“Perdón por interrumpir su pluralidad, querida Universidad. Koro-sensei solo tiene una pequeña pregunta: ¿qué significa hablar de libertad académica mientras la Universidad de al-Azhar de Gaza queda reducida a esto?”
Querida Universidad de Costa Rica:
He leído sus comunicados. Todos. Incluso aquellos que contienen palabras tan bonitas como autonomía, pluralidad, libertad académica, coexistencia y pensamiento crítico. Son palabras importantes. En mi planeta también nos gustan mucho, pero tengo una pequeña dificultad para entender algo.
Usted dice que la Universidad debe ser un espacio donde distintas corrientes de pensamiento puedan encontrarse. Dice que las presiones externas no deberían condicionar sus decisiones académicas. Dice que la pluralidad no significa neutralidad. Y ahora, además, ha dicho algo que merece ser reconocido: que la Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas determinó la responsabilidad del Estado de Israel en la comisión de genocidio en Gaza.
Muy bien.
Entonces Koro-sensei tiene una pregunta: ¿por qué cuando hablamos de libertad académica alrededor de Palestina parece que la Universidad empieza a hablar de sí misma y deja de hablar del mundo que hizo necesaria esa discusión?
Porque en Gaza hay un genocidio en marcha. Y mientras ustedes discuten si una conferencia debe tener un espacio en un auditorio universitario, las universidades palestinas han sido destruidas y las condiciones materiales para enseñar, estudiar e investigar han sido devastadas. Naciones Unidas y distintos organismos internacionales han documentado la destrucción sistemática de infraestructura educativa y el colapso de las condiciones necesarias para sostener la educación palestina.
Es una imagen difícil de ignorar. Aquí discutimos quién ocupa un auditorio. Allá se destruyen los lugares donde una sociedad estudia. Aquí defendemos la libertad académica como principio. Allá se destruyen las condiciones materiales que permiten ejercerla.
Quizá por eso me cuesta aceptar que todo esto pueda presentarse simplemente como una discusión entre dos perspectivas sobre Gaza.
Porque las perspectivas no llegan a la Universidad caminando solitas, como si fueran dos estudiantes puntuales que se encontraron por casualidad en la entrada. Llegan acompañadas de poder. Llegan acompañadas de historia. Llegan acompañadas de instituciones, dinero, gobiernos, ejércitos, policías, universidades, medios de comunicación, procedimientos disciplinarios y campañas públicas. Y también llegan acompañadas de silencios.
La Academic Freedom Initiative de la Middle East Studies Association mantiene un registro de represalias laborales vinculadas con expresiones y actividades relacionadas con Palestina. Su base documenta 170 acciones de represalia en Norteamérica desde octubre de 2023, entre ellas 64 pérdidas de empleo y 44 suspensiones, además de censuras oficiales, revisiones administrativas y otras medidas. No estamos hablando de personas que simplemente recibieron una invitación a debatir. Estamos hablando de personas que perdieron condiciones concretas para trabajar dentro de la academia.
En 2024, la Relatora Especial de Naciones Unidas sobre libertad de expresión registró más de 2.000 detenciones en campus universitarios estadounidenses durante las protestas relacionadas con Gaza. Estudiantes y docentes fueron suspendidos, investigados, desalojados de viviendas universitarias y, en algunos casos, estudiantes extranjeros enfrentaron amenazas de deportación. El dato importa porque nos obliga a ampliar la conversación: la libertad académica no solamente está en juego cuando una institución decide qué conferencia organizar. También está en juego cuando una persona descubre que participar en una protesta puede costarle su permanencia en la universidad, su empleo o incluso su derecho a permanecer en el país.
Y mientras todo esto ocurre en universidades estadounidenses y europeas, tampoco podemos mirar hacia otro lado cuando hablamos del propio Estado de Israel. Adalah documentó 124 estudiantes palestinos sometidos a procedimientos disciplinarios en al menos 36 instituciones de educación superior israelíes por expresiones relacionadas con Gaza. Según su registro, 47 % de esos procedimientos terminaron en suspensión o expulsión, y la organización documentó además el respaldo público de autoridades israelíes a medidas contra estudiantes por sus expresiones políticas. La Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas también ha registrado medidas disciplinarias contra estudiantes y personal académico por expresiones vinculadas con la población palestina y con la guerra.
Entonces Koro-sensei vuelve a preguntar: ¿estamos realmente ante dos opiniones que simplemente necesitan un micrófono?
Porque una cosa es abrir un espacio de discusión y otra muy diferente es fingir que todas las personas llegan a ese espacio desde posiciones equivalentes. Una persona llega al auditorio; otra llega después de haber sido suspendida. Una tiene una invitación institucional; otra tiene un expediente disciplinario. Una puede hablar desde una plataforma; otra ha aprendido que hablar puede costarle el trabajo. Una universidad abre sus puertas; otra universidad ya no existe.
¿Y después llamamos a todo esto pluralidad?
No estamos diciendo que una universidad deba prohibir una conferencia. Precisamente al contrario. Lo que estamos preguntando es por qué la defensa de la libertad académica aparece tan rápidamente cuando se trata de proteger un espacio institucional, pero parece adquirir menos urgencia cuando hablamos de quienes han sido sancionados, despedidos, expulsados o criminalizados por hablar sobre Palestina.
La pregunta no es si alguien tiene derecho a hablar. La pregunta es qué condiciones permiten que unas personas hablen sin consecuencias y otras tengan que calcular el precio de hacerlo.
Porque ahí es donde la palabra pluralidad puede convertirse en una trampa. Dos personas pueden sentarse frente a frente en una mesa y, sin embargo, no ocupar posiciones equivalentes. Una puede hablar desde la legitimidad de un Estado; otra desde una población sometida a ocupación y destrucción. Una puede contar con instituciones que protegen su discurso; otra puede encontrarse frente a un procedimiento disciplinario. Una puede llegar con el respaldo de una organización; otra puede llegar después de perder su empleo.
La mesa puede parecer perfectamente equilibrada.
La historia que hizo posible que esas dos personas llegaran a la mesa no lo está.
Y eso es precisamente lo que la descontextualización consigue ocultar.
Aquí Koro-sensei tiene una sospecha. Quizá una Universidad puede despolitizarse incluso cuando habla constantemente de política.
Sí, lo sé. Parece un trabalenguas.
Pero mirémoslo con calma.
Un genocidio puede convertirse en una conferencia. La ocupación puede convertirse en “el conflicto”. La censura puede convertirse en “presiones externas”. La criminalización puede convertirse en “controversia”. La desigualdad de poder puede convertirse en “dos perspectivas”.
Y entonces la Universidad puede seguir haciendo algo que parece profundamente académico: organizar mesas, invitar especialistas, publicar comunicados y defender la pluralidad.
Todo perfectamente ordenado. Todo perfectamente institucional. Todo perfectamente despolitizado.
Porque el problema ya no es quién tiene poder.
El problema pasa a ser quién tiene permiso para hablar sobre el poder.
Y aquí llegamos a algo que el Observatorio quiere poner sobre la mesa: quizá no estamos solamente frente a un aparato de “discusión académica”. Estamos frente a un entramado mucho más amplio que interviene en la producción de los límites de lo que puede decirse, investigarse y enseñarse sobre Palestina.
No hace falta imaginar una oficina secreta donde alguien se sienta frente a una computadora y escriba: “Hoy construiremos consenso”. La construcción del consenso puede funcionar de maneras mucho más ordinarias. Un gobierno presiona. Una universidad investiga. Una policía entra al campus. Una administración suspende. Un empleador despide. Una organización denuncia. Un medio etiqueta. Un estudiante se autocensura. Un docente evita un tema. Una publicación deja de circular.
Y finalmente una institución abre un auditorio y dice: “Aquí tenemos dos perspectivas.”
La mesa aparece al final de un proceso que ya decidió, muchas veces, quién podía llegar hasta ella.
Por eso preferimos hablar de una industria de construcción de consenso como una lectura crítica de estos mecanismos, no como si existiera una única organización que los coordinara. Lo que existe y puede documentarse son los distintos engranajes: sanciones, despidos, arrestos, investigaciones, presiones políticas, vigilancia, restricciones y destrucción de infraestructura educativa. Lo que nos corresponde hacer es preguntarnos qué producen cuando funcionan juntos.
Y aquí aparece Israel.
La palabra equidistancia se vuelve especialmente problemática cuando se utiliza para describir un escenario en el que las posiciones no son equivalentes. No basta con mencionar a Israel una vez, reconocer su responsabilidad en el genocidio y después regresar a una conversación abstracta sobre pluralidad.
Israel no es simplemente una de las “partes” de una discusión académica. Es un Estado con un aparato militar, instituciones, capacidad diplomática y políticas que afectan directamente las condiciones de vida y las posibilidades de expresión de la población palestina. También es un Estado cuyas instituciones han intervenido sobre estudiantes y docentes que expresan solidaridad con Gaza.
Esto importa. No para impedir que personas israelíes, judías o defensoras de las políticas israelíes hablen. Importa para entender desde qué relaciones de poder se produce la conversación.
Porque si la Universidad dice que no es neutral, entonces tampoco debería presentar como neutral el contexto en el que esas voces llegan a su espacio.
No es lo mismo una crítica desde una institución poderosa que una denuncia desde una población sometida a una violencia estatal masiva. No es lo mismo defender una política de Estado que denunciar sus consecuencias desde quienes las padecen. Reconocer esa diferencia no significa cancelar el debate.
Significa hacerlo inteligible.
Querida Universidad, aquí aparece otra pregunta que quizá sea todavía más incómoda: ¿dónde están las universidades palestinas en esta conversación?
Porque si la libertad académica es realmente un principio universal, no debería empezar y terminar en el momento en que una universidad costarricense abre el Zoom de una conferencia.
La libertad académica también debería importarnos cuando una universidad palestina es destruida. Cuando un estudiante palestino es disciplinado por hablar. Cuando un docente pierde su trabajo. Cuando una persona es detenida. Cuando una investigación se vuelve políticamente incómoda. Cuando alguien aprende que el precio de hablar puede ser demasiado alto.
Ahí también está la Universidad.
Aunque no esté físicamente allí.
Y entonces llegamos a una paradoja que quizá merezca mucha más atención. Mientras en nuestros campus discutimos quién puede hablar sobre Gaza, en Gaza se destruyen las condiciones materiales para estudiar, investigar, enseñar y producir conocimiento. Mientras aquí defendemos el derecho de distintas posiciones a ocupar un auditorio, allí se destruyen universidades. Mientras aquí discutimos pluralidad, allá se destruyen bibliotecas, laboratorios y espacios de aprendizaje.
¿Qué significa entonces hablar de libertad académica sin hablar de la destrucción de la universidad palestina?
No queremos quitarle su puerta.
Queremos que deje de mirarla como si fuera todo el edificio.
Abra la puerta. Invite. Debata. Escuche. Confronte. Pero no nos diga que el mundo comienza cuando se abre el auditorio.
Porque antes de esa puerta hay un genocidio. Hay una población palestina sometida a una violencia devastadora. Hay universidades destruidas. Hay estudiantes sancionados. Hay docentes despedidos. Hay personas detenidas. Hay investigaciones disciplinarias. Hay policías entrando a campus. Hay instituciones que presionan. Hay discursos que criminalizan. Hay personas que se autocensuran. Y hay una enorme disputa por quién tiene derecho a producir conocimiento sobre Palestina.
Por eso, querida Universidad, la pregunta no es si queremos discusión académica.
La queremos.
La pregunta es si queremos una discusión académica que despolitice aquello que está intentando comprender.
Porque una universidad que elimina las relaciones de poder de su análisis puede parecer muy plural, pero termina siendo profundamente despolitizada.
Y una universidad despolitizada frente a un genocidio corre el riesgo de convertirse, sin quererlo, en algo mucho más cómodo que una institución crítica: un lugar donde el conflicto puede discutirse siempre que las condiciones que lo producen permanezcan fuera de la sala.
Atentamente,
Koro-sensei
Profesor temporal del Observatorio de Bienes Comunes, especialista en abrir preguntas donde las instituciones prefieren cerrar puertas.
P.D. Estimada Universidad: no se preocupe. No voy a destruir su edificio. Ya hay demasiados edificios destruidos en Gaza. Mi especialidad es otra: hacer preguntas hasta que la pared institucional empiece a mostrar sus grietas.
Referencia:
Adalah – The Legal Center for Arab Minority Rights in Israel. (2024). Repression of Palestinian students in Israeli universities and colleges. Adalah. https://www.adalah.org/en/content/view/11331
Adalah – The Legal Center for Arab Minority Rights in Israel. (2026, September 7). Apartheid in Israeli academia: Palestinian students after 7 October 2023. Adalah. https://www.adalah.org/en/content/view/11693
Khan, I. (2024). Global threats to freedom of expression arising from the conflict in Gaza (A/79/319). United Nations, Human Rights Council.
Middle East Studies Association Academic Freedom Initiative. (2026, August 20). Employment retaliation database. MESA Academic Freedom Initiative. https://afi.mesana.org/data-insight/employment-retaliation-database/
Michie, I., & Benton, A. (2025, June 7). All universities in Gaza have been destroyed. What does this mean for Palestinians? ABC News. https://www.abc.net.au/news/2025-06-07/gaza-lost-generation-of-students-academic-say/105379150
Shaheed, F. (2024). Academic freedom and expression: Navigating challenges in Gaza, Palestine, and beyond (A/HRC/56/58). United Nations, Human Rights Council.
United Nations Independent International Commission of Inquiry on the Occupied Palestinian Territory, including East Jerusalem, and Israel. (2025). Report of the Independent International Commission of Inquiry on the Occupied Palestinian Territory, including East Jerusalem, and Israel (A/HRC/59/26).
