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La imaginación también resiste: educación popular para tiempos de fragmentación – Documento de trabajo

¿Qué puede hacer la educación popular cuando el miedo, el individualismo, la desinformación y los discursos autoritarios parecen ganar terreno? ¿Cómo sostener la organización colectiva cuando crecen el cansancio, la fragmentación y la sensación de que no hay alternativas?

Estas son algunas de las preguntas que atraviesan La imaginación también resiste: educación popular en América Latina y el Caribe, el Documento de Trabajo 22 del Observatorio de Bienes Comunes, elaborado a partir del conversatorio “Educación popular ante la reconfiguración del poder”, realizado el 19 de mayo de 2026 con la participación de educadoras y educadores populares de distintos países de la región.
El documento parte de una preocupación por el momento que atraviesa América Latina y el Caribe. El avance de discursos autoritarios, la militarización, el extractivismo, la criminalización de la protesta, la concentración del poder y el debilitamiento de las democracias forman parte de un escenario que no se limita a las instituciones. También transforma las maneras en que las personas sienten, se relacionan, participan e imaginan el futuro.

Y allí aparece una de las ideas centrales del texto: la disputa política también ocurre en el terreno de las subjetividades.

El poder también se disputa en lo que sentimos

El documento invita a mirar más allá de las elecciones, los gobiernos o las instituciones. La llamada “reconfiguración del poder” también implica una disputa por los sentidos comunes, las emociones y las posibilidades de construir proyectos colectivos.

El miedo, la rabia, el cansancio y la incertidumbre pueden convertirse en terreno fértil para discursos que ofrecen respuestas rápidas frente a problemas complejos. A esto se suma el papel de las redes sociales y las plataformas digitales, donde la circulación acelerada de información, la polarización y la desinformación pueden profundizar la fragmentación.

Frente a esto, la educación popular tiene un desafío que va más allá de transmitir contenidos políticos: reconstruir la capacidad de diálogo, escucha y reflexión colectiva.

Del análisis político a la reconstrucción de vínculos

El documento plantea que las personas no actuamos únicamente a partir de argumentos racionales. Las experiencias cotidianas, los afectos, las frustraciones, la memoria y los sentidos culturales también forman parte de la manera en que interpretamos el mundo y tomamos posición frente a él.

Por eso, una educación popular situada en el presente necesita trabajar también con los afectos, la escucha, la memoria, el cuerpo y la experiencia comunitaria.

La apuesta es recuperar aquello que las lógicas individualistas buscan debilitar: la posibilidad de encontrarnos, organizarnos, cuidarnos y construir sentidos en común.

En este sentido, el documento propone pensar la educación popular como una práctica ética y política vinculada con la defensa de la vida digna: defender los bienes comunes, fortalecer las memorias históricas, acompañar resistencias territoriales y sostener espacios de participación colectiva.

Crear también es resistir

Quizás una de las apuestas más sugerentes del documento sea colocar la creatividad en el centro de la discusión.

Aquí la creatividad no aparece como un recurso decorativo ni como una simple “dinámica” para hacer más entretenido un proceso formativo. Es entendida como una capacidad política para imaginar alternativas, construir otros lenguajes y abrir posibilidades allí donde predominan el miedo y la sensación de que no existe otro futuro.

Teatro, música, muralismo, humor, poesía, juego, performance, memoria oral y cartografía colectiva aparecen como prácticas capaces de reconstruir tejido social y producir comunidad. Crear otras maneras de encontrarnos, narrar lo que vivimos e imaginar futuros posibles también forma parte de las resistencias.

La pregunta, entonces, no es solamente cómo resistir, sino también cómo volver a imaginar.

Una educación popular para sostener la vida

El documento no ofrece recetas ni promete transformaciones inmediatas. Su apuesta es otra: fortalecer capacidades colectivas para comprender críticamente la realidad, defender la vida digna y sostener procesos organizativos incluso en escenarios adversos.

De allí surge una idea que atraviesa sus páginas: la esperanza no como espera pasiva, sino como construcción organizada.

Hablar de esperanza organizada implica reconocer que, incluso en contextos difíciles, existen comunidades, memorias, luchas y prácticas capaces de abrir otros horizontes. Mantenerlas vivas requiere organización, creatividad y compromiso colectivo. El documento recupera para ello la idea de la “paciente impaciencia”: sostener la acción y la esperanza aun cuando las transformaciones no sean inmediatas.

Más que respuestas, preguntas para encontrarnos

Por eso, este Documento de Trabajo no busca cerrar la discusión. Busca abrirla.

Entre sus páginas aparecen preguntas sobre las formas de autoritarismo que reconocemos en nuestros territorios, los discursos de miedo y odio que circulan, el impacto de las redes sociales, el cansancio organizativo, las experiencias que todavía generan esperanza y las pedagogías que necesitamos construir para dialogar con nuevas generaciones.

Son preguntas para leer, pero también para conversar.

¿Qué está pasando con nuestros vínculos? ¿Qué formas de organización todavía producen esperanza? ¿Cómo disputar el miedo sin dejar de reconocer las experiencias que lo producen? ¿Qué puede aportar la educación popular en este escenario? ¿Qué necesitamos crear para seguir encontrándonos?

Quizás allí esté una de las invitaciones más importantes del documento: no aceptar la fragmentación como destino.

En tiempos donde tantas fuerzas parecen empujarnos hacia el aislamiento, la competencia y el desencanto, volver a encontrarnos también es una práctica política. Pensar juntos y juntas, recuperar la memoria, crear, cuidar y organizarnos son formas de mantener abierta la posibilidad de transformar la realidad.

La imaginación también resiste es, en ese sentido, una invitación a detenernos, mirar críticamente el presente y preguntarnos qué pedagogías, vínculos y formas de organización necesitamos para sostener la vida y mantener abiertos otros futuros posibles.

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Convocatoria – ¿Nos sentamos a conversar con Illich? Taller de creatividad

A 100 años de su nacimiento, sus preguntas siguen sobre la mesa.

Hay ideas que no vienen a darnos respuestas, sino a incomodarnos. Las de Iván Illich son algunas de ellas. Su crítica a las instituciones, las herramientas, el desarrollo y las formas en que organizamos nuestras necesidades sigue invitándonos a mirar aquello que damos por normal y preguntarnos si realmente tiene que ser así.

Por eso, desde el Observatorio, queremos celebrar este centenario de una manera distinta: sentándonos a conversar con Illich.

No será un curso para aprender su obra ni una revisión de sus conceptos. Será un espacio para jugar con sus preguntas, llevarlas a nuestra experiencia, discutirlas y utilizarlas como punto de partida para imaginar otras posibilidades. Porque la creatividad también puede comenzar cuando dejamos de aceptar que las cosas tienen que ser como son.

Durante cuatro encuentros iremos construyendo este recorrido. Comenzaremos por mirar aquello que hemos dejado de preguntar: esas prácticas, instituciones y formas de vida que aparecen como necesarias o inevitables. Luego exploraremos nuestra relación con las herramientas y los sistemas que utilizamos cotidianamente, preguntándonos cuándo dejan de ampliar nuestras capacidades y comienzan a organizar nuestra vida.

Pondremos también sobre la mesa la pregunta por los límites: ¿cuándo “más” deja de ser mejor? Más tecnología, más producción, más velocidad, más infraestructura, más servicios. No para encontrar una respuesta única, sino para descubrir dónde aparecen los umbrales y quién decide sobre ellos.

Pero conversar con Illich también implica discutir con Illich. En lugar de convertir sus ideas en verdades, las pondremos a prueba frente a nuestro presente, reconociendo sus aportes, sus límites y aquello que quizá necesitamos pensar más allá de él.

El último encuentro abrirá un espacio para imaginar. A partir de lo que hayamos problematizado, nos preguntaremos qué herramientas, instituciones o formas de relacionarnos podríamos crear si nos atreviéramos a pensar aquello que todavía no existe.

La propuesta se desarrollará desde una metodología participativa, dialógica y lúdica, inspirada en la educación popular y la pedagogía crítica. No habrá respuestas correctas ni una evaluación tradicional. Habrá lecturas breves, conversaciones, juegos, ejercicios de observación, discusión e imaginación colectiva.

La invitación es sencilla: sentarnos, leer, conversar, disentir, jugar, imaginar y volver a mirar.

Porque quizá una sobremesa que vale la pena no termina cuando encontramos una respuesta, sino cuando dejamos una pregunta sobre la mesa.

📅 Información de la actividad

¿Nos sentamos a conversar con Illich?
Taller de creatividad 

Lunes 5, 12, 19 y 26 de octubre de 2026
Hora: 6:00 p. m.
Lugar: Kioscos Socioambientales, San Pedro

Participación gratuita, con inscripción previa.

https://forms.gle/ihYr64TF3ZR37aBQ7

No necesitas ser especialista en Illich. Solo traer curiosidad y ganas de conversar. Illich desconfiaba de los expertos cuando comenzaban a hablar en nuestro lugar. Aquí queremos recuperar algo más sencillo: sentarnos juntos a preguntar y pensar.

Ivan Illich en su primer cumpleaños en Cuernavaca corregida

Cien años de Illich: las preguntas que todavía incomodan

¿Qué ocurre cuando aquello que fue creado para ayudarnos termina organizando nuestra vida? ¿Cuándo una herramienta deja de estar a nuestro servicio y comenzamos a estar al servicio de ella? ¿Qué capacidades hemos dejado de ejercer porque aprendimos a depender de instituciones, servicios o expertos?

A cien años del nacimiento de Iván Illich (1926–2002), más que recuperar una figura para convertirla en monumento, podemos hacer algo distinto: volver a sentarnos con su obra y dejar que sus preguntas nos incomoden. Desde el Observatorio de Bienes Comunes proponemos una Sobremesa con Iván, no como una clase sobre un autor ni como un recorrido destinado a ordenar definitivamente su pensamiento, sino como una invitación a encontrarnos con sus preguntas, ponerlas en diálogo con nuestra experiencia y permitir que abran nuevas conversaciones.

Hay algo particularmente sugerente en esta forma de conmemorar un centenario. En lugar de preguntarnos solamente qué pensó Illich, qué conceptos desarrolló o cuáles de sus ideas continúan siendo reconocidas, podemos preguntarnos qué hace todavía su pensamiento cuando lo ponemos en contacto con nuestro presente. Porque quizá su vigencia no consista en ofrecernos respuestas que podamos trasladar mecánicamente a los problemas actuales, sino en ayudarnos a recuperar una disposición crítica: sospechar de aquello que aparece como natural, necesario o inevitable y preguntarnos cómo llegó a ser así, quién decidió que debía organizarse de esa manera y qué otras posibilidades fueron quedando fuera.

Un pensamiento que incomoda

Iván Illich fue un pensador y crítico social nacido en Viena cuya trayectoria intelectual se desarrolló en buena medida desde América Latina. En los años sesenta fundó en Cuernavaca, México, el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), un espacio de encuentro y reflexión sobre educación, cultura y transformación social. Su obra cuestionó algunas de las certezas sobre las que se organizan las sociedades modernas y dirigió una mirada especialmente crítica hacia las instituciones cuando estas, en lugar de ampliar las capacidades de las personas, terminan generando dependencia y definiendo las condiciones bajo las cuales aprendemos, vivimos y nos relacionamos.

En La sociedad desescolarizada, Illich puso en discusión la identificación entre aprendizaje y escolarización; en La convivencialidad exploró la relación entre herramientas, instituciones y autonomía; y en otros trabajos examinó los procesos mediante los cuales actividades y capacidades de la vida cotidiana pueden ser progresivamente desplazadas hacia instituciones profesionales y sistemas especializados. Conceptos como desescolarización, convivencialidad, autonomía y límites permiten acercarse a ese pensamiento, pero también pueden convertirse en una trampa si los tratamos como respuestas acabadas.

Por eso, acercarnos a Illich implica algo más que recuperar sus ideas: supone mirar aquello que esas ideas nos permiten ver y, al mismo tiempo, aquello que no alcanzan a explicar. El propio documento Sobremesa con Iván parte de esta diferencia entre aprender sobre Illich y aprender con Illich: una herramienta de pensamiento tiene sentido cuando nos permite hacer algo con ella, cuando abre una posibilidad de mirar nuestra propia experiencia, y no cuando simplemente la admiramos o la repetimos.

De las ideas a las prácticas

Aquí aparece una cuestión que nos interesa especialmente: la relación entre pensamiento, práctica y ética. Hablar de autonomía, libertad, convivencia o capacidad comunitaria puede resultar relativamente sencillo; lo más exigente es preguntarnos si nuestras propias formas de relacionarnos hacen posible aquello que defendemos.

Esta tensión nos obliga a mirar también hacia nuestros propios espacios. Podemos cuestionar el autoritarismo y reproducir pequeñas formas de autoritarismo; podemos defender la conversación y, al mismo tiempo, querer tener siempre la última palabra; podemos hablar de autonomía mientras construimos relaciones de dependencia. Incluso podemos criticar instituciones que concentran el poder y terminar reproduciendo esas mismas lógicas dentro de nuestras organizaciones, proyectos o comunidades.

En ese sentido, acercarse a Illich supone aceptar que la crítica no puede dirigirse únicamente hacia afuera. También puede volverse sobre nosotros mismos y preguntarnos qué prácticas estamos reproduciendo, qué capacidades estamos desplazando y qué relaciones de dependencia estamos construyendo incluso allí donde buscamos transformarlas. De ahí que una de las preguntas que atraviesan la propuesta sea especialmente incómoda: ¿estamos reproduciendo nosotros mismos aquello que criticamos?

Esta es quizá una de las razones por las que resulta más fecundo leer a Illich como interlocutor que como autoridad. Sus conceptos pueden ayudarnos a mirar nuestra experiencia, pero esa experiencia también tiene derecho a responderles, contradecirlos y ponerlos a prueba.

Una ética para conversar

La conversación, entonces, deja de ser solamente una forma de intercambiar ideas y adquiere una dimensión ética. Conversar implica escuchar, responder, dejarse interpelar y conservar la posibilidad de disentir. Significa reconocer que podemos sostener posiciones diferentes sin convertir necesariamente al otro en enemigo.

El documento recupera, en este sentido, una distinción sugerente entre controversia y polémica: la controversia permite que existan posiciones diferentes sin reducir el encuentro a la derrota del otro, mientras que la polémica tiende a organizarse precisamente alrededor de esa voluntad de vencer.

La diferencia importa porque también dentro de los espacios críticos podemos reproducir las formas de poder que cuestionamos. Podemos defender la autonomía sin permitir el desacuerdo, cuestionar el autoritarismo mientras construimos pequeños autoritarismos o reivindicar la conversación mientras buscamos imponer nuestra propia palabra. Por eso la pregunta no es solamente qué pensamos, sino también cómo queremos relacionarnos mientras pensamos juntos y juntas.

Esta dimensión ética resulta particularmente importante para una lectura contemporánea de Illich. No basta con defender determinadas ideas sobre autonomía, libertad o convivencia; también necesitamos construir formas de relación en las que esas ideas puedan experimentarse. La ética no aparece, entonces, como un conjunto de principios separado de la práctica, sino como algo que se pone en juego en la manera en que escuchamos, discutimos, acompañamos, revisamos nuestras posiciones y aceptamos que nuestras propias herramientas de pensamiento pueden ser cuestionadas.

Leer a Illich contra Illich

Volver a Illich cien años después tampoco significa convertirlo en una figura intocable. Precisamente porque su pensamiento buscó cuestionar las certezas y revisar las formas establecidas de comprender el mundo, parece poco coherente acercarnos a su obra como si fuera una nueva doctrina.

Una de las invitaciones más provocadoras de Sobremesa con Iván es “leer a Illich contra Illich”: preguntarle dónde tiene razón y dónde se equivoca, qué no alcanzó a ver, qué ha cambiado desde que escribió, qué experiencias contemporáneas pueden contradecir sus argumentos y qué conceptos necesitaríamos revisar. El propósito no es encontrar errores para descartarlo ni defenderlo frente a cualquier crítica, sino tomarlo suficientemente en serio como para discutir con él.

Esto también supone reconocer algo fundamental: una obra crítica permanece viva no porque encontremos la interpretación correcta de ella, sino porque todavía consigue abrir una conversación. No necesitamos preguntarnos qué habría dicho Illich sobre cada problema de nuestro tiempo. Podemos hacer algo más interesante: preguntarnos qué preguntas de Illich nos ayudan a pensar esos problemas de otra manera.

¿Qué nos puede preguntar Illich desde Costa Rica?

Es aquí donde la sobremesa deja de ser solamente una conversación sobre un autor y comienza a convertirse en una conversación sobre nuestro mundo. Las preguntas de Illich pueden encontrarse con problemas concretos de Costa Rica: la educación pública, la seguridad social, la universidad, las políticas de agua, los conflictos territoriales, el trabajo, las tecnologías digitales, las ciudades y las formas en que nuestras instituciones organizan la vida cotidiana.

Podemos mirar nuestras instituciones desde una pregunta sencilla pero exigente: ¿qué prometen y qué terminan produciendo? La escuela dice que educa, el hospital que cura, la universidad que produce conocimiento; pero una mirada inspirada en Illich nos invita a observar sus efectos concretos: qué capacidades amplían, cuáles desplazan, de qué dependencias participan y en qué momento aquello que pretendía resolver un problema comienza a producir otros.

Algo semejante ocurre con las herramientas. Teléfonos, plataformas digitales, automóviles, sistemas de evaluación, redes sociales, algoritmos, universidades e instituciones públicas pueden ser observados desde una pregunta que sigue siendo profundamente actual: ¿en qué momento dejamos de utilizar una herramienta y comenzamos a organizar nuestra vida alrededor de ella? La cuestión no consiste en decidir de antemano si una tecnología, una institución o un servicio es bueno o malo, sino en identificar cuándo comienza a establecer las condiciones bajo las cuales debemos vivir.

También podemos mirar nuestra relación con el crecimiento. Más velocidad, más producción, más consumo, más escolarización, más servicios, más información, más tecnología, más infraestructura: la pregunta illichiana no sería simplemente cuánto más podemos alcanzar, sino hasta dónde podemos llegar sin destruir las condiciones que hacen posible una vida autónoma. Allí aparece la cuestión de los límites y de quién tiene la capacidad de decidir dónde se encuentran esos umbrales.

Y junto a esto aparece otra tarea: escuchar aquello que nuestras categorías dejan fuera. El trabajo que no aparece como empleo, los aprendizajes que ocurren fuera de la escuela, los cuidados que no aparecen como servicios, los saberes que no reciben certificación y las múltiples actividades cotidianas que sostienen nuestras vidas sin aparecer necesariamente en las cuentas económicas. Mirar aquello que permanece invisible también es una forma de preguntarnos qué formas de vida han sido desplazadas o desvalorizadas por las categorías con las que organizamos nuestro mundo.

De este modo, las preguntas de Illich pueden ayudarnos a detenernos frente a aquello que suele presentarse como inevitable y recuperar una capacidad que atraviesa toda esta propuesta: preguntar quién decidió que las cosas tenían que ser así y qué posibilidades quedaron fuera.

Una sobremesa para volver a encontrarnos

Con este espíritu nace Sobremesa con Iván. 100 años de Iván Illich. La propuesta parte de una idea sencilla: quizá la mejor manera de conmemorar el centenario no sea ordenar todo lo que Illich pensó, sino recuperar algo de su manera de pensar y ponerla nuevamente en circulación.

El documento propone siete sobremesas para recorrer distintas preocupaciones de su obra: las instituciones que prometen ayudarnos, las herramientas que terminan gobernándonos, el problema del “más”, las formas en que cuidar, educar y ayudar pueden producir dependencia, aquello que queda fuera de nuestras categorías, la posibilidad de discutir con Illich y, finalmente, una ética para conversar. No se trata de un itinerario para aprender correctamente qué debemos pensar, sino de una invitación a utilizar esas preguntas sobre nuestras propias experiencias.

La propuesta incorpora además distintos juegos y ejercicios para llevar el pensamiento a la conversación: imaginar una institución “al revés” para observar sus efectos contradictorios; mirar de nuevo una herramienta cotidiana y preguntarnos quién utiliza a quién; buscar el umbral a partir del cual el “más” deja de producir bienestar; hacer visibles actividades que suelen quedar fuera de las categorías de trabajo, producción o cuidado; imaginar qué le preguntaríamos a Illich hoy; y, finalmente, construir colectivamente preguntas y posibilidades que todavía no existen.

Porque la sobremesa no es solamente una metáfora. Puede convertirse en una práctica: una mesa, un texto, un grupo de personas, una pregunta y tiempo suficiente para que aparezcan asociaciones inesperadas, desacuerdos, cambios de opinión y nuevas posibilidades. En ese sentido, conversar también puede ser una pequeña experiencia de aquello que buscamos defender: un espacio donde el pensamiento no está completamente organizado de antemano, donde nadie posee por completo la respuesta y donde algo puede emerger del encuentro.

Abrir la conversación

Cien años después de su nacimiento, no queremos construir un monumento a Iván Illich. Queremos abrir una conversación. Sentarnos juntos y juntas, abrir un libro, leer una página, preguntar, escuchar, discutir, contradecir, jugar y volver a mirar.

Queremos que sus preguntas salgan de los libros y entren en nuestra vida cotidiana; que puedan encontrarse con nuestras instituciones, nuestras comunidades, nuestros territorios y también con nuestras propias prácticas. Que podamos discutir con Illich sin necesidad de convertirlo en una autoridad, reconocer sus aportes sin dejar de señalar sus límites y, sobre todo, permitir que aquello que pensamos con él vuelva a ponerse en juego en nuestras relaciones.

Tal vez ahí se encuentre una de las formas más fértiles de acercarnos a su legado: no memorizar una obra, sino dejarnos interpelar por ella. Después de todo, una conversación que vale la pena no siempre termina cuando encontramos una respuesta. A veces termina cuando descubrimos una pregunta mejor.

Descargar el documento de trabajo

“Sobremesa con Iván. 100 años de Iván Illich” es el Documento de Trabajo N.º 21 del Observatorio de Bienes Comunes, publicado en septiembre de 2026. Es una propuesta para leer, conversar, jugar con las ideas de Illich y llevar sus preguntas a nuestras propias experiencias, comunidades y territorios.

Toma el documento, siéntate a la mesa y deja que alguna pregunta comience la conversación.Quizá una conversación que vale la pena no termina cuando encontramos una respuesta, sino cuando descubrimos una pregunta mejor.

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Defender la Caja es defender la vida: voces desde la calle

En la manifestación del 3 de septiembre, las voces que se encontraron frente a la CCSS hablaron de deudas, autonomía, privatización y decisiones políticas. Pero, por encima de todo, hablaron de algo más elemental: de la vida que la seguridad social sostiene y del cuidado como responsabilidad colectiva.

Antes de leer, escuchemos

Antes de entrar en esta reflexión, queremos invitarle a hacer algo sencillo: escuchar.

Escuchar las voces que se encontraron en la calle el 3 de septiembre. Escuchar sus historias, sus preocupaciones y sus llamados. Escuchar también la música, las consignas, la cimarrona, las risas y ese humor que aparece incluso cuando lo que está en juego se siente tan serio.

Porque una protesta no es solamente indignación.

También es encuentro. Es la posibilidad de reconocerse en otras personas, de compartir una preocupación y convertirla en palabra, canto, consigna o celebración. En medio de las amenazas que las personas participantes identifican sobre la seguridad social, aparecen también la alegría de estar juntas, la esperanza de que todavía es posible defender lo común y la convicción de que la vida merece ser cuidada colectivamente.

Por eso este audio no es solamente un registro de una manifestación. Es también un pequeño paisaje sonoro de una protesta: las voces que reclaman, las voces que recuerdan, las voces que agradecen, las voces que se indignan y las voces que se ríen mientras siguen resistiendo.

Hay humor frente al poder. Hay música en medio del conflicto. Hay personas que llegan desde sus lugares de trabajo, estudiantes, trabajadores, pacientes, comunidades y organizaciones que se encuentran alrededor de una preocupación compartida.

Y quizás ahí haya algo importante que escuchar. La defensa de la vida no siempre tiene el rostro de la solemnidad. A veces también canta, baila, se ríe y hace bromas.

Así que, antes de seguir leyendo, les invitamos a darle unos minutos al audio.

Escuchemos primero. Después podemos preguntarnos qué hay detrás de esas voces. Porque cuando escuchamos con atención, descubrimos que no solamente están diciendo “la Caja se defiende”.

Están hablando de aquello que hace que una sociedad pueda cuidar de quienes la conforman.

Están hablando de la vida.

Hay momentos en que una institución deja de ser solamente una institución.

Se vuelve una historia familiar. Un hospital al que alguien llegó de madrugada. Una cirugía que salió bien. Un tratamiento que pudo recibirse a tiempo. Una persona que nació. Otra que pudo seguir viviendo.

Eso es lo que aparece una y otra vez en las voces recogidas durante la manifestación del 3 de septiembre en defensa de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS).

Entre consignas, música, discursos y llamados a ocupar la calle, emerge una pregunta que va mucho más allá de la coyuntura: ¿qué estamos defendiendo cuando defendemos la seguridad social?

Una de las voces lo cuenta desde una experiencia íntima. Su hermana había entrado a un quirófano y, horas después, le pidió que llevara un mensaje a la manifestación: estaba viva gracias a la atención recibida en un hospital de la Caja. En esa historia aparece una dimensión difícil de reducir a cifras: la seguridad social puede ser, literalmente, la diferencia entre la vida y la muerte.

Otra voz, desde el trabajo cotidiano de la salud, lo plantea de otra manera. Una médica especialista recuerda que defender la Caja también significa permanecer en los hospitales, atender a cada paciente y sostener la calidad de la atención. La defensa de la institución no ocurre únicamente en las calles: también sucede cada día en los lugares donde se cuida, se diagnostica, se acompaña y se intenta sanar.

Ahí aparece uno de los hilos más fuertes de esta protesta: la Caja es pensada como una institución del cuidado.

No como una empresa más. No solamente como un sistema que presta servicios. En una de las intervenciones se la nombra como una institución solidaria y como una columna vertebral de la paz social del país.

Y quizá ahí esté una de las claves para escuchar lo que ocurre en la calle.

Una defensa que comienza antes de que podamos hablar

La seguridad social aparece en los relatos como algo que acompaña la vida entera.

Una persona recuerda que todos hemos nacido en hospitales de la Caja. Otra habla de quienes necesitan sus servicios para enfrentar enfermedades y operaciones que sus ingresos jamás podrían pagar. Una joven recuerda que ella misma vino al mundo gracias a la institución.
La Caja aparece así como una infraestructura que sostiene la vida incluso antes de que podamos reconocerla como tal.

Está allí cuando nacemos, cuando enfermamos, cuando necesitamos una cirugía, cuando una familia atraviesa una emergencia. Está allí también para quienes no podrían convertir una enfermedad en una cuenta que pagar.

Por eso, cuando las personas en la calle dicen que la Caja “es de todos”, no están hablando únicamente de propiedad institucional. Están hablando de interdependencia.

Dependemos de otras personas para sostener nuestra vida. Y una sociedad decide organizar parte de esa dependencia mediante instituciones comunes.

La seguridad social es, en ese sentido, una manera concreta de decir que la salud de una persona no debería depender exclusivamente de su capacidad individual de pago.

El cuidado frente a la lógica de la mercancía

Varias de las voces expresan una preocupación por la posibilidad de que la salud termine siendo tratada cada vez más como una mercancía.

La amenaza que se nombra es la privatización, pero detrás de esa palabra aparece una preocupación más profunda: ¿qué sucede cuando aquello que necesitamos para vivir comienza a organizarse principalmente según la capacidad de pago?

Una de las intervenciones lo expresa de manera directa al recordar que existen lugares donde las personas pueden quedar fuera de la atención porque no tienen dinero para pagarla. En contraste, reivindica la existencia de una institución capaz de financiar tratamientos y operaciones que resultarían inaccesibles para buena parte de la población.

La discusión, entonces, no es únicamente sobre quién administra hospitales o cuánto cuesta determinado servicio. Es también una discusión sobre qué consideramos un derecho y qué estamos dispuestos a convertir en negocio.

Las amenazas que aparecen en las voces

La protesta no se construye solamente desde una defensa nostálgica de lo que existe. Las personas señalan problemas y amenazas concretas.

Una de las principales preocupaciones es el dinero que el Estado adeuda a la Caja y el impacto que ese financiamiento insuficiente tiene sobre su capacidad de responder a las necesidades de la población. Otra preocupación recurrente es la autonomía institucional y la intervención política en las decisiones de la CCSS.
También aparece el temor frente a la privatización y la tercerización, así como la preocupación por el debilitamiento de capacidades institucionales, por la disponibilidad de infraestructura, equipos y personal y por las decisiones que puedan afectar el funcionamiento de la institución.

Y hay una preocupación que atraviesa varias intervenciones: qué ocurre con la democracia cuando las instituciones públicas y sus mecanismos de autonomía y control son debilitados.

Por eso algunas voces no hablan únicamente de salud. Hablan también de división de poderes, de legalidad, de autonomía y de la posibilidad de que la ciudadanía pueda exigir cuentas a quienes gobiernan.

La defensa de la Caja aparece así conectada con una pregunta mayor: ¿qué instituciones necesitamos para cuidar la vida y qué condiciones democráticas necesitamos para proteger esas instituciones?

Una herencia que no se guarda en una vitrina

Hay otra palabra que aparece en la protesta y que vale la pena detenerse a escuchar: herencia.

Una de las participantes dice que la Caja es una herencia de Costa Rica y que, como toda herencia, tiene que ser cuidada.

Pero una herencia no es solamente algo que recibimos. También es algo que dejamos.

Por eso la pregunta no debería ser únicamente qué hemos recibido de la seguridad social, sino qué estamos haciendo hoy para que otras personas puedan recibirla mañana.

En la manifestación aparecen jóvenes, estudiantes, personas trabajadoras, organizaciones sindicales, comunidades y personas usuarias de los servicios de salud. Una de las voces jóvenes lo expresa justamente como una responsabilidad con quienes vienen: defender la Caja es también defender las posibilidades de futuro de hijos, padres y nuevas generaciones.

La herencia, entonces, deja de ser una mirada hacia el pasado.

Se convierte en una responsabilidad con el futuro.

Cuidar lo común

Quizá por eso la palabra que mejor atraviesa este conjunto de voces no sea “defensa”.

Sea cuidado.

-Cuidar la salud de quien no conocemos.

-Cuidar una institución que puede necesitarnos hoy, aunque ayer no la necesitáramos.

-Cuidar los recursos que hacen posible que un hospital funcione.

-Cuidar a quienes trabajan en ellos.

-Cuidar la autonomía de las instituciones públicas.

-Cuidar también las reglas democráticas que permiten exigir responsabilidades.

-Y cuidar aquello que una sociedad decidió construir colectivamente para que la enfermedad, el accidente o el nacimiento no se conviertan automáticamente en una condena económica.

En la calle, entre una consigna y una cimarrona, eso es lo que parecen estar diciendo muchas de estas voces: la seguridad social no se defiende solamente porque sea una institución histórica. Se defiende porque expresa una decisión colectiva sobre cómo queremos vivir juntos.

-Una decisión que coloca la vida antes que la capacidad de pago.

-Una decisión que reconoce que necesitamos de otras personas.

-Una decisión que convierte la solidaridad en una política pública.

La pregunta que queda abierta

Las voces del 3 de septiembre no son uniformes. Hay enojo, indignación, memoria, humor, preocupación y también alegría. Hay críticas al gobierno, llamados a la movilización y distintas interpretaciones sobre las amenazas que enfrenta la Caja.

Pero en medio de esa diversidad aparece algo común. Una y otra vez, las personas hablan de quienes nacieron, quienes fueron atendidos, quienes sobrevivieron, quienes necesitan un tratamiento, quienes trabajan en los hospitales y quienes todavía no han necesitado la Caja pero saben que algún día podrían hacerlo. Hablan, en definitiva, de la vida.

Y quizá por eso defender la seguridad social nos obliga a hacernos una pregunta que va más allá del 3 de septiembre:

¿Qué tipo de sociedad queremos construir cuando llegue el momento en que cualquiera de nosotros necesite que alguien nos cuide?

Porque una sociedad solidaria no se mide solamente por lo que puede comprar cada persona por separado. También se mide por aquello que somos capaces de garantizar colectivamente. La Caja, en ese sentido, no es solamente un lugar al que vamos cuando enfermamos. Es una forma de decir que la vida de las otras personas también nos importa.

Porque protestar no significa dejar de reír

Y en medio de la indignación también hubo espacio para reír, jugar y crear. Porque la protesta social no solo se expresa en discursos y consignas: también se construye desde el humor, la sátira, la música y la imaginación popular.

Este video recoge precisamente ese otro rostro de la movilización: la capacidad de convertir la calle en un espacio de encuentro, de crítica y también de alegría. Una forma de decir que defender lo público también puede hacerse con creatividad, con irreverencia y con una sonrisa.

Porque hasta para protestar, el pueblo sabe inventarse sus propias formas de decir: aquí estamos y aquí seguimos.

Galería
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Cuando la política entra en la red: poder, datos y disputa por la conversación pública

El caso Cerimedo y la pregunta que deberíamos hacernos sobre nuestras democracias digitales

La detención en Bolivia del consultor político argentino Fernando Cerimedo ha vuelto a colocar en el centro de la discusión pública algo que suele aparecer solamente cuando estalla un escándalo: ¿cómo funcionan realmente las redes digitales que intervienen en la política?

Cerimedo fue detenido el 18 de agosto de 2026 en Bolivia, en el marco de una investigación relacionada con el ataque sufrido por la abogada y analista política Nadia Beller. Posteriormente, la justicia boliviana abrió además una investigación por presunto enriquecimiento ilícito y este 29 de agosto dictó una segunda detención preventiva. Cerimedo ha sido vinculado durante los últimos años con campañas políticas en América Latina y el Caribe, entre ellas las de Rodrigo Paz, Javier Milei y Jair Bolsonaro.

El caso, sin embargo, no debería llevarnos únicamente a preguntarnos quién es Cerimedo o qué hizo. También puede servirnos para mirar algo más amplio: el sistema de relaciones, tecnologías, datos, medios, comunidades y estrategias que hoy forman parte de la disputa política.

Porque las redes digitales no son simplemente un lugar donde los políticos publican mensajes.

Son también un espacio donde se construye realidad política.

Más allá de las redes sociales: ¿qué es un ecosistema digital?

Cuando hablamos de política digital solemos pensar inmediatamente en Facebook, Instagram, TikTok o X.

Pero esa es solamente una parte del fenómeno. Un ecosistema digital puede incluir redes sociales abiertas, grupos de WhatsApp, medios digitales, comunidades organizadas, influencers, cuentas automatizadas, herramientas de monitoreo de conversaciones, bases de datos, publicidad segmentada y sistemas de inteligencia artificial.

Como punto de partida debemos comprender que las redes sociales son solamente una pequeña parte de un ecosistema mucho mayor.

Esto cambia nuestra manera de entender la política. Ya no se trata únicamente de “publicar un mensaje”.

Se trata de conocer a quién llega, qué emociones provoca, quién lo comparte, qué comunidades lo reproducen, qué otras narrativas lo acompañan y cómo los algoritmos terminan amplificando determinadas conversaciones.

La política digital se parece, en ese sentido, a una nueva forma de plaza pública.

Pero una plaza pública en la que cada persona puede recibir una versión diferente de la conversación colectiva.

Del boca a boca al “boca a boca” digital

Durante mucho tiempo, una de las formas más importantes de hacer política fue el boca a boca.

Una conversación en el barrio, una reunión comunitaria, una conversación en el trabajo o una discusión familiar podían ayudar a construir una percepción sobre una persona candidata, un partido o un problema público.

La lógica no desapareció. Se digitalizó. Las redes permiten que una conversación que comienza en un pequeño grupo pueda reproducirse rápidamente entre comunidades diferentes.

Un mensaje puede pasar de un grupo de WhatsApp a una publicación, de ahí a un influencer, después a un medio digital y posteriormente regresar a las redes convertido en “tendencia”.

El problema aparece cuando confundimos la visibilidad de una conversación con su representatividad.

Que algo aparezca constantemente en nuestras pantallas no significa necesariamente que sea lo que piensa la mayoría de la sociedad.

Y aquí aparece uno de los grandes poderes de las redes: no solamente permiten expresar opiniones. También permiten hacer visible determinadas opiniones y ocultar otras.

La política también se puede medir

Una de las transformaciones más importantes está relacionada con los datos.

Las herramientas de escucha social permiten monitorear conversaciones públicas y detectar palabras, temas, emociones, comunidades y tendencias. En la entrevista analizada se explica, por ejemplo, cómo estas herramientas pueden utilizarse para observar conversaciones alrededor de temas políticos y posteriormente segmentar a las personas según sus posiciones o sentimientos.

Esto puede tener usos legítimos.

Una institución pública puede saber qué preocupaciones tiene la ciudadanía. Un medio puede identificar temas emergentes. Una organización social puede comprender mejor una discusión pública.

Pero también existe otra posibilidad: convertir esa información en una herramienta para intervenir sobre las personas.

Si conocemos qué preocupa a diferentes grupos, qué palabras generan rechazo, qué temas producen miedo o indignación y qué mensajes movilizan a determinadas comunidades, podemos diseñar contenidos específicamente orientados a producir determinadas respuestas.

La frontera entre comunicación y manipulación puede volverse entonces mucho más difícil de distinguir.

El problema no es solamente el bot

Cuando aparece una discusión sobre manipulación digital, rápidamente aparece una palabra: bots.

Y ciertamente existen cuentas automatizadas, redes coordinadas y sistemas capaces de producir y amplificar contenidos.

Pero reducir todo el problema a los bots puede ser una manera de no mirar el fenómeno completo.

En la entrevista se plantea una idea importante: el objetivo no necesariamente es que miles de cuentas falsas convenzan directamente a miles de personas. También puede consistir en introducir una determinada conversación en el sistema para que los algoritmos la detecten como relevante y posteriormente la amplifiquen.

Es decir: la cuestión no es solamente cuántas cuentas participan, sino qué conversación consiguen instalar.

Y aquí aparece una diferencia fundamental. Una cuenta falsa puede iniciar una conversación. Pero si esa conversación termina siendo reproducida por personas reales, medios, influencers o comunidades políticas, deja de ser solamente una operación automatizada.

Empieza a formar parte de la conversación social.

La inteligencia artificial cambia nuevamente las reglas

La inteligencia artificial introduce una nueva dimensión.

Durante años, la creación de redes coordinadas requería personas que administraran múltiples cuentas. La automatización y la IA reducen progresivamente el costo de producir contenidos, administrar interacciones y adaptar mensajes.

La entrevista plantea incluso un escenario en el que un candidato podría contar con sistemas capaces de interactuar con personas utilizando información previamente obtenida sobre sus intereses y preferencias.

Esto abre preguntas enormes.

-¿Qué ocurre cuando una persona cree estar conversando con otro ciudadano, pero en realidad está interactuando con un sistema automatizado?

-¿Qué sucede cuando una imagen, un video, una voz o una declaración pueden ser generados artificialmente?

-¿Cómo distinguimos una experiencia política auténtica de una experiencia diseñada algorítmicamente?

-Y, sobre todo: ¿qué ocurre con la confianza cuando dejamos de saber quién está hablando?

No todo es manipulación: las redes también pueden organizar

Sería un error construir una mirada exclusivamente negativa.

Las redes digitales también han abierto posibilidades enormes para la organización social.

Permiten convocar rápidamente, compartir información, documentar situaciones, conectar territorios y visibilizar conflictos que difícilmente encontrarían espacio en los medios tradicionales.

En la propia entrevista se menciona como ejemplo una movilización reciente en Costa Rica convocada principalmente mediante redes sociales. La capacidad de convocatoria mostró que estas herramientas pueden transformar rápidamente una indignación dispersa en presencia colectiva.

Las redes pueden servir para organizar una protesta. Pero también para organizar una campaña comunitaria, defender un territorio, denunciar una injusticia, compartir conocimiento o construir solidaridad. Por eso el problema no es “redes sí” o “redes no”.

La pregunta es quién las controla, para qué las utiliza y bajo qué condiciones se produce esa comunicación.

El límite de las redes: movilizar no significa necesariamente convencer

Aquí aparece una de las cuestiones más interesantes.

Las redes pueden movilizar a quienes ya están convencidos. Pero movilizar no necesariamente significa transformar una posición política.

En el análisis recogido en la entrevista se señala justamente esta diferencia: una convocatoria puede conseguir una importante movilización sin necesariamente modificar las percepciones de quienes se encuentran fuera de ese núcleo ya convencido.

Esto es fundamental para entender la política contemporánea. Los algoritmos pueden ayudarnos a encontrar personas que piensan como nosotros.

Pero si pasamos demasiado tiempo dentro de comunidades donde todos comparten las mismas posiciones, podemos terminar creyendo que nuestra comunidad representa a toda la sociedad.

Y entonces aparece una paradoja: estamos cada vez más conectados y, al mismo tiempo, podemos estar cada vez más separados.

El riesgo de confundir percepción con realidad

Uno de los mayores peligros de estos ecosistemas es la posibilidad de fabricar una sensación de mayoría.

Muchas personas hablando de un tema puede producir la impresión de que “todo el mundo está hablando de eso”.

Muchas cuentas defendiendo una posición pueden generar la sensación de que “la gente piensa así”.

Una sucesión de publicaciones puede hacer parecer que un problema es inevitablemente central.

Pero la conversación digital no es un espejo perfecto de la sociedad. Es una construcción. Está mediada por algoritmos, plataformas, comunidades, intereses económicos, estrategias de comunicación y decisiones humanas.

Por eso debemos aprender a formular una pregunta sencilla: ¿estoy viendo lo que la sociedad piensa o estoy viendo lo que el sistema decidió mostrarme?

Cuando el conflicto político se convierte en ataque

Otro riesgo es la transformación de la disputa política en una disputa por destruir al adversario.

En el ecosistema digital puede aparecer una lógica donde ya no importa discutir una propuesta, sino desacreditar a quien la formula.

La entrevista distingue entre el contraste político —“yo pienso de esta manera y vos de otra”— y aquellas prácticas orientadas a atacar, deslegitimar o silenciar al adversario. Esta diferencia resulta fundamental.

Una democracia necesita conflicto. Necesita desacuerdo. Necesita crítica.

Pero cuando el objetivo deja de ser disputar ideas y pasa a ser destruir la posibilidad de que la otra persona sea escuchada, la conversación democrática comienza a deteriorarse.

La violencia política también puede adquirir formas digitales: campañas de hostigamiento, ataques coordinados, desinformación, ridiculización sistemática o intentos de convertir a una persona en un objeto permanente de agresión.

No todo desacuerdo es violencia. Pero tampoco toda agresión puede esconderse detrás de la palabra “debate”.

El caso Cerimedo nos obliga a mirar el sistema

En los últimos días, además, el propio caso ha mostrado otro problema: la información sobre las redes digitales también puede ser manipulada.

Tras el allanamiento de inmuebles vinculados con Cerimedo circularon videos que supuestamente mostraban una “granja de bots”. AFP verificó que algunas de esas imágenes eran antiguas y que otra había sido generada mediante inteligencia artificial.

La paradoja es enorme. Estamos discutiendo operaciones de manipulación digital mientras, al mismo tiempo, circulan contenidos falsos sobre esas mismas operaciones.

Esto debería servirnos como una advertencia.

No basta con desconfiar de “los otros”. La alfabetización digital democrática implica aprender a verificar también aquello que confirma nuestras propias posiciones.

¿Qué riesgos enfrentamos como sociedad?

Podemos resumir algunos de los principales riesgos:

  • -Desinformación: contenidos falsos, engañosos o descontextualizados que pueden alterar nuestra comprensión de los acontecimientos.

  • -Manipulación emocional: utilización sistemática del miedo, la indignación o el enojo para orientar comportamientos políticos.

  • -Segmentación extrema: mensajes diferentes dirigidos a comunidades diferentes, dificultando la existencia de una conversación pública compartida.

  • -Automatización: cuentas y sistemas capaces de producir o amplificar contenidos a una escala difícil de alcanzar mediante trabajo humano.

  • -Falsa sensación de mayoría: hacer que una posición parezca mucho más extendida de lo que realmente está.

  • -Hostigamiento coordinado: utilización de redes para atacar o silenciar personas.

  • -Pérdida de confianza: cuando ya no sabemos qué información es verdadera, quién la produjo o quién la está amplificando.

  • -Concentración de poder: plataformas y actores privados poseen enormes capacidades para recopilar datos y ordenar la circulación de información.

  • -Opacidad: muchas veces desconocemos quién financia una campaña, quién administra determinadas redes o qué criterios determinan qué contenidos llegan a nuestras pantallas.

Entonces, ¿qué hacemos?

La respuesta no puede ser abandonar las redes.

Tampoco podemos pensar que la solución consiste simplemente en prohibir determinadas tecnologías.

Necesitamos construir capacidades democráticas para habitar estos espacios.

Eso implica aprender a preguntarnos:

-¿Quién produce este contenido?

-¿Quién lo financia?

-¿Qué información utiliza?

-¿A quién intenta convencer?

-¿Qué emoción busca provocar?

-¿Por qué estoy viendo esto?

-¿Hay evidencia independiente que permita comprobarlo?

-¿Quién más está difundiendo este mensaje?

Y existe una pregunta todavía más importante: ¿qué intereses aparecen cuando una conversación aparentemente espontánea se vuelve demasiado coordinada?

La disputa no es solamente tecnológica

Quizás esta sea la principal lección que podemos extraer del caso Cerimedo.

La tecnología importa. Los datos importan. Los algoritmos importan. Las redes coordinadas importan.

Pero ninguna de estas cosas explica por sí sola el comportamiento político de una sociedad.

Las herramientas digitales pueden amplificar determinadas tendencias, pero no inventan de la nada el malestar social, la frustración económica, la inseguridad, la pérdida de confianza o el desencanto con las instituciones.

Las tecnologías pueden organizar, acelerar y amplificar. Pero necesitan un terreno social sobre el cual operar.

Por eso una democracia que quiera enfrentar la manipulación digital no puede limitarse a combatir bots.

También tiene que preguntarse:

-¿por qué determinadas narrativas encuentran terreno fértil?

-¿qué malestares están expresando?

-¿qué instituciones han perdido legitimidad?

-¿qué sectores de la población sienten que nadie los escucha?

Porque cuando una sociedad deja de confiar en sus instituciones, las narrativas que prometen soluciones simples, enemigos claros y respuestas inmediatas pueden encontrar un terreno especialmente fértil.

Habitar críticamente el ecosistema digital

El desafío, entonces, no consiste en regresar a un supuesto pasado sin redes.

Las redes ya forman parte de nuestra vida política. El desafío es aprender a vivir en ellas sin entregar nuestra capacidad de juicio. Necesitamos ciudadanos capaces de distinguir popularidad de evidencia, viralidad de verdad, indignación de argumento y coordinación de participación espontánea.

Necesitamos medios capaces de investigar las infraestructuras que están detrás de las campañas digitales. Necesitamos instituciones capaces de establecer reglas de transparencia y rendición de cuentas. Y necesitamos plataformas sometidas a mayores responsabilidades respecto de los datos, la publicidad política, la automatización y la circulación de contenidos manipulados.

Pero también necesitamos algo más básico: recuperar la conversación. Porque frente a un ecosistema que puede fragmentarnos en miles de comunidades y hablarnos a cada uno de manera diferente, defender la democracia implica volver a construir espacios donde podamos encontrarnos con quienes piensan distinto.

El problema no es que existan muchas voces, sería que algunas de esas voces fueran fabricadas para parecer muchas, mientras otras desaparecen del campo de nuestra atención. La pregunta de fondo no es, entonces, si las redes sociales son buenas o malas. Es otra, ¿quién está construyendo la conversación pública en la que tomamos nuestras decisiones políticas?

Y esa es una pregunta que, en una democracia, no podemos dejar únicamente en manos de los algoritmos.

Referencias:

AFP Factual. (2026). Entre humanos y algoritmos: el reto de reconocer bots en redes sociales. AFP Factual.

Innerarity, Daniel. (2024). Inteligencia artificial y democracia. UNESCO. Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

López López, Paulo Carlos, Andrea Mila Maldonado, y Vasco Ribeiro. (2023). La desinformación en las democracias de América Latina y de la península ibérica: De las redes sociales a la inteligencia artificial (2015–2022). Uru: Revista de Comunicación y Cultura, (8), 69–89. DOI: 10.32719/26312514.2023.8.5

Trejo Delarbre, Raúl. (2016). Ser visibles, para ser ciudadanos. Política y redes sociodigitales en América Latina. Revista Latinoamericana de Ciencias de la Comunicación, 12(22), 57–69. DOI: 10.55738/alaic.v12i22.202

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La pedagogía de la protesta: lo que aprendemos cuando salimos a la calle

Antes de leer, escuchemos.

Escuchemos las voces de quienes estuvieron hoy en la calle. Dejemos que sean sus palabras, sus gritos, sus preguntas, sus risas, sus consignas y sus emociones las que nos devuelvan a este 1 de setiembre. Revivamos la protesta desde quienes la caminaron, la sintieron y la hicieron posible.

Este collage de voces no busca solamente registrar lo ocurrido. Es una invitación a volver sobre ese momento desde los sentires de quienes participaron: la indignación frente a los recortes, la preocupación por el futuro, la defensa de la educación pública, pero también la alegría de encontrarse, cantar, reír, jugar y bailar.

Después de escuchar, les invitamos a leer. Porque quizás una protesta también puede ser una escuela. Y entonces aparece una pregunta que atraviesa esta jornada: ¿qué aprendemos cuando protestamos?

Una escuela que no tiene aula

La protesta suele ser mirada desde afuera. Se cuentan las personas que asistieron, las consignas, las calles recorridas, las declaraciones, los enfrentamientos o las demandas. Se intenta medir su impacto y determinar si tuvo éxito.

Pero hay otra dimensión que suele quedar escondida: lo que una movilización enseña mientras ocurre.

La calle se convierte por unas horas en un espacio donde aprendemos a reconocernos, a escucharnos y a descubrir que nuestras preocupaciones no son solamente individuales. Lo que una persona vive como incertidumbre frente al futuro puede encontrar en otra voz una explicación, una pregunta o una compañía.

La protesta produce así un conocimiento situado: se aprende caminando, conversando, gritando, escuchando, preguntando y compartiendo.

Las voces recogidas este 1 de setiembre permiten acercarnos a esa pedagogía cotidiana de la movilización.

Y quizás podamos reconocer algunos de sus aprendizajes.

Aprendemos a cuidar y cuidarnos

En medio de una movilización también se aprende que nadie llega completamente solo.

Se pregunta si alguien necesita algo. Se espera a quien quedó atrás. Se comparte el espacio. Se acompaña a quien está cansado. Se está pendiente de quienes caminan alrededor.

Son gestos pequeños, pero contienen una idea política profunda: la defensa de lo común comienza también por el cuidado de quienes lo están defendiendo.

Frente a una lógica social que muchas veces nos invita a resolver individualmente nuestros problemas, la protesta recuerda que también podemos construir respuestas colectivas. Cuidar y cuidarnos no es una pausa de la política. Es parte de ella.

Aprendemos a preguntar

Una de las características más fuertes de las voces de hoy es la presencia de preguntas.

-¿Por qué se reduce la educación?

-¿Por qué no se escucha a quienes serán afectados?

-¿Qué significa realmente defender el futuro del país?

-¿Quién decide las prioridades presupuestarias?

-¿Quiénes pagan las consecuencias de esas decisiones?

Preguntar es una forma de interrumpir aquello que pretende presentarse como inevitable.

Cuando una decisión política se presenta como la única alternativa posible, la pregunta abre una grieta: ¿tenía que ser así?

La protesta enseña entonces algo fundamental: no aceptar las decisiones como hechos naturales. Preguntar significa reconocer que detrás de cada presupuesto, cada recorte y cada política existen decisiones, intereses, prioridades y disputas.

Aprendemos a acompañarnos

Una movilización hace visible algo que la vida cotidiana suele esconder: nuestras luchas están conectadas.

La defensa de una beca puede estar relacionada con la posibilidad de que una persona permanezca en la universidad. La alimentación estudiantil puede estar relacionada con la permanencia educativa. La educación pública puede estar relacionada con la movilidad social. La inversión social puede estar relacionada con las posibilidades de futuro.

Por eso, acompañar una lucha que aparentemente no es propia también puede convertirse en una manera de defender aquello que nos sostiene colectivamente.

No marchamos solamente por quienes están hoy en las aulas. También por quienes estarán mañana.

Esta idea aparece con fuerza en las voces recogidas durante la protesta: defender la educación pública significa defender posibilidades que alcanzan a quienes todavía no han llegado a ellas.

Aprendemos a caminar juntos y juntas

Caminar parece sencillo. Pero caminar colectivamente requiere mirar a los lados, reconocer otros ritmos, esperar, avanzar, detenerse y volver a comenzar.

Una movilización convierte ese gesto cotidiano en una experiencia política.

Durante unas horas dejamos de ser personas dispersas para convertirnos en un cuerpo colectivo que ocupa el espacio público.

No necesariamente pensamos igual.

No tenemos las mismas historias.

No venimos de los mismos lugares.

Pero podemos coincidir en una preocupación, en una demanda o en la necesidad de defender algo que consideramos común. Caminar juntos y juntas no significa caminar al mismo paso. Significa decidir que vale la pena avanzar acompañados.

Aprendemos a reír

Hay algo que también merece ser escuchado en el registro de esta protesta: la alegría.

Entre las consignas, las denuncias y la indignación aparecen llamados a bailar, a mantener el ánimo, a encontrarse con otras personas.

Esto puede parecer secundario frente a la gravedad de lo que se está discutiendo. No lo es.

La alegría también puede ser una forma de resistencia frente al miedo y al agotamiento. Una movilización no solamente expresa aquello que rechazamos; también produce espacios donde podemos experimentar, aunque sea temporalmente, el mundo que queremos construir: un mundo donde estamos con otras personas y no solas frente a los problemas.

Aprendemos a jugar

La protesta también tiene una dimensión lúdica. Las consignas, los ritmos, los gestos, las formas de ocupar la calle y las maneras creativas de comunicar una demanda producen otros lenguajes políticos.

Jugar permite experimentar. Permite probar otras formas de decir. Permite romper momentáneamente la solemnidad de la política institucional y recordar que la imaginación también es una herramienta para disputar sentidos. La calle no solamente comunica mensajes. La calle inventa lenguajes.

Aprendemos a bailar

Quizás bailar sea una de las imágenes más potentes de esta jornada. Bailar en medio de una protesta puede parecer contradictorio: ¿cómo se puede bailar cuando existen preocupaciones tan serias?

Precisamente porque protestar no significa renunciar a la vida.

La movilización también puede ser celebración de aquello que se quiere defender. Cuando se baila colectivamente, el cuerpo deja de ser solamente un cuerpo que reclama y se convierte en un cuerpo que afirma: aquí estamos, aquí seguimos y todavía tenemos razones para encontrarnos.

Aprendemos a debatir

No todas las voces recogidas dicen exactamente lo mismo. Y eso también es parte de la protesta.

En ellas aparecen distintas lecturas sobre el gobierno, el presupuesto, las universidades, el papel del mercado, las instituciones, la Asamblea Legislativa y el rumbo del país.

Una sociedad movilizada no es necesariamente una sociedad homogénea. Es una sociedad que abre espacios para disputar sentidos.

La pregunta democrática no debería ser cómo hacer desaparecer esas diferencias, sino cómo convivir con ellas y convertirlas en conversación, organización y acción colectiva.

La protesta enseña que la política no está terminada cuando termina una elección.

También ocurre cuando las personas se reúnen para discutir qué consideran justo, qué futuro quieren y qué están dispuestas a defender.

Aprendemos la sátira

Y está también la sátira. La burla. La ironía. El juego con las palabras. La capacidad de reírse del poder.

La sátira permite decir aquello que, expresado solamente mediante un discurso formal, podría perder fuerza. Desarma solemnidades, cuestiona discursos oficiales y permite mirar las contradicciones desde otro ángulo. En ese sentido, también es una forma de pedagogía.

Porque nos enseña a no tomar como natural aquello que el poder presenta como incuestionable.

La sátira no reemplaza la argumentación, pero puede abrir una puerta para que una pregunta entre por otro camino.

¿Qué se está disputando realmente?

Después de escuchar estas voces, la discusión sobre el presupuesto educativo parece adquirir otra dimensión.

No estamos únicamente frente a una discusión sobre porcentajes. Estamos frente a una disputa sobre las condiciones materiales para ejercer un derecho, sobre el papel de las instituciones públicas y sobre las posibilidades de futuro de quienes dependen de ellas.

Las voces de esta jornada expresan preocupación por los recortes, por las becas, por las condiciones para estudiar, por la falta de escucha y por la posibilidad de que la educación pública pierda capacidad para responder a las necesidades sociales.

Algunas intervenciones vinculan este proceso con una transformación más amplia: una universidad cada vez más orientada hacia el mercado, un debilitamiento de la inversión social y una reducción de los espacios de participación y negociación.

Son lecturas políticas expresadas desde la movilización. No todas las personas participantes necesariamente las comparten de la misma manera.

Pero escucharlas importa. Porque permiten identificar qué está siendo percibido como amenaza por quienes hoy decidieron salir a la calle.

Y entre esas amenazas aparece una preocupación de fondo: que aquello que durante décadas fue construido como derecho pueda comenzar a ser tratado progresivamente como privilegio.

La protesta como memoria

En las voces también aparece una memoria. La memoria de quienes estudiaron gracias a la educación pública. De las familias que hicieron esfuerzos para que sus hijos e hijas pudieran estudiar. De quienes recibieron becas. De quienes encontraron en una institución pública una posibilidad que de otro modo habría sido inaccesible.

La protesta recuerda que los derechos no aparecieron espontáneamente. Fueron producto de decisiones políticas, luchas sociales, instituciones y generaciones que construyeron condiciones distintas a las que encontraron quienes les precedieron.

Por eso defender la educación pública también significa defender una memoria colectiva.

Recordar que aquello que hoy parece normal alguna vez fue una conquista. Y que las conquistas pueden ser ampliadas, pero también pueden ser debilitadas.

La esperanza de una sociedad que todavía se mueve

Quizás por eso esta jornada importa más allá de sus resultados inmediatos. Porque en un momento donde muchas personas sienten que las decisiones se toman lejos de ellas, la movilización devuelve una experiencia elemental de la democracia: podemos encontrarnos, hablar, preguntar, disentir y hacer visible aquello que no queremos aceptar en silencio.

La esperanza no está en creer ingenuamente que todo saldrá bien. Está en descubrir que todavía existen capacidades colectivas para actuar.

-Cuidar.

-Preguntar.

-Acompañarnos.

-Caminar juntos y juntas.

-Reír.

-Jugar.

-Bailar.

-Debatir.

-Satirizar.

-Organizarnos.

Y volver a encontrarnos.

Una pedagogía para defender lo común

Quizás esta sea una de las principales enseñanzas del 1 de setiembre. La protesta no solamente demanda algo al poder. También nos transforma mientras la hacemos.

Nos enseña que defender un derecho requiere aprender a reconocerlo como un asunto colectivo. Que la indignación puede convertirse en conversación. Que la conversación puede convertirse en organización. Que la organización puede ocupar la calle. Y que ocupar la calle también puede ser una experiencia de cuidado, alegría y esperanza.

Por eso, escuchar primero estas voces importa.

Porque antes de analizar los números, las declaraciones y las posiciones políticas, podemos escuchar los cuerpos y los sentires de quienes estuvieron allí.

-Podemos escuchar el cansancio y la energía.

-La indignación y la risa.

-La preocupación y la esperanza.

-El grito y la pregunta.

-La protesta y la celebración.

Quizás ahí esté la verdadera pedagogía de la protesta: aprender que aquello que parece imposible de defender individualmente puede convertirse en una fuerza cuando decidimos hacerlo juntas y juntos.

Hoy la educación pública volvió a caminar. Y mientras caminaba, también enseñó. Nos enseñó que una sociedad que todavía se encuentra, se pregunta, se cuida, se ríe y se organiza es una sociedad que todavía puede disputar su futuro.

Galería
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El río sangra: Río Pizote y las huellas de la extracción de material

¿Qué ocurre cuando un río comienza a transformarse ante los ojos de quienes han convivido con él durante toda su vida?

En esta entrevista, David Menjívar, vecino de la comunidad, comparte su mirada sobre la situación actual del río Pizote y las preocupaciones que existen alrededor de las transformaciones observadas en distintos sectores de su cauce.

La conversación recupera los cambios que la comunidad ha identificado en el río, incluyendo procesos de erosión y socavamiento, así como las inquietudes relacionadas con la extracción de materiales y sus posibles impactos sobre el comportamiento y la estabilidad del cauce.

Pero esta no es únicamente una conversación sobre un río. También es el testimonio de lo que significa para una comunidad observar cómo un espacio que ha formado parte de su vida cotidiana durante décadas comienza a cambiar.

Las voces de quienes habitan un territorio son fundamentales para comprender estas transformaciones. Sus observaciones, preocupaciones y experiencias permiten identificar procesos que muchas veces permanecen fuera de los informes institucionales o solo reciben atención cuando los daños ya son evidentes.

La situación del río Pizote vuelve a colocar sobre la mesa preguntas que no pueden ser ignoradas: ¿cómo se están evaluando los impactos de la extracción de materiales? ¿Existe una fiscalización suficiente sobre estas actividades? ¿Quién responde cuando los cambios en un río comienzan a afectar a las comunidades y al territorio?

Desde el Observatorio de Bienes Comunes continuamos acompañando y documentando las preocupaciones comunitarias en torno al río Pizote y las actividades que están transformando su entorno.

Porque defender un río también implica escuchar a quienes lo conocen, exigir información y fiscalización, y preguntarnos hasta dónde puede llegar la extracción antes de que los daños sean irreversibles.

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Afros al frente: pensar la afrodescendencia más allá de la celebración

Imagen: 31 de agosto de Honorio Cabraca.

En el Día de la Persona Negra y la Cultura Afrocostarricense, una lectura de Afros al frente: racismo, resistencia y lucha nos invita a mirar la afrodescendencia no solo como patrimonio cultural, sino como historia, identidad, resistencia y disputa por derechos.

Cada 31 de agosto, Costa Rica conmemora el Día de la Persona Negra y la Cultura Afrocostarricense, una fecha que desde 2018 forma parte del Mes Histórico de la Afrodescendencia en el país. La conmemoración busca reconocer las contribuciones históricas, culturales y sociales de las poblaciones afrodescendientes y reafirmar su lugar en la construcción de nuestra sociedad.

Pero toda conmemoración puede abrir también una pregunta: ¿qué significa reconocer?

Esta pregunta resulta especialmente pertinente al acercarnos a Afros al frente: racismo, resistencia y lucha, libro editado por Gerardo Cham, Gisela C. Fregoso, Wilfried Raussert y Nicolas Rey, publicado por CLACSO y CALAS en 2024. La obra reúne investigaciones sobre experiencias afrodescendientes en América Latina y el Caribe y coloca en el centro una relación que resulta fundamental: racismo, resistencia y lucha por el reconocimiento, la participación y la justicia.

Más que ofrecer una historia única de la afrodescendencia, el libro construye un mapa de experiencias diversas: México, Colombia, Brasil, Cuba, Jamaica, Guadalupe, Guayana, Haití y otros territorios aparecen conectados por historias de colonialismo, racialización, exclusión, migración, resistencia y producción cultural. Esta perspectiva permite comprender que las experiencias afrodescendientes no pueden reducirse a una identidad homogénea: están atravesadas por territorios, generaciones, clases sociales, géneros, trayectorias migratorias y distintas formas de identificación.

Dejar de pensar el racismo como una excepción

Uno de los aportes centrales del libro consiste en cuestionar una idea profundamente arraigada en América Latina: que el racismo sería fundamentalmente un problema de otras sociedades.

La presentación de Afros al frente señala cómo los discursos nacionales asociados al mestizaje y a la llamada democracia racial contribuyeron históricamente a presentar a las sociedades latinoamericanas como espacios donde la raza no tendría un papel determinante. Esta representación produjo, al mismo tiempo, procesos de invisibilización y folclorización de las expresiones negras.

El problema, entonces, no es únicamente la existencia de actos individuales de discriminación. El libro invita a observar las estructuras históricas que producen desigualdades y las formas mediante las cuales determinadas poblaciones son convertidas en “otras”, invisibilizadas o reconocidas únicamente desde determinados lugares.

Por eso, hablar de afrodescendencia no debería limitarse a enumerar aportes culturales. También supone preguntarnos quiénes han tenido históricamente la posibilidad de definir qué cuenta como cultura, quién aparece en la historia nacional, quién participa de las decisiones y quién puede ejercer plenamente sus derechos.

Reconocer no siempre significa transformar

Una de las discusiones más sugerentes del libro aparece en el análisis de Gisela Carlos Fregoso sobre el proceso de reconocimiento de las poblaciones negras, afromexicanas y afrodescendientes en México.

Su investigación muestra que el reconocimiento institucional puede constituir un avance fundamental, pero también puede producir nuevas tensiones. En el caso mexicano, el reconocimiento constitucional llegó después de décadas de organización y demanda, y no necesariamente estuvo acompañado por recursos suficientes para transformar las condiciones materiales de las comunidades. La autora llega a caracterizarlo como un reconocimiento predominantemente simbólico.

Esta experiencia permite abrir una pregunta para Costa Rica: ¿qué ocurre cuando una sociedad reconoce formalmente la afrodescendencia, pero las desigualdades históricas continúan produciendo efectos en el presente?

Reconocer una identidad es importante. Reconocer una historia también. Pero el desafío antirracista comienza cuando ese reconocimiento se convierte en derechos efectivos, participación política, igualdad de oportunidades, memoria, justicia y transformación de las estructuras que reproducen las desigualdades.

La deuda de la memoria

Otra de las tensiones que atraviesan la obra es la relación entre memoria y reconocimiento.

El libro recuerda que las sociedades latinoamericanas han construido relatos nacionales capaces de incorporar elementos de las culturas afrodescendientes mientras, simultáneamente, mantienen en segundo plano las historias de esclavización, exclusión y resistencia que forman parte de esas mismas sociedades.

En Costa Rica, esta pregunta resulta particularmente importante. La propia conmemoración del 31 de agosto tiene una historia vinculada con las luchas de las comunidades afrodescendientes. La fecha se encuentra relacionada con la Primera Convención Internacional sobre la Situación de las Personas Negras, realizada en Nueva York en 1920, y posteriormente fue incorporada al calendario nacional mediante procesos impulsados desde las propias organizaciones afrodescendientes.

Por eso, la memoria no debería reducirse a una celebración del presente. También debe permitir recuperar las luchas que hicieron posible que hoy podamos hablar de afrodescendencia en el espacio público.

Del folclor a la política

Afros al frente también aporta una idea especialmente importante: la resistencia afrodescendiente no ocurre únicamente en las instituciones políticas.

Los autores entienden la resistencia como un fenómeno cognitivo, afectivo, estético y político que atraviesa la vida cotidiana, las respuestas frente al racismo, la producción artística y cultural y el activismo.

La música, la literatura, las prácticas culturales, las formas de ocupar el espacio público, las organizaciones comunitarias y las nuevas generaciones de activistas forman parte de esas luchas.

El capítulo dedicado al garveyismo resulta especialmente significativo para Costa Rica. Marcus Garvey pasó por el país en 1910, donde trabajó para la United Fruit Company y entró en contacto con poblaciones afrocaribeñas de la región. Posteriormente, el movimiento de la Universal Negro Improvement Association —UNIA— desarrolló una importante presencia en Centroamérica: hacia mediados de la década de 1920 se registraban 23 sucursales en Costa Rica.

Este episodio permite mirar la historia afrocaribeña costarricense desde una dimensión que muchas veces queda fuera de las narrativas nacionales: Costa Rica no fue un territorio aislado de las redes políticas, culturales e intelectuales de la diáspora africana.

Una afrodescendencia que desborda las fronteras

Este es quizá otro de los aportes del libro para pensar Costa Rica.

Afros al frente propone una mirada hemisférica y transnacional de las experiencias afrodescendientes. Las migraciones, las ideas, las culturas y las luchas han conectado históricamente el Caribe, Centroamérica, América Latina y Estados Unidos. Los estudios sobre estas movilidades permiten comprender la existencia de una negritud hemisférica y de redes que desbordan las fronteras nacionales.

Desde esta perspectiva, la afrodescendencia costarricense puede ser pensada también como parte de una historia caribeña y centroamericana más amplia.

Esto resulta particularmente relevante porque las fronteras nacionales muchas veces producen relatos fragmentados: Costa Rica por un lado, Panamá por otro, Jamaica por otro, Nicaragua por otro. Sin embargo, las experiencias históricas de las poblaciones afrodescendientes muestran intercambios permanentes de personas, trabajo, ideas, músicas, organizaciones y formas de resistencia.

Las tensiones del reconocimiento

El reconocimiento también puede producir nuevas disputas.

La investigación de Fregoso muestra cómo los procesos legales pueden transformar las formas en que las personas se identifican y son identificadas. Cuando determinados derechos pasan a estar asociados a una identidad, las personas y comunidades pueden verse obligadas a demostrar determinados rasgos históricos, culturales o territoriales para ser reconocidas institucionalmente.

Aparece así una paradoja: para dejar de ser invisibles, las poblaciones afrodescendientes pueden verse obligadas a hacerse visibles bajo determinadas categorías.

Y esa visibilidad puede convertirse en una nueva forma de presión: explicar quién se es, demostrar de dónde se viene, acreditar una historia, encajar en una definición institucional.

El libro advierte además que las identidades no son estáticas. Pueden fortalecerse, transformarse y también generar disputas internas. La autoidentificación puede convertirse en parte de una lucha política, pero también puede producir procesos de esencialización.

Esto nos obliga a tener cuidado con otra trampa: celebrar “la cultura afro” como si existiera una única cultura afrodescendiente. Hay múltiples historias, territorios, experiencias y formas de ser afrodescendiente.

Las deudas siguen abiertas

Si algo permite pensar este libro en el contexto del 31 de agosto es que el reconocimiento no puede ser el punto final.

Quedan abiertas preguntas sobre la desigualdad, la representación política, las condiciones laborales, la educación, la memoria histórica, el racismo institucional, la participación comunitaria y el acceso efectivo a derechos.

También queda la tarea de revisar cómo las instituciones producen conocimiento sobre las poblaciones afrodescendientes y cuánto espacio tienen las propias comunidades para producir y disputar esos conocimientos.

En este sentido, uno de los llamados explícitos de Afros al frente es a construir un diálogo entre academia y activismo, entendiendo que combatir el racismo de manera sostenible requiere superar la distancia entre quienes investigan y quienes sostienen cotidianamente las luchas.

Celebrar, pero también preguntar

El 31 de agosto puede ser entonces algo más que una fecha para celebrar la gastronomía, la música, la vestimenta o las expresiones culturales afrodescendientes.

Puede ser un momento para preguntarnos:

¿Qué historias todavía no contamos?

¿Qué formas de racismo todavía no queremos reconocer?

¿Qué derechos han sido reconocidos y cuáles todavía no se concretan plenamente?

¿Quiénes participan en las decisiones sobre los territorios y comunidades afrodescendientes?

¿Qué lugar ocupan las voces de las nuevas generaciones?

¿Cómo evitar que el reconocimiento de la diversidad se convierta solamente en una celebración simbólica mientras persisten desigualdades estructurales?

Afros al frente ofrece herramientas para formular estas preguntas. Su principal aporte no está únicamente en documentar la existencia del racismo, sino en mostrar que frente a él existen memorias, organizaciones, producciones culturales, subjetividades políticas y múltiples formas de resistencia.

Conmemorar la afrodescendencia, desde esta perspectiva, no significa únicamente mirar hacia atrás. Significa reconocer las luchas que hicieron posible el presente y preguntarnos qué transformaciones todavía hacen falta.

Porque poner a las poblaciones afrodescendientes al frente implica algo más que hacerlas visibles. Implica escuchar sus voces, reconocer sus historias, garantizar sus derechos y disputar las estructuras que durante demasiado tiempo han definido quién puede ser visto, escuchado y reconocido como parte plena de la sociedad.

En este 31 de agosto, celebrar también puede significar incomodarnos. Y quizá allí comience una conversación verdaderamente antirracista.

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Territorio Tayní Cabécar alza la voz: la falta de puentes mantiene incomunicado al territorio indígena

Mientras la Asamblea Legislativa se trasladaba a Limón para realizar una sesión solemne, Hugo Céspedes Morales, presidente de la Asociación de Desarrollo Indígena Tayní Cabécar, intentaba llegar hasta ese espacio para exponer las necesidades de su territorio. No pudo hacerlo. Los ríos habían crecido y, una vez más, la ausencia de puentes convirtió al territorio en un espacio incomunicado.

El sábado 29 de agosto, la Asamblea Legislativa realizó una sesión solemne en la Casa de la Cultura de Limón. Para Hugo Céspedes Morales, presidente de la Asociación de Desarrollo Indígena Tayní Cabécar, aquella actividad representaba una oportunidad para llevar directamente ante diputadas y diputados de la República una realidad que las comunidades indígenas del Valle de La Estrella enfrentan desde hace años: la falta de infraestructura básica para garantizar la movilidad segura dentro y fuera de su territorio.

Su intención era asistir, conversar con las autoridades y explicar las múltiples consecuencias que tiene la ausencia de puentes sobre los ríos que atraviesan Tayní Cabécar. Sin embargo, no logró llegar. Las fuertes lluvias habían provocado el aumento de los caudales y los pasos habituales quedaron interrumpidos.

La situación encierra una paradoja difícil de ignorar. Mientras el Poder Legislativo se trasladaba hasta Limón en un gesto de acercamiento territorial, una de las voces que buscaba llegar desde un territorio indígena de la misma provincia quedó imposibilitada de hacerlo precisamente por las condiciones de abandono que pretendía denunciar.

Desde el propio territorio, Céspedes Morales decidió grabar un mensaje dirigido a la Asamblea Legislativa, al Poder Ejecutivo y a la opinión pública. Su intervención no se limita a describir una dificultad provocada por el invierno. Lo que plantea es una realidad estructural: cuando los ríos crecen, Tayní Cabécar queda aislado porque no cuenta con los puentes necesarios para garantizar la circulación de las personas.

Una crecida que afecta educación, salud y economía

La falta de puentes atraviesa la vida cotidiana de las comunidades de múltiples maneras. No se trata únicamente de la imposibilidad de trasladarse de un punto a otro, sino de una condición que puede interrumpir el acceso a servicios fundamentales y afectar directamente las posibilidades de las personas para estudiar, trabajar, atender su salud o sostener la economía familiar.

Cuando los ríos aumentan su caudal, docentes y estudiantes enfrentan dificultades para llegar a los centros educativos. El personal docente puede quedar aislado sin posibilidad de trasladarse a sus lugares de trabajo, mientras que niñas, niños y jóvenes ven interrumpido su acceso a la educación. Lo mismo ocurre con los servicios de salud: tanto pacientes como personal médico encuentran obstáculos para movilizarse hacia los centros de atención o para llegar a las comunidades.

Céspedes Morales menciona esta situación al referirse a diferentes servicios presentes en el territorio, entre ellos el EBAIS de Alto Coén y otros espacios de atención en comunidades como Jabuy y Boca Coén. Cuando las condiciones del río impiden el paso, la atención médica se vuelve incierta y las personas que necesitan trasladarse deben esperar o enfrentarse al riesgo de intentar cruzar.

La economía local tampoco queda al margen de esta situación. Buena parte de las familias del territorio depende de actividades productivas vinculadas con cultivos como banano, plátano, frijoles y cacao. Pero producir no garantiza poder vender. Cuando los caminos quedan interrumpidos y no existen puentes para asegurar el tránsito, los compradores e intermediarios no pueden ingresar con normalidad y los productos tampoco pueden salir hacia los lugares de comercialización.

De esta manera, una crecida afecta simultáneamente la educación, la salud y los medios de vida de las comunidades. Lo que desde fuera podría ser interpretado como un problema de conectividad revela, en realidad, una situación mucho más profunda: la infraestructura ausente condiciona el ejercicio cotidiano de derechos fundamentales.

El riesgo de tener que cruzar

Frente a la ausencia de puentes, muchas personas deben enfrentarse a una decisión que no debería formar parte de su vida cotidiana: permanecer aisladas o intentar cruzar un río crecido.

Docentes que necesitan llegar a sus centros de trabajo, estudiantes que buscan asistir a clases, pacientes que requieren atención médica, personal de salud que debe trasladarse hacia las comunidades y productores que necesitan movilizar sus cosechas comparten una misma vulnerabilidad. Para continuar con sus actividades, pueden verse obligados a atravesar ríos cuyas condiciones cambian radicalmente durante las lluvias.

En su mensaje, el presidente de la Asociación de Desarrollo Indígena advierte que esta situación no ha sido únicamente una fuente de incomodidades o pérdidas económicas. La falta de puentes y la necesidad de atravesar ríos han tenido consecuencias humanas graves para las comunidades, incluyendo la pérdida de seres queridos.

Esta dimensión resulta fundamental para comprender la urgencia de la demanda. La construcción de puentes no puede ser presentada como una mejora secundaria o como una obra que pueda esperar indefinidamente dentro de las prioridades institucionales. Para las personas que habitan el territorio, contar con una ruta segura puede marcar la diferencia entre acceder o no a atención médica, entre llegar o no a la escuela y, en situaciones extremas, entre proteger o poner en riesgo la propia vida.

Una demanda que no ha encontrado respuesta

Céspedes Morales señala que, desde la Asociación de Desarrollo Indígena Tayní Cabécar, se han realizado múltiples gestiones ante las instituciones competentes para solicitar atención a esta problemática. Sin embargo, según expresa en el video, las comunidades continúan enfrentando las mismas dificultades cada vez que los ríos aumentan su caudal.

Por ello, su llamado se dirige directamente a las diputadas y diputados de la República, así como al Poder Ejecutivo. La solicitud es que las autoridades no conozcan la situación únicamente a través de informes, oficios o reuniones realizadas lejos del territorio, sino que visiten Tayní Cabécar y observen directamente las condiciones en las que viven las comunidades.

La invitación tiene una carga política importante. No se trata solamente de pedir una visita institucional. Es también una forma de cuestionar la distancia que existe entre los espacios donde se toman las decisiones y los territorios que deben convivir diariamente con sus consecuencias.

La experiencia del 29 de agosto lo ilustra con claridad: una representación política se reunió en Limón, pero el presidente de una Asociación de Desarrollo Indígena no pudo llegar hasta ese espacio porque los ríos le cerraron el paso.

La pregunta que surge entonces es inevitable: ¿qué significa acercar las instituciones a los territorios si las condiciones de abandono continúan impidiendo que los propios habitantes puedan llegar a los espacios donde se toman las decisiones?

Que las instituciones lleguen al territorio

El mensaje de Tayní Cabécar plantea una inversión necesaria de la lógica habitual. No debería recaer exclusivamente sobre las comunidades la responsabilidad de superar largas distancias, caminos precarios y ríos crecidos para lograr que las instituciones escuchen sus demandas.

Las instituciones también deben desplazarse.

Deben recorrer los territorios, conocer sus condiciones materiales y comprender que las desigualdades territoriales no desaparecen porque se realicen actividades oficiales fuera de San José. Para algunas comunidades, la distancia con el Estado no se mide únicamente en kilómetros. Se mide en ríos sin puentes, caminos interrumpidos, dificultades para acceder a servicios y años de gestiones que no se traducen en soluciones.

La demanda expresada por Hugo Céspedes Morales es concreta: la construcción urgente de puentes en los ríos del territorio indígena Tayní Cabécar.

Sin embargo, detrás de esta solicitud existe una discusión más amplia sobre la forma en que el Estado se relaciona con los territorios indígenas. Garantizar infraestructura básica no debería depender de la capacidad de una comunidad para insistir una y otra vez ante las instituciones ni de que una situación de emergencia vuelva visible, temporalmente, un problema que existe desde hace años.

La ausencia de puentes produce aislamiento, pero también expresa una forma de marginación territorial. Cuando una comunidad queda incomunicada cada vez que llueve con fuerza, el problema no es únicamente natural. La lluvia revela una vulnerabilidad construida por la falta de inversión y por la ausencia de respuestas oportunas.

Una voz que busca romper el aislamiento

El video compartido por la Asociación de Desarrollo Indígena Tayní Cabécar busca precisamente atravesar las barreras que ese día impidieron el paso físico de su representante.

Si Hugo Céspedes Morales no pudo llegar hasta la sesión solemne de la Asamblea Legislativa, su mensaje busca que la situación del territorio llegue hasta las autoridades y a la sociedad costarricense por otros medios.

El llamado es urgente y concreto: que diputadas, diputados y representantes del Poder Ejecutivo visiten Tayní Cabécar, conozcan directamente las condiciones que enfrentan sus comunidades y respondan a una necesidad que afecta la educación, la salud, la producción y la seguridad de quienes habitan el territorio.

Porque cuando un río crece sin que exista un puente para atravesarlo, no solamente se interrumpe un camino.

Se dificulta el acceso a la escuela, a la atención médica y a los espacios de trabajo. Se detiene la circulación de productos y se afectan los ingresos de las familias. Se profundiza el aislamiento y, en los casos más graves, se ponen vidas en riesgo.

La voz que llega desde Tayní Cabécar es, por ello, un llamado de atención a las autoridades nacionales: los territorios no deberían tener que esperar a que ocurra una tragedia para que una necesidad largamente conocida sea atendida.

La invitación está hecha.

Que las autoridades lleguen al territorio.

Que recorran sus caminos y conozcan sus ríos.

Que escuchen a las comunidades.

Y que esa escucha, finalmente, se traduzca en respuestas concretas.

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¿Quién tiene derecho a preguntar sobre el territorio? Una reflexión desde Río Frío, Maquengal ante la Semana Geológica

«Estamos cansados de que nos ignoren»

“Estamos cansados de que nos ignoren las instituciones, los grandes jerarcas y también el gobierno local.”

Esta es una de las sensaciones que expresa el Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío-Caño Negro al encontrarse nuevamente con iniciativas institucionales que llegan al territorio mientras sus preguntas, preocupaciones y años de organización siguen sin recibir una respuesta efectiva.

En ese contexto se anuncia una Semana Geológica en Guatuso, impulsada por la Universidad de Costa Rica y la Municipalidad. Una actividad que, en otro escenario, podría ser una oportunidad para conocer mejor el territorio y aportar a su protección. Pero para una comunidad que lleva años observando, documentando y denunciando las transformaciones del río y los efectos de la extracción de materiales, la pregunta es inevitable:

¿Cómo se siente que lleguen nuevos estudios sobre el territorio cuando quienes llevan años defendiendo y produciendo conocimiento sobre ese mismo territorio sienten que siguen siendo ignorados?

No se trata de estar en contra de la ciencia ni de cuestionar la necesidad de conocer mejor el territorio. Se trata de algo más básico: ¿qué lugar ocupa la comunidad cuando las instituciones deciden qué preguntar, qué investigar y quiénes tienen derecho a producir conocimiento sobre el lugar que habitan?

Esta nota nace de esa incomodidad y de esa pregunta.

La Universidad de Costa Rica y la Municipalidad de Guatuso realizarán una Semana Geológica en el cantón. Una actividad de esta naturaleza podría ser una oportunidad valiosa para producir conocimiento sobre el territorio, comprender sus transformaciones y aportar elementos para su protección. Pero antes de celebrar la llegada de nuevos estudios y especialistas conviene detenerse en una pregunta más incómoda: ¿qué lugar ocupa la comunidad que lleva años observando, denunciando y pensando el territorio cuando las instituciones deciden qué investigar y cómo hacerlo?

La pregunta es especialmente relevante en Río Frío, Maquengal, donde existe un proceso comunitario que desde hace años viene señalando las transformaciones provocadas por la extracción de materiales, la pérdida de espacios históricamente utilizados por la población, las afectaciones sobre el río y las consecuencias de un modelo de desarrollo que ha ido modificando la relación de la comunidad con uno de sus principales bienes comunes. Desde 2022, las personas vecinas han venido alertando sobre la extracción intensiva de arena y piedra y solicitando a las autoridades que atiendan sus preocupaciones, aportando datos, testimonios y observaciones construidas desde su experiencia territorial.

Por eso, el problema que hoy queremos señalar no es que llegue más conocimiento científico al territorio. El problema es que se pretenda producir conocimiento sobre un territorio ignorando deliberadamente a quienes ya están produciendo conocimiento sobre él.

No hay nada anticientífico en que una comunidad pregunte, cuestione un estudio, señale una contradicción, demande información o plantee otra interpretación sobre lo que está ocurriendo en su río. Al contrario: preguntar, contrastar, observar, discutir evidencias y exigir que las afirmaciones puedan ser revisadas forman parte de una cultura científica. Lo que resulta profundamente problemático es que las instituciones utilicen la autoridad de “lo técnico” para cerrar esas preguntas antes de escucharlas.

La anticiencia también puede tener sello institucional

Quizá sea necesario invertir una idea que con demasiada facilidad se instala en estos debates. Se suele acusar de “anticiencia” a las comunidades cuando cuestionan determinados estudios, cuando desconfían de las instituciones o cuando defienden conocimientos construidos desde su experiencia. Pero pocas veces nos preguntamos si puede existir una forma institucional de anticiencia.

Sí puede existir.

Una institución practica una forma de anticiencia cuando convierte la ciencia en autoridad incuestionable, cuando utiliza los estudios técnicos como argumento para clausurar preguntas, cuando descalifica conocimientos porque no fueron producidos dentro de sus propios procedimientos y cuando decide de antemano que las personas que habitan un territorio no tienen nada relevante que aportar al conocimiento sobre él.

La ciencia no se fortalece cuando se la coloca por encima de la sociedad como una autoridad que no debe ser interrogada. Se fortalece precisamente cuando sus métodos, datos, interpretaciones y conclusiones pueden ser discutidos, contrastados y revisados.

Por eso, si una universidad llega a un territorio con la pretensión de estudiar su realidad pero decide ignorar a quienes llevan años observándola, documentándola y denunciando sus transformaciones, no está defendiendo la ciencia frente a la “anticiencia comunitaria”. Está empobreciendo la propia producción científica al excluir deliberadamente una fuente de conocimiento relevante.

El reciente debate publicado en Nature resulta particularmente pertinente. Sus autores advierten que las decisiones sobre ciencia y política suelen producirse principalmente entre personas expertas e instituciones, mientras la ciudadanía queda al margen, y plantean que la participación pública debería incorporarse desde la definición de las prioridades de investigación, no únicamente después de que el conocimiento ya ha sido producido.

Pero en Maquengal el problema es todavía más evidente: las preguntas ya existen. La comunidad lleva años formulándolas.

Maquengal no está pidiendo que le crean; está pidiendo que la escuchen

La comunidad no está diciendo que su experiencia deba sustituir a la geología, la hidrología, la ingeniería o cualquier otro campo científico. Tampoco está pidiendo que sus afirmaciones sean aceptadas automáticamente por el hecho de provenir de personas que viven en el lugar.

Está pidiendo algo mucho más elemental: que aquello que observa sea considerado una fuente legítima de preguntas y que pueda entrar en diálogo con el conocimiento técnico.

Esto es muy distinto.

Una persona que vive junto al río durante décadas puede reconocer transformaciones que un estudio puntual difícilmente puede captar. Puede recordar cómo era el cauce, dónde estaban las pozas, cuáles eran los lugares de encuentro, cómo se comportaba el agua, qué cambios comenzaron a producirse y cuándo. Puede identificar modificaciones en el paisaje que no aparecen en una fotografía aérea o en una medición realizada durante un período determinado.

Ese conocimiento no tiene que ser aceptado sin discusión. Tiene que ser escuchado, documentado, contrastado y puesto en diálogo con otras formas de conocimiento.

Eso es investigación.

Lo contrario es decidir que una experiencia deja de ser conocimiento simplemente porque no posee el lenguaje institucional de un informe técnico.

El propio artículo de Nature sostiene que las comunidades poseen conocimientos relevantes y que la investigación mejora cuando diferentes formas de conocimiento pueden encontrarse y contrastarse. Incluso señala que los procesos participativos permiten formular preguntas más vinculadas con las prioridades reales de las poblaciones afectadas.

El problema comienza cuando se estudia el territorio como si nadie lo hubiera pensado antes

Hay algo particularmente preocupante cuando una institución académica llega a un territorio conflictivo y actúa como si el conocimiento comenzara con su llegada.

Río Frío-Maquengal no es una hoja en blanco.

Hay una historia de transformaciones, una memoria del río, experiencias de extracción, conflictos por el acceso, cambios en los usos del espacio, preocupaciones ambientales y una organización comunitaria que ha decidido intervenir públicamente sobre estas cuestiones.

Todo esto ya forma parte del territorio.

Ignorarlo no produce neutralidad. Produce una determinada interpretación del territorio: aquella en la que las preguntas de la comunidad dejan de ser relevantes hasta que una institución externa decide formularlas.

Y allí aparece una cuestión fundamental sobre el poder.

Quien define las preguntas también define, en buena medida, qué realidad será visible. Quien determina qué información cuenta establece qué problemas podrán aparecer en los resultados. Quien decide quién participa y quién no participa está estableciendo una jerarquía sobre los saberes y sobre las personas capaces de producirlos.

Por eso la discusión sobre la Semana Geológica no puede reducirse a si los estudios serán técnicamente buenos. También debemos preguntar cómo se definieron sus preguntas, qué conocimientos fueron considerados previamente y quiénes participaron en la construcción de la agenda de investigación.

Cuando la ciencia llega después de que la comunidad ha sido ignorada

La preocupación aumenta cuando recordamos lo ocurrido anteriormente.

El 20 de agosto de 2025 se había convocado una reunión en el salón comunal de Maquengal con participación anunciada de representantes de la Municipalidad de Guatuso y de estudiantes e investigadores de la Universidad de Costa Rica que se encontraban realizando observaciones en la zona. La comunidad se preparó para conversar, compartir sus inquietudes y buscar respuestas sobre la situación del río. La actividad fue cancelada a último momento y nunca fue reprogramada.

Posteriormente, el Grupo de Defensa de la Cuenca presentó ante el Concejo Municipal una carta solicitando revisar los impactos de la extracción de materiales. Allí planteó preocupaciones concretas relacionadas con la afectación al centro educativo, la pérdida del acceso público al río y la falta de transparencia en la gestión de las concesiones. La respuesta institucional no significó la apertura de un proceso sostenido de diálogo. En su lugar, apareció en la zona de extracción un rótulo que anunciaba la “legalidad” de la concesión y advertía sobre el ingreso durante la operación de maquinaria.

Este antecedente importa porque muestra que el problema actual no aparece de la nada.

Primero se ignoran las preguntas de la comunidad. Después se producen respuestas institucionales que no resuelven esas preguntas. Y posteriormente se convocan nuevos procesos técnicos sin que el grupo comunitario que ha venido planteando el conflicto sea reconocido como interlocutor.

Así, la producción de conocimiento corre el riesgo de convertirse en una nueva etapa de la misma exclusión.

De la exclusión del territorio a la exclusión del conocimiento

Lo ocurrido en Maquengal puede entenderse entonces como parte de un proceso más amplio. Primero se transforma un espacio de uso común. Después se restringe el acceso. Posteriormente se legitima esa transformación mediante argumentos administrativos y jurídicos. Y finalmente se produce conocimiento sobre el territorio sin incorporar plenamente a quienes han cuestionado ese proceso.

Son distintas dimensiones de una misma jerarquía.

El río deja de ser reconocido principalmente como espacio común y comienza a ser tratado como espacio de extracción. La comunidad deja de ser reconocida como sujeto con capacidad de decisión y comienza a aparecer como población afectada. Y sus conocimientos dejan de ser considerados parte de la comprensión del territorio para convertirse, en el mejor de los casos, en opiniones que pueden ser escuchadas después de que otras personas hayan definido el problema.

Por eso resulta tan importante no separar la discusión ambiental de la discusión sobre participación.

Cuando la comunidad denuncia la pérdida de acceso al río, no está hablando solamente de recreación. Está hablando de la transformación de un espacio común. Cuando cuestiona la extracción, no está simplemente diciendo que no le gusta una actividad económica. Está preguntando qué modelo de desarrollo está transformando su territorio. Y cuando cuestiona los estudios o solicita información, no está rechazando la ciencia. Está ejerciendo precisamente el derecho a discutir las decisiones que pretenden producir conocimiento y políticas sobre su propia vida.

Una universidad pública no puede colocarse por encima del territorio

Esto adquiere una importancia particular cuando hablamos de la Universidad de Costa Rica.

La universidad pública no debería entender su presencia territorial como la llegada de una institución que posee el conocimiento y que se dispone a transferirlo hacia una comunidad que supuestamente carece de él. Esa relación reproduce una jerarquía que contradice buena parte de la tradición de extensión, acción social y compromiso público que debería caracterizar a una universidad financiada por la sociedad.

La universidad pública puede y debe producir conocimiento especializado. Pero su carácter público no se deriva únicamente de que sus investigaciones sean técnicamente rigurosas. También depende de cómo establece sus relaciones con la sociedad, a quién escucha, qué conocimientos reconoce y qué posibilidades abre para que las personas afectadas participen en la producción y discusión del conocimiento.

El artículo de Nature plantea justamente que las universidades deberían avanzar hacia formas de investigación coproducida y reconocer institucionalmente el trabajo realizado junto a las comunidades. También advierte que los mecanismos de participación requieren tiempo, recursos y capacidades para enfrentar las desigualdades de poder que aparecen cuando se encuentran diferentes formas de conocimiento.

Esto no debería verse como una concesión de la academia hacia las comunidades. Es una transformación necesaria de la propia práctica universitaria.

¿Una Semana Geológica para quién?

Por eso, la pregunta frente a la Semana Geológica no es si debemos tener más ciencia en Guatuso. Por supuesto que necesitamos conocimiento científico. Lo que debemos discutir es qué tipo de relación establece ese conocimiento con el territorio y con las personas que lo habitan.

¿La Semana Geológica llega para investigar un territorio previamente definido desde fuera o puede incorporar las preguntas que la comunidad viene construyendo?

¿Llega para explicar el territorio a quienes viven en él o para construir conocimiento junto a quienes ya tienen una experiencia acumulada sobre sus transformaciones?

¿Los resultados servirán únicamente para producir informes y actividades académicas o podrán alimentar también las discusiones comunitarias sobre el futuro del río?

Y hay una pregunta que no podemos dejar de hacer: ¿para qué se quiere caracterizar geológicamente el territorio? Si el propósito es conocer mejor sus condiciones, sus dinámicas y sus riesgos, ese conocimiento puede contribuir al cuidado y a la defensa del territorio. Pero si la caracterización termina siendo utilizada principalmente para identificar dónde existe más material disponible y facilitar nuevas actividades extractivas, entonces la ciencia estaría cumpliendo una función muy distinta: no comprender el territorio para cuidarlo, sino conocerlo para extraerlo.

¿La comunidad será reconocida como una fuente de conocimiento y como interlocutora o será nuevamente colocada en el lugar de población que debe recibir los resultados?

Estas no son preguntas contra la ciencia. Son preguntas sobre la responsabilidad social de la ciencia.

Y aquí conviene ser claros: no corresponde exigirle a la comunidad que demuestre que no es “anticientífica” cada vez que cuestiona una decisión universitaria o municipal. Esa exigencia reproduce el mismo estereotipo que debemos evitar. El punto de partida debería ser otro: la comunidad tiene derecho a cuestionar, preguntar, disentir y producir conocimiento sin que ese ejercicio sea convertido automáticamente en rechazo de la ciencia.

Maquengal no necesita permiso para pensar su propio territorio

El Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío-Caño Negro ha sido claro: “No nos oponemos al desarrollo, pero sí nos oponemos a que se nos excluya.” Esa frase debería ser leída no como una estrategia para distanciarse de una supuesta acusación de anticiencia, sino como una definición política del problema.

La comunidad no está pidiendo privilegios ni una autoridad exclusiva sobre el conocimiento. Está reclamando reconocimiento como sujeto territorial.

Está diciendo que el río no es solamente un cauce que puede ser medido, intervenido o explotado. Es también un espacio de vida común. Está diciendo que una concesión puede ser legal y, al mismo tiempo, producir consecuencias sociales y ambientales que merecen ser discutidas. Está diciendo que la experiencia de quienes han visto transformarse el río durante décadas no puede ser descartada porque no venga acompañada de un sello institucional.

Y está diciendo algo todavía más profundo: que no puede existir una verdadera defensa del territorio si quienes lo habitan son excluidos de las decisiones sobre su futuro.

Por eso, la discusión sobre la Semana Geológica debería ser también una oportunidad para que la Universidad de Costa Rica y la Municipalidad de Guatuso revisen su propia relación con Maquengal.

No se trata de incorporar a la comunidad como un gesto decorativo de participación. Se trata de reconocer que ya existe un proceso de producción de conocimiento en marcha y que cualquier nueva investigación sobre el territorio debería encontrarse con ese conocimiento, dialogar con él, contrastarlo, discutirlo y, cuando corresponda, dejarse interpelar por él.

La ciencia no pierde autoridad cuando escucha.

La pierde cuando se utiliza como autoridad para no escuchar.

La universidad no se debilita cuando una comunidad cuestiona sus investigaciones.

Se debilita cuando necesita silenciar esas preguntas para sostener su autoridad.

Y una municipalidad no fortalece su gestión territorial cuando se limita a exhibir la legalidad de una decisión.

La fortalece cuando permite que quienes viven las consecuencias de esa decisión puedan participar realmente en su discusión.

Lo que está en juego en Río Frío-Maquengal no es una disputa entre ciencia y anticiencia. Esa formulación ya contiene una trampa: coloca a las instituciones del lado del conocimiento y a la comunidad en el lugar de quien debe demostrar que merece ser escuchada. La disputa es otra.

Es por quién puede producir conocimiento sobre el territorio, quién puede formular sus preguntas, qué saberes son reconocidos y quién tiene capacidad para intervenir en las decisiones que afectan los bienes comunes.

Y allí la pregunta sigue siendo tan sencilla como incómoda: ¿Quién tiene derecho a preguntar sobre el territorio?

Maquengal ya está preguntando. La cuestión es si la Universidad y la Municipalidad están dispuestas a escuchar.

Referencia:

Observatorio Bienes Comunes UCR. (2025, 8 de octubre). De la consulta prometida al silencio institucional: Maquengal sigue sin respuestas. Observatorio de Bienes Comunes.

Tyler, C., Akerlof, K. L., al-Gharbi, M., Bedsted, B., Boeira, L., Brown, T., Christopherson, E., Scheufele, D. A., Farooque, M., Head, B. W., Piquado, T., & Pedersen, D. B. (2026). Six ways to put the public at the heart of science and policy. Nature, 655, 34–37. https://doi.org/10.1038/d41586-026-01981-z

Una disculpa necesaria

Desde el Observatorio de Bienes Comunes queremos ofrecer una disculpa a la comunidad de Maquengal y al Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío-Caño Negro.

Como parte de una universidad pública, no podemos mirar hacia otro lado cuando nuestra propia institución reproduce prácticas que hemos cuestionado a lo largo de este proceso: ningunear a la comunidad, desconocer sus conocimientos y reforzar el estereotipo de que quienes cuestionan las decisiones técnicas son personas “anticientíficas” o contrarias al desarrollo.

La comunidad de Maquengal no está contra la ciencia. Ha preguntado, observado, documentado, contrastado y exigido respuestas. Eso también es una forma de producir conocimiento. Lo preocupante no es que la comunidad cuestione los estudios; lo preocupante es una institucionalidad que utiliza la autoridad de lo técnico para evitar ser cuestionada.

Por eso queremos ser claros: no corresponde pedirle a Maquengal que demuestre que no es “anticiencia”. Corresponde a las instituciones demostrar que están dispuestas a escuchar, dialogar y reconocer los conocimientos que la comunidad ha construido sobre su propio territorio.

Lamentamos que la Universidad de Costa Rica vuelva a reproducir una relación en la que el conocimiento institucional parece tener prioridad sobre la palabra de quienes viven y defienden el río. Y lamentamos que la comunidad tenga que seguir insistiendo para ser reconocida como interlocutora.

También queremos aclarar algo frente a cualquier cuestionamiento sobre por qué no solicitamos previamente información sobre los acuerdos, coordinaciones o decisiones tomadas entre las distintas instituciones involucradas. No nos corresponde validar los intereses, acuerdos o arreglos establecidos entre instituciones. Nuestro papel es observar, problematizar y hacer pública la preocupación que generan las decisiones tomadas y, especialmente, las formas en que la institucionalidad se relaciona con las comunidades. Dar a conocer esa percepción y abrir una discusión pública sobre esas prácticas también forma parte de nuestro compromiso con los bienes comunes y con una universidad pública al servicio de la sociedad.

Esta disculpa también nos compromete a seguir señalando estas prácticas dentro de nuestra propia universidad. Maquengal ya tiene voz, conocimiento y organización. Lo que falta no es darle voz a la comunidad; lo que falta es que las instituciones aprendan a escucharla.