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Curso-taller Defender lo común en tiempos de privatización: reflexiones sobre energía, democracia y futuro

La electricidad suele aparecer en el debate público como un asunto técnico. Se discuten tarifas, generación, competencia, eficiencia o infraestructura. Sin embargo, detrás de estas discusiones se encuentran preguntas mucho más profundas: ¿quién decide sobre los recursos estratégicos del país?, ¿qué papel debe desempeñar el Estado en la garantía de derechos?, ¿qué ocurre cuando servicios esenciales comienzan a organizarse bajo lógicas de mercado?, ¿cómo se construye democráticamente el futuro energético de una sociedad?

En el contexto de la discusión nacional sobre el proyecto de Ley de Armonización del Sistema Eléctrico Nacional (Expediente 23.414), estas preguntas adquieren una renovada relevancia. Más allá de los aspectos técnicos del debate, la coyuntura invita a reflexionar sobre los procesos contemporáneos de privatización y sus implicaciones para la gestión de los bienes comunes.

Con frecuencia, la privatización se asocia exclusivamente con la venta de instituciones públicas. Sin embargo, la experiencia latinoamericana muestra que estos procesos suelen desarrollarse de manera más compleja. La apertura de mercados, la fragmentación institucional, la reducción de capacidades públicas, la construcción de narrativas de crisis y la redefinición de servicios esenciales como oportunidades de negocio forman parte de transformaciones que modifican profundamente la organización de sectores estratégicos.

Precisamente para profundizar en estas discusiones, el Observatorio de Bienes Comunes de la Universidad de Costa Rica abre la convocatoria al curso-taller “Privatización, Bienes Comunes y Futuro Energético en Costa Rica: Síndrome de la Bicicleta Desarmada”, un espacio de formación y reflexión dirigido al público en general, con especial interés en personas vinculadas a organizaciones sociales, colectivos comunitarios, movimientos ciudadanos, sindicatos, estudiantes y personas interesadas en comprender los desafíos contemporáneos de la democracia y los bienes comunes.

Un recorrido por cinco dimensiones del debate

El proceso formativo propone abordar la discusión desde cinco dimensiones complementarias.

La primera busca cuestionar las ideas convencionales sobre la privatización, explorando cómo estos procesos operan más allá de la venta de activos públicos y cómo transforman gradualmente las instituciones y los sentidos comunes que sostienen determinados modelos de desarrollo.

La segunda se concentra en analizar la construcción social y política de las crisis, examinando cómo ciertos problemas son narrados y utilizados para justificar reformas estructurales que, en otros contextos, encontrarían mayores resistencias.

La tercera recupera experiencias latinoamericanas para comprender las consecuencias sociales, económicas y políticas que han acompañado distintos procesos de liberalización y privatización de servicios públicos estratégicos.

La cuarta dimensión explora la disputa cultural e ideológica que acompaña estas transformaciones, analizando cómo se construyen imaginarios sobre el Estado, el mercado, la eficiencia y el interés público.

Finalmente, la quinta sesión invita a reflexionar sobre la gobernanza democrática de la energía, preguntándose quiénes deben participar en las decisiones sobre el futuro energético y qué alternativas existen para fortalecer una gestión orientada al bien común.

Una apuesta desde la educación popular

El curso se desarrollará desde una perspectiva de educación popular, promoviendo el diálogo de saberes, el análisis crítico y la construcción colectiva de conocimientos. Más que transmitir respuestas cerradas, busca generar herramientas para comprender las transformaciones que atraviesan sectores estratégicos de la sociedad y fortalecer las capacidades ciudadanas para participar informadamente en estos debates.

La propuesta parte de una idea sencilla pero fundamental: la energía no es únicamente una mercancía ni una infraestructura técnica. Es una condición indispensable para el ejercicio de derechos, la vida digna, la producción social y la construcción democrática del futuro.

Información del curso

Curso-Taller: Privatización, Bienes Comunes y Futuro Energético en Costa Rica. Síndrome de la Bicicleta Desarmada.

Fechas: 6, 13 y 27 de julio; 3 y 10 de agosto de 2026.

Horario: 6:00 p.m. a 8:00 p.m.

Lugar: Oficina de Kioscos Socioambientales, Universidad de Costa Rica, San Pedro de Montes de Oca.

Modalidad: Presencial.

Costo: Gratuito.

Inscripciones: https://forms.gle/kGH5wD4stUxqR6CNA

Los cupos son limitados.

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Entre la erosión y la incertidumbre: comunidad alerta sobre la situación del río Pizote-Upala

Personas vecinas de la comunidad cerca del Río Pizote o también conocido como Río Niño, en el cantón de Upala, han manifestado su preocupación ante lo que consideran posibles afectaciones al cauce y al lecho del río asociadas a actividades de extracción de material que se desarrollan en la zona. Según la comunicación compartida por habitantes que han dado seguimiento al caso durante varios años, las lluvias recientes permitieron observar con mayor claridad cambios en distintos sectores del río que, a su criterio, requieren una investigación inmediata por parte de las autoridades competentes.

El río Pizote, forma parte de los sistemas hídricos de la zona norte de Costa Rica. Como ocurre con numerosos ríos del país, cumple funciones fundamentales para el equilibrio ecológico de la cuenca, el transporte natural de sedimentos, la recarga de acuíferos y el sostenimiento de diversos ecosistemas asociados. Además, constituye un elemento central en la vida cotidiana de las comunidades que habitan sus alrededores, por lo que cualquier alteración significativa de sus dinámicas naturales genera preocupación entre la población local.

De acuerdo con los reportes vecinales, la disminución del caudal tras varios días de lluvia dejó al descubierto extensas áreas de suelo expuesto en el fondo y las orillas del río. Las personas denunciantes sostienen que estos sectores podrían evidenciar procesos de alteración del lecho, erosión o socavación que habrían pasado desapercibidos durante periodos de mayor caudal.

Según indican, también se habría observado maquinaria realizando movimientos de tierra en las márgenes del río. Las personas vecinas consideran necesario que las autoridades determinen si estas labores corresponden a actividades autorizadas y si se ajustan a las condiciones establecidas en los permisos y regulaciones ambientales vigentes.

La preocupación comunitaria radica en que cualquier modificación significativa del cauce o de las condiciones naturales del río podría generar consecuencias que trascienden el área inmediata de intervención. Diversos estudios sobre gestión de cuencas señalan que las alteraciones en los lechos fluviales pueden modificar patrones de sedimentación, aumentar procesos erosivos, afectar la estabilidad de las márgenes e incrementar la vulnerabilidad ante inundaciones o desbordamientos en determinados sectores.

Asimismo, los cambios en la dinámica natural de los ríos pueden repercutir sobre los ecosistemas asociados, afectar hábitats acuáticos y alterar procesos fundamentales para la conservación de la biodiversidad. La remoción excesiva de sedimentos o la modificación de las condiciones naturales del cauce pueden impactar la calidad del agua, la reproducción de especies y la capacidad del río para mantener sus funciones ecológicas.

Más allá del río: impactos sobre las comunidades

Las posibles afectaciones a un río no se limitan al deterioro de un ecosistema. Cuando un curso de agua pierde su equilibrio natural, las consecuencias suelen extenderse a la vida cotidiana de las comunidades que habitan su entorno. Por esta razón, las denuncias sobre alteraciones en cauces, extracción de materiales o degradación de las riberas deben ser comprendidas también como asuntos relacionados con la calidad de vida, la seguridad y los derechos de las personas.

Entre las posibles consecuencias se encuentran el aumento de procesos erosivos que pueden comprometer terrenos, caminos, puentes o infraestructura comunitaria. Asimismo, las modificaciones en la dinámica de los sedimentos y del flujo del agua pueden incrementar la vulnerabilidad frente a inundaciones, especialmente durante eventos de lluvia intensa cada vez más frecuentes en el contexto de la crisis climática.

Los impactos también pueden manifestarse en la pérdida de espacios de recreación, encuentro comunitario y vínculo cultural con los ríos. Para muchas comunidades, estos cuerpos de agua no son únicamente elementos del paisaje, sino parte de su historia, de su memoria colectiva y de sus formas de relación con el territorio.

A ello se suma una dimensión menos visible, pero igualmente importante: el desgaste que experimentan las personas que asumen la defensa de los bienes comunes. La necesidad de documentar posibles daños, presentar denuncias, asistir a reuniones y dar seguimiento a procesos institucionales suele implicar una carga significativa de tiempo, recursos y energía emocional. En muchos casos, las comunidades enfrentan largos periodos de incertidumbre mientras esperan respuestas de las autoridades competentes.

Por estas razones, prestar atención a las alertas que surgen desde los territorios resulta fundamental. Las denuncias comunitarias suelen constituir una de las primeras señales de posibles problemas ambientales y permiten activar mecanismos de prevención antes de que los daños alcancen niveles difíciles o imposibles de revertir. Escuchar a quienes viven junto a los ríos, conocen sus cambios y observan cotidianamente sus transformaciones constituye un elemento indispensable para la protección de los ecosistemas y para la construcción de una gestión ambiental más democrática y participativa.

Las personas vecinas afirman haber presentado denuncias ante distintas instancias y sostienen que la respuesta institucional ha sido lenta frente a la magnitud de las preocupaciones planteadas. Aunque reconocen que recientemente se habrían impulsado algunos mecanismos de seguimiento, consideran que resulta necesario fortalecer los procesos de inspección y fiscalización para esclarecer lo que está ocurriendo en el sitio.

En este contexto, la comunidad solicita que las instituciones competentes realicen evaluaciones técnicas independientes que permitan determinar si existe daño ambiental, establecer las posibles causas de las alteraciones observadas y definir las medidas de protección que correspondan. Asimismo, plantean la necesidad de que cualquier eventual responsabilidad, ya sea de empresas concesionarias, entidades públicas o actores particulares, sea investigada y determinada mediante los procedimientos legales y administrativos correspondientes.

Para quienes viven junto al río, la preocupación no se limita a una situación puntual. El caso refleja interrogantes más amplias sobre la capacidad de las instituciones para prevenir daños ambientales, garantizar una supervisión efectiva de las actividades extractivas y responder oportunamente a las alertas que surgen desde las comunidades.

Mientras continúan las gestiones y denuncias, las personas vecinas insisten en que la protección del río Pizote requiere transparencia, acceso a la información y una actuación diligente de las autoridades responsables, con el fin de evitar que posibles afectaciones ambientales se profundicen y generen consecuencias irreversibles para el ecosistema y las comunidades que dependen de él.

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Más que un mural: el proceso comunitario que transforma Finca 5 desde el vagón X7015

Todo comenzó con una idea sencilla: embellecer un antiguo vagón ferroviario. Sin embargo, conforme avanzó el proceso, la iniciativa empezó a adquirir un significado mucho más profundo.

Las conversaciones, los recuerdos y las historias compartidas fueron revelando que Finca 5 es mucho más que un puente, un vagón o un conjunto de espacios físicos. Finca 5 también son sus vecinas y vecinos, las memorias que habitan el territorio, las relaciones que se construyen día a día y el deseo colectivo de vivir en un lugar más cuidado, más bello y más habitable.

Lo que inicialmente parecía una intervención puntual se convirtió en una oportunidad para reencontrarse con la historia de la comunidad y reconocer aquello que le da vida: las personas que la habitan y la sostienen cotidianamente. El vagón dejó de ser solamente una estructura ferroviaria para transformarse en un símbolo capaz de conectar pasado, presente y futuro.

A partir de esa reflexión surgió un nuevo impulso. Embellecer el vagón ya no era suficiente; el desafío comenzó a expandirse hacia el barrio entero. Apareció entonces una pregunta compartida: ¿cómo construir entre todas y todos una comunidad más acogedora, participativa y organizada?

Las jornadas de limpieza, el trabajo previo de preparación, la construcción del mural y los encuentros entre vecinas y vecinos fueron dando forma a una experiencia que hoy continúa creciendo. Más que una obra terminada, lo que se está construyendo en Finca 5 es una forma distinta de habitar el barrio: una que entiende que cuidar los espacios comunes también significa cuidar los vínculos, las memorias y los sueños colectivos que hacen posible la vida en comunidad.

Un proceso que comenzó antes de la pintura

La transformación que actualmente vive Finca 5 comenzó mucho antes de que aparecieran los colores sobre la pared del antiguo vagón ferroviario. Detrás de la intervención artística existe un trabajo silencioso, sostenido y colectivo que ha permitido preparar las condiciones materiales y organizativas para hacer realidad esta iniciativa.

Las labores de chapeo de la plaza, la limpieza del espacio y los trabajos de repello en la pared destinada al mural fueron algunas de las primeras acciones que marcaron el inicio del proceso. Aunque muchas veces pasan desapercibidas, estas tareas constituyen la base sobre la cual se construye cualquier proyecto comunitario.

Más que un proyecto de embellecimiento, la experiencia ha permitido reconocer que la transformación del territorio ocurre cuando las personas logran encontrarse, organizarse y asumir que el cuidado de los espacios comunes es una responsabilidad compartida.

El esfuerzo vecinal como motor de la transformación

Uno de los principales aprendizajes que deja esta experiencia es el enorme valor del trabajo vecinal. El proceso ha sido sostenido por un grupo de personas que, con constancia y compromiso, han asumido tareas indispensables para avanzar en la recuperación y embellecimiento del espacio comunitario.

Sin embargo, esta misma realidad también evidencia uno de los principales desafíos que enfrentan muchos procesos colectivos: el riesgo de que el esfuerzo recaiga siempre sobre las mismas personas.

Cuando la participación se concentra en pocos actores, aparecen el desgaste, la sobrecarga y las dificultades para garantizar la continuidad de las iniciativas en el tiempo. Por ello, uno de los retos fundamentales es ampliar la base de participación y distribuir de manera más equitativa las responsabilidades comunitarias.

La jornada de pintada: un avance que abre nuevas preguntas

La jornada de pintada comunitaria representó un momento significativo dentro del proceso. Las personas participantes lograron materializar parte del trabajo acumulado durante semanas y comenzar a dar forma visible a un proyecto construido desde el encuentro y la colaboración.

Al mismo tiempo, la actividad dejó en evidencia que todavía es necesario fortalecer la participación colectiva para responder a la magnitud de los objetivos propuestos.

Lejos de interpretarse como una debilidad, esta situación abre una reflexión necesaria sobre la importancia de construir comunidades más amplias, donde el trabajo compartido no dependa únicamente de pequeños grupos comprometidos, sino que se convierta en una tarea asumida por más vecinas y vecinos.

Una obra que continúa construyéndose

El mural y el proceso de embellecimiento de Finca 5 aún no han concluido. Quedan espacios por intervenir, pintura por aplicar y nuevas tareas por coordinar colectivamente.

Pero quizá el mayor desafío no es únicamente terminar una obra física, sino fortalecer las capacidades organizativas que permitan sostenerla en el tiempo. La experiencia ha demostrado que construir comunidad implica también aprender a coordinarse mejor, comunicarse de manera más efectiva y generar mecanismos que distribuyan el trabajo de forma más justa. Las tensiones, los acuerdos y los desacuerdos que han surgido durante el proceso forman parte de ese aprendizaje colectivo.

Aprender a sostener lo común

Lo que está ocurriendo en Finca 5 trasciende la intervención de un espacio público. Se trata de un ejercicio de aprendizaje comunitario que pone en el centro la importancia de cuidar nuestros barrios desde la participación y la corresponsabilidad.

La experiencia deja una enseñanza clara: embellecer el barrio no consiste únicamente en pintar una pared, sino en fortalecer los vínculos que permiten sostener aquello que se construye en común.

Porque, al final, lo que está en juego no es solamente la apariencia de un espacio, sino la forma en que una comunidad decide organizarse, cuidarse y proyectar su futuro de manera compartida.

“Lo que transforma Finca 5 no es solamente lo que se pinta en la pared, sino la capacidad de seguir sumando manos para sostener aquello que juntas y juntos hemos empezado.”

Lo que viene: seguir construyendo un Finca 5 más hermosa

El proceso que se ha impulsado alrededor del vagón X7015 está lejos de concluir. Lo construido hasta ahora representa un paso importante, pero también abre nuevos horizontes y desafíos para la comunidad.

Todavía quedan labores concretas por realizar. Hay sectores que requieren ser intervenidos, detalles del mural que deben completarse y nuevos espacios que pueden ser incorporados a esta apuesta colectiva de embellecimiento y recuperación del barrio. Sin embargo, el desafío más importante no es únicamente terminar una obra física, sino fortalecer la capacidad organizativa que permitirá sostenerla en el tiempo.

También está pendiente ampliar la participación comunitaria, sumar nuevas manos, nuevas ideas y nuevos liderazgos que permitan distribuir de manera más justa el trabajo colectivo. Cuidar el barrio no puede depender siempre de un grupo reducido de personas; necesita convertirse en una práctica compartida por toda la comunidad.

El camino recorrido ha dejado una certeza: cuando las personas se encuentran, conversan, recuerdan y trabajan juntas, aparecen nuevas posibilidades para imaginar el territorio que desean habitar. Por eso, el futuro de este proceso no se limita al vagón ni al mural. El horizonte es más amplio y ambicioso: seguir construyendo un Finca 5 más bello, más organizado, más participativo y más conectado con su propia historia.

Lo que viene será tan importante como lo que ya se ha realizado. Habrá nuevas jornadas de trabajo, nuevos encuentros, nuevas conversaciones y nuevos sueños colectivos por materializar. Porque este proyecto nunca ha tratado solamente de pintar una pared; se trata de fortalecer una comunidad que ha decidido reconocerse, cuidarse y proyectarse hacia el futuro desde la colaboración y la memoria compartida.

La invitación continúa abierta: seguir sumando voluntades para que el embellecimiento del territorio se convierta, cada vez más, en una forma de construir comunidad.

Un reconocimiento al compromiso y al trabajo solidario

Los procesos comunitarios también se sostienen gracias a las personas y colectivos que ponen sus conocimientos, su tiempo y su creatividad al servicio de lo común. En este camino, es importante reconocer el aporte de Miguel Cruz Guevara, estudiante asistente del Programa Kioscos Socioambientales, quien ha acompañado el proceso con un compromiso extraordinario.

Su talento y dedicación han sido fundamentales en el desarrollo del mural, aportando en labores de escalamiento, diseño, dibujo y pintura, así como en el acompañamiento constante de las distintas etapas de la intervención.

Más allá del trabajo técnico, su participación ha representado una muestra concreta de cómo la vinculación entre la universidad y las comunidades puede traducirse en acciones de colaboración, aprendizaje mutuo y construcción colectiva de espacios más habitables y significativos.

Su disposición, paciencia y compromiso han permitido que muchas de las ideas imaginadas por la comunidad pudieran materializarse sobre la pared. Sin su acompañamiento, la realización de esta iniciativa habría sido considerablemente más difícil.

Asimismo, queremos reconocer el valioso acompañamiento del Trabajo Comunal Universitario TCU-590, cuya participación ha fortalecido este proceso de organización y embellecimiento comunitario. Su presencia refleja la importancia de una universidad comprometida con los territorios, capaz de construir vínculos de largo plazo y de poner el conocimiento, el trabajo colectivo y la solidaridad al servicio de las comunidades.

Este reconocimiento busca visibilizar un trabajo que, aunque muchas veces ocurre detrás de escena, ha sido indispensable para el avance del proyecto y para fortalecer una experiencia que apuesta por la memoria, el cuidado del territorio y la organización comunitaria.

Porque construir comunidad también implica reconocer a quienes, desde la solidaridad, la creatividad y el trabajo compartido, ayudan a hacer posible aquello que parecía difícil de alcanzar.

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Finca 5: cuando la comunidad prepara la pared, también prepara el futuro

Una pintada que empieza mucho antes del color

En Finca 5 se avanza hacia la gran pintada comunitaria del próximo sábado 13 de junio. Pero lo que está ocurriendo en estos días previos está mostrando algo que desborda el propio resultado final: el proceso comunitario como núcleo de la transformación.

Vecinas y vecinos se han organizado para limpiar el espacio, preparar superficies y realizar el repello de la pared donde se realizará el mural. Son tareas que, en apariencia, podrían leerse como simples pasos técnicos previos a la intervención artística. Sin embargo, en la práctica han ido abriendo otro tipo de escena: la del encuentro cotidiano, la coordinación espontánea y la conversación que surge mientras se trabaja.

Así, sin anunciarlo, el mural ha empezado antes de la pintura. Ha comenzado en la organización que lo hace posible.

El valor de una comunidad que trabaja junta

Ese inicio silencioso permite ver algo más profundo: una comunidad no solo se define por el lugar que habita, sino por la manera en que es capaz de actuar en conjunto sobre ese lugar.

En Finca 5, el trabajo compartido no está siendo únicamente una suma de esfuerzos individuales. Está funcionando como una forma de aprendizaje colectivo, donde se redistribuyen tareas, se acuerdan decisiones y se refuerza la idea de que el barrio no es un espacio dado, sino un espacio que se cuida y se construye.

Entre una mezcla de cemento y una conversación sobre el espacio común, se va consolidando algo que no siempre es visible de inmediato: la experiencia de que lo común puede ser gestionado desde abajo, sin depender exclusivamente de intervenciones externas. Esa certeza, aunque se exprese en acciones pequeñas, tiene un alcance más amplio en la vida del territorio.

Y es justamente desde ahí que emerge otra dimensión del proceso.

El entusiasmo como energía que sostiene el proceso

Porque cuando una comunidad empieza a organizarse de esta manera, algo más circula además del trabajo: el entusiasmo.

No un entusiasmo entendido como emoción pasajera, sino como una fuerza que sostiene la continuidad del proceso. Se expresa en la disposición a volver al espacio, en el tiempo compartido que no siempre es obligatorio, en el gesto de sumarse a una tarea que no se hace en solitario sino con otras y otros.

Ese entusiasmo tiene un origen claro: el deseo de ver el propio entorno de otra manera. De imaginarlo distinto, más cuidado, más habitable, más propio. Y en ese deseo se activa una energía colectiva que no se impone, sino que se contagia. Pero ese entusiasmo no aparece en el vacío. Se alimenta de algo más profundo que lo sostiene.

El cariño por el barrio como práctica que organiza lo común

Lo que sostiene ese movimiento es también un afecto concreto por el lugar donde se vive.

En Finca 5, el cuidado del espacio no está siendo entendido como una obligación abstracta, sino como una forma de relación con el barrio. Barrer, preparar una pared o coordinar materiales no son solo acciones funcionales: son expresiones de una manera de habitar.

Ese cariño por el territorio se construye en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo que no siempre se registra como “evento”, pero que da forma a la vida comunitaria. Es un tipo de vínculo que no depende de la propiedad del espacio, sino del compromiso con su bienestar.

Y es precisamente ese vínculo el que permite comprender que lo que está en juego va más allá de una intervención artística puntual.

Más allá del mural: lo que se está construyendo en el proceso

Cuando el mural esté terminado, lo visible será el resultado: los colores sobre la pared, la imagen final, la transformación del espacio. Pero esa superficie no contendrá por sí sola todo lo que la hizo posible.

Lo que quedará por debajo —y al mismo tiempo por encima de la imagen— será el proceso: la coordinación que no fue planificada desde afuera, el trabajo compartido que se fue tejiendo día a día, el entusiasmo que sostuvo la continuidad y el cuidado que hizo posible que el espacio se transformara colectivamente.

Por eso, en Finca 5, lo importante no es solo lo que se verá el día de la inauguración. Es lo que ya está ocurriendo antes de que el color toque la pared.

Porque al final, lo que un mural deja no es únicamente una imagen en el espacio, sino una experiencia compartida que muestra que el territorio también puede ser una construcción común cuando se decide habitarlo de otra manera.

Lo que la universidad aprende cuando camina junto a las comunidades

Experiencias como la que hoy se vive en Finca 5 también nos recuerdan que la relación entre la universidad y las comunidades no puede entenderse únicamente como un proceso de transferencia de conocimientos. Si algo muestran estos días de preparación es que las comunidades poseen saberes, prácticas y formas de organización de las que la universidad tiene mucho que aprender.

Aprende de la capacidad de las personas para convertir un espacio cotidiano en un proyecto común. Aprende de la creatividad con la que se enfrentan las limitaciones materiales. Aprende de la disposición para colaborar sin esperar protagonismos individuales. Y aprende, sobre todo, de una convicción sencilla pero poderosa: que los lugares donde vivimos merecen ser disfrutados, cuidados y transformados colectivamente.

Con frecuencia, los discursos sobre el desarrollo comunitario ponen el énfasis en las carencias de los territorios. Sin embargo, procesos como este invitan a mirar también sus fortalezas. La capacidad de organizarse, de construir acuerdos, de movilizar esfuerzos y de sostener la esperanza en mejoras concretas son recursos tan importantes como cualquier infraestructura o inversión.

Desde la universidad, acompañar estos procesos implica reconocer que el conocimiento también se produce en la práctica cotidiana de las comunidades. Se produce cuando las personas encuentran formas de resolver problemas juntas, cuando cuidan los espacios compartidos y cuando imaginan futuros posibles para sus barrios.

Quizá una de las lecciones más importantes que deja Finca 5 es que la transformación de un territorio no comienza con grandes proyectos ni con intervenciones espectaculares. Muchas veces comienza con algo mucho más sencillo y profundo: el deseo compartido de sentirse bien en el lugar donde se vive.

Y cuando ese deseo se convierte en acción colectiva, cuando las personas se organizan para cuidar, embellecer y disfrutar los espacios que comparten, no solo se transforma una pared o una plaza. Se fortalece el tejido comunitario que hace posible imaginar y construir una vida común más digna.

En ese camino, la universidad no llega únicamente para enseñar. También llega para escuchar, aprender y dejarse transformar por las experiencias, los saberes y la esperanza que habitan en las comunidades. Porque al final, el mural que se está preparando en Finca 5 no solo habla de colores sobre una pared: habla de una comunidad que cree en sí misma y de una universidad que encuentra en esa convicción una fuente permanente de aprendizaje.

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El oficio de mover un país: relatos de trabajadores ferroviarios

¿Qué significa haber trabajado en el ferrocarril? ¿Qué saberes se construyen a lo largo de años de oficio? ¿Qué ocurre cuando esas memorias se encuentran con una generación que nunca vio pasar el tren?

Estas fueron algunas de las preguntas que acompañaron el encuentro realizado el pasado 17 de mayo de 2026 en Finca 5, donde extrabajadores ferroviarios compartieron sus experiencias de vida, sus recuerdos y reflexiones sobre el trabajo en el ferrocarril, en una jornada que reunió memoria, comunidad y diálogo intergeneracional.

Más allá de reconstruir una historia institucional del tren, el encuentro buscó escuchar las voces de quienes sostuvieron cotidianamente el funcionamiento de la línea férrea: maquinistas, trabajadores de mantenimiento y personas que dedicaron parte importante de sus vidas al ferrocarril. A través de sus relatos fue posible conocer las condiciones de trabajo de la época, los desafíos que enfrentaban, los conocimientos que desarrollaron en el oficio y los vínculos humanos que se construían alrededor del tren.

Los saberes que nacen del trabajo

Una de las reflexiones que atravesó la jornada fue la importancia de reconocer los saberes construidos en el trabajo.

Muchas veces se habla del ferrocarril desde la infraestructura, las locomotoras o las políticas públicas, pero menos atención reciben las personas que hicieron posible su funcionamiento. Sin embargo, detrás de cada recorrido existían conocimientos especializados, aprendizajes acumulados durante años y formas de resolver problemas que difícilmente se encuentran en manuales o documentos.

Escuchar a los exferrocarrileros permitió reconocer que el trabajo también produce conocimiento. Conocimiento sobre los territorios, sobre las comunidades, sobre las máquinas, pero también sobre la cooperación, la responsabilidad y el cuidado colectivo.

En tiempos donde suele privilegiarse el conocimiento técnico certificado o el conocimiento académico, estos relatos recuerdan que los oficios también generan formas valiosas de comprender el mundo. Los saberes ferroviarios son parte de un patrimonio vivo construido desde la experiencia, la práctica cotidiana y la relación permanente con las personas y los territorios.

Un encuentro entre memorias y generaciones

Uno de los momentos más significativos ocurrió cuando los exferrocarrileros conocieron los dibujos y cuentos elaborados por los niños y niñas de la Escuela de Finca 5 como parte del proceso Memorias en Movimiento.

La escena tuvo una fuerza especial. De un lado, personas que dedicaron años de su vida al ferrocarril. Del otro, una generación que nunca vio pasar el tren, pero que sigue encontrando en el puente ferroviario y el vagón espacios para imaginar historias, jugar y construir vínculos con su comunidad.

Los dibujos permitieron abrir una conversación sobre cómo las memorias continúan viajando entre generaciones. Aunque los trenes dejaron de pasar hace años, las historias, los recuerdos y los significados asociados a estos espacios siguen presentes en la vida comunitaria.

Para muchos de los exferrocarrileros fue emocionante descubrir cómo su trabajo y legado continúan vivos en la imaginación de la niñez. A su vez, los niños y niñas nos recuerdan que la memoria no es únicamente conservación del pasado, sino también creatividad, imaginación y futuro.

El territorio que habitan estas niñas y niños también está atravesado por las memorias de sus familias, de sus vecinos y de las generaciones que crecieron junto al ferrocarril. El puente, el vagón y los espacios que hoy forman parte de su vida cotidiana son también escenarios de historias familiares, de arraigos comunitarios y de experiencias que continúan circulando en conversaciones, recuerdos y relatos compartidos.

De esta manera, el territorio se convierte en un disparador de la imaginación. Las niñas y los niños construyen sus propias interpretaciones sobre el tren, el puente y la comunidad a partir de los lugares que recorren, las historias que escuchan y los vínculos que tejen cotidianamente. Aunque no hayan vivido directamente el tiempo del ferrocarril, habitan espacios cargados de memoria que siguen alimentando nuevas formas de pertenencia e identidad comunitaria.

Escuchar para construir futuro

El encuentro también permitió conversar sobre los desafíos actuales de Finca 5 y sobre la importancia de generar espacios donde las distintas generaciones puedan encontrarse y dialogar.

Escuchar a las personas mayores no es solamente un ejercicio de nostalgia. Es una oportunidad para recuperar experiencias, aprendizajes y formas de comprender el territorio que pueden contribuir a enfrentar los retos del presente.

Las historias compartidas durante la jornada mostraron que la memoria no es un ejercicio pasivo. Recordar implica seleccionar aquello que consideramos valioso, reconocer trayectorias de esfuerzo colectivo y construir puentes entre experiencias distintas.

En tiempos donde muchas historias locales corren el riesgo de desaparecer, estos espacios permiten reconocer que la memoria es una herramienta para fortalecer la identidad comunitaria, valorar los saberes populares y construir nuevas formas de participación.

La fuerza que tiene recordar

El proceso vivido en Finca 5 nos recuerda que las memorias no permanecen inmóviles. Se transforman, se comparten y siguen produciendo sentidos para quienes habitan los territorios.

Recordar el ferrocarril no significa únicamente hablar del pasado. Significa reconocer el trabajo de quienes ayudaron a construir comunidades, valorar los conocimientos que dejaron y abrir espacios para que nuevas generaciones puedan encontrarse con esas historias.

También significa reconocer que la memoria puede convertirse en una herramienta para fortalecer los vínculos comunitarios, recuperar el sentido de pertenencia y abrir conversaciones sobre los futuros que queremos construir colectivamente.

En Finca 5, las voces de los exferrocarrileros, las preguntas de la comunidad y la creatividad de la niñez mostraron que el pasado no está desconectado del presente. Por el contrario, sigue ofreciendo aprendizajes, preguntas y posibilidades para quienes continúan habitando estos territorios.

Porque hay trenes que dejan de pasar.

Pero también hay memorias que continúan recorriendo los rieles del tiempo.

Compartimos a continuación el video de este encuentro, como un reconocimiento a las personas que hicieron del ferrocarril una forma de vida y a las comunidades que siguen encontrando en estas memorias una fuente de aprendizaje, identidad y esperanza.

Agradecemos profundamente a la Asociación de Ferrocarrileros de Costa Rica, a la Asociación Amantes del Tren Costa Rica y al Comité de Seguridad Comunitaria de Finca 5 por hacer posible este encuentro de memorias, saberes y comunidad.

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Comunicado Público del Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío-Caño Negro Día Mundial del Medio Ambiente 2026

Les compartimos el Comunicado Público del Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío Caño Negro.

¿Qué celebramos cuando nuestros ríos están siendo transformados?

Cada 5 de junio se multiplican los mensajes sobre la importancia de cuidar el medio ambiente. Escuchamos hablar de sostenibilidad, conservación y desarrollo verde. Sin embargo, desde las comunidades que habitamos y defendemos la cuenca del Río Frío-Caño Negro, sentimos la necesidad de plantear una pregunta sencilla pero urgente: ¿qué celebramos cuando nuestros ríos continúan siendo alterados, degradados y sometidos a presiones cada vez mayores?

Costa Rica ha construido una imagen internacional asociada a la protección de la naturaleza. Esa imagen tiene fundamentos importantes, pero también convive con realidades que muchas veces permanecen invisibilizadas. Mientras se habla de desarrollo sostenible, numerosos ríos del país enfrentan procesos de extracción de materiales, alteración de cauces, pérdida de espacios de acceso comunitario, contaminación y presiones crecientes sobre sus ecosistemas.

En nuestra cuenca hemos observado transformaciones que preocupan profundamente a quienes vivimos el territorio día a día. Hemos visto desaparecer espacios que durante generaciones fueron parte de la vida comunitaria. Hemos visto cambios en el cauce, en las pozas, en la dinámica del río y en las posibilidades que las personas tienen de relacionarse con él. Lo que antes era un lugar de encuentro, recreación y convivencia se encuentra cada vez más limitado por procesos que privilegian la explotación de corto plazo sobre el cuidado de largo plazo.

Estas transformaciones no pueden entenderse únicamente como un problema ambiental. Reducir la discusión a aspectos técnicos invisibiliza dimensiones fundamentales de lo que está en juego.

Los ríos son memoria. En sus aguas habitan historias familiares, recuerdos de infancia, aprendizajes compartidos y experiencias que forman parte de la identidad de las comunidades. Las pozas donde generaciones aprendieron a nadar, los sitios donde las familias se reunían durante los fines de semana, los lugares donde las personas encontraron descanso, alegría y convivencia son también parte del patrimonio de nuestros territorios.

Cuando estos espacios desaparecen o se degradan, no se pierde únicamente un paisaje. Se debilitan vínculos comunitarios y se erosionan memorias que ayudan a dar sentido a la vida colectiva.

Los ríos también sostienen formas de producción y de trabajo. Muchas familias dependen de ellos para actividades agropecuarias, para el abastecimiento de agua y para iniciativas económicas vinculadas al turismo rural y comunitario. La pérdida de espacios naturales, el deterioro de los ecosistemas y las modificaciones en los cauces afectan oportunidades que históricamente han permitido construir economías locales más cercanas al territorio y a sus dinámicas naturales.

Sin embargo, quizá la pregunta más importante es la que debemos hacernos pensando en quienes todavía no han nacido.

¿Qué ríos heredarán las futuras generaciones?

Cada poza destruida, cada tramo degradado y cada espacio comunitario perdido representa una experiencia que alguien ya no podrá vivir. Cada intervención que reduce la capacidad del río para sostener la vida disminuye también las posibilidades de que las nuevas generaciones conozcan los territorios que hoy conocemos.

Estamos tomando decisiones cuyos efectos perdurarán mucho más allá de nuestro tiempo. Por eso, la defensa de los ríos no puede entenderse como una preocupación de grupos aislados o de personas particularmente sensibles a los temas ambientales. Se trata de una responsabilidad colectiva con la vida presente y futura.

Nos preocupa especialmente que las advertencias provenientes de las comunidades continúen siendo minimizadas o ignoradas. Quienes habitan los territorios conocen los cambios del río porque los observan diariamente. Saben cuándo desaparece una poza, cuándo aumenta la erosión, cuándo cambia la corriente y cuándo se pierde biodiversidad. Saben cuándo el río deja de ser el río que conocieron.

Ese conocimiento construido desde la experiencia cotidiana constituye una forma legítima de comprender lo que está ocurriendo. No se trata de opiniones sin fundamento. Se trata de años de observación, de convivencia con el territorio y de una relación directa con los procesos que hoy están transformando nuestras cuencas.

Por ello, hacemos un llamado a las instituciones públicas, a las autoridades competentes, a las municipalidades, a las universidades, a las organizaciones sociales y a toda la ciudadanía para que asumamos una discusión profunda sobre el futuro de nuestros ríos. Necesitamos fortalecer la protección efectiva de las cuencas hidrográficas, mejorar los mecanismos de fiscalización y reconocer que el cuidado de los ríos no es un obstáculo para el desarrollo, sino una condición indispensable para construir un futuro verdaderamente sostenible.

Pero también creemos que ha llegado el momento de formular una pregunta incómoda.

Durante años las comunidades han cumplido su papel. Hemos recorrido los ríos. Hemos documentado cambios. Hemos impulsado denuncias. Hemos participado en reuniones. Hemos solicitado información. Hemos compartido conocimientos. Hemos acompañado procesos de organización comunitaria. Hemos advertido sobre riesgos que muchas veces fueron ignorados o minimizados.

Lo hemos hecho porque amamos nuestros territorios y porque comprendemos que defender los ríos es defender la vida.

Sin embargo, la protección de las cuencas no puede recaer exclusivamente sobre quienes viven junto a ellas.

La responsabilidad es colectiva, pero no es igual para todos.

Quienes tienen competencias legales, recursos públicos, capacidad de fiscalización y poder para tomar decisiones tienen una responsabilidad mayor. Las instituciones públicas tienen la obligación de actuar cuando existen señales de deterioro. Las municipalidades tienen la responsabilidad de velar por el bienestar integral de sus territorios. Las empresas tienen el deber de asumir las consecuencias de los impactos que generan y de comprender que el beneficio económico no puede construirse a costa de los bienes que sostienen la vida colectiva.

Por eso, en este Día Mundial del Medio Ambiente queremos dirigir una serie de preguntas claras a quienes tienen capacidad de decisión, responsables de un modelo que genera ganancias para unos pocos mientras deja a un pueblo desértico, sin ningún beneficio y, sobre todo, sin ningún futuro:

Las comunidades estamos haciendo nuestra parte.

Nos estamos organizando.

Estamos observando.

Estamos documentando.

Estamos denunciando.

Estamos proponiendo.

Estamos alzando la voz.

¿Y ustedes?

¿Están haciendo su parte las instituciones encargadas de proteger nuestros bienes naturales?

¿Están haciendo su parte las municipalidades responsables de ordenar y cuidar los territorios?

¿Están haciendo su parte las empresas que obtienen beneficios económicos de actividades que impactan nuestros ríos?

¿Está haciendo el Estado su parte cuando las comunidades alertan, denuncian y aportan evidencia sobre los daños ambientales, pero sus advertencias son desestimadas o ignoradas por quienes tienen la responsabilidad de actuar?

Porque el mejor homenaje al Día Mundial del Medio Ambiente no es repetir discursos sobre sostenibilidad. No es publicar campañas verdes una vez al año. No es acumular declaraciones de buenas intenciones.

El mejor homenaje al Día Mundial del Medio Ambiente es garantizar que nuestros ríos sigan fluyendo libres, vivos y accesibles para las comunidades que dependen de ellos.

Todavía estamos a tiempo de escuchar lo que los ríos nos están diciendo.

La pregunta es si tendremos la voluntad de hacerlo.

Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío-Caño Negro

Correo: defensa.cuencas.guatuso@gmail.com

5 de junio de 2026

Video del 29 de mayo del 2026.

En este video se observan las labores mecanizadas de extracción de material en el río Frío, específicamente en la comunidad de La Amapola. Aunque estas actividades suelen justificarse como necesarias para obras y mejoras locales, cuando se realizan de forma intensiva pueden generar impactos significativos sobre los ecosistemas fluviales: alteración de cauces, pérdida de pozas, erosión de las riberas, afectación de la biodiversidad y reducción de espacios de uso comunitario. Los ríos son mucho más que una fuente de materiales. Son bienes comunes que sostienen la vida, la producción local, la memoria de las comunidades y el bienestar de las futuras generaciones. Por ello, resulta necesario preguntarnos si la extracción que se realiza responde realmente a las necesidades del cantón o si estamos frente a procesos de sobreexplotación destinados a abastecer mercados más amplios a costa del deterioro de nuestro patrimonio natural.

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Entre leña, humo y memoria: aprender el fuego – Bienes Comunes en Corto

Volver al corazón de nuestros saberes cotidianos

A veces creemos que las conversaciones importantes son aquellas que hablan de política, economía o grandes acontecimientos históricos. Sin embargo, hay diálogos aparentemente pequeños que terminan revelando algo esencial sobre quiénes somos. Hablar sobre cómo se hace el fuego para cocinar puede parecer una práctica simple y utilitaria, pero detrás de esa acción cotidiana habita una memoria profunda de afectos, aprendizajes y formas de cuidar la vida.

En la conversación con Paul Gutiérrez, de Finca 5, el fuego aparece no solamente como una herramienta para cocinar, sino como una herencia recibida de su padre y su madre. El relato va mostrando cómo ciertos saberes no se aprenden en manuales ni en instituciones formales, sino en la cercanía de la vida compartida: mirando, acompañando, practicando y escuchando. El fuego se aprende entre voces, entre silencios, entre tiempos compartidos.

Quizá por eso la comida hecha en fogón “sabe distinto”. No únicamente por el humo o la leña, sino porque ahí también se cocinan recuerdos, afectos y vínculos. En muchas comunidades, cocinar ha sido históricamente una práctica de encuentro: un espacio donde se conversa, se transmite experiencia y se fortalece el tejido familiar y comunitario. El fogón no solo alimenta el cuerpo; también alimenta la memoria.

En un tiempo marcado por la velocidad, la fragmentación y el aislamiento, volver la mirada hacia estas prácticas cotidianas puede ayudarnos a repensar nuestras propias conversaciones. ¿De qué hablamos cuando compartimos la comida? ¿Qué historias sobreviven alrededor de una cocina? ¿Qué saberes estamos dejando de transmitir cuando la vida cotidiana pierde sus espacios de encuentro?

Defender estos conocimientos no significa rechazar la modernidad ni idealizar el pasado. Significa reconocer que existen formas de conocimiento profundamente humanas que sostienen nuestra capacidad de cuidar, disfrutar y convivir. Muchas veces los grandes cambios comienzan justamente ahí: en la manera en que nos reunimos, cocinamos, escuchamos y compartimos el tiempo con otras personas.

Entre leña, humo y memoria, el fuego nos recuerda algo sencillo pero urgente: la vida también se sostiene en esos pequeños gestos donde el cariño se vuelve práctica cotidiana.

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¿Un rótulo más? El cuido del río Agualote

Un rótulo como dispositivo pedagógico: encuentro, territorio y cuidado colectivo

La colocación del rótulo en el río Agualote no fue únicamente una acción informativa ni una intervención aislada en el espacio público. También abrió una discusión importante sobre las formas en que construimos educación ambiental y sobre los dispositivos que utilizamos para comunicar, sensibilizar y movilizar alrededor del cuidado de los bienes comunes.

¿Por qué un rótulo más?

¿Por qué seguir colocando rótulos en un contexto saturado de imágenes, mensajes y contaminación visual? La pregunta apareció varias veces durante la actividad y lejos de ser evitada, fue asumida colectivamente. Precisamente ahí radica parte de la potencia de esta experiencia: problematizar el propio acto de rotular.

Porque este rótulo no busca vender, ordenar o publicitar. Busca detener. Interrumpir el tránsito cotidiano para recordar algo que muchas veces permanece invisibilizado: debajo del puente hay un río, una microcuenca, biodiversidad, relaciones ecológicas y también conflictos ambientales que requieren atención colectiva.

En ese sentido, el rótulo funciona como un dispositivo pedagógico territorial. No reemplaza procesos organizativos, educativos o comunitarios más amplios, pero sí actúa como un punto de activación de preguntas, conversaciones y encuentros. Traduce información científica en un lenguaje accesible y la devuelve al territorio donde esa información fue producida.

El proceso también era el mensaje

Además, su proceso de instalación terminó siendo tan importante como el rótulo mismo.

Durante la jornada participaron organizaciones comunitarias, personas voluntarias, Universidad de Costa Rica, ASADAS, empresa privada y actores locales que, desde distintos lugares, aportaron tiempo, trabajo y presencia. Algunas personas ayudaron cavando, otras sosteniendo estructuras, otras observando detalles de seguridad, dando opiniones o simplemente acompañando. Incluso hubo momentos de cuidado hacia la biodiversidad del lugar, recordándonos que el río no es solamente un “tema ambiental”, sino un espacio vivo compartido con múltiples formas de vida.

La articulación entre organizaciones también se volvió un mensaje en sí mismo.

Encontrarse para cuidar

En tiempos marcados por el aislamiento institucional y la fragmentación social, encontrarse para realizar una acción concreta —aunque parezca pequeña— tiene un enorme valor político y comunitario.

La colocación del rótulo se convirtió así en un momento de encuentro: un espacio donde el conocimiento científico dialogó con la experiencia comunitaria, donde el trabajo manual se mezcló con la reflexión crítica y donde el cuidado apareció no solo como discurso, sino como práctica compartida.

Más que instalar un objeto, lo que ocurrió fue la construcción temporal de una comunidad alrededor del río.

El cuidado también se construye en lo cotidiano

Quizá ahí reside una de las principales enseñanzas de esta experiencia: que el cuidado de los bienes comunes no depende únicamente de grandes políticas o proyectos institucionales, sino también de la capacidad de encontrarnos, reconocernos y actuar colectivamente en el territorio.

A veces, cuidar empieza con algo aparentemente pequeño: detenerse, conversar, sostener un rótulo, cavar un hueco, proteger una iguana o simplemente estar presentes. Y justamente por eso, este no era solo un rótulo más.

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Hay trenes que no dejan de pasar: memorias y comunidad en Finca 5

Durante el fin de semana del 16 y 17 de mayo, Finca 5 vivió un proceso profundamente significativo de encuentro comunitario, memoria ferroviaria y construcción colectiva de futuros posibles alrededor del puente ferroviario, el vagón y los espacios públicos de la comunidad.

Las actividades realizadas permitieron abrir conversaciones sobre el presente de Finca 5, sus desafíos organizativos, sus posibilidades y los vínculos comunitarios que todavía sostienen la vida colectiva del territorio. Más que una jornada aislada, el encuentro se convirtió en un espacio para reconocerse, compartir preocupaciones, recuperar memorias y volver a imaginar colectivamente aquello que la comunidad todavía puede llegar a construir.

Pensar Finca 5 desde sus posibilidades

Uno de los principales ejes de trabajo del sábado fue preguntarnos colectivamente qué puede llegar a ser Finca 5 y cuáles sueños siguen abiertos para la comunidad. Las personas participantes identificaron múltiples potencialidades: fortalecer el desarrollo comunal, apoyar emprendimientos locales, promover cooperativas, generar turismo comunitario vinculado a la historia ferroviaria, crear espacios como un café-museo y seguir impulsando actividades recreativas, culturales y familiares.

Las conversaciones también permitieron reconocer el enorme valor simbólico y comunitario que tienen el puente ferroviario y el vagón como espacios capaces de articular memoria, organización y posibilidades económicas para la comunidad. Más allá de cada propuesta concreta, apareció una idea común: existe un deseo real de seguir construyendo comunidad y transformar espacios que durante mucho tiempo fueron vistos únicamente como infraestructura abandonada.

El puente y el vagón comienzan así a resignificarse no solo como huellas del pasado ferroviario, sino también como lugares vivos desde donde la comunidad puede encontrarse, dialogar y construir nuevas formas de apropiación colectiva del territorio.

Organización comunitaria: reconocer lo que ya existe

Las reflexiones compartidas también permitieron reconocer que en Finca 5 ya existe una base organizativa y afectiva sobre la cual continuar construyendo. Muchas veces los procesos comunitarios se piensan únicamente desde las carencias o dificultades, invisibilizando capacidades organizativas que siguen activas en el territorio.

Sin embargo, el propio proceso desarrollado durante el fin de semana mostró la existencia de una trama comunitaria viva, sostenida por personas, organizaciones y espacios que continúan apostando por el encuentro colectivo.

Fortalezas organizativas identificadas

  • -Personas que continúan convocando y sosteniendo procesos comunitarios.
  • -Participación activa de organizaciones locales.
  • -Presencia y articulación de la Escuela de Finca 5.
  • -Disposición comunitaria para dialogar y construir colectivamente.
  • -Voluntariado que sigue impulsando actividades.
  • -Recuperación y cuidado de espacios públicos.
  • -Interés por fortalecer emprendimientos comunitarios.
  • -Existencia de memorias compartidas que todavía generan sentido de pertenencia.
  • -Capacidad de articular generaciones distintas alrededor de la memoria ferroviaria.
  • -Potencial del puente y el vagón como espacios de encuentro comunitario.

Frases compartidas durante la jornada como “Yo quiero a mi Finca 5” o “Esta es una de las mejores plazas de aquí” reflejan un fuerte sentido de pertenencia que persiste incluso en medio de las dificultades y muestran que el vínculo afectivo con la comunidad continúa siendo una fuerza importante para sostener los procesos organizativos.

Los desafíos que atraviesan la organización comunitaria

Al mismo tiempo, las conversaciones también permitieron hablar honestamente sobre tensiones y dificultades que afectan la participación y el sostenimiento de los procesos colectivos.

Nombrar estos desafíos colectivamente resultó importante porque permitió reconocer cansancios, frustraciones y preocupaciones compartidas que muchas veces permanecen dispersas o invisibilizadas.

Desafíos identificados

  • -Poca participación comunitaria.
  • -Desgaste organizativo y sobrecarga de pocas personas.
  • -Disminución del voluntariado.
  • -Falta de oportunidades laborales.
  • -Necesidad de generar sostenibilidad económica.
  • -Falta de recursos para las organizaciones comunitarias.
  • -Sensación de indiferencia y conformismo.
  • -Desprestigio o desconfianza hacia procesos organizativos.
  • -Necesidad de fortalecer la comunicación comunitaria.
  • -Dificultades para construir confianza colectiva.

Frases como “Uno se agueva” o “Dan ganas de salir corriendo” expresaron emocionalmente parte del desgaste que enfrentan muchas personas que sostienen trabajo comunitario.

Sin embargo, las conversaciones también dejaron claro que la transformación de Finca 5 no depende únicamente de infraestructura o proyectos externos. También requiere fortalecer vínculos comunitarios, ampliar la participación, valorar los aportes existentes y construir mecanismos colectivos que permitan sostener los procesos en el tiempo.

El puente y el vagón como espacios vivos

Uno de los aprendizajes más importantes del encuentro es que el puente ferroviario y el vagón ya vienen funcionando como espacios vivos para la comunidad. Los talleres, recorridos, intercambios y actividades realizadas muestran que estos lugares continúan convocando encuentros, memorias y nuevas formas de participación colectiva.

Embellecer espacios, organizar actividades culturales, activar el vagón o recuperar el puente no son únicamente acciones estéticas o patrimoniales. También representan formas de fortalecer vínculos comunitarios y reconstruir sentidos de pertenencia alrededor del espacio público.

Más que ruinas del pasado, el puente y el vagón siguen siendo puntos desde donde Finca 5 conversa consigo misma, recuerda colectivamente e imagina posibilidades hacia adelante.

El encuentro con los exferrocarrileros

El domingo 17 de mayo se realizó además un encuentro con Ferrocarrileros de Costa Rica y la Amantes del tren Costa Rica con Javier Poveda y Roy Fonseca, generando un intercambio profundamente significativo entre memorias ferroviarias, comunidad y nuevas generaciones.

Escuchar a exmaquinistas y trabajadores ferroviarios hablar sobre el cuidado de la línea, el mantenimiento de los trenes y la vida cotidiana alrededor del ferrocarril permitió devolver humanidad a una historia que muchas veces se cuenta únicamente desde la nostalgia o la infraestructura.

La visita permitió reconocer que el patrimonio ferroviario no pertenece únicamente al pasado nacional, sino también a las memorias vivas de quienes trabajaron, cuidaron y construyeron esas rutas.

También permitió recordar algo fundamental: los puentes no solo conectaban trenes. Conectaban comunidades, encuentros y formas de vida compartida.

La perspectiva de la niñez: imaginar el tren sin haberlo visto

Uno de los momentos más conmovedores ocurrió cuando los exferrocarrileros conocieron los dibujos y cuentos realizados por los niños y niñas de la Escuela de Finca 5. Allí se produjo un encuentro entre generaciones que nunca coincidieron en el tiempo ferroviario, pero que continúan conectadas por la memoria del lugar.

Aunque gran parte de esta niñez nunca vio pasar el tren, el puente y el vagón siguen presentes en sus juegos, historias e imaginarios. Esto demuestra que la memoria no solo se transmite por experiencia directa, sino también a través de relatos comunitarios, espacios compartidos y vínculos afectivos con el territorio.

Los dibujos de la niñez permitieron además que los exferrocarrileros reconocieran cómo su trabajo y legado siguen vivos en la imaginación de nuevas generaciones.

Al mismo tiempo, mostraron cómo las nuevas generaciones se acercan al puente y al vagón desde otros lenguajes: el juego, el arte, la creatividad y la convivencia comunitaria.

Memoria y futuro: cuando recordar también ayuda a imaginar

El proceso vivido en Finca 5 también deja una reflexión importante: las memorias no solo sirven para mirar el pasado, sino también para imaginar futuros posibles.

Recordar el tren, el puente o las historias ferroviarias no significa querer regresar exactamente a otro tiempo. Más bien permite recuperar valores que siguen siendo importantes hoy: el encuentro entre comunidades, el sentido de pertenencia, la vida colectiva y la construcción compartida de territorio.

En ese sentido, las memorias funcionan como puentes entre generaciones. Los relatos de exferrocarrileros dialogan con los dibujos de la niñez; las historias del pasado se encuentran con los sueños comunitarios del presente.

La memoria aparece entonces no únicamente como recuerdo, sino también como una herramienta para fortalecer identidad comunitaria, organización colectiva y esperanza territorial.

Lo que sigue

Este proceso continúa avanzando como un tren comunitario construido entre muchas manos. Cada conversación, dibujo, recuerdo, propuesta y encuentro ayuda a mover nuevamente la memoria de Finca 5, pero también a abrir preguntas sobre el futuro que la comunidad quiere construir.

Como parte de este proceso, próximamente se realizará la pintada comunitaria de Finca 5, una intervención colectiva del vagón, la plaza y los espacios alrededor del puente ferroviario. Más que un ejercicio de embellecimiento, será una forma de seguir fortaleciendo vínculos, dejar huellas colectivas y traducir en colores muchas de las conversaciones, memorias y sueños compartidos durante estos encuentros.

Porque cuando una comunidad pinta junta, también imagina junta los paisajes que quiere construir hacia adelante.

Agradecemos profundamente a la Asociación de Desarrollo de Finca 5, el Comité de Seguridad Comunitaria de Finca 5, la Escuela de Finca 5, Amantes del tren Costa Rica y la Ferrocarrileros de Costa Rica por hacer posible este encuentro y seguir ayudando a que la memoria ferroviaria continúe recorriendo los rieles de la comunidad.

Galería
Nota aclaratoria

Como parte de este proceso comunitario, los dibujos y cuentos realizados por los niños y niñas de la Escuela de Finca 5 no quedarán únicamente como un momento aislado del encuentro. Actualmente nos encontramos trabajando en la construcción de un producto colectivo que permitirá compartir y visibilizar el trabajo, la creatividad y las miradas de esta niñez sobre el puente ferroviario, el vagón y la memoria de la comunidad.

La idea es que este material pueda convertirse también en una forma de resguardar las memorias, los imaginarios y las formas en que las nuevas generaciones siguen vinculándose con estos espacios, incluso sin haber visto pasar el tren.

Próximamente estaremos compartiendo más noticias sobre este proceso y las distintas maneras en que estas historias, dibujos y recuerdos continuarán recorriendo los rieles de Finca 5.

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¿Qué obstaculiza la atención médica en los territorios indígenas? Una reflexión urgente desde Talamanca – Colectivo Antonio Saldaña

Desde los territorios indígenas Bribri y Cabécar de Talamanca seguimos observando con preocupación múltiples dificultades para acceder a una atención médica digna, oportuna y ajustada a la realidad de nuestras comunidades.

Las situaciones que viven muchas familias no son casos aislados. Son experiencias que se repiten y que revelan profundas limitaciones del sistema de salud cuando este intenta responder desde protocolos rígidos, sin considerar las condiciones sociales, geográficas, económicas y culturales propias de los territorios indígenas.

Adultos mayores, personas con padecimientos complejos y familias enteras enfrentan obstáculos para recibir tratamientos, medicamentos o seguimiento médico adecuado. En algunos casos, el personal de salud expresa tener voluntad de ayudar, pero señala que no cuenta con recursos suficientes, medicamentos específicos, camillas, transporte o posibilidades de actuar fuera de lo que permiten los protocolos institucionales.

La situación de doña Matilde Fernández, así como otros casos que viven cotidianamente las comunidades, deja preguntas urgentes:

  • ¿Por qué continúan existiendo barreras para recibir atención médica adecuada en los territorios indígenas?
  • ¿Cómo es posible que una persona deba desplazarse largas distancias para recibir un medicamento que no existe en su EBAIS?
  • ¿Por qué los protocolos parecen imponerse sobre las necesidades humanas y comunitarias?
  • ¿No deberían las instituciones adaptar sus mecanismos de atención a la realidad territorial de Talamanca?

Estas preocupaciones no surgen únicamente desde la experiencia comunitaria. También encuentran respaldo en el marco jurídico nacional e internacional que obliga al Estado costarricense a garantizar una atención diferenciada y culturalmente pertinente para los pueblos indígenas.

El Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ratificado por Costa Rica mediante la Ley N.º 7316, establece que los gobiernos deben garantizar a los pueblos indígenas servicios de salud adecuados o proporcionarles los medios que les permitan organizar y prestar dichos servicios bajo su propia responsabilidad y control.

Además, el artículo 25 de dicho convenio señala que los servicios de salud deben organizarse, en la medida de lo posible, a nivel comunitario y planearse y administrarse en cooperación con los pueblos interesados, tomando en cuenta sus condiciones económicas, geográficas, sociales y culturales.

Precisamente ahí surge una profunda preocupación e indignación para las comunidades indígenas de Talamanca. Porque si un Estado como el costarricense —que históricamente ha proyectado una imagen internacional de institucionalidad, cobertura social y compromiso con los derechos humanos— continúa teniendo tantas dificultades para hacer efectiva esa “medida de lo posible”, entonces es necesario preguntarse qué lugar ocupan realmente los territorios indígenas dentro de las prioridades nacionales.

¿Cómo puede seguir considerándose “difícil” adaptar servicios de salud a las realidades territoriales cuando existen obligaciones legales, tratados internacionales ratificados y décadas de experiencia institucional acumulada? ¿Por qué sigue pareciendo excepcional o inviable construir mecanismos de atención acordes con las condiciones culturales y geográficas de los pueblos indígenas, cuando precisamente eso es lo que establecen los compromisos internacionales asumidos por el país?

Las comunidades indígenas no están solicitando privilegios. Están exigiendo que se cumpla un derecho reconocido por la legislación nacional e internacional: recibir atención médica pertinente, accesible y humanamente adecuada a sus condiciones de vida.

La Constitución Política de Costa Rica también reconoce el derecho a la vida, la salud y la dignidad humana como principios fundamentales que deben orientar toda acción institucional. A esto se suma la obligación de las instituciones públicas de garantizar igualdad real en el acceso a servicios esenciales, especialmente para poblaciones históricamente excluidas.

Por ello, resulta necesario preguntarse si los actuales protocolos institucionales realmente responden a las condiciones del territorio indígena o si, por el contrario, terminan profundizando barreras de acceso y exclusión.

No se trata de señalar únicamente al personal médico o administrativo, que muchas veces también trabaja bajo limitaciones estructurales. Se trata de reconocer que existe un problema más profundo que requiere voluntad institucional, diálogo y soluciones construidas junto a las comunidades.

Por eso consideramos urgente abrir una mesa de diálogo territorial donde participen comunidades indígenas, personal de salud, autoridades de la CCSS e instituciones vinculadas, con el fin de identificar obstáculos reales y construir mecanismos de atención más humanos, pertinentes y accesibles.

La salud no puede depender únicamente de protocolos que desconocen la realidad de los territorios. La salud debe partir del respeto a la dignidad humana, del reconocimiento cultural y de la responsabilidad del Estado de garantizar atención para todas las personas.

Colectivo Antonio Saldaña

Talamanca, Costa Rica

13 de mayo del 2026

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.