Cuando la Biblia entra al gobierno: una lectura desde la Teología de la Liberación

Las espiritualidades forman parte de la vida de las personas y de las comunidades: ayudan a construir sentidos, valores, formas de relacionarnos con otras personas y maneras de comprender el mundo que habitamos. Por eso, lejos de considerar la dimensión espiritual como un asunto exclusivamente privado o secundario, resulta importante reconocer que también puede tener implicaciones éticas y políticas. Precisamente por esa capacidad de orientar miradas y prácticas, necesitamos detenernos ante las conexiones que se establecen, a veces con demasiada facilidad, entre fe, autoridad y ejercicio del poder. No se trata de cuestionar la espiritualidad ni el derecho de las personas a encontrar en ella orientación para sus vidas, sino de preguntarnos qué ocurre cuando esas conexiones se realizan de manera ingenua, cuando una convicción particular se presenta como verdad suficiente para todas las personas o cuando una experiencia de fe comienza a confundirse con una fuente incuestionable de legitimidad política. Pensar estas relaciones con mayor cuidado también significa tomarnos en serio la dimensión ética y política de nuestras espiritualidades.

A propósito del Día de la Biblia

Hay declaraciones que pueden escucharse como expresiones personales de fe y, sin embargo, abrir preguntas mucho más amplias cuando son pronunciadas por quienes ocupan espacios de poder. Durante la celebración del Día de la Biblia realizada en la Asamblea Legislativa, la presidenta Laura Fernández se refirió públicamente a su relación con la Biblia y afirmó que esta no constituye solamente una fuente de sabiduría y orientación personal, sino que también puede ser entendida como un «libro de gobierno». En ese mismo contexto expresó: «Yo llegué a agradar a Dios y al pueblo de Costa Rica. A nadie más».

No nos interesa aquí discutir la fe personal de la presidenta, ni poner en cuestión el derecho de cualquier persona a encontrar en sus creencias una fuente de orientación para su vida. La pregunta que nos interesa es otra y aparece precisamente cuando una convicción religiosa es vinculada de manera explícita con el ejercicio del poder público: ¿qué significa convertir la Biblia en un «libro de gobierno» dentro de una sociedad plural?

La pregunta adquiere una particular densidad si la hacemos desde América Latina y el Caribe y, más específicamente, desde el legado de la Teología de la Liberación. Porque una de las grandes contribuciones de esta tradición no consistió en sacar la Biblia de la vida pública, sino en volver a colocarla en medio de la historia, de los conflictos sociales y de las experiencias concretas de quienes viven situaciones de pobreza, exclusión y opresión. Su apuesta fue, precisamente, leer la fe desde la realidad y preguntarse qué consecuencias tiene una determinada manera de comprender a Dios cuando se encuentra con el sufrimiento humano.

Una Biblia leída desde la historia

La Teología de la Liberación surgió en un contexto latinoamericano marcado por profundas desigualdades y por sociedades atravesadas por distintas formas de violencia, exclusión y concentración del poder. Gustavo Gutiérrez, uno de sus principales referentes, planteó que la reflexión teológica no podía permanecer al margen de esa realidad. La fe debía encontrarse con la historia y, por tanto, con las condiciones concretas en las que viven las personas.

De ahí surge una de sus contribuciones más conocidas: la opción preferencial por los pobres. No se trataba simplemente de una invitación a sentir compasión por quienes viven en condiciones de pobreza, sino de una transformación en la manera de mirar la realidad: reconocer que las personas empobrecidas y excluidas no son únicamente destinatarias de ayuda, sino sujetos capaces de interpretar su propia experiencia y participar en la transformación de las condiciones que producen su exclusión. Investigaciones posteriores sobre el pensamiento de Gutiérrez han destacado precisamente esta dimensión de la opción por los pobres como una categoría orientada a transformar la realidad «desde los pobres y con los pobres».

Esto resulta particularmente importante para nuestra discusión porque desplaza el centro de la pregunta. La Biblia deja de ser solamente un texto que puede proporcionar respuestas para quien gobierna y se convierte también en una fuente desde la cual preguntar qué ocurre con quienes son gobernados.

En esa tradición, la lectura bíblica recupera con fuerza las historias del Éxodo, la denuncia profética frente a la injusticia y las palabras y prácticas de Jesús relacionadas con quienes ocupaban los márgenes de la sociedad. La cuestión no es únicamente conocer qué dice el texto, sino preguntarse qué hacemos con aquello que decimos creer. La relación entre fe y práctica, entre reflexión y acción, se vuelve entonces fundamental.

Por eso, quizá el legado de la Teología de la Liberación pueda ayudarnos a introducir una pequeña incomodidad en la expresión «libro de gobierno».

¿Y si la Biblia no fuera principalmente un libro para decirle al gobierno cómo gobernar, sino también un libro para preguntarle al gobierno qué está haciendo con la vida de las personas?

Del poder que busca legitimarse al poder que debe rendir cuentas

Aquí aparece una tensión que atraviesa buena parte de la reflexión latinoamericana sobre la relación entre religión y poder. La fe puede convertirse en una fuente de inspiración ética, pero también puede ser utilizada para conferir un carácter incuestionable a determinadas decisiones. Cuando una autoridad política afirma que sus decisiones están orientadas por Dios, se introduce una dificultad adicional en la discusión pública: las decisiones políticas dejan de presentarse únicamente como decisiones humanas, históricas y discutibles, y pueden adquirir la apariencia de una autoridad superior frente a la cual resulta más difícil plantear preguntas.

Esto no significa que una persona creyente deba abandonar sus convicciones al entrar en la vida pública. Significa reconocer que una sociedad plural está compuesta por personas que creen de maneras diferentes, por quienes profesan otras religiones, por quienes no profesan ninguna y por quienes mantienen una relación crítica, cambiante o incluso distante con la religión. Una convicción personal puede orientar la conciencia de quien gobierna; pero las decisiones que afectan a toda la sociedad necesitan poder ser discutidas en un espacio común donde nadie tenga que compartir previamente una determinada fe para participar de la conversación.

Esta distinción resulta especialmente relevante para la tradición de la Teología de la Liberación porque su crítica no estuvo dirigida únicamente contra determinadas estructuras económicas o políticas. También cuestionó las formas en que la propia religión podía relacionarse con estructuras de poder. Estudios sobre el pensamiento de Gustavo Gutiérrez han señalado precisamente su crítica a formas estabilizadas del poder religioso.

La cuestión, entonces, no es si la Biblia puede tener consecuencias políticas. Evidentemente puede tenerlas. La propia historia de la Teología de la Liberación demuestra que una lectura bíblica puede generar compromisos profundos con la justicia, la dignidad y la transformación social. La cuestión es qué tipo de relación entre Biblia y poder estamos construyendo.

Una cosa es que la fe impulse a una persona a cuestionar la injusticia. Otra es utilizar la fe para cerrar la posibilidad de cuestionar a quien gobierna.

La paradoja de una fe que incomoda al poder

Quizá aquí encontremos una de las paradojas más fecundas para releer hoy el legado de la Teología de la Liberación. Una tradición profundamente arraigada en la lectura bíblica terminó convirtiéndose, precisamente, en una fuente de crítica frente a distintas formas de poder político, económico y religioso.

Su preocupación por las personas pobres no surgía de una mirada romántica sobre la pobreza. Partía de reconocer que existen estructuras sociales que producen desigualdad y que la fe no puede permanecer indiferente ante ellas. Incluso documentos de la propia Iglesia que formularon críticas a determinadas expresiones de la Teología de la Liberación reconocieron que la opción preferencial por los pobres constituye una preocupación legítima y que no puede utilizarse la crítica teológica como pretexto para la neutralidad frente a la miseria y la injusticia.

Esta tensión es importante porque nos permite escapar de una lectura demasiado sencilla. No se trata de contraponer una «religión buena» a una «religión mala», ni de afirmar que toda presencia religiosa en la esfera pública constituye necesariamente un problema. La historia latinoamericana es mucho más compleja. Comunidades cristianas, movimientos populares, comunidades eclesiales de base y distintas experiencias pastorales han participado en procesos de defensa de derechos, organización comunitaria y denuncia de injusticias.

Lo que está en juego es algo más profundo: qué sucede cuando una determinada interpretación religiosa deja de ser una convicción desde la cual una persona participa en la vida pública y comienza a presentarse como fundamento suficiente para gobernar a todas las demás.

La diferencia puede parecer pequeña, pero políticamente es enorme.

¿Qué nos dice hoy esta tradición?

En el Día de la Biblia, recuperar el legado de la Teología de la Liberación puede servirnos para volver a leer la Biblia no como un texto que elimina las preguntas políticas, sino como una tradición de lectura que históricamente ha producido nuevas preguntas sobre el poder, la pobreza y la dignidad.

Tal vez la pregunta no sea únicamente qué puede decir la Biblia sobre cómo debería comportarse una persona que ocupa la Presidencia. También deberíamos preguntarnos qué dice (o qué nos permite preguntar) sobre quienes quedan fuera de las decisiones, sobre quienes soportan las consecuencias de determinadas políticas y sobre quienes rara vez aparecen en los espacios donde se define el rumbo de una sociedad.

En esta perspectiva, la opción preferencial por los pobres adquiere una actualidad que desborda la cuestión estrictamente religiosa. Nos obliga a mirar desde aquellos lugares donde las decisiones del poder se sienten en el cuerpo y en la vida cotidiana: en quien no puede acceder a una atención de salud, en quien pierde su territorio, en quien ve deteriorarse el río que sostiene su comunidad, en quien enfrenta precariedad laboral, en quien queda fuera de una educación digna o en quien observa cómo aquello que sostiene la vida comienza a ser tratado únicamente como mercancía.

Es aquí donde encontramos un puente con la reflexión sobre los bienes comunes. Si entendemos los bienes comunes como aquellos tejidos naturales, sociales y culturales que sostienen nuestras vidas, entonces la pregunta por la fe y el poder no puede reducirse a una discusión abstracta sobre religión. También nos conduce a preguntar quién decide sobre aquello que es necesario para vivir, quién participa en esas decisiones y qué ocurre cuando determinados intereses se imponen sobre las condiciones que permiten sostener la vida.

En ese sentido, el legado de la Teología de la Liberación puede conversar con una perspectiva de bienes comunes porque ambas miradas, desde lugares diferentes, nos obligan a desplazar la atención del poder concentrado hacia las condiciones concretas de reproducción de la vida.

Volver a preguntar desde abajo

Quizá uno de los mayores aportes de esta tradición sea recordarnos que la Biblia no tiene una única manera de ser leída políticamente. Puede convertirse en una herramienta de legitimación del orden existente, pero también puede ser leída desde quienes cuestionan ese orden. Puede servir para hablarle al poder, pero también para incomodarlo.

Por eso, frente a la idea de la Biblia como «libro de gobierno», podríamos recuperar una pregunta distinta: ¿qué pasaría si leyéramos la Biblia desde quienes tienen menos poder para preguntarle al gobierno por sus decisiones?

La pregunta cambia completamente el lugar desde donde se mira.

Ya no se trata de preguntarnos cómo hacer que el gobierno se parezca más a nuestras propias convicciones religiosas. Se trata de preguntarnos cómo nuestras convicciones religiosas o no, pueden contribuir a construir una sociedad donde nadie tenga que someterse a una verdad particular para ser escuchado, donde el poder pueda ser cuestionado y donde la dignidad de las personas no dependa de su capacidad para hacerse visible ante quienes gobiernan.

Tal vez ahí exista una de las herencias más fecundas de la Teología de la Liberación: recordarnos que una fe que habla de liberación no puede conformarse con bendecir el poder. Tiene que ser capaz de mirarlo desde abajo, escuchar sus efectos y preguntarse por quienes quedan al margen.

Por eso, este Día de la Biblia puede ser una oportunidad no para cerrar la conversación sobre qué debe hacer un buen gobierno, sino para abrir una pregunta más incómoda: ¿qué nos dice la Biblia cuando la leemos desde quienes tienen que vivir con las consecuencias de las decisiones del poder?

Quizá entonces la Biblia deje de ser solamente un «libro de gobierno». Y vuelva a ser, también, un libro desde el cual preguntarle al gobierno por la vida.

Para seguir leyendo: la Biblia desde una mirada popular

Leer la Biblia desde una perspectiva popular implica también preguntarnos desde dónde la leemos, con quiénes la leemos y qué preguntas llevamos a sus páginas. La tradición de la Teología de la Liberación nos recuerda que no existe una lectura desligada de la historia: las experiencias de pobreza, exclusión, desigualdad, organización comunitaria y búsqueda de justicia también pueden convertirse en lugares desde los cuales interpretar los textos bíblicos.

Por eso, más que buscar en la Biblia respuestas cerradas para gobernar, administrar o justificar decisiones, una lectura popular puede acercarse a ella como una fuente de preguntas sobre la vida concreta. ¿Qué ocurre con quienes tienen menos poder? ¿Quiénes quedan fuera? ¿Quiénes son escuchados y quiénes permanecen en silencio? ¿Qué formas de dominación aparecen normalizadas? ¿Qué significa hoy hablar de justicia, dignidad, cuidado, solidaridad y vida en abundancia?

Algunos aspectos para una lectura popular

Una lectura que quiera evitar el literalismo y abrirse al diálogo con la realidad puede considerar algunos elementos:

  • El contexto: preguntarnos cuándo, dónde y en qué circunstancias fue escrito un texto, qué problemas atravesaban esas comunidades y qué situación histórica expresa.

  • El género literario: no todos los textos bíblicos buscan decir lo mismo ni deben leerse de la misma manera. Hay relatos, poemas, parábolas, leyes, cartas, discursos, genealogías y textos proféticos, entre otros.

  • Quién habla y desde dónde: reconocer las voces presentes en el texto, pero también preguntarnos quiénes aparecen, quiénes quedan fuera y qué relaciones de poder atraviesan el relato.

  • La experiencia de quienes leen: una lectura popular no coloca la vida de las comunidades fuera de la interpretación. Las experiencias de pobreza, trabajo, exclusión, organización, cuidado y defensa de los territorios también generan preguntas legítimas al texto.

  • El conjunto y no la frase aislada: evitar utilizar un versículo separado de su contexto para convertirlo en una sentencia absoluta. Una lectura responsable necesita poner los fragmentos en diálogo con el resto del texto y con su contexto histórico.

  • La interpretación como diálogo: reconocer que existen distintas tradiciones y formas de interpretar la Biblia. Ninguna lectura debería presentarse automáticamente como la única posible, especialmente cuando pretende orientar la vida de toda una sociedad plural.

  • La relación entre fe y poder: preguntarnos qué ocurre cuando una interpretación religiosa comienza a utilizarse para legitimar autoridades, decisiones políticas o relaciones de dominación. La pregunta no es solamente qué dice el texto, sino también qué hacemos con aquello que creemos que el texto dice.

  • La vida como criterio de reflexión: preguntarnos qué efectos produce una determinada interpretación en la vida concreta de las personas, especialmente de quienes viven situaciones de vulnerabilidad, exclusión o desigualdad.

Esta manera de leer también recupera una dimensión comunitaria. La Biblia puede ser leída en conversación, compartiendo experiencias, dudas, desacuerdos y saberes, sin convertir una interpretación particular en una verdad que deba imponerse a todas las personas. En ese sentido, leer desde abajo no significa encontrar una única lectura correcta, sino abrir un espacio para que las palabras dialoguen con las vidas y para que las vidas también interroguen las palabras.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes proponemos acercarnos a estas lecturas populares como parte de una educación que no separa las preguntas éticas de las condiciones concretas en que vivimos. Porque quizá una de las preguntas más fértiles para este Día de la Biblia no sea solamente qué dice la Biblia, sino qué nos permite ver cuando la leemos junto a quienes defienden la vida, cuidan sus territorios, organizan sus comunidades y buscan construir otras formas de vivir en común.

Referencias:

Agüero Ruiz, Byron. (2026, 27 de septiembre). Laura Fernández: “La Biblia es buen manual para cómo ser buen presidente”. Diario Extra.

Barrera, Abner. (2022). Teología Latinoamericana de la Liberación: Una valoración. Temas de Nuestra América, 38(71), 231–242.

Boff, Leonardo (2014, 29 de septiembre). Fe y política más allá del fundamentalismo. Leonardo Boff.

Gutiérrez, Gustavo (1972). Teología de la liberación: Perspectivas. Ediciones Sígueme.

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