El caos puede ser real y también puede ser narrado
Esto permite mirar de otra manera las referencias al “caos”. El documento registra un contexto efectivamente atravesado por una fuerte crisis política, económica y social: inflación, desabastecimiento, acaparamiento, sabotaje empresarial y una creciente polarización.
Reconocer que existía una crisis, sin embargo, no significa aceptar automáticamente cualquier explicación sobre sus causas ni cualquier solución presentada para resolverla.
Una crisis puede ser real y, al mismo tiempo, puede ser narrada políticamente.
Lo importante no es solamente determinar si algo ocurrió. También importa observar cómo se seleccionan los acontecimientos, cómo se ordenan, qué causas se les atribuyen, quiénes son responsabilizados y qué respuestas terminan apareciendo como inevitables.
La existencia del conflicto no determina por sí misma el relato sobre el conflicto.
Esta distinción resulta fundamental para comprender cómo opera la propaganda. La mentira no siempre necesita inventarlo todo. Puede ser mucho más eficaz cuando toma elementos reales, los separa de su contexto, exagera algunos, oculta otros y establece conexiones interesadas hasta construir una explicación conveniente.
En Chile había conflictos, violencia, escasez, polarización y confrontación política. Sobre esa realidad se construyó un relato que permitió presentar la intervención militar como una respuesta necesaria frente al caos y la amenaza.
El golpe no solamente necesitó soldados. Necesitó una explicación.
Para imponer una explicación también hay que controlar quién puede hablar
La disputa por la realidad no se desarrolló únicamente mediante discursos. Mientras las fuerzas militares avanzaban, también se desplegó una operación para controlar las comunicaciones.
A las 4:30 de la madrugada comenzó en Valparaíso la llamada “Operación Silencio”, destinada a acallar sistemas de comunicación y radios vinculadas a la Unidad Popular. Horas después, aviones Hawker Hunter bombardearon los estudios de Radio Corporación. La primera proclama golpista fue transmitida desde el Ministerio de Defensa.
La Junta no se limitó a informar lo que estaba ocurriendo. Ordenó a la prensa, las radioemisoras y los canales considerados afines a la Unidad Popular suspender sus actividades informativas, bajo amenaza de castigo aéreo y terrestre.
Esto cambia nuestra manera de entender la desinformación. No se trata solamente de producir información falsa. También se trata de decidir qué información puede circular, qué voces pueden ser escuchadas, qué imágenes pueden verse y qué acontecimientos pueden ser nombrados.
En otras palabras, el silencio también puede ser una forma de construir realidad.
Cuando algunas voces son silenciadas y otras reciben el poder de hablar en nombre de todos, la disputa ya no ocurre únicamente sobre lo que es verdadero o falso. Ocurre también sobre quién tiene la posibilidad de contar lo sucedido.
Cuando el lenguaje intenta gobernar los acontecimientos
Quizá uno de los aspectos más reveladores del 11 de septiembre sea la velocidad con la que se intentó transformar el significado de lo que estaba ocurriendo.
A las 8:10 de la mañana se informaba que las Fuerzas Armadas comenzaban a hacerse cargo del país. A las 8:40 se transmitía una proclama que hablaba de crisis, caos, guerra civil, liberación de la patria y restauración del orden y la institucionalidad. Mientras La Moneda era atacada, el relato oficial continuaba construyéndose.
A las 10:00 se anunció que, si no había rendición, La Moneda sería bombardeada. A las 11:52 comenzó el bombardeo. Y posteriormente, cuando el palacio ya estaba siendo destruido, la Junta presentó la acción militar como una operación destinada a “evitar el derramamiento de sangre”.
La contradicción es evidente. Pero precisamente por eso resulta pedagógica.
Nos muestra que el lenguaje político no solamente describe los acontecimientos: también intenta gobernar su interpretación.
La palabra “orden” puede acompañar una ruptura institucional. “Libertad” puede aparecer en un contexto de censura. “Restauración” puede nombrar una toma del poder. “Bien común” puede ser invocado para justificar decisiones tomadas por quienes han desplazado el orden democrático.
Las palabras no son neutrales cuando están respaldadas por determinadas relaciones de poder.
Fabricar legitimidad
A las 14:10, la Junta Militar transmitió un nuevo bando en el que afirmaba que las Fuerzas Armadas habían asumido el poder porque un gobierno inicialmente legítimo había caído en una “ilegitimidad flagrante”. La acción se justificaba, además, apelando al supuesto sentir de la “gran mayoría nacional”, al “bien común” y al “alto interés patriótico”.
Aquí aparece algo políticamente más complejo que una mentira: la fabricación de legitimidad.
El poder que acaba de romper el orden constitucional se presenta como encargado de restaurarlo. Quien toma el poder por la fuerza habla de institucionalidad. Quien clausura espacios de expresión puede hablar de libertad. Quien impone un nuevo orden puede presentarse como quien viene a salvar a la patria.
Por eso quizá sea insuficiente preguntar únicamente si un mensaje es verdadero o falso. También necesitamos preguntar quién está hablando, desde dónde habla, con qué poder cuenta, qué efectos busca producir, qué queda fuera del relato y quién tiene la posibilidad de responder.
Estas preguntas nos permiten pasar de la verificación aislada de un dato a una lectura política de la información.
La censura también construye memoria
Después del golpe, la relación entre poder y comunicación no terminó. La censura y el control de las industrias culturales limitaron la circulación de expresiones artísticas y políticas dentro de Chile. Muchas manifestaciones artísticas chilenas tuvieron que desarrollarse fuera del país, mientras dentro del territorio surgía lentamente un movimiento reivindicativo a través de medios de comunicación de oposición.
La represión, por tanto, no operó solamente sobre las personas. También operó sobre las palabras, las imágenes, los relatos y las posibilidades de recordar.
Esto resulta especialmente importante porque una sociedad no recuerda únicamente aquello que ocurrió. Recuerda también aquello que pudo ser contado, aquello que fue silenciado y aquello que logró permanecer a pesar de la censura.
La disputa por la realidad no termina cuando termina el acontecimiento. Continúa en la memoria.
Las redes sociales no inventaron el problema
¿Qué tienen que ver las redes sociales con todo esto?
Mucho, pero quizá no de la manera que solemos pensar.
Las redes han acelerado la circulación de información, multiplicado los productores de contenido, facilitado nuevas formas de manipulación y creado otras maneras de producir propaganda y desinformación. Pero no inventaron la manipulación política de la realidad.
Tampoco inventaron los rumores, la propaganda, la censura, la construcción de enemigos, la utilización del miedo o la fabricación de amenazas. Mucho menos inventaron la posibilidad de presentar una ruptura del orden democrático como una operación necesaria para salvarlo.
Lo digital cambió la velocidad, la escala y las herramientas. No inventó la lógica política.
El 11 de septiembre de 1973 permite mirar precisamente esa continuidad. Las tecnologías cambian, pero algunas preguntas permanecen: ¿quién cuenta la historia?, ¿quién tiene capacidad para imponer una interpretación?, ¿qué voces quedan fuera?, ¿qué acontecimientos son presentados como inevitables?
Una vieja disputa con nuevas tecnologías
Lo que ocurre hoy alrededor de figuras como Fernando Cerimedo y de distintos equipos y medios vinculados a las nuevas derechas vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que atraviesa esta historia: ¿qué sucede cuando la tecnología aumenta enormemente la capacidad de intervenir sobre aquello que una sociedad percibe como real? Investigaciones recientes han documentado el uso de campañas negativas, redes de trolls, contenidos manipulados y estructuras digitales orientadas a amplificar determinados mensajes e intervenir en la conversación pública.
El problema, entonces, no consiste solamente en identificar una noticia falsa. La cuestión es más amplia: quién produce los contenidos, quién consigue hacerlos circular, qué emociones buscan activar, qué temas logran instalar y qué voces quedan desplazadas en medio de esa saturación. Las tecnologías digitales permiten producir y distribuir información a una velocidad y escala que no existían en 1973, pero la lógica política que las atraviesa no es completamente nueva. Cambian las herramientas; persiste la disputa por la realidad.
Esto vuelve especialmente necesario repensar la relación entre comunicación, tecnología y democracia. Una granja de cuentas, un contenido manipulado o una pieza generada mediante inteligencia artificial no son problemas exclusivamente técnicos. Adquieren importancia política cuando forman parte de ecosistemas capaces de fabricar autoridad, instalar sospechas, amplificar determinadas interpretaciones y desgastar la capacidad colectiva para distinguir entre información, propaganda y manipulación.
Por eso, recordar el 11 de septiembre de 1973 no debería llevarnos únicamente a mirar hacia atrás. También puede ayudarnos a desarrollar una mirada más atenta sobre el presente. Si entonces el control de las radios, los medios y las palabras fue parte de la construcción de una nueva realidad política, hoy necesitamos preguntarnos qué ocurre cuando esa disputa se desplaza hacia plataformas digitales, algoritmos, cuentas coordinadas y herramientas capaces de producir imágenes, audios y textos sintéticos.
La pregunta sigue siendo incómodamente actual: quién está contando la realidad, con qué herramientas, para quién y con qué consecuencias. Repensar esto no significa asumir que toda comunicación digital es manipulación ni que toda tecnología conduce inevitablemente a la desinformación. Significa reconocer que las tecnologías también son espacios de poder y que defender una conversación democrática requiere aprender a mirar no solo lo que circula, sino también las condiciones que hacen posible su circulación.
Recordar para sospechar
Por eso recordar Chile no debería reducirse a una efeméride.
No se trata solamente de mirar hacia atrás y decir que esto ocurrió hace 53 años. Se trata de preguntarnos qué mecanismos seguimos reconociendo en nuestro presente.
Cuando alguien nos dice que existe una amenaza tan extraordinaria que determinadas reglas deben suspenderse, conviene preguntar quién construyó esa amenaza. Cuando nos dicen que todo es caos, vale la pena preguntarse qué acontecimientos produjeron ese caos y quién se beneficia de esa explicación. Cuando alguien se presenta como la única alternativa frente al desastre, podemos preguntar quién decidió que las demás alternativas dejaron de existir.
Y cuando una autoridad afirma que restringir determinadas voces es necesario para defender la libertad, la pregunta debería ser sencilla: ¿qué libertad está defendiendo?
También conviene mirar aquello que queda fuera de cuadro. Cuando una versión de los acontecimientos comienza a repetirse hasta convertirse en sentido común, no basta con preguntarnos si contiene algún dato verdadero. Hay que preguntarse qué otras voces fueron desplazadas para que esa versión pudiera ocupar todo el espacio.
En ese sentido, recordar el golpe de Estado de 1973 también es aprender a leer críticamente la información del presente.
El golpe también se cuenta
La historia recogida en 1-11 septiembre de 1973 muestra que la toma del poder estuvo acompañada por una rápida reorganización del Estado: cierre del Congreso, clausura de la Central Única de Trabajadores, establecimiento de un nuevo orden económico, persecución política, prisión, tortura, asesinato, exilio y censura.
Pero muestra también algo que puede resultar menos visible cuando reducimos el golpe a una secuencia de acontecimientos militares: la disputa por la realidad continuó.
Cuando un poder necesita legitimarse, necesita también contar una historia sobre sí mismo. Una historia donde el caos antecede al salvador, donde la amenaza justifica la excepción, donde la violencia aparece como necesidad, donde la ruptura institucional se presenta como restauración y donde la censura puede aparecer como protección.
Quizá esa sea una de las razones por las que el 11 de septiembre sigue siendo una fecha incómoda. No solamente porque nos recuerda que una democracia puede ser destruida, sino porque nos obliga a pensar que antes de destruirla también puede ser necesario convencer a suficientes personas de que destruirla es necesario.
Y para eso hacen falta armas. Pero también hacen falta palabras. Recordar el golpe es, entonces, aprender a escuchar esas palabras. No para vivir atrapados en el pasado, sino para reconocer, en el presente, cuándo alguien comienza nuevamente a decirnos que para salvar el orden hay que destruirlo.
Referencia
Memoria Chilena. (2013). 1-11 septiembre de 1973. Biblioteca Nacional de Chile.