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Cuando la política entra en la red: poder, datos y disputa por la conversación pública

El caso Cerimedo y la pregunta que deberíamos hacernos sobre nuestras democracias digitales

La detención en Bolivia del consultor político argentino Fernando Cerimedo ha vuelto a colocar en el centro de la discusión pública algo que suele aparecer solamente cuando estalla un escándalo: ¿cómo funcionan realmente las redes digitales que intervienen en la política?

Cerimedo fue detenido el 18 de agosto de 2026 en Bolivia, en el marco de una investigación relacionada con el ataque sufrido por la abogada y analista política Nadia Beller. Posteriormente, la justicia boliviana abrió además una investigación por presunto enriquecimiento ilícito y este 29 de agosto dictó una segunda detención preventiva. Cerimedo ha sido vinculado durante los últimos años con campañas políticas en América Latina y el Caribe, entre ellas las de Rodrigo Paz, Javier Milei y Jair Bolsonaro.

El caso, sin embargo, no debería llevarnos únicamente a preguntarnos quién es Cerimedo o qué hizo. También puede servirnos para mirar algo más amplio: el sistema de relaciones, tecnologías, datos, medios, comunidades y estrategias que hoy forman parte de la disputa política.

Porque las redes digitales no son simplemente un lugar donde los políticos publican mensajes.

Son también un espacio donde se construye realidad política.

Más allá de las redes sociales: ¿qué es un ecosistema digital?

Cuando hablamos de política digital solemos pensar inmediatamente en Facebook, Instagram, TikTok o X.

Pero esa es solamente una parte del fenómeno. Un ecosistema digital puede incluir redes sociales abiertas, grupos de WhatsApp, medios digitales, comunidades organizadas, influencers, cuentas automatizadas, herramientas de monitoreo de conversaciones, bases de datos, publicidad segmentada y sistemas de inteligencia artificial.

Como punto de partida debemos comprender que las redes sociales son solamente una pequeña parte de un ecosistema mucho mayor.

Esto cambia nuestra manera de entender la política. Ya no se trata únicamente de “publicar un mensaje”.

Se trata de conocer a quién llega, qué emociones provoca, quién lo comparte, qué comunidades lo reproducen, qué otras narrativas lo acompañan y cómo los algoritmos terminan amplificando determinadas conversaciones.

La política digital se parece, en ese sentido, a una nueva forma de plaza pública.

Pero una plaza pública en la que cada persona puede recibir una versión diferente de la conversación colectiva.

Del boca a boca al “boca a boca” digital

Durante mucho tiempo, una de las formas más importantes de hacer política fue el boca a boca.

Una conversación en el barrio, una reunión comunitaria, una conversación en el trabajo o una discusión familiar podían ayudar a construir una percepción sobre una persona candidata, un partido o un problema público.

La lógica no desapareció. Se digitalizó. Las redes permiten que una conversación que comienza en un pequeño grupo pueda reproducirse rápidamente entre comunidades diferentes.

Un mensaje puede pasar de un grupo de WhatsApp a una publicación, de ahí a un influencer, después a un medio digital y posteriormente regresar a las redes convertido en “tendencia”.

El problema aparece cuando confundimos la visibilidad de una conversación con su representatividad.

Que algo aparezca constantemente en nuestras pantallas no significa necesariamente que sea lo que piensa la mayoría de la sociedad.

Y aquí aparece uno de los grandes poderes de las redes: no solamente permiten expresar opiniones. También permiten hacer visible determinadas opiniones y ocultar otras.

La política también se puede medir

Una de las transformaciones más importantes está relacionada con los datos.

Las herramientas de escucha social permiten monitorear conversaciones públicas y detectar palabras, temas, emociones, comunidades y tendencias. En la entrevista analizada se explica, por ejemplo, cómo estas herramientas pueden utilizarse para observar conversaciones alrededor de temas políticos y posteriormente segmentar a las personas según sus posiciones o sentimientos.

Esto puede tener usos legítimos.

Una institución pública puede saber qué preocupaciones tiene la ciudadanía. Un medio puede identificar temas emergentes. Una organización social puede comprender mejor una discusión pública.

Pero también existe otra posibilidad: convertir esa información en una herramienta para intervenir sobre las personas.

Si conocemos qué preocupa a diferentes grupos, qué palabras generan rechazo, qué temas producen miedo o indignación y qué mensajes movilizan a determinadas comunidades, podemos diseñar contenidos específicamente orientados a producir determinadas respuestas.

La frontera entre comunicación y manipulación puede volverse entonces mucho más difícil de distinguir.

El problema no es solamente el bot

Cuando aparece una discusión sobre manipulación digital, rápidamente aparece una palabra: bots.

Y ciertamente existen cuentas automatizadas, redes coordinadas y sistemas capaces de producir y amplificar contenidos.

Pero reducir todo el problema a los bots puede ser una manera de no mirar el fenómeno completo.

En la entrevista se plantea una idea importante: el objetivo no necesariamente es que miles de cuentas falsas convenzan directamente a miles de personas. También puede consistir en introducir una determinada conversación en el sistema para que los algoritmos la detecten como relevante y posteriormente la amplifiquen.

Es decir: la cuestión no es solamente cuántas cuentas participan, sino qué conversación consiguen instalar.

Y aquí aparece una diferencia fundamental. Una cuenta falsa puede iniciar una conversación. Pero si esa conversación termina siendo reproducida por personas reales, medios, influencers o comunidades políticas, deja de ser solamente una operación automatizada.

Empieza a formar parte de la conversación social.

La inteligencia artificial cambia nuevamente las reglas

La inteligencia artificial introduce una nueva dimensión.

Durante años, la creación de redes coordinadas requería personas que administraran múltiples cuentas. La automatización y la IA reducen progresivamente el costo de producir contenidos, administrar interacciones y adaptar mensajes.

La entrevista plantea incluso un escenario en el que un candidato podría contar con sistemas capaces de interactuar con personas utilizando información previamente obtenida sobre sus intereses y preferencias.

Esto abre preguntas enormes.

-¿Qué ocurre cuando una persona cree estar conversando con otro ciudadano, pero en realidad está interactuando con un sistema automatizado?

-¿Qué sucede cuando una imagen, un video, una voz o una declaración pueden ser generados artificialmente?

-¿Cómo distinguimos una experiencia política auténtica de una experiencia diseñada algorítmicamente?

-Y, sobre todo: ¿qué ocurre con la confianza cuando dejamos de saber quién está hablando?

No todo es manipulación: las redes también pueden organizar

Sería un error construir una mirada exclusivamente negativa.

Las redes digitales también han abierto posibilidades enormes para la organización social.

Permiten convocar rápidamente, compartir información, documentar situaciones, conectar territorios y visibilizar conflictos que difícilmente encontrarían espacio en los medios tradicionales.

En la propia entrevista se menciona como ejemplo una movilización reciente en Costa Rica convocada principalmente mediante redes sociales. La capacidad de convocatoria mostró que estas herramientas pueden transformar rápidamente una indignación dispersa en presencia colectiva.

Las redes pueden servir para organizar una protesta. Pero también para organizar una campaña comunitaria, defender un territorio, denunciar una injusticia, compartir conocimiento o construir solidaridad. Por eso el problema no es “redes sí” o “redes no”.

La pregunta es quién las controla, para qué las utiliza y bajo qué condiciones se produce esa comunicación.

El límite de las redes: movilizar no significa necesariamente convencer

Aquí aparece una de las cuestiones más interesantes.

Las redes pueden movilizar a quienes ya están convencidos. Pero movilizar no necesariamente significa transformar una posición política.

En el análisis recogido en la entrevista se señala justamente esta diferencia: una convocatoria puede conseguir una importante movilización sin necesariamente modificar las percepciones de quienes se encuentran fuera de ese núcleo ya convencido.

Esto es fundamental para entender la política contemporánea. Los algoritmos pueden ayudarnos a encontrar personas que piensan como nosotros.

Pero si pasamos demasiado tiempo dentro de comunidades donde todos comparten las mismas posiciones, podemos terminar creyendo que nuestra comunidad representa a toda la sociedad.

Y entonces aparece una paradoja: estamos cada vez más conectados y, al mismo tiempo, podemos estar cada vez más separados.

El riesgo de confundir percepción con realidad

Uno de los mayores peligros de estos ecosistemas es la posibilidad de fabricar una sensación de mayoría.

Muchas personas hablando de un tema puede producir la impresión de que “todo el mundo está hablando de eso”.

Muchas cuentas defendiendo una posición pueden generar la sensación de que “la gente piensa así”.

Una sucesión de publicaciones puede hacer parecer que un problema es inevitablemente central.

Pero la conversación digital no es un espejo perfecto de la sociedad. Es una construcción. Está mediada por algoritmos, plataformas, comunidades, intereses económicos, estrategias de comunicación y decisiones humanas.

Por eso debemos aprender a formular una pregunta sencilla: ¿estoy viendo lo que la sociedad piensa o estoy viendo lo que el sistema decidió mostrarme?

Cuando el conflicto político se convierte en ataque

Otro riesgo es la transformación de la disputa política en una disputa por destruir al adversario.

En el ecosistema digital puede aparecer una lógica donde ya no importa discutir una propuesta, sino desacreditar a quien la formula.

La entrevista distingue entre el contraste político —“yo pienso de esta manera y vos de otra”— y aquellas prácticas orientadas a atacar, deslegitimar o silenciar al adversario. Esta diferencia resulta fundamental.

Una democracia necesita conflicto. Necesita desacuerdo. Necesita crítica.

Pero cuando el objetivo deja de ser disputar ideas y pasa a ser destruir la posibilidad de que la otra persona sea escuchada, la conversación democrática comienza a deteriorarse.

La violencia política también puede adquirir formas digitales: campañas de hostigamiento, ataques coordinados, desinformación, ridiculización sistemática o intentos de convertir a una persona en un objeto permanente de agresión.

No todo desacuerdo es violencia. Pero tampoco toda agresión puede esconderse detrás de la palabra “debate”.

El caso Cerimedo nos obliga a mirar el sistema

En los últimos días, además, el propio caso ha mostrado otro problema: la información sobre las redes digitales también puede ser manipulada.

Tras el allanamiento de inmuebles vinculados con Cerimedo circularon videos que supuestamente mostraban una “granja de bots”. AFP verificó que algunas de esas imágenes eran antiguas y que otra había sido generada mediante inteligencia artificial.

La paradoja es enorme. Estamos discutiendo operaciones de manipulación digital mientras, al mismo tiempo, circulan contenidos falsos sobre esas mismas operaciones.

Esto debería servirnos como una advertencia.

No basta con desconfiar de “los otros”. La alfabetización digital democrática implica aprender a verificar también aquello que confirma nuestras propias posiciones.

¿Qué riesgos enfrentamos como sociedad?

Podemos resumir algunos de los principales riesgos:

  • -Desinformación: contenidos falsos, engañosos o descontextualizados que pueden alterar nuestra comprensión de los acontecimientos.

  • -Manipulación emocional: utilización sistemática del miedo, la indignación o el enojo para orientar comportamientos políticos.

  • -Segmentación extrema: mensajes diferentes dirigidos a comunidades diferentes, dificultando la existencia de una conversación pública compartida.

  • -Automatización: cuentas y sistemas capaces de producir o amplificar contenidos a una escala difícil de alcanzar mediante trabajo humano.

  • -Falsa sensación de mayoría: hacer que una posición parezca mucho más extendida de lo que realmente está.

  • -Hostigamiento coordinado: utilización de redes para atacar o silenciar personas.

  • -Pérdida de confianza: cuando ya no sabemos qué información es verdadera, quién la produjo o quién la está amplificando.

  • -Concentración de poder: plataformas y actores privados poseen enormes capacidades para recopilar datos y ordenar la circulación de información.

  • -Opacidad: muchas veces desconocemos quién financia una campaña, quién administra determinadas redes o qué criterios determinan qué contenidos llegan a nuestras pantallas.

Entonces, ¿qué hacemos?

La respuesta no puede ser abandonar las redes.

Tampoco podemos pensar que la solución consiste simplemente en prohibir determinadas tecnologías.

Necesitamos construir capacidades democráticas para habitar estos espacios.

Eso implica aprender a preguntarnos:

-¿Quién produce este contenido?

-¿Quién lo financia?

-¿Qué información utiliza?

-¿A quién intenta convencer?

-¿Qué emoción busca provocar?

-¿Por qué estoy viendo esto?

-¿Hay evidencia independiente que permita comprobarlo?

-¿Quién más está difundiendo este mensaje?

Y existe una pregunta todavía más importante: ¿qué intereses aparecen cuando una conversación aparentemente espontánea se vuelve demasiado coordinada?

La disputa no es solamente tecnológica

Quizás esta sea la principal lección que podemos extraer del caso Cerimedo.

La tecnología importa. Los datos importan. Los algoritmos importan. Las redes coordinadas importan.

Pero ninguna de estas cosas explica por sí sola el comportamiento político de una sociedad.

Las herramientas digitales pueden amplificar determinadas tendencias, pero no inventan de la nada el malestar social, la frustración económica, la inseguridad, la pérdida de confianza o el desencanto con las instituciones.

Las tecnologías pueden organizar, acelerar y amplificar. Pero necesitan un terreno social sobre el cual operar.

Por eso una democracia que quiera enfrentar la manipulación digital no puede limitarse a combatir bots.

También tiene que preguntarse:

-¿por qué determinadas narrativas encuentran terreno fértil?

-¿qué malestares están expresando?

-¿qué instituciones han perdido legitimidad?

-¿qué sectores de la población sienten que nadie los escucha?

Porque cuando una sociedad deja de confiar en sus instituciones, las narrativas que prometen soluciones simples, enemigos claros y respuestas inmediatas pueden encontrar un terreno especialmente fértil.

Habitar críticamente el ecosistema digital

El desafío, entonces, no consiste en regresar a un supuesto pasado sin redes.

Las redes ya forman parte de nuestra vida política. El desafío es aprender a vivir en ellas sin entregar nuestra capacidad de juicio. Necesitamos ciudadanos capaces de distinguir popularidad de evidencia, viralidad de verdad, indignación de argumento y coordinación de participación espontánea.

Necesitamos medios capaces de investigar las infraestructuras que están detrás de las campañas digitales. Necesitamos instituciones capaces de establecer reglas de transparencia y rendición de cuentas. Y necesitamos plataformas sometidas a mayores responsabilidades respecto de los datos, la publicidad política, la automatización y la circulación de contenidos manipulados.

Pero también necesitamos algo más básico: recuperar la conversación. Porque frente a un ecosistema que puede fragmentarnos en miles de comunidades y hablarnos a cada uno de manera diferente, defender la democracia implica volver a construir espacios donde podamos encontrarnos con quienes piensan distinto.

El problema no es que existan muchas voces, sería que algunas de esas voces fueran fabricadas para parecer muchas, mientras otras desaparecen del campo de nuestra atención. La pregunta de fondo no es, entonces, si las redes sociales son buenas o malas. Es otra, ¿quién está construyendo la conversación pública en la que tomamos nuestras decisiones políticas?

Y esa es una pregunta que, en una democracia, no podemos dejar únicamente en manos de los algoritmos.

Referencias:

AFP Factual. (2026). Entre humanos y algoritmos: el reto de reconocer bots en redes sociales. AFP Factual.

Innerarity, Daniel. (2024). Inteligencia artificial y democracia. UNESCO. Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

López López, Paulo Carlos, Andrea Mila Maldonado, y Vasco Ribeiro. (2023). La desinformación en las democracias de América Latina y de la península ibérica: De las redes sociales a la inteligencia artificial (2015–2022). Uru: Revista de Comunicación y Cultura, (8), 69–89. DOI: 10.32719/26312514.2023.8.5

Trejo Delarbre, Raúl. (2016). Ser visibles, para ser ciudadanos. Política y redes sociodigitales en América Latina. Revista Latinoamericana de Ciencias de la Comunicación, 12(22), 57–69. DOI: 10.55738/alaic.v12i22.202

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La democracia sitiada por su propio discurso- Última intervención Rodrigo Chaves 2026

El discurso de Rodrigo Chaves es un documento hecho para movilizar, no para convocar. Su potencia no está en abrir espacios, sino en cerrarlos: en nombrar enemigos, celebrar batallas y erigirse como la voz de un “pueblo despierto” frente a una “casta” que todo lo bloquea. Pero si lo que nos interesa es cómo se construye —o se deshilacha— el tejido social, el balance es mucho más sombrío.

Un «nosotros» que excluye

Chaves construye un relato binario: patriotas contra privilegiados, Ejecutivo contra instituciones que frenan, pueblo contra medios mentirosos. No hay lugar para el disenso legítimo, para la incomodidad fértil, para ese otro que piensa distinto pero habita el mismo barrio, la misma cuenca, la misma acera.

Habla de “la vieja casta que había capturado nuestra patria” y asegura que “ellos trataron de frenar al gobierno”. Señala también a “aquellos medios de comunicación que, con información falsa o tergiversada, servían a sus intereses”. En ningún momento reconoce que dentro de ese “ellos” hay personas con visiones legítimas, electas democráticamente o con funciones constitucionales. Todo el que se opone queda, por definición, del lado del problema.

El tejido social no se construye declarando enemigos. Se teje reconociendo al adversario como parte de una trama compartida, conflictiva pero común. Aquí no hay trama: hay trincheras. Y cuando Chaves afirma que “peleé porque no tenía alternativa”, está diciendo —aunque no lo nombre— que la deliberación, los acuerdos parciales y las conversaciones incómodas son prescindibles. Lo que se erosiona entonces no es solo el diálogo: es la confianza, ese pegamento invisible y frágil que sostiene cualquier comunidad.

Las instituciones: ¿lastre o andamio?

El presidente arremete contra la Asamblea Legislativa anterior, la Contraloría y el Poder Judicial. Las acusa de frenar, de proteger privilegios, de resistirse al cambio. “Intentamos cambiarlo, pero encontramos muchas murallas en la institucionalidad”, afirma. Más adelante insiste: “las instituciones peor valoradas son, precisamente, las que más se resisten a cambiar”.

Puede haber razón en algunos de esos reclamos. Pero el problema no es la crítica: es el encuadre total. Cuando se lee el discurso completo, la impresión que queda es que todo aquello que no se alinea con el Ejecutivo deviene obstáculo ilegítimo.

Esa visión es peligrosa para la vida colectiva. Una sociedad no se sostiene solo con eficiencia ni con crecimiento. Se sostiene con frenos y contrapesos, con instituciones que incomodan precisamente porque están diseñadas para hacerlo. No son fines en sí mismas —y en eso el señalamiento al privilegio enquistado es pertinente—, pero tampoco son simples murallas. Son andamios. Y cuando se deslegitima el andamiaje entero, el tejido social no queda liberado: queda sin sostén.

El héroe solitario y el pueblo que respalda

A lo largo del discurso, el protagonista es casi siempre el presidente. “Me presento… con la frente en alta”, “peleé fuerte”, “luché arriesgando mi libertad”, “confronté enérgicamente”. La primera persona del singular no es un recurso: es la estructura narrativa.

El pueblo aparece, sí, pero como respaldo. Como fuerza que legitima, como voz que se expresó en las urnas. Chaves celebra que “este noble pueblo despertó” y agradece a “ese millón doscientas mil personas que le dijeron sí a la continuidad”. Sin embargo, el pueblo no aparece como sujeto activo de la vida cotidiana.

No hay mención a organizaciones vecinales, cooperativas, asambleas territoriales, redes de cuido, comedores comunales, ni a los acueductos rurales gestionados por las propias comunidades. Nada de eso entra en el relato.

Y sin embargo, es ahí donde se sostiene la vida. Una familia que come tranquila, un niño que vuelve de la escuela con esperanza, una cocina encendida al caer la noche —esa imagen con la que cierra el discurso— no depende solo de un gobierno fuerte ni de indicadores macroeconómicos. Depende de vínculos, de organización, de confianza acumulada, de bienes comunes cuidados colectivamente. De todo eso, el discurso guarda silencio.

La oposición: ¿sabotaje o función democrática?

Chaves es contundente: “Vivimos cuatro años de una oposición aberrante”. Acusa bloqueo, judicialización y mezquindad. “Oponerse por oponerse no es ideología. Es mezquindad”, afirma. Y traza una línea clara: “la oposición tiene derecho a criticar, pero no a sabotear al país”.

El problema es que esa línea no es objetiva: la define quien habla desde el poder. ¿Dónde termina la fiscalización y empieza el sabotaje? ¿Quién decide cuándo una oposición es legítima y cuándo es destructiva?

Es cierto: hay oposiciones que paralizan sin proponer. Pero también lo es que una democracia sin oposición incómoda es una democracia debilitada. El discurso no abre la posibilidad de una oposición que dialogue; más bien sugiere que el límite aceptable es no interferir con lo que el Ejecutivo considera urgente.

Cuando el disenso se aproxima discursivamente al sabotaje, lo que se pone en riesgo no es una élite abstracta: es la posibilidad misma de construir acuerdos donde quepan también quienes no ganaron.

La luz de la cocina y lo que no se ve

La metáfora final es poderosa: una casa humilde, al caer la noche, con una luz encendida en la cocina, una familia compartiendo la cena. Es una imagen que convoca afecto, estabilidad, sentido.

Pero esa luz no se sostiene sola. Depende de condiciones concretas: aceras transitables, agua potable, acceso a salud, transporte digno, espacios públicos, redes de apoyo. Depende, en otras palabras, de un tejido social vivo.

El presidente afirma que “este gobierno encendió una chispa” y que “fue el pueblo quien la convirtió en llama”. Sin embargo, el discurso no muestra cómo esa llama se traduce en el fortalecimiento de lo común: agua, territorio, energía, educación comunitaria, salud de proximidad.

Se mencionan proyectos: Ciudad Gobierno, la Marina de Limón, Crucitas, reformas laborales. Infraestructura, inversión, crecimiento. Pero no aparece el fortalecimiento comunitario, ni la participación, ni la gestión colectiva de los bienes que sostienen la vida.

La pregunta que queda

Al final, el discurso deja una pregunta incómoda: ¿Costa Rica cambió para que sus habitantes confíen más entre sí, se organicen mejor y decidan juntos lo que es común? ¿O cambió para consolidar un gobierno fuerte respaldado por un pueblo alineado?

Chaves afirma que “el respeto no se impone. Se gana con resultados” y señala el respaldo electoral como prueba. Pero el apoyo en las urnas y la confianza cotidiana no son equivalentes. Se puede respaldar un gobierno y, al mismo tiempo, sentir que los lazos sociales se debilitan, que el barrio se fragmenta, que el diálogo se vuelve más difícil.

La respuesta no está en el discurso. Pero esa ausencia también habla.

Porque gobernar no es solo enfrentar privilegios ni estabilizar la economía. Es, también —y quizá sobre todo— recomponer la confianza, habilitar la palabra del otro, sostener las redes invisibles que impiden que una vida quede sola cuando todo lo demás falla.

De eso no habla este discurso. Y en una democracia que aspira a estar viva, ese silencio pesa.

¿Qué política se está configurando?

Más allá de nombres propios, lo que este discurso deja ver es una forma de hacer política que desplaza el conflicto desde el terreno de lo discutible hacia el de lo moralmente incuestionable. No se trata solo de diferencias de criterio o de proyecto país: se trata de una narrativa donde quien está de un lado encarna al pueblo y quien está del otro queda asociado al bloqueo, al privilegio o a la distorsión.

Este tipo de política no busca tramitar el desacuerdo, sino ordenarlo. No convoca a la complejidad, sino que la simplifica en una disputa entre quienes “permiten avanzar” y quienes “estorban”. En ese marco, el disenso deja de ser un recurso democrático y pasa a ser un problema a gestionar o a neutralizar.

Hay, además, un desplazamiento importante: la política deja de centrarse en la construcción colectiva de lo común y se reorganiza en torno a la figura de conducción fuerte, capaz de enfrentar obstáculos, asumir costos y avanzar pese a resistencias. El resultado es una relación vertical donde el pueblo respalda, pero no necesariamente co-construye.

Desde estas líneas discursivas, la continuidad no aparece como una profundización del debate democrático, sino como la extensión de un estilo. Una política que se legitima en la confrontación, que mide su eficacia en términos de avance frente a enemigos identificados, y que corre el riesgo de debilitar los espacios intermedios donde se teje lo colectivo.

Si esa continuidad se expresa en una figura como Laura Fernández Delgado, la pregunta no es únicamente programática. Es, sobre todo, política en el sentido más profundo: ¿se abrirá espacio para recomponer vínculos, reconocer la pluralidad y fortalecer lo común? ¿O se consolidará una lógica donde gobernar es, ante todo, imponerse sobre aquello que incomoda?

Porque lo que está en juego no es solo quién gobierna. Es cómo se gobierna.

Y, sobre todo, con quiénes se construye país.

Crédito de imágenes: El Observador / El Financiero

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