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La pedagogía de la protesta: lo que aprendemos cuando salimos a la calle

Antes de leer, escuchemos.

Escuchemos las voces de quienes estuvieron hoy en la calle. Dejemos que sean sus palabras, sus gritos, sus preguntas, sus risas, sus consignas y sus emociones las que nos devuelvan a este 1 de setiembre. Revivamos la protesta desde quienes la caminaron, la sintieron y la hicieron posible.

Este collage de voces no busca solamente registrar lo ocurrido. Es una invitación a volver sobre ese momento desde los sentires de quienes participaron: la indignación frente a los recortes, la preocupación por el futuro, la defensa de la educación pública, pero también la alegría de encontrarse, cantar, reír, jugar y bailar.

Después de escuchar, les invitamos a leer. Porque quizás una protesta también puede ser una escuela. Y entonces aparece una pregunta que atraviesa esta jornada: ¿qué aprendemos cuando protestamos?

Una escuela que no tiene aula

La protesta suele ser mirada desde afuera. Se cuentan las personas que asistieron, las consignas, las calles recorridas, las declaraciones, los enfrentamientos o las demandas. Se intenta medir su impacto y determinar si tuvo éxito.

Pero hay otra dimensión que suele quedar escondida: lo que una movilización enseña mientras ocurre.

La calle se convierte por unas horas en un espacio donde aprendemos a reconocernos, a escucharnos y a descubrir que nuestras preocupaciones no son solamente individuales. Lo que una persona vive como incertidumbre frente al futuro puede encontrar en otra voz una explicación, una pregunta o una compañía.

La protesta produce así un conocimiento situado: se aprende caminando, conversando, gritando, escuchando, preguntando y compartiendo.

Las voces recogidas este 1 de setiembre permiten acercarnos a esa pedagogía cotidiana de la movilización.

Y quizás podamos reconocer algunos de sus aprendizajes.

Aprendemos a cuidar y cuidarnos

En medio de una movilización también se aprende que nadie llega completamente solo.

Se pregunta si alguien necesita algo. Se espera a quien quedó atrás. Se comparte el espacio. Se acompaña a quien está cansado. Se está pendiente de quienes caminan alrededor.

Son gestos pequeños, pero contienen una idea política profunda: la defensa de lo común comienza también por el cuidado de quienes lo están defendiendo.

Frente a una lógica social que muchas veces nos invita a resolver individualmente nuestros problemas, la protesta recuerda que también podemos construir respuestas colectivas. Cuidar y cuidarnos no es una pausa de la política. Es parte de ella.

Aprendemos a preguntar

Una de las características más fuertes de las voces de hoy es la presencia de preguntas.

-¿Por qué se reduce la educación?

-¿Por qué no se escucha a quienes serán afectados?

-¿Qué significa realmente defender el futuro del país?

-¿Quién decide las prioridades presupuestarias?

-¿Quiénes pagan las consecuencias de esas decisiones?

Preguntar es una forma de interrumpir aquello que pretende presentarse como inevitable.

Cuando una decisión política se presenta como la única alternativa posible, la pregunta abre una grieta: ¿tenía que ser así?

La protesta enseña entonces algo fundamental: no aceptar las decisiones como hechos naturales. Preguntar significa reconocer que detrás de cada presupuesto, cada recorte y cada política existen decisiones, intereses, prioridades y disputas.

Aprendemos a acompañarnos

Una movilización hace visible algo que la vida cotidiana suele esconder: nuestras luchas están conectadas.

La defensa de una beca puede estar relacionada con la posibilidad de que una persona permanezca en la universidad. La alimentación estudiantil puede estar relacionada con la permanencia educativa. La educación pública puede estar relacionada con la movilidad social. La inversión social puede estar relacionada con las posibilidades de futuro.

Por eso, acompañar una lucha que aparentemente no es propia también puede convertirse en una manera de defender aquello que nos sostiene colectivamente.

No marchamos solamente por quienes están hoy en las aulas. También por quienes estarán mañana.

Esta idea aparece con fuerza en las voces recogidas durante la protesta: defender la educación pública significa defender posibilidades que alcanzan a quienes todavía no han llegado a ellas.

Aprendemos a caminar juntos y juntas

Caminar parece sencillo. Pero caminar colectivamente requiere mirar a los lados, reconocer otros ritmos, esperar, avanzar, detenerse y volver a comenzar.

Una movilización convierte ese gesto cotidiano en una experiencia política.

Durante unas horas dejamos de ser personas dispersas para convertirnos en un cuerpo colectivo que ocupa el espacio público.

No necesariamente pensamos igual.

No tenemos las mismas historias.

No venimos de los mismos lugares.

Pero podemos coincidir en una preocupación, en una demanda o en la necesidad de defender algo que consideramos común. Caminar juntos y juntas no significa caminar al mismo paso. Significa decidir que vale la pena avanzar acompañados.

Aprendemos a reír

Hay algo que también merece ser escuchado en el registro de esta protesta: la alegría.

Entre las consignas, las denuncias y la indignación aparecen llamados a bailar, a mantener el ánimo, a encontrarse con otras personas.

Esto puede parecer secundario frente a la gravedad de lo que se está discutiendo. No lo es.

La alegría también puede ser una forma de resistencia frente al miedo y al agotamiento. Una movilización no solamente expresa aquello que rechazamos; también produce espacios donde podemos experimentar, aunque sea temporalmente, el mundo que queremos construir: un mundo donde estamos con otras personas y no solas frente a los problemas.

Aprendemos a jugar

La protesta también tiene una dimensión lúdica. Las consignas, los ritmos, los gestos, las formas de ocupar la calle y las maneras creativas de comunicar una demanda producen otros lenguajes políticos.

Jugar permite experimentar. Permite probar otras formas de decir. Permite romper momentáneamente la solemnidad de la política institucional y recordar que la imaginación también es una herramienta para disputar sentidos. La calle no solamente comunica mensajes. La calle inventa lenguajes.

Aprendemos a bailar

Quizás bailar sea una de las imágenes más potentes de esta jornada. Bailar en medio de una protesta puede parecer contradictorio: ¿cómo se puede bailar cuando existen preocupaciones tan serias?

Precisamente porque protestar no significa renunciar a la vida.

La movilización también puede ser celebración de aquello que se quiere defender. Cuando se baila colectivamente, el cuerpo deja de ser solamente un cuerpo que reclama y se convierte en un cuerpo que afirma: aquí estamos, aquí seguimos y todavía tenemos razones para encontrarnos.

Aprendemos a debatir

No todas las voces recogidas dicen exactamente lo mismo. Y eso también es parte de la protesta.

En ellas aparecen distintas lecturas sobre el gobierno, el presupuesto, las universidades, el papel del mercado, las instituciones, la Asamblea Legislativa y el rumbo del país.

Una sociedad movilizada no es necesariamente una sociedad homogénea. Es una sociedad que abre espacios para disputar sentidos.

La pregunta democrática no debería ser cómo hacer desaparecer esas diferencias, sino cómo convivir con ellas y convertirlas en conversación, organización y acción colectiva.

La protesta enseña que la política no está terminada cuando termina una elección.

También ocurre cuando las personas se reúnen para discutir qué consideran justo, qué futuro quieren y qué están dispuestas a defender.

Aprendemos la sátira

Y está también la sátira. La burla. La ironía. El juego con las palabras. La capacidad de reírse del poder.

La sátira permite decir aquello que, expresado solamente mediante un discurso formal, podría perder fuerza. Desarma solemnidades, cuestiona discursos oficiales y permite mirar las contradicciones desde otro ángulo. En ese sentido, también es una forma de pedagogía.

Porque nos enseña a no tomar como natural aquello que el poder presenta como incuestionable.

La sátira no reemplaza la argumentación, pero puede abrir una puerta para que una pregunta entre por otro camino.

¿Qué se está disputando realmente?

Después de escuchar estas voces, la discusión sobre el presupuesto educativo parece adquirir otra dimensión.

No estamos únicamente frente a una discusión sobre porcentajes. Estamos frente a una disputa sobre las condiciones materiales para ejercer un derecho, sobre el papel de las instituciones públicas y sobre las posibilidades de futuro de quienes dependen de ellas.

Las voces de esta jornada expresan preocupación por los recortes, por las becas, por las condiciones para estudiar, por la falta de escucha y por la posibilidad de que la educación pública pierda capacidad para responder a las necesidades sociales.

Algunas intervenciones vinculan este proceso con una transformación más amplia: una universidad cada vez más orientada hacia el mercado, un debilitamiento de la inversión social y una reducción de los espacios de participación y negociación.

Son lecturas políticas expresadas desde la movilización. No todas las personas participantes necesariamente las comparten de la misma manera.

Pero escucharlas importa. Porque permiten identificar qué está siendo percibido como amenaza por quienes hoy decidieron salir a la calle.

Y entre esas amenazas aparece una preocupación de fondo: que aquello que durante décadas fue construido como derecho pueda comenzar a ser tratado progresivamente como privilegio.

La protesta como memoria

En las voces también aparece una memoria. La memoria de quienes estudiaron gracias a la educación pública. De las familias que hicieron esfuerzos para que sus hijos e hijas pudieran estudiar. De quienes recibieron becas. De quienes encontraron en una institución pública una posibilidad que de otro modo habría sido inaccesible.

La protesta recuerda que los derechos no aparecieron espontáneamente. Fueron producto de decisiones políticas, luchas sociales, instituciones y generaciones que construyeron condiciones distintas a las que encontraron quienes les precedieron.

Por eso defender la educación pública también significa defender una memoria colectiva.

Recordar que aquello que hoy parece normal alguna vez fue una conquista. Y que las conquistas pueden ser ampliadas, pero también pueden ser debilitadas.

La esperanza de una sociedad que todavía se mueve

Quizás por eso esta jornada importa más allá de sus resultados inmediatos. Porque en un momento donde muchas personas sienten que las decisiones se toman lejos de ellas, la movilización devuelve una experiencia elemental de la democracia: podemos encontrarnos, hablar, preguntar, disentir y hacer visible aquello que no queremos aceptar en silencio.

La esperanza no está en creer ingenuamente que todo saldrá bien. Está en descubrir que todavía existen capacidades colectivas para actuar.

-Cuidar.

-Preguntar.

-Acompañarnos.

-Caminar juntos y juntas.

-Reír.

-Jugar.

-Bailar.

-Debatir.

-Satirizar.

-Organizarnos.

Y volver a encontrarnos.

Una pedagogía para defender lo común

Quizás esta sea una de las principales enseñanzas del 1 de setiembre. La protesta no solamente demanda algo al poder. También nos transforma mientras la hacemos.

Nos enseña que defender un derecho requiere aprender a reconocerlo como un asunto colectivo. Que la indignación puede convertirse en conversación. Que la conversación puede convertirse en organización. Que la organización puede ocupar la calle. Y que ocupar la calle también puede ser una experiencia de cuidado, alegría y esperanza.

Por eso, escuchar primero estas voces importa.

Porque antes de analizar los números, las declaraciones y las posiciones políticas, podemos escuchar los cuerpos y los sentires de quienes estuvieron allí.

-Podemos escuchar el cansancio y la energía.

-La indignación y la risa.

-La preocupación y la esperanza.

-El grito y la pregunta.

-La protesta y la celebración.

Quizás ahí esté la verdadera pedagogía de la protesta: aprender que aquello que parece imposible de defender individualmente puede convertirse en una fuerza cuando decidimos hacerlo juntas y juntos.

Hoy la educación pública volvió a caminar. Y mientras caminaba, también enseñó. Nos enseñó que una sociedad que todavía se encuentra, se pregunta, se cuida, se ríe y se organiza es una sociedad que todavía puede disputar su futuro.

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La batalla por el sentido común: educación, neofascismo y disputa cultural en tiempos de incertidumbre

Una pregunta incómoda

Cuando se habla del ascenso de figuras como Javier Milei, Jair Bolsonaro o Donald Trump, las explicaciones suelen centrarse en la economía, las campañas electorales o las redes sociales. Sin embargo, una pregunta menos frecuente resulta fundamental para comprender el momento histórico actual: ¿cómo lograron estas fuerzas construir legitimidad social para propuestas que cuestionan derechos, promueven discursos de odio y erosionan instituciones democráticas?

El libro El proyecto político-pedagógico del neofascismo, de Cinthia Wanschelbaum, propone una respuesta provocadora: estas fuerzas no solo gobiernan o hacen política; también educan. Lo hacen fuera de las aulas, mediante discursos, medios de comunicación, redes sociales, think tanks, iglesias y espacios de formación ideológica que buscan moldear formas de interpretar la realidad.

Desde esta perspectiva, el neofascismo contemporáneo no debe entenderse únicamente como un proyecto económico o electoral. También constituye un proyecto pedagógico orientado a producir nuevas subjetividades y a disputar el sentido común de nuestras sociedades.

La educación más allá de la escuela

Uno de los aportes más sugerentes del libro es ampliar la comprensión de la educación. Durante mucho tiempo se pensó que la educación ocurría principalmente en las escuelas, colegios y universidades. Sin embargo, las disputas por las ideas siempre han trascendido las instituciones educativas. Los medios de comunicación, las plataformas digitales, los espacios religiosos, las producciones culturales y los liderazgos políticos también enseñan.

Cada discurso público transmite una determinada visión del mundo. Cada explicación sobre quiénes son los responsables de los problemas sociales educa políticamente. Cada interpretación sobre la pobreza, la desigualdad, la migración, la seguridad o el papel del Estado contribuye a formar una determinada manera de comprender la realidad.

Por eso la autora sostiene que la llamada «batalla cultural» es también una batalla pedagógica. Su objetivo no es simplemente convencer a las personas de votar por una opción política, sino producir una forma específica de entender la sociedad.

¿Cómo educa el neofascismo?

Según el análisis desarrollado en el libro, las nuevas derechas han construido un conjunto de estrategias orientadas a producir consenso social.

Entre ellas destacan la creación de enemigos permanentes, la difusión de teorías conspirativas, el ataque sistemático a las instituciones públicas, la exaltación del individualismo y la defensa del mercado como principio organizador de toda la vida social.

En este marco, problemas complejos son reducidos a explicaciones simples. La crisis económica deja de ser resultado de estructuras históricas y pasa a ser culpa de grupos específicos. Las desigualdades desaparecen del análisis y son reemplazadas por narrativas centradas exclusivamente en el mérito individual. Los derechos sociales son presentados como privilegios y la acción colectiva es sustituida por la competencia permanente.

Se trata de una pedagogía que busca transformar no solo las opiniones de las personas, sino también sus emociones. El miedo, la frustración, el resentimiento y la incertidumbre se convierten en recursos políticos fundamentales.

El neofascismo no surge de la nada

El texto evita explicaciones simplistas. El crecimiento de estas fuerzas no puede comprenderse únicamente como producto de la manipulación mediática o de la ignorancia ciudadana. Tampoco puede explicarse recurriendo a la idea de que millones de personas simplemente «se equivocaron».

Las nuevas derechas logran conectar con problemas reales. Lo hacen en un contexto marcado por el aumento de las desigualdades, la precarización de la vida, la pérdida de confianza en las instituciones y la incapacidad de muchos sistemas políticos para responder a las necesidades cotidianas de la población.

En este sentido, el libro plantea una tesis relevante: el ascenso del neofascismo debe entenderse como parte de una crisis más amplia de legitimidad del orden neoliberal y de las democracias liberales contemporáneas.

La pregunta deja entonces de ser únicamente por qué crecen estas fuerzas, para convertirse también en una interrogante sobre las limitaciones de los proyectos que no lograron responder a las expectativas de amplios sectores sociales.

Las tensiones presentes

Precisamente porque se trata de intervenir en debates urgentes, algunas de sus afirmaciones invitan a la discusión.

La primera tiene que ver con el propio concepto de neofascismo. ¿Hasta qué punto esta categoría permite comprender fenómenos diversos que emergen en contextos nacionales muy distintos? ¿Existen suficientes elementos comunes para agrupar experiencias tan heterogéneas bajo una misma etiqueta?

Una segunda tensión se relaciona con la interpretación de los apoyos sociales que reciben estas fuerzas. Si bien el libro muestra con claridad las estrategias de construcción de hegemonía, queda abierta la pregunta sobre cómo comprender la compleja relación entre consentimiento, descontento social y agencia política de quienes apoyan estos proyectos.

Finalmente, nos invita a reflexionar sobre los límites de las respuestas progresistas. Si el neofascismo ha logrado disputar exitosamente el terreno cultural, ¿qué vacíos políticos, organizativos y pedagógicos hicieron posible esa expansión?

Una disputa que también es educativa

Quizás la principal enseñanza del libro sea recordarnos que las luchas políticas son también luchas pedagógicas.

Toda sociedad educa. La pregunta es quién educa, para qué educa y desde qué valores se realiza esa tarea.

Mientras algunos proyectos promueven la competencia, el individualismo y la mercantilización de la vida, otros buscan fortalecer la cooperación, la solidaridad y la construcción colectiva de soluciones comunes.

Por ello, la discusión sobre educación no puede reducirse a programas escolares o reformas curriculares. También involucra las formas en que aprendemos a convivir, a interpretar los conflictos sociales y a imaginar futuros posibles.

¿Qué tiene que ver esto con los bienes comunes?

Gran parte de los discursos neofascistas contemporáneos descansan sobre una visión profundamente individualista de la sociedad. En ella, los problemas colectivos son convertidos en responsabilidades individuales y las soluciones comunes son sustituidas por mecanismos de mercado.

La defensa de los bienes comunes supone exactamente lo contrario: reconocer que existen problemas que no pueden resolverse desde la competencia, sino desde la cooperación; que la vida depende de relaciones de interdependencia; y que la democracia requiere capacidades colectivas para deliberar, organizarse y cuidar aquello que es compartido.

Por eso la disputa actual no es únicamente económica o institucional. También es una disputa pedagógica sobre cómo entendemos la libertad, la comunidad, la democracia y la vida en común.

¿Está llegando esta batalla cultural a nuestros territorios?

Pensar el proyecto político-pedagógico del neofascismo no implica trasladar mecánicamente las experiencias de Argentina, Brasil o Estados Unidos a la realidad centroamericana. Cada territorio tiene sus propias historias, conflictos y configuraciones políticas. Sin embargo, muchas de las estrategias descritas en el libro permiten identificar dinámicas que también aparecen en nuestras sociedades.

En Costa Rica y otros países de la región observamos el crecimiento de discursos que presentan a las universidades públicas como espacios ideologizados y desconectados de las necesidades de la población. Se cuestiona la inversión pública en educación superior mientras se promueven lógicas de mercado como criterio principal para evaluar el conocimiento.

De forma paralela, organizaciones ambientalistas, movimientos comunitarios, pueblos indígenas, sindicatos, colectivos feministas y defensores de derechos humanos son frecuentemente retratados como obstáculos para el desarrollo económico o como grupos privilegiados que atentan contra el bienestar general.

También se ha vuelto común la circulación de narrativas que simplifican problemas complejos mediante la identificación de enemigos concretos. La crisis económica, los problemas de seguridad o las tensiones sociales son explicados a partir de conspiraciones, intereses ocultos o supuestas amenazas culturales que deben ser combatidas.

Estas dinámicas no necesariamente configuran proyectos neofascistas plenamente desarrollados. Sin embargo, sí forman parte de una disputa cultural más amplia sobre quién tiene legitimidad para producir conocimiento, qué papel debe desempeñar el Estado, cuáles derechos son considerados legítimos y qué tipo de sociedad se considera deseable.

Por ello, la lectura del libro resulta especialmente relevante para quienes participan en procesos educativos, organizaciones comunitarias, movimientos sociales y espacios de defensa de los bienes comunes. Más que ofrecer respuestas acabadas, permite desarrollar herramientas para reconocer cómo se construyen determinadas narrativas y cuáles intereses pueden estar presentes detrás de ellas.

Caja de herramientas para la reflexión crítica

La siguiente matriz no busca clasificar personas o posiciones políticas, sino promover preguntas que permitan analizar críticamente distintos discursos presentes en la sociedad.

Tema en disputaMensaje frecuente en la batalla cultural¿Qué se nos invita a creer?Preguntas para problematizar¿Qué implicaciones tiene para los bienes comunes?
Educación pública«Las universidades públicas son un gasto»La educación debe funcionar como una empresa y responder al mercado.¿La educación es un derecho o una mercancía? ¿Quiénes quedarían excluidos si el acceso dependiera únicamente de la capacidad de pago?Debilita la idea del conocimiento como patrimonio colectivo.
Estado«El Estado siempre es el problema»Lo privado es más eficiente que lo público.¿Existen problemas que el mercado no puede resolver? ¿Quién protege a quienes tienen menos recursos?Reduce la capacidad de gestión colectiva de bienes y servicios esenciales.
Ambiente«Los ambientalistas frenan el desarrollo»La naturaleza debe subordinarse al crecimiento económico.¿Desarrollo para quién? ¿Quién asume los costos ambientales? ¿Qué ocurre con las generaciones futuras?Favorece la mercantilización de territorios, agua y ecosistemas.
Derechos humanos«Los derechos humanos protegen delincuentes»Los derechos son privilegios para algunos grupos.¿Qué ocurre cuando ciertos derechos dejan de ser universales? ¿Quién decide qué personas merecen protección?Debilita principios básicos de convivencia democrática.
Feminismos«La ideología de género amenaza a la familia»La igualdad de género representa una amenaza cultural.¿Qué desigualdades históricas intentan abordar los movimientos feministas? ¿Quién se beneficia de mantener las relaciones actuales de poder?Limita procesos de inclusión y reconocimiento de derechos.
Migración«Los migrantes son responsables de los problemas sociales»Los problemas colectivos tienen un enemigo identificable.¿Qué factores económicos y políticos explican realmente esos problemas? ¿A quién beneficia buscar chivos expiatorios?Favorece la exclusión y fragmentación social.
Seguridad«Se necesitan medidas cada vez más duras»Más castigo equivale automáticamente a más seguridad.¿Cuáles son las causas estructurales de la violencia? ¿Qué soluciones quedan fuera del debate?Reduce la discusión pública a respuestas punitivas.
Ciencia y conocimiento«Los expertos están manipulando a la población»Toda evidencia puede ser descartada si contradice creencias previas.¿Cómo construimos conocimiento confiable? ¿Qué diferencia existe entre una opinión y una investigación rigurosa?Debilita la deliberación democrática basada en información.
Medios y redes sociales«Todo es una conspiración»Existe un enemigo oculto detrás de todos los problemas.¿Qué evidencias respaldan estas afirmaciones? ¿Cómo distinguir información de desinformación?Polariza el debate y dificulta acuerdos colectivos.
Organización social«Los movimientos sociales viven de privilegios»La acción colectiva es sospechosa o innecesaria.¿Qué derechos se han conquistado gracias a la organización social? ¿Quién gana cuando las personas dejan de organizarse?Debilita la participación ciudadana y la defensa de lo común.
Más allá de la denuncia

El principal aporte del libro no consiste únicamente en identificar los riesgos asociados al ascenso de las nuevas derechas. También nos recuerda que toda disputa política es una disputa pedagógica.

Si existen proyectos que educan para la competencia, el individualismo y la exclusión, también es posible construir procesos educativos que fortalezcan la cooperación, la solidaridad, la participación democrática y el cuidado de lo común.

La pregunta que deja abierta esta lectura es profundamente política y pedagógica: ¿qué formas de aprendizaje necesitamos promover para enfrentar los desafíos de nuestro tiempo sin renunciar a la democracia, la justicia social y la defensa de la vida?

Una invitación a la lectura

En tiempos donde las certezas parecen desmoronarse y los discursos autoritarios ganan espacio en distintas regiones del mundo, comprender cómo se construyen las ideas dominantes se vuelve una tarea indispensable.

Más que ofrecer respuestas definitivas, El proyecto político-pedagógico del neofascismo proporciona herramientas para pensar críticamente el presente y para reconocer que las batallas políticas de nuestro tiempo son también batallas por la imaginación, la cultura y el sentido común.

Leer este libro es una invitación a comprender mejor el mundo que habitamos, pero también a preguntarnos qué proyectos pedagógicos necesitamos construir para defender la democracia, fortalecer los bienes comunes y ampliar los horizontes de una vida digna para todas las personas.

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Pedagogía, creatividad y humor: un lenguaje que enseña mientras se ríe

Las bombas, parte entrañable de la tradición costarricense, siempre han sido más que rima y picardía. Son una forma rápida y certera de leer el país: pequeñas cápsulas donde la crítica se condensa, el humor se afila y la realidad se mira con una mezcla de ironía y cariño. En las calles, durante la protesta social, estas expresiones recuperan toda su potencia. No solo hacen reír: abren conversación, afinan el oído colectivo y nos recuerdan que pensar también puede ser un acto alegre.

El video que acompaña esta nota recoge una serie de bombas compartidas en la marcha del 26 de noviembre de 2025. En ese espacio, entre consignas, pasos y carteles, las bombas se convirtieron en chispas pedagógicas: formas de explicar lo complejo sin perder el ingenio; maneras de nombrar lo urgente sin caer en el silencio cansado de la política formal.

Pedagogía, creatividad y humor: un lenguaje que enseña mientras se ríe

La pedagogía popular reconoce que la educación no vive solo en aulas, documentos o instituciones. Habita también en los gestos cotidianos, en los relatos que pasan de boca en boca, en lo que la gente crea cuando necesita entender y hacerse entender. En esa lógica, la bomba funciona como una maestra ligera: no impone, no sermonea, pero ilumina.

La creatividad, en este contexto, es más que un recurso expresivo: es una herramienta de pensamiento colectivo. Cuando alguien compone una bomba, reorganiza la realidad, la hace más digerible, más compartible. La vuelve materia común. En la protesta social, esa creatividad se multiplica, porque las calles invitan a inventar —y a reinventarse— con libertad. Carteles ingeniosos, rimas improvisadas, juegos de palabras: todo ello forma parte de un laboratorio espontáneo donde se ensayan ideas, críticas y deseos.

El humor, lejos de suavizar lo serio, crea un respiro que permite mirar lo doloroso sin paralizarse. Es un puente que baja tensiones y abre la puerta a quienes tal vez no hubieran participado en una discusión más “formal”. Un país que puede reírse de sí mismo también puede pensarse mejor. Las bombas lo recuerdan sin solemnidades: el análisis no tiene por qué ser árido.

Cuando humor, creatividad y protesta social convergen, aparece una forma de aprendizaje que no está codificada en ningún plan de estudios. Es una educación que se mueve, que vibra, que escucha y responde en tiempo real. Es la clase que nadie programa, pero que todas y todos terminamos tomando.

Atención: la creatividad va a decir algo

Este video es una invitación a detenerse un momento ante ese cruce fértil entre cultura popular y acción colectiva. A escuchar cómo la gente nombra lo que vive, lo que le preocupa, lo que sueña. A reconocer que en cada bomba hay una lectura país, una interpretación del presente y, muchas veces, una propuesta de futuro.

Porque pensar juntas y juntos —con humor, creatividad y palabra compartida— también es defender lo común. Y porque, en Costa Rica, hasta la reflexión puede entrar bailando.