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Entre “modernización” y “enemigos del pueblo”: las narrativas en disputa tras la vigilia por la armonización eléctrica

Después de la vigilia: cuando la disputa deja de ser únicamente técnica

La discusión sobre el proyecto de “armonización” eléctrica entró en una nueva etapa después de que el gobierno no lograra reunir los 38 votos necesarios para aprobar la iniciativa en segundo debate. Lo que inicialmente había sido presentado como una discusión técnica sobre eficiencia, inversión y crecimiento energético terminó revelando un conflicto mucho más amplio alrededor del papel del Estado, el sentido de lo público y las formas legítimas de participación democrática en Costa Rica.

Horas después de la vigilia realizada frente a la Asamblea Legislativa, el Ejecutivo respondió mediante una conferencia de prensa marcada por un tono confrontativo, donde se mezclaron argumentos económicos, advertencias sobre el futuro energético del país y acusaciones dirigidas hacia quienes cuestionan el proyecto.

La conferencia no solo buscó defender una reforma eléctrica. También intentó fijar una interpretación específica del conflicto político que se está desarrollando alrededor de ella.

De un lado, se construyó la idea de un gobierno que intenta “modernizar” el país frente a sectores que supuestamente obstaculizan el desarrollo mediante miedo, desinformación y resistencia ideológica. Del otro lado, las voces que se mantuvieron durante horas frente a la Asamblea insistían en algo distinto: que la discusión eléctrica no puede reducirse únicamente a competitividad o crecimiento económico porque involucra preguntas fundamentales sobre desigualdad, solidaridad, acceso universal y control democrático de bienes estratégicos.

Lo que está ocurriendo, entonces, no es solamente un desacuerdo técnico sobre cómo organizar el sistema eléctrico nacional. Lo que aparece en disputa son distintas maneras de entender el desarrollo, el futuro de lo público y la relación entre mercado, democracia y vida colectiva.

El discurso oficial: crecimiento económico, inevitabilidad y construcción del adversario

La conferencia presidencial posterior a la votación legislativa dejó ver con claridad una narrativa política organizada alrededor de una idea central: la reforma eléctrica no sería una opción debatible, sino una necesidad inevitable para evitar el rezago económico del país.

A lo largo de la intervención, el Ejecutivo insistió repetidamente en que Costa Rica enfrenta un escenario de creciente demanda energética asociado a zonas francas, inversión extranjera y expansión económica. La reforma fue presentada como una condición necesaria para garantizar competitividad y evitar que el país pierda oportunidades frente a otros mercados regionales.

Esta forma de plantear el debate tiene implicaciones importantes. Cuando una reforma deja de presentarse como una decisión política discutible y comienza a representarse como una necesidad técnica inevitable, el espacio del desacuerdo democrático se reduce. La pregunta deja de ser “qué modelo energético queremos construir” y pasa a convertirse en “cómo adaptarnos obligatoriamente a las exigencias del mercado”.

En esa lógica, conceptos como “modernización”, “eficiencia” y “competencia” adquieren una dimensión casi moral. La apertura del mercado eléctrico aparece asociada automáticamente a progreso, innovación y futuro, mientras que las críticas quedan vinculadas implícitamente al atraso, la irracionalidad o el miedo al cambio.

La conferencia también recurrió constantemente a comparaciones históricas con el TLC, la apertura de telecomunicaciones, seguros y banca estatal. El mensaje era claro: anteriormente también existieron advertencias sobre privatización o colapso institucional y, según la narrativa oficial, esas advertencias resultaron equivocadas.

Sin embargo, esta lectura simplifica profundamente procesos históricos mucho más complejos. Las transformaciones asociadas a apertura económica continúan generando debates sobre concentración económica, precarización laboral, desigualdad territorial y acceso diferenciado a servicios. Presentar esas experiencias como éxitos indiscutibles permite desactivar críticamente cualquier discusión actual sobre los posibles efectos sociales de reorganizar servicios estratégicos bajo lógicas de mercado.

Pero quizá el elemento más preocupante de la conferencia fue la forma en que comenzó a construirse el adversario político. Sectores críticos del proyecto fueron asociados reiteradamente con “comunismo”, con intereses contrarios al desarrollo nacional e incluso con escenarios políticos vinculados a Cuba o Venezuela.

El problema de este tipo de discursos no radica únicamente en su tono polarizante. Lo verdaderamente delicado es que desplazan el conflicto desde el terreno del debate democrático hacia el terreno de la sospecha ideológica. Ya no se trata solamente de personas que cuestionan un proyecto de ley. Se trata de actores construidos discursivamente como amenazas para el progreso nacional.

Y cuando el desacuerdo político comienza a representarse como amenaza interna, el espacio democrático se vuelve considerablemente más frágil.

Lo que las voces de la vigilia estaban diciendo

Mientras la conferencia presidencial insistía en crecimiento económico, competitividad e inversión, afuera de la Asamblea Legislativa la discusión seguía desarrollándose en otros términos.

Las voces de la vigilia no hablaban únicamente sobre tarifas eléctricas o participación privada. Lo que aparecía constantemente en las conversaciones era una preocupación más amplia sobre el debilitamiento progresivo de principios históricos asociados a lo público en Costa Rica.

Muchas personas insistían en que la electricidad no puede pensarse únicamente como infraestructura o mercado porque sostiene condiciones básicas de vida cotidiana: estudiar, cocinar, trabajar, comunicarse, acceder a salud o sostener actividades económicas locales. Por eso la preocupación central no giraba solamente alrededor de “quién produce energía”, sino sobre qué ocurre cuando servicios esenciales comienzan a reorganizarse principalmente desde criterios de rentabilidad.

En las conversaciones aparecía repetidamente una idea importante: la privatización no necesariamente ocurre únicamente cuando una institución pública se vende directamente. También puede desarrollarse mediante procesos graduales de fragmentación institucional, apertura competitiva desigual, subordinación a dinámicas de mercado o transferencia progresiva de decisiones estratégicas hacia actores privados.

Esta diferencia es central para entender el conflicto actual. Mientras el discurso oficial reduce el debate a la pregunta “¿se está vendiendo el ICE o no?”, muchas voces críticas están discutiendo algo distinto: cómo cambian las prioridades de un sistema público cuando comienza a organizarse bajo incentivos competitivos y lógicas de mercado.

La tensión, entonces, no es únicamente jurídica o administrativa. Es una tensión sobre el sentido mismo de lo público.

Dos formas de imaginar el país

La discusión sobre la armonización eléctrica enfrenta, en el fondo, dos formas profundamente distintas de imaginar el desarrollo nacional.

Discurso oficialVoces desde la vigilia
La apertura eléctrica representa modernización y progresoLa reorganización del mercado puede debilitar principios solidarios
El crecimiento económico depende de mayor competencia energéticaEl acceso universal no puede depender únicamente de rentabilidad
La crítica al proyecto responde a miedo o desinformaciónLa crítica intenta advertir efectos sociales y territoriales
El mercado garantiza eficienciaLo público debe sostenerse desde solidaridad y planificación colectiva
La protesta aparece asociada a conflicto y desordenLa protesta es participación democrática y vigilancia ciudadana
El futuro se piensa desde competitividad globalEl futuro también se piensa desde derechos colectivos y bienes comunes
La disputa por el significado de la protesta

Otro de los elementos más significativos del momento actual tiene que ver con cómo se interpreta la movilización social.

Durante la conferencia, el gobierno enfatizó principalmente la agresión sufrida por un oficial de Fuerza Pública. Mientras tanto, desde las organizaciones presentes en la vigilia se denunciaba el arresto y agresión policial contra un estudiante que posteriormente requirió atención hospitalaria.

Aquí vuelve a aparecer una disputa narrativa profunda: ¿qué hechos se vuelven visibles y cuáles quedan desplazados?

Porque lo ocurrido durante la vigilia no puede reducirse únicamente a tensión o confrontación. La jornada estuvo marcada por conversaciones públicas, explicaciones colectivas del proyecto, intercambio entre generaciones, organización comunitaria, música, baile y acompañamiento mutuo.

La protesta social apareció allí no solamente como mecanismo de presión política, sino también como espacio pedagógico y experiencia de producción colectiva de conocimiento político. La calle funcionó simultáneamente como aula abierta, foro público y espacio de encuentro. Y quizá eso es precisamente lo que resulta más incómodo para ciertas formas de poder: la posibilidad de que personas diversas se organicen, compartan interpretaciones críticas y construyan colectivamente otras maneras de entender el país.

La olla común y la política del cuidado

Tal vez la imagen más potente de toda la jornada no ocurrió dentro de la Asamblea Legislativa ni en la conferencia presidencial posterior.

Ocurrió alrededor de la olla común.

Mientras dentro se discutía el futuro energético nacional mediante lenguajes asociados a competencia, inversión y mercado, afuera muchas personas compartían café, comida, descanso y cuidado colectivo entre desconocidos.

Y justamente allí aparece una dimensión profundamente política que suele pasar desapercibida. Porque la olla común no es únicamente alimentación. También es una forma concreta de construir vínculos sociales y sostener colectivamente la permanencia en el espacio público.

Sostener una vigilia durante horas requiere mucho más que consignas. Requiere crear condiciones materiales para permanecer juntos. Requiere cuidado. La gente preguntando quién necesitaba agua, quién llevaba demasiadas horas sin comer, quién necesitaba descansar o simplemente conversar. Todo eso formó parte de la jornada.

La olla común terminó funcionando como una pequeña metáfora de otra forma posible de entender lo público: no únicamente desde competencia individual y eficiencia económica, sino desde interdependencia, cooperación y sostenimiento mutuo.

Porque defender lo público no consiste solamente en defender instituciones estatales. También implica defender prácticas sociales donde la vida colectiva puede sostenerse desde solidaridad y cuidado compartido.

Y quizá allí se encuentra una de las preguntas más profundas que deja toda esta discusión:

¿qué tipo de sociedad se está intentando construir cuando se debate el futuro de la electricidad pública en Costa Rica?

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Hondurasgate y Proyecto Júpiter: La fábrica del enemigo en tiempos de algoritmos

La democracia bajo condiciones de saturación

Las democracias latinoamericanas atraviesan una transformación silenciosa pero profunda. Ya no basta con controlar instituciones, acumular capital o disputar elecciones: el conflicto político contemporáneo también se libra en el terreno de la percepción, la saturación informativa y la erosión permanente de la confianza pública. En este escenario, casos como el Hondurasgate y el llamado Caso Júpiter aparecen menos como episodios excepcionales y más como síntomas de una época marcada por la expansión de operaciones político-mediáticas donde la verdad pierde centralidad frente al impacto emocional, la sospecha y el desgaste.

Lejos de tratarse únicamente de escándalos coyunturales, estos casos revelan la consolidación de nuevas formas de disputa política que combinan plataformas digitales, filtraciones, operadores mediáticos, campañas emocionales y narrativas de crisis permanente. La política ya no se organiza solamente alrededor de programas o proyectos; también se estructura alrededor de flujos de información, producción de miedo y administración estratégica del conflicto.

La “máquina del fango”: cuando la sospecha se vuelve tecnología política

Hace años, Umberto Eco advirtió sobre la existencia de una “máquina del fango”: un dispositivo de producción sistemática de desprestigio, rumores y manipulación simbólica cuyo objetivo no consiste necesariamente en demostrar hechos, sino en instalar dudas, fragmentar consensos y destruir legitimidades.

El barro funciona precisamente porque mezcla elementos reales, medias verdades, filtraciones, insinuaciones y emociones intensas hasta volver indistinguible la frontera entre información y operación política. Su potencia no radica únicamente en la mentira, sino en la saturación. Cuando todo parece escándalo, nada logra esclarecerse. Cuando cada actor acusa al otro de conspiración, corrupción o traición, el resultado no es necesariamente una ciudadanía más informada, sino una sociedad fatigada, desconfiada y vulnerable a soluciones autoritarias.

La lógica de la máquina del fango no busca únicamente convencer; busca producir agotamiento colectivo. La incertidumbre permanente termina debilitando las capacidades sociales para distinguir entre investigación, propaganda, filtración interesada y espectáculo mediático.

¿Qué son el Hondurasgate y el Proyecto Júpiter?

Aunque poseen características y contextos distintos, el Hondurasgate y el llamado Proyecto Júpiter comparten un elemento central: ambos han sido interpretados como expresiones de nuevas formas de disputa política donde convergen filtraciones, operaciones mediáticas, narrativas de seguridad y estrategias digitales de influencia.

El denominado Hondurasgate surge a partir de la filtración de audios y documentos que involucran a actores políticos, empresariales y operadores vinculados a redes internacionales de lobby y comunicación estratégica. Las revelaciones generaron controversia por las posibles conexiones entre campañas digitales, construcción de narrativas políticas e intereses geopolíticos articulados más allá de las fronteras hondureñas. El caso abrió debates sobre desinformación, injerencia, guerra comunicacional y el uso de plataformas digitales para moldear percepciones públicas en América Latina.

Por su parte, el Proyecto Júpiter aparece asociado a denuncias, interpretaciones y análisis sobre presuntas operaciones político-mediáticas vinculadas con escenarios de conflictividad regional, seguridad y construcción de enemigos internos. En diversas discusiones públicas, el término ha sido relacionado con dinámicas de intervención narrativa, amplificación mediática del miedo y utilización estratégica de discursos de amenaza para justificar agendas políticas y reconfiguraciones de poder.

Más allá de la precisión jurídica o del estado de verificación de cada denuncia, ambos casos permiten observar transformaciones más amplias en las formas contemporáneas de hacer política. La circulación acelerada de filtraciones, el papel central de redes sociales, la participación de operadores digitales y la creciente fusión entre comunicación, seguridad y geopolítica revelan cómo el conflicto político actual se desarrolla también como una disputa permanente por controlar narrativas, emociones y percepciones colectivas.

En ambos escenarios aparece además una dimensión clave: la utilización de estructuras de comunicación, influencia y articulación política como herramientas de incidencia en contextos locales con ramificaciones internacionales. Las disputas nacionales dejan de ser estrictamente domésticas y comienzan a insertarse dentro de redes transnacionales donde confluyen intereses económicos, agendas ideológicas, plataformas digitales y actores políticos capaces de intervenir simultáneamente en distintos territorios.

Esto implica la construcción estratégica de alianzas, campañas y narrativas orientadas a influenciar grupos específicos, moldear climas de opinión y fortalecer determinados intereses políticos, económicos o geopolíticos. Influencers, centros de pensamiento, operadores mediáticos, organizaciones, plataformas digitales y redes de lobby pasan entonces a desempeñar un papel cada vez más importante en la producción de legitimidades y en la orientación del debate público.

En ese sentido, Hondurasgate y Proyecto Júpiter funcionan menos como hechos aislados y más como ventanas para comprender una época marcada por la expansión de la desinformación, la polarización y la consolidación de ecosistemas digitales donde el barro, la sospecha y la saturación informativa comienzan a operar como instrumentos cotidianos de poder.

Hondurasgate y Proyecto Júpiter: síntomas de una mutación regional

En este contexto, el Hondurasgate resulta particularmente revelador. Las filtraciones de audios, las denuncias sobre redes internacionales de desinformación y las posibles articulaciones entre actores políticos, operadores digitales y agendas geopolíticas muestran cómo las fronteras entre comunicación, inteligencia, propaganda y seguridad se vuelven cada vez más difusas.

El Caso Júpiter, por su parte, expresa otra dimensión del fenómeno: la utilización intensiva de estructuras mediáticas y digitales para influir en percepciones colectivas, consolidar relatos de crisis y administrar políticamente la sospecha. En ambos casos aparece una lógica compartida: no se trata solamente de convencer, sino de desestabilizar, erosionar y producir incertidumbre permanente.

Más allá de las particularidades de cada caso, ambos permiten observar dinámicas estructurales:

  • -circulación acelerada de filtraciones,
  • -centralidad de operadores digitales,
  • -amplificación algorítmica del conflicto,
  • -construcción de enemigos políticos,
  • -desgaste institucional,
  • -y creciente dificultad para separar información, propaganda y operación psicológica.

Lo relevante no es únicamente si cada acusación resulta verdadera o falsa, sino el modo en que estos ecosistemas producen condiciones permanentes de polarización y sospecha social.

Del enemigo interno al algoritmo

América Latina conoce bien estas dinámicas. Durante décadas, el “enemigo interno” funcionó como categoría organizadora de doctrinas de seguridad, persecuciones políticas y mecanismos de control social. Sin embargo, la novedad contemporánea radica en que esa lógica ahora opera acelerada por algoritmos, plataformas digitales y economías de la indignación que convierten el conflicto en espectáculo continuo.

El barro ya no circula únicamente desde periódicos o cadenas televisivas: se mueve a velocidad algorítmica entre bots, influencers políticos, cuentas anónimas, campañas segmentadas y plataformas diseñadas para premiar la reacción emocional antes que la deliberación democrática.

La comunicación política deja entonces de orientarse principalmente hacia la persuasión racional y comienza a estructurarse alrededor de impactos emocionales instantáneos: miedo, indignación, humillación pública, odio y ansiedad colectiva. En ese terreno, la verdad pierde eficacia frente a la viralidad.

Influencia digital y geopolítica: la disputa por las narrativas

Las tensiones alrededor de la desinformación, las operaciones digitales y la construcción estratégica de percepciones no ocurren en un vacío político. También forman parte de disputas geopolíticas más amplias donde los Estados buscan moldear narrativas, defender intereses y reposicionar su legitimidad internacional en escenarios crecientemente fragmentados.

En ese contexto, recientes informaciones publicadas por The Guardian revelan que el Departamento de Estado de Estados Unidos, bajo instrucciones firmadas por Marco Rubio, ordenó a embajadas y consulados desplegar campañas coordinadas para contrarrestar lo que define como “propaganda antiestadounidense” y fortalecer la influencia de Washington a través de redes sociales y ecosistemas digitales.

El documento, según la investigación periodística, no solo impulsa una estrategia global de posicionamiento narrativo, sino que además plantea la coordinación entre sedes diplomáticas y unidades de operaciones psicológicas del Pentágono, conocidas anteriormente como Psyops. La instrucción incluye trabajar con influencers, académicos, líderes comunitarios y actores locales capaces de amplificar contenidos alineados con los intereses estadounidenses, procurando que dichas narrativas aparezcan como expresiones orgánicas y no como campañas centralizadas.

La relevancia de estas revelaciones no reside únicamente en el reconocimiento explícito del poder político de las redes sociales, sino en lo que muestran sobre la transformación contemporánea de la influencia internacional. Si durante gran parte del siglo XX la disputa por la legitimidad global se estructuraba alrededor de medios tradicionales, diplomacia pública o intervenciones directas, hoy una parte importante de esa confrontación ocurre mediante algoritmos, circulación de contenidos, administración emocional de audiencias y control de ecosistemas informativos.

La incorporación explícita de plataformas como X —presentada en el documento como herramienta “innovadora” para combatir la desinformación— evidencia además cómo las infraestructuras privadas digitales se convierten en componentes estratégicos de la disputa geopolítica contemporánea. Las redes sociales dejan de ser simples espacios de interacción para transformarse en territorios de influencia, intervención narrativa y producción de hegemonía cultural.

Esto complejiza aún más escenarios como Hondurasgate o el Caso Júpiter. Las campañas digitales, los sistemas de amplificación mediática y las operaciones narrativas dejan de ser únicamente fenómenos domésticos para insertarse dentro de redes transnacionales donde convergen intereses políticos, plataformas tecnológicas, actores económicos y estrategias de influencia regional.

La máquina del fango adquiere entonces una nueva escala: ya no opera solamente como instrumento de disputa electoral interna, sino como componente de una geopolítica de la información donde las emociones, los imaginarios y la percepción pública se convierten en territorios estratégicos de intervención.

Claves para leer la política del fango

Para analizar este tipo de fenómenos resulta útil identificar algunos patrones recurrentes que aparecen en las nuevas disputas político-mediáticas de la región:

DimensiónCaracterísticas principalesEfectos políticos
Producción de informaciónFiltraciones, audios, documentos parciales, rumoresGeneración de incertidumbre y sospecha
Plataformas digitalesBots, cuentas anónimas, microsegmentación, viralizaciónAmplificación emocional del conflicto
Construcción de enemigosNarrativas de traición, corrupción o amenaza internaPolarización y debilitamiento del diálogo
Saturación mediáticaExceso de información contradictoriaFatiga social y descreimiento
Judicialización y espectáculoMezcla entre procesos legales y guerra comunicacionalErosión de legitimidad institucional
Geopolítica y redes transnacionalesArticulación entre actores internacionales y agendas ideológicasExpansión regional de operaciones políticas
Economía de la indignaciónPremios algorítmicos al contenido conflictivoRadicalización discursiva
Crisis de confianzaDesgaste de medios, instituciones y actores políticosApertura a liderazgos autoritarios

Esta matriz permite comprender que la máquina del fango no opera únicamente como campaña de desinformación aislada, sino como un ecosistema político-cultural mucho más amplio, donde múltiples actores disputan poder mediante la administración estratégica del ruido.

La erosión democrática como efecto acumulativo

La consecuencia de estos procesos es profunda. No solo se deteriora la calidad del debate público; también se debilitan las posibilidades mismas de construir horizontes comunes. Allí donde todo puede ser presentado como conspiración, montaje o manipulación, la política deja de organizarse alrededor de proyectos colectivos y comienza a estructurarse alrededor del miedo, el odio y la administración permanente de enemigos.

La máquina del fango no destruye únicamente reputaciones individuales: erosiona lentamente las condiciones culturales de la democracia. Produce sociedades incapaces de distinguir entre crítica y operación, entre información y propaganda, entre participación política y espectáculo emocional. Y en medio de ese ruido constante, quienes logran capitalizar el caos suelen ser los actores con mayor capacidad económica, tecnológica y mediática.

No se trata solamente de un problema comunicacional. Se trata de una transformación profunda de las formas contemporáneas de ejercicio del poder.

Cuando el barro deja de ser excepción

Tal vez el problema central no sea únicamente la existencia del barro, sino su normalización como método de gobierno, estrategia electoral y forma dominante de comunicación política en el continente.

Porque cuando la sospecha sustituye al debate y el desgaste reemplaza a la verdad, la democracia comienza a perder uno de sus elementos más frágiles y fundamentales: la posibilidad de confiar colectivamente en algo más que el miedo.

Referencias:

Alfonso, Diana Carolina. (2026, abril 27). Atentados terroristas en el suroccidente colombiano: ¿La mano invisible del Proyecto Júpiter y el Plan Colombia 2.0? Diario Red.

Eco, Umberto. (2015). Número cero. Editorial Lumen.

Editorial. (2026, abril 29). Hondurasgate. Diario Red. 

Gedeon, Joseph. (2026, marzo 30). Estados Unidos ordena a sus embajadas que colaboren contra la “hostilidad” extranjera y que utilicen X para “contrarrestar la propaganda antiestadounidense”. The Guardian.

González Zorrilla, Gabriel. (2026, mayo 12). Hondurasgate: Qué se sabe y qué no de los audios filtrados. Deutsche Welle. Deutsche Welle

Redacción Diario Red / AL. (2026, mayo 6). “Honduras no es un caso aislado: es el laboratorio de una nueva ofensiva contra nuestras democracias”: Gerardo Torres Zelaya en La Base América Latina. Diario Red. 

Sgarzini, Bruno. (2026, mayo 8). Continental Strategy; la firma cercana a Marco Rubio responsable del lobby empresarial detrás del Hondurasgate. Diario Red.

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Esta nota forma parte de la colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes

El texto “Hondurasgate y Proyecto Júpiter: La fábrica del enemigo en tiempos de algoritmos” forma parte de la colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes, una iniciativa impulsada por el Observatorio de Bienes Comunes orientada a reflexionar críticamente sobre las transformaciones contemporáneas del poder, la colonialidad, los antiimperialismos y las disputas por los bienes comunes en América Latina y el Caribe.

La colección reúne cuadernos, ensayos y materiales de análisis que buscan leer los conflictos actuales desde perspectivas de antigeopolítica, recuperando voces, memorias y experiencias construidas desde los territorios y las luchas sociales. En ese marco, esta nota propone comprender cómo las operaciones mediáticas, la desinformación, las plataformas digitales y la administración algorítmica del miedo se han convertido en componentes centrales de las disputas políticas contemporáneas.

Más que analizar casos aislados, Geografías Herejes de los Bienes Comunes apuesta por abrir preguntas sobre las nuevas formas de dominación y control que atraviesan la región, así como sobre las posibilidades de construir lecturas críticas y horizontes democráticos frente a la saturación informativa, la polarización y la fabricación permanente de enemigos.