20251215-claves-de-la-nueva-estrategia-de-seguridad-nacional-de-estados-unidos

Cuando la nevada ya tiene nombre: Seguridad hemisférica, terrorismo y expansión del enemigo en la nueva doctrina de Estados Unidos

Las nevadas más peligrosas no siempre comienzan con estruendo. A veces caen lentamente, casi en silencio, cubriendo el paisaje de manera imperceptible hasta transformar por completo la forma en que se percibe el mundo. Algo similar ocurre con los actuales discursos de seguridad global. No irrumpen únicamente mediante guerras abiertas o estados de excepción visibles. Operan también a través de narrativas que reorganizan el sentido común, redefinen amenazas y desplazan los límites de lo políticamente aceptable.

En los últimos meses hemos insistido en que las nuevas estrategias de seguridad impulsadas desde Estados Unidos no pueden entenderse únicamente como respuestas defensivas frente a riesgos externos. Más bien, constituyen intentos de reordenamiento geopolítico y cultural que buscan redefinir quién puede ser considerado legítimo dentro del espacio democrático y quién comienza a ocupar el lugar de la sospecha. El nuevo documento de estrategia antiterrorista publicado por sectores de la administración de Donald Trump profundiza precisamente esa dirección. Lo que allí aparece ya no es solamente una política de combate contra organizaciones armadas o redes criminales, sino una expansión radical de la noción misma de terrorismo y de enemigo.

La nevada ya no solo cae. Ahora tiene lenguaje, categorías y objetivos.

Del enemigo armado al enemigo ideológico

Uno de los aspectos más inquietantes del documento es que la amenaza deja de definirse exclusivamente a partir de acciones concretas para desplazarse hacia identidades políticas, ideológicas y culturales. Durante buena parte del siglo XX, la política de seguridad estadounidense construyó figuras relativamente delimitadas del enemigo: primero el comunismo, luego el terrorismo islámico y posteriormente determinados Estados considerados adversarios estratégicos. En el nuevo escenario, esas fronteras comienzan a disolverse.

El texto incorpora dentro de las amenazas prioritarias categorías tan amplias como:
-anarquistas,
-antifascistas,
-“extremistas violentos de izquierda”,
-actores considerados “antiestadounidenses”,
-y movimientos asociados a ideologías radicales.

El problema no radica únicamente en el lenguaje utilizado, sino en las implicaciones políticas que se desprenden de esa formulación.

Cuando las categorías de amenaza se vuelven ambiguas y expansivas, el margen para intervenir sobre la disidencia también se amplía. La sospecha deja de estar asociada únicamente a hechos específicos y empieza a desplazarse hacia formas de pensamiento, afinidades ideológicas o espacios organizativos. En ese movimiento, la frontera entre seguridad y persecución política se vuelve cada vez más difusa.

Ya no se trata solamente de neutralizar ataques. Se trata de:
-mapear redes,
-identificar vínculos,
-monitorear actores,
-rastrear afinidades,
-y anticipar amenazas potenciales.

El enemigo deja de ser alguien que actúa; pasa a ser alguien que podría actuar.

La seguridad como lenguaje total

El documento también evidencia un desplazamiento más profundo: la seguridad deja de funcionar como un ámbito específico del Estado y comienza a convertirse en una lógica totalizadora capaz de reorganizar todas las dimensiones de la vida social.

La migración se redefine como amenaza estratégica.

Las redes digitales aparecen como espacios de guerra narrativa.

Los conflictos territoriales se convierten en riesgos para la estabilidad hemisférica.

Las disputas ideológicas pasan a formar parte de la seguridad nacional.

Las movilizaciones sociales pueden ser interpretadas como focos de radicalización.

Lo que emerge es un marco donde prácticamente cualquier fenómeno puede ser reinterpretado bajo criterios securitarios.

Algunas características de esta expansión securitaria
  • -La seguridad deja de ser reactiva y pasa a ser preventiva.
  • -Se privilegia la vigilancia sobre la resolución de conflictos estructurales.
  • -La sospecha se vuelve permanente.
  • -Las categorías de amenaza se amplían constantemente.
  • -La excepcionalidad comienza a normalizarse.
  • -La seguridad absorbe dimensiones culturales, sociales y educativas.
  • -Se debilita la distinción entre política exterior y política interna.
América Latina y el Caribe: territorios funcionales al orden hemisférico

Este proceso tiene implicaciones particularmente profundas para América Latina y el Caribe. La región reaparece en el documento no como un conjunto de pueblos atravesados por historias, conflictos y proyectos políticos diversos, sino como un espacio estratégico cuya función principal es garantizar estabilidad, abastecimiento y control dentro de la arquitectura de seguridad estadounidense. El territorio deja de ser entendido como espacio de vida para convertirse en infraestructura geopolítica.

En esa mirada, América Latina y el Caribe son leídos desde su capacidad de proveer recursos críticos, asegurar rutas comerciales, contener flujos migratorios y garantizar cadenas de suministro consideradas esenciales para la competitividad y la seguridad del Norte global. Minerales estratégicos, agua dulce, biodiversidad, corredores logísticos, puertos, infraestructura energética y territorios fronterizos aparecen subordinados a una lógica que prioriza la funcionalidad geopolítica sobre las dinámicas sociales y ecológicas que sostienen esos espacios.

La doctrina hemisférica impulsada por la administración Trump reactualiza así una larga genealogía de dominación regional vinculada a la Doctrina Monroe, al Destino Manifiesto y a las múltiples formas de intervención política, económica y militar que históricamente han configurado la relación de Estados Unidos con América Latina y el Caribe. Sin embargo, el nuevo documento profundiza todavía más esta lógica porque ya no intenta revestirla únicamente bajo discursos ambiguos de cooperación, democracia o desarrollo. La seguridad emerge ahora como el lenguaje ordenador de toda la relación hemisférica.

La reivindicación explícita del hemisferio occidental como espacio prioritario de seguridad, junto con la normalización de operaciones extraterritoriales bajo argumentos antiterroristas, revela un giro particularmente agresivo en la política regional estadounidense. América Latina y el Caribe comienzan a aparecer simultáneamente como zona de contención frente a amenazas externas, reserva estratégica de recursos indispensables, frontera geopolítica frente a China y otros competidores globales, espacio privilegiado de vigilancia y plataforma para la proyección de poder hemisférico.

En este marco, la región deja de ser pensada desde las necesidades de quienes habitan sus territorios y comienza a ser organizada desde las prioridades de seguridad de una potencia externa. Lo que se redefine no es únicamente una estrategia militar o diplomática, sino la forma misma en que los territorios son interpretados: ya no como espacios de memoria, comunidad y reproducción de la vida, sino como piezas funcionales dentro de un tablero global marcado por la competencia geopolítica y la gestión autoritaria de las crisis contemporáneas.

Cuando la protesta entra en el campo de sospecha

Uno de los desplazamientos más delicados de esta doctrina es la expansión progresiva de marcos antiterroristas hacia conflictos sociales, territoriales y políticos. El problema no reside únicamente en la existencia de nuevas categorías de amenaza, sino en la elasticidad con la que estas pueden ser aplicadas sobre actores colectivos que históricamente han formado parte de las disputas democráticas de la región.

En contextos atravesados por crisis climática, expansión extractiva, aumento de las desigualdades, disputas por bienes comunes y conflictividad territorial creciente, muchos movimientos sociales podrían comenzar a ser interpretados desde lógicas securitarias antes que desde marcos políticos o sociales. Las luchas ambientales, las resistencias indígenas y campesinas, las organizaciones comunitarias o incluso determinadas formas de protesta urbana pueden ser progresivamente desplazadas hacia lenguajes de sospecha, radicalización o amenaza al orden.

La consecuencia de este giro es profunda. La protesta deja de aparecer como expresión legítima del conflicto democrático y comienza a aproximarse peligrosamente al campo discursivo de la seguridad nacional. En lugar de discutir las causas estructurales de los conflictos —despojo territorial, desigualdad, violencia extractiva o exclusión política— el énfasis se desplaza hacia la vigilancia, el control y la contención de quienes cuestionan esas dinámicas.

Este proceso puede traducirse en múltiples formas de criminalización: incremento de vigilancia sobre organizaciones sociales, judicialización selectiva, expansión de mecanismos de inteligencia, estigmatización mediática, militarización de territorios en conflicto y restricciones crecientes al ejercicio de derechos políticos y comunitarios. Lo que comienza a estrecharse no es únicamente el margen de la protesta, sino el propio espacio democrático desde el cual las sociedades pueden disputar sentidos, modelos de desarrollo y formas de vida.

Seguridad y guerra cultural

El documento tampoco se limita a construir enemigos políticos o estratégicos. También configura enemigos culturales y civilizatorios. Ese desplazamiento resulta central para comprender la profundidad del nuevo lenguaje de seguridad.

Las referencias constantes a la decadencia de Occidente, a las “culturas ajenas”, a la crisis de valores tradicionales, a la necesidad de restaurar el orden y a la defensa de la civilización occidental muestran cómo la seguridad comienza a fusionarse con una narrativa de guerra cultural. La amenaza deja de ser únicamente militar o territorial; pasa a ser también moral, identitaria y civilizatoria.

En este marco, las disputas contemporáneas son presentadas como conflictos existenciales donde determinados modos de vida, valores y formas culturales deben ser protegidos frente a actores considerados desestabilizadores o incompatibles con el orden occidental. La lógica de seguridad penetra así dimensiones cada vez más amplias de la vida social: educación, cultura, migración, género, memoria histórica y formas de organización colectiva.

La disputa ya no se libra únicamente sobre territorios o recursos estratégicos. También se juega sobre identidades, memorias, sentidos de pertenencia y formas de imaginar el futuro. Lo preocupante de este desplazamiento es que transforma diferencias políticas y sociales en antagonismos absolutos. Cuando ciertos actores dejan de ser concebidos como adversarios legítimos y comienzan a ser definidos como amenazas civilizatorias, las posibilidades democráticas de convivencia, diálogo y conflicto político empiezan a erosionarse profundamente.

La seguridad deja entonces de funcionar solo como política estatal. Se convierte en una narrativa total capaz de reorganizar quién pertenece, quién amenaza y quién puede ser excluido en nombre del orden.

Matriz para analizar la expansión de la categoría de “terrorismo”
Dimensión¿Qué aparece en el documento?Clave de lectura críticaRiesgos
TerrorismoSe amplía hacia actores ideológicos y políticosLa amenaza deja de definirse solo por acciones violentasCriminalización de la disidencia
MigraciónAsociada a inseguridad y crimenLa movilidad humana se securitizaXenofobia y militarización fronteriza
Protesta socialPuede leerse como radicalizaciónSe despolitizan las causas estructuralesRepresión y vigilancia
Antifascismo y anarquismoIncorporados como amenazasSe expande el enemigo internoPersecución política
Redes digitalesEspacios de guerra narrativaLa comunicación entra en marcos de controlVigilancia y censura
Territorios estratégicosConcebidos como espacios de seguridadSe prioriza el control sobre la vida territorialMilitarización y extractivismo
Cultura y valoresPresentados como parte del conflictoLa seguridad se vuelve civilizatoriaPolarización y exclusión
Claves para leer la doctrina hemisférica
Eje¿Qué propone la estrategia?Lectura crítica
Hemisferio occidentalPrioridad absoluta para la seguridad estadounidenseReactualización de la Doctrina Monroe
Carteles y terrorismoIntegración de ambas categoríasExpansión de marcos militares y excepcionales
Operaciones extraterritorialesPosibilidad de actuar fuera de EE.UU.Normalización de la intervención
Seguridad fronterizaMilitarización y control migratorioLa frontera como dispositivo permanente
Guerra culturalDefensa de “Occidente” y valores tradicionalesProducción de enemigos culturales
Inteligencia y vigilanciaMapeo de actores y redesExpansión de capacidades de control
Recursos estratégicosProtección de cadenas de suministroTerritorialización geopolítica del extractivismo
Lo que la nevada empieza a cubrir

En El Eternauta, uno de los elementos más inquietantes no es solamente la amenaza externa, sino la dificultad para comprenderla mientras avanzaba. El verdadero peligro aparecía cuando el miedo, la confusión y la imposibilidad de distinguir con claridad reorganizaban completamente la vida cotidiana.

Hoy asistimos a algo similar.

Las categorías de amenaza se expanden hasta volverse difusas.

La vigilancia se normaliza.

El miedo reorganiza el debate público.

Las fronteras entre seguridad y control político comienzan a desdibujarse.

Y mientras eso ocurre, el espacio democrático se estrecha de manera muchas veces imperceptible.

Por eso, el desafío no consiste únicamente en analizar documentos estratégicos o denunciar discursos autoritarios. El desafío es sostener la capacidad de leer críticamente el momento histórico que atravesamos antes de que las categorías de seguridad terminen definiendo por completo quién puede hablar, quién puede organizarse y quién comienza a ser considerado sospechoso.

Porque cuando la nevada logra nombrar al enemigo, también empieza a decidir qué vidas merecen protección y cuáles pueden ser sacrificadas en nombre del orden.

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Manual para sobrevivir a la nevada Seguridad, poder y narrativa: la estrategia de EE.UU. para redefinir la “extrema izquierda” y controlar la protesta

Una imagen se instala: Donald Trump como salvador. Un relato la sostiene: la seguridad como redención, como promesa de orden frente al caos. Pero hay un dato incómodo que atraviesa esa construcción: mientras se eleva esa figura, también se redefine quién es el enemigo. No se trata solo de proteger, sino de nombrar, clasificar y señalar; de trazar nuevas fronteras entre lo aceptable y lo sospechoso. En ese movimiento, la política deja de ser únicamente gestión del conflicto y pasa a convertirse en una disputa por el sentido, donde el miedo, la moral y la seguridad se entrelazan para reorganizar la mirada sobre la realidad.

Este texto forma parte de los procesos de reflexión construidos en el curso “Proceso de Formación: Rompecabezas de las miradas: quién te mira y quién te ve”.

Las ideas aquí desarrolladas no son un ejercicio individual, sino el resultado de un diálogo colectivo que busca leer críticamente el contexto actual, reconociendo cómo las miradas de poder configuran los territorios, las amenazas y también las posibilidades de organización.

En ese marco, esta nota propone una interpretación situada de los cambios geopolíticos en curso y sus implicaciones para América Latina y el Caribe, incorporando la educación popular como herramienta clave no solo para comprender estos procesos, sino también para posicionarse y actuar en medio de ellos.

En nuestro recorrido por la coyuntura, hemos insistido en que no basta con mirar los acontecimientos: hay que aprender a leer cómo se construyen. Esta nota forma parte de ese ejercicio.

Como en El Eternauta, donde la nevada no solo cae sino que también confunde, desorienta y redefine quién es enemigo y quién no, hoy asistimos a una reconfiguración global en la que los discursos de seguridad construyen nuevas amenazas. En este caso, la “nevada” no es solo información: es una narrativa que busca nombrar, clasificar y perseguir.

El marco: una estrategia que redefine al «enemigo»

En noviembre de 2025, la administración de Donald Trump publicó su National Security Strategy (NSS), un documento que, bajo el lema «America First», establece un giro radical en la política exterior estadounidense. Entre sus principios figuran el rechazo al intervencionismo –al menos en su versión clásica–, la primacía de la soberanía nacional, el fin de la «era de la migración masiva» y una concepción economicista de la seguridad.

Pero hay un capítulo silencioso que ahora comienza a ejecutarse: la persecución global de la llamada «extrema izquierda».

Dos noticias recientes confirman que lo que parecía retórica interna ya es política activa. Por un lado, un cable del secretario de Estado Marco Rubio ordena a todas las embajadas coordinar campañas digitales con influencers y actores locales para contrarrestar la «propaganda antiestadounidense». Por otro, el Departamento de Estado ha designado formalmente como «organizaciones terroristas» a cuatro grupos de izquierda en Europa (dos en Grecia, uno en Alemania y uno en Italia), y presiona a aliados para que persigan a movimientos como antifa.

¿Qué conexión hay entre ambos hechos? Ambos son la puesta en práctica operativa de la NSS 2025, que establece la necesidad de combatir la «subversión cultural», las «ideologías radicales» y cualquier forma de pensamiento crítico que desafíe el orden que Washington quiere imponer.

Como en la ciudad nevada del Eternauta, donde las reglas cambian sin previo aviso, aquí también se redefine quién es el enemigo… y bajo qué criterios.

Esto no es nuevo: ecos del macartismo

Aunque estos procesos puedan parecer recientes, lo cierto es que la criminalización de la disidencia tiene antecedentes claros en la historia. Un ejemplo emblemático es el Macartismo en Estados Unidos durante las décadas de 1950.

En ese período, bajo el argumento de la “seguridad nacional”, se construyó una persecución sistemática contra personas acusadas de ser comunistas o simpatizantes. No se trataba únicamente de actores políticos: artistas, académicos, funcionarios públicos y movimientos sociales fueron investigados, señalados y excluidos, muchas veces sin pruebas contundentes.

El macartismo operó a través de:

  • -la ampliación de la categoría de “enemigo interno”,
  • -la estigmatización pública,
  • -la vigilancia y persecución institucional,
  • -y la instalación del miedo como mecanismo de control social.

Más que responder a amenazas concretas, funcionó como una forma de disciplinamiento político e ideológico.

Traer este antecedente al presente permite reconocer que lo que hoy vemos —la ampliación de categorías como “extrema izquierda”, la asociación con terrorismo o la deslegitimación de la protesta— no surge de la nada, sino que forma parte de una lógica histórica que se reactualiza en distintos contextos.

En clave de nuestro análisis: la “nevada” ya ha caído antes.

Y así como en aquel momento muchas voces fueron silenciadas bajo el peso de la sospecha, hoy el desafío vuelve a ser reconocer cuándo los discursos de seguridad se convierten en herramientas para limitar la democracia.

El marco: una estrategia que redefine al «enemigo»

En noviembre de 2025, la administración de Donald Trump publicó su National Security Strategy (NSS), un documento que, bajo el lema «America First», establece un giro radical en la política exterior estadounidense. Entre sus principios figuran el rechazo al intervencionismo –al menos en su versión clásica–, la primacía de la soberanía nacional, el fin de la «era de la migración masiva» y una concepción economicista de la seguridad.

Pero hay un capítulo silencioso que ahora comienza a ejecutarse: la persecución global de la llamada «extrema izquierda».

Dos noticias recientes confirman que lo que parecía retórica interna ya es política activa. Por un lado, un cable del secretario de Estado Marco Rubio ordena a todas las embajadas coordinar campañas digitales con influencers y actores locales para contrarrestar la «propaganda antiestadounidense». Por otro, el Departamento de Estado ha designado formalmente como «organizaciones terroristas» a cuatro grupos de izquierda en Europa (dos en Grecia, uno en Alemania y uno en Italia), y presiona a aliados para que persigan a movimientos como antifa.

¿Qué conexión hay entre ambos hechos? Ambos son la puesta en práctica operativa de la NSS 2025, que establece la necesidad de combatir la «subversión cultural», las «ideologías radicales» y cualquier forma de pensamiento crítico que desafíe el orden que Washington quiere imponer.

Como en la ciudad nevada del Eternauta, donde las reglas cambian sin previo aviso, aquí también se redefine quién es el enemigo… y bajo qué criterios.

¿Qué es «extrema izquierda» según EE.UU.?

Una categoría tan vaga como peligrosa

El discurso de Monica A. Jacobsen, alta funcionaria antiterrorista del Departamento de Estado, define como terrorismo de extrema izquierda a:

  • -Amenazas comunistas, marxistas y anarquistas
  • -Movimientos anticapitalistas
  • -Ideologías «ecoextremistas»
  • -Cualquier movimiento «antifascista autodenominado»

Esta definición es tan amplia que podría incluir desde sindicatos combativos hasta organizaciones ecologistas, pasando por colectivos feministas o de defensa de derechos humanos que utilicen tácticas de desobediencia civil.

Como advierte Tom Joscelyn, «están tratando de inventar a antifa como una amenaza internacional para vincularla a grupos e individuos en Estados Unidos».

El riesgo no es menor: al no exigir pruebas de violencia inminente ni de ataques contra ciudadanos estadounidenses, la administración Trump crea una categoría política, no criminal. Y con ella, abre la puerta a vigilar, investigar y perseguir a activistas y académicos que simplemente sostengan ideas contrarias al statu quo.

En clave del Eternauta: no es la acción lo que define el peligro, sino la etiqueta que se impone sobre quien piensa distinto.

Criminalización de la protesta social: el caso europeo como alerta

Los cuatro grupos designados –Antifa Ost (Alemania), dos organizaciones griegas y una italiana– no tienen antecedentes de atentados contra EE.UU.

En el caso alemán, las autoridades locales señalaron que «la amenaza ha disminuido considerablemente». En Grecia, el ministro antiterrorista declaró: «Antifa existe en toda Europa, pero hasta hoy han sido activistas, no terroristas».

Sin embargo, la designación permite a EE.UU.:

  • -Congelar activos financieros
  • -Presionar a gobiernos extranjeros
  • -Establecer vínculos para investigar o procesar personas

Esto último es clave. Sebastian Gorka ha insistido en que «no hay lobos solitarios», promoviendo la búsqueda de conexiones entre activistas.

El objetivo final podría ser castigar a opositores internos bajo cargos de «apoyo al terrorismo».

Como en la historia del Eternauta, donde el peligro no siempre es visible pero sí operativo, aquí el control se expande a través de redes invisibles.

Redes, influencers y guerra narrativa

¿proteger la imagen o silenciar la disidencia?

El cable de Rubio instruye a las embajadas a:

  • -Colaborar con influencers y líderes de opinión
  • -Coordinar con unidades de información militar
  • -Usar plataformas como X para contrarrestar narrativas

En apariencia, es diplomacia pública. Pero en este contexto, se convierte en una herramienta de control narrativo.

No se trata solo de mejorar la imagen de EE.UU., sino de deslegitimar voces críticas, asociándolas con amenazas o propaganda hostil.

La nevada, en este caso, no solo cae: también se organiza.

El doble estándar: ¿dónde queda la amenaza real?

Los datos muestran otra realidad:

  • -112 muertes por extremismo de derecha (2010-2020)
  • -13 muertes por extremismo de izquierda
  • -82 por yihadismo

Christopher Wray había señalado que la principal amenaza provenía de la extrema derecha.

Sin embargo, la administración ha redirigido recursos hacia la izquierda.

No se trata de seguridad, sino de ideología.

Formas de criminalización de la disidencia en América Latina y el Caribe
Forma de criminalización¿Cómo opera?Discursos que la sostienenActores que la impulsanImpactos en territorios y movimientosClaves para el análisis
Asociación con narcotráficoSe vincula a líderes sociales o comunidades con redes ilícitas sin pruebas claras“El crimen organizado está infiltrado”, “hay financiamiento ilegal”Gobiernos, fuerzas de seguridad, mediosEstigmatización, judicialización, pérdida de legitimidadPreguntar: ¿hay evidencia o es una asociación discursiva?
Vínculos con terrorismoUso de leyes antiterroristas para investigar o perseguir movimientos“Amenaza a la seguridad nacional”, “radicalización”Estados, cooperación internacionalCriminalización de protesta, vigilancia, persecuciónAnalizar si se redefine “terrorismo” de forma amplia
Etiqueta de “ecoterrorismo”Movimientos ambientales son presentados como enemigos del desarrollo“Obstaculizan el progreso”, “afectan la inversión”Empresas, élites económicas, gobiernosDeslegitimación de luchas territoriales, represiónIdentificar conflicto entre modelo económico y defensa territorial
Criminalización de la protestaProtestas tratadas como disturbios o amenazas“Vandalismo”, “alteración del orden público”Gobiernos, medios, fuerzas policialesRepresión, detenciones, miedo colectivoObservar cómo se narra la protesta
Judicialización selectivaUso del sistema judicial contra líderes o movimientos“Aplicación de la ley”, “estado de derecho”Poder judicial, élites políticasProcesos largos, desgaste organizativoVer si hay selectividad en quién se investiga
Estigmatización mediáticaConstrucción de imagen negativa de actores sociales“Radicales”, “violentos”, “antidesarrollo”Medios, plataformas digitalesPérdida de apoyo socialAnalizar lenguaje y encuadres mediáticos
Vigilancia digital y persecuciónSeguimiento en redes, uso de datos, infiltración“Prevención”, “seguridad digital”Estados, empresas tecnológicasAutocensura, miedo, controlIdentificar tecnologías y mecanismos usados
Cooptación y divisiónFragmentación de movimientos mediante incentivos o presión“Diálogo”, “participación” (formal)Gobiernos, ONG, empresasDebilitamiento organizativoAnalizar quién gana y quién pierde con estos procesos
Deslegitimación de saberes localesSe invalidan conocimientos comunitarios o indígenas“Falta de evidencia”, “atraso”Academia tradicional, tecnocraciaInvisibilización de alternativasReconocer disputa epistemológica
Militarización de territoriosPresencia de fuerzas armadas en zonas de conflicto“Control territorial”, “seguridad”Estados, cooperación internacionalViolencia, desplazamiento, control socialAnalizar relación entre recursos y militarización
Cuando disentir se vuelve delito: una reflexión necesaria

La criminalización de la disidencia no es solo un cambio en el lenguaje político: es una transformación profunda en la forma en que se entiende la democracia.

Cuando protestar, organizarse o cuestionar el orden existente empieza a ser asociado con “amenaza”, “subversión” o incluso “terrorismo”, lo que está en juego no es únicamente la seguridad, sino los límites mismos de lo posible en la vida pública.

Este proceso tiene varias implicaciones:

  • -Reduce el espacio democrático, al convertir la crítica en sospecha y la participación en riesgo.
  • -Deslegitima a actores sociales, especialmente a quienes históricamente han luchado por derechos: movimientos ambientales, feministas, sindicales o comunitarios.
  • -Desplaza el debate político, ya que en lugar de discutir demandas o conflictos, se busca desacreditar a quienes los plantean.
  • -Instala el miedo como forma de control, desincentivando la organización y la acción colectiva.

Pero también hay algo más profundo: la criminalización de la disidencia redefine quién puede hablar, quién puede actuar y bajo qué condiciones. En ese proceso, muchas voces quedan fuera no por falta de legitimidad, sino por el riesgo que implica alzarse.

Desde la perspectiva del análisis de coyuntura, esto nos obliga a afinar la mirada:
no solo identificar actores y conflictos, sino reconocer cuándo el poder está intentando cerrar el campo de lo político, limitando las posibilidades de transformación.

Y en clave de nuestro recorrido:

así como en la nevada del Eternauta no siempre es evidente dónde está el peligro, en la coyuntura actual tampoco siempre es visible cuándo la democracia empieza a estrecharse.

Por eso, más que nunca, el desafío es sostener una lectura crítica, colectiva y atenta, que permita no solo entender lo que pasa, sino también defender los espacios donde es posible imaginar y construir alternativas.

Matriz para analizar la criminalización de la disidencia
Dimensión de análisis¿Qué observar?Preguntas clavePistas en la “nevada” (alertas)Claves para el análisis
Definición del enemigoCómo se nombran actores sociales¿A quién se etiqueta como “amenaza”? ¿Qué categorías se usan?Uso de términos amplios: “extremista”, “radical”, “subversivo”Identificar si la categoría es política o basada en hechos
Discursos y narrativasRelatos que circulan en medios y redes¿Cómo se cuenta el conflicto? ¿Qué emociones activa?Lenguaje de miedo, caos, orden, seguridadAnalizar qué sentido común se intenta construir
Actores con poder narrativoQuién posiciona la versión dominante¿Quién tiene más voz? ¿Quién queda fuera?Presencia de gobiernos, medios masivos, influencers alineadosReconocer asimetrías en la producción de sentido
Actores invisibilizadosQuiénes no aparecen o son distorsionados¿Qué voces faltan? ¿Cómo se representan?Ausencia de comunidades, movimientos o territoriosRecuperar esas voces para un análisis más completo
Instrumentos de controlMecanismos legales, digitales o políticos¿Qué herramientas se usan para intervenir?Leyes, vigilancia, redes sociales, algoritmos, campañas digitalesIdentificar cómo se ejerce el poder más allá de lo visible
Escenarios de disputaEspacios donde ocurre el conflicto¿Dónde se expresa el poder? ¿Dónde hay resistencia?Medios, redes, calles, instituciones, territoriosVer que el poder cambia según el escenario
Correlación de fuerzasRelación entre actores y su capacidad de acción¿Quién gana espacio? ¿Quién resiste?Desigualdad en recursos, acceso y legitimidadNo todos los actores tienen el mismo peso
Impactos en la democraciaConsecuencias sobre derechos y participación¿Qué se limita? ¿Qué se pone en riesgo?Criminalización de protesta, censura, autocensuraEvaluar el cierre o apertura del espacio político
Conexión sistema-mundo / vida cotidianaRelación entre lo global y lo local¿Cómo impacta esto en la vida concreta?Políticas globales que afectan territoriosHacer el puente entre escalas
Posibilidades de acciónEspacios de intervención y resistencia¿Dónde hay grietas? ¿Qué se puede hacer?Organización social, narrativas alternativasEl análisis no solo interpreta, también orienta acción
Cuando la nevada define al enemigo

La NSS 2025, el cable de Rubio y las designaciones en Europa forman parte de un mismo engranaje: la criminalización de la disidencia global.

Al definir de manera expansiva qué es «extrema izquierda», el gobierno no solo persigue actores, sino que redefine los límites de lo aceptable.

Como en El Eternauta, el peligro no es solo la tormenta, sino la imposibilidad de distinguir con claridad.

El mensaje que emerge es claro:

-protestar puede convertirte en amenaza.
-pensar críticamente, también.

Frente a esto, la pregunta que queda abierta —y que conecta con nuestro proceso de análisis de coyuntura— es:

¿cómo leer la realidad cuando los propios relatos buscan confundirla?

Fuentes: 

Alto Nivel. (2026, 9 de abril). Marco Rubio pide a embajadores recurrir a influencers y redes para reforzar la imagen de Estados Unidos. Alto Nivelhttps://www.altonivel.com.mx/marco-rubio-pide-a-embajadores-recurrir-a-influencers-y-redes-para-reforzar-la-imagen-de-estados-unidos/

Nicas, Jack, Feuer, Alan, Stevis-Gridneff, Matina, Wong, Edward, & Tankersley, Jim. (2026, 9 de abril). EE. UU. quiere la ayuda de sus aliados para perseguir a la extrema izquierda. The New York Timeshttps://www.nytimes.com/es/2026/04/09/espanol/estados-unidos/trump-antifa-terrorismo.html

The White House. (2025). National security strategy of the United States of America. U.S. Government Publishing Office.

escudo americas

Cuando cae la nevada: geopolítica, seguridad y educación popular en América Latina

Este texto forma parte de los procesos de reflexión construidos en el curso “Proceso de Formación: Rompecabezas de las miradas: quién te mira y quién te ve”.

Las ideas aquí desarrolladas no son un ejercicio individual, sino el resultado de un diálogo colectivo que busca leer críticamente el contexto actual, reconociendo cómo las miradas de poder configuran los territorios, las amenazas y también las posibilidades de organización.

En ese marco, esta nota propone una interpretación situada de los cambios geopolíticos en curso y sus implicaciones para América Latina y el Caribe, incorporando la educación popular como herramienta clave para comprender y actuar en medio de estos procesos.

La nevada que no parece amenaza

En El Eternauta, la catástrofe no irrumpe con estruendo. No hay una señal clara que anuncie el desastre. Todo comienza con una nevada suave, casi hipnótica, que cae sobre la ciudad sin levantar sospechas. Es blanca, silenciosa, aparentemente inofensiva. Pero es letal.

Lo inquietante no es solo su efecto, sino su forma de aparecer: sin alarma, sin nombre, sin posibilidad inmediata de ser comprendida.

Algo de esa lógica se puede rastrear en el actual reposicionamiento geopolítico de Estados Unidos. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional no se presenta como una política de dominación ni como una ofensiva directa sobre la región. Se formula en términos de orden, estabilidad, protección, soberanía.

Pero, como en la nevada, el problema no es cómo se nombra, sino lo que empieza a producir.

Y lo que empieza a producir es un reordenamiento profundo del lugar de América Latina y el Caribe en el mundo.

Del silencio al mapa: el regreso del hemisferio

En la historieta, la comprensión de lo que ocurre no llega de inmediato. Los personajes, poco a poco, comienzan a atar cabos. Lo que parecía un fenómeno aislado empieza a revelar una estructura más amplia, organizada, intencional.

Ese paso —del desconcierto a la lectura del mapa— es clave. Porque solo cuando se logra identificar la lógica que ordena los acontecimientos, es posible comenzar a responder.

En la estrategia estadounidense ocurre algo similar. América Latina y el Caribe reaparece, pero no como espacio de diálogo o cooperación, sino como una pieza central dentro de un esquema mayor de seguridad.

El llamado “corolario” a la Doctrina Monroe no es solo una referencia histórica. Es la actualización de una lógica: el hemisferio occidental como zona de control estratégico.

Esto se traduce en objetivos concretos:

  • -limitar la presencia de potencias extrahemisféricas
  • -asegurar el acceso a recursos críticos
  • -reorganizar cadenas de suministro
  • -garantizar control sobre territorios y rutas clave

No se trata de una ocupación visible. No hay tropas desplegándose en escena de forma generalizada. Lo que se configura es algo más complejo: un ordenamiento del espacio, donde cada país, cada territorio, cada infraestructura comienza a ser leído en función de su valor estratégico.

Y en ese mapa, América Latina y el Caribe deja de ser margen para convertirse en frontera.

Cuando la amenaza cambia de rostro

Pero ese reordenamiento no se sostiene únicamente sobre territorios. También requiere redefinir qué se entiende por amenaza.

A medida que avanza El Eternauta, la pregunta por el enemigo se vuelve cada vez más difícil de responder. Los verdaderos responsables no aparecen directamente. Operan a través de otros. La amenaza se fragmenta, se desplaza, se vuelve difusa.

Esa ambigüedad no es menor: descoloca, desorienta, dificulta la respuesta.

Algo similar ocurre en el documento de seguridad. La noción de amenaza se amplía y se vuelve más elástica. Ya no se limita a Estados adversarios claramente identificables. Se extiende hacia fenómenos sociales, culturales y económicos:

  • -la migración deja de ser un fenómeno humano para convertirse en riesgo estratégico
  • -el narcotráfico se inscribe en una lógica de guerra
  • -las “influencias externas” y la “subversión cultural” aparecen como peligros

En ese movimiento, la frontera entre lo externo y lo interno comienza a diluirse.

Y ahí emerge un punto especialmente delicado: cuando la amenaza se vuelve difusa, también se amplía el margen para definir quién o qué constituye un riesgo.

En América Latina y el Caribe, esto no es nuevo. La historia de la región ha mostrado cómo, bajo discursos de seguridad, actores sociales —movimientos territoriales, luchas ambientales, organizaciones comunitarias— han sido leídos como problemas a contener.

La pregunta, entonces, no es solo quién es el enemigo, sino quién puede ser nombrado como tal.

La intemperie organizada

Si la amenaza se redefine, también lo hace el lugar desde donde se responde a ella.

En la historieta, hay un momento en que salir al exterior sin protección significa exponerse a la muerte. Pero quedarse encerrado tampoco garantiza la supervivencia. Lo que hace la diferencia es la capacidad de organizarse, de construir protección colectiva.

La intemperie no es solo un lugar físico. Es una condición.

La estrategia de seguridad redefine a América Latina y el Caribe en una posición similar: como una zona de contención, un espacio donde se busca detener amenazas antes de que alcancen el centro.

Esto se traduce en medidas concretas:

  • -militarización de fronteras y rutas
  • -control reforzado de flujos migratorios
  • -posibilidad de uso de fuerza directa contra actores no estatales
  • -presión sobre gobiernos para alinear políticas de seguridad

La región aparece así como un territorio expuesto, donde la lógica dominante no es la del cuidado ni la del desarrollo, sino la del control.

Una intemperie organizada desde fuera.

Territorios funcionales, vidas desplazadas

Este desplazamiento hacia la seguridad no ocurre de manera aislada. Se articula con una forma específica de entender el territorio.

Conforme avanza El Eternauta, se hace evidente que la invasión no es caótica. Responde a una estructura donde cada elemento cumple una función dentro de un engranaje mayor.

Ese reconocimiento cambia la forma de entender lo que está en juego.

En el plano geopolítico, algo similar ocurre con la forma en que se piensa América Latina y el Caribe:

  • -territorios como reservorios de minerales, energía o biodiversidad
  • -países como nodos logísticos o barreras de contención
  • -economías como extensiones de cadenas productivas externas

La idea de una “Gran Norteamérica” se inscribe en esa lógica: no como integración entre iguales, sino como reorganización funcional del espacio.

Lo que se pierde en ese proceso es fundamental: la posibilidad de pensar los territorios desde quienes los habitan.

Porque cuando el territorio se convierte en pieza, las vidas que lo sostienen tienden a volverse invisibles.

Lo que no se ve (pero ordena)

Sin embargo, no todo este proceso es visible de forma inmediata.

Uno de los elementos más inquietantes de El Eternauta es que lo decisivo no siempre se muestra directamente. La verdadera estructura de poder opera desde lugares que no se ven, pero que organizan todo lo demás.

En la estrategia de seguridad, esto se expresa en la normalización de ciertas lógicas:

  • -todo puede ser leído en clave de seguridad
  • -toda dinámica puede ser intervenida si se define como riesgo
  • -toda diferencia puede ser sospechosa

Este desplazamiento es profundo. No implica necesariamente una intervención directa constante, sino algo más sutil y, al mismo tiempo, más abarcador: un marco que redefine cómo se interpretan los conflictos, las movilidades y las demandas sociales.

Cuando la seguridad se vuelve el lenguaje dominante, otras formas de entender la realidad —derechos, justicia, vida digna— quedan subordinadas.

Educar en la nevada: desafíos de la educación popular en tiempos de securitización

Frente a este escenario, la pregunta por la comprensión se vuelve central. Y con ella, el lugar de la educación.

Si algo enseña El Eternauta es que, incluso en medio de la incertidumbre, hay algo que no puede suspenderse: la capacidad de comprender lo que está pasando.

No como un ejercicio abstracto, sino como una necesidad para sobrevivir.

En contextos donde la seguridad se vuelve el lenguaje dominante, donde los territorios son leídos como espacios de riesgo y donde las dinámicas sociales pueden ser reinterpretadas como amenazas, la educación popular enfrenta un escenario particularmente desafiante.

Ya no se trata solo de formar conciencia crítica. Se trata de hacerlo en condiciones donde esa misma conciencia puede ser vigilada, deslegitimada o contenida.

Cuando aprender también se vuelve sospechoso

La expansión de marcos securitarios no solo redefine políticas públicas. También reconfigura los sentidos de lo educativo.

Procesos que históricamente han sido centrales para la educación popular —organización comunitaria, reflexión colectiva, lectura crítica de la realidad— pueden empezar a ser vistos como:

  • -espacios de “influencia”
  • -focos de “radicalización”
  • -o incluso amenazas al orden

Este desplazamiento no siempre es explícito. Muchas veces opera de forma sutil: a través de financiamientos condicionados, discursos institucionales, marcos regulatorios o estigmatización pública.

Pero su efecto es profundo: instala la idea de que pensar críticamente puede ser problemático.

El riesgo del aislamiento

En El Eternauta, uno de los mayores peligros no es solo la amenaza externa, sino la fragmentación. Cuando los vínculos se rompen, la capacidad de respuesta se debilita.

En el campo educativo ocurre algo similar.

Los contextos de control tienden a:

  • -aislar experiencias
  • -fragmentar procesos organizativos
  • -debilitar redes comunitarias

Y sin redes, la educación popular pierde uno de sus pilares fundamentales: la construcción colectiva del conocimiento y, con ella, su capacidad de transformación.

El desafío, entonces, no es solo sostener espacios educativos, sino sostener comunidad en condiciones adversas.

Nombrar el mundo cuando otros lo nombran por nosotros

Uno de los aportes centrales de la educación popular —en la línea de Paulo Freire— es la capacidad de nombrar el mundo desde la experiencia de quienes lo viven.

Pero en contextos donde el lenguaje de la seguridad se impone, esa capacidad entra en disputa.

Cuando los territorios son nombrados como “zonas de riesgo”, cuando las movilidades son “amenazas” y cuando los conflictos son “problemas de orden”, se produce un desplazamiento del sentido.

La educación popular se enfrenta entonces a un reto clave:

recuperar la capacidad de nombrar la realidad desde abajo, incluso cuando otros intentan imponer sus categorías.

Educar para leer la nevada

Volviendo a la metáfora, el problema nunca fue solo la nevada. Fue no entenderla a tiempo.

En este contexto, la educación popular tiene un papel urgente:

  • -ayudar a leer los procesos en curso
  • -conectar lo local con lo global
  • -visibilizar las estructuras que operan detrás de lo cotidiano

No se trata de “explicar” desde afuera, sino de construir colectivamente herramientas para comprender lo que se vive.

Leer la nevada no es anticiparse por completo, pero sí evitar que pase desapercibida.

Sostener la esperanza como práctica política

En escenarios restrictivos, donde el control se intensifica y los márgenes parecen reducirse, la tentación del repliegue es fuerte.

Sin embargo, El Eternauta también deja otra enseñanza: incluso en las condiciones más adversas, la organización es posible.

La educación popular no solo transmite contenidos. Sostiene algo más profundo:

  • -la posibilidad de imaginar alternativas
  • -la convicción de que lo colectivo importa
  • -la práctica cotidiana de construir sentido en común

En ese sentido, educar no es solo resistir. Es también seguir creando mundo en medio de la nevada.

La pregunta del Eternauta

Todo lo anterior nos devuelve a una pregunta central.

En medio del caos, El Eternauta insiste en una idea sencilla pero radical: nadie se salva solo.

La supervivencia no depende de la fuerza individual, sino de la capacidad de organizarse, de confiar, de construir en común incluso en condiciones adversas.

Trasladada a este escenario, la pregunta cambia de escala, pero no de sentido:

¿qué formas de organización son posibles cuando los territorios comienzan a ser definidos desde afuera como espacios de riesgo o de control?

Pensar más allá del tablero

La geopolítica suele presentarse como un tablero donde actores poderosos mueven piezas. Esa lectura es necesaria: permite identificar intereses, estrategias, disputas.

Pero no es suficiente.

Porque ese tablero está habitado.

Pensar este momento también exige una mirada que desborde esa lógica. Una perspectiva capaz de:

  • -reconocer las voces de los territorios
  • -leer las luchas sociales como expresiones políticas legítimas
  • -disputar el sentido de lo que se nombra como “seguridad”

No se trata de negar la geopolítica, sino de no quedar atrapados en ella.

Reconocer la nevada

En El Eternauta, la nevada avanza porque, al inicio, no se logra dimensionar su alcance. Cuando se comprende, ya ha transformado profundamente el mundo.

Hoy, América Latina se encuentra en un momento donde múltiples procesos —económicos, políticos, securitarios— se están reconfigurando.

No todos son visibles de inmediato. No todos se presentan como amenaza.

Por eso, tal vez la pregunta no es solo qué está pasando.

La pregunta es otra:

¿estamos reconociendo la nevada mientras cae, o la vamos a entender cuando ya haya cubierto todo?