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Hay trenes que no dejan de pasar: memorias y comunidad en Finca 5

Durante el fin de semana del 16 y 17 de mayo, Finca 5 vivió un proceso profundamente significativo de encuentro comunitario, memoria ferroviaria y construcción colectiva de futuros posibles alrededor del puente ferroviario, el vagón y los espacios públicos de la comunidad.

Las actividades realizadas permitieron abrir conversaciones sobre el presente de Finca 5, sus desafíos organizativos, sus posibilidades y los vínculos comunitarios que todavía sostienen la vida colectiva del territorio. Más que una jornada aislada, el encuentro se convirtió en un espacio para reconocerse, compartir preocupaciones, recuperar memorias y volver a imaginar colectivamente aquello que la comunidad todavía puede llegar a construir.

Pensar Finca 5 desde sus posibilidades

Uno de los principales ejes de trabajo del sábado fue preguntarnos colectivamente qué puede llegar a ser Finca 5 y cuáles sueños siguen abiertos para la comunidad. Las personas participantes identificaron múltiples potencialidades: fortalecer el desarrollo comunal, apoyar emprendimientos locales, promover cooperativas, generar turismo comunitario vinculado a la historia ferroviaria, crear espacios como un café-museo y seguir impulsando actividades recreativas, culturales y familiares.

Las conversaciones también permitieron reconocer el enorme valor simbólico y comunitario que tienen el puente ferroviario y el vagón como espacios capaces de articular memoria, organización y posibilidades económicas para la comunidad. Más allá de cada propuesta concreta, apareció una idea común: existe un deseo real de seguir construyendo comunidad y transformar espacios que durante mucho tiempo fueron vistos únicamente como infraestructura abandonada.

El puente y el vagón comienzan así a resignificarse no solo como huellas del pasado ferroviario, sino también como lugares vivos desde donde la comunidad puede encontrarse, dialogar y construir nuevas formas de apropiación colectiva del territorio.

Organización comunitaria: reconocer lo que ya existe

Las reflexiones compartidas también permitieron reconocer que en Finca 5 ya existe una base organizativa y afectiva sobre la cual continuar construyendo. Muchas veces los procesos comunitarios se piensan únicamente desde las carencias o dificultades, invisibilizando capacidades organizativas que siguen activas en el territorio.

Sin embargo, el propio proceso desarrollado durante el fin de semana mostró la existencia de una trama comunitaria viva, sostenida por personas, organizaciones y espacios que continúan apostando por el encuentro colectivo.

Fortalezas organizativas identificadas

  • -Personas que continúan convocando y sosteniendo procesos comunitarios.
  • -Participación activa de organizaciones locales.
  • -Presencia y articulación de la Escuela de Finca 5.
  • -Disposición comunitaria para dialogar y construir colectivamente.
  • -Voluntariado que sigue impulsando actividades.
  • -Recuperación y cuidado de espacios públicos.
  • -Interés por fortalecer emprendimientos comunitarios.
  • -Existencia de memorias compartidas que todavía generan sentido de pertenencia.
  • -Capacidad de articular generaciones distintas alrededor de la memoria ferroviaria.
  • -Potencial del puente y el vagón como espacios de encuentro comunitario.

Frases compartidas durante la jornada como “Yo quiero a mi Finca 5” o “Esta es una de las mejores plazas de aquí” reflejan un fuerte sentido de pertenencia que persiste incluso en medio de las dificultades y muestran que el vínculo afectivo con la comunidad continúa siendo una fuerza importante para sostener los procesos organizativos.

Los desafíos que atraviesan la organización comunitaria

Al mismo tiempo, las conversaciones también permitieron hablar honestamente sobre tensiones y dificultades que afectan la participación y el sostenimiento de los procesos colectivos.

Nombrar estos desafíos colectivamente resultó importante porque permitió reconocer cansancios, frustraciones y preocupaciones compartidas que muchas veces permanecen dispersas o invisibilizadas.

Desafíos identificados

  • -Poca participación comunitaria.
  • -Desgaste organizativo y sobrecarga de pocas personas.
  • -Disminución del voluntariado.
  • -Falta de oportunidades laborales.
  • -Necesidad de generar sostenibilidad económica.
  • -Falta de recursos para las organizaciones comunitarias.
  • -Sensación de indiferencia y conformismo.
  • -Desprestigio o desconfianza hacia procesos organizativos.
  • -Necesidad de fortalecer la comunicación comunitaria.
  • -Dificultades para construir confianza colectiva.

Frases como “Uno se agueva” o “Dan ganas de salir corriendo” expresaron emocionalmente parte del desgaste que enfrentan muchas personas que sostienen trabajo comunitario.

Sin embargo, las conversaciones también dejaron claro que la transformación de Finca 5 no depende únicamente de infraestructura o proyectos externos. También requiere fortalecer vínculos comunitarios, ampliar la participación, valorar los aportes existentes y construir mecanismos colectivos que permitan sostener los procesos en el tiempo.

El puente y el vagón como espacios vivos

Uno de los aprendizajes más importantes del encuentro es que el puente ferroviario y el vagón ya vienen funcionando como espacios vivos para la comunidad. Los talleres, recorridos, intercambios y actividades realizadas muestran que estos lugares continúan convocando encuentros, memorias y nuevas formas de participación colectiva.

Embellecer espacios, organizar actividades culturales, activar el vagón o recuperar el puente no son únicamente acciones estéticas o patrimoniales. También representan formas de fortalecer vínculos comunitarios y reconstruir sentidos de pertenencia alrededor del espacio público.

Más que ruinas del pasado, el puente y el vagón siguen siendo puntos desde donde Finca 5 conversa consigo misma, recuerda colectivamente e imagina posibilidades hacia adelante.

El encuentro con los exferrocarrileros

El domingo 17 de mayo se realizó además un encuentro con Ferrocarrileros de Costa Rica y la Amantes del tren Costa Rica con Javier Poveda y Roy Fonseca, generando un intercambio profundamente significativo entre memorias ferroviarias, comunidad y nuevas generaciones.

Escuchar a exmaquinistas y trabajadores ferroviarios hablar sobre el cuidado de la línea, el mantenimiento de los trenes y la vida cotidiana alrededor del ferrocarril permitió devolver humanidad a una historia que muchas veces se cuenta únicamente desde la nostalgia o la infraestructura.

La visita permitió reconocer que el patrimonio ferroviario no pertenece únicamente al pasado nacional, sino también a las memorias vivas de quienes trabajaron, cuidaron y construyeron esas rutas.

También permitió recordar algo fundamental: los puentes no solo conectaban trenes. Conectaban comunidades, encuentros y formas de vida compartida.

La perspectiva de la niñez: imaginar el tren sin haberlo visto

Uno de los momentos más conmovedores ocurrió cuando los exferrocarrileros conocieron los dibujos y cuentos realizados por los niños y niñas de la Escuela de Finca 5. Allí se produjo un encuentro entre generaciones que nunca coincidieron en el tiempo ferroviario, pero que continúan conectadas por la memoria del lugar.

Aunque gran parte de esta niñez nunca vio pasar el tren, el puente y el vagón siguen presentes en sus juegos, historias e imaginarios. Esto demuestra que la memoria no solo se transmite por experiencia directa, sino también a través de relatos comunitarios, espacios compartidos y vínculos afectivos con el territorio.

Los dibujos de la niñez permitieron además que los exferrocarrileros reconocieran cómo su trabajo y legado siguen vivos en la imaginación de nuevas generaciones.

Al mismo tiempo, mostraron cómo las nuevas generaciones se acercan al puente y al vagón desde otros lenguajes: el juego, el arte, la creatividad y la convivencia comunitaria.

Memoria y futuro: cuando recordar también ayuda a imaginar

El proceso vivido en Finca 5 también deja una reflexión importante: las memorias no solo sirven para mirar el pasado, sino también para imaginar futuros posibles.

Recordar el tren, el puente o las historias ferroviarias no significa querer regresar exactamente a otro tiempo. Más bien permite recuperar valores que siguen siendo importantes hoy: el encuentro entre comunidades, el sentido de pertenencia, la vida colectiva y la construcción compartida de territorio.

En ese sentido, las memorias funcionan como puentes entre generaciones. Los relatos de exferrocarrileros dialogan con los dibujos de la niñez; las historias del pasado se encuentran con los sueños comunitarios del presente.

La memoria aparece entonces no únicamente como recuerdo, sino también como una herramienta para fortalecer identidad comunitaria, organización colectiva y esperanza territorial.

Lo que sigue

Este proceso continúa avanzando como un tren comunitario construido entre muchas manos. Cada conversación, dibujo, recuerdo, propuesta y encuentro ayuda a mover nuevamente la memoria de Finca 5, pero también a abrir preguntas sobre el futuro que la comunidad quiere construir.

Como parte de este proceso, próximamente se realizará la pintada comunitaria de Finca 5, una intervención colectiva del vagón, la plaza y los espacios alrededor del puente ferroviario. Más que un ejercicio de embellecimiento, será una forma de seguir fortaleciendo vínculos, dejar huellas colectivas y traducir en colores muchas de las conversaciones, memorias y sueños compartidos durante estos encuentros.

Porque cuando una comunidad pinta junta, también imagina junta los paisajes que quiere construir hacia adelante.

Agradecemos profundamente a la Asociación de Desarrollo de Finca 5, el Comité de Seguridad Comunitaria de Finca 5, la Escuela de Finca 5, Amantes del tren Costa Rica y la Ferrocarrileros de Costa Rica por hacer posible este encuentro y seguir ayudando a que la memoria ferroviaria continúe recorriendo los rieles de la comunidad.

Galería
Nota aclaratoria

Como parte de este proceso comunitario, los dibujos y cuentos realizados por los niños y niñas de la Escuela de Finca 5 no quedarán únicamente como un momento aislado del encuentro. Actualmente nos encontramos trabajando en la construcción de un producto colectivo que permitirá compartir y visibilizar el trabajo, la creatividad y las miradas de esta niñez sobre el puente ferroviario, el vagón y la memoria de la comunidad.

La idea es que este material pueda convertirse también en una forma de resguardar las memorias, los imaginarios y las formas en que las nuevas generaciones siguen vinculándose con estos espacios, incluso sin haber visto pasar el tren.

Próximamente estaremos compartiendo más noticias sobre este proceso y las distintas maneras en que estas historias, dibujos y recuerdos continuarán recorriendo los rieles de Finca 5.

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Cuando la nevada ya tiene nombre: Seguridad hemisférica, terrorismo y expansión del enemigo en la nueva doctrina de Estados Unidos

Las nevadas más peligrosas no siempre comienzan con estruendo. A veces caen lentamente, casi en silencio, cubriendo el paisaje de manera imperceptible hasta transformar por completo la forma en que se percibe el mundo. Algo similar ocurre con los actuales discursos de seguridad global. No irrumpen únicamente mediante guerras abiertas o estados de excepción visibles. Operan también a través de narrativas que reorganizan el sentido común, redefinen amenazas y desplazan los límites de lo políticamente aceptable.

En los últimos meses hemos insistido en que las nuevas estrategias de seguridad impulsadas desde Estados Unidos no pueden entenderse únicamente como respuestas defensivas frente a riesgos externos. Más bien, constituyen intentos de reordenamiento geopolítico y cultural que buscan redefinir quién puede ser considerado legítimo dentro del espacio democrático y quién comienza a ocupar el lugar de la sospecha. El nuevo documento de estrategia antiterrorista publicado por sectores de la administración de Donald Trump profundiza precisamente esa dirección. Lo que allí aparece ya no es solamente una política de combate contra organizaciones armadas o redes criminales, sino una expansión radical de la noción misma de terrorismo y de enemigo.

La nevada ya no solo cae. Ahora tiene lenguaje, categorías y objetivos.

Del enemigo armado al enemigo ideológico

Uno de los aspectos más inquietantes del documento es que la amenaza deja de definirse exclusivamente a partir de acciones concretas para desplazarse hacia identidades políticas, ideológicas y culturales. Durante buena parte del siglo XX, la política de seguridad estadounidense construyó figuras relativamente delimitadas del enemigo: primero el comunismo, luego el terrorismo islámico y posteriormente determinados Estados considerados adversarios estratégicos. En el nuevo escenario, esas fronteras comienzan a disolverse.

El texto incorpora dentro de las amenazas prioritarias categorías tan amplias como:
-anarquistas,
-antifascistas,
-“extremistas violentos de izquierda”,
-actores considerados “antiestadounidenses”,
-y movimientos asociados a ideologías radicales.

El problema no radica únicamente en el lenguaje utilizado, sino en las implicaciones políticas que se desprenden de esa formulación.

Cuando las categorías de amenaza se vuelven ambiguas y expansivas, el margen para intervenir sobre la disidencia también se amplía. La sospecha deja de estar asociada únicamente a hechos específicos y empieza a desplazarse hacia formas de pensamiento, afinidades ideológicas o espacios organizativos. En ese movimiento, la frontera entre seguridad y persecución política se vuelve cada vez más difusa.

Ya no se trata solamente de neutralizar ataques. Se trata de:
-mapear redes,
-identificar vínculos,
-monitorear actores,
-rastrear afinidades,
-y anticipar amenazas potenciales.

El enemigo deja de ser alguien que actúa; pasa a ser alguien que podría actuar.

La seguridad como lenguaje total

El documento también evidencia un desplazamiento más profundo: la seguridad deja de funcionar como un ámbito específico del Estado y comienza a convertirse en una lógica totalizadora capaz de reorganizar todas las dimensiones de la vida social.

La migración se redefine como amenaza estratégica.

Las redes digitales aparecen como espacios de guerra narrativa.

Los conflictos territoriales se convierten en riesgos para la estabilidad hemisférica.

Las disputas ideológicas pasan a formar parte de la seguridad nacional.

Las movilizaciones sociales pueden ser interpretadas como focos de radicalización.

Lo que emerge es un marco donde prácticamente cualquier fenómeno puede ser reinterpretado bajo criterios securitarios.

Algunas características de esta expansión securitaria
  • -La seguridad deja de ser reactiva y pasa a ser preventiva.
  • -Se privilegia la vigilancia sobre la resolución de conflictos estructurales.
  • -La sospecha se vuelve permanente.
  • -Las categorías de amenaza se amplían constantemente.
  • -La excepcionalidad comienza a normalizarse.
  • -La seguridad absorbe dimensiones culturales, sociales y educativas.
  • -Se debilita la distinción entre política exterior y política interna.
América Latina y el Caribe: territorios funcionales al orden hemisférico

Este proceso tiene implicaciones particularmente profundas para América Latina y el Caribe. La región reaparece en el documento no como un conjunto de pueblos atravesados por historias, conflictos y proyectos políticos diversos, sino como un espacio estratégico cuya función principal es garantizar estabilidad, abastecimiento y control dentro de la arquitectura de seguridad estadounidense. El territorio deja de ser entendido como espacio de vida para convertirse en infraestructura geopolítica.

En esa mirada, América Latina y el Caribe son leídos desde su capacidad de proveer recursos críticos, asegurar rutas comerciales, contener flujos migratorios y garantizar cadenas de suministro consideradas esenciales para la competitividad y la seguridad del Norte global. Minerales estratégicos, agua dulce, biodiversidad, corredores logísticos, puertos, infraestructura energética y territorios fronterizos aparecen subordinados a una lógica que prioriza la funcionalidad geopolítica sobre las dinámicas sociales y ecológicas que sostienen esos espacios.

La doctrina hemisférica impulsada por la administración Trump reactualiza así una larga genealogía de dominación regional vinculada a la Doctrina Monroe, al Destino Manifiesto y a las múltiples formas de intervención política, económica y militar que históricamente han configurado la relación de Estados Unidos con América Latina y el Caribe. Sin embargo, el nuevo documento profundiza todavía más esta lógica porque ya no intenta revestirla únicamente bajo discursos ambiguos de cooperación, democracia o desarrollo. La seguridad emerge ahora como el lenguaje ordenador de toda la relación hemisférica.

La reivindicación explícita del hemisferio occidental como espacio prioritario de seguridad, junto con la normalización de operaciones extraterritoriales bajo argumentos antiterroristas, revela un giro particularmente agresivo en la política regional estadounidense. América Latina y el Caribe comienzan a aparecer simultáneamente como zona de contención frente a amenazas externas, reserva estratégica de recursos indispensables, frontera geopolítica frente a China y otros competidores globales, espacio privilegiado de vigilancia y plataforma para la proyección de poder hemisférico.

En este marco, la región deja de ser pensada desde las necesidades de quienes habitan sus territorios y comienza a ser organizada desde las prioridades de seguridad de una potencia externa. Lo que se redefine no es únicamente una estrategia militar o diplomática, sino la forma misma en que los territorios son interpretados: ya no como espacios de memoria, comunidad y reproducción de la vida, sino como piezas funcionales dentro de un tablero global marcado por la competencia geopolítica y la gestión autoritaria de las crisis contemporáneas.

Cuando la protesta entra en el campo de sospecha

Uno de los desplazamientos más delicados de esta doctrina es la expansión progresiva de marcos antiterroristas hacia conflictos sociales, territoriales y políticos. El problema no reside únicamente en la existencia de nuevas categorías de amenaza, sino en la elasticidad con la que estas pueden ser aplicadas sobre actores colectivos que históricamente han formado parte de las disputas democráticas de la región.

En contextos atravesados por crisis climática, expansión extractiva, aumento de las desigualdades, disputas por bienes comunes y conflictividad territorial creciente, muchos movimientos sociales podrían comenzar a ser interpretados desde lógicas securitarias antes que desde marcos políticos o sociales. Las luchas ambientales, las resistencias indígenas y campesinas, las organizaciones comunitarias o incluso determinadas formas de protesta urbana pueden ser progresivamente desplazadas hacia lenguajes de sospecha, radicalización o amenaza al orden.

La consecuencia de este giro es profunda. La protesta deja de aparecer como expresión legítima del conflicto democrático y comienza a aproximarse peligrosamente al campo discursivo de la seguridad nacional. En lugar de discutir las causas estructurales de los conflictos —despojo territorial, desigualdad, violencia extractiva o exclusión política— el énfasis se desplaza hacia la vigilancia, el control y la contención de quienes cuestionan esas dinámicas.

Este proceso puede traducirse en múltiples formas de criminalización: incremento de vigilancia sobre organizaciones sociales, judicialización selectiva, expansión de mecanismos de inteligencia, estigmatización mediática, militarización de territorios en conflicto y restricciones crecientes al ejercicio de derechos políticos y comunitarios. Lo que comienza a estrecharse no es únicamente el margen de la protesta, sino el propio espacio democrático desde el cual las sociedades pueden disputar sentidos, modelos de desarrollo y formas de vida.

Seguridad y guerra cultural

El documento tampoco se limita a construir enemigos políticos o estratégicos. También configura enemigos culturales y civilizatorios. Ese desplazamiento resulta central para comprender la profundidad del nuevo lenguaje de seguridad.

Las referencias constantes a la decadencia de Occidente, a las “culturas ajenas”, a la crisis de valores tradicionales, a la necesidad de restaurar el orden y a la defensa de la civilización occidental muestran cómo la seguridad comienza a fusionarse con una narrativa de guerra cultural. La amenaza deja de ser únicamente militar o territorial; pasa a ser también moral, identitaria y civilizatoria.

En este marco, las disputas contemporáneas son presentadas como conflictos existenciales donde determinados modos de vida, valores y formas culturales deben ser protegidos frente a actores considerados desestabilizadores o incompatibles con el orden occidental. La lógica de seguridad penetra así dimensiones cada vez más amplias de la vida social: educación, cultura, migración, género, memoria histórica y formas de organización colectiva.

La disputa ya no se libra únicamente sobre territorios o recursos estratégicos. También se juega sobre identidades, memorias, sentidos de pertenencia y formas de imaginar el futuro. Lo preocupante de este desplazamiento es que transforma diferencias políticas y sociales en antagonismos absolutos. Cuando ciertos actores dejan de ser concebidos como adversarios legítimos y comienzan a ser definidos como amenazas civilizatorias, las posibilidades democráticas de convivencia, diálogo y conflicto político empiezan a erosionarse profundamente.

La seguridad deja entonces de funcionar solo como política estatal. Se convierte en una narrativa total capaz de reorganizar quién pertenece, quién amenaza y quién puede ser excluido en nombre del orden.

Matriz para analizar la expansión de la categoría de “terrorismo”
Dimensión¿Qué aparece en el documento?Clave de lectura críticaRiesgos
TerrorismoSe amplía hacia actores ideológicos y políticosLa amenaza deja de definirse solo por acciones violentasCriminalización de la disidencia
MigraciónAsociada a inseguridad y crimenLa movilidad humana se securitizaXenofobia y militarización fronteriza
Protesta socialPuede leerse como radicalizaciónSe despolitizan las causas estructuralesRepresión y vigilancia
Antifascismo y anarquismoIncorporados como amenazasSe expande el enemigo internoPersecución política
Redes digitalesEspacios de guerra narrativaLa comunicación entra en marcos de controlVigilancia y censura
Territorios estratégicosConcebidos como espacios de seguridadSe prioriza el control sobre la vida territorialMilitarización y extractivismo
Cultura y valoresPresentados como parte del conflictoLa seguridad se vuelve civilizatoriaPolarización y exclusión
Claves para leer la doctrina hemisférica
Eje¿Qué propone la estrategia?Lectura crítica
Hemisferio occidentalPrioridad absoluta para la seguridad estadounidenseReactualización de la Doctrina Monroe
Carteles y terrorismoIntegración de ambas categoríasExpansión de marcos militares y excepcionales
Operaciones extraterritorialesPosibilidad de actuar fuera de EE.UU.Normalización de la intervención
Seguridad fronterizaMilitarización y control migratorioLa frontera como dispositivo permanente
Guerra culturalDefensa de “Occidente” y valores tradicionalesProducción de enemigos culturales
Inteligencia y vigilanciaMapeo de actores y redesExpansión de capacidades de control
Recursos estratégicosProtección de cadenas de suministroTerritorialización geopolítica del extractivismo
Lo que la nevada empieza a cubrir

En El Eternauta, uno de los elementos más inquietantes no es solamente la amenaza externa, sino la dificultad para comprenderla mientras avanzaba. El verdadero peligro aparecía cuando el miedo, la confusión y la imposibilidad de distinguir con claridad reorganizaban completamente la vida cotidiana.

Hoy asistimos a algo similar.

Las categorías de amenaza se expanden hasta volverse difusas.

La vigilancia se normaliza.

El miedo reorganiza el debate público.

Las fronteras entre seguridad y control político comienzan a desdibujarse.

Y mientras eso ocurre, el espacio democrático se estrecha de manera muchas veces imperceptible.

Por eso, el desafío no consiste únicamente en analizar documentos estratégicos o denunciar discursos autoritarios. El desafío es sostener la capacidad de leer críticamente el momento histórico que atravesamos antes de que las categorías de seguridad terminen definiendo por completo quién puede hablar, quién puede organizarse y quién comienza a ser considerado sospechoso.

Porque cuando la nevada logra nombrar al enemigo, también empieza a decidir qué vidas merecen protección y cuáles pueden ser sacrificadas en nombre del orden.

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Fray Servando, herejía y libertad: nueva colección para pensar la antigeopolítica y los antiimperialismos

La colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes abre una provocación necesaria en tiempos donde el despojo suele presentarse como desarrollo y la obediencia como única forma posible de habitar el mundo. Desde el Observatorio de Bienes Comunes, esta nueva serie de cuadernos de antigeopolítica y antiimperialismo apuesta por recuperar memorias, disputas y lecturas críticas construidas desde los territorios, las comunidades y las luchas por la vida.

Más que una serie editorial, estos cuadernos nacen como herramientas pedagógicas y políticas para fortalecer la imaginación crítica frente a los dogmas contemporáneos del mercado, el extractivismo, la militarización y la colonialidad. En una época donde las guerras se presentan como seguridad, la explotación de los territorios como progreso y la mercantilización de la vida como destino inevitable, la colección propone abrir grietas en esos relatos y recuperar la capacidad colectiva de interpretar el mundo desde abajo.

Fray Servando y la disputa por el derecho a interpretar

El primer número, “Herejía y libertad: Fray Servando y la disputa por el sentido en América y el Caribe”, retoma la figura de Fray Servando Teresa de Mier no como una efeméride académica, sino como una invitación a discutir algo profundamente actual: ¿quién tiene derecho a interpretar la realidad?

El cuaderno revisita el célebre sermón guadalupano de 1794 como un gesto político de desobediencia frente al orden colonial. Lo que estaba en juego no era únicamente una diferencia religiosa, sino la disputa por el monopolio del sentido, de la memoria y de la verdad. Fray Servando fue perseguido no solo por lo que dijo, sino porque se atrevió a cuestionar quién tenía autoridad para nombrar el mundo.

Desde esta lectura, la herejía deja de aparecer como error doctrinal y se transforma en una práctica crítica capaz de interrumpir relatos dominantes, cuestionar verdades impuestas y abrir otros horizontes políticos y culturales para América Latina y el Caribe.

Antigeopolítica: leer el mundo desde abajo

Uno de los aportes centrales del cuaderno es la discusión sobre la antigeopolítica como una forma de interpretar el mundo desde las voces, territorios y experiencias históricamente subordinadas.

Frente a una geopolítica tradicional que mira los territorios como recursos estratégicos, corredores logísticos o espacios de control, la antigeopolítica propone recuperar la mirada de los pueblos que viven las consecuencias de esas decisiones. Se trata de leer el mundo desde las comunidades, las cuencas, las fronteras, los cuerpos y las memorias atravesadas por las dinámicas del poder global.

La colección insiste en que la lucha por los bienes comunes no es únicamente una disputa por recursos naturales. También es una disputa por los relatos que convierten la vida en mercancía y presentan el despojo como inevitable. Defender un río, una montaña o una comunidad implica también defender otras maneras de nombrar el mundo.

Antiimperialismo y colonialidad en el presente

El antiimperialismo que atraviesa estos cuadernos no se limita a denunciar invasiones militares o dominaciones extranjeras visibles. El texto plantea que el imperialismo contemporáneo también opera mediante discursos, lenguajes e imaginarios que reorganizan territorios y formas de vida.

Conceptos como desarrollo, modernización, competitividad o seguridad aparecen muchas veces como palabras aparentemente neutrales, pero capaces de justificar procesos de extracción, militarización y sacrificio territorial. El cuaderno propone problematizar esos discursos y preguntarse quién gana y quién pierde detrás de ciertas ideas de progreso.

En ese sentido, la colección recupera el concepto de colonialidad para señalar cómo persisten formas de dominación que organizan qué conocimientos son considerados legítimos, qué voces son escuchadas y qué pueblos son tratados como incapaces de decidir sobre sus propios territorios.

Las nuevas herejías contemporáneas

Uno de los aspectos más potentes de este primer número es la manera en que conecta una disputa histórica del siglo XVIII con conflictos profundamente actuales.

Las “herejías” contemporáneas aparecen allí donde comunidades indígenas, movimientos sociales, organizaciones territoriales y personas defensoras de la vida cuestionan proyectos extractivos, megaproyectos turísticos, procesos de militarización o narrativas oficiales sobre el desarrollo.

El cuaderno muestra cómo muchas luchas siguen siendo criminalizadas cuando interrumpen el relato dominante. Quienes defienden el agua son acusados de obstaculizar el progreso; quienes cuestionan el extractivismo son tratados como enemigos del empleo o de la inversión; quienes defienden territorios son presentados como amenazas para el orden y la modernización.

La herejía, entonces, no desapareció. Solo cambió de lenguaje.

Herramientas pedagógicas para disputar el sentido

Además de la reflexión política, el documento incorpora propuestas metodológicas y ejercicios colectivos para procesos de formación y diálogo comunitario.

Entre las actividades destacan ejercicios sobre quién administra la verdad, la construcción de “diccionarios herejes” para problematizar palabras como desarrollo o progreso, cartografías de conflictos y resistencias, y propuestas para escribir “sermones contra el despojo” en clave contemporánea.

Lejos de entender el conocimiento como algo exclusivamente académico, el cuaderno apuesta por reconocer que las comunidades también producen pensamiento cuando defienden una cuenca, recuperan memorias barriales o construyen lecturas propias sobre las disputas que atraviesan sus territorios.

Aportes de este primer cuaderno para pensar el presente

Uno de los principales aportes de “Herejía y libertad: Fray Servando y la disputa por el sentido en América y el Caribe” es conectar una discusión histórica del periodo colonial con conflictos profundamente actuales en América Latina y el Caribe. A partir de la figura de Fray Servando Teresa de Mier, el cuaderno propone reflexionar sobre quién tiene derecho a interpretar la realidad y cómo ciertas instituciones buscan imponer versiones únicas sobre el desarrollo, el progreso o la verdad.

El texto muestra que las luchas por los bienes comunes no son únicamente disputas ambientales o económicas, sino también conflictos por el lenguaje, la memoria y el sentido común. En esa línea, plantea que conceptos aparentemente neutrales pueden funcionar como mecanismos de legitimación del despojo, el extractivismo o la militarización de los territorios.

Otro de los aportes centrales del cuaderno es la discusión sobre la antigeopolítica y el antiimperialismo como herramientas para leer el mundo desde las experiencias de los pueblos y comunidades afectadas por distintas formas de dominación. Frente a miradas que reducen los territorios a recursos estratégicos, la colección apuesta por recuperar voces, memorias y formas de organización construidas desde abajo.

Además, el documento incorpora ejercicios y propuestas pedagógicas para procesos colectivos de formación política, fortaleciendo la reflexión crítica sobre colonialidad, poder, lenguaje y defensa de los bienes comunes. Más que un texto académico cerrado, el cuaderno se presenta como una invitación a pensar, debatir y construir otras formas de imaginar el presente y el futuro desde América Latina y el Caribe.

Geografías herejes para defender la vida

Más que una publicación cerrada, Geografías Herejes de los Bienes Comunes se presenta como una invitación a pensar desde América Latina y el Caribe, recuperar voces propias y defender el derecho colectivo de nombrar el mundo desde las experiencias de los pueblos.

En un tiempo donde el poder busca imponer un único mapa posible del futuro, estos cuadernos apuestan por construir otras geografías para la memoria, la dignidad y la vida común. Porque toda defensa de los bienes comunes necesita también una herejía capaz de hacer visible aquello que el poder intenta borrar.

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¿Qué obstaculiza la atención médica en los territorios indígenas? Una reflexión urgente desde Talamanca – Colectivo Antonio Saldaña

Desde los territorios indígenas Bribri y Cabécar de Talamanca seguimos observando con preocupación múltiples dificultades para acceder a una atención médica digna, oportuna y ajustada a la realidad de nuestras comunidades.

Las situaciones que viven muchas familias no son casos aislados. Son experiencias que se repiten y que revelan profundas limitaciones del sistema de salud cuando este intenta responder desde protocolos rígidos, sin considerar las condiciones sociales, geográficas, económicas y culturales propias de los territorios indígenas.

Adultos mayores, personas con padecimientos complejos y familias enteras enfrentan obstáculos para recibir tratamientos, medicamentos o seguimiento médico adecuado. En algunos casos, el personal de salud expresa tener voluntad de ayudar, pero señala que no cuenta con recursos suficientes, medicamentos específicos, camillas, transporte o posibilidades de actuar fuera de lo que permiten los protocolos institucionales.

La situación de doña Matilde Fernández, así como otros casos que viven cotidianamente las comunidades, deja preguntas urgentes:

  • ¿Por qué continúan existiendo barreras para recibir atención médica adecuada en los territorios indígenas?
  • ¿Cómo es posible que una persona deba desplazarse largas distancias para recibir un medicamento que no existe en su EBAIS?
  • ¿Por qué los protocolos parecen imponerse sobre las necesidades humanas y comunitarias?
  • ¿No deberían las instituciones adaptar sus mecanismos de atención a la realidad territorial de Talamanca?

Estas preocupaciones no surgen únicamente desde la experiencia comunitaria. También encuentran respaldo en el marco jurídico nacional e internacional que obliga al Estado costarricense a garantizar una atención diferenciada y culturalmente pertinente para los pueblos indígenas.

El Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ratificado por Costa Rica mediante la Ley N.º 7316, establece que los gobiernos deben garantizar a los pueblos indígenas servicios de salud adecuados o proporcionarles los medios que les permitan organizar y prestar dichos servicios bajo su propia responsabilidad y control.

Además, el artículo 25 de dicho convenio señala que los servicios de salud deben organizarse, en la medida de lo posible, a nivel comunitario y planearse y administrarse en cooperación con los pueblos interesados, tomando en cuenta sus condiciones económicas, geográficas, sociales y culturales.

Precisamente ahí surge una profunda preocupación e indignación para las comunidades indígenas de Talamanca. Porque si un Estado como el costarricense —que históricamente ha proyectado una imagen internacional de institucionalidad, cobertura social y compromiso con los derechos humanos— continúa teniendo tantas dificultades para hacer efectiva esa “medida de lo posible”, entonces es necesario preguntarse qué lugar ocupan realmente los territorios indígenas dentro de las prioridades nacionales.

¿Cómo puede seguir considerándose “difícil” adaptar servicios de salud a las realidades territoriales cuando existen obligaciones legales, tratados internacionales ratificados y décadas de experiencia institucional acumulada? ¿Por qué sigue pareciendo excepcional o inviable construir mecanismos de atención acordes con las condiciones culturales y geográficas de los pueblos indígenas, cuando precisamente eso es lo que establecen los compromisos internacionales asumidos por el país?

Las comunidades indígenas no están solicitando privilegios. Están exigiendo que se cumpla un derecho reconocido por la legislación nacional e internacional: recibir atención médica pertinente, accesible y humanamente adecuada a sus condiciones de vida.

La Constitución Política de Costa Rica también reconoce el derecho a la vida, la salud y la dignidad humana como principios fundamentales que deben orientar toda acción institucional. A esto se suma la obligación de las instituciones públicas de garantizar igualdad real en el acceso a servicios esenciales, especialmente para poblaciones históricamente excluidas.

Por ello, resulta necesario preguntarse si los actuales protocolos institucionales realmente responden a las condiciones del territorio indígena o si, por el contrario, terminan profundizando barreras de acceso y exclusión.

No se trata de señalar únicamente al personal médico o administrativo, que muchas veces también trabaja bajo limitaciones estructurales. Se trata de reconocer que existe un problema más profundo que requiere voluntad institucional, diálogo y soluciones construidas junto a las comunidades.

Por eso consideramos urgente abrir una mesa de diálogo territorial donde participen comunidades indígenas, personal de salud, autoridades de la CCSS e instituciones vinculadas, con el fin de identificar obstáculos reales y construir mecanismos de atención más humanos, pertinentes y accesibles.

La salud no puede depender únicamente de protocolos que desconocen la realidad de los territorios. La salud debe partir del respeto a la dignidad humana, del reconocimiento cultural y de la responsabilidad del Estado de garantizar atención para todas las personas.

Colectivo Antonio Saldaña

Talamanca, Costa Rica

13 de mayo del 2026

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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El río como escuela colectiva: Limpiar, aprender, volver

La Primera Jornada Anual de Acción por los Ríos en los Potreros de Puax llegó a su cierre, pero lo que queda abierto es mucho más importante: los aprendizajes, las articulaciones y la certeza de que cuidar lo común no ocurre en un solo día. Lo que este proceso deja no es únicamente un espacio intervenido, sino también experiencias compartidas, vínculos fortalecidos y nuevas formas de comprender el territorio.

A veces se piensa que estas jornadas sirven únicamente para limpiar un espacio o responder a una necesidad inmediata. Sin embargo, procesos como el vivido en el río Agualote también funcionan como verdaderas escuelas colectivas. No en el sentido tradicional del aula, sino como espacios donde las personas aprenden haciendo, compartiendo y organizándose junto a otras.

En cada conversación, en cada decisión logística, en cada recorrido por el río y en cada bolsa recogida, se producen aprendizajes que difícilmente podrían surgir únicamente desde la teoría. Se aprende sobre el territorio, sobre los impactos de nuestras formas de consumo, sobre coordinación comunitaria y también sobre la importancia de sostener vínculos para cuidar lo común.

Los testimonios que recoge este proceso insisten en una idea importante: persistir, incluso cuando las acciones parecen pequeñas o insuficientes frente a problemas mucho más grandes. Porque limpiar un río también implica encontrarse, organizarse, aprender colectivamente y preguntarse cómo seguir sosteniendo el cuidado del territorio más allá de una jornada específica.

Reconocer estas experiencias como espacios formativos permite entender que no solo transforman el entorno: también transforman a quienes participan. Fortalecen sensibilidades, generan nuevas preguntas y construyen capacidades colectivas que pueden trasladarse a otros procesos y luchas territoriales. Más que actividades aisladas, estas jornadas pueden convertirse en semillas de continuidad, articulación y aprendizaje compartido.

Claves para potenciar esta dimensión pedagógica

• Generar espacios de conversación antes y después de las jornadas
• Compartir aprendizajes y experiencias entre participantes
• Integrar a personas de distintas edades y comunidades
• Relacionar la limpieza con reflexiones sobre memorias, formas y modos de consumo e impacto sobre el territorio
• Documentar procesos para que puedan replicarse en otros espacios
• Entender el voluntariado como formación colectiva y no solo como apoyo logístico
• Promover el encuentro comunitario como parte central del cuidado ambiental
• Convertir cada acción en una oportunidad para fortalecer organización y vínculos
• Reconocer el territorio como un espacio vivo de aprendizaje
• Sostener la continuidad de los procesos más allá de una sola jornada

Aprender para persistir

Uno de los mayores desafíos de este tipo de iniciativas es evitar que queden reducidas a momentos aislados. Ahí es donde la dimensión pedagógica se vuelve fundamental. Cuando las personas comprenden el sentido de lo que hacen, intercambian experiencias y construyen lecturas colectivas sobre el territorio, las acciones dejan de depender únicamente del entusiasmo momentáneo y comienzan a convertirse en procesos sostenidos.

Los procesos pedagógicos ayudan a construir persistencia porque fortalecen la conciencia, el vínculo comunitario y la capacidad de imaginar continuidad. Permiten que cada jornada deje algo más que resultados inmediatos: dejan memoria organizativa, aprendizajes compartidos y la sensación de que volver al río también es volver a la comunidad.

Cuidar los bienes comunes no se sostiene solamente desde la urgencia. Se sostiene cuando las personas encuentran espacios para aprender juntas, reconocerse mutuamente y construir razones colectivas para seguir volviendo.

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Conversar, recordar y pintar: memorias que vuelven a reunir a Finca 5

Compartimos este video como parte del proceso “Memorias en movimiento en Finca 5”, una experiencia comunitaria donde conversar, recordar, dibujar, pintar y compartir fotografías se ha convertido también en una forma de volver a encontrarse como comunidad.

Te invitamos a verlo y acompañar este proceso construido desde las voces, recuerdos y experiencias de la propia comunidad.

A veces la memoria comienza de formas muy simples.

Alguien llega con una fotografía guardada hace años. Otra persona empieza a recordar una anécdota mientras mira el puente.
Alguien toma un lápiz y dibuja algo que todavía permanece en su memoria. Otra persona habla de cómo cruzaba el puente en bicicleta, de las fondas o de las ventas de comida cuando el tren todavía pasaba por la comunidad.

Y poco a poco, casi sin darse cuenta, las personas empiezan a conversar.

Eso es lo que ha venido ocurriendo en el proceso “Memorias en movimiento en Finca 5”, una experiencia comunitaria donde el recuerdo no se trabaja únicamente desde la historia formal, sino desde el encuentro cotidiano entre personas que comparten memorias, emociones y experiencias sobre su territorio.

Pero conforme avanzaron los encuentros, algo comenzó a hacerse evidente: el centro del proceso no era solamente el puente, el tren o el vagón. El centro eran las personas volviendo a encontrarse.

La memoria como encuentro

Los talleres realizados en Finca 5 han estado llenos de acciones sencillas, pero profundamente significativas:

  • -buscar fotografías antiguas,
  • -ordenar recuerdos,
  • -dibujar, pintar,
  • -conversar, compartir historias,
  • -escuchar anécdotas,
  • -y reconstruir colectivamente escenas de la vida cotidiana.

En medio de todo eso, comenzó a fortalecerse algo que muchas personas participantes mencionan constantemente: el disfrute de volver a reunirse. Las historias fueron apareciendo entre risas, recuerdos cruzados y conversaciones espontáneas. Una fotografía abría una memoria. Un comentario hacía aparecer otra historia. Una anécdota despertaba nuevos recuerdos en quienes estaban alrededor.

La memoria empezó entonces a construirse colectivamente, no como algo fijo o terminado, sino como una conversación viva que sigue creciendo entre quienes participan.

Recordar también es imaginar y transformar

Uno de los aspectos más ricos del proceso ha sido descubrir que recordar no significa quedarse atrapados en el pasado.

Las actividades realizadas en Finca 5 han permitido que las personas imaginen, creen y transformen colectivamente nuevas maneras de mirar la comunidad.

El dibujo, la pintura y las intervenciones creativas han aparecido como formas de expresar aquello que a veces cuesta explicar solamente con palabras. A través de colores, trazos, fotografías y recuerdos compartidos, las personas han comenzado a pensar cómo representar la historia de Finca 5 desde sus propias experiencias.

Poco a poco, la memoria dejó de ser únicamente una mirada hacia atrás y comenzó a convertirse también en una posibilidad de transformación comunitaria.

Porque cuando las personas se reúnen a recordar, también empiezan a preguntarse:

  • -cómo quieren ver su comunidad,
  • -qué espacios desean cuidar,
  • -qué historias quieren mantener vivas,
  • -y qué futuro desean construir colectivamente.
El puente como punto de encuentro

Aunque gran parte del proceso gira alrededor del puente ferroviario y el antiguo vagón, las conversaciones han permitido descubrir que lo más importante no son únicamente las estructuras físicas.

Lo central son las relaciones humanas que se construyeron alrededor de ellas. El puente aparece constantemente en los relatos porque allí se cruzaban historias de vida:

  • -ventas de comida,
  • -caminatas,
  • -encuentros familiares,
  • -juegos,
  • -conversaciones,
  • -recorridos cotidianos,
  • -y formas de compartir la vida comunitaria.

Por eso, el puente terminó funcionando también como una excusa para volver a encontrarse entre vecinos y vecinas. No solamente para recordar cómo era Finca 5, sino para pensar juntos cómo quieren seguir habitándolo hoy.

La conversación cotidiana también produce comunidad

En muchos momentos del proceso apareció una idea que las personas repetían constantemente: lo bonito de reunirse a hablar.

Y aunque parezca algo sencillo, esas conversaciones tienen una enorme importancia comunitaria.

Porque en ellas circulan recuerdos, conocimientos, experiencias y maneras de comprender el territorio que muchas veces no aparecen en documentos ni en relatos oficiales. La conversación permite conectar generaciones, fortalecer vínculos y construir espacios donde las personas vuelven a reconocerse mutuamente.

Las historias sobre el tren, las fondas o las caminatas terminan siendo también historias sobre la comunidad misma: sobre cómo se relaciona, cómo comparte, cómo recuerda y cómo imagina nuevas posibilidades.

Una comunidad que vuelve a mirarse

El proceso “Memorias en movimiento en Finca 5” sigue avanzando desde ese espíritu: encontrarse, compartir y construir colectivamente.

Las personas participantes hablan de la importancia de activar los espacios comunes, embellecer la comunidad y seguir generando actividades que permitan fortalecer el vínculo entre vecinos y vecinas.

Pero quizás uno de los aprendizajes más importantes del proceso ha sido demostrar que la memoria no tiene que ser algo distante o solemne.

También puede ser una conversación compartida. Puede ser un dibujo. Puede ser una fotografía pasando de mano en mano. Puede ser pintura, color y creatividad. Puede ser una anécdota contada entre risas.

Porque a veces una comunidad empieza a transformarse simplemente cuando vuelve a sentarse junta a conversar, recordar y crear colectivamente.

Y en Finca 5, esa conversación sigue moviéndose.

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Mover la organización, achatar la pirámide: pistas para pensar lo común

Alto a la guerra contra el CIPOG-EZ y los pueblos originarios

Mientras reflexionamos sobre autonomía, organización comunitaria y defensa del territorio, no podemos dejar de mirar la grave situación que enfrentan las comunidades del Consejo Indígena y Popular de Guerrero – Emiliano Zapata (CIPOG-EZ) en México.

El Congreso Nacional Indígena denunció recientemente el recrudecimiento de ataques armados, desplazamientos forzados y violencia contra comunidades indígenas de la Montaña de Guerrero, señalando la responsabilidad de estructuras criminales que operan bajo protección e impunidad.

La denuncia alerta sobre agresiones con armas y drones contra comunidades pertenecientes al CIPOG-EZ, provocando el desplazamiento de cientos de familias indígenas y poniendo en riesgo la vida de mujeres, niñas, niños y personas mayores.

“La violencia que viven las comunidades pertenecientes al CIPOG-EZ es una muestra brutal de la guerra contra los pueblos originarios que defienden su territorio, su autonomía y la vida”, señala el comunicado.

Hasta ahora, según la denuncia del Congreso Nacional Indígena, 76 integrantes del CIPOG-EZ han sido asesinados y 25 permanecen desaparecidos.

En el marco de estas agresiones, el CNI realizó un llamado urgente a organizaciones, colectivos, redes, pueblos y personas solidarias de México y del mundo a desarrollar acciones de denuncia, solidaridad y visibilización frente a la violencia que viven estas comunidades.

Traer esta denuncia a la discusión no es un gesto aislado. Dialoga profundamente con las preguntas que atraviesan esta nota y el curso-taller Mover la casa, cambiar el mundo: ¿qué implica defender el territorio hoy? ¿Qué significa construir autonomía en contextos de violencia y despojo? ¿Cómo sostener la vida colectiva frente a guerras que buscan fragmentar comunidades y destruir formas de organización desde abajo?

Porque hablar de autonomía no es solamente discutir ideas o modelos organizativos. También es reconocer que, en muchos territorios, defender la vida comunitaria sigue teniendo costos profundamente dolorosos.

En el marco del curso-taller Mover la casa, cambiar el mundo: Estrategias del caracol, compartimos esta conversación de los compañeros de Reactiva Contenidos con Raúl Zibechi como un insumo inicial para abrir preguntas sobre territorio, organización colectiva, autonomía y construcción comunitaria.

Las reflexiones que emergen aquí dialogan profundamente con los ejes del curso: la defensa de los territorios, las estrategias construidas desde abajo, las formas comunitarias de sostener la vida y los desafíos de organizarse sin reproducir las mismas lógicas de poder que muchas veces se critican.

A treinta años del levantamiento zapatista de 1994, el EZLN continúa siendo una referencia política, ética y organizativa para múltiples movimientos sociales dentro y fuera de América Latina. Su permanencia no puede entenderse únicamente por la potencia simbólica de aquel primero de enero, cuando comunidades indígenas ocuparon varias ciudades de Chiapas, sino por la capacidad de sostener y profundizar formas concretas de autonomía territorial, organización comunitaria y construcción colectiva de la vida.

Las reflexiones compartidas por Zibechi permiten acercarse al zapatismo no como una experiencia congelada en el pasado, sino como un proceso en movimiento, atravesado por transformaciones internas, debates organizativos y búsquedas políticas que siguen interpelando al presente.

La ética como práctica política

Desde su mirada, una de las claves fundamentales para comprender la vigencia del zapatismo es la coherencia ética. No se trata únicamente de discursos radicales o declaraciones políticas, sino de la relación entre palabra y práctica, entre lo que se afirma y la forma concreta en que se organiza la vida cotidiana.

En tiempos donde buena parte de la política institucional aparece marcada por el pragmatismo, la competencia por el poder y la administración de lo existente, la experiencia zapatista recupera preguntas fundamentales sobre el sentido de la organización política y el lugar de las comunidades en la toma de decisiones.

Más que una propuesta cerrada o un modelo exportable, el zapatismo aparece como una invitación a pensar cómo construir procesos políticos donde la vida comunitaria no quede subordinada a las lógicas del mando, la representación permanente o la acumulación de poder.

La autonomía como construcción material

Uno de los elementos más potentes es comprender la autonomía no como una consigna abstracta, sino como una práctica territorial concreta.

En las comunidades zapatistas existen sistemas propios de educación, espacios autónomos de salud, formas comunitarias de producción y mecanismos de organización colectiva que buscan reducir la dependencia respecto al Estado y al mercado capitalista.

Cada comunidad sostiene pequeñas escuelas, espacios de atención en salud y procesos productivos vinculados a la tierra. A ello se suman clínicas regionales, proyectos agrícolas colectivos y estructuras de coordinación territorial construidas desde abajo.

La autonomía aparece entonces como una capacidad social para producir y reproducir la vida comunitaria en medio de contextos de violencia, despojo y presión estatal o empresarial.

En ese sentido, el zapatismo cuestiona también una idea profundamente arraigada en muchas tradiciones de izquierda: que la transformación social depende necesariamente de la toma del poder estatal. Lo que emerge en Chiapas es otra lógica política, donde el centro no está en conquistar el Estado, sino en fortalecer las capacidades de autogobierno de los pueblos.

Pueblos indígenas y reexistencia

Las reflexiones se amplían hacia otros procesos latinoamericanos de resistencia indígena y comunitaria. Pueblos mapuche en Chile y Argentina, procesos de recuperación territorial en Brasil, autonomías indígenas en Colombia y experiencias campesinas en distintos territorios muestran que existe una diversidad de luchas que buscan sostener formas de vida no subordinadas completamente a las dinámicas del capital.

Más que movimientos homogéneos o centralizados, se trata de experiencias múltiples que comparten ciertas búsquedas comunes: defensa del territorio, autonomía organizativa, reconstrucción comunitaria y resistencia frente al extractivismo. En varios casos, estas luchas se han convertido en uno de los principales núcleos de resistencia social frente a gobiernos, empresas y procesos de militarización territorial.

La noción de “reexistencia” aparece aquí como algo más profundo que la mera resistencia: no solo evitar desaparecer, sino recrear formas propias de vida, memoria y organización colectiva.

Juventudes, mujeres y transformación comunitaria

Otro aspecto central es el protagonismo creciente de mujeres indígenas y jóvenes dentro de estos procesos. Las transformaciones no pasan únicamente por cambios discursivos, sino por modificaciones concretas en la vida comunitaria y en la distribución de responsabilidades políticas, organizativas y técnicas.

Mujeres que antes tenían una participación limitada hoy asumen tareas vinculadas a salud, educación, comunicación, conducción política y organización territorial. Del mismo modo, nuevas generaciones ocupan espacios que históricamente permanecían concentrados en dirigencias masculinas o estructuras más verticales.

Esto implica también una crítica profunda a las culturas políticas caudillistas y a la dependencia permanente de liderazgos individuales.

La construcción comunitaria deja de pensarse alrededor de figuras salvadoras o direcciones iluminadas, para desplazarse hacia procesos colectivos más amplios y horizontales.

Achatar la pirámide: una crítica radical al poder

Uno de los conceptos más sugerentes que aparece es la idea de “achatar la pirámide”.

La expresión surge para describir cambios organizativos dentro del zapatismo impulsados en los últimos años: ampliar los espacios de decisión, reducir jerarquías y trasladar cada vez más responsabilidades hacia las comunidades organizadas. La imagen resulta especialmente potente porque cuestiona una lógica profundamente instalada tanto en las instituciones estatales como en buena parte de las organizaciones políticas tradicionales: la idea de que siempre debe existir una estructura vertical donde unos pocos concentran dirección, autoridad y capacidad de decisión.

“Achatar la pirámide” implica algo mucho más profundo que descentralizar tareas. Significa poner en cuestión la propia cultura política de la obediencia, el mando y la acumulación de poder.

También supone reconocer que muchas organizaciones terminan reproduciendo internamente las mismas relaciones jerárquicas que dicen combatir hacia afuera. La apuesta zapatista aparece entonces como un intento de desplazar el centro de gravedad desde las dirigencias hacia las comunidades. No se trata de eliminar toda forma de organización, sino de construir estructuras donde el poder no quede separado de la vida colectiva.

En esa perspectiva, el horizonte no es fortalecer indefinidamente aparatos políticos o dirigencias permanentes, sino crear condiciones para que las propias comunidades puedan sostener procesos de autogobierno, cuidado y defensa territorial.

La pregunta que emerge es profundamente actual: ¿cómo construir organización sin reproducir lógicas de dominación? ¿Cómo sostener procesos colectivos sin convertirlos en nuevas burocracias? ¿Cómo evitar que quienes dicen representar al pueblo terminen sustituyéndolo?

Pensar lo común en tiempos de fragmentación

En medio de un mundo atravesado por guerras, extractivismo, autoritarismos y fragmentación social, estas búsquedas abren discusiones urgentes sobre democracia, comunidad y formas de vida posibles.

Precisamente por eso, esta conversación se vuelve una puerta de entrada para el curso-taller Mover la casa, cambiar el mundo: un espacio para pensar colectivamente cómo construir organización, defender los territorios y crear estrategias que permitan sostener la vida común desde abajo.

Porque quizá uno de los mayores desafíos políticos de nuestro tiempo no sea únicamente conquistar espacios de poder, sino aprender a construir relaciones sociales distintas. Formas de organización donde la dignidad, el cuidado y la capacidad colectiva de decidir no dependan de pirámides cada vez más altas, sino de comunidades capaces de sostener la vida en común.

Invitamos a ver y compartir la conversación completa con Raúl Zibechi.

Seguimos en paro activo… aunque ya hay quienes sospechan que estamos aplicando la estrategia del caracol: mover la universidad pieza por pieza antes de que lleguen por ella.

Mientras algunos preguntan si la universidad “produce”, acá seguimos produciendo algo peligroso: pensamiento crítico, organización colectiva y vínculos con los territorios.

Achatar la pirámide… y mover la universidad

Las reflexiones compartidas por Zibechi también permiten leer de otra manera discusiones muy presentes hoy en Costa Rica, particularmente alrededor del FEES y el sentido mismo de la universidad pública.

Cuando el zapatismo habla de “achatar la pirámide”, no se refiere solamente a reorganizar estructuras internas. La idea apunta a algo más profundo: desplazar el poder hacia abajo, fortalecer capacidades colectivas y evitar que la vida política quede atrapada en aparatos separados de las comunidades.

La pregunta entonces no es únicamente cómo defender instituciones, sino cómo construir relaciones más horizontales entre universidad, territorios y sociedad. En ese contexto, las tensiones actuales sobre el financiamiento universitario abren una discusión que va más allá de cifras presupuestarias. Lo que está en juego es también qué tipo de universidad se quiere sostener: una encerrada sobre sí misma, vertical y distante, o una universidad vinculada con procesos comunitarios, territorios y luchas sociales concretas.

Quizá por eso la metáfora de La estrategia del caracol resuena tanto. “¿Recorte al FEES? Tranquilos… ya estamos empacando la universidad.”

La frase funciona como humor, pero también como provocación política. Porque una universidad pública viva no existe únicamente dentro de sus edificios, oficinas o estructuras administrativas. También habita en proyectos territoriales, procesos de educación popular, investigaciones críticas, vínculos comunitarios y formas colectivas de producción de conocimiento.

En cierta forma, muchas de las experiencias universitarias más valiosas ya vienen intentando “mover la universidad”: sacarla de sus propios límites, acercarla a los territorios y construir relaciones menos jerárquicas entre academia y comunidad. Eso dialoga profundamente con las preguntas que atraviesan esta conversación sobre autonomía y organización colectiva: ¿cómo evitar que las instituciones se separen de la vida social? ¿Cómo construir espacios públicos que no reproduzcan lógicas verticales? ¿Cómo sostener procesos colectivos donde el conocimiento no quede concentrado en unos pocos?

Tal vez ahí aparece uno de los desafíos más importantes para la universidad pública contemporánea: no solo resistir recortes o ataques externos, sino también transformar sus propias formas y modos de relación. Porque, al final, achatar la pirámide también implica preguntarse cómo democratizar el conocimiento, cómo compartir decisiones y cómo construir instituciones capaces de aprender desde abajo.

Y quizá, como los caracoles, entender que moverse colectivamente puede ser otra forma de permanecer.

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¿Molesta el FEES? Pregunten a las comunidades: la universidad pública más allá del aula.

En medio del debate nacional sobre el financiamiento de las universidades públicas, muchas veces la discusión sobre el FEES queda reducida a cifras, presupuestos o indicadores de matrícula. Sin embargo, en los territorios rurales y comunidades organizadas existen otras dimensiones de la universidad pública que suelen quedar invisibilizadas: el acompañamiento comunitario, la educación a lo largo de la vida, la producción colectiva de conocimiento y la defensa de los bienes comunes.

Las entrevistas que integran este video fueron realizadas junto al grupo de Defensa de la Cuenca del Río Frío–Caño Negro, en Guatuso, y representan parte del diálogo, acompañamiento y trabajo conjunto que se ha venido construyendo entre comunidades organizadas y la Universidad de Costa Rica en torno a la defensa del territorio, el ambiente y los bienes comunes.

El siguiente video recoge testimonios de personas vinculadas a estos procesos comunitarios, quienes reflexionan sobre el papel que ha tenido la Universidad de Costa Rica en sus procesos organizativos y de defensa territorial. Sus palabras permiten comprender que la universidad pública no termina en el aula ni se limita a la formación profesional tradicional.

Para muchas comunidades, especialmente en contextos donde las instituciones estatales han respondido tarde o de manera insuficiente frente a conflictos socioambientales, la universidad pública se convierte en un espacio de escucha, investigación crítica y fortalecimiento organizativo.

Uno de los elementos más significativos que aparece en los testimonios es el reconocimiento del conocimiento comunitario como parte legítima de los procesos educativos. Las personas participantes señalan que, aunque muchas no tuvieron acceso a estudios universitarios formales, también tienen derecho a aprender, comprender y participar en la defensa de sus territorios. En ese sentido, la universidad pública cumple una función democratizadora que va más allá de otorgar títulos.

Las experiencias compartidas muestran cómo el acompañamiento universitario ha permitido comprender técnicamente las afectaciones ambientales sobre el Río Frío, fortalecer denuncias comunitarias y generar procesos de concientización ambiental en la zona. Pero además, evidencian algo más profundo: la construcción de relaciones de confianza y trabajo conjunto entre comunidades y universidad.

En un contexto donde frecuentemente se cuestiona el presupuesto universitario desde una lógica utilitarista o exclusivamente económica, resulta fundamental recordar que el FEES también sostiene programas, proyectos y procesos de acción social que acompañan comunidades rurales, territorios indígenas, organizaciones ambientales y múltiples iniciativas de participación social.

Reducir la universidad pública únicamente a la formación dentro del campus invisibiliza décadas de trabajo territorial y de construcción colectiva de conocimiento junto a sectores históricamente excluidos.

Algunas dimensiones del FEES que muchas veces se invisibilizan
  • -Acompañamiento a comunidades en conflictos socioambientales.
  • -Producción colectiva de conocimiento junto a organizaciones comunitarias.
  • -Educación de personas adultas y aprendizaje a lo largo de la vida.
  • -Fortalecimiento organizativo y participación comunitaria.
  • -Democratización del acceso al conocimiento científico y técnico.
  • -Defensa de bienes comunes como el agua, los ríos y los territorios.
  • -Presencia universitaria en zonas rurales históricamente excluidas.
  • -Espacios de diálogo entre saberes académicos y saberes comunitarios.
  • -Formación crítica y compromiso social más allá del mercado laboral.
  • -Construcción de esperanza y tejido social en comunidades organizadas.

Defender el FEES también implica defender la posibilidad de que las universidades públicas sigan presentes en los territorios, dialogando con las comunidades, fortaleciendo capacidades locales y contribuyendo a la defensa de la vida y los bienes comunes.

Porque la universidad pública no solo se construye en las aulas. También se construye en los ríos, las comunidades y las luchas de los pueblos.

¿Y si la universidad no empezara con un examen de admisión?

Comprender la educación de personas adultas y el aprendizaje a lo largo de la vida como parte del quehacer universitario implica reconocer que la universidad pública no puede reducirse únicamente a quienes logran ingresar formalmente a una carrera. También existe universidad cuando hay diálogo, intercambio de saberes, construcción colectiva de conocimiento y acompañamiento a las comunidades en sus luchas y procesos organizativos.

En muchos territorios rurales y espacios comunitarios existen personas con enormes conocimientos sobre el agua, la agricultura, los ecosistemas, la organización comunitaria y la defensa del territorio, aunque nunca hayan pasado por un aula universitaria. Cuando la universidad se vincula con estas experiencias, no llega simplemente a “enseñar”: también llega a escuchar, aprender y construir junto a las comunidades.

Por eso, pensar la educación a lo largo de la vida implica cuestionar la idea de que el conocimiento válido solo existe dentro del campus o únicamente entre quienes poseen un título académico. La universidad pública también se fortalece cuando dialoga con saberes campesinos, comunitarios, indígenas y territoriales que históricamente han sido invisibilizados.

Defender esta dimensión universitaria significa defender la posibilidad de que existan espacios permanentes de encuentro, reflexión y aprendizaje colectivo más allá de la lógica del mercado, la competencia o los filtros de ingreso.

Porque una universidad verdaderamente pública no solo abre carreras. También abre diálogos, construye vínculos y reconoce que el conocimiento se produce junto a los pueblos.

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Cuando un río se convierte en cantera: cuatro años acompañando la defensa del Río Frío

Hace aproximadamente cuatro años, el Observatorio de Bienes Comunes comenzó a acompañar y documentar la situación que atraviesa la cuenca del Río Frío–Caño Negro, en la Zona Norte de Costa Rica. Desde entonces, múltiples recorridos, conversaciones comunitarias, registros territoriales y espacios de intercambio han permitido observar no solo las transformaciones físicas del río, sino también las tensiones políticas y territoriales que se profundizan alrededor de su futuro.

La reciente gira realizada por el Observatorio al territorio permitió dar seguimiento a un proceso que las comunidades llevan años denunciando: la expansión de un modelo extractivo sobre el río y la ausencia de una discusión amplia sobre las consecuencias sociales, ecológicas y económicas que esto implica para las poblaciones locales.

Lejos de tratarse de una problemática aislada, el caso del Río Frío refleja disputas cada vez más visibles en distintas regiones del país, donde comunidades cuestionan formas de desarrollo basadas en la explotación intensiva de bienes naturales sin participación efectiva de quienes habitan los territorios.

Un río transformado: cambios acumulados y pérdida territorial

A lo largo de estos años, las comunidades han señalado cómo la extracción intensiva de materiales ha alterado profundamente la dinámica del río. La desaparición de pozas, la modificación del cauce, la pérdida de espacios de recreación y la disminución del caudal forman parte de una transformación acumulativa que modifica no solo el paisaje, sino también las formas de vida alrededor del territorio.

Durante la gira, integrantes del Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío–Caño Negro insistieron en que el problema no se limita a “sacar piedras”. Lo que está en discusión es la forma en que se entiende el río: como cantera y recurso de explotación o como espacio vital, ecológico, comunitario y cultural.

La preocupación comunitaria también apunta a las consecuencias futuras sobre los mantos acuíferos, la biodiversidad y las actividades económicas que históricamente existieron en la zona, especialmente aquellas vinculadas al turismo rural y al disfrute comunitario del río.

Oportunidades que también se están perdiendo

Uno de los elementos más reiterados por las personas de la comunidad es que la degradación del río no solo destruye ecosistemas: también limita posibilidades económicas y sociales para la región.

Durante años, el Río Frío fue un espacio utilizado para tubing, kayak, visitación local, actividades recreativas y encuentros comunitarios. Varias familias proyectaban iniciativas asociadas al turismo rural, hospedajes, actividades de naturaleza y economías vinculadas al disfrute responsable del río. Sin embargo, la transformación del cauce y la pérdida de las condiciones naturales del río han reducido drásticamente estas posibilidades.

En ese sentido, la discusión sobre el modelo de desarrollo también implica preguntarse cuáles oportunidades se priorizan y cuáles se sacrifican. Mientras algunas actividades extractivas generan beneficios inmediatos y concentrados, otras alternativas económicas más sostenibles y comunitarias ven disminuidas sus posibilidades de existencia.

La pérdida del río como espacio vivo también representa una pérdida cultural y generacional. Las comunidades recuerdan un río donde se aprendía a nadar, se compartía colectivamente y se construían vínculos cotidianos con el territorio. Su deterioro implica también la desaparición de experiencias comunitarias y memorias territoriales.

El desarrollo como disputa política

Uno de los elementos centrales que emergieron durante el intercambio es la necesidad de discutir críticamente qué se entiende por “desarrollo”.

Para las comunidades organizadas, el conflicto alrededor del Río Frío expresa una tensión entre dos visiones profundamente distintas de territorio. Por un lado, un modelo de corto plazo centrado en la extracción intensiva, donde el río aparece principalmente como fuente de materiales para sostener dinámicas de infraestructura y mercado. Por otro, una visión que entiende el territorio como espacio de vida, cuidado y permanencia comunitaria.

La pregunta de fondo no es únicamente cuánto material puede extraerse del río, sino qué tipo de futuro se está construyendo para las comunidades de la zona norte.

Las personas entrevistadas durante la gira señalaron que muchas de las expectativas vinculadas al turismo rural, las actividades recreativas y otras formas de economía local han ido desapareciendo conforme avanza la degradación del río. En ese sentido, el conflicto no enfrenta “desarrollo versus conservación”, sino modelos distintos de desarrollo y distintas prioridades sobre cómo habitar el territorio.

Dimensiones en disputa

La situación del Río Frío–Caño Negro también evidencia múltiples dimensiones en disputa que atraviesan los conflictos socioambientales contemporáneos:

El agua y la vida comunitaria: El río no es únicamente un elemento paisajístico. Representa acceso al agua, espacios de encuentro, recreación, memoria y reproducción de la vida cotidiana.

Las economías locales: Mientras algunas actividades extractivas generan beneficios concentrados y de corto plazo, otras iniciativas comunitarias —como el turismo rural o proyectos ecológicos locales— dependen de la permanencia y salud del ecosistema.

El conocimiento sobre el territorio: Las comunidades cuestionan que las decisiones técnicas e institucionales muchas veces invisibilicen el conocimiento construido por quienes han vivido históricamente junto al río y han observado sus cambios durante décadas.

La participación política: Las organizaciones locales denuncian dificultades para ser escuchadas y tomadas en cuenta en los procesos de decisión sobre el territorio, a pesar de ser quienes experimentan directamente las consecuencias de estas actividades.

El tiempo del desarrollo: Mientras las dinámicas extractivas responden frecuentemente a lógicas inmediatas de rentabilidad, las comunidades plantean preocupaciones sobre los impactos acumulativos y las condiciones de vida de las futuras generaciones.

Persistir también es defender el territorio

En un contexto donde muchas veces las comunidades organizadas enfrentan desgaste, desatención institucional y aislamiento, la permanencia del Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío–Caño Negro adquiere una relevancia particular.

Durante años han sostenido procesos de denuncia, envío de cartas, articulaciones con la Universidad de Costa Rica, documentación territorial y acciones de incidencia pública. Esa persistencia ha permitido que la problemática no desaparezca del debate público y que hoy pueda conectarse con otras luchas similares en distintas regiones del país.

La organización comunitaria continúa siendo clave no solo para denunciar impactos, sino también para construir memoria territorial, generar reflexión colectiva y defender la posibilidad de pensar futuros distintos para las comunidades.

Pensar alternativas desde el territorio

Las comunidades organizadas también han insistido en que defender el río no significa oponerse a toda posibilidad de desarrollo. Por el contrario, implica abrir la discusión sobre alternativas que permitan proteger los ecosistemas y al mismo tiempo fortalecer formas de vida sostenibles para las poblaciones locales.

Entre las propuestas que han surgido desde el territorio destaca la solicitud de una moratoria sobre las actividades extractivas en el Río Frío, particularmente en los sectores más afectados por décadas de intervención intensiva. La moratoria aparece como una medida urgente para detener el deterioro acumulado y permitir procesos de recuperación ecológica.

Asimismo, diferentes personas de la comunidad han planteado la posibilidad de impulsar la protección del tramo del río que conecta hacia el Parque Nacional y las zonas altas de la cuenca, imaginándolo como un santuario ecológico y comunitario que priorice la conservación, el turismo responsable y la recuperación del vínculo entre las comunidades y el río.

Más allá de la viabilidad inmediata de estas propuestas, lo que revelan es algo fundamental: las comunidades no solo denuncian daños. También imaginan futuros posibles y alternativas para habitar el territorio desde el cuidado, la permanencia y la defensa de la vida.

Escuchar a las comunidades

La gira del Observatorio reafirma la importancia de escuchar a quienes habitan los territorios y viven cotidianamente las consecuencias de las decisiones sobre los bienes comunes.

Después de cuatro años de seguimiento, el caso del Río Frío muestra que los conflictos socioambientales no son únicamente disputas técnicas o administrativas. Son también debates profundamente políticos sobre quién decide, qué se prioriza y cuáles vidas y territorios son considerados sacrificables en nombre de determinadas ideas de progreso.

Frente a ello, las comunidades continúan planteando una pregunta fundamental: ¿es posible hablar de desarrollo cuando un río, sus ecosistemas y las formas de vida que dependen de él comienzan a desaparecer?

Cuando la extracción se vuelve permanente

Uno de los elementos más preocupantes que emergen en el caso del Río Frío es que estas actividades extractivas no solo son intensivas por la cantidad de material removido, sino también extensivas por la forma en que avanzan progresivamente sobre mayores segmentos del territorio y transforman de manera acumulativa la vida alrededor del río.

Esto implica que los impactos no se limitan al punto exacto donde opera una concesión. Conforme las dinámicas extractivas se expanden, también se amplían las afectaciones sobre ecosistemas, actividades comunitarias, paisajes, formas de recreación, economías locales y vínculos cotidianos con el agua. El río deja de ser únicamente un espacio natural y comienza a convertirse en un corredor intervenido de manera permanente.

Las comunidades advierten además que este tipo de actividades generan una lógica difícil de revertir: mientras más se degrada el río, más se normaliza su transformación en cantera y más se reducen las posibilidades de imaginar otros usos y futuros posibles para el territorio.

Por eso, la discusión no pasa solamente por cuánto material se extrae, sino por las consecuencias acumulativas de un modelo de ocupación territorial que opera bajo horizontes de corto plazo y que frecuentemente traslada los costos ambientales, sociales y culturales a las comunidades y a las futuras generaciones.

El caso del Río Frío recuerda que los bienes comunes no desaparecen únicamente por eventos abruptos o desastres visibles. Muchas veces también se deterioran lentamente, a través de procesos continuos de extracción que terminan modificando de forma profunda aquello que sostenía la vida comunitaria y ecológica de un territorio.

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El puente que sigue contando historias: Finca 5 y la memoria que habita los lugares

En Finca 5, el puente ferroviario permanece atravesando el paisaje incluso cuando el tren dejó de pasar hace décadas. La estructura continúa suspendida sobre el río, oxidada por el tiempo y transformada por el uso cotidiano de la comunidad. Sin embargo, el proceso comunitario “Memorias en movimiento en Finca 5” ha permitido comprender que el puente nunca fue únicamente una infraestructura destinada al transporte ferroviario.

El puente fue, y sigue siendo, un espacio profundamente habitado.

Allí no solo circularon vagones cargados de banano rumbo a los muelles del Caribe. También circularon personas, historias, afectos, trabajos cotidianos, conversaciones, encuentros familiares y formas concretas de sostener la vida comunitaria. Lo que hoy permanece en la memoria de Finca 5 no es únicamente el recuerdo técnico del ferrocarril, sino la experiencia humana que se construyó alrededor de él.

A partir de talleres participativos, fotografías antiguas, relatos orales y ejercicios colectivos de reconstrucción de memoria, la comunidad comenzó a revisitar la historia del puente desde un lugar distinto: no desde los grandes relatos institucionales o las narrativas del progreso, sino desde las experiencias cotidianas de quienes caminaron, trabajaron y vivieron este territorio.

Y en ese ejercicio comenzó a emerger algo fundamental: el puente no solo conectaba territorios. También articulaba relaciones sociales, economías locales, afectos y sentidos de pertenencia.

Un puente que siguió vivo cuando el tren dejó de pasar

Durante las conversaciones comunitarias aparecieron recuerdos vinculados a la construcción del puente, la llegada del ferrocarril y el movimiento económico que generó en la zona. Se recordó el entusiasmo que produjo la inauguración de la obra y la expectativa que existía alrededor de las oportunidades laborales y comerciales que traería para Finca 5.

Pero conforme avanzaban los relatos, la memoria comenzó a desplazarse hacia otros lugares menos visibles y, quizás por eso mismo, más profundos.

Las personas empezaron a hablar no solo del tren, sino de todo aquello que ocurría alrededor de él:

  • -las caminatas para visitar familiares,
  • -las ventas de comida en canastos,
  • -las bicicletas cruzando cuidadosamente entre los durmientes,
  • -las fondas que alimentaban a trabajadores y viajeros,
  • -las conversaciones compartidas en el trayecto,
  • -las tardes observando el río desde el puente,
  • -y los recorridos cotidianos que terminaron formando parte de la vida comunitaria.

Lo que apareció con fuerza fue la dimensión humana del lugar.

El puente dejó entonces de entenderse únicamente como una estructura funcional y comenzó a reconocerse como un espacio atravesado por memorias afectivas, relaciones sociales y experiencias compartidas.

Incluso cuando el tren dejó de operar, el puente continuó siendo usado por la comunidad. La gente siguió cruzándolo, encontrándose y otorgándole nuevos significados. Esa permanencia cotidiana transformó el lugar: el puente dejó de pertenecer exclusivamente a la lógica ferroviaria y pasó a formar parte de la vida social del territorio.

El puente como sitio de memoria

Uno de los elementos más importantes que surgió durante el proceso fue la posibilidad de comprender el puente como un sitio de memoria.

Esta idea resulta fundamental porque desplaza la mirada tradicional sobre el patrimonio y sobre aquello que consideramos históricamente valioso. Un sitio de memoria no es solamente un monumento oficial ni un espacio reconocido institucionalmente. Es un lugar donde se condensan experiencias colectivas que continúan teniendo significado para quienes habitan un territorio.

Son espacios donde el pasado permanece activo.

Lugares donde todavía resuenan formas de vida, vínculos, trabajos, emociones y experiencias compartidas que ayudan a explicar cómo una comunidad ha construido su historia.

En Finca 5, el puente funciona como un sitio de memoria precisamente porque concentra múltiples dimensiones de la experiencia comunitaria:

  • -la memoria del trabajo bananero,
  • -la movilidad cotidiana,
  • -las pequeñas economías locales,
  • -las relaciones familiares,
  • -las prácticas de encuentro,
  • -y las formas de cuidado que permitieron sostener la vida colectiva.

La importancia de reconocer estos espacios radica en que permiten comprender la historia desde la experiencia concreta de las personas y no únicamente desde los relatos técnicos o institucionales. Muchas veces las narrativas oficiales hablan de la construcción de grandes obras, pero silencian las formas en que esas infraestructuras fueron vividas, apropiadas y resignificadas por las comunidades.

En ese sentido, la memoria local introduce una mirada distinta sobre el territorio.

No observa el puente únicamente como una obra de ingeniería. Lo reconoce como un espacio cargado de afectos, trayectorias y experiencias que todavía hoy organizan parte de la identidad comunitaria.

La memoria también se cocina y se comparte

Uno de los hallazgos más potentes del proceso fue descubrir hasta qué punto la comida forma parte esencial de la memoria colectiva.

Cuando las personas comenzaron a recordar el puente y el tren, rápidamente aparecieron también las fondas, las ventas improvisadas y los alimentos que acompañaban el movimiento cotidiano alrededor del ferrocarril:

  • -tortillas recién hechas,
  • -café caliente en botella,
  • -aguadulce,
  • -tamales,
  • -chorreadas,
  • -pescado con yuca,
  • -elotes con mantequilla,
  • -cajetas,
  • -pan y comidas tradicionales que sostenían las largas jornadas de trabajo y tránsito.

Estos recuerdos permitieron reconocer algo profundamente importante: la historia no se construye únicamente desde grandes acontecimientos o decisiones políticas. También se sostiene desde los trabajos cotidianos que muchas veces permanecen invisibilizados.

Las fondas no eran solamente espacios comerciales. Eran lugares de conversación, cercanía y encuentro comunitario. Allí circulaban noticias, preocupaciones, historias y vínculos que ayudaban a mantener cohesionada la vida social de la comunidad.

La memoria del puente, entonces, no solo permanece en la estructura física o en las fotografías antiguas. También sobrevive en los sabores, en las recetas y en las prácticas de cuidado que acompañaron la vida cotidiana de Finca 5.

Lo que permanece fuera de la imagen

En sesiones anteriores, la comunidad había comenzado a preguntarse por aquello que las fotografías no lograban mostrar. Esa pregunta abrió una dimensión clave dentro del proceso de memoria.

Porque toda fotografía también implica ausencias.

A partir de ahí comenzaron a emerger relatos relacionados con:

  • -las condiciones difíciles de vida,
  • -la falta de electricidad,
  • -el cansancio cotidiano,
  • -los riesgos asociados a la construcción,
  • -las personas que fallecieron durante el proceso,
  • -el trabajo invisible de muchas familias,
  • -y las emociones que acompañaban la experiencia comunitaria.

La conversación permitió comprender que muchas veces aquello que sostiene la vida colectiva no queda registrado en imágenes ni en documentos oficiales. Sin embargo, sigue presente en la memoria de quienes lo vivieron.

Por eso, recuperar la memoria desde la comunidad se vuelve también una forma de ampliar la historia y devolver visibilidad a experiencias que frecuentemente quedan fuera de los relatos dominantes.

Recordar para seguir construyendo comunidad

Uno de los aprendizajes más importantes de este proceso ha sido comprender que la memoria no funciona únicamente como un ejercicio de nostalgia.

Recordar también es una forma de comprender el presente y proyectar el futuro.

Volver sobre la historia del puente permite reconocer cómo la comunidad ha construido vínculos, formas de organización y sentidos de pertenencia a lo largo del tiempo. También permite preguntarse qué elementos siguen siendo importantes hoy y qué tipo de territorio desea construir Finca 5 hacia adelante.

La memoria comunitaria, en ese sentido, se convierte en una herramienta política y cultural para fortalecer la capacidad de las personas de narrarse desde su propia experiencia.

Porque aunque el tren dejara de pasar, la comunidad siguió cruzando.

Y en cada paso cotidiano, en cada conversación compartida y en cada recuerdo recuperado, el puente continúa demostrando que los territorios no solo se construyen con infraestructura, sino también con las relaciones humanas que les dan sentido.

Un boletín construido desde la memoria colectiva

Como parte de este proceso, las personas participantes elaboraron boletines comunitarios donde recuperaron historias, sabores, recuerdos y experiencias vinculadas al puente y la vida cotidiana en Finca 5.

Los materiales reúnen relatos sobre:

  • -las fondas,
  • -las ventas tradicionales,
  • -las caminatas sobre el puente,
  • -las visitas familiares,
  • -las memorias del tren,
  • -y la importancia de mantener viva la historia local para las futuras generaciones.

Más que un ejercicio de escritura, estos boletines representan una forma de fortalecer la memoria desde la propia comunidad y afirmar el derecho de las personas a narrar su territorio desde sus propias voces y experiencias.

Te invitamos a descargar y compartir el boletín comunitario elaborado colectivamente durante el proceso “Memorias en movimiento en Finca 5”.

Para profundizar sobre sitios de memoria:

Wrobel, Ivan. (2022)Sitios y paisajes de la memoria. Elementos teóricos para pensar la construcción del caso del Parque de la Memoria – Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado (1997-2021). (2022). Punto Sur, 7. https://doi.org/10.34096/ps.n7.11279

Wrobel, Ivan. (2025). Pierre Nora y los lugares de la memoria. Una revisión del concepto a partir de la experiencia de un sitio de memoria en la Argentina. Páginas. Revista Digital de la Escuela de Historia, 17(43). https://doi.org/10.35305/rp.v17i43.927