puestos de salud y organizó responsables de salud que articulaban la participación popular con el conocimiento técnico.

El hospital caminaba a la par de la comunidad: acompañaba, prevenía, enseñaba y construía soluciones colectivas frente a los problemas ambientales, sociales y económicos que afectaban la vida.

La voz de Enid Cruz: memoria y compromiso

En el video principal, Enid Cruz comparte su experiencia dentro del Hospital sin Paredes, recordando cómo el programa puso en práctica un enfoque integral y cercano con las comunidades. Sus vivencias revelan el espíritu de trabajo solidario que caracterizó al programa: un modelo donde escuchar, comprender y acompañar eran tan importantes como diagnosticar o tratar.

En un segundo video, Enid habla del Dr. Juan Guillermo Ortiz, figura central del proyecto. Su visión social de la salud permitió que el hospital se transformara en un espacio abierto, democrático y participativo, donde cada persona tenía algo que aportar para el bienestar común.

Leer el documento histórico

Como parte de esta conmemoración, ponemos a disposición la reedición de Nuestra Historia sin Paredes, un documento que recopila testimonios, datos, poemas de las comunidades, fotografías y análisis de un proceso que marcó un antes y un después para la salud en San Ramón y la región.

Es una invitación a volver sobre esa memoria desde el presente:
¿Qué podemos aprender hoy del Hospital sin Paredes?
¿Qué elementos de esa experiencia siguen siendo urgentes?

Un legado para los bienes comunes sociales

El Hospital sin Paredes ofrece aprendizajes muy valiosos para pensar los bienes comunes sociales —aquellos ámbitos esenciales para la vida que solo pueden sostenerse mediante prácticas colectivas de cuidado, acceso equitativo y responsabilidad compartida.

Tres enseñanzas centrales destacan:

1. La salud como construcción comunitaria: El programa mostró que la salud no se limita a la consulta médica. Requiere caminos, agua potable, organización, educación, alimentación, vivienda y participación. Es decir: la salud depende de los bienes comunes que sostienen la vida cotidiana.

2. La participación como derecho y como método: El lema “la salud es un derecho del pueblo y su participación un deber” expresaba algo fundamental: las comunidades no son beneficiarias pasivas, sino protagonistas del diseño y sostenimiento del sistema de salud. Esta visión sigue siendo crucial en tiempos donde la participación se fragmenta o reduce a trámites institucionales.

3. El vínculo entre conocimiento técnico y saberes populares: La experiencia de San Ramón demostró que profesionales y comunidades pueden construir soluciones juntos, reconociendo saberes locales, registrando datos, investigando causas y devolviendo la información a la población. Hoy, este diálogo es indispensable para cualquier gestión de bienes comunes.

Una historia viva

Aunque el programa enfrentó resistencias y fue debilitado por decisiones institucionales, su legado permanece. Es una memoria necesaria para seguir imaginando sistemas de salud más cercanos, participativos y justos.

Con esta nota, los videos y la reedición del documento original, invitamos a reconocer la vigencia del Hospital sin Paredes como un patrimonio social, un ejemplo de innovación pública y un recordatorio de que la salud —como la educación, el agua o el territorio— se sostiene mejor cuando se construye desde la comunidad.