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El golpe también se cuenta: mentiras, poder y la disputa por la realidad

11 de septiembre de 1973: cuando las “noticias falsas” todavía no tenían redes sociales

Hay una manera de recordar el 11 de septiembre de 1973 que consiste en volver sobre la fecha, enumerar los acontecimientos y repetir, año tras año, que aquel día ocurrió un golpe de Estado en Chile.

Hay otra posibilidad: preguntarnos cómo fue posible que un golpe de Estado pudiera presentarse como una defensa del orden, de la institucionalidad y hasta de la democracia. Esta segunda pregunta resulta más incómoda, pero también más necesaria.

Cuando hablamos hoy de fake news, desinformación o manipulación informativa solemos pensar inmediatamente en redes sociales, algoritmos, teléfonos y plataformas digitales. Como si el problema hubiera nacido con Facebook, X, TikTok o WhatsApp. Sin embargo, el 11 de septiembre de 1973 nos recuerda algo fundamental: las noticias falsas no nacieron en internet.

Mucho antes de las redes sociales, el poder ya sabía que para transformar una realidad política no bastaba con ocupar un territorio. También era necesario disputar las palabras con las que ese territorio sería interpretado.

Antes de las redes ya existía la disputa por la realidad

El documento 1-11 septiembre de 1973 muestra un Chile profundamente polarizado durante los días previos al golpe. Esa polarización atravesaba también los medios de comunicación: mientras quienes apoyaban a la Unidad Popular seguían Televisión Nacional, sectores opositores seguían Canal 13, perteneciente a la Pontificia Universidad Católica. La disputa política era, por tanto, también una disputa por los espacios desde los cuales se construía y circulaba la realidad.

Esto permite mirar la desinformación de una manera menos cómoda. No se trata únicamente de personas que comparten contenidos falsos en internet. La pregunta de fondo es otra: ¿quién tiene la capacidad de definir qué está ocurriendo?

Quien consigue instalar una explicación como sentido común adquiere una forma particular de poder. Puede decidir quién aparece como amenaza, quién como víctima, quién como enemigo y quién como salvador. Puede conseguir que una interpretación particular de los acontecimientos termine presentándose como si fuera simplemente “la realidad”.

En Chile esa disputa existía mucho antes de que una pantalla pudiera enviarnos una notificación.

“Esto no es un golpe de Estado”

Quizá uno de los ejemplos más reveladores se encuentre en las propias palabras de quienes estaban ejecutando el golpe.

A las ocho de la mañana del 11 de septiembre, con Valparaíso bajo control militar, el almirante José Toribio Merino afirmó: “Este no es un golpe de Estado”. Según la proclama, lo que estaba ocurriendo era el “restablecimiento de un estado de derecho”.

La frase importa no porque una mentira pueda convertirse en verdad por ser pronunciada desde el poder, sino porque muestra una necesidad política: el poder necesita producir un lenguaje capaz de hacer inteligible y justificable aquello que está haciendo.

Los militares no dijeron simplemente que habían decidido tomar el poder. Construyeron otro relato. Hablaron de una patria que se derrumbaba, de una crisis social y moral, de un gobierno incapaz de controlar el caos, de grupos paramilitares, de una amenaza de guerra civil y de la necesidad de liberar a Chile del “yugo marxista”.

Aquí aparece una operación que todavía reconocemos en muchos discursos políticos: primero se presenta una situación de emergencia; después se identifican responsables; luego se construye una amenaza extraordinaria y, finalmente, aparece quien afirma tener la capacidad de salvarnos de ella.

Por eso el problema no puede reducirse a una falsedad aislada. Hay algo más complejo: una arquitectura política del relato.

El caos puede ser real y también puede ser narrado

Esto permite mirar de otra manera las referencias al “caos”. El documento registra un contexto efectivamente atravesado por una fuerte crisis política, económica y social: inflación, desabastecimiento, acaparamiento, sabotaje empresarial y una creciente polarización.

Reconocer que existía una crisis, sin embargo, no significa aceptar automáticamente cualquier explicación sobre sus causas ni cualquier solución presentada para resolverla.

Una crisis puede ser real y, al mismo tiempo, puede ser narrada políticamente.

Lo importante no es solamente determinar si algo ocurrió. También importa observar cómo se seleccionan los acontecimientos, cómo se ordenan, qué causas se les atribuyen, quiénes son responsabilizados y qué respuestas terminan apareciendo como inevitables.

La existencia del conflicto no determina por sí misma el relato sobre el conflicto.

Esta distinción resulta fundamental para comprender cómo opera la propaganda. La mentira no siempre necesita inventarlo todo. Puede ser mucho más eficaz cuando toma elementos reales, los separa de su contexto, exagera algunos, oculta otros y establece conexiones interesadas hasta construir una explicación conveniente.

En Chile había conflictos, violencia, escasez, polarización y confrontación política. Sobre esa realidad se construyó un relato que permitió presentar la intervención militar como una respuesta necesaria frente al caos y la amenaza.

El golpe no solamente necesitó soldados. Necesitó una explicación.

Para imponer una explicación también hay que controlar quién puede hablar

La disputa por la realidad no se desarrolló únicamente mediante discursos. Mientras las fuerzas militares avanzaban, también se desplegó una operación para controlar las comunicaciones.

A las 4:30 de la madrugada comenzó en Valparaíso la llamada “Operación Silencio”, destinada a acallar sistemas de comunicación y radios vinculadas a la Unidad Popular. Horas después, aviones Hawker Hunter bombardearon los estudios de Radio Corporación. La primera proclama golpista fue transmitida desde el Ministerio de Defensa.

La Junta no se limitó a informar lo que estaba ocurriendo. Ordenó a la prensa, las radioemisoras y los canales considerados afines a la Unidad Popular suspender sus actividades informativas, bajo amenaza de castigo aéreo y terrestre.

Esto cambia nuestra manera de entender la desinformación. No se trata solamente de producir información falsa. También se trata de decidir qué información puede circular, qué voces pueden ser escuchadas, qué imágenes pueden verse y qué acontecimientos pueden ser nombrados.

En otras palabras, el silencio también puede ser una forma de construir realidad.

Cuando algunas voces son silenciadas y otras reciben el poder de hablar en nombre de todos, la disputa ya no ocurre únicamente sobre lo que es verdadero o falso. Ocurre también sobre quién tiene la posibilidad de contar lo sucedido.

Cuando el lenguaje intenta gobernar los acontecimientos

Quizá uno de los aspectos más reveladores del 11 de septiembre sea la velocidad con la que se intentó transformar el significado de lo que estaba ocurriendo.

A las 8:10 de la mañana se informaba que las Fuerzas Armadas comenzaban a hacerse cargo del país. A las 8:40 se transmitía una proclama que hablaba de crisis, caos, guerra civil, liberación de la patria y restauración del orden y la institucionalidad. Mientras La Moneda era atacada, el relato oficial continuaba construyéndose.

A las 10:00 se anunció que, si no había rendición, La Moneda sería bombardeada. A las 11:52 comenzó el bombardeo. Y posteriormente, cuando el palacio ya estaba siendo destruido, la Junta presentó la acción militar como una operación destinada a “evitar el derramamiento de sangre”.

La contradicción es evidente. Pero precisamente por eso resulta pedagógica.

Nos muestra que el lenguaje político no solamente describe los acontecimientos: también intenta gobernar su interpretación.

La palabra “orden” puede acompañar una ruptura institucional. “Libertad” puede aparecer en un contexto de censura. “Restauración” puede nombrar una toma del poder. “Bien común” puede ser invocado para justificar decisiones tomadas por quienes han desplazado el orden democrático.

Las palabras no son neutrales cuando están respaldadas por determinadas relaciones de poder.

Fabricar legitimidad

A las 14:10, la Junta Militar transmitió un nuevo bando en el que afirmaba que las Fuerzas Armadas habían asumido el poder porque un gobierno inicialmente legítimo había caído en una “ilegitimidad flagrante”. La acción se justificaba, además, apelando al supuesto sentir de la “gran mayoría nacional”, al “bien común” y al “alto interés patriótico”.

Aquí aparece algo políticamente más complejo que una mentira: la fabricación de legitimidad.

El poder que acaba de romper el orden constitucional se presenta como encargado de restaurarlo. Quien toma el poder por la fuerza habla de institucionalidad. Quien clausura espacios de expresión puede hablar de libertad. Quien impone un nuevo orden puede presentarse como quien viene a salvar a la patria.

Por eso quizá sea insuficiente preguntar únicamente si un mensaje es verdadero o falso. También necesitamos preguntar quién está hablando, desde dónde habla, con qué poder cuenta, qué efectos busca producir, qué queda fuera del relato y quién tiene la posibilidad de responder.

Estas preguntas nos permiten pasar de la verificación aislada de un dato a una lectura política de la información.

La censura también construye memoria

Después del golpe, la relación entre poder y comunicación no terminó. La censura y el control de las industrias culturales limitaron la circulación de expresiones artísticas y políticas dentro de Chile. Muchas manifestaciones artísticas chilenas tuvieron que desarrollarse fuera del país, mientras dentro del territorio surgía lentamente un movimiento reivindicativo a través de medios de comunicación de oposición.

La represión, por tanto, no operó solamente sobre las personas. También operó sobre las palabras, las imágenes, los relatos y las posibilidades de recordar.

Esto resulta especialmente importante porque una sociedad no recuerda únicamente aquello que ocurrió. Recuerda también aquello que pudo ser contado, aquello que fue silenciado y aquello que logró permanecer a pesar de la censura.

La disputa por la realidad no termina cuando termina el acontecimiento. Continúa en la memoria.

Las redes sociales no inventaron el problema

¿Qué tienen que ver las redes sociales con todo esto?

Mucho, pero quizá no de la manera que solemos pensar.

Las redes han acelerado la circulación de información, multiplicado los productores de contenido, facilitado nuevas formas de manipulación y creado otras maneras de producir propaganda y desinformación. Pero no inventaron la manipulación política de la realidad.

Tampoco inventaron los rumores, la propaganda, la censura, la construcción de enemigos, la utilización del miedo o la fabricación de amenazas. Mucho menos inventaron la posibilidad de presentar una ruptura del orden democrático como una operación necesaria para salvarlo.

Lo digital cambió la velocidad, la escala y las herramientas. No inventó la lógica política.

El 11 de septiembre de 1973 permite mirar precisamente esa continuidad. Las tecnologías cambian, pero algunas preguntas permanecen: ¿quién cuenta la historia?, ¿quién tiene capacidad para imponer una interpretación?, ¿qué voces quedan fuera?, ¿qué acontecimientos son presentados como inevitables?

Una vieja disputa con nuevas tecnologías

Lo que ocurre hoy alrededor de figuras como Fernando Cerimedo y de distintos equipos y medios vinculados a las nuevas derechas vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que atraviesa esta historia: ¿qué sucede cuando la tecnología aumenta enormemente la capacidad de intervenir sobre aquello que una sociedad percibe como real? Investigaciones recientes han documentado el uso de campañas negativas, redes de trolls, contenidos manipulados y estructuras digitales orientadas a amplificar determinados mensajes e intervenir en la conversación pública.

El problema, entonces, no consiste solamente en identificar una noticia falsa. La cuestión es más amplia: quién produce los contenidos, quién consigue hacerlos circular, qué emociones buscan activar, qué temas logran instalar y qué voces quedan desplazadas en medio de esa saturación. Las tecnologías digitales permiten producir y distribuir información a una velocidad y escala que no existían en 1973, pero la lógica política que las atraviesa no es completamente nueva. Cambian las herramientas; persiste la disputa por la realidad.

Esto vuelve especialmente necesario repensar la relación entre comunicación, tecnología y democracia. Una granja de cuentas, un contenido manipulado o una pieza generada mediante inteligencia artificial no son problemas exclusivamente técnicos. Adquieren importancia política cuando forman parte de ecosistemas capaces de fabricar autoridad, instalar sospechas, amplificar determinadas interpretaciones y desgastar la capacidad colectiva para distinguir entre información, propaganda y manipulación.

Por eso, recordar el 11 de septiembre de 1973 no debería llevarnos únicamente a mirar hacia atrás. También puede ayudarnos a desarrollar una mirada más atenta sobre el presente. Si entonces el control de las radios, los medios y las palabras fue parte de la construcción de una nueva realidad política, hoy necesitamos preguntarnos qué ocurre cuando esa disputa se desplaza hacia plataformas digitales, algoritmos, cuentas coordinadas y herramientas capaces de producir imágenes, audios y textos sintéticos.

La pregunta sigue siendo incómodamente actual: quién está contando la realidad, con qué herramientas, para quién y con qué consecuencias. Repensar esto no significa asumir que toda comunicación digital es manipulación ni que toda tecnología conduce inevitablemente a la desinformación. Significa reconocer que las tecnologías también son espacios de poder y que defender una conversación democrática requiere aprender a mirar no solo lo que circula, sino también las condiciones que hacen posible su circulación.

Recordar para sospechar

Por eso recordar Chile no debería reducirse a una efeméride.

No se trata solamente de mirar hacia atrás y decir que esto ocurrió hace 53 años. Se trata de preguntarnos qué mecanismos seguimos reconociendo en nuestro presente.

Cuando alguien nos dice que existe una amenaza tan extraordinaria que determinadas reglas deben suspenderse, conviene preguntar quién construyó esa amenaza. Cuando nos dicen que todo es caos, vale la pena preguntarse qué acontecimientos produjeron ese caos y quién se beneficia de esa explicación. Cuando alguien se presenta como la única alternativa frente al desastre, podemos preguntar quién decidió que las demás alternativas dejaron de existir.

Y cuando una autoridad afirma que restringir determinadas voces es necesario para defender la libertad, la pregunta debería ser sencilla: ¿qué libertad está defendiendo?

También conviene mirar aquello que queda fuera de cuadro. Cuando una versión de los acontecimientos comienza a repetirse hasta convertirse en sentido común, no basta con preguntarnos si contiene algún dato verdadero. Hay que preguntarse qué otras voces fueron desplazadas para que esa versión pudiera ocupar todo el espacio.

En ese sentido, recordar el golpe de Estado de 1973 también es aprender a leer críticamente la información del presente.

El golpe también se cuenta

La historia recogida en 1-11 septiembre de 1973 muestra que la toma del poder estuvo acompañada por una rápida reorganización del Estado: cierre del Congreso, clausura de la Central Única de Trabajadores, establecimiento de un nuevo orden económico, persecución política, prisión, tortura, asesinato, exilio y censura.

Pero muestra también algo que puede resultar menos visible cuando reducimos el golpe a una secuencia de acontecimientos militares: la disputa por la realidad continuó.

Cuando un poder necesita legitimarse, necesita también contar una historia sobre sí mismo. Una historia donde el caos antecede al salvador, donde la amenaza justifica la excepción, donde la violencia aparece como necesidad, donde la ruptura institucional se presenta como restauración y donde la censura puede aparecer como protección.

Quizá esa sea una de las razones por las que el 11 de septiembre sigue siendo una fecha incómoda. No solamente porque nos recuerda que una democracia puede ser destruida, sino porque nos obliga a pensar que antes de destruirla también puede ser necesario convencer a suficientes personas de que destruirla es necesario.

Y para eso hacen falta armas. Pero también hacen falta palabras. Recordar el golpe es, entonces, aprender a escuchar esas palabras. No para vivir atrapados en el pasado, sino para reconocer, en el presente, cuándo alguien comienza nuevamente a decirnos que para salvar el orden hay que destruirlo.

Referencia

Memoria Chilena. (2013). 1-11 septiembre de 1973. Biblioteca Nacional de Chile. 

Para profundizar

Esta nota parte de la necesidad de volver a las fuentes y acercarnos a los documentos que permiten reconstruir los acontecimientos más allá de las interpretaciones que circulan en el presente. Te invitamos a consultar y descargar 1-11 septiembre de 1973, elaborado por Memoria Chilena, un documento que reúne materiales y referencias para aproximarse al contexto del golpe de Estado en Chile y a las formas en que aquellos acontecimientos fueron narrados y documentados. Revisarlo también puede ser una oportunidad para seguir preguntándonos cómo se construyen las versiones de la realidad, qué voces quedan fuera y qué papel juegan los medios y las tecnologías en esas disputas.

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Hondurasgate y Proyecto Júpiter: La fábrica del enemigo en tiempos de algoritmos

La democracia bajo condiciones de saturación

Las democracias latinoamericanas atraviesan una transformación silenciosa pero profunda. Ya no basta con controlar instituciones, acumular capital o disputar elecciones: el conflicto político contemporáneo también se libra en el terreno de la percepción, la saturación informativa y la erosión permanente de la confianza pública. En este escenario, casos como el Hondurasgate y el llamado Caso Júpiter aparecen menos como episodios excepcionales y más como síntomas de una época marcada por la expansión de operaciones político-mediáticas donde la verdad pierde centralidad frente al impacto emocional, la sospecha y el desgaste.

Lejos de tratarse únicamente de escándalos coyunturales, estos casos revelan la consolidación de nuevas formas de disputa política que combinan plataformas digitales, filtraciones, operadores mediáticos, campañas emocionales y narrativas de crisis permanente. La política ya no se organiza solamente alrededor de programas o proyectos; también se estructura alrededor de flujos de información, producción de miedo y administración estratégica del conflicto.

La “máquina del fango”: cuando la sospecha se vuelve tecnología política

Hace años, Umberto Eco advirtió sobre la existencia de una “máquina del fango”: un dispositivo de producción sistemática de desprestigio, rumores y manipulación simbólica cuyo objetivo no consiste necesariamente en demostrar hechos, sino en instalar dudas, fragmentar consensos y destruir legitimidades.

El barro funciona precisamente porque mezcla elementos reales, medias verdades, filtraciones, insinuaciones y emociones intensas hasta volver indistinguible la frontera entre información y operación política. Su potencia no radica únicamente en la mentira, sino en la saturación. Cuando todo parece escándalo, nada logra esclarecerse. Cuando cada actor acusa al otro de conspiración, corrupción o traición, el resultado no es necesariamente una ciudadanía más informada, sino una sociedad fatigada, desconfiada y vulnerable a soluciones autoritarias.

La lógica de la máquina del fango no busca únicamente convencer; busca producir agotamiento colectivo. La incertidumbre permanente termina debilitando las capacidades sociales para distinguir entre investigación, propaganda, filtración interesada y espectáculo mediático.

¿Qué son el Hondurasgate y el Proyecto Júpiter?

Aunque poseen características y contextos distintos, el Hondurasgate y el llamado Proyecto Júpiter comparten un elemento central: ambos han sido interpretados como expresiones de nuevas formas de disputa política donde convergen filtraciones, operaciones mediáticas, narrativas de seguridad y estrategias digitales de influencia.

El denominado Hondurasgate surge a partir de la filtración de audios y documentos que involucran a actores políticos, empresariales y operadores vinculados a redes internacionales de lobby y comunicación estratégica. Las revelaciones generaron controversia por las posibles conexiones entre campañas digitales, construcción de narrativas políticas e intereses geopolíticos articulados más allá de las fronteras hondureñas. El caso abrió debates sobre desinformación, injerencia, guerra comunicacional y el uso de plataformas digitales para moldear percepciones públicas en América Latina.

Por su parte, el Proyecto Júpiter aparece asociado a denuncias, interpretaciones y análisis sobre presuntas operaciones político-mediáticas vinculadas con escenarios de conflictividad regional, seguridad y construcción de enemigos internos. En diversas discusiones públicas, el término ha sido relacionado con dinámicas de intervención narrativa, amplificación mediática del miedo y utilización estratégica de discursos de amenaza para justificar agendas políticas y reconfiguraciones de poder.

Más allá de la precisión jurídica o del estado de verificación de cada denuncia, ambos casos permiten observar transformaciones más amplias en las formas contemporáneas de hacer política. La circulación acelerada de filtraciones, el papel central de redes sociales, la participación de operadores digitales y la creciente fusión entre comunicación, seguridad y geopolítica revelan cómo el conflicto político actual se desarrolla también como una disputa permanente por controlar narrativas, emociones y percepciones colectivas.

En ambos escenarios aparece además una dimensión clave: la utilización de estructuras de comunicación, influencia y articulación política como herramientas de incidencia en contextos locales con ramificaciones internacionales. Las disputas nacionales dejan de ser estrictamente domésticas y comienzan a insertarse dentro de redes transnacionales donde confluyen intereses económicos, agendas ideológicas, plataformas digitales y actores políticos capaces de intervenir simultáneamente en distintos territorios.

Esto implica la construcción estratégica de alianzas, campañas y narrativas orientadas a influenciar grupos específicos, moldear climas de opinión y fortalecer determinados intereses políticos, económicos o geopolíticos. Influencers, centros de pensamiento, operadores mediáticos, organizaciones, plataformas digitales y redes de lobby pasan entonces a desempeñar un papel cada vez más importante en la producción de legitimidades y en la orientación del debate público.

En ese sentido, Hondurasgate y Proyecto Júpiter funcionan menos como hechos aislados y más como ventanas para comprender una época marcada por la expansión de la desinformación, la polarización y la consolidación de ecosistemas digitales donde el barro, la sospecha y la saturación informativa comienzan a operar como instrumentos cotidianos de poder.

Hondurasgate y Proyecto Júpiter: síntomas de una mutación regional

En este contexto, el Hondurasgate resulta particularmente revelador. Las filtraciones de audios, las denuncias sobre redes internacionales de desinformación y las posibles articulaciones entre actores políticos, operadores digitales y agendas geopolíticas muestran cómo las fronteras entre comunicación, inteligencia, propaganda y seguridad se vuelven cada vez más difusas.

El Caso Júpiter, por su parte, expresa otra dimensión del fenómeno: la utilización intensiva de estructuras mediáticas y digitales para influir en percepciones colectivas, consolidar relatos de crisis y administrar políticamente la sospecha. En ambos casos aparece una lógica compartida: no se trata solamente de convencer, sino de desestabilizar, erosionar y producir incertidumbre permanente.

Más allá de las particularidades de cada caso, ambos permiten observar dinámicas estructurales:

  • -circulación acelerada de filtraciones,
  • -centralidad de operadores digitales,
  • -amplificación algorítmica del conflicto,
  • -construcción de enemigos políticos,
  • -desgaste institucional,
  • -y creciente dificultad para separar información, propaganda y operación psicológica.

Lo relevante no es únicamente si cada acusación resulta verdadera o falsa, sino el modo en que estos ecosistemas producen condiciones permanentes de polarización y sospecha social.

Del enemigo interno al algoritmo

América Latina conoce bien estas dinámicas. Durante décadas, el “enemigo interno” funcionó como categoría organizadora de doctrinas de seguridad, persecuciones políticas y mecanismos de control social. Sin embargo, la novedad contemporánea radica en que esa lógica ahora opera acelerada por algoritmos, plataformas digitales y economías de la indignación que convierten el conflicto en espectáculo continuo.

El barro ya no circula únicamente desde periódicos o cadenas televisivas: se mueve a velocidad algorítmica entre bots, influencers políticos, cuentas anónimas, campañas segmentadas y plataformas diseñadas para premiar la reacción emocional antes que la deliberación democrática.

La comunicación política deja entonces de orientarse principalmente hacia la persuasión racional y comienza a estructurarse alrededor de impactos emocionales instantáneos: miedo, indignación, humillación pública, odio y ansiedad colectiva. En ese terreno, la verdad pierde eficacia frente a la viralidad.

Influencia digital y geopolítica: la disputa por las narrativas

Las tensiones alrededor de la desinformación, las operaciones digitales y la construcción estratégica de percepciones no ocurren en un vacío político. También forman parte de disputas geopolíticas más amplias donde los Estados buscan moldear narrativas, defender intereses y reposicionar su legitimidad internacional en escenarios crecientemente fragmentados.

En ese contexto, recientes informaciones publicadas por The Guardian revelan que el Departamento de Estado de Estados Unidos, bajo instrucciones firmadas por Marco Rubio, ordenó a embajadas y consulados desplegar campañas coordinadas para contrarrestar lo que define como “propaganda antiestadounidense” y fortalecer la influencia de Washington a través de redes sociales y ecosistemas digitales.

El documento, según la investigación periodística, no solo impulsa una estrategia global de posicionamiento narrativo, sino que además plantea la coordinación entre sedes diplomáticas y unidades de operaciones psicológicas del Pentágono, conocidas anteriormente como Psyops. La instrucción incluye trabajar con influencers, académicos, líderes comunitarios y actores locales capaces de amplificar contenidos alineados con los intereses estadounidenses, procurando que dichas narrativas aparezcan como expresiones orgánicas y no como campañas centralizadas.

La relevancia de estas revelaciones no reside únicamente en el reconocimiento explícito del poder político de las redes sociales, sino en lo que muestran sobre la transformación contemporánea de la influencia internacional. Si durante gran parte del siglo XX la disputa por la legitimidad global se estructuraba alrededor de medios tradicionales, diplomacia pública o intervenciones directas, hoy una parte importante de esa confrontación ocurre mediante algoritmos, circulación de contenidos, administración emocional de audiencias y control de ecosistemas informativos.

La incorporación explícita de plataformas como X —presentada en el documento como herramienta “innovadora” para combatir la desinformación— evidencia además cómo las infraestructuras privadas digitales se convierten en componentes estratégicos de la disputa geopolítica contemporánea. Las redes sociales dejan de ser simples espacios de interacción para transformarse en territorios de influencia, intervención narrativa y producción de hegemonía cultural.

Esto complejiza aún más escenarios como Hondurasgate o el Caso Júpiter. Las campañas digitales, los sistemas de amplificación mediática y las operaciones narrativas dejan de ser únicamente fenómenos domésticos para insertarse dentro de redes transnacionales donde convergen intereses políticos, plataformas tecnológicas, actores económicos y estrategias de influencia regional.

La máquina del fango adquiere entonces una nueva escala: ya no opera solamente como instrumento de disputa electoral interna, sino como componente de una geopolítica de la información donde las emociones, los imaginarios y la percepción pública se convierten en territorios estratégicos de intervención.

Claves para leer la política del fango

Para analizar este tipo de fenómenos resulta útil identificar algunos patrones recurrentes que aparecen en las nuevas disputas político-mediáticas de la región:

DimensiónCaracterísticas principalesEfectos políticos
Producción de informaciónFiltraciones, audios, documentos parciales, rumoresGeneración de incertidumbre y sospecha
Plataformas digitalesBots, cuentas anónimas, microsegmentación, viralizaciónAmplificación emocional del conflicto
Construcción de enemigosNarrativas de traición, corrupción o amenaza internaPolarización y debilitamiento del diálogo
Saturación mediáticaExceso de información contradictoriaFatiga social y descreimiento
Judicialización y espectáculoMezcla entre procesos legales y guerra comunicacionalErosión de legitimidad institucional
Geopolítica y redes transnacionalesArticulación entre actores internacionales y agendas ideológicasExpansión regional de operaciones políticas
Economía de la indignaciónPremios algorítmicos al contenido conflictivoRadicalización discursiva
Crisis de confianzaDesgaste de medios, instituciones y actores políticosApertura a liderazgos autoritarios

Esta matriz permite comprender que la máquina del fango no opera únicamente como campaña de desinformación aislada, sino como un ecosistema político-cultural mucho más amplio, donde múltiples actores disputan poder mediante la administración estratégica del ruido.

La erosión democrática como efecto acumulativo

La consecuencia de estos procesos es profunda. No solo se deteriora la calidad del debate público; también se debilitan las posibilidades mismas de construir horizontes comunes. Allí donde todo puede ser presentado como conspiración, montaje o manipulación, la política deja de organizarse alrededor de proyectos colectivos y comienza a estructurarse alrededor del miedo, el odio y la administración permanente de enemigos.

La máquina del fango no destruye únicamente reputaciones individuales: erosiona lentamente las condiciones culturales de la democracia. Produce sociedades incapaces de distinguir entre crítica y operación, entre información y propaganda, entre participación política y espectáculo emocional. Y en medio de ese ruido constante, quienes logran capitalizar el caos suelen ser los actores con mayor capacidad económica, tecnológica y mediática.

No se trata solamente de un problema comunicacional. Se trata de una transformación profunda de las formas contemporáneas de ejercicio del poder.

Cuando el barro deja de ser excepción

Tal vez el problema central no sea únicamente la existencia del barro, sino su normalización como método de gobierno, estrategia electoral y forma dominante de comunicación política en el continente.

Porque cuando la sospecha sustituye al debate y el desgaste reemplaza a la verdad, la democracia comienza a perder uno de sus elementos más frágiles y fundamentales: la posibilidad de confiar colectivamente en algo más que el miedo.

Referencias:

Alfonso, Diana Carolina. (2026, abril 27). Atentados terroristas en el suroccidente colombiano: ¿La mano invisible del Proyecto Júpiter y el Plan Colombia 2.0? Diario Red.

Eco, Umberto. (2015). Número cero. Editorial Lumen.

Editorial. (2026, abril 29). Hondurasgate. Diario Red. 

Gedeon, Joseph. (2026, marzo 30). Estados Unidos ordena a sus embajadas que colaboren contra la “hostilidad” extranjera y que utilicen X para “contrarrestar la propaganda antiestadounidense”. The Guardian.

González Zorrilla, Gabriel. (2026, mayo 12). Hondurasgate: Qué se sabe y qué no de los audios filtrados. Deutsche Welle. Deutsche Welle

Redacción Diario Red / AL. (2026, mayo 6). “Honduras no es un caso aislado: es el laboratorio de una nueva ofensiva contra nuestras democracias”: Gerardo Torres Zelaya en La Base América Latina. Diario Red. 

Sgarzini, Bruno. (2026, mayo 8). Continental Strategy; la firma cercana a Marco Rubio responsable del lobby empresarial detrás del Hondurasgate. Diario Red.

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Esta nota forma parte de la colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes

El texto “Hondurasgate y Proyecto Júpiter: La fábrica del enemigo en tiempos de algoritmos” forma parte de la colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes, una iniciativa impulsada por el Observatorio de Bienes Comunes orientada a reflexionar críticamente sobre las transformaciones contemporáneas del poder, la colonialidad, los antiimperialismos y las disputas por los bienes comunes en América Latina y el Caribe.

La colección reúne cuadernos, ensayos y materiales de análisis que buscan leer los conflictos actuales desde perspectivas de antigeopolítica, recuperando voces, memorias y experiencias construidas desde los territorios y las luchas sociales. En ese marco, esta nota propone comprender cómo las operaciones mediáticas, la desinformación, las plataformas digitales y la administración algorítmica del miedo se han convertido en componentes centrales de las disputas políticas contemporáneas.

Más que analizar casos aislados, Geografías Herejes de los Bienes Comunes apuesta por abrir preguntas sobre las nuevas formas de dominación y control que atraviesan la región, así como sobre las posibilidades de construir lecturas críticas y horizontes democráticos frente a la saturación informativa, la polarización y la fabricación permanente de enemigos.

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Proceso Reflexión: Educación Popular en tiempos de desinformación y redes sociales

El nombre de la Educación Popular despierta afinidades y antipatías. Su propuesta en muchas ocasiones es presentada como la mera aplicación de técnicas o herramientas didácticas para hacer algo más “interesante”. Si nos atenemos a su lugar y tiempo, se concibe como alguna dimensión de la educación de adultos, es decir procesos formales que se desarrollan fuera del aula y con horarios flexibles. En el mejor de los casos, se observa como una modalidad educativa, como la educación a distancia, entre otras.

Sin embargo, si nos atenemos a su trayectoria histórica, encontramos que la Educación Popular constituye una corriente de pensamiento y acción dentro del campo de las ciencias sociales, principalmente desde las pedagogías críticas. Entonces este enfoque representa una propuesta teórico-práctica siempre en debate y construcción.

Nos encontramos en un contexto complejo, hay una tendencia a la individualización no sólo de los espacios que antes compartiamos de forma colectiva, sino también, los mismos canales de comunicación que usualmente utilizamos, nos fragmentan y re-construyen burbujas en torno a las personas que utilizamos esos medios.

¿Qué tipo de implicaciones tiene esto en nuestra forma de participar y debatir sobre nuestras realidades? ¿Influye esto en la percepción que tenemos de las demás personas? ¿Estamos viviendo al mismo tiempo contextos de sentidos distintos contrapuestos-complmentarios entre las personas que habitamos nuestros territorios?

Son parte de las inquietudes que mueven la discusión de este proceso de reflexión, para debatir y problematizar los desafíos que tiene la construcción de propuestas socioeducativas desde la educación popular en estos contextos que nos interpelan hoy.

Para abordar este proceso proponemos trabajar durante las siguientes sesiones

1. ¿Qué es la educación Popular Latinoamericana y Caribeña? 30 de setiembre –  9 am a 12 md
2.Trayectos históricos de la Educación Popular Latinoamericana y Caribeña. 7 de octubre –  9 am a 12 md
3.¿Qué son los saberes y las prácticas? ¿Qué contextos les acompaña? 17 de octubre –  9 am a 12 md
4. ¿Hacemos técnicas o apoyamos procesos? 21 de octubre-  9 am a 12 md
5.¿Hay algo distinto en todo esto? 28 de octubre – 9 am a  12 md

Lugar: Oficina Kioscos Socioambientales

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Bienes comunes en contexto: ¿Qué sucede con la prohibición de las Sustancias Tóxicas?

El pasado mes de julio se publicó por parte de Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas el Informe del Relator Especial sobre las implicaciones para los derechos humanos de la gestión y eliminación ambientalmente racionales de las sustancias y los desechos peligrosos realizado por Marcos Orellana, y el cual se tituló «El derecho a la ciencia en el contexto de las sustancias tóxicas». Pueden descargar el informe completo aquí.

Este documento nos propone reflexionar sobre una situación que junto a la crisis climática, está marcando nuestra época, el aumento de las actividades industriales en diversos ámbitos alimentarios, construcción, agroindustria, transporte, minería, entre otros campos, ha traído consigo repercusiones sensibles sobre nuestro bienestar como seres humanos, pero también sobre nuestros ecosistemas.

Parte de este documento, nos expone algunas de las malas prácticas que utilizan diversos actores para retrasar o impedir la prohibición de las sustancia tóxicas, mismas que podemos encontrar en nuestra vida cotidiana a través de los medios de comunicación, tales como la aparente toma de medidas por parte de actores reguladores, pero sin responsabilidades vinculantes o la manipulación de información sobre los efectos de determinada sustancia, ya sea ocultando resultados o presentando conclusiones parciales.

Les compartimos esta infografía que nos presenta algunas de estas prácticas utilizadas con el fin de entorpecer la  prohibición de estas sustancias tóxicas.

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sustancias tóxicas

Bienes comunes en contexto: Sustancias tóxicas ¿En qué situación nos encontramos?

El pasado mes de julio se publicó por parte de Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas el Informe del Relator Especial sobre las implicaciones para los derechos humanos de la gestión y eliminación ambientalmente racionales de las sustancias y los desechos peligrosos realizado por Marcos Orellana, y el cual se tituló «El derecho a la ciencia en el contexto de las sustancias tóxicas».

Este documento nos propone reflexionar sobre una situación que junto a la crisis climática, está marcando nuestra época, el aumento de las actividades industriales en diversos ámbitos alimentarios, construcción, agroindustria, transporte, minería, entre otros campos, ha traído consigo repercusiones sensibles sobre nuestro bienestar como seres humanos, pero también sobre nuestros ecosistemas.

La contaminación y la exposición a sustancias tóxicas representan un riesgo latente y que al día de hoy es una señal del agotamiento y daño que está sufriendo nuestro planeta, situaciones como los microplásticos, los derrames de sustancias, la contaminación de las aguas con desechos industriales, la fumigación con agrotóxicos, entre otras, no representan amenazas aisladas, sino que son situaciones que llegan a nuestros hogares, nuestras comidas o productos de consumo son portadores en muchas ocasiones de estas sustancias.

Es así, como este informe nos llama la atención sobre esta situación que nos interpela a estar alertas, vigilantes de los procesos legales que suceden en nuestros congresos, sino también a estar informados sobre aquellos avances científicos que procuran cuidar de nuestra salud y la de nuestros ecosistemas.
Les compartimos esta infografía que nos dan algunas ideas al respecto de la situación que estamos atravesando, e invitan a profundizar la lectura de este informe.

Pueden descargar el informe completo aquí.

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