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Finca 5: un pueblo que recuerda, resiste y sueña

En Finca 5, en Sarapiquí, la memoria no es algo que se guarda: es algo que se conversa. Se cuenta entre risas, en confianza, en eso que llaman “chisme”, pero que en realidad es una forma profunda de reconstruir historia y tejer comunidad.

Esta conversación que acompaña esta publicación nos acerca a esas voces de Paul Cruz, Denia Fernández y Virginia Cabalceta. Voces que no solo recuerdan el paso del tren o la importancia del puente ferroviario —ese que marcó una época—, sino que también hablan con claridad sobre el presente: sobre lo que duele, lo que falta y lo que aún se sueña.

Porque Finca 5 no es un recuerdo congelado.

Hoy, quienes viven ahí nombran un problema que atraviesa la vida cotidiana: el abandono. Carreteras en mal estado, ausencia de transporte público, dificultades para movilizarse o sacar productos. En una tierra fértil, donde “se siembra de todo”, como dicen sus habitantes, resulta contradictorio que muchas cosechas se pierdan por no tener cómo llevarlas al mercado.

La falta de trabajo es otra de las preocupaciones que más pesa. Sobre todo para las personas jóvenes. Sin oportunidades en la comunidad, muchas se ven obligadas a irse: a San José, a otras zonas, lejos de sus familias. No es solo una cuestión económica, es una fractura en la vida comunitaria.

Y sin embargo, lo que emerge de estas voces no es resignación.

Hay propuestas. Hay ideas. Hay ganas.

Se habla de crear espacios productivos locales, de impulsar un parque industrial, de aprovechar lo que ya existe: banano, plátano, pejibaye, cítricos, palmito. Se piensa en generar empleo sin tener que abandonar el territorio. Se imagina un futuro donde la juventud pueda quedarse, trabajar y vivir dignamente en su propio pueblo.

También aparece con fuerza la organización comunitaria. La Asociación de Desarrollo, los vecinos y vecinas, el deseo de trabajar en conjunto. Hay claridad en algo: el cambio no vendrá solo, pero tampoco puede hacerse sin apoyo. Se necesita que el Estado mire hacia estos territorios que, por mucho tiempo, han quedado al margen.

Pero Finca 5 no es solo denuncia. Es también un lugar que se quiere.

Con quienes conversamos describen un espacio lleno de vida: un clima generoso, una tierra agradecida, atardeceres que se disfrutan desde el puente, encuentros que se hacen alrededor de la comida, del río, de la conversación.

Y por eso, la invitación final no es menor. Es una invitación a llegar. A conocer. A compartir.

A no mirar Finca 5 solo como un lugar con problemas, sino como una comunidad que se organiza y que sigue creyendo en la posibilidad de estar mejor.

Escuchar este audio es acercarse a esa realidad.

Pero también es una oportunidad para preguntarnos: ¿qué hace falta para que territorios como este puedan vivir con dignidad?

Claves para escuchar Finca 5

Para acompañar el audio, compartimos algunas ideas que atraviesan las voces de la comunidad y que pueden servir como guía para su escucha:

  • Memoria viva del territorio: Finca 5 se reconoce desde su historia, especialmente vinculada al puente ferroviario, pero sin quedarse atrapada en el pasado.
  • El “chisme” como tejido comunitario: la conversación cotidiana aparece como una herramienta para generar confianza, reconstruir memoria y fortalecer vínculos.
  • Amor y pertenencia: hay un vínculo afectivo profundo con el territorio, que se expresa en el deseo de verlo “bien” y digno.
  • Abandono institucional: carreteras en mal estado, falta de transporte público y escasa presencia estatal marcan la vida cotidiana.
  • Potencial productivo desaprovechado: pese a la riqueza agrícola (banano, plátano, pejibaye, palmito), existen dificultades para comercializar.
  • Falta de empleo local: especialmente crítica para jóvenes, quienes enfrentan pocas oportunidades en la comunidad.
  • Migración: muchas personas deben irse a otras regiones para trabajar, lo que fragmenta la vida familiar y comunitaria.
  • Propuestas desde el territorio: surgen ideas como crear un parque industrial o impulsar iniciativas productivas locales.
  • Organización comunitaria activa: la Asociación de Desarrollo y el trabajo de vecinos y vecinas aparecen como pilares para el cambio.
  • Necesidad de apoyo externo: se reconoce que sin inversión pública y acompañamiento estatal, los esfuerzos locales son limitados.
  • Un territorio que también es vida: más allá de los problemas, Finca 5 es descrita como un lugar bello, diverso y acogedor.
  • Invitación abierta: la comunidad extiende una invitación a visitar, conocer y compartir, como forma de reconocer su riqueza.

Estas claves no sustituyen el audio: lo abren.

Escuchar a Finca 5 es también dejarse interpelar por esa búsqueda de la vida digna.

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Lo que el tren no cuenta: el puente que la comunidad hizo suyo – Finca 5. Río Frío, Sarapiquí.

En Finca 5, el puente ferroviario dejó de ser solo una estructura para el paso del tren. Con el tiempo —y tras décadas sin uso ferroviario— se convirtió en otra cosa: un camino, un lugar de encuentro, un espacio vivido.

Este video recoge voces de la comunidad que reconstruyen la memoria del puente más allá de su función original. Aquí, el puente no se entiende desde los rieles, sino desde los pasos: de quienes lo cruzaron a pie, de quienes vendían alimentos en canastos, de quienes encontraron en él una forma de acercarse a la otra orilla y también a otras personas.

Las historias que emergen hablan de trabajo, de fondas que alimentaron a quienes construyeron la obra, de una economía cotidiana que se movía entre ida y vuelta, pero también de afectos, de juegos, de recorridos compartidos y de una vida comunitaria tejida en el tránsito diario.

Este ejercicio de memoria colectiva nos recuerda que la historia no está solo en las grandes infraestructuras, sino en las experiencias que las personas construyen alrededor de ellas. Porque cuando el tren dejó de pasar, la comunidad siguió cruzando… y el puente encontró nuevos sentidos.

Lo que el tren no cuenta es justamente eso: la historia que vive en la gente, la memoria que no siempre queda registrada, pero que sigue sosteniendo la vida en común.

La memoria que revela lo que no siempre se ve

Volver sobre la historia del puente desde la memoria local permite descubrir algo que no aparece a primera vista: que los territorios no se explican únicamente por sus infraestructuras ni por las funciones para las que fueron diseñados. El puente, pensado para el paso del tren, terminó siendo habitado, recorrido y resignificado por la comunidad hasta convertirse en un espacio de encuentro, trabajo y vida cotidiana.

Este proceso de reconstrucción colectiva hace visible lo que muchas veces queda fuera de los relatos oficiales: las relaciones, los afectos, las economías pequeñas, los esfuerzos compartidos y las formas concretas en que las personas sostienen la vida. Mirar el puente desde estas experiencias no solo amplía su significado, sino que cuestiona la idea de que el desarrollo se mide únicamente en términos de grandes obras o conectividad técnica.

La memoria local, en ese sentido, no es solo un ejercicio de recuerdo, sino una herramienta para comprender el presente y proyectar el futuro desde otros lugares. Permite reconocer que, incluso cuando una infraestructura deja de cumplir su función original, puede seguir siendo central en la vida de una comunidad, precisamente por los vínculos que allí se han tejido.

Poner en valor estas memorias es también afirmar el derecho de las comunidades a nombrar su historia desde su propia experiencia. Porque, como muestra el caso del puente en Finca 5, hay sentidos que no están en los planos ni en los rieles, sino en los pasos de quienes lo han hecho suyo día a día.

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Lo que queda después de limpiar: preguntas desde Grecia

En Grecia, Alajuela, más de 140 personas se reunieron para recoger residuos en espacios que, aunque son de todas y todos, suelen quedar atrapados en el abandono. En esta ocasión, la jornada se concentró en el río Agualote, un cuerpo de agua que, como muchos otros, carga con los efectos de prácticas que lo desbordan. La escena podría leerse como una jornada más de limpieza. Sin embargo, lo que revela —y lo que profundiza este episodio de Sentires y Saberes— va mucho más allá de la acción inmediata.

🎧 Escuchá el audio completo aquí

Hay algo profundamente revelador en ver a personas dedicando su tiempo a recoger desechos que no produjeron. Esa imagen, lejos de ser anecdótica, apunta a una realidad más amplia: la basura no es un hecho aislado, sino la expresión visible de formas de producción y consumo que trasladan sus impactos hacia lo común. Lo que se limpia en unas horas —en este caso, a lo largo del río Agualote— es apenas la superficie de una cadena más extensa, donde las responsabilidades no siempre están distribuidas de forma equitativa.

Al mismo tiempo, la experiencia deja ver que estas acciones no ocurren de manera espontánea. Detrás de cada jornada hay semanas de organización: coordinar voluntariado, gestionar recursos, asegurar condiciones básicas para que el trabajo sea posible. Ese esfuerzo, muchas veces invisible, es el que sostiene lo colectivo. Y ahí aparece una señal importante: la alta participación no es casual. Existe disposición social, ganas de involucrarse, de hacer algo frente a problemas que afectan el entorno cotidiano. El desafío, entonces, no es solo convocar, sino sostener esa energía en el tiempo y convertirla en procesos más continuos.

Sin embargo, incluso cuando se logran retirar grandes cantidades de residuos, queda una certeza difícil de ignorar: el problema no termina ahí. La basura sigue llegando porque responde a dinámicas más amplias, vinculadas a cómo se produce, se consume y se desecha. Por eso, pensar en el cuidado de los bienes comunes también implica ampliar la conversación sobre quiénes se benefician del uso del territorio y quiénes asumen sus costos.

En este proceso, las acciones no se limitan a limpiar. También se proyectan hacia la reforestación y la arborización, recordando que intervenir el entorno no es solo actuar, sino decidir cómo hacerlo. Cada elección —qué sembrar, dónde, con qué criterios— tiene efectos, y cuidar lo común también implica asumir esa dimensión.

Lo que queda, al final, es una tensión que atraviesa toda la experiencia: la satisfacción por lo logrado y la conciencia de que aún es insuficiente. Lejos de paralizar, esa tensión abre un camino posible. Porque en acciones concretas, organizadas y colectivas como esta, no solo se limpia un espacio: también se disputan, poco a poco, otras formas de habitar y cuidar lo que es de todas y todos.

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La constancia que transforma: aprendizajes desde el cierre de las jornadas de limpieza de ríos

El pasado 25 de abril, el río Agualote fue escenario del cierre de un ciclo de trabajo colectivo. Esta jornada de limpieza no fue un evento aislado, sino el punto de llegada de un proceso más amplio que incluyó varias actividades previas —entre ellas observación de biodiversidad, acciones comunitarias y otras jornadas de recolección— que, en conjunto, fueron tejiendo una experiencia sostenida en el tiempo.

Más que un cierre, este momento permite mirar en perspectiva lo construido: aprendizajes, vínculos, desafíos y una certeza compartida: el cuido socioambiental no ocurre de una vez, se construye desde la constancia, desde la persistencia de quienes deciden involucrarse y sostener.

La jornada reunió a diversas organizaciones, instituciones, empresas y personas voluntarias, entre ellas el Observatorio del Río Agualote, FUNDEMA, Helados Sensación, CoopeVictoria, la Cruz Roja, la empresa Panduit, estudiantes de la Universidad de Costa Rica (Práctica Profesional y TCU), el Observatorio del Agua del río Trojas, así como otros actores comunitarios que continúan articulando esfuerzos en el territorio.

Este proceso ha dejado claro que las limpiezas de ríos son mucho más que acciones puntuales. Cada jornada implica semanas de organización, coordinación y articulación. El trabajo visible —la recolección de residuos— es solo una parte de un esfuerzo mayor que incluye construir confianza, gestionar recursos, convocar voluntades y leer el territorio.

Los resultados son tangibles: toneladas de residuos retirados, mayor participación comunitaria, procesos de sensibilización en marcha. Pero también se evidencian los retos: focos persistentes de contaminación, vacíos en la gestión de residuos y la necesidad de fortalecer la corresponsabilidad entre actores.

Además del trabajo en campo, estas jornadas integraron procesos de sensibilización comunitaria. A través de microcharlas casa por casa, se recogieron voces, inquietudes y necesidades que permiten comprender mejor la problemática. Limpiar, en este sentido, también ha sido escuchar.

La participación de jóvenes y organizaciones ha sido clave para sostener este proceso, mostrando que la construcción de lo común también es una apuesta generacional.

Lo que no se ve: el trabajo detrás de una jornada

A simple vista, una jornada de limpieza puede parecer un grupo de personas que decidió dedicar un sábado a recoger residuos. Sin embargo, lo que ocurre ese día es solo la parte visible de un proceso mucho más amplio.

Cada jornada implica semanas —e incluso meses— de organización: coordinación entre actores, gestión de recursos, convocatoria de voluntariado, articulación con instituciones, planificación logística y definición de rutas de trabajo. Garantizar condiciones adecuadas para la participación de decenas o incluso más de cien personas requiere un esfuerzo sostenido que pocas veces se reconoce.

Este trabajo también construye confianza y credibilidad, permitiendo que más actores se sumen y que los recursos se canalicen de forma transparente hacia el objetivo común.

Lo que dicen las comunidades

El componente de sensibilización impulsado por el TCU de Cambio Climático de la Universidad Técnica Nacional, desarrollado durante estas jornadas permitió abrir un espacio fundamental: escuchar. A través de visitas casa por casa y microcharlas sobre manejo de residuos, no solo se compartió información, sino que se recogieron experiencias, preocupaciones y necesidades concretas de las comunidades.

Uno de los hallazgos más claros es que persisten importantes vacíos en torno a la clasificación y gestión de residuos. En muchos hogares no se cuenta con información suficiente sobre cómo separar adecuadamente, qué materiales pueden valorizarse o cuáles son las rutas correctas para su disposición. Incluso en aquellos casos donde ya existe una práctica de separación, se identifican dudas que limitan su efectividad.

Pero más allá de la información, las conversaciones evidenciaron algo más profundo: las condiciones. Muchas personas expresaron que, aunque existe disposición para mejorar sus prácticas, no siempre cuentan con las facilidades necesarias. Esto incluye desde limitaciones en los sistemas de recolección hasta la ausencia de acompañamiento continuo por parte de instituciones públicas y gobiernos locales.

Otro elemento clave fue reconocer que la participación no es homogénea. No todas las personas pueden sumarse a las jornadas de limpieza por razones físicas, de tiempo o de cuidado, pero eso no implica desinterés. Las microcharlas permitieron llegar a esos hogares, incorporarlos en el proceso y reconocer que el cuidado del río también se construye desde otras formas de participación.

En este sentido, el aprendizaje es claro: el problema de la contaminación no puede reducirse a decisiones individuales. Requiere comprender las realidades locales, atender las condiciones estructurales y construir respuestas que surjan del diálogo con las comunidades.

La pedagogía de la constancia

Uno de los aprendizajes más profundos que deja este proceso es que el cuidado no es un acto puntual, sino una práctica que se sostiene en el tiempo. Las jornadas de limpieza del río Agualote muestran que transformar implica volver: regresar al mismo lugar, enfrentar los mismos desafíos y, aun así, continuar.

Esta repetición no debe leerse como un fracaso, sino como parte esencial del aprendizaje. Cada jornada acumula experiencia, permite afinar la organización, fortalece vínculos y amplía la conciencia sobre la problemática. Es en esa acumulación donde empiezan a hacerse visibles los cambios.

La limpieza de ríos enseña que las transformaciones socioambientales no son inmediatas ni lineales. Hay avances, retrocesos, momentos de mayor participación y otros de menor impulso. Sin embargo, es precisamente en esa continuidad donde se construye la posibilidad de cambio.

Además, esta constancia tiene una dimensión pedagógica profunda: forma en la paciencia, en el compromiso y en la responsabilidad compartida. Enseña que el cuidado de lo común no depende de acciones extraordinarias, sino de la capacidad de sostener prácticas en el tiempo.

Cada jornada, entonces, no solo limpia el río, sino que educa. Educa en el hacer, en el encontrarse con otras personas, en reconocer la magnitud del problema sin paralizarse, y en comprender que el cambio se construye paso a paso.

Características de una pedagogía de la constancia

A partir de este proceso, es posible identificar algunas características que definen esta pedagogía que se va construyendo desde la práctica:

En primer lugar, la construcción de tejido social. La reiteración de las jornadas permite que las personas pasen de coincidir a reconocerse. Se generan vínculos, se fortalecen confianzas y se consolidan redes que sostienen el proceso más allá de cada actividad puntual. La constancia convierte la participación en comunidad.

En segundo lugar, el vínculo con el territorio. Volver al río no es solo regresar a un lugar físico, es profundizar en su conocimiento. Las personas empiezan a identificar sus dinámicas, sus problemáticas y también su valor. Este acompañamiento sostenido construye sentido de pertenencia y compromiso: el río deja de ser un espacio externo y se reconoce como parte de lo común.

Otra característica clave es la solidaridad que emerge del trabajo compartido. Las jornadas generan encuentros donde el esfuerzo colectivo adquiere valor. Se comparten tareas, se distribuyen responsabilidades y se construye una ética de colaboración que trasciende la actividad misma.

También destaca su dimensión formativa. No se trata de un aprendizaje abstracto, sino situado y práctico. Se aprende organizando, coordinando, dialogando con comunidades, resolviendo imprevistos. Es un aprendizaje que fortalece capacidades individuales y colectivas, y que difícilmente se logra en espacios desconectados de la realidad.

Finalmente, esta pedagogía enseña a habitar la complejidad. No ofrece soluciones rápidas ni resultados definitivos, pero sí herramientas para sostener procesos. Forma en una ética del compromiso: seguir, incluso cuando los cambios son lentos; insistir, incluso cuando los problemas persisten.

Así, la constancia no solo transforma el entorno, sino también a quienes participan en su cuidado.

No es el cierre, es el comienzo

Aunque la jornada del 25 de abril marca el cierre de este ciclo de actividades, sería un error entenderla como un punto final. Más bien, representa un momento de pausa que permite mirar lo recorrido y proyectar lo que sigue.

Lo que estas jornadas dejan no es solo un río más limpio, sino una acumulación de aprendizajes: sobre organización, sobre articulación entre actores, sobre las realidades de las comunidades y sobre la magnitud del desafío que implica el cuidado de lo común.

También dejan preguntas abiertas. ¿Cómo sostener estos procesos en el tiempo? ¿Cómo fortalecer la articulación entre comunidades, instituciones y sector privado? ¿Cómo traducir los aprendizajes en políticas y acciones más estructurales? ¿Cómo ampliar la participación y diversificar las formas de involucramiento?

Este cierre, entonces, es en realidad una apertura. Una invitación a no perder lo construido, a seguir tejiendo redes y a profundizar en los procesos iniciados.

El río Agualote recuerda que el cuidado de los bienes comunes no tiene un punto de llegada definitivo. Es un proceso continuo, que requiere presencia, compromiso y voluntad colectiva.

En ese sentido, el verdadero riesgo no está en que una jornada termine, sino en que los aprendizajes no se sostengan. Por el contrario, el desafío es claro: hacer de esta experiencia un punto de partida para seguir construyendo, desde la constancia, las transformaciones que necesitamos.

Para profundizar la práctica:

La siguiente matriz recoge, de forma sintética, algunos de los principales aprendizajes construidos a lo largo de las jornadas desarrolladas. No se trata de conclusiones cerradas, sino de pistas que emergen de las prácticas, las conversaciones y los encuentros sostenidos entre quienes participaron en este proceso.

Estos aprendizajes no nacen únicamente de la acción de limpiar, sino del conjunto de experiencias compartidas: la organización previa, el trabajo en campo, el diálogo con las comunidades, la articulación entre actores y la reflexión colectiva que se fue tejiendo en el camino.

En este sentido, la matriz busca ser una herramienta para mirar lo vivido, ordenar ideas y, sobre todo, abrir nuevas preguntas. Porque si algo dejan estas jornadas es la certeza de que el cuidado de lo común se aprende haciéndolo, pensándolo y sosteniéndolo en colectivo.

Sostener para transformar: aprendizajes desde el cuidado de lo común
Dimensión¿Qué se observa en las jornadas?¿Qué aprendizaje deja?Preguntas para profundizarProyecciones / acciones
Constancia en la acciónJornadas repetidas en el tiempo, regreso al mismo ríoEl cambio requiere continuidad, no acciones aisladas¿Qué pasa si dejamos de volver? ¿Qué sostiene la continuidad?Diseñar calendarios sostenidos de acción comunitaria
Organización y articulaciónCoordinación entre organizaciones, instituciones y empresasTransformar implica tejer alianzas y sostener procesos colectivos¿Quiénes faltan en la articulación? ¿Cómo ampliar la red?Fortalecer alianzas y sumar nuevos actores
Trabajo invisiblePlanificación previa, gestión de recursos, logísticaEl impacto visible depende de un esfuerzo previo poco reconocido¿Cómo visibilizar y valorar este trabajo?Documentar procesos y distribuir responsabilidades
Escucha comunitariaMicrocharlas, visitas casa por casa, diálogo con comunidadesLas soluciones requieren escuchar necesidades y contextos reales¿Qué nos están diciendo las comunidades que aún no atendemos?Incorporar sistemáticamente la voz comunitaria en las acciones
Condiciones estructuralesDificultades en manejo de residuos, falta de información o serviciosEl problema no es solo individual, también es estructural¿Qué condiciones limitan el cambio? ¿Quién debe responder?Incidir en políticas locales y mejorar sistemas de gestión
Tejido socialEncuentro constante entre personas diversasLa repetición construye confianza, vínculo y comunidad¿Cómo sostener estos vínculos más allá de las jornadas?Crear espacios permanentes de encuentro y organización
Vínculo con el territorioReconocimiento progresivo del río y sus dinámicasEl cuidado nace del sentido de pertenencia¿Cómo cambia nuestra relación con el río al volver?Promover actividades que fortalezcan el arraigo territorial
Memoria localRelatos, historias y experiencias compartidas sobre el río y la comunidadLa memoria permite comprender el pasado del territorio y proyectar su cuidado¿Qué historias del río estamos recuperando? ¿Cuáles se están perdiendo?Incorporar espacios de memoria, registro y diálogo intergeneracional
Monitoreo comunitarioObservación constante del estado del río, identificación de focos de contaminaciónEl cuidado implica seguimiento, no solo intervención puntual¿Qué cambios estamos logrando observar en el tiempo? ¿Cómo registrarlos?Crear mecanismos comunitarios de seguimiento y registro del estado del río
Solidaridad y trabajo colectivoDistribución de tareas, apoyo mutuo en la jornadaEl hacer conjunto construye ética de lo común¿Qué aprendemos del trabajo colectivo que no se aprende solos?Fomentar metodologías colaborativas
Aprendizaje prácticoOrganización, resolución de problemas, sensibilizaciónSe aprende haciendo, en contextos reales¿Qué habilidades hemos desarrollado en el proceso?Sistematizar aprendizajes y compartirlos
Gestión de la complejidadPersistencia de problemas junto a avances visiblesEl cambio es lento, no lineal, pero posible¿Cómo sostener la motivación ante resultados parciales?Incorporar espacios de evaluación y reflexión colectiva
Participación diversaPersonas que participan de distintas formas (acción directa, sensibilización)El cuidado admite múltiples formas de involucramiento¿Quiénes no están participando y por qué?Diversificar formas de participación
Proyección a futuroCierre de ciclo que abre nuevas preguntasTodo cierre es una oportunidad para continuar¿Qué sigue después de este proceso?Definir nuevas etapas y líneas de acción
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Los Chorros: historia, abandono y la lucha por proteger un monumento natural

Brenda Méndez Mesén

Estudiante asistente

El Parque Los Chorros no es solo un sitio de belleza escénica con cataratas de más de 40 metros: es una de las principales zonas de recarga hídrica del cantón de Grecia y comunidades cercanas como Carrillos Bajo, Tacares y Cataluña. Desde hace casi cinco décadas, este espacio ha sido reconocido legalmente como un área silvestre protegida; sin embargo, hoy enfrenta una crisis marcada por el abandono institucional, la intervención humana sin control y el deterioro progresivo de sus recursos naturales.

Un patrimonio natural de todos

“Para mí, Los Chorros representan algo tan importante para la vida como es el agua. Es la que nos da la vida, y si nosotros no la cuidamos, ¿quién lo va a hacer?”
– José Alejandro Montero Hernández, representante de la ASADA de Tacares

Los Chorros fue creado mediante la Ley N.º 6126 (1977) como Parque Recreativo Municipal, otorgando a la Municipalidad de Grecia la coadministración del área. Esta condición fue reafirmada por la Sala Constitucional en la sentencia 11525-2013, donde se establece que el parque forma parte del Patrimonio Natural del Estado y posee alta fragilidad ambiental, lo que obliga a una protección reforzada del recurso hídrico, los bosques y la biodiversidad.

Según estudios citados en dicha sentencia, en el área se localizan al menos 19 pozos y 26 nacientes, que alimentan tanto comunidades como proyectos industriales bajo el régimen de zona franca en Tacares. A pesar de ello, las medidas de resguardo han sido insuficientes.

Abandono municipal y aprovechamiento ilegal

“Aquí existe un aprovechamiento turístico ilegal que está causando un impacto negativo en la vida silvestre. No hay control, ni capacidad de carga, ni regulación.”
– Francis Suárez López, FUNDEMA y síndico de Tacares

Desde el año 2016, el parque se encuentra oficialmente cerrado al público; no obstante, la visitación nunca se detuvo. Terceros continúan cobrando entrada y parqueo, sin ningún tipo de autorización ni control, exponiendo a los visitantes a riesgos reales, como derrumbes, senderos colapsados y estructuras dañadas.

“No hay gestión, no hay control y no hay conservación. No existe una persona designada por la municipalidad para administrar este parque.”
– Hámer Salazar, FUNDEMA

Entrevistas realizadas a líderes comunales, regidores y representantes ambientales coinciden en un punto central: la ausencia de la Municipalidad de Grecia como figura rectora del parque.

“Los Chorros se encuentran en más de un 50% de abandono. Nadie invierte, nadie controla, pero sí hay gente lucrando de un bien que es de todos”, José Alejandro Montero Hernández representante de la ASADA de Tacares.

La municipalidad incluso llegó a contratar un asesor exclusivo para Los Chorros durante una administración pasada; sin embargo, su trabajo y resultados son desconocidos por la comunidad.

Daños ambientales y riesgos actuales

Además de la intervención humana, las tormentas recientes han causado deslizamientos, caída de árboles y daños en senderos. Elementos como el puente hamaca fueron destruidos parcialmente para impedir el paso, sin que se ofrecieran alternativas seguras.

Biólogos y ambientalistas advierten sobre prácticas inadecuadas en una zona protegida:

  • -Ingreso de perros y animales domésticos
  • -Fogatas no controladas
  • -Extracción de flora
  • -Basura en el cauce del río

Todo esto ocurre sin estudios de capacidad de carga, sin rotulación, sin guardaparques y sin vigilancia del SINAC.

El precedente legal ignorado

La sentencia 11525-2013 fue clara: cualquier intervención que aumente la explotación del recurso hídrico, o altere el entorno, debe someterse a Estudios de Impacto Ambiental rigurosos, aplicando el principio precautorio e in dubio pro natura. En ese fallo, la Sala responsabilizó a SETENA, AyA, MINAE y la Municipalidad de Grecia por omisiones en la protección del Parque Los Chorros.

“Este parque existe gracias a una lucha legal. Si no se hubiera defendido ese juicio, Los Chorros hoy no existirían.”
– Francis Suárez López, FUNDEMA

Pese a este precedente, hoy se siguen observando construcciones cercanas, urbanizaciones como el condominio Los Maderos, y una total falta de delimitación oficial del parque.

“Poner una malla que la gente rodea no es una solución real. La única solución real es hacer cumplir la ley.”
– Francis Suárez López, FUNDEMA

Las propuestas que siguen esperando

Desde la Fundación para el Desarrollo del Medio Ambiente (FUNDEMA) y organizaciones locales se han planteado proyectos concretos para rescatar el parque:

  • -Cambio de categoría de manejo, para que se reconozca oficialmente como Monumento Natural Los Chorros.
  • -Reglamentación de la Ley 6126, mientras se aprueba un nuevo marco legal.
  • -Amojonamiento del perímetro, para evitar invasiones y construcciones dañinas.
  • -Gestión y control permanente, con una figura responsable y coordinación con MINAE y SINAC.
  • -Recuperación de senderos, señalización, servicios sanitarios y manejo de desechos.
  • -Inventarios de flora y fauna, donde se registran especies como tigrillos, tolomucos, pavas, codornices y osos hormigueros.

Ninguna de estas iniciativas se ha ejecutado plenamente.

Turismo sí, pero primero protección

Paradójicamente, Los Chorros aparece en campañas publicitarias de empresas telefónicas y rutas turísticas promovidas por administraciones anteriores. Sin embargo, la comunidad insiste: no se puede vender lo que no se protege.

El potencial para un turismo sostenible y controlado existe y podría generar empleo y desarrollo para Tacares, pero solo después de garantizar:

  • -Seguridad para los visitantes
  • -Conservación del agua y la biodiversidad
  • -Gestión transparente y legal
Un llamado a la acción comunitaria

A casi 50 años de su creación, Los Chorros sigue siendo una joya natural, pero también un recordatorio del costo de la inacción. Los tacareños y griegos tienen claro que serán los primeros beneficiados si el parque se recupera, pero también los más afectados si se pierde.

Proteger Los Chorros no es una opción: es una responsabilidad colectiva.                           

Como parte del compromiso ciudadano con la protección del Parque Los Chorros, el sábado 11 de abril se realizó una jornada de limpieza y acción comunitaria en Tacares de Grecia, Alajuela, con la participación activa de vecinos y organizaciones ambientales.

La actividad tuvo como objetivo principal recolectar residuos sólidos, visibilizar el estado actual del parque y fortalecer el trabajo comunitario en defensa de los ríos y las nacientes, ante la ausencia de una gestión institucional permanente. Durante la jornada se logró retirar basura acumulada en senderos y zonas cercanas al cauce del río, evidenciando que, pese a estar oficialmente cerrado, el parque continúa siendo visitado sin control ni regulación.

Además de la limpieza, la actividad sirvió como espacio de concientización y articulación comunitaria, reafirmando la importancia de la organización local como primera línea de defensa del patrimonio natural.

La mostrado se obtuvo como resultado directo de la jornada de limpieza y acción comunitaria, mediante un proceso de observación y recopilación de datos realizado de forma participativa junto con personas y organizaciones locales. De esta manera se permitió integrar el conocimiento comunitario, las percepciones territoriales y la experiencia directa de quienes habitan y utilizan el entorno, aportando un diagnóstico colectivo sobre la situación actual del Parque Los Chorros.

“Los servicios ambientales que presta Los Chorros son enormes. De aquí se abastecen comunidades completas y proyectos productivos del distrito de Tacares.”
– Hámer Salazar, FUNDEMA

Los organizadores hicieron un llamado abierto a organizaciones sociales, ambientales, educativas e instituciones públicas y privadas que deseen sumarse a futuras acciones, con el fin de defender los ríos, proteger el recurso hídrico y fortalecer el trabajo comunitario en el distrito de Tacares y el cantón de Grecia.

Esta nota se elaboró en el marco de la jornada de limpieza y acción comunitaria realizada el sábado 11 de abril en Tacares de Grecia. La información presentada surge de un proceso participativo de observación, diálogo y recopilación de datos junto a personas vecinas y organizaciones locales, integrando conocimiento comunitario, percepciones territoriales y experiencias directas. La actividad, además de recolectar residuos y evidenciar el estado del parque, permitió realizar una caracterización exploratoria de la situación actual de Los Chorros.

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Sabores de la memoria: Finca 5 reconstruye su historia desde las fotos… y más allá de ellas

El pasado sábado 18 de abril, la comunidad de Finca 5 se reunió para dar inicio a un proceso colectivo de recuperación de memoria en torno al puente ferroviario, el vagón y la historia del territorio. Más que una actividad puntual, el encuentro se convirtió en un espacio de diálogo, escucha y reconocimiento, donde las experiencias de vida comenzaron a entrelazarse para reconstruir una historia común.

A partir de fotografías compartidas por las propias personas, el taller propuso una dinámica sencilla pero profundamente significativa: construir una línea del tiempo desde la memoria vivida. Las imágenes no solo permitieron ubicar momentos, sino que abrieron la posibilidad de recordar, interpretar y resignificar lo que ha sido el tren en la vida de la comunidad.

Una historia que se cuenta desde la experiencia

Las fotografías funcionaron como un punto de partida para activar recuerdos que, aunque pertenecen al pasado, siguen presentes en la vida cotidiana de muchas personas.

Aparecieron escenas de un tiempo en que el río se cruzaba a pie, antes de la construcción del puente. Se recordaron los años en que la llegada de la obra representó una visión de futuro, generando trabajo para la gente del lugar y abriendo nuevas posibilidades económicas. El tren fue evocado como un elemento que dinamizó el comercio, conectó comunidades y marcó profundamente la organización de la vida cotidiana.

Sin embargo, más allá de estos hitos, lo que emergió con mayor fuerza fue la dimensión cotidiana de esa historia. La memoria no se expresó solo en grandes eventos, sino en prácticas diarias: ventas de leche, cajetas, tortillas, chorreadas, tamales, elotes y huevos que cruzaban el puente en canastos; recorridos familiares; encuentros espontáneos; y una vida comunitaria marcada por el intercambio constante.

Muchas personas recordaron cómo salían a vender y regresaban con el canasto vacío, en jornadas donde el trabajo también era una forma de encuentro. En ese ir y venir, no solo circulaban productos, sino también vínculos, historias y formas de sostener la vida en común.

Cuando la memoria se vuelve pregunta

El taller tomó un giro clave cuando la conversación se desplazó de lo visible hacia lo ausente. La pregunta fue directa, pero profundamente movilizadora:

¿Qué no muestran las fotos?

A partir de ahí, comenzaron a emerger historias que no habían quedado registradas en imágenes, pero que forman parte esencial de la memoria colectiva.

Se mencionaron las fondas que alimentaban a quienes trabajaban en la construcción del puente, las condiciones de vida de la época —como la ausencia de electricidad— y los esfuerzos cotidianos de las familias. También aparecieron recuerdos más sensibles, como las personas que fallecieron durante la construcción, o los recorridos junto a padres y madres que forman parte de una memoria afectiva que no suele documentarse.

Este momento permitió reconocer algo fundamental: la memoria no está solo en lo que se puede ver. También habita en lo que se siente, en lo que se recuerda desde la experiencia y en aquello que, por distintas razones, no fue fotografiado ni registrado.

El tren: entre memoria, sustento y pregunta

En los relatos compartidos, el tren dejó de ser únicamente una infraestructura para convertirse en una experiencia profundamente arraigada en la vida de la comunidad.

Fue fuente de trabajo e ingresos para muchas familias.
Fue un espacio de intercambio y encuentro.
Fue parte de la infancia, de la rutina, de la organización del territorio.

Pero junto con estos recuerdos, también emergieron preguntas sobre el presente y el futuro. Algunas personas expresaron el deseo de que el tren pueda volver, reconociendo su potencial para el desarrollo. Sin embargo, esta idea no aparece de forma acrítica.

Durante el taller se señaló con claridad que las grandes articulaciones, como el tren, no necesariamente significan desarrollo para las comunidades. En algunos casos, también pueden invisibilizar sus necesidades y formas de vida. Esta reflexión abre un campo importante: pensar qué tipo de desarrollo se quiere y desde qué lugar se construye.

La memoria no es neutral

Uno de los aprendizajes más importantes que dejó el encuentro es que la memoria no es un ejercicio neutro ni automático.

Recordamos algunas cosas y otras quedan fuera.
A veces porque no fueron fotografiadas.
A veces porque implican experiencias difíciles.
A veces porque no se consideraron importantes en su momento.

Esto invita a una reflexión necesaria: ¿quién decide qué se recuerda y qué se olvida? ¿Qué historias han quedado fuera de los relatos más visibles? ¿Qué memorias necesitan todavía un espacio para ser compartidas?

Reconocer esta dimensión es clave para construir una memoria más amplia, más crítica y más cercana a la experiencia real de la comunidad.

La historia que sea la nuestra

En medio de estas reflexiones, emergió una idea con mucha fuerza: la necesidad de que la historia sea contada desde la propia comunidad.

Frente a relatos externos que muchas veces explican el territorio desde una mirada institucional o técnica, este proceso busca poner en el centro las voces de quienes han vivido y construido Finca 5.

La memoria local permite recuperar la experiencia cotidiana, reconocer trayectorias de vida y fortalecer el sentido de pertenencia. No se trata solo de recordar, sino de afirmar que la comunidad tiene el derecho de narrarse a sí misma.

Como se expresó durante el taller:
“La historia que sea la mía. De y para la comunidad.”

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Este boletín recoge con mayor detalle los relatos, reflexiones y hallazgos del primer taller en Finca 5, incluyendo la línea del tiempo construida colectivamente, las voces de la comunidad y las preguntas que surgieron en el proceso. Te invitamos a descargarlo y recorrer esta memoria viva que no solo recuerda el pasado, sino que abre caminos para pensar el presente y construir futuro.

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Cuando el agua tiene historia: cuidar la naciente es cuidar la vida – Conversamos con Alejandro Montero fontanero ASADA Tacares

En Los Chorros, Grecia, el agua no solo fluye: también cuenta historias. En esta entrevista del programa Sentires y Saberes, conversamos con Alejandro Montero Hernández, fontanero de la ASADA de Tacares, quien comparte desde la experiencia cotidiana lo que implica sostener, defender y cuidar una naciente de agua que abastece a comunidades enteras.

Más allá de la infraestructura, el testimonio nos recuerda algo fundamental: el agua no “llega sola”. Detrás de cada gota hay trabajo comunitario, organización, conocimiento técnico y, sobre todo, luchas históricas que han defendido este bien común frente a intereses externos, malas prácticas y el olvido institucional.

Temas clave que atraviesa la conversación

1. El agua como bien común, no como recurso individual: Alejandro insiste en una idea sencilla pero potente: “el agua es de todos y para todos”. Sin embargo, advierte una contradicción frecuente: muchas personas acceden al agua, pero se desconectan de la responsabilidad de cuidar su origen.

2. La invisibilización del trabajo comunitario: Desde la limpieza de la naciente hasta el monitoreo técnico del agua, el trabajo de las ASADAS implica una labor constante, especializada y poco reconocida. No se trata solo de “entubar” agua: hay procesos de mantenimiento, análisis, cloración y vigilancia permanente.

3. Conflictos y tensiones por el territorio: La entrevista revela disputas concretas: uso de agroquímicos en zonas altas, intervenciones institucionales cuestionadas y actores que buscan lucrar con el espacio. La defensa del agua aparece entonces como defensa del territorio.

4. Memoria y lucha, nada de esto es casual: Los Chorros no están como están por accidente. Existen gracias a decisiones colectivas, acciones legales y organización comunitaria que han protegido la naciente a lo largo del tiempo.

5. El cuidado como práctica intergeneracional: Hay una preocupación clara por el futuro: lo que hoy se haga (o se deje de hacer) impactará directamente en las próximas generaciones. El cuidado del agua es también un acto de responsabilidad con quienes vienen.

Preguntas para la reflexión
  • ¿De dónde viene el agua que consumimos diariamente?
  • ¿Quiénes sostienen ese acceso y bajo qué condiciones?
  • ¿Qué implica realmente “cuidar el agua” más allá del consumo individual?
  • ¿Qué memorias comunitarias están detrás de los territorios que habitamos?
  • ¿Cómo podemos pasar de usuarios del agua a cuidadores de las nacientes?
Una invitación

Esta entrevista no es solo un testimonio: es una invitación a reconectar con aquello que muchas veces damos por sentado. Reconocer el agua como bien común implica también reconocer a las personas, comunidades y procesos que la hacen posible.

Escuchar, aprender y vincularse con estos esfuerzos es un primer paso para construir prácticas cotidianas más responsables y territorios más justos.

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El puente también recuerda: memoria y cuidado comunitario en Finca 5

En Finca 5, Sarapiquí, un antiguo puente ferroviario sigue siendo mucho más que una estructura abandonada. Aunque el tren dejó de pasar hace años, el lugar continúa lleno de vida: es punto de encuentro, espacio de recreación y escenario de historias que siguen habitando la memoria de la comunidad.

A través de una serie de entrevistas, este trabajo recoge las voces de quienes han vivido y construido este territorio. Sus relatos nos hablan del paso del tren, de lo que significó en la vida cotidiana, pero también de cómo ese espacio ha sido reapropiado con el tiempo, transformándose en un lugar para compartir, encontrarse y cuidar lo común.

El puente no es solo un vestigio del pasado. Es un símbolo de continuidad: entre generaciones, entre formas de habitar el territorio, entre memoria y presente. En sus rieles, en su estructura, pero sobre todo en las experiencias de las personas, se tejen vínculos que sostienen la vida comunitaria.

Hoy, ese espacio nos recuerda que el cuidado no es una idea abstracta, sino una práctica concreta: en cómo se usa el lugar, en cómo se respeta, en cómo se convierte en un punto donde la comunidad se reconoce y se encuentra.

Recuperar la memoria no es solo mirar hacia atrás. Es también afirmar lo que somos y proyectar lo que queremos seguir siendo como comunidad.

Algunas claves para mirar este proceso:

▪️ El puente como espacio de memoria viva
▪️ El tren y su huella en la vida comunitaria
▪️ La resignificación del territorio desde el encuentro
▪️ El cuidado como práctica colectiva
▪️ La memoria como base para fortalecer lo común

Descargá aquí el boletín del proceso

Este primer boletín recoge los principales momentos del encuentro comunitario realizado el 21 de marzo en Finca 5, donde se inició un proceso colectivo de recuperación de la memoria local en torno al puente ferroviario y el antiguo vagón.

A través de relatos, reflexiones y propuestas, el documento muestra cómo la memoria sigue viva en las personas y en el territorio, y cómo puede convertirse en una herramienta para fortalecer la identidad, el encuentro comunitario y el cuidado de los espacios comunes.

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Más que una limpieza: memoria y organización en Los Chorros

En el marco de una jornada de limpieza en el Río Prendas, en el Parque Recreativo Municipal Los Chorros (Grecia), la conversación con Hámer Salazar (biólogo y presidente de FUNDEMA) y Francis Suárez (Primates de Grecia, FUNDEMA y síndico de Tacares) deja una idea central: los ríos no son solo naturaleza, son territorios construidos desde la historia, la organización y la lucha.

Aunque el parque fue creado por ley en 1977 como área protegida, hoy enfrenta una realidad contradictoria: no cuenta con gestión, control ni un plan de manejo efectivo. En ese vacío, como señalan Salazar y Suárez, ha sido la comunidad —especialmente Tacares— la que ha sostenido su defensa frente a amenazas como la contaminación, proyectos extractivos y presiones urbanísticas.

Por eso, una jornada de limpieza no es solo recoger residuos. Es también un acto de memoria y de educación popular. Escuchar la historia del lugar mientras se cuida transforma la experiencia: conecta a las personas con el territorio y las vuelve parte de su defensa.

Los Chorros nos recuerda que cuidar un río implica mucho más que acciones puntuales. Supone reconocer las luchas que lo han hecho posible y asumir, colectivamente, el compromiso de sostenerlo.

Claves para leer esta experiencia
  • – Los ríos son territorios vivos, atravesados por historia y conflicto.
  • – La protección de Los Chorros ha dependido, en gran medida, de la organización comunitaria.
  • – Existe una brecha entre la protección legal y la gestión real del área.
  • – Las amenazas han sido constantes: contaminación, extracción y urbanización.
  • – El agua es un bien común que ha generado tanto disputas como solidaridad entre comunidades.
  • – Las jornadas de limpieza también construyen memoria, vínculos y apropiación del territorio.
  • – Conocer la historia fortalece el compromiso con su cuidado.
Próximas jornadas de acción por los ríos

Como parte de este esfuerzo colectivo, las organizaciones y comunidades participantes han planteado dar continuidad a estas iniciativas a través de nuevas jornadas de acción en distintos puntos de la región de Occidente. Estas actividades buscan seguir fortaleciendo la conciencia ambiental, promover la participación comunitaria y avanzar en el cuidado de las cuencas.

Las próximas fecha programada es:

  • Sábado 25 de abril – Jornada en el Río Agualote.

Desde las organizaciones impulsoras se hace un llamado a las comunidades, instituciones y personas interesadas a sumarse a estas actividades y continuar construyendo espacios de acción colectiva para la defensa y recuperación de los ríos. Estas jornadas recuerdan que el cuidado del agua es una tarea compartida y fundamental para la vida en los territorios.

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Bienes Comunes en Corto – Calle Álvarez: memoria y territorio desde la voz de un vecino

El testimonio de Pedro Luis Martínez Álvarez nos invita a mirar el territorio más allá de lo visible. Calle Álvarez no es solo un espacio geográfico: es historia viva, herencia, lucha cotidiana y una forma de arraigo que se transmite entre generaciones.

Su voz nos recuerda que los territorios se construyen desde la experiencia de quienes los habitan: desde el Río Frío como vía de vida, encuentro y sustento, hasta las luchas persistentes frente al abandono institucional. Aquí, la historia no está en los libros: vive en la palabra, en la memoria familiar y en las prácticas que sostienen la vida.

En medio de las transformaciones y desigualdades, persiste una certeza: el vínculo con la tierra no se rompe. Se cuida, se defiende y se hereda.

Memoria local y organización: sostener lo común

La memoria comunitaria no es solo un ejercicio de recordar el pasado; es también una herramienta para comprender el presente y proyectar el futuro. Nombrar de dónde venimos permite reconocer las huellas de la desigualdad, pero también las formas en que las comunidades han sabido organizarse, resistir y sostener la vida.

Cuando una comunidad recupera su historia, fortalece su identidad y su capacidad de exigir derechos. La memoria conecta generaciones, ordena experiencias y da sentido a las luchas actuales: evidencia que el abandono y la exclusión no son casuales, sino resultado de decisiones y procesos históricos que pueden transformarse.

Por eso, recoger estas voces no es solo documentar: es sembrar. Sembrar conciencia, pertenencia y organización. Porque defender el territorio también implica contar su historia y, en ese proceso, reconocerse como comunidad que resiste, cuida y construye futuro.