Del 21 al 25 de septiembre de 2026, representantes de pueblos indígenas de África, Asia, América del Norte y América Latina se reunieron en Nairobi, Kenia, para cuestionar un modelo de conservación que, en nombre de proteger la naturaleza, ha producido expulsiones, criminalización, violencia y pérdida de control sobre territorios indígenas.
El encuentro «Nuestra tierra, nuestra naturaleza» -Our Land, Our Nature (OLON): Primer Encuentro Indígena Global para Descolonizar la Conservación reunió a representantes indígenas de 16 países y cuatro continentes para compartir experiencias, fortalecer alianzas y construir una visión colectiva sobre el futuro de la conservación. El encuentro culminó el 25 de septiembre con el Pronunciamiento Indígena de Nairobi, una declaración que coloca en el centro los derechos territoriales, el consentimiento, la autodeterminación y el conocimiento de los pueblos indígenas.
Para el Observatorio de Bienes Comunes, este encuentro resulta especialmente relevante porque abre una discusión que atraviesa muchas de las luchas territoriales contemporáneas: ¿quién decide qué significa conservar un territorio y para quién se conserva?
Cuando la conservación expulsa
El punto de partida de OLON es contundente: la crisis de biodiversidad y el cambio climático requieren transformaciones profundas, pero esas respuestas no pueden construirse sacrificando los derechos de quienes habitan y cuidan los territorios.
El manifiesto cuestiona lo que denomina “conservación de fortaleza”, un modelo que parte de la separación entre naturaleza y sociedad y que históricamente ha convertido territorios habitados en espacios donde las poblaciones locales son vistas como una amenaza para la conservación.
Según el documento, este modelo ha implicado la apropiación y militarización de territorios, la criminalización de formas de vida, el desplazamiento de comunidades y el desconocimiento de sus conocimientos. Incluso algunas reformas que incorporan la participación indígena pueden terminar siendo solamente cosméticas cuando las comunidades son incorporadas como actores secundarios, sin modificar las estructuras que toman las decisiones.
La discusión adquiere otra dimensión cuando se observa que, según el dossier del encuentro, el 40 % de las Áreas Protegidas del mundo corresponde a territorios indígenas, mientras que una parte importante de las tierras indígenas continúa sometida a presiones asociadas con conservación, mercados de carbono, minería, infraestructura y otros proyectos extractivos.
Así, OLON propone desplazar la pregunta. No se trata únicamente de preguntarnos cómo proteger la naturaleza, sino también cómo proteger los territorios, los derechos y las formas de vida que hacen posible esa protección.
Los territorios indígenas no son un obstáculo para conservar
Una de las ideas centrales del encuentro es que los pueblos indígenas no deben ser entendidos como una amenaza para la biodiversidad, sino como actores fundamentales de su protección.
El manifiesto señala que alrededor del 80 % de la biodiversidad terrestre se encuentra en territorios indígenas y plantea que el reconocimiento efectivo de sus derechos territoriales constituye una de las formas más eficaces de enfrentar la pérdida de biodiversidad y el cambio climático.
El dossier presentado en Nairobi recoge además distintos datos sobre los resultados de los sistemas de gobernanza indígena y comunitaria: menores niveles de deforestación en territorios indígenas reconocidos, reducción de incendios forestales y resultados de conservación que, en distintos contextos, igualan o superan los obtenidos por áreas protegidas bajo otros modelos de gestión.
La cuestión, entonces, no sería simplemente incorporar a los pueblos indígenas dentro de los modelos existentes, sino reconocer que sus conocimientos, sistemas de vida, formas de gobierno y relaciones con los territorios forman parte de las respuestas necesarias frente a la crisis ecológica.
Del territorio como mercancía al territorio como relación
Otro de los grandes cuestionamientos planteados en Nairobi se dirige a la creciente mercantilización de la naturaleza.
El pronunciamiento rechaza que los territorios, bosques, aguas y otros seres vivos sean convertidos en activos para mercados de carbono, créditos de biodiversidad o sistemas de compensación ambiental. También cuestiona las llamadas “soluciones basadas en la naturaleza” cuando sirven para compensar emisiones sin transformar las actividades que generan esas emisiones.
Esta discusión resulta particularmente importante porque los mercados de carbono pueden trasladar las responsabilidades ambientales de las empresas y países con mayores niveles de consumo hacia territorios del Sur Global.
En este sentido, el manifiesto plantea una idea fundamental: no basta con cambiar el lugar donde se contabiliza el carbono; es necesario transformar las dinámicas de extracción y consumo que producen la crisis.
El documento reclama a los países industrializados reducciones reales —y no simplemente desplazamientos— en la extracción de recursos y exige el abandono de mecanismos que utilicen la conservación como una forma de compensar la continuidad de las emisiones.
¿Quién decide sobre los territorios?
Una de las demandas que atraviesa todo el encuentro es el consentimiento libre, previo e informado (CLPI).
OLON plantea que ningún proyecto de conservación debería desarrollarse sin el consentimiento de las comunidades involucradas. Pero la discusión va más allá de una consulta puntual: el problema es quién tiene la capacidad efectiva de decidir sobre el territorio.
El Pronunciamiento Indígena de Nairobi exige autodeterminación y autogobierno, devolución de tierras ancestrales y reconocimiento efectivo de los derechos colectivos. También reclama que los derechos reconocidos en instrumentos internacionales se ejerzan en la práctica y no permanezcan únicamente como declaraciones.
En otras palabras, participar no es lo mismo que decidir.
Esta diferencia resulta fundamental para cualquier debate sobre conservación. Una comunidad puede ser invitada a una reunión, formar parte de una consulta o aparecer en una fotografía institucional y, aun así, continuar sin capacidad real para decidir qué sucede en su territorio.
Las demandas de Nairobi
El manifiesto presentado en el encuentro plantea una serie de demandas que buscan modificar las bases del actual modelo de conservación.
Entre ellas se encuentra detener la creación de nuevas áreas protegidas que excluyan a pueblos indígenas y comunidades locales; reconocer plenamente sus derechos territoriales y forestales; garantizar el consentimiento libre, previo e informado; establecer mecanismos de regulación y rendición de cuentas para las organizaciones conservacionistas; y desarrollar procesos de reparación frente a los daños provocados por anteriores modelos de conservación.
También se exige que los gobiernos y organizaciones de conservación asuman responsabilidades por las violaciones de derechos humanos, que existan mecanismos efectivos de denuncia y reparación, y que las políticas ambientales sean evaluadas desde criterios de justicia social además de sostenibilidad ambiental.
El pronunciamiento amplía estas demandas: devolución de tierras ancestrales, reconocimiento legal de comunidades y territorios, liberación de personas detenidas por defender sus territorios, reparación por las pérdidas sufridas y cumplimiento de las decisiones judiciales y de los instrumentos internacionales de derechos indígenas.
Descolonizar la conservación
Quizá una de las principales aportaciones de OLON sea precisamente colocar sobre la mesa una palabra que obliga a revisar las raíces del problema: descolonizar.
No se trata solamente de hacer más inclusivo un modelo de conservación. La propuesta apunta a cuestionar las relaciones de poder que determinan quién posee, administra, financia, vigila y decide sobre los territorios.
Desde esta perspectiva, descolonizar la conservación implica reconocer que la naturaleza no es un espacio vacío esperando ser protegido. Es territorio vivido, tejido de relaciones, memoria, conocimiento, espiritualidad, alimentación, trabajo y reproducción de la vida.
El Pronunciamiento lo expresa desde una concepción profundamente relacional: los pueblos indígenas señalan que los ecosistemas no les pertenecen, sino que ellos pertenecen a esos ecosistemas y que sus sistemas de conocimiento y sus formas de gobierno territorial forman parte de su manera de protegerlos.
Una discusión que también nos interpela
Lo ocurrido en Nairobi no es solamente una discusión sobre lo que sucede en otros continentes.
En Costa Rica, como en muchos otros territorios de América Latina, las áreas protegidas, los proyectos de conservación, los mercados de carbono, el turismo de naturaleza, las políticas de biodiversidad y las decisiones sobre los territorios también generan preguntas sobre participación, derechos, autonomía y poder.
La experiencia de OLON nos invita a mirar estos procesos desde otra perspectiva: no asumir que toda iniciativa presentada bajo el lenguaje de la conservación es necesariamente justa para quienes habitan los territorios.
La pregunta por la conservación también es una pregunta por la democracia territorial.
¿Quién define qué debe protegerse?
¿Quién decide cómo hacerlo?
¿Quién recibe los beneficios?
¿Quién asume los costos?
¿Quién puede permanecer en el territorio?
¿Quién tiene derecho a decir que no?
Estas preguntas permiten conectar la defensa de la biodiversidad con la defensa de los bienes comunes. Porque si los territorios son convertidos en mercancías, si las comunidades son desplazadas para protegerlos y si quienes históricamente los han cuidado pierden la capacidad de decidir sobre ellos, entonces necesitamos revisar profundamente qué entendemos por conservación.
Algunas ideas fuerza que deja OLON
Conservar no puede significar expulsar.
La biodiversidad no está separada de quienes habitan y cuidan los territorios.
Los derechos territoriales indígenas son también una política de protección de la biodiversidad.
Participar no es lo mismo que decidir: el consentimiento debe ser libre, previo e informado.
La conservación no puede convertirse en una nueva forma de apropiación territorial.
La crisis climática no se resuelve trasladando las emisiones mediante mercados de carbono.
La naturaleza no puede reducirse a una mercancía, un crédito o un activo financiero.
La reparación también forma parte de la conservación.
Descolonizar implica transformar quién decide, quién controla y quién se beneficia de los territorios.
Y quizá una de las ideas más importantes para seguir pensando desde los bienes comunes: no puede haber una política de protección de la vida que se construya sobre la desposesión de quienes sostienen esa vida en los territorios.
El Pronunciamiento Indígena de Nairobi cierra con una frase que condensa buena parte de esta discusión:
“Nuestra tierra. Nuestros derechos. Nuestro conocimiento. Nuestro futuro. Nada sobre nosotros sin nosotros.”
Más que una consigna, puede ser una invitación a repensar nuestras propias formas de hablar de conservación, territorio y bienes comunes.