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CartmanCast – Cartman lee historia: cómo encontrar un golpe de Estado donde no lo hay

¿Qué tan fácil es hablar de un golpe de Estado?

Cartman: «¡Bienvenidos bienvenidas a una nueva edición de CartmanCast Política Premium! Hoy vamos a hablar de algo gravísimo. Casa Presidencial dice que hubo un golpe de Estado. ¿Entraron los tanques? No. ¿Tomaron los cuarteles? Tampoco. ¿Suspendieron la Constitución? Pues no. La Sala Constitucional prorrogó temporalmente el nombramiento de magistrados suplentes y la respuesta fue: ¡Golpe de Estado!»

(Pausa dramática)

Cartman: «Como aquí todavía creemos en leer antes de opinar, fui a buscar un libro que sí sabe de golpes de Estado. Veamos qué tiene que decir Marcos Roitman antes de empezar a repartir certificados de golpista.»

La escena parece salida de una sátira, pero plantea una pregunta seria: ¿qué ocurre cuando conceptos cargados de una profunda memoria histórica se utilizan para describir cualquier conflicto institucional?

Durante la presentación de su posición frente a la resolución de la Sala Constitucional, la Presidencia de la República calificó la decisión como un «golpe de Estado» y describió a los magistrados que votaron a favor como «magistrados golpistas». Más allá del debate jurídico sobre el alcance de la resolución, vale la pena detenerse en el peso político e histórico de esas palabras.

Un concepto construido con sangre y autoritarismo

En Tiempos de oscuridad. Historia de los golpes de Estado en América Latina, Marcos Roitman Rosenmann reconstruye el golpe de Estado como uno de los principales mecanismos mediante los cuales las élites políticas, económicas y militares interrumpieron procesos democráticos en la región. El libro muestra que los golpes no fueron simples desacuerdos entre instituciones, sino rupturas del orden constitucional acompañadas por persecución política, censura, desapariciones forzadas, tortura y dictaduras que marcaron la historia latinoamericana.

Roitman también sostiene que los golpes han cambiado de forma. Si durante buena parte del siglo XX estuvieron encabezados por las fuerzas armadas, en las últimas décadas pueden asumir modalidades más complejas, donde intervienen poderes legislativos, judiciales, actores económicos, medios de comunicación y redes de poder que buscan alterar el rumbo político de un país. Los denomina, entre otras expresiones, «golpes de guante blanco», precisamente porque ya no siempre requieren tanques en las calles para producir una ruptura del orden democrático.

Sin embargo, ese análisis no significa que cualquier conflicto entre poderes constituya automáticamente un golpe de Estado.

No toda crisis institucional es un golpe

La historia latinoamericana enseña que los golpes de Estado implican algo más profundo que una decisión judicial polémica o una confrontación entre instituciones.

En términos generales, suponen la alteración deliberada del orden constitucional para desplazar o neutralizar un poder legítimamente constituido, sustituyendo las reglas democráticas por una nueva correlación de fuerza.

Precisamente por eso el concepto exige rigor.

La resolución de la Sala Constitucional podrá ser discutida, criticada o incluso impugnada desde distintos argumentos jurídicos. Pero convertir automáticamente esa controversia en un «golpe de Estado» supone trasladar un concepto construido a partir de experiencias históricas traumáticas hacia un escenario institucional que continúa desarrollándose dentro del marco constitucional.

No se trata de minimizar la importancia del conflicto entre el Poder Ejecutivo, la Asamblea Legislativa y la Sala Constitucional. Se trata de reconocer que las democracias también viven tensiones entre poderes, y que no toda controversia constitucional representa una ruptura del régimen democrático.

Cuando las palabras pierden su significado

Existe un riesgo político cuando conceptos tan cargados de historia comienzan a utilizarse como herramientas de confrontación cotidiana.

El primero es el desgaste del lenguaje.

Si toda resolución judicial incómoda, toda derrota parlamentaria o toda diferencia institucional es presentada como un golpe de Estado, el término deja de describir un hecho excepcional y termina convertido en un recurso retórico para deslegitimar al adversario político.

El segundo riesgo es todavía mayor: el debilitamiento de la memoria histórica.

En América Latina y el Caribe, hablar de golpes de Estado significa hablar de miles de personas asesinadas, desaparecidas, encarceladas, exiliadas o perseguidas por defender proyectos políticos democráticos. Significa recordar sociedades enteras sometidas al terror estatal y generaciones marcadas por la violencia política. Esa historia no puede reducirse a una metáfora para describir cualquier conflicto institucional.

No toda crisis institucional es un golpe

La historia latinoamericana y Caribeña nos enseña que los golpes de Estado implican mucho más que una decisión judicial polémica o una confrontación entre instituciones. No basta con que exista una disputa entre poderes, una interpretación constitucional controvertida o un conflicto político intenso para afirmar que estamos frente a un golpe.

Hablar de un golpe de Estado exige un ejercicio de rigurosidad conceptual e histórica. No se trata únicamente de preguntarse quién tomó una decisión, sino qué tipo de transformación del poder político está ocurriendo.

A lo largo del siglo XX, los golpes de Estado significaron la interrupción abrupta del orden constitucional mediante la sustitución del poder legítimamente constituido. En muchos casos estuvieron encabezados por las fuerzas armadas, pero detrás de ellas actuaban élites económicas, sectores empresariales, partidos políticos, grupos de poder, gobiernos extranjeros y medios de comunicación que buscaban reorganizar el Estado de acuerdo con un nuevo proyecto político.

Como explica Marcos Roitman Rosenmann, esas formas de ruptura han evolucionado. En el siglo XXI las democracias pueden enfrentar procesos de erosión institucional más complejos, donde la ruptura ya no siempre llega acompañada de tanques en las calles o juntas militares. Existen experiencias en las que distintos poderes del Estado son utilizados para desplazar gobiernos, impedir el ejercicio de sus competencias o alterar la voluntad popular. Sin embargo, reconocer esa transformación no significa que cualquier conflicto entre instituciones pueda calificarse automáticamente como un golpe de Estado.

Para aproximarnos con mayor seriedad al concepto conviene plantearnos algunas preguntas fundamentales.

¿Existe una intención de sustituir el orden constitucional? Un golpe de Estado supone algo más que cuestionar una decisión pública. Implica la voluntad de alterar las reglas fundamentales mediante las cuales se organiza el poder político, desplazando o neutralizando a las autoridades legítimamente constituidas.

¿Se busca reemplazar a quienes ejercen el poder? Los golpes no persiguen únicamente modificar una política pública o revertir una resolución judicial. Buscan alterar quién gobierna, cómo se distribuye el poder y bajo qué reglas continuará funcionando el Estado.

¿Existe una concentración extraordinaria del poder? Otro elemento relevante es la acumulación de facultades que rompen el sistema de pesos y contrapesos. Cuando un actor político elimina los mecanismos de control, impide el funcionamiento de otros poderes o concentra competencias incompatibles con el régimen democrático, la preocupación adquiere otra dimensión.

¿Se restringen derechos y libertades fundamentales? Históricamente, los golpes de Estado han venido acompañados por la suspensión de garantías constitucionales, persecución de opositores, censura, criminalización de la protesta, detenciones arbitrarias y uso de la violencia estatal. Estas medidas buscan consolidar el nuevo poder e impedir cualquier resistencia.

¿Se rompe la posibilidad de resolver los conflictos por las vías democráticas? Las democracias constitucionales están diseñadas precisamente para gestionar desacuerdos. Los conflictos entre el Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial forman parte de su funcionamiento cotidiano. La existencia de controversias constitucionales, recursos judiciales o interpretaciones distintas sobre las competencias de cada institución no constituye, por sí sola, evidencia de un golpe de Estado. De hecho, la posibilidad de discutir esas diferencias dentro del marco jurídico es una expresión del propio Estado de derecho.

La resolución de la Sala Constitucional podrá ser discutida, criticada o incluso impugnada desde distintos argumentos jurídicos. Es legítimo debatir si la interpretación realizada fue correcta o si excedió determinadas competencias. Pero convertir automáticamente esa controversia en un «golpe de Estado» supone trasladar un concepto construido a partir de algunas de las experiencias más traumáticas de la historia latinoamericana hacia un escenario que continúa desarrollándose mediante mecanismos institucionales previstos por el propio orden constitucional.

Reconocer esta diferencia no significa minimizar la importancia del conflicto político actual. Tampoco implica asumir que todas las actuaciones de los poderes públicos son correctas o están exentas de control democrático. Significa, más bien, comprender que la democracia no consiste en la ausencia de conflictos, sino en la existencia de reglas, procedimientos e instituciones capaces de procesarlos sin destruir el orden constitucional.

Precisamente por eso resulta tan importante cuidar el significado de las palabras. Si cada derrota política, cada resolución judicial incómoda o cada interpretación constitucional controvertida es presentada como un golpe de Estado, terminamos perdiendo la capacidad de reconocer cuándo una democracia enfrenta una verdadera ruptura de sus fundamentos.

El último comentario de Cartman

Cartman: «A ver si entendí el nuevo reglamento de la democracia. Si un juez falla en contra mía… ¡golpe de Estado! Si el Congreso no aprueba mi súper ley para prohibir las verduras… ¡golpe de Estado! Si mi mamá no me deja jugar PlayStation… ¡golpe de Estado doméstico! ¡Mamá, estoy siendo víctima de un régimen autoritario!»

(Pausa)

Cartman: «¿Ven el problema? Si todo es un golpe de Estado, entonces nada es un golpe de Estado.»

(Pasa las hojas del libro.)

Cartman: «Y aquí es donde la historia les arruina la fiesta. Porque mientras nosotros usamos la palabra para ganar una discusión política, en América Latina y el Caribe hubo gente que desapareció, fue torturada, encarcelada, exiliada o asesinada durante golpes de Estado de verdad. Hubo familias que nunca volvieron a ver a sus hijos. Hubo dictaduras que gobernaron durante años con miedo, censura y represión.»

(Silencio.)

Cartman: «Así que no, amiguitos. No digo que no existan conflictos entre poderes. Para eso están los tribunales, las leyes y la Constitución. Tampoco digo que un juez siempre tenga la razón. Lo que digo es que una democracia puede vivir disputas muy fuertes sin que eso signifique que el orden constitucional se rompió.»

Cartman: «Los golpes de Estado no son cualquier pleito institucional. Son otra cosa. Y justamente porque América Latina pagó un precio tan alto por ellos, deberíamos pensarlo dos veces antes de usar esa palabra como si fuera un insulto de moda.»

(Música de cierre.)

Cartman: «Así que hagan un favor a la democracia: antes de gritar ‘¡golpe de Estado!’, lean un poquito de historia. Porque cuando todo es un golpe de Estado, los verdaderos golpes dejan de reconocerse… y ahí sí estamos en problemas.»

Quizá esa sea la principal enseñanza que deja Tiempos de oscuridad: defender la democracia también implica defender el significado de las palabras. La memoria histórica no existe únicamente para recordar el pasado, sino para dotarnos de criterios que nos permitan distinguir entre una controversia institucional, por intensa que sea, y una verdadera ruptura del orden democrático. Banalizar conceptos como «golpe de Estado» no fortalece el debate público; por el contrario, debilita nuestra capacidad para reconocer las amenazas reales cuando estas aparecen.

Referencia:

Roitman, Marcos. (2025). Tiempos de oscuridad: Historia de los golpes de Estado en América Latina. Akal.

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Incomodar para aprender: Mujica y la crisis silenciosa de la universidad pública – Documento de trabajo

“Aprendemos porque tenemos picazón y eso se adquiere por contagio cultural, casi cuando abrimos los ojos al mundo.”
José Mujica

En plena Semana Universitaria, mientras las universidades públicas negocian el FEES con un gobierno que congela presupuestos y capitaliza sus divisiones internas, el Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra publica La universidad que no se atreve (o el placer de volver a pensar la educación pública), un documento inspirado en los discursos de Mujica.

No es un informe técnico ni un comunicado gremial. Es, más bien, una provocación: una invitación a preguntarnos por qué defender lo público se volvió una consigna vacía, por qué la universidad dice una cosa y hace otra, y cómo el miedo, el conformismo o la incongruencia institucional se han convertido en obstáculos para cualquier transformación real. Todo esto a partir de una idea sencilla pero potente: el conocimiento también es placer, el inconformismo se contagia y la inteligencia pierde sentido si no se comparte.

La incomodidad de Mujica para una universidad que se cree crítica

José Mujica no es académico, y justamente por eso incomoda. No habla de indicadores, acreditaciones o empleabilidad. Habla de placer, de curiosidad, de aprender con otros. “Me gusta bañarme en piscinas de inteligencia ajena”, dice, y con esa frase tensiona una universidad que premia la autoría individual y sanciona cualquier desborde como falta.

El documento no lo convierte en figura intocable, sino en espejo incómodo. A partir de sus ideas, emergen preguntas que la universidad crítica suele esquivar: ¿por qué desconfiamos de los saberes que no pasaron por el aula? ¿Por qué un campesino que conoce los ciclos de la tierra no puede enseñar? ¿Por qué el éxito estudiantil se mide en salario y no en la capacidad de hacerse preguntas?

En esa línea, una de sus advertencias resuena con fuerza: no se trata de acumular datos, sino de aprender a pensar. Porque los datos envejecen, las tecnologías cambian, los empleos desaparecen. Lo que permanece es la capacidad crítica. Una universidad que solo entrena para el presente, en el fondo, está formando para la obsolescencia.

Semana Universitaria: entre memoria viva y museo

La narrativa oficial sitúa el origen de la Semana Universitaria en 1948, como un esfuerzo por “unir” a la comunidad tras la Guerra Civil. Pero esa versión tiende a suavizar el conflicto y a presentar la unidad como consenso, cuando en realidad fue también una operación de pacificación interna.

Ese sentido cambia en 1970, con la lucha contra ALCOA. Ahí, la Semana deja de ser celebración y se convierte en campo de disputa. El movimiento estudiantil toma la calle para defender la soberanía nacional, mientras las autoridades llaman a la normalidad. Esa tensión —entre una memoria institucional que ordena y una memoria insurgente que incomoda— sigue presente.

De ahí surge la pregunta central del documento: ¿la Semana U de hoy es memoria viva o una puesta en escena de sí misma? Cuando la memoria no incomoda ni empuja a actuar, deja de ser memoria y se convierte en folklore. Y el folklore, a diferencia de la protesta, no interpela a nadie.

Mujica lo diría de otra forma: hace falta una “epidemia de inconformismo”. La Semana U fue eso en su mejor momento. Hoy corre el riesgo de ser apenas su representación.

FEES congelado y universidades fragmentadas

El contexto actual refuerza esa preocupación. En 2026, la negociación del FEES ocurre bajo un congelamiento real del presupuesto (0% de aumento) y con el incumplimiento del 2% aprobado por la Asamblea Legislativa.

Sin embargo, el conflicto no es solo externo. Las universidades han trasladado al espacio público una disputa interna por la redistribución de los recursos. Una discusión legítima, pero que, en este contexto, debilita la posición colectiva. El resultado es funcional al gobierno: no necesita confrontar directamente cuando el bloque universitario se fragmenta por sí mismo.

La advertencia es clara: sin unidad, no hay posibilidad de avance. En palabras de Mujica, “pobre del que emprenda en soledad esta cacería”. Defender lo público —y transformarlo— no es tarea individual.

Un documento para salir de la trinchera

La universidad que no se atreve no busca reafirmar consignas, sino desarmarlas. No pregunta si hay que defender la universidad pública, sino qué universidad estamos defendiendo.

Organizado en diez secciones —desde “El miedo académico” hasta “La hipocresía universitaria”— el documento combina reflexión y práctica. Cada apartado cierra con una actividad: no hay respuestas finales, sino ejercicios para pensar en colectivo.

Entre sus aportes más urgentes destacan:

  • – Una crítica a la distancia entre discurso y práctica: hablar de autonomía mientras se decide sin las bases.
  • – Una apuesta por el inconformismo activo: no como queja, sino como acción concreta.
  • – Una defensa del placer de aprender frente a la lógica del sacrificio.
Leerlo también es tomar posición

Este no es un documento para archivar, sino para usar. Las actividades —“El velorio de lo público”, “La bitácora del miedo”, “El maquillaje y el hueso”— están pensadas para aulas, asambleas y grupos de estudio.

En ese sentido, la publicación dialoga directamente con el momento actual. En medio de la Semana Universitaria, propone recuperar su dimensión crítica. En medio de la crisis del FEES, recuerda que las conquistas históricas no fueron concesiones, sino resultado de organización y conflicto.

La tradición no está garantizada. Se sostiene —o se pierde— en las prácticas del presente.

Una invitación incómoda

“No se dejen robar ni los sueños ni la juventud, comprométanla con el destino, el dolor y la vergüenza de América Latina.”
José Mujica

La universidad que no se atreve es la que teme cambiar. La que prefiere el maquillaje antes que el hueso. La que recuerda el pasado sin asumir el presente.

Este documento no ofrece certezas. Ofrece preguntas. Y en eso radica su potencia.

Descargarlo, leerlo en grupo, discutirlo, incluso pelear con él, es ya un gesto de inconformismo. Porque, al final, la incomodidad que deja no es abstracta: es la certeza de que las cosas podrían ser distintas —y que transformarlas no depende solo de “los de arriba”.