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¿Molesta el FEES? Estas personas tienen algo que decir

Aprender no tiene fecha de vencimiento: la educación a lo largo de la vida y el sentido público de la universidad

En medio de las discusiones sobre el Fondo Especial para la Educación Superior (FEES), una pregunta suele quedar fuera del debate: ¿quiénes tienen derecho a aprender?

Con frecuencia, cuando se habla de universidad pública, la imagen que aparece es la de una persona joven que asiste a clases para obtener un título profesional. Sin embargo, la vida universitaria es mucho más amplia. Cada año, miles de personas participan en talleres, cursos, procesos comunitarios, espacios culturales y actividades de formación impulsadas desde la acción social, la investigación y la extensión universitaria.

Detrás de estas experiencias existe una convicción profunda: la educación no termina cuando una persona sale de la escuela, del colegio o de la universidad. Aprender es una posibilidad que acompaña toda la vida.

La idea de la educación a lo largo de la vida surge precisamente de reconocer que las personas continúan construyendo conocimientos en distintos momentos y espacios de su existencia. Se aprende en el trabajo, en la comunidad, en la organización social, en la participación política, en las experiencias de cuidado, en las prácticas culturales y en los desafíos cotidianos que plantea el mundo contemporáneo.

Esta perspectiva adquiere especial relevancia en sociedades marcadas por profundas desigualdades. Muchas personas no tuvieron acceso oportuno a oportunidades educativas o vieron interrumpidas sus trayectorias por razones económicas, territoriales, familiares o laborales. Otras requieren nuevas herramientas para comprender y actuar frente a cambios tecnológicos, ambientales, sociales y políticos que transforman continuamente la realidad.

En este contexto, la educación de personas jóvenes y adultas deja de ser un servicio complementario para convertirse en una tarea democrática.

Una universidad pública comprometida con el bien común no puede limitarse a formar profesionales. También debe contribuir a crear oportunidades para que las personas continúen aprendiendo, reflexionando, dialogando y fortaleciendo sus capacidades de participación a lo largo de toda su vida.

Esto implica reconocer que el conocimiento no circula en una sola dirección. Las comunidades, organizaciones y colectivos también producen saberes valiosos. La labor universitaria consiste entonces en construir puentes entre distintos conocimientos, generar espacios de encuentro y promover procesos educativos donde todas las personas tengan algo que enseñar y algo que aprender.

Por esta razón, los talleres comunitarios, los procesos de formación territorial, los espacios de educación popular y las iniciativas dirigidas a personas adultas no son actividades secundarias. Constituyen una expresión concreta de la responsabilidad social de la universidad pública.

Cuando una persona adulta vuelve a encontrarse con el placer de aprender; cuando una comunidad fortalece sus capacidades organizativas; cuando un grupo de vecinos reflexiona sobre la gestión del agua, la participación ciudadana o la defensa de los bienes comunes; cuando las personas descubren nuevas herramientas para comprender su realidad y actuar sobre ella, la universidad está cumpliendo una de sus funciones más importantes.

En tiempos donde la educación superior suele medirse mediante indicadores de eficiencia, rankings o cantidad de graduaciones, conviene recordar que existen impactos que no caben fácilmente en una hoja de cálculo. La confianza construida en los territorios, los vínculos comunitarios fortalecidos, la participación social estimulada y las oportunidades de aprendizaje abiertas para personas de distintas edades son parte de esos resultados difíciles de cuantificar, pero fundamentales para la vida democrática.

Por eso, discutir el FEES también debería ser una oportunidad para discutir

qué universidad queremos sostener como sociedad.

Si creemos que la educación es un derecho humano y no un privilegio, entonces la universidad pública debe seguir siendo un espacio abierto para todas las edades. Un espacio donde aprender no tenga fecha de vencimiento y donde el conocimiento circule más allá de los campus para encontrarse con las necesidades, experiencias y aspiraciones de las comunidades.

Defender la educación a lo largo de la vida no es solamente defender un modelo educativo. Es defender una idea de sociedad donde todas las personas conservan el derecho a seguir aprendiendo, participando y transformando el mundo que comparten.

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Verde por fuera: cómo las grandes empresas convierten las promesas ambientales en estrategia de legitimación

Basado en el artículo científico «Environmental claims, climate promises, and greenwashing by meat and dairy companies», publicado en PLOS Climate (2026).

Cuando la crisis ambiental se vuelve un problema de comunicación

Durante décadas, las principales disputas ambientales giraron alrededor de preguntas relativamente visibles: quién contaminaba, qué ecosistemas eran afectados o cuáles actividades económicas impulsaban la degradación ambiental. Hoy, sin embargo, una parte creciente de la batalla se libra en otro terreno menos evidente: el lenguaje.

Las grandes corporaciones ya no suelen negar el cambio climático ni rechazar abiertamente la necesidad de una transición ecológica. Por el contrario, cada vez más empresas se presentan como protagonistas de esa transformación. Informes de sostenibilidad, compromisos de carbono neutralidad, campañas publicitarias y declaraciones institucionales buscan transmitir la imagen de organizaciones comprometidas con el planeta y con las generaciones futuras.

La pregunta es si esas narrativas corresponden a transformaciones reales o si, en algunos casos, funcionan como mecanismos para preservar legitimidad social mientras los modelos productivos permanecen esencialmente intactos.

Un estudio publicado en 2026 en la revista PLOS Climate aporta elementos importantes para esta discusión. Las personas investigadoras analizaron las declaraciones ambientales realizadas por las 33 mayores empresas de carne y lácteos del mundo. Identificaron 1.233 afirmaciones ambientales, de las cuales el 68% estaban relacionadas con el cambio climático. Más de un tercio correspondían a promesas futuras difíciles de verificar y apenas una minoría aportaba evidencia que permitiera evaluar su alcance real. El dato más llamativo fue otro: el 98% de las afirmaciones presentaba indicadores de greenwashing o lavado verde.

Más allá de la magnitud de las cifras, el estudio ofrece una ventana privilegiada para comprender cómo las industrias altamente contaminantes están aprendiendo a gestionar la crisis ecológica mediante relatos, compromisos y promesas que no necesariamente se traducen en transformaciones sustantivas.

Aunque la investigación se concentra en la industria cárnica y láctea, las dinámicas identificadas permiten observar fenómenos que atraviesan múltiples sectores económicos. Lo que aparece aquí es menos una anomalía sectorial que una forma contemporánea de construir legitimidad ambiental.

La sostenibilidad como narrativa corporativa

Uno de los hallazgos más llamativos del estudio es que el cambio climático se ha convertido en el principal lenguaje de legitimación ambiental de las empresas analizadas. La mayoría de las afirmaciones identificadas estaban asociadas a reducción de emisiones, metas climáticas, innovación tecnológica o compromisos de carbono neutralidad.

A primera vista, esto podría interpretarse como una señal positiva. Después de todo, implica reconocer la gravedad del problema climático. Sin embargo, al observar con más detalle el contenido de las declaraciones, aparece una tensión importante. Muchas utilizan conceptos amplios y atractivos —sostenibilidad, innovación verde, producción responsable, regeneración, neutralidad climática— sin explicar con claridad qué significan en términos concretos ni cómo se traducen en transformaciones verificables.

La sostenibilidad deja entonces de funcionar únicamente como una práctica y comienza a operar como una narrativa. Lo relevante ya no es solamente lo que la empresa hace, sino la capacidad de construir una imagen pública asociada a la responsabilidad ambiental.

Esta dinámica no es menor. Cuando la discusión ambiental se desplaza desde los impactos materiales hacia los relatos institucionales, resulta más difícil distinguir entre cambios profundos y operaciones de comunicación.

En otras palabras, la pregunta deja de ser si una organización habla sobre sostenibilidad y pasa a ser qué evidencia existe de que esa sostenibilidad está ocurriendo.

El futuro como refugio de las promesas

Esta lógica se vuelve especialmente evidente cuando observamos la enorme cantidad de compromisos proyectados hacia el futuro. Más de un tercio de todas las afirmaciones ambientales identificadas por el estudio correspondían a promesas todavía no realizadas.

Las empresas anuncian que alcanzarán emisiones netas cero en 2040 o 2050, restaurarán ecosistemas, reducirán su huella ambiental o desarrollarán nuevas tecnologías para resolver problemas que hoy siguen sin respuesta. El problema no es la existencia de metas de largo plazo. Cualquier transformación ecológica requiere planificación y horizontes temporales amplios.

La dificultad aparece cuando las promesas sustituyen a los planes.

En numerosos casos analizados por las personas investigadoras, las metas climáticas no estaban acompañadas por hojas de ruta claras, indicadores intermedios, mecanismos de rendición de cuentas o estrategias verificables para alcanzar los objetivos anunciados. Lo que se ofrece es una visión deseable del futuro, pero no necesariamente una explicación de cómo se llegará a él.

Por esta razón, diversos estudios recientes han comenzado a hablar de future-washing: una forma de lavado verde que traslada la solución de los problemas ambientales hacia un horizonte lejano, mientras el presente permanece relativamente intacto.

Primera señal de alerta: cuando las promesas sustituyen a los planes

Las metas de largo plazo no son un problema en sí mismas. Lo preocupante es cuando aparecen desconectadas de acciones concretas en el presente.

Cuando una empresa, institución o gobierno anuncia que será carbono neutral dentro de veinte o treinta años, conviene preguntarse:

  • -¿Existe una hoja de ruta pública para alcanzar esa meta?
  • -¿Se establecen objetivos intermedios verificables?
  • -¿Se identifican responsables y recursos asignados?
  • -¿Qué ocurrirá si las metas no se cumplen?

Una promesa sin mecanismos de seguimiento puede funcionar más como estrategia de comunicación que como compromiso efectivo.

Mostrar lo pequeño para ocultar lo estructural

Si el futuro se convierte en un espacio privilegiado para la construcción de expectativas, el presente suele organizarse alrededor de otro mecanismo igualmente frecuente: destacar acciones puntuales mientras permanecen fuera de foco los principales impactos ambientales.

Numerosas empresas resaltan programas piloto, proyectos experimentales o mejoras localizadas como evidencia de su compromiso ecológico. La instalación de paneles solares en una planta específica, la reducción del uso de ciertos materiales de empaque o pequeñas mejoras de eficiencia energética son presentadas como señales de transformación.

Estas iniciativas pueden generar beneficios reales. El problema surge cuando se convierten en el centro del relato ambiental mientras las actividades que producen la mayor parte de las emisiones o de los impactos ecológicos permanecen sin modificaciones sustantivas.

En estos casos, la comunicación no necesariamente oculta información falsa. Lo que hace es reorganizar la atención pública. Se dirige la mirada hacia aquello que mejora y se evita discutir aquello que sigue generando daños significativos.

La sostenibilidad termina funcionando como una vitrina donde se exhiben los avances más visibles mientras las contradicciones estructurales permanecen detrás del escenario.

Segunda señal de alerta: cuando lo anecdótico desplaza lo importante

Una práctica frecuente del greenwashing consiste en destacar acciones reales pero marginales para construir una imagen de transformación profunda. No se trata necesariamente de información falsa. Se trata de una selección estratégica de aquello que se decide mostrar.

Frente a este tipo de mensajes conviene preguntarse:

  • -¿La iniciativa presentada aborda las principales fuentes de impacto ambiental?
  • -¿Representa una parte significativa de las operaciones?
  • -¿Qué porcentaje del problema pretende resolver?
  • -¿Qué temas quedan fuera del relato institucional?

A veces la información más importante no es la que aparece en el informe, sino la que desaparece de él.

Cuando la evidencia desaparece

La construcción de legitimidad ambiental no depende únicamente de las promesas o de las historias que las organizaciones cuentan sobre sí mismas. También depende de la capacidad de demostrar que aquello que se afirma efectivamente está ocurriendo.

Aquí aparece otro de los hallazgos más preocupantes del estudio. La mayoría de las declaraciones ambientales analizadas carecía de evidencia verificable. Cuando se aportaban pruebas, estas provenían frecuentemente de programas internos, informes corporativos o iniciativas impulsadas por la propia industria. Solamente tres afirmaciones estaban respaldadas por literatura científica revisada por pares.

Este hallazgo plantea una pregunta fundamental para cualquier persona interesada en temas ambientales:

¿quién verifica las afirmaciones de sostenibilidad?

En un contexto donde las credenciales ambientales se han convertido en activos económicos y reputacionales de gran valor, la transparencia y la verificación independiente adquieren una importancia creciente. Sin mecanismos externos de evaluación, resulta difícil distinguir entre compromisos genuinos y estrategias de mercadeo.

Tercera señal de alerta: cuando la empresa es juez y parte

Cuando las evidencias provienen exclusivamente de informes corporativos o de programas desarrollados por la propia organización, la posibilidad de contrastar resultados se reduce considerablemente.

Algunas preguntas útiles son:

  • -¿Quién produce los datos?
  • -¿Existe auditoría independiente?
  • -¿Los resultados son públicos y verificables?
  • -¿Hay respaldo científico externo?

La transparencia no consiste únicamente en publicar información, sino en permitir que otras personas puedan verificarla.

Una gramática común del greenwashing

Aunque las organizaciones estudiadas pertenecen a distintos países y operan en mercados diferentes, el estudio permite identificar una especie de gramática común que atraviesa buena parte de los discursos contemporáneos sobre sostenibilidad.

Primero aparece la promesa de un futuro mejor. Luego se exhiben iniciativas puntuales como prueba del compromiso ambiental. Posteriormente se incorporan conceptos amplios —innovación, sostenibilidad, regeneración, neutralidad climática— que generan adhesión social, aunque no siempre sean acompañados de indicadores verificables. Finalmente, la organización se presenta como parte de la solución, incluso cuando su actividad principal continúa generando impactos significativos.

Esta secuencia puede observarse en empresas energéticas que anuncian transiciones verdes mientras expanden proyectos fósiles, en proyectos turísticos que destacan certificaciones ambientales mientras presionan ecosistemas frágiles, en corporaciones tecnológicas que compensan emisiones sin modificar patrones de consumo energético, o incluso en gobiernos que construyen discursos de sostenibilidad sin transformar las causas estructurales de los problemas ambientales.

Comprender esta gramática no implica asumir que toda iniciativa ambiental es falsa. Significa desarrollar una mirada crítica capaz de distinguir entre cambios cosméticos y transformaciones sustantivas.

Cuarta señal de alerta: cuando la sostenibilidad se vuelve una marca

Uno de los hallazgos más importantes del estudio es que el greenwashing no depende de un sector específico. Las mismas lógicas aparecen en industrias muy distintas e incluso en organismos públicos.

Aunque cambien los productos o los contextos, suelen repetirse algunos patrones:

  • -grandes metas acompañadas de pocos detalles;
  • -énfasis en proyectos piloto o acciones aisladas;
  • -uso de conceptos amplios y difíciles de medir;
  • -dependencia de tecnologías futuras aún no disponibles;
  • -abundancia de comunicación y escasez de evidencia.

Por eso resulta útil desplazar la atención desde las declaraciones hacia las prácticas concretas. La pregunta central no es si una organización habla de sostenibilidad, sino qué transformaciones verificables está realizando.

Más que un problema de publicidad

Reducir el greenwashing a una forma de publicidad engañosa sería subestimar sus efectos.

Cuando las narrativas ambientales sustituyen a las transformaciones reales, la ciudadanía recibe una imagen distorsionada de los avances alcanzados. Los inversionistas pueden sobreestimar el compromiso climático de las empresas. Los gobiernos encuentran menos presión para impulsar regulaciones más exigentes. Y los sectores responsables de una parte importante de los impactos ambientales logran mantener legitimidad social sin modificar sustancialmente sus prácticas.

La discusión, entonces, no gira únicamente alrededor de la veracidad de una afirmación concreta. Lo que está en juego es la capacidad de las sociedades para distinguir entre cambios cosméticos y transformaciones estructurales.

En tiempos de crisis climática y ecológica, la pregunta relevante no es quién habla más de sostenibilidad. La pregunta es quién está dispuesto a transformar las condiciones que hacen necesaria esa sostenibilidad.

Caja de herramientas para identificar greenwashing
Dimensión¿Qué observar?Señal de alertaPreguntas para analizar
Promesas futurasMetas de carbono neutralidad, sostenibilidad o restauración ambiental proyectadas a 2040, 2050 o más allá.Se anuncian objetivos ambiciosos, pero no existen planes claros para alcanzarlos.¿Existe una hoja de ruta pública? ¿Hay metas intermedias verificables? ¿Quién será responsable de cumplirlas? ¿Qué ocurrirá si no se alcanzan?
Escala de la acciónProgramas piloto, proyectos demostrativos o iniciativas localizadas.Se presentan acciones pequeñas como evidencia de una transformación estructural.¿Qué porcentaje de las operaciones cubre esta iniciativa? ¿Representa una parte significativa de la actividad de la organización? ¿Puede realmente modificar los principales impactos ambientales?
Impactos centralesLos principales procesos que generan emisiones, contaminación o degradación ambiental.La comunicación se concentra en aspectos secundarios y evita discutir las causas principales del problema.¿La organización está abordando las fuentes más importantes de impacto? ¿Qué temas quedan fuera del relato institucional? ¿Qué información no se menciona?
Evidencia y datosEstudios, indicadores, informes y resultados utilizados para respaldar las afirmaciones ambientales.Los datos provienen exclusivamente de la propia organización o de entidades vinculadas a ella.¿Quién produjo la información? ¿Existe verificación independiente? ¿Los datos son públicos y accesibles? ¿Se pueden contrastar con otras fuentes?
Uso de conceptos ambiguosExpresiones como «sostenible», «verde», «responsable», «regenerativo» o «climáticamente inteligente».Se utilizan conceptos atractivos sin definiciones claras ni indicadores concretos.¿Qué significa exactamente ese concepto? ¿Cómo se mide? ¿Qué evidencia demuestra que se está cumpliendo?
Tecnología salvadoraInnovaciones futuras, soluciones tecnológicas emergentes o mecanismos de compensación.Se deposita la solución de los problemas ambientales en tecnologías que aún no existen o no están probadas a gran escala.¿La tecnología ya está operando? ¿Cuál es su impacto real? ¿Está sustituyendo cambios que deberían realizarse en el presente?
TransparenciaDisponibilidad de información sobre impactos, avances y limitaciones.Se publican únicamente resultados positivos o datos parciales.¿Qué información falta? ¿Se reportan también los fracasos, desafíos o retrocesos? ¿Es posible acceder a los datos completos?
Rendición de cuentasMecanismos de seguimiento y evaluación de compromisos ambientales.Las declaraciones son generales y no existen responsables identificables.¿Quién supervisa el cumplimiento? ¿Existen auditorías externas? ¿Se publican avances periódicos?
Beneficio reputacionalCampañas publicitarias, certificaciones, reconocimientos o estrategias de mercadeo verde.La inversión en comunicación parece mayor que la inversión en transformación ambiental.¿La organización está cambiando sus prácticas o principalmente su imagen? ¿Qué proporción de los esfuerzos se destina a comunicación y cuál a cambios reales?
Participación socialEspacios de diálogo con comunidades, organizaciones sociales y personas afectadas.Las decisiones se presentan como consensuadas sin participación efectiva de quienes enfrentan los impactos.¿Quiénes participaron en la definición de las medidas? ¿Las comunidades afectadas fueron consultadas? ¿Existe acceso público a los procesos de decisión?
¿Quiere profundizar en la investigación?

Le invitamos a descargar y consultar el artículo científico que inspira esta reflexión. El estudio ofrece un análisis detallado de las declaraciones ambientales realizadas por las principales empresas cárnicas y lácteas del mundo, así como una metodología para identificar distintas formas de greenwashing o lavado verde. Su lectura resulta especialmente valiosa para quienes investigan temas de sostenibilidad, comunicación ambiental, responsabilidad corporativa y justicia climática.

Referencia:

Hill, Sarah, Nemes, Noemi, Montgomery, Alexander W., Scanlan, Stephen J., McNally, Brandon, Tubiello, Francesco N., Smith, Pete, Smith, Thomas, Aronczyk, Melissa y Jacquet, Jennifer. (2026). Environmental claims, climate promises, and greenwashing by meat and dairy companies. PLOS Climate, 5(4), e0000773. https://doi.org/10.1371/journal.pclm.0000773

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Edgar Morin y la tarea de pensar un mundo que no cabe en fragmentos

Entrevista improbable

—Bienvenidos a Sentires y Saberes, este programa del Observatorio de Bienes Comunes del Programa Kioscos Socioambientales y del Centro de Investigaciones y Estudios Políticos de la Universidad de Costa Rica, estamos con el  Profesor Morin. Queriamos saber su opinión, en nuestra universidad estamos hablando de una olla arrocera, un coffee maker y un microondas desaparecidos.

—¿Y eso los sorprende?

—Un poco.

—A mí no.

—¿No?

—Las instituciones suelen sentirse más cómodas contabilizando objetos que interrogando conflictos.

—Pero hubo daños.

—Claro que los hubo. La cuestión es otra.

—¿Cuál?

—¿Por qué una universidad capaz de producir miles de investigaciones tiene tantas dificultades para investigar críticamente sus propios conflictos?

El Observatorio guarda silencio.

—¿No es legítimo preocuparse por los bienes públicos?

—Por supuesto. Lo extraño sería no hacerlo. Lo que me parece más interesante es preguntarse por qué ciertos daños se vuelven visibles y otros permanecen invisibles.

—¿Como cuáles?

—La erosión de la confianza. El miedo a hablar. El silenciamiento. La pérdida de espacios democráticos. La incapacidad de escuchar el desacuerdo antes de que se convierta en confrontación.

—Pero eso es más difícil de medir.

—Exactamente. Y lo que no puede medirse fácilmente suele desaparecer de los informes.

—Entonces el problema no era la olla arrocera.

—El problema es que una universidad dedicada al conocimiento termine creyendo que el inventario es una explicación.

—¿Y qué es entonces?

—Una descripción. Las explicaciones comienzan cuando alguien pregunta por qué una comunidad universitaria llegó al punto de ocupar un edificio y por qué otra parte de esa misma comunidad considera impensable discutir las causas del conflicto.

—Eso genera incomodidad.

—La comprensión siempre genera incomodidad. La simplificación es mucho más confortable.

La conversación nunca ocurrió. O al menos no de esa manera. Pero resulta difícil leer hoy a Edgar Morin sin imaginar una escena parecida. Durante décadas insistió en que los seres humanos tendemos a confundir las partes con el todo, los síntomas con las causas y los inventarios con las explicaciones. Allí donde predominan las simplificaciones, Morin nos invita a preguntar por las relaciones, los contextos y las tensiones que permanecen ocultas detrás de lo aparentemente evidente. Quizá por eso su pensamiento sigue siendo tan incómodo para nuestras universidades. Porque obliga a mirar más allá de los objetos, las sanciones o los episodios aislados para preguntarse qué conflictos, qué silencios y qué posibilidades de transformación se encuentran detrás de ellos. Con la muerte de Edgar Morin desaparece una de las voces más importantes del pensamiento contemporáneo, pero permanecen abiertas muchas de las preguntas que dedicó su vida a formular.

La muerte de Edgar Morin cierra una de las trayectorias intelectuales más fecundas del último siglo, pero deja abierta una pregunta que atraviesa buena parte de los desafíos contemporáneos: ¿cómo pensar un mundo cada vez más complejo con instituciones y formas de conocimiento que siguen empeñadas en dividirlo en fragmentos?

A lo largo de más de cien años de vida, Morin construyó una obra monumental que recorrió la sociología, la filosofía, la antropología, la política, la ecología y la educación. Sin embargo, más que un especialista en alguna disciplina particular, fue un pensador de las conexiones. Allí donde otros veían compartimentos separados, él veía relaciones. Allí donde predominaban las certezas, él insistía en la necesidad de convivir con la incertidumbre. Allí donde se imponían respuestas cerradas, reivindicaba la capacidad humana de formular nuevas preguntas.

Su propuesta del pensamiento complejo surgió precisamente como una crítica a las formas simplificadoras de conocer la realidad. Para Morin, el gran problema de la modernidad no era la falta de información, sino la incapacidad para relacionarla. Hemos acumulado conocimientos extraordinarios sobre aspectos específicos del mundo, pero con frecuencia hemos perdido la capacidad de comprender el conjunto.

Esta preocupación atraviesa su conocido texto Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, elaborado para la UNESCO a finales del siglo XX. Lejos de presentar un programa técnico para reformar los sistemas educativos, el libro constituye una invitación a repensar las bases mismas del conocimiento, la educación y la convivencia humana.

La primera tarea: desconfiar de nuestras propias certezas

Morin parte de una afirmación incómoda: todo conocimiento está expuesto al error y a la ilusión. La educación suele concentrarse en transmitir contenidos, pero raramente enseña a interrogar los mecanismos mediante los cuales conocemos.

Para el pensador francés, una sociedad democrática necesita personas capaces de examinar críticamente sus propias ideas, reconocer sus sesgos y aceptar que ninguna teoría está completamente protegida frente al error.

Esta propuesta resulta particularmente relevante en una época marcada por la sobreabundancia de información, la polarización política y la circulación masiva de discursos que se presentan como verdades absolutas. La lucidez, sostenía Morin, no consiste en poseer respuestas definitivas, sino en desarrollar la capacidad permanente de cuestionar nuestras propias certezas.

Comprender es relacionar

Una segunda idea atraviesa toda su obra: la realidad está hecha de relaciones.

La educación moderna, organizada alrededor de disciplinas cada vez más especializadas, ha permitido avances científicos extraordinarios. Sin embargo, también ha producido una creciente dificultad para comprender los grandes problemas de nuestro tiempo.

Las crisis ecológicas, las desigualdades sociales, los conflictos políticos, las transformaciones tecnológicas o los procesos migratorios no pertenecen exclusivamente a una sola disciplina. Son fenómenos económicos, culturales, ambientales, históricos y políticos al mismo tiempo.

Morin insistía en que el conocimiento pertinente es aquel que logra conectar las partes con los conjuntos, los hechos con sus contextos y los problemas específicos con las dinámicas más amplias que los producen.

Pensar complejamente no significa abandonar el rigor. Significa reconocer que la realidad está tejida por múltiples dimensiones que interactúan entre sí.

La condición humana como punto de partida

Otra de las contribuciones fundamentales de Morin fue su esfuerzo por devolver la condición humana al centro de la educación. El ser humano, afirmaba, es simultáneamente biológico, cultural, histórico, afectivo, racional, individual y colectivo. Sin embargo, las instituciones educativas suelen abordar cada una de estas dimensiones por separado.

El resultado es paradójico: aprendemos innumerables conocimientos sobre el mundo, pero con frecuencia sabemos muy poco sobre nosotros mismos.

Para Morin, educar implica ayudar a comprender la complejidad de lo humano, reconociendo tanto aquello que nos hace diferentes como aquello que compartimos como especie. Esta perspectiva adquiere especial importancia en contextos marcados por el racismo, la xenofobia, la exclusión y los discursos que convierten las diferencias en motivos de enfrentamiento.

Aprender a vivir con la incertidumbre

Pocas ideas de Morin resultan tan actuales como su reflexión sobre la incertidumbre. Durante siglos, gran parte del pensamiento moderno estuvo convencido de que el progreso científico permitiría predecir y controlar cada vez más aspectos de la realidad. Sin embargo, las guerras mundiales, las crisis económicas, las pandemias y la emergencia climática demostraron los límites de esa confianza.

Morin proponía abandonar la ilusión de la previsión absoluta y desarrollar una inteligencia estratégica capaz de actuar en escenarios cambiantes. Su conocida imagen de “navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas” conserva hoy una enorme vigencia. No se trata de renunciar al conocimiento, sino de reconocer que la historia permanece abierta y que siempre existe espacio para lo inesperado.

La creatividad como respuesta a un mundo abierto

Esta concepción de la incertidumbre conduce directamente a una reivindicación de la creatividad. Si el futuro no está completamente determinado, entonces los seres humanos conservan la capacidad de inventar respuestas nuevas frente a problemas inéditos.

En Morin, la creatividad no aparece únicamente como una capacidad artística. Es una facultad política, social y cultural. Surge cuando las personas logran romper esquemas rígidos de pensamiento, establecer conexiones inesperadas y construir alternativas frente a situaciones que parecen no tener salida.

Por eso su pensamiento nunca fue pesimista. Aunque dedicó buena parte de su obra a analizar crisis, contradicciones y amenazas, siempre insistió en que la historia humana permanece abierta a la transformación. La incertidumbre no es solamente fuente de riesgo; también es la condición de posibilidad de la esperanza.

Una ciudadanía para la Tierra

Morin fue además uno de los primeros intelectuales en advertir que los grandes desafíos contemporáneos debían ser comprendidos desde una perspectiva planetaria.

Las crisis ecológicas, los conflictos globales, las migraciones, las pandemias o las desigualdades internacionales muestran que compartimos una misma comunidad de destino. Frente a las visiones estrechas del nacionalismo y la competencia permanente, propuso construir una conciencia de ciudadanía terrestre basada en la solidaridad, la interdependencia y el reconocimiento de que habitamos una misma Tierra.

Esta dimensión ética y política atraviesa toda su obra. No basta con comprender la complejidad del mundo; también es necesario asumir responsabilidades frente a ella.

¿Qué le dice Edgar Morin a la universidad pública?

Quizá uno de los mayores homenajes que pueden hacerse a Morin sea leerlo desde los desafíos actuales de la universidad pública.

En un contexto donde crecen las presiones para reducir la educación superior a la formación de mano de obra especializada, su obra recuerda que la universidad tiene una misión mucho más amplia: ayudar a comprender el mundo y a transformarlo. Morin interpela a las universidades cuando la fragmentación disciplinaria dificulta el diálogo entre saberes. Las interpela cuando los indicadores sustituyen las preguntas fundamentales. Las interpela cuando la producción de conocimiento se separa de los problemas reales de las comunidades. Y las interpela cuando la formación profesional deja de preguntarse por el sentido humano, ético y político de aquello que enseña.

Sus ideas invitan a defender una universidad capaz de:

  • -Formar personas críticas y no solamente especialistas.
  • -Articular conocimientos científicos, humanísticos y comunitarios.
  • -Comprender los problemas desde su complejidad y no desde compartimentos aislados.
  • -Promover la creatividad como capacidad de transformación social.
  • -Fortalecer la democracia mediante el diálogo y la comprensión mutua.
  • -Construir una conciencia planetaria comprometida con la justicia social y ecológica.
  • -Mantener viva la curiosidad intelectual frente a cualquier forma de dogmatismo.

En tiempos de crisis democráticas, conflictos socioambientales, transformaciones tecnológicas aceleradas y disputas por el sentido de lo público, la obra de Edgar Morin continúa recordándonos que la educación no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en formar seres humanos capaces de comprender la complejidad de su tiempo y actuar sobre ella. Su legado permanece como una invitación a pensar mejor para vivir mejor, a relacionar lo que aparece separado y a reconocer que, incluso en medio de la incertidumbre, siempre existe la posibilidad de construir futuros distintos.

Antes de despedirse, el Observatorio formula una última pregunta.

—Profesor Morin, ¿qué debería preocuparle hoy a una universidad pública?

—Que deje de pensar.

—¿Tan grave es?

—Mucho más de lo que parece.

—Pero la universidad produce conocimiento.

—No confundamos información con pensamiento.

—¿Cuál es la diferencia?

—La información puede acumularse. El pensamiento puede incomodar.

—¿Y quién incomoda hoy a la universidad?

Morin observa hacia el campus.

—Históricamente, quienes más la han transformado casi nunca fueron los sectores más cómodos dentro de ella.

—¿Los estudiantes?

—Los estudiantes. Las mujeres que exigieron entrar donde no podían entrar. Las personas trabajadoras que cuestionaron privilegios. Los movimientos que denunciaron exclusiones. Los sectores que se negaron a aceptar que la universidad ya había alcanzado su mejor versión.

—Pero hoy muchos ven el conflicto estudiantil como una amenaza.

—Eso ocurre cada vez que una institución comienza a confundirse con su propia administración.

—¿Qué quiere decir?

—Que deja de preguntarse para qué existe y empieza a preocuparse únicamente por preservar el orden.

—¿Y el orden es malo?

—No. Lo peligroso es cuando el orden se vuelve más importante que la verdad.

El Observatorio vuelve a mirar la universidad.

—Entonces las personas estudiantes siguen teniendo un papel transformador.

—No porque tengan siempre la razón.

—¿Entonces?

—Porque recuerdan una verdad incómoda: que ninguna universidad pública fue creada para administrar consensos. Fue creada para producir pensamiento crítico sobre la sociedad y sobre sí misma.

—Incluso cuando eso genera conflictos.

—Especialmente cuando genera conflictos.

Morin sonríe.

—Las universidades suelen celebrar la Reforma de Córdoba, las luchas por la autonomía y las grandes movilizaciones estudiantiles latinoamericanas.

—Sí.

—Porque ocurrieron hace más de cien años.

—¿Y si ocurrieran hoy?

—Probablemente primero calcularían los daños.

—…

—Y después se preguntarían qué fue lo que pasó.

—¿Y cuál debería ser el orden correcto?

—Exactamente al revés.

Para quienes deseen acercarse directamente al pensamiento de Edgar Morin, compartimos Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, una obra fundamental publicada por la UNESCO que sigue interpelando a educadores, estudiantes, movimientos sociales y universidades de todo el mundo. En sus páginas, Morin invita a cuestionar las certezas, comprender la complejidad de los problemas contemporáneos y repensar la educación como una herramienta para la democracia, la creatividad y la transformación social. A más de dos décadas de su publicación, el texto conserva una sorprendente vigencia y constituye una excelente puerta de entrada para conocer la obra de uno de los pensadores más influyentes de nuestro tiempo.

Puedes descargar el libro aquí.

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Deodoro Roca y la universidad imposible: volver a la herejía universitaria

Hay personajes que las universidades recuerdan con relativa tranquilidad mientras permanezcan inmóviles dentro de los aniversarios, las placas conmemorativas y las frases repetidas en actos oficiales. Figuras convertidas en patrimonio histórico, cuidadosamente desactivadas para que ya no representen peligro alguno para la normalidad institucional.

Deodoro Roca no pertenece del todo a esa categoría.

Cada cierto tiempo vuelve a aparecer como una incomodidad. Como una pregunta mal archivada. Como una voz que insiste en recordarnos que la universidad pública latinoamericana no nació para administrar tranquilidad, sino en medio del conflicto, la rebelión estudiantil y la disputa por el sentido mismo del conocimiento.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes presentamos el cuaderno Deodoro Roca y la universidad imposible: rebeldía, espíritu libre y disputas por la universidad pública en América Latina y el Caribe, una nueva entrega de la serie Geografías Herejes de los Bienes Comunes. Un material que busca recuperar no solamente la memoria de la Reforma Universitaria de Córdoba de 1918, sino el filo crítico y profundamente incómodo del pensamiento de Deodoro Roca.

Pero, ¿quién fue Deodoro Roca?

Abogado, ensayista, intelectual argentino y principal redactor del histórico Manifiesto Liminar de 1918, Roca fue una de las voces más radicales de la Reforma Universitaria. Defendió la autonomía universitaria, el cogobierno estudiantil y la libertad de cátedra, pero su pensamiento iba mucho más allá de reformas administrativas. Su crítica apuntaba a algo más profundo: la relación entre universidad y obediencia.

Roca denunció las universidades convertidas en “fábricas de títulos”, criticó a los “domésticos doctorados” y cuestionó la formación de profesionales técnicamente eficientes pero incapaces de confrontar las estructuras de poder que organizan la vida social. Para él, la universidad debía ser un espacio de espíritu libre, imaginación democrática y transformación colectiva.

Y quizá ahí radica la vigencia inquietante de sus palabras.

Porque más de un siglo después, las universidades públicas latinoamericanas continúan atravesadas por tensiones que Roca ya intuía: burocratización institucional, mercantilización del conocimiento, colonialidad académica, productivismo, rankings, tecnocracia y formas cada vez más sofisticadas de administrar el conflicto político sin transformar sus causas.

Hoy, cuando muchas universidades parecen hablar permanentemente de pensamiento crítico mientras convierten la estabilidad administrativa en horizonte absoluto, volver a Deodoro Roca implica recuperar preguntas incómodas:

¿La universidad sigue siendo un espacio para el pensamiento libre o se está convirtiendo en administradora de normalidad?

¿La autonomía universitaria existe para proteger la crítica o únicamente para preservar el funcionamiento institucional?

¿Estamos formando personas capaces de disputar el sentido común dominante o profesionales adaptados a gestionar eficientemente un mundo desigual?

Este cuaderno no busca convertir a Roca en estatua universitaria. Mucho menos en prócer domesticado apto para discursos ceremoniales sobre democracia universitaria. La apuesta es otra: leerlo desde la herejía. Entendiendo la herejía no como error, sino como práctica crítica capaz de interrumpir los consensos burocráticos, desafiar los dogmas tecnocráticos y defender la posibilidad de una universidad verdaderamente viva.

Porque quizá una de las preguntas más peligrosas de nuestro tiempo siga siendo la misma que atravesaba Córdoba en 1918:

¿Qué universidad es todavía posible imaginar en América Latina y el Caribe?

Invitamos a leer, discutir y problematizar este cuaderno. No para repetir consignas heroicas del pasado, sino para preguntarnos qué queda hoy de aquella universidad rebelde que alguna vez soñó producir espíritu libre y no obediencia.

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Fabricación de consenso «premium»: medios, expertos y el ecosistema perfectamente «espontáneo»

Cartmancast Política Premium

(Suena música exageradamente épica. Eric Cartman aparece frente a un micrófono con una taza que dice “analista senior”.)

CARTMAN: Hola chicos. Bienvenidos a un nuevo episodio de Cartmancast Política Premium, el único programa de análisis político donde claramente nadie supervisa las contrataciones del Observatorio.

Y hoy hablaremos de un fenómeno completamente natural y cero sospechoso: cómo una idea pasa mágicamente de conferencia de prensa… a verdad nacional inevitable.

Porque funciona así, chicos: primero alguien dice: “esta reforma es necesaria”.

Luego aparece un experto en televisión diciendo: “efectivamente, según complejos indicadores técnicos imposibles de verificar durante un programa de siete minutos… esto es necesario”.

Después otro experto repite lo mismo en radio usando palabras científicas como: “competitividad”, “armonización”, “modernización”, y “eficiencia”.

Que básicamente significan: “si no está de acuerdo probablemente usted odia el progreso”.

Y entonces los medios hacen titulares como: “Especialistas aseguran que el país debe avanzar”.

Y BOOM.

Después de escucharlo suficientes veces: en tele, en radio, en redes, en entrevistas, y en conferencias… todo empieza a sentirse como ley natural del universo.

Muy espontáneo todo, chicos.

Pero aquí viene la parte interesante. La pregunta no es solamente qué dice un proyecto.

La pregunta también es: ¿quién tiene el poder de explicar públicamente cómo debemos entenderlo?

Porque quizá el verdadero poder no consiste únicamente en aprobar leyes.

Quizá también consiste en controlar el micrófono gigante desde donde la sociedad aprende qué significa: “desarrollo”, “progreso”, “modernización” o “sentido común”.

Del juego a la discusión

El diálogo imaginario funciona como sátira, pero también como puerta de entrada a una pregunta profundamente política: ¿cómo se construyen hoy los consensos públicos alrededor de proyectos económicos, reformas institucionales o procesos de apertura de mercado?

En apariencia, todo ocurre de manera completamente espontánea. Una conferencia oficial presenta determinada narrativa; posteriormente, esa misma interpretación comienza a circular con notable velocidad en paneles televisivos, entrevistas radiales, programas de opinión, columnas periodísticas y redes sociales. Poco a poco, ciertas ideas empiezan a repetirse con tal consistencia que terminan adquiriendo apariencia de verdad técnica objetiva, incluso cuando detrás de ellas existen disputas políticas, intereses económicos y modelos de sociedad en tensión.

No se trata necesariamente de operaciones burdas de propaganda ni de conspiraciones caricaturescas organizadas en sótanos oscuros. La fabricación contemporánea de consenso suele operar mediante mecanismos mucho más sofisticados y difíciles de percibir. Funciona a través de la reiteración constante de determinados marcos interpretativos, de la selección recurrente de ciertas voces expertas, de la exclusión silenciosa de preguntas incómodas y de la transformación de asuntos profundamente políticos en problemas aparentemente técnicos.

La tecnificación de los conflictos políticos

Uno de los mecanismos más efectivos dentro de la construcción contemporánea de consenso consiste en convertir debates profundamente políticos en discusiones aparentemente técnicas. De esta manera, asuntos relacionados con privatización, apertura económica, extractivismo o reformas estructurales dejan de discutirse como proyectos ideológicos y comienzan a presentarse como inevitabilidades administrativas asociadas a conceptos como eficiencia, modernización, competitividad o innovación.

La operación resulta especialmente poderosa porque desplaza el conflicto político detrás de un lenguaje especializado que aparenta neutralidad. La pregunta ya no parece ser qué modelo de sociedad se desea construir, sino cuál alternativa resulta “más técnica”, “más eficiente” o “más viable”. En ese desplazamiento discursivo, las decisiones políticas comienzan a representarse como simples necesidades administrativas inevitables.

Así, la discusión pública deja de centrarse en quién gana, quién pierde o qué impactos territoriales y sociales podrían generarse. En lugar de eso, el debate se reorganiza alrededor de indicadores, métricas y diagnósticos técnicos que muchas veces invisibilizan las relaciones de poder implicadas en las decisiones.

El ecosistema mediático perfectamente espontáneo

En este contexto emerge lo que podríamos llamar un “ecosistema mediático perfectamente espontáneo”. Gobierno anuncia una medida; personas expertas la validan utilizando lenguaje técnico; medios de comunicación la amplifican mediante entrevistas, titulares y mesas de análisis; redes sociales aceleran su circulación; y eventualmente la narrativa retorna a la esfera institucional convertida en consenso aparentemente nacional.

El fenómeno no depende necesariamente de órdenes directas ni de coordinación explícita entre todos los actores involucrados. Muchas veces funciona precisamente porque distintos sectores comparten marcos ideológicos similares sobre crecimiento económico, desarrollo, mercado o modernización. El resultado es una circulación altamente homogénea de interpretaciones que terminan reduciendo la pluralidad efectiva del debate público.

Cuando una misma idea aparece repetidamente en conferencias, televisión, radio, entrevistas y plataformas digitales, comienza a adquirir apariencia de verdad objetiva. La reiteración permanente produce familiaridad; la familiaridad produce legitimidad; y la legitimidad termina generando sentido común.

En ese punto, cuestionar ciertos supuestos empieza a percibirse no como parte normal de una democracia, sino como una anomalía sospechosa.

La administración estratégica de las preguntas incómodas

La fabricación de consenso no necesita convencer absolutamente a toda la población. En muchos casos, basta con desplazar determinadas preguntas fuera del centro de la conversación pública.

Preguntas como:

  • -¿quién gana económicamente con determinada reforma?
  • -¿qué impactos territoriales podrían producirse?
  • -¿qué ocurre con las lógicas solidarias o comunitarias?
  • -¿qué experiencias históricas similares existen?
  • -¿por qué distintas organizaciones sociales expresan preocupación?
  • -¿quién define qué significa “progreso” o “modernización”?

Tienden a recibir mucho menos espacio mediático que las narrativas asociadas a eficiencia, inversión, competitividad o crecimiento. La discusión deja entonces de tratar sobre modelos de sociedad y comienza a organizarse alrededor de la administración de percepciones públicas.

Deslegitimar antes que debatir

En este escenario, quienes introducen cuestionamientos frecuentemente son clasificados mediante etiquetas que facilitan su deslegitimación pública: “enemigos del desarrollo”, “radicales”, “desinformados”, “anti-progreso”, “comunistas” o simplemente “los mismos de siempre”.

La caricaturización reemplaza la discusión argumentativa. Resulta mucho más eficiente desacreditar a quienes hacen preguntas que abrir espacios de deliberación profunda sobre los efectos estructurales de determinadas políticas.

De esta manera, el conflicto político se transforma en un problema de credibilidad individual. Ya no importa tanto qué se está diciendo, sino quién lo dice y cuán fácilmente puede ser presentado como una figura irracional o amenazante frente al consenso dominante.

La vigilia y la ruptura parcial del guion

Quizás por eso ciertos espacios de deliberación colectiva generan tanta incomodidad política. La vigilia realizada afuera de la Asamblea Legislativa introdujo precisamente una ruptura parcial dentro de esa lógica comunicacional.

Mientras buena parte de la discusión institucional se estructuraba alrededor de vocerías oficiales, lenguajes técnicos y marcos mediáticos relativamente homogéneos, en el espacio público comenzaron a emerger conversaciones diferentes: personas explicando el proyecto entre ellas, comparando experiencias históricas, compartiendo preocupaciones territoriales y construyendo interpretaciones colectivas sin mediación de los formatos tradicionales de validación experta.

La importancia política de estos espacios no radica únicamente en la protesta misma, sino en la posibilidad de reconstruir colectivamente la capacidad de interpretar la realidad fuera de los circuitos oficiales de producción de legitimidad.

Para analizar procesos de fabricación de consenso
Elemento¿Cómo opera?¿Qué efecto produce?Preguntas críticas posibles
Lenguaje técnicoPresenta decisiones políticas como asuntos administrativos inevitablesReduce la percepción de conflicto político¿Qué intereses quedan ocultos detrás del lenguaje técnico?
Repetición mediáticaMultiplica constantemente una misma narrativaGenera sensación de consenso social¿Qué voces aparecen constantemente y cuáles no?
ExpertocraciaPrioriza ciertas voces como únicas fuentes legítimasDesplaza saberes comunitarios y experiencias sociales¿Quién decide quién es “experto”?
Invisibilización de preguntasReduce espacio para temas incómodosLimita el horizonte del debate público¿Qué preguntas no están siendo discutidas?
Etiquetación y estigmatizaciónDesacredita a quienes cuestionanDebilita la deliberación democrática¿Se están discutiendo argumentos o atacando personas?
Narrativa del progresoAsocia oposición con atraso o irracionalidadPresiona simbólicamente hacia el consenso¿Quién define qué significa “progreso”?
Viralización en redesAmplifica mensajes simplificados y emocionalesAcelera consolidación de marcos interpretativos¿Qué emociones moviliza la narrativa dominante?
Concentración de voceríasRepite constantemente las mismas figuras públicasHomogeneiza el debate mediático¿Qué sectores sociales están ausentes?

 

La disputa también es comunicacional

Al final, la discusión nunca trata únicamente sobre el contenido específico de un proyecto de ley. También involucra quién posee capacidad para explicarlo públicamente, qué narrativas adquieren legitimidad social y quién controla el gran micrófono desde el cual se define qué significa “progreso”, “modernización” o “interés nacional”.

Cuando una sola interpretación logra repetirse simultáneamente en conferencias, titulares, paneles televisivos, programas de opinión y redes sociales durante suficiente tiempo, la democracia deja de reducirse únicamente al acto electoral.

Empieza también a depender de algo mucho más profundo: la distribución desigual del poder para nombrar la realidad y establecer cuáles preguntas pueden formularse públicamente sin ser expulsadas del debate legítimo.

Ciencia mediática avanzada, chicos

(Cartman vuelve a aparecer mirando fijamente a la cámara mientras toma café con absoluta seriedad.)

CARTMAN:
Bueno chicos, creo que hoy aprendimos algo súper importante.

Que la discusión pública nunca trata solamente sobre un proyecto de ley.

También trata sobre: quién tiene espacio para hablar, qué voces aparecen todos los días, quién recibe legitimidad automática, y quién queda reducido a “gente exagerando en la calle”.

Porque cuando una sola narrativa logra repetirse constantemente: en titulares,
paneles, programas de opinión, entrevistas, redes sociales y conferencias oficiales… eventualmente deja de sonar como opinión y empieza a sonar como realidad inevitable.

Ciencia mediática avanzada, chicos.

Y por eso resulta TAN incómodo cuando la gente empieza a conversar entre sí sin permiso del Panel Nacional de Expertos Televisivos Certificados.

Muy irresponsable democráticamente. Porque cuando comunidades, estudiantes, organizaciones y personas comunes comienzan a compartir experiencias, comparar historias y hacerse preguntas incómodas… el debate deja de estar completamente controlado.

Y ahí es donde aparecen problemas TERRIBLES para el ecosistema perfectamente espontáneo del consenso nacional premium.

(Cartman se acomoda el micrófono.)

Así que la próxima vez que escuchen: “todo el mundo sabe que esto es necesario”…pregúntense algo muy simple:

¿todo el mundo realmente lo decidió…
o simplemente escuchó la misma narrativa repetida suficientes veces?

Bueno chicos, esto fue Cartmancast Política Premium.

Y recuerden: si suficientes personas dicen lo mismo en suficientes micrófonos… eventualmente hasta la desigualdad puede empezar a sonar como innovación.

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Entre “modernización” y “enemigos del pueblo”: las narrativas en disputa tras la vigilia por la armonización eléctrica

Después de la vigilia: cuando la disputa deja de ser únicamente técnica

La discusión sobre el proyecto de “armonización” eléctrica entró en una nueva etapa después de que el gobierno no lograra reunir los 38 votos necesarios para aprobar la iniciativa en segundo debate. Lo que inicialmente había sido presentado como una discusión técnica sobre eficiencia, inversión y crecimiento energético terminó revelando un conflicto mucho más amplio alrededor del papel del Estado, el sentido de lo público y las formas legítimas de participación democrática en Costa Rica.

Horas después de la vigilia realizada frente a la Asamblea Legislativa, el Ejecutivo respondió mediante una conferencia de prensa marcada por un tono confrontativo, donde se mezclaron argumentos económicos, advertencias sobre el futuro energético del país y acusaciones dirigidas hacia quienes cuestionan el proyecto.

La conferencia no solo buscó defender una reforma eléctrica. También intentó fijar una interpretación específica del conflicto político que se está desarrollando alrededor de ella.

De un lado, se construyó la idea de un gobierno que intenta “modernizar” el país frente a sectores que supuestamente obstaculizan el desarrollo mediante miedo, desinformación y resistencia ideológica. Del otro lado, las voces que se mantuvieron durante horas frente a la Asamblea insistían en algo distinto: que la discusión eléctrica no puede reducirse únicamente a competitividad o crecimiento económico porque involucra preguntas fundamentales sobre desigualdad, solidaridad, acceso universal y control democrático de bienes estratégicos.

Lo que está ocurriendo, entonces, no es solamente un desacuerdo técnico sobre cómo organizar el sistema eléctrico nacional. Lo que aparece en disputa son distintas maneras de entender el desarrollo, el futuro de lo público y la relación entre mercado, democracia y vida colectiva.

El discurso oficial: crecimiento económico, inevitabilidad y construcción del adversario

La conferencia presidencial posterior a la votación legislativa dejó ver con claridad una narrativa política organizada alrededor de una idea central: la reforma eléctrica no sería una opción debatible, sino una necesidad inevitable para evitar el rezago económico del país.

A lo largo de la intervención, el Ejecutivo insistió repetidamente en que Costa Rica enfrenta un escenario de creciente demanda energética asociado a zonas francas, inversión extranjera y expansión económica. La reforma fue presentada como una condición necesaria para garantizar competitividad y evitar que el país pierda oportunidades frente a otros mercados regionales.

Esta forma de plantear el debate tiene implicaciones importantes. Cuando una reforma deja de presentarse como una decisión política discutible y comienza a representarse como una necesidad técnica inevitable, el espacio del desacuerdo democrático se reduce. La pregunta deja de ser “qué modelo energético queremos construir” y pasa a convertirse en “cómo adaptarnos obligatoriamente a las exigencias del mercado”.

En esa lógica, conceptos como “modernización”, “eficiencia” y “competencia” adquieren una dimensión casi moral. La apertura del mercado eléctrico aparece asociada automáticamente a progreso, innovación y futuro, mientras que las críticas quedan vinculadas implícitamente al atraso, la irracionalidad o el miedo al cambio.

La conferencia también recurrió constantemente a comparaciones históricas con el TLC, la apertura de telecomunicaciones, seguros y banca estatal. El mensaje era claro: anteriormente también existieron advertencias sobre privatización o colapso institucional y, según la narrativa oficial, esas advertencias resultaron equivocadas.

Sin embargo, esta lectura simplifica profundamente procesos históricos mucho más complejos. Las transformaciones asociadas a apertura económica continúan generando debates sobre concentración económica, precarización laboral, desigualdad territorial y acceso diferenciado a servicios. Presentar esas experiencias como éxitos indiscutibles permite desactivar críticamente cualquier discusión actual sobre los posibles efectos sociales de reorganizar servicios estratégicos bajo lógicas de mercado.

Pero quizá el elemento más preocupante de la conferencia fue la forma en que comenzó a construirse el adversario político. Sectores críticos del proyecto fueron asociados reiteradamente con “comunismo”, con intereses contrarios al desarrollo nacional e incluso con escenarios políticos vinculados a Cuba o Venezuela.

El problema de este tipo de discursos no radica únicamente en su tono polarizante. Lo verdaderamente delicado es que desplazan el conflicto desde el terreno del debate democrático hacia el terreno de la sospecha ideológica. Ya no se trata solamente de personas que cuestionan un proyecto de ley. Se trata de actores construidos discursivamente como amenazas para el progreso nacional.

Y cuando el desacuerdo político comienza a representarse como amenaza interna, el espacio democrático se vuelve considerablemente más frágil.

Lo que las voces de la vigilia estaban diciendo

Mientras la conferencia presidencial insistía en crecimiento económico, competitividad e inversión, afuera de la Asamblea Legislativa la discusión seguía desarrollándose en otros términos.

Las voces de la vigilia no hablaban únicamente sobre tarifas eléctricas o participación privada. Lo que aparecía constantemente en las conversaciones era una preocupación más amplia sobre el debilitamiento progresivo de principios históricos asociados a lo público en Costa Rica.

Muchas personas insistían en que la electricidad no puede pensarse únicamente como infraestructura o mercado porque sostiene condiciones básicas de vida cotidiana: estudiar, cocinar, trabajar, comunicarse, acceder a salud o sostener actividades económicas locales. Por eso la preocupación central no giraba solamente alrededor de “quién produce energía”, sino sobre qué ocurre cuando servicios esenciales comienzan a reorganizarse principalmente desde criterios de rentabilidad.

En las conversaciones aparecía repetidamente una idea importante: la privatización no necesariamente ocurre únicamente cuando una institución pública se vende directamente. También puede desarrollarse mediante procesos graduales de fragmentación institucional, apertura competitiva desigual, subordinación a dinámicas de mercado o transferencia progresiva de decisiones estratégicas hacia actores privados.

Esta diferencia es central para entender el conflicto actual. Mientras el discurso oficial reduce el debate a la pregunta “¿se está vendiendo el ICE o no?”, muchas voces críticas están discutiendo algo distinto: cómo cambian las prioridades de un sistema público cuando comienza a organizarse bajo incentivos competitivos y lógicas de mercado.

La tensión, entonces, no es únicamente jurídica o administrativa. Es una tensión sobre el sentido mismo de lo público.

Dos formas de imaginar el país

La discusión sobre la armonización eléctrica enfrenta, en el fondo, dos formas profundamente distintas de imaginar el desarrollo nacional.

Discurso oficialVoces desde la vigilia
La apertura eléctrica representa modernización y progresoLa reorganización del mercado puede debilitar principios solidarios
El crecimiento económico depende de mayor competencia energéticaEl acceso universal no puede depender únicamente de rentabilidad
La crítica al proyecto responde a miedo o desinformaciónLa crítica intenta advertir efectos sociales y territoriales
El mercado garantiza eficienciaLo público debe sostenerse desde solidaridad y planificación colectiva
La protesta aparece asociada a conflicto y desordenLa protesta es participación democrática y vigilancia ciudadana
El futuro se piensa desde competitividad globalEl futuro también se piensa desde derechos colectivos y bienes comunes
La disputa por el significado de la protesta

Otro de los elementos más significativos del momento actual tiene que ver con cómo se interpreta la movilización social.

Durante la conferencia, el gobierno enfatizó principalmente la agresión sufrida por un oficial de Fuerza Pública. Mientras tanto, desde las organizaciones presentes en la vigilia se denunciaba el arresto y agresión policial contra un estudiante que posteriormente requirió atención hospitalaria.

Aquí vuelve a aparecer una disputa narrativa profunda: ¿qué hechos se vuelven visibles y cuáles quedan desplazados?

Porque lo ocurrido durante la vigilia no puede reducirse únicamente a tensión o confrontación. La jornada estuvo marcada por conversaciones públicas, explicaciones colectivas del proyecto, intercambio entre generaciones, organización comunitaria, música, baile y acompañamiento mutuo.

La protesta social apareció allí no solamente como mecanismo de presión política, sino también como espacio pedagógico y experiencia de producción colectiva de conocimiento político. La calle funcionó simultáneamente como aula abierta, foro público y espacio de encuentro. Y quizá eso es precisamente lo que resulta más incómodo para ciertas formas de poder: la posibilidad de que personas diversas se organicen, compartan interpretaciones críticas y construyan colectivamente otras maneras de entender el país.

La olla común y la política del cuidado

Tal vez la imagen más potente de toda la jornada no ocurrió dentro de la Asamblea Legislativa ni en la conferencia presidencial posterior.

Ocurrió alrededor de la olla común.

Mientras dentro se discutía el futuro energético nacional mediante lenguajes asociados a competencia, inversión y mercado, afuera muchas personas compartían café, comida, descanso y cuidado colectivo entre desconocidos.

Y justamente allí aparece una dimensión profundamente política que suele pasar desapercibida. Porque la olla común no es únicamente alimentación. También es una forma concreta de construir vínculos sociales y sostener colectivamente la permanencia en el espacio público.

Sostener una vigilia durante horas requiere mucho más que consignas. Requiere crear condiciones materiales para permanecer juntos. Requiere cuidado. La gente preguntando quién necesitaba agua, quién llevaba demasiadas horas sin comer, quién necesitaba descansar o simplemente conversar. Todo eso formó parte de la jornada.

La olla común terminó funcionando como una pequeña metáfora de otra forma posible de entender lo público: no únicamente desde competencia individual y eficiencia económica, sino desde interdependencia, cooperación y sostenimiento mutuo.

Porque defender lo público no consiste solamente en defender instituciones estatales. También implica defender prácticas sociales donde la vida colectiva puede sostenerse desde solidaridad y cuidado compartido.

Y quizá allí se encuentra una de las preguntas más profundas que deja toda esta discusión:

¿qué tipo de sociedad se está intentando construir cuando se debate el futuro de la electricidad pública en Costa Rica?

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Voces en vigilia: defender la electricidad pública, defender lo común

Más que una grabación, este audio es el registro vivo de una vigilia construida desde la calle. Entre consignas, canciones, discusiones improvisadas, memorias del Combo ICE, denuncias, risas, cansancio y esperanza, las voces que aquí se escuchan narran una preocupación profunda por el futuro de lo público en Costa Rica. Escuchar esta vigilia es también escuchar cómo distintas personas entienden la solidaridad, la universalidad y el derecho colectivo a participar en las decisiones que afectan la vida común. Les invitamos a escuchar estas voces en protesta: voces que cuidan, cuestionan, recuerdan, explican y sostienen la presencia colectiva frente a una discusión que desborda ampliamente el ámbito eléctrico.

Una noche frente a la Asamblea

Mientras dentro de la Asamblea Legislativa avanzaba la discusión del proyecto de “armonización” eléctrica, afuera se desarrollaba otra escena política.

Una vigilia. Un espacio de encuentro.

Una conversación pública sostenida durante horas por sindicatos, estudiantes, organizaciones ecologistas, comunidades rurales, colectivos territoriales, personas defensoras de ríos, juventudes, personas jubiladas y múltiples voces que decidieron permanecer presentes mientras se discutía el futuro del sistema eléctrico nacional.

Las grabaciones de esta jornada permiten escuchar algo más que consignas. Permiten escuchar un país discutiéndose a sí mismo.

Entre intervenciones improvisadas, explicaciones técnicas, denuncias políticas, canciones, recuerdos históricos y llamados a la organización, la vigilia fue construyendo una narrativa común: la discusión sobre electricidad nunca ha sido solamente una discusión técnica.

Detrás del lenguaje de “modernización”, “competencia”, “armonización” o “mercado eléctrico”, muchas personas identifican preguntas mucho más profundas:

-¿qué significa lo público?
-¿quién decide sobre bienes estratégicos?
-¿qué ocurre cuando servicios esenciales comienzan a reorganizarse bajo lógicas de mercado?
-¿y qué tipo de sociedad se produce cuando el acceso depende cada vez más de la capacidad de pago?

La electricidad como derecho cotidiano

Uno de los elementos más presentes en las intervenciones fue la insistencia en que la electricidad no puede reducirse únicamente a una mercancía.

Durante la vigilia aparecieron constantemente referencias a la vida cotidiana:
-la posibilidad de estudiar,
de cocinar,
-de acceder a internet,
-de sostener pequeños negocios,
-de garantizar condiciones mínimas de dignidad en territorios urbanos y rurales.

Las voces insistían en algo fundamental: la electricidad no es solamente infraestructura. También es una condición material para ejercer otros derechos. Por eso muchas intervenciones conectaban directamente la defensa del sistema eléctrico público con la defensa de principios como universalidad y solidaridad.

En distintas participaciones se recordó que Costa Rica alcanzó niveles muy altos de cobertura eléctrica bajo un modelo basado en planificación pública y acceso nacional. Y justamente allí aparecía una de las preocupaciones centrales frente al proyecto de ley: el temor de que una reorganización progresiva del sistema termine debilitando esos principios históricos.

La crítica no se limitaba únicamente a la posibilidad de participación privada. La preocupación principal era otra: que la lógica del mercado termine desplazando la lógica solidaria que históricamente sostuvo la expansión del servicio eléctrico hacia comunidades rurales, territorios indígenas y zonas donde la rentabilidad privada difícilmente habría garantizado cobertura.

Como se señaló durante la vigilia, el principio de universalidad no puede separarse del principio de solidaridad.

Más allá del ICE: la disputa por lo público

Aunque la discusión inmediata giraba alrededor del ICE y del proyecto de armonización, las intervenciones constantemente ampliaban el marco del debate.

Las voces no hablaban solamente de una institución. Hablaban de una idea de país.

A lo largo de la jornada aparecieron referencias a educación pública, agua, banca estatal, seguridad social, agricultura y otros espacios percibidos como parte de una institucionalidad construida históricamente bajo principios públicos.

En muchas intervenciones, la defensa del ICE aparecía como parte de una preocupación más amplia frente al debilitamiento progresivo de lo público en Costa Rica. Y aquí emergía una idea importante repetida durante la vigilia: la privatización no necesariamente ocurre únicamente cuando una institución pública se vende de forma directa.

También puede producirse mediante procesos más graduales:
-fragmentación institucional,
-subordinación al mercado,
-apertura competitiva desigual,
-desfinanciamiento,
-o transferencia progresiva de decisiones estratégicas hacia actores privados.

Por eso varias voces insistieron en que la discusión actual debía entenderse como parte de una transformación más amplia del papel del Estado y de los bienes comunes en la sociedad costarricense.

Ríos, territorios y conflictos socioambientales

Las grabaciones también muestran cómo la discusión eléctrica se conecta con conflictos territoriales y ambientales presentes en distintas regiones del país. Personas provenientes de comunidades afectadas por proyectos hidroeléctricos privados señalaron preocupaciones relacionadas con extractivismo, presión sobre ecosistemas y conflictos comunitarios.

En varias intervenciones apareció la experiencia de comunidades que han debido enfrentar proyectos energéticos en defensa de ríos y territorios locales. Y junto con ello, surgieron referencias a experiencias centroamericanas donde procesos de apertura eléctrica han estado acompañados por conflictos socioambientales, persecución de personas defensoras y aumento tarifario.

La vigilia iba conectando así distintos procesos que muchas veces se discuten por separado:
-privatización,
-extractivismo,
-gentrificación,
-desplazamiento territorial,
-y debilitamiento de mecanismos colectivos de protección social.

La memoria del Combo ICE

Uno de los elementos más significativos de las voces en protesta es la presencia constante de la memoria. A lo largo de la noche reaparecieron referencias al año 2000 y a las movilizaciones contra el Combo ICE. Personas que participaron en aquellas luchas compartían experiencias con generaciones más jóvenes que hoy vuelven a ocupar las calles.

La memoria aparecía no solo como recuerdo, sino como herramienta política.
Como una forma de recordar que muchas instituciones públicas existentes hoy no fueron concesiones espontáneas del poder político, sino resultado de décadas de organización social, conflicto y movilización colectiva.

En múltiples momentos se insistió en algo fundamental: el ICE no pertenece a un partido político, ni a un gobierno específico, sino a procesos históricos construidos socialmente.

La calle como espacio pedagógico

Las voces también permiten observar otra dimensión frecuentemente invisibilizada de la protesta social: su capacidad pedagógica.

La vigilia fue, en muchos sentidos, una experiencia de educación política colectiva.

-Había personas explicando aspectos técnicos del proyecto.
-Otras relataban experiencias comunitarias.
-Algunas organizaban consignas.
-Otras compartían análisis económicos, ambientales o históricos.

Entre canciones, conversaciones y discursos, el espacio público se convertía en un lugar donde distintas generaciones intercambiaban experiencias, aprendizajes y formas de entender la realidad política del país.

La protesta aparecía entonces no solamente como mecanismo de presión política, sino también como espacio de producción de conocimiento colectivo. Un lugar donde se articulan memorias, diagnósticos, afectos, preocupaciones y horizontes compartidos.

Permanecer

Incluso en medio del cansancio, las tensiones y los episodios de violencia policial ocurridos durante la jornada, las voces registradas insisten constantemente en la importancia de permanecer.

-Permanecer vigilando.
-Permanecer explicando.
-Permanecer acompañándose.
-Permanecer organizándose.

La insistencia en “no aflojar” atravesó gran parte de la vigilia. Pero más allá de la consigna, lo que aparece en las grabaciones es una defensa persistente de la acción colectiva como práctica democrática. Una idea de democracia que no se reduce únicamente al voto o a la representación institucional, sino que también incluye organización social, presencia en el espacio público, vigilancia ciudadana y participación activa en decisiones que afectan la vida común.

Lo que está en disputa

Escuchar estas voces permite comprender que la discusión sobre la “armonización” eléctrica desborda ampliamente el ámbito energético.

Lo que aparece en disputa es también una forma de entender la sociedad. De un lado, una lógica que tiende a reorganizar servicios públicos bajo criterios de competencia, rentabilidad y apertura de mercados.

Del otro, una defensa de principios como solidaridad, acceso universal, planificación pública y construcción colectiva de bienes comunes.

Por eso las voces de la vigilia regresan una y otra vez a la misma idea: defender la electricidad pública no es solamente defender una institución.

Es defender la posibilidad de que ciertos aspectos fundamentales de la vida continúen organizándose desde la solidaridad y no exclusivamente desde la capacidad de pago.

La violencia como respuesta a la participación

La jornada también estuvo marcada por episodios de violencia policial ocurridos durante la vigilia.

En medio de una manifestación pública y de vigilancia ciudadana alrededor de la votación legislativa, un estudiante fue arrestado y golpeado por la Fuerza Pública, requiriendo posteriormente atención hospitalaria. Además, durante el intento de solicitar explicaciones sobre la detención, una diputada fue empujada por oficiales presentes en el lugar.

Lo ocurrido no puede entenderse como un hecho aislado ni únicamente como un “incidente” operativo. La violencia contra quienes participan en manifestaciones públicas tiene efectos políticos más amplios: produce miedo, desmoviliza y envía mensajes sobre quiénes pueden ocupar legítimamente el espacio público y bajo qué condiciones.

Resulta especialmente preocupante que situaciones de violencia ocurran precisamente en contextos donde la ciudadanía busca ejercer vigilancia democrática sobre decisiones públicas.

La protesta social cumple una función fundamental dentro de cualquier democracia:
-permite expresar desacuerdos,
-hacer visibles conflictos,
-vigilar el ejercicio del poder
-y participar políticamente más allá de los mecanismos electorales.

Por eso, cuando las respuestas institucionales frente a la organización colectiva incluyen intimidación, uso desproporcionado de la fuerza o criminalización, lo que se tensiona no es únicamente una movilización concreta, sino el propio derecho democrático a la participación pública.

La vigilia dejó una imagen profundamente contradictoria: mientras muchas personas insistían en la importancia del diálogo, la organización y la defensa colectiva de lo público, la respuesta estatal terminó incluyendo golpes, arresto y violencia.

Y justamente allí aparece una de las preguntas más incómodas que atraviesan este tipo de escenarios: ¿qué tan sólida es una democracia que percibe la protesta social como amenaza?

La olla común: cocinar la solidaridad

Pero la vigilia no estuvo compuesta únicamente por discursos, consignas o denuncias.

Durante la jornada también se organizó una olla común para las personas presentes. Entre termos de café, platos compartidos, alimentos preparados colectivamente y personas distribuyendo comida durante horas, el espacio de protesta se transformó también en un espacio de cuidado.

Lejos de ser un detalle secundario, la olla común revela una dimensión profundamente política de este tipo de movilizaciones. Porque sostener una vigilia durante horas implica mucho más que permanecer físicamente en un lugar. Implica crear condiciones materiales para que las personas puedan permanecer juntas.

Alimentarse colectivamente, compartir recursos y organizar el cuidado mutuo forman parte de una manera distinta de entender lo público. En contextos donde frecuentemente predomina una lógica individualista —donde cada persona resuelve por sí misma sus necesidades— la olla común introduce otra racionalidad:
-la de la interdependencia,
-la cooperación
-y el reconocimiento de que la vida colectiva necesita sostenerse mutuamente.

La comida compartida se convierte entonces en algo más que alimentación. Se vuelve una práctica concreta de solidaridad.

Mientras dentro de la Asamblea Legislativa se discutía una reorganización del sistema eléctrico bajo lenguajes asociados a competencia y mercado, afuera muchas personas estaban construyendo otra experiencia social: compartir comida entre desconocidos, cuidar a quienes llevaban horas en la calle, preguntar quién necesitaba agua, café o descanso, y sostener colectivamente el espacio común.

La olla común transforma el espacio público en algo distinto a un simple lugar de tránsito o confrontación. Lo convierte en un territorio de encuentro. Un lugar donde la política no ocurre únicamente en el discurso, sino también en prácticas concretas de cuidado y sostenimiento colectivo.

Y quizá allí aparece uno de los elementos más importantes de toda la jornada: la resistencia no se construye únicamente desde la denuncia. También se construye desde la capacidad de acompañarse, alimentarse y permanecer juntos incluso en escenarios de incertidumbre y desgaste.

Porque defender lo público no consiste solamente en defender instituciones. También implica defender prácticas sociales basadas en solidaridad, cooperación y cuidado mutuo.

Galería
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Entre leña, humo y memoria: aprender el fuego – Bienes Comunes en Corto

Volver al corazón de nuestros saberes cotidianos

A veces creemos que las conversaciones importantes son aquellas que hablan de política, economía o grandes acontecimientos históricos. Sin embargo, hay diálogos aparentemente pequeños que terminan revelando algo esencial sobre quiénes somos. Hablar sobre cómo se hace el fuego para cocinar puede parecer una práctica simple y utilitaria, pero detrás de esa acción cotidiana habita una memoria profunda de afectos, aprendizajes y formas de cuidar la vida.

En la conversación con Paul Gutiérrez, de Finca 5, el fuego aparece no solamente como una herramienta para cocinar, sino como una herencia recibida de su padre y su madre. El relato va mostrando cómo ciertos saberes no se aprenden en manuales ni en instituciones formales, sino en la cercanía de la vida compartida: mirando, acompañando, practicando y escuchando. El fuego se aprende entre voces, entre silencios, entre tiempos compartidos.

Quizá por eso la comida hecha en fogón “sabe distinto”. No únicamente por el humo o la leña, sino porque ahí también se cocinan recuerdos, afectos y vínculos. En muchas comunidades, cocinar ha sido históricamente una práctica de encuentro: un espacio donde se conversa, se transmite experiencia y se fortalece el tejido familiar y comunitario. El fogón no solo alimenta el cuerpo; también alimenta la memoria.

En un tiempo marcado por la velocidad, la fragmentación y el aislamiento, volver la mirada hacia estas prácticas cotidianas puede ayudarnos a repensar nuestras propias conversaciones. ¿De qué hablamos cuando compartimos la comida? ¿Qué historias sobreviven alrededor de una cocina? ¿Qué saberes estamos dejando de transmitir cuando la vida cotidiana pierde sus espacios de encuentro?

Defender estos conocimientos no significa rechazar la modernidad ni idealizar el pasado. Significa reconocer que existen formas de conocimiento profundamente humanas que sostienen nuestra capacidad de cuidar, disfrutar y convivir. Muchas veces los grandes cambios comienzan justamente ahí: en la manera en que nos reunimos, cocinamos, escuchamos y compartimos el tiempo con otras personas.

Entre leña, humo y memoria, el fuego nos recuerda algo sencillo pero urgente: la vida también se sostiene en esos pequeños gestos donde el cariño se vuelve práctica cotidiana.

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La creatividad también resiste: educación popular en América Latina y el Caribe

En un contexto regional marcado por el avance de nuevas derechas, el fortalecimiento de discursos autoritarios y la profundización de las desigualdades, educadoras y educadores populares de distintos países de América Latina y el Caribe se reunieron el pasado 19 de mayo del 2026 en el conversatorio “Educación popular en tiempos de reconfiguración del poder”, convocado por el programa Programa Kioscos Socioambientales.

El espacio reunió a Oscar Jara, Rosa Goldar, Rosa Luz Molina y Jorge Osorio, quienes reflexionaron sobre el escenario político actual y los desafíos que enfrenta la educación popular en medio de procesos de militarización, extractivismo, fragmentación social y debilitamiento democrático.

Un continente atravesado por nuevas derechas y autoritarismos

La apertura del conversatorio planteó que América Latina y el Caribe viven una reconfiguración profunda de las relaciones de poder. Más allá de cambios de gobierno, lo que se observa es una disputa por los sentidos comunes, las emociones y las formas de interpretar la realidad.

La coordinadora del espacio, Dylanna Rodríguez, señaló que el auge de discursos de seguridad, el avance de narrativas antifeministas y antiecológicas, así como la criminalización de la protesta social, configuran un escenario donde el miedo se convierte en un dispositivo político central.

Uno de los conceptos que atravesó el conversatorio fue la idea de la “bukelización” del continente, entendida como la expansión de modelos políticos que combinan autoritarismo, espectacularización mediática, militarización y concentración del poder bajo discursos de eficacia y control.

Desde Argentina, Rosa Goldar analizó el contexto generado tras la llegada de Javier Milei al gobierno, caracterizando este proceso como parte de una ofensiva internacional de nuevas derechas articuladas globalmente. Señaló que estos proyectos políticos logran instalarse aprovechando el descontento social acumulado, especialmente tras la pandemia, y avanzan mediante la deslegitimación de la acción colectiva, la persecución de movimientos sociales y la criminalización de la protesta.

Goldar advirtió además que el neoliberalismo contemporáneo ya no opera únicamente desde lo económico, sino también desde una profunda colonización de las subjetividades, reforzada por discursos de odio, xenofobia y aporofobia que buscan responsabilizar a sectores empobrecidos y migrantes de las crisis sociales.

Colonialismo, extractivismo y despojo en el Caribe

Desde Puerto Rico, Rosa Luz Molina situó la discusión en el contexto colonial caribeño, marcado por el control político y económico de Estados Unidos sobre la isla.

Molina describió cómo las políticas de ajuste fiscal, la privatización de bienes comunes y el avance de megaproyectos turísticos han profundizado el despojo territorial y la exclusión social. También alertó sobre el desmantelamiento de la educación pública, la reducción de contenidos de historia y estudios sociales y la creciente “hipertecnologización” educativa que sustituye el diálogo crítico por lógicas técnicas e instrumentales.

Además, señaló que el avance de estas políticas no es únicamente económico, sino también cultural y afectivo: “Nos van encerrando poco a poco”, afirmó, al describir cómo la privatización de las costas limita el acceso colectivo al territorio.

Frente a este panorama, destacó la importancia de las prácticas de educación popular “cimarrona afrocaribeña”, construidas desde la resistencia comunitaria, el arte, la memoria y la organización territorial.

El autoritarismo como eje regional

Por su parte, Oscar Jara enfatizó que uno de los rasgos centrales del momento actual es la consolidación de formas autoritarias de ejercicio del poder.

Advirtió que en varios países de la región se impulsa una creciente concentración de poder en los ejecutivos, debilitando contrapesos institucionales y legitimando soluciones basadas en la militarización y el castigo.

Según Jara, estas tendencias logran avanzar debido a las debilidades históricas de las democracias liberales, incapaces de garantizar bienestar, participación y justicia social para amplios sectores de la población.

Ante ello, insistió en que la educación popular debe fortalecer espacios de diálogo, reflexión crítica y participación colectiva capaces de disputar el sentido común autoritario. “La creatividad es un desafío enorme”, afirmó, señalando que las respuestas no están predefinidas y que los procesos organizativos deben construirse caminando colectivamente.

Crisis política y disputa de sentidos en Chile

Desde Chile, Jorge Osorio analizó el ascenso de gobiernos de ultraderecha como parte de una transformación global más amplia que atraviesa también Europa y otras regiones.

Osorio explicó que estas fuerzas políticas logran consolidarse a partir de discursos centrados en la inseguridad, el miedo y la supuesta crisis total de los Estados, amplificados mediante redes sociales y grandes plataformas mediáticas. Sin embargo, advirtió que estos proyectos buscan desmontar progresivamente derechos sociales, debilitar la educación pública y reinstalar culturas políticas autoritarias.

En ese contexto, destacó que la educación popular enfrenta el desafío de actualizarse frente a nuevos “ecosistemas de aprendizaje”, marcados por transformaciones tecnológicas, territoriales y culturales.

Los desafíos de la educación popular

A lo largo del conversatorio, las y los participantes coincidieron en que la educación popular atraviesa un momento de profunda interpelación política y pedagógica.

Entre los principales desafíos señalados estuvieron:

  • -Reconstruir procesos colectivos en contextos de individualización y fragmentación social.
  • -Disputar sentidos comunes atravesados por el miedo, el odio y la desinformación.
  • -Sostener la esperanza frente al cansancio organizativo y la sensación de indefensión.
  • -Fortalecer la articulación regional entre organizaciones, movimientos y redes de educación popular.
  • -Construir pedagogías capaces de responder a nuevos escenarios tecnológicos y culturales.
  • -Defender la educación pública, la memoria histórica y los bienes comunes.
  • -Acompañar procesos territoriales de resistencia frente al extractivismo y el despojo.
  • -Incorporar perspectivas antipatriarcales, interculturales y decoloniales en las prácticas pedagógicas.

Rosa Luz Molina insistió en la necesidad de “juntar los cuerpos para la protesta y para la propuesta”, reivindicando la importancia del encuentro presencial, la organización comunitaria y el trabajo cultural como formas de resistencia ante la fragmentación social.

Por su parte, Jorge Osorio propuso avanzar hacia una “cartografía” latinoamericana de las experiencias actuales de educación popular, capaz de reconocer territorios, prácticas, movimientos y procesos emergentes en toda la región.

Educación popular para sostener la vida

Lejos de asumir una postura derrotista, el conversatorio planteó la necesidad de fortalecer las capacidades organizativas y pedagógicas de los movimientos populares en medio de escenarios complejos.

Las intervenciones coincidieron en que la educación popular sigue siendo una herramienta fundamental para la construcción de pensamiento crítico, organización colectiva y defensa de la vida digna.

En palabras de Oscar Jara, los cambios profundos no ocurren de un día para otro, sino mediante procesos históricos que requieren “paciente impaciencia”, creatividad y construcción colectiva permanente.

En un continente atravesado por el miedo, el extractivismo y el autoritarismo, la educación popular aparece así no solo como una metodología educativa, sino como una apuesta ética y política por sostener vínculos, memorias y horizontes emancipadores.

La creatividad como horizonte político y pedagógico

Otro de los elementos que atravesó el conversatorio fue la reivindicación de la creatividad como una dimensión fundamental para afrontar los desafíos del presente. Lejos de entenderla únicamente como una herramienta metodológica o estética, las y los participantes la plantearon como una capacidad política necesaria para imaginar, sostener y construir alternativas en medio de contextos marcados por el miedo, el cansancio y la fragmentación social.

Oscar Jara insistió en que las respuestas no están predefinidas y que los procesos organizativos deben construirse caminando colectivamente, lo que exige mantener viva la capacidad de crear nuevas formas de encuentro, diálogo, movilización y esperanza. En esa línea, la creatividad aparece como una práctica profundamente vinculada con la resistencia y con la posibilidad de seguir imaginando horizontes emancipadores incluso en escenarios adversos.

Desde Puerto Rico, Rosa Luz recuperó el papel del arte, la cultura y las prácticas comunitarias como formas de acuerpamiento y organización. Señaló que las luchas actuales requieren conectar con las identidades, las memorias y las experiencias territoriales para generar procesos capaces de movilizar afectos, vínculos y sentidos colectivos.

Las reflexiones del conversatorio coincidieron en que la creatividad es también una forma de disputar el control de las subjetividades impuesto por el neoliberalismo y las nuevas derechas. Frente a discursos que promueven el individualismo, el miedo y la resignación, la educación popular apuesta por abrir espacios donde sea posible imaginar otros modos de vivir, relacionarse y construir comunidad.

En ese sentido, la creatividad no aparece como un complemento secundario de la acción política, sino como una condición necesaria para sostener la organización colectiva, reinventar las pedagogías y fortalecer las resistencias territoriales en América Latina y el Caribe.

Así, en tiempos de autoritarismo, extractivismo y fragmentación, la creatividad se reivindica como una fuerza vital capaz de abrir grietas en los sentidos dominantes y de alimentar la construcción colectiva de futuros más justos, solidarios y dignos.

Si las reflexiones compartidas en este conversatorio resonaron con sus experiencias, preocupaciones o procesos organizativos, les invitamos a ver el conversatorio completo “Educación popular ante la reconfiguración del poder”. Escuchar directamente las voces de las educadoras y educadores participantes permite profundizar en los análisis, matices y desafíos planteados para América Latina y el Caribe. En tiempos marcados por el miedo, el autoritarismo y la fragmentación social, estos espacios de diálogo colectivo también son una invitación a seguir pensando, organizándonos y construyendo esperanza desde nuestros territorios.

¿Qué desafía hoy a la educación popular?

Compartimos esta matriz como un insumo para la reflexión colectiva sobre los desafíos, tensiones y disputas que atraviesan hoy a la educación popular. La intención es que pueda acompañar las intervenciones del conversatorio y contribuir a seguir dialogando, problematizando y construyendo preguntas desde las experiencias, territorios y procesos organizativos que habitamos.

La matriz no busca establecer categorías cerradas ni lecturas definitivas, sino ofrecer algunas pistas para pensar críticamente los escenarios actuales, las contradicciones que enfrentamos y las posibilidades de recrear prácticas político-pedagógicas comprometidas con la defensa de la vida, los bienes comunes y las luchas colectivas.

Contexto / fenómeno

¿Qué desafía a la educación popular?

Riesgos identificados

Posibles respuestas desde la educación popular

Avance de nuevas derechas y neofascismos

La capacidad de construir pensamiento crítico y organización colectiva en contextos de miedo y polarización

Naturalización del autoritarismo, discursos de odio, debilitamiento democrático

Fortalecer espacios de análisis crítico, formación política y lectura colectiva de la realidad

“Bukelización” y militarización

La defensa de los derechos humanos frente a discursos de seguridad y control

Justificación de la suspensión de derechos, normalización del castigo y vigilancia

Construir narrativas alternativas sobre seguridad, justicia y vida digna

Criminalización de la protesta y organización social

La posibilidad de sostener procesos organizativos colectivos

Miedo a participar, persecución, desgaste organizativo

Generar redes de cuidado, protección colectiva y articulación territorial

Colonización de las subjetividades desde el neoliberalismo

La construcción de sentidos colectivos frente al individualismo extremo

Competencia, apatía política, ruptura de vínculos comunitarios

Recuperar prácticas de solidaridad, encuentro y trabajo comunitario

Discursos de odio, xenofobia y aporofobia

La capacidad de construir horizontes emancipadores incluyentes

Estigmatización de sectores empobrecidos, migrantes y movimientos sociales

Impulsar pedagogías antirracistas, antipatriarcales y decoloniales

Extractivismo y despojo territorial

El vínculo entre educación popular y defensa de los bienes comunes

Desplazamiento territorial, violencia ambiental, criminalización de defensoras y defensores

Fortalecer procesos territoriales, memoria comunitaria y pedagogías del territorio

Desmantelamiento de la educación pública

La defensa de la educación como derecho y bien común

Privatización, exclusión educativa, tecnocratización

Reivindicar la educación pública crítica, popular y comunitaria

Hipertecnologización y predominio de lógicas instrumentales

La centralidad del diálogo, el encuentro y la reflexión colectiva

Aislamiento, pérdida del debate crítico, deshumanización de los procesos educativos

Crear metodologías participativas y críticas que resignifiquen el uso de tecnologías

Fragmentación social y repliegue hacia lo individual

La posibilidad de reconstruir tejido social y comunitario

Desmovilización, desconfianza, debilitamiento organizativo

Promover espacios de encuentro, acuerpamiento y construcción colectiva

Cansancio militante e indefensión aprendida

La sostenibilidad emocional y política de los procesos organizativos

Agotamiento, desesperanza, desarticulación

Cultivar pedagogías de la esperanza, el cuidado y la ternura política

Crisis de las democracias liberales

La reflexión sobre nuevas formas de participación y construcción política

Desafección política, apatía, autoritarismo

Impulsar prácticas democráticas desde lo cotidiano y comunitario

Manipulación mediática y desinformación

La capacidad de disputar sentidos comunes

Instalación de mentiras como verdades sociales

Fortalecer comunicación popular y alfabetización crítica mediática

Debilitamiento de memorias históricas

La transmisión intergeneracional de luchas y experiencias

Pérdida de referencias históricas y capacidad crítica

Recuperar memorias locales, luchas populares e historias comunitarias

Nuevos movimientos y sujetos sociales

La actualización de metodologías y lenguajes de la educación popular

Desconexión con juventudes y nuevas formas organizativas

Construir pedagogías flexibles, creativas e interculturales

Crisis civilizatoria y cambio de época

La necesidad de replantear horizontes políticos y pedagógicos

Fatalismo, sensación de no futuro

Construir alternativas centradas en el cuidado de la vida y los bienes comunes

Nuevas pobrezas y exclusiones

La capacidad de acompañar comunidades atravesadas por múltiples violencias

Soledad, exclusión, precarización extrema

Desarrollar pedagogías del cuidado, hospitalidad y acompañamiento

Debilitamiento de vínculos regionales

La articulación latinoamericana y caribeña de procesos populares

Aislamiento de luchas y experiencias

Fortalecer redes, intercambios y plataformas regionales como Consejo de Educación Popular de América Latina y el Caribe

Transformaciones culturales y tecnológicas

La actualización pedagógica sin perder sentido político

Adaptación acrítica a tecnologías y plataformas

Construir nuevos “ecosistemas” pedagógicos críticos y participativos

Avance del patriarcado y conservadurismo

La incorporación real de perspectivas feministas y antipatriarcales

Retrocesos en derechos y violencias de género

Impulsar pedagogías feministas y prácticas de igualdad

Pérdida de espacios colectivos presenciales

La dimensión corporal y afectiva de la organización

Individualización y debilitamiento comunitario

“Juntar los cuerpos para la protesta y la propuesta” mediante encuentros, arte y cultura comunitaria

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“Tranquilo Icético, eso no es privatización” Dice Electrón mientras convierte derechos en mercados: Documento de trabajo

Mientras el país discute la llamada “armonización” del mercado eléctrico, hay una pregunta mucho más profunda que frecuentemente queda fuera del debate: ¿la privatización ocurre únicamente cuando una institución pública se vende… o también cuando se debilita, se fragmenta y se reorganiza lentamente bajo la lógica del mercado?

La discusión actual sobre electricidad en Costa Rica suele presentarse como un tema técnico:
-tarifas,
-competencia,
-eficiencia,
-modernización.

Pero detrás de ese lenguaje existe una disputa política mucho más grande sobre quién controla la energía, quién toma las decisiones estratégicas y bajo qué intereses se organiza el futuro energético del país.

Durante décadas, América Latina escuchó el mismo discurso:
-que abrir mercados traería competencia,
-que la competencia bajaría tarifas,
-y que lo privado sería automáticamente más eficiente.

Sin embargo, la experiencia regional dejó otra historia:
-concentración económica,
-captura corporativa,
-aumento tarifario,
-socialización de pérdidas,
-y debilitamiento de la capacidad pública para planificar sectores estratégicos.

Y quizás por eso resulta tan simbólico volver a mirar aquella vieja disputa entre Icético y Electrón. Mientras Icético promovía el ahorro energético y el uso responsable de la electricidad como un bien colectivo, Electrón aparecía asociado al derroche, el consumo excesivo y una lógica donde la energía parecía infinita y desconectada de cualquier responsabilidad social. Décadas después, esa metáfora adquiere un nuevo significado: la discusión ya no es solamente sobre apagar una luz innecesaria, sino sobre qué modelo energético se quiere construir y quién se beneficia cuando la electricidad deja de entenderse como derecho para convertirse cada vez más en mercado.

Chile, Argentina, Colombia y Puerto Rico muestran que muchas veces la llamada “competencia” terminó convirtiéndose en oligopolios privados con enorme poder político y económico.

Por eso el nuevo documento de trabajo Privatización, crisis y resistencia social: la disputa por la energía eléctrica en Costa Rica propone ampliar la mirada.

Porque privatizar no siempre significa vender una institución de un día para otro.

A veces significa:
-abrir progresivamente mercados,
-tercerizar funciones,
debilitar capacidades públicas,
-reducir inversión estatal,
-crear narrativas permanentes de crisis,
-o instalar la idea de que lo público es incapaz de sostener la vida colectiva.

Y ahí es donde aparece Electrón.

No el personaje ingenuo de las campañas institucionales del pasado, sino el nuevo Electrón: el que llega hablando de “armonización”, “competitividad”, “flexibilización”, “modernización del mercado”, y “eficiencia regulatoria”.

Un Electrón que insiste en que nadie quiere privatizar nada… mientras el mercado gana cada vez más espacio dentro de sectores estratégicos.

Icético, mientras tanto, todavía recuerda otra historia.

Recuerda cuando electrificar territorios rurales no era rentable pero sí necesario.
Recuerda cuando hablar de electricidad implicaba hablar de bienestar colectivo y no únicamente de clientes.
Recuerda que muchas instituciones públicas nacieron precisamente porque el mercado no garantizaba acceso universal ni integración territorial.

Por eso la discusión sobre la Ley de Armonización no aparece como un hecho aislado, sino como parte de una disputa histórica mucho más amplia que Costa Rica viene viviendo desde hace décadas: la tensión entre entender la electricidad como derecho colectivo o como oportunidad de negocio.

El documento también recupera algo que suele desaparecer del discurso oficial: el papel de la protesta social y de los sujetos colectivos en la defensa de los bienes comunes.

Desde Cochabamba hasta el Combo ICE, las resistencias latinoamericanas muestran que muchas conquistas democráticas nacieron precisamente cuando la sociedad organizada decidió cuestionar aquello que parecía inevitable.

Porque al final la pregunta no es solamente qué modelo eléctrico quiere el país.

La pregunta es también:
-¿quién decidirá el futuro energético de Costa Rica?,
-¿el mercado?,
-¿las corporaciones?,
-¿o la sociedad organizada?

Y quizá por eso Icético sigue desconfiando cada vez que escucha a Electrón decir:

—“Tranquilo… eso no es privatización”.

Conversación en una subestación cualquiera

—Icético, tenés que entender que el mundo cambió —dijo Electrón mientras abría una presentación titulada “Armonización Competitiva para la Modernización Energética”.

Icético frunció el ceño.

—Eso tiene demasiadas palabras para decir algo peligroso.

—No seás dramático. Nadie está hablando de privatizar.

—Ajá… ¿y entonces por qué cada cinco minutos decís “mercado”, “competencia” y “eficiencia”?

Electrón sonrió.

—Porque hay que modernizar. Lo público ya no puede hacerlo todo.

—Curioso —respondió Icético—. Antes decían que el ICE era ejemplo mundial.

—Bueno, sí, pero ahora ocupa “flexibilizarse”.

—¿Flexibilizarse?

—Abrirse.
Competir.
Adaptarse.
Asociarse.
Tercerizar algunas cosas.
Armonizar el mercado.

Icético suspiró.

—Qué increíble la capacidad que tienen para inventar palabras nuevas y evitar decir “privatización”.

Electrón cerró el PowerPoint.

—Mirá, nadie quiere vender el ICE.

—Pero sí quieren que pierda generación, planificación, control del sistema y capacidad financiera.

—Eso suena muy ideológico.

—Y “armonización” suena como si una consultora hubiera escrito una canción de cuna para empresarios.

Electrón ignoró el comentario.

—La competencia baja tarifas.

Icético soltó una carcajada.

—Claro. Preguntale a Chile. O a Puerto Rico. O a Colombia.

—Aquí va a ser diferente.

—Todos dicen eso antes de abrir sectores estratégicos.

Hubo un silencio incómodo.

—¿Y entonces qué proponés? —preguntó Electrón.

Icético miró hacia las líneas eléctricas.

—Empezar por dejar de discutir la electricidad como si fuera solamente un negocio.

—Eso suena viejo.

—No. Lo viejo es creer que el mercado siempre viene a salvarlo todo.

Crédito de imágenes y video: Grupo ICE