En el aniversario del fallecimiento de Umberto Eco (19 de febrero), su pensamiento vuelve a ofrecer claves profundas para repensar los bienes comunes más allá de lo material. Eco mostró que las sociedades no se sostienen únicamente sobre recursos naturales o infraestructuras, sino sobre sistemas de sentido compartidos: el lenguaje, la memoria, los saberes y los relatos que hacen posible la vida colectiva y la experiencia democrática.
El lenguaje es un bien común porque no pertenece a nadie en particular: se hereda, se transforma y se mantiene vivo en el uso social. Para Eco, en el lenguaje se disputa la forma en que nombramos la realidad y, por tanto, cómo la comprendemos. Cuando el lenguaje se empobrece, se reduce a consignas o se manipula deliberadamente, se limita la capacidad crítica de la ciudadanía. Defender el lenguaje como bien común implica cuidar su pluralidad, su precisión y su potencia para expresar conflictos, matices y alternativas.
La memoria constituye otro bien común fundamental. Archivos, bibliotecas, tradiciones y recuerdos compartidos permiten a una sociedad reconocerse en el tiempo. Eco entendía la memoria no como un simple depósito del pasado, sino como un recurso político que orienta el presente y abre horizontes de futuro. Cuando la memoria colectiva se borra, se fragmenta o se convierte en mercancía, se debilitan los vínculos entre generaciones y se normalizan las injusticias. Cuidar la memoria como bien común es una forma de resistencia frente al olvido impuesto.
Los saberes también son bienes comunes. El conocimiento no surge de manera aislada, sino en diálogo con comunidades, prácticas sociales y tradiciones intelectuales. Eco advirtió sobre los riesgos de la sobreinformación y del falso saber: la acumulación de datos sin comprensión crítica produce ciudadanos saturados, pero políticamente frágiles. Defender los saberes como bienes comunes implica garantizar el acceso, la circulación crítica del conocimiento y el reconocimiento de múltiples formas de saber, más allá de las lógicas del mercado o la tecnocracia.
Los relatos, por su parte, organizan la manera en que una sociedad se explica a sí misma. Mitos, novelas, discursos políticos y narrativas mediáticas configuran imaginarios colectivos. Eco mostró que quien controla los relatos puede moldear percepciones, justificar desigualdades o invisibilizar conflictos. Por eso, la defensa de los bienes comunes pasa también por disputar los relatos dominantes y abrir espacio a narrativas que reconozcan la dignidad, la diversidad y la vida en común.
Sobreinformación y falso saber: cuando saber no es comprender
Uno de los aportes más actuales de Umberto Eco es su advertencia sobre la sobreinformación y el falso saber. Eco señaló que la acumulación masiva de datos, noticias y opiniones no garantiza comprensión ni pensamiento crítico. Por el contrario, puede generar confusión, saturación y una ilusión de conocimiento que debilita la capacidad de discernir, jerarquizar y contrastar información.
En este contexto, el saber deja de ser un bien común orientado a la comprensión colectiva y se transforma en ruido. La circulación constante de información sin criterios, sin mediación pedagógica ni responsabilidad pública, produce sujetos informados pero no necesariamente conscientes. El falso saber —opiniones presentadas como hechos, datos descontextualizados, simplificaciones extremas— erosiona la confianza en el conocimiento y deslegitima los espacios de aprendizaje compartido.
Defender los saberes como bienes comunes implica, entonces, restituir el valor de la interpretación, la duda y el diálogo, frente a la velocidad y el consumo acrítico de información. No se trata de saber más, sino de comprender mejor, colectivamente, el mundo que habitamos.
El desgaste de la democracia cuando se erosionan los bienes comunes simbólicos
La degradación del lenguaje, la memoria, los saberes y los relatos produce un desgaste silencioso de la democracia. Eco advirtió que las democracias no colapsan únicamente por golpes autoritarios, sino también cuando se vacían las condiciones culturales que sostienen la deliberación y la participación. La manipulación del lenguaje sustituye el debate por consignas; la pérdida de memoria colectiva impide reconocer responsabilidades históricas; la mercantilización del saber rompe la igualdad mínima para discutir lo público; y la captura de los relatos define quiénes cuentan y quiénes quedan fuera.
Este desgaste no siempre es visible de inmediato. Las instituciones pueden seguir funcionando, pero la ciudadanía pierde herramientas para comprender, cuestionar y transformar la realidad. La democracia se vuelve procedimental, mientras la vida democrática —el diálogo, el disenso informado, la construcción de sentidos compartidos— se debilita.
Desde esta perspectiva, defender los bienes comunes simbólicos es una tarea política central. Recordar a Umberto Eco es reconocer que sin lenguaje vivo, memoria compartida, saberes accesibles y relatos plurales, la democracia persiste en la forma, pero se erosiona en su contenido, dejando a las sociedades más vulnerables a la manipulación y al autoritarismo cotidiano.
Cuidar lo común para sostener la democracia
A diez años de su fallecimiento, el legado de Umberto Eco sigue siendo una invitación urgente a asumir una responsabilidad colectiva: cuidar los bienes comunes simbólicos como condición de la vida democrática. Lenguaje, memoria, saberes y relatos no son adornos culturales, sino los cimientos desde los cuales una sociedad puede deliberar, disentir y construir horizontes compartidos.
Defender estos bienes implica prácticas cotidianas de lectura crítica, preservación de la memoria, circulación abierta del conocimiento y disputa por narrativas que reconozcan la dignidad de todas las personas. En un contexto de saturación informativa, polarización y mercantilización del sentido, recordar a Eco es recordar que la democracia se sostiene tanto en instituciones como en culturas políticas vivas. Cuidar lo común, hoy, es una forma concreta de defender la posibilidad misma de una democracia con contenido, sentido y futuro.
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Umberto Eco: comunicación, diversidad y democracia cultural – Entrevista UNESCO, 1993. Descargar aquí.
La entrevista de Umberto Eco publicada por En el Correo de la UNESCO amplía y refuerza las ideas desarrolladas en nuestra nota al situar el lenguaje, los signos y la cultura como condiciones básicas de la convivencia democrática. Eco plantea que la semiótica no es un saber especializado para expertos, sino una herramienta cívica que permite comprender cómo se construyen los significados, cómo circula el poder simbólico y cómo se hace posible —o se bloquea— el reconocimiento entre personas y culturas.
A lo largo de la entrevista, Eco destaca varios aportes clave que dialogan directamente con lo que hemos venido comentando:
El lenguaje y la traducción como bienes comunes que permiten el encuentro entre culturas distintas, aun cuando ese encuentro sea siempre imperfecto y conflictivo.
La diversidad cultural como una riqueza que exige interpretación y diálogo, no imposición ni relativismo absoluto.
La educación en la lectura de los signos como base para formar sujetos críticos, tolerantes y capaces de vivir en sociedades plurales.
Una mirada no apocalíptica sobre los medios y la cultura de masas, que reconoce tanto sus riesgos como su potencial pedagógico.
En este marco, la entrevista aporta una clave central para comprender el desgaste de la democracia: cuando se pierde la capacidad de interpretar, traducir y discutir los significados compartidos, la vida democrática se vacía. Por eso, recuperar a Umberto Eco desde este diálogo con la UNESCO es reafirmar que defender el lenguaje, los saberes y los relatos como bienes comunes es una tarea política urgente, especialmente en contextos de sobreinformación, simplificación y polarización del sentido.
