No fue una encíclica ni un discurso solemne. Fue un vaso de agua y una exhalación. Mientras el mundo lo despedía, Francisco alcanzó a decirle a su enfermera: “Gracias, disculpe las molestias”. En esa frase minúscula está resumido todo su pontificado.
Ocurrió en la intimidad de una habitación, en los últimos segundos de vida. El Papa Francisco, ya muy débil, pidió un vaso de agua. Lo bebió. Miró a la enfermera que lo asistía. Y, con la voz que se apagaba, le dijo: “Gracias, disculpe las molestias”. Inmediatamente después, murió en paz.
El Vaticano no difundió ese gesto de inmediato. Lo hizo casi un año después, con la publicación del libro Padre, del periodista Salvatore Cernuzio, donde se reconstruye ese momento a partir de testimonios del entorno más cercano.
La frase conmovió al mundo. No por grandilocuente, sino precisamente por lo contrario: por su pequeñez, por su cotidianidad, por su hondura humana. Quien esperaba un testamento teológico o una última declaración de principios encontró, una vez más, la esencia de Francisco: la convicción de que lo sagrado habita en lo mínimo y de que el encuentro con el otro es el centro de todo.
Dicha en el umbral de la muerte, esa frase condensa lo que él llamó durante años la cultura del encuentro.
¿Qué significa, para una persona humana, decir eso en el último suspiro?
No es cortesía vacía ni un reflejo automático. Es, ante todo, el reconocimiento de que no se vive en soledad. “Gracias” rompe la indiferencia: reconoce que otro me ha sostenido, que otro ha sido don para mí. “Disculpe las molestias” expresa la humildad de quien sabe que ocupar un lugar —incluso un lugar querido— implica una carga para los demás.
Francisco, el Papa que habló de los descartables, de los invisibles, de quienes sobran para el sistema, se coloca aquí en el lugar de quien pide perdón por existir. No por servilismo, sino por coherencia. Porque si el otro es sagrado, entonces mi presencia en su vida no es un derecho automático: es un regalo que debo cuidar y por el que debo agradecer.
La cultura del encuentro: el poliedro frente a la indiferencia
Para comprender por qué esa frase condensa un pontificado, hay que volver a una de las imágenes centrales que Francisco repitió insistentemente: la del poliedro.
Como explica el teólogo Víctor Manuel Fernández en Hacia una cultura del encuentro, Francisco rechaza las lógicas que enfrentan y excluyen. Su horizonte es una sociedad con múltiples facetas, distintas entre sí, pero articuladas en una unidad rica en matices. En el poliedro, nadie sobra. Nadie es descartable. “Aun las personas que pueden ser cuestionadas por sus errores —escribió en Evangelii gaudium— tienen algo que aportar que no debe perderse”.
Frente a esa riqueza, Francisco identificó uno de los males de nuestro tiempo: la cultura de la indiferencia, también llamada cultura del descarte. En una homilía del 13 de septiembre de 2016 en Santa Marta, lo expresó con crudeza: nos hemos acostumbrado a ver el dolor ajeno, decir “qué pena, pobre gente” y seguir de largo. Señaló incluso la vida cotidiana: familias que comparten la mesa mirando el teléfono, donde “cada uno es indiferente al encuentro”. Justo en el núcleo de la sociedad —la familia—, el encuentro se desvanece.
El encuentro se juega en lo pequeño
Frente a esa frialdad, Francisco propuso algo radicalmente simple. En esa misma homilía afirmó: “Si yo no miro —no es suficiente ver—, si yo no me detengo, si yo no toco, si yo no hablo, no puedo hacer un encuentro”.
La cultura del encuentro no necesita cumbres internacionales ni grandes declaraciones. Se construye en gestos mínimos: detenerse, mirar a los ojos, escuchar, tocar, dejarse afectar.
“No sólo viendo sino mirando, no sólo oyendo sino escuchando, no sólo cruzándonos con las personas sino deteniéndonos con ellas, no sólo diciendo ‘¡Qué pena! ¡Pobre gente!’ sino dejándonos llevar por la compasión… para acercarse, tocar y decir ‘no llores’ y dar al menos una gota de vida”.
Ahí se juega todo: en restituir la dignidad concreta de cada persona, especialmente de quienes el sistema descarta. Y eso no se aprende en los libros: se aprende en la vida cotidiana, en la mesa, en la calle, en los vínculos.
El pacto cultural que nace del corazón
Francisco insistió en que no basta con pactos políticos o acuerdos morales. Hace falta algo más profundo: un pacto cultural. Es decir, una decisión compartida de reconocer al otro como otro, con su propia manera de ver, sentir y habitar el mundo.
“Se trata —escribe Fernández— de reconocerle al otro el derecho de ser él mismo y de ser diferente”.
Esto implica afirmar que la dignidad no depende de la utilidad, la eficiencia o la productividad. “El solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menor desarrollo —dice Francisco en Evangelii gaudium— no justifica que algunas personas vivan con menor dignidad”.
“Gracias, disculpe las molestias”: la cultura del encuentro llevada al extremo
A la luz de todo esto, aquella última frase adquiere una profundidad mayor. Francisco no la pronunció para la historia. La dijo en voz baja, para una sola persona, en el momento más frágil de su vida. Y allí, sin cámaras ni discursos, vivió lo que enseñó.
“Gracias”: porque reconoció que esa mujer, anónima y concreta, era en ese instante lo más importante.
“Disculpe las molestias”: porque asumió que su presencia —aunque amada— también implica una carga, y pidió perdón por ella.
Ese gesto mínimo es la cultura del encuentro en estado puro. No como teoría, sino como vida encarnada.
Nos queda la tarea
Francisco se fue pidiendo agua, agradeciendo y pidiendo perdón. Con ese susurro, mostró que la cultura del encuentro no es una ideología ni una estrategia, sino una práctica cotidiana que se ejercita incluso —y sobre todo— en la fragilidad.
La pregunta queda abierta: ¿seremos capaces de vivir esa cultura del encuentro? ¿O seguiremos atrapados en la indiferencia, mirando el teléfono mientras el otro espera, a nuestro lado, una mirada?
Como escribió en su mensaje al pueblo argentino del 30 de septiembre de 2016, se trata de entregar lo mejor de nosotros mismos “para mejorar, crecer, madurar”. Eso —añadió— nos permitirá construir una cultura del encuentro que supere la lógica del descarte.
Gracias, Francisco. Y disculpe las molestias. Nunca lo fueron.
¿Por qué un Observatorio de Bienes Comunes habla del Papa Francisco?
A primera vista, podría parecer extraño. Un Observatorio de Bienes Comunes —dedicado a pensar el agua, la tierra, los territorios, la organización comunitaria— deteniéndose en las últimas palabras de un Papa. Pero la pregunta es otra: ¿cómo no hacerlo?
Francisco no habló de los bienes comunes como categoría técnica, pero sí nombró —una y otra vez— aquello que los sostiene: la dignidad compartida, la interdependencia y la responsabilidad con los otros y con la vida. Cuando denunció la “cultura del descarte”, estaba señalando el mismo problema que atraviesa las luchas por los bienes comunes: un sistema que convierte lo vivo en objeto, que mercantiliza el agua, la tierra y los cuerpos, y que vuelve prescindibles a comunidades enteras.
La cultura del encuentro, en este sentido, no es un concepto abstracto. Es una práctica profundamente política y territorial. Implica reconocer que nadie se salva solo, que la vida es en común y que lo que cuidamos —una naciente, un bosque, una memoria, un vínculo— no nos pertenece individualmente, sino que nos constituye colectivamente.
Cuando Francisco insiste en mirar, detenerse, tocar, escuchar, está nombrando también las condiciones mínimas para cuidar lo común. No hay defensa de los bienes comunes sin encuentro. No hay organización comunitaria sin vínculos. No hay justicia territorial sin reconocer al otro —humano y no humano— como digno.
Por eso este Observatorio se detiene en una frase tan pequeña. Porque en “gracias, disculpe las molestias” hay una ética del cuidado que desborda lo religioso y se vuelve profundamente política: reconocer que dependemos de otros, que nuestra vida afecta a otros, y que habitar el mundo exige responsabilidad.
Hablar de Francisco, entonces, no es un gesto devocional. Es una apuesta por pensar, desde otro lugar, cómo reconstruimos lo común en tiempos de fragmentación. Porque tal vez la defensa de los bienes comunes comienza ahí: en la capacidad de encontrarnos, de reconocernos y de no darnos por descartables.
Referencias:
Papa Francisco. (2016, septiembre 13). Por una cultura del encuentro. Homilía. Misas matutinas en la capilla de la Domus Sanctae Marthae. L’Osservatore Romano.
Fernández, V. M., & Espeche Gil, V. (s. f.). El papa Francisco y la cultura del encuentro. América Latina. Pontificia Comisión para América Latina.
