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Más que una limpieza: memoria y organización en Los Chorros

En el marco de una jornada de limpieza en el Río Prendas, en el Parque Recreativo Municipal Los Chorros (Grecia), la conversación con Hámer Salazar (biólogo y presidente de FUNDEMA) y Francis Suárez (Primates de Grecia, FUNDEMA y síndico de Tacares) deja una idea central: los ríos no son solo naturaleza, son territorios construidos desde la historia, la organización y la lucha.

Aunque el parque fue creado por ley en 1977 como área protegida, hoy enfrenta una realidad contradictoria: no cuenta con gestión, control ni un plan de manejo efectivo. En ese vacío, como señalan Salazar y Suárez, ha sido la comunidad —especialmente Tacares— la que ha sostenido su defensa frente a amenazas como la contaminación, proyectos extractivos y presiones urbanísticas.

Por eso, una jornada de limpieza no es solo recoger residuos. Es también un acto de memoria y de educación popular. Escuchar la historia del lugar mientras se cuida transforma la experiencia: conecta a las personas con el territorio y las vuelve parte de su defensa.

Los Chorros nos recuerda que cuidar un río implica mucho más que acciones puntuales. Supone reconocer las luchas que lo han hecho posible y asumir, colectivamente, el compromiso de sostenerlo.

Claves para leer esta experiencia
  • – Los ríos son territorios vivos, atravesados por historia y conflicto.
  • – La protección de Los Chorros ha dependido, en gran medida, de la organización comunitaria.
  • – Existe una brecha entre la protección legal y la gestión real del área.
  • – Las amenazas han sido constantes: contaminación, extracción y urbanización.
  • – El agua es un bien común que ha generado tanto disputas como solidaridad entre comunidades.
  • – Las jornadas de limpieza también construyen memoria, vínculos y apropiación del territorio.
  • – Conocer la historia fortalece el compromiso con su cuidado.
Próximas jornadas de acción por los ríos

Como parte de este esfuerzo colectivo, las organizaciones y comunidades participantes han planteado dar continuidad a estas iniciativas a través de nuevas jornadas de acción en distintos puntos de la región de Occidente. Estas actividades buscan seguir fortaleciendo la conciencia ambiental, promover la participación comunitaria y avanzar en el cuidado de las cuencas.

Las próximas fecha programada es:

  • Sábado 25 de abril – Jornada en el Río Agualote.

Desde las organizaciones impulsoras se hace un llamado a las comunidades, instituciones y personas interesadas a sumarse a estas actividades y continuar construyendo espacios de acción colectiva para la defensa y recuperación de los ríos. Estas jornadas recuerdan que el cuidado del agua es una tarea compartida y fundamental para la vida en los territorios.

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El río también recuerda: memoria y comunidad en Los Chorros

El pasado sábado 11 de abril, en el marco de la I Jornada Anual de Acción por los Ríos en Los Potreros de Puax, se realizó una nueva jornada de limpieza en la confluencia de la Quebrada Zamora y el río Prendas, en el Parque Recreativo Municipal Los Chorros, en Grecia. A primera vista, podría parecer una actividad más de recolección de residuos. Sin embargo, lo vivido en el territorio evidencia algo más profundo: limpiar un río no es solo una acción práctica, es también un ejercicio de memoria, de encuentro y de defensa de lo común.

Desde el Observatorio del Agua del río Agualote (GIRH-UCR, Sede de Occidente), junto a múltiples organizaciones comunitarias, estudiantiles y socioambientales, se convocó a esta jornada que reunió a cerca de 50 personas voluntarias. Durante un recorrido de aproximadamente 330 metros, se recolectaron cerca de 400 kilos de residuos, entre ellos botellas plásticas, ropa, zapatos, llantas y hasta implementos de acampar. Las cifras son contundentes, pero no agotan el sentido de la experiencia.

Más que limpiar: comprender el territorio

Existe una visión extendida que entiende las limpiezas de ríos como acciones meramente instrumentales: recoger basura para “recuperar” un espacio natural dado. Pero esta mirada oculta una dimensión clave: los ríos y los territorios no existen al margen de la sociedad. Son el resultado de relaciones históricas, culturales, políticas y económicas que los configuran, los tensionan y, muchas veces, los ponen en riesgo.

Los Chorros no es solo un paisaje. Es un territorio construido en medio de luchas comunitarias por el agua, por la conservación y por el derecho a decidir sobre el entorno. Como señalaron personas de la comunidad durante la jornada, este espacio ha enfrentado múltiples amenazas: contaminación por agroquímicos, proyectos extractivos, urbanización desregulada e incluso conflictos por el acceso al recurso hídrico.

Que hoy exista como parque y como fuente de agua para varias comunidades no es casualidad. Es resultado de organización, resistencia y decisiones colectivas que han priorizado la vida sobre otras lógicas de uso del territorio.

La memoria como parte de la acción

Uno de los elementos más significativos de la jornada fue que, junto a las indicaciones técnicas sobre separación de residuos o recorridos, se compartió la historia del lugar. Lejos de ser un dato anecdótico, esta dimensión permitió que quienes participaban —muchas personas que visitaban el sitio por primera vez— comprendieran que estaban interviniendo en un espacio vivo, cargado de significado.

La memoria comunitaria cumple aquí un papel fundamental: permite entender que la naturaleza no está “ahí” esperando ser cuidada, sino que ha sido y sigue siendo defendida. Reconocer esto transforma la relación con el territorio. La limpieza deja de ser un acto aislado y se convierte en parte de un proceso más amplio de apropiación, cuidado y responsabilidad colectiva.

Trabajo colectivo y construcción de lo común

La jornada también evidenció la fuerza del trabajo voluntario organizado. Personas de distintas edades, organizaciones y trayectorias compartieron un mismo objetivo en un ambiente de respeto, horizontalidad y compromiso. Cada quien aportó desde sus posibilidades, mostrando que la defensa de los bienes comunes no depende de acciones individuales heroicas, sino de procesos colectivos sostenidos.

Además, la participación de grupos comunitarios, organizaciones socioambientales, espacios universitarios y actores locales refuerza la idea de que la gestión del agua y de los territorios requiere articulación. No se trata solo de intervenir, sino de construir vínculos que sostengan en el tiempo estas iniciativas.

Alegría, encuentro y continuidad

Más allá del esfuerzo físico, la jornada estuvo marcada por la alegría. Las sonrisas, especialmente de niñas, niños y jóvenes, dan cuenta de otra dimensión muchas veces invisibilizada: el vínculo afectivo con el río. Ese vínculo es también una forma de defensa, porque lo que se conoce, se vive y se quiere, se cuida.

En ese sentido, estas acciones no solo buscan remover residuos, sino también sembrar relaciones: entre personas, con el territorio y con la historia que lo habita.

La invitación queda abierta a seguir participando en estos procesos. La próxima jornada será en el río Agualote el 25 de abril de 2026, como parte de un esfuerzo más amplio impulsado por la Alianza Nacional Ríos y Cuencas de Costa Rica.

Porque limpiar un río también es recordar, reconocer y defender. Y en cada bolsa de residuos que se retira, también se levanta una historia que merece ser contada y continuada.

De la limpieza a la memoria: claves metodológicas para el trabajo comunitario en ríos
Estrategia¿En qué consiste?¿Para qué sirve?Consejos prácticos
Apertura con contextualización históricaBreve espacio inicial donde se comparte la historia del río y del territorioGenerar sentido de pertenencia y ubicar la acción en un proceso históricoNo extenderse demasiado (10-15 min) y priorizar relatos cercanos y vivenciales
Voces del territorioParticipación de personas lideresas, mayores o actores clave que narran experienciasConectar emocional y políticamente con el lugarCoordinar previamente con las personas invitadas y cuidar tiempos de intervención
Caminatas de memoriaParadas durante el recorrido para contar historias del sitioReconocer el territorio como un espacio vivo con múltiples capasDefinir puntos estratégicos antes de iniciar para no improvisar demasiado
Cartografía participativaElaboración colectiva de mapas con hitos, conflictos y aprendizajesVisualizar el territorio de forma integral y participativaUsar materiales sencillos (papel, marcadores) y facilitar la participación de todas las personas
Registro de testimoniosRecolección de relatos en audio, video o notasDocumentar la memoria para procesos futurosSolicitar consentimiento y designar a una persona encargada del registro
Espacios de reflexión colectivaCírculo de palabra al cierre para compartir aprendizajes y sentiresProfundizar en la experiencia y generar análisis colectivoHacer preguntas guía y cuidar que todas las voces puedan participar
Integración intergeneracionalParticipación de distintas edades en la actividadFortalecer la transmisión de memoria entre generacionesDiseñar dinámicas accesibles para niñez, juventudes y personas adultas
Vinculación organizativaArticulación con procesos comunitarios existentesDar continuidad y sostenibilidad a las accionesIdentificar previamente actores locales y generar alianzas
Expresiones creativasUso de arte (murales, escritura, fotografía, música)Ampliar formas de apropiación del territorioNo forzar la participación artística, dejar que surja de forma voluntaria
De la memoria a la acciónTraducción de aprendizajes en propuestas o accionesFortalecer la incidencia y organización comunitariaCerrar con acuerdos concretos, aunque sean pequeños y alcanzables
La naturaleza como historia viva: territorio y sociedad en relación

Solemos pensar la naturaleza como algo “ahí”, preexistente, ajeno a la acción humana y disponible para ser usada, protegida o restaurada. Sin embargo, esta idea oculta una realidad más compleja: lo que llamamos naturaleza es también historia viva. Los territorios que habitamos —ríos, montañas, bosques— no son únicamente formaciones biofísicas, sino el resultado de procesos históricos, sociales, culturales y políticos que los han configurado a lo largo del tiempo.

El río Prendas, como tantos otros, no puede entenderse sin las relaciones que lo atraviesan: decisiones institucionales, modelos productivos, formas de ocupación del suelo, conflictos por el agua, luchas comunitarias y prácticas cotidianas de cuidado o deterioro. Lo que hoy vemos como “naturaleza” es, en realidad, una trama viva donde interactúan múltiples actores, intereses y visiones de mundo.

Reconocer la naturaleza como historia viva implica cuestionar una mirada que separa a las personas de su entorno. Nos invita a entender que también somos parte de esos procesos, y que nuestras acciones —individuales y colectivas— inciden directamente en la forma que toman los territorios. Así, la contaminación no es un accidente aislado, sino expresión de dinámicas más amplias; del mismo modo, la conservación no ocurre espontáneamente, sino que es resultado de organización, decisiones y luchas.

Desde esta perspectiva, las limpiezas de ríos adquieren un nuevo significado. No se trata únicamente de “devolver” un estado natural perdido, sino de intervenir en una relación: de transformar prácticas, de disputar sentidos sobre el uso del territorio y de fortalecer procesos comunitarios que sostienen la vida. Por eso, incorporar la memoria local no es un complemento, sino una condición fundamental para comprender qué se está limpiando, por qué y para quién.

Asumir la naturaleza como historia viva no le resta valor; al contrario, la sitúa en el centro de las relaciones que hacen posible la vida y abre la posibilidad de cuidarla desde la conciencia, la memoria y la acción colectiva.

Galería
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A 36 años del martirio de la UCA: memoria para un presente que exige justicia

La madrugada del 16 de noviembre de 1989, un comando del Ejército salvadoreño irrumpió en la Universidad Centroamericana (UCA) y asesinó brutalmente a seis jesuitas —Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López y López— junto a Julia Elba Ramos y su hija Celina. Aquel crimen, destinado a silenciar un pensamiento incómodo, se convirtió en un hito de conciencia para América Latina: la evidencia de que una universidad crítica puede ser vista como enemigo por quienes necesitan mantener la injusticia.

Hoy, su memoria sigue siendo semilla. No porque repitamos lo que hicieron, sino porque su legado nos obliga a preguntarnos dónde estábamos, dónde estamos y dónde queremos estar frente a las realidades de desigualdad, violencia y exclusión que persisten.

El contexto que cargaron sobre los hombros

Los mártires de la UCA vivieron y trabajaron en una Centroamérica marcada por guerras civiles, desplazamientos masivos, dictaduras militares y la consolidación de aparatos contrainsurgentes que convirtieron la política en un territorio minado. En El Salvador, la violencia estructural tenía raíces profundas: etnocidios, despojo, acumulación oligárquica y una larga historia de represión a los movimientos populares.

En ese escenario, la universidad —como fuerza social— no podía permanecer al margen. Ellacuría insistía en que la misión universitaria debía interpretarse desde la realidad histórica de los excluidos: allí se jugaba la verdad, allí se definía la ética.

Las propuestas y acciones que incomodaron al poder

Lo que los jesuitas hicieron fue profundamente universitario:
conocimiento riguroso, pensamiento crítico, defensa de derechos humanos, análisis estructural de las injusticias, mediación en el conflicto, esclarecimiento de la verdad.

Entre sus contribuciones más significativas:

  • -Transformaron la investigación en laboratorio de la verdad social, desmantelando narrativas oficiales.

  • -Señalaron las causas profundas de la guerra: desigualdad, represión, concentración de poder.

  • -Dieron voz a las víctimas mediante encuestas, informes y acompañamiento pastoral y social.

  • -Impulsaron una salida negociada al conflicto cuando la lógica bélica dominaba el país.

  • -Sostuvieron una educación orientada hacia las mayorías oprimidas, no hacia las élites.

Por esa incidencia real fueron criminalizados. No por ser religiosos: por ser peligrosamente libres.

Poder, criminalización y el precio de decir la verdad

El martirio de la UCA revela un patrón que sigue vigente:
cuando la verdad desafía los intereses del poder, el poder reacciona con violencia.

Los jesuitas fueron acusados de aliados de la subversión; señalados, vigilados y finalmente ejecutados. La criminalización no se basó en hechos, sino en la necesidad de eliminar una fuerza que desmontaba la mentira institucional y cuestionaba la impunidad.

Esta lógica persiste hoy cuando defensoras ambientales, periodistas, estudiantes, movimientos indígenas o académicos críticos son hostigados por denunciar modelos extractivos, corrupción o violencias estructurales. La lección es clara: la verdad tiene un costo, pero el silencio también lo tiene.

Ecumenismo y opción por el pobre: un horizonte ético que desborda a la Iglesia

La experiencia de los mártires de la UCA revela que el compromiso con las víctimas no nace de una pertenencia religiosa, sino de una sensibilidad ética que atraviesa múltiples tradiciones. La opción por el pobre —entendida como ponerse del lado de quienes sufren la injusticia— surgió en la UCA no como un mandato interno de la Iglesia, sino como respuesta a una realidad histórica que clamaba por ser escuchada. La pobreza estructural, la represión y la violencia estatal no eran problemas “pastorales”: eran heridas humanas que exigían verdad, dignidad y justicia.

En ese contexto, el ecumenismo dejó de ser un diálogo teórico entre credos para convertirse en un espacio práctico de encuentro. En El Salvador —como en buena parte de Centroamérica— coincidieron comunidades cristianas de distintas denominaciones, personas no creyentes, organizaciones campesinas, movimientos estudiantiles, grupos de derechos humanos y sectores populares que compartían una misma certeza: la vida de los pobres vale, y vale defenderla. No se trataba de uniformar identidades, sino de unir fuerzas desde lo que cada quien era, reconociendo que la justicia necesita alianzas amplias.

Este ecumenismo “desde abajo” tuvo tres características centrales:

  • -Era un ecumenismo del sufrimiento compartido. No se discutían dogmas; se respondía al dolor real de los desplazados, de las madres que buscaban a sus hijos, de las comunidades arrasadas por la guerra.

  • -Era un ecumenismo del compromiso. Cada tradición aportaba su lenguaje —religioso, filosófico, humanista o político—, pero todas coincidían en que la neutralidad ante la injusticia es complicidad.

  • -Era un ecumenismo de la acción transformadora. No bastaba con acompañar espiritualmente: había que investigar, denunciar, educar, mediar, documentar violaciones, abrir caminos de paz y construir pensamiento crítico.

Por eso, cuando hablamos de la opción por el pobre, hablamos de un horizonte ético que no pertenece en exclusiva a ninguna iglesia, ni a una sola corriente teológica, ni a un grupo político. Es un punto de encuentro entre experiencias espirituales diversas, entre cosmovisiones indígenas que defienden la vida comunitaria, entre humanismos laicos que ponen la dignidad en el centro, entre feminismos que nombran la violencia, entre ciencias sociales que desmontan la desigualdad.

Los mártires de la UCA encarnaron esta amplitud ética: fueron religiosos, sí, pero su misión era profundamente universitaria y humana. Supieron que la verdad se busca con todas las personas que luchan por la vida, independientemente de su fe o no fe. Y entendieron que la justicia jamás será plena si no se construye con quienes padecen la injusticia.

Ese es su legado ecuménico: un llamado a tender puentes, a romper fronteras confesionales e ideológicas y a reconocer que la defensa de la dignidad humana es un trabajo que nos convoca a todas y todos.

Un ecumenismo nacido de la tierra herida

Durante la guerra salvadoreña —y en toda Centroamérica— las comunidades creyentes no actuaron en bloques separados. Católicos, cristianos históricos, comunidades bíblicas de base, personas agnósticas, colectivos de derechos humanos y movimientos populares compartieron espacios, riesgos y proyectos. El ecumenismo se tejió desde abajo, desde la urgencia del sufrimiento, no desde acuerdos doctrinales.

Promovieron una universidad cómo un espacio donde:

  • -se dialogaba con diversidad de tradiciones;

  • -se valoraban saberes no religiosos como parte del discernimiento ético;

  • -se entendía que la justicia es un lenguaje común capaz de unir más que cualquier doctrina.

Este ecumenismo práctico es un llamado a las universidades actuales: no basta tolerar la diversidad, hay que dialogarla y convertirla en fuerza para la justicia.

La opción por el pobre como ética universal

Como señala Sobrino, los Jesuitas de la UCA insistían en que los pueblos crucificados —no la Iglesia como institución— son el lugar teológico y humano desde donde se comprende la realidad.

Pero también afirmaban que la defensa de las víctimas no es propiedad de ninguna tradición. Es un imperativo para toda persona que aspire a un mundo más humano.

Hoy esa opción se expresa en:

  • -movimientos de mujeres que denuncian violencias sistemáticas;

  • -comunidades indígenas que defienden su territorio frente al extractivismo;

  • -movimientos socioambientales que resisten la depredación;

  • -organizaciones estudiantiles que exigen educación pública y dignidad;

  • -redes que acompañan a personas migrantes y desplazadas.

La opción por el pobre es, en términos modernos, una ética de derechos humanos, de justicia social y de defensa de la vida. Un punto de encuentro entre creyentes y no creyentes, entre personas académicas y organizaciones populares, entre espiritualidades diversas que encuentran en el sufrimiento humano una llamada común.

Los desafíos para una universidad crítica en nuestro tiempo

Inspiradas por el legado de los mártires, las universidades enfrentan retos urgentes:

  • -Volver a la realidad como principal criterio de verdad académica.

  • -Resistir la mercantilización que reduce la educación a servicio, cliente y competencia.

  • -Defender la investigación pública frente a la censura o la captura por intereses particulares.

  • -Asumir la incomodidad como parte de su ética institucional.

  • -Integrar la docencia, la investigación y la proyección social desde la dignidad humana.

La universidad crítica del siglo XXI debe ser un espacio donde la ciencia dialogue con las comunidades, donde los saberes académicos se sometan a la prueba del sufrimiento real y donde el conocimiento se vuelva herramienta de justicia.

Ética y compromiso para el quehacer académico actual

La memoria de la UCA interpela hoy a quienes investigan, educan y acompañan procesos sociales:

  • -Honradez con la realidad: no acomodar los hallazgos a lo que conviene políticamente o lo que financia mejor.

  • -Compasión como método: mirar la realidad desde quienes más sufren, sin romantizar ni apropiarse de su voz.

  • -Austeridad y humildad intelectual: abandonar la lógica de prestigio y productividad vacía.

  • -Coraje para incomodar: asumir la crítica como parte de la responsabilidad social.

  • -Defensa de la vida común: enfrentar las estructuras que producen muerte lenta —pobreza, racismo, violencia, extractivismo, misoginia, odio político—.

  • -Diálogo ecuménico permanente: reconocer que la justicia necesita alianzas amplias, no trincheras identitarias.

Los mártires de la UCA, junto a Julia Elba y Celina, nos recuerdan que la verdad no se sostiene sola. Requiere cuerpos, manos, palabras, investigación, docencia, comunidad y mística. Requiere universidades que se atrevan a ser faro cuando la noche política es más oscura.

La memoria de esos ocho rostros no es un acto del pasado: es un llamado urgente a seguir construyendo un presente donde la dignidad sea posible.

Referencias

Sánchez-Sandoval, J. M. (2019). Actualidad del martirio de la comunidad jesuita y desafíos del quehacer universitario en Centroamérica. Revista Latinoamericana de Teología, 36(105), 97–110.

Sobrino, J. (1990). Los mártires de la UCA: Una lectura teológica. Revista Latinoamericana de Teología, 7(19), 129–151.

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El Calypso en Costa Rica: Memoria viva del Caribe Afrodescendiente

El calypso es mucho más que música: es una forma de narrar la vida, denunciar injusticias y celebrar la identidad afrocaribeña. Aunque nació en Trinidad y Tobago, este género musical echó raíces profundas en la costa atlántica de Costa Rica, especialmente en Limón, gracias a la migración afrocaribeña de finales del siglo XIX.

En Costa Rica, el calypso ha sido históricamente una expresión de resistencia cultural. Sus letras, interpretadas en inglés criollo o «patwa», abordan desde el humor cotidiano hasta la crítica social, y han sido transmitidas de generación en generación, muchas veces al margen de los medios oficiales. Durante décadas fue invisibilizado, pero hoy es reconocido como patrimonio cultural inmaterial, y sigue vivo gracias al trabajo de comunidades, músicos y proyectos educativos.

 

Esta infografía resume los aspectos más relevantes del calypso limonense: su origen, instrumentos, temas, principales exponentes y su papel como símbolo de lucha y orgullo cultural. Una forma de acercarnos a la riqueza musical y política de esta tradición que sigue sonando en el corazón del Caribe costarricense.

Pueden descargar la infografía aquí

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