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«Dejarlos ser»: cuando proteger a los felinos también fortalece a una comunidad

¿Qué ocurre cuando una comunidad decide que la presencia de un jaguar, un puma o un ocelote no es un problema que debe eliminarse, sino una oportunidad para aprender a convivir con la naturaleza?

Esa es una de las preguntas que atraviesa esta conversación con Rebeca Muñoz y Heriberto Mena, integrantes de Felinos en Libertad, una organización comunitaria de Piedades Sur de San Ramón que nació a partir de una preocupación compartida: los encuentros entre personas, animales domésticos y fauna silvestre.

Lejos de responder con el miedo o la persecución de los felinos, la comunidad decidió organizarse. El resultado ha sido un proceso que hoy combina educación ambiental, trabajo con escuelas y colegios, monitoreo mediante cámaras trampa, articulación con instituciones y la construcción de una propuesta comunitaria para proteger los corredores biológicos de la zona.

En esta entrevista podrá escuchar:
  • -Cómo nació Felinos en Libertad a partir de una preocupación comunitaria que se transformó en una propuesta de conservación y educación ambiental.
  • -Por qué la protección de los felinos también implica proteger los bosques, las especies que conviven con ellos y los corredores biológicos.
  • -Qué especies de felinos habitan en la zona, incluyendo registros de jaguar, puma, ocelote y yaguarundí obtenidos mediante cámaras trampa.
  • -Por qué un festival comunitario puede convertirse en una herramienta de educación, sensibilización y construcción de vínculos entre la comunidad y la naturaleza.
  • -Los aprendizajes organizativos que ha dejado el proceso: alianzas, comités de trabajo, planificación y fortalecimiento de la organización comunitaria.
  • -Qué hacer si alguna vez se encuentra con un felino silvestre, y por qué el conocimiento puede ser más útil que el miedo para favorecer la convivencia.

Durante la entrevista, las personas participantes explican que en este territorio se ha registrado la presencia de cuatro especies de felinos silvestres: jaguar, puma, ocelote y yaguarundí. Más que una curiosidad biológica, este hallazgo recuerda la importancia de conservar los bosques y las rutas que permiten el desplazamiento de estas especies a través del paisaje.

Miramos también, en torno al Festival de Felinos, una actividad que trasciende el carácter recreativo para convertirse en un espacio de educación y encuentro comunitario. Como explica Rebeca Muñoz, el principal objetivo no es únicamente celebrar, sino generar conciencia sobre la protección de la vida silvestre y compartir aprendizajes sobre cómo convivir con ella.

La conversación también permite conocer cómo ha evolucionado la organización durante el último año. La conformación de comités, el establecimiento de alianzas y la construcción de una planificación a corto, mediano y largo plazo muestran que la conservación también requiere organización comunitaria, capacidad de gestión y trabajo colectivo.

Hacia el cierre, surge una pregunta sencilla pero fundamental: ¿qué hacer si una persona se encuentra con un felino? La respuesta de las personas entrevistadas rompe con muchos imaginarios construidos alrededor de estos animales. La recomendación es mantener la calma, no agredirlos y comprender que, en la mayoría de los casos, ellos también buscan evitar el contacto con las personas. Aprender a «dejarlos ser» aparece como una forma de convivencia basada en el respeto y el conocimiento, más que en el temor.

Esta conversación forma parte de Sentires y Saberes, un espacio del Observatorio Bienes Comunes para escuchar las experiencias, reflexiones y aprendizajes que nacen desde los territorios.

Le invitamos a escuchar la entrevista completa y conocer cómo una comunidad ha convertido la conservación de los felinos en una oportunidad para fortalecer la organización local, la educación ambiental y el cuidado compartido del territorio.

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Más que un festival: cuando una comunidad se encuentra para construir su futuro

La mañana de este domingo 5 de julio, la cancha de Piedades Sur de San Ramón volvió a llenarse de familias, emprendimientos, organizaciones y personas comprometidas con su territorio. Era la segunda edición del Festival del Felino, una iniciativa impulsada por Felinos en Libertad que, más allá de celebrar la riqueza de la fauna silvestre, volvió a demostrar el enorme potencial que tienen los espacios de encuentro para fortalecer la organización comunitaria.

A primera vista, un festival puede parecer simplemente una actividad recreativa. Sin embargo, cuando se observa con detenimiento, revela algo mucho más profundo: detrás de cada puesto, cada conversación, cada presentación artística y cada actividad existe un proceso sostenido de organización, confianza, aprendizaje y trabajo colectivo que difícilmente sería visible sin un momento como este.

Los festivales no solo muestran lo que una comunidad hace. También permiten reconocer quiénes la conforman, qué capacidades ha desarrollado, qué alianzas ha construido y cuáles son los desafíos que todavía tiene por delante.

Un segundo festival también cuenta una historia

Realizar una segunda edición tiene un significado especial. No se trata únicamente de repetir una actividad que salió bien. Significa que un grupo de personas decidió sostener un proceso, darle continuidad a un esfuerzo colectivo y seguir creyendo que vale la pena encontrarse.

Los procesos comunitarios suelen medirse por los proyectos ejecutados, los recursos obtenidos o las metas alcanzadas. Sin embargo, también existen otros indicadores menos visibles, pero igual de importantes: la confianza construida entre vecinos y vecinas, la capacidad para organizarse, la aparición de nuevos liderazgos, el fortalecimiento de los emprendimientos locales o la articulación con otras organizaciones e instituciones.

En este sentido, el festival se convierte en una especie de pausa colectiva. Es el momento en que una comunidad puede mirar el camino recorrido, compartir lo que ha aprendido, reconocer el trabajo realizado durante el último año y renovar el compromiso con aquello que todavía falta por construir.

Cada nueva edición no solo celebra un aniversario. También narra la historia de una organización que ha logrado mantenerse viva gracias al compromiso de quienes continúan creyendo en la fuerza del trabajo colectivo.

El encuentro como una forma de construir comunidad

Vivimos en una época donde muchas veces compartimos un mismo territorio sin conocernos realmente. Habitamos los mismos barrios, transitamos las mismas calles y utilizamos los mismos espacios públicos, pero pocas veces encontramos oportunidades para conversar, reconocer a quienes viven cerca o imaginar proyectos comunes.

Por eso los espacios de encuentro tienen un enorme valor político y comunitario. Una cancha puede ser, durante la mayor parte del año, un lugar de paso o un espacio reservado para determinadas actividades. Sin embargo, un festival transforma temporalmente ese lugar y le otorga nuevos significados.

De pronto, ese espacio deja de ser únicamente un sitio de tránsito para convertirse en un lugar donde las personas permanecen. Donde niñas y niños juegan, las familias conversan, los emprendimientos locales muestran su trabajo, las organizaciones comparten sus iniciativas y quienes apenas se conocían tienen la oportunidad de intercambiar una palabra, descubrir intereses comunes o comenzar una nueva colaboración.

Es precisamente allí donde ocurre una de las transformaciones más importantes: el espacio físico también se convierte en un espacio de convivencia. Cuando las personas vuelven a habitar colectivamente los lugares públicos, esos espacios dejan de pertenecer únicamente a su infraestructura para convertirse en escenarios donde se fortalecen la confianza, el reconocimiento mutuo y el sentido de pertenencia.

En tiempos donde el aislamiento y la fragmentación social parecen ganar terreno, encontrarse también constituye una forma de cuidar los bienes comunes.

El festival como metodología para construir comunidad

Quizá uno de los mayores aportes de experiencias como esta consiste en recordarnos que un festival no es únicamente una celebración. También puede convertirse en una metodología de trabajo comunitario.

Con frecuencia asociamos la organización con reuniones, diagnósticos, planes de trabajo o largas jornadas de discusión. Todos estos espacios son importantes. Sin embargo, las comunidades también necesitan momentos para celebrar, compartir y disfrutar juntas.

La celebración no representa una pausa del trabajo comunitario; forma parte de él.

Celebrar permite reconocer el esfuerzo colectivo, agradecer a quienes han sostenido los procesos, fortalecer los vínculos entre personas y renovar las energías necesarias para continuar caminando. El disfrute también construye comunidad porque genera confianza, afecto y sentido de pertenencia.

Al mismo tiempo, un festival crea condiciones que difícilmente aparecen en otros espacios. Personas que nunca asistirían a una reunión comunitaria sí participan de una actividad cultural. Familias enteras se acercan, conversan con organizaciones locales, conocen emprendimientos, descubren iniciativas ambientales y comienzan a sentirse parte de un proyecto compartido.

En ese sentido, el festival deja de ser únicamente un evento para convertirse en una metodología que promueve el encuentro, el aprendizaje, la articulación y la participación.

Tal vez una de las preguntas más sugerentes que deja esta experiencia sea precisamente esa: ¿qué pasaría si más comunidades se atrevieran a pensar los festivales como una herramienta para fortalecer el tejido social?

No se trata únicamente de organizar una actividad anual. Se trata de crear espacios donde la comunidad pueda reconocerse, poner en común sus saberes, visibilizar sus capacidades, imaginar nuevas posibilidades y celebrar aquello que ha construido colectivamente.

Un territorio que sigue caminando

Más allá de la programación del día, esta segunda edición dejó una enseñanza importante: las transformaciones comunitarias no ocurren de un momento a otro.

Son el resultado de personas que deciden sostener el esfuerzo, aprender de la experiencia, fortalecer alianzas y seguir construyendo, paso a paso, un proyecto común.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes reconocemos el valor de estas iniciativas porque nos recuerdan que los bienes comunes no solo se defienden mediante normas o políticas públicas. También se fortalecen cuando una comunidad crea espacios para encontrarse, dialogar, celebrar y asumir colectivamente el desafío de cuidar el territorio que comparte.

Quizá por eso el mayor legado de este segundo Festival de Felinos no sea únicamente haber convocado a decenas de personas durante un domingo. Su mayor aporte consiste en recordarnos que las comunidades también se construyen desde la alegría, el encuentro y la decisión compartida de seguir imaginando un futuro común.

¿Qué es Felinos en Libertad?

Felinos en Libertad es una organización comunitaria nacida en Piedades Sur de San Ramón a partir de una preocupación compartida por la convivencia entre las personas y la vida silvestre.

Lo que comenzó como la inquietud de un grupo de vecinas y vecinos ante la presencia de grandes felinos en la zona fue transformándose en una propuesta más amplia, centrada en la conservación de la biodiversidad, la educación ambiental y el fortalecimiento de la organización comunitaria. El reconocimiento de especies como el jaguar, el puma, el ocelote y el yaguarundí en los corredores biológicos que atraviesan el territorio reforzó la importancia de proteger estos ecosistemas y promover formas de convivencia respetuosas con la fauna silvestre.

Con el paso del tiempo, la organización ha consolidado un proceso de trabajo que involucra actividades educativas en escuelas y colegios, acciones de sensibilización ambiental, articulación con instituciones públicas, universidades, emprendimientos locales y otras organizaciones comunitarias. Al mismo tiempo, ha fortalecido su estructura interna mediante la creación de comités y una planificación orientada a sostener el trabajo a corto, mediano y largo plazo.

Más allá de la protección de los felinos, Felinos en Libertad representa una experiencia de organización comunitaria que demuestra cómo el cuidado de la naturaleza puede convertirse en un punto de encuentro para fortalecer los vínculos sociales, impulsar la participación y construir un proyecto compartido de territorio.

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Cuando las manos se encuentran: trabajo colectivo, memoria y comunidad en Finca 5

Durante los días 26, 27 y 28 de junio, la comunidad de Finca 5 vivió una nueva etapa dentro del proceso Memorias en Movimiento, una iniciativa que durante los últimos meses ha articulado memoria ferroviaria, organización comunitaria, participación de la niñez y recuperación de espacios públicos alrededor del puente ferroviario y el vagón.

Lo ocurrido durante este fin de semana podría describirse, en apariencia, como una jornada de embellecimiento comunitario. Sin embargo, hacerlo sería reducir una experiencia mucho más profunda. Más allá de las plantas sembradas, los senderos construidos o el mural pintado, lo que realmente se puso en movimiento fue una práctica de trabajo colectivo, cooperación y construcción comunitaria.

El viernes estuvo dedicado a la preparación de materiales, la coordinación de tareas y la organización de las actividades. El sábado, vecinas, vecinos y organizaciones comunitarias se reunieron para continuar transformando los espacios alrededor del vagón mediante la construcción de senderos, la siembra de plantas y diversas labores de acondicionamiento del lugar. Finalmente, el domingo se realizó la pintada del mural, dando nuevos colores a un espacio que durante los últimos meses se ha convertido en punto de encuentro para la memoria, la imaginación y la vida comunitaria.

Pero mientras las manos trabajaban, también ocurrían otras cosas. Aparecían conversaciones. Surgían nuevas ideas. Se compartían preocupaciones, expectativas y esperanzas.

Se hablaba de futuros proyectos, de la posibilidad de continuar interviniendo otros espacios públicos, de realizar nuevos murales, de fortalecer las actividades comunitarias y de mantener vivo el impulso organizativo que ha venido creciendo alrededor de este proceso.

Porque el trabajo comunitario tiene una particularidad que pocas veces se registra en las fotografías finales: los resultados más importantes no siempre son los que quedan visibles en el paisaje.

Muchas veces son los vínculos que se fortalecen, las confianzas que se construyen y las conversaciones que abren nuevos horizontes para la acción colectiva.

El valor de hacer juntos

En tiempos donde con frecuencia se promueve el individualismo o se deposita la esperanza de transformación en soluciones externas, experiencias como la vivida en Finca 5 recuerdan una verdad sencilla pero poderosa: las comunidades también se construyen haciendo.

Haciendo juntas. Compartiendo esfuerzos. Aportando desde las capacidades, conocimientos y posibilidades de cada persona.

Durante estos días no hubo grandes presupuestos, maquinaria sofisticada ni estructuras complejas. Hubo algo igualmente valioso: personas dispuestas a dedicar parte de su tiempo, su energía y su compromiso para mejorar un espacio que sienten como propio.

Y ese gesto tiene una enorme importancia.

Porque cuando una comunidad decide intervenir colectivamente un lugar, no solo transforma el espacio físico. También fortalece relaciones, genera confianza, produce experiencias compartidas y construye capacidades organizativas que pueden sostener futuros procesos comunitarios.

Cada planta sembrada, cada tramo de sendero construido y cada pincelada en el mural son también expresiones concretas de cooperación, corresponsabilidad y cuidado colectivo.

Trabajar con las manos que están

Una de las reflexiones que surgió durante la jornada conecta con un desafío que atraviesa muchos procesos organizativos.

Con frecuencia existe la expectativa de que las transformaciones solo serán posibles cuando participen grandes cantidades de personas o cuando aparezcan recursos extraordinarios que permitan dar el salto esperado.

Sin embargo, la experiencia de Finca 5 recordó otra enseñanza.

-Las comunidades avanzan con las personas que están.

-Con quienes tienen interés.

-Con quienes encuentran tiempo para acercarse.

-Con quienes llegan con ganas de colaborar.

-Con quienes creen que vale la pena seguir intentando.

No se trata de renunciar a convocar más participación ni de conformarse con los niveles actuales de involucramiento. Se trata de reconocer que los procesos colectivos comienzan con quienes deciden dar el paso y sostener el trabajo cotidiano.

Las grandes transformaciones rara vez nacen de manera repentina. Con frecuencia comienzan con pequeños grupos de personas que, a fuerza de constancia, compromiso y trabajo compartido, logran inspirar a otras a sumarse.

Quizá una de las lecciones más valiosas de este fin de semana fue precisamente esa: comprender que no es necesario esperar condiciones perfectas para actuar.

Hay procesos que comienzan simplemente con las manos disponibles y la voluntad de hacer algo juntos.

Ver linda la comunidad porque es nuestra

Durante las conversaciones apareció una idea sencilla, pero profundamente significativa.

La importancia de ver linda la comunidad. No como una preocupación meramente estética, sino como una expresión concreta de pertenencia, cuidado y responsabilidad compartida.

Cuando una comunidad siembra plantas, construye senderos, pinta murales o recupera espacios públicos, está expresando una determinada relación con el territorio que habita.

Está diciendo que ese lugar importa. Que merece atención. Que forma parte de la vida colectiva. Que es un espacio donde vale la pena encontrarse, compartir y construir.

Desde esta perspectiva, las labores realizadas durante el fin de semana dialogan con algo más amplio que la transformación física de un área específica. Forman parte de un proceso de apropiación comunitaria del espacio público, de fortalecimiento de la identidad local y de construcción de condiciones que favorezcan el encuentro entre personas, generaciones y organizaciones.

El vagón, el puente y sus alrededores continúan convirtiéndose en lugares donde la comunidad puede verse reflejada, reconocerse y proyectarse hacia adelante.

Lo que sigue

El cierre de esta etapa de Memorias en Movimiento no representa un punto final.

Por el contrario, deja abiertas nuevas preguntas, nuevas conversaciones y nuevas posibilidades de acción colectiva.

Los senderos construidos, las plantas sembradas y el mural pintado son expresiones visibles de algo que continúa moviéndose: una comunidad que sigue imaginando proyectos, generando encuentros y encontrando razones para trabajar de manera cooperativa.

Porque la memoria no solo sirve para recordar.

También puede convertirse en una fuerza capaz de movilizar acciones en el presente y abrir caminos hacia el futuro.

Durante estos tres días, entre lluvia, tierra, pintura, risas, conversaciones y trabajo compartido, Finca 5 volvió a demostrar que los espacios se transforman cuando las personas deciden construirlos juntas.

Y que, muchas veces, los cambios más importantes no son los que quedan sobre las paredes o los senderos, sino los que permanecen en la voluntad colectiva de seguir caminando, soñando y trabajando por una comunidad que reconoce que su mayor fortaleza sigue estando en la capacidad de hacer las cosas en común.

Memorias en Movimiento en Finca 5: compartir lo recorrido, imaginar lo que sigue

Durante los últimos meses, Finca 5 ha sido escenario de un proceso que combinó memoria comunitaria, patrimonio ferroviario, participación de la niñez, organización local y recuperación de espacios públicos. Lo que comenzó como una invitación a conversar sobre el puente ferroviario y el vagón fue dando paso a encuentros, talleres, intercambios intergeneracionales, entrevistas con exferrocarrileros, actividades con la Escuela de Finca 5 y jornadas de trabajo comunitario que permitieron fortalecer vínculos y abrir nuevas posibilidades para el territorio.

Como parte de este recorrido, ponemos a disposición el más reciente boletín de devolución del proceso Memorias en Movimiento en Finca 5, un material que recoge reflexiones, aprendizajes e imágenes de la intervención comunitaria realizada durante los días 26, 27 y 28 de junio.

Más allá de mostrar el antes y el después de un espacio, el boletín invita a reflexionar sobre el papel que tienen los espacios públicos en la construcción de comunidad, la importancia del trabajo cooperativo para impulsar transformaciones locales y el valor de las acciones colectivas que nacen desde el compromiso de quienes deciden involucrarse.

Las páginas de este material muestran senderos construidos, plantas sembradas y nuevos colores en el paisaje, pero también hablan de conversaciones, encuentros, esperanzas y proyectos que continúan tomando forma. Nos recuerdan que las transformaciones comunitarias no dependen únicamente de grandes recursos o grandes multitudes, sino también de la capacidad de actuar con las personas que están, de construir confianza y de sostener procesos en el tiempo.

Esperamos que este boletín contribuya a compartir lo vivido, reconocer el esfuerzo de quienes participaron y seguir alimentando las preguntas que han acompañado este proceso: ¿cómo cuidamos los espacios que compartimos?, ¿qué papel juega la memoria en la construcción de futuro?, ¿cómo fortalecemos la vida comunitaria desde acciones concretas?

Un agradecimiento a quienes se sumaron al camino

Queremos expresar un agradecimiento especial a Kathia Hernández Rueda, Vanesa Hernández Rueda y Diego Rodríguez, vecinos y vecinas de Finca 11, quienes se acercaron el domingo para compartir la jornada de trabajo comunitario y colaborar activamente en la pintada del mural y la plaza.

Su presencia nos recuerda que los procesos comunitarios también se fortalecen cuando las personas vecinas se encuentran, comparten y construyen juntos. Su disposición para trabajar, colaborar y aportar en una jornada marcada por el esfuerzo colectivo fue fundamental para avanzar en las tareas previstas y alcanzar los resultados que hoy pueden apreciarse en el espacio intervenido.

Más allá de la ayuda concreta brindada durante la jornada, su participación fue también un gesto de solidaridad y compromiso con una visión de comunidad que reconoce que los procesos de transformación se construyen entre muchas manos.

A ustedes, gracias por el tiempo, la energía, las conversaciones compartidas y por demostrar que cuando las personas deciden colaborar, los caminos se vuelven más cortos y las metas más alcanzables.

Reconocimientos especiales

Este proceso también fue posible gracias al compromiso y trabajo de personas que, desde distintos espacios, decidieron sumar sus manos, ideas y tiempo para acompañar a la comunidad de Finca 5.

Queremos agradecer especialmente a Miguel Cruz Guevara, cuyo apoyo y disposición fueron fundamentales durante las distintas etapas de este recorrido comunitario.

Asimismo, extendemos nuestro reconocimiento a las personas estudiantes del Trabajo Comunal Universitario TCU-590, quienes participaron en la primera jornada de la pintada, aportando su trabajo, entusiasmo y compromiso con los esfuerzos colaborativos.

Su participación recuerda que los procesos de acción social y trabajo comunitario se construyen a partir del encuentro entre saberes, experiencias y voluntades diversas. Cada conversación, cada jornada de trabajo y cada esfuerzo compartido ayudó a que las memorias de Finca 5 siguieran poniéndose en movimiento.

A todas las personas que de una u otra forma se sumaron a este recorrido, gracias por demostrar que las transformaciones comunitarias son siempre una obra colectiva.

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«Ya no es el río que conocimos»: memoria, cambios y preocupaciones desde Birmania de Upala

Un río que conecta territorio, comunidad y vida

Birmania es una pequeña comunidad ubicada en el distrito de Dos Ríos, cantón de Upala, en la Zona Norte de Costa Rica, a unos 32 kilómetros de la frontera con Nicaragua. Se trata de una región marcada por la producción agrícola y ganadera, atravesada por ríos que nacen en las faldas del volcán Rincón de la Vieja y forman parte de una compleja red hídrica que conecta territorios, comunidades y ecosistemas.

Uno de esos ríos es el Río Niño, también conocido como Río Pizote. Sus aguas han acompañado durante décadas la vida cotidiana de las personas que habitan la zona, convirtiéndose en un espacio de recreación, encuentro comunitario y observación de la naturaleza.

Una conversación desde la experiencia de quienes habitan el territorio

En esta edición de Sentires y Saberes, conversamos con David Menjívar, vecino de Birmania desde hace más de cinco décadas, quien comparte sus recuerdos sobre el río, los cambios que ha observado a lo largo del tiempo y las preocupaciones que existen actualmente en torno a la extracción de materiales de su cauce.

A partir de su experiencia, la conversación permite reflexionar sobre las transformaciones ambientales que experimentan los territorios, el papel de las comunidades en la observación y defensa de los bienes comunes, así como los desafíos institucionales para garantizar la protección de los ecosistemas.

Algunos temas claves:
  • -El Río Niño ha sido históricamente un espacio de encuentro, recreación y convivencia para las comunidades de la zona.
  • -Las personas que habitan los territorios suelen ser las primeras en identificar cambios y afectaciones ambientales.
  • -La extracción continua de materiales del cauce ha generado preocupaciones por la pérdida de vegetación ribereña, cambios en la dinámica del río y afectaciones a especies acuáticas.
  • -Los procesos de transformación ambiental también impactan prácticas cotidianas y espacios de recreación comunitaria.
  • -La defensa de los bienes comunes no se limita a las denuncias: incluye acciones de cuido, restauración y observación permanente del territorio.
  • -El conocimiento comunitario constituye una fuente valiosa para comprender los cambios que experimentan los ecosistemas.
  • -Las nuevas generaciones cuentan con más herramientas para informarse, participar y asumir un papel activo en el cuidado de la naturaleza.

Más que una entrevista sobre un río, este diálogo nos invita a pensar en la relación entre memoria, territorio y responsabilidad colectiva. Le invitamos a escuchar este nuevo episodio de Sentires y Saberes y conocer la mirada de una persona que ha dedicado gran parte de su vida a observar, cuidar y defender el Río Niño.

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Curso-taller Defender lo común en tiempos de privatización: reflexiones sobre energía, democracia y futuro

La electricidad suele aparecer en el debate público como un asunto técnico. Se discuten tarifas, generación, competencia, eficiencia o infraestructura. Sin embargo, detrás de estas discusiones se encuentran preguntas mucho más profundas: ¿quién decide sobre los recursos estratégicos del país?, ¿qué papel debe desempeñar el Estado en la garantía de derechos?, ¿qué ocurre cuando servicios esenciales comienzan a organizarse bajo lógicas de mercado?, ¿cómo se construye democráticamente el futuro energético de una sociedad?

En el contexto de la discusión nacional sobre el proyecto de Ley de Armonización del Sistema Eléctrico Nacional (Expediente 23.414), estas preguntas adquieren una renovada relevancia. Más allá de los aspectos técnicos del debate, la coyuntura invita a reflexionar sobre los procesos contemporáneos de privatización y sus implicaciones para la gestión de los bienes comunes.

Con frecuencia, la privatización se asocia exclusivamente con la venta de instituciones públicas. Sin embargo, la experiencia latinoamericana muestra que estos procesos suelen desarrollarse de manera más compleja. La apertura de mercados, la fragmentación institucional, la reducción de capacidades públicas, la construcción de narrativas de crisis y la redefinición de servicios esenciales como oportunidades de negocio forman parte de transformaciones que modifican profundamente la organización de sectores estratégicos.

Precisamente para profundizar en estas discusiones, el Observatorio de Bienes Comunes de la Universidad de Costa Rica abre la convocatoria al curso-taller “Privatización, Bienes Comunes y Futuro Energético en Costa Rica: Síndrome de la Bicicleta Desarmada”, un espacio de formación y reflexión dirigido al público en general, con especial interés en personas vinculadas a organizaciones sociales, colectivos comunitarios, movimientos ciudadanos, sindicatos, estudiantes y personas interesadas en comprender los desafíos contemporáneos de la democracia y los bienes comunes.

Un recorrido por cinco dimensiones del debate

El proceso formativo propone abordar la discusión desde cinco dimensiones complementarias.

La primera busca cuestionar las ideas convencionales sobre la privatización, explorando cómo estos procesos operan más allá de la venta de activos públicos y cómo transforman gradualmente las instituciones y los sentidos comunes que sostienen determinados modelos de desarrollo.

La segunda se concentra en analizar la construcción social y política de las crisis, examinando cómo ciertos problemas son narrados y utilizados para justificar reformas estructurales que, en otros contextos, encontrarían mayores resistencias.

La tercera recupera experiencias latinoamericanas para comprender las consecuencias sociales, económicas y políticas que han acompañado distintos procesos de liberalización y privatización de servicios públicos estratégicos.

La cuarta dimensión explora la disputa cultural e ideológica que acompaña estas transformaciones, analizando cómo se construyen imaginarios sobre el Estado, el mercado, la eficiencia y el interés público.

Finalmente, la quinta sesión invita a reflexionar sobre la gobernanza democrática de la energía, preguntándose quiénes deben participar en las decisiones sobre el futuro energético y qué alternativas existen para fortalecer una gestión orientada al bien común.

Una apuesta desde la educación popular

El curso se desarrollará desde una perspectiva de educación popular, promoviendo el diálogo de saberes, el análisis crítico y la construcción colectiva de conocimientos. Más que transmitir respuestas cerradas, busca generar herramientas para comprender las transformaciones que atraviesan sectores estratégicos de la sociedad y fortalecer las capacidades ciudadanas para participar informadamente en estos debates.

La propuesta parte de una idea sencilla pero fundamental: la energía no es únicamente una mercancía ni una infraestructura técnica. Es una condición indispensable para el ejercicio de derechos, la vida digna, la producción social y la construcción democrática del futuro.

Información del curso

Curso-Taller: Privatización, Bienes Comunes y Futuro Energético en Costa Rica. Síndrome de la Bicicleta Desarmada.

Fechas: 6, 13 y 27 de julio; 3 y 10 de agosto de 2026.

Horario: 6:00 p.m. a 8:00 p.m.

Lugar: Oficina de Kioscos Socioambientales, Universidad de Costa Rica, San Pedro de Montes de Oca.

Modalidad: Presencial.

Costo: Gratuito.

Inscripciones: https://forms.gle/kGH5wD4stUxqR6CNA

Los cupos son limitados.

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Entre la erosión y la incertidumbre: comunidad alerta sobre la situación del río Pizote-Upala

Personas vecinas de la comunidad cerca del Río Pizote o también conocido como Río Niño, en el cantón de Upala, han manifestado su preocupación ante lo que consideran posibles afectaciones al cauce y al lecho del río asociadas a actividades de extracción de material que se desarrollan en la zona. Según la comunicación compartida por habitantes que han dado seguimiento al caso durante varios años, las lluvias recientes permitieron observar con mayor claridad cambios en distintos sectores del río que, a su criterio, requieren una investigación inmediata por parte de las autoridades competentes.

El río Pizote, forma parte de los sistemas hídricos de la zona norte de Costa Rica. Como ocurre con numerosos ríos del país, cumple funciones fundamentales para el equilibrio ecológico de la cuenca, el transporte natural de sedimentos, la recarga de acuíferos y el sostenimiento de diversos ecosistemas asociados. Además, constituye un elemento central en la vida cotidiana de las comunidades que habitan sus alrededores, por lo que cualquier alteración significativa de sus dinámicas naturales genera preocupación entre la población local.

De acuerdo con los reportes vecinales, la disminución del caudal tras varios días de lluvia dejó al descubierto extensas áreas de suelo expuesto en el fondo y las orillas del río. Las personas denunciantes sostienen que estos sectores podrían evidenciar procesos de alteración del lecho, erosión o socavación que habrían pasado desapercibidos durante periodos de mayor caudal.

Según indican, también se habría observado maquinaria realizando movimientos de tierra en las márgenes del río. Las personas vecinas consideran necesario que las autoridades determinen si estas labores corresponden a actividades autorizadas y si se ajustan a las condiciones establecidas en los permisos y regulaciones ambientales vigentes.

La preocupación comunitaria radica en que cualquier modificación significativa del cauce o de las condiciones naturales del río podría generar consecuencias que trascienden el área inmediata de intervención. Diversos estudios sobre gestión de cuencas señalan que las alteraciones en los lechos fluviales pueden modificar patrones de sedimentación, aumentar procesos erosivos, afectar la estabilidad de las márgenes e incrementar la vulnerabilidad ante inundaciones o desbordamientos en determinados sectores.

Asimismo, los cambios en la dinámica natural de los ríos pueden repercutir sobre los ecosistemas asociados, afectar hábitats acuáticos y alterar procesos fundamentales para la conservación de la biodiversidad. La remoción excesiva de sedimentos o la modificación de las condiciones naturales del cauce pueden impactar la calidad del agua, la reproducción de especies y la capacidad del río para mantener sus funciones ecológicas.

Más allá del río: impactos sobre las comunidades

Las posibles afectaciones a un río no se limitan al deterioro de un ecosistema. Cuando un curso de agua pierde su equilibrio natural, las consecuencias suelen extenderse a la vida cotidiana de las comunidades que habitan su entorno. Por esta razón, las denuncias sobre alteraciones en cauces, extracción de materiales o degradación de las riberas deben ser comprendidas también como asuntos relacionados con la calidad de vida, la seguridad y los derechos de las personas.

Entre las posibles consecuencias se encuentran el aumento de procesos erosivos que pueden comprometer terrenos, caminos, puentes o infraestructura comunitaria. Asimismo, las modificaciones en la dinámica de los sedimentos y del flujo del agua pueden incrementar la vulnerabilidad frente a inundaciones, especialmente durante eventos de lluvia intensa cada vez más frecuentes en el contexto de la crisis climática.

Los impactos también pueden manifestarse en la pérdida de espacios de recreación, encuentro comunitario y vínculo cultural con los ríos. Para muchas comunidades, estos cuerpos de agua no son únicamente elementos del paisaje, sino parte de su historia, de su memoria colectiva y de sus formas de relación con el territorio.

A ello se suma una dimensión menos visible, pero igualmente importante: el desgaste que experimentan las personas que asumen la defensa de los bienes comunes. La necesidad de documentar posibles daños, presentar denuncias, asistir a reuniones y dar seguimiento a procesos institucionales suele implicar una carga significativa de tiempo, recursos y energía emocional. En muchos casos, las comunidades enfrentan largos periodos de incertidumbre mientras esperan respuestas de las autoridades competentes.

Por estas razones, prestar atención a las alertas que surgen desde los territorios resulta fundamental. Las denuncias comunitarias suelen constituir una de las primeras señales de posibles problemas ambientales y permiten activar mecanismos de prevención antes de que los daños alcancen niveles difíciles o imposibles de revertir. Escuchar a quienes viven junto a los ríos, conocen sus cambios y observan cotidianamente sus transformaciones constituye un elemento indispensable para la protección de los ecosistemas y para la construcción de una gestión ambiental más democrática y participativa.

Las personas vecinas afirman haber presentado denuncias ante distintas instancias y sostienen que la respuesta institucional ha sido lenta frente a la magnitud de las preocupaciones planteadas. Aunque reconocen que recientemente se habrían impulsado algunos mecanismos de seguimiento, consideran que resulta necesario fortalecer los procesos de inspección y fiscalización para esclarecer lo que está ocurriendo en el sitio.

En este contexto, la comunidad solicita que las instituciones competentes realicen evaluaciones técnicas independientes que permitan determinar si existe daño ambiental, establecer las posibles causas de las alteraciones observadas y definir las medidas de protección que correspondan. Asimismo, plantean la necesidad de que cualquier eventual responsabilidad, ya sea de empresas concesionarias, entidades públicas o actores particulares, sea investigada y determinada mediante los procedimientos legales y administrativos correspondientes.

Para quienes viven junto al río, la preocupación no se limita a una situación puntual. El caso refleja interrogantes más amplias sobre la capacidad de las instituciones para prevenir daños ambientales, garantizar una supervisión efectiva de las actividades extractivas y responder oportunamente a las alertas que surgen desde las comunidades.

Mientras continúan las gestiones y denuncias, las personas vecinas insisten en que la protección del río Pizote requiere transparencia, acceso a la información y una actuación diligente de las autoridades responsables, con el fin de evitar que posibles afectaciones ambientales se profundicen y generen consecuencias irreversibles para el ecosistema y las comunidades que dependen de él.

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Más que un mural: el proceso comunitario que transforma Finca 5 desde el vagón X7015

Todo comenzó con una idea sencilla: embellecer un antiguo vagón ferroviario. Sin embargo, conforme avanzó el proceso, la iniciativa empezó a adquirir un significado mucho más profundo.

Las conversaciones, los recuerdos y las historias compartidas fueron revelando que Finca 5 es mucho más que un puente, un vagón o un conjunto de espacios físicos. Finca 5 también son sus vecinas y vecinos, las memorias que habitan el territorio, las relaciones que se construyen día a día y el deseo colectivo de vivir en un lugar más cuidado, más bello y más habitable.

Lo que inicialmente parecía una intervención puntual se convirtió en una oportunidad para reencontrarse con la historia de la comunidad y reconocer aquello que le da vida: las personas que la habitan y la sostienen cotidianamente. El vagón dejó de ser solamente una estructura ferroviaria para transformarse en un símbolo capaz de conectar pasado, presente y futuro.

A partir de esa reflexión surgió un nuevo impulso. Embellecer el vagón ya no era suficiente; el desafío comenzó a expandirse hacia el barrio entero. Apareció entonces una pregunta compartida: ¿cómo construir entre todas y todos una comunidad más acogedora, participativa y organizada?

Las jornadas de limpieza, el trabajo previo de preparación, la construcción del mural y los encuentros entre vecinas y vecinos fueron dando forma a una experiencia que hoy continúa creciendo. Más que una obra terminada, lo que se está construyendo en Finca 5 es una forma distinta de habitar el barrio: una que entiende que cuidar los espacios comunes también significa cuidar los vínculos, las memorias y los sueños colectivos que hacen posible la vida en comunidad.

Un proceso que comenzó antes de la pintura

La transformación que actualmente vive Finca 5 comenzó mucho antes de que aparecieran los colores sobre la pared del antiguo vagón ferroviario. Detrás de la intervención artística existe un trabajo silencioso, sostenido y colectivo que ha permitido preparar las condiciones materiales y organizativas para hacer realidad esta iniciativa.

Las labores de chapeo de la plaza, la limpieza del espacio y los trabajos de repello en la pared destinada al mural fueron algunas de las primeras acciones que marcaron el inicio del proceso. Aunque muchas veces pasan desapercibidas, estas tareas constituyen la base sobre la cual se construye cualquier proyecto comunitario.

Más que un proyecto de embellecimiento, la experiencia ha permitido reconocer que la transformación del territorio ocurre cuando las personas logran encontrarse, organizarse y asumir que el cuidado de los espacios comunes es una responsabilidad compartida.

El esfuerzo vecinal como motor de la transformación

Uno de los principales aprendizajes que deja esta experiencia es el enorme valor del trabajo vecinal. El proceso ha sido sostenido por un grupo de personas que, con constancia y compromiso, han asumido tareas indispensables para avanzar en la recuperación y embellecimiento del espacio comunitario.

Sin embargo, esta misma realidad también evidencia uno de los principales desafíos que enfrentan muchos procesos colectivos: el riesgo de que el esfuerzo recaiga siempre sobre las mismas personas.

Cuando la participación se concentra en pocos actores, aparecen el desgaste, la sobrecarga y las dificultades para garantizar la continuidad de las iniciativas en el tiempo. Por ello, uno de los retos fundamentales es ampliar la base de participación y distribuir de manera más equitativa las responsabilidades comunitarias.

La jornada de pintada: un avance que abre nuevas preguntas

La jornada de pintada comunitaria representó un momento significativo dentro del proceso. Las personas participantes lograron materializar parte del trabajo acumulado durante semanas y comenzar a dar forma visible a un proyecto construido desde el encuentro y la colaboración.

Al mismo tiempo, la actividad dejó en evidencia que todavía es necesario fortalecer la participación colectiva para responder a la magnitud de los objetivos propuestos.

Lejos de interpretarse como una debilidad, esta situación abre una reflexión necesaria sobre la importancia de construir comunidades más amplias, donde el trabajo compartido no dependa únicamente de pequeños grupos comprometidos, sino que se convierta en una tarea asumida por más vecinas y vecinos.

Una obra que continúa construyéndose

El mural y el proceso de embellecimiento de Finca 5 aún no han concluido. Quedan espacios por intervenir, pintura por aplicar y nuevas tareas por coordinar colectivamente.

Pero quizá el mayor desafío no es únicamente terminar una obra física, sino fortalecer las capacidades organizativas que permitan sostenerla en el tiempo. La experiencia ha demostrado que construir comunidad implica también aprender a coordinarse mejor, comunicarse de manera más efectiva y generar mecanismos que distribuyan el trabajo de forma más justa. Las tensiones, los acuerdos y los desacuerdos que han surgido durante el proceso forman parte de ese aprendizaje colectivo.

Aprender a sostener lo común

Lo que está ocurriendo en Finca 5 trasciende la intervención de un espacio público. Se trata de un ejercicio de aprendizaje comunitario que pone en el centro la importancia de cuidar nuestros barrios desde la participación y la corresponsabilidad.

La experiencia deja una enseñanza clara: embellecer el barrio no consiste únicamente en pintar una pared, sino en fortalecer los vínculos que permiten sostener aquello que se construye en común.

Porque, al final, lo que está en juego no es solamente la apariencia de un espacio, sino la forma en que una comunidad decide organizarse, cuidarse y proyectar su futuro de manera compartida.

“Lo que transforma Finca 5 no es solamente lo que se pinta en la pared, sino la capacidad de seguir sumando manos para sostener aquello que juntas y juntos hemos empezado.”

Lo que viene: seguir construyendo un Finca 5 más hermosa

El proceso que se ha impulsado alrededor del vagón X7015 está lejos de concluir. Lo construido hasta ahora representa un paso importante, pero también abre nuevos horizontes y desafíos para la comunidad.

Todavía quedan labores concretas por realizar. Hay sectores que requieren ser intervenidos, detalles del mural que deben completarse y nuevos espacios que pueden ser incorporados a esta apuesta colectiva de embellecimiento y recuperación del barrio. Sin embargo, el desafío más importante no es únicamente terminar una obra física, sino fortalecer la capacidad organizativa que permitirá sostenerla en el tiempo.

También está pendiente ampliar la participación comunitaria, sumar nuevas manos, nuevas ideas y nuevos liderazgos que permitan distribuir de manera más justa el trabajo colectivo. Cuidar el barrio no puede depender siempre de un grupo reducido de personas; necesita convertirse en una práctica compartida por toda la comunidad.

El camino recorrido ha dejado una certeza: cuando las personas se encuentran, conversan, recuerdan y trabajan juntas, aparecen nuevas posibilidades para imaginar el territorio que desean habitar. Por eso, el futuro de este proceso no se limita al vagón ni al mural. El horizonte es más amplio y ambicioso: seguir construyendo un Finca 5 más bello, más organizado, más participativo y más conectado con su propia historia.

Lo que viene será tan importante como lo que ya se ha realizado. Habrá nuevas jornadas de trabajo, nuevos encuentros, nuevas conversaciones y nuevos sueños colectivos por materializar. Porque este proyecto nunca ha tratado solamente de pintar una pared; se trata de fortalecer una comunidad que ha decidido reconocerse, cuidarse y proyectarse hacia el futuro desde la colaboración y la memoria compartida.

La invitación continúa abierta: seguir sumando voluntades para que el embellecimiento del territorio se convierta, cada vez más, en una forma de construir comunidad.

Un reconocimiento al compromiso y al trabajo solidario

Los procesos comunitarios también se sostienen gracias a las personas y colectivos que ponen sus conocimientos, su tiempo y su creatividad al servicio de lo común. En este camino, es importante reconocer el aporte de Miguel Cruz Guevara, estudiante asistente del Programa Kioscos Socioambientales, quien ha acompañado el proceso con un compromiso extraordinario.

Su talento y dedicación han sido fundamentales en el desarrollo del mural, aportando en labores de escalamiento, diseño, dibujo y pintura, así como en el acompañamiento constante de las distintas etapas de la intervención.

Más allá del trabajo técnico, su participación ha representado una muestra concreta de cómo la vinculación entre la universidad y las comunidades puede traducirse en acciones de colaboración, aprendizaje mutuo y construcción colectiva de espacios más habitables y significativos.

Su disposición, paciencia y compromiso han permitido que muchas de las ideas imaginadas por la comunidad pudieran materializarse sobre la pared. Sin su acompañamiento, la realización de esta iniciativa habría sido considerablemente más difícil.

Asimismo, queremos reconocer el valioso acompañamiento del Trabajo Comunal Universitario TCU-590, cuya participación ha fortalecido este proceso de organización y embellecimiento comunitario. Su presencia refleja la importancia de una universidad comprometida con los territorios, capaz de construir vínculos de largo plazo y de poner el conocimiento, el trabajo colectivo y la solidaridad al servicio de las comunidades.

Este reconocimiento busca visibilizar un trabajo que, aunque muchas veces ocurre detrás de escena, ha sido indispensable para el avance del proyecto y para fortalecer una experiencia que apuesta por la memoria, el cuidado del territorio y la organización comunitaria.

Porque construir comunidad también implica reconocer a quienes, desde la solidaridad, la creatividad y el trabajo compartido, ayudan a hacer posible aquello que parecía difícil de alcanzar.

Galería
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Finca 5: cuando la comunidad prepara la pared, también prepara el futuro

Una pintada que empieza mucho antes del color

En Finca 5 se avanza hacia la gran pintada comunitaria del próximo sábado 13 de junio. Pero lo que está ocurriendo en estos días previos está mostrando algo que desborda el propio resultado final: el proceso comunitario como núcleo de la transformación.

Vecinas y vecinos se han organizado para limpiar el espacio, preparar superficies y realizar el repello de la pared donde se realizará el mural. Son tareas que, en apariencia, podrían leerse como simples pasos técnicos previos a la intervención artística. Sin embargo, en la práctica han ido abriendo otro tipo de escena: la del encuentro cotidiano, la coordinación espontánea y la conversación que surge mientras se trabaja.

Así, sin anunciarlo, el mural ha empezado antes de la pintura. Ha comenzado en la organización que lo hace posible.

El valor de una comunidad que trabaja junta

Ese inicio silencioso permite ver algo más profundo: una comunidad no solo se define por el lugar que habita, sino por la manera en que es capaz de actuar en conjunto sobre ese lugar.

En Finca 5, el trabajo compartido no está siendo únicamente una suma de esfuerzos individuales. Está funcionando como una forma de aprendizaje colectivo, donde se redistribuyen tareas, se acuerdan decisiones y se refuerza la idea de que el barrio no es un espacio dado, sino un espacio que se cuida y se construye.

Entre una mezcla de cemento y una conversación sobre el espacio común, se va consolidando algo que no siempre es visible de inmediato: la experiencia de que lo común puede ser gestionado desde abajo, sin depender exclusivamente de intervenciones externas. Esa certeza, aunque se exprese en acciones pequeñas, tiene un alcance más amplio en la vida del territorio.

Y es justamente desde ahí que emerge otra dimensión del proceso.

El entusiasmo como energía que sostiene el proceso

Porque cuando una comunidad empieza a organizarse de esta manera, algo más circula además del trabajo: el entusiasmo.

No un entusiasmo entendido como emoción pasajera, sino como una fuerza que sostiene la continuidad del proceso. Se expresa en la disposición a volver al espacio, en el tiempo compartido que no siempre es obligatorio, en el gesto de sumarse a una tarea que no se hace en solitario sino con otras y otros.

Ese entusiasmo tiene un origen claro: el deseo de ver el propio entorno de otra manera. De imaginarlo distinto, más cuidado, más habitable, más propio. Y en ese deseo se activa una energía colectiva que no se impone, sino que se contagia. Pero ese entusiasmo no aparece en el vacío. Se alimenta de algo más profundo que lo sostiene.

El cariño por el barrio como práctica que organiza lo común

Lo que sostiene ese movimiento es también un afecto concreto por el lugar donde se vive.

En Finca 5, el cuidado del espacio no está siendo entendido como una obligación abstracta, sino como una forma de relación con el barrio. Barrer, preparar una pared o coordinar materiales no son solo acciones funcionales: son expresiones de una manera de habitar.

Ese cariño por el territorio se construye en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo que no siempre se registra como “evento”, pero que da forma a la vida comunitaria. Es un tipo de vínculo que no depende de la propiedad del espacio, sino del compromiso con su bienestar.

Y es precisamente ese vínculo el que permite comprender que lo que está en juego va más allá de una intervención artística puntual.

Más allá del mural: lo que se está construyendo en el proceso

Cuando el mural esté terminado, lo visible será el resultado: los colores sobre la pared, la imagen final, la transformación del espacio. Pero esa superficie no contendrá por sí sola todo lo que la hizo posible.

Lo que quedará por debajo —y al mismo tiempo por encima de la imagen— será el proceso: la coordinación que no fue planificada desde afuera, el trabajo compartido que se fue tejiendo día a día, el entusiasmo que sostuvo la continuidad y el cuidado que hizo posible que el espacio se transformara colectivamente.

Por eso, en Finca 5, lo importante no es solo lo que se verá el día de la inauguración. Es lo que ya está ocurriendo antes de que el color toque la pared.

Porque al final, lo que un mural deja no es únicamente una imagen en el espacio, sino una experiencia compartida que muestra que el territorio también puede ser una construcción común cuando se decide habitarlo de otra manera.

Lo que la universidad aprende cuando camina junto a las comunidades

Experiencias como la que hoy se vive en Finca 5 también nos recuerdan que la relación entre la universidad y las comunidades no puede entenderse únicamente como un proceso de transferencia de conocimientos. Si algo muestran estos días de preparación es que las comunidades poseen saberes, prácticas y formas de organización de las que la universidad tiene mucho que aprender.

Aprende de la capacidad de las personas para convertir un espacio cotidiano en un proyecto común. Aprende de la creatividad con la que se enfrentan las limitaciones materiales. Aprende de la disposición para colaborar sin esperar protagonismos individuales. Y aprende, sobre todo, de una convicción sencilla pero poderosa: que los lugares donde vivimos merecen ser disfrutados, cuidados y transformados colectivamente.

Con frecuencia, los discursos sobre el desarrollo comunitario ponen el énfasis en las carencias de los territorios. Sin embargo, procesos como este invitan a mirar también sus fortalezas. La capacidad de organizarse, de construir acuerdos, de movilizar esfuerzos y de sostener la esperanza en mejoras concretas son recursos tan importantes como cualquier infraestructura o inversión.

Desde la universidad, acompañar estos procesos implica reconocer que el conocimiento también se produce en la práctica cotidiana de las comunidades. Se produce cuando las personas encuentran formas de resolver problemas juntas, cuando cuidan los espacios compartidos y cuando imaginan futuros posibles para sus barrios.

Quizá una de las lecciones más importantes que deja Finca 5 es que la transformación de un territorio no comienza con grandes proyectos ni con intervenciones espectaculares. Muchas veces comienza con algo mucho más sencillo y profundo: el deseo compartido de sentirse bien en el lugar donde se vive.

Y cuando ese deseo se convierte en acción colectiva, cuando las personas se organizan para cuidar, embellecer y disfrutar los espacios que comparten, no solo se transforma una pared o una plaza. Se fortalece el tejido comunitario que hace posible imaginar y construir una vida común más digna.

En ese camino, la universidad no llega únicamente para enseñar. También llega para escuchar, aprender y dejarse transformar por las experiencias, los saberes y la esperanza que habitan en las comunidades. Porque al final, el mural que se está preparando en Finca 5 no solo habla de colores sobre una pared: habla de una comunidad que cree en sí misma y de una universidad que encuentra en esa convicción una fuente permanente de aprendizaje.

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El oficio de mover un país: relatos de trabajadores ferroviarios

¿Qué significa haber trabajado en el ferrocarril? ¿Qué saberes se construyen a lo largo de años de oficio? ¿Qué ocurre cuando esas memorias se encuentran con una generación que nunca vio pasar el tren?

Estas fueron algunas de las preguntas que acompañaron el encuentro realizado el pasado 17 de mayo de 2026 en Finca 5, donde extrabajadores ferroviarios compartieron sus experiencias de vida, sus recuerdos y reflexiones sobre el trabajo en el ferrocarril, en una jornada que reunió memoria, comunidad y diálogo intergeneracional.

Más allá de reconstruir una historia institucional del tren, el encuentro buscó escuchar las voces de quienes sostuvieron cotidianamente el funcionamiento de la línea férrea: maquinistas, trabajadores de mantenimiento y personas que dedicaron parte importante de sus vidas al ferrocarril. A través de sus relatos fue posible conocer las condiciones de trabajo de la época, los desafíos que enfrentaban, los conocimientos que desarrollaron en el oficio y los vínculos humanos que se construían alrededor del tren.

Los saberes que nacen del trabajo

Una de las reflexiones que atravesó la jornada fue la importancia de reconocer los saberes construidos en el trabajo.

Muchas veces se habla del ferrocarril desde la infraestructura, las locomotoras o las políticas públicas, pero menos atención reciben las personas que hicieron posible su funcionamiento. Sin embargo, detrás de cada recorrido existían conocimientos especializados, aprendizajes acumulados durante años y formas de resolver problemas que difícilmente se encuentran en manuales o documentos.

Escuchar a los exferrocarrileros permitió reconocer que el trabajo también produce conocimiento. Conocimiento sobre los territorios, sobre las comunidades, sobre las máquinas, pero también sobre la cooperación, la responsabilidad y el cuidado colectivo.

En tiempos donde suele privilegiarse el conocimiento técnico certificado o el conocimiento académico, estos relatos recuerdan que los oficios también generan formas valiosas de comprender el mundo. Los saberes ferroviarios son parte de un patrimonio vivo construido desde la experiencia, la práctica cotidiana y la relación permanente con las personas y los territorios.

Un encuentro entre memorias y generaciones

Uno de los momentos más significativos ocurrió cuando los exferrocarrileros conocieron los dibujos y cuentos elaborados por los niños y niñas de la Escuela de Finca 5 como parte del proceso Memorias en Movimiento.

La escena tuvo una fuerza especial. De un lado, personas que dedicaron años de su vida al ferrocarril. Del otro, una generación que nunca vio pasar el tren, pero que sigue encontrando en el puente ferroviario y el vagón espacios para imaginar historias, jugar y construir vínculos con su comunidad.

Los dibujos permitieron abrir una conversación sobre cómo las memorias continúan viajando entre generaciones. Aunque los trenes dejaron de pasar hace años, las historias, los recuerdos y los significados asociados a estos espacios siguen presentes en la vida comunitaria.

Para muchos de los exferrocarrileros fue emocionante descubrir cómo su trabajo y legado continúan vivos en la imaginación de la niñez. A su vez, los niños y niñas nos recuerdan que la memoria no es únicamente conservación del pasado, sino también creatividad, imaginación y futuro.

El territorio que habitan estas niñas y niños también está atravesado por las memorias de sus familias, de sus vecinos y de las generaciones que crecieron junto al ferrocarril. El puente, el vagón y los espacios que hoy forman parte de su vida cotidiana son también escenarios de historias familiares, de arraigos comunitarios y de experiencias que continúan circulando en conversaciones, recuerdos y relatos compartidos.

De esta manera, el territorio se convierte en un disparador de la imaginación. Las niñas y los niños construyen sus propias interpretaciones sobre el tren, el puente y la comunidad a partir de los lugares que recorren, las historias que escuchan y los vínculos que tejen cotidianamente. Aunque no hayan vivido directamente el tiempo del ferrocarril, habitan espacios cargados de memoria que siguen alimentando nuevas formas de pertenencia e identidad comunitaria.

Escuchar para construir futuro

El encuentro también permitió conversar sobre los desafíos actuales de Finca 5 y sobre la importancia de generar espacios donde las distintas generaciones puedan encontrarse y dialogar.

Escuchar a las personas mayores no es solamente un ejercicio de nostalgia. Es una oportunidad para recuperar experiencias, aprendizajes y formas de comprender el territorio que pueden contribuir a enfrentar los retos del presente.

Las historias compartidas durante la jornada mostraron que la memoria no es un ejercicio pasivo. Recordar implica seleccionar aquello que consideramos valioso, reconocer trayectorias de esfuerzo colectivo y construir puentes entre experiencias distintas.

En tiempos donde muchas historias locales corren el riesgo de desaparecer, estos espacios permiten reconocer que la memoria es una herramienta para fortalecer la identidad comunitaria, valorar los saberes populares y construir nuevas formas de participación.

La fuerza que tiene recordar

El proceso vivido en Finca 5 nos recuerda que las memorias no permanecen inmóviles. Se transforman, se comparten y siguen produciendo sentidos para quienes habitan los territorios.

Recordar el ferrocarril no significa únicamente hablar del pasado. Significa reconocer el trabajo de quienes ayudaron a construir comunidades, valorar los conocimientos que dejaron y abrir espacios para que nuevas generaciones puedan encontrarse con esas historias.

También significa reconocer que la memoria puede convertirse en una herramienta para fortalecer los vínculos comunitarios, recuperar el sentido de pertenencia y abrir conversaciones sobre los futuros que queremos construir colectivamente.

En Finca 5, las voces de los exferrocarrileros, las preguntas de la comunidad y la creatividad de la niñez mostraron que el pasado no está desconectado del presente. Por el contrario, sigue ofreciendo aprendizajes, preguntas y posibilidades para quienes continúan habitando estos territorios.

Porque hay trenes que dejan de pasar.

Pero también hay memorias que continúan recorriendo los rieles del tiempo.

Compartimos a continuación el video de este encuentro, como un reconocimiento a las personas que hicieron del ferrocarril una forma de vida y a las comunidades que siguen encontrando en estas memorias una fuente de aprendizaje, identidad y esperanza.

Agradecemos profundamente a la Asociación de Ferrocarrileros de Costa Rica, a la Asociación Amantes del Tren Costa Rica y al Comité de Seguridad Comunitaria de Finca 5 por hacer posible este encuentro de memorias, saberes y comunidad.

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Comunicado Público del Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío-Caño Negro Día Mundial del Medio Ambiente 2026

Les compartimos el Comunicado Público del Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío Caño Negro.

¿Qué celebramos cuando nuestros ríos están siendo transformados?

Cada 5 de junio se multiplican los mensajes sobre la importancia de cuidar el medio ambiente. Escuchamos hablar de sostenibilidad, conservación y desarrollo verde. Sin embargo, desde las comunidades que habitamos y defendemos la cuenca del Río Frío-Caño Negro, sentimos la necesidad de plantear una pregunta sencilla pero urgente: ¿qué celebramos cuando nuestros ríos continúan siendo alterados, degradados y sometidos a presiones cada vez mayores?

Costa Rica ha construido una imagen internacional asociada a la protección de la naturaleza. Esa imagen tiene fundamentos importantes, pero también convive con realidades que muchas veces permanecen invisibilizadas. Mientras se habla de desarrollo sostenible, numerosos ríos del país enfrentan procesos de extracción de materiales, alteración de cauces, pérdida de espacios de acceso comunitario, contaminación y presiones crecientes sobre sus ecosistemas.

En nuestra cuenca hemos observado transformaciones que preocupan profundamente a quienes vivimos el territorio día a día. Hemos visto desaparecer espacios que durante generaciones fueron parte de la vida comunitaria. Hemos visto cambios en el cauce, en las pozas, en la dinámica del río y en las posibilidades que las personas tienen de relacionarse con él. Lo que antes era un lugar de encuentro, recreación y convivencia se encuentra cada vez más limitado por procesos que privilegian la explotación de corto plazo sobre el cuidado de largo plazo.

Estas transformaciones no pueden entenderse únicamente como un problema ambiental. Reducir la discusión a aspectos técnicos invisibiliza dimensiones fundamentales de lo que está en juego.

Los ríos son memoria. En sus aguas habitan historias familiares, recuerdos de infancia, aprendizajes compartidos y experiencias que forman parte de la identidad de las comunidades. Las pozas donde generaciones aprendieron a nadar, los sitios donde las familias se reunían durante los fines de semana, los lugares donde las personas encontraron descanso, alegría y convivencia son también parte del patrimonio de nuestros territorios.

Cuando estos espacios desaparecen o se degradan, no se pierde únicamente un paisaje. Se debilitan vínculos comunitarios y se erosionan memorias que ayudan a dar sentido a la vida colectiva.

Los ríos también sostienen formas de producción y de trabajo. Muchas familias dependen de ellos para actividades agropecuarias, para el abastecimiento de agua y para iniciativas económicas vinculadas al turismo rural y comunitario. La pérdida de espacios naturales, el deterioro de los ecosistemas y las modificaciones en los cauces afectan oportunidades que históricamente han permitido construir economías locales más cercanas al territorio y a sus dinámicas naturales.

Sin embargo, quizá la pregunta más importante es la que debemos hacernos pensando en quienes todavía no han nacido.

¿Qué ríos heredarán las futuras generaciones?

Cada poza destruida, cada tramo degradado y cada espacio comunitario perdido representa una experiencia que alguien ya no podrá vivir. Cada intervención que reduce la capacidad del río para sostener la vida disminuye también las posibilidades de que las nuevas generaciones conozcan los territorios que hoy conocemos.

Estamos tomando decisiones cuyos efectos perdurarán mucho más allá de nuestro tiempo. Por eso, la defensa de los ríos no puede entenderse como una preocupación de grupos aislados o de personas particularmente sensibles a los temas ambientales. Se trata de una responsabilidad colectiva con la vida presente y futura.

Nos preocupa especialmente que las advertencias provenientes de las comunidades continúen siendo minimizadas o ignoradas. Quienes habitan los territorios conocen los cambios del río porque los observan diariamente. Saben cuándo desaparece una poza, cuándo aumenta la erosión, cuándo cambia la corriente y cuándo se pierde biodiversidad. Saben cuándo el río deja de ser el río que conocieron.

Ese conocimiento construido desde la experiencia cotidiana constituye una forma legítima de comprender lo que está ocurriendo. No se trata de opiniones sin fundamento. Se trata de años de observación, de convivencia con el territorio y de una relación directa con los procesos que hoy están transformando nuestras cuencas.

Por ello, hacemos un llamado a las instituciones públicas, a las autoridades competentes, a las municipalidades, a las universidades, a las organizaciones sociales y a toda la ciudadanía para que asumamos una discusión profunda sobre el futuro de nuestros ríos. Necesitamos fortalecer la protección efectiva de las cuencas hidrográficas, mejorar los mecanismos de fiscalización y reconocer que el cuidado de los ríos no es un obstáculo para el desarrollo, sino una condición indispensable para construir un futuro verdaderamente sostenible.

Pero también creemos que ha llegado el momento de formular una pregunta incómoda.

Durante años las comunidades han cumplido su papel. Hemos recorrido los ríos. Hemos documentado cambios. Hemos impulsado denuncias. Hemos participado en reuniones. Hemos solicitado información. Hemos compartido conocimientos. Hemos acompañado procesos de organización comunitaria. Hemos advertido sobre riesgos que muchas veces fueron ignorados o minimizados.

Lo hemos hecho porque amamos nuestros territorios y porque comprendemos que defender los ríos es defender la vida.

Sin embargo, la protección de las cuencas no puede recaer exclusivamente sobre quienes viven junto a ellas.

La responsabilidad es colectiva, pero no es igual para todos.

Quienes tienen competencias legales, recursos públicos, capacidad de fiscalización y poder para tomar decisiones tienen una responsabilidad mayor. Las instituciones públicas tienen la obligación de actuar cuando existen señales de deterioro. Las municipalidades tienen la responsabilidad de velar por el bienestar integral de sus territorios. Las empresas tienen el deber de asumir las consecuencias de los impactos que generan y de comprender que el beneficio económico no puede construirse a costa de los bienes que sostienen la vida colectiva.

Por eso, en este Día Mundial del Medio Ambiente queremos dirigir una serie de preguntas claras a quienes tienen capacidad de decisión, responsables de un modelo que genera ganancias para unos pocos mientras deja a un pueblo desértico, sin ningún beneficio y, sobre todo, sin ningún futuro:

Las comunidades estamos haciendo nuestra parte.

Nos estamos organizando.

Estamos observando.

Estamos documentando.

Estamos denunciando.

Estamos proponiendo.

Estamos alzando la voz.

¿Y ustedes?

¿Están haciendo su parte las instituciones encargadas de proteger nuestros bienes naturales?

¿Están haciendo su parte las municipalidades responsables de ordenar y cuidar los territorios?

¿Están haciendo su parte las empresas que obtienen beneficios económicos de actividades que impactan nuestros ríos?

¿Está haciendo el Estado su parte cuando las comunidades alertan, denuncian y aportan evidencia sobre los daños ambientales, pero sus advertencias son desestimadas o ignoradas por quienes tienen la responsabilidad de actuar?

Porque el mejor homenaje al Día Mundial del Medio Ambiente no es repetir discursos sobre sostenibilidad. No es publicar campañas verdes una vez al año. No es acumular declaraciones de buenas intenciones.

El mejor homenaje al Día Mundial del Medio Ambiente es garantizar que nuestros ríos sigan fluyendo libres, vivos y accesibles para las comunidades que dependen de ellos.

Todavía estamos a tiempo de escuchar lo que los ríos nos están diciendo.

La pregunta es si tendremos la voluntad de hacerlo.

Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío-Caño Negro

Correo: defensa.cuencas.guatuso@gmail.com

5 de junio de 2026

Video del 29 de mayo del 2026.

En este video se observan las labores mecanizadas de extracción de material en el río Frío, específicamente en la comunidad de La Amapola. Aunque estas actividades suelen justificarse como necesarias para obras y mejoras locales, cuando se realizan de forma intensiva pueden generar impactos significativos sobre los ecosistemas fluviales: alteración de cauces, pérdida de pozas, erosión de las riberas, afectación de la biodiversidad y reducción de espacios de uso comunitario. Los ríos son mucho más que una fuente de materiales. Son bienes comunes que sostienen la vida, la producción local, la memoria de las comunidades y el bienestar de las futuras generaciones. Por ello, resulta necesario preguntarnos si la extracción que se realiza responde realmente a las necesidades del cantón o si estamos frente a procesos de sobreexplotación destinados a abastecer mercados más amplios a costa del deterioro de nuestro patrimonio natural.