El pasado 4 de mayo, en las inmediaciones del río Agualote, en Grecia, distintas organizaciones, instituciones públicas, empresa privada y comunidad se encontraron para colocar un rótulo. A simple vista, podría parecer un gesto menor: otro objeto más en el paisaje. Sin embargo, detenerse en su sentido revela algo distinto.
Porque la pregunta insistía en el aire —¿por qué un rótulo más?— y la respuesta no fue única, pero sí compartida: este no es un rótulo más.
Este rótulo condensa un proceso. Es el resultado de años de trabajo comunitario, de investigación universitaria, de articulación entre actores diversos que han decidido no mirar hacia otro lado frente al deterioro de la microcuenca del río Agualote. Es, también, una forma de traducir conocimiento científico —sobre calidad del agua, biodiversidad, impactos de las actividades humanas— en un lenguaje accesible, situado en el mismo territorio donde ese conocimiento cobra sentido.
Pero ese gesto concreto —instalar un rótulo— abre preguntas más amplias sobre cómo se construye el cuidado y, particularmente, cómo se aprende a cuidar.
La educación ambiental no es una sola: una matriz de prácticas en movimiento
La colocación del rótulo en el río Agualote permite recordar algo clave: la educación ambiental no ocurre de una única forma, ni se limita al aula o a campañas formales. Es un campo diverso de prácticas que se entrelazan en el territorio, combinando conocimiento, experiencia, sensibilidad y acción colectiva.
En este sentido, el rótulo no aparece como un elemento aislado, sino como parte de una ecología de aprendizajes. Para comprenderlo mejor, se puede ubicar dentro de una matriz más amplia de formas de educación ambiental:
| Modos de educación ambiental | ¿Dónde ocurre? | ¿Cómo se activa? | Aporte principal | Relación con el rótulo |
|---|---|---|---|---|
| Educación formal | Aulas, universidades | Programas, cursos, investigación | Producción sistemática de conocimiento | El rótulo traduce y territorializa estos contenidos científicos |
| Educación comunitaria | Barrios, organizaciones locales | Procesos colectivos, memoria, participación | Construcción de conciencia situada y compromiso | El rótulo visibiliza luchas y procesos comunitarios en curso |
| Educación vivencial | Ríos, montañas, recorridos | Experiencia directa con la naturaleza | Genera vínculo afectivo y sentido de pertenencia | El rótulo invita a detenerse, mirar y reconocer el río como experiencia viva |
| Educación comunicativa | Medios, redes, campañas | Difusión de información, narrativas | Amplía alcance y sensibilización | El rótulo es un medio físico que interrumpe la rutina y comunica en el territorio |
| Educación para la acción | Jornadas, voluntariado, incidencia | Limpiezas, monitoreo, organización | Promueve corresponsabilidad y acción concreta | El rótulo es resultado de esa acción y a la vez la convoca |
| Educación desde la ciencia ciudadana | Comunidades + conocimiento técnico | Observación, monitoreo participativo | Democratiza el conocimiento científico | El rótulo traduce indicadores (como biodiversidad) para que la gente los apropie |
| Educación simbólica | Espacio público, cultura | Signos, imágenes, intervenciones | Construye sentidos y disputas culturales | El rótulo actúa como símbolo de cuidado y articulación social |
Clave de lectura: El rótulo no reemplaza otras formas de educación ambiental, sino que las articula. Funciona como un punto de encuentro entre saberes, prácticas y actores diversos. Es, al mismo tiempo, resultado de procesos educativos previos y dispositivo que activa nuevos aprendizajes.
Volviendo al gesto inicial, en un contexto donde la información suele circular de forma fragmentada, digital y efímera, colocar un rótulo es también una decisión política: anclar el conocimiento en el espacio, hacerlo visible, interpelar a quienes pasan. Es interrumpir la velocidad cotidiana para recordar que ahí, debajo del puente, hay un río. Un río que vive, que sostiene biodiversidad, pero que también “está en problemas” y requiere cuidado.
El rótulo, entonces, no solo informa: convoca.
Convoca a reconocer que los ríos son bienes comunes. Que su deterioro no es un accidente aislado, sino el resultado de prácticas sociales —vertidos, residuos, urbanización— que nos involucran a todas las personas. Y que, del mismo modo, su recuperación tampoco puede recaer en una sola institución. Requiere de acción colectiva, de corresponsabilidad, de articulación.
Por eso, el rótulo también es símbolo.
Es símbolo de una alianza poco frecuente pero necesaria: universidad, comunidad, sector privado y organizaciones locales trabajando juntas. Es memoria de un esfuerzo compartido —desde quien investiga hasta quien cava el hueco para colocarlo— y evidencia de que el cuidado no es un discurso abstracto, sino una práctica concreta, situada y sostenida en el tiempo.
Incluso en su aparente contradicción —ser parte de la “contaminación visual” que muchas veces criticamos— el rótulo abre una pregunta clave: ¿qué tipo de intervenciones en el espacio público son necesarias hoy para disputar la indiferencia?
Aquí, la respuesta es clara: aquellas que informan, que sensibilizan, que invitan a actuar.
El rótulo del río Agualote no busca decorar. Busca incomodar, alertar, conectar. Busca que quien lo vea entienda que ese río no es ajeno, que su estado refleja nuestras decisiones y que todavía estamos a tiempo.
Porque cuidar una cuenca no empieza en grandes políticas, sino en pequeños gestos que construyen conciencia.
Y a veces, el cuidado también se escribe en un rótulo.
Estar: el valor de lo colectivo en lo cotidiano
Hay algo que no siempre queda registrado en los informes ni en los resultados visibles, pero que sostiene procesos como este: la presencia.
El día de la colocación del rótulo no fue solo una acción técnica. Fue un espacio habitado. Personas que llegaron, aunque fuera por unos minutos, se encontraron, conversaron, se reconocieron. Algunas cavaron, otras sostuvieron el rótulo, otras dieron opiniones, otras estuvieron pendientes de que el proceso avanzara bien. Hubo quienes cuidaron que nadie se lastimara, quienes observaron con atención el entorno, incluso quienes se detuvieron a proteger la vida que ya estaba ahí, como esa iguana que también forma parte del río.
Ese conjunto de gestos, aparentemente pequeños, es fundamental.
Porque los bienes comunes no se sostienen únicamente con grandes políticas o proyectos de largo plazo. Se sostienen también en estas prácticas cotidianas de cuidado: en estar, en acompañar, en prestar atención, en hacerse cargo, aunque sea por un momento.
Participar en estos espacios colaborativos no exige siempre grandes compromisos individuales. A veces basta con llegar, mirar, ayudar en lo que se pueda. Pero ese “poco” suma. Construye confianza, teje relaciones, fortalece la posibilidad de actuar colectivamente.
Además, estos espacios permiten algo que no siempre ocurre en otros ámbitos: encontrarnos desde distintos lugares —instituciones, comunidades, profesiones— y reconocernos como parte de un mismo problema, pero también de una misma posibilidad de solución.
Estar ahí, entonces, no es secundario. Es parte del proceso.
Porque en el cuidado de una cuenca, como en el cuidado de la vida en común, no solo importa lo que se hace, sino quiénes están, cómo se encuentran y qué vínculos se construyen en el camino.
Y a veces, transformar una realidad comienza simplemente por eso: por hacerse presente.
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