Las nevadas más peligrosas no siempre comienzan con estruendo. A veces caen lentamente, casi en silencio, cubriendo el paisaje de manera imperceptible hasta transformar por completo la forma en que se percibe el mundo. Algo similar ocurre con los actuales discursos de seguridad global. No irrumpen únicamente mediante guerras abiertas o estados de excepción visibles. Operan también a través de narrativas que reorganizan el sentido común, redefinen amenazas y desplazan los límites de lo políticamente aceptable.
En los últimos meses hemos insistido en que las nuevas estrategias de seguridad impulsadas desde Estados Unidos no pueden entenderse únicamente como respuestas defensivas frente a riesgos externos. Más bien, constituyen intentos de reordenamiento geopolítico y cultural que buscan redefinir quién puede ser considerado legítimo dentro del espacio democrático y quién comienza a ocupar el lugar de la sospecha. El nuevo documento de estrategia antiterrorista publicado por sectores de la administración de Donald Trump profundiza precisamente esa dirección. Lo que allí aparece ya no es solamente una política de combate contra organizaciones armadas o redes criminales, sino una expansión radical de la noción misma de terrorismo y de enemigo.
La nevada ya no solo cae. Ahora tiene lenguaje, categorías y objetivos.
Del enemigo armado al enemigo ideológico
Uno de los aspectos más inquietantes del documento es que la amenaza deja de definirse exclusivamente a partir de acciones concretas para desplazarse hacia identidades políticas, ideológicas y culturales. Durante buena parte del siglo XX, la política de seguridad estadounidense construyó figuras relativamente delimitadas del enemigo: primero el comunismo, luego el terrorismo islámico y posteriormente determinados Estados considerados adversarios estratégicos. En el nuevo escenario, esas fronteras comienzan a disolverse.
El texto incorpora dentro de las amenazas prioritarias categorías tan amplias como:
-anarquistas,
-antifascistas,
-“extremistas violentos de izquierda”,
-actores considerados “antiestadounidenses”,
-y movimientos asociados a ideologías radicales.
El problema no radica únicamente en el lenguaje utilizado, sino en las implicaciones políticas que se desprenden de esa formulación.
Cuando las categorías de amenaza se vuelven ambiguas y expansivas, el margen para intervenir sobre la disidencia también se amplía. La sospecha deja de estar asociada únicamente a hechos específicos y empieza a desplazarse hacia formas de pensamiento, afinidades ideológicas o espacios organizativos. En ese movimiento, la frontera entre seguridad y persecución política se vuelve cada vez más difusa.
Ya no se trata solamente de neutralizar ataques. Se trata de:
-mapear redes,
-identificar vínculos,
-monitorear actores,
-rastrear afinidades,
-y anticipar amenazas potenciales.
El enemigo deja de ser alguien que actúa; pasa a ser alguien que podría actuar.
La seguridad como lenguaje total
El documento también evidencia un desplazamiento más profundo: la seguridad deja de funcionar como un ámbito específico del Estado y comienza a convertirse en una lógica totalizadora capaz de reorganizar todas las dimensiones de la vida social.
La migración se redefine como amenaza estratégica.
Las redes digitales aparecen como espacios de guerra narrativa.
Los conflictos territoriales se convierten en riesgos para la estabilidad hemisférica.
Las disputas ideológicas pasan a formar parte de la seguridad nacional.
Las movilizaciones sociales pueden ser interpretadas como focos de radicalización.
Lo que emerge es un marco donde prácticamente cualquier fenómeno puede ser reinterpretado bajo criterios securitarios.
Algunas características de esta expansión securitaria
- -La seguridad deja de ser reactiva y pasa a ser preventiva.
- -Se privilegia la vigilancia sobre la resolución de conflictos estructurales.
- -La sospecha se vuelve permanente.
- -Las categorías de amenaza se amplían constantemente.
- -La excepcionalidad comienza a normalizarse.
- -La seguridad absorbe dimensiones culturales, sociales y educativas.
- -Se debilita la distinción entre política exterior y política interna.
América Latina y el Caribe: territorios funcionales al orden hemisférico
Este proceso tiene implicaciones particularmente profundas para América Latina y el Caribe. La región reaparece en el documento no como un conjunto de pueblos atravesados por historias, conflictos y proyectos políticos diversos, sino como un espacio estratégico cuya función principal es garantizar estabilidad, abastecimiento y control dentro de la arquitectura de seguridad estadounidense. El territorio deja de ser entendido como espacio de vida para convertirse en infraestructura geopolítica.
En esa mirada, América Latina y el Caribe son leídos desde su capacidad de proveer recursos críticos, asegurar rutas comerciales, contener flujos migratorios y garantizar cadenas de suministro consideradas esenciales para la competitividad y la seguridad del Norte global. Minerales estratégicos, agua dulce, biodiversidad, corredores logísticos, puertos, infraestructura energética y territorios fronterizos aparecen subordinados a una lógica que prioriza la funcionalidad geopolítica sobre las dinámicas sociales y ecológicas que sostienen esos espacios.
La doctrina hemisférica impulsada por la administración Trump reactualiza así una larga genealogía de dominación regional vinculada a la Doctrina Monroe, al Destino Manifiesto y a las múltiples formas de intervención política, económica y militar que históricamente han configurado la relación de Estados Unidos con América Latina y el Caribe. Sin embargo, el nuevo documento profundiza todavía más esta lógica porque ya no intenta revestirla únicamente bajo discursos ambiguos de cooperación, democracia o desarrollo. La seguridad emerge ahora como el lenguaje ordenador de toda la relación hemisférica.
La reivindicación explícita del hemisferio occidental como espacio prioritario de seguridad, junto con la normalización de operaciones extraterritoriales bajo argumentos antiterroristas, revela un giro particularmente agresivo en la política regional estadounidense. América Latina y el Caribe comienzan a aparecer simultáneamente como zona de contención frente a amenazas externas, reserva estratégica de recursos indispensables, frontera geopolítica frente a China y otros competidores globales, espacio privilegiado de vigilancia y plataforma para la proyección de poder hemisférico.
En este marco, la región deja de ser pensada desde las necesidades de quienes habitan sus territorios y comienza a ser organizada desde las prioridades de seguridad de una potencia externa. Lo que se redefine no es únicamente una estrategia militar o diplomática, sino la forma misma en que los territorios son interpretados: ya no como espacios de memoria, comunidad y reproducción de la vida, sino como piezas funcionales dentro de un tablero global marcado por la competencia geopolítica y la gestión autoritaria de las crisis contemporáneas.
Cuando la protesta entra en el campo de sospecha
Uno de los desplazamientos más delicados de esta doctrina es la expansión progresiva de marcos antiterroristas hacia conflictos sociales, territoriales y políticos. El problema no reside únicamente en la existencia de nuevas categorías de amenaza, sino en la elasticidad con la que estas pueden ser aplicadas sobre actores colectivos que históricamente han formado parte de las disputas democráticas de la región.
En contextos atravesados por crisis climática, expansión extractiva, aumento de las desigualdades, disputas por bienes comunes y conflictividad territorial creciente, muchos movimientos sociales podrían comenzar a ser interpretados desde lógicas securitarias antes que desde marcos políticos o sociales. Las luchas ambientales, las resistencias indígenas y campesinas, las organizaciones comunitarias o incluso determinadas formas de protesta urbana pueden ser progresivamente desplazadas hacia lenguajes de sospecha, radicalización o amenaza al orden.
La consecuencia de este giro es profunda. La protesta deja de aparecer como expresión legítima del conflicto democrático y comienza a aproximarse peligrosamente al campo discursivo de la seguridad nacional. En lugar de discutir las causas estructurales de los conflictos —despojo territorial, desigualdad, violencia extractiva o exclusión política— el énfasis se desplaza hacia la vigilancia, el control y la contención de quienes cuestionan esas dinámicas.
Este proceso puede traducirse en múltiples formas de criminalización: incremento de vigilancia sobre organizaciones sociales, judicialización selectiva, expansión de mecanismos de inteligencia, estigmatización mediática, militarización de territorios en conflicto y restricciones crecientes al ejercicio de derechos políticos y comunitarios. Lo que comienza a estrecharse no es únicamente el margen de la protesta, sino el propio espacio democrático desde el cual las sociedades pueden disputar sentidos, modelos de desarrollo y formas de vida.
Seguridad y guerra cultural
El documento tampoco se limita a construir enemigos políticos o estratégicos. También configura enemigos culturales y civilizatorios. Ese desplazamiento resulta central para comprender la profundidad del nuevo lenguaje de seguridad.
Las referencias constantes a la decadencia de Occidente, a las “culturas ajenas”, a la crisis de valores tradicionales, a la necesidad de restaurar el orden y a la defensa de la civilización occidental muestran cómo la seguridad comienza a fusionarse con una narrativa de guerra cultural. La amenaza deja de ser únicamente militar o territorial; pasa a ser también moral, identitaria y civilizatoria.
En este marco, las disputas contemporáneas son presentadas como conflictos existenciales donde determinados modos de vida, valores y formas culturales deben ser protegidos frente a actores considerados desestabilizadores o incompatibles con el orden occidental. La lógica de seguridad penetra así dimensiones cada vez más amplias de la vida social: educación, cultura, migración, género, memoria histórica y formas de organización colectiva.
La disputa ya no se libra únicamente sobre territorios o recursos estratégicos. También se juega sobre identidades, memorias, sentidos de pertenencia y formas de imaginar el futuro. Lo preocupante de este desplazamiento es que transforma diferencias políticas y sociales en antagonismos absolutos. Cuando ciertos actores dejan de ser concebidos como adversarios legítimos y comienzan a ser definidos como amenazas civilizatorias, las posibilidades democráticas de convivencia, diálogo y conflicto político empiezan a erosionarse profundamente.
La seguridad deja entonces de funcionar solo como política estatal. Se convierte en una narrativa total capaz de reorganizar quién pertenece, quién amenaza y quién puede ser excluido en nombre del orden.
Matriz para analizar la expansión de la categoría de “terrorismo”
| Dimensión | ¿Qué aparece en el documento? | Clave de lectura crítica | Riesgos |
|---|---|---|---|
| Terrorismo | Se amplía hacia actores ideológicos y políticos | La amenaza deja de definirse solo por acciones violentas | Criminalización de la disidencia |
| Migración | Asociada a inseguridad y crimen | La movilidad humana se securitiza | Xenofobia y militarización fronteriza |
| Protesta social | Puede leerse como radicalización | Se despolitizan las causas estructurales | Represión y vigilancia |
| Antifascismo y anarquismo | Incorporados como amenazas | Se expande el enemigo interno | Persecución política |
| Redes digitales | Espacios de guerra narrativa | La comunicación entra en marcos de control | Vigilancia y censura |
| Territorios estratégicos | Concebidos como espacios de seguridad | Se prioriza el control sobre la vida territorial | Militarización y extractivismo |
| Cultura y valores | Presentados como parte del conflicto | La seguridad se vuelve civilizatoria | Polarización y exclusión |
Claves para leer la doctrina hemisférica
| Eje | ¿Qué propone la estrategia? | Lectura crítica |
|---|---|---|
| Hemisferio occidental | Prioridad absoluta para la seguridad estadounidense | Reactualización de la Doctrina Monroe |
| Carteles y terrorismo | Integración de ambas categorías | Expansión de marcos militares y excepcionales |
| Operaciones extraterritoriales | Posibilidad de actuar fuera de EE.UU. | Normalización de la intervención |
| Seguridad fronteriza | Militarización y control migratorio | La frontera como dispositivo permanente |
| Guerra cultural | Defensa de “Occidente” y valores tradicionales | Producción de enemigos culturales |
| Inteligencia y vigilancia | Mapeo de actores y redes | Expansión de capacidades de control |
| Recursos estratégicos | Protección de cadenas de suministro | Territorialización geopolítica del extractivismo |
Lo que la nevada empieza a cubrir
En El Eternauta, uno de los elementos más inquietantes no es solamente la amenaza externa, sino la dificultad para comprenderla mientras avanzaba. El verdadero peligro aparecía cuando el miedo, la confusión y la imposibilidad de distinguir con claridad reorganizaban completamente la vida cotidiana.
Hoy asistimos a algo similar.
Las categorías de amenaza se expanden hasta volverse difusas.
La vigilancia se normaliza.
El miedo reorganiza el debate público.
Las fronteras entre seguridad y control político comienzan a desdibujarse.
Y mientras eso ocurre, el espacio democrático se estrecha de manera muchas veces imperceptible.
Por eso, el desafío no consiste únicamente en analizar documentos estratégicos o denunciar discursos autoritarios. El desafío es sostener la capacidad de leer críticamente el momento histórico que atravesamos antes de que las categorías de seguridad terminen definiendo por completo quién puede hablar, quién puede organizarse y quién comienza a ser considerado sospechoso.
Porque cuando la nevada logra nombrar al enemigo, también empieza a decidir qué vidas merecen protección y cuáles pueden ser sacrificadas en nombre del orden.


