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Cuando la política entra en la red: poder, datos y disputa por la conversación pública

El caso Cerimedo y la pregunta que deberíamos hacernos sobre nuestras democracias digitales

La detención en Bolivia del consultor político argentino Fernando Cerimedo ha vuelto a colocar en el centro de la discusión pública algo que suele aparecer solamente cuando estalla un escándalo: ¿cómo funcionan realmente las redes digitales que intervienen en la política?

Cerimedo fue detenido el 18 de agosto de 2026 en Bolivia, en el marco de una investigación relacionada con el ataque sufrido por la abogada y analista política Nadia Beller. Posteriormente, la justicia boliviana abrió además una investigación por presunto enriquecimiento ilícito y este 29 de agosto dictó una segunda detención preventiva. Cerimedo ha sido vinculado durante los últimos años con campañas políticas en América Latina y el Caribe, entre ellas las de Rodrigo Paz, Javier Milei y Jair Bolsonaro.

El caso, sin embargo, no debería llevarnos únicamente a preguntarnos quién es Cerimedo o qué hizo. También puede servirnos para mirar algo más amplio: el sistema de relaciones, tecnologías, datos, medios, comunidades y estrategias que hoy forman parte de la disputa política.

Porque las redes digitales no son simplemente un lugar donde los políticos publican mensajes.

Son también un espacio donde se construye realidad política.

Más allá de las redes sociales: ¿qué es un ecosistema digital?

Cuando hablamos de política digital solemos pensar inmediatamente en Facebook, Instagram, TikTok o X.

Pero esa es solamente una parte del fenómeno. Un ecosistema digital puede incluir redes sociales abiertas, grupos de WhatsApp, medios digitales, comunidades organizadas, influencers, cuentas automatizadas, herramientas de monitoreo de conversaciones, bases de datos, publicidad segmentada y sistemas de inteligencia artificial.

Como punto de partida debemos comprender que las redes sociales son solamente una pequeña parte de un ecosistema mucho mayor.

Esto cambia nuestra manera de entender la política. Ya no se trata únicamente de “publicar un mensaje”.

Se trata de conocer a quién llega, qué emociones provoca, quién lo comparte, qué comunidades lo reproducen, qué otras narrativas lo acompañan y cómo los algoritmos terminan amplificando determinadas conversaciones.

La política digital se parece, en ese sentido, a una nueva forma de plaza pública.

Pero una plaza pública en la que cada persona puede recibir una versión diferente de la conversación colectiva.

Del boca a boca al “boca a boca” digital

Durante mucho tiempo, una de las formas más importantes de hacer política fue el boca a boca.

Una conversación en el barrio, una reunión comunitaria, una conversación en el trabajo o una discusión familiar podían ayudar a construir una percepción sobre una persona candidata, un partido o un problema público.

La lógica no desapareció. Se digitalizó. Las redes permiten que una conversación que comienza en un pequeño grupo pueda reproducirse rápidamente entre comunidades diferentes.

Un mensaje puede pasar de un grupo de WhatsApp a una publicación, de ahí a un influencer, después a un medio digital y posteriormente regresar a las redes convertido en “tendencia”.

El problema aparece cuando confundimos la visibilidad de una conversación con su representatividad.

Que algo aparezca constantemente en nuestras pantallas no significa necesariamente que sea lo que piensa la mayoría de la sociedad.

Y aquí aparece uno de los grandes poderes de las redes: no solamente permiten expresar opiniones. También permiten hacer visible determinadas opiniones y ocultar otras.

La política también se puede medir

Una de las transformaciones más importantes está relacionada con los datos.

Las herramientas de escucha social permiten monitorear conversaciones públicas y detectar palabras, temas, emociones, comunidades y tendencias. En la entrevista analizada se explica, por ejemplo, cómo estas herramientas pueden utilizarse para observar conversaciones alrededor de temas políticos y posteriormente segmentar a las personas según sus posiciones o sentimientos.

Esto puede tener usos legítimos.

Una institución pública puede saber qué preocupaciones tiene la ciudadanía. Un medio puede identificar temas emergentes. Una organización social puede comprender mejor una discusión pública.

Pero también existe otra posibilidad: convertir esa información en una herramienta para intervenir sobre las personas.

Si conocemos qué preocupa a diferentes grupos, qué palabras generan rechazo, qué temas producen miedo o indignación y qué mensajes movilizan a determinadas comunidades, podemos diseñar contenidos específicamente orientados a producir determinadas respuestas.

La frontera entre comunicación y manipulación puede volverse entonces mucho más difícil de distinguir.

El problema no es solamente el bot

Cuando aparece una discusión sobre manipulación digital, rápidamente aparece una palabra: bots.

Y ciertamente existen cuentas automatizadas, redes coordinadas y sistemas capaces de producir y amplificar contenidos.

Pero reducir todo el problema a los bots puede ser una manera de no mirar el fenómeno completo.

En la entrevista se plantea una idea importante: el objetivo no necesariamente es que miles de cuentas falsas convenzan directamente a miles de personas. También puede consistir en introducir una determinada conversación en el sistema para que los algoritmos la detecten como relevante y posteriormente la amplifiquen.

Es decir: la cuestión no es solamente cuántas cuentas participan, sino qué conversación consiguen instalar.

Y aquí aparece una diferencia fundamental. Una cuenta falsa puede iniciar una conversación. Pero si esa conversación termina siendo reproducida por personas reales, medios, influencers o comunidades políticas, deja de ser solamente una operación automatizada.

Empieza a formar parte de la conversación social.

La inteligencia artificial cambia nuevamente las reglas

La inteligencia artificial introduce una nueva dimensión.

Durante años, la creación de redes coordinadas requería personas que administraran múltiples cuentas. La automatización y la IA reducen progresivamente el costo de producir contenidos, administrar interacciones y adaptar mensajes.

La entrevista plantea incluso un escenario en el que un candidato podría contar con sistemas capaces de interactuar con personas utilizando información previamente obtenida sobre sus intereses y preferencias.

Esto abre preguntas enormes.

-¿Qué ocurre cuando una persona cree estar conversando con otro ciudadano, pero en realidad está interactuando con un sistema automatizado?

-¿Qué sucede cuando una imagen, un video, una voz o una declaración pueden ser generados artificialmente?

-¿Cómo distinguimos una experiencia política auténtica de una experiencia diseñada algorítmicamente?

-Y, sobre todo: ¿qué ocurre con la confianza cuando dejamos de saber quién está hablando?

No todo es manipulación: las redes también pueden organizar

Sería un error construir una mirada exclusivamente negativa.

Las redes digitales también han abierto posibilidades enormes para la organización social.

Permiten convocar rápidamente, compartir información, documentar situaciones, conectar territorios y visibilizar conflictos que difícilmente encontrarían espacio en los medios tradicionales.

En la propia entrevista se menciona como ejemplo una movilización reciente en Costa Rica convocada principalmente mediante redes sociales. La capacidad de convocatoria mostró que estas herramientas pueden transformar rápidamente una indignación dispersa en presencia colectiva.

Las redes pueden servir para organizar una protesta. Pero también para organizar una campaña comunitaria, defender un territorio, denunciar una injusticia, compartir conocimiento o construir solidaridad. Por eso el problema no es “redes sí” o “redes no”.

La pregunta es quién las controla, para qué las utiliza y bajo qué condiciones se produce esa comunicación.

El límite de las redes: movilizar no significa necesariamente convencer

Aquí aparece una de las cuestiones más interesantes.

Las redes pueden movilizar a quienes ya están convencidos. Pero movilizar no necesariamente significa transformar una posición política.

En el análisis recogido en la entrevista se señala justamente esta diferencia: una convocatoria puede conseguir una importante movilización sin necesariamente modificar las percepciones de quienes se encuentran fuera de ese núcleo ya convencido.

Esto es fundamental para entender la política contemporánea. Los algoritmos pueden ayudarnos a encontrar personas que piensan como nosotros.

Pero si pasamos demasiado tiempo dentro de comunidades donde todos comparten las mismas posiciones, podemos terminar creyendo que nuestra comunidad representa a toda la sociedad.

Y entonces aparece una paradoja: estamos cada vez más conectados y, al mismo tiempo, podemos estar cada vez más separados.

El riesgo de confundir percepción con realidad

Uno de los mayores peligros de estos ecosistemas es la posibilidad de fabricar una sensación de mayoría.

Muchas personas hablando de un tema puede producir la impresión de que “todo el mundo está hablando de eso”.

Muchas cuentas defendiendo una posición pueden generar la sensación de que “la gente piensa así”.

Una sucesión de publicaciones puede hacer parecer que un problema es inevitablemente central.

Pero la conversación digital no es un espejo perfecto de la sociedad. Es una construcción. Está mediada por algoritmos, plataformas, comunidades, intereses económicos, estrategias de comunicación y decisiones humanas.

Por eso debemos aprender a formular una pregunta sencilla: ¿estoy viendo lo que la sociedad piensa o estoy viendo lo que el sistema decidió mostrarme?

Cuando el conflicto político se convierte en ataque

Otro riesgo es la transformación de la disputa política en una disputa por destruir al adversario.

En el ecosistema digital puede aparecer una lógica donde ya no importa discutir una propuesta, sino desacreditar a quien la formula.

La entrevista distingue entre el contraste político —“yo pienso de esta manera y vos de otra”— y aquellas prácticas orientadas a atacar, deslegitimar o silenciar al adversario. Esta diferencia resulta fundamental.

Una democracia necesita conflicto. Necesita desacuerdo. Necesita crítica.

Pero cuando el objetivo deja de ser disputar ideas y pasa a ser destruir la posibilidad de que la otra persona sea escuchada, la conversación democrática comienza a deteriorarse.

La violencia política también puede adquirir formas digitales: campañas de hostigamiento, ataques coordinados, desinformación, ridiculización sistemática o intentos de convertir a una persona en un objeto permanente de agresión.

No todo desacuerdo es violencia. Pero tampoco toda agresión puede esconderse detrás de la palabra “debate”.

El caso Cerimedo nos obliga a mirar el sistema

En los últimos días, además, el propio caso ha mostrado otro problema: la información sobre las redes digitales también puede ser manipulada.

Tras el allanamiento de inmuebles vinculados con Cerimedo circularon videos que supuestamente mostraban una “granja de bots”. AFP verificó que algunas de esas imágenes eran antiguas y que otra había sido generada mediante inteligencia artificial.

La paradoja es enorme. Estamos discutiendo operaciones de manipulación digital mientras, al mismo tiempo, circulan contenidos falsos sobre esas mismas operaciones.

Esto debería servirnos como una advertencia.

No basta con desconfiar de “los otros”. La alfabetización digital democrática implica aprender a verificar también aquello que confirma nuestras propias posiciones.

¿Qué riesgos enfrentamos como sociedad?

Podemos resumir algunos de los principales riesgos:

  • -Desinformación: contenidos falsos, engañosos o descontextualizados que pueden alterar nuestra comprensión de los acontecimientos.

  • -Manipulación emocional: utilización sistemática del miedo, la indignación o el enojo para orientar comportamientos políticos.

  • -Segmentación extrema: mensajes diferentes dirigidos a comunidades diferentes, dificultando la existencia de una conversación pública compartida.

  • -Automatización: cuentas y sistemas capaces de producir o amplificar contenidos a una escala difícil de alcanzar mediante trabajo humano.

  • -Falsa sensación de mayoría: hacer que una posición parezca mucho más extendida de lo que realmente está.

  • -Hostigamiento coordinado: utilización de redes para atacar o silenciar personas.

  • -Pérdida de confianza: cuando ya no sabemos qué información es verdadera, quién la produjo o quién la está amplificando.

  • -Concentración de poder: plataformas y actores privados poseen enormes capacidades para recopilar datos y ordenar la circulación de información.

  • -Opacidad: muchas veces desconocemos quién financia una campaña, quién administra determinadas redes o qué criterios determinan qué contenidos llegan a nuestras pantallas.

Entonces, ¿qué hacemos?

La respuesta no puede ser abandonar las redes.

Tampoco podemos pensar que la solución consiste simplemente en prohibir determinadas tecnologías.

Necesitamos construir capacidades democráticas para habitar estos espacios.

Eso implica aprender a preguntarnos:

-¿Quién produce este contenido?

-¿Quién lo financia?

-¿Qué información utiliza?

-¿A quién intenta convencer?

-¿Qué emoción busca provocar?

-¿Por qué estoy viendo esto?

-¿Hay evidencia independiente que permita comprobarlo?

-¿Quién más está difundiendo este mensaje?

Y existe una pregunta todavía más importante: ¿qué intereses aparecen cuando una conversación aparentemente espontánea se vuelve demasiado coordinada?

La disputa no es solamente tecnológica

Quizás esta sea la principal lección que podemos extraer del caso Cerimedo.

La tecnología importa. Los datos importan. Los algoritmos importan. Las redes coordinadas importan.

Pero ninguna de estas cosas explica por sí sola el comportamiento político de una sociedad.

Las herramientas digitales pueden amplificar determinadas tendencias, pero no inventan de la nada el malestar social, la frustración económica, la inseguridad, la pérdida de confianza o el desencanto con las instituciones.

Las tecnologías pueden organizar, acelerar y amplificar. Pero necesitan un terreno social sobre el cual operar.

Por eso una democracia que quiera enfrentar la manipulación digital no puede limitarse a combatir bots.

También tiene que preguntarse:

-¿por qué determinadas narrativas encuentran terreno fértil?

-¿qué malestares están expresando?

-¿qué instituciones han perdido legitimidad?

-¿qué sectores de la población sienten que nadie los escucha?

Porque cuando una sociedad deja de confiar en sus instituciones, las narrativas que prometen soluciones simples, enemigos claros y respuestas inmediatas pueden encontrar un terreno especialmente fértil.

Habitar críticamente el ecosistema digital

El desafío, entonces, no consiste en regresar a un supuesto pasado sin redes.

Las redes ya forman parte de nuestra vida política. El desafío es aprender a vivir en ellas sin entregar nuestra capacidad de juicio. Necesitamos ciudadanos capaces de distinguir popularidad de evidencia, viralidad de verdad, indignación de argumento y coordinación de participación espontánea.

Necesitamos medios capaces de investigar las infraestructuras que están detrás de las campañas digitales. Necesitamos instituciones capaces de establecer reglas de transparencia y rendición de cuentas. Y necesitamos plataformas sometidas a mayores responsabilidades respecto de los datos, la publicidad política, la automatización y la circulación de contenidos manipulados.

Pero también necesitamos algo más básico: recuperar la conversación. Porque frente a un ecosistema que puede fragmentarnos en miles de comunidades y hablarnos a cada uno de manera diferente, defender la democracia implica volver a construir espacios donde podamos encontrarnos con quienes piensan distinto.

El problema no es que existan muchas voces, sería que algunas de esas voces fueran fabricadas para parecer muchas, mientras otras desaparecen del campo de nuestra atención. La pregunta de fondo no es, entonces, si las redes sociales son buenas o malas. Es otra, ¿quién está construyendo la conversación pública en la que tomamos nuestras decisiones políticas?

Y esa es una pregunta que, en una democracia, no podemos dejar únicamente en manos de los algoritmos.

Referencias:

AFP Factual. (2026). Entre humanos y algoritmos: el reto de reconocer bots en redes sociales. AFP Factual.

Innerarity, Daniel. (2024). Inteligencia artificial y democracia. UNESCO. Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

López López, Paulo Carlos, Andrea Mila Maldonado, y Vasco Ribeiro. (2023). La desinformación en las democracias de América Latina y de la península ibérica: De las redes sociales a la inteligencia artificial (2015–2022). Uru: Revista de Comunicación y Cultura, (8), 69–89. DOI: 10.32719/26312514.2023.8.5

Trejo Delarbre, Raúl. (2016). Ser visibles, para ser ciudadanos. Política y redes sociodigitales en América Latina. Revista Latinoamericana de Ciencias de la Comunicación, 12(22), 57–69. DOI: 10.55738/alaic.v12i22.202

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CartmanCast Política Premium: Manual para estudiar el poder sin reconocerlo cuando está en tu oficina

El 22 de junio de 2026, el sitio web de apoyo a Boaventura de Sousa Santos anunció el cierre definitivo de todos los procedimientos judiciales contra el sociólogo. Según la versión difundida por su defensa, el Ministerio Público portugués archivó las investigaciones por «falta de denuncias formales», y la demanda por difamación interpuesta por el académico quedó sin efecto tras el desistimiento de las denunciantes. El caso se cierra. Los tribunales archivan. Pero nosotros y nosotras, aprovechamos que este tipo de situaciones siguen ocurriendo en tantos lugares para hacer la pregunta que no se archiva con el expediente: ¿cuántas denuncias de abuso en la academia terminan archivadas no porque sean falsas, sino porque el sistema está diseñado para que sostenerlas resulte más costoso que callar?

Y queremos ser claros desde el principio: Sobre el proceso judicial concreto, nuestra reflexión no juzga ese caso en particular, ni sus protagonistas, ni la veracidad de las denuncias. Lo usamos como ventana para mirar un problema que trasciende a cualquier persona: la dificultad estructural que tienen las instituciones de conocimiento para escuchar críticas internas sin activar mecanismos de defensa corporativa. Dicho esto, empecemos…

Bienvenidas y bienvenidos a CartmanCast Política Premium.

Hoy vamos a hablar de un lugar fascinante.

Un lugar donde se estudian las relaciones de poder, pero donde a veces nadie quiere hablar del poder. Un lugar donde se producen investigaciones sobre desigualdad, jerarquías y dominación, pero donde, ocasionalmente, algunas personas reaccionan con profunda incomodidad cuando alguien sugiere que esos mismos fenómenos podrían existir dentro de la propia institución.

Sí. Vamos a hablar de la academia.

Ese ecosistema extraordinario donde una persona puede dedicar veinte años a explicar cómo funcionan las élites, el patriarcado, el colonialismo y las estructuras de dominación global, pero sufrir una crisis existencial si alguien le pregunta quién toma las decisiones dentro de su departamento.

Porque, aparentemente, el poder siempre está en otra parte.

-Está en los gobiernos.

-Está en las corporaciones.

-Está en los organismos internacionales.

-Está en los partidos políticos.

Pero jamás en una oficina universitaria llena de libros, artículos indexados y tazas de café con frases de Paulo Freire.

Y como en este podcast somos profundamente irresponsables con las zonas de confort, hoy vamos a hacer una pregunta que resuena en los pasillos pero rara vez se escucha en los auditorios: ¿Puede una institución dedicada a estudiar las desigualdades terminar reproduciendo algunas de ellas?

Pónganse cómodos. O incómodos. Que para este tema probablemente sea más apropiado.

Para empezar a responder a esa pregunta, debemos recordar las lecciones que la propia academia nos ha enseñado.

Durante décadas, la academia crítica nos enseñó a identificar el poder allí donde parecía invisible. Aprendimos que las relaciones de dominación no dependen únicamente de la fuerza, que el poder puede expresarse a través del prestigio, de las jerarquías, de la capacidad para definir qué conocimientos son legítimos y cuáles no. Aprendimos que las instituciones pueden producir silencios, normalizar desigualdades y proteger privilegios mientras se presentan como espacios comprometidos con la justicia.

Sin embargo, hay una pregunta que las universidades suelen formular con mucha menos frecuencia: ¿qué ocurre cuando esas mismas dinámicas aparecen dentro de la propia academia?

Y esta pregunta no es un ejercicio de teoría abstracta. No es menor. Tampoco es nueva. Cada cierto tiempo emergen testimonios, denuncias y relatos que obligan a mirar detrás de la imagen idealizada de la universidad como refugio del pensamiento crítico. Historias que hablan de abuso de poder, hostigamiento, apropiación del trabajo intelectual, discriminación, acoso o explotación académica. Historias que, independientemente de cómo concluyan los procesos institucionales o judiciales, exponen una realidad difícil de ignorar: las universidades también son espacios atravesados por relaciones de poder. Y quizás ahí reside una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo.

Ahora bien, ¿por qué ocurre esto? La primera razón está en una falsa creencia: la idea de que el prestigio elimina las relaciones de poder.

Existe una tendencia a pensar que las universidades funcionan principalmente a partir de argumentos, ideas y debates racionales. Como si el conocimiento circulara en un espacio neutral donde todas las personas participan en igualdad de condiciones. La realidad, sin embargo, suele ser bastante más compleja.

La vida académica está organizada alrededor de jerarquías. Algunas son formales y visibles. Otras operan de manera más sutil. Hay quienes tienen acceso a recursos, financiamiento, publicaciones, redes internacionales, becas, puestos de investigación y capacidad para abrir o cerrar puertas. Hay quienes poseen reconocimiento acumulado durante décadas. Hay quienes se convierten en referentes de una disciplina o incluso en símbolos de determinadas corrientes de pensamiento.

Nada de esto es necesariamente problemático. El problema aparece cuando el prestigio deja de ser reconocimiento y comienza a funcionar como poder incuestionable. Porque allí donde existen fuertes asimetrías también aparecen riesgos. No es casualidad que muchas de las discusiones contemporáneas sobre violencia en la academia tengan como telón de fondo relaciones profundamente desiguales entre personas que ocupan posiciones distintas dentro de la estructura universitaria.

Quien dirige un proyecto no ocupa el mismo lugar que quien depende de ese proyecto para sostener una beca. Quien decide publicaciones no ocupa el mismo lugar que quien necesita publicar para continuar una carrera académica. Quien controla redes institucionales no ocupa el mismo lugar que quien intenta abrirse espacio en ellas. Ignorar estas diferencias no elimina el problema. Simplemente lo vuelve invisible.

Pero si las jerarquías son el escenario, el silencio es el mecanismo que permite que la obra continúe.

Las universidades suelen reaccionar con incomodidad cuando estas discusiones aparecen. En ocasiones porque existe una preocupación legítima por garantizar procedimientos justos. Pero también porque las denuncias suelen poner en cuestión algo más profundo: la imagen que las instituciones construyen sobre sí mismas.

Es entonces cuando aparece un fenómeno conocido. La conversación deja de centrarse en las experiencias relatadas y pasa a girar alrededor del prestigio de las personas involucradas, la reputación institucional o los posibles daños a la imagen de la organización. La institución comienza a preguntarse cómo protegerse. Mucho menos frecuente es que se pregunte qué condiciones hicieron posible que determinadas experiencias ocurrieran.

Y es que las violencias no son fenómenos aislados.

Rara vez prosperan en el vacío. Necesitan contextos. Necesitan silencios. Necesitan culturas organizativas donde ciertas conductas se normalizan, se minimizan o se justifican porque quien las ejerce es considerado demasiado importante, demasiado influyente o demasiado valioso para ser cuestionado. Por eso el problema nunca es únicamente individual. También es institucional.

Esta dinámica nos lleva a una de las reacciones más perversas del sistema: tratar a las víctimas como una amenaza.

Uno de los aspectos más preocupantes de estos debates es la facilidad con que quienes denuncian terminan siendo presentados como una amenaza. De repente, el foco deja de estar en las relaciones de poder que hicieron posible determinadas experiencias y se desplaza hacia las personas que decidieron hablar. Se cuestionan sus motivaciones. Se examinan sus trayectorias. Se pone bajo sospecha su credibilidad. Se les exige un nivel de perfección moral que rara vez se exige a quienes ocupan posiciones de autoridad.

Mientras tanto, la pregunta central queda suspendida: ¿qué nos están diciendo esos testimonios sobre la forma en que organizamos la producción del conocimiento?

Escuchar a las víctimas no implica renunciar a principios fundamentales como el debido proceso o el derecho a la defensa. Tampoco significa asumir automáticamente la culpabilidad de nadie. Significa reconocer que existe una responsabilidad ética de tomar en serio aquello que se está denunciando y de preguntarse qué aspectos de nuestras instituciones necesitan transformarse. Porque una universidad comprometida con la democracia no debería temerle a la verdad, incluso cuando esa verdad resulta incómoda.

Y hablando de incomodidad, hay un tema que la academia maneja con particular torpeza: el acoso y abuso sexual.

No se nos olvida. El acoso y el abuso sexual en la academia suele ser uno de esos temas que la institución maneja con una mezcla muy particular de incomodidad selectiva y memoria corta. Se habla de él en los protocolos, en los comunicados, en los talleres obligatorios que nadie quiere dar ni recibir. Pero en la vida cotidiana universitaria, muchas veces opera como ese fenómeno que «todos saben que existe», pero que rara vez se nombra en voz alta si no hay un escándalo demasiado público como para seguir mirando hacia otro lado.

La academia no es solo un espacio de ideas. Es también un espacio de jerarquías bastante concretas. Quien evalúa, dirige, recomienda, financia o publica tiene poder real sobre trayectorias que todavía están en construcción. En ese escenario, el abuso no necesita presentarse como algo explícito o excepcional: puede camuflarse en decisiones académicas, evaluaciones «objetivas», oportunidades que aparecen o desaparecen sin mucha explicación, o silencios que se vuelven costumbre.

El problema se vuelve aún más delicado cuando se cruza con algo que la institución maneja con especial cuidado: su reputación. Porque cuando emergen denuncias, la pregunta rara vez empieza por las condiciones que las hicieron posibles. Más bien aparece el reflejo institucional de control de daños. Se revisa el lenguaje, se ajustan los procedimientos, se pide prudencia, se recuerda el debido proceso. Todo eso es importante, sí. Pero en paralelo suele quedar intacta la pregunta incómoda: qué tipo de estructuras permiten que alguien tenga suficiente poder como para que otras personas teman hablar.

En ese contexto, denunciar no es simplemente relatar un hecho. Es entrar en un terreno donde la desigualdad ya juega antes de que empiece cualquier procedimiento formal. Quien denuncia suele hacerlo desde una posición más frágil, con más que perder y menos margen de maniobra. Y esa asimetría no desaparece porque exista un reglamento; a lo sumo, se administra. Quizás por eso este tema incomoda tanto. No solo por lo que revela sobre conductas individuales, sino porque obliga a mirar algo más estructural: que incluso en los espacios que se dedican a estudiar el poder, el poder sigue operando, a veces con una sofisticación bastante académica.

Y entonces, ¿qué hacemos con todo esto? Llegamos al punto central, el que la academia siempre ha exigido a los demás y rara vez se aplica a sí misma: la crítica comienza por casa.

Quizás la mayor lección que deja esta discusión sea una profundamente política.

Durante años, la academia crítica ha señalado las múltiples formas mediante las cuales opera el poder en nuestras sociedades. Ha denunciado el patriarcado, el racismo, el colonialismo y las desigualdades económicas. Ha mostrado cómo las instituciones pueden reproducir relaciones de dominación incluso cuando afirman combatirlas. La pregunta ahora es si está dispuesta a aplicar ese mismo ejercicio sobre sí misma. No para destruir la universidad. No para alimentar campañas de desprestigio. Sino precisamente para fortalecerla.

Porque una institución que no puede escuchar a quienes denuncian abusos termina pareciéndose demasiado a aquellas estructuras de poder que durante décadas dijo combatir. Y porque ninguna producción de conocimiento verdaderamente emancipadora puede construirse sobre el silencio de quienes han sido lastimados. La crítica, después de todo, comienza por casa.

Epílogo Premium para personas fácilmente ofendibles

Si llegaron hasta aquí, probablemente hay dos posibilidades.

La primera es que estén de acuerdo.

La segunda es que ya estén redactando un correo explicando por qué esta reflexión constituye un ataque sistemático contra la universidad, el conocimiento, la civilización occidental y posiblemente la física cuántica.

Pero permítanme ser claro: el punto nunca fue atacar la academia. De hecho, es exactamente al revés. Las universidades son demasiado importantes como para tratarlas como iglesias. Demasiado importantes como para convertirlas en espacios donde ciertas preguntas no pueden formularse. Demasiado importantes como para creer que el prestigio sustituye la rendición de cuentas.

Quienes señalan abusos, silencios o relaciones problemáticas de poder no necesariamente están debilitando la universidad. Muchas veces están intentando salvarla de sí misma. Porque las instituciones no se vuelven más democráticas cuando esconden sus contradicciones. Se vuelven más democráticas cuando son capaces de enfrentarlas.

En conclusión, si la academia quiere seguir enseñándonos cómo funcionan las relaciones de poder, quizás el mejor punto de partida sea aceptar una idea bastante sencilla: las relaciones de poder no desaparecen mágicamente cuando alguien obtiene un doctorado.

Nos escuchamos en la próxima edición de CartmanCast Política Premium. Ese espacio donde hacemos preguntas incómodas para que otras personas tengan reuniones incómodas.

El Libro que la Academia No Quiere que Leas

Ya que hemos pasado el rato señalando las contradicciones de la academia, sería injusto no dejar sobre la mesa el material que hizo posible este episodio.

El libro se titula Los males de la academia: Abuso de poder, endogamia, acoso, corrupción y otras violencias. Lo editan Ana Bravo-Moreno y Francisco Javier Ogáyar-Marín. Y es, básicamente, el manual de instrucciones que nadie pidió para entender por qué las universidades son ese lugar tan maravilloso y tan terrible al mismo tiempo.

¿Qué encontrarán dentro?

  1. Testimonios de abuso de poder en universidades de Argentina, España, Estados Unidos, Indonesia, México y Reino Unido.
  2. Personas que han tenido que usar seudónimos para contar su historia porque, incluso hoy, denunciar en la academia sigue siendo más peligroso que callar.
  3. Análisis sobre endogamia, clientelismo, acoso sexual, fabricación de artículos científicos y eso que los editores llaman «violencia sistémica».
Pueden descargar el libro aquí.

 

Pero también, y esto es lo importante, es un libro de resistencia. No se limita a señalar el problema. Ofrece herramientas para pensarlo, para nombrarlo y, quizás, para empezar a transformarlo. Porque si algo hemos aprendido hoy es que la crítica, como decíamos, comienza por casa. Y que callar, cuando se tiene la posibilidad de hablar, también es una decisión política.

¿Es cómodo? No. ¿Es necesario? Absolutamente.

Y está disponible en acceso abierto. Porque el conocimiento crítico, al fin y al cabo, también es un bien común. Y porque la única forma de que las universidades dejen de parecerse a las estructuras de poder que dicen combatir es empezar a mirarlas con ojos críticos.

Así que ya saben: si este episodio les ha generado incomodidad, si han reconocido algo de lo que hemos hablado en sus propias experiencias o en las de sus colegas… quizás sea el momento de dejar de quejarse y empezar a leer.

Nos leemos en la próxima edición. O, mejor dicho, nos leemos en las páginas de este libro.

Referencias:

Apoyo Boaventura (2025). Difamación: toda la verdad documentada. Apoyo Boaventura Sousa. 

Apoyo Boaventura. (2026). Cerrados definitivamente todos los procedimientos contra Boaventura de Sousa Santos. Apoyo Boaventura Sousa.

Bravo-Moreno, Ana, y Ogáyar-Marín, Francisco Javier (Eds.). (2026). Los males de la academia: Abuso de poder, endogamia, acoso, corrupción y otras violencias. Peter Lang.

Camacho Muñoz, Mariana. (2023). Boaventura y la irresponsabilidad en la academia. Dejusticia. 

Manica, Daniela y Gama, Fabiene (2025). Qué No Hacer Si Te Acusan De Acoso: El Caso De Boaventura de Souza Santos. CASTAC Blog.

OpenDemocracy. (2024). Sociólogo Boaventura de Sousa Santos enfrenta nuevas denuncias de acoso. openDemocracy. 

¿Por qué un observatorio de bienes comunes habla de esto?

Porque el conocimiento es un bien común.

Porque las universidades, aunque a veces lo olviden, son espacios de producción de conocimiento que pertenece a la sociedad. No son feudos privados de unos pocos. No son clubes exclusivos donde el prestigio se hereda o se compra con favores. Son instituciones que deberían estar al servicio de la colectividad, no al servicio de sus propias élites.

Y porque los bienes comunes no son solo recursos naturales o infraestructuras digitales. También son las condiciones que hacen posible que el conocimiento circule, que se produzca de manera ética y que esté al alcance de quienes más lo necesitan.

Cuando una universidad permite el abuso de poder, el acoso, la endogamia o la corrupción, no está fallando solo a sus estudiantes o a su personal. Está fallando a la sociedad entera. Está debilitando la confianza en la institución que debería ser la más fiable para generar saber crítico. Está diciendo, en voz baja pero con hechos, que el conocimiento también puede ser un botín.

Por eso desde este observatorio miramos la academia. No para destruirla, sino para recordarle que su compromiso no es con sus propias jerarquías, sino con la verdad y con la justicia. Y porque creemos que señalar las contradicciones de quienes estudian el poder también es una forma de cuidar el bien común.