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Mover la organización, achatar la pirámide: pistas para pensar lo común

Alto a la guerra contra el CIPOG-EZ y los pueblos originarios

Mientras reflexionamos sobre autonomía, organización comunitaria y defensa del territorio, no podemos dejar de mirar la grave situación que enfrentan las comunidades del Consejo Indígena y Popular de Guerrero – Emiliano Zapata (CIPOG-EZ) en México.

El Congreso Nacional Indígena denunció recientemente el recrudecimiento de ataques armados, desplazamientos forzados y violencia contra comunidades indígenas de la Montaña de Guerrero, señalando la responsabilidad de estructuras criminales que operan bajo protección e impunidad.

La denuncia alerta sobre agresiones con armas y drones contra comunidades pertenecientes al CIPOG-EZ, provocando el desplazamiento de cientos de familias indígenas y poniendo en riesgo la vida de mujeres, niñas, niños y personas mayores.

“La violencia que viven las comunidades pertenecientes al CIPOG-EZ es una muestra brutal de la guerra contra los pueblos originarios que defienden su territorio, su autonomía y la vida”, señala el comunicado.

Hasta ahora, según la denuncia del Congreso Nacional Indígena, 76 integrantes del CIPOG-EZ han sido asesinados y 25 permanecen desaparecidos.

En el marco de estas agresiones, el CNI realizó un llamado urgente a organizaciones, colectivos, redes, pueblos y personas solidarias de México y del mundo a desarrollar acciones de denuncia, solidaridad y visibilización frente a la violencia que viven estas comunidades.

Traer esta denuncia a la discusión no es un gesto aislado. Dialoga profundamente con las preguntas que atraviesan esta nota y el curso-taller Mover la casa, cambiar el mundo: ¿qué implica defender el territorio hoy? ¿Qué significa construir autonomía en contextos de violencia y despojo? ¿Cómo sostener la vida colectiva frente a guerras que buscan fragmentar comunidades y destruir formas de organización desde abajo?

Porque hablar de autonomía no es solamente discutir ideas o modelos organizativos. También es reconocer que, en muchos territorios, defender la vida comunitaria sigue teniendo costos profundamente dolorosos.

En el marco del curso-taller Mover la casa, cambiar el mundo: Estrategias del caracol, compartimos esta conversación de los compañeros de Reactiva Contenidos con Raúl Zibechi como un insumo inicial para abrir preguntas sobre territorio, organización colectiva, autonomía y construcción comunitaria.

Las reflexiones que emergen aquí dialogan profundamente con los ejes del curso: la defensa de los territorios, las estrategias construidas desde abajo, las formas comunitarias de sostener la vida y los desafíos de organizarse sin reproducir las mismas lógicas de poder que muchas veces se critican.

A treinta años del levantamiento zapatista de 1994, el EZLN continúa siendo una referencia política, ética y organizativa para múltiples movimientos sociales dentro y fuera de América Latina. Su permanencia no puede entenderse únicamente por la potencia simbólica de aquel primero de enero, cuando comunidades indígenas ocuparon varias ciudades de Chiapas, sino por la capacidad de sostener y profundizar formas concretas de autonomía territorial, organización comunitaria y construcción colectiva de la vida.

Las reflexiones compartidas por Zibechi permiten acercarse al zapatismo no como una experiencia congelada en el pasado, sino como un proceso en movimiento, atravesado por transformaciones internas, debates organizativos y búsquedas políticas que siguen interpelando al presente.

La ética como práctica política

Desde su mirada, una de las claves fundamentales para comprender la vigencia del zapatismo es la coherencia ética. No se trata únicamente de discursos radicales o declaraciones políticas, sino de la relación entre palabra y práctica, entre lo que se afirma y la forma concreta en que se organiza la vida cotidiana.

En tiempos donde buena parte de la política institucional aparece marcada por el pragmatismo, la competencia por el poder y la administración de lo existente, la experiencia zapatista recupera preguntas fundamentales sobre el sentido de la organización política y el lugar de las comunidades en la toma de decisiones.

Más que una propuesta cerrada o un modelo exportable, el zapatismo aparece como una invitación a pensar cómo construir procesos políticos donde la vida comunitaria no quede subordinada a las lógicas del mando, la representación permanente o la acumulación de poder.

La autonomía como construcción material

Uno de los elementos más potentes es comprender la autonomía no como una consigna abstracta, sino como una práctica territorial concreta.

En las comunidades zapatistas existen sistemas propios de educación, espacios autónomos de salud, formas comunitarias de producción y mecanismos de organización colectiva que buscan reducir la dependencia respecto al Estado y al mercado capitalista.

Cada comunidad sostiene pequeñas escuelas, espacios de atención en salud y procesos productivos vinculados a la tierra. A ello se suman clínicas regionales, proyectos agrícolas colectivos y estructuras de coordinación territorial construidas desde abajo.

La autonomía aparece entonces como una capacidad social para producir y reproducir la vida comunitaria en medio de contextos de violencia, despojo y presión estatal o empresarial.

En ese sentido, el zapatismo cuestiona también una idea profundamente arraigada en muchas tradiciones de izquierda: que la transformación social depende necesariamente de la toma del poder estatal. Lo que emerge en Chiapas es otra lógica política, donde el centro no está en conquistar el Estado, sino en fortalecer las capacidades de autogobierno de los pueblos.

Pueblos indígenas y reexistencia

Las reflexiones se amplían hacia otros procesos latinoamericanos de resistencia indígena y comunitaria. Pueblos mapuche en Chile y Argentina, procesos de recuperación territorial en Brasil, autonomías indígenas en Colombia y experiencias campesinas en distintos territorios muestran que existe una diversidad de luchas que buscan sostener formas de vida no subordinadas completamente a las dinámicas del capital.

Más que movimientos homogéneos o centralizados, se trata de experiencias múltiples que comparten ciertas búsquedas comunes: defensa del territorio, autonomía organizativa, reconstrucción comunitaria y resistencia frente al extractivismo. En varios casos, estas luchas se han convertido en uno de los principales núcleos de resistencia social frente a gobiernos, empresas y procesos de militarización territorial.

La noción de “reexistencia” aparece aquí como algo más profundo que la mera resistencia: no solo evitar desaparecer, sino recrear formas propias de vida, memoria y organización colectiva.

Juventudes, mujeres y transformación comunitaria

Otro aspecto central es el protagonismo creciente de mujeres indígenas y jóvenes dentro de estos procesos. Las transformaciones no pasan únicamente por cambios discursivos, sino por modificaciones concretas en la vida comunitaria y en la distribución de responsabilidades políticas, organizativas y técnicas.

Mujeres que antes tenían una participación limitada hoy asumen tareas vinculadas a salud, educación, comunicación, conducción política y organización territorial. Del mismo modo, nuevas generaciones ocupan espacios que históricamente permanecían concentrados en dirigencias masculinas o estructuras más verticales.

Esto implica también una crítica profunda a las culturas políticas caudillistas y a la dependencia permanente de liderazgos individuales.

La construcción comunitaria deja de pensarse alrededor de figuras salvadoras o direcciones iluminadas, para desplazarse hacia procesos colectivos más amplios y horizontales.

Achatar la pirámide: una crítica radical al poder

Uno de los conceptos más sugerentes que aparece es la idea de “achatar la pirámide”.

La expresión surge para describir cambios organizativos dentro del zapatismo impulsados en los últimos años: ampliar los espacios de decisión, reducir jerarquías y trasladar cada vez más responsabilidades hacia las comunidades organizadas. La imagen resulta especialmente potente porque cuestiona una lógica profundamente instalada tanto en las instituciones estatales como en buena parte de las organizaciones políticas tradicionales: la idea de que siempre debe existir una estructura vertical donde unos pocos concentran dirección, autoridad y capacidad de decisión.

“Achatar la pirámide” implica algo mucho más profundo que descentralizar tareas. Significa poner en cuestión la propia cultura política de la obediencia, el mando y la acumulación de poder.

También supone reconocer que muchas organizaciones terminan reproduciendo internamente las mismas relaciones jerárquicas que dicen combatir hacia afuera. La apuesta zapatista aparece entonces como un intento de desplazar el centro de gravedad desde las dirigencias hacia las comunidades. No se trata de eliminar toda forma de organización, sino de construir estructuras donde el poder no quede separado de la vida colectiva.

En esa perspectiva, el horizonte no es fortalecer indefinidamente aparatos políticos o dirigencias permanentes, sino crear condiciones para que las propias comunidades puedan sostener procesos de autogobierno, cuidado y defensa territorial.

La pregunta que emerge es profundamente actual: ¿cómo construir organización sin reproducir lógicas de dominación? ¿Cómo sostener procesos colectivos sin convertirlos en nuevas burocracias? ¿Cómo evitar que quienes dicen representar al pueblo terminen sustituyéndolo?

Pensar lo común en tiempos de fragmentación

En medio de un mundo atravesado por guerras, extractivismo, autoritarismos y fragmentación social, estas búsquedas abren discusiones urgentes sobre democracia, comunidad y formas de vida posibles.

Precisamente por eso, esta conversación se vuelve una puerta de entrada para el curso-taller Mover la casa, cambiar el mundo: un espacio para pensar colectivamente cómo construir organización, defender los territorios y crear estrategias que permitan sostener la vida común desde abajo.

Porque quizá uno de los mayores desafíos políticos de nuestro tiempo no sea únicamente conquistar espacios de poder, sino aprender a construir relaciones sociales distintas. Formas de organización donde la dignidad, el cuidado y la capacidad colectiva de decidir no dependan de pirámides cada vez más altas, sino de comunidades capaces de sostener la vida en común.

Invitamos a ver y compartir la conversación completa con Raúl Zibechi.

Seguimos en paro activo… aunque ya hay quienes sospechan que estamos aplicando la estrategia del caracol: mover la universidad pieza por pieza antes de que lleguen por ella.

Mientras algunos preguntan si la universidad “produce”, acá seguimos produciendo algo peligroso: pensamiento crítico, organización colectiva y vínculos con los territorios.

Achatar la pirámide… y mover la universidad

Las reflexiones compartidas por Zibechi también permiten leer de otra manera discusiones muy presentes hoy en Costa Rica, particularmente alrededor del FEES y el sentido mismo de la universidad pública.

Cuando el zapatismo habla de “achatar la pirámide”, no se refiere solamente a reorganizar estructuras internas. La idea apunta a algo más profundo: desplazar el poder hacia abajo, fortalecer capacidades colectivas y evitar que la vida política quede atrapada en aparatos separados de las comunidades.

La pregunta entonces no es únicamente cómo defender instituciones, sino cómo construir relaciones más horizontales entre universidad, territorios y sociedad. En ese contexto, las tensiones actuales sobre el financiamiento universitario abren una discusión que va más allá de cifras presupuestarias. Lo que está en juego es también qué tipo de universidad se quiere sostener: una encerrada sobre sí misma, vertical y distante, o una universidad vinculada con procesos comunitarios, territorios y luchas sociales concretas.

Quizá por eso la metáfora de La estrategia del caracol resuena tanto. “¿Recorte al FEES? Tranquilos… ya estamos empacando la universidad.”

La frase funciona como humor, pero también como provocación política. Porque una universidad pública viva no existe únicamente dentro de sus edificios, oficinas o estructuras administrativas. También habita en proyectos territoriales, procesos de educación popular, investigaciones críticas, vínculos comunitarios y formas colectivas de producción de conocimiento.

En cierta forma, muchas de las experiencias universitarias más valiosas ya vienen intentando “mover la universidad”: sacarla de sus propios límites, acercarla a los territorios y construir relaciones menos jerárquicas entre academia y comunidad. Eso dialoga profundamente con las preguntas que atraviesan esta conversación sobre autonomía y organización colectiva: ¿cómo evitar que las instituciones se separen de la vida social? ¿Cómo construir espacios públicos que no reproduzcan lógicas verticales? ¿Cómo sostener procesos colectivos donde el conocimiento no quede concentrado en unos pocos?

Tal vez ahí aparece uno de los desafíos más importantes para la universidad pública contemporánea: no solo resistir recortes o ataques externos, sino también transformar sus propias formas y modos de relación. Porque, al final, achatar la pirámide también implica preguntarse cómo democratizar el conocimiento, cómo compartir decisiones y cómo construir instituciones capaces de aprender desde abajo.

Y quizá, como los caracoles, entender que moverse colectivamente puede ser otra forma de permanecer.

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Romero frente al poder: ética, política y pedagogía desde el pueblo y el desafío de la instrumentalización de su memoria

Esta reflexión nace a partir del encuentro con una selección de homilías de Monseñor Romero reunidas por James R. Brockman. No se trata de un libro escrito como tratado teológico o político, sino de la palabra hablada de un obispo que predicaba semana tras semana en medio de la violencia, la pobreza y la represión que vivía el pueblo salvadoreño.

Por eso, más que analizar un libro, lo que esta nota busca es reflexionar sobre el legado que esa palabra deja hoy para el pensamiento y la práctica latinoamericana y caribeña, especialmente en tres dimensiones que en Romero aparecen profundamente unidas: la ética, la política y la pedagogía. Pueden descargar el libro aquí.

La ética de Romero: el amor como fuerza histórica

Uno de los elementos más radicales del pensamiento de Romero es que el amor no aparece como una actitud individual ni como una idea religiosa abstracta. Aparece como una fuerza histórica.

Desde el inicio del texto queda claro que cuando habla de la “violencia del amor” no está hablando de un símbolo espiritual, sino de una forma de enfrentar la desigualdad sin reproducir el odio. El amor del que habla es el que se opone a las injusticias concretas y que busca transformar la historia.

Esto resulta profundamente relevante para América Latina y el Caribe. En contextos donde la violencia estructural sigue marcando la vida de millones de personas —violencia económica, territorial, ambiental, racial y política— Romero no propone una ética neutral, sino una ética situada: una ética que parte del sufrimiento del pueblo.

Y eso cambia completamente el sentido del amor. Ya no es un sentimiento. Es una forma de compromiso con la dignidad humana.

La política de Romero: la palabra que denuncia y que construye

Otro elemento fundamental es que la palabra de Romero nunca se separa de la historia concreta. En el prefacio se recuerda que durante tres años su voz resonó por todo El Salvador denunciando asesinatos, torturas y abusos, pero al mismo tiempo llamando a construir una sociedad más justa.

Esto convierte su pensamiento en profundamente político, pero no en el sentido partidario, sino en el sentido más profundo de la política: la defensa de la vida.

Romero entiende que la fe no puede ser neutral frente a la injusticia. Por eso insiste una y otra vez en que la palabra de Dios no puede separarse de la realidad histórica en la que se pronuncia.

Esto tiene una enorme vigencia hoy para América Latina y el Caribe. La defensa de los territorios, la lucha por los derechos humanos, la justicia ambiental, la defensa de los pueblos indígenas y la organización comunitaria son hoy espacios donde su pensamiento sigue teniendo una enorme fuerza.

Su legado no pertenece al pasado. Pertenece a las luchas del presente.

La pedagogía de Romero: aprender desde el pueblo

Uno de los aspectos menos mencionados, pero más profundos, del legado de Romero es su dimensión pedagógica.

El texto deja claro que su fuerza no estaba en redactar discursos sofisticados, sino en hablar directamente desde la vida del pueblo, especialmente desde la experiencia de los pobres, cuyo sufrimiento —dice el propio libro— “toca el corazón mismo de Dios”.

Eso significa que Romero no enseñaba desde arriba. Enseñaba desde la realidad.

Su palabra no buscaba obediencia, sino conciencia. No buscaba seguidores, sino compromiso. No buscaba respuestas fáciles, sino personas capaces de comprender su propia realidad histórica.

Por eso su legado se conecta directamente con la educación popular latinoamericana. Su forma de predicar no era solo religiosa. Era profundamente pedagógica.

Ética, política y pedagogía: una propuesta latinoamericana y caribeña

Quizás el aporte más importante de Romero es que no separa dimensiones que muchas veces se analizan por separado:

  • -la ética como compromiso con la vida digna,
  • -la política como defensa del pueblo,
  • -y la educación como proceso de conciencia histórica.

En sus homilías aparece constantemente la idea de que la palabra solo tiene sentido si se encarna en la historia. No basta con creer. Es necesario actuar. No basta con denunciar. Es necesario construir alternativas.

Esto convierte su legado en profundamente latinoamericano y caribeño. No es un pensamiento abstracto. Es un pensamiento nacido desde la desigualdad, desde la represión, desde la pobreza y desde la esperanza.

El aporte teórico-práctico desde espacios no académicos

Uno de los aportes más profundos de Romero es que su pensamiento no nace en la academia, pero tiene una enorme fuerza teórica.

Sus homilías no fueron escritas para ser libros. Fueron pronunciadas en una catedral llena de personas pobres, transmitidas por radio a comunidades campesinas y escuchadas por personas que no tenían acceso a espacios académicos.

Y sin embargo, en esa palabra aparecen ideas profundamente teóricas:

  • -la relación entre fe e historia,
  • -la crítica a las estructuras injustas,
  • -la opción preferencial por los pobres,
  • -la idea de que la palabra debe denunciar y anunciar al mismo tiempo,
  • -y la convicción de que la liberación no es solo espiritual, sino también histórica.

Esto tiene una enorme importancia para América Latina y el Caribe. Porque demuestra que el pensamiento crítico no nace únicamente en universidades o centros de investigación. También nace en las comunidades, en las iglesias de barrio, en los territorios campesinos, en los espacios de organización popular.

Romero no solo fue un líder religioso. Fue también un productor de pensamiento crítico desde el pueblo.

Un legado para el presente latinoamericano y caribeño

Hoy, cuando en muchos territorios de América Latina y el Caribe se criminaliza a quienes defienden la tierra, cuando las desigualdades siguen creciendo y cuando muchas comunidades viven situaciones de abandono, la palabra de Romero sigue siendo profundamente actual.

Su legado no consiste solo en su testimonio personal. Consiste en una forma de pensar y actuar:

  • -una ética que nace del sufrimiento del pueblo,
  • -una política que defiende la vida,
  • -y una pedagogía que construye conciencia colectiva.

Por eso su palabra no pertenece solo a la historia. Pertenece al presente.

La memoria de Monseñor Romero y su instrumentalización política en el presente salvadoreño

Uno de los problemas más complejos cuando una figura como Monseñor Romero se vuelve símbolo nacional es que su memoria deja de ser únicamente memoria histórica y comienza a ser utilizada políticamente. El riesgo no es nuevo: el propio prólogo del libro recuerda que sus palabras estaban dirigidas “a gente de la izquierda y gente de la derecha, a gente del gobierno y del ejército, a los oprimidos y a sus opresores”.

Eso significa que Romero nunca habló para legitimar un poder, sino para cuestionarlo.

Sin embargo, en el contexto actual de El Salvador, su figura aparece muchas veces reducida a una imagen moral neutra: un símbolo de unidad nacional, un mártir sin conflicto, un santo desligado de la denuncia estructural que marcó toda su palabra. El problema no es que el Estado reconozca su figura; el problema aparece cuando se separa su memoria de aquello que fue central en su vida: la denuncia del poder cuando ese poder produce sufrimiento.

El propio libro insiste en algo muy claro: la palabra de Romero no podía separarse de la historia concreta. Él mismo lo decía con claridad: no se puede “segregar la palabra de Dios de la realidad histórica en que se pronuncia”, porque esa palabra existe para “repudiar, iluminar y contrastar lo que se está haciendo hoy en la sociedad”.

Cuando su memoria se utiliza sin esa dimensión crítica, deja de ser memoria y se convierte en símbolo vacío.

Esto plantea una pregunta incómoda pero necesaria para América Latina y el Caribe: ¿qué ocurre cuando un gobierno honra a Romero como figura moral, pero evita su crítica al poder, su defensa radical de los pobres y su llamado a transformar las estructuras injustas?

En ese momento, la memoria deja de incomodar. Y cuando la memoria deja de incomodar, deja de ser memoria viva.

Un diálogo imposible (pero necesario) entre Óscar Arnulfo Romero y Nayib Bukele

Una tarde cualquiera, en algún lugar de El Salvador donde todavía resuena la voz de las homilías, alguien le pregunta a Monseñor:

—Monseñor, ¿qué le diría usted al presidente si pudiera hablar con él hoy?

Romero guarda silencio un momento. Y luego responde:

Romero: Señor presidente, he escuchado que usted habla mucho de orden. Y el orden puede ser algo bueno. Pero dígame algo con sinceridad: ¿el orden está sirviendo al pueblo… o el pueblo está sirviendo al orden?

Bukele: Monseñor, el país necesitaba mano firme. La gente quiere seguridad.

Romero: La seguridad es un derecho. Pero también lo es la dignidad. Y cuando el poder habla más de control que de justicia, el pueblo empieza a tener miedo… no solo de los delincuentes, sino también del propio Estado.

Bukele: Pero ahora el mundo habla bien de El Salvador.

Romero (sonríe un poco): El mundo también hablaba bien de muchos gobiernos cuando yo estaba vivo. El problema no es lo que dice el mundo. El problema es lo que siente el pobre cuando se acuesta por la noche.

Pausa. Como si la homilía estuviera empezando de verdad.

Romero: Le voy a hacer una pregunta sencilla: ¿usted gobierna para el aplauso o para la justicia?

Bukele: Gobierno para transformar el país.

Romero: Transformar un país no es solo cambiar las cifras. Es cambiar la vida de la gente sin quitarle la libertad. Porque un país puede verse ordenado por fuera… y estar lleno de miedo por dentro.

La gente que escucha empieza a entender que no es una discusión política. Es una discusión moral.

Bukele: Monseñor, hoy el pueblo me apoya.

Romero: El pueblo también apoyó muchas cosas que después le hicieron daño. El apoyo no siempre es verdad. A veces es cansancio, a veces es miedo, a veces es desesperación.

Bukele: Entonces, ¿qué quiere que haga?

Romero: Algo muy difícil: gobernar sin olvidar que el poder no es suyo. El poder es prestado por el pueblo. Y lo más peligroso que le puede pasar a un gobernante es empezar a creer que él es el salvador.

Silencio otra vez.

Romero (más suave): Yo no estoy en contra de usted. Estoy en contra de todo poder que deja de escuchar al pobre. Y eso le puede pasar a cualquier gobierno: de derecha, de izquierda o de moda en redes sociales.

Bukele: ¿Y qué cree usted que va a quedar al final?

Romero: Siempre queda lo mismo: o queda el miedo… o queda la dignidad del pueblo. Y la historia es dura con quienes eligieron el miedo.

Y entonces alguien le pregunta a Monseñor:

—¿Y usted cree que todavía lo escucharían?

Romero responde sin dudar:

—Si no me escuchan, no importa. Lo importante es que el pueblo vuelva a escucharse a sí mismo.

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