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Hay trenes que no dejan de pasar: memorias y comunidad en Finca 5

Durante el fin de semana del 16 y 17 de mayo, Finca 5 vivió un proceso profundamente significativo de encuentro comunitario, memoria ferroviaria y construcción colectiva de futuros posibles alrededor del puente ferroviario, el vagón y los espacios públicos de la comunidad.

Las actividades realizadas permitieron abrir conversaciones sobre el presente de Finca 5, sus desafíos organizativos, sus posibilidades y los vínculos comunitarios que todavía sostienen la vida colectiva del territorio. Más que una jornada aislada, el encuentro se convirtió en un espacio para reconocerse, compartir preocupaciones, recuperar memorias y volver a imaginar colectivamente aquello que la comunidad todavía puede llegar a construir.

Pensar Finca 5 desde sus posibilidades

Uno de los principales ejes de trabajo del sábado fue preguntarnos colectivamente qué puede llegar a ser Finca 5 y cuáles sueños siguen abiertos para la comunidad. Las personas participantes identificaron múltiples potencialidades: fortalecer el desarrollo comunal, apoyar emprendimientos locales, promover cooperativas, generar turismo comunitario vinculado a la historia ferroviaria, crear espacios como un café-museo y seguir impulsando actividades recreativas, culturales y familiares.

Las conversaciones también permitieron reconocer el enorme valor simbólico y comunitario que tienen el puente ferroviario y el vagón como espacios capaces de articular memoria, organización y posibilidades económicas para la comunidad. Más allá de cada propuesta concreta, apareció una idea común: existe un deseo real de seguir construyendo comunidad y transformar espacios que durante mucho tiempo fueron vistos únicamente como infraestructura abandonada.

El puente y el vagón comienzan así a resignificarse no solo como huellas del pasado ferroviario, sino también como lugares vivos desde donde la comunidad puede encontrarse, dialogar y construir nuevas formas de apropiación colectiva del territorio.

Organización comunitaria: reconocer lo que ya existe

Las reflexiones compartidas también permitieron reconocer que en Finca 5 ya existe una base organizativa y afectiva sobre la cual continuar construyendo. Muchas veces los procesos comunitarios se piensan únicamente desde las carencias o dificultades, invisibilizando capacidades organizativas que siguen activas en el territorio.

Sin embargo, el propio proceso desarrollado durante el fin de semana mostró la existencia de una trama comunitaria viva, sostenida por personas, organizaciones y espacios que continúan apostando por el encuentro colectivo.

Fortalezas organizativas identificadas

  • -Personas que continúan convocando y sosteniendo procesos comunitarios.
  • -Participación activa de organizaciones locales.
  • -Presencia y articulación de la Escuela de Finca 5.
  • -Disposición comunitaria para dialogar y construir colectivamente.
  • -Voluntariado que sigue impulsando actividades.
  • -Recuperación y cuidado de espacios públicos.
  • -Interés por fortalecer emprendimientos comunitarios.
  • -Existencia de memorias compartidas que todavía generan sentido de pertenencia.
  • -Capacidad de articular generaciones distintas alrededor de la memoria ferroviaria.
  • -Potencial del puente y el vagón como espacios de encuentro comunitario.

Frases compartidas durante la jornada como “Yo quiero a mi Finca 5” o “Esta es una de las mejores plazas de aquí” reflejan un fuerte sentido de pertenencia que persiste incluso en medio de las dificultades y muestran que el vínculo afectivo con la comunidad continúa siendo una fuerza importante para sostener los procesos organizativos.

Los desafíos que atraviesan la organización comunitaria

Al mismo tiempo, las conversaciones también permitieron hablar honestamente sobre tensiones y dificultades que afectan la participación y el sostenimiento de los procesos colectivos.

Nombrar estos desafíos colectivamente resultó importante porque permitió reconocer cansancios, frustraciones y preocupaciones compartidas que muchas veces permanecen dispersas o invisibilizadas.

Desafíos identificados

  • -Poca participación comunitaria.
  • -Desgaste organizativo y sobrecarga de pocas personas.
  • -Disminución del voluntariado.
  • -Falta de oportunidades laborales.
  • -Necesidad de generar sostenibilidad económica.
  • -Falta de recursos para las organizaciones comunitarias.
  • -Sensación de indiferencia y conformismo.
  • -Desprestigio o desconfianza hacia procesos organizativos.
  • -Necesidad de fortalecer la comunicación comunitaria.
  • -Dificultades para construir confianza colectiva.

Frases como “Uno se agueva” o “Dan ganas de salir corriendo” expresaron emocionalmente parte del desgaste que enfrentan muchas personas que sostienen trabajo comunitario.

Sin embargo, las conversaciones también dejaron claro que la transformación de Finca 5 no depende únicamente de infraestructura o proyectos externos. También requiere fortalecer vínculos comunitarios, ampliar la participación, valorar los aportes existentes y construir mecanismos colectivos que permitan sostener los procesos en el tiempo.

El puente y el vagón como espacios vivos

Uno de los aprendizajes más importantes del encuentro es que el puente ferroviario y el vagón ya vienen funcionando como espacios vivos para la comunidad. Los talleres, recorridos, intercambios y actividades realizadas muestran que estos lugares continúan convocando encuentros, memorias y nuevas formas de participación colectiva.

Embellecer espacios, organizar actividades culturales, activar el vagón o recuperar el puente no son únicamente acciones estéticas o patrimoniales. También representan formas de fortalecer vínculos comunitarios y reconstruir sentidos de pertenencia alrededor del espacio público.

Más que ruinas del pasado, el puente y el vagón siguen siendo puntos desde donde Finca 5 conversa consigo misma, recuerda colectivamente e imagina posibilidades hacia adelante.

El encuentro con los exferrocarrileros

El domingo 17 de mayo se realizó además un encuentro con Ferrocarrileros de Costa Rica y la Amantes del tren Costa Rica con Javier Poveda y Roy Fonseca, generando un intercambio profundamente significativo entre memorias ferroviarias, comunidad y nuevas generaciones.

Escuchar a exmaquinistas y trabajadores ferroviarios hablar sobre el cuidado de la línea, el mantenimiento de los trenes y la vida cotidiana alrededor del ferrocarril permitió devolver humanidad a una historia que muchas veces se cuenta únicamente desde la nostalgia o la infraestructura.

La visita permitió reconocer que el patrimonio ferroviario no pertenece únicamente al pasado nacional, sino también a las memorias vivas de quienes trabajaron, cuidaron y construyeron esas rutas.

También permitió recordar algo fundamental: los puentes no solo conectaban trenes. Conectaban comunidades, encuentros y formas de vida compartida.

La perspectiva de la niñez: imaginar el tren sin haberlo visto

Uno de los momentos más conmovedores ocurrió cuando los exferrocarrileros conocieron los dibujos y cuentos realizados por los niños y niñas de la Escuela de Finca 5. Allí se produjo un encuentro entre generaciones que nunca coincidieron en el tiempo ferroviario, pero que continúan conectadas por la memoria del lugar.

Aunque gran parte de esta niñez nunca vio pasar el tren, el puente y el vagón siguen presentes en sus juegos, historias e imaginarios. Esto demuestra que la memoria no solo se transmite por experiencia directa, sino también a través de relatos comunitarios, espacios compartidos y vínculos afectivos con el territorio.

Los dibujos de la niñez permitieron además que los exferrocarrileros reconocieran cómo su trabajo y legado siguen vivos en la imaginación de nuevas generaciones.

Al mismo tiempo, mostraron cómo las nuevas generaciones se acercan al puente y al vagón desde otros lenguajes: el juego, el arte, la creatividad y la convivencia comunitaria.

Memoria y futuro: cuando recordar también ayuda a imaginar

El proceso vivido en Finca 5 también deja una reflexión importante: las memorias no solo sirven para mirar el pasado, sino también para imaginar futuros posibles.

Recordar el tren, el puente o las historias ferroviarias no significa querer regresar exactamente a otro tiempo. Más bien permite recuperar valores que siguen siendo importantes hoy: el encuentro entre comunidades, el sentido de pertenencia, la vida colectiva y la construcción compartida de territorio.

En ese sentido, las memorias funcionan como puentes entre generaciones. Los relatos de exferrocarrileros dialogan con los dibujos de la niñez; las historias del pasado se encuentran con los sueños comunitarios del presente.

La memoria aparece entonces no únicamente como recuerdo, sino también como una herramienta para fortalecer identidad comunitaria, organización colectiva y esperanza territorial.

Lo que sigue

Este proceso continúa avanzando como un tren comunitario construido entre muchas manos. Cada conversación, dibujo, recuerdo, propuesta y encuentro ayuda a mover nuevamente la memoria de Finca 5, pero también a abrir preguntas sobre el futuro que la comunidad quiere construir.

Como parte de este proceso, próximamente se realizará la pintada comunitaria de Finca 5, una intervención colectiva del vagón, la plaza y los espacios alrededor del puente ferroviario. Más que un ejercicio de embellecimiento, será una forma de seguir fortaleciendo vínculos, dejar huellas colectivas y traducir en colores muchas de las conversaciones, memorias y sueños compartidos durante estos encuentros.

Porque cuando una comunidad pinta junta, también imagina junta los paisajes que quiere construir hacia adelante.

Agradecemos profundamente a la Asociación de Desarrollo de Finca 5, el Comité de Seguridad Comunitaria de Finca 5, la Escuela de Finca 5, Amantes del tren Costa Rica y la Ferrocarrileros de Costa Rica por hacer posible este encuentro y seguir ayudando a que la memoria ferroviaria continúe recorriendo los rieles de la comunidad.

Galería
Nota aclaratoria

Como parte de este proceso comunitario, los dibujos y cuentos realizados por los niños y niñas de la Escuela de Finca 5 no quedarán únicamente como un momento aislado del encuentro. Actualmente nos encontramos trabajando en la construcción de un producto colectivo que permitirá compartir y visibilizar el trabajo, la creatividad y las miradas de esta niñez sobre el puente ferroviario, el vagón y la memoria de la comunidad.

La idea es que este material pueda convertirse también en una forma de resguardar las memorias, los imaginarios y las formas en que las nuevas generaciones siguen vinculándose con estos espacios, incluso sin haber visto pasar el tren.

Próximamente estaremos compartiendo más noticias sobre este proceso y las distintas maneras en que estas historias, dibujos y recuerdos continuarán recorriendo los rieles de Finca 5.

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¿Qué obstaculiza la atención médica en los territorios indígenas? Una reflexión urgente desde Talamanca – Colectivo Antonio Saldaña

Desde los territorios indígenas Bribri y Cabécar de Talamanca seguimos observando con preocupación múltiples dificultades para acceder a una atención médica digna, oportuna y ajustada a la realidad de nuestras comunidades.

Las situaciones que viven muchas familias no son casos aislados. Son experiencias que se repiten y que revelan profundas limitaciones del sistema de salud cuando este intenta responder desde protocolos rígidos, sin considerar las condiciones sociales, geográficas, económicas y culturales propias de los territorios indígenas.

Adultos mayores, personas con padecimientos complejos y familias enteras enfrentan obstáculos para recibir tratamientos, medicamentos o seguimiento médico adecuado. En algunos casos, el personal de salud expresa tener voluntad de ayudar, pero señala que no cuenta con recursos suficientes, medicamentos específicos, camillas, transporte o posibilidades de actuar fuera de lo que permiten los protocolos institucionales.

La situación de doña Matilde Fernández, así como otros casos que viven cotidianamente las comunidades, deja preguntas urgentes:

  • ¿Por qué continúan existiendo barreras para recibir atención médica adecuada en los territorios indígenas?
  • ¿Cómo es posible que una persona deba desplazarse largas distancias para recibir un medicamento que no existe en su EBAIS?
  • ¿Por qué los protocolos parecen imponerse sobre las necesidades humanas y comunitarias?
  • ¿No deberían las instituciones adaptar sus mecanismos de atención a la realidad territorial de Talamanca?

Estas preocupaciones no surgen únicamente desde la experiencia comunitaria. También encuentran respaldo en el marco jurídico nacional e internacional que obliga al Estado costarricense a garantizar una atención diferenciada y culturalmente pertinente para los pueblos indígenas.

El Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ratificado por Costa Rica mediante la Ley N.º 7316, establece que los gobiernos deben garantizar a los pueblos indígenas servicios de salud adecuados o proporcionarles los medios que les permitan organizar y prestar dichos servicios bajo su propia responsabilidad y control.

Además, el artículo 25 de dicho convenio señala que los servicios de salud deben organizarse, en la medida de lo posible, a nivel comunitario y planearse y administrarse en cooperación con los pueblos interesados, tomando en cuenta sus condiciones económicas, geográficas, sociales y culturales.

Precisamente ahí surge una profunda preocupación e indignación para las comunidades indígenas de Talamanca. Porque si un Estado como el costarricense —que históricamente ha proyectado una imagen internacional de institucionalidad, cobertura social y compromiso con los derechos humanos— continúa teniendo tantas dificultades para hacer efectiva esa “medida de lo posible”, entonces es necesario preguntarse qué lugar ocupan realmente los territorios indígenas dentro de las prioridades nacionales.

¿Cómo puede seguir considerándose “difícil” adaptar servicios de salud a las realidades territoriales cuando existen obligaciones legales, tratados internacionales ratificados y décadas de experiencia institucional acumulada? ¿Por qué sigue pareciendo excepcional o inviable construir mecanismos de atención acordes con las condiciones culturales y geográficas de los pueblos indígenas, cuando precisamente eso es lo que establecen los compromisos internacionales asumidos por el país?

Las comunidades indígenas no están solicitando privilegios. Están exigiendo que se cumpla un derecho reconocido por la legislación nacional e internacional: recibir atención médica pertinente, accesible y humanamente adecuada a sus condiciones de vida.

La Constitución Política de Costa Rica también reconoce el derecho a la vida, la salud y la dignidad humana como principios fundamentales que deben orientar toda acción institucional. A esto se suma la obligación de las instituciones públicas de garantizar igualdad real en el acceso a servicios esenciales, especialmente para poblaciones históricamente excluidas.

Por ello, resulta necesario preguntarse si los actuales protocolos institucionales realmente responden a las condiciones del territorio indígena o si, por el contrario, terminan profundizando barreras de acceso y exclusión.

No se trata de señalar únicamente al personal médico o administrativo, que muchas veces también trabaja bajo limitaciones estructurales. Se trata de reconocer que existe un problema más profundo que requiere voluntad institucional, diálogo y soluciones construidas junto a las comunidades.

Por eso consideramos urgente abrir una mesa de diálogo territorial donde participen comunidades indígenas, personal de salud, autoridades de la CCSS e instituciones vinculadas, con el fin de identificar obstáculos reales y construir mecanismos de atención más humanos, pertinentes y accesibles.

La salud no puede depender únicamente de protocolos que desconocen la realidad de los territorios. La salud debe partir del respeto a la dignidad humana, del reconocimiento cultural y de la responsabilidad del Estado de garantizar atención para todas las personas.

Colectivo Antonio Saldaña

Talamanca, Costa Rica

13 de mayo del 2026

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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El río como escuela colectiva: Limpiar, aprender, volver

La Primera Jornada Anual de Acción por los Ríos en los Potreros de Puax llegó a su cierre, pero lo que queda abierto es mucho más importante: los aprendizajes, las articulaciones y la certeza de que cuidar lo común no ocurre en un solo día. Lo que este proceso deja no es únicamente un espacio intervenido, sino también experiencias compartidas, vínculos fortalecidos y nuevas formas de comprender el territorio.

A veces se piensa que estas jornadas sirven únicamente para limpiar un espacio o responder a una necesidad inmediata. Sin embargo, procesos como el vivido en el río Agualote también funcionan como verdaderas escuelas colectivas. No en el sentido tradicional del aula, sino como espacios donde las personas aprenden haciendo, compartiendo y organizándose junto a otras.

En cada conversación, en cada decisión logística, en cada recorrido por el río y en cada bolsa recogida, se producen aprendizajes que difícilmente podrían surgir únicamente desde la teoría. Se aprende sobre el territorio, sobre los impactos de nuestras formas de consumo, sobre coordinación comunitaria y también sobre la importancia de sostener vínculos para cuidar lo común.

Los testimonios que recoge este proceso insisten en una idea importante: persistir, incluso cuando las acciones parecen pequeñas o insuficientes frente a problemas mucho más grandes. Porque limpiar un río también implica encontrarse, organizarse, aprender colectivamente y preguntarse cómo seguir sosteniendo el cuidado del territorio más allá de una jornada específica.

Reconocer estas experiencias como espacios formativos permite entender que no solo transforman el entorno: también transforman a quienes participan. Fortalecen sensibilidades, generan nuevas preguntas y construyen capacidades colectivas que pueden trasladarse a otros procesos y luchas territoriales. Más que actividades aisladas, estas jornadas pueden convertirse en semillas de continuidad, articulación y aprendizaje compartido.

Claves para potenciar esta dimensión pedagógica

• Generar espacios de conversación antes y después de las jornadas
• Compartir aprendizajes y experiencias entre participantes
• Integrar a personas de distintas edades y comunidades
• Relacionar la limpieza con reflexiones sobre memorias, formas y modos de consumo e impacto sobre el territorio
• Documentar procesos para que puedan replicarse en otros espacios
• Entender el voluntariado como formación colectiva y no solo como apoyo logístico
• Promover el encuentro comunitario como parte central del cuidado ambiental
• Convertir cada acción en una oportunidad para fortalecer organización y vínculos
• Reconocer el territorio como un espacio vivo de aprendizaje
• Sostener la continuidad de los procesos más allá de una sola jornada

Aprender para persistir

Uno de los mayores desafíos de este tipo de iniciativas es evitar que queden reducidas a momentos aislados. Ahí es donde la dimensión pedagógica se vuelve fundamental. Cuando las personas comprenden el sentido de lo que hacen, intercambian experiencias y construyen lecturas colectivas sobre el territorio, las acciones dejan de depender únicamente del entusiasmo momentáneo y comienzan a convertirse en procesos sostenidos.

Los procesos pedagógicos ayudan a construir persistencia porque fortalecen la conciencia, el vínculo comunitario y la capacidad de imaginar continuidad. Permiten que cada jornada deje algo más que resultados inmediatos: dejan memoria organizativa, aprendizajes compartidos y la sensación de que volver al río también es volver a la comunidad.

Cuidar los bienes comunes no se sostiene solamente desde la urgencia. Se sostiene cuando las personas encuentran espacios para aprender juntas, reconocerse mutuamente y construir razones colectivas para seguir volviendo.

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Conversar, recordar y pintar: memorias que vuelven a reunir a Finca 5

Compartimos este video como parte del proceso “Memorias en movimiento en Finca 5”, una experiencia comunitaria donde conversar, recordar, dibujar, pintar y compartir fotografías se ha convertido también en una forma de volver a encontrarse como comunidad.

Te invitamos a verlo y acompañar este proceso construido desde las voces, recuerdos y experiencias de la propia comunidad.

A veces la memoria comienza de formas muy simples.

Alguien llega con una fotografía guardada hace años. Otra persona empieza a recordar una anécdota mientras mira el puente.
Alguien toma un lápiz y dibuja algo que todavía permanece en su memoria. Otra persona habla de cómo cruzaba el puente en bicicleta, de las fondas o de las ventas de comida cuando el tren todavía pasaba por la comunidad.

Y poco a poco, casi sin darse cuenta, las personas empiezan a conversar.

Eso es lo que ha venido ocurriendo en el proceso “Memorias en movimiento en Finca 5”, una experiencia comunitaria donde el recuerdo no se trabaja únicamente desde la historia formal, sino desde el encuentro cotidiano entre personas que comparten memorias, emociones y experiencias sobre su territorio.

Pero conforme avanzaron los encuentros, algo comenzó a hacerse evidente: el centro del proceso no era solamente el puente, el tren o el vagón. El centro eran las personas volviendo a encontrarse.

La memoria como encuentro

Los talleres realizados en Finca 5 han estado llenos de acciones sencillas, pero profundamente significativas:

  • -buscar fotografías antiguas,
  • -ordenar recuerdos,
  • -dibujar, pintar,
  • -conversar, compartir historias,
  • -escuchar anécdotas,
  • -y reconstruir colectivamente escenas de la vida cotidiana.

En medio de todo eso, comenzó a fortalecerse algo que muchas personas participantes mencionan constantemente: el disfrute de volver a reunirse. Las historias fueron apareciendo entre risas, recuerdos cruzados y conversaciones espontáneas. Una fotografía abría una memoria. Un comentario hacía aparecer otra historia. Una anécdota despertaba nuevos recuerdos en quienes estaban alrededor.

La memoria empezó entonces a construirse colectivamente, no como algo fijo o terminado, sino como una conversación viva que sigue creciendo entre quienes participan.

Recordar también es imaginar y transformar

Uno de los aspectos más ricos del proceso ha sido descubrir que recordar no significa quedarse atrapados en el pasado.

Las actividades realizadas en Finca 5 han permitido que las personas imaginen, creen y transformen colectivamente nuevas maneras de mirar la comunidad.

El dibujo, la pintura y las intervenciones creativas han aparecido como formas de expresar aquello que a veces cuesta explicar solamente con palabras. A través de colores, trazos, fotografías y recuerdos compartidos, las personas han comenzado a pensar cómo representar la historia de Finca 5 desde sus propias experiencias.

Poco a poco, la memoria dejó de ser únicamente una mirada hacia atrás y comenzó a convertirse también en una posibilidad de transformación comunitaria.

Porque cuando las personas se reúnen a recordar, también empiezan a preguntarse:

  • -cómo quieren ver su comunidad,
  • -qué espacios desean cuidar,
  • -qué historias quieren mantener vivas,
  • -y qué futuro desean construir colectivamente.
El puente como punto de encuentro

Aunque gran parte del proceso gira alrededor del puente ferroviario y el antiguo vagón, las conversaciones han permitido descubrir que lo más importante no son únicamente las estructuras físicas.

Lo central son las relaciones humanas que se construyeron alrededor de ellas. El puente aparece constantemente en los relatos porque allí se cruzaban historias de vida:

  • -ventas de comida,
  • -caminatas,
  • -encuentros familiares,
  • -juegos,
  • -conversaciones,
  • -recorridos cotidianos,
  • -y formas de compartir la vida comunitaria.

Por eso, el puente terminó funcionando también como una excusa para volver a encontrarse entre vecinos y vecinas. No solamente para recordar cómo era Finca 5, sino para pensar juntos cómo quieren seguir habitándolo hoy.

La conversación cotidiana también produce comunidad

En muchos momentos del proceso apareció una idea que las personas repetían constantemente: lo bonito de reunirse a hablar.

Y aunque parezca algo sencillo, esas conversaciones tienen una enorme importancia comunitaria.

Porque en ellas circulan recuerdos, conocimientos, experiencias y maneras de comprender el territorio que muchas veces no aparecen en documentos ni en relatos oficiales. La conversación permite conectar generaciones, fortalecer vínculos y construir espacios donde las personas vuelven a reconocerse mutuamente.

Las historias sobre el tren, las fondas o las caminatas terminan siendo también historias sobre la comunidad misma: sobre cómo se relaciona, cómo comparte, cómo recuerda y cómo imagina nuevas posibilidades.

Una comunidad que vuelve a mirarse

El proceso “Memorias en movimiento en Finca 5” sigue avanzando desde ese espíritu: encontrarse, compartir y construir colectivamente.

Las personas participantes hablan de la importancia de activar los espacios comunes, embellecer la comunidad y seguir generando actividades que permitan fortalecer el vínculo entre vecinos y vecinas.

Pero quizás uno de los aprendizajes más importantes del proceso ha sido demostrar que la memoria no tiene que ser algo distante o solemne.

También puede ser una conversación compartida. Puede ser un dibujo. Puede ser una fotografía pasando de mano en mano. Puede ser pintura, color y creatividad. Puede ser una anécdota contada entre risas.

Porque a veces una comunidad empieza a transformarse simplemente cuando vuelve a sentarse junta a conversar, recordar y crear colectivamente.

Y en Finca 5, esa conversación sigue moviéndose.

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El puente que sigue contando historias: Finca 5 y la memoria que habita los lugares

En Finca 5, el puente ferroviario permanece atravesando el paisaje incluso cuando el tren dejó de pasar hace décadas. La estructura continúa suspendida sobre el río, oxidada por el tiempo y transformada por el uso cotidiano de la comunidad. Sin embargo, el proceso comunitario “Memorias en movimiento en Finca 5” ha permitido comprender que el puente nunca fue únicamente una infraestructura destinada al transporte ferroviario.

El puente fue, y sigue siendo, un espacio profundamente habitado.

Allí no solo circularon vagones cargados de banano rumbo a los muelles del Caribe. También circularon personas, historias, afectos, trabajos cotidianos, conversaciones, encuentros familiares y formas concretas de sostener la vida comunitaria. Lo que hoy permanece en la memoria de Finca 5 no es únicamente el recuerdo técnico del ferrocarril, sino la experiencia humana que se construyó alrededor de él.

A partir de talleres participativos, fotografías antiguas, relatos orales y ejercicios colectivos de reconstrucción de memoria, la comunidad comenzó a revisitar la historia del puente desde un lugar distinto: no desde los grandes relatos institucionales o las narrativas del progreso, sino desde las experiencias cotidianas de quienes caminaron, trabajaron y vivieron este territorio.

Y en ese ejercicio comenzó a emerger algo fundamental: el puente no solo conectaba territorios. También articulaba relaciones sociales, economías locales, afectos y sentidos de pertenencia.

Un puente que siguió vivo cuando el tren dejó de pasar

Durante las conversaciones comunitarias aparecieron recuerdos vinculados a la construcción del puente, la llegada del ferrocarril y el movimiento económico que generó en la zona. Se recordó el entusiasmo que produjo la inauguración de la obra y la expectativa que existía alrededor de las oportunidades laborales y comerciales que traería para Finca 5.

Pero conforme avanzaban los relatos, la memoria comenzó a desplazarse hacia otros lugares menos visibles y, quizás por eso mismo, más profundos.

Las personas empezaron a hablar no solo del tren, sino de todo aquello que ocurría alrededor de él:

  • -las caminatas para visitar familiares,
  • -las ventas de comida en canastos,
  • -las bicicletas cruzando cuidadosamente entre los durmientes,
  • -las fondas que alimentaban a trabajadores y viajeros,
  • -las conversaciones compartidas en el trayecto,
  • -las tardes observando el río desde el puente,
  • -y los recorridos cotidianos que terminaron formando parte de la vida comunitaria.

Lo que apareció con fuerza fue la dimensión humana del lugar.

El puente dejó entonces de entenderse únicamente como una estructura funcional y comenzó a reconocerse como un espacio atravesado por memorias afectivas, relaciones sociales y experiencias compartidas.

Incluso cuando el tren dejó de operar, el puente continuó siendo usado por la comunidad. La gente siguió cruzándolo, encontrándose y otorgándole nuevos significados. Esa permanencia cotidiana transformó el lugar: el puente dejó de pertenecer exclusivamente a la lógica ferroviaria y pasó a formar parte de la vida social del territorio.

El puente como sitio de memoria

Uno de los elementos más importantes que surgió durante el proceso fue la posibilidad de comprender el puente como un sitio de memoria.

Esta idea resulta fundamental porque desplaza la mirada tradicional sobre el patrimonio y sobre aquello que consideramos históricamente valioso. Un sitio de memoria no es solamente un monumento oficial ni un espacio reconocido institucionalmente. Es un lugar donde se condensan experiencias colectivas que continúan teniendo significado para quienes habitan un territorio.

Son espacios donde el pasado permanece activo.

Lugares donde todavía resuenan formas de vida, vínculos, trabajos, emociones y experiencias compartidas que ayudan a explicar cómo una comunidad ha construido su historia.

En Finca 5, el puente funciona como un sitio de memoria precisamente porque concentra múltiples dimensiones de la experiencia comunitaria:

  • -la memoria del trabajo bananero,
  • -la movilidad cotidiana,
  • -las pequeñas economías locales,
  • -las relaciones familiares,
  • -las prácticas de encuentro,
  • -y las formas de cuidado que permitieron sostener la vida colectiva.

La importancia de reconocer estos espacios radica en que permiten comprender la historia desde la experiencia concreta de las personas y no únicamente desde los relatos técnicos o institucionales. Muchas veces las narrativas oficiales hablan de la construcción de grandes obras, pero silencian las formas en que esas infraestructuras fueron vividas, apropiadas y resignificadas por las comunidades.

En ese sentido, la memoria local introduce una mirada distinta sobre el territorio.

No observa el puente únicamente como una obra de ingeniería. Lo reconoce como un espacio cargado de afectos, trayectorias y experiencias que todavía hoy organizan parte de la identidad comunitaria.

La memoria también se cocina y se comparte

Uno de los hallazgos más potentes del proceso fue descubrir hasta qué punto la comida forma parte esencial de la memoria colectiva.

Cuando las personas comenzaron a recordar el puente y el tren, rápidamente aparecieron también las fondas, las ventas improvisadas y los alimentos que acompañaban el movimiento cotidiano alrededor del ferrocarril:

  • -tortillas recién hechas,
  • -café caliente en botella,
  • -aguadulce,
  • -tamales,
  • -chorreadas,
  • -pescado con yuca,
  • -elotes con mantequilla,
  • -cajetas,
  • -pan y comidas tradicionales que sostenían las largas jornadas de trabajo y tránsito.

Estos recuerdos permitieron reconocer algo profundamente importante: la historia no se construye únicamente desde grandes acontecimientos o decisiones políticas. También se sostiene desde los trabajos cotidianos que muchas veces permanecen invisibilizados.

Las fondas no eran solamente espacios comerciales. Eran lugares de conversación, cercanía y encuentro comunitario. Allí circulaban noticias, preocupaciones, historias y vínculos que ayudaban a mantener cohesionada la vida social de la comunidad.

La memoria del puente, entonces, no solo permanece en la estructura física o en las fotografías antiguas. También sobrevive en los sabores, en las recetas y en las prácticas de cuidado que acompañaron la vida cotidiana de Finca 5.

Lo que permanece fuera de la imagen

En sesiones anteriores, la comunidad había comenzado a preguntarse por aquello que las fotografías no lograban mostrar. Esa pregunta abrió una dimensión clave dentro del proceso de memoria.

Porque toda fotografía también implica ausencias.

A partir de ahí comenzaron a emerger relatos relacionados con:

  • -las condiciones difíciles de vida,
  • -la falta de electricidad,
  • -el cansancio cotidiano,
  • -los riesgos asociados a la construcción,
  • -las personas que fallecieron durante el proceso,
  • -el trabajo invisible de muchas familias,
  • -y las emociones que acompañaban la experiencia comunitaria.

La conversación permitió comprender que muchas veces aquello que sostiene la vida colectiva no queda registrado en imágenes ni en documentos oficiales. Sin embargo, sigue presente en la memoria de quienes lo vivieron.

Por eso, recuperar la memoria desde la comunidad se vuelve también una forma de ampliar la historia y devolver visibilidad a experiencias que frecuentemente quedan fuera de los relatos dominantes.

Recordar para seguir construyendo comunidad

Uno de los aprendizajes más importantes de este proceso ha sido comprender que la memoria no funciona únicamente como un ejercicio de nostalgia.

Recordar también es una forma de comprender el presente y proyectar el futuro.

Volver sobre la historia del puente permite reconocer cómo la comunidad ha construido vínculos, formas de organización y sentidos de pertenencia a lo largo del tiempo. También permite preguntarse qué elementos siguen siendo importantes hoy y qué tipo de territorio desea construir Finca 5 hacia adelante.

La memoria comunitaria, en ese sentido, se convierte en una herramienta política y cultural para fortalecer la capacidad de las personas de narrarse desde su propia experiencia.

Porque aunque el tren dejara de pasar, la comunidad siguió cruzando.

Y en cada paso cotidiano, en cada conversación compartida y en cada recuerdo recuperado, el puente continúa demostrando que los territorios no solo se construyen con infraestructura, sino también con las relaciones humanas que les dan sentido.

Un boletín construido desde la memoria colectiva

Como parte de este proceso, las personas participantes elaboraron boletines comunitarios donde recuperaron historias, sabores, recuerdos y experiencias vinculadas al puente y la vida cotidiana en Finca 5.

Los materiales reúnen relatos sobre:

  • -las fondas,
  • -las ventas tradicionales,
  • -las caminatas sobre el puente,
  • -las visitas familiares,
  • -las memorias del tren,
  • -y la importancia de mantener viva la historia local para las futuras generaciones.

Más que un ejercicio de escritura, estos boletines representan una forma de fortalecer la memoria desde la propia comunidad y afirmar el derecho de las personas a narrar su territorio desde sus propias voces y experiencias.

Te invitamos a descargar y compartir el boletín comunitario elaborado colectivamente durante el proceso “Memorias en movimiento en Finca 5”.

Para profundizar sobre sitios de memoria:

Wrobel, Ivan. (2022)Sitios y paisajes de la memoria. Elementos teóricos para pensar la construcción del caso del Parque de la Memoria – Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado (1997-2021). (2022). Punto Sur, 7. https://doi.org/10.34096/ps.n7.11279

Wrobel, Ivan. (2025). Pierre Nora y los lugares de la memoria. Una revisión del concepto a partir de la experiencia de un sitio de memoria en la Argentina. Páginas. Revista Digital de la Escuela de Historia, 17(43). https://doi.org/10.35305/rp.v17i43.927

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Un rótulo no es solo un rótulo: señales de cuidado en la cuenca del río Agualote

El pasado 4 de mayo, en las inmediaciones del río Agualote, en Grecia, distintas organizaciones, instituciones públicas, empresa privada y comunidad se encontraron para colocar un rótulo. A simple vista, podría parecer un gesto menor: otro objeto más en el paisaje. Sin embargo, detenerse en su sentido revela algo distinto.

Porque la pregunta insistía en el aire —¿por qué un rótulo más?— y la respuesta no fue única, pero sí compartida: este no es un rótulo más.

Este rótulo condensa un proceso. Es el resultado de años de trabajo comunitario, de investigación universitaria, de articulación entre actores diversos que han decidido no mirar hacia otro lado frente al deterioro de la microcuenca del río Agualote. Es, también, una forma de traducir conocimiento científico —sobre calidad del agua, biodiversidad, impactos de las actividades humanas— en un lenguaje accesible, situado en el mismo territorio donde ese conocimiento cobra sentido.

Pero ese gesto concreto —instalar un rótulo— abre preguntas más amplias sobre cómo se construye el cuidado y, particularmente, cómo se aprende a cuidar.

La educación ambiental no es una sola: una matriz de prácticas en movimiento

La colocación del rótulo en el río Agualote permite recordar algo clave: la educación ambiental no ocurre de una única forma, ni se limita al aula o a campañas formales. Es un campo diverso de prácticas que se entrelazan en el territorio, combinando conocimiento, experiencia, sensibilidad y acción colectiva.

En este sentido, el rótulo no aparece como un elemento aislado, sino como parte de una ecología de aprendizajes. Para comprenderlo mejor, se puede ubicar dentro de una matriz más amplia de formas de educación ambiental:

Modos de educación ambiental¿Dónde ocurre?¿Cómo se activa?Aporte principalRelación con el rótulo
Educación formalAulas, universidadesProgramas, cursos, investigaciónProducción sistemática de conocimientoEl rótulo traduce y territorializa estos contenidos científicos
Educación comunitariaBarrios, organizaciones localesProcesos colectivos, memoria, participaciónConstrucción de conciencia situada y compromisoEl rótulo visibiliza luchas y procesos comunitarios en curso
Educación vivencialRíos, montañas, recorridosExperiencia directa con la naturalezaGenera vínculo afectivo y sentido de pertenenciaEl rótulo invita a detenerse, mirar y reconocer el río como experiencia viva
Educación comunicativaMedios, redes, campañasDifusión de información, narrativasAmplía alcance y sensibilizaciónEl rótulo es un medio físico que interrumpe la rutina y comunica en el territorio
Educación para la acciónJornadas, voluntariado, incidenciaLimpiezas, monitoreo, organizaciónPromueve corresponsabilidad y acción concretaEl rótulo es resultado de esa acción y a la vez la convoca
Educación desde la ciencia ciudadanaComunidades + conocimiento técnicoObservación, monitoreo participativoDemocratiza el conocimiento científicoEl rótulo traduce indicadores (como biodiversidad) para que la gente los apropie
Educación simbólicaEspacio público, culturaSignos, imágenes, intervencionesConstruye sentidos y disputas culturalesEl rótulo actúa como símbolo de cuidado y articulación social

 

Clave de lectura: El rótulo no reemplaza otras formas de educación ambiental, sino que las articula. Funciona como un punto de encuentro entre saberes, prácticas y actores diversos. Es, al mismo tiempo, resultado de procesos educativos previos y dispositivo que activa nuevos aprendizajes.

Volviendo al gesto inicial, en un contexto donde la información suele circular de forma fragmentada, digital y efímera, colocar un rótulo es también una decisión política: anclar el conocimiento en el espacio, hacerlo visible, interpelar a quienes pasan. Es interrumpir la velocidad cotidiana para recordar que ahí, debajo del puente, hay un río. Un río que vive, que sostiene biodiversidad, pero que también “está en problemas” y requiere cuidado.

El rótulo, entonces, no solo informa: convoca.

Convoca a reconocer que los ríos son bienes comunes. Que su deterioro no es un accidente aislado, sino el resultado de prácticas sociales —vertidos, residuos, urbanización— que nos involucran a todas las personas. Y que, del mismo modo, su recuperación tampoco puede recaer en una sola institución. Requiere de acción colectiva, de corresponsabilidad, de articulación.

Por eso, el rótulo también es símbolo.

Es símbolo de una alianza poco frecuente pero necesaria: universidad, comunidad, sector privado y organizaciones locales trabajando juntas. Es memoria de un esfuerzo compartido —desde quien investiga hasta quien cava el hueco para colocarlo— y evidencia de que el cuidado no es un discurso abstracto, sino una práctica concreta, situada y sostenida en el tiempo.

Incluso en su aparente contradicción —ser parte de la “contaminación visual” que muchas veces criticamos— el rótulo abre una pregunta clave: ¿qué tipo de intervenciones en el espacio público son necesarias hoy para disputar la indiferencia?

Aquí, la respuesta es clara: aquellas que informan, que sensibilizan, que invitan a actuar.

El rótulo del río Agualote no busca decorar. Busca incomodar, alertar, conectar. Busca que quien lo vea entienda que ese río no es ajeno, que su estado refleja nuestras decisiones y que todavía estamos a tiempo.

Porque cuidar una cuenca no empieza en grandes políticas, sino en pequeños gestos que construyen conciencia.

Y a veces, el cuidado también se escribe en un rótulo.

Estar: el valor de lo colectivo en lo cotidiano

Hay algo que no siempre queda registrado en los informes ni en los resultados visibles, pero que sostiene procesos como este: la presencia.

El día de la colocación del rótulo no fue solo una acción técnica. Fue un espacio habitado. Personas que llegaron, aunque fuera por unos minutos, se encontraron, conversaron, se reconocieron. Algunas cavaron, otras sostuvieron el rótulo, otras dieron opiniones, otras estuvieron pendientes de que el proceso avanzara bien. Hubo quienes cuidaron que nadie se lastimara, quienes observaron con atención el entorno, incluso quienes se detuvieron a proteger la vida que ya estaba ahí, como esa iguana que también forma parte del río.

Ese conjunto de gestos, aparentemente pequeños, es fundamental.

Porque los bienes comunes no se sostienen únicamente con grandes políticas o proyectos de largo plazo. Se sostienen también en estas prácticas cotidianas de cuidado: en estar, en acompañar, en prestar atención, en hacerse cargo, aunque sea por un momento.

Participar en estos espacios colaborativos no exige siempre grandes compromisos individuales. A veces basta con llegar, mirar, ayudar en lo que se pueda. Pero ese “poco” suma. Construye confianza, teje relaciones, fortalece la posibilidad de actuar colectivamente.

Además, estos espacios permiten algo que no siempre ocurre en otros ámbitos: encontrarnos desde distintos lugares —instituciones, comunidades, profesiones— y reconocernos como parte de un mismo problema, pero también de una misma posibilidad de solución.

Estar ahí, entonces, no es secundario. Es parte del proceso.

Porque en el cuidado de una cuenca, como en el cuidado de la vida en común, no solo importa lo que se hace, sino quiénes están, cómo se encuentran y qué vínculos se construyen en el camino.

Y a veces, transformar una realidad comienza simplemente por eso: por hacerse presente.

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Finca 5: un pueblo que recuerda, resiste y sueña

En Finca 5, en Sarapiquí, la memoria no es algo que se guarda: es algo que se conversa. Se cuenta entre risas, en confianza, en eso que llaman “chisme”, pero que en realidad es una forma profunda de reconstruir historia y tejer comunidad.

Esta conversación que acompaña esta publicación nos acerca a esas voces de Paul Cruz, Denia Fernández y Virginia Cabalceta. Voces que no solo recuerdan el paso del tren o la importancia del puente ferroviario —ese que marcó una época—, sino que también hablan con claridad sobre el presente: sobre lo que duele, lo que falta y lo que aún se sueña.

Porque Finca 5 no es un recuerdo congelado.

Hoy, quienes viven ahí nombran un problema que atraviesa la vida cotidiana: el abandono. Carreteras en mal estado, ausencia de transporte público, dificultades para movilizarse o sacar productos. En una tierra fértil, donde “se siembra de todo”, como dicen sus habitantes, resulta contradictorio que muchas cosechas se pierdan por no tener cómo llevarlas al mercado.

La falta de trabajo es otra de las preocupaciones que más pesa. Sobre todo para las personas jóvenes. Sin oportunidades en la comunidad, muchas se ven obligadas a irse: a San José, a otras zonas, lejos de sus familias. No es solo una cuestión económica, es una fractura en la vida comunitaria.

Y sin embargo, lo que emerge de estas voces no es resignación.

Hay propuestas. Hay ideas. Hay ganas.

Se habla de crear espacios productivos locales, de impulsar un parque industrial, de aprovechar lo que ya existe: banano, plátano, pejibaye, cítricos, palmito. Se piensa en generar empleo sin tener que abandonar el territorio. Se imagina un futuro donde la juventud pueda quedarse, trabajar y vivir dignamente en su propio pueblo.

También aparece con fuerza la organización comunitaria. La Asociación de Desarrollo, los vecinos y vecinas, el deseo de trabajar en conjunto. Hay claridad en algo: el cambio no vendrá solo, pero tampoco puede hacerse sin apoyo. Se necesita que el Estado mire hacia estos territorios que, por mucho tiempo, han quedado al margen.

Pero Finca 5 no es solo denuncia. Es también un lugar que se quiere.

Con quienes conversamos describen un espacio lleno de vida: un clima generoso, una tierra agradecida, atardeceres que se disfrutan desde el puente, encuentros que se hacen alrededor de la comida, del río, de la conversación.

Y por eso, la invitación final no es menor. Es una invitación a llegar. A conocer. A compartir.

A no mirar Finca 5 solo como un lugar con problemas, sino como una comunidad que se organiza y que sigue creyendo en la posibilidad de estar mejor.

Escuchar este audio es acercarse a esa realidad.

Pero también es una oportunidad para preguntarnos: ¿qué hace falta para que territorios como este puedan vivir con dignidad?

Claves para escuchar Finca 5

Para acompañar el audio, compartimos algunas ideas que atraviesan las voces de la comunidad y que pueden servir como guía para su escucha:

  • Memoria viva del territorio: Finca 5 se reconoce desde su historia, especialmente vinculada al puente ferroviario, pero sin quedarse atrapada en el pasado.
  • El “chisme” como tejido comunitario: la conversación cotidiana aparece como una herramienta para generar confianza, reconstruir memoria y fortalecer vínculos.
  • Amor y pertenencia: hay un vínculo afectivo profundo con el territorio, que se expresa en el deseo de verlo “bien” y digno.
  • Abandono institucional: carreteras en mal estado, falta de transporte público y escasa presencia estatal marcan la vida cotidiana.
  • Potencial productivo desaprovechado: pese a la riqueza agrícola (banano, plátano, pejibaye, palmito), existen dificultades para comercializar.
  • Falta de empleo local: especialmente crítica para jóvenes, quienes enfrentan pocas oportunidades en la comunidad.
  • Migración: muchas personas deben irse a otras regiones para trabajar, lo que fragmenta la vida familiar y comunitaria.
  • Propuestas desde el territorio: surgen ideas como crear un parque industrial o impulsar iniciativas productivas locales.
  • Organización comunitaria activa: la Asociación de Desarrollo y el trabajo de vecinos y vecinas aparecen como pilares para el cambio.
  • Necesidad de apoyo externo: se reconoce que sin inversión pública y acompañamiento estatal, los esfuerzos locales son limitados.
  • Un territorio que también es vida: más allá de los problemas, Finca 5 es descrita como un lugar bello, diverso y acogedor.
  • Invitación abierta: la comunidad extiende una invitación a visitar, conocer y compartir, como forma de reconocer su riqueza.

Estas claves no sustituyen el audio: lo abren.

Escuchar a Finca 5 es también dejarse interpelar por esa búsqueda de la vida digna.

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Lo que el tren no cuenta: el puente que la comunidad hizo suyo – Finca 5. Río Frío, Sarapiquí.

En Finca 5, el puente ferroviario dejó de ser solo una estructura para el paso del tren. Con el tiempo —y tras décadas sin uso ferroviario— se convirtió en otra cosa: un camino, un lugar de encuentro, un espacio vivido.

Este video recoge voces de la comunidad que reconstruyen la memoria del puente más allá de su función original. Aquí, el puente no se entiende desde los rieles, sino desde los pasos: de quienes lo cruzaron a pie, de quienes vendían alimentos en canastos, de quienes encontraron en él una forma de acercarse a la otra orilla y también a otras personas.

Las historias que emergen hablan de trabajo, de fondas que alimentaron a quienes construyeron la obra, de una economía cotidiana que se movía entre ida y vuelta, pero también de afectos, de juegos, de recorridos compartidos y de una vida comunitaria tejida en el tránsito diario.

Este ejercicio de memoria colectiva nos recuerda que la historia no está solo en las grandes infraestructuras, sino en las experiencias que las personas construyen alrededor de ellas. Porque cuando el tren dejó de pasar, la comunidad siguió cruzando… y el puente encontró nuevos sentidos.

Lo que el tren no cuenta es justamente eso: la historia que vive en la gente, la memoria que no siempre queda registrada, pero que sigue sosteniendo la vida en común.

La memoria que revela lo que no siempre se ve

Volver sobre la historia del puente desde la memoria local permite descubrir algo que no aparece a primera vista: que los territorios no se explican únicamente por sus infraestructuras ni por las funciones para las que fueron diseñados. El puente, pensado para el paso del tren, terminó siendo habitado, recorrido y resignificado por la comunidad hasta convertirse en un espacio de encuentro, trabajo y vida cotidiana.

Este proceso de reconstrucción colectiva hace visible lo que muchas veces queda fuera de los relatos oficiales: las relaciones, los afectos, las economías pequeñas, los esfuerzos compartidos y las formas concretas en que las personas sostienen la vida. Mirar el puente desde estas experiencias no solo amplía su significado, sino que cuestiona la idea de que el desarrollo se mide únicamente en términos de grandes obras o conectividad técnica.

La memoria local, en ese sentido, no es solo un ejercicio de recuerdo, sino una herramienta para comprender el presente y proyectar el futuro desde otros lugares. Permite reconocer que, incluso cuando una infraestructura deja de cumplir su función original, puede seguir siendo central en la vida de una comunidad, precisamente por los vínculos que allí se han tejido.

Poner en valor estas memorias es también afirmar el derecho de las comunidades a nombrar su historia desde su propia experiencia. Porque, como muestra el caso del puente en Finca 5, hay sentidos que no están en los planos ni en los rieles, sino en los pasos de quienes lo han hecho suyo día a día.

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Lo que queda después de limpiar: preguntas desde Grecia

En Grecia, Alajuela, más de 140 personas se reunieron para recoger residuos en espacios que, aunque son de todas y todos, suelen quedar atrapados en el abandono. En esta ocasión, la jornada se concentró en el río Agualote, un cuerpo de agua que, como muchos otros, carga con los efectos de prácticas que lo desbordan. La escena podría leerse como una jornada más de limpieza. Sin embargo, lo que revela —y lo que profundiza este episodio de Sentires y Saberes— va mucho más allá de la acción inmediata.

🎧 Escuchá el audio completo aquí

Hay algo profundamente revelador en ver a personas dedicando su tiempo a recoger desechos que no produjeron. Esa imagen, lejos de ser anecdótica, apunta a una realidad más amplia: la basura no es un hecho aislado, sino la expresión visible de formas de producción y consumo que trasladan sus impactos hacia lo común. Lo que se limpia en unas horas —en este caso, a lo largo del río Agualote— es apenas la superficie de una cadena más extensa, donde las responsabilidades no siempre están distribuidas de forma equitativa.

Al mismo tiempo, la experiencia deja ver que estas acciones no ocurren de manera espontánea. Detrás de cada jornada hay semanas de organización: coordinar voluntariado, gestionar recursos, asegurar condiciones básicas para que el trabajo sea posible. Ese esfuerzo, muchas veces invisible, es el que sostiene lo colectivo. Y ahí aparece una señal importante: la alta participación no es casual. Existe disposición social, ganas de involucrarse, de hacer algo frente a problemas que afectan el entorno cotidiano. El desafío, entonces, no es solo convocar, sino sostener esa energía en el tiempo y convertirla en procesos más continuos.

Sin embargo, incluso cuando se logran retirar grandes cantidades de residuos, queda una certeza difícil de ignorar: el problema no termina ahí. La basura sigue llegando porque responde a dinámicas más amplias, vinculadas a cómo se produce, se consume y se desecha. Por eso, pensar en el cuidado de los bienes comunes también implica ampliar la conversación sobre quiénes se benefician del uso del territorio y quiénes asumen sus costos.

En este proceso, las acciones no se limitan a limpiar. También se proyectan hacia la reforestación y la arborización, recordando que intervenir el entorno no es solo actuar, sino decidir cómo hacerlo. Cada elección —qué sembrar, dónde, con qué criterios— tiene efectos, y cuidar lo común también implica asumir esa dimensión.

Lo que queda, al final, es una tensión que atraviesa toda la experiencia: la satisfacción por lo logrado y la conciencia de que aún es insuficiente. Lejos de paralizar, esa tensión abre un camino posible. Porque en acciones concretas, organizadas y colectivas como esta, no solo se limpia un espacio: también se disputan, poco a poco, otras formas de habitar y cuidar lo que es de todas y todos.

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La constancia que transforma: aprendizajes desde el cierre de las jornadas de limpieza de ríos

El pasado 25 de abril, el río Agualote fue escenario del cierre de un ciclo de trabajo colectivo. Esta jornada de limpieza no fue un evento aislado, sino el punto de llegada de un proceso más amplio que incluyó varias actividades previas —entre ellas observación de biodiversidad, acciones comunitarias y otras jornadas de recolección— que, en conjunto, fueron tejiendo una experiencia sostenida en el tiempo.

Más que un cierre, este momento permite mirar en perspectiva lo construido: aprendizajes, vínculos, desafíos y una certeza compartida: el cuido socioambiental no ocurre de una vez, se construye desde la constancia, desde la persistencia de quienes deciden involucrarse y sostener.

La jornada reunió a diversas organizaciones, instituciones, empresas y personas voluntarias, entre ellas el Observatorio del Río Agualote, FUNDEMA, Helados Sensación, CoopeVictoria, la Cruz Roja, la empresa Panduit, estudiantes de la Universidad de Costa Rica (Práctica Profesional y TCU), el Observatorio del Agua del río Trojas, así como otros actores comunitarios que continúan articulando esfuerzos en el territorio.

Este proceso ha dejado claro que las limpiezas de ríos son mucho más que acciones puntuales. Cada jornada implica semanas de organización, coordinación y articulación. El trabajo visible —la recolección de residuos— es solo una parte de un esfuerzo mayor que incluye construir confianza, gestionar recursos, convocar voluntades y leer el territorio.

Los resultados son tangibles: toneladas de residuos retirados, mayor participación comunitaria, procesos de sensibilización en marcha. Pero también se evidencian los retos: focos persistentes de contaminación, vacíos en la gestión de residuos y la necesidad de fortalecer la corresponsabilidad entre actores.

Además del trabajo en campo, estas jornadas integraron procesos de sensibilización comunitaria. A través de microcharlas casa por casa, se recogieron voces, inquietudes y necesidades que permiten comprender mejor la problemática. Limpiar, en este sentido, también ha sido escuchar.

La participación de jóvenes y organizaciones ha sido clave para sostener este proceso, mostrando que la construcción de lo común también es una apuesta generacional.

Lo que no se ve: el trabajo detrás de una jornada

A simple vista, una jornada de limpieza puede parecer un grupo de personas que decidió dedicar un sábado a recoger residuos. Sin embargo, lo que ocurre ese día es solo la parte visible de un proceso mucho más amplio.

Cada jornada implica semanas —e incluso meses— de organización: coordinación entre actores, gestión de recursos, convocatoria de voluntariado, articulación con instituciones, planificación logística y definición de rutas de trabajo. Garantizar condiciones adecuadas para la participación de decenas o incluso más de cien personas requiere un esfuerzo sostenido que pocas veces se reconoce.

Este trabajo también construye confianza y credibilidad, permitiendo que más actores se sumen y que los recursos se canalicen de forma transparente hacia el objetivo común.

Lo que dicen las comunidades

El componente de sensibilización impulsado por el TCU de Cambio Climático de la Universidad Técnica Nacional, desarrollado durante estas jornadas permitió abrir un espacio fundamental: escuchar. A través de visitas casa por casa y microcharlas sobre manejo de residuos, no solo se compartió información, sino que se recogieron experiencias, preocupaciones y necesidades concretas de las comunidades.

Uno de los hallazgos más claros es que persisten importantes vacíos en torno a la clasificación y gestión de residuos. En muchos hogares no se cuenta con información suficiente sobre cómo separar adecuadamente, qué materiales pueden valorizarse o cuáles son las rutas correctas para su disposición. Incluso en aquellos casos donde ya existe una práctica de separación, se identifican dudas que limitan su efectividad.

Pero más allá de la información, las conversaciones evidenciaron algo más profundo: las condiciones. Muchas personas expresaron que, aunque existe disposición para mejorar sus prácticas, no siempre cuentan con las facilidades necesarias. Esto incluye desde limitaciones en los sistemas de recolección hasta la ausencia de acompañamiento continuo por parte de instituciones públicas y gobiernos locales.

Otro elemento clave fue reconocer que la participación no es homogénea. No todas las personas pueden sumarse a las jornadas de limpieza por razones físicas, de tiempo o de cuidado, pero eso no implica desinterés. Las microcharlas permitieron llegar a esos hogares, incorporarlos en el proceso y reconocer que el cuidado del río también se construye desde otras formas de participación.

En este sentido, el aprendizaje es claro: el problema de la contaminación no puede reducirse a decisiones individuales. Requiere comprender las realidades locales, atender las condiciones estructurales y construir respuestas que surjan del diálogo con las comunidades.

La pedagogía de la constancia

Uno de los aprendizajes más profundos que deja este proceso es que el cuidado no es un acto puntual, sino una práctica que se sostiene en el tiempo. Las jornadas de limpieza del río Agualote muestran que transformar implica volver: regresar al mismo lugar, enfrentar los mismos desafíos y, aun así, continuar.

Esta repetición no debe leerse como un fracaso, sino como parte esencial del aprendizaje. Cada jornada acumula experiencia, permite afinar la organización, fortalece vínculos y amplía la conciencia sobre la problemática. Es en esa acumulación donde empiezan a hacerse visibles los cambios.

La limpieza de ríos enseña que las transformaciones socioambientales no son inmediatas ni lineales. Hay avances, retrocesos, momentos de mayor participación y otros de menor impulso. Sin embargo, es precisamente en esa continuidad donde se construye la posibilidad de cambio.

Además, esta constancia tiene una dimensión pedagógica profunda: forma en la paciencia, en el compromiso y en la responsabilidad compartida. Enseña que el cuidado de lo común no depende de acciones extraordinarias, sino de la capacidad de sostener prácticas en el tiempo.

Cada jornada, entonces, no solo limpia el río, sino que educa. Educa en el hacer, en el encontrarse con otras personas, en reconocer la magnitud del problema sin paralizarse, y en comprender que el cambio se construye paso a paso.

Características de una pedagogía de la constancia

A partir de este proceso, es posible identificar algunas características que definen esta pedagogía que se va construyendo desde la práctica:

En primer lugar, la construcción de tejido social. La reiteración de las jornadas permite que las personas pasen de coincidir a reconocerse. Se generan vínculos, se fortalecen confianzas y se consolidan redes que sostienen el proceso más allá de cada actividad puntual. La constancia convierte la participación en comunidad.

En segundo lugar, el vínculo con el territorio. Volver al río no es solo regresar a un lugar físico, es profundizar en su conocimiento. Las personas empiezan a identificar sus dinámicas, sus problemáticas y también su valor. Este acompañamiento sostenido construye sentido de pertenencia y compromiso: el río deja de ser un espacio externo y se reconoce como parte de lo común.

Otra característica clave es la solidaridad que emerge del trabajo compartido. Las jornadas generan encuentros donde el esfuerzo colectivo adquiere valor. Se comparten tareas, se distribuyen responsabilidades y se construye una ética de colaboración que trasciende la actividad misma.

También destaca su dimensión formativa. No se trata de un aprendizaje abstracto, sino situado y práctico. Se aprende organizando, coordinando, dialogando con comunidades, resolviendo imprevistos. Es un aprendizaje que fortalece capacidades individuales y colectivas, y que difícilmente se logra en espacios desconectados de la realidad.

Finalmente, esta pedagogía enseña a habitar la complejidad. No ofrece soluciones rápidas ni resultados definitivos, pero sí herramientas para sostener procesos. Forma en una ética del compromiso: seguir, incluso cuando los cambios son lentos; insistir, incluso cuando los problemas persisten.

Así, la constancia no solo transforma el entorno, sino también a quienes participan en su cuidado.

No es el cierre, es el comienzo

Aunque la jornada del 25 de abril marca el cierre de este ciclo de actividades, sería un error entenderla como un punto final. Más bien, representa un momento de pausa que permite mirar lo recorrido y proyectar lo que sigue.

Lo que estas jornadas dejan no es solo un río más limpio, sino una acumulación de aprendizajes: sobre organización, sobre articulación entre actores, sobre las realidades de las comunidades y sobre la magnitud del desafío que implica el cuidado de lo común.

También dejan preguntas abiertas. ¿Cómo sostener estos procesos en el tiempo? ¿Cómo fortalecer la articulación entre comunidades, instituciones y sector privado? ¿Cómo traducir los aprendizajes en políticas y acciones más estructurales? ¿Cómo ampliar la participación y diversificar las formas de involucramiento?

Este cierre, entonces, es en realidad una apertura. Una invitación a no perder lo construido, a seguir tejiendo redes y a profundizar en los procesos iniciados.

El río Agualote recuerda que el cuidado de los bienes comunes no tiene un punto de llegada definitivo. Es un proceso continuo, que requiere presencia, compromiso y voluntad colectiva.

En ese sentido, el verdadero riesgo no está en que una jornada termine, sino en que los aprendizajes no se sostengan. Por el contrario, el desafío es claro: hacer de esta experiencia un punto de partida para seguir construyendo, desde la constancia, las transformaciones que necesitamos.

Para profundizar la práctica:

La siguiente matriz recoge, de forma sintética, algunos de los principales aprendizajes construidos a lo largo de las jornadas desarrolladas. No se trata de conclusiones cerradas, sino de pistas que emergen de las prácticas, las conversaciones y los encuentros sostenidos entre quienes participaron en este proceso.

Estos aprendizajes no nacen únicamente de la acción de limpiar, sino del conjunto de experiencias compartidas: la organización previa, el trabajo en campo, el diálogo con las comunidades, la articulación entre actores y la reflexión colectiva que se fue tejiendo en el camino.

En este sentido, la matriz busca ser una herramienta para mirar lo vivido, ordenar ideas y, sobre todo, abrir nuevas preguntas. Porque si algo dejan estas jornadas es la certeza de que el cuidado de lo común se aprende haciéndolo, pensándolo y sosteniéndolo en colectivo.

Sostener para transformar: aprendizajes desde el cuidado de lo común
Dimensión¿Qué se observa en las jornadas?¿Qué aprendizaje deja?Preguntas para profundizarProyecciones / acciones
Constancia en la acciónJornadas repetidas en el tiempo, regreso al mismo ríoEl cambio requiere continuidad, no acciones aisladas¿Qué pasa si dejamos de volver? ¿Qué sostiene la continuidad?Diseñar calendarios sostenidos de acción comunitaria
Organización y articulaciónCoordinación entre organizaciones, instituciones y empresasTransformar implica tejer alianzas y sostener procesos colectivos¿Quiénes faltan en la articulación? ¿Cómo ampliar la red?Fortalecer alianzas y sumar nuevos actores
Trabajo invisiblePlanificación previa, gestión de recursos, logísticaEl impacto visible depende de un esfuerzo previo poco reconocido¿Cómo visibilizar y valorar este trabajo?Documentar procesos y distribuir responsabilidades
Escucha comunitariaMicrocharlas, visitas casa por casa, diálogo con comunidadesLas soluciones requieren escuchar necesidades y contextos reales¿Qué nos están diciendo las comunidades que aún no atendemos?Incorporar sistemáticamente la voz comunitaria en las acciones
Condiciones estructuralesDificultades en manejo de residuos, falta de información o serviciosEl problema no es solo individual, también es estructural¿Qué condiciones limitan el cambio? ¿Quién debe responder?Incidir en políticas locales y mejorar sistemas de gestión
Tejido socialEncuentro constante entre personas diversasLa repetición construye confianza, vínculo y comunidad¿Cómo sostener estos vínculos más allá de las jornadas?Crear espacios permanentes de encuentro y organización
Vínculo con el territorioReconocimiento progresivo del río y sus dinámicasEl cuidado nace del sentido de pertenencia¿Cómo cambia nuestra relación con el río al volver?Promover actividades que fortalezcan el arraigo territorial
Memoria localRelatos, historias y experiencias compartidas sobre el río y la comunidadLa memoria permite comprender el pasado del territorio y proyectar su cuidado¿Qué historias del río estamos recuperando? ¿Cuáles se están perdiendo?Incorporar espacios de memoria, registro y diálogo intergeneracional
Monitoreo comunitarioObservación constante del estado del río, identificación de focos de contaminaciónEl cuidado implica seguimiento, no solo intervención puntual¿Qué cambios estamos logrando observar en el tiempo? ¿Cómo registrarlos?Crear mecanismos comunitarios de seguimiento y registro del estado del río
Solidaridad y trabajo colectivoDistribución de tareas, apoyo mutuo en la jornadaEl hacer conjunto construye ética de lo común¿Qué aprendemos del trabajo colectivo que no se aprende solos?Fomentar metodologías colaborativas
Aprendizaje prácticoOrganización, resolución de problemas, sensibilizaciónSe aprende haciendo, en contextos reales¿Qué habilidades hemos desarrollado en el proceso?Sistematizar aprendizajes y compartirlos
Gestión de la complejidadPersistencia de problemas junto a avances visiblesEl cambio es lento, no lineal, pero posible¿Cómo sostener la motivación ante resultados parciales?Incorporar espacios de evaluación y reflexión colectiva
Participación diversaPersonas que participan de distintas formas (acción directa, sensibilización)El cuidado admite múltiples formas de involucramiento¿Quiénes no están participando y por qué?Diversificar formas de participación
Proyección a futuroCierre de ciclo que abre nuevas preguntasTodo cierre es una oportunidad para continuar¿Qué sigue después de este proceso?Definir nuevas etapas y líneas de acción
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