El 18 de agosto de 1936, Federico García Lorca fue asesinado en Granada, en los primeros meses de la Guerra Civil española. Tenía 38 años y se encontraba en su tierra natal cuando la violencia política terminó con su vida. La fecha quedó asociada a una de las pérdidas más dolorosas de la cultura española del siglo XX, pero también a una paradoja que resulta difícil de ignorar: quienes silenciaron al poeta no pudieron silenciar aquello que había puesto en movimiento. Su poesía, su teatro y, especialmente para esta reflexión, su apuesta por llevar la cultura al encuentro de las comunidades continuaron viajando mucho después de su muerte.
Ochenta años después, la pregunta no es solamente cómo recordar a Lorca, sino qué hacemos hoy con aquello que él ayudó a poner en movimiento.
¿Qué necesitamos compartir para poder vivir juntos y juntas?
Casi un siglo después, esta pregunta podría parecer muy distante de una experiencia ocurrida en los caminos de la España de los años treinta. Sin embargo, basta mirar un poco más de cerca para descubrir que sigue interpelándonos.
En 1931, un grupo de estudiantes universitarios decidió que el teatro no podía seguir siendo un privilegio reservado para quienes vivían en las ciudades o podían pagar una entrada. Así nació La Barraca, un proyecto de teatro universitario ambulante impulsado por estudiantes de la Unión Federal de Estudiantes Hispanos y dirigido por Federico García Lorca y Eduardo Ugarte.
Su apuesta era sencilla de decir, pero profundamente radical para su tiempo: sacar la cultura de sus espacios habituales y llevarla al encuentro de las comunidades.
Durante cuatro años, estudiantes voluntarios recorrieron pueblos y aldeas llevando obras de Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina y otros autores del teatro clásico español. No cobraban por hacerlo. No había primeras ni segundas figuras. Todos participaban de las distintas tareas: actuar, montar los escenarios, transportar los decorados, organizar las funciones.
Como decía Lorca: “Aquí no hay divos”.
La frase resume algo mucho más profundo que una forma de organizar una compañía teatral. Expresa una manera distinta de entender la cultura: como una construcción colectiva en la que nadie está por encima de los demás y en la que cada persona aporta desde sus posibilidades.
Cuando la cultura sale al camino
La Barraca no fue solamente una compañía de teatro. Fue un experimento de democratización cultural.
En una España atravesada por profundas desigualdades sociales y territoriales, el acceso al teatro, las bibliotecas, las universidades, los museos y otros espacios culturales estaba concentrado principalmente en las ciudades. Para buena parte de la población rural, la cultura institucional permanecía distante.
La respuesta de La Barraca no fue esperar a que las comunidades llegaran hasta esos espacios. Fueron ellos quienes emprendieron el camino.
Las plazas, los atrios, los descampados y otros espacios públicos se transformaron en escenarios. La cultura abandonaba el “templo” y se encontraba con la gente allí donde estaba. Y quizás ahí encontramos una de las imágenes más poderosas de aquella experiencia.
En Almazán, durante una representación al aire libre, comenzó a llover. Los actores continuaron sobre el escenario y el público permaneció en la plaza. La función siguió adelante bajo la lluvia. Actores y espectadores compartían la misma intemperie. La escena puede parecer pequeña frente a la historia de La Barraca, pero contiene buena parte de su significado: la cultura como encuentro, como experiencia compartida, como espacio común.
De espectadores a sujetos colectivos
Esta forma de entender la cultura también modificaba la relación entre quienes producían una obra y quienes la recibían.
La Barraca llevó a los pueblos obras que hablaban de conflictos, injusticias, resistencias, comunidades y relaciones de poder. Uno de sus montajes más emblemáticos fue Fuenteovejuna, cuya historia ponía en escena la respuesta colectiva de un pueblo frente al abuso del poder. Así, el teatro podía convertirse en algo más que entretenimiento.
Podía ser una forma de reconocerse, de hacerse preguntas, de conversar sobre el poder, la justicia y la dignidad.
Por eso el documento de trabajo que presentamos no propone leer La Barraca solamente como una experiencia del pasado. Propone preguntarnos qué podemos aprender de ella para pensar nuestro presente.
Porque si la cultura es un bien común, entonces importa preguntarnos quién puede acceder a ella, quién la produce, quién decide sobre ella y qué ocurre cuando deja de ser un espacio compartido para convertirse exclusivamente en mercancía.
La cultura también es un bien común
Cuando hablamos de bienes comunes solemos pensar en el agua, los bosques, las semillas o el territorio. Pero existen otros bienes que no siempre reconocemos de la misma manera: la memoria, el conocimiento, la educación, los espacios públicos, los saberes comunitarios, la capacidad de organización y, también, la cultura.
Son bienes que no podemos simplemente poseer de manera individual. Existen porque se comparten, se practican, se transmiten y se cuidan colectivamente.
El documento “La Barraca: cultura, comunidad y bienes comunes sociales. Federico García Lorca y el derecho colectivo a la cultura”, Documento de Trabajo N.º 20 del Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra, parte precisamente de esa idea.
No pretende ser una biografía de Lorca ni un estudio literario sobre La Barraca. Es, ante todo, una herramienta pedagógica para pensar la cultura como un bien común, tomando aquella experiencia como punto de partida.
Desde esta perspectiva, el legado de La Barraca puede pensarse a partir de tres dimensiones: accesibilidad, participación y sostenibilidad.
La cultura no puede ser común si está reservada para unos pocos. Pero tampoco basta con ampliar el acceso: necesitamos participar en su producción, apropiarnos de ella, interpretarla y transformarla. Y, finalmente, necesitamos cuidarla para que pueda transmitirse y continuar existiendo.
¿Qué tiene que ver La Barraca con Costa Rica?
Quizás esta sea la pregunta más importante. Porque no se trata de reproducir una experiencia de hace casi cien años. Se trata de reconocer que algunas preguntas siguen abiertas.
En Costa Rica también existen desigualdades en el acceso a espacios y bienes culturales. Hay conocimientos comunitarios que corren el riesgo de perderse, espacios de encuentro que se debilitan y territorios donde las posibilidades de acceso a determinadas expresiones culturales son mucho menores.
Pero también existen comunidades, colectivos, universidades, bibliotecas, grupos artísticos y organizaciones que producen y sostienen cultura todos los días. La pregunta, entonces, no es solamente qué cultura tenemos.
Es también:
-¿Quién puede acceder a ella?
-¿Quién decide qué cultura importa?
-¿Qué conocimientos estamos dejando desaparecer?
-¿Qué espacios necesitamos proteger para encontrarnos?
-¿Qué papel puede jugar la universidad pública en la construcción y defensa de estos bienes comunes?
Estas preguntas atraviesan el documento y buscan llevar la discusión más allá de la historia de La Barraca, hacia nuestros propios territorios y comunidades.
El carro de Tespis todavía está rodando
Hay una imagen que atraviesa las últimas páginas del documento: el carro de Tespis. Según la tradición recogida en el cuaderno, Tespis habría sido uno de los primeros actores y habría llevado el teatro de un lugar a otro sobre un carro. Siglos después, La Barraca retomó esa imagen y convirtió la rueda en su símbolo.
Pero hay algo más importante que la anécdota. El carro representa una idea: la cultura no se queda quieta. Lorca y sus estudiantes pusieron esa idea en práctica. Cargaron decorados, vestuarios y escenarios en camiones y salieron al camino.
Hoy no necesitamos necesariamente camiones ni tablados para continuar ese movimiento. Podemos hacerlo con una biblioteca comunitaria, un archivo local, una obra de teatro, una canción, una película, un mural, una ronda de cuentos, un taller, una memoria recuperada o una conversación en la plaza.
El desafío sigue siendo el mismo: poner la cultura en movimiento y convertirla nuevamente en encuentro. Mantener vivo un legado no es repetirlo Por eso presentamos este documento de trabajo. No como un homenaje nostálgico a La Barraca ni como una invitación a mirar con admiración una experiencia que ocurrió hace casi un siglo.
Lo presentamos como una herramienta para hacer preguntas desde nuestro propio presente. El documento incluye ejercicios para identificar los bienes culturales de nuestras comunidades, reconocer cuáles están amenazados, pensar qué espacios de encuentro estamos perdiendo y preguntarnos cómo podríamos construir colectivamente una nueva “Barraca” en nuestros territorios.
Porque mantener vivo un legado no significa conservarlo intacto.
-Significa hacerlo conversar con nuestro tiempo.
-Significa tomar una pregunta del pasado y dejar que vuelva a incomodarnos.
-Significa preguntarnos qué estamos dispuestos a compartir para vivir juntos y juntas.
Y quizás, sobre todo, significa recordar que la cultura no tiene por qué esperar encerrada.
-Puede salir a la calle.
-Puede encontrarse con la comunidad.
-Puede ponerse al servicio de la imaginación, la memoria, la organización y la vida colectiva.
-Puede volver a subir al carro.
El carro sigue esperando
Casi un siglo después, la pregunta de La Barraca continúa abierta:
¿La cultura se queda encerrada o sale al camino?
Desde el Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra queremos contribuir a que ese carro siga rodando.
Por eso ponemos a disposición “La Barraca: cultura, comunidad y bienes comunes sociales. Federico García Lorca y el derecho colectivo a la cultura”, nuestro Documento de Trabajo N.º 20, elaborado como una herramienta para leer, conversar, caminar los territorios, reconocer nuestros bienes culturales y pensar colectivamente qué queremos proteger, recuperar y construir.
Porque, al final, la cultura —como los bienes comunes— solo permanece viva cuando la hacemos vivir colectivamente.
El carro de Tespis sigue rodando. La pregunta es: ¿qué vamos a poner dentro?


