Hay preguntas que llegan con respuesta incluida. “¿Adoctrinan en la Universidad Pública?” parece ser una de ellas. Pero en el Observatorio de Bienes Comunes decidimos hacer algo un poco más complicado: en vez de responder, salimos a preguntar.
Porque, si vamos a hablar de educación, quizá también tengamos que estar dispuestos a que nos sorprendan las respuestas.
En una de nuestras giras, David Menjívar, defensor ambiental y habitante de la comunidad de Birmania en Upala, conversó con Andrea Espinoza, estudiante universitaria. No había una clase convencional, ni una pizarra, ni una presentación de PowerPoint. Había una conversación entre personas con trayectorias diferentes, preguntas, experiencias y saberes construidos desde lugares distintos.
Y entonces volvió la pregunta: ¿esto es adoctrinamiento?
La sospecha de que conversar también puede ser adoctrinar
En el Observatorio nos hemos encontrado con una idea que aparece cada vez que hablamos de estas experiencias: que llevar estudiantes a comunidades, conversar con personas defensoras de los territorios o acercarse a distintas problemáticas sociales podría ser una forma de “adoctrinamiento”.
No queremos resolver aquí, de una vez y para siempre, si esa afirmación es correcta o incorrecta. Nos interesa más hacer algo que quizá resulte menos cómodo: mirar qué pasa realmente cuando ocurre el encuentro.
Por eso fuimos a preguntar ¿Qué aprende una estudiante cuando conversa con una persona que ha construido buena parte de sus conocimientos a partir de su propia experiencia comunitaria? ¿Qué sucede cuando una problemática deja de aparecer como un dato, una cifra o un concepto y adquiere un nombre, una historia, un territorio y una trayectoria de vida? ¿Qué ocurre cuando los saberes que habitualmente no aparecen en los programas de estudio entran en conversación con los conocimientos universitarios?
Quizá ahí haya algo que observar antes de ponerle una etiqueta.
Una vida no cabe en una estadística
Las comunidades suelen aparecer en los documentos institucionales de maneras bastante ordenadas: población, territorio, actividad económica, problemática ambiental, cantidad de personas afectadas. Pero una gira permite que esa comunidad aparezca de otra manera.
Aparecen las historias. Los recorridos. Las decisiones tomadas durante años. Las preocupaciones cotidianas. Las formas de organizarse. Los conflictos. Los aprendizajes. También aparecen las contradicciones y las preguntas que no tienen una respuesta sencilla.
La experiencia de una persona de comunidad no sustituye los contenidos formales ni pretende convertirse en una nueva autoridad incuestionable. Lo que hace es algo diferente: permite ampliar la mirada sobre aquello que estamos estudiando.
David no llega a la conversación solamente como alguien que “cuenta un caso”. Su trayectoria constituye un saber. Un saber construido caminando el territorio, enfrentando situaciones concretas, conversando con otras personas y participando en procesos comunitarios. Y reconocer eso también es parte del aprendizaje.
¿Quién aprende de quién?
Aquí aparece una pequeña complicación para la idea del adoctrinamiento.
Si una persona estudiante llega a una comunidad, escucha una experiencia, formula preguntas y encuentra respuestas que quizá no había considerado, ciertamente está aprendiendo.
Pero el aprendizaje tampoco termina ahí. Las personas de comunidad también pueden verse interpeladas por las preguntas de quienes llegan desde otros espacios. Al explicar su experiencia, pueden ordenar recuerdos, revisar ideas, ampliar reflexiones o descubrir nuevas preguntas sobre aquello que han vivido.
No se trata entonces de una transferencia de conocimiento en una sola dirección: alguien sabe y alguien aprende.
El encuentro puede producir un aprendizaje de doble vía. Y quizá ahí esté una de las dimensiones más interesantes de estas experiencias: los saberes no aparecen como objetos que una institución posee y entrega, sino como construcciones que pueden encontrarse, contrastarse y enriquecerse cuando distintas personas ponen en común sus experiencias.
Cuando el aula decide salir a caminar
También está la cuestión del lugar. La educación suele imaginarse dentro de determinados espacios: un aula, una universidad, una biblioteca, un laboratorio. Pero aprender también puede ocurrir caminando, visitando una comunidad, escuchando una historia o intentando comprender cómo una problemática se vive desde otro lugar.
La visita puede convertirse en un hecho educativo precisamente porque desplaza la educación de sus espacios habituales. No significa abandonar los contenidos, sino ponerlos en movimiento.
Una problemática ambiental estudiada desde un libro puede adquirir otras dimensiones cuando se escucha a quienes han convivido con ella. Una discusión sobre territorio puede cambiar cuando se reconoce que ese territorio no es solamente una superficie delimitada en un mapa, sino un espacio donde las personas construyen sus vidas. Una conversación sobre participación puede adquirir otro significado cuando se escucha a quienes llevan años intentando organizarse para defender aquello que consideran común.
El territorio no reemplaza al aula. Pero puede hacerle preguntas.
Entonces, ¿adoctrinamos?
Después de hacer la pregunta, no salimos corriendo a buscar una respuesta definitiva.
Tal vez porque el propio encuentro nos dejó otras preguntas.
¿Es adoctrinamiento reconocer que existen saberes construidos fuera de la universidad? ¿Es adoctrinamiento escuchar experiencias que contradicen nuestras propias certezas? ¿Es adoctrinamiento poner en conversación conocimientos diferentes y permitir que quienes participan formulen sus propias preguntas? ¿O será que parte del problema está en imaginar que aprender consiste únicamente en recibir contenidos previamente organizados?
No pretendemos resolver estas preguntas por decreto. Mucho menos desde el Observatorio.
Preferimos seguir preguntando. Porque si algo hemos aprendido en estas experiencias es que educar también puede significar encontrarse con aquello que no sabíamos que íbamos a encontrar.
Y eso puede ser bastante incómodo para cualquiera que espere que la educación funcione como una máquina de respuestas.
Una conversación, no una receta
La conversación entre David y Andrea no pretende representar todas las experiencias comunitarias ni todas las experiencias estudiantiles. Es un encuentro particular, entre personas particulares, en un momento particular.
Precisamente por eso nos interesa. Porque permite mirar la educación desde las trayectorias concretas de quienes participan en ella.
Las personas no llegan vacías a estos encuentros. Llegan con historias, conocimientos, dudas, experiencias y condiciones de vida distintas. Reconocerlo permite comprender que la construcción de saberes también ocurre cuando esas experiencias entran en relación.
Y allí aparece una dimensión política de la educación que no necesita convertir la conversación en una receta: reconocer a las personas como sujetos capaces de interpretar sus realidades, construir conocimientos y participar en la transformación de aquello que viven.
Quizá por eso seguimos saliendo de gira. No porque tengamos todas las respuestas. Sino porque todavía tenemos demasiadas preguntas.