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Diez años de denuncias ambientales en Guatuso: lo que revelan los expedientes del SITADA sobre la minería en Río Frío

Entre 2015 y 2025, al menos dieciocho expedientes registrados en el Sistema Integrado de Trámite y Atención de Denuncias Ambientales (SITADA) documentan una historia de conflictividad persistente alrededor de la extracción de materiales en Guatuso. Más allá del resultado de cada denuncia, la lectura conjunta de estos registros permite identificar tendencias sobre la evolución del conflicto, la respuesta institucional y el papel del monitoreo comunitario en la defensa del territorio.

Durante la última década, el cantón de Guatuso ha sido escenario de una sucesión de denuncias relacionadas con la extracción de materiales en cauces, alteraciones de ríos y posibles infracciones a la legislación minera y ambiental. Aunque cada expediente responde a hechos particulares y tuvo resultados administrativos distintos, su revisión conjunta permite reconstruir un proceso de conflictividad que se ha mantenido vigente durante más de diez años.

Los expedientes abarcan distintos sectores del cantón, entre ellos Pataste, La Rivera, Maquengal, el río Frío y el río La Muerte, y documentan denuncias presentadas por personas vecinas, organizaciones, propietarios de fincas, cuerpos policiales y diferentes instituciones públicas.

Un conflicto que no comenzó recientemente

La cronología muestra que la conflictividad alrededor de la minería no metálica en Guatuso no es un fenómeno reciente.

El primer expediente localizado corresponde a 2015, cuando se denunció una presunta extracción de materiales en Pataste, San Rafael de Guatuso. En los años siguientes aparecen nuevos registros relacionados con extracción en el río La Muerte y en un brazo del río Frío, incluyendo denuncias por actividades fuera de áreas concesionadas y extracción sin autorización.

Para 2020 las denuncias comienzan a incorporar elementos adicionales, como la desviación de cauces, la eliminación de cobertura forestal y afectaciones sobre propiedades privadas, reflejando que las preocupaciones de las comunidades ya no se limitaban únicamente a la extracción de materiales. Lejos de desaparecer, el conflicto continúa durante los años siguientes y presenta un incremento visible en la cantidad de expedientes registrados entre 2023 y 2025.

Las denuncias evolucionaron junto con el conflicto

La revisión de los expedientes evidencia una transformación importante en el tipo de situaciones denunciadas. Mientras los primeros registros se concentran principalmente en la extracción de materiales de los cauces, los expedientes más recientes incorporan una visión más amplia de los impactos sobre el territorio.

Entre las denuncias presentadas en los últimos años aparecen referencias a:

  • -destrucción de islas fluviales;
  • -socavación de árboles ribereños;
  • -apertura de caminos y patios de acopio;
  • -movimientos de tierra;
  • -abastecimiento de combustible a maquinaria dentro del cauce;
  • -construcción de diques y desvíos temporales del río;
  • -cuestionamientos sobre expedientes ambientales y coordenadas de proyectos;
  • -utilización de estudios elaborados mediante Sistemas de Información Geográfica (SIG) como evidencia técnica.

Esta evolución muestra que las denuncias dejaron de enfocarse únicamente en una actividad extractiva para incorporar una preocupación creciente por las transformaciones acumulativas del paisaje y de los ecosistemas ribereños.

Más actores participan en la vigilancia del territorio

Otra tendencia que reflejan los expedientes es la ampliación de los actores involucrados. Las primeras denuncias fueron impulsadas principalmente por personas particulares. Con el paso de los años aparecen informes elaborados por la Fuerza Pública, inspecciones técnicas, actuaciones de la Dirección de Geología y Minas, intervenciones de la Dirección de Aguas, coordinación con el SINAC y remisiones al Ministerio Público y a la Fiscalía.

Especialmente durante 2023 se registran varios expedientes consecutivos derivados de operativos policiales en el río La Muerte, donde se documentó la presencia de maquinaria y se realizaron remisiones para investigación penal. La evolución de los expedientes sugiere que el conflicto dejó de ser únicamente una preocupación comunitaria para involucrar progresivamente a distintas instituciones del Estado.

¿Qué muestran las respuestas institucionales?

Los resultados de las investigaciones administrativas fueron diversos.

Una parte importante de los expedientes concluyó con resoluciones de archivo, «sin lugar» o por no haberse logrado comprobar los hechos denunciados. En otros casos las autoridades señalaron que no fue posible identificar responsables o que existían concesiones que respaldaban determinadas actividades. Algunos expedientes fueron remitidos al Ministerio Público para investigaciones adicionales y varios permanecen actualmente en trámite.

Dentro del conjunto revisado destaca un expediente correspondiente a 2021 que concluyó con una resolución favorable a la denuncia y fue remitido tanto al Registro Nacional Minero como al Ministerio Público.

Esta diversidad de resultados evidencia que los expedientes no permiten afirmar automáticamente la existencia de infracciones en todos los casos denunciados. Sin embargo, sí muestran que las denuncias han sido persistentes, reiteradas y suficientemente relevantes para activar durante una década distintos mecanismos de investigación administrativa y judicial.

El monitoreo comunitario: una memoria del territorio

Más allá de los resultados administrativos, los expedientes también permiten identificar otro fenómeno de gran relevancia: el papel del monitoreo comunitario como mecanismo de vigilancia ambiental.

Una parte importante de las denuncias nace de la observación cotidiana realizada por personas vecinas, propietarios de fincas, organizaciones locales y comunidades que habitan el territorio. Son estas personas quienes detectan cambios en los cauces, presencia de maquinaria, apertura de caminos, extracción de materiales o modificaciones en los ecosistemas ribereños y deciden activar los mecanismos institucionales de denuncia.

Esta vigilancia social no sustituye las competencias de las instituciones públicas ni determina, por sí sola, la existencia de una infracción. Sin embargo, constituye el primer eslabón de la protección ambiental. Sin esas observaciones iniciales, muchas inspecciones técnicas, informes institucionales e investigaciones administrativas probablemente nunca llegarían a realizarse.

Los propios expedientes muestran cómo este monitoreo ha fortalecido sus capacidades. Mientras las primeras denuncias se apoyaban principalmente en reportes ciudadanos o fotografías, los registros más recientes incorporan estudios cartográficos elaborados mediante Sistemas de Información Geográfica (SIG), documentación técnica e información ambiental cada vez más detallada.

También resulta significativo que las preocupaciones comunitarias parecen anticipar la evolución del conflicto. Las primeras denuncias advertían sobre extracción de materiales; años después los expedientes describen posibles afectaciones más complejas, como la destrucción de islas fluviales, la socavación de árboles, la apertura de accesos, patios de acopio, abastecimiento de combustible dentro del río y modificaciones del cauce mediante diques y caminos temporales.

Los expedientes del SITADA no solo registran denuncias; también documentan una década de vigilancia ciudadana sobre un mismo territorio. Leídos en conjunto, muestran que la protección ambiental no comienza cuando una institución realiza una inspección, sino mucho antes: cuando las comunidades observan, registran, comparan, conservan memoria y deciden convertir esas observaciones en denuncias formales. En esa secuencia, el monitoreo comunitario aparece como una pieza fundamental para comprender conflictos ambientales que, lejos de ser hechos aislados, se desarrollan de forma acumulativa a lo largo del tiempo.

Una década de registros que invita a mirar el conjunto

Cada expediente responde a circunstancias particulares y debe interpretarse conforme a sus propias actuaciones y resoluciones. Sin embargo, la lectura conjunta de los registros disponibles permite identificar tendencias que difícilmente serían visibles al analizar un solo caso.

Durante diez años persisten denuncias sobre extracción de materiales, modificaciones de cauces, afectaciones a ecosistemas ribereños y conflictos relacionados con el aprovechamiento de recursos naturales en Guatuso. También se observa una evolución en la calidad de la evidencia aportada, una participación cada vez mayor de distintas instituciones públicas y una creciente complejidad en los impactos denunciados.

Más que una sucesión de hechos aislados, los expedientes del SITADA revelan la existencia de un proceso continuo de conflictividad socioambiental. En ese contexto, el monitoreo comunitario, la memoria territorial y el acceso a mecanismos públicos de denuncia se convierten en herramientas esenciales para comprender cómo evolucionan los conflictos ambientales y para fortalecer la gestión y protección de los bienes comunes.

En pocas palabras: ¿Qué revelan diez años de expedientes?
Lo que muestran los expedientesTendencia identificada
Las denuncias se mantienen durante diez años.Persistencia del conflicto socioambiental.
Los impactos denunciados se vuelven más diversos y complejos.Escalada en la complejidad de las afectaciones.
Las comunidades documentan cambios antes de las inspecciones institucionales.El monitoreo comunitario funciona como sistema de alerta temprana.
La evidencia presentada mejora con el tiempo.Fortalecimiento de las capacidades comunitarias de documentación.
Participan cada vez más instituciones.Mayor institucionalización del conflicto.
Existen respuestas administrativas diversas.La gestión institucional combina archivos, investigaciones y procesos en trámite.
El conflicto permanece en el mismo territorio.Las afectaciones presentan un carácter acumulativo.

Refrencia: La información presentada se elaboró mediante la revisión y sistematización de los expedientes públicos disponibles en el Sistema Integrado de Trámite y Atención de Denuncias Ambientales (SITADA), utilizando como criterio de búsqueda la etiqueta «Extracción de materiales en cauce de dominio público». Posteriormente, los expedientes fueron depurados para identificar aquellos correspondientes al cantón de Guatuso y analizados con el fin de identificar tendencias temporales, tipos de denuncia, instituciones competentes, resultados de las inspecciones y resoluciones administrativas.

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Caribe Sur: señales de una transformación territorial en marcha

El reciente reporte elaborado por Philippe Vangoidsenhoven documenta una serie de intervenciones ambientales observadas en distintos puntos del Caribe Sur. Aunque cada caso posee sus propias particularidades, en conjunto permiten identificar tendencias que van más allá de situaciones puntuales. Desde el Observatorio de Bienes Comunes consideramos que este material constituye una oportunidad para reflexionar sobre las tensiones que atraviesan actualmente la región: la presión sobre humedales y zonas costeras, la expansión de actividades inmobiliarias y turísticas, las disputas en torno al uso del territorio y los desafíos que enfrenta la protección de los bienes comunes en un contexto de transformación acelerada. Invitamos a las personas interesadas a consultar el reporte completo, así como a seguir el trabajo de documentación y vigilancia ambiental que Philippe Vangoidsenhoven comparte de manera permanente a través de su sitio web y sus redes sociales, una labor que contribuye a construir memoria territorial y a visibilizar procesos que muchas veces pasan desapercibidos en el debate público.

Más información

Lo que revelan años de vigilancia ambiental

Durante años, Philippe Vangoidsenhoven ha documentado cambios en humedales, bosques costeros, quebradas, arroyos y zonas públicas del Caribe Sur de Costa Rica. Sus fotografías, videos, sobrevuelos con dron y denuncias constituyen mucho más que un registro de incidentes ambientales aislados: conforman una memoria territorial que permite observar procesos de transformación que suelen pasar desapercibidos cuando se analizan de manera fragmentada.

Vista de forma individual, cada denuncia parece referirse a un problema específico. Sin embargo, cuando estos registros se observan en conjunto, emerge una imagen más amplia. Lo que aparece es un territorio sometido a presiones crecientes derivadas de la expansión inmobiliaria, el desarrollo turístico y la creciente valorización económica de la tierra.

No se trata únicamente de cambios en el paisaje. Se trata de transformaciones que afectan bienes comunes fundamentales para la vida colectiva, desde humedales y corredores biológicos hasta zonas públicas costeras y cuerpos de agua.

La desaparición silenciosa de los humedales

Uno de los patrones más visibles es la presión constante sobre los humedales. En distintos puntos del Caribe Sur se observan procesos de relleno, nivelación y alteración de terrenos inundables para habilitar nuevos usos constructivos. Estas intervenciones suelen justificarse como mejoras del terreno o preparación para futuros desarrollos, pero sus efectos trascienden los límites de cada propiedad.

Los humedales desempeñan funciones esenciales para la regulación hídrica, la absorción de excedentes de agua durante eventos extremos, la conservación de biodiversidad y el mantenimiento de procesos ecológicos complejos. Su desaparición implica también la pérdida de hábitats, la alteración de flujos naturales de agua y una mayor vulnerabilidad frente a inundaciones.

Más preocupante aún es que muchos de estos cambios ocurren de manera gradual. No desaparecen grandes extensiones de un día para otro; se transforman poco a poco hasta que aquello que alguna vez fue reconocido como humedal deja de ser percibido como tal.

La limpieza del paisaje como forma de ocupación

Otra tendencia recurrente es la eliminación sistemática de vegetación. La chapea constante del sotobosque, la remoción de vegetación costera y la limpieza de franjas protegidas aparecen reiteradamente en distintos sectores del litoral.

Estas prácticas suelen presentarse como labores de mantenimiento, seguridad o embellecimiento. Sin embargo, en muchos casos cumplen una función territorial más profunda: preparar espacios para futuras intervenciones, aumentar el atractivo visual de propiedades o reforzar procesos de apropiación de áreas que legalmente poseen carácter público o protegido.

La transformación comienza muchas veces antes de la construcción. Empieza con la modificación gradual del paisaje.

La creciente presión sobre la zona costera

La Zona Marítimo Terrestre y las áreas de protección asociadas a quebradas, arroyos y humedales se han convertido en espacios particularmente disputados.

Los registros recopilados muestran intentos recurrentes de ampliar usos privados sobre espacios que cumplen funciones públicas y ambientales. Se trata de una tensión permanente entre diferentes formas de entender el territorio: como mercancía, como recurso económico o como bien común.

La importancia de esta discusión radica en que la zona costera no solo constituye un atractivo turístico. También alberga ecosistemas estratégicos y espacios cuyo acceso y conservación tienen una dimensión colectiva.

Cuando las excepciones comienzan a repetirse

Quizá el elemento más revelador de los registros recopilados no sea la magnitud de cada intervención particular, sino su frecuencia.

Lo que antes podía interpretarse como una situación excepcional aparece una y otra vez bajo distintas formas. Cambian los lugares, cambian los actores y cambian las justificaciones, pero ciertos patrones se mantienen.

La presión sobre humedales. La eliminación de cobertura vegetal. La ocupación gradual de espacios públicos. La fragmentación de ecosistemas. Las dificultades institucionales para prevenir o detener algunos procesos.

La repetición constante de estas situaciones obliga a desplazar la pregunta. Ya no se trata únicamente de analizar cada caso por separado. Se vuelve necesario preguntarse qué nos dicen, en conjunto, sobre la dirección que está tomando el territorio.

La importancia de la vigilancia ciudadana

En este contexto, el trabajo desarrollado por Philippe Vangoidsenhoven adquiere un valor que va más allá de la denuncia ambiental.

Sus registros permiten documentar procesos de largo plazo, identificar patrones y construir memoria sobre transformaciones que muchas veces avanzan de manera dispersa y poco visible. Son una forma de observación ciudadana del territorio que contribuye a la defensa de los bienes comunes y al fortalecimiento del debate público sobre el futuro del Caribe Sur.

Porque los cambios territoriales no ocurren únicamente cuando entra una excavadora o cuando inicia una construcción. También ocurren cuando una sociedad deja de percibir ciertas transformaciones como problemáticas.

Y es precisamente ahí donde surge una de las preguntas más importantes para el Caribe Sur contemporáneo: ¿qué sucede cuando las presiones sobre los bienes comunes dejan de ser percibidas como amenazas y comienzan a aceptarse como parte normal del paisaje?

Responder esa pregunta implica mirar más allá de cada denuncia individual y reflexionar colectivamente sobre el tipo de territorio que se está construyendo y sobre quiénes asumen los costos ambientales de ese proceso.

Crédito fotográfico: Todas las fotografías incluidas en esta publicación son autoría de Philippe Vangoidsenhoven y forman parte de su trabajo de documentación y vigilancia ambiental en el Caribe Sur. Las imágenes se utilizan con carácter ilustrativo para acompañar la reflexión sobre las transformaciones territoriales y las presiones que enfrentan los bienes comunes en la región.

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Cuando limpiar el río revela el problema: desafíos y aprendizajes de la jornada del 28 de marzo en Sarchí

El pasado sábado 28 de marzo, en el marco de la jornada anual de Acción por los Ríos, diversas organizaciones comunitarias, instituciones, estudiantes y personas voluntarias se reunieron en los potreros de Puax para una nueva jornada de limpieza y recuperación del río. Más que una actividad puntual, la jornada se convirtió nuevamente en un espacio de aprendizaje colectivo sobre el estado de los ríos y sobre la importancia de la organización comunitaria para defenderlos.

Desde tempranas horas de la mañana, más de 50 personas se sumaron al recorrido por el río, en una actividad que combinó trabajo colectivo, observación del territorio y diálogo entre comunidad, universidad e instituciones . En la jornada participaron el Observatorio Ciudadano del Agua del Río Agualote, el Observatorio Ciudadano del Agua del Río Trojas, el Observatorio Ciudadano del Agua del Río Colorado, la Municipalidad de Sarchí, la Universidad de Costa Rica a través del programa de Gestión Integral del Recurso Hídrico (GIRH UCR), la Cruz Roja, FUNDEMA-PP, la empresa Panduit, así como personas voluntarias y organizaciones comunitarias que se sumaron a la actividad. La limpieza permitió retirar una importante cantidad de residuos, pero también dejó en evidencia una realidad que va mucho más allá de la basura visible.

Lo que el río nos está diciendo

Durante la jornada se recolectaron alrededor de 635 kilogramos de residuos acumulados en el río y sus alrededores. Sin embargo, el dato más importante no es solo la cantidad recolectada, sino lo que esa cantidad permite comprender.

A lo largo del recorrido se identificaron residuos domésticos, envases asociados a agroquímicos y zonas donde el olor evidenciaba posibles vertidos de aguas negras y grises directamente al río. Esto confirma que el problema no se limita a la basura visible, sino que responde a una forma de uso del territorio que sigue deteriorando los ecosistemas y afectando la calidad del agua. A esto se suma la presión urbanística que están sufriendo los ríos en la zona. En el caso del río Trojas, en los sectores donde se realizó el trabajo, el recorrido mostró cómo en muchos tramos el río colinda directamente con residencias a lo largo de prácticamente todo el trayecto intervenido, lo que evidencia un crecimiento urbano que se acerca cada vez más a las riberas.

Las jornadas de limpieza permiten retirar residuos, pero también permiten leer el río. Permiten entender qué tipo de actividades están impactando el territorio, qué problemas se están acumulando y qué aspectos siguen sin resolverse desde las políticas públicas. En ese sentido, el río deja de ser solamente un espacio físico y se convierte en una señal de alerta sobre el estado ambiental de los cantones de Occidente.

Limpiar el río no resuelve el problema estructural, pero sí lo vuelve visible. Y hacer visible el problema es hoy una de las formas más importantes de educación ambiental y de acción comunitaria.

Un río que vuelve a unir a las personas

Uno de los elementos más valiosos de la jornada fue la participación de personas provenientes de distintos cantones y organizaciones. La actividad reunió a comunidad organizada, estudiantes, docentes universitarios, voluntariado y representantes institucionales, lo que demuestra que la defensa de los ríos no puede ser una tarea aislada.

Estos espacios permiten algo que muchas veces se pierde: volver a encontrarse. Después de años en los que muchas dinámicas comunitarias se debilitaron, las jornadas de limpieza se están convirtiendo en espacios donde las personas se reconocen, dialogan y construyen vínculos a partir del cuidado del territorio .

En ese sentido, el río no solo conecta territorios, también conecta personas. Y ese vínculo es clave para cualquier proceso de defensa ambiental.

Más que limpiar: fortalecer la articulación

La jornada del 28 de marzo también confirmó algo que se ha venido construyendo en los últimos años: la defensa de los ríos solo es posible cuando se articulan comunidad, organizaciones sociales, voluntariado, universidad e instituciones públicas.

La participación de más de 50 personas demuestra que estas jornadas no son únicamente actividades ambientales, sino espacios de aprendizaje colectivo y de organización comunitaria . En el recorrido no solo se recogieron residuos, también se compartieron experiencias, se intercambiaron preocupaciones y se fortalecieron vínculos entre quienes están trabajando en distintos territorios por la defensa del agua.

La presencia de la Universidad de Costa Rica, junto con organizaciones comunitarias, observatorios ciudadanos del agua, la Municipalidad de Sarchí, la Cruz Roja, FUNDEMA-PP, GIRH UCR y la empresa Panduit demuestra que estos procesos no dependen únicamente del voluntariado, sino de una articulación más amplia que combina conocimiento académico, organización comunitaria y acción territorial. Cada jornada fortalece esa red, y esa red es precisamente lo que permite que estas acciones tengan continuidad.

Por eso, limpiar el río también es organizarse. También es aprender juntos. También es construir una forma distinta de relacionarnos con el territorio.

Desafíos que van más allá de la limpieza

La jornada del 28 de marzo también permite comprender que el trabajo de las organizaciones no termina cuando finaliza la limpieza del río. Al contrario, ahí empieza una parte aún más compleja: la incidencia y el seguimiento.

Uno de los principales desafíos es lograr un mayor monitoreo por parte de las instituciones responsables. Las jornadas permiten visibilizar el problema, pero es necesario que exista seguimiento en temas como vertidos de aguas residuales, uso de agroquímicos, protección de las riberas y control de actividades que siguen afectando los ríos. Sin ese acompañamiento institucional, el esfuerzo comunitario corre el riesgo de repetirse sin lograr cambios estructurales.

Otro desafío central es la educación ambiental. Muchas de las situaciones que se encuentran durante las limpiezas no responden únicamente a decisiones individuales, sino a prácticas que se han normalizado durante años. Por eso, recuperar los ríos también implica generar procesos educativos sostenidos en escuelas, colegios, comunidades y organizaciones, que permitan comprender por qué los ríos son fundamentales para la vida y por qué su cuidado no puede depender únicamente del voluntariado.

A esto se suma la necesidad de fortalecer la organización comunitaria. Las jornadas de limpieza muestran que existe voluntad de participar, pero también evidencian que el trabajo necesita continuidad, articulación y espacios donde las personas puedan seguir involucrándose más allá de una actividad puntual.

Finalmente, el desafío más grande es pasar de la reacción a la prevención. Limpiar es necesario, pero evitar que los ríos sigan contaminándose es todavía más urgente. Eso implica políticas públicas más efectivas, mayor responsabilidad institucional y una participación comunitaria que no se limite únicamente a las jornadas de limpieza, sino que también se exprese en procesos de organización, incidencia y defensa del territorio.

La próxima jornada será en Los Chorros

El proceso continúa. La próxima jornada de limpieza y acción comunitaria se realizará el sábado 11 de abril en el sector de Los Chorros. La invitación es abierta a todas las personas, organizaciones e instituciones que quieran sumarse a la defensa de los ríos y al fortalecimiento del trabajo comunitario.

Cuando los ríos dejan de ser espacios para disfrutar

La jornada del 28 de marzo deja también una reflexión necesaria. Durante muchos años, los ríos fueron espacios de encuentro para jugar, bañarse, caminar y compartir en comunidad. Eran parte de la vida cotidiana de los barrios y de las familias.

Hoy, en muchos cantones, esa realidad está cambiando. Los ríos están dejando de ser espacios para el disfrute y están pasando a ser lugares donde las personas se reúnen para limpiar, denunciar y tratar de recuperar lo que poco a poco se ha ido perdiendo.

Que las comunidades se organicen para defenderlos es una señal de esperanza. Pero que tengamos que hacerlo cada vez con más frecuencia también es una señal de alerta.

Cada jornada de limpieza muestra que el problema no es puntual ni reciente. Es el resultado de muchos años de abandono, de decisiones que priorizaron otros intereses sobre el cuidado del agua y de políticas que no lograron proteger los ríos como espacios de vida.

Por eso, estas jornadas no pueden verse solo como actividades ambientales. Son también espacios de educación, de organización y de defensa del territorio. Son una forma de decir que los ríos todavía pueden recuperarse, pero que eso solo será posible si las comunidades siguen organizándose para cuidarlos.

Galería

Como parte de este esfuerzo colectivo, las organizaciones y comunidades participantes han planteado dar continuidad a estas iniciativas a través de nuevas jornadas de acción en distintos puntos de la región de Occidente. Estas actividades buscan seguir fortaleciendo la conciencia ambiental, promover la participación comunitaria y avanzar en el cuidado de las cuencas.

Las próximas fechas programadas son:

  • Sábado 11 de abril – Jornada en Los Chorros, en Grecia.

  • Sábado 25 de abril – Jornada en el Río Agualote.

Desde las organizaciones impulsoras se hace un llamado a las comunidades, instituciones y personas interesadas a sumarse a estas actividades y continuar construyendo espacios de acción colectiva para la defensa y recuperación de los ríos. Estas jornadas recuerdan que el cuidado del agua es una tarea compartida y fundamental para la vida en los territorios.

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“Lo que el río revela”: denuncias desde Maquengal sobre los daños ambientales en el río Frío

En Maquengal, Guatuso, el río Frío sigue transformándose a un ritmo alarmante. Esta vez, la comunidad documentó en video los daños provocados por la minería no metálica, mostrando lo que a simple vista cualquier visitante logra apreciar, pero que durante años ha sido ignorado por las instituciones encargadas de fiscalizar estas actividades.

El registro fue realizado por un vecino de Maquengal, quien ha acompañado por años el monitoreo comunitario del río. Su voz, cargada de indignación y tristeza, funciona como una bitácora visual de un ecosistema que se está agotando frente a la indiferencia institucional.

Un paisaje alterado por la extracción

En el video, se señala uno a uno los puntos más críticos del daño ambiental. La profundidad del cauce —que según él ya supera varios metros—, el arrasamiento de la vegetación en las isletas, y las enormes “lágrimas” o cortes verticales creados por el dragado constante, evidencian un río que ha sido forzado a cambiar.

El vecino nos muestra cómo la maquinaria ha removido piedras y sedimentos para abrir caminos dentro del mismo cauce, dejando montículos artificiales que alteran el flujo del agua y dañan la retención natural del río. Esto no solo fragmenta el ecosistema, sino que aumenta el riesgo de inundaciones, erosión y pérdida irreversible de biodiversidad.

La profundidad del daño: un río excavado más allá del límite permitido

El vecino explica que los concesionarios habrían profundizado el cauce mucho más de lo que establece la normativa técnica. Mientras la regla indica un máximo de un metro y medio en el cauce, las mediciones empíricas de la comunidad sugieren que el dragado habría alcanzado hasta tres metros.

“Hace falta venir con una varilla para medir dónde estaba el nivel y dónde está ahora” indica el vecino, señalando las paredes verticales creadas por la extracción continua.

Su preocupación es directa: la muerte del río es un proceso silencioso, pero evidente. Cada metro de profundidad perdido es, también, un metro de vida que desaparece.

El paisaje que antes sostenía vida

El video rememora un río que antes era espacio de pesca, juego, encuentro y vida comunitaria.
“Muchos años pudimos bañarnos, pescar, caminar de noche a la luz de la luna… hoy todo eso se está perdiendo”, lamenta el vecino.

La pérdida de retención natural, el arrastre de piedras grandes, la desaparición de refugios para peces y aves, y la alteración del flujo del agua están desencadenando un proceso de degradación que amenaza incluso a Caño Negro, ya que el río Frío es uno de sus aportes principales.

Una economía que destruye más de lo que produce

El vecino denuncia un comportamiento empresarial que prioriza el lucro rápido sobre cualquier consideración ambiental o social: “Cuatro gatitos están haciendo dinero con lo que es de todos, mientras el río se destruye.”

La comunidad cuestiona también la expansión simultánea de equipos entre Upala y Maquengal, lo cual evidencia un modelo de explotación intensiva desconectado de la realidad ecológica y social de la zona.

División en la comunidad: entre la defensa del río y la normalización del daño

Una parte de la comunidad se ha organizado para defender el río, pero el veicno reconoce con preocupación que existen personas que justifican la destrucción o la consideran parte “normal” de las concesiones. Ese discurso —dice— debilita la capacidad colectiva para exigir protección ambiental y abre espacio para que el daño avance sin oposición sólida.

Los conocimiento de las comunidades sigue siendo ignorado

La denuncia registrada en este video expone una verdad que se repite en muchos territorios: las instituciones ambientales no están escuchando a las comunidades. Setena, geología, municipalidades y otras instancias han minimizado o descartado observaciones que son obvias para quienes viven a la orilla del río.

El testimonio del vecino es el de una persona que conoce el río desde adentro, que lo ha caminado durante décadas y que puede identificar, sin instrumentos sofisticados, cuándo un ecosistema está sufriendo. Sin embargo, su conocimiento —como el de tantos vecinos y vecinas de Maquengal— ha sido sistemáticamente ninguneado.

Mientras los informes técnicos normalizan la extracción, la comunidad registra daños que ninguna inspección oficial ha querido reconocer. La brecha entre la mirada institucional y la experiencia territorial se vuelve una forma de violencia: una que deslegitima saberes locales y facilita el avance de concesiones que ponen en riesgo los bienes comunes.

El video es más que una denuncia: es un llamado urgente a detener la destrucción y a reconocer que la defensa del río solo es posible si se escucha a quienes lo viven, lo sienten y lo cuidan todos los días.

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Buscando las semillas de las piedras: el Río Frío visto desde la comunidad

El Río Frío ha sido, por generaciones, el corazón que sostiene la vida cotidiana en Maquengal y comunidades vecinas. Entre sus piedras se tejían historias, juegos, oficios y aprendizajes que unían a la gente con su territorio. Pero en los últimos años, las y los habitantes han visto transformaciones profundas: pozas que desaparecen, orillas que se desmoronan, cauces que se estrechan y un silencio extraño donde antes “el río cantaba”.

Frente a un deterioro cada vez más visible —y una institucionalidad que muchas veces no logra verlo— nació el monitoreo comunitario que da vida al documento Buscando las semillas de las piedras.

¿Por qué un monitoreo comunitario?

El monitoreo surge de una convicción sencilla y poderosa: quienes viven el río todos los días tienen derecho a nombrar lo que está pasando. No se trata solo de un ejercicio técnico, sino de una acción de defensa y de memoria.

Las comunidades observaron cómo la extracción intensiva de material, el paso de maquinaria y la falta de control debilitaban la estructura del río y alteraban su equilibrio natural. Ante ello, decidieron caminarlo, registrar sus cambios, conversar con quienes lo conocen desde hace décadas y construir una lectura desde el territorio.

Monitorear, en este caso, es una forma de cuidar. Es recuperar la palabra frente a informes que reducen la vida a coordenadas y volúmenes de extracción. Es decir: el río tiene memoria, y nosotros también.

Principales hallazgos del monitoreo

El recorrido —realizado entre la finca de Fernando Murillo y la entrada pública al río— dejó ver un patrón claro y preocupante:

  • -Modificación del cauce: el río ha cambiado de trayecto, profundizándose en canales angostos y perdiendo capacidad de oxigenación.

  • -Desaparición de piedras y alteración del lecho: en tramos donde pasó la maquinaria, las piedras grandes —que dan estructura y estabilidad al cauce— han desaparecido casi por completo, dejando sedimentos finos y un río “cansado”.

  • -Erosión acelerada: orillas inestables, árboles caídos y pérdida de vegetación muestran que la erosión avanza más rápido de lo que puede reponerse.

  • -Pérdida de pozas y afectación ecológica: sitios emblemáticos como la Poza del Remolino se han transformado; especies de fauna se desplazan en busca de mejores condiciones.

  • -Degradación del espacio público: el río dejó de ser un lugar de recreación y encuentro; los paredones y el ruido de maquinaria han fragmentado un espacio que antes era comunal y vivo.

  • -Diferencia entre la mirada institucional y la comunitaria: mientras algunos informes minimizan los impactos, las personas recuerdan un río navegable, fresco y lleno de vida: un contraste que expresa la brecha entre el escritorio y el territorio.

¿Qué aporta este documento a la discusión?

El informe ofrece algo que ningún expediente técnico puede producir por sí solo: una lectura viva, situada y comunitaria del territorio.

Sus aportes centrales son:

  • -Desmontar el mito del “pueblo disperso”: el documento evidencia que el río no está vacío ni marginal. Está habitado, transitado y cuidado por generaciones.

  • -Exponer impactos acumulativos que suelen quedar fuera de los estudios de impacto ambiental, especialmente aquellos relacionados con la pérdida de piedras y el debilitamiento ecológico del cauce.

  • -Mostrar la capacidad comunitaria para producir conocimiento: la memoria, la experiencia cotidiana y la lectura crítica del territorio permiten identificar daños que no aparecen en los informes formales.

  • -Plantear un diálogo necesario entre saber técnico y saber local, donde ninguno sustituye al otro; más bien se complementan y tensionan para construir decisiones más justas.

  • -Reforzar la defensa del río como bien común, no como recurso de extracción ni como espacio “subutilizado”.

Este documento es, en sí mismo, un aporte a la justicia socioambiental: demuestra que el conocimiento también se construye desde las orillas.

Entre las piedras: la fuerza de las voces comunitarias

Buscando las semillas de las piedras es más que un informe: es un acto de dignidad. En cada fotografía, en cada recuerdo compartido, en cada explicación sobre cómo “el río se está cansando”, se afirma una verdad profunda: la comunidad conoce su territorio de una manera que ningún expediente puede reemplazar.

Allí donde las instituciones ven únicamente datos, la comunidad ve vínculos, afectos, memoria y futuro.
Allí donde algunos informes justifican la extracción, las comunidades muestran el deterioro y sus consecuencias.

Este monitoreo recuerda que un río no cabe en un formulario, y que un territorio no se comprende sin escuchar a quienes lo habitan.

Al final, las semillas que se buscan entre las piedras son también semillas de organización y esperanza. Porque aunque el río haya cambiado, las comunidades siguen defendiendo su derecho a vivir en un territorio sano, vivo y respetado.

Defender el Río Frío es defender la vida común. Y esa defensa empieza escuchando —con respeto y con seriedad— las voces que nunca debieron ser invisibilizadas.

La participación ambiental como camino para defender los bienes comunes

La experiencia del Río Frío demuestra que la defensa de los bienes comunes naturales no puede depender únicamente de trámites, expedientes o estudios técnicos: requiere participación activa, cotidiana y consciente de las comunidades que habitan los territorios. Cuando las personas se organizan para mirar, registrar y dialogar sobre lo que ven, la gestión ambiental deja de ser un asunto lejano y se convierte en una práctica de cuidado colectivo.

La participación ambiental no es solo un mecanismo formal; es una forma de democracia territorial. A través del monitoreo, las comunidades recuperan su derecho a interpretar su entorno, a cuestionar decisiones que les afectan y a proponer caminos de restauración. Esta participación fortalece la vigilancia ciudadana, amplía los espacios de incidencia y permite que las decisiones públicas respondan a la realidad vivida, no solo a los indicadores que caben en un expediente.

Defender un río, un humedal o una montaña implica reconocer que los bienes comunes no se sostienen sin vínculos, sin memoria y sin comunidades organizadas. La participación ambiental, cuando nace desde el territorio, se convierte en una herramienta poderosa para frenar el deterioro, visibilizar impactos y construir alternativas justas. Es también una apuesta ética: afirmar que el agua, la tierra y la vida no pueden quedar en manos de intereses extractivos que fragmentan la comunidad y debilitan los ecosistemas.

Por eso, este monitoreo no es solo un registro. Es un ejercicio de ciudadanía ambiental, una forma de proteger lo que nos sostiene y un recordatorio de que la defensa de los bienes comunes empieza escuchando, observando y actuando en conjunto. Allí, entre las piedras y las voces de la gente, germina la posibilidad de un futuro donde los ríos vuelvan a cantar.

Te invitamos a descargar el informe completo del monitoreo comunitario Buscando las semillas de las piedras. En sus páginas encontrarás el recorrido detallado del Río Frío, las voces de quienes lo habitan y los hallazgos que evidencian la urgencia de proteger este bien común. Descargarlo es una manera de acompañar a la comunidad en su defensa del territorio y de sumarte a la construcción de un futuro donde el río vuelva a tener fuerza y vida.

Pueden descargar el informe aquí.