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Cuando las instituciones dejan de sentirse interpeladas: Monseñor Romero y una reflexión ética para la universidad

En julio de 2026, durante la sesión solemne del Concejo Municipal de Nicoya con motivo del 202.º aniversario de la Anexión del Partido de Nicoya a Costa Rica, el sacerdote Jeison Víquez Acuña dirigió un mensaje a la presidenta de la República que rápidamente trascendió el acto protocolario y generó un amplio debate nacional. Sus palabras abordaron temas como la justicia tributaria, la educación, la pobreza, la violencia y la responsabilidad del Estado frente a las personas más vulnerables, provocando diversas reacciones tanto de apoyo como de crítica.

Más allá de las posiciones que pueda generar esa intervención, el episodio abrió una discusión de mayor profundidad: ¿qué papel desempeñan las voces éticas cuando interpelan al poder político? ¿Cuál es la responsabilidad de quienes ocupan espacios de liderazgo frente a las desigualdades, las exclusiones y las decisiones que afectan la vida colectiva? Estas preguntas no pertenecen exclusivamente al ámbito religioso; forman parte del debate democrático sobre la responsabilidad pública y el compromiso con el bien común.

En América Latina y el Caribe, una de las figuras que mejor representa esta discusión es Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Si bien su legado suele abordarse desde una perspectiva religiosa o a partir de su martirio, también puede leerse como una experiencia de profunda coherencia ética. Su trayectoria invita a reflexionar sobre cómo una persona o una institución construyen autoridad no desde el poder que ejercen, sino desde su capacidad para escuchar la realidad, dejarse interpelar por el sufrimiento humano y actuar en consecuencia.

Esta reflexión retoma una intervención del papa Francisco sobre Monseñor Romero, no con el propósito de desarrollar una lectura confesional, sino para identificar aquellos rasgos de su práctica que pueden dialogar con desafíos contemporáneos como la universidad pública, la responsabilidad institucional y la defensa de los bienes comunes. En un contexto donde las organizaciones corren el riesgo de concentrarse en sus propios procedimientos, indicadores y dinámicas internas, la experiencia de Romero plantea una pregunta vigente: ¿nuestras prácticas están orientadas a preservar las instituciones o a responder, de manera ética, a las necesidades de la sociedad?

Empezamos

Monseñor Romero suele ser recordado como un mártir o como una figura religiosa de enorme relevancia para América Latina y el Caribe. Sin embargo, más allá de esa dimensión confesional, su trayectoria ofrece una pregunta profundamente ética para cualquier institución que aspire a servir al bien común: ¿desde dónde construimos nuestras decisiones?

En una intervención dirigida a los obispos centroamericanos, el papa Francisco recupera la figura de Romero para recordar que el compromiso auténtico comienza cuando una persona o una institución se deja afectar por la realidad. No basta con conocer el sufrimiento; es necesario permitir que ese sufrimiento modifique nuestras prioridades, nuestras formas de actuar y nuestros criterios de decisión.

Esta reflexión trasciende el ámbito religioso y adquiere especial fuerza cuando pensamos en la universidad pública.

El riesgo de una universidad que se mira a sí misma

Las universidades producen conocimiento, forman profesionales y generan investigación. Sin embargo, existe un riesgo permanente: que la institución termine organizando su vida alrededor de sus propios procedimientos, indicadores y lógicas administrativas.

Cuando esto ocurre, la universidad puede seguir siendo eficiente, publicar más artículos, ejecutar más proyectos o mejorar sus métricas, mientras pierde progresivamente su capacidad para escuchar las preguntas que emergen desde los territorios y las comunidades.

No se trata de negar la importancia de la excelencia académica. Se trata de preguntarnos para quién y desde dónde se produce el conocimiento.

Romero recuerda que la legitimidad de una práctica no depende únicamente de su calidad técnica, sino de su capacidad para responder a las heridas de su tiempo.

De administrar problemas a dejarse afectar

Francisco señala que el verdadero compromiso implica dejar que el sufrimiento transforme incluso el uso del tiempo y de los recursos.

Llevado al ámbito universitario, esto significa preguntarnos si nuestras agendas responden principalmente a las exigencias institucionales o si son capaces de reorientarse cuando la realidad plantea desafíos urgentes.

No basta con investigar sobre la desigualdad, la crisis ambiental o las exclusiones sociales. La pregunta ética es si esos problemas transforman también la manera en que investigamos, enseñamos y nos vinculamos con la sociedad.

La diferencia entre estudiar una realidad y dejarse interpelar por ella marca el paso de una universidad que observa a una universidad que se compromete.

La centralidad de las personas

Uno de los pasajes más sugerentes del discurso afirma que el valor del trabajo no depende de la cantidad de actividades realizadas ni de los recursos disponibles, sino de la centralidad de la compasión.

En un lenguaje laico, podríamos traducir esta idea diciendo que ninguna institución puede medir su éxito únicamente por sus resultados administrativos. La pregunta decisiva sigue siendo si las personas permanecen en el centro de sus decisiones.

Cuando los procedimientos terminan siendo más importantes que las personas, cuando las métricas pesan más que las necesidades sociales, o cuando la gestión desplaza la escucha, la institución comienza a perder el sentido de su existencia.

Escuchar antes que responder

Romero no construyó su autoridad desde la distancia, sino desde la escucha permanente de quienes vivían las consecuencias de la violencia y la exclusión.

Para la universidad, esta actitud supone reconocer que el conocimiento no nace únicamente en las aulas, los laboratorios o los centros de investigación. También se produce en las comunidades, en los movimientos sociales, en las organizaciones populares y en las experiencias cotidianas de quienes enfrentan los problemas que la academia intenta comprender.

Escuchar no significa únicamente consultar. Significa aceptar que esas voces pueden cuestionar nuestras categorías, modificar nuestras preguntas e incluso transformar nuestras prioridades institucionales.

Una ética de la coherencia

Quizá la enseñanza más vigente de Monseñor Romero no sea únicamente la denuncia de las injusticias, sino la coherencia entre lo que afirmaba y la manera en que organizó su vida.

Esa coherencia también interpela a la universidad. Si decimos que somos una institución al servicio de la sociedad, debemos preguntarnos continuamente si nuestras decisiones presupuestarias, nuestras prioridades de investigación, nuestros incentivos académicos y nuestras formas de evaluación fortalecen realmente ese compromiso o si, por el contrario, terminan alimentando una universidad cada vez más preocupada por reproducirse a sí misma.

La pregunta que deja Romero sigue siendo profundamente actual: ¿nuestras instituciones están organizadas para proteger su funcionamiento o para responder a las necesidades de la sociedad?

Responder esa pregunta no es un ejercicio espiritual ni confesional. Es, ante todo, un ejercicio de responsabilidad ética.

Las reflexiones del papa Francisco sobre Monseñor Romero permiten identificar un conjunto de aprendizajes que trascienden el ámbito religioso y se convierten en criterios para evaluar cualquier práctica institucional. En un contexto donde la universidad y otras organizaciones corren el riesgo de orientarse principalmente por sus propios procedimientos, indicadores o lógicas de funcionamiento, la trayectoria de Romero invita a preguntarnos qué significa construir una práctica ética capaz de dejarse interpelar por la realidad. La siguiente matriz recupera algunos de esos rasgos y los pone en diálogo con los desafíos contemporáneos de la universidad pública y la defensa de los bienes comunes.

Rasgo de la práctica de Monseñor Romero¿Qué significa éticamente?Pregunta para la práctica universitaria
Dejarse afectar por la realidadLa ética comienza cuando el sufrimiento de otras personas deja de ser un dato y se convierte en una responsabilidad.¿Qué problemas sociales modifican realmente nuestras prioridades de investigación, docencia y acción social?
Escuchar antes de intervenirComprender exige escuchar a quienes viven las consecuencias de los problemas y reconocerlos como sujetos de conocimiento.¿Escuchamos a las comunidades o únicamente recogemos información de ellas?
La realidad transforma la agendaEl compromiso implica reorganizar el tiempo, los recursos y las decisiones según las necesidades de las personas.¿Nuestra agenda responde a las necesidades sociales o a las exigencias institucionales?
La compasión como criterio institucionalEl valor de una práctica no depende de la cantidad de actividades, sino de su capacidad para cuidar la vida y la dignidad.¿Cómo evaluamos el éxito de nuestros proyectos: por indicadores o por su impacto en las personas?
Coherencia entre discurso y prácticaLa autoridad ética nace de la congruencia entre lo que se afirma y lo que se hace.¿Nuestras políticas institucionales reflejan los valores que defendemos públicamente?
Independencia frente al poderMantener autonomía para señalar injusticias, incluso cuando ello implica costos o tensiones.¿La universidad conserva capacidad crítica frente a los intereses políticos y económicos?
Poner a las personas en el centroLas estructuras deben estar al servicio de las personas y no las personas al servicio de las estructuras.¿Nuestros procedimientos fortalecen o dificultan el vínculo con estudiantes, comunidades y territorios?
Compromiso desde la cercaníaLa legitimidad se construye compartiendo las condiciones de quienes enfrentan los problemas.¿Nuestra investigación se realiza con los territorios o únicamente sobre los territorios?
Aprender desde el puebloLa experiencia social también produce conocimiento y debe dialogar con el saber académico.¿Reconocemos los saberes comunitarios como fuentes legítimas de conocimiento?
Asumir la incomodidadUna práctica ética acepta que el encuentro con la realidad cuestione privilegios, rutinas y certezas.¿Qué estamos dispuestos a cambiar cuando la realidad contradice nuestras formas habituales de trabajar?
La práctica ética como condición para cuidar los bienes comunes

Hablar de bienes comunes implica mucho más que hablar de recursos naturales o de patrimonio colectivo. Los bienes comunes existen porque una comunidad desarrolla prácticas de cuidado, responsabilidad compartida y compromiso con aquello que sostiene la vida. Sin esas prácticas, incluso los bienes más valiosos terminan siendo apropiados, degradados o destruidos.

Desde esta perspectiva, el principal aporte de Monseñor Romero no radica únicamente en la denuncia de las injusticias, sino en la construcción cotidiana de una práctica ética capaz de sostener lo común. Su legado recuerda que el compromiso no se mide por la fuerza del discurso, sino por la disposición a dejar que la realidad transforme nuestras prioridades y nuestras decisiones.

En el discurso que inspira esta reflexión, el papa Francisco insiste en que una práctica auténtica nace cuando las personas y las instituciones se dejan afectar por el sufrimiento de los demás, reorganizan sus agendas y colocan la dignidad humana en el centro de sus decisiones.

Esta idea resulta especialmente pertinente para quienes trabajamos en la defensa de los bienes comunes. Los conflictos por el agua, los bosques, los humedales, los territorios, la salud pública o la educación no son únicamente disputas por recursos. Son también disputas sobre las prácticas éticas que sostienen una sociedad. Allí donde predomina la indiferencia, el individualismo o la subordinación al poder, los bienes comunes se debilitan. Allí donde existen comunidades capaces de escuchar, cuidar, cooperar y actuar con coherencia, los bienes comunes encuentran condiciones para reproducirse y fortalecerse.

En este sentido, la universidad, las organizaciones sociales, las instituciones públicas y los movimientos ciudadanos comparten un desafío común: construir prácticas que no se orienten únicamente por la eficiencia, los indicadores o la administración, sino por la responsabilidad frente a la vida colectiva.

La práctica ética no es un complemento del trabajo por los bienes comunes; es su condición de posibilidad. Sin ella, la participación se convierte en trámite, el conocimiento en acumulación de información y las instituciones en fines en sí mismas. Con ella, en cambio, es posible construir relaciones de confianza, fortalecer la acción colectiva y sostener aquellos bienes materiales e inmateriales que hacen posible una vida digna.

Quizá esa sea una de las enseñanzas más vigentes de Monseñor Romero: los bienes comunes no se defienden únicamente con leyes, políticas públicas o conocimientos técnicos. Se sostienen, ante todo, mediante personas e instituciones capaces de actuar con coherencia, escuchar el clamor de su tiempo y asumir la responsabilidad de cuidar aquello que pertenece a todas y todos.

La importancia de ser «mala palabra»

Uno de los momentos más provocadores de la reflexión del papa Francisco sobre Monseñor Romero aparece cuando recuerda que muchos hombres y mujeres en Centroamérica ofrecieron su vida por mantener viva la voz profética frente a la injusticia y al abuso del poder. En ese contexto afirma, con una expresión cargada de significado: «Él también fue mala palabra», recordando que Romero fue objeto de sospechas, descalificaciones y cuestionamientos incluso dentro de la propia Iglesia. Lejos de reivindicar el conflicto como un fin en sí mismo, esta expresión invita a reflexionar sobre una realidad frecuente en la vida pública: quienes cuestionan las desigualdades, denuncian abusos o ponen en evidencia las contradicciones del poder suelen convertirse en voces incómodas. En muchas ocasiones son etiquetados como exagerados, conflictivos, radicales o inconvenientes, no necesariamente porque sus argumentos carezcan de fundamento, sino porque alteran consensos, interpelan privilegios o desafían formas establecidas de ejercer la autoridad.

Desde esta perspectiva, «ser mala palabra» no significa buscar la confrontación permanente ni construir una identidad basada en la oposición. Significa asumir que una práctica ética difícilmente será siempre cómoda o bien recibida. Cuando una persona, una organización o una institución colocan la dignidad humana, la justicia o el cuidado de lo común por encima de los intereses particulares, es probable que generen resistencias.

Esta reflexión resulta especialmente pertinente para la universidad pública, los movimientos sociales y las organizaciones comprometidas con los bienes comunes. Con frecuencia, los conflictos socioambientales, las desigualdades territoriales o las amenazas contra los derechos colectivos exigen investigaciones, posicionamientos o acciones que incomodan a actores políticos, económicos o incluso académicos. En esos momentos aparece una pregunta decisiva: ¿la búsqueda de reconocimiento institucional debe prevalecer sobre la responsabilidad de decir aquello que la realidad exige?

La trayectoria de Monseñor Romero recuerda que la legitimidad ética no depende de la ausencia de críticas, sino de la coherencia entre la palabra y la práctica. En ocasiones, cuidar los bienes comunes, defender los derechos humanos o acompañar a las comunidades implica aceptar que la crítica, la incomprensión o el aislamiento forman parte del costo de sostener una posición fundada en la justicia.

En un tiempo donde las instituciones enfrentan fuertes presiones para evitar el conflicto, preservar consensos o proteger su imagen pública, el legado de Romero plantea una cuestión que mantiene plena vigencia: ¿estamos dispuestos a asumir la incomodidad que implica defender aquello que consideramos justo o preferimos adaptar nuestras convicciones para evitar convertirnos en «mala palabra»?

Quizá una práctica ética comienza precisamente allí: cuando la búsqueda de aceptación deja de ser el criterio principal y la responsabilidad frente a la sociedad ocupa su lugar.

Referencia:

Papa Francisco. (2019). Discurso del Papa Francisco a los obispos centroamericanos reunidos en Panamá. ACI Prensa

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Monseñor Óscar Romero: Voz de Justicia y Esperanza

Monseñor Óscar Arnulfo Romero es un referente en la lucha por los derechos humanos en América Latina. Como arzobispo de San Salvador, alzó su voz contra la violencia, la represión y las injusticias que azotaban a los más pobres y vulnerables. Desde el púlpito, denunció las violaciones de derechos humanos y se convirtió en un faro de esperanza para su pueblo en medio de la crisis social y política.

Su mensaje y su práctica representaron el compromiso con la opción preferencial por los pobres, que no se limitó al discurso, sino que implicó la disputa de sentidos y espacios en defensa de la vida humana en todas sus dimensiones: esa práctica de libertad que garantiza el acceso a la salud, la educación y el trabajo digno.

Su valentía le costó la vida el 24 de marzo de 1980, cuando fue asesinado mientras oficiaba misa. Sin embargo, su legado sigue más vigente que nunca. Su mensaje de amor, justicia y paz continúa inspirando a quienes luchan por un mundo más equitativo y humano, así como a aquellos comprometidos con la memoria y la reparación frente a las injusticias que, desde la impunidad y el poder, buscan perpetuar los privilegios.

Este es un esfuerzo que realizamos para rescatar el pensamiento y la práctica latinoamericana y caribeña, enraizados en nuestros pueblos en la búsqueda y lucha por una vida digna. Con él, reforzamos el compromiso con una visión de los bienes comunes, enfrentando los legados racistas, coloniales y machistas que han estructurado nuestras sociedades. Es desde las prácticas de liberación de los diversos sujetos —individuales y colectivos— que se han construido alternativas para sociedades más justas

A través de esta infografía, te invitamos a conocer su vida, su lucha y las palabras que lo convirtieron en un hombre del pueblo, que vivió y murió por una vida digna para todos y todas.

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