Estados Unidos debe prepararse para un entorno de crisis prolongadas —económicas, climáticas, sanitarias y geopolíticas— mediante una adaptación constante de sus capacidades civiles, económicas y militares.
La Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos redefine la seguridad nacional desde una lógica abiertamente economicista y geopolítica, en la que el control de territorios, recursos estratégicos y cadenas de suministro aparece como condición central del poder global. Esta formulación no solo desatiende la crisis socioecológica contemporánea, sino que contribuye a profundizarla al legitimar nuevas formas de extractivismo bajo el lenguaje de la “seguridad”, la “estabilidad” y la “resiliencia”.
El documento presenta el acceso a minerales críticos, energía y recursos naturales como un imperativo estratégico, con especial énfasis en América Latina y otras regiones del Sur Global. Esta narrativa transforma territorios vivos en infraestructuras funcionales a la seguridad de las potencias, desplazando comunidades, debilitando soberanías locales y reforzando economías dependientes. La crisis climática, lejos de asumirse como un límite estructural del modelo civilizatorio vigente, es negada o instrumentalizada para justificar la expansión energética, la reindustrialización extractiva y la intensificación del control territorial.
En este marco, la noción de seguridad se desvincula del cuidado de la vida y se redefine como capacidad de control, militarización y aseguramiento de flujos materiales. La estrategia promovida por la administración de Donald Trump expresa así una respuesta autoritaria a una crisis que es simultáneamente ecológica, social y política: en lugar de abrir transiciones hacia modelos pos-extractivistas y de justicia ambiental, profundiza la disputa por los bienes comunes y consolida las asimetrías globales existentes.
Pensar la seguridad desde esta clave obliga a invertir la pregunta: ¿seguridad para quién y a costa de qué territorios? En un contexto de colapso socioecológico, insistir en estrategias de dominación y extracción no produce estabilidad, sino que acelera los conflictos, amplía las desigualdades y erosiona las condiciones que hacen posible la vida.
La seguridad nacional de Estados Unidos abarca la defensa del país, la fortaleza de su economía, la protección de infraestructuras críticas y la capacidad de sostener cadenas de suministro seguras frente a crisis y amenazas externas.
América Latina y el Caribe: el territorio como “zona de seguridad”
Vista desde América Latina y el Caribe, la Estrategia de Seguridad reactualiza una matriz histórica de dominación hemisférica en la que la región es concebida como espacio de provisión, contención y control. La referencia explícita al “Hemisferio Occidental” como área prioritaria de seguridad, junto con mensajes difundidos desde redes sociales oficiales del gobierno estadounidense afirmando que “el hemisferio es nuestro”, refuerzan una visión neomonroísta que subordina territorios, pueblos y bienes comunes a los intereses estratégicos de una potencia externa.
En este encuadre, América Latina y el Caribe no aparecen como sujetos políticos con proyectos propios, sino como reservas de minerales críticos, energía, biodiversidad y fuerza de trabajo, disponibles para sostener la seguridad económica y militar del Norte global. Esta narrativa prolonga una historia marcada por el extractivismo, la dependencia y la violencia territorial. La securitización de los bienes naturales y de las cadenas de suministro habilita la militarización, la flexibilización ambiental y el debilitamiento de la autodeterminación de comunidades indígenas, campesinas y costeras. Bajo el lenguaje de la “estabilidad” y la “cooperación”, se refuerzan economías de enclave y se amplían las asimetrías regionales, desplazando cualquier debate sustantivo sobre transiciones justas, soberanía popular y defensa de los bienes comunes.
Esta lógica se inscribe en una genealogía más amplia de dominación hemisférica que remite directamente a la Doctrina Monroe y al Destino Manifiesto, pilares históricos de la política exterior estadounidense hacia la región. Bajo la consigna de “América para los americanos”, estas doctrinas legitimaron la intervención, el tutelaje político y la apropiación territorial como supuestos actos de protección y civilización. La afirmación contemporánea de que “el hemisferio es nuestro” no constituye una anomalía discursiva, sino la actualización de ese imaginario colonial: América Latina y el Caribe como patio trasero estratégico, espacio disponible para la extracción, el control y la contención de amenazas externas.
El acceso confiable a minerales críticos, energía y otros recursos estratégicos es esencial para la seguridad nacional, la competitividad industrial, la innovación tecnológica y la preparación ante escenarios de conflicto y disrupción global.
Recursos estratégicos y disputa geopolítica
En este mismo marco, las declaraciones de Laura J. Richardson, excomandante del United States Southern Command, ilustran con particular claridad la forma en que la seguridad nacional estadounidense se articula con la disputa por los recursos de la región. Richardson señaló de manera reiterada que América Latina y el Caribe concentran activos estratégicos clave —como el litio del denominado Triángulo del Litio en Argentina, Bolivia y Chile, los hidrocarburos de Venezuela y Guyana, el agua dulce y las tierras raras— y que estos resultan centrales para los intereses de Washington frente a la competencia con China y Rusia.
Al afirmar que “esta región importa” por sus recursos y que Estados Unidos debía “empezar su juego” para disputar su acceso, estas declaraciones colocan explícitamente los bienes naturales estratégicos en el centro de las prioridades militares y geopolíticas. Lejos de tratarse de deslices retóricos, constituyen expresiones coherentes con una concepción de seguridad que convierte territorios y ecosistemas en piezas de un tablero de competencia global.
Guerra, extractivismo y crisis socioecológica: una misma racionalidad
La guerra ocupa un lugar estructural en los extractivismos contemporáneos y en la profundización de la crisis socioecológica. No se trata únicamente de conflictos armados abiertos, sino de una racionalidad de guerra que atraviesa la gestión de los territorios, la naturaleza y los cuerpos. El extractivismo opera como una guerra permanente contra la vida: impone ritmos acelerados de extracción, despoja comunidades, fragmenta ecosistemas y normaliza la violencia como costo necesario del “progreso”, la “seguridad” o el “desarrollo”. La militarización de territorios ricos en bienes naturales no es una anomalía del modelo, sino una de sus condiciones de posibilidad.
En el contexto actual, la crisis climática y ecológica no desactiva esta lógica, sino que la reconfigura. A medida que el colapso socioecológico se profundiza, la guerra se consolida como dispositivo para asegurar el acceso a recursos cada vez más escasos: agua, energía, minerales críticos y tierras fértiles. La securitización de estos bienes transforma conflictos socioambientales en amenazas estratégicas y legitima el uso de la fuerza —militar, policial, jurídica o económica— para garantizar flujos materiales hacia los centros de poder. De este modo, la guerra deja de ser un evento excepcional y se convierte en una forma cotidiana de gobernanza del colapso.
Esta articulación revela que no estamos ante crisis separadas —ambiental, social, energética o de seguridad—, sino ante una crisis civilizatoria sostenida por una lógica de dominación. La guerra protege al extractivismo y el extractivismo alimenta la guerra, en un círculo que erosiona las bases mismas de la vida. Romper ese vínculo implica disputar el sentido de la seguridad: no como capacidad de destruir o controlar, sino como posibilidad de sostener territorios habitables, relaciones justas y futuros comunes. En un mundo al borde del colapso, la paz no puede edificarse sobre territorios devastados ni sobre comunidades convertidas en zonas de sacrificio.
Lo común frente a la tormenta: recomenzar desde abajo
Frente a un escenario marcado por la militarización de la seguridad, la expansión extractiva y la gestión autoritaria del colapso, las reflexiones del Ejército Zapatista de Liberación Nacional ofrecen un contrapunto radical. Allí donde la seguridad hegemónica se define como control de territorios, aseguramiento de flujos materiales y disputa entre potencias, el zapatismo plantea otra pregunta: ¿cómo sostener la vida en medio de la tormenta y, sobre todo, cómo no repetir el mundo que la produjo?
La “tormenta” nombrada por el EZLN —esa convergencia de crisis climática, guerras, despojos, violencias y colapsos— es el mismo horizonte que subyace a las estrategias de seguridad analizadas en este texto. Pero mientras estas responden con más extracción, más control y más guerra, el zapatismo insiste en que el verdadero riesgo está en el “día después”: reconstruir sobre las mismas lógicas que convirtieron la tierra, los cuerpos y los territorios en mercancía y botín estratégico.
En ese punto, lo común aparece no como consigna abstracta, sino como práctica concreta de recomposición social. Asamblea, trabajo compartido, cuidado mutuo, autonomía y reconocimiento de las diferencias se presentan como bases para sostener la vida cuando las grandes infraestructuras del poder —Estados, mercados, ejércitos— fallan o se vuelven abiertamente destructivas. Lo común no se subordina a la seguridad de las potencias ni a la rentabilidad del capital: se orienta a garantizar lo necesario para vivir con dignidad.
Este horizonte interpela directamente la noción de seguridad que atraviesa la disputa global por los recursos estratégicos. Mientras la seguridad dominante convierte territorios en “zonas de sacrificio” y normaliza la guerra como forma de gobernanza del colapso, la apuesta por lo común desplaza el eje hacia la reproducción de la vida. No se trata de asegurar minerales, energía o cadenas de suministro, sino de asegurar agua, alimento, salud, memoria y futuro para las comunidades.
En tiempos de crisis socioecológica, pensar desde lo común implica reconocer que la estabilidad no vendrá de la dominación ni del control armado de la naturaleza, sino de la capacidad colectiva de recomenzar sin repetir. La palabra zapatista no ofrece recetas, pero sí una advertencia y una invitación: si el día después se construye con las mismas lógicas de guerra y extractivismo, la tormenta no habrá terminado. Defender lo común es, en ese sentido, una forma radical de disputar la seguridad, el futuro y la vida misma.
Claves conceptuales para leer la seguridad y los recursos en disputa
Los documentos de seguridad utilizan categorías como “recursos estratégicos”, “minerales críticos” o “recursos naturales” como si fueran conceptos neutros y evidentes. Sin embargo, cada término encierra una forma particular de entender el territorio, la naturaleza y el poder. La siguiente tabla ofrece definiciones comparadas que permiten distinguir estas nociones y, al mismo tiempo, abrir una lectura crítica sobre cómo el lenguaje de la seguridad transforma bienes comunes en activos geopolíticos.
| Concepto | Definición operativa | Cómo aparece en discursos de seguridad / desarrollo | Lectura crítica desde ecología política |
|---|---|---|---|
| Bienes naturales | Elementos de la naturaleza que sostienen la vida y los ecosistemas (agua, suelos, bosques, biodiversidad). | Invisibilizados o reducidos a “insumos” disponibles. | Son relacionales y finitos; no existen para ser apropiados, sino para ser cuidados colectivamente. |
| Recursos naturales | Bienes naturales convertidos en objetos de uso económico. | Nombrados como base del crecimiento y la competitividad. | La categoría naturaliza la mercantilización y oculta relaciones de poder y despojo. |
| Recursos estratégicos | Recursos clave para la seguridad, la industria o el poder geopolítico. | Asociados a soberanía, control territorial y cadenas de suministro. | Reconfiguran territorios como zonas de sacrificio en nombre de la seguridad nacional. |
| Recursos críticos | Insumos considerados escasos o indispensables (litio, tierras raras, agua). | Justifican urgencia, flexibilización ambiental y extractivismo acelerado. | La “criticidad” es política: depende del modelo productivo que se decide sostener. |
| Materias primas | Recursos extraídos sin procesamiento significativo. | Presentadas como oportunidad de inserción económica global. | Reproducen dependencia y reprimarización de economías periféricas. |
| Infraestructura estratégica | Obras que permiten extracción, transporte y control (puertos, carreteras, energía). | Asociadas a desarrollo, seguridad y estabilidad. | Facilitan el extractivismo y fragmentan territorios y tejidos comunitarios. |
| Seguridad energética | Garantía de acceso continuo a fuentes de energía. | Prioriza expansión fósil y control geopolítico. | Ignora límites ecológicos y alternativas de transición justa. |
| Cadenas de suministro | Redes globales de producción y circulación de bienes. | Presentadas como vulnerables y a asegurar. | Externalizan costos sociales y ambientales a territorios periféricos. |
| Soberanía | Capacidad de un Estado para decidir sin interferencias externas. | Invocada para justificar control y militarización. | Puede entrar en tensión con la autodeterminación de pueblos y comunidades. |
| Bienes comunes | Bienes gestionados colectivamente para la vida (agua, territorio, saberes). | Ausentes o incompatibles con el enfoque dominante. | Proponen una lógica de cuidado, corresponsabilidad y límites al extractivismo. |
Matriz general de lectura crítica: Estrategia de seguridad de EE. UU.
| Eje | Qué plantea la estrategia | Claves de lectura crítica | Implicaciones para América Latina y el Caribe |
|---|---|---|---|
| Concepto de seguridad | Amplía la seguridad nacional más allá de lo militar, incorporando economía, energía, cadenas de suministro y tecnología. | La seguridad deja de centrarse en la vida y se redefine como capacidad de control y aseguramiento de flujos materiales. | Los territorios pasan a ser leídos como activos estratégicos, no como espacios de vida. |
| Recursos estratégicos y críticos | Prioriza el acceso a minerales críticos, energía, agua y tierras clave para la competitividad global. | Naturaliza la extracción como necesidad estratégica e invisibiliza sus impactos sociales y ecológicos. | Refuerza el rol de la región como proveedora de materias primas. |
| Cadenas globales de suministro | Busca reducir dependencias y asegurar abastecimiento frente a crisis o competidores geopolíticos. | La resiliencia se traduce en control territorial y presión sobre países del Sur Global. | Intensificación de proyectos extractivos y de infraestructura. |
| Competencia entre potencias | Define a China y Rusia como competidores estratégicos prioritarios. | La disputa geopolítica se desplaza a territorios periféricos. | Mayor injerencia externa bajo la lógica de “equilibrio de poder”. |
| Dimensión climática | Reconoce el cambio climático como riesgo, pero lo integra a la seguridad. | El clima se gestiona como amenaza, no como límite estructural del modelo. | Se justifica nueva extracción “verde” y expansión energética. |
| Militarización | Refuerza cooperación militar y presencia estratégica en regiones clave. | La militarización aparece como herramienta normal de gobernanza. | Criminalización de conflictos socioambientales. |
| Lenguaje y narrativa | Uso de términos como estabilidad, resiliencia, cooperación y orden. | Lenguaje técnico que oculta relaciones de poder y despojo. | Dificulta la visibilización de resistencias locales. |
| Territorio | El territorio es concebido como espacio a asegurar. | Se vacía de historia, cultura y vida comunitaria. | Desplazamiento de pueblos indígenas y comunidades rurales. |
| Modelo de desarrollo | Vincula seguridad con crecimiento, reindustrialización y competitividad. | Reafirma un modelo extractivo dependiente de alta intensidad material. | Bloquea debates sobre transiciones justas y alternativas. |
| Soberanía | Promueve cooperación alineada a intereses estratégicos de EE. UU. | La soberanía se subordina a la lógica hemisférica de seguridad. | Debilitamiento de proyectos políticos autónomos. |
| Conflicto y guerra | Asume escenarios de conflicto prolongado y crisis múltiples. | La guerra se vuelve forma permanente de gestión del colapso. | Incremento de tensiones sociales y ambientales. |
| Bienes comunes | No aparecen como categoría central. | Lo común queda subsumido en la lógica de recurso estratégico. | Amenaza directa a territorios, agua, biodiversidad y saberes. |










