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A diez años de su siembra: Berta Cáceres, la pedagogía del río y la política de la vida

El 3 de marzo de 2016 fue asesinada en La Esperanza, Honduras, Berta Cáceres, lideresa indígena lenca, feminista y defensora del río Gualcarque. Una década después, su figura no solo convoca memoria: interpela críticamente el modelo político y económico que convierte territorios en mercancía y comunidades en obstáculos.

Como coordinadora del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), Berta articuló una resistencia que trascendía la oposición a un proyecto hidroeléctrico específico. La lucha contra Agua Zarca —impulsada sin consulta previa en territorio lenca— evidenciaba un patrón estructural: el extractivismo como forma contemporánea de colonialismo interno, sostenido por alianzas entre capital transnacional, élites nacionales y aparatos estatales.

En su pensamiento, el río no era un “recurso natural”. Era sujeto de memoria, espiritualidad y comunidad. Allí emerge lo que podríamos llamar la pedagogía del río: una forma de aprendizaje político que nace de la escucha del territorio. El río enseña interdependencia —ningún cauce fluye aislado—; enseña comunidad —sus aguas se sostienen en múltiples afluentes—; enseña límite —cuando se le violenta, responde—; y enseña continuidad —la memoria fluye como corriente.

Defender el Gualcarque no era solo oponerse a una represa; era afirmar que el territorio educa. Que el río forma conciencia. Que en su fluir se aprende una política distinta: no centrada en la acumulación, sino en el cuidado y la reciprocidad. Esta pedagogía desborda la racionalidad tecnocrática que reduce el agua a kilovatios y balances financieros, y cuestiona la idea de desarrollo que fragmenta naturaleza y cultura.

Aquí radica uno de los aportes teóricos más potentes de su legado: la defensa territorial como política de la vida. No se trataba únicamente de resistir un megaproyecto, sino de disputar el sentido mismo de lo que entendemos por progreso. ¿Qué es el río? ¿Quién decide sobre él? ¿Qué saberes cuentan? ¿Qué vidas importan?

A diez años, hablar de Berta Cáceres es hablar de una pedagogía que sigue vigente. Y esa pedagogía no se agota en la defensa ecológica: se expande hacia la memoria, la cultura y las formas en que producimos conocimiento.

Río, memoria y bienes comunes: más allá de lo “natural”

Si el río educa, también lo hace enseñando que la vida no puede dividirse en compartimentos. Uno de los aportes más profundos del pensamiento de Berta es la comprensión del río como bien común que es simultáneamente natural y cultural. El río no es solo agua que fluye: es memoria compartida, es relato colectivo, es práctica espiritual, es organización comunitaria. Es, en ese sentido, un bien común simbólico.

Separar “naturaleza” y “cultura” ha sido una operación funcional al extractivismo. Cuando el río se reduce a caudal aprovechable, se invisibiliza su dimensión histórica y cultural. Pero cuando se le reconoce como espacio de vida, también se reconoce que su defensa es una defensa de la identidad y de la autonomía colectiva. El río sostiene cultivos, pero también sostiene sentidos; alimenta cuerpos, pero también alimenta memorias.

La pedagogía del río nos enseña justamente esa unidad: que el despojo no es solo material. Es también un intento de romper vínculos comunitarios, de erosionar memorias y de imponer una narrativa única del “progreso”. Defender el río es defender la posibilidad de nombrar el mundo desde otros marcos culturales y políticos.

Hoy, en distintos territorios de América Latina, quienes se organizan para proteger sus ríos suelen ser descalificados como “locos”, “radicales” o “ingenuos”. Esa estrategia de deslegitimación busca negar la racionalidad que brota del territorio. Sin embargo, la experiencia demuestra que muchas de esas voces que fueron ridiculizadas advertían impactos reales: contaminación, pérdida de agua, ruptura del tejido comunitario.

La acusación de locura funciona como mecanismo de disciplinamiento. Frente a ello, la pedagogía del río nos invita a invertir la pregunta: ¿qué racionalidad es la que considera razonable destruir un río en nombre del crecimiento económico? ¿qué tipo de normalidad naturaliza la violencia contra quienes defienden la vida?

Recordarla es asumir que la defensa del agua es, al mismo tiempo, defensa de la memoria, de la cultura y de la dignidad. Porque cuando un río se defiende, no solo fluye el agua: fluye también la historia de un pueblo que se niega a desaparecer.

Y esa lección nos conduce inevitablemente a otra dimensión del aprendizaje que el río ofrece: la forma en que conocemos y validamos lo que sabemos.

Cuando el río enseña también en Maquengal: ecos de la pedagogía en el Río Frío

La pedagogía del río de la que hablaba Berta Cáceres no pertenece únicamente al Gualcarque. También se expresa en territorios como Maquengal, en la cuenca del Río Frío – Caño Negro, donde las comunidades han aprendido a leer el agua como memoria viva y como advertencia.

En Maquengal, el río no es una abstracción cartográfica ni un simple caudal medible en metros cúbicos por segundo. Es sustento cotidiano, paisaje compartido, historia familiar y espacio de encuentro. Los recorridos comunitarios por el cauce —para observar cambios, documentar extracciones o señalar afectaciones— no son solo acciones de denuncia: son ejercicios de conocimiento colectivo. Allí se actualiza una forma de saber que no siempre cabe en un expediente técnico, pero que nace de la experiencia directa con el territorio.

Como en el caso que enfrentó Berta desde el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, en Maquengal también se evidencia una tensión entre la mirada que reduce el río a recurso y la que lo comprende como bien común. Cuando la comunidad advierte sobre la pérdida de cobertura ribereña, la alteración del cauce o el impacto acumulativo de intervenciones “permitidas”, no está reaccionando desde la improvisación: está defendiendo un tejido de relaciones que sostiene su vida cotidiana.

La experiencia de Maquengal confirma que la defensa del río es también defensa del derecho a habitar dignamente el territorio. Y muestra que la pedagogía del río no es metáfora lejana: es práctica concreta. Es caminar el cauce, conversar en comunidad, contrastar lo que dicen los papeles con lo que muestra el agua. Es recordar que la legitimidad no nace únicamente del sello institucional, sino del vínculo persistente con el lugar.

En ese sentido, el Río Frío dialoga con el Gualcarque. Ambos recuerdan que los bienes comunes no se defienden solo con argumentos legales, sino con comunidad organizada y memoria activa. Ambos enseñan que cuando el río cambia, la comunidad lo sabe. Y que escuchar esa voz —antes de que sea demasiado tarde— es parte de la tarea ética y política que Berta nos dejó como herencia.

Más allá del estudio técnico: memoria, dignidad y descolonización del conocimiento

Si el río enseña interdependencia y memoria, también enseña que no todo conocimiento cabe en un informe. En muchos conflictos socioambientales, el punto de partida suele definirse en términos de “estudios técnicos”: impacto ambiental, viabilidad financiera, modelaciones hidráulicas, dictámenes jurídicos. Estos instrumentos son relevantes. Pero cuando se convierten en el único lenguaje legítimo de la discusión, producen un silenciamiento: desplazan las memorias, los vínculos afectivos, el derecho al disfrute del territorio y la experiencia cotidiana de quienes habitan los ríos.

Las comunidades no comienzan a defender un río cuando se publica un informe; comienzan cuando sienten que algo amenaza su forma de vida. Esa experiencia también es conocimiento. Allí están los saberes situados, los relatos, las prácticas culturales, las espiritualidades. Está el derecho a una vida digna que no se agota en indicadores cuantificables. Está el lugar de lo sagrado, de aquello que no siempre puede traducirse en categorías técnicas pero que estructura profundamente la experiencia colectiva.

Asumir la pedagogía del río implica reconocer que la defensa territorial no nace únicamente de peritajes, sino de una comprensión integral del territorio como tejido de relaciones. El desafío no es descartar el conocimiento técnico, sino descentrarlo como único punto de validación.

Aquí se abre una tarea pendiente, especialmente para instancias que aún operan bajo marcos epistemológicos coloniales —incluidas muchas secciones de la universidad pública—: comprender que la descolonización no es solo discursiva. Supone transformar nuestras formas de investigar, de acompañar y de producir conocimiento. Trabajar con lo no legitimado, con lo que no está escrito, con lo que no siempre puede decirse en lenguaje académico.

La pedagogía del río nos invita a escuchar lo que no aparece en las matrices de evaluación: la memoria que no está archivada, la experiencia que no cabe en un formulario, el bienestar como principio organizador de la vida colectiva.

Si el acompañamiento universitario y profesional a las luchas territoriales quiere ser coherente con una ética de los bienes comunes, deberá aprender de ese fluir: abrirse a otros lenguajes, reconocer otras epistemologías y admitir que el conocimiento también nace en asambleas, en riberas y en prácticas comunitarias que sostienen la vida.

Quizás esa sea una de las lecciones más urgentes que nos deja esta década sin Berta: dejar que el río no solo sea defendido, sino que nos enseñe a transformar la manera en que pensamos, investigamos y acompañamos la vida en común.

Referencias:

Carvajal, Valentina. (2026, marzo 2). A diez años de Berta Cáceres: la lideresa que defendió el río y despertó al mundo. Greenpeace. https://es.greenpeace.org/es/noticias/a-diez-anos-de-berta-caceres-la-lideresa-que-defendio-el-rio-y-desperto-al-mundo/

Izquierdas. (2018). El asesinato de Berta Cáceres y las tramas del poder en Honduras. Izquierdas, (40), 254–273.

VV. AA. (2022). Defensoras: la vida en el centro. (Entrevista a Berta Cáceres).

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¿Por qué leer a Fanon hoy? Un documento para educar, incomodar y transformar

¿Por qué volver a Fanon hoy?
En un mundo atravesado por el resurgimiento del autoritarismo, la violencia estructural y el despojo territorial, el pensamiento de Frantz Fanon reaparece con una fuerza ineludible. A cien años de su nacimiento, el Observatorio de Bienes Comunes comparte un nuevo documento de trabajo que invita a leer, pensar y actuar desde la experiencia de lxs condenadxs de la tierra.

Este material no solo presenta una lectura accesible y comprometida de la obra de Fanon, sino que propone claves para entender el racismo estructural, la alienación colonial, la solidaridad internacionalista y la potencia transformadora de las luchas que nacen desde abajo. El texto nos recuerda que descolonizar no es solo un asunto del pasado: es un desafío urgente para el presente, que atraviesa nuestras formas de conocer, organizarnos, sanar, enseñar y habitar.

Además, el pensamiento fanoniano ofrece herramientas fundamentales para repensar el papel de la universidad pública. En tiempos en que muchas instituciones se ven atrapadas entre la lógica del mercado y el conservadurismo académico, Fanon interpela con fuerza: ¿puede la universidad ser un espacio de liberación y no de reproducción de jerarquías coloniales? Este cuaderno plantea preguntas necesarias para imaginar una educación crítica, comprometida con los territorios, abierta al diálogo con los saberes populares y orientada a la transformación social.

Aportes principales del documento

🔸 Lectura contextual de Fanon: Desde su biografía militante hasta sus aportes en psiquiatría, el documento traza un recorrido por la vida y obra de Fanon, destacando su coherencia ética entre pensamiento y acción.

🔸 Claves conceptuales: Racismo estructural, alienación, máscaras blancas, violencia liberadora, descolonización radical. Un glosario acompaña al texto para facilitar la apropiación crítica de sus categorías.

🔸 Vigencia de su pensamiento: Fanon es leído a la luz de las luchas actuales: pueblos indígenas, juventudes racializadas, mujeres organizadas, migrantes criminalizados. Su palabra resuena allí donde la dignidad es negada.

🔸 Desafíos para la universidad pública: ¿Puede la academia dejar de reproducir el pensamiento colonial y transformarse en un espacio de liberación? El texto abre preguntas incómodas pero necesarias.

Fanon hoy: una incomodidad necesaria

Frantz Fanon no fue un autor de diagnósticos neutros ni de soluciones cómodas. Su escritura, como su vida, es un llamado al compromiso con los pueblos que luchan. Su pensamiento nos ayuda a entender que el colonialismo no ha desaparecido: ha mutado. Está en la exclusión, en el despojo, en la violencia simbólica, en las estructuras educativas, económicas y sanitarias. Leerlo hoy es un acto de resistencia y lucidez.

📥 Descarga el documento completo acá.

📢 Leé, compartí, discutí.
Este material fue pensado para alimentar círculos de lectura, procesos de formación política, espacios comunitarios, aulas críticas y territorios en lucha. Que las palabras de Fanon no se queden en los márgenes: que sirvan para organizar esperanza.

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Frantz Fanon a 100 años: pensamiento vivo para la liberación

“Cada generación debe, en una relativa oscuridad, descubrir su misión, cumplirla o traicionarla.”
— Frantz Fanon

Este 2025 se cumplen 100 años del nacimiento de Frantz Fanon, psiquiatra, escritor y militante anticolonial nacido en Martinica. A un siglo de su llegada al mundo, su pensamiento no solo conserva una vigencia inusitada, sino que continúa siendo un faro para quienes luchan contra las formas contemporáneas del racismo, el colonialismo y la opresión. Su vida encarna una rara coherencia entre pensamiento y acción, entre la teoría y el compromiso político por la liberación de los pueblos.

Un pensador radical del colonialismo y la subjetividad

Frantz Fanon fue uno de los primeros en articular con profundidad cómo el colonialismo no solo domina territorios, sino que penetra en la psique de las personas colonizadas. En “Piel negra, máscaras blancas” (1952), Fanon exploró cómo el racismo produce una alienación estructural en la subjetividad negra, obligando a las personas a usar “máscaras” impuestas por la cultura blanca dominante para poder sobrevivir. Este texto no es solo un análisis psicológico; es una denuncia ética y política de la deshumanización colonial.

Fanon comprendió el racismo como una tecnología de poder: no es solo un “prejuicio” ni un “error” individual, sino una estructura que sostiene el orden colonial y el capitalismo global. En su lectura, la liberación auténtica no puede venir de reformas superficiales, sino de una ruptura con el sistema que produce esas jerarquías.

La violencia como respuesta: una ética desde los condenados de la tierra

Su obra más influyente, “Los condenados de la tierra” (1961), fue escrita mientras trabajaba con el Frente de Liberación Nacional (FLN) en Argelia, poco antes de su muerte. Este libro marca una ruptura con los discursos liberales y eurocéntricos sobre el desarrollo y la democracia. Fanon no idealiza la violencia, pero la reconoce como un momento inevitable en los procesos de descolonización, porque el colonialismo mismo se funda en la violencia. La violencia liberadora aparece como una reapropiación de la dignidad y una forma de reconstrucción del sujeto oprimido.

A diferencia del humanismo colonial, que oculta la deshumanización bajo discursos de civilización, Fanon apuesta por un nuevo humanismo, nacido de la lucha y del reconocimiento de la humanidad negada. Es un humanismo insurgente, construido por los de abajo, por quienes han sido despojados de su voz y su cuerpo.

Un compromiso encarnado: Fanon militante

Más allá de sus libros, Fanon fue un hombre profundamente comprometido con la praxis revolucionaria. Renunció a su cargo como psiquiatra del hospital de Blida, en Argelia, al no poder ser cómplice del aparato colonial francés. Se unió activamente al movimiento de liberación argelino, asumió misiones diplomáticas y formó parte de una lucha que no era la “de su pueblo natal”, sino la de todos los pueblos colonizados del mundo.

Este gesto de solidaridad radical –arriesgar la vida por una causa que no es “nacional” sino humana– es parte de la coherencia ética que hace de Fanon una figura ejemplar. No pensaba la revolución como una consigna abstracta, sino como un proceso en el que se arriesga el cuerpo, el tiempo y la vida.

Pensar con Fanon hoy: descolonizar es urgente

Hoy, en un mundo atravesado por nuevas formas de colonialismo —económico, cultural, epistémico y ecológico—, las palabras de Fanon resuenan con fuerza. En América Latina, África y Asia, en los territorios indígenas, en los barrios racializados, en las luchas de las juventudes precarizadas, su llamado a descubrir la misión histórica de cada generación sigue siendo una provocación necesaria.

Descolonizar no es solo un acto académico ni un reclamo simbólico: es una práctica que interpela las estructuras de poder y nuestras formas de vida. Leer a Fanon en este centenario no debe ser un homenaje pasivo, sino una invitación activa a renovar el compromiso con los procesos de emancipación, con los pueblos que luchan, con quienes siguen siendo tratados como desechables por un sistema que jerarquiza vidas.

Fanon vive en cada intento por decir la verdad contra la opresión, en cada gesto de solidaridad activa, en cada comunidad que se organiza para recuperar su autonomía. A 100 años de su nacimiento, su pensamiento nos recuerda que no hay transformación sin riesgo, ni liberación sin conflicto.

Descolonizar también es hacer: más allá del discurso

Frantz Fanon nos alerta con claridad: la descolonización no es una metáfora, ni un giro semántico en los debates académicos. Es una reorganización radical del mundo, una ruptura concreta con los modos de vida, de gobernar, de habitar, de sanar y de educar impuestos por el colonialismo. Por eso, descolonizar implica prácticas vividas, no solo interpretaciones.

En muchos espacios, el discurso descolonial ha sido absorbido por instituciones, universidades y ONGs sin que ello signifique un compromiso real con las luchas de los pueblos. Fanon nos previno de ese peligro: cuando la descolonización se vuelve una moda discursiva sin anclaje en el cuerpo, el territorio y la comunidad, deja de ser una amenaza al orden colonial.

Descolonizar exige recuperar saberes, lenguas, espiritualidades, economías y modos de cuidado propios, en diálogo con las urgencias del presente. Significa desafiar la verticalidad del Estado-nación, cuestionar el monocultivo del pensamiento occidental, denunciar las formas de racismo ambiental, reconstruir la salud desde el cuerpo-territorio, y defender la vida más allá del lucro y la acumulación.

En este sentido, Fanon no es solo un pensador, sino un guía ético-político que exige coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Su legado interpela a quienes luchan por el cambio social: ¿cómo se vive lo que se proclama? ¿Qué prácticas reproducen la colonialidad incluso en espacios que se dicen alternativos? ¿Quiénes deciden y desde dónde?

El pensamiento de Fanon, a 100 años de su nacimiento, nos recuerda que no basta con denunciar el colonialismo: hay que dejar de ser sus funcionarios cotidianos. Descolonizar es también cocinar, sembrar, sanar, enseñar y organizar desde otros lugares, con otros ritmos, con otras palabras.

¿Querés una mirada clara y visual sobre el legado de Frantz Fanon? Preparamos una infografía que resume sus principales ideas, su compromiso militante y por qué su pensamiento sigue siendo clave para las luchas actuales.

Ideal para espacios educativos, colectivos, talleres o para compartir en redes.

Descargala aquí PDFImagen

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Malcolm X: pensar la libertad desde el antirracismo y lo común

Cada 19 de mayo, al conmemorar el natalicio de Malcolm X, no solo recordamos a un líder afroamericano, sino a un pensador radical que entendió que la lucha contra el racismo en Estados Unidos estaba íntimamente conectada con los procesos globales de descolonización. Malcolm X amplió el horizonte del movimiento por los derechos civiles al vincularlo con las luchas de liberación en África, Asia y América Latina, mostrando que el racismo estructural es parte de un sistema colonial aún vigente, sostenido por el capitalismo, el imperialismo y el despojo.

Malcolm X denunció que el colonialismo no solo operaba en territorios formalmente ocupados, sino también en las estructuras sociales, económicas y culturales que perpetúan la subordinación de los pueblos racializados. Su mirada descolonial desnudó cómo las leyes, los medios y el aparato económico servían para mantener la desigualdad, legitimando el saqueo de recursos, el silenciamiento de las voces subalternas y la negación de derechos básicos.

En esta clave, la descolonización no era para él solo un proceso político, sino una transformación profunda de la conciencia, de las relaciones de poder y de los modos de organización social. Esta visión resuena hoy en las luchas por los bienes comunes, entendidos como aquello que pertenece a todos y todas por derecho colectivo: la tierra, el agua, el conocimiento, la salud, la educación, la memoria, el territorio y la vida misma.

Releer a Malcolm X desde América Latina nos interpela a cuestionar las formas coloniales que aún estructuran nuestras sociedades: el racismo ambiental, el extractivismo, la militarización de territorios indígenas y afrodescendientes, o la mercantilización de derechos. Defender los bienes comunes hoy es continuar el legado de Malcolm X: resistir al poder que divide, explota y jerarquiza, y afirmar en cambio la dignidad, la comunidad y la autodeterminación de los pueblos.

Más allá del prejuicio: el racismo como sistema de poder

El racismo estructural no se limita a actitudes individuales de prejuicio o discriminación; es un entramado de relaciones de poder que se ha naturalizado en las instituciones y que reproduce la desigualdad de forma sistemática. A través de leyes que criminalizan a las personas racializadas, medios que refuerzan estereotipos de inferioridad y un aparato económico que concentra riqueza mediante el despojo y la explotación, se perpetúa un orden social jerárquico heredado del colonialismo. Este sistema no solo margina a ciertos cuerpos y culturas, sino que también legitima el saqueo de territorios, el desmantelamiento de derechos colectivos y la invisibilización de las voces que resisten. Malcolm X denunció esta arquitectura de la opresión, revelando que no basta con modificar normas superficiales: es necesario desmantelar las bases estructurales del racismo para construir una sociedad verdaderamente justa.

Conceptos claves en su pensamiento y práctica

1. Racismo estructural:
Para Malcolm X, el racismo no era una cuestión de actitudes personales, sino un sistema organizado de poder que opera a través de las instituciones —leyes, educación, medios, economía— y que perpetúa la desigualdad racial de forma sistemática.

2. Descolonización:
Más allá de la independencia formal de los países, Malcolm X entendía la descolonización como un proceso integral de liberación política, económica y cultural frente al dominio imperialista y racista, tanto en el Sur global como dentro de Estados Unidos.

3. Autodeterminación:
Reivindicó el derecho de los pueblos —incluidos los afroamericanos— a definir su propio destino, organizarse políticamente y rechazar la imposición de modelos ajenos, como vía para reconstruir dignidad y soberanía colectiva.

 

4. Conciencia racial:
Malcolm X promovió una conciencia crítica sobre la historia y la identidad afrodescendiente, como herramienta de emancipación frente a la alienación y el racismo internalizado impuestos por el colonialismo y la cultura dominante.

5. Internacionalismo negro:
Su visión conectó las luchas locales de los afroamericanos con los procesos de liberación en África, Asia y América Latina, planteando una solidaridad anticolonialista y antirracista de alcance global.

6. Crítica al capitalismo:
Malcolm X señaló que el capitalismo se beneficia de la explotación racial y que la justicia racial solo es posible si se confrontan las estructuras económicas que sostienen la desigualdad.

Te invitamos a explorar la infografía adjunta, donde sintetizamos algunas de las ideas centrales del pensamiento de Malcolm X sobre el racismo estructural, el colonialismo y la necesidad de una transformación profunda de las sociedades. A través de sus palabras y su legado, buscamos abrir reflexiones sobre cómo estas luchas siguen vivas hoy en la defensa de los bienes comunes y en la resistencia de los pueblos frente a las múltiples formas de opresión.

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¿12 de octubre? Descolonizar como práctica

En este mes de octubre, vuelve al calendario la fecha del 12 de octubre de 1942, inicio del proceso de conquista, colonización y genocidio de los diversos territorios y pueblos originarios, que habitaron lo que luego será conocido como el continente «Americano». Esta fecha, ha sido disputada desde el propio inicio de la colonización, recordamos los alegatos y denuncias de Fray Bartolomé de las Casas (1484-1566) , pero también, la resistencia de todos los pueblos originarios ante la expansión e intensificación de las relaciones coloniales, que fueron desde la persecución, hasta el establecimiento de sistemas jurídicos racistas.

Con el paso de los siglos, ha habido un juego de narrativas por justificar esta fecha, desde los alegatos de la modernidad y el progreso, hasta los tibios revisionismos del día de las razas o el encuentro de culturas.

Por esta razón, queremos aprovechar este momento, para invitarles a reflexionar sobre qué debemos mirar desde una perspectiva de descolonización. ¿Valen todos los discursos? ¿A qué dimensiones deberíamos ponerles atención?

Esta infografía se realiza a partir de la lectura de los pueblos zapatistas en resistencia pronunciada en 1995 y de la entrevista realizada a Raúl Zibechi por la Crítica y Resistencias: Revista de conflictos sociales latinoamericanos.

También les compartimos algunos textos de Fray Bartolomé de las Casas:

Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias

Historia de las Indias Tomo 1

Historia de las Indias Tomo 2

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