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El jardín del mar se apaga: La huella humana está destruyendo los arrecifes

Un nuevo estudio científico ha llegado a una conclusión: los eventos de blanqueamiento masivo de corales que están devastando los arrecifes del mundo no ocurrirían sin el cambio climático causado por las formas de consumo e industrias promovidas por el ser humano.

Esta investigación, publicada en la revista Oceanography, demuestra que el aumento de la temperatura del mar, impulsado por nuestras emisiones de gases de efecto invernadero, es el motor principal de esta crisis ecológica. Fenómenos naturales como «El Niño» solo actúan como un catalizador que acelera un problema que ya existía por nuestra culpa.

¿Qué está pasando con los corales?

Los corales son animales que construyen los arrecifes, verdaderas ciudades submarinas. Viven en simbiosis con unas algas microscópicas que les dan su color y la mayor parte de su alimento. Esta relación es perfecta… hasta que el agua se calienta demasiado.

Cuando la temperatura del océano supera cierto umbral durante varias semanas, los corales expulsan a estas algas. Es como si perdieran su fuente de energía. Este proceso se conoce como blanqueamiento porque el coral pierde su color y se vuelve blanco, mostrando su esqueleto de carbonato de calcio.

Si las condiciones de estrés térmico persisten, los corales mueren. Y lo que era un ecosistema vibrante y lleno de vida se convierte en un paisaje desolado dominado por algas.

Este fenómeno ha ocurrido en cuatro ocasiones a escala global desde 1998, siendo el más reciente y prolongado el que comenzó en 2018 y se extendió hasta 2025. Hasta ahora, estos eventos se asociaban a la ocurrencia de «El Niño». Sin embargo, este nuevo estudio cambia la perspectiva por completo.

Hallazgos Principales del Estudio

Los investigadores utilizaron una técnica llamada «atribución de eventos extremos», que permite aislar el efecto del cambio climático del resto de las variaciones naturales del océano. Estos son sus descubrimientos clave:

  • Sin cambio climático, no habría blanqueamiento global: Al simular un escenario sin el calentamiento global inducido por el ser humano, los científicos descubrieron que ninguno de los cuatro eventos de blanqueamiento masivo habría ocurrido.

  • El impacto humano es anterior a lo que se creía: El estudio revela que el cambio climático ya era el principal impulsor del blanqueamiento masivo desde el primer evento en 1998, incluso cuando se considera la influencia del fuerte «El Niño» de ese año.

  • El calentamiento global supera a «El Niño»: La investigación cuantifica que el efecto del calentamiento global en el estrés térmico de los corales es, hoy en día, más fuerte que el de un «El Niño» extremo en la mayoría de las regiones del mundo.

  • El riesgo es generalizado y creciente: El estudio mapeó las regiones con mayor riesgo de blanqueamiento. La mayoría de los arrecifes del mundo ya están experimentando niveles de estrés térmico que son directamente atribuibles al calentamiento global, y la tendencia va en aumento.

  • Se acabó la era de los eventos esporádicos: La conclusión es clara: los eventos de blanqueamiento masivo, que antes ocurrían cada década, se están volviendo casi anuales, y esto se debe exclusivamente al aumento de la temperatura global.

Datos Clave que Debes Conocer

Para entender la magnitud de esta crisis, aquí te presentamos los hallazgos más importantes del estudio, traducidos en datos concretos:

Dato ¿Qué significa?
+0.7°C desde 1998 El aumento adicional de la temperatura global ha convertido un fenómeno natural esporádico en una crisis permanente.
El calentamiento global es más fuerte que «El Niño» En 61 de cada 74 regiones con arrecifes, el impacto humano ya supera al del fenómeno natural más potente.
Para 2028, el calentamiento dominará todas las regiones La influencia humana será el factor principal en el 100% de los arrecifes del mundo.
Sin cambio climático, el blanqueamiento sería «extremadamente raro» Los eventos de blanqueamiento masivo simplemente no existirían en un mundo sin calentamiento global.
El daño comenzó en 1998 El cambio climático ya era el principal impulsor del blanqueamiento desde el primer evento, hace más de 25 años.
La velocidad de calentamiento supera la capacidad de adaptación de los corales Los corales no pueden evolucionar lo suficientemente rápido para seguir el ritmo del cambio.
Los arrecifes albergan el 32% de todas las especies marinas Su desaparición sería una catástrofe ecológica, económica y humanitaria para más de 500 millones de personas.
¿Qué Actividades Humanas Están Causando Esto?

El calentamiento global no es un fenómeno abstracto. Es el resultado directo de nuestras actividades diarias. Estas son las principales causas que podemos señalar como responsables del aumento de la temperatura del océano:

1. Quema de Combustibles Fósiles: La principal fuente de emisiones de gases de efecto invernadero es la quema de carbón, petróleo y gas natural para generar energía, transportarnos y producir bienes. Este proceso libera grandes cantidades de dióxido de carbono (CO₂) a la atmósfera, que atrapa el calor y calienta el planeta, y con él, los océanos.

2. Deforestación y Cambio de Uso de Suelo: Los bosques son los «pulmones» del planeta porque absorben CO₂. Cuando talamos selvas y bosques para la agricultura, la ganadería o la urbanización, no solo eliminamos esta capacidad de absorber carbono, sino que también liberamos el carbono almacenado en los árboles. Esto acelera el calentamiento.

3. Agricultura y Ganadería Intensivas: La producción de alimentos a gran escala, especialmente la ganadería, genera grandes cantidades de metano (CH₄) y óxido nitroso (N₂O). Estos gases son mucho más potentes que el CO₂ para atrapar el calor, aunque permanecen menos tiempo en la atmósfera. El uso excesivo de fertilizantes también contribuye a este problema.

4. Procesos Industriales : Muchas industrias, como la producción de cemento, acero y plásticos, liberan gases de efecto invernadero como parte de sus procesos químicos. Estos no solo provienen de la quema de combustibles, sino de las propias reacciones químicas necesarias para fabricar estos materiales.

5. Generación de Residuos: Los vertederos y la descomposición de la basura orgánica producen metano. Además, la incineración de residuos libera CO₂. Reducir, reutilizar y reciclar no solo es bueno para evitar la contaminación, sino que también ayuda a frenar el calentamiento global.

¿Por qué es tan relevante esta investigación?

Esta investigación aporta evidencia que debería impulsar la acción global. Al demostrar que el cambio climático es la causa raíz del blanqueamiento masivo de corales, se elimina así cualquier duda sobre la responsabilidad de los sectores contaminantes en este problema.

Los arrecifes de coral son los «bosques tropicales del mar». Su desaparición no solo sería una pérdida ecológica inmensa, sino también una catástrofe humanitaria y económica. El estudio advierte que, aunque algunos corales pueden adaptarse al calor, la velocidad actual del calentamiento es demasiado rápida.

La única solución a largo plazo para salvar estos ecosistemas es reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero. Cada acción cuenta: desde el uso de energías renovables hasta la elección de una dieta más sostenible.

¿Quieres saber más?

El artículo completo, con todos los detalles de la metodología, los datos y las referencias científicas, está disponible en inglés en la revista Oceanography.

Puedes leerlo y profundizar en el tema en el siguiente enlace:

🔗Pueden descargar el artículo aquí.

Pueden descargar la infografía aquí.

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Crédito de imágenes: Fotografías utilizadas cortesía de Pexels.

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Que la cultura no se quede quieta: La Barraca, García Lorca y el desafío de mantener vivo un legado

El 18 de agosto de 1936, Federico García Lorca fue asesinado en Granada, en los primeros meses de la Guerra Civil española. Tenía 38 años y se encontraba en su tierra natal cuando la violencia política terminó con su vida. La fecha quedó asociada a una de las pérdidas más dolorosas de la cultura española del siglo XX, pero también a una paradoja que resulta difícil de ignorar: quienes silenciaron al poeta no pudieron silenciar aquello que había puesto en movimiento. Su poesía, su teatro y, especialmente para esta reflexión, su apuesta por llevar la cultura al encuentro de las comunidades continuaron viajando mucho después de su muerte.

Ochenta años después, la pregunta no es solamente cómo recordar a Lorca, sino qué hacemos hoy con aquello que él ayudó a poner en movimiento.

¿Qué necesitamos compartir para poder vivir juntos y juntas?

Casi un siglo después, esta pregunta podría parecer muy distante de una experiencia ocurrida en los caminos de la España de los años treinta. Sin embargo, basta mirar un poco más de cerca para descubrir que sigue interpelándonos.

En 1931, un grupo de estudiantes universitarios decidió que el teatro no podía seguir siendo un privilegio reservado para quienes vivían en las ciudades o podían pagar una entrada. Así nació La Barraca, un proyecto de teatro universitario ambulante impulsado por estudiantes de la Unión Federal de Estudiantes Hispanos y dirigido por Federico García Lorca y Eduardo Ugarte.

Su apuesta era sencilla de decir, pero profundamente radical para su tiempo: sacar la cultura de sus espacios habituales y llevarla al encuentro de las comunidades.

Durante cuatro años, estudiantes voluntarios recorrieron pueblos y aldeas llevando obras de Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina y otros autores del teatro clásico español. No cobraban por hacerlo. No había primeras ni segundas figuras. Todos participaban de las distintas tareas: actuar, montar los escenarios, transportar los decorados, organizar las funciones.

Como decía Lorca: “Aquí no hay divos”.

La frase resume algo mucho más profundo que una forma de organizar una compañía teatral. Expresa una manera distinta de entender la cultura: como una construcción colectiva en la que nadie está por encima de los demás y en la que cada persona aporta desde sus posibilidades.

Cuando la cultura sale al camino

La Barraca no fue solamente una compañía de teatro. Fue un experimento de democratización cultural.

En una España atravesada por profundas desigualdades sociales y territoriales, el acceso al teatro, las bibliotecas, las universidades, los museos y otros espacios culturales estaba concentrado principalmente en las ciudades. Para buena parte de la población rural, la cultura institucional permanecía distante.

La respuesta de La Barraca no fue esperar a que las comunidades llegaran hasta esos espacios. Fueron ellos quienes emprendieron el camino.

Las plazas, los atrios, los descampados y otros espacios públicos se transformaron en escenarios. La cultura abandonaba el “templo” y se encontraba con la gente allí donde estaba. Y quizás ahí encontramos una de las imágenes más poderosas de aquella experiencia.

En Almazán, durante una representación al aire libre, comenzó a llover. Los actores continuaron sobre el escenario y el público permaneció en la plaza. La función siguió adelante bajo la lluvia. Actores y espectadores compartían la misma intemperie. La escena puede parecer pequeña frente a la historia de La Barraca, pero contiene buena parte de su significado: la cultura como encuentro, como experiencia compartida, como espacio común.

De espectadores a sujetos colectivos

Esta forma de entender la cultura también modificaba la relación entre quienes producían una obra y quienes la recibían.

La Barraca llevó a los pueblos obras que hablaban de conflictos, injusticias, resistencias, comunidades y relaciones de poder. Uno de sus montajes más emblemáticos fue Fuenteovejuna, cuya historia ponía en escena la respuesta colectiva de un pueblo frente al abuso del poder. Así, el teatro podía convertirse en algo más que entretenimiento.

Podía ser una forma de reconocerse, de hacerse preguntas, de conversar sobre el poder, la justicia y la dignidad.

Por eso el documento de trabajo que presentamos no propone leer La Barraca solamente como una experiencia del pasado. Propone preguntarnos qué podemos aprender de ella para pensar nuestro presente.

Porque si la cultura es un bien común, entonces importa preguntarnos quién puede acceder a ella, quién la produce, quién decide sobre ella y qué ocurre cuando deja de ser un espacio compartido para convertirse exclusivamente en mercancía.

La cultura también es un bien común

Cuando hablamos de bienes comunes solemos pensar en el agua, los bosques, las semillas o el territorio. Pero existen otros bienes que no siempre reconocemos de la misma manera: la memoria, el conocimiento, la educación, los espacios públicos, los saberes comunitarios, la capacidad de organización y, también, la cultura.

Son bienes que no podemos simplemente poseer de manera individual. Existen porque se comparten, se practican, se transmiten y se cuidan colectivamente.

El documento “La Barraca: cultura, comunidad y bienes comunes sociales. Federico García Lorca y el derecho colectivo a la cultura”, Documento de Trabajo N.º 20 del Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra, parte precisamente de esa idea.

No pretende ser una biografía de Lorca ni un estudio literario sobre La Barraca. Es, ante todo, una herramienta pedagógica para pensar la cultura como un bien común, tomando aquella experiencia como punto de partida.

Desde esta perspectiva, el legado de La Barraca puede pensarse a partir de tres dimensiones: accesibilidad, participación y sostenibilidad.

La cultura no puede ser común si está reservada para unos pocos. Pero tampoco basta con ampliar el acceso: necesitamos participar en su producción, apropiarnos de ella, interpretarla y transformarla. Y, finalmente, necesitamos cuidarla para que pueda transmitirse y continuar existiendo.

¿Qué tiene que ver La Barraca con Costa Rica?

Quizás esta sea la pregunta más importante. Porque no se trata de reproducir una experiencia de hace casi cien años. Se trata de reconocer que algunas preguntas siguen abiertas.

En Costa Rica también existen desigualdades en el acceso a espacios y bienes culturales. Hay conocimientos comunitarios que corren el riesgo de perderse, espacios de encuentro que se debilitan y territorios donde las posibilidades de acceso a determinadas expresiones culturales son mucho menores.

Pero también existen comunidades, colectivos, universidades, bibliotecas, grupos artísticos y organizaciones que producen y sostienen cultura todos los días. La pregunta, entonces, no es solamente qué cultura tenemos.

Es también:

-¿Quién puede acceder a ella?

-¿Quién decide qué cultura importa?

-¿Qué conocimientos estamos dejando desaparecer?

-¿Qué espacios necesitamos proteger para encontrarnos?

-¿Qué papel puede jugar la universidad pública en la construcción y defensa de estos bienes comunes?

Estas preguntas atraviesan el documento y buscan llevar la discusión más allá de la historia de La Barraca, hacia nuestros propios territorios y comunidades.

El carro de Tespis todavía está rodando

Hay una imagen que atraviesa las últimas páginas del documento: el carro de Tespis. Según la tradición recogida en el cuaderno, Tespis habría sido uno de los primeros actores y habría llevado el teatro de un lugar a otro sobre un carro. Siglos después, La Barraca retomó esa imagen y convirtió la rueda en su símbolo.

Pero hay algo más importante que la anécdota. El carro representa una idea: la cultura no se queda quieta. Lorca y sus estudiantes pusieron esa idea en práctica. Cargaron decorados, vestuarios y escenarios en camiones y salieron al camino.

Hoy no necesitamos necesariamente camiones ni tablados para continuar ese movimiento. Podemos hacerlo con una biblioteca comunitaria, un archivo local, una obra de teatro, una canción, una película, un mural, una ronda de cuentos, un taller, una memoria recuperada o una conversación en la plaza.

El desafío sigue siendo el mismo: poner la cultura en movimiento y convertirla nuevamente en encuentro. Mantener vivo un legado no es repetirlo Por eso presentamos este documento de trabajo. No como un homenaje nostálgico a La Barraca ni como una invitación a mirar con admiración una experiencia que ocurrió hace casi un siglo.

Lo presentamos como una herramienta para hacer preguntas desde nuestro propio presente. El documento incluye ejercicios para identificar los bienes culturales de nuestras comunidades, reconocer cuáles están amenazados, pensar qué espacios de encuentro estamos perdiendo y preguntarnos cómo podríamos construir colectivamente una nueva “Barraca” en nuestros territorios.

Porque mantener vivo un legado no significa conservarlo intacto.

-Significa hacerlo conversar con nuestro tiempo.

-Significa tomar una pregunta del pasado y dejar que vuelva a incomodarnos.

-Significa preguntarnos qué estamos dispuestos a compartir para vivir juntos y juntas.

Y quizás, sobre todo, significa recordar que la cultura no tiene por qué esperar encerrada.

-Puede salir a la calle.

-Puede encontrarse con la comunidad.

-Puede ponerse al servicio de la imaginación, la memoria, la organización y la vida colectiva.

-Puede volver a subir al carro.

El carro sigue esperando

Casi un siglo después, la pregunta de La Barraca continúa abierta:

¿La cultura se queda encerrada o sale al camino?

Desde el Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra queremos contribuir a que ese carro siga rodando.

Por eso ponemos a disposición “La Barraca: cultura, comunidad y bienes comunes sociales. Federico García Lorca y el derecho colectivo a la cultura”, nuestro Documento de Trabajo N.º 20, elaborado como una herramienta para leer, conversar, caminar los territorios, reconocer nuestros bienes culturales y pensar colectivamente qué queremos proteger, recuperar y construir.

Porque, al final, la cultura —como los bienes comunes— solo permanece viva cuando la hacemos vivir colectivamente.

El carro de Tespis sigue rodando. La pregunta es: ¿qué vamos a poner dentro?

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¿Quién decide qué conocimiento importa? Participación ciudadana, ciencia y políticas públicas

Vivimos rodeados de decisiones que tienen una fuerte dimensión científica y tecnológica. La inteligencia artificial, la preparación ante nuevas pandemias, la transición energética, la gestión de los territorios o las políticas de salud implican conocimientos especializados y decisiones que terminan afectando nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, quienes viven las consecuencias de esas decisiones rara vez participan en la definición de los problemas, las prioridades o las respuestas.

Un artículo publicado en Nature el 2 de julio de 2026 plantea precisamente esta preocupación. Bajo el título Six ways to put the public at the heart of science and policy, Chris Tyler y un grupo de especialistas de distintos países proponen seis caminos para colocar a la ciudadanía en el centro de la investigación y del asesoramiento científico a las instituciones públicas.

La propuesta parte de una constatación sencilla, pero incómoda: la comunicación entre ciencia y política suele desarrollarse principalmente entre personas expertas y responsables institucionales, mientras que la ciudadanía permanece en buena medida al margen. Incluso dentro de las universidades, las metodologías para incorporar a las comunidades a la investigación existen, pero continúan siendo poco financiadas y poco utilizadas.

Pero el problema no es solamente quién participa. También está en juego qué conocimientos son reconocidos, quién define las preguntas y quién tiene capacidad para incidir en las decisiones.

Participar no es solamente ser consultado

Uno de los aportes más interesantes del artículo es que propone pasar de una participación entendida como consulta ocasional a una participación incorporada desde el comienzo de los procesos.

Entre 2015 y 2018, por ejemplo, la Unión Europea invitó a ciudadanos de 30 países a participar en la definición de prioridades de investigación para el programa Horizonte 2020. El contraste fue significativo: mientras 16 informes elaborados desde perspectivas expertas recomendaban priorizar avances tecnológicos, las personas participantes otorgaron mayor importancia a comunidades fuertes, salud y bienestar, educación y economías locales.

El ejemplo permite observar algo fundamental: la ciudadanía no necesariamente está aportando una versión menos especializada del mismo conocimiento. Puede estar planteando otras preguntas y señalando otras prioridades.

Por eso, involucrar a las comunidades no significa simplemente traducir la ciencia a un lenguaje más sencillo. Significa abrir la posibilidad de que las personas afectadas por una decisión contribuyan a definir qué vale la pena investigar y para qué.

El artículo propone que la participación pública sea una expectativa habitual en los proyectos de investigación, salvo que existan razones para no incorporarla. También señala que este trabajo necesita recursos, capacidades y tiempo: construir relaciones con las comunidades, reconocer los desequilibrios de poder y desarrollar formas de investigación conjunta no puede depender únicamente de la buena voluntad de quienes investigan.

Del territorio también viene conocimiento

Esta discusión resulta especialmente relevante cuando pensamos en los territorios. El conocimiento no se encuentra únicamente en universidades, laboratorios, oficinas gubernamentales o publicaciones científicas. Las comunidades acumulan experiencias, observaciones, memorias y formas de comprender los lugares que habitan.

El artículo presenta un ejemplo de restauración de manglares en Filipinas. En Kalibo, el conocimiento científico sobre las especies necesarias para construir un ecosistema resiliente se combinó con el conocimiento comunitario sobre las dinámicas de la costa. El proceso alcanzó resultados duraderos cuando una organización local obtuvo el derecho de gestionar el bosque a largo plazo, que hoy forma parte del Bakhawan Eco-Park.

Aquí aparece una diferencia importante entre escuchar conocimientos comunitarios y reconocerlos.

Escuchar puede significar recoger información y después continuar tomando las decisiones desde las instituciones. Reconocer implica aceptar que esos conocimientos tienen valor para comprender un problema y que quienes los producen deben contar con espacios efectivos para incidir.

Por eso, el artículo insiste en que la inclusión de conocimientos diversos necesita mecanismos institucionales duraderos. La buena voluntad no es suficiente: quienes poseen esos conocimientos necesitan capacidad real de decisión.

Desde una mirada de bienes comunes, esta discusión resulta particularmente sugerente. Los territorios no son únicamente espacios sobre los cuales se aplican políticas diseñadas en otros lugares. También son espacios donde se producen conocimientos y donde las comunidades desarrollan formas de cuidado, uso, defensa y gestión.

¿Quién define las prioridades?

El segundo camino propuesto por el artículo consiste en incorporar la deliberación pública en los organismos que asesoran a los gobiernos.

No se trata únicamente de preguntar a la ciudadanía si está de acuerdo con una decisión que ya fue tomada. La propuesta es incorporar la deliberación antes, cuando todavía se están definiendo los problemas y los valores que deberían orientar las decisiones.

Para ello se mencionan diferentes mecanismos: paneles ciudadanos, conferencias de consenso y consultas públicas. En Dinamarca, por ejemplo, desde mediados de la década de 1980 se han desarrollado conferencias de consenso para discutir asuntos como la tecnología genética y el ambiente marino, contribuyendo a orientar agendas legislativas. También se mencionan experiencias relacionadas con decisiones de la NASA y con la regulación de tecnologías de edición genética en el Reino Unido.

La cuestión de fondo no es solamente crear nuevos espacios de participación. Es preguntarnos en qué momento participa la ciudadanía y cuánto puede transformar aquello que se está decidiendo.

Una consulta realizada cuando todo está definido tiene un alcance muy distinto a una deliberación que participa en la definición del problema.

La transparencia también es una forma de participación

La confianza tampoco se construye simplemente pidiendo a la ciudadanía que confíe en las personas expertas.

El artículo plantea la importancia de la humildad, la honestidad y la transparencia. Durante la pandemia de COVID-19, por ejemplo, la confianza en uno de los principales grupos asesores científicos del Gobierno británico se vio afectada por la falta inicial de transparencia, mientras que el comité encargado de asesorar sobre vacunación publicaba regularmente sus actas y explicaciones sobre decisiones controvertidas. Esto no eliminó los desacuerdos, pero permitió conocer el razonamiento detrás de las decisiones y someterlo al escrutinio público.

La transparencia, entonces, no significa que todo el mundo tenga que llegar a las mismas conclusiones. Significa poder conocer cómo se llegó a una conclusión, qué información se utilizó, qué incertidumbres existen y qué valores están orientando una recomendación.

Esto último resulta especialmente importante. Las decisiones científicas y políticas no ocurren en un vacío de valores. El artículo plantea que quienes asesoran deberían ser capaces de reconocer, por ejemplo, si están priorizando el principio de precaución, la libertad individual o la reducción de riesgos colectivos.

Hacer visibles esas decisiones no debilita necesariamente el conocimiento científico. Puede permitir comprender mejor sus alcances y límites.

Ciencia para todos los poderes

Hay otra dimensión que puede pasar desapercibida: ¿quién asesora científicamente a quienes toman decisiones?

El artículo señala que alrededor del 90 % de los parlamentos carecen de sistemas adecuados de asesoramiento científico. Mientras algunos poderes ejecutivos cuentan con estructuras para recibir información técnica, los parlamentos suelen tener menos capacidades para evaluar críticamente las leyes que deben discutir y aprobar. El poder judicial tampoco suele disponer de órganos permanentes de asesoramiento científico.

Esto abre una pregunta sobre la democracia: si las decisiones públicas incorporan cada vez más dimensiones técnicas y científicas, ¿no debería existir también la posibilidad de que distintos poderes y sectores de la sociedad puedan acceder a conocimientos rigurosos para discutirlas?

El artículo propone que quienes investigan estén dispuestos a trabajar con responsables políticos y ciudadanía de diferentes posiciones, manteniendo como fuente de autoridad el rigor, la transparencia, la revisión por pares y la posibilidad de revisar las propias conclusiones, y no una determinada identificación política.

Hacer de la participación una estructura, no una excepción

El sexto camino es probablemente el más difícil: institucionalizar estos procesos.

No basta con encontrar investigadores comprometidos o funcionarios dispuestos a abrir una consulta. Las universidades, organismos públicos y parlamentos necesitan capacidades, recursos e incentivos permanentes para sostener estos vínculos.

El artículo propone que las universidades incorporen equipos especializados en políticas y participación, que los fondos de investigación contemplen recursos para estos procesos y que los sistemas de evaluación reconozcan el impacto social del conocimiento. Como ejemplo se menciona el sistema británico Research Excellence Framework, que incorpora el impacto social medible dentro de la evaluación de la investigación universitaria.

La propuesta reconoce, además, que no todas las instituciones cuentan con los mismos recursos. Por eso plantea avanzar mediante compromisos graduales: gobiernos con presupuestos limitados pueden asociarse con universidades y organizaciones sociales; las instituciones académicas pueden crear equipos de enlace; y quienes investigan pueden incorporar interacciones comunitarias dentro de sus proyectos.

El punto central es que la participación requiere infraestructura. No puede descansar permanentemente sobre el voluntarismo.

¿Y si la pregunta no fuera si la ciudadanía confía en la ciencia?

El artículo termina dando vuelta una pregunta que suele plantearse de otra manera.

Habitualmente hablamos de la pérdida de confianza en las instituciones, en los gobiernos, en las universidades o en la ciencia como si el problema estuviera principalmente en una ciudadanía mal informada o desconfiada.

Pero ¿qué ocurre si hacemos la pregunta al revés?

¿Qué pasa cuando las instituciones piden confianza sin abrir realmente sus procesos? ¿Qué sucede cuando una comunidad aporta información sobre su territorio, pero esa información no modifica ninguna decisión? ¿Qué ocurre cuando se invita a participar después de que ya fueron definidos el problema, las alternativas y los criterios para evaluarlas?

En estos casos, el problema no necesariamente es que la ciudadanía no confíe en el conocimiento experto. Puede ser que las instituciones no estén dispuestas a compartir el poder de producir conocimiento y tomar decisiones.

El artículo lo formula de manera directa: democratizar la investigación y los procesos de asesoramiento puede contribuir a reconstruir la confianza y democratizar la producción de conocimiento, pero antes de eso las élites académicas y políticas necesitan confiar en el público.

Desde los bienes comunes: conocimiento, participación y poder

Para quienes trabajamos alrededor de los bienes comunes, esta discusión plantea una cuestión particularmente relevante.

Hablar de participación no debería reducirse a incorporar personas en reuniones, talleres o consultas. La pregunta fundamental es qué capacidad tienen esas personas para intervenir en aquello que se decide.

De la misma manera, hablar de conocimiento comunitario no significa colocar todos los conocimientos en el mismo plano ni negar la importancia del conocimiento científico. Significa reconocer que existen distintas formas de conocer y que los problemas complejos requieren ponerlas en diálogo.

Una comunidad que conoce el comportamiento de un río, los cambios de un territorio, las dinámicas de un bosque o los efectos cotidianos de una política pública no necesariamente dispone de las mismas herramientas que una universidad o una institución estatal. Pero eso no significa que su conocimiento sea irrelevante.

La cuestión, entonces, no es elegir entre ciencia y comunidad. Es preguntarnos cómo construir relaciones en las que diferentes conocimientos puedan encontrarse, contrastarse y producir decisiones más democráticas.

Desde esta perspectiva, la participación deja de ser un mecanismo para mejorar la aceptación de decisiones previamente elaboradas. Puede convertirse en una forma de disputar quién define los problemas, quién produce conocimiento y quién participa en la gestión de aquello que nos pertenece colectivamente.

Una pregunta que queda abierta

El artículo de Nature ofrece seis caminos concretos para avanzar hacia una ciencia y unas políticas públicas más participativas: incorporar al público en la investigación, hacer participativos los órganos de asesoramiento, reconocer conocimientos diversos, fortalecer la transparencia, asesorar a todos los poderes e institucionalizar estas capacidades.

Pero quizá su aporte más importante no esté en la lista de propuestas.

Está en la pregunta que deja abierta: ¿Estamos realmente dispuestos a confiar en la ciudadanía?

No solamente a escucharla.

No solamente a consultarla.

No solamente a invitarla a una mesa.

Sino a reconocer que también produce conocimiento, que puede formular preguntas distintas, que puede cuestionar las prioridades institucionales y que debe tener capacidad real para participar en las decisiones que afectan su vida y sus territorios.

Quizá democratizar el conocimiento empiece justamente por ahí: dejar de pensar la participación como un favor que las instituciones conceden y empezar a entenderla como una dimensión necesaria de la vida democrática.

Matriz para pasar de la reflexión a la acción

Esta matriz propone tomar las ideas centrales del artículo y ponerlas en diálogo con nuestras propias experiencias, territorios y procesos organizativos. No busca encontrar respuestas únicas ni comprobar si nuestras prácticas “cumplen” con un modelo de participación, sino abrir preguntas: ¿quién participa?, ¿quién produce conocimiento?, ¿qué saberes son reconocidos?, ¿quién decide y qué capacidad real existe para incidir? Puede utilizarse de manera individual o colectiva, seleccionando uno o varios ejes y completando las preguntas a partir de casos concretos. El objetivo es convertir la lectura en un insumo para la reflexión crítica y, sobre todo, para reconocer aprendizajes, tensiones y posibilidades de transformación.

Eje de reflexión¿Qué plantea el artículo?Pregunta para problematizar¿Qué ocurre en nuestros territorios?Tensiones / contradiccionesExperiencias o casos que podemos documentarPosibles acciones / aprendizajes
ParticipaciónIncorporar al público desde el diseño de la investigación y las políticas.¿Participar significa ser consultado o tener capacidad de decisión?¿En qué procesos se consulta a las comunidades y en cuáles realmente pueden incidir?Participación simbólica vs. participación con poder.Asambleas, consultas, procesos comunitarios, conflictos territoriales.Identificar mecanismos que permitan pasar de consulta a incidencia.
Producción de conocimientoLa investigación puede producirse conjuntamente con las comunidades.¿Quién define qué preguntas vale la pena investigar?¿Qué conocimientos producen las comunidades sobre sus territorios?Conocimiento experto vs. conocimiento situado.Monitoreos comunitarios, observatorios, investigaciones participativas.Reconocer a las comunidades como productoras de conocimiento.
Saberes territorialesLas comunidades poseen conocimientos valiosos que deben incorporarse a las decisiones.¿Qué conocimientos son considerados legítimos y cuáles son descartados?¿Qué saben las personas del territorio que no aparece en informes institucionales?Saber técnico vs. experiencia territorial.Conocimiento sobre ríos, bosques, fauna, agricultura, agua, contaminación.Construir espacios de diálogo entre diferentes formas de conocimiento.
Definición de prioridadesLa ciudadanía puede establecer prioridades distintas a las de los expertos.¿Quién decide cuáles son los problemas urgentes?¿Coinciden las prioridades institucionales con las preocupaciones comunitarias?Agenda institucional vs. necesidades territoriales.Procesos de diagnóstico participativo, conflictos socioambientales.Incorporar las prioridades comunitarias desde el inicio.
Asesoramiento científicoLos órganos que asesoran a gobiernos deberían incorporar deliberación pública.¿Quién asesora a quienes toman decisiones sobre nuestros territorios?¿Qué información llega a las instituciones y quién queda fuera?Decisiones cerradas vs. deliberación pública.Comisiones, municipalidades, instituciones ambientales, legislativas.Promover mecanismos públicos de asesoramiento y deliberación.
TransparenciaLas instituciones deben explicar métodos, datos, incertidumbres y razones.¿Qué necesitamos saber para poder discutir una decisión?¿Son accesibles los datos y criterios utilizados por las instituciones?Transparencia formal vs. información realmente comprensible.Estudios de impacto, informes técnicos, permisos, resoluciones.Traducir información técnica y exigir trazabilidad de las decisiones.
ConfianzaLa confianza no debería exigirse unilateralmente a la ciudadanía.¿Las instituciones confían realmente en las comunidades?¿Cómo responden las instituciones cuando una comunidad cuestiona una decisión?Ciudadanía «desinformada» vs. instituciones que no escuchan.Conflictos donde los aportes comunitarios fueron ignorados o incorporados.Cambiar la relación entre instituciones, ciencia y ciudadanía.
PoderLa participación efectiva requiere capacidad real de decisión.¿Qué cambia cuando una comunidad participa?¿Qué decisiones puede modificar realmente la ciudadanía?Participación sin poder vs. cogestión.Procesos de defensa territorial, gestión comunitaria, bienes comunes.Identificar dónde se concentra el poder y cómo redistribuirlo.
InstitucionalizaciónLa participación necesita recursos, capacidades e incentivos permanentes.¿Por qué la participación suele depender de personas o proyectos específicos?¿Qué mecanismos participativos permanecen cuando termina un proyecto?Voluntarismo vs. estructuras permanentes.Observatorios, organizaciones comunitarias, universidades, gobiernos locales.Crear mecanismos estables de participación y seguimiento.
Conocimiento y bienes comunesDemocratizar la producción de conocimiento puede mejorar las decisiones públicas.¿Puede el conocimiento ser pensado también como un bien común?¿Cómo se comparte, protege y utiliza el conocimiento producido colectivamente?Conocimiento abierto vs. apropiación institucional o privada.Mapas comunitarios, monitoreos, archivos, memorias territoriales.Fortalecer formas comunitarias de producir, compartir y cuidar conocimiento.
Referencia:

Tyler, C., Akerlof, K. L., al-Gharbi, M., Bedsted, B., Boeira, L., Brown, T., Christopherson, E., Scheufele, D. A., Farooque, M., Head, B. W., Piquado, T., & Pedersen, D. B. (2026). Six ways to put the public at the heart of science and policy. Nature, 655, 34–37. https://doi.org/10.1038/d41586-026-01981-z

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Convocatoria – Contar para existir: Los relatos zapatistas del Viejo Antonio como pedagogía del diálogo

Una invitación a caminar preguntando

En un mundo que suele privilegiar respuestas rápidas y verdades únicas, Contar para existir nos propone un ejercicio distinto: aprender a escuchar, a preguntar y a construir conocimiento con otras personas, desde la experiencia, la memoria y la palabra compartida.

Este curso-taller no es un espacio para estudiar textos desde afuera, sino para habitar los relatos del Viejo Antonio —ese anciano maya que conversaba con el Subcomandante Marcos en las montañas del sureste mexicano— y dejar que sus historias nos interpelen, nos muevan y nos ayuden a mirar el mundo con otros ojos.

¿De qué se trata?

A lo largo de cuatro encuentros presenciales, exploraremos preguntas esenciales para nuestra vida en comunidad:

  • -¿Quiénes caminan conmigo?

  • -¿Cómo aprendemos a mirar?

  • -¿Cómo aprendemos a escuchar?

  • -¿Qué historias queremos dejar caminando?

Cada sesión partirá de un relato zapatista y abrirá un diálogo colectivo donde todas las voces son valiosas, porque todas llegamos con saberes, experiencias y formas propias de interpretar la realidad.

¿Por qué participar?

Este curso-taller está diseñado desde la educación popular y el principio zapatista de caminar preguntando. No encontrarás respuestas cerradas, sino un espacio para:

  • ✔️ Cuestionar tus propias miradas y descubrir quién te enseñó a ver el mundo.

  • ✔️ Practicar la escucha profunda, haciendo espacio para lo que el ruido cotidiano no deja oír.

  • ✔️ Reconocer la diversidad de saberes como una riqueza, no como un obstáculo.

  • ✔️ Fortalecer la palabra compartida como herramienta de transformación comunitaria.

  • ✔️ Imaginar colectivamente nuevas formas de habitar el territorio y la vida.

  • ✔️ Conectar con una tradición de resistencia y pensamiento que sigue viva en los relatos del Viejo Antonio.

Fechas y lugar

Lugar: Oficina Kioscos Socioambientales San Pedro

Duración: 4 sesiones (una por semana)

SesiónFechaHora
1. ¿Quiénes caminan conmigo?2 de setiembre6:00 pm
2. ¿Cómo aprendemos a mirar?9 de setiembre6:00 pm
3. ¿Cómo aprendemos a escuchar?16 de setiembre6:00 pm
4. ¿Qué historias queremos dejar caminando?23 de setiembre6:00 pm

Cupos limitados para garantizar un espacio de diálogo cercano y participativo.

¿A quién está dirigido?

A todas las personas interesadas en el diálogo, la educación popular, las pedagogías alternativas, el pensamiento zapatista o simplemente en aprender de otra manera, desde la experiencia compartida y el respeto por la diversidad.

No se requieren conocimientos previos. Solo ganas de escuchar, preguntar y caminar con otras personas.

Inscripciones

Las inscripciones están abiertas. Los cupos son limitados, así que te invitamos a registrarte cuanto antes.

🔹 Formulario de inscripción: https://forms.gle/cijnrQG536K15uxi7

Procuramos con este proceso

Que el diálogo no sea un lujo, sino una práctica cotidiana.
Que aprender no sea acumular información, sino transformarnos con otras personas.
Que las historias que contamos sean semillas para otros mundos posibles.

Te esperamos para caminar preguntando.

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La Escuela de la Protesta Social: fui a cubrir un plantón y terminé aprendiendo cosas

Pueden escuchar el audio aquí

Soy Cartman. Trabajo en el Observatorio de Bienes Comunes. Muy a mi pesar.

No recuerdo haber solicitado este puesto, pero aquí estoy. Y como si trabajar en el Observatorio no fuera suficiente castigo, de vez en cuando me mandan a observar cosas. Esta vez tocó un plantón.

La instrucción, según recuerdo, era bastante sencilla: ir, escuchar, registrar y después contar qué había pasado. Yo pensé que sería una de esas actividades en las que uno llega, mira unas pancartas, escucha un par de discursos y puede regresar tranquilamente a sus asuntos.

No contaba con la Escuela de la Protesta Social.

Porque eso fue lo que encontré en la calle. Una escuela sin matrícula, sin pupitres y sin ninguna posibilidad de solicitar un cambio de grupo. Las pizarras eran los carteles. Las clases aparecían cada vez que alguien tomaba el micrófono. Y, para mi desgracia, las personas que estaban ahí tenían bastante que decir.

Así que escuché.

Y después de escuchar varias veces el audio que quedó registrado durante la jornada, tengo que admitir algo que preferiría mantener en secreto: un plantón puede ser bastante más complejo que un grupo de personas protestando.

Lo primero que me enseñaron fueron los carteles. Yo había pensado que eran simplemente carteles, pero aparentemente hasta eso requiere más atención de la que estaba dispuesto a ofrecer. En cada uno había una manera de nombrar el presente: una demanda, una preocupación, una denuncia, una pregunta o una frase capaz de condensar en pocas palabras algo que, en un discurso, podría tomar veinte minutos.

Por eso las calles también tienen pizarras.

Los carteles no explican toda una coyuntura, pero dejan rastros de ella. Son pequeñas piezas de memoria instantánea. Registran aquello que alguien consideró suficientemente importante como para escribirlo y levantarlo frente a otras personas. Y cuando se juntan muchos, empiezan a mostrar algo más: las preocupaciones, los lenguajes y hasta el sentido del humor con los que una movilización intenta hacerse escuchar.

Eso me interesó. No demasiado, claro.

No quiero que en el Observatorio crean que estoy disfrutando. Pero sí lo suficiente para entender que la protesta también escribe.

Después vino mi segunda sorpresa. Yo esperaba encontrar una concentración marcada por la solemnidad, porque aparentemente tenemos la costumbre de imaginar que protestar significa poner cara seria durante varias horas. Pero había música, canciones, aplausos, encuentros y solidaridad. Había alegría.

En una de las intervenciones se habló precisamente de la importancia de la solidaridad, el compañerismo y la ciudadanía, y también aparecieron voces de personas adultas mayores que reivindicaron su presencia y su participación en la defensa de derechos y de aquello que consideran construido colectivamente.

Ahí tuve que corregir otra de mis ideas. La protesta no solamente se alimenta de la indignación.

También necesita encuentro.

La gente se reúne porque algo le importa, pero también porque encontrarse con otras personas puede producir solidaridad, confianza y hasta alegría. Parece una cosa sencilla, pero tiene consecuencias importantes: una movilización no es solamente una suma de reclamos individuales, sino un espacio donde esos reclamos empiezan a reconocerse como asuntos compartidos.

Cartman aprendió eso. No pongan “Cartman aprendió eso” en ningún informe oficial.

Luego llegó la memoria, y ahí la cosa cambió.

Una de las intervenciones comenzó a recuperar nombres de mujeres: Luisa Carrasco, Luisa González, Carmen Lyra, Ángela Acuña, Yolanda Oreamuno, Chavela Vargas, Adela González y Cristina Zeledón. Después de cada nombre aparecía un “presente”. La intervención no se quedó en las figuras más conocidas, sino que también recordó a mujeres cuyos nombres no siempre ocupan un lugar visible en los relatos históricos: quienes trabajan en casas, hospitales, fábricas, campos y montañas y que, desde esos lugares, también sostienen la vida cotidiana.
Entonces entendí por qué una protesta puede ser también una forma de memoria.

No se trata solamente de recordar por recordar. Se trata de traer al presente las luchas que hicieron posible que algunas cosas que hoy consideramos derechos llegaran a existir. La memoria permite conectar lo que ocurre ahora con quienes estuvieron antes, con sus luchas, sus derrotas, sus conquistas y sus preguntas.

Una de las voces del plantón lo planteó desde la historia de la democracia costarricense y de las luchas por la educación pública, los derechos sociales, las libertades, la paz y la división de poderes.

Y ahí apareció una frase que, pese a mi natural resistencia a tomarme estas cosas demasiado en serio, me pareció difícil de ignorar: nuestra dignidad, nuestra rabia y nuestra rebeldía tienen historia.

Quizá esa sea una de las razones por las que las protestas insisten tanto en recordar nombres. Porque decir “presente” no solamente habla de alguien que ya no está. También dice que aquello por lo que esa persona luchó sigue formando parte de la conversación.

La memoria, entonces, no queda detrás.

Camina con la protesta.

Pero la jornada no tenía una sola memoria ni una sola voz. Y esa fue otra de las cosas que tuve que aprender.

En el audio aparecen personas adultas mayores, activistas, estudiantes y personas trans, entre otras voces, hablando desde experiencias diferentes. Una intervención de la Asociación Trans Vida reivindicó la presencia de las personas trans y de quienes desafían las normas de género, rechazando que sus vidas fueran reducidas a una supuesta “ideología” y defendiendo su lugar como personas y ciudadanía. También hubo un llamado a detener la confrontación y abrir espacios de diálogo.

Eso hizo que el plantón adquiriera otra dimensión.

Protestar también es decir quiénes están. Quiénes tienen algo que decir. Quiénes quieren ser escuchados. Y quiénes consideran que determinadas discusiones sobre el país también les pertenecen.

No todas las voces del audio dicen exactamente lo mismo. Tampoco tienen las mismas experiencias ni las mismas prioridades. Pero comparten un espacio público y, durante un momento, participan de una conversación colectiva.

Eso es importante porque a veces hablamos de “la protesta” como si fuera una persona con una sola opinión. No lo es.

La protesta tiene voces. Y esas voces pueden coincidir, complementarse, tensarse e incluso contradecirse. Escucharlas juntas permite entender algo que una fotografía no muestra: la diversidad interna de quienes salen a la calle.

También se habló mucho de democracia.

Y aquí debo reconocer que pensé en esconderme detrás de una pancarta.

Las intervenciones vincularon la democracia con la libertad de expresión, los derechos humanos, la independencia de poderes, la institucionalidad, la educación pública, la paz y la participación ciudadana. Una de las voces cuestionó la idea de que la democracia se limite al momento de votar y reivindicó la posibilidad de organizarse, expresarse y participar en el espacio público.

También aparecieron críticas al Gobierno y preocupaciones relacionadas con el Poder Judicial, las garantías sociales y otras instituciones públicas.

Aquí hay que escuchar con cuidado. Las expresiones políticas fuertes que aparecen en el audio pertenecen a quienes participaron en el plantón. No son afirmaciones institucionales del Observatorio ni deben confundirse con hechos verificados simplemente porque fueron pronunciadas desde un micrófono. Pero sí forman parte de la memoria de esa jornada. Y eso también importa.

Porque un registro de protesta no solamente conserva argumentos con los que podemos estar de acuerdo. Conserva también el lenguaje de la confrontación, las preocupaciones, las exageraciones, las certezas y los temores que circulan en un momento determinado.

Escuchar es, en este caso, una forma de aproximarse a cómo una parte de la ciudadanía estaba leyendo el presente.

Y llegó.

Y entonces, cuando ya estaba bastante cansado de escuchar hablar de democracia, derechos, institucionalidad, memoria y paz, apareció el humor. Por fin. Ahí sí me sentí como pez en el agua.

Había canciones, consignas, bombas y juegos de palabras. Una de las canciones convertía la coyuntura política en una burla repetitiva; en otros momentos, las críticas aparecían acompañadas por humor y recursos propios de la tradición satírica de las protestas.
Y descubrí que la sátira también cumple una función política.

Puede señalar una contradicción sin necesidad de explicarla durante media hora. Puede quitarle solemnidad al poder. Puede transformar una crítica en una frase que se recuerda y circula. Puede hacer reír a quienes están ahí y, al mismo tiempo, dejar una pregunta incómoda.

La protesta puede estar profundamente preocupada por lo que está ocurriendo y aun así reírse.

De hecho, quizá justamente porque está preocupada necesita hacerlo.

Yo, personalmente, considero que esta fue la mejor parte de la clase.

No porque me guste la protesta. No porque me guste trabajar en el Observatorio. Y definitivamente no porque alguien me haya pedido escribir esta nota.

Simplemente porque era la materia para la que estaba mejor preparado.

Cuando terminó la jornada, volví al Observatorio con una conclusión bastante molesta: había ido pensando que debía registrar una protesta y terminé registrando algo mucho más difícil de resumir.

Había memoria. Había preocupación. Había distintas identidades y experiencias. Había defensa de derechos. Había una discusión sobre democracia y sobre el papel de las instituciones. Había solidaridad. Había alegría. Y había humor.

Todo ocurriendo al mismo tiempo. Por eso quizá sería demasiado sencillo decir que aquel plantón fue solamente una expresión de descontento. Lo que quedó grabado en el audio muestra algo más complejo: personas diferentes entrando al espacio público para contar cómo estaban viviendo el momento, qué les preocupaba, qué querían defender y qué país imaginaban.

Eso es lo que me interesa conservar. No una versión ordenada en la que todos piensan lo mismo. No una conclusión que resuelva el plantón en tres frases. Sino las voces.

Porque después de que la plaza se vacía, los carteles se guardan y las personas regresan a sus casas, todavía queda algo que puede volver a escucharse.

Una canción. Un nombre. Un “presente”. Una denuncia. Una carcajada. Una preocupación. Una idea de democracia. Una voz diciendo que está ahí. Y eso también es memoria.

Así que, después de todo, quizá sí fui a una escuela. Solo que no me avisaron. Y como aparentemente en el Observatorio creen que estas cosas son importantes, ahora me toca dejar la tarea. Escuchen el audio completo del plantón.

No se queden con mi versión. Yo ya hice bastante. Fui. Escuché. Tomé notas. Y escribí esto.

El resto está en las voces. Ahí están las canciones, las intervenciones, los nombres, los “presentes”, las demandas, el humor y las distintas maneras en que quienes participaron intentaron explicar qué estaba pasando. Yo solamente hice el favor de ponerlo por escrito.

Muy a mi pesar, claro.

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Chavela Vargas y los bienes comunes sociales: cuando una voz también sostiene la vida en común

“La música no tiene fronteras, pero sí un final común: el amor y la rebeldía”
— Chavela Vargas

Cada 5 de agosto recordamos a Chavela Vargas. Su legado suele evocarse por una extraordinaria carrera artística, una voz inconfundible y una vida marcada por la rebeldía. Pero detenernos únicamente en esos aspectos deja fuera una pregunta que hoy resulta urgente: ¿qué tiene que ver una cantante con los bienes comunes?

A primera vista, parecería que muy poco. Sin embargo, si entendemos los bienes comunes como aquello que una comunidad crea, comparte, cuida y transmite colectivamente para sostener la vida, la respuesta cambia por completo.

La música, la memoria, los lenguajes, los afectos, las historias y las formas de nombrar el mundo también pueden entenderse como bienes comunes sociales. No porque pertenezcan a todas las personas de manera automática, sino porque cobran sentido cuando son apropiados, recreados y compartidos por una comunidad.

Los bienes comunes no son solo naturales

Cuando hablamos de bienes comunes solemos pensar en ríos, bosques, humedales, semillas o acuíferos. Son fundamentales para la reproducción de la vida y han ocupado un lugar central en las luchas socioambientales. Pero la vida en común también depende de otros bienes que no pueden encerrarse en un cercado ni delimitarse sobre un mapa.

Los bienes comunes sociales y culturales son las memorias colectivas, los saberes populares, las lenguas, las fiestas, las canciones, las formas de organización, las prácticas de solidaridad y los vínculos que permiten a una comunidad reconocerse como tal.

No son recursos que simplemente existen. Son procesos vivos que se construyen, se cuidan y se recrean cada día mediante la participación de quienes los habitan.

Una voz que pasó a ser de los pueblos

Chavela Vargas nunca perteneció únicamente a la industria musical. Con el paso del tiempo, muchas de sus interpretaciones dejaron de ser canciones para convertirse en parte de la memoria afectiva de América Latina.

Su voz acompañó despedidas, migraciones, exilios, luchas sociales, encuentros y pérdidas. Pero también abrió un horizonte de libertad para muchas personas que, desde la diversidad sexual, encontraron en su vida una afirmación de que era posible desafiar los mandatos sociales y vivir con dignidad.

Cada generación encontró nuevas maneras de apropiarse de su obra, otorgándole sentidos distintos según su propio contexto.

Eso revela una característica fundamental de los bienes comunes: permanecen vivos porque las comunidades los resignifican continuamente.

Una canción deja de pertenecer únicamente a quien la interpreta cuando pasa a formar parte de la experiencia compartida de un pueblo.

La cultura también sostiene la vida

Con frecuencia se piensa que la cultura ocupa un lugar secundario frente a las urgencias económicas, ambientales o políticas.

Sin embargo, ninguna comunidad logra sostener una defensa del territorio únicamente mediante argumentos técnicos, científicos o jurídicos.

Las luchas necesitan relatos que expliquen por qué vale la pena defender un lugar.

-Necesitan memorias que conecten generaciones.

-Necesitan símbolos que fortalezcan la identidad colectiva.

-Necesitan espacios donde compartir el dolor, la esperanza y la alegría.

En otras palabras, necesitan cultura. Las canciones que acompañan una marcha, las radios comunitarias, los murales, los relatos de las personas mayores o las celebraciones populares no son elementos decorativos. Constituyen bienes comunes sociales porque fortalecen la confianza, transmiten conocimientos y hacen posible la organización colectiva.

Cuando se pierde la cultura también se pierde territorio

Los procesos de despojo rara vez afectan únicamente la naturaleza. También transforman profundamente las relaciones sociales que hacen posible la vida comunitaria.

Cuando una comunidad es desplazada, no desaparecen solamente las viviendas o los paisajes. También se debilitan las redes de apoyo, los conocimientos locales, las prácticas de ayuda mutua y las memorias compartidas.

Por eso, defender los bienes comunes implica proteger tanto los territorios como las relaciones que les dan significado.

-No basta con conservar un río si desaparecen las comunidades que conocen su historia.

-No basta con proteger un bosque si se pierde la cultura que enseñaba cómo convivir con él.

La defensa de los bienes comunes es, al mismo tiempo, una defensa de las condiciones materiales y simbólicas que permiten sostener la vida en común.

Chavela y la dignidad de existir

La vida de Chavela Vargas desafió muchas de las normas de su tiempo. Cuestionó los mandatos sobre el género, la forma de habitar el espacio público y la libertad para amar. Sin necesidad de convertir cada gesto en una consigna política, mostró que existir con autenticidad también puede convertirse en un acto de resistencia.

Su trayectoria recuerda que los bienes comunes sociales también incluyen la posibilidad de construir comunidades donde la diferencia no sea motivo de exclusión, sino parte de la riqueza colectiva.

La dignidad, el reconocimiento y la libertad de ser quienes somos también necesitan cultivarse comunitariamente.

Cuidar la cultura también es defender los bienes comunes

En una época en que muchas expresiones culturales son absorbidas por las lógicas del mercado o reducidas a mercancías de consumo, conviene recordar que la cultura también puede ser un espacio de encuentro, organización y memoria.

Defender los bienes comunes no consiste únicamente en proteger aquello que puede medirse o delimitarse sobre un mapa.

También significa cuidar las historias que nos unen, las palabras que compartimos, las canciones que nos acompañan y las memorias que fortalecen nuestra capacidad de imaginar otros futuros posibles.

Quizá por eso recordar a Chavela Vargas no sea solamente un ejercicio de nostalgia.

Es reconocer que la cultura no es un lujo. Es un bien común social que fortalece la memoria, alimenta la organización y nos ayuda a imaginar otros futuros posibles.

Los pueblos no solo sobreviven porque tienen agua, tierra o bosques. También sobreviven porque conservan las voces, los afectos, los saberes y las memorias que hacen posible la vida en común.

En tiempos de fragmentación, cuidar esos bienes comunes sociales es también una forma de resistencia.

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¿Qué aprendemos mientras limpiamos un río? Un cuaderno que convierte las jornadas de limpieza en experiencias de organización, memoria y acción colectiva

¿Qué ocurre cuando una jornada de limpieza deja de ser una actividad puntual y se convierte en un espacio para encontrarse, conversar, organizarse y aprender colectivamente?

Esa es la pregunta que atraviesa Pedagogía de la constancia: metodologías participativas para el cuidado de los ríos. La publicación recoge una experiencia construida por Observatorio Ciudadano del Agua (OCA) del Río Agualote, carrera de Gestión Integral del Recurso Hídrico-UCR, FUNDEMA-PP, el Acueducto Municipal de Grecia, el OCA Río Trojas, el OCA Colorado y la Municipalidad de Sarchí, junto a otras organizaciones comunitarias, instituciones públicas y personas voluntarias que, durante varios años, participaron en jornadas de limpieza en los ríos Prendas, Tacares, Trojas y Agualote, en la región de Occidente de Costa Rica. Con el tiempo, estas jornadas dejaron de entenderse únicamente como acciones para retirar residuos y se transformaron en espacios para fortalecer vínculos, compartir saberes, recuperar la memoria de los territorios y construir nuevas formas de participación.

Cuando limpiar un río también significa construir comunidad

Lejos de presentar un manual o una receta, el cuaderno propone una reflexión sobre lo aprendido en el camino. Su principal aporte es reconocer que el cuidado de los bienes comunes no depende únicamente de grandes acciones, sino también de la capacidad de regresar una y otra vez al territorio, sostener los procesos en el tiempo y construir relaciones de confianza.

A esta apuesta la llamamos pedagogía de la constancia: una forma de entender que la transformación social se construye desde la persistencia, la organización y el compromiso colectivo.

¿Qué encontrarán en este cuaderno?

El documento combina reflexión conceptual, sistematización de experiencias y herramientas metodológicas. Entre sus principales aportes destacan:

  • -Una mirada a los ríos como territorios vivos y bienes comunes.
  • -La comprensión de las jornadas de limpieza como procesos pedagógicos y organizativos, más allá de la recolección de residuos.
  • -Una propuesta conceptual sobre la pedagogía de la constancia, surgida de la experiencia acumulada en los territorios.
  • -Diez metodologías participativas para fortalecer el trabajo comunitario antes, durante y después de las jornadas.
  • -Herramientas para leer críticamente los procesos, identificar aprendizajes y reconocer las tensiones que forman parte de toda experiencia colectiva.
  • -Preguntas e indicadores para acompañar procesos similares en comunidades, organizaciones, centros educativos e instituciones.
Una invitación a mirar más allá de la «basura»

Con frecuencia el éxito de una jornada de limpieza se mide por la cantidad de residuos recolectados. Este cuaderno propone ampliar esa mirada e incorporar otras preguntas: ¿qué relaciones se fortalecieron?, ¿qué aprendimos sobre nuestro territorio?, ¿qué capacidades organizativas se construyeron?, ¿quiénes se involucraron y quiénes aún faltan?

Estas preguntas permiten reconocer que el verdadero impacto de una jornada no termina cuando el río queda limpio, sino cuando la comunidad desarrolla mayores capacidades para cuidar, defender y habitar su territorio.

Una herramienta para organizaciones y comunidades

Esta publicación está dirigida a organizaciones comunitarias, colectivos ambientales, centros educativos, gobiernos locales, instituciones públicas, universidades y personas interesadas en fortalecer procesos participativos para el cuidado de los bienes comunes.

Más que documentar una experiencia, el cuaderno busca compartir aprendizajes que puedan inspirar nuevas iniciativas y seguir tejiendo redes de colaboración en defensa de los ríos.

Porque un río limpio es importante, pero una comunidad organizada para cuidarlo lo es aún más.

Sobre la colección

Este cuaderno forma parte de la colección Huellas Cimarronas: Cuadernos Metodológicos, una serie que nace del reconocimiento de que, en América Latina y el Caribe, las luchas por los bienes comunes también han construido formas propias de aprender, organizarse y transformar la realidad. La colección recupera esas memorias, experiencias y saberes que recorren nuestros caminos de resistencia, esperanza y creación colectiva, poniéndolos en diálogo con los desafíos de nuestro tiempo.

El nombre Huellas Cimarronas reivindica la memoria de los pueblos cimarrones: hombres y mujeres esclavizados que huyeron para construir espacios de libertad en palenques y quilombos. Allí no solo preservaron sus culturas y formas de vida, sino que también desarrollaron estrategias de organización, solidaridad y resistencia para seguir luchando por la libertad de quienes aún faltaban. Inspirada en ese legado, esta colección reúne herramientas metodológicas y reflexiones que entienden la educación popular como una práctica de libertad y la construcción colectiva del conocimiento como parte de la defensa de los bienes comunes.

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El Congreso Anfictiónico sigue haciéndonos preguntas: Un debate de hace dos siglos que continúa vigente

Hace doscientos años, en Panamá, representantes de las nuevas repúblicas latinoamericanas se reunieron para intentar responder una pregunta que aún nos interpela: ¿cómo defender la soberanía y construir una integración capaz de enfrentar las amenazas que se cernían sobre Nuestra América? Aquella reunión, conocida como el Congreso Anfictiónico de Panamá, fue mucho más que un encuentro diplomático. Representó uno de los primeros esfuerzos por imaginar una región capaz de actuar de manera conjunta frente a las presiones externas y las disputas internas.

Dos siglos después, las preguntas permanecen abiertas. La dependencia económica, el extractivismo, la militarización de los territorios, la crisis climática, la regresión de derechos y las nuevas formas de dominación nos obligan a volver sobre aquella experiencia, no para idealizar el pasado, sino para encontrar herramientas que nos permitan comprender los desafíos del presente. Como plantea el cuaderno, la historia no es un museo de acontecimientos concluidos, sino un territorio en disputa desde el cual pensar los horizontes políticos de nuestro tiempo.

¿Qué propone este cuaderno?

Con este propósito, desde el Observatorio de Bienes Comunes presentamos el cuaderno El Congreso Anfictiónico de Panamá: soberanía, integración y disputas antigeopolíticas en Nuestra América, un material de formación política que propone leer este episodio histórico desde una perspectiva antigeopolítica. La publicación invita a mirar el Congreso no únicamente como un proyecto entre Estados, sino como una reflexión sobre la construcción de soberanía desde los pueblos, la defensa de los bienes comunes y la necesidad de fortalecer procesos de integración que coloquen la vida en el centro.

Ideas clave que encontrarás en la publicación

El cuaderno desarrolla una lectura crítica del Congreso Anfictiónico y propone reflexionar sobre temas como:

  • -La vigencia del Congreso Anfictiónico para comprender los desafíos actuales de América Latina.
  • -La disputa histórica entre el panamericanismo y el latinoamericanismo como proyectos políticos enfrentados.
  • -La soberanía entendida más allá del Estado, vinculada a la autonomía de los pueblos.
  • -La integración regional como una práctica construida desde los territorios y no únicamente desde los gobiernos.
  • -Una lectura antigeopolítica que coloca en el centro la vida, los bienes comunes y la cooperación entre los pueblos.
  • -Los desafíos contemporáneos de la región: extractivismo, crisis climática, militarización, dependencia tecnológica, migraciones y defensa de los bienes comunes.
  • -Propuestas metodológicas y actividades de educación popular para trabajar estos temas en talleres, organizaciones y espacios comunitarios.
Una herramienta para la formación política

Lejos de ser un texto exclusivamente histórico, el cuaderno establece puentes entre el siglo XIX y los desafíos contemporáneos. A lo largo de sus capítulos analiza las tensiones entre panamericanismo y latinoamericanismo, las razones del fracaso del Congreso, las disputas geopolíticas que atraviesan la región y las posibilidades de construir una integración desde abajo, impulsada por las comunidades, organizaciones y movimientos sociales. Además, incorpora actividades de educación popular que buscan convertir la lectura en un proceso colectivo de reflexión y acción.

Parte de la colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes

Este cuaderno forma parte de la colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes, específicamente de la serie Los Herejes de lo Común: Cuadernos de Antigeopolítica y Antiimperialismos. La colección nace como una herramienta pedagógica y política para fortalecer lecturas críticas sobre los bienes comunes, las resistencias territoriales, la soberanía y los antiimperialismos desde América Latina y el Caribe. Más que ofrecer respuestas definitivas, busca abrir preguntas, recuperar memorias de lucha y contribuir a la construcción colectiva de otros horizontes posibles.

Una invitación a seguir pensando la integración

En un contexto en el que los proyectos de integración regional enfrentan múltiples desafíos y donde la fragmentación continúa favoreciendo intereses económicos y geopolíticos ajenos a los pueblos, recuperar el debate sobre el Congreso Anfictiónico significa preguntarnos nuevamente por las formas de construir solidaridad, cooperación y autonomía en Nuestra América.

Te invitamos a descargar, leer y compartir este nuevo cuaderno, con la convicción de que la historia cobra sentido cuando nos ayuda a comprender el presente y a imaginar colectivamente los caminos para defender la vida y los bienes comunes.

¿Por qué un Observatorio de Bienes Comunes habla del Congreso Anfictiónico?

A primera vista, el Congreso Anfictiónico de Panamá podría parecer un episodio lejano de la historia diplomática latinoamericana. Sin embargo, para quienes trabajamos desde la perspectiva de los bienes comunes, representa una oportunidad para reflexionar sobre preguntas que siguen abiertas: ¿cómo construimos soberanía?, ¿cómo defendemos aquello que compartimos?, ¿cómo articulamos respuestas colectivas frente a problemas que trascienden las fronteras nacionales?

Los bienes comunes no son únicamente el agua, los bosques, las semillas o los territorios. También son aquellas condiciones que hacen posible la vida en común: la paz, la cooperación entre los pueblos, la solidaridad, la capacidad de decidir colectivamente sobre nuestro futuro y de construir horizontes compartidos. En ese sentido, la integración latinoamericana puede entenderse como un bien común político que requiere ser cuidado, fortalecido y permanentemente reconstruido.

Hoy, las amenazas que enfrentan nuestros pueblos —el extractivismo, la crisis climática, la militarización, la mercantilización de la vida, la dependencia tecnológica y la regresión de derechos— difícilmente pueden comprenderse o enfrentarse desde una mirada exclusivamente nacional. Son procesos que atraviesan el continente y que exigen nuevas formas de articulación, aprendizaje y acción colectiva.

Por eso, recuperar el Congreso Anfictiónico no responde a un interés por conmemorar el pasado, sino por alimentar las discusiones del presente. Volver sobre aquella experiencia nos permite preguntarnos qué significa construir soberanía en el siglo XXI, qué formas de integración necesitamos y cuál puede ser el papel de las comunidades, organizaciones y movimientos sociales en la defensa de la vida y los bienes comunes.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes entendemos que la memoria también es un territorio en disputa. Revisitar estos procesos históricos es una forma de fortalecer la imaginación política, recuperar experiencias de organización e identificar aquellas preguntas que continúan orientando las luchas por una Nuestra América más justa, solidaria y comprometida con el cuidado de la vida.

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CartmanCast – Cartman lee historia: cómo encontrar un golpe de Estado donde no lo hay

¿Qué tan fácil es hablar de un golpe de Estado?

Cartman: «¡Bienvenidos bienvenidas a una nueva edición de CartmanCast Política Premium! Hoy vamos a hablar de algo gravísimo. Casa Presidencial dice que hubo un golpe de Estado. ¿Entraron los tanques? No. ¿Tomaron los cuarteles? Tampoco. ¿Suspendieron la Constitución? Pues no. La Sala Constitucional prorrogó temporalmente el nombramiento de magistrados suplentes y la respuesta fue: ¡Golpe de Estado!»

(Pausa dramática)

Cartman: «Como aquí todavía creemos en leer antes de opinar, fui a buscar un libro que sí sabe de golpes de Estado. Veamos qué tiene que decir Marcos Roitman antes de empezar a repartir certificados de golpista.»

La escena parece salida de una sátira, pero plantea una pregunta seria: ¿qué ocurre cuando conceptos cargados de una profunda memoria histórica se utilizan para describir cualquier conflicto institucional?

Durante la presentación de su posición frente a la resolución de la Sala Constitucional, la Presidencia de la República calificó la decisión como un «golpe de Estado» y describió a los magistrados que votaron a favor como «magistrados golpistas». Más allá del debate jurídico sobre el alcance de la resolución, vale la pena detenerse en el peso político e histórico de esas palabras.

Un concepto construido con sangre y autoritarismo

En Tiempos de oscuridad. Historia de los golpes de Estado en América Latina, Marcos Roitman Rosenmann reconstruye el golpe de Estado como uno de los principales mecanismos mediante los cuales las élites políticas, económicas y militares interrumpieron procesos democráticos en la región. El libro muestra que los golpes no fueron simples desacuerdos entre instituciones, sino rupturas del orden constitucional acompañadas por persecución política, censura, desapariciones forzadas, tortura y dictaduras que marcaron la historia latinoamericana.

Roitman también sostiene que los golpes han cambiado de forma. Si durante buena parte del siglo XX estuvieron encabezados por las fuerzas armadas, en las últimas décadas pueden asumir modalidades más complejas, donde intervienen poderes legislativos, judiciales, actores económicos, medios de comunicación y redes de poder que buscan alterar el rumbo político de un país. Los denomina, entre otras expresiones, «golpes de guante blanco», precisamente porque ya no siempre requieren tanques en las calles para producir una ruptura del orden democrático.

Sin embargo, ese análisis no significa que cualquier conflicto entre poderes constituya automáticamente un golpe de Estado.

No toda crisis institucional es un golpe

La historia latinoamericana enseña que los golpes de Estado implican algo más profundo que una decisión judicial polémica o una confrontación entre instituciones.

En términos generales, suponen la alteración deliberada del orden constitucional para desplazar o neutralizar un poder legítimamente constituido, sustituyendo las reglas democráticas por una nueva correlación de fuerza.

Precisamente por eso el concepto exige rigor.

La resolución de la Sala Constitucional podrá ser discutida, criticada o incluso impugnada desde distintos argumentos jurídicos. Pero convertir automáticamente esa controversia en un «golpe de Estado» supone trasladar un concepto construido a partir de experiencias históricas traumáticas hacia un escenario institucional que continúa desarrollándose dentro del marco constitucional.

No se trata de minimizar la importancia del conflicto entre el Poder Ejecutivo, la Asamblea Legislativa y la Sala Constitucional. Se trata de reconocer que las democracias también viven tensiones entre poderes, y que no toda controversia constitucional representa una ruptura del régimen democrático.

Cuando las palabras pierden su significado

Existe un riesgo político cuando conceptos tan cargados de historia comienzan a utilizarse como herramientas de confrontación cotidiana.

El primero es el desgaste del lenguaje.

Si toda resolución judicial incómoda, toda derrota parlamentaria o toda diferencia institucional es presentada como un golpe de Estado, el término deja de describir un hecho excepcional y termina convertido en un recurso retórico para deslegitimar al adversario político.

El segundo riesgo es todavía mayor: el debilitamiento de la memoria histórica.

En América Latina y el Caribe, hablar de golpes de Estado significa hablar de miles de personas asesinadas, desaparecidas, encarceladas, exiliadas o perseguidas por defender proyectos políticos democráticos. Significa recordar sociedades enteras sometidas al terror estatal y generaciones marcadas por la violencia política. Esa historia no puede reducirse a una metáfora para describir cualquier conflicto institucional.

No toda crisis institucional es un golpe

La historia latinoamericana y Caribeña nos enseña que los golpes de Estado implican mucho más que una decisión judicial polémica o una confrontación entre instituciones. No basta con que exista una disputa entre poderes, una interpretación constitucional controvertida o un conflicto político intenso para afirmar que estamos frente a un golpe.

Hablar de un golpe de Estado exige un ejercicio de rigurosidad conceptual e histórica. No se trata únicamente de preguntarse quién tomó una decisión, sino qué tipo de transformación del poder político está ocurriendo.

A lo largo del siglo XX, los golpes de Estado significaron la interrupción abrupta del orden constitucional mediante la sustitución del poder legítimamente constituido. En muchos casos estuvieron encabezados por las fuerzas armadas, pero detrás de ellas actuaban élites económicas, sectores empresariales, partidos políticos, grupos de poder, gobiernos extranjeros y medios de comunicación que buscaban reorganizar el Estado de acuerdo con un nuevo proyecto político.

Como explica Marcos Roitman Rosenmann, esas formas de ruptura han evolucionado. En el siglo XXI las democracias pueden enfrentar procesos de erosión institucional más complejos, donde la ruptura ya no siempre llega acompañada de tanques en las calles o juntas militares. Existen experiencias en las que distintos poderes del Estado son utilizados para desplazar gobiernos, impedir el ejercicio de sus competencias o alterar la voluntad popular. Sin embargo, reconocer esa transformación no significa que cualquier conflicto entre instituciones pueda calificarse automáticamente como un golpe de Estado.

Para aproximarnos con mayor seriedad al concepto conviene plantearnos algunas preguntas fundamentales.

¿Existe una intención de sustituir el orden constitucional? Un golpe de Estado supone algo más que cuestionar una decisión pública. Implica la voluntad de alterar las reglas fundamentales mediante las cuales se organiza el poder político, desplazando o neutralizando a las autoridades legítimamente constituidas.

¿Se busca reemplazar a quienes ejercen el poder? Los golpes no persiguen únicamente modificar una política pública o revertir una resolución judicial. Buscan alterar quién gobierna, cómo se distribuye el poder y bajo qué reglas continuará funcionando el Estado.

¿Existe una concentración extraordinaria del poder? Otro elemento relevante es la acumulación de facultades que rompen el sistema de pesos y contrapesos. Cuando un actor político elimina los mecanismos de control, impide el funcionamiento de otros poderes o concentra competencias incompatibles con el régimen democrático, la preocupación adquiere otra dimensión.

¿Se restringen derechos y libertades fundamentales? Históricamente, los golpes de Estado han venido acompañados por la suspensión de garantías constitucionales, persecución de opositores, censura, criminalización de la protesta, detenciones arbitrarias y uso de la violencia estatal. Estas medidas buscan consolidar el nuevo poder e impedir cualquier resistencia.

¿Se rompe la posibilidad de resolver los conflictos por las vías democráticas? Las democracias constitucionales están diseñadas precisamente para gestionar desacuerdos. Los conflictos entre el Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial forman parte de su funcionamiento cotidiano. La existencia de controversias constitucionales, recursos judiciales o interpretaciones distintas sobre las competencias de cada institución no constituye, por sí sola, evidencia de un golpe de Estado. De hecho, la posibilidad de discutir esas diferencias dentro del marco jurídico es una expresión del propio Estado de derecho.

La resolución de la Sala Constitucional podrá ser discutida, criticada o incluso impugnada desde distintos argumentos jurídicos. Es legítimo debatir si la interpretación realizada fue correcta o si excedió determinadas competencias. Pero convertir automáticamente esa controversia en un «golpe de Estado» supone trasladar un concepto construido a partir de algunas de las experiencias más traumáticas de la historia latinoamericana hacia un escenario que continúa desarrollándose mediante mecanismos institucionales previstos por el propio orden constitucional.

Reconocer esta diferencia no significa minimizar la importancia del conflicto político actual. Tampoco implica asumir que todas las actuaciones de los poderes públicos son correctas o están exentas de control democrático. Significa, más bien, comprender que la democracia no consiste en la ausencia de conflictos, sino en la existencia de reglas, procedimientos e instituciones capaces de procesarlos sin destruir el orden constitucional.

Precisamente por eso resulta tan importante cuidar el significado de las palabras. Si cada derrota política, cada resolución judicial incómoda o cada interpretación constitucional controvertida es presentada como un golpe de Estado, terminamos perdiendo la capacidad de reconocer cuándo una democracia enfrenta una verdadera ruptura de sus fundamentos.

El último comentario de Cartman

Cartman: «A ver si entendí el nuevo reglamento de la democracia. Si un juez falla en contra mía… ¡golpe de Estado! Si el Congreso no aprueba mi súper ley para prohibir las verduras… ¡golpe de Estado! Si mi mamá no me deja jugar PlayStation… ¡golpe de Estado doméstico! ¡Mamá, estoy siendo víctima de un régimen autoritario!»

(Pausa)

Cartman: «¿Ven el problema? Si todo es un golpe de Estado, entonces nada es un golpe de Estado.»

(Pasa las hojas del libro.)

Cartman: «Y aquí es donde la historia les arruina la fiesta. Porque mientras nosotros usamos la palabra para ganar una discusión política, en América Latina y el Caribe hubo gente que desapareció, fue torturada, encarcelada, exiliada o asesinada durante golpes de Estado de verdad. Hubo familias que nunca volvieron a ver a sus hijos. Hubo dictaduras que gobernaron durante años con miedo, censura y represión.»

(Silencio.)

Cartman: «Así que no, amiguitos. No digo que no existan conflictos entre poderes. Para eso están los tribunales, las leyes y la Constitución. Tampoco digo que un juez siempre tenga la razón. Lo que digo es que una democracia puede vivir disputas muy fuertes sin que eso signifique que el orden constitucional se rompió.»

Cartman: «Los golpes de Estado no son cualquier pleito institucional. Son otra cosa. Y justamente porque América Latina pagó un precio tan alto por ellos, deberíamos pensarlo dos veces antes de usar esa palabra como si fuera un insulto de moda.»

(Música de cierre.)

Cartman: «Así que hagan un favor a la democracia: antes de gritar ‘¡golpe de Estado!’, lean un poquito de historia. Porque cuando todo es un golpe de Estado, los verdaderos golpes dejan de reconocerse… y ahí sí estamos en problemas.»

Quizá esa sea la principal enseñanza que deja Tiempos de oscuridad: defender la democracia también implica defender el significado de las palabras. La memoria histórica no existe únicamente para recordar el pasado, sino para dotarnos de criterios que nos permitan distinguir entre una controversia institucional, por intensa que sea, y una verdadera ruptura del orden democrático. Banalizar conceptos como «golpe de Estado» no fortalece el debate público; por el contrario, debilita nuestra capacidad para reconocer las amenazas reales cuando estas aparecen.

Referencia:

Roitman, Marcos. (2025). Tiempos de oscuridad: Historia de los golpes de Estado en América Latina. Akal.

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Cuando las instituciones dejan de sentirse interpeladas: Monseñor Romero y una reflexión ética para la universidad

En julio de 2026, durante la sesión solemne del Concejo Municipal de Nicoya con motivo del 202.º aniversario de la Anexión del Partido de Nicoya a Costa Rica, el sacerdote Jeison Víquez Acuña dirigió un mensaje a la presidenta de la República que rápidamente trascendió el acto protocolario y generó un amplio debate nacional. Sus palabras abordaron temas como la justicia tributaria, la educación, la pobreza, la violencia y la responsabilidad del Estado frente a las personas más vulnerables, provocando diversas reacciones tanto de apoyo como de crítica.

Más allá de las posiciones que pueda generar esa intervención, el episodio abrió una discusión de mayor profundidad: ¿qué papel desempeñan las voces éticas cuando interpelan al poder político? ¿Cuál es la responsabilidad de quienes ocupan espacios de liderazgo frente a las desigualdades, las exclusiones y las decisiones que afectan la vida colectiva? Estas preguntas no pertenecen exclusivamente al ámbito religioso; forman parte del debate democrático sobre la responsabilidad pública y el compromiso con el bien común.

En América Latina y el Caribe, una de las figuras que mejor representa esta discusión es Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Si bien su legado suele abordarse desde una perspectiva religiosa o a partir de su martirio, también puede leerse como una experiencia de profunda coherencia ética. Su trayectoria invita a reflexionar sobre cómo una persona o una institución construyen autoridad no desde el poder que ejercen, sino desde su capacidad para escuchar la realidad, dejarse interpelar por el sufrimiento humano y actuar en consecuencia.

Esta reflexión retoma una intervención del papa Francisco sobre Monseñor Romero, no con el propósito de desarrollar una lectura confesional, sino para identificar aquellos rasgos de su práctica que pueden dialogar con desafíos contemporáneos como la universidad pública, la responsabilidad institucional y la defensa de los bienes comunes. En un contexto donde las organizaciones corren el riesgo de concentrarse en sus propios procedimientos, indicadores y dinámicas internas, la experiencia de Romero plantea una pregunta vigente: ¿nuestras prácticas están orientadas a preservar las instituciones o a responder, de manera ética, a las necesidades de la sociedad?

Empezamos

Monseñor Romero suele ser recordado como un mártir o como una figura religiosa de enorme relevancia para América Latina y el Caribe. Sin embargo, más allá de esa dimensión confesional, su trayectoria ofrece una pregunta profundamente ética para cualquier institución que aspire a servir al bien común: ¿desde dónde construimos nuestras decisiones?

En una intervención dirigida a los obispos centroamericanos, el papa Francisco recupera la figura de Romero para recordar que el compromiso auténtico comienza cuando una persona o una institución se deja afectar por la realidad. No basta con conocer el sufrimiento; es necesario permitir que ese sufrimiento modifique nuestras prioridades, nuestras formas de actuar y nuestros criterios de decisión.

Esta reflexión trasciende el ámbito religioso y adquiere especial fuerza cuando pensamos en la universidad pública.

El riesgo de una universidad que se mira a sí misma

Las universidades producen conocimiento, forman profesionales y generan investigación. Sin embargo, existe un riesgo permanente: que la institución termine organizando su vida alrededor de sus propios procedimientos, indicadores y lógicas administrativas.

Cuando esto ocurre, la universidad puede seguir siendo eficiente, publicar más artículos, ejecutar más proyectos o mejorar sus métricas, mientras pierde progresivamente su capacidad para escuchar las preguntas que emergen desde los territorios y las comunidades.

No se trata de negar la importancia de la excelencia académica. Se trata de preguntarnos para quién y desde dónde se produce el conocimiento.

Romero recuerda que la legitimidad de una práctica no depende únicamente de su calidad técnica, sino de su capacidad para responder a las heridas de su tiempo.

De administrar problemas a dejarse afectar

Francisco señala que el verdadero compromiso implica dejar que el sufrimiento transforme incluso el uso del tiempo y de los recursos.

Llevado al ámbito universitario, esto significa preguntarnos si nuestras agendas responden principalmente a las exigencias institucionales o si son capaces de reorientarse cuando la realidad plantea desafíos urgentes.

No basta con investigar sobre la desigualdad, la crisis ambiental o las exclusiones sociales. La pregunta ética es si esos problemas transforman también la manera en que investigamos, enseñamos y nos vinculamos con la sociedad.

La diferencia entre estudiar una realidad y dejarse interpelar por ella marca el paso de una universidad que observa a una universidad que se compromete.

La centralidad de las personas

Uno de los pasajes más sugerentes del discurso afirma que el valor del trabajo no depende de la cantidad de actividades realizadas ni de los recursos disponibles, sino de la centralidad de la compasión.

En un lenguaje laico, podríamos traducir esta idea diciendo que ninguna institución puede medir su éxito únicamente por sus resultados administrativos. La pregunta decisiva sigue siendo si las personas permanecen en el centro de sus decisiones.

Cuando los procedimientos terminan siendo más importantes que las personas, cuando las métricas pesan más que las necesidades sociales, o cuando la gestión desplaza la escucha, la institución comienza a perder el sentido de su existencia.

Escuchar antes que responder

Romero no construyó su autoridad desde la distancia, sino desde la escucha permanente de quienes vivían las consecuencias de la violencia y la exclusión.

Para la universidad, esta actitud supone reconocer que el conocimiento no nace únicamente en las aulas, los laboratorios o los centros de investigación. También se produce en las comunidades, en los movimientos sociales, en las organizaciones populares y en las experiencias cotidianas de quienes enfrentan los problemas que la academia intenta comprender.

Escuchar no significa únicamente consultar. Significa aceptar que esas voces pueden cuestionar nuestras categorías, modificar nuestras preguntas e incluso transformar nuestras prioridades institucionales.

Una ética de la coherencia

Quizá la enseñanza más vigente de Monseñor Romero no sea únicamente la denuncia de las injusticias, sino la coherencia entre lo que afirmaba y la manera en que organizó su vida.

Esa coherencia también interpela a la universidad. Si decimos que somos una institución al servicio de la sociedad, debemos preguntarnos continuamente si nuestras decisiones presupuestarias, nuestras prioridades de investigación, nuestros incentivos académicos y nuestras formas de evaluación fortalecen realmente ese compromiso o si, por el contrario, terminan alimentando una universidad cada vez más preocupada por reproducirse a sí misma.

La pregunta que deja Romero sigue siendo profundamente actual: ¿nuestras instituciones están organizadas para proteger su funcionamiento o para responder a las necesidades de la sociedad?

Responder esa pregunta no es un ejercicio espiritual ni confesional. Es, ante todo, un ejercicio de responsabilidad ética.

Las reflexiones del papa Francisco sobre Monseñor Romero permiten identificar un conjunto de aprendizajes que trascienden el ámbito religioso y se convierten en criterios para evaluar cualquier práctica institucional. En un contexto donde la universidad y otras organizaciones corren el riesgo de orientarse principalmente por sus propios procedimientos, indicadores o lógicas de funcionamiento, la trayectoria de Romero invita a preguntarnos qué significa construir una práctica ética capaz de dejarse interpelar por la realidad. La siguiente matriz recupera algunos de esos rasgos y los pone en diálogo con los desafíos contemporáneos de la universidad pública y la defensa de los bienes comunes.

Rasgo de la práctica de Monseñor Romero¿Qué significa éticamente?Pregunta para la práctica universitaria
Dejarse afectar por la realidadLa ética comienza cuando el sufrimiento de otras personas deja de ser un dato y se convierte en una responsabilidad.¿Qué problemas sociales modifican realmente nuestras prioridades de investigación, docencia y acción social?
Escuchar antes de intervenirComprender exige escuchar a quienes viven las consecuencias de los problemas y reconocerlos como sujetos de conocimiento.¿Escuchamos a las comunidades o únicamente recogemos información de ellas?
La realidad transforma la agendaEl compromiso implica reorganizar el tiempo, los recursos y las decisiones según las necesidades de las personas.¿Nuestra agenda responde a las necesidades sociales o a las exigencias institucionales?
La compasión como criterio institucionalEl valor de una práctica no depende de la cantidad de actividades, sino de su capacidad para cuidar la vida y la dignidad.¿Cómo evaluamos el éxito de nuestros proyectos: por indicadores o por su impacto en las personas?
Coherencia entre discurso y prácticaLa autoridad ética nace de la congruencia entre lo que se afirma y lo que se hace.¿Nuestras políticas institucionales reflejan los valores que defendemos públicamente?
Independencia frente al poderMantener autonomía para señalar injusticias, incluso cuando ello implica costos o tensiones.¿La universidad conserva capacidad crítica frente a los intereses políticos y económicos?
Poner a las personas en el centroLas estructuras deben estar al servicio de las personas y no las personas al servicio de las estructuras.¿Nuestros procedimientos fortalecen o dificultan el vínculo con estudiantes, comunidades y territorios?
Compromiso desde la cercaníaLa legitimidad se construye compartiendo las condiciones de quienes enfrentan los problemas.¿Nuestra investigación se realiza con los territorios o únicamente sobre los territorios?
Aprender desde el puebloLa experiencia social también produce conocimiento y debe dialogar con el saber académico.¿Reconocemos los saberes comunitarios como fuentes legítimas de conocimiento?
Asumir la incomodidadUna práctica ética acepta que el encuentro con la realidad cuestione privilegios, rutinas y certezas.¿Qué estamos dispuestos a cambiar cuando la realidad contradice nuestras formas habituales de trabajar?
La práctica ética como condición para cuidar los bienes comunes

Hablar de bienes comunes implica mucho más que hablar de recursos naturales o de patrimonio colectivo. Los bienes comunes existen porque una comunidad desarrolla prácticas de cuidado, responsabilidad compartida y compromiso con aquello que sostiene la vida. Sin esas prácticas, incluso los bienes más valiosos terminan siendo apropiados, degradados o destruidos.

Desde esta perspectiva, el principal aporte de Monseñor Romero no radica únicamente en la denuncia de las injusticias, sino en la construcción cotidiana de una práctica ética capaz de sostener lo común. Su legado recuerda que el compromiso no se mide por la fuerza del discurso, sino por la disposición a dejar que la realidad transforme nuestras prioridades y nuestras decisiones.

En el discurso que inspira esta reflexión, el papa Francisco insiste en que una práctica auténtica nace cuando las personas y las instituciones se dejan afectar por el sufrimiento de los demás, reorganizan sus agendas y colocan la dignidad humana en el centro de sus decisiones.

Esta idea resulta especialmente pertinente para quienes trabajamos en la defensa de los bienes comunes. Los conflictos por el agua, los bosques, los humedales, los territorios, la salud pública o la educación no son únicamente disputas por recursos. Son también disputas sobre las prácticas éticas que sostienen una sociedad. Allí donde predomina la indiferencia, el individualismo o la subordinación al poder, los bienes comunes se debilitan. Allí donde existen comunidades capaces de escuchar, cuidar, cooperar y actuar con coherencia, los bienes comunes encuentran condiciones para reproducirse y fortalecerse.

En este sentido, la universidad, las organizaciones sociales, las instituciones públicas y los movimientos ciudadanos comparten un desafío común: construir prácticas que no se orienten únicamente por la eficiencia, los indicadores o la administración, sino por la responsabilidad frente a la vida colectiva.

La práctica ética no es un complemento del trabajo por los bienes comunes; es su condición de posibilidad. Sin ella, la participación se convierte en trámite, el conocimiento en acumulación de información y las instituciones en fines en sí mismas. Con ella, en cambio, es posible construir relaciones de confianza, fortalecer la acción colectiva y sostener aquellos bienes materiales e inmateriales que hacen posible una vida digna.

Quizá esa sea una de las enseñanzas más vigentes de Monseñor Romero: los bienes comunes no se defienden únicamente con leyes, políticas públicas o conocimientos técnicos. Se sostienen, ante todo, mediante personas e instituciones capaces de actuar con coherencia, escuchar el clamor de su tiempo y asumir la responsabilidad de cuidar aquello que pertenece a todas y todos.

La importancia de ser «mala palabra»

Uno de los momentos más provocadores de la reflexión del papa Francisco sobre Monseñor Romero aparece cuando recuerda que muchos hombres y mujeres en Centroamérica ofrecieron su vida por mantener viva la voz profética frente a la injusticia y al abuso del poder. En ese contexto afirma, con una expresión cargada de significado: «Él también fue mala palabra», recordando que Romero fue objeto de sospechas, descalificaciones y cuestionamientos incluso dentro de la propia Iglesia. Lejos de reivindicar el conflicto como un fin en sí mismo, esta expresión invita a reflexionar sobre una realidad frecuente en la vida pública: quienes cuestionan las desigualdades, denuncian abusos o ponen en evidencia las contradicciones del poder suelen convertirse en voces incómodas. En muchas ocasiones son etiquetados como exagerados, conflictivos, radicales o inconvenientes, no necesariamente porque sus argumentos carezcan de fundamento, sino porque alteran consensos, interpelan privilegios o desafían formas establecidas de ejercer la autoridad.

Desde esta perspectiva, «ser mala palabra» no significa buscar la confrontación permanente ni construir una identidad basada en la oposición. Significa asumir que una práctica ética difícilmente será siempre cómoda o bien recibida. Cuando una persona, una organización o una institución colocan la dignidad humana, la justicia o el cuidado de lo común por encima de los intereses particulares, es probable que generen resistencias.

Esta reflexión resulta especialmente pertinente para la universidad pública, los movimientos sociales y las organizaciones comprometidas con los bienes comunes. Con frecuencia, los conflictos socioambientales, las desigualdades territoriales o las amenazas contra los derechos colectivos exigen investigaciones, posicionamientos o acciones que incomodan a actores políticos, económicos o incluso académicos. En esos momentos aparece una pregunta decisiva: ¿la búsqueda de reconocimiento institucional debe prevalecer sobre la responsabilidad de decir aquello que la realidad exige?

La trayectoria de Monseñor Romero recuerda que la legitimidad ética no depende de la ausencia de críticas, sino de la coherencia entre la palabra y la práctica. En ocasiones, cuidar los bienes comunes, defender los derechos humanos o acompañar a las comunidades implica aceptar que la crítica, la incomprensión o el aislamiento forman parte del costo de sostener una posición fundada en la justicia.

En un tiempo donde las instituciones enfrentan fuertes presiones para evitar el conflicto, preservar consensos o proteger su imagen pública, el legado de Romero plantea una cuestión que mantiene plena vigencia: ¿estamos dispuestos a asumir la incomodidad que implica defender aquello que consideramos justo o preferimos adaptar nuestras convicciones para evitar convertirnos en «mala palabra»?

Quizá una práctica ética comienza precisamente allí: cuando la búsqueda de aceptación deja de ser el criterio principal y la responsabilidad frente a la sociedad ocupa su lugar.

Referencia:

Papa Francisco. (2019). Discurso del Papa Francisco a los obispos centroamericanos reunidos en Panamá. ACI Prensa