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Semillero Zapatista – Metodología de lo común: aprender, organizarse y construir desde la práctica

No hay una receta para construir lo común. El camino se construye en la práctica, en la escucha y en la organización, pero también en diálogo con las condiciones concretas de cada territorio. Esta es una de las ideas que atraviesan las reflexiones compartidas por compañeras y compañeros zapatistas en los encuentros y Semilleros realizados durante 2026 en el CIDECI-Unitierra y en el Semillero “Comandanta Ramona”. En estas intervenciones, lo común no aparece como un modelo terminado ni como una fórmula que pueda trasladarse de una comunidad a otra. Aparece, más bien, como una práctica que se ensaya, se discute, se corrige y se sostiene colectivamente; un proceso cuyo sentido se construye desde las experiencias concretas de quienes lo viven.

Hablar de una metodología de lo común no significa elaborar un manual con pasos que puedan aplicarse de la misma manera en cualquier territorio. Significa, más bien, preguntarse cómo las comunidades construyen sus propias formas de hacer, aprender y organizarse a partir de lo que viven, de los problemas que enfrentan y de los saberes que ya poseen.

Esta perspectiva parte de una premisa fundamental: la práctica colectiva no es únicamente el espacio donde se aplica el conocimiento; también es uno de los lugares donde ese conocimiento se produce. Se aprende haciendo, experimentando, equivocándose, encontrando soluciones y volviendo a intentar. La teoría, en este sentido, no antecede necesariamente a la acción: puede surgir de ella, regresar a ella y transformarse nuevamente a partir de la experiencia: La práctica no es el lugar donde se aplica el conocimiento: también es el lugar donde el conocimiento se construye.

Aprender haciendo

Si el conocimiento se produce en la práctica, entonces el error adquiere otro significado. No necesariamente representa un fracaso ni una interrupción del camino. Puede ser, por el contrario, una oportunidad para comprender lo ocurrido, revisar las decisiones tomadas y encontrar nuevas formas de continuar.

Cuando algo no funciona, la respuesta no consiste necesariamente en abandonar el proceso. Consiste en observar, corregir, aprender y volver a intentar. Es en ese movimiento —entre acción, reflexión y nueva acción— donde se va construyendo una experiencia colectiva capaz de producir sus propios aprendizajes.

Por eso, la metodología de lo común se distancia de la idea de un manual universal. Un manual supone que existe una respuesta previamente elaborada que puede trasladarse de un lugar a otro. Pero ninguna comunidad parte de cero ni vive las mismas condiciones: cada una tiene su historia, sus necesidades, sus conocimientos, sus conflictos, sus capacidades y sus formas particulares de organización.

Cada realidad requiere respuestas situadas.

De ahí que la creatividad, la adaptación e incluso la improvisación no sean elementos secundarios del proceso. Son capacidades necesarias cuando se trabaja con realidades que cambian y que no pueden ser completamente previstas de antemano. Aprender haciendo supone, también, aprender a modificar el camino.

Y modificar el camino exige reconocer algo más: toda práctica ocurre en un territorio y en un tiempo determinados. No basta, entonces, con preguntarse qué hacer. También es necesario preguntarse para quién, dónde y pensando en qué horizonte.

Pensar más allá del presente

Esta dimensión temporal aparece con fuerza en las reflexiones zapatistas a través de una invitación a pensar en un horizonte de 120 años. La imagen desplaza la mirada de los resultados inmediatos hacia varias generaciones y obliga a considerar que algunas decisiones de hoy solo mostrarán sus consecuencias mucho después.

Construir lo común implica, entonces, preguntarse qué estamos dejando a quienes vendrán: a los hijos, los nietos, los bisnietos y los tataranietos.

Este horizonte transforma también la manera de entender la acción colectiva. No todas las transformaciones producen beneficios visibles para quienes las comienzan. Algunas tareas pueden requerir años o incluso generaciones antes de mostrar plenamente sus frutos. Trabajar para el común significa aceptar esa dimensión del tiempo y actuar aun cuando los resultados no sean inmediatos: Construir lo común también significa trabajar para quienes todavía no han llegado.

Pensar a largo plazo no significa, sin embargo, imaginar que todas las comunidades avanzarán al mismo ritmo. Algunas pueden estar comenzando mientras otras llevan décadas construyendo alternativas. Hay procesos que avanzan, retroceden, se detienen y vuelven a comenzar. El tiempo de lo común tampoco es uniforme.

Esta atención al tiempo conduce nuevamente al territorio. Si los procesos tienen ritmos diferentes, es porque también se desarrollan en condiciones diferentes. Por eso, cualquier metodología que pretenda construir lo común debe comenzar por reconocer el lugar concreto desde el cual se actúa.

Cada territorio tiene su propio camino

Una metodología de lo común no puede separarse de las condiciones materiales, históricas y culturales de cada territorio. La geografía, las tradiciones, las formas de organización, los saberes disponibles y los tiempos de cada comunidad forman parte del problema y, al mismo tiempo, de las posibilidades para construir respuestas.

Por eso no se trata de trasladar un modelo de un territorio a otro. Lo que puede compartirse son experiencias, preguntas, principios y aprendizajes; el camino concreto debe construirse en cada lugar.

De ahí la importancia de una afirmación presente en estas reflexiones: “No estamos dando receta.”

La experiencia zapatista, desde esta perspectiva, no aparece como un modelo terminado que deba copiarse. Puede ser una fuente de aprendizaje precisamente porque muestra la importancia de construir desde las condiciones propias. Su valor no está en ofrecer una fórmula, sino en abrir preguntas sobre cómo organizarse, cómo aprender y cómo sostener procesos colectivos.

Esto supone también evitar el paternalismo. Reconocer que cada territorio tiene su propio camino implica confiar en las capacidades que ya existen en las comunidades y asumir que las respuestas no necesariamente deben llegar desde fuera.

Pero reconocer el territorio no significa únicamente reconocer una geografía o una identidad. También significa mirar cómo se sostiene materialmente la vida en ese territorio: quién produce, quién cuida, quién transforma, quién sabe y de qué manera todas esas actividades se relacionan.

La conexión comienza en lo material

Hablar de comunidad no debería quedarse en el terreno de las ideas. La interdependencia se vuelve visible cuando observamos aquello que hace posible la vida cotidiana.

Quien trabaja la tierra produce alimentos; otras personas producen herramientas, cuidados, conocimientos u otros bienes necesarios para sostener la vida colectiva. Cada actividad se relaciona con otras y ninguna existe completamente aislada “Yo soy trabajador del campo, produzco la alimentación…”

La frase nos permite desplazar la discusión desde una idea abstracta de comunidad hacia una pregunta concreta: ¿qué necesitamos unas personas de otras para vivir?

La respuesta muestra que la interdependencia no es una aspiración. Ya existe en el trabajo cotidiano. Lo que está en juego es cómo reconocerla y, sobre todo, cómo organizar el trabajo y la vida de acuerdo con ella.

Así, construir lo común no consiste solamente en afirmar que dependemos mutuamente. Consiste en crear formas de organización capaces de hacer visible esa relación y de fortalecerla.

Pero para reorganizar las relaciones sociales no basta con modificar estructuras externas. También es necesario revisar algunas de las ideas y hábitos que hemos aprendido a considerar normales.

Desaprender para recuperar otros saberes

Construir de otra manera requiere, en ese sentido, un ejercicio de desaprendizaje. Hay formas de relacionarnos que pueden obstaculizar la construcción de lo común: la competencia permanente, el individualismo, la búsqueda de resultados inmediatos, determinadas jerarquías y una lógica de consumo que puede convertir las relaciones en intercambios entre individuos aislados.

Desaprender no significa quedarse sin conocimientos. Significa preguntarse qué hemos aprendido, qué relaciones reproducen esos aprendizajes y qué otros saberes han quedado desplazados o desvalorizados.

Ahí adquieren particular importancia los conocimientos que permanecen en las comunidades. Las personas mayores, por ejemplo, conservan experiencias vinculadas con la tierra, el trabajo, la organización comunitaria y formas de vida que pueden dialogar con otros conocimientos y con los desafíos del presente.

El propósito no es rechazar la ciencia ni establecer una oposición simple entre conocimiento científico y saberes ancestrales. El desafío consiste en ponerlos en diálogo con la experiencia cotidiana y preguntarse para qué y al servicio de quién se produce el conocimiento.

El desafío es construir una ciencia al servicio de la vida y del común.

Este ejercicio de desaprender y recuperar saberes también abre un espacio para imaginar otras formas de relación. Si queremos transformar la manera en que convivimos, necesitamos experimentar no solo en el trabajo y en la organización, sino también en aquellas actividades que construyen vínculos cotidianos.

Crear nuevas formas de relacionarnos

El arte, el juego y el deporte pueden parecer ámbitos alejados de las discusiones sobre organización y comunidad. Sin embargo, también allí se aprenden formas de relacionarse con otras personas.

La pregunta, por tanto, no es únicamente qué actividades realizamos, sino qué relaciones producen esas actividades.

Una práctica puede organizarse alrededor de la competencia individual, colocando el énfasis en quién gana y quién pierde. Pero también puede transformarse en una experiencia colectiva en la que se reconozcan la cooperación, la participación y el valor del grupo.

La cuestión de fondo es: ¿Cómo crear actividades que fortalezcan la cooperación en lugar de reproducir permanentemente la competencia?

No hay una respuesta predeterminada. Y esto nos devuelve a una de las ideas centrales de la metodología de lo común: también aquí hay que experimentar. Crear otras relaciones requiere espacios donde sea posible probar, equivocarse, modificar y volver a intentar.

Sin embargo, experimentar con otras formas de relación no significa que el camino esté libre de obstáculos. Las transformaciones encuentran resistencias, incertidumbres y, especialmente, miedo.

Frente al miedo, organización

Toda transformación enfrenta obstáculos. El miedo puede aparecer cuando una situación parece demasiado grande, cuando las posibilidades de cambio parecen escasas o cuando el costo de actuar resulta incierto.

El problema no es simplemente sentir miedo. El problema aparece cuando ese miedo termina convirtiéndose en resignación y hace parecer inevitable aquello que podría ser transformado.

Frente a ello, la organización adquiere un papel central. Organizarse permite compartir responsabilidades, reunir generaciones, poner en común conocimientos y construir acuerdos. Pero no se reduce a crear una estructura formal: también puede convertirse en una manera cotidiana de relacionarse y de enfrentar colectivamente aquello que una persona aislada difícilmente podría resolver: “La organización permite transformar el miedo en capacidad colectiva para actuar”.

La organización, entonces, conecta varias de las dimensiones anteriores. Permite convertir la experiencia en aprendizaje compartido, relacionar capacidades distintas, sostener procesos en el tiempo y construir respuestas adecuadas a las condiciones de cada territorio.

De ahí que la pregunta no sea solamente qué nos preocupa o qué nos da miedo, sino qué hacemos colectivamente frente a ello.

Dos caminos: resignarse u organizarse

En este punto aparece una disyuntiva sencilla, pero decisiva: aceptar que “no se puede” o decidir no resignarse.

La resignación puede surgir cuando los problemas parecen demasiado grandes, cuando se piensa que corresponde a otras personas resolverlos o cuando el futuro se convierte en una razón para posponer indefinidamente la acción.

La otra posibilidad consiste en organizarse y comenzar desde el presente, aun sin contar con todas las respuestas.

Organizarse no significa tener un plan completo ni saber de antemano cuál será el resultado. Significa asumir que las respuestas pueden construirse colectivamente mediante la práctica. Por eso, la organización no es únicamente una decisión inicial: es un ejercicio permanente de aprendizaje, ajuste y creación.

Y si organizarse significa construir respuestas colectivas, entonces también exige una capacidad que atraviesa todo el proceso: escuchar.

Escuchar también es una forma de aprender

La construcción de lo común requiere diálogo, pero dialogar no significa simplemente hablar. Significa estar dispuesto a reconocer que otras personas pueden utilizar palabras diferentes, tener experiencias distintas o haber llegado a una conclusión semejante siguiendo otro camino.

Una de las imágenes más sugerentes de estas reflexiones es la de quienes toman nota de una palabra que no conocen y después buscan su significado para completar el “rompecabezas”. La imagen expresa una disposición fundamental: escuchar incluso cuando no comprendemos inmediatamente y mantener abierta la posibilidad de aprender.

Escuchar implica, por tanto, suspender la necesidad de tener una respuesta inmediata. También supone aceptar que el conocimiento puede encontrarse en lugares, experiencias y personas que no reconocemos inicialmente como fuentes legítimas de saber.

El diálogo no tiene como objetivo que todas las personas piensen exactamente igual. Puede consistir, más bien, en reconocer diferentes caminos hacia problemas, experiencias o conclusiones compartidas.

En ese sentido, escuchar no es una etapa posterior a la organización. Es una de las condiciones que permiten organizarse de otra manera.

Nueve claves para pensar una metodología de lo común

Al recorrer estas reflexiones aparece una serie de principios que no funcionan como pasos de un método cerrado, sino como pistas para orientar la práctica:

  1. Partir de la práctica. El conocimiento también se construye haciendo, experimentando y aprendiendo de los errores.
  2. Pensar a largo plazo. Las transformaciones deben considerar a las generaciones futuras y no limitarse a los resultados inmediatos.
  3. Reconocer cada territorio. No existen soluciones idénticas para todas las comunidades; las respuestas deben construirse desde condiciones concretas.
  4. Construir desde la interdependencia. La vida cotidiana muestra cuánto necesitamos de otras personas y de otros trabajos.
  5. Desaprender. Es necesario cuestionar formas de relación basadas en el individualismo, la competencia y la inmediatez.
  6. Crear. El arte, el juego y otras prácticas pueden convertirse en espacios para experimentar relaciones diferentes.
  7. Enfrentar el miedo. El miedo puede reconocerse sin permitir que se convierta en una razón para paralizarse.
  8. Organizarse. La organización permite transformar preocupaciones individuales en capacidad colectiva.
  9. Escuchar. El diálogo requiere reconocer otros saberes, experiencias y caminos.

Estas claves no deben entenderse como una secuencia rígida. Se cruzan y se retroalimentan. Se aprende haciendo, pero también escuchando; se organiza desde las condiciones de cada territorio; se piensa el presente desde las generaciones futuras; se desaprenden relaciones para poder crear otras nuevas.

Por eso, más que un método acabado, lo que aparece es una forma de caminar.

El camino se construye al andar

Una metodología de lo común no ofrece respuestas prefabricadas. Su propuesta consiste, precisamente, en construir respuestas desde los territorios, a partir de la experiencia, la organización, la escucha y el diálogo.

Es un proceso que requiere tiempo y que no puede separarse de la capacidad de aprender de los errores. Supone aceptar que algunas respuestas tendrán que modificarse, que algunos caminos no funcionarán y que las condiciones cambiarán. La incertidumbre no es, entonces, una falla del proceso: forma parte de él.

En última instancia, la pregunta no es cuál es el método correcto, sino cómo construir colectivamente formas de vida capaces de sostenerse en el tiempo y de dejar una herencia distinta a quienes vendrán.

Como recuerdan estas reflexiones: “Hay que organizarse… si no, no hay herencia buena que le vamos a dejarle a los hijos, los nietos, los bisnietos y los tataranietos.”

La frase devuelve la mirada al comienzo. Si no existe una receta, tampoco existe un camino completamente trazado. Lo que existe es la posibilidad de construirlo colectivamente: aprendiendo de la práctica, reconociendo los territorios, pensando más allá del presente, recuperando saberes, creando otras relaciones, enfrentando el miedo, organizándose y escuchando.

El camino se construye mientras se camina, se aprende y se organiza.

Referencias:

Subcomandante Insurgente Moisés. (2026, 9 de agosto). Compartición “El Común Hoy” (o sea cómo va lo del Común actualmente en las comunidades zapatistas). YouTube.

Subcomandante Insurgente Moisés, & Capitán Insurgente Marcos. (2026, 23 de julio). Palabras del Subcomandante Insurgente Moisés y el Capitán Insurgente Marcos. Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio). YouTube.

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Cuando el hemisferio vuelve a ser un tablero: la «Doctrina Donroe», la securitización de América Latina y la mirada de la antigeopolítica

No hay mapas inocentes. Cada mapa organiza una forma de mirar el mundo, establece prioridades y define quiénes son aliados, amenazas o territorios estratégicos. El reciente artículo de Elbridge Colby sobre la denominada Doctrina Donroe no es únicamente una columna de opinión: es una declaración sobre cómo la administración Trump imagina el futuro de América Latina y el Caribe.

El pasado 29 de julio, Elbridge Colby, subsecretario de Guerra para Política de Estados Unidos, publicó un artículo en el que presenta lo que denomina el «Trump Corollary to the Monroe Doctrine», bautizado también como la Doctrina Donroe. En él sostiene que Estados Unidos debe volver a concentrar su estrategia en el hemisferio occidental, fortaleciendo la cooperación militar, aumentando las capacidades de defensa de los países latinoamericanos e impidiendo que potencias rivales establezcan posiciones estratégicas en la región.

Aunque el texto se presenta como una propuesta pragmática basada en el «interés mutuo», expresa una manera particular de entender el continente: América Latina deja de ser vista como un conjunto de sociedades diversas para convertirse en un espacio cuyo principal valor reside en su importancia para la seguridad estadounidense.

Desde la perspectiva de la antigeopolítica, esta transformación merece una lectura crítica.

Más que una doctrina: una forma de imaginar el territorio

Uno de los principales aportes de la geopolítica crítica consiste en recordar que la geopolítica no comienza con los ejércitos, sino con los discursos. Antes de movilizar tropas, instalar bases militares o firmar acuerdos de cooperación, los Estados producen relatos sobre el mundo: identifican amenazas, delimitan fronteras simbólicas y asignan funciones a los territorios.

Eso es precisamente lo que hace Colby. Su artículo sostiene que durante décadas Estados Unidos descuidó el hemisferio occidental al privilegiar un orden internacional liberal y global. Frente a ello propone un cambio de rumbo: volver a mirar América Latina desde una lógica de «realismo flexible» y «América Primero».

En esta narrativa, el territorio latinoamericano adquiere cuatro funciones estratégicas:

  • -proteger la seguridad del territorio estadounidense;
  • -contener amenazas transnacionales;
  • -impedir la presencia de potencias rivales;
  • -garantizar un entorno estable para los intereses geopolíticos de Estados Unidos.

No es casual que el artículo hable reiteradamente de «nuestro hemisferio». Esa expresión no es neutra. Construye una geografía política donde la región deja de ser un conjunto de países soberanos para convertirse en un espacio cuya estabilidad se define desde Washington.

Como señala la geopolítica crítica, los mapas también son discursos de poder.

Del enemigo interno al enemigo multidimensional

La denominada Doctrina Donroe no aparece en un vacío histórico. Forma parte de una larga tradición de doctrinas de seguridad impulsadas por Estados Unidos hacia América Latina.

Durante la Guerra Fría, la Doctrina de Seguridad Nacional transformó profundamente la manera de entender la seguridad en el continente. Su principal innovación consistió en desplazar la amenaza desde las fronteras hacia el interior de las sociedades.

El enemigo ya no era únicamente un ejército extranjero. Era el enemigo interno.

Esa categoría fue deliberadamente amplia. Incluyó organizaciones guerrilleras, pero también sindicatos, movimientos campesinos, organizaciones estudiantiles, comunidades eclesiales de base, organizaciones indígenas, defensores de derechos humanos e incluso actores políticos que cuestionaban el orden establecido. En numerosos países latinoamericanos, esa lógica sirvió para justificar la militarización de la vida política, la vigilancia, los estados de excepción y graves violaciones a los derechos humanos.

La Doctrina Donroe no reproduce exactamente esa doctrina. Los contextos históricos son distintos. Sin embargo, comparte un mecanismo similar: la construcción de una narrativa de amenazas que reorganiza las prioridades del Estado.

En el texto de Colby aparecen reunidos narcotráfico, terrorismo, migración, gobiernos de izquierda, crimen organizado y competencia con otras potencias. Venezuela, Nicaragua y Bolivia son incorporados dentro de esa arquitectura discursiva como factores que contribuyen a la inseguridad regional.

No se trata de afirmar que estos fenómenos sean equivalentes. Lo importante es observar cómo son integrados dentro de un mismo lenguaje de seguridad.

Desde la antigeopolítica, la pregunta fundamental no es únicamente cuáles amenazas existen, sino quién las define, desde dónde las define y qué políticas se vuelven posibles una vez que esas amenazas son aceptadas como sentido común.

Cuando la seguridad reorganiza la política

Uno de los ejes centrales del artículo es la afirmación de que no puede haber desarrollo sin seguridad. Bajo esa premisa, Colby propone incrementar el gasto militar, fortalecer las capacidades de defensa de los países latinoamericanos y ampliar la cooperación con las fuerzas armadas estadounidenses.

El problema no radica en reconocer la importancia de la seguridad.

El problema aparece cuando la seguridad deja de ser una política pública y se convierte en el principio organizador de todas las demás.

Cuando eso ocurre, cuestiones como la participación ciudadana, la protección ambiental, la justicia social o los derechos colectivos comienzan a evaluarse principalmente desde su utilidad para la estabilidad y el control territorial.

La historia latinoamericana muestra que los procesos de securitización rara vez son neutros.

Con frecuencia terminan ampliando la capacidad de vigilancia del Estado, fortaleciendo la militarización de determinados territorios y reduciendo los márgenes del debate democrático.

Los bienes comunes como territorios estratégicos

Para quienes defienden los bienes comunes, este giro tiene profundas implicaciones.

Puertos, redes eléctricas, corredores logísticos, minerales críticos, cables submarinos, bosques, humedales, ríos y zonas costeras pueden dejar de entenderse como bienes comunes para convertirse en infraestructura estratégica.

Cuando eso sucede cambia la pregunta política.

Ya no se discute quién cuida un río. Se discute quién controla un activo estratégico.

Ya no se habla únicamente de conservación. Se habla de seguridad nacional. Las comunidades dejan de ser protagonistas de la gestión territorial y pasan a ser consideradas actores cuya participación depende de las prioridades de la seguridad.

La antigeopolítica: mirar el territorio desde abajo

Frente a esta mirada, la antigeopolítica propone invertir el punto de partida.

En lugar de comenzar por los intereses de las grandes potencias, comienza por las experiencias de quienes habitan los territorios.

No pregunta únicamente cómo defender un Estado. Pregunta cómo defender la vida. Cómo proteger los bienes comunes. Cómo fortalecer la democracia territorial. Cómo ampliar la capacidad de decisión de las comunidades.

Mientras la geopolítica observa corredores estratégicos, balances militares y zonas de influencia, la antigeopolítica observa conflictos ambientales, formas de organización comunitaria, memorias territoriales y prácticas cotidianas de cuidado.

Una herramienta para leer la Doctrina Donroe

Más que aceptar o rechazar la doctrina, la antigeopolítica propone leerla críticamente.

DimensiónLo que plantea la Doctrina DonroePreguntas desde la antigeopolítica
TerritorioEl hemisferio es un espacio estratégico para la seguridad de EE. UU.¿Estratégico para quién? ¿Quién define esa importancia?
AmenazasNarcotráfico, migración, gobiernos considerados hostiles y potencias rivales forman parte de un mismo marco de seguridad.¿Cómo se construye el enemigo? ¿Qué conflictos quedan invisibilizados?
SeguridadLa seguridad antecede al desarrollo.¿Qué otras formas de seguridad pueden construirse desde las comunidades?
PoderEstados Unidos asume un liderazgo hemisférico.¿Quién define las reglas del orden regional?
Bienes comunesLos activos estratégicos deben protegerse.¿Qué ocurre cuando un río, un puerto o un bosque dejan de ser bienes comunes y pasan a ser activos de seguridad?
DemocraciaLa estabilidad depende del fortalecimiento de las capacidades de defensa.¿Cómo evitar que la seguridad desplace la deliberación democrática y la participación ciudadana?
Un debate que apenas comienza

La Doctrina Donroe no es únicamente una propuesta de política exterior estadounidense. Es un síntoma del retorno de una geopolítica que vuelve a colocar a América Latina en el centro de las disputas por la seguridad, los recursos estratégicos y la competencia entre potencias.

Su novedad no radica únicamente en recuperar el lenguaje de la Doctrina Monroe. También refleja una transformación más amplia: el paso desde la lógica del enemigo interno propia de la Guerra Fría hacia una constelación de amenazas híbridas, donde migración, narcotráfico, infraestructura crítica, gobiernos considerados hostiles y competencia geopolítica aparecen articulados bajo un mismo marco de seguridad.

Frente a esa mirada, la antigeopolítica no propone ignorar los problemas de seguridad que afectan a nuestras sociedades. Propone otra pregunta: ¿quién define qué significa estar seguros y desde dónde se construye esa definición?

Responder esa pregunta implica desplazar el centro del análisis. Los territorios dejan de ser simples espacios de disputa entre Estados y recuperan su condición de lugares habitados, donde comunidades, pueblos indígenas, organizaciones sociales y gobiernos locales producen conocimientos, cuidan los bienes comunes y construyen formas de seguridad vinculadas con la vida, la justicia ambiental y la democracia.

En un momento en que el hemisferio vuelve a ser concebido como un tablero estratégico, la antigeopolítica recuerda que los territorios no son casillas de un juego de poder. Son espacios vivos, atravesados por memorias, conflictos, derechos y proyectos colectivos. Leer críticamente doctrinas como la Doctrina Donroe es, en ese sentido, un ejercicio para comprender no solo cómo se reorganiza la geopolítica mundial, sino también cómo defender la autonomía de los pueblos y la gestión democrática de los bienes comunes frente a las nuevas formas de securitización.

Herramienta de análisis: Leer la Doctrina Donroe desde la antigeopolítica

La antigeopolítica parte de una premisa sencilla: las doctrinas de seguridad no solo describen el mundo, sino que también lo producen. Al definir amenazas, prioridades y territorios estratégicos, construyen una determinada forma de comprender la realidad y orientan las decisiones políticas.

La siguiente matriz propone algunas claves para leer críticamente la denominada Doctrina Donroe desde una perspectiva antigeopolítica.

Dimensión de análisisLa mirada de la Doctrina DonroeLa lectura desde la antigeopolíticaPreguntas para el debate
TerritorioEl hemisferio occidental es un espacio estratégico cuya estabilidad resulta indispensable para la seguridad de Estados Unidos.El territorio no es únicamente un espacio estratégico; es un espacio vivido, habitado y construido por comunidades con historias, conflictos y proyectos propios.¿Quién decide cuándo un territorio se convierte en «estratégico»? ¿Estratégico para quién?
AmenazasNarcotráfico, migración, terrorismo, gobiernos considerados hostiles y potencias rivales conforman un mismo escenario de inseguridad.Las amenazas no son únicamente hechos objetivos; también son construcciones políticas que priorizan ciertos problemas y silencian otros.¿Cómo se produce la figura del enemigo? ¿Qué conflictos quedan fuera de la narrativa de seguridad?
SeguridadLa seguridad constituye el requisito previo para el desarrollo y la prosperidad.La seguridad también implica garantizar derechos, justicia ambiental, participación democrática y condiciones dignas para la vida.¿Quién define qué significa estar seguros?
PoderEstados Unidos asume un papel conductor en la organización del orden hemisférico.El poder también se construye desde abajo: comunidades, gobiernos locales, pueblos indígenas y organizaciones sociales producen formas propias de gobernanza territorial.¿Quién tiene legitimidad para decidir el futuro del territorio?
ActoresLos protagonistas son los Estados, las fuerzas armadas y las instituciones de seguridad.Las comunidades, organizaciones sociales y pueblos indígenas también producen conocimiento y seguridad territorial.¿Quiénes aparecen como sujetos políticos y quiénes quedan invisibilizados?
DesarrolloEl desarrollo depende del fortalecimiento de la seguridad y las capacidades de defensa.El desarrollo también requiere democracia, redistribución, sostenibilidad ecológica y participación ciudadana.¿Qué modelo de desarrollo se privilegia y quién se beneficia de él?
Bienes comunesLa infraestructura crítica y los activos estratégicos deben protegerse para garantizar la estabilidad regional.Los bienes comunes son territorios de vida cuya gestión debe construirse democráticamente, no únicamente desde criterios de seguridad nacional.¿Qué ocurre cuando un río, un puerto o un bosque pasan de ser bienes comunes a convertirse en activos estratégicos?
EscalaEl análisis parte de los intereses geopolíticos de una gran potencia.El análisis comienza en los territorios, las experiencias locales y las relaciones cotidianas de cuidado.¿Qué cambia cuando el mapa se dibuja desde las comunidades y no desde los centros de poder?
ConocimientoPredominan las categorías de inteligencia, defensa, riesgo y control.Se reconocen saberes comunitarios, memorias territoriales y conocimientos situados sobre el territorio.¿Qué conocimientos son considerados válidos para comprender los conflictos?
DemocraciaLa estabilidad y el orden aparecen como condiciones prioritarias para la cooperación regional.La seguridad solo es sostenible si fortalece la participación, los derechos humanos y la autonomía de las comunidades.¿Puede existir seguridad sin democracia?

Más que ofrecer respuestas definitivas, esta matriz busca mostrar que toda doctrina geopolítica es también una forma de producir realidad. La antigeopolítica invita a desplazar la mirada: del Estado a los territorios; de las amenazas a las relaciones que las construyen; de la competencia entre potencias a las comunidades que sostienen la vida. En ese desplazamiento aparecen preguntas que rara vez figuran en los documentos de seguridad: ¿quién cuida los bienes comunes?, ¿quién define el interés nacional?, ¿qué formas de seguridad emergen desde abajo y no desde los aparatos militares? Estas preguntas son fundamentales para comprender cómo las doctrinas geopolíticas inciden en la democracia, la autonomía territorial y la defensa de los bienes comunes.

Referencia:

Colby, Elbridge (2026). Elbridge Colby on the opportunities of the «Donroe Doctrine». Americas Quarterly. Americas Quarterly

Gonçalves de Lima, Ivaldo (Coord.). (2025). Uma mirada antigeopolítica: Tensão, resistência e emancipação na América Latina. Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

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Comunidades bribris protestan contra DINADECO por irrespeto a autonomía indígena

Zuiri Méndez y Andrea Espinoza

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Clementino Villanueva se levantó a las 3:00 am para viajar desde la comunidad de Meleruk en Territorio Bribri de Talamanca hacia las oficinas centrales de DINADECO en San José.

Al igual que Filidencio Cubillo y más de 60 personas de distintas comunidades de este territorio indígena en Caribe Sur, protestaron el jueves 20 de agosto porque las jefaturas de DINADECO no han tramitado la destitución de la presidenta de la ADITIBRI.

La presidenta firmó un contrato el 14 de septiembre del 2024 con la empresa GGI Grupo GOICO Internacional, por la venta de certificados de créditos de carbono basados en cobertura forestal del territorio. Este convenio se realizó sin consulta previa, libre e informada.

Desde el 2024 la Asamblea de ADITIBRI anula el contrato, sin embargo el conflicto continuó y por esto que el 8 de mayo del 2026 realizaron una nueva Asamblea donde la mayoría votó por destituir a la presidenta.

Clementino indicó que se está irrespetando la autonomía indígena tutelada por legalidad nacional e internacional. Primero cuando DINADECO no está acogiendo la voluntad de la Asamblea general de la ADITIBRI. Y segundo, por firmar un contrato sin realizar la debida consulta.

Bonos de carbono, restricciones culturales y puertas a extractivismos

Restringirnos de las zonas boscosas para el uso de bonos de carbono, atenta contra nuestra dignidad y soberanía alimentaria. Por eso estamos aquí, y esperamos que DINADECO escuche nuestra petición y que el estado costarricense reconsidere su posición. No estamos mendigando nada, estamos aquí exigiendo nuestros derechos, señaló Filidencio.

Las críticas a los mercados de bonos de carbono ha generado críticas dentro del territorio bribri de Talamanca desde el 2010, cuando inició el Programa de REDD+ para territorios indígenas, en cual se estaba planteando según las poblaciones, sin un debido proceso de consulta.

Los bonos de carbono se venden a partir del carbono que capturan grandes masas de árboles, por lo que en los contratos que se firman, usualmente se impide que se realice cualquier alteración que vaya a afectar la captura del carbono. Esto implica que las poblaciones que viven con los bosques, no puedan tocarlos.

En ese sentido genera serias dudas sobre las restricciones que este tipo de proyectos pueda traer sobre los usos tradicionales sobre los bosques, pues son las zonas boscosas que sostienen la materialidad y cosmovisión de sus vidas. Así indica Filidencio: Es parte de nuestra cosmovisión, cuidar la naturaleza, porque en la naturaleza, en los bosques es que se encuentra nuestro alimento, la medicina, nuestras viviendas.

Clementino por su parte, señaló que la firma de estos contratos con empresas privadas pone en riesgo la poca selva que tienen, la protección de los ríos y las montañas. Y señala: Si los traidores entregan nuestros recursos a las transnacionales, no solo es el carbono, sino ya da pie para que exploten el oro, las minas, madera, gas. Estamos abriendo la puerta sin darnos cuenta que todo eso va a suceder a futuro. Y cuando eso pase ¿A dónde iremos todas las familias indígenas? Por eso estamos defendiendo lo poquito que tenemos.

Un lucha que continúa

A la protesta asistieron mujeres, menores de edad y personas adultas mayores provenientes de las comunidades de Kachabli, Korbita, Suretka, Meleruk, Rancho Grande, Volio, entre otras. Clementino indicó: Y si en caso que DINADECO no llegue con las personas negociadoras a un feliz término, la próxima vamos a tener invadido todo esto, no va a pasar ni carro. Talamanca ha sido siempre luchador defendiendo sus recursos naturales.

Galería
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Monitorear para defender: lo que los recientes registros de Philippe Vangoidsenhoven nos muestran sobre el Caribe Sur

Humedales intervenidos, bosques bajo presión, cambios de uso del suelo y fauna que intenta desplazarse entre carreteras, tendidos eléctricos y espacios urbanos. Los monitoreos recientes de Philippe Vangoidsenhoven muestran un territorio en transformación y la importancia de sostener una mirada atenta sobre aquello que muchas veces pasa desapercibido.

Monitorear un territorio también es una forma de defenderlo: observar, recorrer, fotografiar, registrar, comparar y volver al mismo lugar permite reconocer transformaciones que difícilmente pueden comprenderse a partir de una fotografía aislada o de una denuncia puntual. En el Caribe Sur, el trabajo de monitoreo que Philippe Vangoidsenhoven desarrolla desde hace varios años permite precisamente construir esa mirada sostenida sobre el territorio.

Sus recorridos por sectores como Hone Creek, Cocles, Playa Negra, Punta Uva y Sixaola han permitido documentar tanto espacios que todavía conservan importantes valores ecológicos como procesos de intervención que requieren atención.

Los registros más recientes permiten mirar dos dimensiones estrechamente relacionadas: las transformaciones de los ecosistemas y los efectos que estas tienen sobre la fauna que habita y se desplaza por el territorio.

Cuando un territorio cambia poco a poco

Uno de los principales aportes del monitoreo es mostrar que la transformación territorial no necesariamente ocurre de una sola vez.

En los casos recientemente documentados en Cocles y Sixaola aparecen procesos acumulativos: eliminación de vegetación, chapea, tala, rellenos, fumigación, extracción de madera, apertura de terrenos y, posteriormente, posibles cambios hacia otros usos.

En uno de los casos de Cocles, por ejemplo, un terreno donde anteriormente existía una bomba de agua presenta intervenciones que incluyen eliminación de árboles y rellenos con distintos materiales. Las imágenes obtenidas mediante dron permiten observar que una parte importante del terreno presenta características propias de un humedal, algo que resulta difícil de apreciar desde la vía pública debido a la vegetación que permanece en su borde.

El caso resulta especialmente relevante porque permite preguntarnos qué ocurre cuando las transformaciones de un terreno se desarrollan gradualmente y permanecen parcialmente ocultas a la mirada cotidiana.

Y también muestra por qué una fotografía tomada hoy puede ser apenas un fragmento de una historia territorial mucho más larga.

Humedales bajo presión, pero también espacios que todavía resisten

Los registros de Cocles muestran un contraste especialmente significativo. Mientras un humedal presenta señales de intervención, en un terreno cercano todavía permanece otra pequeña laguna rodeada de vegetación y árboles, aparentemente conservando sus características naturales.

La comparación entre ambos espacios permite recordar algo fundamental: los humedales no son terrenos vacíos esperando ser rellenados. Son ecosistemas con funciones propias y espacios que sostienen biodiversidad. El hecho de que algunos todavía permanezcan en buenas condiciones permite, además, reconocer que las transformaciones no son inevitables y que existen espacios cuya conservación continúa siendo posible.

Por eso, monitorear también significa identificar aquello que todavía está ahí y preguntarnos qué necesitamos hacer para que permanezca.

Bosques, humedales y cauces forman parte del mismo territorio

Otro de los elementos que aparece en los registros es la dificultad de separar los problemas ambientales en categorías aisladas.

En el sector de Cocles, territorio Keköldi, el monitoreo permitió identificar trabajos de chapea en un terreno con árboles antiguos y sectores con características de humedal. La intervención pudo detenerse con la participación de la Fuerza Pública y un fiscal indígena. El sitio se encuentra, además, en un espacio vinculado al Refugio Nacional de Vida Silvestre Gandoca-Manzanillo y, según la información registrada, parte del área corresponde a Patrimonio Natural del Estado.

En Sixaola aparece otra cadena de transformaciones: extracción de madera, reducción de cobertura vegetal, eliminación de regeneración, fumigación, fragmentación y posterior transformación de terrenos, incluyendo áreas que habrían sido destinadas a la venta de lotes. El monitoreo también registra intervenciones próximas al cauce de agua que atraviesa la finca.

Esto permite observar una tendencia que merece especial atención: bosque, humedal, vegetación ribereña, cauces y cambio de uso del suelo no pueden analizarse como asuntos separados.

Lo que ocurre en una parcela puede tener efectos sobre otros elementos del territorio.

De la extracción de madera al cambio de uso del suelo

El caso de San Rafael 2, en Sixaola, permite observar una transformación que merece seguimiento más allá del momento de la tala.

De acuerdo con el monitoreo, la extracción de madera se habría desarrollado durante más de tres décadas, pasando progresivamente de árboles de mayor diámetro hacia árboles más pequeños. Posteriormente, algunas áreas fueron despejadas, se iniciaron labores de fumigación y parte del terreno habría comenzado a ponerse a disposición para la venta de lotes.

La preocupación, entonces, no se limita a cuánto bosque se pierde en un momento determinado.

También importa qué ocurre después. La apertura de terrenos, la fragmentación y la posible urbanización pueden formar parte de una misma secuencia de transformación. Por eso, el monitoreo permite construir memoria y seguir el proceso completo, en lugar de observar únicamente una intervención puntual.

La fauna también nos cuenta cómo está cambiando el territorio

El segundo monitoreo reciente amplía esta mirada. Porque el territorio no está habitado únicamente por personas, casas, carreteras o infraestructura. También lo utilizan especies que necesitan desplazarse, alimentarse, descansar y reproducirse.

En Puerto Viejo, Philippe ha seguido durante años la presencia de un cocodrilo juvenil que habita una quebrada ubicada en la entrada de la localidad. El animal parece haberse adaptado a este espacio urbano y mantiene una conducta de evasión frente a las personas. Pero incluso pequeñas modificaciones pueden alterar las condiciones de esa convivencia.

Los troncos ubicados en la desembocadura de la quebrada, utilizados por el cocodrilo como lugar de descanso, fueron retirados. La intervención habría estado relacionada con el manejo del agua, aunque esta información requiere confirmación institucional. El caso abre una pregunta sencilla pero importante: ¿qué ocurre cuando modificamos un elemento aparentemente menor que forma parte del hábitat de una especie?

El monitoreo también registra dos casos de congos encontrados muertos en sectores de Paraíso Road y San Rafael 2, Sixaola. En el primer caso, las características observadas permiten plantear como hipótesis un posible contacto con cables de alta tensión, aunque la causa exacta requeriría una evaluación técnica. El segundo registro refuerza la necesidad de identificar posibles puntos de riesgo en los recorridos de la fauna.

No basta con construir infraestructura para la fauna

Hay otro aprendizaje interesante. En Paraíso Road se había instalado un mecate con la intención de facilitar el desplazamiento de animales sobre la carretera. Sin embargo, después de más de un año de seguimiento mediante cámaras, Philippe señala que no registró cruces por esa estructura.

Esto plantea una cuestión que debería estar presente en las políticas de conservación: una infraestructura para fauna no debería evaluarse solamente porque fue construida.

También necesitamos saber si funciona. ¿La utilizan los animales? ¿Qué especies la utilizan? ¿Con qué frecuencia? ¿En qué condiciones? ¿Qué modificaciones serían necesarias?

El monitoreo permite justamente formular estas preguntas y evaluar si las medidas adoptadas producen los resultados esperados.

Algunas tendencias que atraviesan los registros

Aunque los casos son diferentes, vistos en conjunto permiten reconocer varias tendencias presentes en el Caribe Sur.

1. La transformación territorial es progresiva: Las intervenciones pueden acumularse durante años: primero la eliminación de vegetación, luego el relleno, la limpieza, la fumigación, la apertura de caminos o terrenos y finalmente nuevos usos.

2. Los humedales continúan bajo presión: Los registros muestran tanto humedales intervenidos como espacios que todavía conservan sus características naturales. El contraste hace visible la necesidad de protegerlos y dar seguimiento a sus transformaciones.

3. El cambio de uso del suelo merece atención permanente: La pérdida de cobertura forestal puede ser parte de procesos más amplios de fragmentación, apertura de terrenos y urbanización.

4. La infraestructura también transforma los recorridos de la fauna: Carreteras, puentes y tendidos eléctricos atraviesan espacios utilizados por las especies. Lo que para las personas puede parecer infraestructura cotidiana puede convertirse en una barrera o un punto de riesgo para la fauna.

5. Las denuncias no deberían ser el punto final: En varios de los casos aparecen denuncias previas, participación institucional o acciones para detener intervenciones. Pero queda una pregunta fundamental: ¿qué ocurre después?

El seguimiento permite saber si una intervención se detuvo, si reapareció, si cambió de forma o si forma parte de un proceso más amplio.

6. La información también es una herramienta de prevención: Conocer dónde habita una especie, por dónde se desplaza o dónde se producen intervenciones permite anticipar conflictos y pensar medidas preventivas.

En ese sentido, monitorear no es solamente registrar problemas. Es también producir información para tomar mejores decisiones.

Monitorear es construir memoria territorial

Quizás uno de los aportes más importantes de este trabajo sea precisamente ese: construir memoria.

Las fotografías, videos, recorridos, observaciones y registros realizados en distintos momentos permiten comparar el antes y el después, reconocer patrones y documentar cambios que podrían perderse en la cotidianidad.

El monitoreo ciudadano puede convertirse así en una herramienta para mirar procesos que requieren tiempo.

Porque un bosque que desaparece, un humedal que se rellena, un cauce que se modifica o un corredor utilizado por la fauna que se interrumpe no son necesariamente hechos aislados. Pueden ser parte de transformaciones más amplias del territorio.

Y seguir esas transformaciones permite formular preguntas que no siempre aparecen cuando miramos solamente una parcela o un evento:

– ¿Qué está cambiando?
– ¿Desde cuándo?
– ¿Qué permanece?
– ¿Quién interviene?
– ¿Qué mecanismos existen para protegerlo?
– ¿Y qué sucede después de que aparece una alerta?

Seguir mirando también es defender

Los registros recientes de Cocles, Puerto Viejo y Sixaola muestran un Caribe Sur profundamente dinámico.

Hay humedales que enfrentan presiones, pero también otros que permanecen. Hay bosques transformados y espacios que todavía conservan árboles antiguos. Hay fauna que encuentra formas de adaptarse a espacios urbanos y animales que enfrentan riesgos asociados con la infraestructura.

Frente a estas transformaciones, el monitoreo permite hacer algo fundamental: no perder de vista lo que está ocurriendo.

El trabajo de Philippe Vangoidsenhoven nos recuerda que recorrer el territorio, documentarlo y volver a mirar en el tiempo puede aportar elementos para comprender los cambios, identificar tendencias y mantener abiertas las discusiones sobre cómo queremos habitar estos territorios.

Porque monitorear no es solamente observar. Es construir memoria, producir conocimiento y sostener una mirada sobre aquello que queremos defender.

Seguir el monitoreo del Caribe Sur

Este trabajo de observación continúa y reúne nuevos registros sobre fauna, ecosistemas, transformaciones territoriales y situaciones que requieren seguimiento.

Si quieren conocer directamente los reportes, fotografías y observaciones de Philippe Vangoidsenhoven, pueden visitar su página de monitoreo:

Ingresa aquí para conocer su sitio web.

Sigue su página de Facebook

Seguir estos registros también es una forma de mantener la mirada sobre el territorio.

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Registrar para no normalizar: palabras, poder y violencia política

Hay palabras que parecen pequeñas. Una descalificación, una burla, un apodo o una etiqueta lanzada desde una conferencia de prensa pueden durar apenas unos segundos, convertirse en titular, circular por redes sociales y desaparecer rápidamente entre nuevas declaraciones y nuevas controversias. Sin embargo, cuando esas palabras son pronunciadas desde posiciones de autoridad, merecen ser registradas. No solamente por lo que dicen, sino por lo que hacen.

La reciente referencia a la “plantonitis” ofrece una puerta de entrada para observar un fenómeno más amplio. En estos primeros cien días de gobierno se ha acumulado un repertorio de expresiones utilizadas para referirse a quienes protestan, cuestionan, investigan, critican o simplemente incomodan al poder. Ratas, cucarachas, vagabundos, canallas, comunistas, filibusteros, jetones, zánganos, sicarios políticos y muchas otras expresiones forman parte de un vocabulario que merece ser observado más allá de la anécdota.

Por eso reunimos cien términos y expresiones. No como un campeonato de groserías ni para reducir la discusión política a quién insultó más, sino como un ejercicio de registro. Porque las palabras también forman parte de las relaciones de poder.

Cuando la palabra viene desde el poder

No todas las palabras tienen el mismo peso. Una descalificación entre particulares puede formar parte de una disputa interpersonal, pero cuando quien habla ocupa la Presidencia de la República, una curul legislativa o una posición institucional de autoridad, sus palabras ocurren dentro de una relación desigual. Quien ejerce el poder tiene una plataforma pública, capacidad para instalar temas en la agenda y, en muchos casos, capacidad efectiva para tomar decisiones que afectan la vida de las personas.

Por eso, cuando desde esos espacios se llama “ratas”, “vagabundos”, “canallas”, “filibusteros” o “sicarios políticos” a quienes cuestionan, el problema no se agota en el tono. Hay una operación política que merece atención: el adversario deja de aparecer como alguien con quien se puede discrepar y comienza a ser construido como alguien despreciable, ignorante, corrupto, peligroso o enemigo.

Esto no significa que la política deba ser un espacio sin conflicto. Todo lo contrario. Una democracia necesita desacuerdos, controversias y confrontación de ideas. El problema aparece cuando la respuesta a una posición política deja de ser un argumento y pasa a ser una descalificación de quien la sostiene.

De la demanda al estigma

Una de las consecuencias de este lenguaje es el desplazamiento de la discusión. En lugar de preguntar qué está reclamando una comunidad, qué denuncia una organización o qué cuestiona una persona, la conversación comienza a girar alrededor de quiénes son esos que reclaman.

La protesta puede convertirse entonces en “plantonitis”; quienes protestan, en “vagabundos”; quienes cuestionan, en “enemigos”; quienes investigan, en “sicarios”; quienes discrepan, en “comunistas” o “antipatriotas”. La etiqueta funciona como una respuesta rápida: permite desacreditar al interlocutor sin necesidad de entrar en el contenido de su argumento.

Este mecanismo adquiere especial relevancia cuando pensamos en los bienes comunes. Defender un río, el agua, un bosque, un territorio, un parque, una escuela, la salud o cualquier otro espacio fundamental para la vida colectiva implica muchas veces organizarse, participar, cuestionar decisiones y disputar públicamente las formas en que se administra aquello que nos pertenece colectivamente.

La protesta, en ese sentido, no es una anomalía de la democracia. Es también una de sus expresiones.

Registrar para poder volver sobre lo ocurrido

Aquí aparece el sentido de este ejercicio. Registrar no significa asumir que cada expresión constituye por sí misma un acto de violencia política ni que todas tienen la misma gravedad. Significa conservar la evidencia para poder discutirla.

¿Quién lo dijo? ¿Cuándo? ¿En qué contexto? ¿Contra quién? ¿Fue una expresión aislada o forma parte de un repertorio que se repite? ¿Qué efecto produce cuando ese lenguaje proviene de una autoridad?

Estas preguntas son importantes porque la comunicación política contemporánea está marcada por una velocidad que favorece el olvido. Una declaración provoca indignación durante unas horas, se convierte en meme al día siguiente y pronto queda desplazada por la siguiente controversia. La acumulación desaparece. El patrón se vuelve difícil de percibir.

El registro interrumpe ese ciclo. Permite volver sobre las palabras, compararlas y reconstruir una secuencia. También permite enfrentar la desinformación: una frase puede ser recortada, sacada de contexto, reinterpretada o negada con el paso del tiempo. Conservar las declaraciones y sus fuentes permite regresar a lo ocurrido y discutirlo sobre una base documental.

Por eso, documentar estas expresiones no consiste simplemente en guardar insultos. Es construir memoria política.

El peligro de acostumbrarnos

Existe además un riesgo menos visible: la normalización. Una expresión que inicialmente provoca rechazo puede convertirse, después de repetirse muchas veces, en parte del paisaje político. Lo que ayer parecía inaceptable comienza a ser explicado como “el estilo” de determinada figura pública. La violencia verbal deja de discutirse y pasa a considerarse simplemente una característica del personaje.

Ahí el registro cumple otra función. Permite decir que algo ocurrió antes de que se vuelva invisible por repetición.

La normalización no significa que todas las palabras fuertes deban recibir el mismo tratamiento. Tampoco supone exigir una política sin confrontación. Significa prestar atención cuando la descalificación sistemática empieza a sustituir al argumento y cuando el desprecio se convierte en una forma habitual de responder a la crítica.

Registrar permite conservar la posibilidad de mirar hacia atrás y preguntar: ¿cuándo comenzó a parecernos normal?

Cien días como punto de partida

Los primeros cien días de un gobierno suelen utilizarse para hacer balances de proyectos, decisiones, anuncios y resultados. Proponemos agregar otra dimensión: observar cómo habla el poder cuando enfrenta el desacuerdo.

La “plantonitis” es, en este sentido, una puerta de entrada satírica a una discusión mucho más seria. El problema no está únicamente en una palabra, sino en lo que un repertorio de palabras puede revelar sobre la relación entre autoridad, crítica y participación.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes nos interesa mirar estas formas de comunicación porque la defensa de lo común requiere precisamente espacios donde las comunidades puedan cuestionar, organizarse y disputar las decisiones que afectan sus territorios y sus condiciones de vida. Si quienes ejercen ese derecho son sistemáticamente ridiculizados o deslegitimados, también se está afectando la calidad del espacio democrático en el que esas disputas ocurren.

Las palabras no son un detalle separado de la política. Pueden cerrar conversaciones o abrirlas; pueden deshumanizar o reconocer; pueden convertir una demanda social en una molestia o permitir que esa demanda sea escuchada.

Por eso hacemos este registro. Registrar para recordar. Recordar para discutir. Discutir para no normalizar.

Porque frente a la velocidad del discurso político, el olvido también puede convertirse en una forma de impunidad. Y porque quienes defienden un río, el agua, un bosque, un territorio o cualquier otro bien común tienen derecho a algo tan sencillo como fundamental: que su voz sea escuchada antes de ser descalificada.

100 expresiones de la confrontación política

Las siguientes palabras y expresiones han sido utilizadas y enunciadas públicamente desde lugares de poder político y tribunas institucionales. Se presentan como un registro del lenguaje empleado para descalificar, ridiculizar, estigmatizar o confrontar a personas, grupos, medios e instituciones.

No se trata de equiparar todas las expresiones ni de afirmar que tienen la misma gravedad. El interés del registro está precisamente en observar la acumulación y las distintas formas que puede adoptar el lenguaje de la confrontación.

  • Inútiles
  • Mafiosos
  • Chantajistas
  • Banda de corruptos
  • Antipatriotas
  • Desgraciados
  • Malnacidos
  • Burros
  • Mentirosos
  • Desagradables
  • Que rebuznan
  • Vagos
  • Mezquinos
  • Traidores de la patria
  • Ratas
  • Cucarachas
  • Judas
  • Matrafuleros
  • Loca de Gandoca
  • Zánganos
  • Sicarios políticos
  • Ticos con corona
  • Medios canallas
  • Mentirosos
  • Desinformadores
  • Manipuladores
  • Hipócritas
  • Escandalosos
  • Malintencionados
  • Cafoleados
  • Despreciable
  • En lo único que a usted no la he visto metida […] es en el gimnasio
  • Ticos con corona
  • Tontita
  • Tres medios
  • asesinos a sueldo
  • Sicario que se vende al mejor postor
  • Prensa canalla
  • Defensor de las castas
  • Prensa malvada
  • Prensa ruin
  • Vende humo
  • Resentidos sociales
  • Damas de compañía
  • Diputadilla comunista y resentida social
  • Vagabunda
  • Tonta que no entiende
  • Gran mentirosa
  • Vagabunda, tonta que no entiende, o mentirosa
  • Traición a los ideales del pueblo de Costa Rica
  • Comunista
  • Desagradable
  • Vendidos
  • Corruptos
  • Equino
  • Atacan sin piedad
  • Campaña psicológica
  • Grupo chiquitito de diputados
  • El ridículo que están haciendo
  • Meterse en la misma cama
  • El escándalo que hagan
  • El ridículo que están haciendo
  • Escandalillos baratos
  • Morbo
  • Mentir sin pudor
  • Patente de corso
  • Hacer lo que le dé la gana
  • A donde le dé la gana
  • Como le dé la gana
  • Escudarse en la libertad de prensa
  • Comunistas
  • Vagabundos
  • Canallas
  • Vergüenza nacional
  • Lastre
  • Partida de comunistas
  • Que se enderecen
  • Trolles
  • Obstruccionistas
  • Privilegiados
  • Caníbales
  • Póngase crema de rosas”
  • “Que le llevara serenata”
  • Acusetas
  • La desaparición del comunismo
  • Maricón
  • Chuchinga
  • Pernicioso
  • Vulgar
  • Perverso
  • Animal
  • Hocico
  • Chancletudo barato de quinta categoría
  • Chusma
  • Pachuco
  • Cobarde
  • Miserable
  • Que llega drogado a la Asamblea
  • El más inepto e inútil de los funcionarios
  • Un plantón que no merece más que el desprecio
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Cien días de Laura Fernández: las señales de un rumbo socioambiental

Antes de la llegada de Laura Fernández a la Presidencia, el gobierno de Rodrigo Chaves cerraba su período dejando una señal clara sobre la forma en que había venido construyendo su relación con la política ambiental: una creciente confrontación con quienes defendían límites ambientales, una asociación cada vez más explícita entre regulación y obstáculos para la inversión, y una defensa del desarrollo económico como argumento para cuestionar decisiones de las instituciones encargadas de la protección ambiental. El episodio ocurrido en los últimos días de su administración, marcado por los cuestionamientos y descalificaciones hacia quienes interpusieron recursos y decisiones institucionales que frenaban determinadas iniciativas, no puede leerse únicamente como un conflicto puntual. Forma parte de una tendencia más amplia en la que la protección ambiental comienza a ser presentada como una fuente de incertidumbre para la inversión y donde quienes defienden esos límites son colocados discursivamente del lado de los obstáculos al desarrollo. Es sobre este terreno político que Laura Fernández inicia su gobierno.

Los primeros 100 días del gobierno de Laura Fernández permiten identificar algunas señales sobre la orientación que comienza a tomar su administración en materia ambiental. La apuesta por formalizar la minería en Crucitas, las decisiones alrededor de la presión turística en Corcovado y la persistencia de un discurso confrontativo hacia sectores ambientalistas abren una pregunta de mayor alcance: ¿estamos ante una profundización del giro que comenzó durante la administración de Rodrigo Chaves?

Cien días no bastan para definir por completo el rumbo de un gobierno. Sería apresurado convertir este breve período en una explicación definitiva de lo que será toda una administración. Sin embargo, los primeros meses sí permiten observar prioridades, identificar conflictos que adquieren centralidad y reconocer las formas en que un nuevo gobierno comienza a responder a las tensiones que atraviesan al país.

En el caso de Laura Fernández, esta lectura adquiere una particularidad. Su llegada a la Presidencia no representa una ruptura absoluta con el período anterior, sino la continuidad de un bloque político que durante la administración de Rodrigo Chaves ya había mostrado una relación conflictiva con diversos sectores ambientalistas y una disposición creciente a cuestionar los límites que la institucionalidad ambiental establece sobre determinadas actividades económicas.

Los primeros 100 días permiten preguntarse, entonces, qué elementos de ese rumbo se mantienen y cuáles comienzan a profundizarse.

La discusión sobre Crucitas, las tensiones alrededor de la gestión del Parque Nacional Corcovado y las formas en que desde el oficialismo se ha respondido a quienes cuestionan determinadas decisiones ambientales permiten observar algo más que conflictos aislados. En conjunto, estos acontecimientos muestran una forma particular de entender la relación entre desarrollo y naturaleza, donde la conservación parece enfrentar una presión creciente para demostrar su compatibilidad con determinados intereses económicos.

Crucitas: cuando la explotación comienza a presentarse como respuesta

La situación en Crucitas ha ocupado un lugar central dentro de esta discusión. Durante años, el territorio ha sido escenario de minería ilegal, degradación ambiental, presencia de redes dedicadas a la extracción de oro y una evidente incapacidad estatal para controlar de manera sostenida lo que ocurre en la zona.

Frente a este escenario, la posición asumida por la presidenta Laura Fernández ha sido clara: la explotación formal del oro comienza a presentarse como una alternativa necesaria frente a un problema que el Estado no ha logrado resolver.

El argumento parte de una realidad difícil de negar. La minería ilegal continúa y las capacidades institucionales para detenerla son limitadas. Pero el debate comienza a adquirir otra dimensión cuando la incapacidad para controlar una actividad ilegal se convierte en una razón para abrir la discusión sobre la explotación formal.

La pregunta deja de ser únicamente cómo detener la extracción ilegal, restaurar el territorio o recuperar ambientalmente una zona afectada durante años. También comienza a plantearse cómo aprovechar formalmente un recurso que, según esta lógica, continuará siendo extraído de una u otra manera.

Esta forma de construir el problema permite recuperar una de las reflexiones desarrolladas por Eduardo Gudynas alrededor de los extractivismos. La explotación de la naturaleza no se sostiene únicamente mediante proyectos, inversiones o decisiones legales. También requiere discursos que la presenten como necesaria, inevitable o como la única respuesta realista frente a un determinado problema.

En Crucitas comienza a configurarse precisamente esa tensión. La formalización de la minería aparece como una alternativa pragmática, mientras las propuestas que priorizan la restauración o la protección del territorio pueden ser presentadas como posiciones incapaces de responder a la realidad.

Pero esta oposición simplifica un conflicto mucho más complejo. La incapacidad estatal para controlar la minería ilegal no convierte automáticamente la explotación formal en la única alternativa posible. También obliga a preguntarse qué tipo de respuesta pública se construye cuando un problema de gobernanza termina abriendo el camino para una nueva forma de apropiación económica de un territorio.

Corcovado: cuando la conservación comienza a negociarse

El caso de Corcovado permite observar esta tensión desde otro lugar. Aquí no se discute directamente la apertura de una actividad extractiva, sino la capacidad de un área protegida para establecer límites frente a la presión turística.

Las dificultades de la infraestructura sanitaria de la Estación Biológica Sirena llevaron al Sinac a reducir temporalmente el aforo, aplicando el principio precautorio ante el riesgo de afectaciones ambientales. Sin embargo, la medida generó presión de sectores vinculados con la actividad turística y, poco después, el límite de visitación volvió a aumentar.

Más allá de la discusión sobre la pertinencia técnica de cada decisión, el episodio permite observar una dinámica relevante: los límites ambientales pueden comenzar a ser negociados cuando entran en conflicto con intereses económicos. La protección no desaparece necesariamente; las instituciones continúan existiendo y las decisiones siguen presentándose como técnicamente fundamentadas. Lo que cambia es el límite que se considera aceptable.

Este tipo de desplazamiento resulta importante para leer la política ambiental. La flexibilización no siempre ocurre mediante la eliminación de una norma o la apertura explícita de un territorio a una nueva actividad. También puede producirse mediante ajustes sucesivos de los umbrales de protección, reinterpretaciones técnicas o modificaciones de las condiciones bajo las cuales una actividad puede continuar.

Corcovado plantea así una pregunta que trasciende el caso: ¿los límites ambientales están orientando las actividades económicas o son las presiones económicas las que terminan redefiniendo esos límites?

La diferencia es fundamental. En el primer escenario, la actividad económica debe adaptarse a las condiciones ecológicas del territorio. En el segundo, son esas condiciones las que progresivamente deben acomodarse a las necesidades de la actividad económica.

La disputa también ocurre en el lenguaje

Los primeros 100 días de un gobierno no se leen únicamente a través de sus decisiones. También se observan en el lenguaje con el que se construyen los conflictos y se responde a quienes cuestionan determinadas políticas.

En este punto resulta significativa la continuidad de una forma de confrontación que ya había sido característica del oficialismo durante la administración de Rodrigo Chaves. El episodio protagonizado por el entonces presidente y la reacción hacia un diputado electo, luego de las acciones legales relacionadas con la tala de árboles en Playa Panamá, permite observar la manera en que determinados conflictos ambientales pueden transformarse rápidamente en una confrontación contra quienes los cuestionan.

La discusión no se concentra únicamente en la tala, los procedimientos legales o los impactos ambientales. También se desplaza hacia la descalificación de la persona que interpone la acción y hacia la construcción de su posición como una expresión de fanatismo o radicalismo. Este desplazamiento no es menor.

Cuando el debate ambiental comienza a organizarse alrededor de una oposición entre pragmatismo y fanatismo, quienes defienden límites a determinadas actividades económicas pueden ser presentados como personas que se oponen al desarrollo, al empleo o a la prosperidad.

Desde esta perspectiva, las reflexiones de Gudynas permiten observar otro componente de los extractivismos: sus formas de legitimación. La explotación de la naturaleza necesita ser presentada como una actividad necesaria para el bienestar, mientras quienes cuestionan sus impactos pueden ser convertidos en obstáculos para alcanzar ese bienestar.

Así, una discusión sobre minería, conservación o protección de un bosque corre el riesgo de transformarse en otra discusión: quién tiene derecho a cuestionar las decisiones que se toman sobre los territorios. La crítica ambiental deja de ser solamente una diferencia política o técnica y comienza a ser presentada como un problema que debe enfrentarse.

Más que hechos aislados

Crucitas, Corcovado y la confrontación con sectores ambientalistas son conflictos distintos. Sería simplista afirmar que todos responden exactamente a una misma lógica o que los primeros 100 días permiten establecer conclusiones definitivas sobre toda la política ambiental del gobierno de Laura Fernández. Sin embargo, observar estos acontecimientos en conjunto permite identificar algunas señales:

-La primera es una mayor disposición a presentar la explotación de la naturaleza como una respuesta legítima e incluso necesaria frente a determinados problemas. En Crucitas, la formalización de la minería comienza a ocupar un lugar central dentro de las alternativas planteadas para enfrentar la extracción ilegal.

-La segunda tiene que ver con la posición de la conservación frente a las actividades económicas. El caso de Corcovado muestra que los límites ambientales pueden quedar rápidamente sometidos a presión cuando afectan intereses económicos y sociales vinculados a la explotación turística de un territorio. Más aún, muestra cómo una medida precautoria puede ser revisada en un contexto de presión sectorial y poco después de producirse un cambio en la dirección responsable de la gestión del área.

-La tercera se encuentra en el terreno político y discursivo. La confrontación con sectores ambientalistas y la tendencia a presentar determinadas posiciones como radicales o fanáticas contribuyen a reducir el espacio para una discusión pública más amplia sobre las alternativas de desarrollo.

Vistas por separado, estas situaciones pueden parecer conflictos específicos, con actores y circunstancias particulares. Vistas en conjunto, permiten preguntarse si estamos asistiendo a una profundización de una orientación que ya había comenzado a consolidarse durante el gobierno de Rodrigo Chaves: una forma de entender el desarrollo donde la naturaleza aparece cada vez más como un recurso disponible para ser aprovechado y donde los límites ambientales deben justificar constantemente su permanencia.

Cien días y una pregunta abierta

Eduardo Gudynas ha insistido en que el extractivismo no debe entenderse únicamente como un conjunto de actividades dedicadas a extraer recursos naturales. También constituye una forma de organizar la relación entre economía, Estado y naturaleza, con efectos que pueden extenderse hacia las instituciones, la participación ciudadana y la propia manera en que se entiende el desarrollo.

Esta perspectiva permite leer los primeros 100 días de Laura Fernández más allá de una lista de decisiones o declaraciones. La pregunta no es solamente si su gobierno promoverá o no determinados proyectos extractivos.

La cuestión de fondo es qué tipo de relación comienza a construirse entre la actividad económica y los límites que imponen los ecosistemas.

-¿La conservación será entendida como una condición que debe orientar las decisiones sobre el desarrollo?

-¿O comenzará a ser presentada, cada vez con mayor frecuencia, como un obstáculo que debe flexibilizarse cuando entra en conflicto con determinadas actividades económicas?

Los primeros 100 días todavía no ofrecen una respuesta definitiva. Pero sí permiten reconocer señales, prioridades y formas de entender los conflictos. Y esas señales importan.

Porque los cambios en la política ambiental no siempre comienzan con la aprobación de una gran reforma o con la apertura inmediata de un nuevo proyecto. A veces comienzan con algo aparentemente más sutil: con una nueva forma de nombrar la naturaleza, de definir qué se considera una solución realista y de establecer quiénes pueden participar legítimamente en la discusión sobre el futuro de los territorios.

A cien días de iniciado el gobierno de Laura Fernández, quizás esa sea una de las preguntas más importantes que comienza a plantearse: ¿hacia dónde se está moviendo Costa Rica cuando se trata de decidir qué proteger, qué explotar y quién tiene derecho a cuestionar esas decisiones?

Leer la dirección del cambio

Las políticas ambientales no siempre cambian de un día para otro. A veces el desplazamiento ocurre de manera gradual: una excepción, una modificación técnica, un cambio de criterio, una nueva interpretación de una norma o una decisión que parece aislada. Por eso, además de preguntarnos qué decisión toma un gobierno, necesitamos observar hacia dónde se mueve el límite.

Esta tabla propone seguir esas pequeñas variaciones. ¿Se fortalecen las capacidades de protección o se debilitan? ¿Se mantienen los límites ambientales o comienzan a flexibilizarse? ¿La naturaleza continúa siendo entendida como un bien que debe protegerse o aparece cada vez más como un recurso disponible para la inversión y el aprovechamiento económico?

La clave no está en etiquetar inmediatamente cada decisión, sino en seguir la trayectoria. Una decisión aislada puede decir poco; varias decisiones que apuntan en una misma dirección comienzan a revelar una tendencia.

Leer la política ambiental es, también, aprender a reconocer hacia dónde se está moviendo el límite.

Tendencia observada¿Qué significa preguntar?
Fortalecimiento de límites¿Se están ampliando las capacidades de protección y regulación?
Mantenimiento¿Se mantienen las reglas y capacidades existentes?
Flexibilización¿Se modifican límites para facilitar determinadas actividades?
Debilitamiento institucional¿Se reducen capacidades, controles o autonomía institucional?
Expansión extractiva¿Se abren nuevas posibilidades de apropiación de bienes naturales?
Mercantilización¿Un bien común comienza a ser tratado principalmente como recurso económico?
Conflicto y confrontación¿La crítica ambiental está siendo deslegitimada o criminalizada discursivamente?
Democratización¿Se amplían los espacios de participación y deliberación sobre las decisiones territoriales?

Referencias

Arrieta, Esteban (2026, 12 de junio). Laura Fernández a opositores de explotar oro de Crucitas: “Que Dios los perdone, ojalá que el pueblo de Costa Rica no”. La República.

Gudynas, Eduardo (2015). Extractivismos: Ecología, economía y política de un modo de entender el desarrollo y la Naturaleza. CEDIB y CLAES.

Madrigal, Luis (2026, 23 de abril). Chaves insulta a magistrado de Sala IV y diputado electo tras freno a tala de árboles en Papagayo. Delfino.cr.

Martínez, Alonso (2026, 3 de julio). Minae reubica a director de ACOSA tras presión de sectores turísticos por reducción de aforo en Corcovado. Delfino.cr

May, Sebastian. (2026, 19 de mayo). Laura Fernández invita a diputaciones a gira por Crucitas el 19 de junio. Delfino.cr.

Pomareda, Fabiola. (2026, 28 de julio). Sinac vuelve a aumentar el aforo en Corcovado tras salida de director que alertó por colapso ambiental. Semanario Universidad.

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El jardín del mar se apaga: La huella humana está destruyendo los arrecifes

Un nuevo estudio científico ha llegado a una conclusión: los eventos de blanqueamiento masivo de corales que están devastando los arrecifes del mundo no ocurrirían sin el cambio climático causado por las formas de consumo e industrias promovidas por el ser humano.

Esta investigación, publicada en la revista Oceanography, demuestra que el aumento de la temperatura del mar, impulsado por nuestras emisiones de gases de efecto invernadero, es el motor principal de esta crisis ecológica. Fenómenos naturales como «El Niño» solo actúan como un catalizador que acelera un problema que ya existía por nuestra culpa.

¿Qué está pasando con los corales?

Los corales son animales que construyen los arrecifes, verdaderas ciudades submarinas. Viven en simbiosis con unas algas microscópicas que les dan su color y la mayor parte de su alimento. Esta relación es perfecta… hasta que el agua se calienta demasiado.

Cuando la temperatura del océano supera cierto umbral durante varias semanas, los corales expulsan a estas algas. Es como si perdieran su fuente de energía. Este proceso se conoce como blanqueamiento porque el coral pierde su color y se vuelve blanco, mostrando su esqueleto de carbonato de calcio.

Si las condiciones de estrés térmico persisten, los corales mueren. Y lo que era un ecosistema vibrante y lleno de vida se convierte en un paisaje desolado dominado por algas.

Este fenómeno ha ocurrido en cuatro ocasiones a escala global desde 1998, siendo el más reciente y prolongado el que comenzó en 2018 y se extendió hasta 2025. Hasta ahora, estos eventos se asociaban a la ocurrencia de «El Niño». Sin embargo, este nuevo estudio cambia la perspectiva por completo.

Hallazgos Principales del Estudio

Los investigadores utilizaron una técnica llamada «atribución de eventos extremos», que permite aislar el efecto del cambio climático del resto de las variaciones naturales del océano. Estos son sus descubrimientos clave:

  • Sin cambio climático, no habría blanqueamiento global: Al simular un escenario sin el calentamiento global inducido por el ser humano, los científicos descubrieron que ninguno de los cuatro eventos de blanqueamiento masivo habría ocurrido.

  • El impacto humano es anterior a lo que se creía: El estudio revela que el cambio climático ya era el principal impulsor del blanqueamiento masivo desde el primer evento en 1998, incluso cuando se considera la influencia del fuerte «El Niño» de ese año.

  • El calentamiento global supera a «El Niño»: La investigación cuantifica que el efecto del calentamiento global en el estrés térmico de los corales es, hoy en día, más fuerte que el de un «El Niño» extremo en la mayoría de las regiones del mundo.

  • El riesgo es generalizado y creciente: El estudio mapeó las regiones con mayor riesgo de blanqueamiento. La mayoría de los arrecifes del mundo ya están experimentando niveles de estrés térmico que son directamente atribuibles al calentamiento global, y la tendencia va en aumento.

  • Se acabó la era de los eventos esporádicos: La conclusión es clara: los eventos de blanqueamiento masivo, que antes ocurrían cada década, se están volviendo casi anuales, y esto se debe exclusivamente al aumento de la temperatura global.

Datos Clave que Debes Conocer

Para entender la magnitud de esta crisis, aquí te presentamos los hallazgos más importantes del estudio, traducidos en datos concretos:

Dato ¿Qué significa?
+0.7°C desde 1998 El aumento adicional de la temperatura global ha convertido un fenómeno natural esporádico en una crisis permanente.
El calentamiento global es más fuerte que «El Niño» En 61 de cada 74 regiones con arrecifes, el impacto humano ya supera al del fenómeno natural más potente.
Para 2028, el calentamiento dominará todas las regiones La influencia humana será el factor principal en el 100% de los arrecifes del mundo.
Sin cambio climático, el blanqueamiento sería «extremadamente raro» Los eventos de blanqueamiento masivo simplemente no existirían en un mundo sin calentamiento global.
El daño comenzó en 1998 El cambio climático ya era el principal impulsor del blanqueamiento desde el primer evento, hace más de 25 años.
La velocidad de calentamiento supera la capacidad de adaptación de los corales Los corales no pueden evolucionar lo suficientemente rápido para seguir el ritmo del cambio.
Los arrecifes albergan el 32% de todas las especies marinas Su desaparición sería una catástrofe ecológica, económica y humanitaria para más de 500 millones de personas.
¿Qué Actividades Humanas Están Causando Esto?

El calentamiento global no es un fenómeno abstracto. Es el resultado directo de nuestras actividades diarias. Estas son las principales causas que podemos señalar como responsables del aumento de la temperatura del océano:

1. Quema de Combustibles Fósiles: La principal fuente de emisiones de gases de efecto invernadero es la quema de carbón, petróleo y gas natural para generar energía, transportarnos y producir bienes. Este proceso libera grandes cantidades de dióxido de carbono (CO₂) a la atmósfera, que atrapa el calor y calienta el planeta, y con él, los océanos.

2. Deforestación y Cambio de Uso de Suelo: Los bosques son los «pulmones» del planeta porque absorben CO₂. Cuando talamos selvas y bosques para la agricultura, la ganadería o la urbanización, no solo eliminamos esta capacidad de absorber carbono, sino que también liberamos el carbono almacenado en los árboles. Esto acelera el calentamiento.

3. Agricultura y Ganadería Intensivas: La producción de alimentos a gran escala, especialmente la ganadería, genera grandes cantidades de metano (CH₄) y óxido nitroso (N₂O). Estos gases son mucho más potentes que el CO₂ para atrapar el calor, aunque permanecen menos tiempo en la atmósfera. El uso excesivo de fertilizantes también contribuye a este problema.

4. Procesos Industriales : Muchas industrias, como la producción de cemento, acero y plásticos, liberan gases de efecto invernadero como parte de sus procesos químicos. Estos no solo provienen de la quema de combustibles, sino de las propias reacciones químicas necesarias para fabricar estos materiales.

5. Generación de Residuos: Los vertederos y la descomposición de la basura orgánica producen metano. Además, la incineración de residuos libera CO₂. Reducir, reutilizar y reciclar no solo es bueno para evitar la contaminación, sino que también ayuda a frenar el calentamiento global.

¿Por qué es tan relevante esta investigación?

Esta investigación aporta evidencia que debería impulsar la acción global. Al demostrar que el cambio climático es la causa raíz del blanqueamiento masivo de corales, se elimina así cualquier duda sobre la responsabilidad de los sectores contaminantes en este problema.

Los arrecifes de coral son los «bosques tropicales del mar». Su desaparición no solo sería una pérdida ecológica inmensa, sino también una catástrofe humanitaria y económica. El estudio advierte que, aunque algunos corales pueden adaptarse al calor, la velocidad actual del calentamiento es demasiado rápida.

La única solución a largo plazo para salvar estos ecosistemas es reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero. Cada acción cuenta: desde el uso de energías renovables hasta la elección de una dieta más sostenible.

¿Quieres saber más?

El artículo completo, con todos los detalles de la metodología, los datos y las referencias científicas, está disponible en inglés en la revista Oceanography.

Puedes leerlo y profundizar en el tema en el siguiente enlace:

🔗Pueden descargar el artículo aquí.

Pueden descargar la infografía aquí.

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Crédito de imágenes: Fotografías utilizadas cortesía de Pexels.

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Que la cultura no se quede quieta: La Barraca, García Lorca y el desafío de mantener vivo un legado

El 18 de agosto de 1936, Federico García Lorca fue asesinado en Granada, en los primeros meses de la Guerra Civil española. Tenía 38 años y se encontraba en su tierra natal cuando la violencia política terminó con su vida. La fecha quedó asociada a una de las pérdidas más dolorosas de la cultura española del siglo XX, pero también a una paradoja que resulta difícil de ignorar: quienes silenciaron al poeta no pudieron silenciar aquello que había puesto en movimiento. Su poesía, su teatro y, especialmente para esta reflexión, su apuesta por llevar la cultura al encuentro de las comunidades continuaron viajando mucho después de su muerte.

Ochenta años después, la pregunta no es solamente cómo recordar a Lorca, sino qué hacemos hoy con aquello que él ayudó a poner en movimiento.

¿Qué necesitamos compartir para poder vivir juntos y juntas?

Casi un siglo después, esta pregunta podría parecer muy distante de una experiencia ocurrida en los caminos de la España de los años treinta. Sin embargo, basta mirar un poco más de cerca para descubrir que sigue interpelándonos.

En 1931, un grupo de estudiantes universitarios decidió que el teatro no podía seguir siendo un privilegio reservado para quienes vivían en las ciudades o podían pagar una entrada. Así nació La Barraca, un proyecto de teatro universitario ambulante impulsado por estudiantes de la Unión Federal de Estudiantes Hispanos y dirigido por Federico García Lorca y Eduardo Ugarte.

Su apuesta era sencilla de decir, pero profundamente radical para su tiempo: sacar la cultura de sus espacios habituales y llevarla al encuentro de las comunidades.

Durante cuatro años, estudiantes voluntarios recorrieron pueblos y aldeas llevando obras de Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina y otros autores del teatro clásico español. No cobraban por hacerlo. No había primeras ni segundas figuras. Todos participaban de las distintas tareas: actuar, montar los escenarios, transportar los decorados, organizar las funciones.

Como decía Lorca: “Aquí no hay divos”.

La frase resume algo mucho más profundo que una forma de organizar una compañía teatral. Expresa una manera distinta de entender la cultura: como una construcción colectiva en la que nadie está por encima de los demás y en la que cada persona aporta desde sus posibilidades.

Cuando la cultura sale al camino

La Barraca no fue solamente una compañía de teatro. Fue un experimento de democratización cultural.

En una España atravesada por profundas desigualdades sociales y territoriales, el acceso al teatro, las bibliotecas, las universidades, los museos y otros espacios culturales estaba concentrado principalmente en las ciudades. Para buena parte de la población rural, la cultura institucional permanecía distante.

La respuesta de La Barraca no fue esperar a que las comunidades llegaran hasta esos espacios. Fueron ellos quienes emprendieron el camino.

Las plazas, los atrios, los descampados y otros espacios públicos se transformaron en escenarios. La cultura abandonaba el “templo” y se encontraba con la gente allí donde estaba. Y quizás ahí encontramos una de las imágenes más poderosas de aquella experiencia.

En Almazán, durante una representación al aire libre, comenzó a llover. Los actores continuaron sobre el escenario y el público permaneció en la plaza. La función siguió adelante bajo la lluvia. Actores y espectadores compartían la misma intemperie. La escena puede parecer pequeña frente a la historia de La Barraca, pero contiene buena parte de su significado: la cultura como encuentro, como experiencia compartida, como espacio común.

De espectadores a sujetos colectivos

Esta forma de entender la cultura también modificaba la relación entre quienes producían una obra y quienes la recibían.

La Barraca llevó a los pueblos obras que hablaban de conflictos, injusticias, resistencias, comunidades y relaciones de poder. Uno de sus montajes más emblemáticos fue Fuenteovejuna, cuya historia ponía en escena la respuesta colectiva de un pueblo frente al abuso del poder. Así, el teatro podía convertirse en algo más que entretenimiento.

Podía ser una forma de reconocerse, de hacerse preguntas, de conversar sobre el poder, la justicia y la dignidad.

Por eso el documento de trabajo que presentamos no propone leer La Barraca solamente como una experiencia del pasado. Propone preguntarnos qué podemos aprender de ella para pensar nuestro presente.

Porque si la cultura es un bien común, entonces importa preguntarnos quién puede acceder a ella, quién la produce, quién decide sobre ella y qué ocurre cuando deja de ser un espacio compartido para convertirse exclusivamente en mercancía.

La cultura también es un bien común

Cuando hablamos de bienes comunes solemos pensar en el agua, los bosques, las semillas o el territorio. Pero existen otros bienes que no siempre reconocemos de la misma manera: la memoria, el conocimiento, la educación, los espacios públicos, los saberes comunitarios, la capacidad de organización y, también, la cultura.

Son bienes que no podemos simplemente poseer de manera individual. Existen porque se comparten, se practican, se transmiten y se cuidan colectivamente.

El documento “La Barraca: cultura, comunidad y bienes comunes sociales. Federico García Lorca y el derecho colectivo a la cultura”, Documento de Trabajo N.º 20 del Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra, parte precisamente de esa idea.

No pretende ser una biografía de Lorca ni un estudio literario sobre La Barraca. Es, ante todo, una herramienta pedagógica para pensar la cultura como un bien común, tomando aquella experiencia como punto de partida.

Desde esta perspectiva, el legado de La Barraca puede pensarse a partir de tres dimensiones: accesibilidad, participación y sostenibilidad.

La cultura no puede ser común si está reservada para unos pocos. Pero tampoco basta con ampliar el acceso: necesitamos participar en su producción, apropiarnos de ella, interpretarla y transformarla. Y, finalmente, necesitamos cuidarla para que pueda transmitirse y continuar existiendo.

¿Qué tiene que ver La Barraca con Costa Rica?

Quizás esta sea la pregunta más importante. Porque no se trata de reproducir una experiencia de hace casi cien años. Se trata de reconocer que algunas preguntas siguen abiertas.

En Costa Rica también existen desigualdades en el acceso a espacios y bienes culturales. Hay conocimientos comunitarios que corren el riesgo de perderse, espacios de encuentro que se debilitan y territorios donde las posibilidades de acceso a determinadas expresiones culturales son mucho menores.

Pero también existen comunidades, colectivos, universidades, bibliotecas, grupos artísticos y organizaciones que producen y sostienen cultura todos los días. La pregunta, entonces, no es solamente qué cultura tenemos.

Es también:

-¿Quién puede acceder a ella?

-¿Quién decide qué cultura importa?

-¿Qué conocimientos estamos dejando desaparecer?

-¿Qué espacios necesitamos proteger para encontrarnos?

-¿Qué papel puede jugar la universidad pública en la construcción y defensa de estos bienes comunes?

Estas preguntas atraviesan el documento y buscan llevar la discusión más allá de la historia de La Barraca, hacia nuestros propios territorios y comunidades.

El carro de Tespis todavía está rodando

Hay una imagen que atraviesa las últimas páginas del documento: el carro de Tespis. Según la tradición recogida en el cuaderno, Tespis habría sido uno de los primeros actores y habría llevado el teatro de un lugar a otro sobre un carro. Siglos después, La Barraca retomó esa imagen y convirtió la rueda en su símbolo.

Pero hay algo más importante que la anécdota. El carro representa una idea: la cultura no se queda quieta. Lorca y sus estudiantes pusieron esa idea en práctica. Cargaron decorados, vestuarios y escenarios en camiones y salieron al camino.

Hoy no necesitamos necesariamente camiones ni tablados para continuar ese movimiento. Podemos hacerlo con una biblioteca comunitaria, un archivo local, una obra de teatro, una canción, una película, un mural, una ronda de cuentos, un taller, una memoria recuperada o una conversación en la plaza.

El desafío sigue siendo el mismo: poner la cultura en movimiento y convertirla nuevamente en encuentro. Mantener vivo un legado no es repetirlo Por eso presentamos este documento de trabajo. No como un homenaje nostálgico a La Barraca ni como una invitación a mirar con admiración una experiencia que ocurrió hace casi un siglo.

Lo presentamos como una herramienta para hacer preguntas desde nuestro propio presente. El documento incluye ejercicios para identificar los bienes culturales de nuestras comunidades, reconocer cuáles están amenazados, pensar qué espacios de encuentro estamos perdiendo y preguntarnos cómo podríamos construir colectivamente una nueva “Barraca” en nuestros territorios.

Porque mantener vivo un legado no significa conservarlo intacto.

-Significa hacerlo conversar con nuestro tiempo.

-Significa tomar una pregunta del pasado y dejar que vuelva a incomodarnos.

-Significa preguntarnos qué estamos dispuestos a compartir para vivir juntos y juntas.

Y quizás, sobre todo, significa recordar que la cultura no tiene por qué esperar encerrada.

-Puede salir a la calle.

-Puede encontrarse con la comunidad.

-Puede ponerse al servicio de la imaginación, la memoria, la organización y la vida colectiva.

-Puede volver a subir al carro.

El carro sigue esperando

Casi un siglo después, la pregunta de La Barraca continúa abierta:

¿La cultura se queda encerrada o sale al camino?

Desde el Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra queremos contribuir a que ese carro siga rodando.

Por eso ponemos a disposición “La Barraca: cultura, comunidad y bienes comunes sociales. Federico García Lorca y el derecho colectivo a la cultura”, nuestro Documento de Trabajo N.º 20, elaborado como una herramienta para leer, conversar, caminar los territorios, reconocer nuestros bienes culturales y pensar colectivamente qué queremos proteger, recuperar y construir.

Porque, al final, la cultura —como los bienes comunes— solo permanece viva cuando la hacemos vivir colectivamente.

El carro de Tespis sigue rodando. La pregunta es: ¿qué vamos a poner dentro?

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¿Quién decide qué conocimiento importa? Participación ciudadana, ciencia y políticas públicas

Vivimos rodeados de decisiones que tienen una fuerte dimensión científica y tecnológica. La inteligencia artificial, la preparación ante nuevas pandemias, la transición energética, la gestión de los territorios o las políticas de salud implican conocimientos especializados y decisiones que terminan afectando nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, quienes viven las consecuencias de esas decisiones rara vez participan en la definición de los problemas, las prioridades o las respuestas.

Un artículo publicado en Nature el 2 de julio de 2026 plantea precisamente esta preocupación. Bajo el título Six ways to put the public at the heart of science and policy, Chris Tyler y un grupo de especialistas de distintos países proponen seis caminos para colocar a la ciudadanía en el centro de la investigación y del asesoramiento científico a las instituciones públicas.

La propuesta parte de una constatación sencilla, pero incómoda: la comunicación entre ciencia y política suele desarrollarse principalmente entre personas expertas y responsables institucionales, mientras que la ciudadanía permanece en buena medida al margen. Incluso dentro de las universidades, las metodologías para incorporar a las comunidades a la investigación existen, pero continúan siendo poco financiadas y poco utilizadas.

Pero el problema no es solamente quién participa. También está en juego qué conocimientos son reconocidos, quién define las preguntas y quién tiene capacidad para incidir en las decisiones.

Participar no es solamente ser consultado

Uno de los aportes más interesantes del artículo es que propone pasar de una participación entendida como consulta ocasional a una participación incorporada desde el comienzo de los procesos.

Entre 2015 y 2018, por ejemplo, la Unión Europea invitó a ciudadanos de 30 países a participar en la definición de prioridades de investigación para el programa Horizonte 2020. El contraste fue significativo: mientras 16 informes elaborados desde perspectivas expertas recomendaban priorizar avances tecnológicos, las personas participantes otorgaron mayor importancia a comunidades fuertes, salud y bienestar, educación y economías locales.

El ejemplo permite observar algo fundamental: la ciudadanía no necesariamente está aportando una versión menos especializada del mismo conocimiento. Puede estar planteando otras preguntas y señalando otras prioridades.

Por eso, involucrar a las comunidades no significa simplemente traducir la ciencia a un lenguaje más sencillo. Significa abrir la posibilidad de que las personas afectadas por una decisión contribuyan a definir qué vale la pena investigar y para qué.

El artículo propone que la participación pública sea una expectativa habitual en los proyectos de investigación, salvo que existan razones para no incorporarla. También señala que este trabajo necesita recursos, capacidades y tiempo: construir relaciones con las comunidades, reconocer los desequilibrios de poder y desarrollar formas de investigación conjunta no puede depender únicamente de la buena voluntad de quienes investigan.

Del territorio también viene conocimiento

Esta discusión resulta especialmente relevante cuando pensamos en los territorios. El conocimiento no se encuentra únicamente en universidades, laboratorios, oficinas gubernamentales o publicaciones científicas. Las comunidades acumulan experiencias, observaciones, memorias y formas de comprender los lugares que habitan.

El artículo presenta un ejemplo de restauración de manglares en Filipinas. En Kalibo, el conocimiento científico sobre las especies necesarias para construir un ecosistema resiliente se combinó con el conocimiento comunitario sobre las dinámicas de la costa. El proceso alcanzó resultados duraderos cuando una organización local obtuvo el derecho de gestionar el bosque a largo plazo, que hoy forma parte del Bakhawan Eco-Park.

Aquí aparece una diferencia importante entre escuchar conocimientos comunitarios y reconocerlos.

Escuchar puede significar recoger información y después continuar tomando las decisiones desde las instituciones. Reconocer implica aceptar que esos conocimientos tienen valor para comprender un problema y que quienes los producen deben contar con espacios efectivos para incidir.

Por eso, el artículo insiste en que la inclusión de conocimientos diversos necesita mecanismos institucionales duraderos. La buena voluntad no es suficiente: quienes poseen esos conocimientos necesitan capacidad real de decisión.

Desde una mirada de bienes comunes, esta discusión resulta particularmente sugerente. Los territorios no son únicamente espacios sobre los cuales se aplican políticas diseñadas en otros lugares. También son espacios donde se producen conocimientos y donde las comunidades desarrollan formas de cuidado, uso, defensa y gestión.

¿Quién define las prioridades?

El segundo camino propuesto por el artículo consiste en incorporar la deliberación pública en los organismos que asesoran a los gobiernos.

No se trata únicamente de preguntar a la ciudadanía si está de acuerdo con una decisión que ya fue tomada. La propuesta es incorporar la deliberación antes, cuando todavía se están definiendo los problemas y los valores que deberían orientar las decisiones.

Para ello se mencionan diferentes mecanismos: paneles ciudadanos, conferencias de consenso y consultas públicas. En Dinamarca, por ejemplo, desde mediados de la década de 1980 se han desarrollado conferencias de consenso para discutir asuntos como la tecnología genética y el ambiente marino, contribuyendo a orientar agendas legislativas. También se mencionan experiencias relacionadas con decisiones de la NASA y con la regulación de tecnologías de edición genética en el Reino Unido.

La cuestión de fondo no es solamente crear nuevos espacios de participación. Es preguntarnos en qué momento participa la ciudadanía y cuánto puede transformar aquello que se está decidiendo.

Una consulta realizada cuando todo está definido tiene un alcance muy distinto a una deliberación que participa en la definición del problema.

La transparencia también es una forma de participación

La confianza tampoco se construye simplemente pidiendo a la ciudadanía que confíe en las personas expertas.

El artículo plantea la importancia de la humildad, la honestidad y la transparencia. Durante la pandemia de COVID-19, por ejemplo, la confianza en uno de los principales grupos asesores científicos del Gobierno británico se vio afectada por la falta inicial de transparencia, mientras que el comité encargado de asesorar sobre vacunación publicaba regularmente sus actas y explicaciones sobre decisiones controvertidas. Esto no eliminó los desacuerdos, pero permitió conocer el razonamiento detrás de las decisiones y someterlo al escrutinio público.

La transparencia, entonces, no significa que todo el mundo tenga que llegar a las mismas conclusiones. Significa poder conocer cómo se llegó a una conclusión, qué información se utilizó, qué incertidumbres existen y qué valores están orientando una recomendación.

Esto último resulta especialmente importante. Las decisiones científicas y políticas no ocurren en un vacío de valores. El artículo plantea que quienes asesoran deberían ser capaces de reconocer, por ejemplo, si están priorizando el principio de precaución, la libertad individual o la reducción de riesgos colectivos.

Hacer visibles esas decisiones no debilita necesariamente el conocimiento científico. Puede permitir comprender mejor sus alcances y límites.

Ciencia para todos los poderes

Hay otra dimensión que puede pasar desapercibida: ¿quién asesora científicamente a quienes toman decisiones?

El artículo señala que alrededor del 90 % de los parlamentos carecen de sistemas adecuados de asesoramiento científico. Mientras algunos poderes ejecutivos cuentan con estructuras para recibir información técnica, los parlamentos suelen tener menos capacidades para evaluar críticamente las leyes que deben discutir y aprobar. El poder judicial tampoco suele disponer de órganos permanentes de asesoramiento científico.

Esto abre una pregunta sobre la democracia: si las decisiones públicas incorporan cada vez más dimensiones técnicas y científicas, ¿no debería existir también la posibilidad de que distintos poderes y sectores de la sociedad puedan acceder a conocimientos rigurosos para discutirlas?

El artículo propone que quienes investigan estén dispuestos a trabajar con responsables políticos y ciudadanía de diferentes posiciones, manteniendo como fuente de autoridad el rigor, la transparencia, la revisión por pares y la posibilidad de revisar las propias conclusiones, y no una determinada identificación política.

Hacer de la participación una estructura, no una excepción

El sexto camino es probablemente el más difícil: institucionalizar estos procesos.

No basta con encontrar investigadores comprometidos o funcionarios dispuestos a abrir una consulta. Las universidades, organismos públicos y parlamentos necesitan capacidades, recursos e incentivos permanentes para sostener estos vínculos.

El artículo propone que las universidades incorporen equipos especializados en políticas y participación, que los fondos de investigación contemplen recursos para estos procesos y que los sistemas de evaluación reconozcan el impacto social del conocimiento. Como ejemplo se menciona el sistema británico Research Excellence Framework, que incorpora el impacto social medible dentro de la evaluación de la investigación universitaria.

La propuesta reconoce, además, que no todas las instituciones cuentan con los mismos recursos. Por eso plantea avanzar mediante compromisos graduales: gobiernos con presupuestos limitados pueden asociarse con universidades y organizaciones sociales; las instituciones académicas pueden crear equipos de enlace; y quienes investigan pueden incorporar interacciones comunitarias dentro de sus proyectos.

El punto central es que la participación requiere infraestructura. No puede descansar permanentemente sobre el voluntarismo.

¿Y si la pregunta no fuera si la ciudadanía confía en la ciencia?

El artículo termina dando vuelta una pregunta que suele plantearse de otra manera.

Habitualmente hablamos de la pérdida de confianza en las instituciones, en los gobiernos, en las universidades o en la ciencia como si el problema estuviera principalmente en una ciudadanía mal informada o desconfiada.

Pero ¿qué ocurre si hacemos la pregunta al revés?

¿Qué pasa cuando las instituciones piden confianza sin abrir realmente sus procesos? ¿Qué sucede cuando una comunidad aporta información sobre su territorio, pero esa información no modifica ninguna decisión? ¿Qué ocurre cuando se invita a participar después de que ya fueron definidos el problema, las alternativas y los criterios para evaluarlas?

En estos casos, el problema no necesariamente es que la ciudadanía no confíe en el conocimiento experto. Puede ser que las instituciones no estén dispuestas a compartir el poder de producir conocimiento y tomar decisiones.

El artículo lo formula de manera directa: democratizar la investigación y los procesos de asesoramiento puede contribuir a reconstruir la confianza y democratizar la producción de conocimiento, pero antes de eso las élites académicas y políticas necesitan confiar en el público.

Desde los bienes comunes: conocimiento, participación y poder

Para quienes trabajamos alrededor de los bienes comunes, esta discusión plantea una cuestión particularmente relevante.

Hablar de participación no debería reducirse a incorporar personas en reuniones, talleres o consultas. La pregunta fundamental es qué capacidad tienen esas personas para intervenir en aquello que se decide.

De la misma manera, hablar de conocimiento comunitario no significa colocar todos los conocimientos en el mismo plano ni negar la importancia del conocimiento científico. Significa reconocer que existen distintas formas de conocer y que los problemas complejos requieren ponerlas en diálogo.

Una comunidad que conoce el comportamiento de un río, los cambios de un territorio, las dinámicas de un bosque o los efectos cotidianos de una política pública no necesariamente dispone de las mismas herramientas que una universidad o una institución estatal. Pero eso no significa que su conocimiento sea irrelevante.

La cuestión, entonces, no es elegir entre ciencia y comunidad. Es preguntarnos cómo construir relaciones en las que diferentes conocimientos puedan encontrarse, contrastarse y producir decisiones más democráticas.

Desde esta perspectiva, la participación deja de ser un mecanismo para mejorar la aceptación de decisiones previamente elaboradas. Puede convertirse en una forma de disputar quién define los problemas, quién produce conocimiento y quién participa en la gestión de aquello que nos pertenece colectivamente.

Una pregunta que queda abierta

El artículo de Nature ofrece seis caminos concretos para avanzar hacia una ciencia y unas políticas públicas más participativas: incorporar al público en la investigación, hacer participativos los órganos de asesoramiento, reconocer conocimientos diversos, fortalecer la transparencia, asesorar a todos los poderes e institucionalizar estas capacidades.

Pero quizá su aporte más importante no esté en la lista de propuestas.

Está en la pregunta que deja abierta: ¿Estamos realmente dispuestos a confiar en la ciudadanía?

No solamente a escucharla.

No solamente a consultarla.

No solamente a invitarla a una mesa.

Sino a reconocer que también produce conocimiento, que puede formular preguntas distintas, que puede cuestionar las prioridades institucionales y que debe tener capacidad real para participar en las decisiones que afectan su vida y sus territorios.

Quizá democratizar el conocimiento empiece justamente por ahí: dejar de pensar la participación como un favor que las instituciones conceden y empezar a entenderla como una dimensión necesaria de la vida democrática.

Matriz para pasar de la reflexión a la acción

Esta matriz propone tomar las ideas centrales del artículo y ponerlas en diálogo con nuestras propias experiencias, territorios y procesos organizativos. No busca encontrar respuestas únicas ni comprobar si nuestras prácticas “cumplen” con un modelo de participación, sino abrir preguntas: ¿quién participa?, ¿quién produce conocimiento?, ¿qué saberes son reconocidos?, ¿quién decide y qué capacidad real existe para incidir? Puede utilizarse de manera individual o colectiva, seleccionando uno o varios ejes y completando las preguntas a partir de casos concretos. El objetivo es convertir la lectura en un insumo para la reflexión crítica y, sobre todo, para reconocer aprendizajes, tensiones y posibilidades de transformación.

Eje de reflexión¿Qué plantea el artículo?Pregunta para problematizar¿Qué ocurre en nuestros territorios?Tensiones / contradiccionesExperiencias o casos que podemos documentarPosibles acciones / aprendizajes
ParticipaciónIncorporar al público desde el diseño de la investigación y las políticas.¿Participar significa ser consultado o tener capacidad de decisión?¿En qué procesos se consulta a las comunidades y en cuáles realmente pueden incidir?Participación simbólica vs. participación con poder.Asambleas, consultas, procesos comunitarios, conflictos territoriales.Identificar mecanismos que permitan pasar de consulta a incidencia.
Producción de conocimientoLa investigación puede producirse conjuntamente con las comunidades.¿Quién define qué preguntas vale la pena investigar?¿Qué conocimientos producen las comunidades sobre sus territorios?Conocimiento experto vs. conocimiento situado.Monitoreos comunitarios, observatorios, investigaciones participativas.Reconocer a las comunidades como productoras de conocimiento.
Saberes territorialesLas comunidades poseen conocimientos valiosos que deben incorporarse a las decisiones.¿Qué conocimientos son considerados legítimos y cuáles son descartados?¿Qué saben las personas del territorio que no aparece en informes institucionales?Saber técnico vs. experiencia territorial.Conocimiento sobre ríos, bosques, fauna, agricultura, agua, contaminación.Construir espacios de diálogo entre diferentes formas de conocimiento.
Definición de prioridadesLa ciudadanía puede establecer prioridades distintas a las de los expertos.¿Quién decide cuáles son los problemas urgentes?¿Coinciden las prioridades institucionales con las preocupaciones comunitarias?Agenda institucional vs. necesidades territoriales.Procesos de diagnóstico participativo, conflictos socioambientales.Incorporar las prioridades comunitarias desde el inicio.
Asesoramiento científicoLos órganos que asesoran a gobiernos deberían incorporar deliberación pública.¿Quién asesora a quienes toman decisiones sobre nuestros territorios?¿Qué información llega a las instituciones y quién queda fuera?Decisiones cerradas vs. deliberación pública.Comisiones, municipalidades, instituciones ambientales, legislativas.Promover mecanismos públicos de asesoramiento y deliberación.
TransparenciaLas instituciones deben explicar métodos, datos, incertidumbres y razones.¿Qué necesitamos saber para poder discutir una decisión?¿Son accesibles los datos y criterios utilizados por las instituciones?Transparencia formal vs. información realmente comprensible.Estudios de impacto, informes técnicos, permisos, resoluciones.Traducir información técnica y exigir trazabilidad de las decisiones.
ConfianzaLa confianza no debería exigirse unilateralmente a la ciudadanía.¿Las instituciones confían realmente en las comunidades?¿Cómo responden las instituciones cuando una comunidad cuestiona una decisión?Ciudadanía «desinformada» vs. instituciones que no escuchan.Conflictos donde los aportes comunitarios fueron ignorados o incorporados.Cambiar la relación entre instituciones, ciencia y ciudadanía.
PoderLa participación efectiva requiere capacidad real de decisión.¿Qué cambia cuando una comunidad participa?¿Qué decisiones puede modificar realmente la ciudadanía?Participación sin poder vs. cogestión.Procesos de defensa territorial, gestión comunitaria, bienes comunes.Identificar dónde se concentra el poder y cómo redistribuirlo.
InstitucionalizaciónLa participación necesita recursos, capacidades e incentivos permanentes.¿Por qué la participación suele depender de personas o proyectos específicos?¿Qué mecanismos participativos permanecen cuando termina un proyecto?Voluntarismo vs. estructuras permanentes.Observatorios, organizaciones comunitarias, universidades, gobiernos locales.Crear mecanismos estables de participación y seguimiento.
Conocimiento y bienes comunesDemocratizar la producción de conocimiento puede mejorar las decisiones públicas.¿Puede el conocimiento ser pensado también como un bien común?¿Cómo se comparte, protege y utiliza el conocimiento producido colectivamente?Conocimiento abierto vs. apropiación institucional o privada.Mapas comunitarios, monitoreos, archivos, memorias territoriales.Fortalecer formas comunitarias de producir, compartir y cuidar conocimiento.
Referencia:

Tyler, C., Akerlof, K. L., al-Gharbi, M., Bedsted, B., Boeira, L., Brown, T., Christopherson, E., Scheufele, D. A., Farooque, M., Head, B. W., Piquado, T., & Pedersen, D. B. (2026). Six ways to put the public at the heart of science and policy. Nature, 655, 34–37. https://doi.org/10.1038/d41586-026-01981-z

Captura desde 2026-08-11 14-29-18

Convocatoria – Contar para existir: Los relatos zapatistas del Viejo Antonio como pedagogía del diálogo

Una invitación a caminar preguntando

En un mundo que suele privilegiar respuestas rápidas y verdades únicas, Contar para existir nos propone un ejercicio distinto: aprender a escuchar, a preguntar y a construir conocimiento con otras personas, desde la experiencia, la memoria y la palabra compartida.

Este curso-taller no es un espacio para estudiar textos desde afuera, sino para habitar los relatos del Viejo Antonio —ese anciano maya que conversaba con el Subcomandante Marcos en las montañas del sureste mexicano— y dejar que sus historias nos interpelen, nos muevan y nos ayuden a mirar el mundo con otros ojos.

¿De qué se trata?

A lo largo de cuatro encuentros presenciales, exploraremos preguntas esenciales para nuestra vida en comunidad:

  • -¿Quiénes caminan conmigo?

  • -¿Cómo aprendemos a mirar?

  • -¿Cómo aprendemos a escuchar?

  • -¿Qué historias queremos dejar caminando?

Cada sesión partirá de un relato zapatista y abrirá un diálogo colectivo donde todas las voces son valiosas, porque todas llegamos con saberes, experiencias y formas propias de interpretar la realidad.

¿Por qué participar?

Este curso-taller está diseñado desde la educación popular y el principio zapatista de caminar preguntando. No encontrarás respuestas cerradas, sino un espacio para:

  • ✔️ Cuestionar tus propias miradas y descubrir quién te enseñó a ver el mundo.

  • ✔️ Practicar la escucha profunda, haciendo espacio para lo que el ruido cotidiano no deja oír.

  • ✔️ Reconocer la diversidad de saberes como una riqueza, no como un obstáculo.

  • ✔️ Fortalecer la palabra compartida como herramienta de transformación comunitaria.

  • ✔️ Imaginar colectivamente nuevas formas de habitar el territorio y la vida.

  • ✔️ Conectar con una tradición de resistencia y pensamiento que sigue viva en los relatos del Viejo Antonio.

Fechas y lugar

Lugar: Oficina Kioscos Socioambientales San Pedro

Duración: 4 sesiones (una por semana)

SesiónFechaHora
1. ¿Quiénes caminan conmigo?2 de setiembre6:00 pm
2. ¿Cómo aprendemos a mirar?9 de setiembre6:00 pm
3. ¿Cómo aprendemos a escuchar?16 de setiembre6:00 pm
4. ¿Qué historias queremos dejar caminando?23 de setiembre6:00 pm

Cupos limitados para garantizar un espacio de diálogo cercano y participativo.

¿A quién está dirigido?

A todas las personas interesadas en el diálogo, la educación popular, las pedagogías alternativas, el pensamiento zapatista o simplemente en aprender de otra manera, desde la experiencia compartida y el respeto por la diversidad.

No se requieren conocimientos previos. Solo ganas de escuchar, preguntar y caminar con otras personas.

Inscripciones

Las inscripciones están abiertas. Los cupos son limitados, así que te invitamos a registrarte cuanto antes.

🔹 Formulario de inscripción: https://forms.gle/cijnrQG536K15uxi7

Procuramos con este proceso

Que el diálogo no sea un lujo, sino una práctica cotidiana.
Que aprender no sea acumular información, sino transformarnos con otras personas.
Que las historias que contamos sean semillas para otros mundos posibles.

Te esperamos para caminar preguntando.