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Más allá de las áreas protegidas: descolonizar la conservación en tiempos de crisis ecológica

En los debates contemporáneos sobre la crisis ecológica suele asumirse que la conservación de la naturaleza es un objetivo indiscutible y universalmente compartido. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntar quién define qué es conservar, quién toma las decisiones sobre los territorios y quiénes cargan con los costos de esas políticas.

El libro Decolonize Conservation: Global Voices for Indigenous Self-Determination, Land, and a World in Common propone precisamente abrir esa discusión. A partir de experiencias de pueblos indígenas, comunidades locales, activistas e investigadores de diversas regiones del mundo, la obra plantea que muchas de las políticas de conservación impulsadas durante el último siglo no pueden comprenderse al margen de la historia colonial. Por el contrario, argumenta que numerosas iniciativas conservacionistas han reproducido formas de despojo, exclusión y subordinación que afectan especialmente a quienes han habitado y cuidado los territorios durante generaciones.

Desde esta perspectiva, descolonizar la conservación no significa simplemente mejorar algunos mecanismos de participación o incorporar nuevos actores a estructuras ya existentes. Implica cuestionar las bases mismas desde las cuales se ha pensado la relación entre naturaleza, sociedad, desarrollo y poder.

La crisis ambiental también es una crisis de justicia

Uno de los aportes más relevantes del libro consiste en desplazar la discusión ambiental hacia el terreno de la justicia. Las autoras y autores sostienen que la crisis ecológica contemporánea no puede explicarse únicamente por la pérdida de biodiversidad, el cambio climático o la degradación de ecosistemas. Detrás de estos fenómenos existen procesos históricos vinculados con el colonialismo, el racismo, la apropiación de territorios y la concentración del poder económico.

Esta mirada cuestiona la tendencia a presentar los problemas ambientales como asuntos exclusivamente técnicos o científicos. Lo que está en juego no es únicamente la protección de especies o paisajes, sino también la forma en que las sociedades distribuyen derechos, recursos, beneficios y sacrificios.

Desde esta perspectiva, la pregunta deja de ser solamente cómo proteger la naturaleza y pasa a ser también quién decide sobre ella, quién se beneficia de su uso y quiénes son desplazados o excluidos en nombre de su protección.

Superar la separación entre humanidad y naturaleza

Otra dimensión central del proceso de descolonización consiste en cuestionar una de las ideas más arraigadas en la modernidad occidental: la noción de que la naturaleza existe separada de las personas.

El libro muestra cómo gran parte de las políticas conservacionistas se han construido sobre la imagen de una naturaleza «prístina», «salvaje» o «intacta», que debe mantenerse libre de presencia humana. Bajo esta lógica, la conservación se convierte en un esfuerzo por aislar espacios naturales de las comunidades que los habitan.

Sin embargo, las experiencias recogidas en la obra muestran una realidad distinta. Muchos de los territorios considerados hoy como espacios de alta biodiversidad han sido moldeados durante siglos por prácticas comunitarias de manejo, producción, movilidad, cuidado y uso compartido.

Descolonizar implica reconocer que la relación entre las personas y los ecosistemas no es necesariamente destructiva. Existen múltiples formas de habitar los territorios que no responden a la lógica extractiva dominante y que han contribuido históricamente a sostener la diversidad biológica y cultural.

La conservación, desde esta mirada, deja de ser una política de separación y pasa a entenderse como una práctica de convivencia.

Reconocer la historia de despojo detrás de la conservación

Uno de los conceptos más recurrentes en el libro es el de “conservación de fortaleza”. Este modelo se basa en la creación de áreas protegidas bajo control estatal o institucional, donde la presencia humana es considerada una amenaza para la biodiversidad. En numerosos casos, ello ha significado el desplazamiento de comunidades, restricciones al acceso a tierras ancestrales, criminalización de prácticas tradicionales y diversas formas de violencia.

Las experiencias documentadas en países como Kenia, República Democrática del Congo, India o Tanzania muestran que, en muchas ocasiones, la conservación ha operado mediante mecanismos similares a los utilizados históricamente por los proyectos coloniales: apropiación territorial, imposición de modelos externos de gestión y subordinación de las poblaciones locales.

La crítica que plantea el libro no consiste en rechazar la protección de los ecosistemas, sino en cuestionar la idea de que la conservación sólo puede lograrse mediante la exclusión de quienes habitan esos territorios.

Descolonizar implica reconocer esta historia, visibilizar sus consecuencias y abrir espacios para formas alternativas de protección ambiental basadas en la justicia y los derechos colectivos.

Recuperar los derechos territoriales y la autodeterminación

En prácticamente todos los testimonios reunidos en la obra aparece una demanda común: el reconocimiento efectivo de los derechos territoriales de los pueblos indígenas y las comunidades locales.

La defensa del territorio no es presentada únicamente como una reivindicación cultural o política. Es también una condición para la continuidad de formas de vida, sistemas de conocimiento, prácticas productivas y relaciones comunitarias que dependen de esos espacios.

Por ello, descolonizar supone avanzar más allá de mecanismos limitados de consulta o participación. Significa reconocer la capacidad de las comunidades para gobernar sus territorios, definir sus prioridades y participar de manera sustantiva en las decisiones que afectan sus vidas.

La autodeterminación aparece así como una dimensión inseparable de cualquier propuesta seria de justicia ambiental.

Valorar la diversidad de conocimientos

El libro también cuestiona la tendencia a considerar que únicamente los saberes científicos o técnicos poseen legitimidad para orientar la gestión ambiental.

Las experiencias presentadas muestran que los pueblos indígenas y las comunidades locales poseen conocimientos acumulados durante generaciones acerca de los ciclos ecológicos, las dinámicas territoriales, la biodiversidad y las formas de uso sostenible de los recursos.

Estos saberes han sido frecuentemente invisibilizados, subordinados o apropiados sin reconocimiento.

Descolonizar implica reconocer que existen múltiples formas válidas de producir conocimiento y comprender el mundo. No se trata de reemplazar la ciencia por otros saberes, sino de construir relaciones más horizontales que permitan el diálogo y el reconocimiento mutuo.

La diversidad biológica y la diversidad cultural aparecen entonces como dimensiones profundamente interrelacionadas.

Identificar las causas estructurales de la destrucción ambiental

Una de las críticas más contundentes del libro apunta a las narrativas que responsabilizan a comunidades rurales, indígenas o campesinas de la degradación ambiental mientras permanecen relativamente intactas las estructuras económicas que impulsan la explotación intensiva de la naturaleza.

Las autoras y autores señalan que muchas de las amenazas más graves para los ecosistemas provienen de modelos de desarrollo basados en el extractivismo, la expansión de monocultivos, la minería, la explotación energética, el consumo excesivo y la acumulación de riqueza a escala global.

Sin embargo, las medidas de conservación suelen concentrarse en controlar o restringir las prácticas de quienes tienen una huella ecológica considerablemente menor.

Descolonizar implica desplazar el foco del debate hacia las causas estructurales de la crisis ambiental y cuestionar las relaciones de poder que permiten que algunos sectores acumulen beneficios mientras otros asumen los costos ecológicos y sociales.

Construir alternativas desde las comunidades

Los artículos no se limitan a denunciar problemas. También presenta experiencias que muestran caminos alternativos.

Diversas contribuciones destacan iniciativas de conservación comunitaria, gobernanza territorial indígena, manejo colectivo de bosques y otras formas de protección ambiental basadas en la participación directa de las comunidades.

Estas experiencias parten de una premisa sencilla pero profunda: quienes viven en los territorios no deben ser vistos como obstáculos para la conservación, sino como actores fundamentales para su sostenibilidad.

La protección de la biodiversidad, desde esta perspectiva, requiere fortalecer capacidades comunitarias, reconocer derechos colectivos y construir relaciones de confianza, en lugar de profundizar mecanismos de control, vigilancia o militarización.

¿Qué tiene que ver todo esto con los bienes comunes?

Las reflexiones presentes en Decolonize Conservation dialogan de manera directa con la perspectiva de los bienes comunes.

La tradición de los bienes comunes parte de una idea fundamental: existen recursos, territorios, conocimientos y condiciones de vida que no pueden reducirse a mercancías ni gestionarse exclusivamente desde el mercado o desde estructuras centralizadas de poder. Su sostenibilidad depende de relaciones sociales basadas en la cooperación, la corresponsabilidad y la participación democrática.

Desde esta mirada, la crítica a la conservación colonial puede entenderse también como una crítica a formas de gestión que concentran las decisiones en actores externos mientras excluyen a quienes mantienen vínculos cotidianos con los territorios.

Los pueblos indígenas y las comunidades locales que aparecen en el libro no reclaman únicamente acceso a recursos. Reclaman la posibilidad de seguir ejerciendo formas colectivas de cuidado, gobernanza y reproducción de la vida.

La descolonización y los bienes comunes coinciden en varios puntos fundamentales:

  • -Reconocen que los territorios son espacios de vida y no simples objetos de administración.
  • -Cuestionan las relaciones de dominación que separan a las comunidades de sus medios de existencia.
  • -Defienden la participación activa de quienes habitan los territorios en la toma de decisiones.
  • -Valoran la diversidad de conocimientos y experiencias.
  • -Entienden que la sostenibilidad ecológica depende también de la justicia social.

Desde esta perspectiva, proteger un bosque, una cuenca, un humedal o una montaña no significa únicamente preservar especies o paisajes. Significa también defender las relaciones sociales, culturales y comunitarias que han permitido sostener esos territorios a lo largo del tiempo.

Una invitación a continuar la conversación

En un contexto marcado por la crisis climática, la pérdida acelerada de biodiversidad y el aumento de los conflictos socioambientales, las preguntas planteadas por este libro adquieren una enorme relevancia.

¿Es posible proteger la naturaleza sin proteger a quienes la habitan? ¿Puede existir conservación sin justicia? ¿Qué formas de conocimiento reconocemos cuando pensamos el futuro de nuestros territorios? ¿Quiénes participan en las decisiones sobre los bienes que sostienen la vida?

Decolonize Conservation no ofrece respuestas únicas ni recetas universales. Lo que propone es algo igualmente importante: abrir una conversación necesaria sobre las relaciones entre territorio, poder, conservación y justicia.

Invitamos a leer este documento y a incorporarlo a los debates sobre bienes comunes, democracia territorial y justicia socioecológica. Sus páginas nos recuerdan que la defensa de la biodiversidad y la defensa de los pueblos no son causas separadas, sino dimensiones inseparables de una misma lucha por la vida.

¿Qué vemos cuando hablamos de conservación? Claves para pensar desde nuestras experiencias

Las ideas presentadas en este libro cobran mayor sentido cuando las ponemos en diálogo con nuestras propias experiencias y territorios. ¿Quién decide sobre los bienes que sostienen la vida? ¿Qué conocimientos son escuchados y cuáles son excluidos? ¿Quiénes se benefician y quiénes asumen los costos de las decisiones tomadas en nombre de la conservación?

Las siguientes matrices buscan acompañar este ejercicio de reflexión. Más que un resumen del documento, constituyen una invitación a observar críticamente nuestras realidades, identificar continuidades coloniales en las formas de gestionar la naturaleza y reconocer prácticas comunitarias que apuntan hacia relaciones más justas entre las personas, los territorios y la biodiversidad. A partir de ellas, es posible abrir conversaciones sobre participación, derechos, cuidado colectivo y bienes comunes en los contextos que habitamos.

¿Qué implica descolonizar nuestra forma de entender y defender la naturaleza?

DimensiónVisión colonial de la conservaciónPerspectiva descolonizadoraPreguntas para la reflexión
Relación entre seres humanos y naturalezaLa naturaleza debe protegerse de las personas.Las personas forman parte de los ecosistemas y pueden contribuir a su cuidado.¿Cómo se relacionan nuestras comunidades con los territorios que habitan? ¿Toda presencia humana destruye la naturaleza?
TerritorioEl territorio es un espacio a administrar desde instituciones externas.El territorio es un espacio de vida, memoria, cultura y sustento.¿Quién decide sobre el uso del territorio? ¿Quiénes viven las consecuencias de esas decisiones?
ConservaciónSe protege mediante prohibiciones, vigilancia y exclusión.Se protege fortaleciendo relaciones de cuidado y responsabilidad colectiva.¿Qué experiencias comunitarias de cuidado existen en nuestro territorio?
ConocimientoEl conocimiento técnico y científico tiene mayor legitimidad.Existen múltiples conocimientos válidos que pueden dialogar entre sí.¿Qué conocimientos locales suelen ser ignorados o desvalorizados?
Comunidades localesSon vistas como potenciales amenazas para la biodiversidad.Son actores fundamentales para la sostenibilidad de los territorios.¿Cómo son representadas las comunidades en los discursos ambientales?
DerechosLos derechos pueden subordinarse a objetivos de conservación.La protección ambiental y los derechos humanos son inseparables.¿Puede existir conservación cuando se vulneran derechos?
DesarrolloLas causas de la destrucción ambiental suelen atribuirse a poblaciones locales.Se analizan las estructuras económicas y políticas que generan degradación.¿Quién obtiene beneficios de la explotación de la naturaleza? ¿Quién asume los costos?
ParticipaciónLas comunidades son consultadas después de que las decisiones ya fueron tomadas.Las comunidades participan desde el inicio y tienen capacidad de decisión.¿Qué tan vinculante es la participación en nuestro territorio?
BiodiversidadSe protege mediante áreas aisladas de la vida cotidiana.Se protege fortaleciendo territorios vivos y comunidades que los habitan.¿Qué papel tienen las prácticas comunitarias en la conservación local?
FuturoSe busca gestionar la naturaleza como un recurso.Se busca sostener la vida en todas sus formas.¿Qué significa cuidar la vida en nuestro territorio?
Descolonizar para construir lo común

Aunque el libro se sitúa principalmente en el debate sobre la descolonización de la conservación, muchas de sus reflexiones dialogan profundamente con la perspectiva de los bienes comunes. Ambas miradas cuestionan las formas de gestión que concentran el poder de decisión sobre los territorios y coinciden en la necesidad de fortalecer la participación de las comunidades en el cuidado de aquello que sostiene la vida.

Más que entender la naturaleza como un conjunto de recursos a administrar desde arriba, ambas perspectivas invitan a reconocer los territorios como espacios de relaciones, conocimientos, memorias y responsabilidades compartidas. La sostenibilidad ecológica no depende únicamente de normas o instituciones, sino también de las prácticas colectivas de cuidado, cooperación y gobernanza construidas por quienes habitan esos lugares.

La siguiente matriz permite identificar algunos de los principales puntos de encuentro entre la propuesta de descolonizar la conservación y el horizonte político y ético de los bienes comunes. Más que conceptos separados, pueden entenderse como caminos complementarios para pensar formas más democráticas, justas y sostenibles de habitar y defender los territorios.

Naturaleza, comunidad y cuidado: diálogos con los bienes comunes

Lo que plantea la descolonizaciónAporte desde los bienes comunes
Reconocer derechos territoriales colectivos.Los bienes comunes requieren comunidades con capacidad de gobernar sus territorios.
Valorar conocimientos locales e indígenas.Los bienes comunes se sostienen mediante saberes construidos colectivamente.
Cuestionar el despojo y la concentración del poder.Los bienes comunes buscan democratizar las decisiones sobre aquello que sostiene la vida.
Defender la participación efectiva.La gestión colectiva es un principio fundamental de los bienes comunes.
Reconocer la interdependencia entre personas y naturaleza.Los bienes comunes entienden que la vida humana depende de relaciones ecológicas y comunitarias.
Cuestionar la mercantilización de la naturaleza.Los bienes comunes afirman que no todo puede reducirse a mercancía o propiedad privada.
Promover formas comunitarias de cuidado.El cuidado es una práctica central para la sostenibilidad de los bienes comunes.

Pueden descargar la infografía aquí

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Invitamos a descargar y explorar este libro, una obra colectiva que reúne voces de pueblos indígenas, comunidades locales, activistas e investigadores de distintas regiones del mundo. A través de experiencias concretas y reflexiones críticas, Decolonize Conservation nos desafía a repensar las formas en que entendemos la naturaleza, la conservación y la justicia. Su lectura ofrece herramientas valiosas para quienes buscan comprender los conflictos socioambientales contemporáneos y construir alternativas basadas en el respeto a los territorios, la autodeterminación de los pueblos y el cuidado de la vida en común.

Pueden descargarlo aquí.

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Síndrome de la Bicicleta Desarmada: ¿Armonización o liberalización? La disputa por el futuro de la electricidad en Costa Rica

Interrumpimos brevemente este análisis para un comentario editorial de nuestro corresponsal especial, Ken Brockman:

—Estimada audiencia. El tema de hoy es fascinante. Diversos sectores han descubierto que el ICE está atrasado, que no innovó lo suficiente y que no logró adaptarse a las nuevas tecnologías energéticas. Un hallazgo verdaderamente sorprendente.

Los científicos aún investigan cómo ocurrió este misterioso fenómeno. Las principales hipótesis apuntan a extraterrestres, maldiciones ancestrales o alguna fuerza sobrenatural imposible de identificar. Aunque una línea secundaria de investigación sugiere que quizás tuvo algo que ver una larga serie de decisiones políticas que limitaron su capacidad de inversión, planificación y desarrollo. Pero esa teoría sigue siendo considerada demasiado incómoda para el horario familiar.

Lo que sí parece claro es la secuencia de los acontecimientos: primero se cuestiona a una institución pública, luego se le restringe, después se le fragmenta, más tarde se señala que ya no responde como antes y finalmente se utiliza ese deterioro como prueba irrefutable de que es necesario reemplazar el modelo que la hizo posible.

Los especialistas han bautizado este fenómeno como el Síndrome de la Bicicleta Desarmada: consiste en quitarle una rueda a una bicicleta, después la cadena, luego los pedales, para finalmente presentar un estudio técnico concluyendo que la bicicleta tiene serios problemas de movilidad. O, para usar un ejemplo más directo, es como romperle las piernas a alguien y años después presentar un proyecto para privatizar las caminatas porque la persona ya no corre tan rápido.

Y aquí aparece un detalle particularmente interesante para los investigadores. Resulta que muchos de los sectores y actores que hoy señalan el supuesto atraso del ICE y promueven el proyecto de armonización son los mismos que durante años impulsaron decisiones que contribuyeron a restringir, debilitar o limitar la capacidad de acción de la institución. Un giro argumental tan inesperado como encontrar al pirómano dirigiendo la comisión especial sobre prevención de incendios.

Pero volvamos a la seriedad que exige el tema.

Porque la pregunta importante no es si el ICE enfrenta desafíos tecnológicos. Por supuesto que los enfrenta. Como cualquier institución pública del mundo, necesita modernizarse, innovar y adaptarse a nuevos escenarios energéticos.

La verdadera pregunta es otra: ¿estamos discutiendo cómo fortalecer la capacidad pública para enfrentar esos desafíos o estamos utilizando un deterioro políticamente inducido para justificar una transformación que algunos sectores vienen impulsando desde hace años?

Y con esa reflexión cerramos esta edición especial. Porque, al final, aquí no se discuten vatios. Se discuten derechos. Y también memoria.

Fin de la transmisión

Porque cuando hablamos de electricidad no hablamos únicamente de cables, plantas o mercados. Hablamos del acceso al agua, a la educación, a la salud, a la comunicación y, en última instancia, de las condiciones materiales que hacen posible una vida digna.

La discusión sobre el Proyecto de Ley de Armonización del Sistema Eléctrico Nacional (expediente 23.414) ha sido presentada principalmente como un debate técnico. Se habla de eficiencia, modernización, competencia y actualización institucional. Sin embargo, detrás del lenguaje especializado se encuentra una discusión profundamente política: ¿quién debe planificar, coordinar y controlar uno de los bienes estratégicos más importantes para la vida colectiva?

La energía eléctrica no es una mercancía cualquiera. Su acceso condiciona la salud, la educación, la producción, las comunicaciones y las posibilidades mismas de una vida digna. Por ello, la forma en que una sociedad organiza su sistema eléctrico expresa una determinada concepción sobre el papel del Estado, los bienes comunes y el interés público.

Un cambio de paradigma

Durante décadas Costa Rica desarrolló un modelo eléctrico basado en la planificación pública de largo plazo, encabezada principalmente por el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE). Este modelo permitió construir una de las coberturas eléctricas más altas de América Latina y el Caribe, ampliar el acceso a regiones históricamente excluidas y desarrollar una matriz energética basada principalmente en fuentes renovables.

El proyecto de armonización plantea una transformación significativa de ese modelo. Aunque mantiene la propiedad pública de determinadas infraestructuras y no propone la venta del ICE, introduce una nueva arquitectura institucional basada en la creación de un Mercado Eléctrico Nacional, la apertura de espacios para nuevos agentes privados y la reorganización de las funciones de planificación y operación del sistema.

La pregunta fundamental es si esta reforma fortalece el modelo solidario construido durante décadas o si representa una transición hacia una lógica de mercado en la gestión de la electricidad.

La energía convertida en mercado

Uno de los elementos centrales del proyecto es la creación de un Mercado Eléctrico Nacional donde diversos agentes podrán comprar, vender y comercializar energía bajo reglas de competencia.

El discurso oficial sostiene que la competencia permitirá reducir costos, aumentar la eficiencia y atraer inversiones. No obstante, esta visión parte de una premisa ideológica específica: que los mecanismos de mercado son la mejor forma de organizar sectores estratégicos.

La experiencia internacional demuestra que esta afirmación está lejos de ser una verdad universal. En numerosos países los procesos de liberalización eléctrica produjeron concentración económica, debilitamiento de la capacidad pública de planificación y una creciente influencia de actores privados sobre decisiones estratégicas.

La discusión, por tanto, no es únicamente económica. También es democrática. ¿Quién define las prioridades energéticas del país? ¿Las necesidades colectivas o las señales del mercado?

De la planificación pública a la planificación indicativa

Otro cambio relevante es la sustitución de la planificación pública tradicional por un modelo denominado “planificación indicativa”.

Bajo este esquema, el Estado deja de identificar directamente los proyectos estratégicos para el desarrollo eléctrico. En su lugar, diversos agentes presentan proyectos que compiten entre sí mediante mecanismos de mercado y subastas.

La diferencia puede parecer técnica, pero sus implicaciones son profundas.

En el modelo histórico, la planificación partía de una visión integral del desarrollo nacional. En el nuevo esquema, la expansión del sistema depende cada vez más de las decisiones de inversión de actores individuales y de los incentivos económicos disponibles.

Se produce así un desplazamiento silencioso: la planificación deja de ser un instrumento central de conducción pública y se convierte progresivamente en un mecanismo de orientación para mercados.

ECOSEN y la fragmentación institucional

El proyecto propone además la creación del Ente Coordinador del Sistema Eléctrico Nacional (ECOSEN), una nueva institución que asumiría funciones de operación, coordinación y administración del mercado eléctrico.

Sus defensores argumentan que esto permitirá una gestión más especializada e independiente. Sin embargo, también implica trasladar competencias que históricamente han estado concentradas en instituciones públicas consolidadas.

En muchos procesos de reforma neoliberal la fragmentación institucional ha sido un paso previo a la apertura de mercados. No se eliminan necesariamente las instituciones existentes, pero sí se redistribuyen sus funciones, reduciendo su capacidad de conducción estratégica.

La pregunta no es únicamente quién opera el sistema, sino quién adquiere capacidad real para orientar su futuro.

Nuevos actores, nuevas relaciones de poder

El proyecto incorpora figuras como comercializadores, agregadores de demanda y grandes consumidores con acceso directo al mercado.

Estas figuras crean nuevas oportunidades de negocio dentro del sector eléctrico y modifican la estructura tradicional de relaciones entre productores, distribuidores y usuarios.

La apertura de nuevos espacios económicos suele presentarse como sinónimo de democratización. Sin embargo, la experiencia internacional muestra que los mercados eléctricos tienden a concentrarse alrededor de actores con capacidad financiera, tecnológica y jurídica para competir en condiciones favorables.

Por ello, resulta legítimo preguntarse quiénes serán los principales beneficiarios de estas transformaciones y quiénes asumirán los riesgos asociados.

Una disputa sobre los bienes comunes

La discusión sobre el proyecto de armonización no debería reducirse a cálculos tarifarios o modelos regulatorios. Lo que está en juego es una definición más profunda sobre el papel de la energía dentro de la sociedad costarricense.

Si la electricidad es concebida como un bien común estratégico, la prioridad debe ser garantizar el acceso universal, la solidaridad territorial, la sostenibilidad socioambiental y la planificación democrática de largo plazo.

Si, por el contrario, la energía es entendida principalmente como un mercado, la eficiencia económica y la competencia tenderán a convertirse en los criterios predominantes para organizar el sistema.

La verdadera discusión no es técnica. Es una discusión sobre el país que queremos construir.

Más allá de la armonización

La palabra armonización sugiere consenso, equilibrio y coordinación. Sin embargo, detrás de este proyecto existen intereses, visiones de desarrollo y concepciones distintas sobre el papel del Estado y los bienes comunes.

Por ello, antes de aprobar una reforma de esta magnitud, resulta indispensable abrir una discusión pública amplia e informada. No se trata solamente de reorganizar instituciones o crear nuevos mercados. Se trata de decidir quién controlará la energía en Costa Rica durante las próximas décadas.

La historia demuestra que las transformaciones más profundas rara vez se presentan como rupturas. Con frecuencia llegan bajo el lenguaje de la modernización, la eficiencia y la actualización institucional. Precisamente por eso es necesario debatir no solo los mecanismos propuestos, sino también el modelo de sociedad que estos ayudan a construir.

La electricidad como derecho social y bien común

Hablar de electricidad únicamente en términos de mercados, tarifas o eficiencia económica es olvidar que detrás de cada kilovatio consumido existen personas, comunidades y territorios que dependen de este servicio para ejercer otros derechos fundamentales.

La electricidad permite el acceso al agua potable mediante sistemas de bombeo, sostiene el funcionamiento de escuelas, hospitales y universidades, posibilita las comunicaciones, la producción de alimentos y el desarrollo de actividades económicas. En la actualidad, incluso el acceso a la información, la educación virtual y numerosos servicios públicos dependen de una conexión eléctrica permanente. Por ello, la electricidad no puede entenderse únicamente como una mercancía: constituye una condición básica para la vida digna.

Reconocer la electricidad como un derecho social implica asumir que su provisión no puede depender exclusivamente de criterios de rentabilidad o de la capacidad de pago de las personas. Significa aceptar que toda la población, independientemente de su ubicación geográfica o condición económica, debe tener garantizado un acceso seguro, continuo y asequible a este servicio esencial.

Esta visión fue uno de los pilares que orientó históricamente la construcción del sistema eléctrico costarricense. La electrificación rural, la expansión de la cobertura nacional y la búsqueda de tarifas solidarias respondieron a la idea de que la energía debía servir al desarrollo del país en su conjunto y no únicamente a la generación de ganancias.

Desde esta perspectiva, la discusión sobre el proyecto de armonización trasciende las cuestiones regulatorias. Lo que está en juego es si la electricidad continuará siendo concebida como un instrumento para garantizar bienestar colectivo, cohesión social y desarrollo territorial equilibrado, o si pasará a organizarse principalmente a partir de las dinámicas propias de los mercados eléctricos.

Defender la electricidad como derecho social no significa rechazar la innovación tecnológica, la participación de nuevos actores o la necesidad de mejorar la gestión del sistema. Significa recordar que la energía es demasiado importante para quedar subordinada exclusivamente a criterios comerciales. La pregunta central no es quién puede generar más electricidad o quién puede venderla más barato. La pregunta fundamental es al servicio de quién debe estar organizado el sistema eléctrico nacional.

En tiempos de crisis climática, desigualdad creciente y disputas por los bienes comunes, defender la electricidad como derecho social es también defender una idea de país donde la energía sea un patrimonio colectivo orientado al bienestar de las generaciones presentes y futuras, y no simplemente un espacio más para la competencia y la acumulación económica.

La discusión sobre la armonización eléctrica es apenas una expresión de un debate mucho más amplio. ¿Qué ocurre cuando bienes esenciales para la vida son reorganizados bajo la lógica del mercado? ¿Qué enseñanzas dejan las experiencias de privatización en América Latina? ¿Qué papel juegan la organización social, la participación ciudadana y la defensa de los bienes comunes en estas disputas?

Estas son algunas de las preguntas que aborda el documento de trabajo Privatización, crisis y resistencia social: la disputa por la energía eléctrica en Costa Rica, donde se exploran conceptos clave para comprender las reformas eléctricas, las experiencias regionales de privatización y resistencia, y los desafíos que enfrenta Costa Rica en la definición de su futuro energético.

El documento completo ya está disponible para descarga aquí.

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Finca 5: cuando la comunidad prepara la pared, también prepara el futuro

Una pintada que empieza mucho antes del color

En Finca 5 se avanza hacia la gran pintada comunitaria del próximo sábado 13 de junio. Pero lo que está ocurriendo en estos días previos está mostrando algo que desborda el propio resultado final: el proceso comunitario como núcleo de la transformación.

Vecinas y vecinos se han organizado para limpiar el espacio, preparar superficies y realizar el repello de la pared donde se realizará el mural. Son tareas que, en apariencia, podrían leerse como simples pasos técnicos previos a la intervención artística. Sin embargo, en la práctica han ido abriendo otro tipo de escena: la del encuentro cotidiano, la coordinación espontánea y la conversación que surge mientras se trabaja.

Así, sin anunciarlo, el mural ha empezado antes de la pintura. Ha comenzado en la organización que lo hace posible.

El valor de una comunidad que trabaja junta

Ese inicio silencioso permite ver algo más profundo: una comunidad no solo se define por el lugar que habita, sino por la manera en que es capaz de actuar en conjunto sobre ese lugar.

En Finca 5, el trabajo compartido no está siendo únicamente una suma de esfuerzos individuales. Está funcionando como una forma de aprendizaje colectivo, donde se redistribuyen tareas, se acuerdan decisiones y se refuerza la idea de que el barrio no es un espacio dado, sino un espacio que se cuida y se construye.

Entre una mezcla de cemento y una conversación sobre el espacio común, se va consolidando algo que no siempre es visible de inmediato: la experiencia de que lo común puede ser gestionado desde abajo, sin depender exclusivamente de intervenciones externas. Esa certeza, aunque se exprese en acciones pequeñas, tiene un alcance más amplio en la vida del territorio.

Y es justamente desde ahí que emerge otra dimensión del proceso.

El entusiasmo como energía que sostiene el proceso

Porque cuando una comunidad empieza a organizarse de esta manera, algo más circula además del trabajo: el entusiasmo.

No un entusiasmo entendido como emoción pasajera, sino como una fuerza que sostiene la continuidad del proceso. Se expresa en la disposición a volver al espacio, en el tiempo compartido que no siempre es obligatorio, en el gesto de sumarse a una tarea que no se hace en solitario sino con otras y otros.

Ese entusiasmo tiene un origen claro: el deseo de ver el propio entorno de otra manera. De imaginarlo distinto, más cuidado, más habitable, más propio. Y en ese deseo se activa una energía colectiva que no se impone, sino que se contagia. Pero ese entusiasmo no aparece en el vacío. Se alimenta de algo más profundo que lo sostiene.

El cariño por el barrio como práctica que organiza lo común

Lo que sostiene ese movimiento es también un afecto concreto por el lugar donde se vive.

En Finca 5, el cuidado del espacio no está siendo entendido como una obligación abstracta, sino como una forma de relación con el barrio. Barrer, preparar una pared o coordinar materiales no son solo acciones funcionales: son expresiones de una manera de habitar.

Ese cariño por el territorio se construye en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo que no siempre se registra como “evento”, pero que da forma a la vida comunitaria. Es un tipo de vínculo que no depende de la propiedad del espacio, sino del compromiso con su bienestar.

Y es precisamente ese vínculo el que permite comprender que lo que está en juego va más allá de una intervención artística puntual.

Más allá del mural: lo que se está construyendo en el proceso

Cuando el mural esté terminado, lo visible será el resultado: los colores sobre la pared, la imagen final, la transformación del espacio. Pero esa superficie no contendrá por sí sola todo lo que la hizo posible.

Lo que quedará por debajo —y al mismo tiempo por encima de la imagen— será el proceso: la coordinación que no fue planificada desde afuera, el trabajo compartido que se fue tejiendo día a día, el entusiasmo que sostuvo la continuidad y el cuidado que hizo posible que el espacio se transformara colectivamente.

Por eso, en Finca 5, lo importante no es solo lo que se verá el día de la inauguración. Es lo que ya está ocurriendo antes de que el color toque la pared.

Porque al final, lo que un mural deja no es únicamente una imagen en el espacio, sino una experiencia compartida que muestra que el territorio también puede ser una construcción común cuando se decide habitarlo de otra manera.

Lo que la universidad aprende cuando camina junto a las comunidades

Experiencias como la que hoy se vive en Finca 5 también nos recuerdan que la relación entre la universidad y las comunidades no puede entenderse únicamente como un proceso de transferencia de conocimientos. Si algo muestran estos días de preparación es que las comunidades poseen saberes, prácticas y formas de organización de las que la universidad tiene mucho que aprender.

Aprende de la capacidad de las personas para convertir un espacio cotidiano en un proyecto común. Aprende de la creatividad con la que se enfrentan las limitaciones materiales. Aprende de la disposición para colaborar sin esperar protagonismos individuales. Y aprende, sobre todo, de una convicción sencilla pero poderosa: que los lugares donde vivimos merecen ser disfrutados, cuidados y transformados colectivamente.

Con frecuencia, los discursos sobre el desarrollo comunitario ponen el énfasis en las carencias de los territorios. Sin embargo, procesos como este invitan a mirar también sus fortalezas. La capacidad de organizarse, de construir acuerdos, de movilizar esfuerzos y de sostener la esperanza en mejoras concretas son recursos tan importantes como cualquier infraestructura o inversión.

Desde la universidad, acompañar estos procesos implica reconocer que el conocimiento también se produce en la práctica cotidiana de las comunidades. Se produce cuando las personas encuentran formas de resolver problemas juntas, cuando cuidan los espacios compartidos y cuando imaginan futuros posibles para sus barrios.

Quizá una de las lecciones más importantes que deja Finca 5 es que la transformación de un territorio no comienza con grandes proyectos ni con intervenciones espectaculares. Muchas veces comienza con algo mucho más sencillo y profundo: el deseo compartido de sentirse bien en el lugar donde se vive.

Y cuando ese deseo se convierte en acción colectiva, cuando las personas se organizan para cuidar, embellecer y disfrutar los espacios que comparten, no solo se transforma una pared o una plaza. Se fortalece el tejido comunitario que hace posible imaginar y construir una vida común más digna.

En ese camino, la universidad no llega únicamente para enseñar. También llega para escuchar, aprender y dejarse transformar por las experiencias, los saberes y la esperanza que habitan en las comunidades. Porque al final, el mural que se está preparando en Finca 5 no solo habla de colores sobre una pared: habla de una comunidad que cree en sí misma y de una universidad que encuentra en esa convicción una fuente permanente de aprendizaje.

Miners affiliated with the Central Obrera Boliviana (COB) and social organizations take part in a protest march called "Bolivia Is Not for Sale" against Decree 5503 and rising diesel and gasoline prices, as they aim to reach the city of La Paz on Monday, in Calamarca, on the outskirts of El Alto, Bolivia, January 3, 2026. REUTERS/Claudia Morales

Cuando la multitud cambia de nombre: Democracia, protesta y doble rasero en la política exterior estadounidense

Hace apenas unas semanas, el subsecretario de Estado de Estados Unidos, Christopher Landau, afirmó que las movilizaciones contra el gobierno boliviano de Rodrigo Paz constituían un “golpe de Estado en desarrollo” financiado por una alianza entre actores políticos y el crimen organizado. La declaración fue posteriormente reforzada por el secretario de Estado Marco Rubio y por el secretario de Defensa Pete Hegseth, quienes insistieron en presentar las protestas como una amenaza contra un gobierno democráticamente electo y como un intento de restaurar viejas estructuras vinculadas al narcotráfico.

Las palabras utilizadas no son menores. En un contexto regional atravesado por profundas tensiones sociales, crisis económicas, conflictos territoriales y procesos de polarización política, definir una movilización como protesta, insurrección, golpe de Estado o amenaza terrorista implica mucho más que una descripción de los hechos. Significa establecer un marco de interpretación que condiciona las respuestas posibles, delimita los márgenes de legitimidad y determina quiénes pueden ser reconocidos como actores políticos y quiénes pasan a ser tratados como enemigos.

Por ello, más allá de la situación específica que atraviesa Bolivia, las declaraciones de los funcionarios estadounidenses abren una discusión más amplia sobre la relación entre democracia, seguridad y poder. Una discusión particularmente relevante cuando se observa que muchos de los sectores políticos que hoy califican las protestas bolivianas como una amenaza para el orden democrático sostuvieron interpretaciones muy distintas frente a uno de los episodios más significativos de la historia política reciente de Estados Unidos: la toma del Capitolio del 6 de enero de 2021.

La disputa por el significado de la multitud

El asalto al Capitolio constituyó un hecho extraordinario. Miles de personas ingresaron por la fuerza al principal símbolo institucional de la democracia estadounidense con el propósito de impedir la certificación de los resultados electorales que darían la victoria a Joe Biden. Hubo enfrentamientos con la policía, ocupación de edificios públicos, amenazas a funcionarios y una interrupción temporal del proceso constitucional.

Sin embargo, lo que resulta especialmente interesante para el análisis político no es únicamente lo ocurrido aquel día, sino la disputa posterior por su significado.

Mientras amplios sectores lo describieron como un intento de insurrección o un ataque contra el orden democrático, buena parte del universo político vinculado al trumpismo impulsó una narrativa distinta. Los participantes fueron presentados como patriotas, ciudadanos preocupados por el futuro del país o víctimas de persecución política. La ocupación violenta de una institución estatal dejó de interpretarse como una amenaza a la democracia y pasó a ser leída, por determinados sectores, como una forma legítima de defenderla.

La pregunta que emerge entonces es incómoda, pero necesaria: ¿qué diferencia una protesta de una insurrección? ¿Qué convierte una movilización en una amenaza contra el orden democrático? ¿Dónde termina el derecho a la resistencia y dónde comienza el intento de subvertir las instituciones?

Las respuestas parecen variar considerablemente según quién protagonice la acción, cuáles intereses estén en juego y desde qué posición de poder se construya el relato dominante.

La geopolítica de la legitimidad

Las declaraciones de Landau, Rubio y Hegseth no pueden interpretarse únicamente como posicionamientos coyunturales frente a la crisis boliviana. Más bien forman parte de una arquitectura discursiva más amplia que hemos venido observando en los recientes documentos de seguridad de la administración Trump, donde la defensa de la democracia aparece crecientemente subordinada a criterios geopolíticos y estratégicos.

En este marco, la democracia deja de operar como una categoría aplicada de manera consistente a todos los actores y situaciones. Su significado comienza a depender de la posición que cada gobierno ocupa dentro de la estructura de alianzas, intereses y prioridades de la política exterior estadounidense. La legitimidad ya no se define exclusivamente por el origen electoral de los gobiernos ni por el respeto a procedimientos institucionales, sino también por su alineamiento con determinados proyectos de seguridad hemisférica.

Esto permite comprender por qué fenómenos similares pueden ser interpretados de formas radicalmente distintas. Cuando un gobierno es considerado un aliado estratégico de Washington, las movilizaciones que cuestionan su continuidad pueden ser presentadas como amenazas a la estabilidad, intentos de desestabilización o incluso procesos de carácter insurreccional. En cambio, cuando las protestas se producen contra gobiernos considerados adversarios o incómodos para los intereses estadounidenses, esas mismas acciones suelen ser leídas como expresiones legítimas de la voluntad popular, luchas por la democracia o procesos de resistencia ciudadana.

La cuestión de fondo, por tanto, ya no es únicamente jurídica ni institucional. Es una disputa profundamente política por la capacidad de nombrar la realidad. Lo que está en juego es quién posee la autoridad para definir cuándo una protesta constituye una expresión democrática, cuándo representa una amenaza al orden constitucional y cuándo debe ser interpretada como un intento de golpe de Estado.

De la lucha contra el narcotráfico a la securitización del conflicto social

La insistencia de los funcionarios estadounidenses en vincular las protestas bolivianas con el narcotráfico resulta particularmente reveladora porque muestra un desplazamiento que hemos venido observando en distintos escenarios de la región.

Durante décadas, América Latina y el Caribe ha sido interpretada a través de marcos que combinan seguridad, terrorismo, narcotráfico, gobernabilidad y estabilidad regional. Estas categorías han servido para justificar intervenciones, programas de cooperación militar, reformas institucionales y dispositivos de vigilancia. Lo novedoso es que actualmente comienzan a fusionarse con una intensidad cada vez mayor.

Cuando la protesta es asociada al crimen organizado, el conflicto deja de ser entendido como una disputa política relacionada con condiciones de vida, modelos económicos o desacuerdos sociales. Se transforma en un problema de seguridad. Y una vez que ocurre esa transformación, las respuestas posibles también cambian radicalmente.

La negociación pierde centralidad frente a la contención. El diálogo es sustituido por la vigilancia. Las demandas sociales dejan de analizarse desde sus causas estructurales para ser interpretadas como factores de riesgo. La política comienza a ser administrada mediante instrumentos policiales, judiciales o militares.

En este sentido, la securitización no consiste únicamente en aumentar la presencia de fuerzas de seguridad. Implica algo más profundo: redefinir la manera en que la sociedad interpreta los conflictos. Lo que antes era leído como desigualdad, exclusión o malestar social pasa a ser leído como amenaza.

¿Quiénes son los “vándalos”?

Las declaraciones del propio gobierno boliviano ofrecen otro elemento importante para esta discusión. Rodrigo Paz anunció su disposición a dialogar con diversos sectores movilizados, pero aclaró que no negociaría con quienes calificó como “vándalos”.

A primera vista podría parecer una afirmación razonable. Sin embargo, desde una perspectiva política, las categorías utilizadas para nombrar a los actores en conflicto poseen una enorme relevancia. Las palabras no son simples descripciones de la realidad. También son instrumentos que organizan la realidad. Determinan quién puede ser escuchado, quién merece reconocimiento institucional y quién queda excluido de los marcos de legitimidad.

Nombrar a una persona como ciudadana implica reconocerle derechos. Definirla como manifestante supone admitir la existencia de una demanda. Reconocerla como opositora significa aceptar que forma parte de un conflicto político legítimo. Pero cuando se la nombra como vándala, criminal o terrorista, el sentido de su acción cambia por completo.

La discusión deja de girar alrededor de las causas del conflicto y se desplaza hacia la necesidad de restaurar el orden. El problema ya no es lo que se reclama, sino la existencia misma del actor que reclama.

Por ello, una de las preguntas más importantes para comprender la coyuntura boliviana no es únicamente qué está ocurriendo en las calles. La cuestión central es quién tiene la capacidad de definir qué significa lo que está ocurriendo.

Cuando la democracia depende de quién protesta

Quizá el aspecto más inquietante de esta discusión no sea la crisis boliviana en sí misma, sino la creciente tendencia a que las categorías políticas pierdan estabilidad. Democracia, protesta, golpe de Estado, terrorismo o seguridad parecen significar cosas distintas según quién las utilice y contra quién se apliquen.

En este escenario, la disputa no se libra únicamente en las calles ni en las instituciones. También ocurre en el terreno del lenguaje. Porque quien logra imponer el significado de los acontecimientos adquiere una enorme capacidad para orientar las respuestas políticas, legitimar determinadas intervenciones y delimitar los márgenes de lo aceptable.

La pregunta que deja abierta el caso boliviano no es solamente si existe o no un intento de desestabilización. La pregunta más profunda es otra: ¿qué ocurre con la democracia cuando el poder de definir quién la defiende y quién la amenaza se concentra cada vez más en actores que también participan activamente de la disputa geopolítica?

En tiempos de securitización creciente, quizás el desafío principal consista precisamente en defender la capacidad de nombrar los conflictos desde la política antes de que sean absorbidos completamente por el lenguaje de la seguridad.

Matriz para analizar la construcción de legitimidad política
Dimensión de análisis¿Qué observar?Preguntas claveSeñales de alertaClaves para la reflexión crítica
Definición del conflictoCómo se describe la situación en disputa¿Se presenta como protesta social, crisis política, insurrección o golpe de Estado?Uso rápido de categorías extremas sin análisis de causasNombrar un conflicto también implica orientar las respuestas posibles frente a él
Producción del enemigoActores identificados como responsables de la crisis¿Quién aparece como amenaza? ¿Quién queda fuera de la legitimidad?Construcción de enemigos amplios y difusosLa figura del enemigo suele simplificar conflictos complejos
Lenguaje de seguridadConceptos dominantes utilizados por autoridades y medios¿Qué palabras se repiten? ¿Terrorismo, narcotráfico, radicalización, orden, estabilidad?Sustitución de categorías políticas por categorías securitariasLa seguridad puede desplazar el debate sobre derechos y demandas sociales
Legitimidad de la protestaTratamiento de las movilizaciones sociales¿Se reconocen sus demandas o se reducen a problemas de orden público?Invisibilización de las causas estructurales del conflictoNo toda protesta es antidemocrática ni toda estabilidad es democrática
Construcción mediáticaRelatos que circulan en medios y plataformas digitales¿Cómo se representa a quienes protestan?Estigmatización sistemática de movimientos socialesLos medios participan activamente en la producción de legitimidad
Actores reconocidosSectores considerados interlocutores válidos¿Quién puede dialogar y quién no?Exclusión previa de actores sociales organizadosLa democracia también se expresa en el reconocimiento del conflicto
Actores excluidosSectores deslegitimados¿Quién es nombrado como vándalo, criminal, extremista o terrorista?Etiquetas que sustituyen el análisis políticoLas categorías de exclusión reducen la complejidad social
Relación con intereses geopolíticosPosición estratégica del país o gobierno involucrado¿Existen intereses económicos, militares o diplomáticos en juego?Apoyo internacional selectivoLa legitimidad suele construirse también desde relaciones de poder global
Uso del narcotráfico o terrorismoAsociación entre protesta y crimen organizado¿Se presentan pruebas o solo afirmaciones generales?Expansión de categorías penales hacia actores políticosLa criminalización puede operar mediante asociaciones discursivas
Intervención internacionalParticipación de actores externos en la crisis¿Se presenta como cooperación, apoyo o defensa de la democracia?Incremento de asistencia militar o de seguridadAnalizar quién define la amenaza y quién se beneficia de esa definición
Impacto democráticoConsecuencias sobre derechos y participación¿Se amplía o se restringe el espacio para la disidencia?Militarización, vigilancia o restricciones a la protestaLa democracia se mide también por su capacidad para procesar el conflicto
Producción de consensoNarrativas que buscan instalar una interpretación dominante¿Qué lectura se intenta convertir en sentido común?Uniformidad discursiva entre gobiernos, medios y actores internacionalesAnalizar quién tiene capacidad para imponer significados
Doble rasero democráticoDiferencias en la interpretación de situaciones similares¿Se aplican los mismos criterios a aliados y adversarios?Cambios en el lenguaje según el actor involucradoComparar narrativas permite identificar sesgos y relaciones de poder
Escenarios de resistenciaEspacios donde se disputan los significados del conflicto¿Quién cuestiona la narrativa dominante?Invisibilización de voces alternativasToda coyuntura es también una disputa por el sentido
Pregunta de fondoLo que la coyuntura revela sobre el sistema político¿Quién tiene el poder de definir qué es democracia y qué es amenaza?Concentración del poder de nombrarLa lucha política también es una lucha por el significado de los acontecimientos
Preguntas orientadoras para talleres, círculos de estudio o análisis de coyuntura
  1. ¿Quién está definiendo lo que ocurre?
  2. ¿Qué actores son considerados legítimos y cuáles son excluidos?
  3. ¿Qué papel juega el lenguaje de la seguridad en la interpretación del conflicto?
  4. ¿Cómo cambia el significado de una protesta según quién la protagonice?
  5. ¿Qué intereses económicos o geopolíticos atraviesan la narrativa dominante?
  6. ¿Qué voces están ausentes o invisibilizadas?
  7. ¿Se están aplicando los mismos criterios a situaciones comparables?
  8. ¿Qué impactos tiene esta narrativa sobre la democracia y los derechos ciudadanos?
  9. ¿Cómo se relaciona esta coyuntura con procesos más amplios de securitización y criminalización de la disidencia?
  10. ¿Qué otras formas de nombrar y comprender el conflicto son posibles?
La protesta social como bien común bajo asedio

Más allá de las disputas coyunturales que atraviesan Bolivia, lo que está en juego es una transformación más profunda del lugar que ocupa la protesta social dentro de las democracias contemporáneas. Cuando las movilizaciones comienzan a ser interpretadas prioritariamente desde marcos de seguridad, terrorismo, crimen organizado o amenaza a la estabilidad, la protesta deja de ser reconocida como una expresión legítima del conflicto social y pasa a convertirse en un objeto de vigilancia, control y contención.

Esta transformación tiene implicaciones que trascienden a cualquier gobierno o coyuntura particular. La protesta social constituye uno de los bienes comunes fundamentales de toda sociedad democrática. No pertenece a una organización específica, a una ideología determinada ni a un sector político concreto. Es una capacidad colectiva construida históricamente por pueblos, movimientos sociales, sindicatos, comunidades indígenas, organizaciones estudiantiles, movimientos de mujeres y múltiples actores que han encontrado en la movilización una herramienta para defender derechos, disputar sentidos y ampliar horizontes democráticos.

Sin esa capacidad de protesta, muchas de las conquistas sociales que hoy se consideran normales simplemente no existirían. Los derechos laborales, la educación pública, la seguridad social, el sufragio universal, los derechos civiles y las luchas por la justicia ambiental surgieron precisamente de procesos de organización y movilización que, en distintos momentos históricos, fueron también acusados de alterar el orden, generar inestabilidad o amenazar intereses establecidos.

Lo que observamos actualmente es la emergencia de un escenario donde esa capacidad colectiva comienza a ser crecientemente problematizada. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos y las declaraciones de altos funcionarios estadounidenses sugieren una ampliación de los marcos de securitización hacia ámbitos tradicionalmente pertenecientes a la esfera política. En este contexto, las demandas sociales pueden ser reinterpretadas como amenazas estratégicas, los conflictos territoriales como riesgos para la estabilidad hemisférica y las organizaciones populares como potenciales focos de radicalización.

La preocupación no radica únicamente en el uso de determinadas categorías discursivas. Lo verdaderamente significativo es que dichas categorías provienen de una potencia que continúa ejerciendo una enorme influencia política, económica, diplomática y militar sobre América Latina y el Caribe. Cuando Estados Unidos redefine las amenazas que considera prioritarias para la seguridad hemisférica, esa redefinición tiende a irradiarse hacia instituciones de seguridad, sistemas judiciales, políticas públicas, programas de cooperación y marcos regulatorios en toda la región.

Por ello, el problema no es solamente semántico. La manera en que se nombran los conflictos tiene consecuencias materiales. Las categorías de terrorismo, narcotráfico, extremismo o radicalización pueden habilitar mayores niveles de vigilancia, fortalecer mecanismos de control territorial, justificar procesos de militarización y ampliar las capacidades de intervención estatal sobre actores sociales considerados problemáticos.

En este sentido, resulta legítimo preguntarse si estamos asistiendo a una nueva fase del intervencionismo hemisférico. Ya no necesariamente basada en las formas clásicas de ocupación, tutela o intervención directa que caracterizaron otros momentos de la historia latinoamericana y caribeña, sino en mecanismos más sofisticados de producción de amenazas, alineamiento estratégico y gobernanza de la seguridad. Un imperialismo que no siempre necesita desembarcar tropas porque opera a través de doctrinas, marcos interpretativos, dispositivos tecnológicos, cooperación securitaria y narrativas capaces de definir quién representa el orden y quién encarna el peligro.

Desde esta perspectiva, la disputa por la protesta social adquiere una relevancia estratégica. Defender la protesta no implica respaldar acríticamente todas las movilizaciones ni desconocer que puedan existir expresiones violentas dentro de determinados conflictos. Implica reconocer que la posibilidad de cuestionar el poder, expresar desacuerdos y organizar respuestas colectivas constituye una condición fundamental para cualquier proyecto democrático.

La pregunta que emerge entonces no es únicamente qué ocurre en Bolivia, sino qué tipo de democracia se está configurando en el continente. Una democracia donde el conflicto social siga siendo reconocido como parte constitutiva de la vida política o una democracia crecientemente subordinada a lógicas de seguridad que transforman la diferencia en amenaza y la disidencia en sospecha.

En tiempos de crisis múltiples —económicas, climáticas, energéticas y geopolíticas— esta discusión adquiere una importancia decisiva. Porque si la protesta social deja de ser entendida como un derecho colectivo y comienza a ser administrada como un problema de seguridad, lo que se erosiona no es solamente la capacidad de movilización de determinados movimientos sociales. Lo que se pone en riesgo es uno de los bienes comunes más importantes de nuestras sociedades: la posibilidad de imaginar, disputar y construir futuros distintos.

Referencias:

Agence France Presse. (2026, 5 de junio). EEUU dice que «está vigilando» la crisis en Bolivia y anuncia una ayuda de emergencia. AFP. 

Ceceña, Ana Esther (Coord.). (2004). Hegemonías y emancipaciones en el siglo XXI. CLACSO.

Rogero, Tiago (2026, 20 de mayo). Bolivia rocked by protests as US warns of ‘coup d’état’. The Guardian.

The White House. (2025). National Security Strategy of the United States of America. The White House.

Esta publicación forma parte de la colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes, un espacio de análisis crítico que, desde la antigeopolítica, la ecología política y la defensa de los bienes comunes, busca leer el mundo desde los territorios, las comunidades y las resistencias que sostienen la vida frente a las múltiples formas de despojo, militarización, extractivismo y dominación.

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«No estamos para bajarle línea a los chicos»: el Indio Solari, las juventudes y la crítica al adultocentrismo

En una entrevista realizada en 1997, el Indio Solari dejó una frase que, vista desde el presente, parece haber envejecido mejor que muchas teorías sobre participación juvenil:

«No estamos para bajarle línea a los chicos, sino para escucharlos, porque en sus nervios hay mucha más información del futuro que la que tipos de nuestra edad puedan tener». 

La frase suele circular como una muestra de simpatía hacia las juventudes. Sin embargo, contiene algo más profundo. Es una crítica a una forma particular de entender la autoridad, el conocimiento y la política: el adultocentrismo.

El problema no es la edad

El adultocentrismo no consiste simplemente en que las personas adultas ocupen espacios de responsabilidad. El problema aparece cuando la edad se convierte en una fuente automática de legitimidad para hablar y decidir, mientras las personas jóvenes son consideradas inexpertas, inmaduras o incapaces de comprender plenamente los asuntos públicos.

Desde esta lógica, las juventudes son vistas como sujetos en preparación. Todavía no saben. Todavía no entienden. Todavía no están listas. Por eso se les escucha poco y se les explica mucho.

La frase del Indio invierte esa relación. No plantea que las personas jóvenes tengan siempre la razón. Tampoco idealiza la juventud. Lo que propone es algo más incómodo: reconocer que existen conocimientos que los adultos no poseen y que las nuevas generaciones pueden percibir procesos históricos, culturales y políticos que quienes ocupan posiciones de autoridad todavía no alcanzan a comprender.

Los nervios como categoría política

Quizás la palabra más interesante de la frase sea «nervios».

El Indio no habla de programas políticos, diagnósticos técnicos o planes estratégicos. Habla de nervios. Habla de inquietudes, malestares, preguntas, incertidumbres y deseos.

Es decir, de aquello que suele ser desestimado por las instituciones precisamente porque todavía no ha sido convertido en discurso oficial. Sin embargo, muchas transformaciones históricas comenzaron de esa manera.

Antes de convertirse en leyes, investigaciones o políticas públicas, fueron incomodidades. Fueron preguntas. Fueron personas jóvenes señalando problemas que buena parte de la sociedad prefería ignorar.

Las luchas por los derechos civiles, los movimientos estudiantiles, los feminismos, las reivindicaciones ambientales o las demandas por diversidad sexual suelen haber sido protagonizadas por generaciones que fueron acusadas de exagerar, de ser inmaduras o de no comprender la realidad.

Con frecuencia, el tiempo terminó dándoles la razón.

Escuchar no es tolerar

Existe una diferencia importante entre tolerar a las juventudes y escucharlas. La tolerancia puede ser una práctica vertical. El adulto conserva el poder y permite que otros se expresen.

Escuchar implica algo distinto.

-Implica aceptar la posibilidad de aprender.

-Implica reconocer que el conocimiento no circula únicamente desde arriba hacia abajo.

-Implica admitir que las instituciones pueden equivocarse y que quienes parecen tener menos experiencia pueden estar identificando problemas que otros no ven.

Por eso escuchar resulta tan difícil. No exige únicamente paciencia. Exige humildad.

Universidades y democracia

Esta discusión resulta especialmente relevante para las universidades. Con frecuencia las instituciones de educación superior afirman promover el pensamiento crítico, la participación y el debate. Sin embargo, cuando las voces estudiantiles cuestionan decisiones institucionales, muchas veces la conversación se desplaza rápidamente hacia los procedimientos, las formalidades o las competencias.

Los reglamentos son necesarios. Las estructuras organizativas también.

Pero ninguna institución puede reducir los conflictos políticos a problemas administrativos sin correr el riesgo de perder de vista aquello que les dio origen.

Escuchar a las juventudes no significa aceptar automáticamente todas sus demandas. Significa tomarlas suficientemente en serio como para discutirlas.

Una lección vigente

Quizás esa sea una de las razones por las que la frase del Indio sigue circulando casi treinta años después.

No porque ofrezca una respuesta definitiva. Sino porque nos recuerda algo que las instituciones, las organizaciones y las personas adultas olvidan con frecuencia: el futuro no suele anunciarse desde los espacios más poderosos.

A veces aparece primero en la incomodidad. En la pregunta que nadie quería escuchar. En la protesta que parecía exagerada.

O, como diría el propio Indio, en los nervios de quienes todavía están intentando nombrar el mundo que viene.

Escucharlos no es un acto de cortesía. Es una forma de comprender el tiempo que habitamos.

Para cerrar, la frase del Indio Solari no solo invita a pensar la relación entre generaciones, sino también a detenerse en aquello que no siempre logra convertirse en discurso: los malestares, las intuiciones y las formas de percepción que emergen antes de ser nombradas. En ese sentido, la crítica al adultocentrismo no se agota en el plano de las ideas, sino que también se juega en la sensibilidad con la que aprendemos a escuchar lo que todavía no tiene forma estable.

Quizás por eso, más que explicarse completamente, esta reflexión puede ser acompañada. Una manera de hacerlo es volver a una de las canciones del propio Indio Solari, donde estas tensiones aparecen en otro registro, no conceptual sino musical. Se trata de “Juguetes perdidos”, una pieza que no ofrece respuestas cerradas, pero sí abre un territorio de imágenes, sensaciones y desbordes que dialogan con la idea de lo juvenil como potencia de percepción y no solo como etapa de espera.

Escucharla después de este texto no es un cierre ilustrativo, sino una invitación a desplazar la reflexión hacia otro lenguaje: el sonido como otra forma de pensar lo social, lo generacional y lo político.

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Convocatoria-Cuando educar es organizar: metodologías participativas para leer y transformar la realidad

¿Cómo construimos espacios de participación que vayan más allá de una reunión o una dinámica? ¿Cómo facilitamos procesos que permitan comprender críticamente la realidad, fortalecer la organización y generar acciones transformadoras? ¿Qué metodologías necesitamos para acompañar los desafíos que enfrentan hoy las comunidades, organizaciones y movimientos sociales?

Estas preguntas son el punto de partida del curso-taller «Cuando educar es organizar: metodologías participativas para leer y transformar la realidad», una propuesta formativa orientada a personas que desarrollan procesos educativos, comunitarios, organizativos, culturales o institucionales y que desean fortalecer herramientas para la participación, el diálogo y la construcción colectiva de conocimientos.

El curso parte de una convicción sencilla pero profunda: las metodologías no son neutrales. Cada dinámica, cada taller y cada proceso participativo expresa una forma de entender el poder, el aprendizaje, la comunidad y la transformación social. Por ello, más que aprender un conjunto de técnicas, la propuesta busca reflexionar críticamente sobre las decisiones éticas, políticas y pedagógicas que están presentes en todo proceso educativo.

A lo largo de cinco sesiones presenciales, las personas participantes explorarán temas como la lectura crítica de la realidad desde la experiencia y el territorio; los aportes de la educación popular y las pedagogías críticas latinoamericanas; el diseño de metodologías participativas para la acción colectiva; la participación y sus desafíos; la sistematización de experiencias como herramienta para producir conocimiento desde la práctica; y la elaboración de materiales pedagógicos contextualizados.

El proceso combinará diálogo de saberes, trabajo desde la experiencia, reflexión colectiva, recursos lúdicos y ejercicios de diseño metodológico, con el propósito de fortalecer la autonomía pedagógica de quienes participan y aportar herramientas concretas para sus propios espacios organizativos y comunitarios.

En tiempos donde la aceleración de la vida cotidiana, las desigualdades persistentes y la fragmentación social desafían la construcción de lo común, este curso-taller propone recuperar la educación como práctica colectiva, como ejercicio de organización y como herramienta para imaginar y construir otros mundos posibles.

Fechas: 11, 18 y 25 de julio; 1 y 8 de agosto.

Hora: 10:00 am

Lugar: MUSADE, San Ramón.

Modalidad: Presencial.

Duración: 30 horas certificadas.

Inscripciones: https://forms.gle/CcCSXnfrD8NEYiQm7

Cupo limitado.

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Entre la Babel digital y la comunidad posible: inteligencia artificial, justicia socioecológica y bienes comunes

Las grandes transformaciones de una época no pueden ser comprendidas desde una sola disciplina, una única tradición de pensamiento o un único espacio institucional. La inteligencia artificial es uno de esos fenómenos que desbordan fronteras: involucra cuestiones tecnológicas, económicas, políticas, culturales, ambientales y éticas que afectan de manera creciente la vida cotidiana de millones de personas.

En este contexto, documentos como Magnifica Humanitas, la encíclica del papa León XIV dedicada a la inteligencia artificial, representan una oportunidad para ampliar la conversación pública. Más allá de las convicciones religiosas de cada persona, este tipo de textos posee la capacidad de convocar diálogos entre distintos sectores sociales, disciplinas académicas, tradiciones culturales y perspectivas éticas en torno a preguntas que nos conciernen a todas y todos.

Su relevancia no radica únicamente en las respuestas que propone, sino también en las preguntas que coloca sobre la mesa. ¿Qué entendemos por progreso en una época marcada por la automatización y los algoritmos? ¿Cómo garantizar que las innovaciones tecnológicas fortalezcan la dignidad humana y no profundicen desigualdades? ¿Qué responsabilidades tenemos frente a los impactos sociales y ambientales de la revolución digital? ¿Cómo construir futuros compartidos en un contexto de creciente concentración de poder tecnológico?

Desde el Observatorio de Bienes Comunes nos interesa especialmente esta capacidad de generar espacios de encuentro y deliberación sobre asuntos que afectan la vida colectiva. La inteligencia artificial no es solamente una cuestión técnica. También es una cuestión de democracia, de justicia social, de sostenibilidad ecológica y de distribución del poder.

Por ello, proponemos una lectura de Magnifica Humanitas desde la perspectiva de la justicia socioecológica. Entendemos por ello una mirada que reconoce que las desigualdades sociales y las crisis ambientales no son problemas separados, sino expresiones de un mismo modelo de desarrollo. Desde esta perspectiva, la pregunta central no es únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino al servicio de quiénes se desarrolla, qué formas de vida fortalece y cuáles son sus consecuencias para las personas, las comunidades, los territorios y las generaciones futuras.

Las reflexiones que siguen no buscan ofrecer una interpretación definitiva de la encíclica. Más bien pretenden contribuir a una conversación amplia y plural sobre uno de los desafíos más importantes de nuestro tiempo: cómo orientar las transformaciones tecnológicas hacia horizontes de justicia, cuidado y bien común.

Justicia socioecológica e inteligencia artificial: una pregunta por el futuro de lo humano y de la Casa Común

Con frecuencia, las discusiones sobre inteligencia artificial se concentran en la velocidad de los avances tecnológicos, la innovación empresarial o la competencia geopolítica. Sin embargo, León XIV propone una pregunta distinta: ¿qué tipo de desarrollo humano estamos construyendo a través de estas tecnologías?

La inteligencia artificial ya interviene en decisiones relacionadas con el acceso al empleo, la educación, la salud, el crédito, la seguridad y la información. Sus efectos no son abstractos. Moldean oportunidades, distribuyen recursos, condicionan decisiones y transforman las relaciones sociales.

La encíclica advierte que la innovación tecnológica no puede evaluarse únicamente desde criterios de eficiencia o productividad. Una tecnología es verdaderamente humana cuando contribuye a fortalecer la dignidad de las personas, amplía las posibilidades de participación y favorece el bien común.

Pero esta preocupación no se limita a la esfera social. León XIV insiste en que tampoco puede existir un auténtico progreso cuando este se construye a costa de los ecosistemas, de los territorios o de las generaciones futuras. La justicia social y el cuidado de la Casa Común forman parte de una misma responsabilidad ética.

Por ello, la inteligencia artificial nos confronta con preguntas fundamentales. ¿Quiénes se benefician de estos avances? ¿Quiénes quedan excluidos? ¿Qué impactos producen sobre los territorios y las comunidades? ¿Cómo garantizar que el desarrollo tecnológico contribuya a una sociedad más justa y a una relación más respetuosa con la naturaleza?

Estas preguntas adquieren una profundidad particular cuando son observadas desde quienes históricamente han soportado las mayores cargas de las desigualdades.

La opción preferencial por los pobres en la era de la inteligencia artificial

Uno de los aportes más significativos de Magnifica Humanitas es recordar que la opción preferencial por los pobres continúa siendo un criterio indispensable para discernir los procesos de transformación social.

Aplicada a la inteligencia artificial, esta perspectiva invita a desplazar la mirada. En lugar de comenzar por las capacidades técnicas de los sistemas, nos propone comenzar por las personas que enfrentan mayores condiciones de vulnerabilidad.

La pregunta ya no es únicamente si la inteligencia artificial funciona, sino para quién funciona. ¿Reduce desigualdades o las amplía? ¿Genera nuevas oportunidades o profundiza exclusiones históricas? ¿Facilita el acceso al conocimiento y a los servicios básicos o crea nuevas brechas digitales?

Desde esta perspectiva, la justicia tecnológica exige garantizar acceso equitativo a las herramientas digitales, proteger a las personas trabajadoras frente a procesos de automatización excluyentes y asegurar que los beneficios económicos derivados de la innovación contribuyan al bienestar colectivo.

Sin embargo, la opción preferencial por los pobres no consiste únicamente en proteger a quienes enfrentan situaciones de exclusión. También implica reconocerlos como protagonistas en la construcción de los futuros digitales. Las comunidades históricamente marginadas poseen conocimientos, experiencias y perspectivas fundamentales para orientar el desarrollo tecnológico hacia horizontes más justos.

Mirar la inteligencia artificial desde los márgenes permite comprender mejor las desigualdades que atraviesan nuestras sociedades. Pero también permite reconocer otra dimensión frecuentemente invisibilizada: los impactos ambientales que sostienen la revolución digital.

La huella oculta de la inteligencia artificial: ecología integral y Casa Común

Con frecuencia imaginamos la inteligencia artificial como una realidad inmaterial, alojada en una nube invisible que opera lejos de los territorios y de la naturaleza. Sin embargo, la encíclica recuerda que toda tecnología tiene una materialidad concreta.

Detrás de cada sistema de inteligencia artificial existen centros de datos que consumen grandes cantidades de energía y agua, redes globales de infraestructura digital y complejas cadenas de extracción de minerales necesarios para fabricar dispositivos, servidores y microprocesadores.

La economía digital depende de bienes naturales, trabajo humano y territorios concretos. Por ello, no puede pensarse al margen de la crisis ecológica contemporánea.

Desde la perspectiva de la ecología integral, la pregunta no puede limitarse a la eficiencia tecnológica. También debemos preguntarnos quiénes soportan los costos ambientales de estos avances. En muchas ocasiones, las comunidades que enfrentan los impactos de la minería, la contaminación o la degradación ecológica son las mismas que menos participan de los beneficios generados por la economía digital.

La encíclica insiste en que no existe una verdadera justicia social sin justicia ecológica. La dignidad humana y el cuidado de la naturaleza forman parte de una misma realidad. Cuando los ecosistemas son degradados, también se deterioran las condiciones de vida de las personas y comunidades que dependen de ellos.

Por ello, la inteligencia artificial debe ser evaluada no solamente por lo que hace con las personas, sino también por lo que hace con los territorios, los bienes comunes y las generaciones futuras.

Esta reflexión conduce inevitablemente a una cuestión más amplia: ¿qué horizonte de sociedad estamos construyendo mediante estas tecnologías?

Entre la Babel digital y la comunidad posible

Una de las imágenes más sugerentes de Magnifica Humanitas es la contraposición entre Babel y Jerusalén. León XIV recupera estas figuras para iluminar una decisión profundamente contemporánea.

Babel representa la tentación de una humanidad fascinada por su propio poder. Es la ciudad construida desde la lógica de la acumulación y la autosuficiencia, donde la capacidad técnica termina confundida con desarrollo humano. En esta visión, la eficiencia se convierte en el criterio supremo y las personas corren el riesgo de ser reducidas a datos, métricas o recursos productivos.

No resulta difícil identificar algunos rasgos de esta Babel en el presente. Grandes corporaciones concentran cantidades inéditas de información sobre nuestras vidas. Los beneficios económicos de la innovación se acumulan en pocas manos. Los costos sociales y ambientales suelen desplazarse hacia comunidades periféricas o históricamente vulnerabilizadas.

Frente a esta imagen, la encíclica recupera la experiencia de la reconstrucción de Jerusalén. Allí la ciudad no se levanta desde el poder de unos pocos, sino desde el esfuerzo compartido de una comunidad diversa. Cada persona aporta una parte de la tarea común y la construcción colectiva se convierte en una expresión de corresponsabilidad.

Esta metáfora ofrece una clave poderosa para pensar la inteligencia artificial. El desafío no consiste únicamente en desarrollar tecnologías más avanzadas, sino en construir procesos democráticos capaces de orientarlas hacia el bien común.

La comunidad posible que imagina León XIV no rechaza la tecnología. Tampoco se entrega a ella de manera ingenua. Propone una gobernanza democrática, una responsabilidad compartida y una cultura del encuentro capaz de poner la innovación al servicio de la justicia, la sostenibilidad y la dignidad humana.

Una conversación necesaria para nuestro tiempo

Desde el Observatorio de Bienes Comunes consideramos que ninguna tradición, disciplina o comunidad posee por sí sola todas las respuestas frente a los desafíos que plantea la inteligencia artificial. Precisamente por ello valoramos la importancia de abrir espacios de diálogo amplios, diversos y democráticos.

Esta reflexión se enriquece cuando participan personas creyentes y no creyentes, comunidades religiosas, movimientos sociales, universidades, pueblos indígenas, organizaciones comunitarias, personas trabajadoras del sector tecnológico y quienes viven cotidianamente las consecuencias de las desigualdades sociales y ambientales.

En este sentido, el diálogo ecuménico e interreligioso adquiere una relevancia particular. Las distintas tradiciones espirituales han reflexionado durante siglos sobre la dignidad humana, la justicia, el cuidado de la vida y la responsabilidad ética. Sus aportes pueden ayudar a ampliar una conversación que con frecuencia queda reducida a indicadores de eficiencia o rentabilidad.

Del mismo modo, resulta indispensable promover el encuentro entre saberes científicos, técnicos, comunitarios, territoriales y culturales. Los desafíos asociados a la inteligencia artificial son demasiado complejos para ser abordados desde una única perspectiva.

Por eso proponemos esta reflexión. No para ofrecer respuestas definitivas, sino para contribuir a una conversación colectiva sobre los bienes comunes de nuestro tiempo. La pregunta fundamental no es únicamente qué futuro tendrá la inteligencia artificial. La verdadera pregunta es qué futuro queremos construir como sociedad y qué lugar ocuparán en él la justicia social, el cuidado de la Casa Común, la democracia y la dignidad de todas las personas.

El futuro no está escrito en los algoritmos. El futuro seguirá dependiendo de nuestra capacidad para construir comunidad, cuidar los bienes comunes y poner la tecnología al servicio de la vida.

Una herramienta para conversar sobre inteligencia artificial desde la justicia socioecológica

La inteligencia artificial suele presentarse como un asunto técnico reservado a especialistas. Sin embargo, sus impactos atraviesan dimensiones fundamentales de la vida colectiva: el trabajo, la educación, la democracia, la cultura, la economía, los territorios y la naturaleza. Por ello, comprender sus implicaciones requiere ampliar la conversación más allá de los espacios tecnológicos e incorporar preguntas éticas, políticas, sociales y ecológicas.

La siguiente matriz busca contribuir a ese diálogo. No pretende ofrecer respuestas definitivas ni establecer posiciones cerradas sobre la inteligencia artificial. Más bien propone una herramienta de reflexión y discernimiento que permita analizar sus potencialidades, riesgos y desafíos desde la perspectiva de la justicia socioecológica.

La propuesta se inspira en tres claves de lectura presentes en Magnifica Humanitas y relevantes para el debate contemporáneo. La primera es la convicción de que la justicia social y la justicia ecológica forman parte de una misma realidad: no es posible construir sociedades justas sobre territorios degradados ni proteger la naturaleza ignorando las desigualdades humanas. La segunda es la opción preferencial por los pobres, entendida como la invitación a observar los procesos de transformación tecnológica desde la experiencia y las necesidades de quienes suelen quedar excluidos de sus beneficios o cargar con sus costos. La tercera es la tensión entre la Babel digital y la comunidad posible, una imagen que nos invita a preguntarnos si las tecnologías están siendo utilizadas para concentrar poder y profundizar desigualdades o para fortalecer la cooperación, la democracia y el bien común.

Cada dimensión incluida en la matriz puede analizarse de manera independiente, pero adquiere mayor sentido cuando se relaciona con las demás. Los problemas asociados a la inteligencia artificial rara vez son únicamente tecnológicos. Se encuentran entrelazados con dinámicas económicas, estructuras de poder, conflictos territoriales, modelos de desarrollo y visiones sobre el futuro.

Por ello, más que una herramienta de evaluación técnica, esta matriz busca ser una invitación a la conversación colectiva. Una invitación a preguntarnos no solo qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué tipo de sociedad, qué relación con la naturaleza y qué horizonte de vida compartida queremos construir mediante ella.

Matriz de reflexión: Justicia socioecológica, opción preferencial por los pobres e inteligencia artificial
DimensiónPregunta de análisisMirada desde la opción preferencial por los pobresRiesgos y tensiones (Babel digital)Horizontes de transformación (Comunidad posible)
Acceso al conocimiento¿Quién puede acceder a la información y a las herramientas digitales?¿Quiénes quedan excluidos por razones económicas, territoriales, educativas o lingüísticas?Nuevas brechas digitales y exclusión tecnológica.Democratización del conocimiento y acceso universal a capacidades digitales.
Trabajo y medios de vida¿Cómo transforma la IA el trabajo humano?¿Qué ocurre con quienes dependen de empleos susceptibles de automatización?Desempleo, precarización y concentración de beneficios.Transición justa, protección laboral y redistribución de beneficios tecnológicos.
Educación¿La IA fortalece o debilita los procesos educativos?¿Las comunidades con menos recursos pueden beneficiarse de estas herramientas?Concentración de oportunidades y dependencia tecnológica.Educación crítica, inclusiva y orientada al bien común.
Salud y bienestar¿La IA mejora el acceso a la salud?¿Las poblaciones rurales, migrantes o empobrecidas reciben los mismos beneficios?Exclusión de quienes tienen menor acceso a infraestructura digital.Salud como derecho fortalecida por tecnologías accesibles e inclusivas.
Democracia y participación¿Quién participa en las decisiones sobre la IA?¿Las voces históricamente excluidas son escuchadas?Concentración del poder comunicativo y manipulación de información.Participación ampliada y gobernanza democrática de la tecnología.
Derechos humanos¿La IA protege o vulnera derechos?¿Quiénes sufren más intensamente los errores y sesgos algorítmicos?Vigilancia, discriminación y criminalización de poblaciones vulnerables.Transparencia, rendición de cuentas y protección efectiva de derechos.
Distribución de la riqueza¿Quién captura los beneficios económicos de la IA?¿Las comunidades empobrecidas participan de estos beneficios?Concentración de riqueza en corporaciones tecnológicas.Economía orientada al bien común y distribución equitativa de beneficios.
Diversidad cultural¿Qué conocimientos y culturas alimentan la IA?¿Se reconocen los saberes de pueblos indígenas y comunidades locales?Homogeneización cultural y colonialismo digital.Pluralidad de saberes y reconocimiento de la diversidad cultural.
Territorios y bienes comunes¿Cómo afecta la IA a los territorios donde se extraen recursos y se instala infraestructura?¿Qué comunidades asumen los costos territoriales de la revolución digital?Sacrificio de territorios periféricos y apropiación de bienes comunes.Gestión democrática de los bienes comunes y justicia territorial.
Naturaleza y Casa Común¿Cuál es la huella ecológica de la inteligencia artificial?¿Quiénes enfrentan las consecuencias de la degradación ambiental asociada a estas tecnologías?Sobreconsumo energético, extractivismo y deterioro ecológico.Tecnologías compatibles con la sostenibilidad y la justicia ecológica.
Generaciones futuras¿Qué mundo heredarán las próximas generaciones?¿Cómo evitar que las decisiones actuales trasladen costos al futuro?Desarrollo de corto plazo que compromete la sostenibilidad de la vida.Responsabilidad intergeneracional y cuidado de la Casa Común.
Gobernanza tecnológica¿Quién diseña, controla y regula la IA?¿Las personas más afectadas participan en esas decisiones?Concentración de poder en corporaciones y élites tecnológicas.Gobernanza democrática, transparencia y corresponsabilidad social.
Bien común¿La IA fortalece las condiciones para una vida digna para todas las personas?¿Mejora la situación de quienes enfrentan mayores condiciones de exclusión?Tecnología subordinada al lucro y la acumulación.Innovación orientada al cuidado, la solidaridad y la dignidad humana.
Preguntas transversales

Justicia socioecológica

  • ¿Quiénes reciben los beneficios y quiénes asumen los costos de esta tecnología?

  • ¿Qué impactos produce sobre las personas, los territorios y los ecosistemas?

  • ¿Contribuye a reducir desigualdades o las profundiza?

Opción preferencial por los pobres

  • ¿Qué cambia en nuestro análisis cuando comenzamos por escuchar a quienes suelen quedar al margen?

  • ¿Esta innovación amplía las posibilidades de vida digna para las personas y comunidades más vulnerabilizadas?

  • ¿Quiénes no están presentes en las decisiones sobre el desarrollo tecnológico?

Babel digital o comunidad posible

  • ¿Esta tecnología fortalece la concentración del poder o la participación democrática?

  • ¿Promueve relaciones de competencia y exclusión o de cooperación y cuidado mutuo?

  • ¿Contribuye al bien común o a la acumulación de beneficios para unos pocos?

Desde la perspectiva de la justicia socioecológica, una tecnología no puede evaluarse únicamente por su eficiencia, velocidad o capacidad de procesamiento. Debe evaluarse por su capacidad para fortalecer la dignidad humana, reducir desigualdades, cuidar la Casa Común, democratizar el poder y ampliar las posibilidades de una vida buena para las generaciones presentes y futuras.

La pregunta decisiva no es qué tan inteligente puede llegar a ser una máquina, sino qué tan capaces somos de orientar la inteligencia humana y colectiva hacia la construcción de comunidades más justas, sostenibles y solidarias.

 

Referencias:

Gutiérrez, G. (1971). Teología de la liberación: Perspectivas. Centro de Estudios y Publicaciones.

León XIV. (2026). Magnifica Humanitas: Sobre la inteligencia artificial, la dignidad humana y el bien común. Libreria Editrice Vaticana.

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El oficio de mover un país: relatos de trabajadores ferroviarios

¿Qué significa haber trabajado en el ferrocarril? ¿Qué saberes se construyen a lo largo de años de oficio? ¿Qué ocurre cuando esas memorias se encuentran con una generación que nunca vio pasar el tren?

Estas fueron algunas de las preguntas que acompañaron el encuentro realizado el pasado 17 de mayo de 2026 en Finca 5, donde extrabajadores ferroviarios compartieron sus experiencias de vida, sus recuerdos y reflexiones sobre el trabajo en el ferrocarril, en una jornada que reunió memoria, comunidad y diálogo intergeneracional.

Más allá de reconstruir una historia institucional del tren, el encuentro buscó escuchar las voces de quienes sostuvieron cotidianamente el funcionamiento de la línea férrea: maquinistas, trabajadores de mantenimiento y personas que dedicaron parte importante de sus vidas al ferrocarril. A través de sus relatos fue posible conocer las condiciones de trabajo de la época, los desafíos que enfrentaban, los conocimientos que desarrollaron en el oficio y los vínculos humanos que se construían alrededor del tren.

Los saberes que nacen del trabajo

Una de las reflexiones que atravesó la jornada fue la importancia de reconocer los saberes construidos en el trabajo.

Muchas veces se habla del ferrocarril desde la infraestructura, las locomotoras o las políticas públicas, pero menos atención reciben las personas que hicieron posible su funcionamiento. Sin embargo, detrás de cada recorrido existían conocimientos especializados, aprendizajes acumulados durante años y formas de resolver problemas que difícilmente se encuentran en manuales o documentos.

Escuchar a los exferrocarrileros permitió reconocer que el trabajo también produce conocimiento. Conocimiento sobre los territorios, sobre las comunidades, sobre las máquinas, pero también sobre la cooperación, la responsabilidad y el cuidado colectivo.

En tiempos donde suele privilegiarse el conocimiento técnico certificado o el conocimiento académico, estos relatos recuerdan que los oficios también generan formas valiosas de comprender el mundo. Los saberes ferroviarios son parte de un patrimonio vivo construido desde la experiencia, la práctica cotidiana y la relación permanente con las personas y los territorios.

Un encuentro entre memorias y generaciones

Uno de los momentos más significativos ocurrió cuando los exferrocarrileros conocieron los dibujos y cuentos elaborados por los niños y niñas de la Escuela de Finca 5 como parte del proceso Memorias en Movimiento.

La escena tuvo una fuerza especial. De un lado, personas que dedicaron años de su vida al ferrocarril. Del otro, una generación que nunca vio pasar el tren, pero que sigue encontrando en el puente ferroviario y el vagón espacios para imaginar historias, jugar y construir vínculos con su comunidad.

Los dibujos permitieron abrir una conversación sobre cómo las memorias continúan viajando entre generaciones. Aunque los trenes dejaron de pasar hace años, las historias, los recuerdos y los significados asociados a estos espacios siguen presentes en la vida comunitaria.

Para muchos de los exferrocarrileros fue emocionante descubrir cómo su trabajo y legado continúan vivos en la imaginación de la niñez. A su vez, los niños y niñas nos recuerdan que la memoria no es únicamente conservación del pasado, sino también creatividad, imaginación y futuro.

El territorio que habitan estas niñas y niños también está atravesado por las memorias de sus familias, de sus vecinos y de las generaciones que crecieron junto al ferrocarril. El puente, el vagón y los espacios que hoy forman parte de su vida cotidiana son también escenarios de historias familiares, de arraigos comunitarios y de experiencias que continúan circulando en conversaciones, recuerdos y relatos compartidos.

De esta manera, el territorio se convierte en un disparador de la imaginación. Las niñas y los niños construyen sus propias interpretaciones sobre el tren, el puente y la comunidad a partir de los lugares que recorren, las historias que escuchan y los vínculos que tejen cotidianamente. Aunque no hayan vivido directamente el tiempo del ferrocarril, habitan espacios cargados de memoria que siguen alimentando nuevas formas de pertenencia e identidad comunitaria.

Escuchar para construir futuro

El encuentro también permitió conversar sobre los desafíos actuales de Finca 5 y sobre la importancia de generar espacios donde las distintas generaciones puedan encontrarse y dialogar.

Escuchar a las personas mayores no es solamente un ejercicio de nostalgia. Es una oportunidad para recuperar experiencias, aprendizajes y formas de comprender el territorio que pueden contribuir a enfrentar los retos del presente.

Las historias compartidas durante la jornada mostraron que la memoria no es un ejercicio pasivo. Recordar implica seleccionar aquello que consideramos valioso, reconocer trayectorias de esfuerzo colectivo y construir puentes entre experiencias distintas.

En tiempos donde muchas historias locales corren el riesgo de desaparecer, estos espacios permiten reconocer que la memoria es una herramienta para fortalecer la identidad comunitaria, valorar los saberes populares y construir nuevas formas de participación.

La fuerza que tiene recordar

El proceso vivido en Finca 5 nos recuerda que las memorias no permanecen inmóviles. Se transforman, se comparten y siguen produciendo sentidos para quienes habitan los territorios.

Recordar el ferrocarril no significa únicamente hablar del pasado. Significa reconocer el trabajo de quienes ayudaron a construir comunidades, valorar los conocimientos que dejaron y abrir espacios para que nuevas generaciones puedan encontrarse con esas historias.

También significa reconocer que la memoria puede convertirse en una herramienta para fortalecer los vínculos comunitarios, recuperar el sentido de pertenencia y abrir conversaciones sobre los futuros que queremos construir colectivamente.

En Finca 5, las voces de los exferrocarrileros, las preguntas de la comunidad y la creatividad de la niñez mostraron que el pasado no está desconectado del presente. Por el contrario, sigue ofreciendo aprendizajes, preguntas y posibilidades para quienes continúan habitando estos territorios.

Porque hay trenes que dejan de pasar.

Pero también hay memorias que continúan recorriendo los rieles del tiempo.

Compartimos a continuación el video de este encuentro, como un reconocimiento a las personas que hicieron del ferrocarril una forma de vida y a las comunidades que siguen encontrando en estas memorias una fuente de aprendizaje, identidad y esperanza.

Agradecemos profundamente a la Asociación de Ferrocarrileros de Costa Rica, a la Asociación Amantes del Tren Costa Rica y al Comité de Seguridad Comunitaria de Finca 5 por hacer posible este encuentro de memorias, saberes y comunidad.

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La política del cemento: cuando las obras sustituyen a los derechos

Entre inauguraciones, legitimidad y democracia

Esta reflexión nace de una provocación. En un artículo sobre el nuevo Hospital Rosales de El Salvador, Eduardo Vázquez-Becker Salgado utiliza la expresión «política del cemento» para describir una lógica gubernamental que privilegia el impacto visual de las obras sobre el fortalecimiento de las instituciones públicas. Desde el Observatorio retomamos esa categoría porque creemos que permite iluminar una discusión más amplia: la relación entre infraestructura, legitimidad política, democracia y derechos en América Latina.

La pregunta es relevante porque construir hospitales, carreteras, escuelas o sistemas de transporte no es un problema en sí mismo. Por el contrario, estas inversiones son indispensables para garantizar derechos y mejorar las condiciones de vida de las personas.

Sin embargo, existe una diferencia importante entre construir infraestructura para ampliar derechos y utilizar la infraestructura como principal mecanismo de legitimación política.

Es en esa diferencia donde aparece la política del cemento.

¿Qué entendemos por política del cemento?

La política del cemento puede entenderse como una forma de construcción de legitimidad basada en la producción de infraestructura visible y monumental, donde el valor simbólico y comunicativo de la obra adquiere mayor relevancia que su capacidad para fortalecer derechos, instituciones o capacidades colectivas.

En este modelo, la obra pública deja de ser únicamente una herramienta para resolver problemas sociales y se convierte en una demostración permanente de poder. La pregunta principal ya no es:

¿La política pública funciona? Sino: ¿La obra puede mostrarse?

Los edificios, puentes, hospitales, cárceles o carreteras se transforman en pruebas materiales de la acción gubernamental. Son visibles, fotografiables y fácilmente convertibles en contenido para campañas de comunicación política.

Mientras tanto, procesos menos espectaculares pero fundamentales para la vida democrática quedan relegados: la prevención en salud, la formación docente, el fortalecimiento institucional, la participación ciudadana o la protección ambiental.

La estética del progreso

La política del cemento se sostiene sobre una poderosa narrativa visual. Las tomas aéreas, los recorridos oficiales, las inauguraciones multitudinarias y los discursos sobre modernización producen una sensación de avance que puede resultar difícil de cuestionar.

El cemento transmite una idea de permanencia. La obra parece hablar por sí sola.

Sin embargo, una escuela no garantiza educación de calidad únicamente por existir. Un hospital no garantiza atención digna únicamente por inaugurar un edificio. Una carretera no garantiza desarrollo por el simple hecho de haber sido construida.

La infraestructura es una condición necesaria para el bienestar, pero nunca suficiente.

Cuando la obra oculta la institución

Una de las paradojas más llamativas de la política del cemento es que cuanto más visible se vuelve la obra, más invisibles pueden volverse las instituciones que la sostienen.

Los debates sobre mantenimiento, personal, presupuestos, condiciones laborales, transparencia, impactos socioambientales o mecanismos de acceso quedan desplazados por la espectacularidad de la inauguración. En ocasiones, el edificio recibe más atención que las personas que lo hacen funcionar. La fotografía sustituye al debate público. La ceremonia sustituye a la rendición de cuentas.

El rostro humano del autoritarismo

La política del cemento también puede cumplir una función simbólica más profunda. Diversos gobiernos contemporáneos que enfrentan cuestionamientos por el debilitamiento de controles democráticos, restricciones a la participación ciudadana o retrocesos en materia de derechos encuentran en las grandes obras una forma de proyectar sensibilidad social.

La infraestructura permite construir una imagen de eficacia y compromiso con las necesidades de la población.

De esta manera, el concreto puede convertirse en una especie de lenguaje político que busca compensar déficits democráticos. No se trata de negar el valor de las obras públicas, sino de preguntarse si estas se convierten en sustitutos de discusiones fundamentales sobre justicia social, derechos humanos y fortalecimiento institucional.

Cuando el cemento cubre la erosión de derechos

En distintos países de América Latina ha emergido una paradoja política. Mientras se anuncian hospitales, carreteras, aeropuertos, puentes o megaproyectos de infraestructura, también se observan procesos de debilitamiento institucional, concentración del poder, restricciones a la participación ciudadana y reducción de controles democráticos.

La obra pública cumple entonces una función que trasciende la prestación de servicios. Se convierte en un mecanismo de legitimación capaz de producir una imagen de eficacia gubernamental incluso en contextos donde se deterioran derechos y libertades.

El mensaje implícito es sencillo: si el gobierno construye, entonces gobierna bien. Sin embargo, esta lógica puede ocultar una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando la expansión del concreto avanza al mismo tiempo que se reducen los espacios democráticos?

La infraestructura puede mejorar la vida de las personas. Pero ninguna carretera reemplaza la libertad de organización. Ningún hospital sustituye el acceso a la información pública. Ningún puente compensa la erosión de los mecanismos de rendición de cuentas.

Por eso resulta necesario observar no solamente qué se construye, sino también qué derechos se fortalecen, cuáles se debilitan y quiénes participan en las decisiones sobre el futuro colectivo.

Más allá del cemento: una perspectiva desde los bienes comunes

Desde una perspectiva de bienes comunes, la pregunta central no es cuánto cemento produce una sociedad, sino qué capacidades colectivas fortalece.

Una obra pública puede contribuir al bien común cuando amplía derechos, fortalece la gestión democrática, mejora las condiciones de vida y permite una participación efectiva de las comunidades en las decisiones que les afectan. Pero también puede convertirse en un monumento vacío cuando su principal función es producir imágenes de progreso sin transformar las causas estructurales de los problemas que pretende resolver.

Por eso, evaluar una política pública implica mirar más allá de la infraestructura y preguntarnos por los procesos sociales, institucionales y democráticos que la acompañan.

Una herramienta para observar nuestros territorios

La política del cemento no pretende ser una etiqueta para descalificar cualquier proyecto de infraestructura. Más bien busca convertirse en una herramienta de observación crítica.

-Nos invita a preguntarnos qué ocurre cuando las obras se convierten en el principal argumento político de un gobierno.

-Nos invita a mirar no solo lo que se construye, sino también aquello que permanece invisible.

-Nos invita, en última instancia, a distinguir entre la construcción de derechos y la construcción de imágenes de progreso.

Matriz para analizar dinámicas de política del cemento

DimensiónPreguntas de análisisIndicadores de fortalecimiento democráticoSeñales de política del cemento
LA OBRA Y SU CONTRIBUCIÓN AL BIEN COMÚN   
Finalidad de la obra¿Qué problema social busca resolver? ¿La infraestructura responde a necesidades identificadas colectivamente o a prioridades definidas desde arriba?La obra surge de diagnósticos públicos y responde a necesidades socialmente reconocidas.La obra se presenta como un fin en sí mismo o como símbolo de modernización y grandeza nacional.
Derechos humanos¿Qué derechos busca garantizar o ampliar? ¿Existen mecanismos para evaluar su contribución efectiva?La infraestructura fortalece el acceso universal y reduce desigualdades.El discurso enfatiza la construcción física más que el acceso efectivo a derechos.
Condiciones laborales y capacidades humanas¿La obra viene acompañada de inversión en personal, formación y condiciones laborales adecuadas?Se fortalecen capacidades humanas y condiciones de trabajo dignas.El edificio recibe más atención que las personas que sostienen el servicio.
Impacto territorial¿Cómo afecta la obra a las comunidades y dinámicas locales? ¿Fortalece capacidades territoriales?La infraestructura mejora condiciones de vida y fortalece la organización local.Se imponen proyectos sin considerar conflictos sociales o afectaciones comunitarias.
Impacto socioambiental¿Qué consecuencias tiene sobre ecosistemas y bienes comunes? ¿Se aplican medidas preventivas?Existen evaluaciones rigurosas y mecanismos de mitigación y monitoreo.Los impactos ambientales se minimizan o se consideran obstáculos para el desarrollo.
Equidad territorial¿La inversión contribuye a reducir desigualdades territoriales?Se priorizan territorios históricamente excluidos.Los proyectos se concentran en espacios estratégicos para la visibilidad política.
DEMOCRACIA, INSTITUCIONES Y DERECHOS   
Participación ciudadana¿Quién definió la prioridad de la obra? ¿Las comunidades participaron en las decisiones?Existen procesos deliberativos y mecanismos efectivos de participación.Las decisiones se concentran en élites políticas o técnicas.
Transparencia y acceso a la información¿Son públicos los contratos, presupuestos, estudios técnicos y evaluaciones?La información es accesible, verificable y auditada.Predomina el secretismo y la comunicación unilateral.
Institucionalidad pública¿La obra fortalece capacidades institucionales permanentes?Se consolidan equipos técnicos y capacidades de gestión pública.El protagonismo recae en la figura del gobernante o en la obra misma.
Sostenibilidad financiera¿Existen recursos para operar y mantener la infraestructura a largo plazo?Hay planificación para operación, mantenimiento y renovación futura.Se financia la construcción, pero no el funcionamiento sostenido.
Rendición de cuentas¿Cómo se evalúan los resultados? ¿Quién puede fiscalizar el proyecto?Existen mecanismos independientes de evaluación y control ciudadano.El éxito se mide por la inauguración y no por los resultados.
Democracia y derechos¿La expansión de infraestructura ocurre junto con el fortalecimiento o debilitamiento de derechos civiles, políticos, sociales y ambientales?La obra se inserta en procesos de ampliación de derechos y fortalecimiento democrático.Las obras adquieren protagonismo mientras se restringen derechos, se debilitan controles institucionales o se reducen espacios de participación.
LEGITIMIDAD POLÍTICA Y CONSTRUCCIÓN DE IMAGEN   
Comunicación política¿Cómo se presenta la obra ante la ciudadanía?Se informa sobre objetivos, limitaciones, impactos y desafíos.Predominan las inauguraciones, la espectacularización y las narrativas triunfalistas.
Legitimidad política¿La legitimidad gubernamental se construye a partir de derechos garantizados o de obras visibles?La confianza pública se basa en resultados verificables y fortalecimiento democrático.La infraestructura se convierte en el principal símbolo de eficacia gubernamental.
Temporalidad política¿La obra responde a una estrategia de largo plazo o al calendario electoral?Existe continuidad más allá de gobiernos específicos.Las inauguraciones coinciden con momentos de desgaste político o coyunturas electorales.
Relación con los bienes comunes¿La infraestructura fortalece capacidades colectivas de cuidado, organización y gestión democrática?Amplía la capacidad de las comunidades para sostener la vida en común.Refuerza relaciones verticales donde la ciudadanía aparece únicamente como beneficiaria pasiva.
Para seguir pensando

Al finalizar el análisis de una obra o proyecto, pueden formularse las siguientes preguntas:

  1. ¿La infraestructura fortalece derechos o fortalece narrativas de poder?
  2. ¿Se invirtió únicamente en concreto o también en capacidades humanas e institucionales?
  3. ¿La ciudadanía participó en las decisiones o solamente fue convocada a la inauguración?
  4. ¿La obra transforma las causas estructurales del problema o únicamente sus manifestaciones visibles?
  5. ¿La infraestructura fortalece la democracia o ayuda a ocultar procesos de regresión democrática?
  6. ¿Estamos ante una inversión para el bien común o ante una estrategia de legitimación política?

La política del cemento no se identifica por la existencia de infraestructura pública. Una sociedad democrática necesita hospitales, escuelas, carreteras, sistemas de agua y espacios comunitarios. La señal de alerta aparece cuando existe un desequilibrio entre la inversión en lo visible y la inversión en las condiciones sociales, institucionales y democráticas que permiten que esa infraestructura garantice derechos.

En otras palabras: la pregunta central no es cuánto cemento produce un gobierno, sino qué derechos, capacidades colectivas y bienes comunes fortalece con él.

Referencia:

Vázquez-Becker Salgado, Eduardo. (2026, 3 de junio). El espejismo de la salud: el nuevo Hospital Rosales y la opacidad en El Salvador. La Prensa Gráfica.

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Comunicado Público del Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío-Caño Negro Día Mundial del Medio Ambiente 2026

Les compartimos el Comunicado Público del Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío Caño Negro.

¿Qué celebramos cuando nuestros ríos están siendo transformados?

Cada 5 de junio se multiplican los mensajes sobre la importancia de cuidar el medio ambiente. Escuchamos hablar de sostenibilidad, conservación y desarrollo verde. Sin embargo, desde las comunidades que habitamos y defendemos la cuenca del Río Frío-Caño Negro, sentimos la necesidad de plantear una pregunta sencilla pero urgente: ¿qué celebramos cuando nuestros ríos continúan siendo alterados, degradados y sometidos a presiones cada vez mayores?

Costa Rica ha construido una imagen internacional asociada a la protección de la naturaleza. Esa imagen tiene fundamentos importantes, pero también convive con realidades que muchas veces permanecen invisibilizadas. Mientras se habla de desarrollo sostenible, numerosos ríos del país enfrentan procesos de extracción de materiales, alteración de cauces, pérdida de espacios de acceso comunitario, contaminación y presiones crecientes sobre sus ecosistemas.

En nuestra cuenca hemos observado transformaciones que preocupan profundamente a quienes vivimos el territorio día a día. Hemos visto desaparecer espacios que durante generaciones fueron parte de la vida comunitaria. Hemos visto cambios en el cauce, en las pozas, en la dinámica del río y en las posibilidades que las personas tienen de relacionarse con él. Lo que antes era un lugar de encuentro, recreación y convivencia se encuentra cada vez más limitado por procesos que privilegian la explotación de corto plazo sobre el cuidado de largo plazo.

Estas transformaciones no pueden entenderse únicamente como un problema ambiental. Reducir la discusión a aspectos técnicos invisibiliza dimensiones fundamentales de lo que está en juego.

Los ríos son memoria. En sus aguas habitan historias familiares, recuerdos de infancia, aprendizajes compartidos y experiencias que forman parte de la identidad de las comunidades. Las pozas donde generaciones aprendieron a nadar, los sitios donde las familias se reunían durante los fines de semana, los lugares donde las personas encontraron descanso, alegría y convivencia son también parte del patrimonio de nuestros territorios.

Cuando estos espacios desaparecen o se degradan, no se pierde únicamente un paisaje. Se debilitan vínculos comunitarios y se erosionan memorias que ayudan a dar sentido a la vida colectiva.

Los ríos también sostienen formas de producción y de trabajo. Muchas familias dependen de ellos para actividades agropecuarias, para el abastecimiento de agua y para iniciativas económicas vinculadas al turismo rural y comunitario. La pérdida de espacios naturales, el deterioro de los ecosistemas y las modificaciones en los cauces afectan oportunidades que históricamente han permitido construir economías locales más cercanas al territorio y a sus dinámicas naturales.

Sin embargo, quizá la pregunta más importante es la que debemos hacernos pensando en quienes todavía no han nacido.

¿Qué ríos heredarán las futuras generaciones?

Cada poza destruida, cada tramo degradado y cada espacio comunitario perdido representa una experiencia que alguien ya no podrá vivir. Cada intervención que reduce la capacidad del río para sostener la vida disminuye también las posibilidades de que las nuevas generaciones conozcan los territorios que hoy conocemos.

Estamos tomando decisiones cuyos efectos perdurarán mucho más allá de nuestro tiempo. Por eso, la defensa de los ríos no puede entenderse como una preocupación de grupos aislados o de personas particularmente sensibles a los temas ambientales. Se trata de una responsabilidad colectiva con la vida presente y futura.

Nos preocupa especialmente que las advertencias provenientes de las comunidades continúen siendo minimizadas o ignoradas. Quienes habitan los territorios conocen los cambios del río porque los observan diariamente. Saben cuándo desaparece una poza, cuándo aumenta la erosión, cuándo cambia la corriente y cuándo se pierde biodiversidad. Saben cuándo el río deja de ser el río que conocieron.

Ese conocimiento construido desde la experiencia cotidiana constituye una forma legítima de comprender lo que está ocurriendo. No se trata de opiniones sin fundamento. Se trata de años de observación, de convivencia con el territorio y de una relación directa con los procesos que hoy están transformando nuestras cuencas.

Por ello, hacemos un llamado a las instituciones públicas, a las autoridades competentes, a las municipalidades, a las universidades, a las organizaciones sociales y a toda la ciudadanía para que asumamos una discusión profunda sobre el futuro de nuestros ríos. Necesitamos fortalecer la protección efectiva de las cuencas hidrográficas, mejorar los mecanismos de fiscalización y reconocer que el cuidado de los ríos no es un obstáculo para el desarrollo, sino una condición indispensable para construir un futuro verdaderamente sostenible.

Pero también creemos que ha llegado el momento de formular una pregunta incómoda.

Durante años las comunidades han cumplido su papel. Hemos recorrido los ríos. Hemos documentado cambios. Hemos impulsado denuncias. Hemos participado en reuniones. Hemos solicitado información. Hemos compartido conocimientos. Hemos acompañado procesos de organización comunitaria. Hemos advertido sobre riesgos que muchas veces fueron ignorados o minimizados.

Lo hemos hecho porque amamos nuestros territorios y porque comprendemos que defender los ríos es defender la vida.

Sin embargo, la protección de las cuencas no puede recaer exclusivamente sobre quienes viven junto a ellas.

La responsabilidad es colectiva, pero no es igual para todos.

Quienes tienen competencias legales, recursos públicos, capacidad de fiscalización y poder para tomar decisiones tienen una responsabilidad mayor. Las instituciones públicas tienen la obligación de actuar cuando existen señales de deterioro. Las municipalidades tienen la responsabilidad de velar por el bienestar integral de sus territorios. Las empresas tienen el deber de asumir las consecuencias de los impactos que generan y de comprender que el beneficio económico no puede construirse a costa de los bienes que sostienen la vida colectiva.

Por eso, en este Día Mundial del Medio Ambiente queremos dirigir una serie de preguntas claras a quienes tienen capacidad de decisión, responsables de un modelo que genera ganancias para unos pocos mientras deja a un pueblo desértico, sin ningún beneficio y, sobre todo, sin ningún futuro:

Las comunidades estamos haciendo nuestra parte.

Nos estamos organizando.

Estamos observando.

Estamos documentando.

Estamos denunciando.

Estamos proponiendo.

Estamos alzando la voz.

¿Y ustedes?

¿Están haciendo su parte las instituciones encargadas de proteger nuestros bienes naturales?

¿Están haciendo su parte las municipalidades responsables de ordenar y cuidar los territorios?

¿Están haciendo su parte las empresas que obtienen beneficios económicos de actividades que impactan nuestros ríos?

¿Está haciendo el Estado su parte cuando las comunidades alertan, denuncian y aportan evidencia sobre los daños ambientales, pero sus advertencias son desestimadas o ignoradas por quienes tienen la responsabilidad de actuar?

Porque el mejor homenaje al Día Mundial del Medio Ambiente no es repetir discursos sobre sostenibilidad. No es publicar campañas verdes una vez al año. No es acumular declaraciones de buenas intenciones.

El mejor homenaje al Día Mundial del Medio Ambiente es garantizar que nuestros ríos sigan fluyendo libres, vivos y accesibles para las comunidades que dependen de ellos.

Todavía estamos a tiempo de escuchar lo que los ríos nos están diciendo.

La pregunta es si tendremos la voluntad de hacerlo.

Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío-Caño Negro

Correo: defensa.cuencas.guatuso@gmail.com

5 de junio de 2026

Video del 29 de mayo del 2026.

En este video se observan las labores mecanizadas de extracción de material en el río Frío, específicamente en la comunidad de La Amapola. Aunque estas actividades suelen justificarse como necesarias para obras y mejoras locales, cuando se realizan de forma intensiva pueden generar impactos significativos sobre los ecosistemas fluviales: alteración de cauces, pérdida de pozas, erosión de las riberas, afectación de la biodiversidad y reducción de espacios de uso comunitario. Los ríos son mucho más que una fuente de materiales. Son bienes comunes que sostienen la vida, la producción local, la memoria de las comunidades y el bienestar de las futuras generaciones. Por ello, resulta necesario preguntarnos si la extracción que se realiza responde realmente a las necesidades del cantón o si estamos frente a procesos de sobreexplotación destinados a abastecer mercados más amplios a costa del deterioro de nuestro patrimonio natural.