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Militarización de la tecnología: una brújula para investigar lo que a menudo solo sospechamos

¿Cómo investigar la militarización de una tecnología sin dar por hecho aquello que precisamente queremos comprender?

Esta es una de las preguntas que atraviesa Militarización de la tecnología: aproximaciones teóricas y herramientas para su investigación, una publicación de la Fundación Karisma que reúne dos textos construidos a partir de un proyecto de investigación sobre la militarización de la tecnología en Colombia.

La propuesta resulta especialmente interesante porque no parte de una definición cerrada de militarización ni ofrece una lista de tecnologías que puedan ser clasificadas automáticamente como “militares”. Su apuesta es otra: utilizar los conceptos como fuentes de preguntas, capaces de orientar la observación y abrir caminos para investigar casos concretos.

La publicación reúne Precisiones para el estudio de la militarización, de Michael Ruiz Salinas, y Cómo investigar la militarización de la tecnología: un repertorio de entradas al problema, de Juan Diego Castañeda. El primer texto aborda las discusiones conceptuales alrededor de la militarización; el segundo recupera aprendizajes del proceso de investigación de Karisma y propone siete entradas metodológicas para aproximarse a casos concretos.

Cuando una palabra también necesita ser investigada

Uno de los primeros problemas que plantea la publicación es aparentemente sencillo: ¿qué entendemos por militarización?

No existe una definición única y ampliamente aceptada. El concepto ha sido utilizado para describir transformaciones observables, pero también para analizar relaciones de poder, violencia, desigualdad o represión. Por eso, diferentes investigaciones pueden utilizar la misma palabra para referirse a procesos distintos.

El primer texto organiza esta diversidad en cuatro enfoques: ideológico, comportamental, institucional y sociológico. Más que escoger una definición definitiva, propone reconocer desde qué perspectiva estamos investigando y formular tres preguntas que ayudan a orientar la mirada: ¿dónde opera la militarización?, ¿cómo opera?, ¿qué produce?

Este desplazamiento es importante porque evita convertir “militarización” en una etiqueta que simplemente confirme aquello que ya sospechábamos.

De la tecnología como objeto a la tecnología como relación

El segundo texto lleva esta discusión hacia la tecnología.

Aquí aparece una crítica a dos formas habituales de pensar los artefactos tecnológicos: entenderlos como instrumentos neutrales o asumir que determinadas relaciones políticas están inscritas de manera definitiva en ellos.

Frente a esta disyuntiva, la propuesta trabaja con las ideas de coproducción y ensamblajes sociotécnicos. Esto permite observar la tecnología dentro de las relaciones institucionales, sociales, materiales y discursivas que hacen posible sus usos.

Una distinción resulta especialmente sugerente: la diferencia entre propiedades y capacidades.

Las propiedades permiten preguntar qué conserva un componente tecnológico cuando se desplaza entre distintos contextos. Las capacidades, en cambio, permiten preguntar qué puede hacer ese componente dentro de un ensamblaje concreto y qué relaciones explican aquello que puede hacer. De esta manera, lo militar deja de ser entendido simplemente como una propiedad de un artefacto y pasa a investigarse como una capacidad que se ejerce dentro de configuraciones específicas.

La pregunta, entonces, deja de ser únicamente: ¿Esta tecnología es militar?

Y puede convertirse en: ¿Qué capacidades adquiere esta tecnología en este contexto, mediante qué relaciones y con qué efectos?

Siete entradas para investigar

A partir de este marco, la publicación propone siete entradas que pueden combinarse según los intereses, recursos y características de cada investigación.

La Trayectoria y reinscripción invita a reconstruir los ensamblajes por los que ha pasado una tecnología antes de llegar al caso estudiado. La Comparación de ensamblajes permite observar qué capacidades ejerce un mismo componente en diferentes contextos.

La Coproducción pregunta por las categorías de conocimiento y las formas de autoridad que se estabilizan mientras una tecnología es diseñada, adquirida o adoptada. El Trabajo de frontera dirige la mirada hacia quienes establecen las divisiones entre lo civil y lo militar y hacia los efectos que producen esas clasificaciones.

La entrada de Cotidianidad acerca la investigación a quienes utilizan, operan o experimentan los efectos de estas tecnologías, incorporando además las relaciones de género, clase, raza y posición social. La Triangulación de definiciones permite contrastar diferentes maneras de comprender la militarización. Finalmente, la Reflexividad invita a revisar las propias categorías y decisiones de quien investiga.

No se trata de siete pasos que deban cumplirse en orden. Son, más bien, puertas de entrada diferentes a un mismo problema, que pueden utilizarse y combinarse de acuerdo con cada caso.

De la sospecha a la investigación

Quizá uno de los aportes más útiles de la propuesta sea precisamente su advertencia frente a dos errores opuestos.

El primero consiste en utilizar “militarización” como una etiqueta: asumir desde el comienzo que una tecnología está militarizada, buscar elementos que confirmen esa sospecha y terminar encontrando aquello que ya se había decidido encontrar.

El segundo consiste en abandonar el concepto porque resulta demasiado complejo o cargado.

Frente a ambos caminos, Karisma propone una tercera posibilidad: usar el concepto como generador de preguntas y objetos de observación, mantenerlo mientras resulte productivo y permitir que el propio caso obligue a transformarlo, cuestionarlo o incluso reemplazarlo.

Esta perspectiva puede resultar particularmente útil para organizaciones de la sociedad civil, observatorios, colectivos y espacios de investigación que buscan documentar transformaciones tecnológicas sin reducirlas a sus características técnicas.

Investigar, en este sentido, no significa solamente identificar una tecnología y describirla. Significa reconstruir las relaciones que permiten que esa tecnología sea incorporada, las instituciones que participan, los discursos que la justifican, las fronteras que se establecen y las consecuencias que aparecen en la vida cotidiana.

Una propuesta que también reconoce sus propios límites

La publicación no presenta este repertorio como una metodología definitiva.

Entre sus propias limitaciones reconoce un sesgo eurocéntrico en buena parte de las referencias utilizadas y plantea la necesidad de incorporar más producción latinoamericana. Esta observación es relevante: no se trata simplemente de agregar autores de la región, sino de reconocer que las experiencias latinoamericanas de militarización pueden modificar las propias preguntas desde las cuales investigamos.

También se reconoce que el documento abre caminos, pero no los recorre. Ninguna de sus entradas sustituye el trabajo concreto de investigar, construir fuentes, contrastar información y poner a prueba las preguntas frente a casos específicos.

Tal vez allí reside precisamente su utilidad.

Más que entregarnos respuestas cerradas, la publicación ofrece una manera de mirar. Nos recuerda que investigar la relación entre tecnología y militarización requiere resistir tanto la tentación de encontrar rápidamente aquello que ya sospechábamos como la de abandonar las preguntas porque los conceptos son difíciles.

Entre ambas posibilidades queda un espacio fértil: preguntar, observar, contrastar y dejar que el caso también transforme nuestras propias categorías.

Para quienes investigamos las relaciones entre tecnología, poder y vida cotidiana desde América Latina, esta puede ser una buena brújula para comenzar a caminar.

De las preguntas a la investigación

Si estas siete entradas funcionan como distintas maneras de acercarnos a un caso, el siguiente paso puede ser llevar esas preguntas a una herramienta de trabajo. No para convertir la investigación en una receta ni para establecer de antemano qué debemos encontrar, sino para ayudarnos a ordenar aquello que queremos observar, identificar posibles fuentes y registrar las preguntas que van apareciendo durante el proceso.

La siguiente matriz recoge las siete entradas propuestas por Fundación Karisma y las traduce en una serie de preguntas, dimensiones de observación y posibles fuentes. Puede utilizarse de manera completa o parcial, según las características de cada caso. También puede modificarse: agregar preguntas, incorporar nuevas fuentes o dejar abiertas aquellas dimensiones para las que todavía no contamos con información.

La intención es sencilla: que la matriz no cierre la pregunta, sino que ayude a abrirla.

Porque investigar la militarización de la tecnología también implica aprender a reconocer qué sabemos, qué suponemos y, sobre todo, qué todavía necesitamos preguntar.

Matriz de análisis de militarización tecnológica
Dimensión / EntradaPregunta centralQué observarFuentes sugeridas
1. Trayectoria y reinscripción¿Por qué ensamblajes ha pasado este componente antes de llegar aquí? ¿Qué propiedades conservó y qué se reinscribió?Origen del artefacto, clientes previos, usos anteriores, supuestos inscritos (ej. qué es «riesgo»), miniensamblaje adherido (entrenamiento, licencias, soporte).Contratos, licencias, manuales, historial de proveedores, entrevistas con operadores.
2. Comparación de ensamblajes¿Qué capacidades ejerce este componente en dos o más ensamblajes? ¿Qué relaciones explican las diferencias?Diferencias en protocolos, control judicial, cadenas de mando, auditoría, roles de operadores. Inventariar sin preclasificar.Normativa, manuales de uso, organigramas, entrevistas, observación directa.
3. Coproducción¿Qué categorías de conocimiento y qué autoridad institucional se estabilizan en el mismo proceso?Pliegos técnicos, contratos, cronogramas, entregables, presupuestos, discursos oficiales, material de mercadeo.Documentos de contratación, anexos técnicos, comunicados, ferias del sector.
4. Trabajo de frontera¿Quién traza la frontera entre lo civil y lo militar? ¿En qué documentos y prácticas? ¿Qué efectos produce?Clasificaciones (ej. «doble uso»), regímenes de compra, controles aplicables, proveedores elegibles, presupuesto que paga.Documentos de clasificación, normativa de contratación, disputas interinstitucionales.
5. Cotidianidad¿Cómo se integra esta tecnología en las prácticas cotidianas? ¿Cómo interviene en relaciones de género, clase, raza?Experiencias de operadores, usuarios y afectados; cambios en lo que se considera «normal», «seguro» o «sospechoso»; distribución desigual de efectos.Entrevistas, etnografía, observación participante, testimonios, datos desagregados.
6. Triangulación de definiciones¿Cómo aparece el caso bajo cada enfoque de militarización? ¿Qué ilumina y qué deja fuera cada uno?Aplicar los cuatro enfoques (estatal-institucional, sociocultural, crítico-feminista, economía política) y las preguntas: ¿dónde opera?, ¿cómo opera?, ¿qué produce?Literatura académica, informes previos, datos cuantitativos (gasto, tropas), análisis de discurso.
7. Reflexividad¿Cómo dialoga este caso con el concepto de militarización? ¿Qué confirma, problematiza o desborda?Qué mostró el lente de la militarización que otro concepto no habría mostrado; qué se volvió invisible; qué creía quien investiga antes de empezar.Diario de campo, notas reflexivas, discusión con el equipo.

Sitio web de Fundación Karisma: https://info.karisma.org.co/

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Estrategias de seguridad en tiempos de colapso: extractivismo y poder en la política de Estados Unidos

Estados Unidos debe prepararse para un entorno de crisis prolongadas —económicas, climáticas, sanitarias y geopolíticas— mediante una adaptación constante de sus capacidades civiles, económicas y militares.

Pueden descargar el documento aquí.

La Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos redefine la seguridad nacional desde una lógica abiertamente economicista y geopolítica, en la que el control de territorios, recursos estratégicos y cadenas de suministro aparece como condición central del poder global. Esta formulación no solo desatiende la crisis socioecológica contemporánea, sino que contribuye a profundizarla al legitimar nuevas formas de extractivismo bajo el lenguaje de la “seguridad”, la “estabilidad” y la “resiliencia”.

El documento presenta el acceso a minerales críticos, energía y recursos naturales como un imperativo estratégico, con especial énfasis en América Latina y otras regiones del Sur Global. Esta narrativa transforma territorios vivos en infraestructuras funcionales a la seguridad de las potencias, desplazando comunidades, debilitando soberanías locales y reforzando economías dependientes. La crisis climática, lejos de asumirse como un límite estructural del modelo civilizatorio vigente, es negada o instrumentalizada para justificar la expansión energética, la reindustrialización extractiva y la intensificación del control territorial.

En este marco, la noción de seguridad se desvincula del cuidado de la vida y se redefine como capacidad de control, militarización y aseguramiento de flujos materiales. La estrategia promovida por la administración de Donald Trump expresa así una respuesta autoritaria a una crisis que es simultáneamente ecológica, social y política: en lugar de abrir transiciones hacia modelos pos-extractivistas y de justicia ambiental, profundiza la disputa por los bienes comunes y consolida las asimetrías globales existentes.

Pensar la seguridad desde esta clave obliga a invertir la pregunta: ¿seguridad para quién y a costa de qué territorios? En un contexto de colapso socioecológico, insistir en estrategias de dominación y extracción no produce estabilidad, sino que acelera los conflictos, amplía las desigualdades y erosiona las condiciones que hacen posible la vida.

La seguridad nacional de Estados Unidos abarca la defensa del país, la fortaleza de su economía, la protección de infraestructuras críticas y la capacidad de sostener cadenas de suministro seguras frente a crisis y amenazas externas.

América Latina y el Caribe: el territorio como “zona de seguridad”

Vista desde América Latina y el Caribe, la Estrategia de Seguridad reactualiza una matriz histórica de dominación hemisférica en la que la región es concebida como espacio de provisión, contención y control. La referencia explícita al “Hemisferio Occidental” como área prioritaria de seguridad, junto con mensajes difundidos desde redes sociales oficiales del gobierno estadounidense afirmando que “el hemisferio es nuestro”, refuerzan una visión neomonroísta que subordina territorios, pueblos y bienes comunes a los intereses estratégicos de una potencia externa.

En este encuadre, América Latina y el Caribe no aparecen como sujetos políticos con proyectos propios, sino como reservas de minerales críticos, energía, biodiversidad y fuerza de trabajo, disponibles para sostener la seguridad económica y militar del Norte global. Esta narrativa prolonga una historia marcada por el extractivismo, la dependencia y la violencia territorial. La securitización de los bienes naturales y de las cadenas de suministro habilita la militarización, la flexibilización ambiental y el debilitamiento de la autodeterminación de comunidades indígenas, campesinas y costeras. Bajo el lenguaje de la “estabilidad” y la “cooperación”, se refuerzan economías de enclave y se amplían las asimetrías regionales, desplazando cualquier debate sustantivo sobre transiciones justas, soberanía popular y defensa de los bienes comunes.

Esta lógica se inscribe en una genealogía más amplia de dominación hemisférica que remite directamente a la Doctrina Monroe y al Destino Manifiesto, pilares históricos de la política exterior estadounidense hacia la región. Bajo la consigna de “América para los americanos”, estas doctrinas legitimaron la intervención, el tutelaje político y la apropiación territorial como supuestos actos de protección y civilización. La afirmación contemporánea de que “el hemisferio es nuestro” no constituye una anomalía discursiva, sino la actualización de ese imaginario colonial: América Latina y el Caribe como patio trasero estratégico, espacio disponible para la extracción, el control y la contención de amenazas externas.

El acceso confiable a minerales críticos, energía y otros recursos estratégicos es esencial para la seguridad nacional, la competitividad industrial, la innovación tecnológica y la preparación ante escenarios de conflicto y disrupción global.

Recursos estratégicos y disputa geopolítica

En este mismo marco, las declaraciones de Laura J. Richardson, excomandante del United States Southern Command, ilustran con particular claridad la forma en que la seguridad nacional estadounidense se articula con la disputa por los recursos de la región. Richardson señaló de manera reiterada que América Latina y el Caribe concentran activos estratégicos clave —como el litio del denominado Triángulo del Litio en Argentina, Bolivia y Chile, los hidrocarburos de Venezuela y Guyana, el agua dulce y las tierras raras— y que estos resultan centrales para los intereses de Washington frente a la competencia con China y Rusia.

Al afirmar que “esta región importa” por sus recursos y que Estados Unidos debía “empezar su juego” para disputar su acceso, estas declaraciones colocan explícitamente los bienes naturales estratégicos en el centro de las prioridades militares y geopolíticas. Lejos de tratarse de deslices retóricos, constituyen expresiones coherentes con una concepción de seguridad que convierte territorios y ecosistemas en piezas de un tablero de competencia global.

Guerra, extractivismo y crisis socioecológica: una misma racionalidad

La guerra ocupa un lugar estructural en los extractivismos contemporáneos y en la profundización de la crisis socioecológica. No se trata únicamente de conflictos armados abiertos, sino de una racionalidad de guerra que atraviesa la gestión de los territorios, la naturaleza y los cuerpos. El extractivismo opera como una guerra permanente contra la vida: impone ritmos acelerados de extracción, despoja comunidades, fragmenta ecosistemas y normaliza la violencia como costo necesario del “progreso”, la “seguridad” o el “desarrollo”. La militarización de territorios ricos en bienes naturales no es una anomalía del modelo, sino una de sus condiciones de posibilidad.

En el contexto actual, la crisis climática y ecológica no desactiva esta lógica, sino que la reconfigura. A medida que el colapso socioecológico se profundiza, la guerra se consolida como dispositivo para asegurar el acceso a recursos cada vez más escasos: agua, energía, minerales críticos y tierras fértiles. La securitización de estos bienes transforma conflictos socioambientales en amenazas estratégicas y legitima el uso de la fuerza —militar, policial, jurídica o económica— para garantizar flujos materiales hacia los centros de poder. De este modo, la guerra deja de ser un evento excepcional y se convierte en una forma cotidiana de gobernanza del colapso.

Esta articulación revela que no estamos ante crisis separadas —ambiental, social, energética o de seguridad—, sino ante una crisis civilizatoria sostenida por una lógica de dominación. La guerra protege al extractivismo y el extractivismo alimenta la guerra, en un círculo que erosiona las bases mismas de la vida. Romper ese vínculo implica disputar el sentido de la seguridad: no como capacidad de destruir o controlar, sino como posibilidad de sostener territorios habitables, relaciones justas y futuros comunes. En un mundo al borde del colapso, la paz no puede edificarse sobre territorios devastados ni sobre comunidades convertidas en zonas de sacrificio.

Lo común frente a la tormenta: recomenzar desde abajo

Frente a un escenario marcado por la militarización de la seguridad, la expansión extractiva y la gestión autoritaria del colapso, las reflexiones del Ejército Zapatista de Liberación Nacional ofrecen un contrapunto radical. Allí donde la seguridad hegemónica se define como control de territorios, aseguramiento de flujos materiales y disputa entre potencias, el zapatismo plantea otra pregunta: ¿cómo sostener la vida en medio de la tormenta y, sobre todo, cómo no repetir el mundo que la produjo?

La “tormenta” nombrada por el EZLN —esa convergencia de crisis climática, guerras, despojos, violencias y colapsos— es el mismo horizonte que subyace a las estrategias de seguridad analizadas en este texto. Pero mientras estas responden con más extracción, más control y más guerra, el zapatismo insiste en que el verdadero riesgo está en el “día después”: reconstruir sobre las mismas lógicas que convirtieron la tierra, los cuerpos y los territorios en mercancía y botín estratégico.

En ese punto, lo común aparece no como consigna abstracta, sino como práctica concreta de recomposición social. Asamblea, trabajo compartido, cuidado mutuo, autonomía y reconocimiento de las diferencias se presentan como bases para sostener la vida cuando las grandes infraestructuras del poder —Estados, mercados, ejércitos— fallan o se vuelven abiertamente destructivas. Lo común no se subordina a la seguridad de las potencias ni a la rentabilidad del capital: se orienta a garantizar lo necesario para vivir con dignidad.

Este horizonte interpela directamente la noción de seguridad que atraviesa la disputa global por los recursos estratégicos. Mientras la seguridad dominante convierte territorios en “zonas de sacrificio” y normaliza la guerra como forma de gobernanza del colapso, la apuesta por lo común desplaza el eje hacia la reproducción de la vida. No se trata de asegurar minerales, energía o cadenas de suministro, sino de asegurar agua, alimento, salud, memoria y futuro para las comunidades.

En tiempos de crisis socioecológica, pensar desde lo común implica reconocer que la estabilidad no vendrá de la dominación ni del control armado de la naturaleza, sino de la capacidad colectiva de recomenzar sin repetir. La palabra zapatista no ofrece recetas, pero sí una advertencia y una invitación: si el día después se construye con las mismas lógicas de guerra y extractivismo, la tormenta no habrá terminado. Defender lo común es, en ese sentido, una forma radical de disputar la seguridad, el futuro y la vida misma.

Claves conceptuales para leer la seguridad y los recursos en disputa

Los documentos de seguridad utilizan categorías como “recursos estratégicos”, “minerales críticos” o “recursos naturales” como si fueran conceptos neutros y evidentes. Sin embargo, cada término encierra una forma particular de entender el territorio, la naturaleza y el poder. La siguiente tabla ofrece definiciones comparadas que permiten distinguir estas nociones y, al mismo tiempo, abrir una lectura crítica sobre cómo el lenguaje de la seguridad transforma bienes comunes en activos geopolíticos.

ConceptoDefinición operativaCómo aparece en discursos de seguridad / desarrolloLectura crítica desde ecología política
Bienes naturalesElementos de la naturaleza que sostienen la vida y los ecosistemas (agua, suelos, bosques, biodiversidad).Invisibilizados o reducidos a “insumos” disponibles.Son relacionales y finitos; no existen para ser apropiados, sino para ser cuidados colectivamente.
Recursos naturalesBienes naturales convertidos en objetos de uso económico.Nombrados como base del crecimiento y la competitividad.La categoría naturaliza la mercantilización y oculta relaciones de poder y despojo.
Recursos estratégicosRecursos clave para la seguridad, la industria o el poder geopolítico.Asociados a soberanía, control territorial y cadenas de suministro.Reconfiguran territorios como zonas de sacrificio en nombre de la seguridad nacional.
Recursos críticosInsumos considerados escasos o indispensables (litio, tierras raras, agua).Justifican urgencia, flexibilización ambiental y extractivismo acelerado.La “criticidad” es política: depende del modelo productivo que se decide sostener.
Materias primasRecursos extraídos sin procesamiento significativo.Presentadas como oportunidad de inserción económica global.Reproducen dependencia y reprimarización de economías periféricas.
Infraestructura estratégicaObras que permiten extracción, transporte y control (puertos, carreteras, energía).Asociadas a desarrollo, seguridad y estabilidad.Facilitan el extractivismo y fragmentan territorios y tejidos comunitarios.
Seguridad energéticaGarantía de acceso continuo a fuentes de energía.Prioriza expansión fósil y control geopolítico.Ignora límites ecológicos y alternativas de transición justa.
Cadenas de suministroRedes globales de producción y circulación de bienes.Presentadas como vulnerables y a asegurar.Externalizan costos sociales y ambientales a territorios periféricos.
SoberaníaCapacidad de un Estado para decidir sin interferencias externas.Invocada para justificar control y militarización.Puede entrar en tensión con la autodeterminación de pueblos y comunidades.
Bienes comunesBienes gestionados colectivamente para la vida (agua, territorio, saberes).Ausentes o incompatibles con el enfoque dominante.Proponen una lógica de cuidado, corresponsabilidad y límites al extractivismo.
Matriz general de lectura crítica: Estrategia de seguridad de EE. UU.
EjeQué plantea la estrategiaClaves de lectura críticaImplicaciones para América Latina y el Caribe
Concepto de seguridadAmplía la seguridad nacional más allá de lo militar, incorporando economía, energía, cadenas de suministro y tecnología.La seguridad deja de centrarse en la vida y se redefine como capacidad de control y aseguramiento de flujos materiales.Los territorios pasan a ser leídos como activos estratégicos, no como espacios de vida.
Recursos estratégicos y críticosPrioriza el acceso a minerales críticos, energía, agua y tierras clave para la competitividad global.Naturaliza la extracción como necesidad estratégica e invisibiliza sus impactos sociales y ecológicos.Refuerza el rol de la región como proveedora de materias primas.
Cadenas globales de suministroBusca reducir dependencias y asegurar abastecimiento frente a crisis o competidores geopolíticos.La resiliencia se traduce en control territorial y presión sobre países del Sur Global.Intensificación de proyectos extractivos y de infraestructura.
Competencia entre potenciasDefine a China y Rusia como competidores estratégicos prioritarios.La disputa geopolítica se desplaza a territorios periféricos.Mayor injerencia externa bajo la lógica de “equilibrio de poder”.
Dimensión climáticaReconoce el cambio climático como riesgo, pero lo integra a la seguridad.El clima se gestiona como amenaza, no como límite estructural del modelo.Se justifica nueva extracción “verde” y expansión energética.
MilitarizaciónRefuerza cooperación militar y presencia estratégica en regiones clave.La militarización aparece como herramienta normal de gobernanza.Criminalización de conflictos socioambientales.
Lenguaje y narrativaUso de términos como estabilidad, resiliencia, cooperación y orden.Lenguaje técnico que oculta relaciones de poder y despojo.Dificulta la visibilización de resistencias locales.
TerritorioEl territorio es concebido como espacio a asegurar.Se vacía de historia, cultura y vida comunitaria.Desplazamiento de pueblos indígenas y comunidades rurales.
Modelo de desarrolloVincula seguridad con crecimiento, reindustrialización y competitividad.Reafirma un modelo extractivo dependiente de alta intensidad material.Bloquea debates sobre transiciones justas y alternativas.
SoberaníaPromueve cooperación alineada a intereses estratégicos de EE. UU.La soberanía se subordina a la lógica hemisférica de seguridad.Debilitamiento de proyectos políticos autónomos.
Conflicto y guerraAsume escenarios de conflicto prolongado y crisis múltiples.La guerra se vuelve forma permanente de gestión del colapso.Incremento de tensiones sociales y ambientales.
Bienes comunesNo aparecen como categoría central.Lo común queda subsumido en la lógica de recurso estratégico.Amenaza directa a territorios, agua, biodiversidad y saberes.
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Galápagos bajo asedio: una mirada crítica a la conservación militarizada

Este libro coral nos convoca a mirar Galápagos no solo como ícono de conservación biológica, sino como un enclave estratégico en la disputa geopolítica global. A través de distintos ensayos, sus autoras y autores denuncian la creciente militarización del archipiélago y la instrumentalización de la «conservación» como parte de una agenda imperial.

Desde el inicio, Esperanza Martínez plantea en el prólogo una metáfora potente: las tortugas gigantes como testigos silenciosos de las múltiples formas de colonización sobre las islas. Le sigue Ramiro Ávila, quien advierte que estamos frente a una amenaza de alta escala: la instalación de bases militares estadounidenses en un territorio protegido por la Constitución ecuatoriana. Su capítulo destaca los riesgos ecológicos, sociales y políticos de esta ocupación, evocando casos similares en Manta, Hawái y Vieques.

Anamaría Varea propone una mirada sensible y crítica sobre la profanación del “santuario natural” que son Galápagos, cuestionando la lógica sacrificial detrás de su transformación en zona militar. Pablo Ospina Peralta, por su parte, analiza el tránsito de las islas hacia una economía urbana basada en el turismo y el reto de sostener la vida humana sin comprometer los frágiles equilibrios ecológicos.

El ensayo de Alberto Acosta recorre la historia de presiones imperialistas sobre las islas, desde el siglo XIX hasta la actualidad, y cómo estas se reciclan bajo nuevos ropajes. Luis Córdova-Alarcón conecta el avance militar estadounidense en Galápagos con una arquitectura de control geoespacial que incluye enclaves en Perú.

Elizabeth Bravo, en dos capítulos, alerta sobre los impactos ambientales de las bases militares en ecosistemas tropicales y sobre la experimentación biotecnológica bajo el disfraz de control de especies invasoras. Anne Theissen analiza el canje de deuda por conservación como una forma de privatización encubierta. Finalmente, María Rosa Yumbla y Ronald Herrera Sánchez apuestan por una alternativa: la agricultura familiar como práctica de cuidado ecológico y soberanía alimentaria.

Galápagos aparece así como territorio estratégico disputado: entre la vida y la lógica extractiva del control. La conservación se presenta no como fin, sino como coartada para operaciones militares y de biopoder. Este libro interpela desde lo jurídico, lo ecológico, lo geopolítico y lo emocional, y nos deja una advertencia clara: no hay conservación posible sin soberanía.

Geopolítica y conservación: ¿proteger para controlar?

Uno de los ejes transversales que recorre el libro es la crítica al uso geopolítico de la conservación ambiental. Lejos de ser un principio ético autónomo, la conservación se presenta como un dispositivo estratégico que permite a potencias como Estados Unidos desplegar infraestructura militar bajo pretextos ecológicos o humanitarios. Galápagos, por su ubicación entre Sudamérica y el Pacífico, se convierte en una pieza clave dentro del tablero regional de control marítimo, aéreo y satelital.

El libro denuncia cómo acuerdos bilaterales, canjes de deuda y operaciones “contra el crimen organizado” habilitan la entrada de actores militares con total impunidad, sin consulta a las poblaciones locales ni evaluación de impactos. En esta lógica, la conservación deja de ser una política de cuidado y se convierte en una tecnología de control territorial.

La militarización en nombre del ambiente —sostiene la obra— produce una doble exclusión: de la soberanía nacional y de los modos de vida locales. Así, la defensa de la biodiversidad termina siendo instrumentalizada por una geopolítica extractivista que usa el lenguaje verde para expandir su dominio.

Nuevos imperialismos: control sin colonias, dominación sin banderas

El libro La mirada imperial puesta en Galápagos nos invita a pensar el imperialismo más allá de sus formas clásicas de invasión y ocupación territorial. Hoy, el control se ejerce mediante tratados bilaterales, “cooperación” militar, endeudamiento ecológico y tecnología. Se trata de un imperialismo sin rostro visible, que se instala a través de discursos de seguridad, conservación y desarrollo, pero que reproduce las mismas lógicas de despojo, subordinación y extractivismo.

Galápagos, convertida en nodo estratégico del Pacífico, ilustra este nuevo paradigma: ya no se necesitan guerras declaradas para que un territorio sea funcional a intereses externos. Basta con un acuerdo firmado entre élites, la supresión de la consulta ciudadana y una narrativa ambiental que legitime la presencia militar o científica extranjera. En ese marco, las islas se convierten en laboratorio de experimentación biotecnológica, enclave de vigilancia geoespacial y garantía de deuda para la especulación financiera.

Este imperialismo del siglo XXI no solo se mueve por intereses económicos o territoriales, sino también por la disputa del conocimiento, la gestión del riesgo y el control de la vida. Y lo hace desde dentro, mediante marcos legales, mecanismos financieros y alianzas geopolíticas que transforman los bienes comunes en activos estratégicos globales.

Conservación armada: la otra amenaza para defensores ambientales

El libro alerta sobre una tendencia preocupante a escala global: la creciente militarización de áreas de conservación. En nombre de la seguridad, el combate al narcotráfico o la protección de ecosistemas, se están consolidando enclaves militares en territorios ecológicamente sensibles. Galápagos no es una excepción: la instalación de infraestructura castrense bajo acuerdos bilaterales invisibiliza los impactos sociales y ecológicos que este tipo de presencia genera.

Esta estrategia no solo amenaza la biodiversidad que se dice proteger —como lo demuestra la historia de Baltra—, sino que también coloca a quienes defienden el territorio en una situación de mayor vulnerabilidad. La presencia militar suele venir acompañada de lógicas de excepción, impunidad judicial y criminalización de voces críticas, cerrando espacios para la participación ciudadana y el control social.

Para las personas defensoras del ambiente y del territorio, la militarización implica un riesgo doble: la amenaza directa a su seguridad y la erosión del marco democrático que les permite ejercer su labor. En este contexto, la conservación deja de ser un espacio de encuentro entre humanidad y naturaleza, y se transforma en zona de vigilancia, control y exclusión.

Por los bienes comunes, contra la ocupación militar

La mirada imperial puesta en Galápagos nos recuerda que los bienes comunes —como el territorio, la biodiversidad, el conocimiento y la vida en comunidad— no son recursos a explotar ni espacios a ocupar, sino entramados de relaciones que sostienen la vida. Galápagos, en su singularidad ecológica y su potencia simbólica, es también un espejo de lo que está en juego: el tipo de mundo que queremos habitar.

Frente a la avanzada de intereses militares, financieros y corporativos que disfrazan el control geopolítico bajo discursos de conservación, este libro propone una defensa radical de la soberanía, la dignidad y el cuidado colectivo. La conservación verdadera no se logra con radares, submarinos o bases extranjeras, sino con comunidades comprometidas con la vida, con ciencia al servicio del bien común y con políticas públicas que respeten los derechos humanos y de la naturaleza.

Reafirmar una postura antimilitarista no es un gesto ingenuo, es una defensa ética y política del presente y del futuro: de nuestras islas, nuestros territorios y nuestras posibilidades de convivir sin miedo, en armonía con la tierra.

Detalles del libro y descarga gratuita

Título: La mirada imperial puesta en Galápagos
Autores y autoras: Esperanza Martínez, Ramiro Ávila, Anamaría Varea, Pablo Ospina Peralta, Alberto Acosta, Luis Córdova-Alarcón, Elizabeth Bravo, Anne Theissen, María Rosa Yumbla, Ronald Herrera Sánchez.
Edición: Alberto Acosta, Elizabeth Bravo, Esperanza Martínez, Ramiro Ávila
Editorial: Acción Ecológica – Oilwatch
Año: 2025

📥 Descargá el libro completo aquí.

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Honduras: Política ambiental bajo las armas Nos acompaña Lucía Vijil Saybe

Conversamos con Lucía Vijil Saybe, licenciada en Comercio Internacional, máster en Cooperación Internacional y máster en Estudios Socioambientales, además de miembro del Equipo de Justicia Ambiental y Ecológica del Centro de Estudio para la Democracia (CESPAD). En esta entrevista, analizamos la creciente participación de las fuerzas militares en la ‘protección’ ambiental en Honduras. ¿Qué implica esta remilitarización para la sociedad hondureña? ¿Por qué deben preocuparnos estos esquemas de intervención militar? Estas y otras preguntas son abordadas en nuestra conversación.

Para más información, consulta el artículo de Lucía Vijil aquí: https://contracorriente.red/2024/12/17/politica-ambiental-bajo-las-armas-debemos-alarmarnos/.

Recomendamos también visitar las páginas del CESPAD: https://cespad.org.hn/ y del Observatorio de Conflictividad Socioambiental: https://observatorio.cespad.org.hn/quienes-somos/.

*La imagen de la presidenta Xiomara Castro fue tomada de: https://proceso.hn/remilitarismo-una-fuerte-amenaza-a-la-democracia-en-centroamerica-palpable-con-estados-de-excepcion/.