Lo que queda después de limpiar: preguntas desde Grecia

En Grecia, Alajuela, más de 140 personas se reunieron para recoger residuos en espacios que, aunque son de todas y todos, suelen quedar atrapados en el abandono. En esta ocasión, la jornada se concentró en el río Agualote, un cuerpo de agua que, como muchos otros, carga con los efectos de prácticas que lo desbordan. La escena podría leerse como una jornada más de limpieza. Sin embargo, lo que revela —y lo que profundiza este episodio de Sentires y Saberes— va mucho más allá de la acción inmediata.

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Hay algo profundamente revelador en ver a personas dedicando su tiempo a recoger desechos que no produjeron. Esa imagen, lejos de ser anecdótica, apunta a una realidad más amplia: la basura no es un hecho aislado, sino la expresión visible de formas de producción y consumo que trasladan sus impactos hacia lo común. Lo que se limpia en unas horas —en este caso, a lo largo del río Agualote— es apenas la superficie de una cadena más extensa, donde las responsabilidades no siempre están distribuidas de forma equitativa.

Al mismo tiempo, la experiencia deja ver que estas acciones no ocurren de manera espontánea. Detrás de cada jornada hay semanas de organización: coordinar voluntariado, gestionar recursos, asegurar condiciones básicas para que el trabajo sea posible. Ese esfuerzo, muchas veces invisible, es el que sostiene lo colectivo. Y ahí aparece una señal importante: la alta participación no es casual. Existe disposición social, ganas de involucrarse, de hacer algo frente a problemas que afectan el entorno cotidiano. El desafío, entonces, no es solo convocar, sino sostener esa energía en el tiempo y convertirla en procesos más continuos.

Sin embargo, incluso cuando se logran retirar grandes cantidades de residuos, queda una certeza difícil de ignorar: el problema no termina ahí. La basura sigue llegando porque responde a dinámicas más amplias, vinculadas a cómo se produce, se consume y se desecha. Por eso, pensar en el cuidado de los bienes comunes también implica ampliar la conversación sobre quiénes se benefician del uso del territorio y quiénes asumen sus costos.

En este proceso, las acciones no se limitan a limpiar. También se proyectan hacia la reforestación y la arborización, recordando que intervenir el entorno no es solo actuar, sino decidir cómo hacerlo. Cada elección —qué sembrar, dónde, con qué criterios— tiene efectos, y cuidar lo común también implica asumir esa dimensión.

Lo que queda, al final, es una tensión que atraviesa toda la experiencia: la satisfacción por lo logrado y la conciencia de que aún es insuficiente. Lejos de paralizar, esa tensión abre un camino posible. Porque en acciones concretas, organizadas y colectivas como esta, no solo se limpia un espacio: también se disputan, poco a poco, otras formas de habitar y cuidar lo que es de todas y todos.

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