Imagen: 31 de agosto de Honorio Cabraca.
En el Día de la Persona Negra y la Cultura Afrocostarricense, una lectura de Afros al frente: racismo, resistencia y lucha nos invita a mirar la afrodescendencia no solo como patrimonio cultural, sino como historia, identidad, resistencia y disputa por derechos.
Cada 31 de agosto, Costa Rica conmemora el Día de la Persona Negra y la Cultura Afrocostarricense, una fecha que desde 2018 forma parte del Mes Histórico de la Afrodescendencia en el país. La conmemoración busca reconocer las contribuciones históricas, culturales y sociales de las poblaciones afrodescendientes y reafirmar su lugar en la construcción de nuestra sociedad.
Pero toda conmemoración puede abrir también una pregunta: ¿qué significa reconocer?
Esta pregunta resulta especialmente pertinente al acercarnos a Afros al frente: racismo, resistencia y lucha, libro editado por Gerardo Cham, Gisela C. Fregoso, Wilfried Raussert y Nicolas Rey, publicado por CLACSO y CALAS en 2024. La obra reúne investigaciones sobre experiencias afrodescendientes en América Latina y el Caribe y coloca en el centro una relación que resulta fundamental: racismo, resistencia y lucha por el reconocimiento, la participación y la justicia.
Más que ofrecer una historia única de la afrodescendencia, el libro construye un mapa de experiencias diversas: México, Colombia, Brasil, Cuba, Jamaica, Guadalupe, Guayana, Haití y otros territorios aparecen conectados por historias de colonialismo, racialización, exclusión, migración, resistencia y producción cultural. Esta perspectiva permite comprender que las experiencias afrodescendientes no pueden reducirse a una identidad homogénea: están atravesadas por territorios, generaciones, clases sociales, géneros, trayectorias migratorias y distintas formas de identificación.
Dejar de pensar el racismo como una excepción
Uno de los aportes centrales del libro consiste en cuestionar una idea profundamente arraigada en América Latina: que el racismo sería fundamentalmente un problema de otras sociedades.
La presentación de Afros al frente señala cómo los discursos nacionales asociados al mestizaje y a la llamada democracia racial contribuyeron históricamente a presentar a las sociedades latinoamericanas como espacios donde la raza no tendría un papel determinante. Esta representación produjo, al mismo tiempo, procesos de invisibilización y folclorización de las expresiones negras.
El problema, entonces, no es únicamente la existencia de actos individuales de discriminación. El libro invita a observar las estructuras históricas que producen desigualdades y las formas mediante las cuales determinadas poblaciones son convertidas en “otras”, invisibilizadas o reconocidas únicamente desde determinados lugares.
Por eso, hablar de afrodescendencia no debería limitarse a enumerar aportes culturales. También supone preguntarnos quiénes han tenido históricamente la posibilidad de definir qué cuenta como cultura, quién aparece en la historia nacional, quién participa de las decisiones y quién puede ejercer plenamente sus derechos.
Reconocer no siempre significa transformar
Una de las discusiones más sugerentes del libro aparece en el análisis de Gisela Carlos Fregoso sobre el proceso de reconocimiento de las poblaciones negras, afromexicanas y afrodescendientes en México.
Su investigación muestra que el reconocimiento institucional puede constituir un avance fundamental, pero también puede producir nuevas tensiones. En el caso mexicano, el reconocimiento constitucional llegó después de décadas de organización y demanda, y no necesariamente estuvo acompañado por recursos suficientes para transformar las condiciones materiales de las comunidades. La autora llega a caracterizarlo como un reconocimiento predominantemente simbólico.
Esta experiencia permite abrir una pregunta para Costa Rica: ¿qué ocurre cuando una sociedad reconoce formalmente la afrodescendencia, pero las desigualdades históricas continúan produciendo efectos en el presente?
Reconocer una identidad es importante. Reconocer una historia también. Pero el desafío antirracista comienza cuando ese reconocimiento se convierte en derechos efectivos, participación política, igualdad de oportunidades, memoria, justicia y transformación de las estructuras que reproducen las desigualdades.
La deuda de la memoria
Otra de las tensiones que atraviesan la obra es la relación entre memoria y reconocimiento.
El libro recuerda que las sociedades latinoamericanas han construido relatos nacionales capaces de incorporar elementos de las culturas afrodescendientes mientras, simultáneamente, mantienen en segundo plano las historias de esclavización, exclusión y resistencia que forman parte de esas mismas sociedades.
En Costa Rica, esta pregunta resulta particularmente importante. La propia conmemoración del 31 de agosto tiene una historia vinculada con las luchas de las comunidades afrodescendientes. La fecha se encuentra relacionada con la Primera Convención Internacional sobre la Situación de las Personas Negras, realizada en Nueva York en 1920, y posteriormente fue incorporada al calendario nacional mediante procesos impulsados desde las propias organizaciones afrodescendientes.
Por eso, la memoria no debería reducirse a una celebración del presente. También debe permitir recuperar las luchas que hicieron posible que hoy podamos hablar de afrodescendencia en el espacio público.
Del folclor a la política
Afros al frente también aporta una idea especialmente importante: la resistencia afrodescendiente no ocurre únicamente en las instituciones políticas.
Los autores entienden la resistencia como un fenómeno cognitivo, afectivo, estético y político que atraviesa la vida cotidiana, las respuestas frente al racismo, la producción artística y cultural y el activismo.
La música, la literatura, las prácticas culturales, las formas de ocupar el espacio público, las organizaciones comunitarias y las nuevas generaciones de activistas forman parte de esas luchas.
El capítulo dedicado al garveyismo resulta especialmente significativo para Costa Rica. Marcus Garvey pasó por el país en 1910, donde trabajó para la United Fruit Company y entró en contacto con poblaciones afrocaribeñas de la región. Posteriormente, el movimiento de la Universal Negro Improvement Association —UNIA— desarrolló una importante presencia en Centroamérica: hacia mediados de la década de 1920 se registraban 23 sucursales en Costa Rica.
Este episodio permite mirar la historia afrocaribeña costarricense desde una dimensión que muchas veces queda fuera de las narrativas nacionales: Costa Rica no fue un territorio aislado de las redes políticas, culturales e intelectuales de la diáspora africana.
Una afrodescendencia que desborda las fronteras
Este es quizá otro de los aportes del libro para pensar Costa Rica.
Afros al frente propone una mirada hemisférica y transnacional de las experiencias afrodescendientes. Las migraciones, las ideas, las culturas y las luchas han conectado históricamente el Caribe, Centroamérica, América Latina y Estados Unidos. Los estudios sobre estas movilidades permiten comprender la existencia de una negritud hemisférica y de redes que desbordan las fronteras nacionales.
Desde esta perspectiva, la afrodescendencia costarricense puede ser pensada también como parte de una historia caribeña y centroamericana más amplia.
Esto resulta particularmente relevante porque las fronteras nacionales muchas veces producen relatos fragmentados: Costa Rica por un lado, Panamá por otro, Jamaica por otro, Nicaragua por otro. Sin embargo, las experiencias históricas de las poblaciones afrodescendientes muestran intercambios permanentes de personas, trabajo, ideas, músicas, organizaciones y formas de resistencia.
Las tensiones del reconocimiento
El reconocimiento también puede producir nuevas disputas.
La investigación de Fregoso muestra cómo los procesos legales pueden transformar las formas en que las personas se identifican y son identificadas. Cuando determinados derechos pasan a estar asociados a una identidad, las personas y comunidades pueden verse obligadas a demostrar determinados rasgos históricos, culturales o territoriales para ser reconocidas institucionalmente.
Aparece así una paradoja: para dejar de ser invisibles, las poblaciones afrodescendientes pueden verse obligadas a hacerse visibles bajo determinadas categorías.
Y esa visibilidad puede convertirse en una nueva forma de presión: explicar quién se es, demostrar de dónde se viene, acreditar una historia, encajar en una definición institucional.
El libro advierte además que las identidades no son estáticas. Pueden fortalecerse, transformarse y también generar disputas internas. La autoidentificación puede convertirse en parte de una lucha política, pero también puede producir procesos de esencialización.
Esto nos obliga a tener cuidado con otra trampa: celebrar “la cultura afro” como si existiera una única cultura afrodescendiente. Hay múltiples historias, territorios, experiencias y formas de ser afrodescendiente.
Las deudas siguen abiertas
Si algo permite pensar este libro en el contexto del 31 de agosto es que el reconocimiento no puede ser el punto final.
Quedan abiertas preguntas sobre la desigualdad, la representación política, las condiciones laborales, la educación, la memoria histórica, el racismo institucional, la participación comunitaria y el acceso efectivo a derechos.
También queda la tarea de revisar cómo las instituciones producen conocimiento sobre las poblaciones afrodescendientes y cuánto espacio tienen las propias comunidades para producir y disputar esos conocimientos.
En este sentido, uno de los llamados explícitos de Afros al frente es a construir un diálogo entre academia y activismo, entendiendo que combatir el racismo de manera sostenible requiere superar la distancia entre quienes investigan y quienes sostienen cotidianamente las luchas.
Celebrar, pero también preguntar
El 31 de agosto puede ser entonces algo más que una fecha para celebrar la gastronomía, la música, la vestimenta o las expresiones culturales afrodescendientes.
Puede ser un momento para preguntarnos:
¿Qué historias todavía no contamos?
¿Qué formas de racismo todavía no queremos reconocer?
¿Qué derechos han sido reconocidos y cuáles todavía no se concretan plenamente?
¿Quiénes participan en las decisiones sobre los territorios y comunidades afrodescendientes?
¿Qué lugar ocupan las voces de las nuevas generaciones?
¿Cómo evitar que el reconocimiento de la diversidad se convierta solamente en una celebración simbólica mientras persisten desigualdades estructurales?
Afros al frente ofrece herramientas para formular estas preguntas. Su principal aporte no está únicamente en documentar la existencia del racismo, sino en mostrar que frente a él existen memorias, organizaciones, producciones culturales, subjetividades políticas y múltiples formas de resistencia.
Conmemorar la afrodescendencia, desde esta perspectiva, no significa únicamente mirar hacia atrás. Significa reconocer las luchas que hicieron posible el presente y preguntarnos qué transformaciones todavía hacen falta.
Porque poner a las poblaciones afrodescendientes al frente implica algo más que hacerlas visibles. Implica escuchar sus voces, reconocer sus historias, garantizar sus derechos y disputar las estructuras que durante demasiado tiempo han definido quién puede ser visto, escuchado y reconocido como parte plena de la sociedad.
En este 31 de agosto, celebrar también puede significar incomodarnos. Y quizá allí comience una conversación verdaderamente antirracista.









