Hay personajes que pertenecen a una época y otros que, de alguna manera, consiguen seguir conversando con épocas que todavía no existían cuando fueron creados. Mafalda es uno de ellos.
Cada 29 de septiembre, cuando recordamos su nacimiento en 1964 de la mano de Quino, podemos celebrar mucho más que el cumpleaños de una niña de historieta. Podemos volver sobre una experiencia latinoamericana que aprendió a mirarse a sí misma con humor, ironía y una pregunta incómoda atravesada por una preocupación profundamente política: ¿qué clase de mundo estamos construyendo y por qué deberíamos conformarnos con este?
Mafalda apareció en una América Latina y un Caribe atravesados por enormes tensiones. Eran años de Guerra Fría, revoluciones, desigualdades, luchas anticoloniales, transformaciones culturales y conflictos alrededor de los proyectos de sociedad. La vida cotidiana de una familia de clase media podía convertirse, en sus viñetas, en una pequeña ventana desde la cual mirar el mundo entero.
Y allí estaba ella, preguntando.
Preguntaba por la guerra, por el hambre, por la desigualdad, por la política, por las instituciones, por las relaciones entre generaciones, por el lugar de las mujeres, por la familia, por la educación y por esa extraña costumbre adulta de aceptar como inevitable aquello que alguna vez alguien decidió que debía ser así.
Su potencia no estaba solamente en lo que decía. Estaba también en la posición desde la cual preguntaba.
Mafalda no necesitaba convertirse en una dirigente política para interpelar la política. No necesitaba escribir un tratado para cuestionar el sentido común. Bastaba una pregunta colocada en el lugar preciso para producir una pequeña interrupción: detener aquello que parecía obvio y obligarnos a mirarlo nuevamente.
Quizás allí encontremos una de las razones por las que Mafalda sigue teniendo tanta fuerza en América Latina y el Caribe.
Una niña preguntando por el mundo adulto
Hay algo profundamente político en que una niña pregunte a los adultos por qué las cosas son como son.
Porque muchas veces el poder no necesita prohibir que imaginemos otros mundos. Le basta con conseguir que dejemos de imaginarlos.
Cuando una sociedad empieza a considerar que ciertas desigualdades son naturales, que determinadas instituciones no pueden cambiar, que ciertas formas de organizar la economía son inevitables, que algunos territorios están destinados al sacrificio o que determinadas decisiones deben quedar exclusivamente en manos de especialistas, tecnócratas o autoridades, la imaginación política comienza a estrecharse.
Mafalda hacía exactamente lo contrario.
Abría espacio. Su pregunta introducía una grieta en el sentido común.
Y esa grieta podía ser pequeña, incluso cómica, pero permitía mirar hacia otro lado de la realidad.
Por eso su humor no puede reducirse simplemente a la ocurrencia de una niña ingeniosa. En muchas de sus viñetas existe una operación mucho más profunda: desnaturalizar. Hacer que aquello que hemos dejado de cuestionar vuelva a resultar extraño.
Quizás esa sea una de las tareas más importantes de la imaginación política: conseguir que podamos volver a preguntar por aquello que la costumbre convirtió en normal.
Mafalda, Latinoamérica y el Caribe
La importancia de Mafalda en el contexto latinoamericano y caribeño también tiene que ver con su capacidad para hablar desde lo cotidiano.
No era necesario trasladarse a un parlamento para encontrar la política. La política aparecía en la mesa familiar, en la escuela, en el periódico, en la televisión, en las conversaciones entre padres e hijos, en las preocupaciones por el futuro.
Eso resulta particularmente significativo en sociedades donde las grandes decisiones históricas conviven permanentemente con la vida cotidiana.
América Latina y el Caribe han vivido y siguen viviendo profundas disputas alrededor de la democracia, la desigualdad, el colonialismo, el territorio, el trabajo, la educación, la salud, los bienes comunes, los derechos y las formas de participación. Pero esas disputas también se expresan en preguntas aparentemente sencillas: ¿quién decide?, ¿para quién funciona esto?, ¿quién queda afuera?, ¿qué estamos aceptando?, ¿qué alternativas hemos dejado de imaginar?
Mafalda nos recuerda que una pregunta aparentemente ingenua puede contener una crítica extraordinariamente seria.
Y quizás por eso su lenguaje sigue siendo tan reconocible.
No porque el mundo de hoy sea igual al de los años sesenta y setenta, sino porque algunas de las preguntas fundamentales siguen abiertas.
El problema de haber dejado de imaginar
Aquí aparece una cuestión que nos toca especialmente en el presente.
Vivimos rodeados de diagnósticos. Tenemos datos, informes, estadísticas, indicadores, algoritmos, estudios, pronósticos y especialistas capaces de describir con enorme precisión los problemas que tenemos delante.
Pero describir una crisis no necesariamente significa imaginar cómo salir de ella.
Podemos conocer la magnitud de la desigualdad y, al mismo tiempo, sentir que no existen alternativas. Podemos reconocer la crisis climática y continuar pensando dentro de los mismos límites económicos que la producen. Podemos hablar de la crisis de los sistemas de salud, de educación o de vivienda y terminar aceptando que únicamente queda administrar su deterioro. Podemos reconocer la concentración del poder y seguir imaginando la política como un asunto reservado a quienes ya ocupan los espacios de decisión.
Quizás uno de nuestros problemas contemporáneos sea precisamente ese: hemos desarrollado una enorme capacidad para diagnosticar el mundo y una capacidad mucho menor para imaginarlo de otra manera.
Y aquí Mafalda vuelve a aparecer.
No para ofrecernos respuestas que podamos copiar sesenta años después, sino para recordarnos una práctica elemental: preguntar antes de resignarnos.
Preguntar no es desconocer lo que sabemos. Al contrario. Es utilizar lo que sabemos para abrir nuevas posibilidades.
¿Qué pasaría si…?
La imaginación política comienza muchas veces con una frase sencilla:
¿Qué pasaría si…?
¿Qué pasaría si la salud dejara de pensarse solamente como un servicio y volviéramos a discutirla como un bien común social?
¿Qué pasaría si la educación no fuera únicamente preparación para el mercado laboral, sino también un espacio para aprender a participar, organizarse y transformar?
¿Qué pasaría si un río no fuera solamente un recurso hídrico, sino un territorio vivo alrededor del cual se construyen memorias, relaciones, afectos y formas de vida?
¿Qué pasaría si nuestras ciudades fueran pensadas desde quienes las caminan y no solamente desde quienes las administran?
¿Qué pasaría si la tecnología no se diseñara únicamente alrededor de la eficiencia, la rentabilidad o la seguridad, sino también alrededor de la autonomía y la vida digna?
¿Qué pasaría si la democracia comenzara mucho antes de las elecciones y se practicara allí donde las personas deciden cotidianamente sobre aquello que afecta sus vidas?
Estas preguntas no son respuestas. Y justamente por eso son importantes.
La imaginación política no consiste en tener inmediatamente un modelo terminado de sociedad. Consiste también en recuperar la capacidad de formular preguntas que permitan ampliar el campo de lo posible.
Preguntar para interpelar la realidad
Mafalda nos deja, entonces, una pequeña provocación para este presente: no dejar que las preguntas desaparezcan.
Porque una sociedad sin preguntas puede tener muchas respuestas, pero difícilmente pueda transformar aquello que la oprime.
Preguntar es interpelar la realidad. Es decirle que no estamos obligados a aceptar su forma actual como destino.
También es reconocer que la realidad no está terminada.
Hay algo profundamente democrático en esa actitud. Si el mundo estuviera completamente cerrado, solamente podríamos adaptarnos a él. Pero si puede ser transformado, entonces necesitamos conversar sobre qué queremos cambiar, quiénes participan en esa transformación y qué otras posibilidades podemos construir colectivamente.
Quizás por eso Mafalda continúa siendo contemporánea.
No porque haya previsto nuestro presente, sino porque nos recuerda una capacidad que ninguna época debería perder: la capacidad de sorprendernos ante lo que hemos normalizado.
Su cumpleaños puede servirnos entonces para algo más que recordar a un personaje querido.
Puede ser una invitación a recuperar la imaginación política.
A volver a mirar nuestras instituciones, nuestras ciudades, nuestros territorios, nuestras relaciones sociales y nuestras formas de vida como si pudiéramos preguntarnos por primera vez qué podrían llegar a ser.
A no confundir lo existente con lo inevitable.
A no confundir la falta de alternativas visibles con la inexistencia de alternativas.
Y, sobre todo, a volver a preguntar.
Porque quizás, en tiempos en los que tantas cosas parecen presentarse como inevitables, hacer una buena pregunta sea ya una manera de comenzar a abrir el mundo.
Feliz cumpleaños, Mafalda.
Y gracias por seguir preguntando.
Para seguir preguntando: Siempre Mafalda
Y quizás la mejor manera de continuar esta conversación sea volver a las propias viñetas. Compartimos Siempre Mafalda, una selección temática de tiras preparada por el Plan Nacional de Lecturas, que reúne parte de esas escenas con las que Quino convirtió a Mafalda en una presencia inolvidable en el imaginario de las infancias argentinas y, con el tiempo, de muchas generaciones en América Latina y el Caribe.
Volver a sus preguntas, sus conversaciones y sus ocurrencias también puede ser una forma de volver a mirar nuestro presente. Porque algunas preguntas envejecen, pero otras encuentran nuevas razones para seguir siendo formuladas.
Les invitamos a leer y compartir esta selección: Siempre Mafalda.
Y como Mafalda también nos recuerda que pensar no tiene por qué significar dejar de jugar, les dejamos un pequeño rompecabezas para seguir armando, desarmando y volviendo a armar las ideas. Porque quizás imaginar otros mundos también sea eso: jugar con las piezas, cambiarles de lugar y descubrir que, cuando nos animamos a moverlas, la realidad puede empezar a verse un poquito diferente. No dejen de jugar, no dejen de preguntar y, sobre todo, no dejen que nos convenzan de que el rompecabezas ya viene armado.
Imagen completa:








