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De “estúpido” a “malintencionado”: cómo se naturaliza la estigmatización de quienes defienden el ambiente

En la conferencia de prensa semanal del presidente de la República, Rodrigo Chaves, junto Ministra de la Presidencia y presidenta electa Laura Fernández, tuvo lugar un intercambio que, para muchos, pudo pasar desapercibido. Sin embargo, a la luz de los estándares internacionales de derechos humanos, constituye un ejemplo claro de estigmatización institucional contra personas defensoras del ambiente.

Durante su intervención, el presidente Chaves se refirió al diputado electo Edgardo Araya como “la clase de estúpido que es este ser humano” y “el padre del desastre de Crucitas”. En la misma línea, calificó al magistrado Fernando Cruz, presidente de la Corte Suprema, como “un desvisado”, “de extrema izquierda y nefasto para el país” y “malintencionado”. Por su parte, la presidenta electa aludió a “personas radicalistas” que “engañan” al país con “información falsa”.

Lo que está en juego aquí no es la libertad de opinión. El problema radica en la normalización de un discurso que descalifica a las personas —y no a sus argumentos—, y que, además, asocia la defensa del ambiente con daño al desarrollo, pérdida de empleos o incluso mala fe.

Lo que dice el derecho interamericano

El informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), “Norte de Centroamérica: Personas defensoras del medio ambiente” (2022), es contundente al respecto:

“La difamación y estigmatización de personas defensoras son prácticas comúnmente utilizadas para distorsionar la percepción que se tiene sobre su labor.” (párr. 114)

El documento señala que, en países como Guatemala, Honduras y El Salvador, funcionarios públicos y actores privados han recurrido a etiquetas como “criminales”, “terroristas”, “antidesarrollo” o “enemigos del Estado” para desacreditar a quienes defienden el ambiente (párr. 115). Aunque con un lenguaje distinto, ese mismo patrón discursivo se hizo presente este miércoles en la conferencia del Poder Ejecutivo costarricense.

La CIDH advierte que la estigmatización no constituye un simple exceso retórico. Por el contrario, contribuye a crear un clima de hostilidad, legitima la descalificación pública y, en contextos de alta conflictividad, puede convertirse en la antesala de amenazas, criminalización e incluso violencia letal (párrs. 116–118).

¿Por qué esto importa en Costa Rica?

Costa Rica experimenta una erosión en las condiciones para la defensa ambiental. Aunque no se trate de un escenario de violencia sistemática como en otros países de la región, el país no está exento de hechos extremos: se han registrado asesinatos de personas vinculadas a la defensa del territorio. En este contexto, se acumulan señales de deterioro —conflicto sostenido en territorios indígenas, declaratorias de “no grato” y afiches de “no bienvenidos”— que, lejos de ser aisladas, delinean una tendencia preocupante. A ello se suma el uso de mecanismos de intimidación legal, como las demandas estratégicas contra la participación pública (SLAPP), reforzando un entorno cada vez más adverso, profundizado por discursos estigmatizantes desde el Poder Ejecutivo.

Estos discursos no solo acompañan este proceso, sino que lo profundizan y legitiman. En primer lugar, normalizan el insulto y la descalificación personal como formas válidas de hacer política y de responder a posiciones críticas, particularmente en materia ambiental. En segundo lugar, deslegitiman la defensa del ambiente al asociarla de manera automática con “fanatismo”, “radicalismo” o “engaño”, sin distinguir entre posturas legítimas y acciones ilegales.

Además, este clima discursivo pone en riesgo el derecho a disentir en temas ambientales, especialmente para comunidades locales, liderazgos indígenas y personas que se oponen a megaproyectos. Finalmente, este tipo de posicionamientos contradice los compromisos internacionales asumidos por Costa Rica, incluyendo su papel histórico en torno al Acuerdo de Escazú y los estándares desarrollados por la CIDH.

Lo que la CIDH recomienda (y Costa Rica debería escuchar)

El informe dedica un apartado específico a las obligaciones estatales en materia de estigmatización. Entre sus conclusiones, señala:

“Las autoridades estatales deben abstenerse de realizar declaraciones que estigmaticen o que sugieran que las organizaciones actúan de manera indebida o ilegal, solo por el hecho de realizar sus labores de promoción y defensa de los derechos humanos.” (párr. 175)

Asimismo, recomienda de forma expresa:

“Crear una campaña de educación y promoción […] Las autoridades, desde los más altos niveles, deben abstenerse de hacer declaraciones o afirmaciones que estigmaticen o desacrediten a las personas defensoras.” (párr. 305, recomendación 2)

Hasta el momento, lejos de promover esta cultura, el Poder Ejecutivo costarricense ha avanzado en sentido contrario.

Más allá de la anécdota: un patrón discursivo

Lo ocurrido el 22 de abril no puede entenderse como un hecho aislado. En los últimos años, desde el Ejecutivo se ha reiterado un patrón discursivo que califica a quienes cuestionan proyectos turísticos, mineros o de infraestructura como “obstruccionistas”, “radicales” o “enemigos del desarrollo”.

Lo novedoso en esta ocasión es la intensidad de la descalificación —dirigida a personas concretas como Araya y Cruz— y la generalización negativa hacia quienes defienden el ambiente, presentados como parte de “corrientes extremas”.

De acuerdo con la CIDH, la estigmatización suele ser el primer eslabón de una cadena que puede escalar hacia el hostigamiento, la criminalización y, en los escenarios más graves, la violencia física (párr. 96). En Costa Rica, aunque no se ha llegado a esos extremos, el discurso oficial comienza a sentar las condiciones para ello.

Cuando el discurso oficial cruza la línea

Señalar la estigmatización desde el Poder Ejecutivo no implica perseguir al gobierno ni restringir la libertad de expresión presidencial. Tampoco se trata de dirimir si un proyecto es viable, beneficioso o no, ni de impedir el desarrollo. Implica, más bien, reconocer que las palabras de quienes ejercen poder público tienen peso, generan efectos y deben ajustarse a ciertos límites, especialmente cuando se refieren a personas que ejercen un derecho fundamental: la defensa del ambiente.

La CIDH ha sido clara: proteger a las personas defensoras comienza por reconocer la legitimidad de su labor y abstenerse de descalificarlas. Un país que se presenta como referente ambiental y de derechos humanos, como Costa Rica, debería comenzar por garantizar ese estándar en su propio discurso institucional.

En este sentido, lo ocurrido no puede leerse como un hecho aislado ni como un simple exceso retórico. Forma parte de un entramado más amplio de violencias que afectan a quienes defienden el ambiente. La siguiente matriz, basada en el informe de la CIDH, permite visualizar cómo estas formas de violencia se articulan y escalan, situando la estigmatización como uno de sus puntos de partida.

Cómo operan las violencias contra personas defensoras del ambiente
Tipo de violencia¿En qué consiste?¿Cómo se manifiesta?Efectos principalesRelación con la estigmatización
Estigmatización y desprestigioDiscursos que deslegitiman la labor de defensa ambientalDeclaraciones públicas, etiquetas como “radicales”, “antidesarrollo”, “enemigos”Erosiona legitimidad social, aísla a las personas defensorasEs el punto de partida: construye el clima que permite otras violencias
Amenazas y hostigamientoIntimidación directa o indirecta contra personas defensorasMensajes de amenaza, vigilancia, acoso, agresiones físicas o psicológicasGenera miedo, limita la participación y la denunciaSe legitima más fácilmente cuando la persona ya ha sido desacreditada públicamente
CriminalizaciónUso indebido del sistema penal para obstaculizar la defensaDenuncias infundadas, procesos judiciales, prisión preventiva abusivaDesgasta recursos, inhibe la acción colectiva, castiga la protestaLa estigmatización construye la narrativa que “justifica” la persecución
Ataques a la vida e integridadViolencia directa contra la integridad físicaAtentados, asesinatos, desapariciones forzadasElimina liderazgos, genera terror en comunidadesEs el extremo de la cadena, precedido muchas veces por estigmatización y hostigamiento

Fuente: elaboración propia con base en el informe de la CIDH “Norte de Centroamérica: Personas defensoras del medio ambiente” (2022).

¿A quiénes alcanza este tipo de discurso?

Hay un elemento adicional que no puede pasarse por alto. En este caso, las descalificaciones se dirigen a figuras con alta exposición pública como Fernando Cruz y Edgardo Araya. Se trata de personas con trayectoria, experiencia institucional y cierto nivel de protección derivado de sus cargos —magistrado y diputado electo—, lo que podría sugerir que están más habituadas a este tipo de confrontaciones.

Sin embargo, el problema no se agota en quienes reciben directamente los ataques. Este tipo de discurso, emitido desde los más altos niveles del poder, no solo impacta a estas figuras: también envía un mensaje más amplio que puede ser replicado y amplificado en otros espacios.

Cuando se normaliza la descalificación personal, se habilita —explícita o implícitamente— que ese mismo trato se reproduzca hacia personas defensoras con menor visibilidad y menor capacidad de protección: liderazgos comunitarios, colectivos locales, juventudes organizadas o personas que participan por primera vez en la defensa de sus territorios.

En esos contextos, las consecuencias pueden ser mucho más graves. A diferencia de figuras públicas consolidadas, estas personas suelen enfrentar mayores niveles de vulnerabilidad frente al hostigamiento, la intimidación o la violencia, precisamente porque no cuentan con los mismos recursos políticos, mediáticos o institucionales para responder.

Esto no implica minimizar los efectos que estas expresiones tienen sobre Fernando Cruz y Edgardo Araya, quienes también pueden verse afectados en distintos niveles por este tipo de violencia simbólica. Más bien, permite dimensionar el alcance del problema: un discurso estigmatizante no se queda en quienes nombra, sino que se expande, permea y reconfigura las condiciones en las que muchas otras personas ejercen su derecho a defender el ambiente.

En ese sentido, la responsabilidad del discurso público no radica solo en a quién se dirige, sino en todo lo que habilita más allá de ese momento.

¿Qué dice esto sobre la política ambiental de Costa Rica?

Más allá del episodio puntual, este tipo de declaraciones abre una pregunta de fondo sobre el rumbo de la política ambiental en Costa Rica. Cuando desde el más alto nivel del Poder Ejecutivo se desacredita a quienes defienden el ambiente, no solo se afecta a personas concretas: se redefine el lugar que ocupa la protección ambiental dentro de las prioridades del Estado.

El discurso importa porque orienta la acción pública. Asociar la defensa del ambiente con obstáculo, engaño o radicalismo no es neutral: desplaza el debate desde la deliberación informada hacia la descalificación, y debilita las condiciones para construir políticas ambientales legítimas, participativas y sostenibles.

En un país que ha construido buena parte de su identidad internacional sobre la protección ambiental, este tipo de posicionamientos genera tensiones evidentes. No se trata solo de una contradicción discursiva, sino de una señal política que puede incidir en cómo se toman decisiones sobre territorios, recursos naturales y comunidades.

Esto se vuelve aún más evidente al revisar la propia intervención de la presidenta electa. En su discurso, Laura Fernández reivindica el ambiente como “la gallina de los huevos de oro”, destacando su valor para el turismo, la imagen país y la generación de riqueza. Sin embargo, esa defensa se articula en términos instrumentalizados: el ambiente aparece valioso en la medida en que produce beneficios económicos y reputacionales, no necesariamente como un derecho o un bien común en sí mismo.

Al mismo tiempo, establece una frontera problemática entre “protección” y “fanatismo”, ubicando a quienes cuestionan proyectos o decisiones como “radicalistas” que “engañan” al país y generan “inseguridad jurídica”. Esto no solo simplifica debates complejos, sino que reproduce el tipo de narrativa que organismos como la CIDH han advertido: aquella que desacredita a las personas defensoras al asociarlas con irracionalidad, mala fe o daño al desarrollo.

A ello se suma una idea que parece técnica, pero que también merece ser problematizada: la noción de compensación ambiental basada en cortar árboles y sembrar más, incluso en proporciones mayores. Si bien estas medidas pueden formar parte de herramientas de gestión ambiental, presentarlas como equivalentes directos invisibiliza aspectos clave como la complejidad de los ecosistemas, el tiempo que tarda en regenerarse un bosque, la biodiversidad específica de cada territorio y los impactos acumulativos de la intervención. No todo árbol es intercambiable, ni todo ecosistema es fácilmente “reemplazable”.

Así, el discurso intenta sostener una defensa del ambiente mientras deslegitima a quienes lo defienden en contextos concretos y simplifica las tensiones ecológicas a una lógica de compensación cuantitativa. La tensión no es menor: se reivindica el valor abstracto de la naturaleza, pero se cuestiona —y se desautoriza— a los sujetos que encarnan su defensa en los territorios.

En ese sentido, la pregunta no es menor: ¿se está consolidando una política ambiental que reconoce el valor de quienes defienden la vida en los territorios, o una que los coloca como adversarios del desarrollo? La respuesta a esa pregunta marcará, en buena medida, el tipo de país que Costa Rica decida ser.

Referencias:

CIDH (2022). Norte de Centroamérica: Personas defensoras del medio ambiente. OEA/Ser.L/V/II. Doc. 400/22. Puede descargar aquí.

Poder Ejecutivo de Costa Rica. (2026, 22 de abril). Conferencia presidencial 22-04-2026 -video. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=tqZw6bY1FVU

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Los Chorros: historia, abandono y la lucha por proteger un monumento natural

Brenda Méndez Mesén

Estudiante asistente

El Parque Los Chorros no es solo un sitio de belleza escénica con cataratas de más de 40 metros: es una de las principales zonas de recarga hídrica del cantón de Grecia y comunidades cercanas como Carrillos Bajo, Tacares y Cataluña. Desde hace casi cinco décadas, este espacio ha sido reconocido legalmente como un área silvestre protegida; sin embargo, hoy enfrenta una crisis marcada por el abandono institucional, la intervención humana sin control y el deterioro progresivo de sus recursos naturales.

Un patrimonio natural de todos

“Para mí, Los Chorros representan algo tan importante para la vida como es el agua. Es la que nos da la vida, y si nosotros no la cuidamos, ¿quién lo va a hacer?”
– José Alejandro Montero Hernández, representante de la ASADA de Tacares

Los Chorros fue creado mediante la Ley N.º 6126 (1977) como Parque Recreativo Municipal, otorgando a la Municipalidad de Grecia la coadministración del área. Esta condición fue reafirmada por la Sala Constitucional en la sentencia 11525-2013, donde se establece que el parque forma parte del Patrimonio Natural del Estado y posee alta fragilidad ambiental, lo que obliga a una protección reforzada del recurso hídrico, los bosques y la biodiversidad.

Según estudios citados en dicha sentencia, en el área se localizan al menos 19 pozos y 26 nacientes, que alimentan tanto comunidades como proyectos industriales bajo el régimen de zona franca en Tacares. A pesar de ello, las medidas de resguardo han sido insuficientes.

Abandono municipal y aprovechamiento ilegal

“Aquí existe un aprovechamiento turístico ilegal que está causando un impacto negativo en la vida silvestre. No hay control, ni capacidad de carga, ni regulación.”
– Francis Suárez López, FUNDEMA y síndico de Tacares

Desde el año 2016, el parque se encuentra oficialmente cerrado al público; no obstante, la visitación nunca se detuvo. Terceros continúan cobrando entrada y parqueo, sin ningún tipo de autorización ni control, exponiendo a los visitantes a riesgos reales, como derrumbes, senderos colapsados y estructuras dañadas.

“No hay gestión, no hay control y no hay conservación. No existe una persona designada por la municipalidad para administrar este parque.”
– Hámer Salazar, FUNDEMA

Entrevistas realizadas a líderes comunales, regidores y representantes ambientales coinciden en un punto central: la ausencia de la Municipalidad de Grecia como figura rectora del parque.

“Los Chorros se encuentran en más de un 50% de abandono. Nadie invierte, nadie controla, pero sí hay gente lucrando de un bien que es de todos”, José Alejandro Montero Hernández representante de la ASADA de Tacares.

La municipalidad incluso llegó a contratar un asesor exclusivo para Los Chorros durante una administración pasada; sin embargo, su trabajo y resultados son desconocidos por la comunidad.

Daños ambientales y riesgos actuales

Además de la intervención humana, las tormentas recientes han causado deslizamientos, caída de árboles y daños en senderos. Elementos como el puente hamaca fueron destruidos parcialmente para impedir el paso, sin que se ofrecieran alternativas seguras.

Biólogos y ambientalistas advierten sobre prácticas inadecuadas en una zona protegida:

  • -Ingreso de perros y animales domésticos
  • -Fogatas no controladas
  • -Extracción de flora
  • -Basura en el cauce del río

Todo esto ocurre sin estudios de capacidad de carga, sin rotulación, sin guardaparques y sin vigilancia del SINAC.

El precedente legal ignorado

La sentencia 11525-2013 fue clara: cualquier intervención que aumente la explotación del recurso hídrico, o altere el entorno, debe someterse a Estudios de Impacto Ambiental rigurosos, aplicando el principio precautorio e in dubio pro natura. En ese fallo, la Sala responsabilizó a SETENA, AyA, MINAE y la Municipalidad de Grecia por omisiones en la protección del Parque Los Chorros.

“Este parque existe gracias a una lucha legal. Si no se hubiera defendido ese juicio, Los Chorros hoy no existirían.”
– Francis Suárez López, FUNDEMA

Pese a este precedente, hoy se siguen observando construcciones cercanas, urbanizaciones como el condominio Los Maderos, y una total falta de delimitación oficial del parque.

“Poner una malla que la gente rodea no es una solución real. La única solución real es hacer cumplir la ley.”
– Francis Suárez López, FUNDEMA

Las propuestas que siguen esperando

Desde la Fundación para el Desarrollo del Medio Ambiente (FUNDEMA) y organizaciones locales se han planteado proyectos concretos para rescatar el parque:

  • -Cambio de categoría de manejo, para que se reconozca oficialmente como Monumento Natural Los Chorros.
  • -Reglamentación de la Ley 6126, mientras se aprueba un nuevo marco legal.
  • -Amojonamiento del perímetro, para evitar invasiones y construcciones dañinas.
  • -Gestión y control permanente, con una figura responsable y coordinación con MINAE y SINAC.
  • -Recuperación de senderos, señalización, servicios sanitarios y manejo de desechos.
  • -Inventarios de flora y fauna, donde se registran especies como tigrillos, tolomucos, pavas, codornices y osos hormigueros.

Ninguna de estas iniciativas se ha ejecutado plenamente.

Turismo sí, pero primero protección

Paradójicamente, Los Chorros aparece en campañas publicitarias de empresas telefónicas y rutas turísticas promovidas por administraciones anteriores. Sin embargo, la comunidad insiste: no se puede vender lo que no se protege.

El potencial para un turismo sostenible y controlado existe y podría generar empleo y desarrollo para Tacares, pero solo después de garantizar:

  • -Seguridad para los visitantes
  • -Conservación del agua y la biodiversidad
  • -Gestión transparente y legal
Un llamado a la acción comunitaria

A casi 50 años de su creación, Los Chorros sigue siendo una joya natural, pero también un recordatorio del costo de la inacción. Los tacareños y griegos tienen claro que serán los primeros beneficiados si el parque se recupera, pero también los más afectados si se pierde.

Proteger Los Chorros no es una opción: es una responsabilidad colectiva.                           

Como parte del compromiso ciudadano con la protección del Parque Los Chorros, el sábado 11 de abril se realizó una jornada de limpieza y acción comunitaria en Tacares de Grecia, Alajuela, con la participación activa de vecinos y organizaciones ambientales.

La actividad tuvo como objetivo principal recolectar residuos sólidos, visibilizar el estado actual del parque y fortalecer el trabajo comunitario en defensa de los ríos y las nacientes, ante la ausencia de una gestión institucional permanente. Durante la jornada se logró retirar basura acumulada en senderos y zonas cercanas al cauce del río, evidenciando que, pese a estar oficialmente cerrado, el parque continúa siendo visitado sin control ni regulación.

Además de la limpieza, la actividad sirvió como espacio de concientización y articulación comunitaria, reafirmando la importancia de la organización local como primera línea de defensa del patrimonio natural.

La mostrado se obtuvo como resultado directo de la jornada de limpieza y acción comunitaria, mediante un proceso de observación y recopilación de datos realizado de forma participativa junto con personas y organizaciones locales. De esta manera se permitió integrar el conocimiento comunitario, las percepciones territoriales y la experiencia directa de quienes habitan y utilizan el entorno, aportando un diagnóstico colectivo sobre la situación actual del Parque Los Chorros.

“Los servicios ambientales que presta Los Chorros son enormes. De aquí se abastecen comunidades completas y proyectos productivos del distrito de Tacares.”
– Hámer Salazar, FUNDEMA

Los organizadores hicieron un llamado abierto a organizaciones sociales, ambientales, educativas e instituciones públicas y privadas que deseen sumarse a futuras acciones, con el fin de defender los ríos, proteger el recurso hídrico y fortalecer el trabajo comunitario en el distrito de Tacares y el cantón de Grecia.

Esta nota se elaboró en el marco de la jornada de limpieza y acción comunitaria realizada el sábado 11 de abril en Tacares de Grecia. La información presentada surge de un proceso participativo de observación, diálogo y recopilación de datos junto a personas vecinas y organizaciones locales, integrando conocimiento comunitario, percepciones territoriales y experiencias directas. La actividad, además de recolectar residuos y evidenciar el estado del parque, permitió realizar una caracterización exploratoria de la situación actual de Los Chorros.

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Donde el territorio habla, alguien decide escuchar – Día de la tierra

En el marco del Día de la Tierra, resulta urgente poner en valor las formas concretas en que se defiende la vida en los territorios. En el Caribe Sur de Costa Rica, la experiencia de monitoreo sostenido por Philippe Vangoidsenhoven muestra que la protección ambiental no depende únicamente de marcos legales o discursos institucionales, sino de la persistencia cotidiana de quienes deciden no mirar hacia otro lado.

Su trabajo de vigilancia territorial —basado en la observación directa, la denuncia oportuna y el acompañamiento constante de los procesos— ha logrado frenar intervenciones que, de no haber sido detenidas, habrían generado daños irreversibles en ecosistemas frágiles. Chapeas iniciales, movimientos de tierra, rellenos de humedales, ocupaciones en la Zona Marítimo Terrestre y alteraciones de cauces han sido contenidos en distintas etapas, evidenciando que actuar a tiempo puede marcar la diferencia entre la degradación y la posibilidad de recuperación.

Lo que estos casos revelan es un patrón: muchas de las afectaciones ambientales no comienzan con grandes obras visibles, sino con acciones aparentemente menores que funcionan como antesala de transformaciones más profundas. Bajo figuras como “limpieza”, “poda” o “aprovechamiento”, se abren procesos de ocupación, cambio de uso del suelo y fragmentación de ecosistemas. Frente a esto, la vigilancia activa desde el territorio se convierte en una herramienta clave de alerta temprana.

Más allá de detener daños puntuales, este trabajo también tensiona a las instituciones. En múltiples ocasiones, ha sido necesaria la insistencia directa —incluyendo la articulación con la Fiscalía Ambiental— para lograr que las autoridades actúen. Esto pone en evidencia una realidad incómoda: sin presión desde el territorio, muchas afectaciones avanzarían bajo lógicas de hecho consumado.

Los casos documentados en el Caribe Sur no son excepcionales. Reflejan dinámicas estructurales: la reincidencia de intervenciones, la lentitud institucional, la presión turística e inmobiliaria, la falta de reconocimiento de ecosistemas como humedales y la existencia de economías locales que dependen de la transformación del territorio, como el saqueo de tierra para rellenos. En este contexto, defender la naturaleza implica no solo conocimiento técnico y legal, sino también una disposición constante a sostener procesos largos, desgastantes y, en ocasiones, conflictivos.

Sin embargo, también hay resultados. Bosques costeros que hoy muestran signos de recuperación, humedales que no fueron rellenados, construcciones que no se consolidaron, quebradas que no fueron alteradas. Cada intervención detenida habla de algo más amplio: la posibilidad real de proteger los bienes comunes cuando existe presencia, compromiso y capacidad de actuar.

Esta experiencia, además, permite mirar más allá de los casos puntuales y abrir una pregunta más amplia: ¿qué tipo de desarrollo se está impulsando en territorios como el Caribe Sur, y a qué costo?

Donde tiembla

Durante décadas, Costa Rica ha construido y proyectado con éxito la imagen de “país verde”: un referente global de conservación, biodiversidad y turismo sostenible. Sin embargo, lo que ocurre en territorios como el Caribe Sur muestra que esa narrativa convive con tensiones profundas que rara vez logran hacerse visibles en el relato país.

El trabajo de Philippe Vangoidsenhoven permite ver con claridad esas fisuras. A través de recorridos constantes, registros audiovisuales y denuncias sostenidas en el tiempo, ha documentado cómo, detrás de la promesa de sostenibilidad, avanzan procesos de urbanización turística e inmobiliaria que transforman ecosistemas frágiles bajo lógicas de mercado.

Lejos de ser situaciones aisladas, estas transformaciones responden a patrones que se repiten. Intervenciones que inician con permisos fragmentados o interpretaciones flexibles de la normativa, continúan con tala selectiva, limpieza del terreno y uso de maquinaria, y terminan en rellenos, nivelaciones y procesos de comercialización del espacio. Lo que en apariencia es una acción puntual o menor, suele ser el primer paso de cambios más profundos y, en muchos casos, irreversibles.

Comprender este proceso exige ir más allá de categorías simplificadas como “desarrollo” o “progreso”. Lo que está en juego es una disputa por el territorio: entre una lógica que reduce la naturaleza a mercancía y otra que la reconoce como base de la vida y como bien común.

En ese contexto, la documentación territorial adquiere un valor político clave. No solo aporta evidencia; también cuestiona activamente la narrativa dominante, visibiliza lo que suele quedar fuera del encuadre y abre una discusión necesaria sobre los límites del modelo de desarrollo vigente. En territorios como el Caribe Sur, mirar de cerca no solo informa: incomoda, interpela y obliga a replantear las formas en que entendemos la relación entre conservación, economía y vida.

Pero esa mirada —rigurosa, persistente y crítica— no ocurre sin consecuencias.

Vivir bajo amenaza por defender la naturaleza

Reconocer el trabajo de Philippe Vangoidsenhoven implica también nombrar las condiciones en que se realiza. Defender el ambiente en América Latina y el Caribe —y también en Costa Rica— es una actividad de alto riesgo, especialmente cuando entra en conflicto con intereses económicos y estructuras de poder local.

A lo largo de más de dos décadas, Philippe ha interpuesto cientos de denuncias por delitos ambientales. Esa labor lo ha expuesto a una violencia sostenida que incluye agresiones físicas, amenazas directas, hostigamiento constante, criminalización judicial y campañas de difamación. No se trata de episodios aislados, sino de un patrón que busca desgastar, intimidar y silenciar.

Las formas que adopta esta violencia son múltiples y acumulativas: desde insultos en el espacio público y persecuciones, hasta ataques físicos, daños a su propiedad y situaciones que han puesto en riesgo su integridad. A esto se suma una dimensión especialmente grave: la respuesta institucional insuficiente o tardía, que en algunos casos ha derivado en la criminalización de quien denuncia, invirtiendo el lugar entre víctima y agresor.

El costo de esta defensa no es solo físico. También es económico y emocional. Implica asumir gastos constantes para sostener el monitoreo, enfrentar pérdidas materiales, reorganizar la vida cotidiana y convivir con una sensación permanente de riesgo. En este contexto, incluso la autoprotección se vuelve una decisión límite, reflejo de la ausencia de garantías efectivas por parte del Estado.

Lejos de ser una excepción, este caso revela una realidad más amplia: la defensa ambiental en muchos territorios depende de personas que operan en condiciones de vulnerabilidad estructural. Personas que sostienen, casi en soledad, una tarea que debería ser colectiva.

Un día cualquiera en la vigilancia del territorio

La defensa ambiental no ocurre en momentos extraordinarios, sino en la repetición de días que exigen atención constante. Un día de monitoreo puede iniciar con un recorrido aparentemente rutinario, pero siempre con la expectativa de encontrar algo fuera de lugar: una chapea reciente, maquinaria donde no debería estar, marcas en el suelo que anuncian una intervención mayor.

Observar implica detenerse, registrar, contrastar lo que se ve con lo que debería estar ocurriendo. Fotografías, videos, anotaciones. La documentación no es opcional: es la única forma de sostener una denuncia en contextos donde la palabra suele ser cuestionada o deslegitimada. Por eso, cada recorrido también es un ejercicio de resguardo: cámaras activas, registros en tiempo real, evidencia que permita responder ante versiones que intenten invertir los hechos.

Denunciar, sin embargo, no es un acto neutro. Implica exponerse. En muchos casos, la reacción no es la atención inmediata de las autoridades, sino la posibilidad de conflicto: cuestionamientos, intimidaciones, intentos de desacreditar lo observado. Esto hace que cada decisión —quedarse, retirarse, insistir— se tome evaluando no solo el daño ambiental, sino también el riesgo personal.

El día continúa entre llamadas, gestiones y seguimiento. Contactar instituciones, insistir para que se presenten en el sitio, explicar una y otra vez por qué una intervención es irregular. A menudo, la respuesta es lenta o ambigua, lo que obliga a sostener la presión desde el territorio para evitar que el daño avance.

Con el paso de las horas, el monitoreo también se traslada a otros espacios: organizar la información, respaldar archivos, preparar denuncias, anticipar posibles escenarios. La vigilancia no termina cuando se abandona el lugar intervenido; continúa en la necesidad de sostener cada caso en el tiempo.

Pero este trabajo no se limita a lo técnico. También implica habitar una tensión constante. Saber que denunciar puede generar represalias, que no siempre habrá respaldo, que en algunos momentos se puede quedar en soledad frente a situaciones complejas. Esa conciencia transforma la rutina: cada recorrido, cada registro, cada llamada se realiza con una atención que no es solo ambiental, sino también de cuidado propio.

Así, lo que desde fuera puede parecer una acción puntual, es en realidad una práctica sostenida que combina observación, documentación, insistencia y gestión. Un trabajo que se construye día a día, muchas veces en silencio, y que resulta clave para que los daños no se consoliden antes de ser vistos.

Una decisión sostenida en el tiempo

En el caso de Philippe Vangoidsenhoven, la defensa ambiental no aparece como una acción puntual, sino como una decisión que ha asumido de forma consciente y sostenida a lo largo de los años. No se trata únicamente de observar o denunciar, sino de mantenerse presente en un contexto donde hacerlo implica riesgos reales.

Desde su propia mirada, este compromiso nace de una certeza difícil de eludir: cuando se identifican daños y no se actúa, estos continúan y se profundizan. Esa claridad es la que lo ha llevado a sostener el monitoreo incluso en condiciones adversas, aun cuando hacerlo ha significado enfrentar conflictos, presiones y situaciones de desgaste constante.

Su experiencia también pone en evidencia un elemento clave: muchas personas optan por no denunciar debido al temor a represalias o a la percepción de que hacerlo puede traer problemas. En ese escenario, su decisión adquiere un peso particular. No porque sea excepcional en términos individuales, sino porque revela el vacío que se produce cuando la defensa del territorio no cuenta con suficientes condiciones colectivas para sostenerse.

Al mismo tiempo, su posición no está exenta de contradicciones y costos. Sostener esta labor implica reorganizar la vida cotidiana, asumir gastos, invertir tiempo y convivir con una sensación permanente de exposición. Sin embargo, lejos de abandonar, ha optado por continuar, entendiendo que su ausencia dejaría aún más desprotegidos los espacios que monitorea.

Esta decisión no responde a una lógica de sacrificio, sino a una forma de asumir responsabilidad frente a lo que ocurre en el territorio. Y, en ese sentido, su trayectoria no solo habla de persistencia individual, sino que interpela directamente a la sociedad: la defensa de los bienes comunes no puede seguir dependiendo de decisiones aisladas, sino que requiere convertirse en una tarea compartida y respaldada colectivamente.

Defender la Tierra también es defender a quienes la cuidan

Volver sobre estos elementos en el Día de la Tierra obliga a ampliar la mirada. No basta con reconocer la importancia de proteger los ecosistemas; es necesario preguntarse quiénes están haciendo posible esa defensa y en qué condiciones.

La experiencia de Philippe Vangoidsenhoven muestra que la protección de los bienes comunes no ocurre de forma abstracta. Se construye desde el territorio, con presencia, conocimiento y una persistencia que muchas veces implica riesgos personales significativos.

Pero también evidencia un límite claro: no es sostenible que esta responsabilidad recaiga en unos pocos. La vigilancia comunitaria es fundamental, pero no puede sustituir el rol del Estado ni operar sin respaldo social e institucional.

Reivindicar este trabajo implica algo más que reconocerlo. Supone asumir un compromiso colectivo: fortalecer los mecanismos de protección para personas defensoras, mejorar la respuesta institucional, garantizar el acceso a información ambiental y cuestionar las formas de desarrollo que siguen poniendo en riesgo territorios frágiles.

Porque, en última instancia, defender la Tierra no es solo una consigna. Es una práctica concreta, sostenida —y muchas veces solitaria— que hoy más que nunca necesita dejar de serlo.

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Manual práctico del 0%: disculpen las molestias, no pedimos permiso

Este manual no debería existir.

No porque no haga falta, sino porque su existencia dice más de lo que cualquier diagnóstico técnico se atrevería a nombrar. Nadie lo solicitó, nadie lo validó, nadie abrió un formulario para recoger opiniones. Y, sin embargo, aquí está.

No pedimos permiso.

Porque cuando las decisiones que afectan la vida universitaria tampoco pasan por consulta —cuando un 0% se instala como si fuera neutral, técnico, inevitable—, la respuesta no siempre llega por los canales formales. A veces aparece en los márgenes, en ese lugar incómodo donde la preocupación se mezcla con la memoria y con una pregunta urgente: ¿qué hacemos con lo que tenemos a mano?

Este “manual práctico del 0%” es, en realidad, un botiquín.

Este manual no debería existir. Pero quizá tampoco haga falta. Porque hoy, en Costa Rica, ya hay personas estudiantes organizándose, movilizándose, discutiendo y sosteniendo la defensa de la universidad pública. Esa experiencia viva —en curso, imperfecta, pero activa— también es un manual. Si este documento sirve, es porque dialoga con esas prácticas. Si sobra, mejor. Porque significaría que la lucha ya está en marcha.

No está pensado para quienes solo se mueven cuando todo ha sido previamente autorizado o encaja sin fisuras en los procedimientos; más bien, encuentra sentido allí donde lo urgente desborda lo establecido y obliga a mirar de frente lo que ya no se puede postergar.

No cura la herida, pero permite reconocerla. No resuelve la emergencia, pero evita que se normalice. No ofrece recetas, pero pone a circular herramientas que otros procesos en América Latina y el Caribe han ido dejando, como quien sabe que en algún momento alguien más las va a necesitar.

Porque el 0% no es un número.

Es el proyecto que se detiene, la beca que no alcanza, el territorio que queda más lejos. Es el ajuste que no se nombra como recorte, pero que se vive como retroceso. Es el silenciamiento progresivo de una idea de universidad pública que históricamente ha sido todo menos neutral.

Y frente a eso, este manual hace algo sencillo —y por eso incómodo—: recuerda.

Recuerda que la universidad pública no nació de la planificación ordenada, sino de la disputa. Que lo que hoy existe fue conquistado, tensionado, defendido. Que cada generación, en contextos distintos, tuvo que inventar formas para sostener lo común.

Por eso este documento no busca representar a nadie.

Ni hablar en nombre de.

Ni cerrar el debate.

Más bien lo contrario: abrirlo.

Poner sobre la mesa que lo que está en juego no es únicamente un presupuesto, sino una forma de entender la universidad, su lugar en la sociedad y su relación con la vida de las personas. Traducir un conflicto que muchas veces queda encerrado en el campus, para que pueda ser sentido como propio más allá de él.

Si este manual circula, cumple su función.
Si incomoda, también.

Porque no fue hecho para tranquilizar.

Fue hecho porque algo está pasando que lo vuelve necesario.

Así que sí:

Gracias.

Y disculpen las molestias.

BAS100. BUENOS AIRES (ARGENTINA), 13/03/2013. Fotografía de archivo del pasado 20 de marzo de 2008, muestra al arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, besando los pies a gente pobre y drogadicta, durante la celebración de Jueves Santo en Buenos Aires (Argentina). Bergoglio fue porclamado hoy, miércoles 13 de marzo de 2013, como nuevo Papa, Francisco I. El hasta hoy jefe de la Iglesia argentina vivía en un pequeño departamento próximo a la catedral, viajaba en transporte público, visitaba villas (asentamientos marginales), parroquias y hospitales y animaba a los sacerdotes a salir a la calle y estar cerca de sus fieles. EFE/ ENRIQUE GARCÍA MEDINA

“Gracias, disculpe las molestias”: el último susurro del Papa Francisco y su legado de la cultura del encuentro

No fue una encíclica ni un discurso solemne. Fue un vaso de agua y una exhalación. Mientras el mundo lo despedía, Francisco alcanzó a decirle a su enfermera: “Gracias, disculpe las molestias”. En esa frase minúscula está resumido todo su pontificado.

Ocurrió en la intimidad de una habitación, en los últimos segundos de vida. El Papa Francisco, ya muy débil, pidió un vaso de agua. Lo bebió. Miró a la enfermera que lo asistía. Y, con la voz que se apagaba, le dijo: “Gracias, disculpe las molestias”. Inmediatamente después, murió en paz.

El Vaticano no difundió ese gesto de inmediato. Lo hizo casi un año después, con la publicación del libro Padre, del periodista Salvatore Cernuzio, donde se reconstruye ese momento a partir de testimonios del entorno más cercano.

La frase conmovió al mundo. No por grandilocuente, sino precisamente por lo contrario: por su pequeñez, por su cotidianidad, por su hondura humana. Quien esperaba un testamento teológico o una última declaración de principios encontró, una vez más, la esencia de Francisco: la convicción de que lo sagrado habita en lo mínimo y de que el encuentro con el otro es el centro de todo.

Dicha en el umbral de la muerte, esa frase condensa lo que él llamó durante años la cultura del encuentro.

¿Qué significa, para una persona humana, decir eso en el último suspiro?
No es cortesía vacía ni un reflejo automático. Es, ante todo, el reconocimiento de que no se vive en soledad. “Gracias” rompe la indiferencia: reconoce que otro me ha sostenido, que otro ha sido don para mí. “Disculpe las molestias” expresa la humildad de quien sabe que ocupar un lugar —incluso un lugar querido— implica una carga para los demás.

Francisco, el Papa que habló de los descartables, de los invisibles, de quienes sobran para el sistema, se coloca aquí en el lugar de quien pide perdón por existir. No por servilismo, sino por coherencia. Porque si el otro es sagrado, entonces mi presencia en su vida no es un derecho automático: es un regalo que debo cuidar y por el que debo agradecer.

La cultura del encuentro: el poliedro frente a la indiferencia

Para comprender por qué esa frase condensa un pontificado, hay que volver a una de las imágenes centrales que Francisco repitió insistentemente: la del poliedro.

Como explica el teólogo Víctor Manuel Fernández en Hacia una cultura del encuentro, Francisco rechaza las lógicas que enfrentan y excluyen. Su horizonte es una sociedad con múltiples facetas, distintas entre sí, pero articuladas en una unidad rica en matices. En el poliedro, nadie sobra. Nadie es descartable. “Aun las personas que pueden ser cuestionadas por sus errores —escribió en Evangelii gaudium— tienen algo que aportar que no debe perderse”.

Frente a esa riqueza, Francisco identificó uno de los males de nuestro tiempo: la cultura de la indiferencia, también llamada cultura del descarte. En una homilía del 13 de septiembre de 2016 en Santa Marta, lo expresó con crudeza: nos hemos acostumbrado a ver el dolor ajeno, decir “qué pena, pobre gente” y seguir de largo. Señaló incluso la vida cotidiana: familias que comparten la mesa mirando el teléfono, donde “cada uno es indiferente al encuentro”. Justo en el núcleo de la sociedad —la familia—, el encuentro se desvanece.

El encuentro se juega en lo pequeño

Frente a esa frialdad, Francisco propuso algo radicalmente simple. En esa misma homilía afirmó: “Si yo no miro —no es suficiente ver—, si yo no me detengo, si yo no toco, si yo no hablo, no puedo hacer un encuentro”.

La cultura del encuentro no necesita cumbres internacionales ni grandes declaraciones. Se construye en gestos mínimos: detenerse, mirar a los ojos, escuchar, tocar, dejarse afectar.

“No sólo viendo sino mirando, no sólo oyendo sino escuchando, no sólo cruzándonos con las personas sino deteniéndonos con ellas, no sólo diciendo ‘¡Qué pena! ¡Pobre gente!’ sino dejándonos llevar por la compasión… para acercarse, tocar y decir ‘no llores’ y dar al menos una gota de vida”.

Ahí se juega todo: en restituir la dignidad concreta de cada persona, especialmente de quienes el sistema descarta. Y eso no se aprende en los libros: se aprende en la vida cotidiana, en la mesa, en la calle, en los vínculos.

El pacto cultural que nace del corazón

Francisco insistió en que no basta con pactos políticos o acuerdos morales. Hace falta algo más profundo: un pacto cultural. Es decir, una decisión compartida de reconocer al otro como otro, con su propia manera de ver, sentir y habitar el mundo.

“Se trata —escribe Fernández— de reconocerle al otro el derecho de ser él mismo y de ser diferente”.

Esto implica afirmar que la dignidad no depende de la utilidad, la eficiencia o la productividad. “El solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menor desarrollo —dice Francisco en Evangelii gaudium— no justifica que algunas personas vivan con menor dignidad”.

“Gracias, disculpe las molestias”: la cultura del encuentro llevada al extremo

A la luz de todo esto, aquella última frase adquiere una profundidad mayor. Francisco no la pronunció para la historia. La dijo en voz baja, para una sola persona, en el momento más frágil de su vida. Y allí, sin cámaras ni discursos, vivió lo que enseñó.

“Gracias”: porque reconoció que esa mujer, anónima y concreta, era en ese instante lo más importante.
“Disculpe las molestias”: porque asumió que su presencia —aunque amada— también implica una carga, y pidió perdón por ella.

Ese gesto mínimo es la cultura del encuentro en estado puro. No como teoría, sino como vida encarnada.

Nos queda la tarea

Francisco se fue pidiendo agua, agradeciendo y pidiendo perdón. Con ese susurro, mostró que la cultura del encuentro no es una ideología ni una estrategia, sino una práctica cotidiana que se ejercita incluso —y sobre todo— en la fragilidad.

La pregunta queda abierta: ¿seremos capaces de vivir esa cultura del encuentro? ¿O seguiremos atrapados en la indiferencia, mirando el teléfono mientras el otro espera, a nuestro lado, una mirada?

Como escribió en su mensaje al pueblo argentino del 30 de septiembre de 2016, se trata de entregar lo mejor de nosotros mismos “para mejorar, crecer, madurar”. Eso —añadió— nos permitirá construir una cultura del encuentro que supere la lógica del descarte.

Gracias, Francisco. Y disculpe las molestias. Nunca lo fueron.

¿Por qué un Observatorio de Bienes Comunes habla del Papa Francisco?

A primera vista, podría parecer extraño. Un Observatorio de Bienes Comunes —dedicado a pensar el agua, la tierra, los territorios, la organización comunitaria— deteniéndose en las últimas palabras de un Papa. Pero la pregunta es otra: ¿cómo no hacerlo?

Francisco no habló de los bienes comunes como categoría técnica, pero sí nombró —una y otra vez— aquello que los sostiene: la dignidad compartida, la interdependencia y la responsabilidad con los otros y con la vida. Cuando denunció la “cultura del descarte”, estaba señalando el mismo problema que atraviesa las luchas por los bienes comunes: un sistema que convierte lo vivo en objeto, que mercantiliza el agua, la tierra y los cuerpos, y que vuelve prescindibles a comunidades enteras.

La cultura del encuentro, en este sentido, no es un concepto abstracto. Es una práctica profundamente política y territorial. Implica reconocer que nadie se salva solo, que la vida es en común y que lo que cuidamos —una naciente, un bosque, una memoria, un vínculo— no nos pertenece individualmente, sino que nos constituye colectivamente.

Cuando Francisco insiste en mirar, detenerse, tocar, escuchar, está nombrando también las condiciones mínimas para cuidar lo común. No hay defensa de los bienes comunes sin encuentro. No hay organización comunitaria sin vínculos. No hay justicia territorial sin reconocer al otro —humano y no humano— como digno.

Por eso este Observatorio se detiene en una frase tan pequeña. Porque en “gracias, disculpe las molestias” hay una ética del cuidado que desborda lo religioso y se vuelve profundamente política: reconocer que dependemos de otros, que nuestra vida afecta a otros, y que habitar el mundo exige responsabilidad.

Hablar de Francisco, entonces, no es un gesto devocional. Es una apuesta por pensar, desde otro lugar, cómo reconstruimos lo común en tiempos de fragmentación. Porque tal vez la defensa de los bienes comunes comienza ahí: en la capacidad de encontrarnos, de reconocernos y de no darnos por descartables.

Referencias:

Papa Francisco. (2016, septiembre 13). Por una cultura del encuentro. Homilía. Misas matutinas en la capilla de la Domus Sanctae Marthae. L’Osservatore Romano. 

Fernández, V. M., & Espeche Gil, V. (s. f.). El papa Francisco y la cultura del encuentro. América Latina. Pontificia Comisión para América Latina. 

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Sabores de la memoria: Finca 5 reconstruye su historia desde las fotos… y más allá de ellas

El pasado sábado 18 de abril, la comunidad de Finca 5 se reunió para dar inicio a un proceso colectivo de recuperación de memoria en torno al puente ferroviario, el vagón y la historia del territorio. Más que una actividad puntual, el encuentro se convirtió en un espacio de diálogo, escucha y reconocimiento, donde las experiencias de vida comenzaron a entrelazarse para reconstruir una historia común.

A partir de fotografías compartidas por las propias personas, el taller propuso una dinámica sencilla pero profundamente significativa: construir una línea del tiempo desde la memoria vivida. Las imágenes no solo permitieron ubicar momentos, sino que abrieron la posibilidad de recordar, interpretar y resignificar lo que ha sido el tren en la vida de la comunidad.

Una historia que se cuenta desde la experiencia

Las fotografías funcionaron como un punto de partida para activar recuerdos que, aunque pertenecen al pasado, siguen presentes en la vida cotidiana de muchas personas.

Aparecieron escenas de un tiempo en que el río se cruzaba a pie, antes de la construcción del puente. Se recordaron los años en que la llegada de la obra representó una visión de futuro, generando trabajo para la gente del lugar y abriendo nuevas posibilidades económicas. El tren fue evocado como un elemento que dinamizó el comercio, conectó comunidades y marcó profundamente la organización de la vida cotidiana.

Sin embargo, más allá de estos hitos, lo que emergió con mayor fuerza fue la dimensión cotidiana de esa historia. La memoria no se expresó solo en grandes eventos, sino en prácticas diarias: ventas de leche, cajetas, tortillas, chorreadas, tamales, elotes y huevos que cruzaban el puente en canastos; recorridos familiares; encuentros espontáneos; y una vida comunitaria marcada por el intercambio constante.

Muchas personas recordaron cómo salían a vender y regresaban con el canasto vacío, en jornadas donde el trabajo también era una forma de encuentro. En ese ir y venir, no solo circulaban productos, sino también vínculos, historias y formas de sostener la vida en común.

Cuando la memoria se vuelve pregunta

El taller tomó un giro clave cuando la conversación se desplazó de lo visible hacia lo ausente. La pregunta fue directa, pero profundamente movilizadora:

¿Qué no muestran las fotos?

A partir de ahí, comenzaron a emerger historias que no habían quedado registradas en imágenes, pero que forman parte esencial de la memoria colectiva.

Se mencionaron las fondas que alimentaban a quienes trabajaban en la construcción del puente, las condiciones de vida de la época —como la ausencia de electricidad— y los esfuerzos cotidianos de las familias. También aparecieron recuerdos más sensibles, como las personas que fallecieron durante la construcción, o los recorridos junto a padres y madres que forman parte de una memoria afectiva que no suele documentarse.

Este momento permitió reconocer algo fundamental: la memoria no está solo en lo que se puede ver. También habita en lo que se siente, en lo que se recuerda desde la experiencia y en aquello que, por distintas razones, no fue fotografiado ni registrado.

El tren: entre memoria, sustento y pregunta

En los relatos compartidos, el tren dejó de ser únicamente una infraestructura para convertirse en una experiencia profundamente arraigada en la vida de la comunidad.

Fue fuente de trabajo e ingresos para muchas familias.
Fue un espacio de intercambio y encuentro.
Fue parte de la infancia, de la rutina, de la organización del territorio.

Pero junto con estos recuerdos, también emergieron preguntas sobre el presente y el futuro. Algunas personas expresaron el deseo de que el tren pueda volver, reconociendo su potencial para el desarrollo. Sin embargo, esta idea no aparece de forma acrítica.

Durante el taller se señaló con claridad que las grandes articulaciones, como el tren, no necesariamente significan desarrollo para las comunidades. En algunos casos, también pueden invisibilizar sus necesidades y formas de vida. Esta reflexión abre un campo importante: pensar qué tipo de desarrollo se quiere y desde qué lugar se construye.

La memoria no es neutral

Uno de los aprendizajes más importantes que dejó el encuentro es que la memoria no es un ejercicio neutro ni automático.

Recordamos algunas cosas y otras quedan fuera.
A veces porque no fueron fotografiadas.
A veces porque implican experiencias difíciles.
A veces porque no se consideraron importantes en su momento.

Esto invita a una reflexión necesaria: ¿quién decide qué se recuerda y qué se olvida? ¿Qué historias han quedado fuera de los relatos más visibles? ¿Qué memorias necesitan todavía un espacio para ser compartidas?

Reconocer esta dimensión es clave para construir una memoria más amplia, más crítica y más cercana a la experiencia real de la comunidad.

La historia que sea la nuestra

En medio de estas reflexiones, emergió una idea con mucha fuerza: la necesidad de que la historia sea contada desde la propia comunidad.

Frente a relatos externos que muchas veces explican el territorio desde una mirada institucional o técnica, este proceso busca poner en el centro las voces de quienes han vivido y construido Finca 5.

La memoria local permite recuperar la experiencia cotidiana, reconocer trayectorias de vida y fortalecer el sentido de pertenencia. No se trata solo de recordar, sino de afirmar que la comunidad tiene el derecho de narrarse a sí misma.

Como se expresó durante el taller:
“La historia que sea la mía. De y para la comunidad.”

Descargá el boletín completo

Este boletín recoge con mayor detalle los relatos, reflexiones y hallazgos del primer taller en Finca 5, incluyendo la línea del tiempo construida colectivamente, las voces de la comunidad y las preguntas que surgieron en el proceso. Te invitamos a descargarlo y recorrer esta memoria viva que no solo recuerda el pasado, sino que abre caminos para pensar el presente y construir futuro.

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Incomodar para aprender: Mujica y la crisis silenciosa de la universidad pública – Documento de trabajo

“Aprendemos porque tenemos picazón y eso se adquiere por contagio cultural, casi cuando abrimos los ojos al mundo.”
José Mujica

En plena Semana Universitaria, mientras las universidades públicas negocian el FEES con un gobierno que congela presupuestos y capitaliza sus divisiones internas, el Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra publica La universidad que no se atreve (o el placer de volver a pensar la educación pública), un documento inspirado en los discursos de Mujica.

No es un informe técnico ni un comunicado gremial. Es, más bien, una provocación: una invitación a preguntarnos por qué defender lo público se volvió una consigna vacía, por qué la universidad dice una cosa y hace otra, y cómo el miedo, el conformismo o la incongruencia institucional se han convertido en obstáculos para cualquier transformación real. Todo esto a partir de una idea sencilla pero potente: el conocimiento también es placer, el inconformismo se contagia y la inteligencia pierde sentido si no se comparte.

La incomodidad de Mujica para una universidad que se cree crítica

José Mujica no es académico, y justamente por eso incomoda. No habla de indicadores, acreditaciones o empleabilidad. Habla de placer, de curiosidad, de aprender con otros. “Me gusta bañarme en piscinas de inteligencia ajena”, dice, y con esa frase tensiona una universidad que premia la autoría individual y sanciona cualquier desborde como falta.

El documento no lo convierte en figura intocable, sino en espejo incómodo. A partir de sus ideas, emergen preguntas que la universidad crítica suele esquivar: ¿por qué desconfiamos de los saberes que no pasaron por el aula? ¿Por qué un campesino que conoce los ciclos de la tierra no puede enseñar? ¿Por qué el éxito estudiantil se mide en salario y no en la capacidad de hacerse preguntas?

En esa línea, una de sus advertencias resuena con fuerza: no se trata de acumular datos, sino de aprender a pensar. Porque los datos envejecen, las tecnologías cambian, los empleos desaparecen. Lo que permanece es la capacidad crítica. Una universidad que solo entrena para el presente, en el fondo, está formando para la obsolescencia.

Semana Universitaria: entre memoria viva y museo

La narrativa oficial sitúa el origen de la Semana Universitaria en 1948, como un esfuerzo por “unir” a la comunidad tras la Guerra Civil. Pero esa versión tiende a suavizar el conflicto y a presentar la unidad como consenso, cuando en realidad fue también una operación de pacificación interna.

Ese sentido cambia en 1970, con la lucha contra ALCOA. Ahí, la Semana deja de ser celebración y se convierte en campo de disputa. El movimiento estudiantil toma la calle para defender la soberanía nacional, mientras las autoridades llaman a la normalidad. Esa tensión —entre una memoria institucional que ordena y una memoria insurgente que incomoda— sigue presente.

De ahí surge la pregunta central del documento: ¿la Semana U de hoy es memoria viva o una puesta en escena de sí misma? Cuando la memoria no incomoda ni empuja a actuar, deja de ser memoria y se convierte en folklore. Y el folklore, a diferencia de la protesta, no interpela a nadie.

Mujica lo diría de otra forma: hace falta una “epidemia de inconformismo”. La Semana U fue eso en su mejor momento. Hoy corre el riesgo de ser apenas su representación.

FEES congelado y universidades fragmentadas

El contexto actual refuerza esa preocupación. En 2026, la negociación del FEES ocurre bajo un congelamiento real del presupuesto (0% de aumento) y con el incumplimiento del 2% aprobado por la Asamblea Legislativa.

Sin embargo, el conflicto no es solo externo. Las universidades han trasladado al espacio público una disputa interna por la redistribución de los recursos. Una discusión legítima, pero que, en este contexto, debilita la posición colectiva. El resultado es funcional al gobierno: no necesita confrontar directamente cuando el bloque universitario se fragmenta por sí mismo.

La advertencia es clara: sin unidad, no hay posibilidad de avance. En palabras de Mujica, “pobre del que emprenda en soledad esta cacería”. Defender lo público —y transformarlo— no es tarea individual.

Un documento para salir de la trinchera

La universidad que no se atreve no busca reafirmar consignas, sino desarmarlas. No pregunta si hay que defender la universidad pública, sino qué universidad estamos defendiendo.

Organizado en diez secciones —desde “El miedo académico” hasta “La hipocresía universitaria”— el documento combina reflexión y práctica. Cada apartado cierra con una actividad: no hay respuestas finales, sino ejercicios para pensar en colectivo.

Entre sus aportes más urgentes destacan:

  • – Una crítica a la distancia entre discurso y práctica: hablar de autonomía mientras se decide sin las bases.
  • – Una apuesta por el inconformismo activo: no como queja, sino como acción concreta.
  • – Una defensa del placer de aprender frente a la lógica del sacrificio.
Leerlo también es tomar posición

Este no es un documento para archivar, sino para usar. Las actividades —“El velorio de lo público”, “La bitácora del miedo”, “El maquillaje y el hueso”— están pensadas para aulas, asambleas y grupos de estudio.

En ese sentido, la publicación dialoga directamente con el momento actual. En medio de la Semana Universitaria, propone recuperar su dimensión crítica. En medio de la crisis del FEES, recuerda que las conquistas históricas no fueron concesiones, sino resultado de organización y conflicto.

La tradición no está garantizada. Se sostiene —o se pierde— en las prácticas del presente.

Una invitación incómoda

“No se dejen robar ni los sueños ni la juventud, comprométanla con el destino, el dolor y la vergüenza de América Latina.”
José Mujica

La universidad que no se atreve es la que teme cambiar. La que prefiere el maquillaje antes que el hueso. La que recuerda el pasado sin asumir el presente.

Este documento no ofrece certezas. Ofrece preguntas. Y en eso radica su potencia.

Descargarlo, leerlo en grupo, discutirlo, incluso pelear con él, es ya un gesto de inconformismo. Porque, al final, la incomodidad que deja no es abstracta: es la certeza de que las cosas podrían ser distintas —y que transformarlas no depende solo de “los de arriba”.

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Cuando el agua tiene historia: cuidar la naciente es cuidar la vida – Conversamos con Alejandro Montero fontanero ASADA Tacares

En Los Chorros, Grecia, el agua no solo fluye: también cuenta historias. En esta entrevista del programa Sentires y Saberes, conversamos con Alejandro Montero Hernández, fontanero de la ASADA de Tacares, quien comparte desde la experiencia cotidiana lo que implica sostener, defender y cuidar una naciente de agua que abastece a comunidades enteras.

Más allá de la infraestructura, el testimonio nos recuerda algo fundamental: el agua no “llega sola”. Detrás de cada gota hay trabajo comunitario, organización, conocimiento técnico y, sobre todo, luchas históricas que han defendido este bien común frente a intereses externos, malas prácticas y el olvido institucional.

Temas clave que atraviesa la conversación

1. El agua como bien común, no como recurso individual: Alejandro insiste en una idea sencilla pero potente: “el agua es de todos y para todos”. Sin embargo, advierte una contradicción frecuente: muchas personas acceden al agua, pero se desconectan de la responsabilidad de cuidar su origen.

2. La invisibilización del trabajo comunitario: Desde la limpieza de la naciente hasta el monitoreo técnico del agua, el trabajo de las ASADAS implica una labor constante, especializada y poco reconocida. No se trata solo de “entubar” agua: hay procesos de mantenimiento, análisis, cloración y vigilancia permanente.

3. Conflictos y tensiones por el territorio: La entrevista revela disputas concretas: uso de agroquímicos en zonas altas, intervenciones institucionales cuestionadas y actores que buscan lucrar con el espacio. La defensa del agua aparece entonces como defensa del territorio.

4. Memoria y lucha, nada de esto es casual: Los Chorros no están como están por accidente. Existen gracias a decisiones colectivas, acciones legales y organización comunitaria que han protegido la naciente a lo largo del tiempo.

5. El cuidado como práctica intergeneracional: Hay una preocupación clara por el futuro: lo que hoy se haga (o se deje de hacer) impactará directamente en las próximas generaciones. El cuidado del agua es también un acto de responsabilidad con quienes vienen.

Preguntas para la reflexión
  • ¿De dónde viene el agua que consumimos diariamente?
  • ¿Quiénes sostienen ese acceso y bajo qué condiciones?
  • ¿Qué implica realmente “cuidar el agua” más allá del consumo individual?
  • ¿Qué memorias comunitarias están detrás de los territorios que habitamos?
  • ¿Cómo podemos pasar de usuarios del agua a cuidadores de las nacientes?
Una invitación

Esta entrevista no es solo un testimonio: es una invitación a reconectar con aquello que muchas veces damos por sentado. Reconocer el agua como bien común implica también reconocer a las personas, comunidades y procesos que la hacen posible.

Escuchar, aprender y vincularse con estos esfuerzos es un primer paso para construir prácticas cotidianas más responsables y territorios más justos.

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El puente también recuerda: memoria y cuidado comunitario en Finca 5

En Finca 5, Sarapiquí, un antiguo puente ferroviario sigue siendo mucho más que una estructura abandonada. Aunque el tren dejó de pasar hace años, el lugar continúa lleno de vida: es punto de encuentro, espacio de recreación y escenario de historias que siguen habitando la memoria de la comunidad.

A través de una serie de entrevistas, este trabajo recoge las voces de quienes han vivido y construido este territorio. Sus relatos nos hablan del paso del tren, de lo que significó en la vida cotidiana, pero también de cómo ese espacio ha sido reapropiado con el tiempo, transformándose en un lugar para compartir, encontrarse y cuidar lo común.

El puente no es solo un vestigio del pasado. Es un símbolo de continuidad: entre generaciones, entre formas de habitar el territorio, entre memoria y presente. En sus rieles, en su estructura, pero sobre todo en las experiencias de las personas, se tejen vínculos que sostienen la vida comunitaria.

Hoy, ese espacio nos recuerda que el cuidado no es una idea abstracta, sino una práctica concreta: en cómo se usa el lugar, en cómo se respeta, en cómo se convierte en un punto donde la comunidad se reconoce y se encuentra.

Recuperar la memoria no es solo mirar hacia atrás. Es también afirmar lo que somos y proyectar lo que queremos seguir siendo como comunidad.

Algunas claves para mirar este proceso:

▪️ El puente como espacio de memoria viva
▪️ El tren y su huella en la vida comunitaria
▪️ La resignificación del territorio desde el encuentro
▪️ El cuidado como práctica colectiva
▪️ La memoria como base para fortalecer lo común

Descargá aquí el boletín del proceso

Este primer boletín recoge los principales momentos del encuentro comunitario realizado el 21 de marzo en Finca 5, donde se inició un proceso colectivo de recuperación de la memoria local en torno al puente ferroviario y el antiguo vagón.

A través de relatos, reflexiones y propuestas, el documento muestra cómo la memoria sigue viva en las personas y en el territorio, y cómo puede convertirse en una herramienta para fortalecer la identidad, el encuentro comunitario y el cuidado de los espacios comunes.

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Convocatoria: Mover la casa, cambiar el mundo Estrategias del caracol: territorio, organización y dignidad

En muchos territorios de América Latina y el Caribe, la vida se sostiene en medio de tensiones constantes. A veces el desalojo no llega con policías ni órdenes judiciales visibles, sino de forma más silenciosa: proyectos que avanzan, decisiones que se toman lejos de las comunidades, cambios en el uso del suelo que transforman el paisaje… y con él, las formas de vivir.

Como en una casa que de pronto deja de pertenecer a quienes la habitan, los territorios se convierten en espacios en disputa. Pero lo que está en juego no es solo la tierra: es la memoria, los vínculos, la historia compartida y la posibilidad de seguir construyendo vida en común.

¿Y qué pasa cuando quienes habitan esos espacios deciden no irse?
¿Cuando, en lugar de desaparecer, comienzan a organizarse?

Ahí aparece el caracol.

Lento, colectivo, persistente.
Un símbolo que nos habla de estrategia, de cuidado y de inteligencia compartida. De moverse juntos, incluso cuando todo parece en contra.

A partir de la película La estrategia del caracol, este curso-taller propone un recorrido para mirar los conflictos territoriales desde otra perspectiva: no desde los grandes centros de poder, sino desde quienes resisten, organizan y construyen alternativas en sus propios territorios.

Un curso para leer el territorio desde abajo

En este espacio exploraremos:

  • – ¿Quién hace realmente la geopolítica?
  • – ¿Cómo se disputan los territorios en la vida cotidiana?
  • – ¿Qué hace posible la organización colectiva?
  • – ¿Cómo se construyen estrategias frente al despojo?
  • – ¿Qué significa defender la dignidad y lo común?

Desde la antigeopolítica, nos acercaremos a estas preguntas reconociendo a los movimientos sociales y a los sujetos colectivos como protagonistas de la historia.

Una experiencia para pensar y actuar

Este no es un curso tradicional. Es un espacio para:

  • – mirar, sentir y pensar a partir del cine
  • – dialogar desde nuestras propias experiencias
  • – mapear conflictos reales
  • – imaginar estrategias colectivas
  • – construir herramientas para la acción

Trabajaremos desde la educación popular, entendiendo que el conocimiento se construye en colectivo, desde lo vivido y con sentido político.

Fechas

Del 18 de mayo al 15 de junio – 5 sesiones

Lugar: Oficina Kioscos Socioambientales. San Pedro. Montes de Oca.

¿A quién está dirigido?

A personas interesadas en los territorios, la organización social, la defensa de la vida y la construcción de alternativas. No se requiere experiencia previa, solo disposición para reflexionar y participar.

Inscripciones

👉 Inscríbete aquí:
https://forms.gle/7ZvU58rMgS1PRhLH6

Porque moverse juntos también es resistir

En contextos donde todo empuja a fragmentar, desplazar o desalojar,
organizarse es una forma de permanecer.

Pensar colectivamente es una forma de resistir.
Y crear estrategias propias es una forma de disputar el poder.

Como los caracoles,
llevar la casa a cuestas, moverse juntos y no soltar el territorio
puede ser también una forma de cambiar el mundo.