Un rótulo como dispositivo pedagógico: encuentro, territorio y cuidado colectivo
La colocación del rótulo en el río Agualote no fue únicamente una acción informativa ni una intervención aislada en el espacio público. También abrió una discusión importante sobre las formas en que construimos educación ambiental y sobre los dispositivos que utilizamos para comunicar, sensibilizar y movilizar alrededor del cuidado de los bienes comunes.
¿Por qué un rótulo más?
¿Por qué seguir colocando rótulos en un contexto saturado de imágenes, mensajes y contaminación visual? La pregunta apareció varias veces durante la actividad y lejos de ser evitada, fue asumida colectivamente. Precisamente ahí radica parte de la potencia de esta experiencia: problematizar el propio acto de rotular.
Porque este rótulo no busca vender, ordenar o publicitar. Busca detener. Interrumpir el tránsito cotidiano para recordar algo que muchas veces permanece invisibilizado: debajo del puente hay un río, una microcuenca, biodiversidad, relaciones ecológicas y también conflictos ambientales que requieren atención colectiva.
En ese sentido, el rótulo funciona como un dispositivo pedagógico territorial. No reemplaza procesos organizativos, educativos o comunitarios más amplios, pero sí actúa como un punto de activación de preguntas, conversaciones y encuentros. Traduce información científica en un lenguaje accesible y la devuelve al territorio donde esa información fue producida.
El proceso también era el mensaje
Además, su proceso de instalación terminó siendo tan importante como el rótulo mismo.
Durante la jornada participaron organizaciones comunitarias, personas voluntarias, Universidad de Costa Rica, ASADAS, empresa privada y actores locales que, desde distintos lugares, aportaron tiempo, trabajo y presencia. Algunas personas ayudaron cavando, otras sosteniendo estructuras, otras observando detalles de seguridad, dando opiniones o simplemente acompañando. Incluso hubo momentos de cuidado hacia la biodiversidad del lugar, recordándonos que el río no es solamente un “tema ambiental”, sino un espacio vivo compartido con múltiples formas de vida.
La articulación entre organizaciones también se volvió un mensaje en sí mismo.
Encontrarse para cuidar
En tiempos marcados por el aislamiento institucional y la fragmentación social, encontrarse para realizar una acción concreta —aunque parezca pequeña— tiene un enorme valor político y comunitario.
La colocación del rótulo se convirtió así en un momento de encuentro: un espacio donde el conocimiento científico dialogó con la experiencia comunitaria, donde el trabajo manual se mezcló con la reflexión crítica y donde el cuidado apareció no solo como discurso, sino como práctica compartida.
Más que instalar un objeto, lo que ocurrió fue la construcción temporal de una comunidad alrededor del río.
El cuidado también se construye en lo cotidiano
Quizá ahí reside una de las principales enseñanzas de esta experiencia: que el cuidado de los bienes comunes no depende únicamente de grandes políticas o proyectos institucionales, sino también de la capacidad de encontrarnos, reconocernos y actuar colectivamente en el territorio.
A veces, cuidar empieza con algo aparentemente pequeño: detenerse, conversar, sostener un rótulo, cavar un hueco, proteger una iguana o simplemente estar presentes. Y justamente por eso, este no era solo un rótulo más.









