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La constancia que transforma: aprendizajes desde el cierre de las jornadas de limpieza de ríos

El pasado 25 de abril, el río Agualote fue escenario del cierre de un ciclo de trabajo colectivo. Esta jornada de limpieza no fue un evento aislado, sino el punto de llegada de un proceso más amplio que incluyó varias actividades previas —entre ellas observación de biodiversidad, acciones comunitarias y otras jornadas de recolección— que, en conjunto, fueron tejiendo una experiencia sostenida en el tiempo.

Más que un cierre, este momento permite mirar en perspectiva lo construido: aprendizajes, vínculos, desafíos y una certeza compartida: el cuido socioambiental no ocurre de una vez, se construye desde la constancia, desde la persistencia de quienes deciden involucrarse y sostener.

La jornada reunió a diversas organizaciones, instituciones, empresas y personas voluntarias, entre ellas el Observatorio del Río Agualote, FUNDEMA, Helados Sensación, CoopeVictoria, la Cruz Roja, la empresa Panduit, estudiantes de la Universidad de Costa Rica (Práctica Profesional y TCU), el Observatorio del Agua del río Trojas, así como otros actores comunitarios que continúan articulando esfuerzos en el territorio.

Este proceso ha dejado claro que las limpiezas de ríos son mucho más que acciones puntuales. Cada jornada implica semanas de organización, coordinación y articulación. El trabajo visible —la recolección de residuos— es solo una parte de un esfuerzo mayor que incluye construir confianza, gestionar recursos, convocar voluntades y leer el territorio.

Los resultados son tangibles: toneladas de residuos retirados, mayor participación comunitaria, procesos de sensibilización en marcha. Pero también se evidencian los retos: focos persistentes de contaminación, vacíos en la gestión de residuos y la necesidad de fortalecer la corresponsabilidad entre actores.

Además del trabajo en campo, estas jornadas integraron procesos de sensibilización comunitaria. A través de microcharlas casa por casa, se recogieron voces, inquietudes y necesidades que permiten comprender mejor la problemática. Limpiar, en este sentido, también ha sido escuchar.

La participación de jóvenes y organizaciones ha sido clave para sostener este proceso, mostrando que la construcción de lo común también es una apuesta generacional.

Lo que no se ve: el trabajo detrás de una jornada

A simple vista, una jornada de limpieza puede parecer un grupo de personas que decidió dedicar un sábado a recoger residuos. Sin embargo, lo que ocurre ese día es solo la parte visible de un proceso mucho más amplio.

Cada jornada implica semanas —e incluso meses— de organización: coordinación entre actores, gestión de recursos, convocatoria de voluntariado, articulación con instituciones, planificación logística y definición de rutas de trabajo. Garantizar condiciones adecuadas para la participación de decenas o incluso más de cien personas requiere un esfuerzo sostenido que pocas veces se reconoce.

Este trabajo también construye confianza y credibilidad, permitiendo que más actores se sumen y que los recursos se canalicen de forma transparente hacia el objetivo común.

Lo que dicen las comunidades

El componente de sensibilización impulsado por el TCU de Cambio Climático de la Universidad Técnica Nacional, desarrollado durante estas jornadas permitió abrir un espacio fundamental: escuchar. A través de visitas casa por casa y microcharlas sobre manejo de residuos, no solo se compartió información, sino que se recogieron experiencias, preocupaciones y necesidades concretas de las comunidades.

Uno de los hallazgos más claros es que persisten importantes vacíos en torno a la clasificación y gestión de residuos. En muchos hogares no se cuenta con información suficiente sobre cómo separar adecuadamente, qué materiales pueden valorizarse o cuáles son las rutas correctas para su disposición. Incluso en aquellos casos donde ya existe una práctica de separación, se identifican dudas que limitan su efectividad.

Pero más allá de la información, las conversaciones evidenciaron algo más profundo: las condiciones. Muchas personas expresaron que, aunque existe disposición para mejorar sus prácticas, no siempre cuentan con las facilidades necesarias. Esto incluye desde limitaciones en los sistemas de recolección hasta la ausencia de acompañamiento continuo por parte de instituciones públicas y gobiernos locales.

Otro elemento clave fue reconocer que la participación no es homogénea. No todas las personas pueden sumarse a las jornadas de limpieza por razones físicas, de tiempo o de cuidado, pero eso no implica desinterés. Las microcharlas permitieron llegar a esos hogares, incorporarlos en el proceso y reconocer que el cuidado del río también se construye desde otras formas de participación.

En este sentido, el aprendizaje es claro: el problema de la contaminación no puede reducirse a decisiones individuales. Requiere comprender las realidades locales, atender las condiciones estructurales y construir respuestas que surjan del diálogo con las comunidades.

La pedagogía de la constancia

Uno de los aprendizajes más profundos que deja este proceso es que el cuidado no es un acto puntual, sino una práctica que se sostiene en el tiempo. Las jornadas de limpieza del río Agualote muestran que transformar implica volver: regresar al mismo lugar, enfrentar los mismos desafíos y, aun así, continuar.

Esta repetición no debe leerse como un fracaso, sino como parte esencial del aprendizaje. Cada jornada acumula experiencia, permite afinar la organización, fortalece vínculos y amplía la conciencia sobre la problemática. Es en esa acumulación donde empiezan a hacerse visibles los cambios.

La limpieza de ríos enseña que las transformaciones socioambientales no son inmediatas ni lineales. Hay avances, retrocesos, momentos de mayor participación y otros de menor impulso. Sin embargo, es precisamente en esa continuidad donde se construye la posibilidad de cambio.

Además, esta constancia tiene una dimensión pedagógica profunda: forma en la paciencia, en el compromiso y en la responsabilidad compartida. Enseña que el cuidado de lo común no depende de acciones extraordinarias, sino de la capacidad de sostener prácticas en el tiempo.

Cada jornada, entonces, no solo limpia el río, sino que educa. Educa en el hacer, en el encontrarse con otras personas, en reconocer la magnitud del problema sin paralizarse, y en comprender que el cambio se construye paso a paso.

Características de una pedagogía de la constancia

A partir de este proceso, es posible identificar algunas características que definen esta pedagogía que se va construyendo desde la práctica:

En primer lugar, la construcción de tejido social. La reiteración de las jornadas permite que las personas pasen de coincidir a reconocerse. Se generan vínculos, se fortalecen confianzas y se consolidan redes que sostienen el proceso más allá de cada actividad puntual. La constancia convierte la participación en comunidad.

En segundo lugar, el vínculo con el territorio. Volver al río no es solo regresar a un lugar físico, es profundizar en su conocimiento. Las personas empiezan a identificar sus dinámicas, sus problemáticas y también su valor. Este acompañamiento sostenido construye sentido de pertenencia y compromiso: el río deja de ser un espacio externo y se reconoce como parte de lo común.

Otra característica clave es la solidaridad que emerge del trabajo compartido. Las jornadas generan encuentros donde el esfuerzo colectivo adquiere valor. Se comparten tareas, se distribuyen responsabilidades y se construye una ética de colaboración que trasciende la actividad misma.

También destaca su dimensión formativa. No se trata de un aprendizaje abstracto, sino situado y práctico. Se aprende organizando, coordinando, dialogando con comunidades, resolviendo imprevistos. Es un aprendizaje que fortalece capacidades individuales y colectivas, y que difícilmente se logra en espacios desconectados de la realidad.

Finalmente, esta pedagogía enseña a habitar la complejidad. No ofrece soluciones rápidas ni resultados definitivos, pero sí herramientas para sostener procesos. Forma en una ética del compromiso: seguir, incluso cuando los cambios son lentos; insistir, incluso cuando los problemas persisten.

Así, la constancia no solo transforma el entorno, sino también a quienes participan en su cuidado.

No es el cierre, es el comienzo

Aunque la jornada del 25 de abril marca el cierre de este ciclo de actividades, sería un error entenderla como un punto final. Más bien, representa un momento de pausa que permite mirar lo recorrido y proyectar lo que sigue.

Lo que estas jornadas dejan no es solo un río más limpio, sino una acumulación de aprendizajes: sobre organización, sobre articulación entre actores, sobre las realidades de las comunidades y sobre la magnitud del desafío que implica el cuidado de lo común.

También dejan preguntas abiertas. ¿Cómo sostener estos procesos en el tiempo? ¿Cómo fortalecer la articulación entre comunidades, instituciones y sector privado? ¿Cómo traducir los aprendizajes en políticas y acciones más estructurales? ¿Cómo ampliar la participación y diversificar las formas de involucramiento?

Este cierre, entonces, es en realidad una apertura. Una invitación a no perder lo construido, a seguir tejiendo redes y a profundizar en los procesos iniciados.

El río Agualote recuerda que el cuidado de los bienes comunes no tiene un punto de llegada definitivo. Es un proceso continuo, que requiere presencia, compromiso y voluntad colectiva.

En ese sentido, el verdadero riesgo no está en que una jornada termine, sino en que los aprendizajes no se sostengan. Por el contrario, el desafío es claro: hacer de esta experiencia un punto de partida para seguir construyendo, desde la constancia, las transformaciones que necesitamos.

Para profundizar la práctica:

La siguiente matriz recoge, de forma sintética, algunos de los principales aprendizajes construidos a lo largo de las jornadas desarrolladas. No se trata de conclusiones cerradas, sino de pistas que emergen de las prácticas, las conversaciones y los encuentros sostenidos entre quienes participaron en este proceso.

Estos aprendizajes no nacen únicamente de la acción de limpiar, sino del conjunto de experiencias compartidas: la organización previa, el trabajo en campo, el diálogo con las comunidades, la articulación entre actores y la reflexión colectiva que se fue tejiendo en el camino.

En este sentido, la matriz busca ser una herramienta para mirar lo vivido, ordenar ideas y, sobre todo, abrir nuevas preguntas. Porque si algo dejan estas jornadas es la certeza de que el cuidado de lo común se aprende haciéndolo, pensándolo y sosteniéndolo en colectivo.

Sostener para transformar: aprendizajes desde el cuidado de lo común
Dimensión¿Qué se observa en las jornadas?¿Qué aprendizaje deja?Preguntas para profundizarProyecciones / acciones
Constancia en la acciónJornadas repetidas en el tiempo, regreso al mismo ríoEl cambio requiere continuidad, no acciones aisladas¿Qué pasa si dejamos de volver? ¿Qué sostiene la continuidad?Diseñar calendarios sostenidos de acción comunitaria
Organización y articulaciónCoordinación entre organizaciones, instituciones y empresasTransformar implica tejer alianzas y sostener procesos colectivos¿Quiénes faltan en la articulación? ¿Cómo ampliar la red?Fortalecer alianzas y sumar nuevos actores
Trabajo invisiblePlanificación previa, gestión de recursos, logísticaEl impacto visible depende de un esfuerzo previo poco reconocido¿Cómo visibilizar y valorar este trabajo?Documentar procesos y distribuir responsabilidades
Escucha comunitariaMicrocharlas, visitas casa por casa, diálogo con comunidadesLas soluciones requieren escuchar necesidades y contextos reales¿Qué nos están diciendo las comunidades que aún no atendemos?Incorporar sistemáticamente la voz comunitaria en las acciones
Condiciones estructuralesDificultades en manejo de residuos, falta de información o serviciosEl problema no es solo individual, también es estructural¿Qué condiciones limitan el cambio? ¿Quién debe responder?Incidir en políticas locales y mejorar sistemas de gestión
Tejido socialEncuentro constante entre personas diversasLa repetición construye confianza, vínculo y comunidad¿Cómo sostener estos vínculos más allá de las jornadas?Crear espacios permanentes de encuentro y organización
Vínculo con el territorioReconocimiento progresivo del río y sus dinámicasEl cuidado nace del sentido de pertenencia¿Cómo cambia nuestra relación con el río al volver?Promover actividades que fortalezcan el arraigo territorial
Memoria localRelatos, historias y experiencias compartidas sobre el río y la comunidadLa memoria permite comprender el pasado del territorio y proyectar su cuidado¿Qué historias del río estamos recuperando? ¿Cuáles se están perdiendo?Incorporar espacios de memoria, registro y diálogo intergeneracional
Monitoreo comunitarioObservación constante del estado del río, identificación de focos de contaminaciónEl cuidado implica seguimiento, no solo intervención puntual¿Qué cambios estamos logrando observar en el tiempo? ¿Cómo registrarlos?Crear mecanismos comunitarios de seguimiento y registro del estado del río
Solidaridad y trabajo colectivoDistribución de tareas, apoyo mutuo en la jornadaEl hacer conjunto construye ética de lo común¿Qué aprendemos del trabajo colectivo que no se aprende solos?Fomentar metodologías colaborativas
Aprendizaje prácticoOrganización, resolución de problemas, sensibilizaciónSe aprende haciendo, en contextos reales¿Qué habilidades hemos desarrollado en el proceso?Sistematizar aprendizajes y compartirlos
Gestión de la complejidadPersistencia de problemas junto a avances visiblesEl cambio es lento, no lineal, pero posible¿Cómo sostener la motivación ante resultados parciales?Incorporar espacios de evaluación y reflexión colectiva
Participación diversaPersonas que participan de distintas formas (acción directa, sensibilización)El cuidado admite múltiples formas de involucramiento¿Quiénes no están participando y por qué?Diversificar formas de participación
Proyección a futuroCierre de ciclo que abre nuevas preguntasTodo cierre es una oportunidad para continuar¿Qué sigue después de este proceso?Definir nuevas etapas y líneas de acción
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Cuando protestar es un derecho: lo que Bella Ciao nos obliga a recordar

Antes de empezar a leer, dale play.

Dejá que suenen los primeros acordes de Bella Ciao. Tal vez ya la conocés, tal vez la has escuchado en una marcha, en una película o en alguna conversación que hablaba de lucha. No importa. Escuchala otra vez.

Porque hay canciones que no solo se oyen: se recuerdan. Y en ese recordar, despiertan algo más profundo que una melodía. Llaman a la memoria colectiva, a historias de resistencia, a nombres que a veces no conocemos, pero que siguen ahí, sosteniendo lo que hoy entendemos como derechos.

Esta no es solo una canción del pasado. Es una invitación.

Escuchá. Y luego leemos.

Una canción que no se queda en el pasado

Hay canciones que no pertenecen solo a una época, sino a una memoria que se rehúsa a desaparecer. Bella Ciao es una de ellas. Nacida en la resistencia partisana contra el fascismo, su letra no solo narra una despedida, sino una decisión: levantarse frente a la injusticia, aun cuando el costo sea alto.

Su vigencia no es casual. Cada vez que se canta en una marcha o en un espacio organizativo, la canción deja de ser un recuerdo histórico y se convierte en una práctica política: una forma de decir que hay luchas que no han terminado.

Memoria colectiva y música como bien común

La música no solo acompaña procesos sociales: los sostiene. Canciones como Bella Ciao construyen comunidad, crean lenguajes compartidos y permiten que la memoria circule entre generaciones. No es solo lo que dicen, sino lo que hacen posible: reconocerse en una historia común.

Desde la perspectiva de los bienes comunes, esto es clave. Lo común no se reduce a recursos materiales; también incluye aquello que hace posible la vida en colectivo: la cultura, la memoria, la palabra compartida. La música, en este sentido, es un bien común social. Se mantiene viva porque se comparte, se resignifica y se vuelve a cantar en nuevos contextos.

Defender estos bienes comunes implica también reconocer que sin memoria no hay posibilidad de transformación. Una sociedad que olvida sus luchas pierde también su capacidad de imaginar alternativas.

La protesta como herencia política, no como desviación

Existe una narrativa dominante que presenta la protesta como problema: como interrupción del orden, como exceso, como amenaza. Sin embargo, muchas de las libertades actuales nacieron de contextos donde protestar era ilegal, peligroso y profundamente estigmatizado.

La resistencia antifascista —de donde emerge Bella Ciao— no fue “ordenada” ni “permitida”: fue necesaria. En ese sentido, la protesta social no es una anomalía dentro de la democracia, sino una de sus expresiones más profundas.

Protestar es, también, una forma de cuidado de lo común. Es una manera de señalar que hay condiciones de vida que están siendo vulneradas y que requieren una respuesta colectiva.

Protestar en tiempos de conservadurismo: disputar el sentido de lo legítimo

En contextos de avance del conservadurismo, la protesta social adquiere nuevas tensiones. No solo se enfrenta a condiciones materiales adversas, sino a un intento sistemático de redefinir su significado.

Se promueven discursos que:

  • -Reducen la protesta a “desorden” o “violencia”, invisibilizando sus causas.
  • -Exigen formas de participación “aceptables” que, en la práctica, desactivan el conflicto.
  • -Individualizan los problemas sociales, debilitando las respuestas colectivas.
  • -Reivindican un orden que muchas veces excluye y silencia.

En este escenario, protestar implica también disputar el sentido de lo democrático. No se trata solo de salir a la calle, sino de defender la legitimidad de hacerlo. Es afirmar que la democracia no se agota en lo institucional, sino que se construye también desde la acción colectiva.

Cuerpo, riesgo y dignidad en la acción colectiva

Protestar nunca es un acto abstracto. Implica cuerpos que se exponen, que se organizan, que sostienen la presencia en el espacio público. En contextos adversos, esto puede significar estigmatización, criminalización o incluso violencia.

Aquí la memoria de Bella Ciao vuelve a interpelar: no como una invitación al sacrificio, sino como un recordatorio de que la dignidad colectiva ha tenido costos históricos. Reconocer esto no es romantizar la lucha, sino dimensionar su profundidad.

También permite visibilizar que hoy muchas personas —líderes comunitarios, juventudes, colectivos territoriales— enfrentan estas tensiones en condiciones mucho más desiguales, sin el reconocimiento público que tuvieron otras luchas.

Gina Galeotti: la memoria insurgente de las mujeres

Hablar de la resistencia antifascista también exige nombrar a quienes han sido históricamente invisibilizadas. Gina Galeotti, conocida como “Lia”, fue una joven partisana que participó activamente en la lucha contra la ocupación nazi-fascista en Italia. Embarazada al momento de su muerte, fue asesinada en 1945 mientras cumplía tareas vinculadas a la resistencia.

Su historia rompe con una imagen reducida de la lucha política como un espacio exclusivamente masculino. Las mujeres no solo acompañaron: organizaron, comunicaron, sostuvieron redes clandestinas, arriesgaron sus vidas y, en muchos casos, pagaron con ellas.

Recuperar la figura de Gina Galeotti no es un gesto simbólico aislado. Es reconocer que la defensa de la libertad y de lo común ha estado profundamente atravesada por las luchas de las mujeres, muchas veces desde lugares no reconocidos o subvalorados.

Hoy, esta memoria dialoga con las múltiples formas en que las mujeres siguen estando en la primera línea de defensa de los bienes comunes: en territorios, comunidades, movimientos sociales. Desde la protección del agua hasta la defensa del territorio y la vida, su participación no solo es constante, sino estructural.

En contextos de avance conservador, donde también se disputan los derechos de las mujeres y sus formas de participación, esta memoria adquiere una dimensión aún más política: recordar es también resistir el borramiento.

La flor en la montaña: memoria como posibilidad

Al final de la canción, la imagen de la flor en la montaña no es un gesto romántico. Es una marca: alguien luchó por la libertad, y esa huella queda para quienes pasan después.

Esa imagen permite cerrar con una clave fundamental: la memoria no es nostalgia, es posibilidad. No se trata solo de recordar lo que fue, sino de reconocer lo que aún está en disputa.

Hoy, recuperar la protesta como herencia política implica también defender los bienes comunes que la hacen posible: el derecho a organizarnos, a expresarnos, a recordar y a imaginar colectivamente otros futuros.

Porque cuando se desacredita la protesta, no solo se cuestiona una forma de acción. Se debilita el tejido mismo que sostiene la vida en común.

Y quizá ahí radica la vigencia de Bella Ciao: en recordarnos que lo que está en juego no es solo el pasado que evocamos, sino el futuro que estamos dispuestos a construir.

Referencia:

Hobsbawm, Eric (1998). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.

Hobsbawm, Eric (2011). Cómo cambiar el mundo: Marx y el marxismo 1840-2011. Barcelona: Crítica.

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La limpieza como diálogo: Memorias como práctica de futuro

En el marco de una jornada de limpieza en el Parque Recreativo Municipal Los Chorros (Grecia), compartimos estas entrevistas con personas organizadoras y participantes, quienes nos invitan a mirar más allá de la acción inmediata.

Limpiar un río no es solo recoger residuos. Es también abrir un espacio de diálogo: sobre la historia del territorio, las luchas que lo han sostenido y las decisiones que hoy siguen marcando su rumbo.

En Los Chorros, cada sendero y cada gota de agua guardan memoria. Una memoria construida desde la organización comunitaria, la defensa del recurso hídrico y la resistencia frente a múltiples amenazas. Por eso, traer estas historias al presente no es un acto nostálgico, sino una práctica necesaria para repensar cómo habitamos, cuidamos y proyectamos nuestros territorios.

Este video propone una pregunta sencilla pero profunda: ¿qué cambia cuando, además de limpiar, también escuchamos y dialogamos sobre la historia de los ríos? Algunas ideas que atraviesan esta conversación:

-La limpieza de ríos como espacio de encuentro, aprendizaje y organización.

-La importancia de las memorias locales para comprender los territorios.

-El agua como bien común, atravesado por conflictos y solidaridades.

-La comunidad como actor clave en la defensa y cuidado del río.

-La memoria como herramienta para imaginar futuros más justos y sostenibles.

Limpiar también puede ser una forma de escuchar, aprender y construir futuro.

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Cuando decir “somos un problema” deja de ser metáfora: conflicto, aprendizaje y lo que incomoda en la toma de espacios

Una escena que se repite

Hay escenas que, aunque cambien de lugar y de momento, se sienten conocidas. Personas organizándose. Un espacio público tomado. Voces que empiezan a circular y a incomodar. Y, casi como una respuesta que no necesita anunciarse, el entorno se transforma: se vuelve más difícil, más tenso, más costoso de sostener.

Podría leerse como algo puntual. Un hecho aislado. Un problema logístico, incluso. Pero cuando estas situaciones se observan en perspectiva, lo que aparece no es la excepción, sino la repetición. Una forma de gestionar el conflicto que no pasa necesariamente por el intercambio de ideas, sino por la modificación de las condiciones en que esas ideas existen.

Del argumento al aguante

En ese desplazamiento, lo que está en juego cambia. La discusión deja de centrarse en el contenido y se mueve hacia la posibilidad misma de sostenerlo. Ya no se trata solo de qué se dice, sino de cuánto se resiste. De cuánto se aguanta cuando el entorno se vuelve adverso.

Es en ese punto donde la noción de “problema” empieza a adquirir otra densidad.

Como insiste la canción Problema cabrón:

“Soy un problema…
un problema sin resolver”

No hay matiz, no hay corrección. Hay una afirmación que incomoda porque no busca encajar.

El problema como presencia

Leída desde experiencias colectivas, esa voz deja de ser individual. Se vuelve una forma de nombrar aquello que no encaja, que no se ordena fácilmente dentro de lo previsto. Algo que incomoda no solo por lo que dice, sino por el hecho mismo de existir en ese lugar.

Más aún cuando se trata de personas que deciden organizarse y tomar espacios públicos, alterando el uso esperado, los tiempos institucionales, las formas autorizadas de participación. Ahí la incomodidad no es solo discursiva: es material, visible, imposible de ignorar.

Resuena entonces otro verso:

“Un problema para los demás…”

No porque no tenga sentido, sino porque descoloca.

La imagen que irrumpe

En ese sentido, hay una imagen particularmente sugerente en la canción:

“La piedra que rompe la protección
de la policía en la manifestación”

No como una invitación, ni como un gesto a replicar, sino como una metáfora potente. La piedra no aparece de la nada. Es expresión de una tensión acumulada. Es el momento en que algo irrumpe y quiebra una superficie que parecía estable.

Pensada desde estos procesos, esa imagen permite leer el conflicto más allá del episodio puntual. Lo que se rompe no es solo una barrera física, sino la ilusión de normalidad. Se hace visible que hay algo que no está funcionando como se esperaba.

Aprender desde la irrupción

Y ahí aparece otra capa de lectura, menos evidente pero fundamental.

Cuando personas se organizan, toman espacios públicos y sostienen procesos colectivos, también están produciendo conocimiento. Están ensayando otras formas de aprender, de relacionarse, de decidir. Son prácticas que, muchas veces sin nombrarse así, operan como ejercicios de descolonización de la educación.

Porque desplazan el centro de lo que se considera válido. El aprendizaje deja de estar únicamente en lo formal, en lo autorizado, en lo previamente estructurado. Se construye en la experiencia, en la acción, en el conflicto, en lo común.

Como sugiere la canción en otro momento:

“Con palabra’ ganamo’ mil guerra’…”

El conocimiento también se disputa. También se construye en movimiento.

Instituciones descolocadas

Esto no es menor. Y tampoco es neutral.

Estas formas emergentes tensionan estructuras institucionales que suelen estar organizadas bajo otras lógicas: más jerárquicas, más previsibles, más controladas. La toma de espacios públicos, la autoorganización, la producción colectiva de sentido, desbordan los marcos establecidos y obligan a reaccionar.

No es que las instituciones no puedan transformarse, pero hacerlo implica revisar sus propias bases. Y ahí es donde muchas veces se produce el quiebre: en lugar de abrirse, se endurecen.

La incomodidad no es solo por lo que se dice, sino por lo que se altera.

Desgastar en lugar de resolver

En ese cruce, lo que aparece no es solo una situación incómoda. Es una disputa por el sentido de lo educativo. Por quién define qué se aprende, cómo se aprende y en qué condiciones.

Tal vez por eso, en muchos casos, la respuesta no es abrir el diálogo, sino endurecer el entorno. Hacer más difícil la permanencia. Desplazar el conflicto hacia el desgaste.

Como si el problema no pudiera resolverse, pero sí cansarse.

Lo que no desaparece

Sin embargo, si algo muestran estas escenas —que no son nuevas, que se repiten— es que aquello que se nombra como “problema” no desaparece fácilmente. Se transforma. Se adapta. Vuelve.

Y en ese volver, también deja aprendizajes.

No siempre visibles de inmediato. No siempre reconocidos. Pero presentes.

Porque, al final, asumir la incomodidad de ser “un problema” puede ser también una forma de posición. Una manera de habitar el conflicto sin reducirlo, sin negarlo, sin apresurarse a resolverlo bajo las reglas de siempre.

Y quizás ahí, justamente ahí, es donde empieza a abrirse la posibilidad de algo distinto.

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De “estúpido” a “malintencionado”: cómo se naturaliza la estigmatización de quienes defienden el ambiente

En la conferencia de prensa semanal del presidente de la República, Rodrigo Chaves, junto Ministra de la Presidencia y presidenta electa Laura Fernández, tuvo lugar un intercambio que, para muchos, pudo pasar desapercibido. Sin embargo, a la luz de los estándares internacionales de derechos humanos, constituye un ejemplo claro de estigmatización institucional contra personas defensoras del ambiente.

Durante su intervención, el presidente Chaves se refirió al diputado electo Edgardo Araya como “la clase de estúpido que es este ser humano” y “el padre del desastre de Crucitas”. En la misma línea, calificó al magistrado Fernando Cruz, presidente de la Corte Suprema, como “un desvisado”, “de extrema izquierda y nefasto para el país” y “malintencionado”. Por su parte, la presidenta electa aludió a “personas radicalistas” que “engañan” al país con “información falsa”.

Lo que está en juego aquí no es la libertad de opinión. El problema radica en la normalización de un discurso que descalifica a las personas —y no a sus argumentos—, y que, además, asocia la defensa del ambiente con daño al desarrollo, pérdida de empleos o incluso mala fe.

Lo que dice el derecho interamericano

El informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), “Norte de Centroamérica: Personas defensoras del medio ambiente” (2022), es contundente al respecto:

“La difamación y estigmatización de personas defensoras son prácticas comúnmente utilizadas para distorsionar la percepción que se tiene sobre su labor.” (párr. 114)

El documento señala que, en países como Guatemala, Honduras y El Salvador, funcionarios públicos y actores privados han recurrido a etiquetas como “criminales”, “terroristas”, “antidesarrollo” o “enemigos del Estado” para desacreditar a quienes defienden el ambiente (párr. 115). Aunque con un lenguaje distinto, ese mismo patrón discursivo se hizo presente este miércoles en la conferencia del Poder Ejecutivo costarricense.

La CIDH advierte que la estigmatización no constituye un simple exceso retórico. Por el contrario, contribuye a crear un clima de hostilidad, legitima la descalificación pública y, en contextos de alta conflictividad, puede convertirse en la antesala de amenazas, criminalización e incluso violencia letal (párrs. 116–118).

¿Por qué esto importa en Costa Rica?

Costa Rica experimenta una erosión en las condiciones para la defensa ambiental. Aunque no se trate de un escenario de violencia sistemática como en otros países de la región, el país no está exento de hechos extremos: se han registrado asesinatos de personas vinculadas a la defensa del territorio. En este contexto, se acumulan señales de deterioro —conflicto sostenido en territorios indígenas, declaratorias de “no grato” y afiches de “no bienvenidos”— que, lejos de ser aisladas, delinean una tendencia preocupante. A ello se suma el uso de mecanismos de intimidación legal, como las demandas estratégicas contra la participación pública (SLAPP), reforzando un entorno cada vez más adverso, profundizado por discursos estigmatizantes desde el Poder Ejecutivo.

Estos discursos no solo acompañan este proceso, sino que lo profundizan y legitiman. En primer lugar, normalizan el insulto y la descalificación personal como formas válidas de hacer política y de responder a posiciones críticas, particularmente en materia ambiental. En segundo lugar, deslegitiman la defensa del ambiente al asociarla de manera automática con “fanatismo”, “radicalismo” o “engaño”, sin distinguir entre posturas legítimas y acciones ilegales.

Además, este clima discursivo pone en riesgo el derecho a disentir en temas ambientales, especialmente para comunidades locales, liderazgos indígenas y personas que se oponen a megaproyectos. Finalmente, este tipo de posicionamientos contradice los compromisos internacionales asumidos por Costa Rica, incluyendo su papel histórico en torno al Acuerdo de Escazú y los estándares desarrollados por la CIDH.

Lo que la CIDH recomienda (y Costa Rica debería escuchar)

El informe dedica un apartado específico a las obligaciones estatales en materia de estigmatización. Entre sus conclusiones, señala:

“Las autoridades estatales deben abstenerse de realizar declaraciones que estigmaticen o que sugieran que las organizaciones actúan de manera indebida o ilegal, solo por el hecho de realizar sus labores de promoción y defensa de los derechos humanos.” (párr. 175)

Asimismo, recomienda de forma expresa:

“Crear una campaña de educación y promoción […] Las autoridades, desde los más altos niveles, deben abstenerse de hacer declaraciones o afirmaciones que estigmaticen o desacrediten a las personas defensoras.” (párr. 305, recomendación 2)

Hasta el momento, lejos de promover esta cultura, el Poder Ejecutivo costarricense ha avanzado en sentido contrario.

Más allá de la anécdota: un patrón discursivo

Lo ocurrido el 22 de abril no puede entenderse como un hecho aislado. En los últimos años, desde el Ejecutivo se ha reiterado un patrón discursivo que califica a quienes cuestionan proyectos turísticos, mineros o de infraestructura como “obstruccionistas”, “radicales” o “enemigos del desarrollo”.

Lo novedoso en esta ocasión es la intensidad de la descalificación —dirigida a personas concretas como Araya y Cruz— y la generalización negativa hacia quienes defienden el ambiente, presentados como parte de “corrientes extremas”.

De acuerdo con la CIDH, la estigmatización suele ser el primer eslabón de una cadena que puede escalar hacia el hostigamiento, la criminalización y, en los escenarios más graves, la violencia física (párr. 96). En Costa Rica, aunque no se ha llegado a esos extremos, el discurso oficial comienza a sentar las condiciones para ello.

Cuando el discurso oficial cruza la línea

Señalar la estigmatización desde el Poder Ejecutivo no implica perseguir al gobierno ni restringir la libertad de expresión presidencial. Tampoco se trata de dirimir si un proyecto es viable, beneficioso o no, ni de impedir el desarrollo. Implica, más bien, reconocer que las palabras de quienes ejercen poder público tienen peso, generan efectos y deben ajustarse a ciertos límites, especialmente cuando se refieren a personas que ejercen un derecho fundamental: la defensa del ambiente.

La CIDH ha sido clara: proteger a las personas defensoras comienza por reconocer la legitimidad de su labor y abstenerse de descalificarlas. Un país que se presenta como referente ambiental y de derechos humanos, como Costa Rica, debería comenzar por garantizar ese estándar en su propio discurso institucional.

En este sentido, lo ocurrido no puede leerse como un hecho aislado ni como un simple exceso retórico. Forma parte de un entramado más amplio de violencias que afectan a quienes defienden el ambiente. La siguiente matriz, basada en el informe de la CIDH, permite visualizar cómo estas formas de violencia se articulan y escalan, situando la estigmatización como uno de sus puntos de partida.

Cómo operan las violencias contra personas defensoras del ambiente
Tipo de violencia¿En qué consiste?¿Cómo se manifiesta?Efectos principalesRelación con la estigmatización
Estigmatización y desprestigioDiscursos que deslegitiman la labor de defensa ambientalDeclaraciones públicas, etiquetas como “radicales”, “antidesarrollo”, “enemigos”Erosiona legitimidad social, aísla a las personas defensorasEs el punto de partida: construye el clima que permite otras violencias
Amenazas y hostigamientoIntimidación directa o indirecta contra personas defensorasMensajes de amenaza, vigilancia, acoso, agresiones físicas o psicológicasGenera miedo, limita la participación y la denunciaSe legitima más fácilmente cuando la persona ya ha sido desacreditada públicamente
CriminalizaciónUso indebido del sistema penal para obstaculizar la defensaDenuncias infundadas, procesos judiciales, prisión preventiva abusivaDesgasta recursos, inhibe la acción colectiva, castiga la protestaLa estigmatización construye la narrativa que “justifica” la persecución
Ataques a la vida e integridadViolencia directa contra la integridad físicaAtentados, asesinatos, desapariciones forzadasElimina liderazgos, genera terror en comunidadesEs el extremo de la cadena, precedido muchas veces por estigmatización y hostigamiento

Fuente: elaboración propia con base en el informe de la CIDH “Norte de Centroamérica: Personas defensoras del medio ambiente” (2022).

¿A quiénes alcanza este tipo de discurso?

Hay un elemento adicional que no puede pasarse por alto. En este caso, las descalificaciones se dirigen a figuras con alta exposición pública como Fernando Cruz y Edgardo Araya. Se trata de personas con trayectoria, experiencia institucional y cierto nivel de protección derivado de sus cargos —magistrado y diputado electo—, lo que podría sugerir que están más habituadas a este tipo de confrontaciones.

Sin embargo, el problema no se agota en quienes reciben directamente los ataques. Este tipo de discurso, emitido desde los más altos niveles del poder, no solo impacta a estas figuras: también envía un mensaje más amplio que puede ser replicado y amplificado en otros espacios.

Cuando se normaliza la descalificación personal, se habilita —explícita o implícitamente— que ese mismo trato se reproduzca hacia personas defensoras con menor visibilidad y menor capacidad de protección: liderazgos comunitarios, colectivos locales, juventudes organizadas o personas que participan por primera vez en la defensa de sus territorios.

En esos contextos, las consecuencias pueden ser mucho más graves. A diferencia de figuras públicas consolidadas, estas personas suelen enfrentar mayores niveles de vulnerabilidad frente al hostigamiento, la intimidación o la violencia, precisamente porque no cuentan con los mismos recursos políticos, mediáticos o institucionales para responder.

Esto no implica minimizar los efectos que estas expresiones tienen sobre Fernando Cruz y Edgardo Araya, quienes también pueden verse afectados en distintos niveles por este tipo de violencia simbólica. Más bien, permite dimensionar el alcance del problema: un discurso estigmatizante no se queda en quienes nombra, sino que se expande, permea y reconfigura las condiciones en las que muchas otras personas ejercen su derecho a defender el ambiente.

En ese sentido, la responsabilidad del discurso público no radica solo en a quién se dirige, sino en todo lo que habilita más allá de ese momento.

¿Qué dice esto sobre la política ambiental de Costa Rica?

Más allá del episodio puntual, este tipo de declaraciones abre una pregunta de fondo sobre el rumbo de la política ambiental en Costa Rica. Cuando desde el más alto nivel del Poder Ejecutivo se desacredita a quienes defienden el ambiente, no solo se afecta a personas concretas: se redefine el lugar que ocupa la protección ambiental dentro de las prioridades del Estado.

El discurso importa porque orienta la acción pública. Asociar la defensa del ambiente con obstáculo, engaño o radicalismo no es neutral: desplaza el debate desde la deliberación informada hacia la descalificación, y debilita las condiciones para construir políticas ambientales legítimas, participativas y sostenibles.

En un país que ha construido buena parte de su identidad internacional sobre la protección ambiental, este tipo de posicionamientos genera tensiones evidentes. No se trata solo de una contradicción discursiva, sino de una señal política que puede incidir en cómo se toman decisiones sobre territorios, recursos naturales y comunidades.

Esto se vuelve aún más evidente al revisar la propia intervención de la presidenta electa. En su discurso, Laura Fernández reivindica el ambiente como “la gallina de los huevos de oro”, destacando su valor para el turismo, la imagen país y la generación de riqueza. Sin embargo, esa defensa se articula en términos instrumentalizados: el ambiente aparece valioso en la medida en que produce beneficios económicos y reputacionales, no necesariamente como un derecho o un bien común en sí mismo.

Al mismo tiempo, establece una frontera problemática entre “protección” y “fanatismo”, ubicando a quienes cuestionan proyectos o decisiones como “radicalistas” que “engañan” al país y generan “inseguridad jurídica”. Esto no solo simplifica debates complejos, sino que reproduce el tipo de narrativa que organismos como la CIDH han advertido: aquella que desacredita a las personas defensoras al asociarlas con irracionalidad, mala fe o daño al desarrollo.

A ello se suma una idea que parece técnica, pero que también merece ser problematizada: la noción de compensación ambiental basada en cortar árboles y sembrar más, incluso en proporciones mayores. Si bien estas medidas pueden formar parte de herramientas de gestión ambiental, presentarlas como equivalentes directos invisibiliza aspectos clave como la complejidad de los ecosistemas, el tiempo que tarda en regenerarse un bosque, la biodiversidad específica de cada territorio y los impactos acumulativos de la intervención. No todo árbol es intercambiable, ni todo ecosistema es fácilmente “reemplazable”.

Así, el discurso intenta sostener una defensa del ambiente mientras deslegitima a quienes lo defienden en contextos concretos y simplifica las tensiones ecológicas a una lógica de compensación cuantitativa. La tensión no es menor: se reivindica el valor abstracto de la naturaleza, pero se cuestiona —y se desautoriza— a los sujetos que encarnan su defensa en los territorios.

En ese sentido, la pregunta no es menor: ¿se está consolidando una política ambiental que reconoce el valor de quienes defienden la vida en los territorios, o una que los coloca como adversarios del desarrollo? La respuesta a esa pregunta marcará, en buena medida, el tipo de país que Costa Rica decida ser.

Referencias:

CIDH (2022). Norte de Centroamérica: Personas defensoras del medio ambiente. OEA/Ser.L/V/II. Doc. 400/22. Puede descargar aquí.

Poder Ejecutivo de Costa Rica. (2026, 22 de abril). Conferencia presidencial 22-04-2026 -video. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=tqZw6bY1FVU

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Los Chorros: historia, abandono y la lucha por proteger un monumento natural

Brenda Méndez Mesén

Estudiante asistente

El Parque Los Chorros no es solo un sitio de belleza escénica con cataratas de más de 40 metros: es una de las principales zonas de recarga hídrica del cantón de Grecia y comunidades cercanas como Carrillos Bajo, Tacares y Cataluña. Desde hace casi cinco décadas, este espacio ha sido reconocido legalmente como un área silvestre protegida; sin embargo, hoy enfrenta una crisis marcada por el abandono institucional, la intervención humana sin control y el deterioro progresivo de sus recursos naturales.

Un patrimonio natural de todos

“Para mí, Los Chorros representan algo tan importante para la vida como es el agua. Es la que nos da la vida, y si nosotros no la cuidamos, ¿quién lo va a hacer?”
– José Alejandro Montero Hernández, representante de la ASADA de Tacares

Los Chorros fue creado mediante la Ley N.º 6126 (1977) como Parque Recreativo Municipal, otorgando a la Municipalidad de Grecia la coadministración del área. Esta condición fue reafirmada por la Sala Constitucional en la sentencia 11525-2013, donde se establece que el parque forma parte del Patrimonio Natural del Estado y posee alta fragilidad ambiental, lo que obliga a una protección reforzada del recurso hídrico, los bosques y la biodiversidad.

Según estudios citados en dicha sentencia, en el área se localizan al menos 19 pozos y 26 nacientes, que alimentan tanto comunidades como proyectos industriales bajo el régimen de zona franca en Tacares. A pesar de ello, las medidas de resguardo han sido insuficientes.

Abandono municipal y aprovechamiento ilegal

“Aquí existe un aprovechamiento turístico ilegal que está causando un impacto negativo en la vida silvestre. No hay control, ni capacidad de carga, ni regulación.”
– Francis Suárez López, FUNDEMA y síndico de Tacares

Desde el año 2016, el parque se encuentra oficialmente cerrado al público; no obstante, la visitación nunca se detuvo. Terceros continúan cobrando entrada y parqueo, sin ningún tipo de autorización ni control, exponiendo a los visitantes a riesgos reales, como derrumbes, senderos colapsados y estructuras dañadas.

“No hay gestión, no hay control y no hay conservación. No existe una persona designada por la municipalidad para administrar este parque.”
– Hámer Salazar, FUNDEMA

Entrevistas realizadas a líderes comunales, regidores y representantes ambientales coinciden en un punto central: la ausencia de la Municipalidad de Grecia como figura rectora del parque.

“Los Chorros se encuentran en más de un 50% de abandono. Nadie invierte, nadie controla, pero sí hay gente lucrando de un bien que es de todos”, José Alejandro Montero Hernández representante de la ASADA de Tacares.

La municipalidad incluso llegó a contratar un asesor exclusivo para Los Chorros durante una administración pasada; sin embargo, su trabajo y resultados son desconocidos por la comunidad.

Daños ambientales y riesgos actuales

Además de la intervención humana, las tormentas recientes han causado deslizamientos, caída de árboles y daños en senderos. Elementos como el puente hamaca fueron destruidos parcialmente para impedir el paso, sin que se ofrecieran alternativas seguras.

Biólogos y ambientalistas advierten sobre prácticas inadecuadas en una zona protegida:

  • -Ingreso de perros y animales domésticos
  • -Fogatas no controladas
  • -Extracción de flora
  • -Basura en el cauce del río

Todo esto ocurre sin estudios de capacidad de carga, sin rotulación, sin guardaparques y sin vigilancia del SINAC.

El precedente legal ignorado

La sentencia 11525-2013 fue clara: cualquier intervención que aumente la explotación del recurso hídrico, o altere el entorno, debe someterse a Estudios de Impacto Ambiental rigurosos, aplicando el principio precautorio e in dubio pro natura. En ese fallo, la Sala responsabilizó a SETENA, AyA, MINAE y la Municipalidad de Grecia por omisiones en la protección del Parque Los Chorros.

“Este parque existe gracias a una lucha legal. Si no se hubiera defendido ese juicio, Los Chorros hoy no existirían.”
– Francis Suárez López, FUNDEMA

Pese a este precedente, hoy se siguen observando construcciones cercanas, urbanizaciones como el condominio Los Maderos, y una total falta de delimitación oficial del parque.

“Poner una malla que la gente rodea no es una solución real. La única solución real es hacer cumplir la ley.”
– Francis Suárez López, FUNDEMA

Las propuestas que siguen esperando

Desde la Fundación para el Desarrollo del Medio Ambiente (FUNDEMA) y organizaciones locales se han planteado proyectos concretos para rescatar el parque:

  • -Cambio de categoría de manejo, para que se reconozca oficialmente como Monumento Natural Los Chorros.
  • -Reglamentación de la Ley 6126, mientras se aprueba un nuevo marco legal.
  • -Amojonamiento del perímetro, para evitar invasiones y construcciones dañinas.
  • -Gestión y control permanente, con una figura responsable y coordinación con MINAE y SINAC.
  • -Recuperación de senderos, señalización, servicios sanitarios y manejo de desechos.
  • -Inventarios de flora y fauna, donde se registran especies como tigrillos, tolomucos, pavas, codornices y osos hormigueros.

Ninguna de estas iniciativas se ha ejecutado plenamente.

Turismo sí, pero primero protección

Paradójicamente, Los Chorros aparece en campañas publicitarias de empresas telefónicas y rutas turísticas promovidas por administraciones anteriores. Sin embargo, la comunidad insiste: no se puede vender lo que no se protege.

El potencial para un turismo sostenible y controlado existe y podría generar empleo y desarrollo para Tacares, pero solo después de garantizar:

  • -Seguridad para los visitantes
  • -Conservación del agua y la biodiversidad
  • -Gestión transparente y legal
Un llamado a la acción comunitaria

A casi 50 años de su creación, Los Chorros sigue siendo una joya natural, pero también un recordatorio del costo de la inacción. Los tacareños y griegos tienen claro que serán los primeros beneficiados si el parque se recupera, pero también los más afectados si se pierde.

Proteger Los Chorros no es una opción: es una responsabilidad colectiva.                           

Como parte del compromiso ciudadano con la protección del Parque Los Chorros, el sábado 11 de abril se realizó una jornada de limpieza y acción comunitaria en Tacares de Grecia, Alajuela, con la participación activa de vecinos y organizaciones ambientales.

La actividad tuvo como objetivo principal recolectar residuos sólidos, visibilizar el estado actual del parque y fortalecer el trabajo comunitario en defensa de los ríos y las nacientes, ante la ausencia de una gestión institucional permanente. Durante la jornada se logró retirar basura acumulada en senderos y zonas cercanas al cauce del río, evidenciando que, pese a estar oficialmente cerrado, el parque continúa siendo visitado sin control ni regulación.

Además de la limpieza, la actividad sirvió como espacio de concientización y articulación comunitaria, reafirmando la importancia de la organización local como primera línea de defensa del patrimonio natural.

La mostrado se obtuvo como resultado directo de la jornada de limpieza y acción comunitaria, mediante un proceso de observación y recopilación de datos realizado de forma participativa junto con personas y organizaciones locales. De esta manera se permitió integrar el conocimiento comunitario, las percepciones territoriales y la experiencia directa de quienes habitan y utilizan el entorno, aportando un diagnóstico colectivo sobre la situación actual del Parque Los Chorros.

“Los servicios ambientales que presta Los Chorros son enormes. De aquí se abastecen comunidades completas y proyectos productivos del distrito de Tacares.”
– Hámer Salazar, FUNDEMA

Los organizadores hicieron un llamado abierto a organizaciones sociales, ambientales, educativas e instituciones públicas y privadas que deseen sumarse a futuras acciones, con el fin de defender los ríos, proteger el recurso hídrico y fortalecer el trabajo comunitario en el distrito de Tacares y el cantón de Grecia.

Esta nota se elaboró en el marco de la jornada de limpieza y acción comunitaria realizada el sábado 11 de abril en Tacares de Grecia. La información presentada surge de un proceso participativo de observación, diálogo y recopilación de datos junto a personas vecinas y organizaciones locales, integrando conocimiento comunitario, percepciones territoriales y experiencias directas. La actividad, además de recolectar residuos y evidenciar el estado del parque, permitió realizar una caracterización exploratoria de la situación actual de Los Chorros.

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Donde el territorio habla, alguien decide escuchar – Día de la tierra

En el marco del Día de la Tierra, resulta urgente poner en valor las formas concretas en que se defiende la vida en los territorios. En el Caribe Sur de Costa Rica, la experiencia de monitoreo sostenido por Philippe Vangoidsenhoven muestra que la protección ambiental no depende únicamente de marcos legales o discursos institucionales, sino de la persistencia cotidiana de quienes deciden no mirar hacia otro lado.

Su trabajo de vigilancia territorial —basado en la observación directa, la denuncia oportuna y el acompañamiento constante de los procesos— ha logrado frenar intervenciones que, de no haber sido detenidas, habrían generado daños irreversibles en ecosistemas frágiles. Chapeas iniciales, movimientos de tierra, rellenos de humedales, ocupaciones en la Zona Marítimo Terrestre y alteraciones de cauces han sido contenidos en distintas etapas, evidenciando que actuar a tiempo puede marcar la diferencia entre la degradación y la posibilidad de recuperación.

Lo que estos casos revelan es un patrón: muchas de las afectaciones ambientales no comienzan con grandes obras visibles, sino con acciones aparentemente menores que funcionan como antesala de transformaciones más profundas. Bajo figuras como “limpieza”, “poda” o “aprovechamiento”, se abren procesos de ocupación, cambio de uso del suelo y fragmentación de ecosistemas. Frente a esto, la vigilancia activa desde el territorio se convierte en una herramienta clave de alerta temprana.

Más allá de detener daños puntuales, este trabajo también tensiona a las instituciones. En múltiples ocasiones, ha sido necesaria la insistencia directa —incluyendo la articulación con la Fiscalía Ambiental— para lograr que las autoridades actúen. Esto pone en evidencia una realidad incómoda: sin presión desde el territorio, muchas afectaciones avanzarían bajo lógicas de hecho consumado.

Los casos documentados en el Caribe Sur no son excepcionales. Reflejan dinámicas estructurales: la reincidencia de intervenciones, la lentitud institucional, la presión turística e inmobiliaria, la falta de reconocimiento de ecosistemas como humedales y la existencia de economías locales que dependen de la transformación del territorio, como el saqueo de tierra para rellenos. En este contexto, defender la naturaleza implica no solo conocimiento técnico y legal, sino también una disposición constante a sostener procesos largos, desgastantes y, en ocasiones, conflictivos.

Sin embargo, también hay resultados. Bosques costeros que hoy muestran signos de recuperación, humedales que no fueron rellenados, construcciones que no se consolidaron, quebradas que no fueron alteradas. Cada intervención detenida habla de algo más amplio: la posibilidad real de proteger los bienes comunes cuando existe presencia, compromiso y capacidad de actuar.

Esta experiencia, además, permite mirar más allá de los casos puntuales y abrir una pregunta más amplia: ¿qué tipo de desarrollo se está impulsando en territorios como el Caribe Sur, y a qué costo?

Donde tiembla

Durante décadas, Costa Rica ha construido y proyectado con éxito la imagen de “país verde”: un referente global de conservación, biodiversidad y turismo sostenible. Sin embargo, lo que ocurre en territorios como el Caribe Sur muestra que esa narrativa convive con tensiones profundas que rara vez logran hacerse visibles en el relato país.

El trabajo de Philippe Vangoidsenhoven permite ver con claridad esas fisuras. A través de recorridos constantes, registros audiovisuales y denuncias sostenidas en el tiempo, ha documentado cómo, detrás de la promesa de sostenibilidad, avanzan procesos de urbanización turística e inmobiliaria que transforman ecosistemas frágiles bajo lógicas de mercado.

Lejos de ser situaciones aisladas, estas transformaciones responden a patrones que se repiten. Intervenciones que inician con permisos fragmentados o interpretaciones flexibles de la normativa, continúan con tala selectiva, limpieza del terreno y uso de maquinaria, y terminan en rellenos, nivelaciones y procesos de comercialización del espacio. Lo que en apariencia es una acción puntual o menor, suele ser el primer paso de cambios más profundos y, en muchos casos, irreversibles.

Comprender este proceso exige ir más allá de categorías simplificadas como “desarrollo” o “progreso”. Lo que está en juego es una disputa por el territorio: entre una lógica que reduce la naturaleza a mercancía y otra que la reconoce como base de la vida y como bien común.

En ese contexto, la documentación territorial adquiere un valor político clave. No solo aporta evidencia; también cuestiona activamente la narrativa dominante, visibiliza lo que suele quedar fuera del encuadre y abre una discusión necesaria sobre los límites del modelo de desarrollo vigente. En territorios como el Caribe Sur, mirar de cerca no solo informa: incomoda, interpela y obliga a replantear las formas en que entendemos la relación entre conservación, economía y vida.

Pero esa mirada —rigurosa, persistente y crítica— no ocurre sin consecuencias.

Vivir bajo amenaza por defender la naturaleza

Reconocer el trabajo de Philippe Vangoidsenhoven implica también nombrar las condiciones en que se realiza. Defender el ambiente en América Latina y el Caribe —y también en Costa Rica— es una actividad de alto riesgo, especialmente cuando entra en conflicto con intereses económicos y estructuras de poder local.

A lo largo de más de dos décadas, Philippe ha interpuesto cientos de denuncias por delitos ambientales. Esa labor lo ha expuesto a una violencia sostenida que incluye agresiones físicas, amenazas directas, hostigamiento constante, criminalización judicial y campañas de difamación. No se trata de episodios aislados, sino de un patrón que busca desgastar, intimidar y silenciar.

Las formas que adopta esta violencia son múltiples y acumulativas: desde insultos en el espacio público y persecuciones, hasta ataques físicos, daños a su propiedad y situaciones que han puesto en riesgo su integridad. A esto se suma una dimensión especialmente grave: la respuesta institucional insuficiente o tardía, que en algunos casos ha derivado en la criminalización de quien denuncia, invirtiendo el lugar entre víctima y agresor.

El costo de esta defensa no es solo físico. También es económico y emocional. Implica asumir gastos constantes para sostener el monitoreo, enfrentar pérdidas materiales, reorganizar la vida cotidiana y convivir con una sensación permanente de riesgo. En este contexto, incluso la autoprotección se vuelve una decisión límite, reflejo de la ausencia de garantías efectivas por parte del Estado.

Lejos de ser una excepción, este caso revela una realidad más amplia: la defensa ambiental en muchos territorios depende de personas que operan en condiciones de vulnerabilidad estructural. Personas que sostienen, casi en soledad, una tarea que debería ser colectiva.

Un día cualquiera en la vigilancia del territorio

La defensa ambiental no ocurre en momentos extraordinarios, sino en la repetición de días que exigen atención constante. Un día de monitoreo puede iniciar con un recorrido aparentemente rutinario, pero siempre con la expectativa de encontrar algo fuera de lugar: una chapea reciente, maquinaria donde no debería estar, marcas en el suelo que anuncian una intervención mayor.

Observar implica detenerse, registrar, contrastar lo que se ve con lo que debería estar ocurriendo. Fotografías, videos, anotaciones. La documentación no es opcional: es la única forma de sostener una denuncia en contextos donde la palabra suele ser cuestionada o deslegitimada. Por eso, cada recorrido también es un ejercicio de resguardo: cámaras activas, registros en tiempo real, evidencia que permita responder ante versiones que intenten invertir los hechos.

Denunciar, sin embargo, no es un acto neutro. Implica exponerse. En muchos casos, la reacción no es la atención inmediata de las autoridades, sino la posibilidad de conflicto: cuestionamientos, intimidaciones, intentos de desacreditar lo observado. Esto hace que cada decisión —quedarse, retirarse, insistir— se tome evaluando no solo el daño ambiental, sino también el riesgo personal.

El día continúa entre llamadas, gestiones y seguimiento. Contactar instituciones, insistir para que se presenten en el sitio, explicar una y otra vez por qué una intervención es irregular. A menudo, la respuesta es lenta o ambigua, lo que obliga a sostener la presión desde el territorio para evitar que el daño avance.

Con el paso de las horas, el monitoreo también se traslada a otros espacios: organizar la información, respaldar archivos, preparar denuncias, anticipar posibles escenarios. La vigilancia no termina cuando se abandona el lugar intervenido; continúa en la necesidad de sostener cada caso en el tiempo.

Pero este trabajo no se limita a lo técnico. También implica habitar una tensión constante. Saber que denunciar puede generar represalias, que no siempre habrá respaldo, que en algunos momentos se puede quedar en soledad frente a situaciones complejas. Esa conciencia transforma la rutina: cada recorrido, cada registro, cada llamada se realiza con una atención que no es solo ambiental, sino también de cuidado propio.

Así, lo que desde fuera puede parecer una acción puntual, es en realidad una práctica sostenida que combina observación, documentación, insistencia y gestión. Un trabajo que se construye día a día, muchas veces en silencio, y que resulta clave para que los daños no se consoliden antes de ser vistos.

Una decisión sostenida en el tiempo

En el caso de Philippe Vangoidsenhoven, la defensa ambiental no aparece como una acción puntual, sino como una decisión que ha asumido de forma consciente y sostenida a lo largo de los años. No se trata únicamente de observar o denunciar, sino de mantenerse presente en un contexto donde hacerlo implica riesgos reales.

Desde su propia mirada, este compromiso nace de una certeza difícil de eludir: cuando se identifican daños y no se actúa, estos continúan y se profundizan. Esa claridad es la que lo ha llevado a sostener el monitoreo incluso en condiciones adversas, aun cuando hacerlo ha significado enfrentar conflictos, presiones y situaciones de desgaste constante.

Su experiencia también pone en evidencia un elemento clave: muchas personas optan por no denunciar debido al temor a represalias o a la percepción de que hacerlo puede traer problemas. En ese escenario, su decisión adquiere un peso particular. No porque sea excepcional en términos individuales, sino porque revela el vacío que se produce cuando la defensa del territorio no cuenta con suficientes condiciones colectivas para sostenerse.

Al mismo tiempo, su posición no está exenta de contradicciones y costos. Sostener esta labor implica reorganizar la vida cotidiana, asumir gastos, invertir tiempo y convivir con una sensación permanente de exposición. Sin embargo, lejos de abandonar, ha optado por continuar, entendiendo que su ausencia dejaría aún más desprotegidos los espacios que monitorea.

Esta decisión no responde a una lógica de sacrificio, sino a una forma de asumir responsabilidad frente a lo que ocurre en el territorio. Y, en ese sentido, su trayectoria no solo habla de persistencia individual, sino que interpela directamente a la sociedad: la defensa de los bienes comunes no puede seguir dependiendo de decisiones aisladas, sino que requiere convertirse en una tarea compartida y respaldada colectivamente.

Defender la Tierra también es defender a quienes la cuidan

Volver sobre estos elementos en el Día de la Tierra obliga a ampliar la mirada. No basta con reconocer la importancia de proteger los ecosistemas; es necesario preguntarse quiénes están haciendo posible esa defensa y en qué condiciones.

La experiencia de Philippe Vangoidsenhoven muestra que la protección de los bienes comunes no ocurre de forma abstracta. Se construye desde el territorio, con presencia, conocimiento y una persistencia que muchas veces implica riesgos personales significativos.

Pero también evidencia un límite claro: no es sostenible que esta responsabilidad recaiga en unos pocos. La vigilancia comunitaria es fundamental, pero no puede sustituir el rol del Estado ni operar sin respaldo social e institucional.

Reivindicar este trabajo implica algo más que reconocerlo. Supone asumir un compromiso colectivo: fortalecer los mecanismos de protección para personas defensoras, mejorar la respuesta institucional, garantizar el acceso a información ambiental y cuestionar las formas de desarrollo que siguen poniendo en riesgo territorios frágiles.

Porque, en última instancia, defender la Tierra no es solo una consigna. Es una práctica concreta, sostenida —y muchas veces solitaria— que hoy más que nunca necesita dejar de serlo.

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Manual práctico del 0%: disculpen las molestias, no pedimos permiso

Este manual no debería existir.

No porque no haga falta, sino porque su existencia dice más de lo que cualquier diagnóstico técnico se atrevería a nombrar. Nadie lo solicitó, nadie lo validó, nadie abrió un formulario para recoger opiniones. Y, sin embargo, aquí está.

No pedimos permiso.

Porque cuando las decisiones que afectan la vida universitaria tampoco pasan por consulta —cuando un 0% se instala como si fuera neutral, técnico, inevitable—, la respuesta no siempre llega por los canales formales. A veces aparece en los márgenes, en ese lugar incómodo donde la preocupación se mezcla con la memoria y con una pregunta urgente: ¿qué hacemos con lo que tenemos a mano?

Este “manual práctico del 0%” es, en realidad, un botiquín.

Este manual no debería existir. Pero quizá tampoco haga falta. Porque hoy, en Costa Rica, ya hay personas estudiantes organizándose, movilizándose, discutiendo y sosteniendo la defensa de la universidad pública. Esa experiencia viva —en curso, imperfecta, pero activa— también es un manual. Si este documento sirve, es porque dialoga con esas prácticas. Si sobra, mejor. Porque significaría que la lucha ya está en marcha.

No está pensado para quienes solo se mueven cuando todo ha sido previamente autorizado o encaja sin fisuras en los procedimientos; más bien, encuentra sentido allí donde lo urgente desborda lo establecido y obliga a mirar de frente lo que ya no se puede postergar.

No cura la herida, pero permite reconocerla. No resuelve la emergencia, pero evita que se normalice. No ofrece recetas, pero pone a circular herramientas que otros procesos en América Latina y el Caribe han ido dejando, como quien sabe que en algún momento alguien más las va a necesitar.

Porque el 0% no es un número.

Es el proyecto que se detiene, la beca que no alcanza, el territorio que queda más lejos. Es el ajuste que no se nombra como recorte, pero que se vive como retroceso. Es el silenciamiento progresivo de una idea de universidad pública que históricamente ha sido todo menos neutral.

Y frente a eso, este manual hace algo sencillo —y por eso incómodo—: recuerda.

Recuerda que la universidad pública no nació de la planificación ordenada, sino de la disputa. Que lo que hoy existe fue conquistado, tensionado, defendido. Que cada generación, en contextos distintos, tuvo que inventar formas para sostener lo común.

Por eso este documento no busca representar a nadie.

Ni hablar en nombre de.

Ni cerrar el debate.

Más bien lo contrario: abrirlo.

Poner sobre la mesa que lo que está en juego no es únicamente un presupuesto, sino una forma de entender la universidad, su lugar en la sociedad y su relación con la vida de las personas. Traducir un conflicto que muchas veces queda encerrado en el campus, para que pueda ser sentido como propio más allá de él.

Si este manual circula, cumple su función.
Si incomoda, también.

Porque no fue hecho para tranquilizar.

Fue hecho porque algo está pasando que lo vuelve necesario.

Así que sí:

Gracias.

Y disculpen las molestias.

BAS100. BUENOS AIRES (ARGENTINA), 13/03/2013. Fotografía de archivo del pasado 20 de marzo de 2008, muestra al arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, besando los pies a gente pobre y drogadicta, durante la celebración de Jueves Santo en Buenos Aires (Argentina). Bergoglio fue porclamado hoy, miércoles 13 de marzo de 2013, como nuevo Papa, Francisco I. El hasta hoy jefe de la Iglesia argentina vivía en un pequeño departamento próximo a la catedral, viajaba en transporte público, visitaba villas (asentamientos marginales), parroquias y hospitales y animaba a los sacerdotes a salir a la calle y estar cerca de sus fieles. EFE/ ENRIQUE GARCÍA MEDINA

“Gracias, disculpe las molestias”: el último susurro del Papa Francisco y su legado de la cultura del encuentro

No fue una encíclica ni un discurso solemne. Fue un vaso de agua y una exhalación. Mientras el mundo lo despedía, Francisco alcanzó a decirle a su enfermera: “Gracias, disculpe las molestias”. En esa frase minúscula está resumido todo su pontificado.

Ocurrió en la intimidad de una habitación, en los últimos segundos de vida. El Papa Francisco, ya muy débil, pidió un vaso de agua. Lo bebió. Miró a la enfermera que lo asistía. Y, con la voz que se apagaba, le dijo: “Gracias, disculpe las molestias”. Inmediatamente después, murió en paz.

El Vaticano no difundió ese gesto de inmediato. Lo hizo casi un año después, con la publicación del libro Padre, del periodista Salvatore Cernuzio, donde se reconstruye ese momento a partir de testimonios del entorno más cercano.

La frase conmovió al mundo. No por grandilocuente, sino precisamente por lo contrario: por su pequeñez, por su cotidianidad, por su hondura humana. Quien esperaba un testamento teológico o una última declaración de principios encontró, una vez más, la esencia de Francisco: la convicción de que lo sagrado habita en lo mínimo y de que el encuentro con el otro es el centro de todo.

Dicha en el umbral de la muerte, esa frase condensa lo que él llamó durante años la cultura del encuentro.

¿Qué significa, para una persona humana, decir eso en el último suspiro?
No es cortesía vacía ni un reflejo automático. Es, ante todo, el reconocimiento de que no se vive en soledad. “Gracias” rompe la indiferencia: reconoce que otro me ha sostenido, que otro ha sido don para mí. “Disculpe las molestias” expresa la humildad de quien sabe que ocupar un lugar —incluso un lugar querido— implica una carga para los demás.

Francisco, el Papa que habló de los descartables, de los invisibles, de quienes sobran para el sistema, se coloca aquí en el lugar de quien pide perdón por existir. No por servilismo, sino por coherencia. Porque si el otro es sagrado, entonces mi presencia en su vida no es un derecho automático: es un regalo que debo cuidar y por el que debo agradecer.

La cultura del encuentro: el poliedro frente a la indiferencia

Para comprender por qué esa frase condensa un pontificado, hay que volver a una de las imágenes centrales que Francisco repitió insistentemente: la del poliedro.

Como explica el teólogo Víctor Manuel Fernández en Hacia una cultura del encuentro, Francisco rechaza las lógicas que enfrentan y excluyen. Su horizonte es una sociedad con múltiples facetas, distintas entre sí, pero articuladas en una unidad rica en matices. En el poliedro, nadie sobra. Nadie es descartable. “Aun las personas que pueden ser cuestionadas por sus errores —escribió en Evangelii gaudium— tienen algo que aportar que no debe perderse”.

Frente a esa riqueza, Francisco identificó uno de los males de nuestro tiempo: la cultura de la indiferencia, también llamada cultura del descarte. En una homilía del 13 de septiembre de 2016 en Santa Marta, lo expresó con crudeza: nos hemos acostumbrado a ver el dolor ajeno, decir “qué pena, pobre gente” y seguir de largo. Señaló incluso la vida cotidiana: familias que comparten la mesa mirando el teléfono, donde “cada uno es indiferente al encuentro”. Justo en el núcleo de la sociedad —la familia—, el encuentro se desvanece.

El encuentro se juega en lo pequeño

Frente a esa frialdad, Francisco propuso algo radicalmente simple. En esa misma homilía afirmó: “Si yo no miro —no es suficiente ver—, si yo no me detengo, si yo no toco, si yo no hablo, no puedo hacer un encuentro”.

La cultura del encuentro no necesita cumbres internacionales ni grandes declaraciones. Se construye en gestos mínimos: detenerse, mirar a los ojos, escuchar, tocar, dejarse afectar.

“No sólo viendo sino mirando, no sólo oyendo sino escuchando, no sólo cruzándonos con las personas sino deteniéndonos con ellas, no sólo diciendo ‘¡Qué pena! ¡Pobre gente!’ sino dejándonos llevar por la compasión… para acercarse, tocar y decir ‘no llores’ y dar al menos una gota de vida”.

Ahí se juega todo: en restituir la dignidad concreta de cada persona, especialmente de quienes el sistema descarta. Y eso no se aprende en los libros: se aprende en la vida cotidiana, en la mesa, en la calle, en los vínculos.

El pacto cultural que nace del corazón

Francisco insistió en que no basta con pactos políticos o acuerdos morales. Hace falta algo más profundo: un pacto cultural. Es decir, una decisión compartida de reconocer al otro como otro, con su propia manera de ver, sentir y habitar el mundo.

“Se trata —escribe Fernández— de reconocerle al otro el derecho de ser él mismo y de ser diferente”.

Esto implica afirmar que la dignidad no depende de la utilidad, la eficiencia o la productividad. “El solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menor desarrollo —dice Francisco en Evangelii gaudium— no justifica que algunas personas vivan con menor dignidad”.

“Gracias, disculpe las molestias”: la cultura del encuentro llevada al extremo

A la luz de todo esto, aquella última frase adquiere una profundidad mayor. Francisco no la pronunció para la historia. La dijo en voz baja, para una sola persona, en el momento más frágil de su vida. Y allí, sin cámaras ni discursos, vivió lo que enseñó.

“Gracias”: porque reconoció que esa mujer, anónima y concreta, era en ese instante lo más importante.
“Disculpe las molestias”: porque asumió que su presencia —aunque amada— también implica una carga, y pidió perdón por ella.

Ese gesto mínimo es la cultura del encuentro en estado puro. No como teoría, sino como vida encarnada.

Nos queda la tarea

Francisco se fue pidiendo agua, agradeciendo y pidiendo perdón. Con ese susurro, mostró que la cultura del encuentro no es una ideología ni una estrategia, sino una práctica cotidiana que se ejercita incluso —y sobre todo— en la fragilidad.

La pregunta queda abierta: ¿seremos capaces de vivir esa cultura del encuentro? ¿O seguiremos atrapados en la indiferencia, mirando el teléfono mientras el otro espera, a nuestro lado, una mirada?

Como escribió en su mensaje al pueblo argentino del 30 de septiembre de 2016, se trata de entregar lo mejor de nosotros mismos “para mejorar, crecer, madurar”. Eso —añadió— nos permitirá construir una cultura del encuentro que supere la lógica del descarte.

Gracias, Francisco. Y disculpe las molestias. Nunca lo fueron.

¿Por qué un Observatorio de Bienes Comunes habla del Papa Francisco?

A primera vista, podría parecer extraño. Un Observatorio de Bienes Comunes —dedicado a pensar el agua, la tierra, los territorios, la organización comunitaria— deteniéndose en las últimas palabras de un Papa. Pero la pregunta es otra: ¿cómo no hacerlo?

Francisco no habló de los bienes comunes como categoría técnica, pero sí nombró —una y otra vez— aquello que los sostiene: la dignidad compartida, la interdependencia y la responsabilidad con los otros y con la vida. Cuando denunció la “cultura del descarte”, estaba señalando el mismo problema que atraviesa las luchas por los bienes comunes: un sistema que convierte lo vivo en objeto, que mercantiliza el agua, la tierra y los cuerpos, y que vuelve prescindibles a comunidades enteras.

La cultura del encuentro, en este sentido, no es un concepto abstracto. Es una práctica profundamente política y territorial. Implica reconocer que nadie se salva solo, que la vida es en común y que lo que cuidamos —una naciente, un bosque, una memoria, un vínculo— no nos pertenece individualmente, sino que nos constituye colectivamente.

Cuando Francisco insiste en mirar, detenerse, tocar, escuchar, está nombrando también las condiciones mínimas para cuidar lo común. No hay defensa de los bienes comunes sin encuentro. No hay organización comunitaria sin vínculos. No hay justicia territorial sin reconocer al otro —humano y no humano— como digno.

Por eso este Observatorio se detiene en una frase tan pequeña. Porque en “gracias, disculpe las molestias” hay una ética del cuidado que desborda lo religioso y se vuelve profundamente política: reconocer que dependemos de otros, que nuestra vida afecta a otros, y que habitar el mundo exige responsabilidad.

Hablar de Francisco, entonces, no es un gesto devocional. Es una apuesta por pensar, desde otro lugar, cómo reconstruimos lo común en tiempos de fragmentación. Porque tal vez la defensa de los bienes comunes comienza ahí: en la capacidad de encontrarnos, de reconocernos y de no darnos por descartables.

Referencias:

Papa Francisco. (2016, septiembre 13). Por una cultura del encuentro. Homilía. Misas matutinas en la capilla de la Domus Sanctae Marthae. L’Osservatore Romano. 

Fernández, V. M., & Espeche Gil, V. (s. f.). El papa Francisco y la cultura del encuentro. América Latina. Pontificia Comisión para América Latina. 

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Sabores de la memoria: Finca 5 reconstruye su historia desde las fotos… y más allá de ellas

El pasado sábado 18 de abril, la comunidad de Finca 5 se reunió para dar inicio a un proceso colectivo de recuperación de memoria en torno al puente ferroviario, el vagón y la historia del territorio. Más que una actividad puntual, el encuentro se convirtió en un espacio de diálogo, escucha y reconocimiento, donde las experiencias de vida comenzaron a entrelazarse para reconstruir una historia común.

A partir de fotografías compartidas por las propias personas, el taller propuso una dinámica sencilla pero profundamente significativa: construir una línea del tiempo desde la memoria vivida. Las imágenes no solo permitieron ubicar momentos, sino que abrieron la posibilidad de recordar, interpretar y resignificar lo que ha sido el tren en la vida de la comunidad.

Una historia que se cuenta desde la experiencia

Las fotografías funcionaron como un punto de partida para activar recuerdos que, aunque pertenecen al pasado, siguen presentes en la vida cotidiana de muchas personas.

Aparecieron escenas de un tiempo en que el río se cruzaba a pie, antes de la construcción del puente. Se recordaron los años en que la llegada de la obra representó una visión de futuro, generando trabajo para la gente del lugar y abriendo nuevas posibilidades económicas. El tren fue evocado como un elemento que dinamizó el comercio, conectó comunidades y marcó profundamente la organización de la vida cotidiana.

Sin embargo, más allá de estos hitos, lo que emergió con mayor fuerza fue la dimensión cotidiana de esa historia. La memoria no se expresó solo en grandes eventos, sino en prácticas diarias: ventas de leche, cajetas, tortillas, chorreadas, tamales, elotes y huevos que cruzaban el puente en canastos; recorridos familiares; encuentros espontáneos; y una vida comunitaria marcada por el intercambio constante.

Muchas personas recordaron cómo salían a vender y regresaban con el canasto vacío, en jornadas donde el trabajo también era una forma de encuentro. En ese ir y venir, no solo circulaban productos, sino también vínculos, historias y formas de sostener la vida en común.

Cuando la memoria se vuelve pregunta

El taller tomó un giro clave cuando la conversación se desplazó de lo visible hacia lo ausente. La pregunta fue directa, pero profundamente movilizadora:

¿Qué no muestran las fotos?

A partir de ahí, comenzaron a emerger historias que no habían quedado registradas en imágenes, pero que forman parte esencial de la memoria colectiva.

Se mencionaron las fondas que alimentaban a quienes trabajaban en la construcción del puente, las condiciones de vida de la época —como la ausencia de electricidad— y los esfuerzos cotidianos de las familias. También aparecieron recuerdos más sensibles, como las personas que fallecieron durante la construcción, o los recorridos junto a padres y madres que forman parte de una memoria afectiva que no suele documentarse.

Este momento permitió reconocer algo fundamental: la memoria no está solo en lo que se puede ver. También habita en lo que se siente, en lo que se recuerda desde la experiencia y en aquello que, por distintas razones, no fue fotografiado ni registrado.

El tren: entre memoria, sustento y pregunta

En los relatos compartidos, el tren dejó de ser únicamente una infraestructura para convertirse en una experiencia profundamente arraigada en la vida de la comunidad.

Fue fuente de trabajo e ingresos para muchas familias.
Fue un espacio de intercambio y encuentro.
Fue parte de la infancia, de la rutina, de la organización del territorio.

Pero junto con estos recuerdos, también emergieron preguntas sobre el presente y el futuro. Algunas personas expresaron el deseo de que el tren pueda volver, reconociendo su potencial para el desarrollo. Sin embargo, esta idea no aparece de forma acrítica.

Durante el taller se señaló con claridad que las grandes articulaciones, como el tren, no necesariamente significan desarrollo para las comunidades. En algunos casos, también pueden invisibilizar sus necesidades y formas de vida. Esta reflexión abre un campo importante: pensar qué tipo de desarrollo se quiere y desde qué lugar se construye.

La memoria no es neutral

Uno de los aprendizajes más importantes que dejó el encuentro es que la memoria no es un ejercicio neutro ni automático.

Recordamos algunas cosas y otras quedan fuera.
A veces porque no fueron fotografiadas.
A veces porque implican experiencias difíciles.
A veces porque no se consideraron importantes en su momento.

Esto invita a una reflexión necesaria: ¿quién decide qué se recuerda y qué se olvida? ¿Qué historias han quedado fuera de los relatos más visibles? ¿Qué memorias necesitan todavía un espacio para ser compartidas?

Reconocer esta dimensión es clave para construir una memoria más amplia, más crítica y más cercana a la experiencia real de la comunidad.

La historia que sea la nuestra

En medio de estas reflexiones, emergió una idea con mucha fuerza: la necesidad de que la historia sea contada desde la propia comunidad.

Frente a relatos externos que muchas veces explican el territorio desde una mirada institucional o técnica, este proceso busca poner en el centro las voces de quienes han vivido y construido Finca 5.

La memoria local permite recuperar la experiencia cotidiana, reconocer trayectorias de vida y fortalecer el sentido de pertenencia. No se trata solo de recordar, sino de afirmar que la comunidad tiene el derecho de narrarse a sí misma.

Como se expresó durante el taller:
“La historia que sea la mía. De y para la comunidad.”

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Este boletín recoge con mayor detalle los relatos, reflexiones y hallazgos del primer taller en Finca 5, incluyendo la línea del tiempo construida colectivamente, las voces de la comunidad y las preguntas que surgieron en el proceso. Te invitamos a descargarlo y recorrer esta memoria viva que no solo recuerda el pasado, sino que abre caminos para pensar el presente y construir futuro.