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Talamanca no está en venta – Pronunciamiento del Colectivo Antonio Saldaña frente al Acuerdo Transpacífico

Desde Talamanca, las familias productoras indígenas conocemos las dificultades de sostener nuestro trabajo y vivir dignamente de lo que producimos. Durante años hemos cultivado la tierra, diversificado nuestros productos y mantenido una relación con la naturaleza que forma parte de nuestra vida y nuestra identidad. Sin embargo, hoy enfrentamos precios injustos, intermediarios que condicionan nuestra comercialización y la falta de respuestas concretas de las instituciones públicas. Nuestra experiencia nos ha enseñado que producir no siempre significa poder vivir dignamente de nuestro trabajo.

Ante esta realidad, rechazamos la incorporación de Costa Rica al Acuerdo Transpacífico (CPTPP) y exigimos que no sea aprobado. Nos preocupa que se profundice un modelo económico que presenta la apertura comercial como una oportunidad para todos, mientras nuestras comunidades siguen enfrentando condiciones desiguales para producir, comercializar y sostener sus economías. ¿De qué sirve abrir nuevos mercados si quienes trabajamos la tierra continuamos recibiendo precios que no reconocen nuestro esfuerzo? ¿Quiénes se benefician realmente de estas reglas comerciales y quiénes terminan pagando sus consecuencias?

No queremos que el futuro de nuestros pueblos dependa de decisiones económicas tomadas sin considerar nuestras realidades. La tierra no es solamente un espacio para producir mercancías; es territorio, memoria, cultura y sustento de nuestras comunidades. Nuestras formas de producción, nuestros conocimientos y nuestras relaciones con la naturaleza tienen valor más allá de las ganancias que puedan generar en el mercado. Defenderlos significa también defender nuestro derecho a decidir cómo queremos vivir y qué futuro queremos construir.

Por eso, no aceptamos que las promesas de crecimiento económico justifiquen compromisos comerciales cuyos efectos sobre nuestras comunidades deben examinarse con seriedad. La experiencia del banano en Talamanca nos recuerda que aumentar las oportunidades de comercialización no garantiza, por sí mismo, justicia económica. Sin condiciones dignas para producir y vender, quienes trabajamos terminamos asumiendo los costos mientras otros concentran los beneficios.

Exigimos al Gobierno de Costa Rica y a la Asamblea Legislativa que no aprueben la incorporación al CPTPP. Demandamos que se respeten los derechos de los pueblos indígenas, nuestra autonomía y nuestras formas de producción, y que ninguna decisión de esta magnitud se tome ignorando las voces de quienes habitamos y sostenemos estos territorios.

No hablamos desde el rechazo al intercambio entre pueblos, sino desde la defensa de relaciones económicas justas, donde nuestro trabajo sea valorado y nuestras comunidades no queden subordinadas a los intereses de las grandes empresas. Queremos mercados que respeten a quienes producen, instituciones que respondan a nuestras necesidades y políticas que fortalezcan nuestras capacidades, en lugar de profundizar las desigualdades existentes.

Desde el Colectivo Antonio Saldaña reafirmamos nuestro compromiso con la defensa de la dignidad de las familias productoras indígenas y con el derecho de nuestros pueblos a construir su propio futuro. Talamanca no necesita que decidan por ella: necesita respeto, justicia económica y autonomía para vivir dignamente.

Nuestra tierra no es una mercancía. Nuestro trabajo no puede seguir siendo menospreciado. Nuestro futuro no se negocia a nuestras espaldas.

Colectivo Antonio Saldaña

Talamanca, Costa Rica

Octubre de 2026

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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Tierra y poder en Sudamérica: ¿quién decide el futuro de los territorios?

El Décimo Informe Anual sobre Acceso a la Tierra y Territorio en Sudamérica, elaborado por el Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica (IPDRS) y el Movimiento Regional por la Tierra y el Territorio, analiza cómo el extractivismo, la financiarización de la naturaleza y el debilitamiento institucional están transformando las condiciones de vida de los pueblos indígenas, las comunidades campesinas y las poblaciones afrodescendientes.

¿Quién decide qué se hace con la tierra? ¿Qué ocurre cuando los bosques, el agua y la biodiversidad comienzan a tratarse como activos financieros? ¿Qué lugar ocupan los pueblos que han cuidado y habitado los territorios cuando las decisiones se toman en nombre de la inversión, la conservación o la lucha contra el cambio climático?

Estas preguntas atraviesan el Décimo Informe Anual sobre Acceso a la Tierra y Territorio en Sudamérica, titulado Los pueblos indígenas, comunidades campesinas y afrodescendientes en la geopolítica actual. La publicación ofrece una mirada crítica sobre las transformaciones que experimentan los territorios sudamericanos y permite comprender cómo las dinámicas económicas y políticas globales inciden en la vida de las comunidades.

Después de diez ediciones, este informe muestra que las disputas territoriales ya no pueden entenderse únicamente como conflictos por la propiedad o la distribución de la tierra. Hoy también están relacionadas con la crisis climática, los mercados de carbono, el endeudamiento de los Estados, la expansión de las actividades extractivas y las nuevas formas de apropiación de la naturaleza.

La tierra no es solamente un recurso económico: es también territorio, memoria, sustento, autonomía y posibilidad de construir formas de vida. Comprender lo que ocurre con ella exige mirar más allá de los indicadores económicos y preguntarse quiénes toman las decisiones, quiénes reciben los beneficios y quiénes asumen sus consecuencias.

Cuando la crisis climática abre nuevas disputas por los territorios

A lo largo de una década, el informe ha registrado cambios importantes en las formas de abordar el acceso a la tierra y el territorio. Si inicialmente las discusiones se concentraban en la distribución de la propiedad y el reconocimiento de los derechos territoriales, actualmente las disputas incorporan nuevas dinámicas vinculadas con la geopolítica, las finanzas y las políticas ambientales.

La crisis climática ocupa un lugar central en esta transformación. Iniciativas como los mercados de carbono, los bonos de biodiversidad y los canjes de deuda por naturaleza se presentan como mecanismos para financiar la conservación y reducir las emisiones. Sin embargo, también plantean interrogantes sobre el control de los territorios, la distribución de los beneficios y la autonomía de las comunidades.

El informe advierte sobre las asimetrías que pueden producirse cuando estas iniciativas se diseñan desde centros financieros y espacios de decisión alejados de los territorios afectados. Bajo determinadas condiciones, las soluciones climáticas pueden reproducir relaciones desiguales: las comunidades asumen restricciones y responsabilidades ambientales, mientras otros actores concentran los beneficios económicos.

El problema, por tanto, no se limita a determinar si una iniciativa contribuye a la conservación. También es necesario preguntarse quién define qué significa conservar, bajo qué condiciones se hace y qué capacidad tienen los pueblos para decidir sobre sus territorios.

De territorios vivos a activos financieros

Otra de las tendencias identificadas es la financiarización de la naturaleza: un proceso mediante el cual elementos como los bosques, el agua y la biodiversidad adquieren valor como activos susceptibles de generar rendimientos financieros.

Esta transformación modifica las formas de comprender y gestionar los territorios. La naturaleza comienza a interpretarse mediante indicadores de captura de carbono, servicios ecosistémicos y oportunidades de inversión. Aunque estos instrumentos se presentan como respuestas a los problemas ambientales, también pueden desplazar las discusiones sobre los derechos colectivos, la autonomía y las decisiones políticas que afectan a las comunidades.

El informe plantea una distinción fundamental: reconocer el papel de los pueblos indígenas y las comunidades campesinas en el cuidado de la naturaleza no equivale a reconocer su capacidad para gobernar sus territorios.

Cuando las comunidades aparecen únicamente como beneficiarias de proyectos o guardianas de los ecosistemas, existe el riesgo de reducir su participación a una función instrumental, sin reconocerlas como sujetos políticos con derechos, conocimientos y capacidad de decisión.

Esta discusión resulta especialmente importante para los pueblos que han sostenido históricamente sus territorios frente a diferentes formas de despojo. No se trata solamente de conservar la naturaleza, sino también de discutir quién tiene el poder de decidir sobre ella.

Prosperidad para quién: el papel de las instituciones y los intereses económicos

El informe también examina el debilitamiento de las instituciones y la distancia entre los marcos normativos y las prácticas concretas. En distintos países de Sudamérica, las narrativas de prosperidad, crecimiento económico y seguridad jurídica acompañan iniciativas orientadas a flexibilizar controles ambientales o reducir las restricciones que protegen los derechos colectivos.

En este escenario, las normas que reconocen derechos territoriales y establecen salvaguardas ambientales pueden presentarse como obstáculos para la inversión. La búsqueda de condiciones favorables para los negocios entra así en tensión con las demandas de protección ambiental, participación y autonomía de las comunidades.

Estas transformaciones no ocurren en un vacío. El informe analiza el papel de las élites económicas y políticas, así como las formas en que determinados actores se adaptan a los nuevos mecanismos de valorización de la naturaleza.

La expansión del capitalismo verde muestra algunas de estas contradicciones. Las iniciativas que prometen compatibilizar el crecimiento económico con la protección ambiental pueden reproducir desigualdades cuando subordinan las decisiones territoriales a las oportunidades de inversión o trasladan los costos sociales y ambientales a las poblaciones locales.

Más que asumir que toda iniciativa de financiamiento ambiental produce los mismos resultados, el informe invita a examinar sus condiciones concretas, sus relaciones de poder y sus efectos sobre los derechos de quienes habitan los territorios.

Los pueblos no solo resisten: también construyen alternativas

Frente a estas transformaciones, el Décimo Informe no se limita a documentar conflictos. También recoge experiencias y estrategias impulsadas por los pueblos indígenas, las comunidades campesinas y las poblaciones afrodescendientes para defender sus derechos y fortalecer su capacidad de decisión.

Entre ellas se encuentran iniciativas como la campaña #MujeresAmazónicas, que contribuye a politizar las experiencias y las labores de cuidado vinculadas con la defensa territorial, y los Protocolos Autónomos de Consulta en Brasil, orientados a fortalecer los procedimientos propios de las comunidades para garantizar el respeto de sus derechos, incluido el consentimiento libre, previo e informado en los casos correspondientes.

Estas experiencias muestran que la defensa territorial no se reduce a oponerse a proyectos que amenazan los medios de vida. También implica producir conocimientos, construir acuerdos colectivos, fortalecer organizaciones y desarrollar mecanismos propios para participar en las decisiones que afectan a las comunidades.

Desde esta perspectiva, las poblaciones rurales no son únicamente grupos expuestos a las transformaciones económicas y ambientales. Son actores políticos que elaboran propuestas, defienden formas de vida y disputan los sentidos del desarrollo.

Sus experiencias permiten ampliar la mirada sobre el territorio: además de su dimensión productiva y ecológica, están presentes las relaciones comunitarias, las memorias, los conocimientos locales y las prácticas cotidianas que hacen posible sostener la vida.

Tres preguntas para comprender las disputas territoriales actuales

La lectura del informe permite reconocer algunos desafíos que atraviesan las discusiones sobre tierra, naturaleza y poder en Sudamérica.

1. ¿Qué distancia existe entre los compromisos ambientales y las decisiones económicas?

Los Estados pueden asumir compromisos climáticos y reconocer derechos humanos mientras impulsan políticas que favorecen la expansión extractiva o flexibilizan las condiciones de protección ambiental. Examinar esta tensión permite comprender los límites de las políticas públicas y las contradicciones entre los compromisos formales y las prácticas concretas.

2. ¿Quién tiene derecho a decidir sobre los territorios?

La participación de los pueblos indígenas y las comunidades campesinas en espacios institucionales o internacionales no garantiza, por sí sola, que sus propuestas sean escuchadas o que puedan incidir en las decisiones. La cuestión de fondo es si cuentan con condiciones efectivas para ejercer sus derechos, defender su autonomía y participar en el gobierno de sus territorios.

3. ¿Qué condiciones permiten sostener la vida en los territorios?

La defensa de la tierra está relacionada con la soberanía alimentaria, el acceso al agua, la continuidad de las prácticas comunitarias y la protección de quienes defienden los bienes comunes. En contextos de violencia y conflictividad territorial, estas dimensiones permiten comprender que los conflictos no afectan únicamente los ecosistemas: también comprometen las condiciones materiales y colectivas para vivir dignamente.

Estas preguntas ayudan a conectar las transformaciones geopolíticas con las experiencias cotidianas de las comunidades. También permiten reconocer que las discusiones sobre el futuro ambiental no pueden separarse de las relaciones de poder que determinan quién accede a los bienes comunes, quién los controla y quién puede decidir sobre ellos.

Comprender la disputa por la tierra es comprender la disputa por el futuro

El Décimo Informe Anual sobre Acceso a la Tierra y Territorio en Sudamérica ofrece una oportunidad para profundizar en las transformaciones que atraviesan los territorios del continente. Sus análisis por país y las experiencias que documenta permiten relacionar las dinámicas globales con los conflictos, las resistencias y las propuestas de quienes defienden sus territorios.

Su aporte consiste también en recordar que las respuestas a la crisis climática y ambiental no pueden evaluarse únicamente por los recursos que movilizan o los indicadores que alcanzan. Es necesario examinar las relaciones sociales y políticas que producen, los derechos que reconocen y las posibilidades de participación y autonomía que garantizan.

En un contexto en el que la naturaleza adquiere cada vez más importancia en las estrategias económicas y geopolíticas, resulta fundamental mantener abiertas estas preguntas: ¿qué formas de relación con la tierra queremos sostener?, ¿qué lugar ocupan los pueblos en las decisiones sobre sus territorios?, ¿cómo construir respuestas a las crisis ambientales que no reproduzcan las desigualdades que las han acompañado?

La disputa por la tierra es también una disputa por los bienes comunes, por la capacidad colectiva de decidir y por las condiciones que hacen posible una vida digna.

Sobre el IPDRS: El Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica (IPDRS) es una organización que trabaja en temas relacionados con el desarrollo rural, los derechos de las poblaciones del campo y las transformaciones territoriales en Sudamérica. A través de la investigación, el diálogo y la incidencia, contribuye a visibilizar las problemáticas y propuestas de los pueblos indígenas y las comunidades campesinas de la región.

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Acción por los ríos: limpieza del Río Tacares impulsa articulación comunitaria en Grecia

El 14 de marzo de 2026, en el marco del Día Internacional de Acción por los Ríos, se realizó una jornada de limpieza en el Río Tacares, afluente de la cuenca del Río Grande de Tárcoles, uno de los sistemas hídricos más afectados por la contaminación en la región centroamericana. La actividad también abarcó sectores cercanos como Los Chorros y Calle Quesada, donde se identifican problemáticas similares asociadas a la acumulación de residuos. La jornada se desarrolló en el sector conocido como Potreros del Puax, en el cantón de Grecia, y reunió a organizaciones comunitarias, instituciones públicas, universidades, empresas y personas voluntarias comprometidas con el cuidado del agua y los territorios.

La jornada fue impulsada por el OCA Río Agualote GIRH–UCR, en coordinación con la Fundación para el Desarrollo Ecológico y del Medio Ambiente y Primates de Grecia, como parte de la propuesta de promover la Primera Jornada Anual de Acción por los Ríos en los Potreros del Puax. Este nombre recupera la memoria local, y busca fortalecer la articulación de esfuerzos en la región de Occidente para la protección de los ríos y las cuencas.

Durante la actividad se realizaron labores de recolección de residuos sólidos en las riberas y alrededores del río, así como espacios de sensibilización sobre la importancia de la gestión adecuada de los residuos y el impacto que tienen nuestras prácticas cotidianas sobre los ecosistemas acuáticos. Estas acciones permiten no solo retirar desechos del entorno, sino también promover una reflexión colectiva sobre la relación que las comunidades mantienen con sus ríos.

La jornada contó con el acompañamiento del Programa Kioscos Socioambientales de la Universidad de Costa Rica y del Observatorio de Bienes Comunes UCR, así como con la participación de la docente Zuiri Méndez y estudiantes del Taller Integrado de Gestión y Práctica Sociológica I. También se sumaron iniciativas académicas y estudiantiles como el TCU-UTN Cambio Climático, que desarrolló charlas de sensibilización sobre gestión de residuos, y el TCU-UCR Recuperación de la microcuenca del Estero, que brindó apoyo en la logística de la actividad.

Asimismo, se contó con el apoyo del sector privado, entre ellos Adrian’s Coffee Tour, que colaboró con sacos reutilizables para la recolección de residuos, y Panduit, que aportó pinchos recolectores de basura y facilitó la participación de personas trabajadoras en la jornada.

El éxito de la actividad también fue posible gracias a la participación activa de organizaciones comunitarias e instituciones locales, entre ellas la Cruz Roja Costarricense en Grecia, la Asociación de Guías y Scouts de Costa Rica – Tropa 190, la ASADA Tacares, el Acueducto Bodegas y Pilas, la Fuerza Pública de Grecia y el Club LEO de Grecia, además de estudiantes de la Universidad de Costa Rica – Recinto de Grecia y numerosas personas voluntarias que se sumaron al esfuerzo colectivo.

Estas acciones evidencian la importancia de la articulación entre comunidades, instituciones y organizaciones sociales para impulsar procesos de cuidado y recuperación de los ríos. Más allá de la limpieza puntual, la jornada se plantea como un paso dentro de un proceso más amplio de sensibilización y acción territorial en defensa del agua como bien común.

Los basureros informales: una problemática que afecta a las comunidades y a los ríos

Durante el recorrido y las labores de limpieza se identificó también una problemática que preocupa a las comunidades de la zona: la presencia de basureros informales o clandestinos en distintos puntos cercanos al río y a caminos vecinales. Estos espacios, donde se depositan residuos de forma ilegal, se han convertido en focos de contaminación que impactan tanto a los ecosistemas como a la calidad de vida de las personas.

La acumulación de residuos en estos sitios puede generar múltiples consecuencias. Entre ellas, la contaminación del suelo y del agua, la proliferación de insectos y roedores, la generación de malos olores y la degradación del paisaje. Además, muchos de estos residuos terminan siendo arrastrados por la lluvia hacia quebradas y ríos, lo que agrava la contaminación de las cuencas y afecta a la flora y fauna que depende de estos ecosistemas.

En el caso de los ríos, los desechos sólidos pueden alterar el flujo del agua, afectar la calidad del hábitat de diversas especies y generar riesgos para la salud de las comunidades que dependen de estas fuentes de agua. Por esta razón, uno de los llamados que surgió de la jornada fue fortalecer la conciencia colectiva sobre la gestión adecuada de los residuos, así como promover la corresponsabilidad entre ciudadanía, instituciones y gobiernos locales para prevenir la aparición de estos depósitos ilegales de basura.

Las personas participantes destacaron que el cuidado de los ríos no se limita a realizar jornadas de limpieza, sino que requiere cambios sostenidos en las prácticas cotidianas, educación ambiental, vigilancia comunitaria y políticas públicas que promuevan una gestión responsable de los residuos.

La participación comunitaria y la colaboración como motor de encuentro

Uno de los aspectos más valiosos de la jornada fue la diversidad de personas, organizaciones sociales, culturales, comunitarias e institucionales que se sumaron a la actividad. Más allá de la recolección de residuos, estos espacios se convierten en oportunidades para encontrarse, dialogar y reconocer que el cuidado de los ríos y de los territorios es una tarea que solo puede sostenerse desde la colaboración.

Cuando distintos actores del territorio —comunidades, asociaciones, instituciones públicas, colectivos ambientales, estudiantes y empresas— participan en acciones concretas en los espacios públicos, se fortalece el sentido de corresponsabilidad y se construyen vínculos que permiten enfrentar de manera colectiva los problemas ambientales. Estas experiencias también contribuyen a revalorizar los ríos como espacios de vida, memoria y encuentro comunitario, y no únicamente como lugares de paso o como sitios donde terminan los residuos.

En este sentido, las jornadas de acción por los ríos muestran que la colaboración y la participación activa de la ciudadanía pueden convertirse en motores de transformación territorial, generando conciencia, fortaleciendo redes locales y promoviendo nuevas iniciativas para el cuidado de las cuencas. Recuperar y proteger los ríos implica también recuperar la relación de las comunidades con estos espacios, reconociéndolos como bienes comunes fundamentales para la vida.

Próximas jornadas de acción por los ríos

Como parte de este esfuerzo colectivo, las organizaciones y comunidades participantes han planteado dar continuidad a estas iniciativas a través de nuevas jornadas de acción en distintos puntos de la región de Occidente. Estas actividades buscan seguir fortaleciendo la conciencia ambiental, promover la participación comunitaria y avanzar en el cuidado de las cuencas.

Las próximas fechas programadas son:

  • Sábado 28 de marzo – Jornada en el Río Trojas, en Sarchí.

  • Sábado 11 de abril – Jornada en Los Chorros, en Grecia.

  • Sábado 25 de abril – Jornada en el Río Agualote.

Desde las organizaciones impulsoras se hace un llamado a las comunidades, instituciones y personas interesadas a sumarse a estas actividades y continuar construyendo espacios de acción colectiva para la defensa y recuperación de los ríos. Estas jornadas recuerdan que el cuidado del agua es una tarea compartida y fundamental para la vida en los territorios.

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Más allá del aula, entre ríos, calles y decisiones: aprendizaje sobre desigualdades socioambientales en Guatuso

El pasado 8 de febrero, estudiantes de Ciencias Políticas de la Universidad de Costa Rica realizaron una gira educativa al cantón de Guatuso, en el marco del curso de Política Ambiental en Costa Rica y Centroamérica. La visita permitió conocer de primera mano dos situaciones socioambientales que revelan tensiones profundas en la gestión del territorio: el caso de Calle Álvarez y la problemática en Maquengal asociada al Río Frío.

Más que una observación externa, la gira se convirtió en un ejercicio de diálogo entre saberes, donde la experiencia comunitaria fue central para problematizar categorías como gestión del riesgo, extractivismo, bienes comunes y participación ambiental.

Calle Álvarez: gestión del riesgo más allá de lo técnico

En Calle Álvarez, a escasos metros del centro del cantón y del Río Frío, más de 30 familias enfrentan cada año el aislamiento cuando las lluvias intensas vuelven intransitable la vía de acceso. La demanda histórica por mejorar la calle ha recibido respuestas que reducen el problema a un asunto presupuestario o técnico: “la inversión es muy alta”.

Sin embargo, el intercambio con la comunidad permitió ir más allá de esa lectura. La gestión del riesgo no puede limitarse a cálculos de costos o a intervenciones de ingeniería. Es, ante todo, una cuestión política que implica reconocer a las personas como sujetas de derecho y como actores con conocimiento situado sobre su propio territorio.

Las y los vecinos conocen los patrones del río, las zonas más vulnerables, los puntos críticos donde el agua golpea con mayor fuerza. No incluir esas voces en la planificación no solo debilita las soluciones, sino que reproduce relaciones verticales donde la institucionalidad decide sin escuchar. Cuando la gestión del riesgo se define únicamente desde despachos técnicos, se pierde la dimensión social del problema.

Además, la paradoja es evidente: mientras se argumenta falta de recursos para garantizar un acceso seguro, se mantiene la extracción de materiales del propio río. Esto abre preguntas sobre prioridades institucionales y sobre cómo se definen las urgencias públicas.

Para el estudiantado, el caso permitió reflexionar sobre una idea clave: la vulnerabilidad no es “natural”. Se construye cuando las decisiones públicas no incorporan participación real, planificación territorial coherente y medidas preventivas. Gestionar el riesgo implica también democratizar la toma de decisiones, reconocer desigualdades y construir soluciones junto con las comunidades.

Maquengal: extractivismo y erosión de la vida cotidiana

En Maquengal, la problemática gira en torno al impacto acumulado de la explotación de materiales en el Río Frío. La alteración del cauce, la erosión de las riberas y la pérdida de cobertura forestal no son solo indicadores ambientales: son señales de un modelo extractivo que reconfigura el territorio.

Durante la visita, emergió una reflexión más amplia sobre el extractivismo. No se trata únicamente de extraer piedra y arena; se trata de un patrón de desarrollo que prioriza la rentabilidad inmediata sobre la sostenibilidad ecológica y social. El río deja de ser un bien común para convertirse en fuente de insumos.

Este proceso erosiona múltiples dimensiones de la vida. Espacios de recreación como la Poza del Roncador, antes punto de encuentro comunitario, se deterioran o desaparecen. La pérdida de estos lugares no es menor: afecta la convivencia, la identidad territorial y las formas de habitar el entorno.

Asimismo, el extractivismo limita otros proyectos económicos y de vida. Actividades vinculadas al turismo rural, al disfrute sostenible del río o a prácticas productivas compatibles con la conservación se ven desplazadas por una lógica que no deja margen para alternativas. Cuando la actividad extractiva se intensifica sin controles rigurosos, reduce las posibilidades de diversificación económica y condiciona el futuro del territorio.

La comunidad ha respondido con organización y exigencias concretas: limitar concesiones, realizar evaluaciones técnicas del daño acumulado y cumplir compromisos de diagnóstico ecológico. Esta acción colectiva evidencia que la defensa del río es también defensa de formas de vida, de memoria y de posibilidades futuras.

Aprendizajes desde el territorio

La gira permitió al estudiantado confrontar conceptos teóricos con realidades concretas. La gestión del riesgo dejó de entenderse como un asunto meramente técnico para asumirse como un proceso político que requiere participación activa. El extractivismo dejó de ser una categoría abstracta para mostrarse como una dinámica que transforma —y a veces deteriora— la vida cotidiana.

El intercambio con Calle Álvarez y Maquengal reafirmó que la política ambiental no se define solo en marcos normativos, sino en decisiones locales que afectan directamente la dignidad, la seguridad y las oportunidades de las comunidades.

Salir del aula permitió comprender que allí donde una calle se inunda o un río se erosiona, también se disputa el sentido del desarrollo. Y que sin participación comunitaria efectiva y sin límites claros a las lógicas extractivas, las desigualdades socioambientales tienden a profundizarse.

La experiencia en Guatuso dejó una enseñanza central: la formación política requiere escuchar, problematizar y construir conocimiento junto a quienes viven cotidianamente las consecuencias —y las resistencias— de las decisiones públicas.

La gira como experiencia formativa y compromiso ético

La gira educativa a Guatuso no solo permitió analizar conflictos socioambientales concretos; constituyó una experiencia formativa integral para las personas estudiantes. Escuchar directamente a las comunidades de Calle Álvarez y Maquengal implicó salir del marco exclusivamente teórico y confrontar las categorías aprendidas en clase con situaciones reales, complejas y atravesadas por relaciones de poder.

En este proceso, la formación académica se enriqueció al incorporar la dimensión humana y territorial de la política ambiental. Conceptos como gestión del riesgo, extractivismo, planificación territorial o participación ciudadana dejaron de ser nociones abstractas para convertirse en herramientas de interpretación crítica ancladas en experiencias concretas. El aprendizaje no se produjo únicamente por observación, sino a través del diálogo respetuoso con quienes viven cotidianamente estas problemáticas.

Además, el intercambio generó un aporte recíproco. Las comunidades compartieron su conocimiento situado, su memoria del territorio y sus estrategias organizativas; el estudiantado aportó preguntas, marcos analíticos y una lectura política que puede fortalecer la visibilización de estos casos. Este encuentro entre saberes académicos y saberes comunitarios amplía la comprensión de los conflictos y abre posibilidades de colaboración futura.

La gira reafirmó que la formación en Ciencias Políticas no puede desvincularse de la realidad territorial. Comprender la política ambiental exige escuchar a las personas, reconocer desigualdades estructurales y asumir que las decisiones públicas tienen efectos concretos sobre la vida cotidiana. En ese sentido, experiencias como esta fortalecen no solo el conocimiento técnico, sino también la sensibilidad ética y el compromiso con la justicia socioambiental.

Finalmente, el recorrido por Guatuso dejó una convicción clara: aprender en el territorio transforma la mirada. Permite entender que la política no es una abstracción distante, sino una práctica que se juega en cada calle que se inunda, en cada río que se erosiona y en cada comunidad que decide organizarse para defender sus bienes comunes.

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Calle Álvarez: cuando el abandono institucional se vuelve parte del paisaje

En Guatuso, a escasos metros del Río Frío, la comunidad de Calle Álvarez vive una paradoja que se repite en muchos territorios rurales del país: estar cerca del centro, pero lejos de las decisiones. Esa distancia simbólica —que se mide más en prioridades institucionales que en kilómetros— ha dejado a más de 30 familias atrapadas entre las inundaciones y una institucionalidad que aparece sólo para administrar excusas.

Como parte del trabajo del Observatorio de Bienes Comunes, visitamos la comunidad para conversar con vecinos y conocer de primera mano la situación. Don Pedro Luis Martínez, habitante nativo de la zona, abre una ventana a un abandono que ya dejó de parecer coyuntural. Durante años, la comunidad ha solicitado un acceso seguro para evitar quedar incomunicada cada vez que el río crece. La respuesta que reciben es un eco repetido: “la inversión es muy alta”. Un mantra que, con el tiempo, se vuelve sentencia.

La ironía —esa que abunda en los conflictos socioambientales— es que el mismo municipio que declara no tener recursos para lastrear la calle mantiene como política activa la extracción de material del propio Río Frío. Piedra y arena salen todos los días del cantón, mientras las calles del barrio se transforman en barriales en invierno y nubes de polvo en verano. El recurso se va; el problema se queda.

El abandono institucional no sólo se siente: se interpreta. “Aquí nos tratan como ciudadanos de tercera categoría”, dice don Pedro. En esa frase se condensa el peso del ninguneo histórico que cargan muchas comunidades rurales. No es solo la calle intransitable; es la sensación de que las decisiones públicas se calculan según la cantidad de votos, no según la dignidad de las personas.

Proyectos a cualquier precio

Mientras Calle Álvarez espera soluciones básicas, surgen proyectos en zonas de alta vulnerabilidad, contradiciendo criterios elementales de planificación territorial. Se interviene donde no se debe, sin estudios actualizados, sin control sobre la extracción de materiales y sin tomar en serio el incremento de eventos extremos ligado al cambio climático.

La comunidad, conocedora de su territorio, observa cómo se levantan nuevos proyectos mientras ellos siguen aislados con cada crecida del río. Esa disonancia revela un patrón ya familiar: el desarrollo que avanza sin brújula termina costando caro, especialmente a quienes menos margen tienen para asumir el impacto.

La política más allá del voto

Calle Álvarez no está lejos. No es remota. No es “dispersa”, como algunos intentan justificar. Está a menos de 500 metros del centro del cantón. Lo que sí está lejos —y cada vez más— es la voluntad institucional de construir con las comunidades y no a pesar de ellas.

Este caso recuerda algo esencial: la política no se reduce al acto del voto. Se expresa, sobre todo, en cómo las instituciones cuidan, escuchan y garantizan condiciones de vida digna para todas las personas. Cuando una comunidad queda aislada con cada lluvia, cuando se permite construir en zonas de riesgo, cuando el río se debilita por la extracción mientras sus vecinos piden auxilio, ahí también se está haciendo política… y su ausencia también deja huella.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes seguiremos acompañando este caso y señalando las responsabilidades institucionales que, lejos de ser abstractas, determinan la seguridad y la vida cotidiana de comunidades como Calle Álvarez.

Desigualdades socioambientales que se sienten en el cuerpo

El caso de Calle Álvarez no es un accidente ni una excepción perdida en la periferia del país. Es un espejo donde se reflejan las desigualdades socioambientales que atraviesan Costa Rica y que se profundizan cuando la gestión del territorio responde más a intereses económicos o electorales que al bienestar colectivo.

La extracción de materiales sin control efectivo, la construcción de proyectos habitacionales en zonas de riesgo, la falta de planificación y la ausencia de inversión pública básica no son fallas aisladas: son mecanismos que producen vulnerabilidad. La gente no “es vulnerable” por naturaleza; se vuelve vulnerable cuando las instituciones no cumplen su función.

En comunidades como Calle Álvarez, estas decisiones terminan acumulándose en la vida cotidiana: calles que se hunden o se deshacen, aislamiento durante inundaciones, emergencias sin acceso, enfermedades agravadas por el polvo, hogares que nunca están del todo seguros. La desigualdad se manifiesta en el terreno, en la piel, en la manera en que las crecidas del río golpean más fuerte a quienes menos han sido escuchados.

Cuando el Estado permite que la fragilidad del territorio avance y que las personas queden expuestas, la vulnerabilidad deja de ser un riesgo natural y se convierte en un efecto político. Por eso este caso importa, y por eso seguiremos acompañándolo: porque revela cómo las decisiones —y las omisiones— siguen marcando quién puede vivir con dignidad y quién queda esperando soluciones que nunca llegan.

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Cuidando el río Frío: resultados del monitoreo comunitario en Maquengal – Sentires y Saberes

El programa Sentires y Saberes, del Observatorio de Bienes Comunes, el Programa Kioscos Socioambientales y el CIEP–UCR, volvió a la comunidad de Maquengal, en Guatuso, para recorrer el río Frío y escuchar a quienes más lo conocen: sus vecinas y vecinos. Durante casi ocho horas de caminata, compartieron recuerdos, preocupaciones y esperanzas frente al deterioro acelerado del cauce.

Lo que más preocupa a la comunidad

Yadira Campos, Minor Atencio y Emigdio Barrantes «Millo»  narraron su tristeza e indignación ante los daños que el río Frío sufre cada día: la disminución del caudal, el desvío del cauce, la erosión de las riberas y la desaparición de antiguos pasos y zonas recreativas.

También señalaron la falta de respuesta institucional, marcada por la indiferencia de la Setena y la municipalidad, así como la ausencia de visitas técnicas, pese a las reiteradas denuncias. Recordaron que una carta enviada al Presidente fue remitida al Ministro de Ambiente sin obtener respuesta, y que en otra ocasión, solo gracias a la insistencia, la fiscalía aceptó recibir una denuncia.

Para la comunidad, estos daños no solo afectan la biodiversidad, sino también la vida cotidiana, la seguridad de las viviendas y la posibilidad de disfrutar de actividades recreativas o turísticas.

Síntesis del monitoreo comunitario

El recorrido cubrió desde la antigua concesión en la finca de Fernando Murillo hasta Maquengal, alrededor de unos 7 kilómetros. Algunos de los hallazgos más críticos incluyen:

  • -Extracción intensiva de material y dragados que desvían el cauce.

  • -Pérdida de vegetación ribereña, que agrava la erosión.

  • -Profundización del lecho y disminución del caudal, con muerte de hábitats acuáticos.

  • -Afectaciones a propiedades vecinas, actividades agropecuarias y pérdida de tierra.

  • -Destrucción del acceso comunitario al río, antes usado como espacio recreativo.

La comunidad insistió en la urgencia de que las instituciones realicen inspecciones presenciales, consulten a quienes habitan la zona y detengan nuevas concesiones cerca del Parque Nacional Tenorio.

Escuchar para acompañar

El diálogo con las vecinas y vecinos de Maquengal no solo documenta los impactos del extractivismo, sino que también muestra la resistencia y organización de una comunidad que defiende su río como un bien común.

🎧 Acompañá estas voces y escuchá el audio completo: desde Guatuso, siguen cuidando la vida del río Frío.

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“Nos tratan como si no fuéramos de aquí”: Pueblo Ngöbe de Sixaola visibiliza abandono institucional y exige territorio

El pasado 14 de junio se llevó a cabo en la Universidad de Costa Rica el conversatorio “Situación actual del pueblo Ngäbe de Sixaola en su lucha por territorio”, un espacio de palabra, denuncia y escucha colectiva. La actividad fue organizada por el proyecto de acción social Movimientos socioterritoriales del Caribe Sur: El pueblo Ngäbe de Sixaola, de la Escuela de Geografía y el Programa Kioscos Socioambientales de la Vicerrectoría de Acción Social (VAS), con el respaldo del Laboratorio de Geografía Humana de la Escuela de Geografía y de la Subcomisión de Coordinación con Pueblos y Territorios Indígenas del CONARE.

Durante el encuentro, representantes del pueblo indígena Ngöbe compartieron testimonios profundamente reveladores sobre las múltiples formas de exclusión, discriminación y violencia estructural que enfrentan en su vida cotidiana. Organizados en un ejercicio colectivo de resistencia, abordaron cuatro ejes fundamentales: trabas en ayudas sociales, salud y acceso al agua, condiciones laborales y la ausencia de reconocimiento territorial.

Las voces presentes, provenientes directamente de las comunidades del sur del Caribe costarricense, expusieron situaciones que no son nuevas, pero sí largamente invisibilizadas por las instituciones del Estado. Lejos de tratarse de hechos aislados, sus testimonios dan cuenta de un patrón sostenido de abandono institucional, racismo estructural y negación de derechos fundamentales, todo ello agravado por la falta de un territorio reconocido que garantice condiciones mínimas para el ejercicio de su autonomía.

Este conversatorio no solo permitió conocer de primera mano la realidad que enfrentan más de 10.000 personas Ngöbe en Sixaola, sino que también evidenció la urgencia de articular esfuerzos entre comunidades, academia e instituciones públicas comprometidas con los derechos de los pueblos indígenas. La demanda fue contundente: reconocimiento, justicia territorial y garantías efectivas para una vida digna.

Finalmente, la actividad reafirmó la necesidad de que el Estado costarricense cumpla con los compromisos internacionales asumidos, en particular el Convenio 169 de la OIT, que reconoce el derecho de los pueblos originarios a la tierra, a su cultura, a decidir sobre su desarrollo y a ser consultados en todo aquello que les afecte. Este resumen busca amplificar esas voces y contribuir a visibilizar una deuda histórica que no puede seguir siendo postergada.

A lo largo del conversatorio, las y los representantes del pueblo Ngöbe compartieron con firmeza y claridad las principales problemáticas que enfrentan en sus territorios. A partir de sus experiencias directas, identificaron y desarrollaron cuatro dimensiones fundamentales donde se concentra la exclusión estructural que viven como población indígena: las trabas institucionales para acceder a ayudas sociales, las barreras para ejercer el derecho a la salud y al agua potable, las condiciones de explotación laboral en las fincas bananeras y plataneras, y la ausencia de un territorio reconocido que sustente su existencia colectiva. Cada uno de estos ejes no solo refleja violaciones de derechos, sino también los desafíos urgentes que deben ser atendidos por el Estado y la sociedad costarricense. A continuación, se presenta una síntesis de lo expuesto en cada tema.

Ayudas sociales: exclusión desde el diseño institucional

Participantes: Itzenia Beker, William Anastasio, Carmela Miranda, Eulalia Tomas

La primera exposición del conversatorio abordó las trabas sistemáticas que enfrenta la población Ngöbe para acceder a ayudas sociales, en especial a los programas del IMAS. Las participantes relataron cómo los criterios de selección institucionales no se ajustan a la realidad que vive esta población, y más bien terminan excluyéndola. Se expusieron casos donde se rechaza el apoyo a familias porque uno de sus miembros trabaja en fincas bananeras, aunque sus ingresos sean insuficientes para cubrir las necesidades básicas de un hogar numeroso.

También se denunció que muchas personas son excluidas por criterios relacionados con el estatus migratorio, el hecho de no tener territorio reconocido o por contar con hijas e hijos con becas educativas, sin considerar que los montos de esas becas son mínimos. Además, se hizo énfasis en que el IMAS exige que los trámites se hagan por correo electrónico, lo cual representa una barrera infranqueable para muchas mujeres indígenas que no tienen acceso a internet, dispositivos digitales o alfabetización digital básica.

La discriminación se entrelaza también con el idioma: muchas mujeres Ngöbe no dominan el español escrito, lo que limita su capacidad para comunicarse con las instituciones públicas. Como consecuencia, sus necesidades quedan sin respuesta y se refuerza la idea de que estas instituciones no están pensadas para los pueblos indígenas. “Nosotras no pedimos caridad, pedimos respeto y acceso justo a lo que por derecho nos corresponde”, afirmó Itzenia Beker.

En medio de este panorama, se recalcó la importancia de revisar y reformar los mecanismos de selección y atención del IMAS y de otras instituciones sociales. El modelo actual reproduce la exclusión de los pueblos indígenas al aplicar lógicas burocráticas que desconocen las condiciones específicas de las comunidades, su estructura familiar ampliada y la realidad intercultural.

La exposición concluyó con una exigencia clara: que el Estado costarricense cumpla con los compromisos asumidos a nivel internacional, como el Convenio 169 de la OIT y las resoluciones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que garantizan el derecho de los pueblos indígenas al acceso equitativo a servicios públicos sin discriminación.

Salud y agua: entre la desatención, el racismo y la violencia obstétrica

Participantes: María Jiménez, Enoj Bonilla, Griselda Ábrego, Thalía Jiménez

El segundo bloque del conversatorio se centró en la grave situación de salud y acceso al agua potable que enfrenta la población Ngöbe en Sixaola. Las personas expositoras señalaron que la mayoría de la población no cuenta con acceso pleno al sistema EDUS y que el EBAIS local está sobrecargado, con escasos cupos de atención. Esta saturación es particularmente crítica para quienes trabajan en las fincas bananeras, pues deben ajustarse a horarios estrictos que no les permiten acceder a los pocos espacios disponibles.

Además de la barrera horaria, se ha eliminado la atención en horarios vespertinos, lo que obligaba anteriormente a atender a trabajadoras y trabajadores después de sus jornadas. Esta decisión ha generado una reducción drástica en el acceso real a la salud. Para muchas personas, la única opción es acudir antes de las 9:00 a.m., pero si no se les atiende antes de esa hora, pierden el día laboral y son sancionadas o despedidas por las empresas.

Otro eje preocupante fue la violencia obstétrica denunciada por varias mujeres. Se relataron casos en los que se menospreció a mujeres por estar “nuevamente embarazadas”, se les practicaron esterilizaciones sin consentimiento informado o se les negó información sobre el estado de salud de sus recién nacidos. Una de las expositoras relató el caso de una compañera que dio a luz en el hospital de Limón, y cuyo bebé murió sin explicaciones claras, en un contexto de negligencia y falta de sensibilidad cultural por parte del personal médico.

Además, se enfatizó la ausencia total de traductores o intérpretes Ngäbe en los centros de salud, lo que impide una comunicación efectiva, especialmente en situaciones de urgencia. Esto se agrava cuando el personal médico asume una actitud de desprecio o racismo hacia quienes no dominan el español.

En relación con el agua, se denunció el incumplimiento por parte del AyA de la ley que ordena la condonación de deudas. Muchas familias Ngöbe han sido desconectadas del servicio, a pesar de que la Asamblea Legislativa ya había establecido que se debía reanudar el suministro y retirar las sanciones económicas. Frente a esto, la población ha tenido que recurrir a pozos contaminados o cargar agua a pie largas distancias. “No pedimos agua gratis, pedimos que se nos cobre un precio justo y que se reconozca nuestra situación”, expresó Griselda Ábrego.

Condiciones laborales: explotación, listas negras y violencia de género

Participantes: Dionicio Turón, Aurelio Ábrego, Diomedes Santos

La tercera parte del conversatorio giró en torno a los conflictos laborales que enfrenta la población Ngöbe en las fincas bananeras y plataneras, que representan prácticamente la única fuente de empleo en la zona. Los relatos fueron contundentes: se habló de explotación laboral, discriminación por etnia y nacionalidad, incumplimiento de la legislación laboral y una sistemática represión a quienes intentan organizarse o denunciar abusos.

Se explicó cómo las empresas transnacionales aplican políticas que contradicen lo establecido en las convenciones colectivas. A las personas Ngöbe se les paga menos que a otros trabajadores, se les asignan tareas más pesadas y extensas, y se les despide arbitrariamente cuando se enferman o reclaman. Quienes no están sindicalizados están más expuestos a la persecución laboral y al trabajo forzoso.

Una denuncia particularmente grave fue la del hostigamiento sexual hacia mujeres Ngöbe, quienes son acosadas por supervisores, y en algunos casos amenazadas con despido si no acceden a insinuaciones sexuales. Las que se resisten, muchas veces son despedidas o estigmatizadas dentro de la empresa. “A las mujeres indígenas se les ve como propiedad del patrón”, denunció Aurelio Ábrego.

También se denunciaron prácticas sistemáticas como las fumigaciones aéreas mientras las personas trabajan en el campo, lo cual ha provocado enfermedades respiratorias, problemas de piel, y daños aún no investigados. Quienes han tratado de documentar estas fumigaciones, han sido despedidos y colocados en listas negras que les impiden volver a ser contratados en la zona.

Ante esta situación, las y los participantes exigieron una inspección efectiva del Ministerio de Trabajo, que hasta ahora ha sido inconstante e ineficaz. Se llamó también a los sindicatos y a las organizaciones internacionales a no abandonar a esta población. “La empresa tiene certificados de responsabilidad social, pero en la práctica esclaviza a nuestra gente”, afirmó Diomedes Santos.

Ausencia de territorio: un pueblo sin lugar en su propio país

Participantes: Manuel Palacios, Nicolás Concepción, Eusebio Julián

El último tema, pero quizás el más profundo y estructural, fue la ausencia de reconocimiento territorial para el pueblo Ngöbe asentado en Sixaola. Desde el 2022, han sostenido reuniones con el Viceministerio de Justicia y Paz, INDER, CONAI y otras entidades, sin obtener respuestas concretas. La ausencia de un territorio indígena reconocido impide que este pueblo acceda a proyectos sociales, educación, salud, agua, y vivienda digna.

Las personas expositoras hicieron un recuento de las promesas incumplidas, el desgaste institucional y las constantes negativas por parte de los funcionarios públicos. A pesar de que existen fincas disponibles y que la ley permite establecer territorios indígenas en la milla fronteriza, las autoridades alegan que las tierras son “inundables” o que el Estado “no tiene presupuesto” para atender esta necesidad.

El desarraigo forzado ha generado impactos graves, especialmente en las niñeces y juventudes, quienes crecen sin un espacio donde reproducir su cultura, lengua y cosmovisión. Se denunciaron desalojos forzosos, amenazas, y la negación sistemática del derecho a vivir como pueblo indígena en su propia tierra. “No podemos ni sembrar un plátano en el patio sin que nos lo arranquen”, relató Nicolás Concepción.

Uno de los participantes, Eusebio Julián, hizo un llamado vehemente al Estado costarricense: “No estamos pidiendo un favor. Estamos exigiendo lo que el convenio 169 ya nos garantiza. Este país habla de democracia, pero nos niega el derecho a existir como pueblo”.

Se solicitó además un censo actualizado del pueblo Ngöbe en Sixaola, que permita dimensionar su presencia y fortalecer su demanda territorial. Esta población, compuesta por más de 10.000 personas, no puede seguir siendo tratada como invisible en las políticas públicas.

Cartografía para la dignidad territorial

Como parte de su proceso de lucha por el reconocimiento territorial, el pueblo Ngöbe de Sixaola ha venido desarrollando una cartografía participativa que identifica las fincas y espacios actualmente ocupados o reclamados como parte de su territorio. Este trabajo ha sido construido desde el conocimiento colectivo de las comunidades y se basa en recorridos, testimonios y memoria territorial. La cartografía no solo permite visualizar con precisión la dimensión y ubicación del territorio que demandan, sino que también constituye una herramienta política para exigir al Estado una respuesta concreta, sustentada y verificable.

Mapa elaborado por el proyecto de acción social Movimientos socioterritoriales del Caribe Sur: El pueblo Ngäbe de Sixaola

El derecho internacional no es una sugerencia

Costa Rica ha ratificado el Convenio 169 de la OIT desde hace más de 30 años. Este instrumento reconoce el derecho de los pueblos indígenas a contar con sus propios territorios, acceder a servicios públicos sin discriminación, preservar sus culturas, y ser consultados de forma libre, previa e informada en todas las decisiones que les afecten. Asimismo, la Ley 9710, sobre personas indígenas transfronterizas, otorga un marco legal específico para proteger los derechos de poblaciones como la Ngöbe asentada en Sixaola.

Sin embargo, los testimonios compartidos durante el conversatorio revelan que estos compromisos son sistemáticamente ignorados. No hay territorio. No hay consultas. No hay acceso adecuado a salud, vivienda, educación ni justicia. Lo que sí existe —y se repite— es discriminación, violencia institucional, racismo estructural y explotación laboral.

Uno de los participantes del conversatorio ironizó con amargura que “solo en Costa Rica se intenta convencer de que los convenios internacionales están por debajo de las leyes nacionales”, una idea que refleja la profunda desconexión entre el discurso diplomático del país y la práctica real de sus instituciones. Esta inversión arbitraria del orden jurídico internacional se ha convertido en excusa para desatender las obligaciones del Estado con los pueblos originarios, y para perpetuar su exclusión de los procesos de toma de decisiones.

El pueblo Ngöbe no está pidiendo privilegios. Está exigiendo que el Estado costarricense cumpla con la legalidad que ha firmado y ratificado. Está defendiendo su derecho a existir como pueblo, a vivir con dignidad, a que sus hijos e hijas crezcan sin miedo al desalojo ni a la desprotección institucional. Está reclamando un mínimo de justicia histórica frente a siglos de desplazamiento y olvido.

Es hora de que Costa Rica deje de hablar de respeto a los pueblos indígenas únicamente en los foros internacionales y empiece a demostrarlo en el terreno, en sus políticas públicas y en el reconocimiento concreto de los derechos que ha negado durante demasiado tiempo. Porque el derecho internacional no es una sugerencia, y la dignidad de los pueblos indígenas no admite más aplazamientos.

Pueden ver el conversatorio aquí:

Galería:

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Zona pública en peligro: construcciones, abandono y apropiación en la franja costera

Philippe Vangoidsenhoven, defensor ambiental comprometido con la defensa del territorio costero, realizó como parte de su labor de monitoreo ambiental un recorrido por un conocido punto de la costa caribeña sur, frecuentado por surfistas y turistas. Lo que encontró vuelve a confirmar las alertas sobre una situación que se repite cada vez con más frecuencia: ocupación irregular de la zona pública y la playa, generando alteraciones en el ecosistema y evidenciando la omisión de deberes por parte de las autoridades municipales.

En las inmediaciones de beach break(lugar donde las olas rompen sobre un fondo de arena, en lugar de sobre un arrecife o roca), en Cocles —una franja de aproximadamente 300 metros conocida como zona dedicada al surf, como muchas otras ubicadas frente al mar— se observan siembras de cocoteros directamente sobre la arena de la playa. Estas intervenciones se suman a la presencia de construcciones que, aunque utilizan materiales como madera redonda para disimular su carácter permanente, cumplen funciones claras dentro del negocio: brindar servicios, delimitar espacios o establecer una presencia física sobre el terreno.

¿Regenerar o encubrir?

La regeneración costera es una necesidad urgente ante los efectos del cambio climático y la erosión. Sin embargo, en este caso, se observa un uso distorsionado del concepto: la siembra de cocoteros no responde a un criterio técnico de restauración ecológica, sino a una apropiación encubierta del espacio público. Se plantan árboles grandes, ajenos al ecosistema originario, con el objetivo de marcar presencia y generar sombra para uso comercial, desplazando especies nativas como el almendro de playa o el jobo.

Este tipo de prácticas transforma la fisonomía de la playa, impide la regeneración natural de la flora local y promueve una imagen homogénea que invisibiliza la diversidad biológica propia del territorio. Además, generan un efecto psicológico de “territorio ocupado”, disuadiendo el uso libre por parte de otras personas.

Construcciones disfrazadas: apropiación sin permiso

Una práctica cada vez más común en esta zona es la instalación de estructuras que se presentan como temporales, ecológicas o móviles, pero que en realidad son parte del funcionamiento permanente de los negocios. Al usar materiales naturales o poco visibles, se busca evitar sanciones y pasar desapercibidos ante la inspección municipal. Algunas de estas construcciones incluso cuentan con conexiones eléctricas y servicio de internet, lo que evidencia su carácter permanente y funcional.

Durante el recorrido realizado por Philippe se evidencia también el uso nocturno del sitio, con intensa iluminación, lo que comprueba que todas estas instalaciones son de uso permanente. A esto se suma que varias zonas del Caribe sur son parte de rutas de anidamiento de tortugas, y este tipo de instalaciones luminosas en la playa puede repercutir negativamente en estos procesos naturales, provocando la desorientación de las tortugas durante su ciclo reproductivo.

Todo lo anterior demuestra que estos elementos no son neutros: alteran profundamente la dinámica del espacio, sustituyen el uso colectivo por un uso comercial, promueven desigualdad —ya que mientras a algunas personas se les exige operar dentro de sus propiedades, otras extienden su actividad directamente sobre la playa— y generan impactos negativos en los ecosistemas costeros, afectando procesos naturales como el anidamiento de tortugas y la regeneración de la vegetación autóctona.

Abandono institucional y urgencia de acción

Lo registrado por Philippe es un ejemplo más del abandono institucional en la protección de la playa. A pesar de múltiples denuncias, los mecanismos de control municipal y estatal no están respondiendo con firmeza ni coherencia. Esta inacción permite que se normalicen prácticas irregulares que vulneran el derecho colectivo y ponen en riesgo la sostenibilidad del territorio.

La recuperación de la zona pública costera no solo es una responsabilidad legal del Estado, sino también una tarea urgente para la protección de nuestros ecosistemas, el acceso equitativo al espacio común y la defensa del bien común frente al avance de la privatización encubierta.

La ausencia institucional que habilita abusos… e ingenuidades

La falta de monitoreo y presencia efectiva por parte de las autoridades encargadas de velar por la zona pública —como municipalidades, MINAE o el Instituto Costarricense de Turismo— no solo permite que se consoliden prácticas ilegales, sino que crea un ambiente de ambigüedad normativa que habilita tanto abusos intencionados como transgresiones por desconocimiento.

En contextos donde no hay reglas claras aplicadas ni fiscalización visible, florecen las llamadas “zonas grises”: espacios donde se aprovecha la debilidad institucional para apropiarse de bienes comunes sin mayores consecuencias. Esto beneficia especialmente a quienes cuentan con recursos o conexiones para avanzar con obras, instalar negocios o modificar el entorno, incluso dentro de la franja pública.

Pero esta falta de control también genera un efecto menos visible, aunque igualmente preocupante: muchas personas que dependen de actividades económicas de pequeña escala (alquiler de bicicletas, ventas, servicios turísticos) reproducen prácticas irregulares sin saber que están violentando la legislación, simplemente porque no existe acompañamiento, orientación ni procesos formativos desde las instituciones competentes.

Este vacío institucional no solo expone el bien común al deterioro, sino que también crea desigualdad frente a la ley: mientras algunos actores operan en la informalidad con total impunidad, otros reciben sanciones selectivas, y muchos más ni siquiera saben con certeza qué se puede o no hacer en la zona costera.

Revertir esta situación exige más que fiscalización. Implica fortalecer la presencia institucional con enfoque preventivo, educativo y transparente, que combine vigilancia con procesos de diálogo comunitario y apoyo técnico. Solo así podremos construir una relación justa, sostenible y compartida con nuestro litoral.

¿Por qué importa la zona pública costera? Un bien común vital y vivo

La zona pública costera —los primeros 50 metros contados desde la pleamar ordinaria— no es solo una franja de tierra. Es un espacio protegido por ley, concebido como espacio común, de libre acceso y uso colectivo. Su función es social, ambiental y cultural. Es un lugar donde confluyen biodiversidad, recreación, modos de vida y valores simbólicos que son parte del tejido de nuestras comunidades costeras.

Este espacio no pertenece a ningún negocio, empresa ni persona particular, por más tiempo que lleve operando en sus inmediaciones. Pertenece a toda la ciudadanía y debe ser resguardado con criterios de equidad y sostenibilidad.

Dentro de esta zona, la vegetación autóctona cumple funciones ecológicas esenciales:

  • Sostiene la tierra y previene la erosión, al fijar el suelo con sus raíces.
  • Ofrece sombra y refugio para personas, aves, insectos y otros seres que habitan la costa.
  • Protege frente al avance del mar, actuando como una barrera natural ante el oleaje y las tormentas.
  • Favorece la biodiversidad, al mantener un entorno compatible con las especies nativas del ecosistema costero.
  • Preserva la identidad del lugar, aportando a la memoria ecológica y cultural de la comunidad.

Cuando se sustituyen estas especies por cocoteros u otras plantas introducidas con fines ornamentales o comerciales, no solo se altera el paisaje: se debilita el ecosistema costero y se pierde la memoria viva del territorio.

Defender la zona pública costera es, por tanto, defender un espacio que nos protege, nos conecta y nos pertenece a todas y todos. Reforestar con especies nativas, respetar los usos comunes y exigir que se respete la ley no es una actitud radical: es un compromiso mínimo con la vida y con el futuro de nuestras costas.

¿Qué hacemos? Actividades económicas que respetan la zona pública costera

Frente a las múltiples formas de ocupación indebida de la franja costera, también existen experiencias que demuestran que es posible desarrollar actividades económicas sostenibles sin invadir ni privatizar lo que es público. Estas prácticas respetuosas del entorno no solo son legales, sino que refuerzan el vínculo comunitario y el valor ambiental de la zona.

A continuación, algunos ejemplos de buenas prácticas:

  1. Turismo responsable sin infraestructura fija en la playa

Algunos emprendimientos turísticos han optado por ofrecer servicios (clases de surf, yoga, tours guiados) que se realizan sin instalar estructuras permanentes ni delimitar espacios en la playa. Usan señalización móvil, promueven el respeto por la biodiversidad y orientan a los visitantes sobre el valor del ecosistema.

  1. Venta ambulante consciente

Personas vendedoras de comida, bebidas o artesanías utilizan puestos móviles, sin anclajes ni estructuras fijas, que se retiran al final del día. Esta práctica permite aprovechar la dinámica del turismo sin generar apropiación territorial ni residuos permanentes en la zona pública.

  1. Alquiler de bicicletas, tablas o equipos fuera de la zona pública

Emprendimientos de alquiler de equipos para actividades recreativas han instalado sus locales dentro de propiedades privadas o concesiones legales, sin extenderse sobre la franja costera. Algunas de estas iniciativas incluso ofrecen información sobre cómo cuidar el entorno mientras se usa el equipo.

  1. Restauración ecológica participativa

Colectivos comunitarios y negocios conscientes han impulsado procesos de reforestación con especies nativas, retirando residuos y promoviendo la educación ambiental. Estas acciones mejoran el entorno sin necesidad de ocuparlo ni modificarlo para beneficio propio.

  1. Educación ambiental como propuesta económica

Algunos emprendimientos ofrecen recorridos guiados o talleres educativos sobre flora costera, historia local o conservación, contribuyendo al conocimiento y al aprecio por la zona sin alterar el espacio físico ni imponer su uso.

Estas experiencias muestran que es posible generar ingresos, atraer turismo y sostener modos de vida en la costa sin apropiarse de la zona pública ni degradar su valor ecológico. La clave está en el respeto por el entorno, el cumplimiento de la normativa y una visión que entienda el bien común como una base, no como un obstáculo.

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Dignidad Indígena en Resistencia: El Legado de Presbere y Saldaña

El Colectivo Antonio Saldaña, con profundo respeto por la historia viva de los pueblos indígenas de Talamanca, participó este sábado 5 de julio en una conmemoración en honor a dos figuras fundamentales de la resistencia indígena en Costa Rica: Pablu Presbere y Antonio Saldaña. Más que una evocación del pasado, esta actividad es un llamado a reconocer la memoria como fuerza política, como herramienta de lucha y como raíz viva de los pueblos que siguen defendiendo su existencia con dignidad.

Presbere y Saldaña no son solo nombres en la historia. Son rostros de una resistencia que no ha sido derrotada. Presbere, líder de la rebelión indígena de Talamanca en 1709- 1710, se levantó contra el sistema de misiones y el poder colonial español que pretendía someter a los pueblos a la evangelización forzada, al despojo cultural y a la militarización de los territorios. Su captura, tortura y ejecución pública buscaban enviar un mensaje de escarmiento, pero su gesta se convirtió en símbolo de la defensa de la autonomía, de la espiritualidad propia y del derecho a decidir cómo habitar la tierra.

Antonio Saldaña, último rey bribri, asesinado en 1910, resistió un nuevo ciclo de colonización: el avance del Estado-nación costarricense y el poder de las compañías bananeras, que con alianzas políticas e intereses extranjeros pretendían absorber el territorio indígena para sus proyectos económicos. Saldaña no fue una figura folklórica ni decorativa: fue un articulador político, un líder que tejió alianzas y defendió la continuidad de su pueblo frente al empuje del capital y la lógica republicana que negaba la existencia de otras formas de gobierno y de vida.

Ambos líderes encarnan historias de lucha, pero también denuncian un silencio: el silencio impuesto por los discursos oficiales de la historia, por un sistema educativo que celebra a Juan Santamaría o Juan Rafael Mora, pero oculta sistemáticamente a quienes resistieron el colonialismo y el despojo en sus múltiples formas. Esta invisibilización no es casual: responde a un proyecto de país que sigue sin reconocer a sus pueblos originarios como sujetos políticos, territoriales y culturales con derechos plenos.

La memoria colectiva, entonces, no es un ejercicio nostálgico ni una pieza de museo. Es un acto de justicia y de lucha. Recordar a Presbere y Saldaña es recuperar claves para entender el presente: la continuidad del racismo estructural, el despojo territorial, la criminalización de defensores indígenas, el abandono estatal y la resistencia diaria de quienes defienden sus ríos, sus montañas, su lengua y su forma de vida. Es también una crítica a la idea de progreso que sigue negando el valor de lo indígena, de lo comunal, de lo no blanco, de lo no occidental.

Por ello, desde el Colectivo Antonio Saldaña se propone declarar el 4 de julio como Día de la Resistencia Indígena en Costa Rica. Se solicita al Ministerio de Educación Pública la inclusión de las gestas de Presbere y Saldaña en los programas de estudio, así como la elaboración de materiales didácticos interculturales que permitan a niñas, niños y jóvenes conocer las raíces de un país que no nació homogéneo ni mestizo, sino profundamente diverso. También se plantea al Ministerio de Cultura y Juventud la creación de réplicas del Museo de Talamanca en los territorios indígenas, para que sean los propios pueblos quienes cuenten su historia desde sus voces, símbolos y lenguajes.

Reivindicar estas memorias es romper con siglos de ocultamiento. Es descolonizar la historia y abrir camino hacia una sociedad donde la justicia y la dignidad no dependan del origen, el idioma o la espiritualidad. Que Pablu Presbere y Antonio Saldaña no sean más héroes silenciados, sino semillas vivas de una resistencia que florece en la defensa del territorio, la cultura y la vida misma.

Autonomía, memoria y territorio: el camino que seguimos caminando

Cerrar esta conmemoración no es poner punto final, sino reafirmar un compromiso. En contextos marcados por el racismo, la exclusión estructural y el despojo sistemático, la organización autónoma de los pueblos indígenas ha sido y sigue siendo un acto de resistencia profunda. Es en esa autonomía donde florece la fuerza para defender el territorio, cuidar la memoria colectiva y construir caminos propios hacia la vida digna.

En ese horizonte se inscribe la labor del Colectivo Antonio Saldaña, que desde Talamanca impulsa procesos de revitalización cultural, denuncia del olvido histórico e incidencia política con perspectiva comunitaria. A través de su accionar, el colectivo no solo mantiene viva la memoria de líderes como Presbere y Saldaña, sino que actualiza su legado en la defensa cotidiana de los derechos territoriales, la autonomía organizativa y la dignidad de los pueblos.

Este colectivo es ejemplo de cómo la memoria no se queda en la nostalgia, sino que se vuelve herramienta para disputar sentidos, abrir espacios y sembrar futuros. Es desde abajo, desde los territorios, donde se están escribiendo las páginas más honestas de transformación social en nuestro país.

Honramos hoy no solo a quienes resistieron hace siglos, sino a quienes siguen resistiendo con sabiduría, coraje y propuesta. Que este ejercicio de conmemoración se multiplique en acciones, alianzas y políticas que reconozcan lo que por justicia corresponde: el derecho de los pueblos indígenas a decidir sobre su presente y su porvenir.

Porque sin autonomía, no hay justicia. Sin memoria, no hay futuro. Y sin territorio, no hay vida.

¿Qué entendemos por resistencia indígena? Una mirada desde Abya Yala

Hablar de resistencia indígena en América Latina y el Caribe no es solo mirar al pasado: es reconocer una lucha continua, profunda y diversa contra la colonización, el racismo y el despojo. Desde el primer momento en que los pueblos originarios enfrentaron la invasión europea, comenzó un proceso de defensa de sus territorios, culturas, lenguas, cosmovisiones y formas de vida.

En muchos casos, como en Talamanca, la resistencia no fue derrotada. Se transformó, se replegó, se expresó en rebeliones abiertas como las de Pablu Presbere o en procesos políticos como los liderados por Antonio Saldaña. Pero también continúa en las luchas actuales por el derecho a la tierra, la autonomía, el acceso a la educación y la salud desde perspectivas propias, y la preservación de la madre tierra frente al extractivismo y el neoliberalismo.

 

Desde el altiplano andino hasta la selva amazónica, desde el Caribe afroindígena hasta el Cono Sur, los pueblos originarios han tejido una resistencia viva que no se limita a sobrevivir, sino que propone otras formas de habitar el mundo. Hoy, en tiempos de crisis climática, colapso social y despojo territorial, su palabra y su lucha se vuelven aún más urgentes para todos los pueblos.

Reconocer esta historia en Costa Rica —a través de figuras como Presbere y Saldaña es también reconocernos como parte de una memoria colectiva de lucha anticolonial, que no ha terminado y que sigue llamándonos a defender la vida con dignidad.

Referencias:

Solórzano Fonseca, Juan Carlos. (2011). La rebelión de los indígenas bajo la dirección de Pablo Presbere (Talamanca 170S-1710). Cuadernos de Antropología, (21), 1–38.

 Universidad de Costa Rica. https://doi.org/10.15517/c.a.v0i21.5482

Díaz Arias, David, C Solórzano Fonseca, Juan Carlos. (s.f.). Conquista, colonización y resistencia indígena en Costa Rica. Universidad de Costa Rica.

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¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
Pablo-Presbere

Presente vivo, memoria que lucha: conmemoramos a Pablo Presbere y Antonio Saldaña

Esta nota fue elaborada por el Colectivo Antonio Saldaña, como parte de los esfuerzos por mantener viva la memoria, el legado y las luchas de nuestros líderes y lideresas ancestrales.
Porque resistir también es recordar, escribir y compartir desde nuestras voces.

Hoy, 4 de julio, conmemoramos el Día de Pablu Presbere, símbolo de resistencia y dignidad de los pueblos originarios.

“Para el pueblo bribri, no es un aniversario lo que celebramos. Es nuestra forma de vivir. Es memoria en acción, cada día, cada río, cada palabra que guardamos.”

En el corazón del territorio, seguimos caminando con el legado de nuestros grandes líderes: Pablo Presbere y Antonio Saldaña, quienes hasta hoy, siguen retumbando como símbolo de resistencia y compromiso con la vida. No los recordamos sólo por lo que hicieron, sino por lo que somos gracias a ellos.

Para muchos de nosotros, este territorio sigue siendo un paraíso natural. Vivimos dentro de un tesoro que heredamos y cuidamos porque nuestros ancestros lucharon por él. Ese legado no está en los libros, ni en papeles; está en la montaña, en los ríos, en la medicina, en las casas, en la comida, en el idioma… en todo lo que es nuestro y que aún respiramos.

Conmemoramos a Pablo Presbere no como una fecha aislada, sino como un acto continuo de resistencia y amor. Su lucha permitió que las generaciones actuales vivamos con más dignidad, con menos miedo y con más raíz.

No es fácil explicarlo, porque no es una historia que se dice: es un sentimiento que se vive todos los días. Porque para nosotros, no basta con predicar; lo que importa es accionar. Y accionar es cuidar la memoria, guardar la cultura, proteger el idioma, fortalecer los clanes, y mantener viva la esencia bribri.

Por eso existe el Colectivo Antonio Saldaña: como un espacio para seguir tejiendo esa memoria viva. Desde nuestros territorios, acompañamos procesos comunitarios, fortalecemos el conocimiento ancestral y defendemos la dignidad del pueblo bribri frente a las amenazas del olvido, la discriminación y la imposición cultural. Nuestra labor no es académica ni institucional: es espiritual, política y comunitaria. Nos mueve el compromiso con nuestras raíces y con las generaciones que vienen.

A través de encuentros, caminatas, reflexiones colectivas y acciones de defensa territorial, el colectivo busca mantener encendida la llama de lo que somos. Cada actividad es un acto de resistencia. Cada palabra en bribri, cada historia recuperada, cada joven que decide caminar con orgullo su identidad, es parte de esa lucha. No trabajamos solos: caminamos con los mayores, con las mujeres sabias, con los niños y niñas, con quienes sueñan un territorio libre y pleno. Porque la memoria no se hereda por sangre, sino por acción colectiva.

El legado de lucha no se hereda en papeles, sino en actos

El sistema que nos rodea ha tratado de borrar este legado. Nos dicen que el idioma bribri no sirve para encontrar trabajo, que nuestras medicinas no tienen valor, que nuestras formas de vida son atraso. Nos enseñan a olvidar. Pero nosotros sabemos que no es casualidad: es parte de un sistema que busca nuestra desaparición cultural.

Hoy, no hay balas ni cadenas como en el pasado, pero hay una muerte lenta: al idioma, a la identidad, a la medicina, a la educación propia. Lo sentimos cuando a las personas jóvenes les cuesta mantener el idioma. Cuando se nos dice que el buen vivir bribri, ya no sirve. Cuando se nos empuja a abandonar nuestras formas de conocimiento por otras impuestas.

Resistencia cotidiana, memoria para cuatro generaciones

En la tradición bribri, existe una norma profunda: cada generación tiene el deber de guardar, cuidar y conservar para su cuarta generación. Lo que hoy hacemos no es para nosotros, es para quienes vendrán. Nuestros abuelos lo hicieron por nosotros. Hoy, nos toca a nosotros hacerlo también.

Por eso, seguimos luchando. Contra el olvido. Contra las empresas. Contra instituciones públicas que no reconocen nuestra existencia. Seguimos luchando para que nuestras raíces no se corten.

Celebramos porque vivimos

El día de Pablo Presbere no es una efeméride más. Es una reafirmación de vida. Un acto político y espiritual. Es recordar que no somos un pueblo vencido. Que seguimos aquí, sembrando memoria, cuidando el territorio, hablando nuestro idioma, resistiendo con dignidad.

Gracias a quienes acompañan esta lucha. Gracias a quienes nos ayudan a escribir, a quienes escuchan. Este camino no es fácil, pero está lleno de sentido. Y como decimos entre nosotros:

“No tenemos todo escrito, pero sí lo guardamos en la memoria.”

Educación sin memoria propia: ¿cuál historia estamos enseñando?

Hablar del legado de Pablo Presbere y Antonio Saldaña no es sólo recordar el pasado: es exigir que su historia sea contada desde nuestra propia voz, desde la cosmovisión bribri y no como una «versión alternativa» dentro de los márgenes del sistema educativo nacional.

Cuando el Ministerio de Educación Pública (MEP) reduce nuestras memorias a un párrafo en los libros o las convierte en un relato exótico dentro de un temario oficial, lo que está haciendo es reproducir el colonialismo epistemológico. No se trata solo de lo que se dice, sino de quién lo dice y desde dónde se dice.

La historia de Pablo Presbere, por ejemplo, suele contarse desde una visión nacionalista y oficialista, donde se le reconoce como un “líder indígena rebelde”, pero sin profundizar en su rol como defensor del territorio, la espiritualidad bribri y el derecho a la autodeterminación. Es una historia despolitizada, neutralizada, vaciada de su raíz.

Esto fortalece formas sutiles (y no tan sutiles) de racismo y colonialismo, porque le dice a la niñez y juventud indígena que su forma de ver el mundo no tiene lugar en la escuela.

Que su idioma, sus luchas y sus memorias no son ciencia ni historia, sino «cultura», algo menor, anecdótico.

El resultado es una fractura profunda entre el conocimiento escolar y el conocimiento comunitario, entre la historia enseñada y la historia vivida. Esa ruptura alimenta el desarraigo, el olvido y, en última instancia, la desaparición de formas de vida que han sostenido estos territorios por siglos.

Por eso, no basta con nombrar a Pablo Presbere en el currículo escolar. Lo urgente es transformar la educación pública para que reconozca y respete las memorias desde dentro, no como añadidos, sino como parte del corazón mismo de lo que entendemos por conocimiento, historia y dignidad.

La memoria no es un favor. Es un derecho. Y su negación es otra forma de violencia colonial.

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.