IMG_9749

Cuando limpiar el río revela el problema: desafíos y aprendizajes de la jornada del 28 de marzo en Sarchí

El pasado sábado 28 de marzo, en el marco de la jornada anual de Acción por los Ríos, diversas organizaciones comunitarias, instituciones, estudiantes y personas voluntarias se reunieron en los potreros de Puax para una nueva jornada de limpieza y recuperación del río. Más que una actividad puntual, la jornada se convirtió nuevamente en un espacio de aprendizaje colectivo sobre el estado de los ríos y sobre la importancia de la organización comunitaria para defenderlos.

Desde tempranas horas de la mañana, más de 50 personas se sumaron al recorrido por el río, en una actividad que combinó trabajo colectivo, observación del territorio y diálogo entre comunidad, universidad e instituciones . En la jornada participaron el Observatorio Ciudadano del Agua del Río Agualote, el Observatorio Ciudadano del Agua del Río Trojas, el Observatorio Ciudadano del Agua del Río Colorado, la Municipalidad de Sarchí, la Universidad de Costa Rica a través del programa de Gestión Integral del Recurso Hídrico (GIRH UCR), la Cruz Roja, FUNDEMA-PP, la empresa Panduit, así como personas voluntarias y organizaciones comunitarias que se sumaron a la actividad. La limpieza permitió retirar una importante cantidad de residuos, pero también dejó en evidencia una realidad que va mucho más allá de la basura visible.

Lo que el río nos está diciendo

Durante la jornada se recolectaron alrededor de 635 kilogramos de residuos acumulados en el río y sus alrededores. Sin embargo, el dato más importante no es solo la cantidad recolectada, sino lo que esa cantidad permite comprender.

A lo largo del recorrido se identificaron residuos domésticos, envases asociados a agroquímicos y zonas donde el olor evidenciaba posibles vertidos de aguas negras y grises directamente al río. Esto confirma que el problema no se limita a la basura visible, sino que responde a una forma de uso del territorio que sigue deteriorando los ecosistemas y afectando la calidad del agua. A esto se suma la presión urbanística que están sufriendo los ríos en la zona. En el caso del río Trojas, en los sectores donde se realizó el trabajo, el recorrido mostró cómo en muchos tramos el río colinda directamente con residencias a lo largo de prácticamente todo el trayecto intervenido, lo que evidencia un crecimiento urbano que se acerca cada vez más a las riberas.

Las jornadas de limpieza permiten retirar residuos, pero también permiten leer el río. Permiten entender qué tipo de actividades están impactando el territorio, qué problemas se están acumulando y qué aspectos siguen sin resolverse desde las políticas públicas. En ese sentido, el río deja de ser solamente un espacio físico y se convierte en una señal de alerta sobre el estado ambiental de los cantones de Occidente.

Limpiar el río no resuelve el problema estructural, pero sí lo vuelve visible. Y hacer visible el problema es hoy una de las formas más importantes de educación ambiental y de acción comunitaria.

Un río que vuelve a unir a las personas

Uno de los elementos más valiosos de la jornada fue la participación de personas provenientes de distintos cantones y organizaciones. La actividad reunió a comunidad organizada, estudiantes, docentes universitarios, voluntariado y representantes institucionales, lo que demuestra que la defensa de los ríos no puede ser una tarea aislada.

Estos espacios permiten algo que muchas veces se pierde: volver a encontrarse. Después de años en los que muchas dinámicas comunitarias se debilitaron, las jornadas de limpieza se están convirtiendo en espacios donde las personas se reconocen, dialogan y construyen vínculos a partir del cuidado del territorio .

En ese sentido, el río no solo conecta territorios, también conecta personas. Y ese vínculo es clave para cualquier proceso de defensa ambiental.

Más que limpiar: fortalecer la articulación

La jornada del 28 de marzo también confirmó algo que se ha venido construyendo en los últimos años: la defensa de los ríos solo es posible cuando se articulan comunidad, organizaciones sociales, voluntariado, universidad e instituciones públicas.

La participación de más de 50 personas demuestra que estas jornadas no son únicamente actividades ambientales, sino espacios de aprendizaje colectivo y de organización comunitaria . En el recorrido no solo se recogieron residuos, también se compartieron experiencias, se intercambiaron preocupaciones y se fortalecieron vínculos entre quienes están trabajando en distintos territorios por la defensa del agua.

La presencia de la Universidad de Costa Rica, junto con organizaciones comunitarias, observatorios ciudadanos del agua, la Municipalidad de Sarchí, la Cruz Roja, FUNDEMA-PP, GIRH UCR y la empresa Panduit demuestra que estos procesos no dependen únicamente del voluntariado, sino de una articulación más amplia que combina conocimiento académico, organización comunitaria y acción territorial. Cada jornada fortalece esa red, y esa red es precisamente lo que permite que estas acciones tengan continuidad.

Por eso, limpiar el río también es organizarse. También es aprender juntos. También es construir una forma distinta de relacionarnos con el territorio.

Desafíos que van más allá de la limpieza

La jornada del 28 de marzo también permite comprender que el trabajo de las organizaciones no termina cuando finaliza la limpieza del río. Al contrario, ahí empieza una parte aún más compleja: la incidencia y el seguimiento.

Uno de los principales desafíos es lograr un mayor monitoreo por parte de las instituciones responsables. Las jornadas permiten visibilizar el problema, pero es necesario que exista seguimiento en temas como vertidos de aguas residuales, uso de agroquímicos, protección de las riberas y control de actividades que siguen afectando los ríos. Sin ese acompañamiento institucional, el esfuerzo comunitario corre el riesgo de repetirse sin lograr cambios estructurales.

Otro desafío central es la educación ambiental. Muchas de las situaciones que se encuentran durante las limpiezas no responden únicamente a decisiones individuales, sino a prácticas que se han normalizado durante años. Por eso, recuperar los ríos también implica generar procesos educativos sostenidos en escuelas, colegios, comunidades y organizaciones, que permitan comprender por qué los ríos son fundamentales para la vida y por qué su cuidado no puede depender únicamente del voluntariado.

A esto se suma la necesidad de fortalecer la organización comunitaria. Las jornadas de limpieza muestran que existe voluntad de participar, pero también evidencian que el trabajo necesita continuidad, articulación y espacios donde las personas puedan seguir involucrándose más allá de una actividad puntual.

Finalmente, el desafío más grande es pasar de la reacción a la prevención. Limpiar es necesario, pero evitar que los ríos sigan contaminándose es todavía más urgente. Eso implica políticas públicas más efectivas, mayor responsabilidad institucional y una participación comunitaria que no se limite únicamente a las jornadas de limpieza, sino que también se exprese en procesos de organización, incidencia y defensa del territorio.

La próxima jornada será en Los Chorros

El proceso continúa. La próxima jornada de limpieza y acción comunitaria se realizará el sábado 11 de abril en el sector de Los Chorros. La invitación es abierta a todas las personas, organizaciones e instituciones que quieran sumarse a la defensa de los ríos y al fortalecimiento del trabajo comunitario.

Cuando los ríos dejan de ser espacios para disfrutar

La jornada del 28 de marzo deja también una reflexión necesaria. Durante muchos años, los ríos fueron espacios de encuentro para jugar, bañarse, caminar y compartir en comunidad. Eran parte de la vida cotidiana de los barrios y de las familias.

Hoy, en muchos cantones, esa realidad está cambiando. Los ríos están dejando de ser espacios para el disfrute y están pasando a ser lugares donde las personas se reúnen para limpiar, denunciar y tratar de recuperar lo que poco a poco se ha ido perdiendo.

Que las comunidades se organicen para defenderlos es una señal de esperanza. Pero que tengamos que hacerlo cada vez con más frecuencia también es una señal de alerta.

Cada jornada de limpieza muestra que el problema no es puntual ni reciente. Es el resultado de muchos años de abandono, de decisiones que priorizaron otros intereses sobre el cuidado del agua y de políticas que no lograron proteger los ríos como espacios de vida.

Por eso, estas jornadas no pueden verse solo como actividades ambientales. Son también espacios de educación, de organización y de defensa del territorio. Son una forma de decir que los ríos todavía pueden recuperarse, pero que eso solo será posible si las comunidades siguen organizándose para cuidarlos.

Galería

Como parte de este esfuerzo colectivo, las organizaciones y comunidades participantes han planteado dar continuidad a estas iniciativas a través de nuevas jornadas de acción en distintos puntos de la región de Occidente. Estas actividades buscan seguir fortaleciendo la conciencia ambiental, promover la participación comunitaria y avanzar en el cuidado de las cuencas.

Las próximas fechas programadas son:

  • Sábado 11 de abril – Jornada en Los Chorros, en Grecia.

  • Sábado 25 de abril – Jornada en el Río Agualote.

Desde las organizaciones impulsoras se hace un llamado a las comunidades, instituciones y personas interesadas a sumarse a estas actividades y continuar construyendo espacios de acción colectiva para la defensa y recuperación de los ríos. Estas jornadas recuerdan que el cuidado del agua es una tarea compartida y fundamental para la vida en los territorios.

IMG_5749

“Lo que el río revela”: denuncias desde Maquengal sobre los daños ambientales en el río Frío

En Maquengal, Guatuso, el río Frío sigue transformándose a un ritmo alarmante. Esta vez, la comunidad documentó en video los daños provocados por la minería no metálica, mostrando lo que a simple vista cualquier visitante logra apreciar, pero que durante años ha sido ignorado por las instituciones encargadas de fiscalizar estas actividades.

El registro fue realizado por un vecino de Maquengal, quien ha acompañado por años el monitoreo comunitario del río. Su voz, cargada de indignación y tristeza, funciona como una bitácora visual de un ecosistema que se está agotando frente a la indiferencia institucional.

Un paisaje alterado por la extracción

En el video, se señala uno a uno los puntos más críticos del daño ambiental. La profundidad del cauce —que según él ya supera varios metros—, el arrasamiento de la vegetación en las isletas, y las enormes “lágrimas” o cortes verticales creados por el dragado constante, evidencian un río que ha sido forzado a cambiar.

El vecino nos muestra cómo la maquinaria ha removido piedras y sedimentos para abrir caminos dentro del mismo cauce, dejando montículos artificiales que alteran el flujo del agua y dañan la retención natural del río. Esto no solo fragmenta el ecosistema, sino que aumenta el riesgo de inundaciones, erosión y pérdida irreversible de biodiversidad.

La profundidad del daño: un río excavado más allá del límite permitido

El vecino explica que los concesionarios habrían profundizado el cauce mucho más de lo que establece la normativa técnica. Mientras la regla indica un máximo de un metro y medio en el cauce, las mediciones empíricas de la comunidad sugieren que el dragado habría alcanzado hasta tres metros.

“Hace falta venir con una varilla para medir dónde estaba el nivel y dónde está ahora” indica el vecino, señalando las paredes verticales creadas por la extracción continua.

Su preocupación es directa: la muerte del río es un proceso silencioso, pero evidente. Cada metro de profundidad perdido es, también, un metro de vida que desaparece.

El paisaje que antes sostenía vida

El video rememora un río que antes era espacio de pesca, juego, encuentro y vida comunitaria.
“Muchos años pudimos bañarnos, pescar, caminar de noche a la luz de la luna… hoy todo eso se está perdiendo”, lamenta el vecino.

La pérdida de retención natural, el arrastre de piedras grandes, la desaparición de refugios para peces y aves, y la alteración del flujo del agua están desencadenando un proceso de degradación que amenaza incluso a Caño Negro, ya que el río Frío es uno de sus aportes principales.

Una economía que destruye más de lo que produce

El vecino denuncia un comportamiento empresarial que prioriza el lucro rápido sobre cualquier consideración ambiental o social: “Cuatro gatitos están haciendo dinero con lo que es de todos, mientras el río se destruye.”

La comunidad cuestiona también la expansión simultánea de equipos entre Upala y Maquengal, lo cual evidencia un modelo de explotación intensiva desconectado de la realidad ecológica y social de la zona.

División en la comunidad: entre la defensa del río y la normalización del daño

Una parte de la comunidad se ha organizado para defender el río, pero el veicno reconoce con preocupación que existen personas que justifican la destrucción o la consideran parte “normal” de las concesiones. Ese discurso —dice— debilita la capacidad colectiva para exigir protección ambiental y abre espacio para que el daño avance sin oposición sólida.

Los conocimiento de las comunidades sigue siendo ignorado

La denuncia registrada en este video expone una verdad que se repite en muchos territorios: las instituciones ambientales no están escuchando a las comunidades. Setena, geología, municipalidades y otras instancias han minimizado o descartado observaciones que son obvias para quienes viven a la orilla del río.

El testimonio del vecino es el de una persona que conoce el río desde adentro, que lo ha caminado durante décadas y que puede identificar, sin instrumentos sofisticados, cuándo un ecosistema está sufriendo. Sin embargo, su conocimiento —como el de tantos vecinos y vecinas de Maquengal— ha sido sistemáticamente ninguneado.

Mientras los informes técnicos normalizan la extracción, la comunidad registra daños que ninguna inspección oficial ha querido reconocer. La brecha entre la mirada institucional y la experiencia territorial se vuelve una forma de violencia: una que deslegitima saberes locales y facilita el avance de concesiones que ponen en riesgo los bienes comunes.

El video es más que una denuncia: es un llamado urgente a detener la destrucción y a reconocer que la defensa del río solo es posible si se escucha a quienes lo viven, lo sienten y lo cuidan todos los días.

IMG_4566

Buscando las semillas de las piedras: el Río Frío visto desde la comunidad

El Río Frío ha sido, por generaciones, el corazón que sostiene la vida cotidiana en Maquengal y comunidades vecinas. Entre sus piedras se tejían historias, juegos, oficios y aprendizajes que unían a la gente con su territorio. Pero en los últimos años, las y los habitantes han visto transformaciones profundas: pozas que desaparecen, orillas que se desmoronan, cauces que se estrechan y un silencio extraño donde antes “el río cantaba”.

Frente a un deterioro cada vez más visible —y una institucionalidad que muchas veces no logra verlo— nació el monitoreo comunitario que da vida al documento Buscando las semillas de las piedras.

¿Por qué un monitoreo comunitario?

El monitoreo surge de una convicción sencilla y poderosa: quienes viven el río todos los días tienen derecho a nombrar lo que está pasando. No se trata solo de un ejercicio técnico, sino de una acción de defensa y de memoria.

Las comunidades observaron cómo la extracción intensiva de material, el paso de maquinaria y la falta de control debilitaban la estructura del río y alteraban su equilibrio natural. Ante ello, decidieron caminarlo, registrar sus cambios, conversar con quienes lo conocen desde hace décadas y construir una lectura desde el territorio.

Monitorear, en este caso, es una forma de cuidar. Es recuperar la palabra frente a informes que reducen la vida a coordenadas y volúmenes de extracción. Es decir: el río tiene memoria, y nosotros también.

Principales hallazgos del monitoreo

El recorrido —realizado entre la finca de Fernando Murillo y la entrada pública al río— dejó ver un patrón claro y preocupante:

  • -Modificación del cauce: el río ha cambiado de trayecto, profundizándose en canales angostos y perdiendo capacidad de oxigenación.

  • -Desaparición de piedras y alteración del lecho: en tramos donde pasó la maquinaria, las piedras grandes —que dan estructura y estabilidad al cauce— han desaparecido casi por completo, dejando sedimentos finos y un río “cansado”.

  • -Erosión acelerada: orillas inestables, árboles caídos y pérdida de vegetación muestran que la erosión avanza más rápido de lo que puede reponerse.

  • -Pérdida de pozas y afectación ecológica: sitios emblemáticos como la Poza del Remolino se han transformado; especies de fauna se desplazan en busca de mejores condiciones.

  • -Degradación del espacio público: el río dejó de ser un lugar de recreación y encuentro; los paredones y el ruido de maquinaria han fragmentado un espacio que antes era comunal y vivo.

  • -Diferencia entre la mirada institucional y la comunitaria: mientras algunos informes minimizan los impactos, las personas recuerdan un río navegable, fresco y lleno de vida: un contraste que expresa la brecha entre el escritorio y el territorio.

¿Qué aporta este documento a la discusión?

El informe ofrece algo que ningún expediente técnico puede producir por sí solo: una lectura viva, situada y comunitaria del territorio.

Sus aportes centrales son:

  • -Desmontar el mito del “pueblo disperso”: el documento evidencia que el río no está vacío ni marginal. Está habitado, transitado y cuidado por generaciones.

  • -Exponer impactos acumulativos que suelen quedar fuera de los estudios de impacto ambiental, especialmente aquellos relacionados con la pérdida de piedras y el debilitamiento ecológico del cauce.

  • -Mostrar la capacidad comunitaria para producir conocimiento: la memoria, la experiencia cotidiana y la lectura crítica del territorio permiten identificar daños que no aparecen en los informes formales.

  • -Plantear un diálogo necesario entre saber técnico y saber local, donde ninguno sustituye al otro; más bien se complementan y tensionan para construir decisiones más justas.

  • -Reforzar la defensa del río como bien común, no como recurso de extracción ni como espacio “subutilizado”.

Este documento es, en sí mismo, un aporte a la justicia socioambiental: demuestra que el conocimiento también se construye desde las orillas.

Entre las piedras: la fuerza de las voces comunitarias

Buscando las semillas de las piedras es más que un informe: es un acto de dignidad. En cada fotografía, en cada recuerdo compartido, en cada explicación sobre cómo “el río se está cansando”, se afirma una verdad profunda: la comunidad conoce su territorio de una manera que ningún expediente puede reemplazar.

Allí donde las instituciones ven únicamente datos, la comunidad ve vínculos, afectos, memoria y futuro.
Allí donde algunos informes justifican la extracción, las comunidades muestran el deterioro y sus consecuencias.

Este monitoreo recuerda que un río no cabe en un formulario, y que un territorio no se comprende sin escuchar a quienes lo habitan.

Al final, las semillas que se buscan entre las piedras son también semillas de organización y esperanza. Porque aunque el río haya cambiado, las comunidades siguen defendiendo su derecho a vivir en un territorio sano, vivo y respetado.

Defender el Río Frío es defender la vida común. Y esa defensa empieza escuchando —con respeto y con seriedad— las voces que nunca debieron ser invisibilizadas.

La participación ambiental como camino para defender los bienes comunes

La experiencia del Río Frío demuestra que la defensa de los bienes comunes naturales no puede depender únicamente de trámites, expedientes o estudios técnicos: requiere participación activa, cotidiana y consciente de las comunidades que habitan los territorios. Cuando las personas se organizan para mirar, registrar y dialogar sobre lo que ven, la gestión ambiental deja de ser un asunto lejano y se convierte en una práctica de cuidado colectivo.

La participación ambiental no es solo un mecanismo formal; es una forma de democracia territorial. A través del monitoreo, las comunidades recuperan su derecho a interpretar su entorno, a cuestionar decisiones que les afectan y a proponer caminos de restauración. Esta participación fortalece la vigilancia ciudadana, amplía los espacios de incidencia y permite que las decisiones públicas respondan a la realidad vivida, no solo a los indicadores que caben en un expediente.

Defender un río, un humedal o una montaña implica reconocer que los bienes comunes no se sostienen sin vínculos, sin memoria y sin comunidades organizadas. La participación ambiental, cuando nace desde el territorio, se convierte en una herramienta poderosa para frenar el deterioro, visibilizar impactos y construir alternativas justas. Es también una apuesta ética: afirmar que el agua, la tierra y la vida no pueden quedar en manos de intereses extractivos que fragmentan la comunidad y debilitan los ecosistemas.

Por eso, este monitoreo no es solo un registro. Es un ejercicio de ciudadanía ambiental, una forma de proteger lo que nos sostiene y un recordatorio de que la defensa de los bienes comunes empieza escuchando, observando y actuando en conjunto. Allí, entre las piedras y las voces de la gente, germina la posibilidad de un futuro donde los ríos vuelvan a cantar.

Te invitamos a descargar el informe completo del monitoreo comunitario Buscando las semillas de las piedras. En sus páginas encontrarás el recorrido detallado del Río Frío, las voces de quienes lo habitan y los hallazgos que evidencian la urgencia de proteger este bien común. Descargarlo es una manera de acompañar a la comunidad en su defensa del territorio y de sumarte a la construcción de un futuro donde el río vuelva a tener fuerza y vida.

Pueden descargar el informe aquí.