Romero frente al poder: ética, política y pedagogía desde el pueblo y el desafío de la instrumentalización de su memoria

Esta reflexión nace a partir del encuentro con una selección de homilías de Monseñor Romero reunidas por James R. Brockman. No se trata de un libro escrito como tratado teológico o político, sino de la palabra hablada de un obispo que predicaba semana tras semana en medio de la violencia, la pobreza y la represión que vivía el pueblo salvadoreño.

Por eso, más que analizar un libro, lo que esta nota busca es reflexionar sobre el legado que esa palabra deja hoy para el pensamiento y la práctica latinoamericana y caribeña, especialmente en tres dimensiones que en Romero aparecen profundamente unidas: la ética, la política y la pedagogía. Pueden descargar el libro aquí.

La ética de Romero: el amor como fuerza histórica

Uno de los elementos más radicales del pensamiento de Romero es que el amor no aparece como una actitud individual ni como una idea religiosa abstracta. Aparece como una fuerza histórica.

Desde el inicio del texto queda claro que cuando habla de la “violencia del amor” no está hablando de un símbolo espiritual, sino de una forma de enfrentar la desigualdad sin reproducir el odio. El amor del que habla es el que se opone a las injusticias concretas y que busca transformar la historia.

Esto resulta profundamente relevante para América Latina y el Caribe. En contextos donde la violencia estructural sigue marcando la vida de millones de personas —violencia económica, territorial, ambiental, racial y política— Romero no propone una ética neutral, sino una ética situada: una ética que parte del sufrimiento del pueblo.

Y eso cambia completamente el sentido del amor. Ya no es un sentimiento. Es una forma de compromiso con la dignidad humana.

La política de Romero: la palabra que denuncia y que construye

Otro elemento fundamental es que la palabra de Romero nunca se separa de la historia concreta. En el prefacio se recuerda que durante tres años su voz resonó por todo El Salvador denunciando asesinatos, torturas y abusos, pero al mismo tiempo llamando a construir una sociedad más justa.

Esto convierte su pensamiento en profundamente político, pero no en el sentido partidario, sino en el sentido más profundo de la política: la defensa de la vida.

Romero entiende que la fe no puede ser neutral frente a la injusticia. Por eso insiste una y otra vez en que la palabra de Dios no puede separarse de la realidad histórica en la que se pronuncia.

Esto tiene una enorme vigencia hoy para América Latina y el Caribe. La defensa de los territorios, la lucha por los derechos humanos, la justicia ambiental, la defensa de los pueblos indígenas y la organización comunitaria son hoy espacios donde su pensamiento sigue teniendo una enorme fuerza.

Su legado no pertenece al pasado. Pertenece a las luchas del presente.

La pedagogía de Romero: aprender desde el pueblo

Uno de los aspectos menos mencionados, pero más profundos, del legado de Romero es su dimensión pedagógica.

El texto deja claro que su fuerza no estaba en redactar discursos sofisticados, sino en hablar directamente desde la vida del pueblo, especialmente desde la experiencia de los pobres, cuyo sufrimiento —dice el propio libro— “toca el corazón mismo de Dios”.

Eso significa que Romero no enseñaba desde arriba. Enseñaba desde la realidad.

Su palabra no buscaba obediencia, sino conciencia. No buscaba seguidores, sino compromiso. No buscaba respuestas fáciles, sino personas capaces de comprender su propia realidad histórica.

Por eso su legado se conecta directamente con la educación popular latinoamericana. Su forma de predicar no era solo religiosa. Era profundamente pedagógica.

Ética, política y pedagogía: una propuesta latinoamericana y caribeña

Quizás el aporte más importante de Romero es que no separa dimensiones que muchas veces se analizan por separado:

  • -la ética como compromiso con la vida digna,
  • -la política como defensa del pueblo,
  • -y la educación como proceso de conciencia histórica.

En sus homilías aparece constantemente la idea de que la palabra solo tiene sentido si se encarna en la historia. No basta con creer. Es necesario actuar. No basta con denunciar. Es necesario construir alternativas.

Esto convierte su legado en profundamente latinoamericano y caribeño. No es un pensamiento abstracto. Es un pensamiento nacido desde la desigualdad, desde la represión, desde la pobreza y desde la esperanza.

El aporte teórico-práctico desde espacios no académicos

Uno de los aportes más profundos de Romero es que su pensamiento no nace en la academia, pero tiene una enorme fuerza teórica.

Sus homilías no fueron escritas para ser libros. Fueron pronunciadas en una catedral llena de personas pobres, transmitidas por radio a comunidades campesinas y escuchadas por personas que no tenían acceso a espacios académicos.

Y sin embargo, en esa palabra aparecen ideas profundamente teóricas:

  • -la relación entre fe e historia,
  • -la crítica a las estructuras injustas,
  • -la opción preferencial por los pobres,
  • -la idea de que la palabra debe denunciar y anunciar al mismo tiempo,
  • -y la convicción de que la liberación no es solo espiritual, sino también histórica.

Esto tiene una enorme importancia para América Latina y el Caribe. Porque demuestra que el pensamiento crítico no nace únicamente en universidades o centros de investigación. También nace en las comunidades, en las iglesias de barrio, en los territorios campesinos, en los espacios de organización popular.

Romero no solo fue un líder religioso. Fue también un productor de pensamiento crítico desde el pueblo.

Un legado para el presente latinoamericano y caribeño

Hoy, cuando en muchos territorios de América Latina y el Caribe se criminaliza a quienes defienden la tierra, cuando las desigualdades siguen creciendo y cuando muchas comunidades viven situaciones de abandono, la palabra de Romero sigue siendo profundamente actual.

Su legado no consiste solo en su testimonio personal. Consiste en una forma de pensar y actuar:

  • -una ética que nace del sufrimiento del pueblo,
  • -una política que defiende la vida,
  • -y una pedagogía que construye conciencia colectiva.

Por eso su palabra no pertenece solo a la historia. Pertenece al presente.

La memoria de Monseñor Romero y su instrumentalización política en el presente salvadoreño

Uno de los problemas más complejos cuando una figura como Monseñor Romero se vuelve símbolo nacional es que su memoria deja de ser únicamente memoria histórica y comienza a ser utilizada políticamente. El riesgo no es nuevo: el propio prólogo del libro recuerda que sus palabras estaban dirigidas “a gente de la izquierda y gente de la derecha, a gente del gobierno y del ejército, a los oprimidos y a sus opresores”.

Eso significa que Romero nunca habló para legitimar un poder, sino para cuestionarlo.

Sin embargo, en el contexto actual de El Salvador, su figura aparece muchas veces reducida a una imagen moral neutra: un símbolo de unidad nacional, un mártir sin conflicto, un santo desligado de la denuncia estructural que marcó toda su palabra. El problema no es que el Estado reconozca su figura; el problema aparece cuando se separa su memoria de aquello que fue central en su vida: la denuncia del poder cuando ese poder produce sufrimiento.

El propio libro insiste en algo muy claro: la palabra de Romero no podía separarse de la historia concreta. Él mismo lo decía con claridad: no se puede “segregar la palabra de Dios de la realidad histórica en que se pronuncia”, porque esa palabra existe para “repudiar, iluminar y contrastar lo que se está haciendo hoy en la sociedad”.

Cuando su memoria se utiliza sin esa dimensión crítica, deja de ser memoria y se convierte en símbolo vacío.

Esto plantea una pregunta incómoda pero necesaria para América Latina y el Caribe: ¿qué ocurre cuando un gobierno honra a Romero como figura moral, pero evita su crítica al poder, su defensa radical de los pobres y su llamado a transformar las estructuras injustas?

En ese momento, la memoria deja de incomodar. Y cuando la memoria deja de incomodar, deja de ser memoria viva.

Un diálogo imposible (pero necesario) entre Óscar Arnulfo Romero y Nayib Bukele

Una tarde cualquiera, en algún lugar de El Salvador donde todavía resuena la voz de las homilías, alguien le pregunta a Monseñor:

—Monseñor, ¿qué le diría usted al presidente si pudiera hablar con él hoy?

Romero guarda silencio un momento. Y luego responde:

Romero: Señor presidente, he escuchado que usted habla mucho de orden. Y el orden puede ser algo bueno. Pero dígame algo con sinceridad: ¿el orden está sirviendo al pueblo… o el pueblo está sirviendo al orden?

Bukele: Monseñor, el país necesitaba mano firme. La gente quiere seguridad.

Romero: La seguridad es un derecho. Pero también lo es la dignidad. Y cuando el poder habla más de control que de justicia, el pueblo empieza a tener miedo… no solo de los delincuentes, sino también del propio Estado.

Bukele: Pero ahora el mundo habla bien de El Salvador.

Romero (sonríe un poco): El mundo también hablaba bien de muchos gobiernos cuando yo estaba vivo. El problema no es lo que dice el mundo. El problema es lo que siente el pobre cuando se acuesta por la noche.

Pausa. Como si la homilía estuviera empezando de verdad.

Romero: Le voy a hacer una pregunta sencilla: ¿usted gobierna para el aplauso o para la justicia?

Bukele: Gobierno para transformar el país.

Romero: Transformar un país no es solo cambiar las cifras. Es cambiar la vida de la gente sin quitarle la libertad. Porque un país puede verse ordenado por fuera… y estar lleno de miedo por dentro.

La gente que escucha empieza a entender que no es una discusión política. Es una discusión moral.

Bukele: Monseñor, hoy el pueblo me apoya.

Romero: El pueblo también apoyó muchas cosas que después le hicieron daño. El apoyo no siempre es verdad. A veces es cansancio, a veces es miedo, a veces es desesperación.

Bukele: Entonces, ¿qué quiere que haga?

Romero: Algo muy difícil: gobernar sin olvidar que el poder no es suyo. El poder es prestado por el pueblo. Y lo más peligroso que le puede pasar a un gobernante es empezar a creer que él es el salvador.

Silencio otra vez.

Romero (más suave): Yo no estoy en contra de usted. Estoy en contra de todo poder que deja de escuchar al pobre. Y eso le puede pasar a cualquier gobierno: de derecha, de izquierda o de moda en redes sociales.

Bukele: ¿Y qué cree usted que va a quedar al final?

Romero: Siempre queda lo mismo: o queda el miedo… o queda la dignidad del pueblo. Y la historia es dura con quienes eligieron el miedo.

Y entonces alguien le pregunta a Monseñor:

—¿Y usted cree que todavía lo escucharían?

Romero responde sin dudar:

—Si no me escuchan, no importa. Lo importante es que el pueblo vuelva a escucharse a sí mismo.

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