Durante más de dos siglos, la Carta de Jamaica ha sido leída como un manifiesto de la independencia latinoamericana o como un texto precursor del ideal de unidad continental. Sin embargo, su vigencia no radica únicamente en las respuestas que ofrece, sino en la forma en que nos invita a pensar la realidad política de América Latina y el Caribe.
Bolívar escribe esta carta en septiembre de 1815, no desde el triunfo, sino desde la derrota. La Segunda República de Venezuela ha sido derrotada, los ejércitos patriotas se encuentran dispersos y él permanece exiliado en Kingston, Jamaica. Todavía no es el Libertador que la historia convertirá en símbolo continental. Es un dirigente político que intenta comprender por qué fracasó la revolución y cuáles son las condiciones necesarias para que los pueblos americanos puedan construir un horizonte propio.
En tiempos de incertidumbre, Bolívar no responde con consignas. Responde con preguntas. Intenta comprender América desde su propia realidad y no desde las categorías políticas elaboradas por las potencias de su época.
Quizá allí radique la mayor actualidad de la Carta de Jamaica.
Cuando las potencias vuelven a definir las amenazas del continente
La relectura de la Carta de Jamaica adquiere un nuevo significado a partir de acontecimientos recientes. En julio de 2026, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, convocó a representantes de más de sesenta países a una reunión ministerial con el propósito de construir una estrategia internacional frente al denominado «terrorismo de extrema izquierda». Durante el encuentro, Rubio sostuvo que movimientos comunistas, marxistas, anarquistas, antifascistas y antiimperialistas forman parte de una amenaza transnacional que exige fortalecer la cooperación internacional en materia de inteligencia, intercambio de información, persecución financiera y coordinación policial.
El principal asesor de la Casa Blanca, Stephen Miller, reforzó ese discurso al afirmar que la «extrema izquierda» representa un «cáncer mortal para la civilización» y que las democracias deben defenderse con la misma determinación con la que una familia protege su hogar frente a un invasor. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció además el fortalecimiento de mecanismos para supervisar organizaciones sin fines de lucro que, según el gobierno estadounidense, podrían ser utilizadas para financiar estas redes.
Más allá del contenido específico de estas afirmaciones, el encuentro expresa un cambio de mayor alcance. No se trata únicamente de una política interna de Estados Unidos, sino de un intento por construir una arquitectura internacional de seguridad que invite a otros gobiernos a compartir una misma definición de terrorismo, extremismo y amenaza política.
Diversos exfuncionarios del propio Departamento de Estado cuestionaron esta orientación. Señalaron que la estrategia responde más a prioridades políticas de la administración Trump que a la evaluación realizada por los organismos especializados en contraterrorismo, los cuales han advertido que otras formas de violencia extremista continúan representando riesgos significativamente mayores.
Sin embargo, más allá del debate sobre el diagnóstico de seguridad, emerge una pregunta de enorme relevancia para América Latina y el Caribe: ¿Quién tiene el poder de definir cuáles son las amenazas del mundo?
Las categorías nunca son neutrales. Nombrar un actor como «terrorista» o «extremista» no solo describe una realidad; también produce consecuencias políticas. Permite reorganizar presupuestos públicos, ampliar mecanismos de vigilancia, fortalecer la cooperación policial internacional, justificar reformas legales y redefinir las prioridades de los Estados.
La pregunta, entonces, trasciende la coyuntura estadounidense. Lo que está en discusión es quién produce los marcos desde los cuales se interpreta la realidad política internacional. Y es precisamente allí donde la Carta de Jamaica vuelve a cobrar sentido.
La Carta de Jamaica: un antecedente del pensamiento antiimperialista latinoamericano
Aunque fue escrita varias décadas antes de que el concepto de imperialismo adquiriera el significado político y económico con el que hoy lo conocemos, la Carta de Jamaica constituye uno de los antecedentes más importantes del pensamiento antiimperialista latinoamericano.
Su aporte no consiste únicamente en denunciar la dominación colonial española. Su mayor originalidad radica en desplazar el lugar desde donde se piensa el continente.
Hasta entonces, América aparecía fundamentalmente como objeto de las decisiones imperiales. Bolívar rompe con esa lógica. Propone comprender el continente desde las necesidades, las contradicciones y las aspiraciones de sus propios pueblos. Ese desplazamiento constituye un verdadero cambio epistemológico y político.
La pregunta deja de ser qué necesita Europa para conservar el orden colonial y pasa a ser qué necesitan los pueblos americanos para construir sociedades libres, instituciones propias y formas de organización capaces de sostener su autonomía.
Este gesto intelectual será retomado posteriormente por buena parte del pensamiento crítico latinoamericano. José Martí denunciará el expansionismo estadounidense; José Carlos Mariátegui reivindicará la necesidad de un socialismo indoamericano; Juan Bosch analizará las nuevas formas de dominación imperial en el Caribe; Pablo González Casanova estudiará el colonialismo interno; Eduardo Galeano mostrará las estructuras históricas del saqueo continental.
Todos ellos, desde contextos distintos, compartirán una intuición ya presente en Bolívar: la emancipación política también requiere emancipación intelectual. Pensar desde América y el Caribe significa construir nuestras propias categorías para comprender el mundo y no limitarse a reproducir aquellas elaboradas por los centros de poder.
Pensar desde América
La Carta de Jamaica no propone el aislamiento de América Latina ni rechaza el diálogo con el mundo. Lo que cuestiona es otra cosa: la incapacidad de los pueblos para interpretar su propia realidad con categorías propias.
Dos siglos después, América Latina y el Caribe enfrentan desafíos profundamente distintos a los de 1815, pero igualmente complejos: desigualdad, concentración de la riqueza, endeudamiento, privatización de bienes públicos, crisis climática, conflictos socioambientales, expansión del extractivismo, militarización de territorios, migraciones forzadas, transformación tecnológica y nuevas disputas geopolíticas.
Sin embargo, buena parte de las agendas públicas continúan organizándose alrededor de prioridades definidas fuera de la región.
La seguridad, la democracia, el desarrollo, la transición energética, la inteligencia artificial, la lucha contra el narcotráfico o la definición misma del terrorismo suelen llegar a nuestros países como categorías previamente elaboradas por los principales centros de poder global.
La pregunta que Bolívar nos deja continúa siendo profundamente incómoda: ¿Estamos interpretando nuestra realidad desde nuestras propias experiencias históricas o seguimos leyendo América Latina con conceptos construidos para responder a otros intereses y otras geografías?
La unidad como construcción política
En uno de los pasajes más conocidos de la Carta, Bolívar afirma que la unión de los pueblos americanos no llegará por milagros ni por providencia, sino por «efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos».
La unidad, entonces, no constituye un destino inevitable ni una consecuencia automática de compartir una historia común. Es una tarea política. Implica construir instituciones regionales, fortalecer la cooperación entre pueblos, defender los bienes comunes, intercambiar conocimientos, desarrollar capacidades científicas propias y ampliar los márgenes de soberanía frente a un escenario internacional cada vez más disputado.
En un contexto donde las grandes potencias buscan reorganizar las agendas de seguridad, la integración latinoamericana deja de ser solamente un ideal histórico para convertirse en una condición de autonomía política.
Un método para leer el presente
La mayor vigencia de la Carta de Jamaica probablemente no resida en sus predicciones, muchas de las cuales respondieron a las limitaciones de su tiempo. Su verdadera actualidad consiste en el método político que inaugura.
Bolívar escribe desde el exilio, desde la derrota y desde la incertidumbre. En lugar de aceptar las explicaciones producidas por los centros de poder, decide construir un diagnóstico propio sobre la realidad americana.
Quizá esa sea la principal enseñanza que la Carta ofrece al siglo XXI. En momentos en que las grandes potencias vuelven a disputar el significado de la democracia, la seguridad, el terrorismo, el desarrollo o la integración regional, la Carta de Jamaica nos recuerda que la primera condición de cualquier proyecto emancipador consiste en recuperar la capacidad de pensar América Latina y el Caribe desde América Latina y el Caribe.
No como un ejercicio de aislamiento ni como una reivindicación romántica del pasado, sino como una práctica permanente de autonomía intelectual y política. Porque la soberanía no se limita al control del territorio o de las instituciones. También implica la capacidad de producir nuestras propias preguntas, nombrar nuestros propios problemas y construir colectivamente los horizontes de futuro para los pueblos de América Latina y el Caribe.
La Carta de Jamaica como caja de herramientas para pensar América Latina y el Caribe
| Herramienta de lectura | ¿Qué plantea Bolívar? | ¿Qué pregunta nos deja para el siglo XXI? | Ejemplos de la coyuntura latinoamericana y caribeña |
|---|---|---|---|
| Pensar desde nuestra realidad | América no puede copiar modelos europeos; debe comprender sus propias condiciones históricas. | ¿Estamos interpretando nuestros problemas desde nuestras realidades o desde categorías construidas por otras potencias? | Seguridad, democracia, desarrollo, transición energética, inteligencia artificial, migración y crimen organizado suelen debatirse desde agendas externas. |
| La independencia como proceso permanente | La emancipación no termina con expulsar al imperio; comienza el desafío de construir instituciones propias. | ¿Qué nuevas formas de dependencia existen hoy? | Endeudamiento, tratados comerciales, dependencia tecnológica, plataformas digitales, corporaciones extractivas, control financiero internacional. |
| Leer el poder | La dominación no es solamente militar; también es política, económica y cultural. | ¿Quién define hoy las reglas del juego internacional? | Disputa geopolítica entre Estados Unidos y China, organismos financieros, empresas tecnológicas, industrias militares y energéticas. |
| Nombrar las amenazas | Los imperios justifican sus acciones construyendo enemigos. | ¿Quién define actualmente qué es terrorismo, extremismo, seguridad o estabilidad? | Criminalización de movimientos sociales, nuevas doctrinas de seguridad hemisférica, expansión de políticas antiterroristas, vigilancia digital. |
| Pensar críticamente las categorías | Bolívar no acepta las interpretaciones de la monarquía española; construye su propio diagnóstico. | ¿Qué conceptos utilizamos para comprender América Latina? | Desarrollo, gobernabilidad, inversión, modernización, resiliencia, seguridad nacional, democracia, populismo. |
| Unidad latinoamericana | La unión no es un ideal romántico, sino una necesidad política. | ¿Qué formas de integración necesita hoy América Latina y el Caribe? | Cooperación sanitaria, integración energética, defensa de bienes comunes, ciencia abierta, soberanía alimentaria, movilidad humana. |
| La organización como condición de la libertad | La unidad no llegará «por prodigios divinos, sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos». | ¿Qué organizaciones sociales, comunitarias y regionales hacen posible la democracia? | Redes territoriales, movimientos campesinos, organizaciones indígenas, feministas, sindicatos, universidades públicas y articulaciones regionales. |
| La diversidad de América | Bolívar reconoce que el continente no constituye una realidad homogénea; existen historias, territorios e intereses distintos. | ¿Cómo construir unidad respetando la diversidad? | Plurinacionalidad, pueblos afrodescendientes, pueblos indígenas, Caribe insular, Amazonía, Centroamérica, migraciones. |
| Pensar desde las derrotas | La Carta nace del exilio y del fracaso político, no de la victoria. | ¿Cómo producir pensamiento crítico en tiempos de crisis? | Retrocesos democráticos, ofensivas autoritarias, debilitamiento de la integración regional, conflictos socioambientales, privatización de bienes públicos. |
| Imaginar futuros | Bolívar no solo analiza el presente; propone horizontes posibles para América. | ¿Qué proyecto de futuro queremos construir para la región? | Justicia climática, transición ecológica justa, bienes comunes, economías solidarias, soberanía tecnológica y democratización del conocimiento. |
Referencias:
Bolivar, Simón (1815). Carta de Jamaica.
Hansler, Jennifer (2026). Miller y Rubio presentan a la extrema izquierda como amenaza clave para EE.UU. CNN en Español.
La Jornada. (2026). Convoca Marco Rubio a 60 países a cumbre contra la «extrema izquierda». La Jornada
Esta nota web forma parte de la colección Los Herejes de lo Común, una serie de cuadernos de antigeopolítica y antiimperialismos publicados por el Observatorio de Bienes Comunes de la Universidad de Costa Rica.
