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Cien días de Laura Fernández: las señales de un rumbo socioambiental

Antes de la llegada de Laura Fernández a la Presidencia, el gobierno de Rodrigo Chaves cerraba su período dejando una señal clara sobre la forma en que había venido construyendo su relación con la política ambiental: una creciente confrontación con quienes defendían límites ambientales, una asociación cada vez más explícita entre regulación y obstáculos para la inversión, y una defensa del desarrollo económico como argumento para cuestionar decisiones de las instituciones encargadas de la protección ambiental. El episodio ocurrido en los últimos días de su administración, marcado por los cuestionamientos y descalificaciones hacia quienes interpusieron recursos y decisiones institucionales que frenaban determinadas iniciativas, no puede leerse únicamente como un conflicto puntual. Forma parte de una tendencia más amplia en la que la protección ambiental comienza a ser presentada como una fuente de incertidumbre para la inversión y donde quienes defienden esos límites son colocados discursivamente del lado de los obstáculos al desarrollo. Es sobre este terreno político que Laura Fernández inicia su gobierno.

Los primeros 100 días del gobierno de Laura Fernández permiten identificar algunas señales sobre la orientación que comienza a tomar su administración en materia ambiental. La apuesta por formalizar la minería en Crucitas, las decisiones alrededor de la presión turística en Corcovado y la persistencia de un discurso confrontativo hacia sectores ambientalistas abren una pregunta de mayor alcance: ¿estamos ante una profundización del giro que comenzó durante la administración de Rodrigo Chaves?

Cien días no bastan para definir por completo el rumbo de un gobierno. Sería apresurado convertir este breve período en una explicación definitiva de lo que será toda una administración. Sin embargo, los primeros meses sí permiten observar prioridades, identificar conflictos que adquieren centralidad y reconocer las formas en que un nuevo gobierno comienza a responder a las tensiones que atraviesan al país.

En el caso de Laura Fernández, esta lectura adquiere una particularidad. Su llegada a la Presidencia no representa una ruptura absoluta con el período anterior, sino la continuidad de un bloque político que durante la administración de Rodrigo Chaves ya había mostrado una relación conflictiva con diversos sectores ambientalistas y una disposición creciente a cuestionar los límites que la institucionalidad ambiental establece sobre determinadas actividades económicas.

Los primeros 100 días permiten preguntarse, entonces, qué elementos de ese rumbo se mantienen y cuáles comienzan a profundizarse.

La discusión sobre Crucitas, las tensiones alrededor de la gestión del Parque Nacional Corcovado y las formas en que desde el oficialismo se ha respondido a quienes cuestionan determinadas decisiones ambientales permiten observar algo más que conflictos aislados. En conjunto, estos acontecimientos muestran una forma particular de entender la relación entre desarrollo y naturaleza, donde la conservación parece enfrentar una presión creciente para demostrar su compatibilidad con determinados intereses económicos.

Crucitas: cuando la explotación comienza a presentarse como respuesta

La situación en Crucitas ha ocupado un lugar central dentro de esta discusión. Durante años, el territorio ha sido escenario de minería ilegal, degradación ambiental, presencia de redes dedicadas a la extracción de oro y una evidente incapacidad estatal para controlar de manera sostenida lo que ocurre en la zona.

Frente a este escenario, la posición asumida por la presidenta Laura Fernández ha sido clara: la explotación formal del oro comienza a presentarse como una alternativa necesaria frente a un problema que el Estado no ha logrado resolver.

El argumento parte de una realidad difícil de negar. La minería ilegal continúa y las capacidades institucionales para detenerla son limitadas. Pero el debate comienza a adquirir otra dimensión cuando la incapacidad para controlar una actividad ilegal se convierte en una razón para abrir la discusión sobre la explotación formal.

La pregunta deja de ser únicamente cómo detener la extracción ilegal, restaurar el territorio o recuperar ambientalmente una zona afectada durante años. También comienza a plantearse cómo aprovechar formalmente un recurso que, según esta lógica, continuará siendo extraído de una u otra manera.

Esta forma de construir el problema permite recuperar una de las reflexiones desarrolladas por Eduardo Gudynas alrededor de los extractivismos. La explotación de la naturaleza no se sostiene únicamente mediante proyectos, inversiones o decisiones legales. También requiere discursos que la presenten como necesaria, inevitable o como la única respuesta realista frente a un determinado problema.

En Crucitas comienza a configurarse precisamente esa tensión. La formalización de la minería aparece como una alternativa pragmática, mientras las propuestas que priorizan la restauración o la protección del territorio pueden ser presentadas como posiciones incapaces de responder a la realidad.

Pero esta oposición simplifica un conflicto mucho más complejo. La incapacidad estatal para controlar la minería ilegal no convierte automáticamente la explotación formal en la única alternativa posible. También obliga a preguntarse qué tipo de respuesta pública se construye cuando un problema de gobernanza termina abriendo el camino para una nueva forma de apropiación económica de un territorio.

Corcovado: cuando la conservación comienza a negociarse

El caso de Corcovado permite observar esta tensión desde otro lugar. Aquí no se discute directamente la apertura de una actividad extractiva, sino la capacidad de un área protegida para establecer límites frente a la presión turística.

Las dificultades de la infraestructura sanitaria de la Estación Biológica Sirena llevaron al Sinac a reducir temporalmente el aforo, aplicando el principio precautorio ante el riesgo de afectaciones ambientales. Sin embargo, la medida generó presión de sectores vinculados con la actividad turística y, poco después, el límite de visitación volvió a aumentar.

Más allá de la discusión sobre la pertinencia técnica de cada decisión, el episodio permite observar una dinámica relevante: los límites ambientales pueden comenzar a ser negociados cuando entran en conflicto con intereses económicos. La protección no desaparece necesariamente; las instituciones continúan existiendo y las decisiones siguen presentándose como técnicamente fundamentadas. Lo que cambia es el límite que se considera aceptable.

Este tipo de desplazamiento resulta importante para leer la política ambiental. La flexibilización no siempre ocurre mediante la eliminación de una norma o la apertura explícita de un territorio a una nueva actividad. También puede producirse mediante ajustes sucesivos de los umbrales de protección, reinterpretaciones técnicas o modificaciones de las condiciones bajo las cuales una actividad puede continuar.

Corcovado plantea así una pregunta que trasciende el caso: ¿los límites ambientales están orientando las actividades económicas o son las presiones económicas las que terminan redefiniendo esos límites?

La diferencia es fundamental. En el primer escenario, la actividad económica debe adaptarse a las condiciones ecológicas del territorio. En el segundo, son esas condiciones las que progresivamente deben acomodarse a las necesidades de la actividad económica.

La disputa también ocurre en el lenguaje

Los primeros 100 días de un gobierno no se leen únicamente a través de sus decisiones. También se observan en el lenguaje con el que se construyen los conflictos y se responde a quienes cuestionan determinadas políticas.

En este punto resulta significativa la continuidad de una forma de confrontación que ya había sido característica del oficialismo durante la administración de Rodrigo Chaves. El episodio protagonizado por el entonces presidente y la reacción hacia un diputado electo, luego de las acciones legales relacionadas con la tala de árboles en Playa Panamá, permite observar la manera en que determinados conflictos ambientales pueden transformarse rápidamente en una confrontación contra quienes los cuestionan.

La discusión no se concentra únicamente en la tala, los procedimientos legales o los impactos ambientales. También se desplaza hacia la descalificación de la persona que interpone la acción y hacia la construcción de su posición como una expresión de fanatismo o radicalismo. Este desplazamiento no es menor.

Cuando el debate ambiental comienza a organizarse alrededor de una oposición entre pragmatismo y fanatismo, quienes defienden límites a determinadas actividades económicas pueden ser presentados como personas que se oponen al desarrollo, al empleo o a la prosperidad.

Desde esta perspectiva, las reflexiones de Gudynas permiten observar otro componente de los extractivismos: sus formas de legitimación. La explotación de la naturaleza necesita ser presentada como una actividad necesaria para el bienestar, mientras quienes cuestionan sus impactos pueden ser convertidos en obstáculos para alcanzar ese bienestar.

Así, una discusión sobre minería, conservación o protección de un bosque corre el riesgo de transformarse en otra discusión: quién tiene derecho a cuestionar las decisiones que se toman sobre los territorios. La crítica ambiental deja de ser solamente una diferencia política o técnica y comienza a ser presentada como un problema que debe enfrentarse.

Más que hechos aislados

Crucitas, Corcovado y la confrontación con sectores ambientalistas son conflictos distintos. Sería simplista afirmar que todos responden exactamente a una misma lógica o que los primeros 100 días permiten establecer conclusiones definitivas sobre toda la política ambiental del gobierno de Laura Fernández. Sin embargo, observar estos acontecimientos en conjunto permite identificar algunas señales:

-La primera es una mayor disposición a presentar la explotación de la naturaleza como una respuesta legítima e incluso necesaria frente a determinados problemas. En Crucitas, la formalización de la minería comienza a ocupar un lugar central dentro de las alternativas planteadas para enfrentar la extracción ilegal.

-La segunda tiene que ver con la posición de la conservación frente a las actividades económicas. El caso de Corcovado muestra que los límites ambientales pueden quedar rápidamente sometidos a presión cuando afectan intereses económicos y sociales vinculados a la explotación turística de un territorio. Más aún, muestra cómo una medida precautoria puede ser revisada en un contexto de presión sectorial y poco después de producirse un cambio en la dirección responsable de la gestión del área.

-La tercera se encuentra en el terreno político y discursivo. La confrontación con sectores ambientalistas y la tendencia a presentar determinadas posiciones como radicales o fanáticas contribuyen a reducir el espacio para una discusión pública más amplia sobre las alternativas de desarrollo.

Vistas por separado, estas situaciones pueden parecer conflictos específicos, con actores y circunstancias particulares. Vistas en conjunto, permiten preguntarse si estamos asistiendo a una profundización de una orientación que ya había comenzado a consolidarse durante el gobierno de Rodrigo Chaves: una forma de entender el desarrollo donde la naturaleza aparece cada vez más como un recurso disponible para ser aprovechado y donde los límites ambientales deben justificar constantemente su permanencia.

Cien días y una pregunta abierta

Eduardo Gudynas ha insistido en que el extractivismo no debe entenderse únicamente como un conjunto de actividades dedicadas a extraer recursos naturales. También constituye una forma de organizar la relación entre economía, Estado y naturaleza, con efectos que pueden extenderse hacia las instituciones, la participación ciudadana y la propia manera en que se entiende el desarrollo.

Esta perspectiva permite leer los primeros 100 días de Laura Fernández más allá de una lista de decisiones o declaraciones. La pregunta no es solamente si su gobierno promoverá o no determinados proyectos extractivos.

La cuestión de fondo es qué tipo de relación comienza a construirse entre la actividad económica y los límites que imponen los ecosistemas.

-¿La conservación será entendida como una condición que debe orientar las decisiones sobre el desarrollo?

-¿O comenzará a ser presentada, cada vez con mayor frecuencia, como un obstáculo que debe flexibilizarse cuando entra en conflicto con determinadas actividades económicas?

Los primeros 100 días todavía no ofrecen una respuesta definitiva. Pero sí permiten reconocer señales, prioridades y formas de entender los conflictos. Y esas señales importan.

Porque los cambios en la política ambiental no siempre comienzan con la aprobación de una gran reforma o con la apertura inmediata de un nuevo proyecto. A veces comienzan con algo aparentemente más sutil: con una nueva forma de nombrar la naturaleza, de definir qué se considera una solución realista y de establecer quiénes pueden participar legítimamente en la discusión sobre el futuro de los territorios.

A cien días de iniciado el gobierno de Laura Fernández, quizás esa sea una de las preguntas más importantes que comienza a plantearse: ¿hacia dónde se está moviendo Costa Rica cuando se trata de decidir qué proteger, qué explotar y quién tiene derecho a cuestionar esas decisiones?

Leer la dirección del cambio

Las políticas ambientales no siempre cambian de un día para otro. A veces el desplazamiento ocurre de manera gradual: una excepción, una modificación técnica, un cambio de criterio, una nueva interpretación de una norma o una decisión que parece aislada. Por eso, además de preguntarnos qué decisión toma un gobierno, necesitamos observar hacia dónde se mueve el límite.

Esta tabla propone seguir esas pequeñas variaciones. ¿Se fortalecen las capacidades de protección o se debilitan? ¿Se mantienen los límites ambientales o comienzan a flexibilizarse? ¿La naturaleza continúa siendo entendida como un bien que debe protegerse o aparece cada vez más como un recurso disponible para la inversión y el aprovechamiento económico?

La clave no está en etiquetar inmediatamente cada decisión, sino en seguir la trayectoria. Una decisión aislada puede decir poco; varias decisiones que apuntan en una misma dirección comienzan a revelar una tendencia.

Leer la política ambiental es, también, aprender a reconocer hacia dónde se está moviendo el límite.

Tendencia observada¿Qué significa preguntar?
Fortalecimiento de límites¿Se están ampliando las capacidades de protección y regulación?
Mantenimiento¿Se mantienen las reglas y capacidades existentes?
Flexibilización¿Se modifican límites para facilitar determinadas actividades?
Debilitamiento institucional¿Se reducen capacidades, controles o autonomía institucional?
Expansión extractiva¿Se abren nuevas posibilidades de apropiación de bienes naturales?
Mercantilización¿Un bien común comienza a ser tratado principalmente como recurso económico?
Conflicto y confrontación¿La crítica ambiental está siendo deslegitimada o criminalizada discursivamente?
Democratización¿Se amplían los espacios de participación y deliberación sobre las decisiones territoriales?

Referencias

Arrieta, Esteban (2026, 12 de junio). Laura Fernández a opositores de explotar oro de Crucitas: “Que Dios los perdone, ojalá que el pueblo de Costa Rica no”. La República.

Gudynas, Eduardo (2015). Extractivismos: Ecología, economía y política de un modo de entender el desarrollo y la Naturaleza. CEDIB y CLAES.

Madrigal, Luis (2026, 23 de abril). Chaves insulta a magistrado de Sala IV y diputado electo tras freno a tala de árboles en Papagayo. Delfino.cr.

Martínez, Alonso (2026, 3 de julio). Minae reubica a director de ACOSA tras presión de sectores turísticos por reducción de aforo en Corcovado. Delfino.cr

May, Sebastian. (2026, 19 de mayo). Laura Fernández invita a diputaciones a gira por Crucitas el 19 de junio. Delfino.cr.

Pomareda, Fabiola. (2026, 28 de julio). Sinac vuelve a aumentar el aforo en Corcovado tras salida de director que alertó por colapso ambiental. Semanario Universidad.

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El hidrógeno verde y las preguntas que casi nadie está haciendo

Durante los últimos años, el hidrógeno verde ha comenzado a ocupar un lugar privilegiado en los discursos sobre la transición energética. Gobiernos, organismos internacionales y empresas lo presentan como una de las principales soluciones para enfrentar la crisis climática y avanzar hacia economías descarbonizadas.

Pero ¿qué ocurre cuando una promesa tecnológica se convierte en una estrategia geopolítica? ¿Quiénes se benefician de esta nueva economía energética? ¿Qué territorios deberán asumir sus costos ambientales y sociales?

Estas son algunas de las preguntas que plantea el dossier «Hidrógeno verde: ¿transición o colonialismo? Apuntes para el debate en Argentina, Uruguay y Chile», una publicación coordinada por Florencia Puente y editada por la Fundación Rosa Luxemburgo, que reúne investigaciones de especialistas de América Latina y el Caribe para analizar críticamente el auge del hidrógeno verde en la región.

Lejos de ofrecer respuestas definitivas, el documento invita a revisar críticamente la narrativa dominante que presenta al hidrógeno verde como una solución incuestionable frente al cambio climático. Sus autores proponen analizar la transición energética desde una perspectiva política, preguntándose quién define sus prioridades, quién controla la infraestructura, quién financia los proyectos y quién asume los impactos territoriales.

La transición también puede reproducir desigualdades

Uno de los principales aportes del dossier consiste en mostrar que la discusión no gira únicamente alrededor de una nueva fuente energética. El problema central es el modelo de transición que se está construyendo.

Mientras los países del Norte Global incrementan su demanda de minerales, agua y energía para sostener sus procesos de descarbonización, numerosos países latinoamericanos y caribeños reforman sus políticas públicas para atraer inversiones destinadas a producir hidrógeno verde de exportación. El riesgo, advierten los autores, es que la transición energética reproduzca viejas relaciones de dependencia, donde el Sur Global continúa aportando territorios, bienes comunes y recursos estratégicos para sostener el consumo de las economías industrializadas.

Desde esta perspectiva, el hidrógeno verde deja de ser únicamente una innovación tecnológica para convertirse en una discusión sobre soberanía energética, justicia ambiental y democracia.

Más preguntas que certezas

El documento también cuestiona algunos de los supuestos que acompañan el entusiasmo alrededor del hidrógeno verde.

Recuerda que el hidrógeno no es una fuente de energía, sino un vector energético: producirlo requiere grandes cantidades de electricidad, agua e infraestructura especializada. Además, buena parte de los escenarios internacionales proyectan que el crecimiento del hidrógeno no sustituirá completamente a los combustibles fósiles, sino que podría sumarse a ellos, ampliando la demanda energética global.

Los autores también advierten sobre la creciente utilización del concepto de «hidrógeno de bajas emisiones», una categoría que puede facilitar la continuidad del uso de gas fósil mediante tecnologías de captura de carbono, ampliando el margen para el greenwashing y retrasando transformaciones más profundas del modelo energético.

Un debate necesario para Costa Rica

Aunque el dossier se concentra en Argentina, Uruguay y Chile, muchas de las preguntas que plantea resultan especialmente pertinentes para Costa Rica.

El país también impulsa estrategias para desarrollar una economía del hidrógeno verde y promover inversiones vinculadas a este sector. En ese contexto, resulta indispensable ampliar el debate público más allá del optimismo tecnológico.

-¿Cómo se distribuirán los beneficios y los impactos?

-¿Qué implicaciones tendrá sobre el uso del agua, el territorio y la infraestructura energética?

-¿Responderá esta estrategia a las necesidades del país o principalmente a la demanda energética internacional?

Abrir estas discusiones no significa rechazar la innovación, sino fortalecer una transición energética verdaderamente democrática, donde la justicia social, la protección de los bienes comunes y la participación de las comunidades ocupen un lugar central.

Descargar el dossier

Desde el Observatorio de Bienes Comunes consideramos que este documento constituye un valioso insumo para comprender los debates que atraviesan la transición energética en América Latina.

Más que ofrecer respuestas cerradas, invita a formular las preguntas que muchas veces quedan fuera del discurso oficial y a pensar si la descarbonización puede construirse sin reproducir nuevas formas de extractivismo y dependencia.

Puede descargar el dossier completo al final de esta publicación y contribuir al debate sobre el futuro energético de nuestra región.

Pueden descargar la infografía aquí.

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Caribe Sur: señales de una transformación territorial en marcha

El reciente reporte elaborado por Philippe Vangoidsenhoven documenta una serie de intervenciones ambientales observadas en distintos puntos del Caribe Sur. Aunque cada caso posee sus propias particularidades, en conjunto permiten identificar tendencias que van más allá de situaciones puntuales. Desde el Observatorio de Bienes Comunes consideramos que este material constituye una oportunidad para reflexionar sobre las tensiones que atraviesan actualmente la región: la presión sobre humedales y zonas costeras, la expansión de actividades inmobiliarias y turísticas, las disputas en torno al uso del territorio y los desafíos que enfrenta la protección de los bienes comunes en un contexto de transformación acelerada. Invitamos a las personas interesadas a consultar el reporte completo, así como a seguir el trabajo de documentación y vigilancia ambiental que Philippe Vangoidsenhoven comparte de manera permanente a través de su sitio web y sus redes sociales, una labor que contribuye a construir memoria territorial y a visibilizar procesos que muchas veces pasan desapercibidos en el debate público.

Más información

Lo que revelan años de vigilancia ambiental

Durante años, Philippe Vangoidsenhoven ha documentado cambios en humedales, bosques costeros, quebradas, arroyos y zonas públicas del Caribe Sur de Costa Rica. Sus fotografías, videos, sobrevuelos con dron y denuncias constituyen mucho más que un registro de incidentes ambientales aislados: conforman una memoria territorial que permite observar procesos de transformación que suelen pasar desapercibidos cuando se analizan de manera fragmentada.

Vista de forma individual, cada denuncia parece referirse a un problema específico. Sin embargo, cuando estos registros se observan en conjunto, emerge una imagen más amplia. Lo que aparece es un territorio sometido a presiones crecientes derivadas de la expansión inmobiliaria, el desarrollo turístico y la creciente valorización económica de la tierra.

No se trata únicamente de cambios en el paisaje. Se trata de transformaciones que afectan bienes comunes fundamentales para la vida colectiva, desde humedales y corredores biológicos hasta zonas públicas costeras y cuerpos de agua.

La desaparición silenciosa de los humedales

Uno de los patrones más visibles es la presión constante sobre los humedales. En distintos puntos del Caribe Sur se observan procesos de relleno, nivelación y alteración de terrenos inundables para habilitar nuevos usos constructivos. Estas intervenciones suelen justificarse como mejoras del terreno o preparación para futuros desarrollos, pero sus efectos trascienden los límites de cada propiedad.

Los humedales desempeñan funciones esenciales para la regulación hídrica, la absorción de excedentes de agua durante eventos extremos, la conservación de biodiversidad y el mantenimiento de procesos ecológicos complejos. Su desaparición implica también la pérdida de hábitats, la alteración de flujos naturales de agua y una mayor vulnerabilidad frente a inundaciones.

Más preocupante aún es que muchos de estos cambios ocurren de manera gradual. No desaparecen grandes extensiones de un día para otro; se transforman poco a poco hasta que aquello que alguna vez fue reconocido como humedal deja de ser percibido como tal.

La limpieza del paisaje como forma de ocupación

Otra tendencia recurrente es la eliminación sistemática de vegetación. La chapea constante del sotobosque, la remoción de vegetación costera y la limpieza de franjas protegidas aparecen reiteradamente en distintos sectores del litoral.

Estas prácticas suelen presentarse como labores de mantenimiento, seguridad o embellecimiento. Sin embargo, en muchos casos cumplen una función territorial más profunda: preparar espacios para futuras intervenciones, aumentar el atractivo visual de propiedades o reforzar procesos de apropiación de áreas que legalmente poseen carácter público o protegido.

La transformación comienza muchas veces antes de la construcción. Empieza con la modificación gradual del paisaje.

La creciente presión sobre la zona costera

La Zona Marítimo Terrestre y las áreas de protección asociadas a quebradas, arroyos y humedales se han convertido en espacios particularmente disputados.

Los registros recopilados muestran intentos recurrentes de ampliar usos privados sobre espacios que cumplen funciones públicas y ambientales. Se trata de una tensión permanente entre diferentes formas de entender el territorio: como mercancía, como recurso económico o como bien común.

La importancia de esta discusión radica en que la zona costera no solo constituye un atractivo turístico. También alberga ecosistemas estratégicos y espacios cuyo acceso y conservación tienen una dimensión colectiva.

Cuando las excepciones comienzan a repetirse

Quizá el elemento más revelador de los registros recopilados no sea la magnitud de cada intervención particular, sino su frecuencia.

Lo que antes podía interpretarse como una situación excepcional aparece una y otra vez bajo distintas formas. Cambian los lugares, cambian los actores y cambian las justificaciones, pero ciertos patrones se mantienen.

La presión sobre humedales. La eliminación de cobertura vegetal. La ocupación gradual de espacios públicos. La fragmentación de ecosistemas. Las dificultades institucionales para prevenir o detener algunos procesos.

La repetición constante de estas situaciones obliga a desplazar la pregunta. Ya no se trata únicamente de analizar cada caso por separado. Se vuelve necesario preguntarse qué nos dicen, en conjunto, sobre la dirección que está tomando el territorio.

La importancia de la vigilancia ciudadana

En este contexto, el trabajo desarrollado por Philippe Vangoidsenhoven adquiere un valor que va más allá de la denuncia ambiental.

Sus registros permiten documentar procesos de largo plazo, identificar patrones y construir memoria sobre transformaciones que muchas veces avanzan de manera dispersa y poco visible. Son una forma de observación ciudadana del territorio que contribuye a la defensa de los bienes comunes y al fortalecimiento del debate público sobre el futuro del Caribe Sur.

Porque los cambios territoriales no ocurren únicamente cuando entra una excavadora o cuando inicia una construcción. También ocurren cuando una sociedad deja de percibir ciertas transformaciones como problemáticas.

Y es precisamente ahí donde surge una de las preguntas más importantes para el Caribe Sur contemporáneo: ¿qué sucede cuando las presiones sobre los bienes comunes dejan de ser percibidas como amenazas y comienzan a aceptarse como parte normal del paisaje?

Responder esa pregunta implica mirar más allá de cada denuncia individual y reflexionar colectivamente sobre el tipo de territorio que se está construyendo y sobre quiénes asumen los costos ambientales de ese proceso.

Crédito fotográfico: Todas las fotografías incluidas en esta publicación son autoría de Philippe Vangoidsenhoven y forman parte de su trabajo de documentación y vigilancia ambiental en el Caribe Sur. Las imágenes se utilizan con carácter ilustrativo para acompañar la reflexión sobre las transformaciones territoriales y las presiones que enfrentan los bienes comunes en la región.

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«Ya no es el río que conocimos»: memoria, cambios y preocupaciones desde Birmania de Upala

Un río que conecta territorio, comunidad y vida

Birmania es una pequeña comunidad ubicada en el distrito de Dos Ríos, cantón de Upala, en la Zona Norte de Costa Rica, a unos 32 kilómetros de la frontera con Nicaragua. Se trata de una región marcada por la producción agrícola y ganadera, atravesada por ríos que nacen en las faldas del volcán Rincón de la Vieja y forman parte de una compleja red hídrica que conecta territorios, comunidades y ecosistemas.

Uno de esos ríos es el Río Niño, también conocido como Río Pizote. Sus aguas han acompañado durante décadas la vida cotidiana de las personas que habitan la zona, convirtiéndose en un espacio de recreación, encuentro comunitario y observación de la naturaleza.

Una conversación desde la experiencia de quienes habitan el territorio

En esta edición de Sentires y Saberes, conversamos con David Menjívar, vecino de Birmania desde hace más de cinco décadas, quien comparte sus recuerdos sobre el río, los cambios que ha observado a lo largo del tiempo y las preocupaciones que existen actualmente en torno a la extracción de materiales de su cauce.

A partir de su experiencia, la conversación permite reflexionar sobre las transformaciones ambientales que experimentan los territorios, el papel de las comunidades en la observación y defensa de los bienes comunes, así como los desafíos institucionales para garantizar la protección de los ecosistemas.

Algunos temas claves:
  • -El Río Niño ha sido históricamente un espacio de encuentro, recreación y convivencia para las comunidades de la zona.
  • -Las personas que habitan los territorios suelen ser las primeras en identificar cambios y afectaciones ambientales.
  • -La extracción continua de materiales del cauce ha generado preocupaciones por la pérdida de vegetación ribereña, cambios en la dinámica del río y afectaciones a especies acuáticas.
  • -Los procesos de transformación ambiental también impactan prácticas cotidianas y espacios de recreación comunitaria.
  • -La defensa de los bienes comunes no se limita a las denuncias: incluye acciones de cuido, restauración y observación permanente del territorio.
  • -El conocimiento comunitario constituye una fuente valiosa para comprender los cambios que experimentan los ecosistemas.
  • -Las nuevas generaciones cuentan con más herramientas para informarse, participar y asumir un papel activo en el cuidado de la naturaleza.

Más que una entrevista sobre un río, este diálogo nos invita a pensar en la relación entre memoria, territorio y responsabilidad colectiva. Le invitamos a escuchar este nuevo episodio de Sentires y Saberes y conocer la mirada de una persona que ha dedicado gran parte de su vida a observar, cuidar y defender el Río Niño.

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Entre la erosión y la incertidumbre: comunidad alerta sobre la situación del río Pizote-Upala

Personas vecinas de la comunidad cerca del Río Pizote o también conocido como Río Niño, en el cantón de Upala, han manifestado su preocupación ante lo que consideran posibles afectaciones al cauce y al lecho del río asociadas a actividades de extracción de material que se desarrollan en la zona. Según la comunicación compartida por habitantes que han dado seguimiento al caso durante varios años, las lluvias recientes permitieron observar con mayor claridad cambios en distintos sectores del río que, a su criterio, requieren una investigación inmediata por parte de las autoridades competentes.

El río Pizote, forma parte de los sistemas hídricos de la zona norte de Costa Rica. Como ocurre con numerosos ríos del país, cumple funciones fundamentales para el equilibrio ecológico de la cuenca, el transporte natural de sedimentos, la recarga de acuíferos y el sostenimiento de diversos ecosistemas asociados. Además, constituye un elemento central en la vida cotidiana de las comunidades que habitan sus alrededores, por lo que cualquier alteración significativa de sus dinámicas naturales genera preocupación entre la población local.

De acuerdo con los reportes vecinales, la disminución del caudal tras varios días de lluvia dejó al descubierto extensas áreas de suelo expuesto en el fondo y las orillas del río. Las personas denunciantes sostienen que estos sectores podrían evidenciar procesos de alteración del lecho, erosión o socavación que habrían pasado desapercibidos durante periodos de mayor caudal.

Según indican, también se habría observado maquinaria realizando movimientos de tierra en las márgenes del río. Las personas vecinas consideran necesario que las autoridades determinen si estas labores corresponden a actividades autorizadas y si se ajustan a las condiciones establecidas en los permisos y regulaciones ambientales vigentes.

La preocupación comunitaria radica en que cualquier modificación significativa del cauce o de las condiciones naturales del río podría generar consecuencias que trascienden el área inmediata de intervención. Diversos estudios sobre gestión de cuencas señalan que las alteraciones en los lechos fluviales pueden modificar patrones de sedimentación, aumentar procesos erosivos, afectar la estabilidad de las márgenes e incrementar la vulnerabilidad ante inundaciones o desbordamientos en determinados sectores.

Asimismo, los cambios en la dinámica natural de los ríos pueden repercutir sobre los ecosistemas asociados, afectar hábitats acuáticos y alterar procesos fundamentales para la conservación de la biodiversidad. La remoción excesiva de sedimentos o la modificación de las condiciones naturales del cauce pueden impactar la calidad del agua, la reproducción de especies y la capacidad del río para mantener sus funciones ecológicas.

Más allá del río: impactos sobre las comunidades

Las posibles afectaciones a un río no se limitan al deterioro de un ecosistema. Cuando un curso de agua pierde su equilibrio natural, las consecuencias suelen extenderse a la vida cotidiana de las comunidades que habitan su entorno. Por esta razón, las denuncias sobre alteraciones en cauces, extracción de materiales o degradación de las riberas deben ser comprendidas también como asuntos relacionados con la calidad de vida, la seguridad y los derechos de las personas.

Entre las posibles consecuencias se encuentran el aumento de procesos erosivos que pueden comprometer terrenos, caminos, puentes o infraestructura comunitaria. Asimismo, las modificaciones en la dinámica de los sedimentos y del flujo del agua pueden incrementar la vulnerabilidad frente a inundaciones, especialmente durante eventos de lluvia intensa cada vez más frecuentes en el contexto de la crisis climática.

Los impactos también pueden manifestarse en la pérdida de espacios de recreación, encuentro comunitario y vínculo cultural con los ríos. Para muchas comunidades, estos cuerpos de agua no son únicamente elementos del paisaje, sino parte de su historia, de su memoria colectiva y de sus formas de relación con el territorio.

A ello se suma una dimensión menos visible, pero igualmente importante: el desgaste que experimentan las personas que asumen la defensa de los bienes comunes. La necesidad de documentar posibles daños, presentar denuncias, asistir a reuniones y dar seguimiento a procesos institucionales suele implicar una carga significativa de tiempo, recursos y energía emocional. En muchos casos, las comunidades enfrentan largos periodos de incertidumbre mientras esperan respuestas de las autoridades competentes.

Por estas razones, prestar atención a las alertas que surgen desde los territorios resulta fundamental. Las denuncias comunitarias suelen constituir una de las primeras señales de posibles problemas ambientales y permiten activar mecanismos de prevención antes de que los daños alcancen niveles difíciles o imposibles de revertir. Escuchar a quienes viven junto a los ríos, conocen sus cambios y observan cotidianamente sus transformaciones constituye un elemento indispensable para la protección de los ecosistemas y para la construcción de una gestión ambiental más democrática y participativa.

Las personas vecinas afirman haber presentado denuncias ante distintas instancias y sostienen que la respuesta institucional ha sido lenta frente a la magnitud de las preocupaciones planteadas. Aunque reconocen que recientemente se habrían impulsado algunos mecanismos de seguimiento, consideran que resulta necesario fortalecer los procesos de inspección y fiscalización para esclarecer lo que está ocurriendo en el sitio.

En este contexto, la comunidad solicita que las instituciones competentes realicen evaluaciones técnicas independientes que permitan determinar si existe daño ambiental, establecer las posibles causas de las alteraciones observadas y definir las medidas de protección que correspondan. Asimismo, plantean la necesidad de que cualquier eventual responsabilidad, ya sea de empresas concesionarias, entidades públicas o actores particulares, sea investigada y determinada mediante los procedimientos legales y administrativos correspondientes.

Para quienes viven junto al río, la preocupación no se limita a una situación puntual. El caso refleja interrogantes más amplias sobre la capacidad de las instituciones para prevenir daños ambientales, garantizar una supervisión efectiva de las actividades extractivas y responder oportunamente a las alertas que surgen desde las comunidades.

Mientras continúan las gestiones y denuncias, las personas vecinas insisten en que la protección del río Pizote requiere transparencia, acceso a la información y una actuación diligente de las autoridades responsables, con el fin de evitar que posibles afectaciones ambientales se profundicen y generen consecuencias irreversibles para el ecosistema y las comunidades que dependen de él.

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Comunicado Público del Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío-Caño Negro Día Mundial del Medio Ambiente 2026

Les compartimos el Comunicado Público del Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío Caño Negro.

¿Qué celebramos cuando nuestros ríos están siendo transformados?

Cada 5 de junio se multiplican los mensajes sobre la importancia de cuidar el medio ambiente. Escuchamos hablar de sostenibilidad, conservación y desarrollo verde. Sin embargo, desde las comunidades que habitamos y defendemos la cuenca del Río Frío-Caño Negro, sentimos la necesidad de plantear una pregunta sencilla pero urgente: ¿qué celebramos cuando nuestros ríos continúan siendo alterados, degradados y sometidos a presiones cada vez mayores?

Costa Rica ha construido una imagen internacional asociada a la protección de la naturaleza. Esa imagen tiene fundamentos importantes, pero también convive con realidades que muchas veces permanecen invisibilizadas. Mientras se habla de desarrollo sostenible, numerosos ríos del país enfrentan procesos de extracción de materiales, alteración de cauces, pérdida de espacios de acceso comunitario, contaminación y presiones crecientes sobre sus ecosistemas.

En nuestra cuenca hemos observado transformaciones que preocupan profundamente a quienes vivimos el territorio día a día. Hemos visto desaparecer espacios que durante generaciones fueron parte de la vida comunitaria. Hemos visto cambios en el cauce, en las pozas, en la dinámica del río y en las posibilidades que las personas tienen de relacionarse con él. Lo que antes era un lugar de encuentro, recreación y convivencia se encuentra cada vez más limitado por procesos que privilegian la explotación de corto plazo sobre el cuidado de largo plazo.

Estas transformaciones no pueden entenderse únicamente como un problema ambiental. Reducir la discusión a aspectos técnicos invisibiliza dimensiones fundamentales de lo que está en juego.

Los ríos son memoria. En sus aguas habitan historias familiares, recuerdos de infancia, aprendizajes compartidos y experiencias que forman parte de la identidad de las comunidades. Las pozas donde generaciones aprendieron a nadar, los sitios donde las familias se reunían durante los fines de semana, los lugares donde las personas encontraron descanso, alegría y convivencia son también parte del patrimonio de nuestros territorios.

Cuando estos espacios desaparecen o se degradan, no se pierde únicamente un paisaje. Se debilitan vínculos comunitarios y se erosionan memorias que ayudan a dar sentido a la vida colectiva.

Los ríos también sostienen formas de producción y de trabajo. Muchas familias dependen de ellos para actividades agropecuarias, para el abastecimiento de agua y para iniciativas económicas vinculadas al turismo rural y comunitario. La pérdida de espacios naturales, el deterioro de los ecosistemas y las modificaciones en los cauces afectan oportunidades que históricamente han permitido construir economías locales más cercanas al territorio y a sus dinámicas naturales.

Sin embargo, quizá la pregunta más importante es la que debemos hacernos pensando en quienes todavía no han nacido.

¿Qué ríos heredarán las futuras generaciones?

Cada poza destruida, cada tramo degradado y cada espacio comunitario perdido representa una experiencia que alguien ya no podrá vivir. Cada intervención que reduce la capacidad del río para sostener la vida disminuye también las posibilidades de que las nuevas generaciones conozcan los territorios que hoy conocemos.

Estamos tomando decisiones cuyos efectos perdurarán mucho más allá de nuestro tiempo. Por eso, la defensa de los ríos no puede entenderse como una preocupación de grupos aislados o de personas particularmente sensibles a los temas ambientales. Se trata de una responsabilidad colectiva con la vida presente y futura.

Nos preocupa especialmente que las advertencias provenientes de las comunidades continúen siendo minimizadas o ignoradas. Quienes habitan los territorios conocen los cambios del río porque los observan diariamente. Saben cuándo desaparece una poza, cuándo aumenta la erosión, cuándo cambia la corriente y cuándo se pierde biodiversidad. Saben cuándo el río deja de ser el río que conocieron.

Ese conocimiento construido desde la experiencia cotidiana constituye una forma legítima de comprender lo que está ocurriendo. No se trata de opiniones sin fundamento. Se trata de años de observación, de convivencia con el territorio y de una relación directa con los procesos que hoy están transformando nuestras cuencas.

Por ello, hacemos un llamado a las instituciones públicas, a las autoridades competentes, a las municipalidades, a las universidades, a las organizaciones sociales y a toda la ciudadanía para que asumamos una discusión profunda sobre el futuro de nuestros ríos. Necesitamos fortalecer la protección efectiva de las cuencas hidrográficas, mejorar los mecanismos de fiscalización y reconocer que el cuidado de los ríos no es un obstáculo para el desarrollo, sino una condición indispensable para construir un futuro verdaderamente sostenible.

Pero también creemos que ha llegado el momento de formular una pregunta incómoda.

Durante años las comunidades han cumplido su papel. Hemos recorrido los ríos. Hemos documentado cambios. Hemos impulsado denuncias. Hemos participado en reuniones. Hemos solicitado información. Hemos compartido conocimientos. Hemos acompañado procesos de organización comunitaria. Hemos advertido sobre riesgos que muchas veces fueron ignorados o minimizados.

Lo hemos hecho porque amamos nuestros territorios y porque comprendemos que defender los ríos es defender la vida.

Sin embargo, la protección de las cuencas no puede recaer exclusivamente sobre quienes viven junto a ellas.

La responsabilidad es colectiva, pero no es igual para todos.

Quienes tienen competencias legales, recursos públicos, capacidad de fiscalización y poder para tomar decisiones tienen una responsabilidad mayor. Las instituciones públicas tienen la obligación de actuar cuando existen señales de deterioro. Las municipalidades tienen la responsabilidad de velar por el bienestar integral de sus territorios. Las empresas tienen el deber de asumir las consecuencias de los impactos que generan y de comprender que el beneficio económico no puede construirse a costa de los bienes que sostienen la vida colectiva.

Por eso, en este Día Mundial del Medio Ambiente queremos dirigir una serie de preguntas claras a quienes tienen capacidad de decisión, responsables de un modelo que genera ganancias para unos pocos mientras deja a un pueblo desértico, sin ningún beneficio y, sobre todo, sin ningún futuro:

Las comunidades estamos haciendo nuestra parte.

Nos estamos organizando.

Estamos observando.

Estamos documentando.

Estamos denunciando.

Estamos proponiendo.

Estamos alzando la voz.

¿Y ustedes?

¿Están haciendo su parte las instituciones encargadas de proteger nuestros bienes naturales?

¿Están haciendo su parte las municipalidades responsables de ordenar y cuidar los territorios?

¿Están haciendo su parte las empresas que obtienen beneficios económicos de actividades que impactan nuestros ríos?

¿Está haciendo el Estado su parte cuando las comunidades alertan, denuncian y aportan evidencia sobre los daños ambientales, pero sus advertencias son desestimadas o ignoradas por quienes tienen la responsabilidad de actuar?

Porque el mejor homenaje al Día Mundial del Medio Ambiente no es repetir discursos sobre sostenibilidad. No es publicar campañas verdes una vez al año. No es acumular declaraciones de buenas intenciones.

El mejor homenaje al Día Mundial del Medio Ambiente es garantizar que nuestros ríos sigan fluyendo libres, vivos y accesibles para las comunidades que dependen de ellos.

Todavía estamos a tiempo de escuchar lo que los ríos nos están diciendo.

La pregunta es si tendremos la voluntad de hacerlo.

Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío-Caño Negro

Correo: defensa.cuencas.guatuso@gmail.com

5 de junio de 2026

Video del 29 de mayo del 2026.

En este video se observan las labores mecanizadas de extracción de material en el río Frío, específicamente en la comunidad de La Amapola. Aunque estas actividades suelen justificarse como necesarias para obras y mejoras locales, cuando se realizan de forma intensiva pueden generar impactos significativos sobre los ecosistemas fluviales: alteración de cauces, pérdida de pozas, erosión de las riberas, afectación de la biodiversidad y reducción de espacios de uso comunitario. Los ríos son mucho más que una fuente de materiales. Son bienes comunes que sostienen la vida, la producción local, la memoria de las comunidades y el bienestar de las futuras generaciones. Por ello, resulta necesario preguntarnos si la extracción que se realiza responde realmente a las necesidades del cantón o si estamos frente a procesos de sobreexplotación destinados a abastecer mercados más amplios a costa del deterioro de nuestro patrimonio natural.

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PRONUNCIAMIENTO ANTE EL PROYECTO DE ARMONIZACIÓN DEL MERCADO ELÉCTRICO: IMPACTOS SOBRE LA SOBERANÍA, LOS TERRITORIOS INDÍGENAS Y EL AMBIENTE -Colectivo Antonio Saldaña

  1. Una propuesta que amenaza derechos fundamentales

El denominado “Proyecto de Armonización del Mercado Eléctrico” representa una iniciativa legal que, lejos de modernizar el sector, atenta directamente contra lo dispuesto en la Constitución Política en materia de protección ambiental. Asimismo, vulnera el Estado Social de Derecho al facilitar la intervención de inversiones extranjeras y privadas sin un control efectivo por parte del Estado costarricense, lo que constituye una violación flagrante de nuestra soberanía nacional.

  1. Impacto sobre los pueblos indígenas: violación del Convenio 169 de la OIT

Para los pueblos originarios, este proyecto implica un nuevo menoscabo a su autodeterminación y autonomía. Se continúa violentando los tratados internacionales firmados por el Estado costarricense, en particular el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Su artículo 6, que garantiza el derecho a la consulta previa, libre e informada, es sistemáticamente ignorado. Además, la promoción de proyectos extractivos, como los hidroeléctricos, afectaría gravemente a las poblaciones originarias.

Exigimos, por tanto, el pleno respeto a los derechos de los pueblos indígenas y la realización de estudios rigurosos que determinen los impactos ambientales del proyecto en los territorios indígenas. No es admisible que, después de tantos años de evidencia, se siga desvalorizando el daño que los proyectos hidroeléctricos causan en estas comunidades.

  1. ¿Quién decide sobre los territorios y los bienes comunes?

El posicionamiento de los pueblos originarios frente a este proyecto revive una discusión que Costa Rica intenta eludir sistemáticamente: ¿quién decide sobre los territorios, los ríos y los bienes comunes de la nación?

El debate sobre el mercado eléctrico no es meramente técnico o económico. Es, fundamentalmente, un debate sobre soberanía, democracia y el modelo de país que deseamos. Detrás de términos como “modernización”, “competitividad” o “apertura del mercado” se esconden decisiones concretas que transforman territorios, alteran ecosistemas y destruyen formas de vida comunitaria.

La apresurada apertura a intereses privados y extranjeros genera preocupaciones legítimas: por un lado, el debilitamiento del rol rector del Estado en sectores estratégicos; por otro, la merma de la capacidad real de las comunidades para incidir en decisiones que afectan directamente sus territorios. Cuando la energía deja de entenderse como un bien público y se concibe principalmente como un espacio de inversión y rentabilidad, los territorios se convierten, inevitablemente, en zonas de sacrificio al servicio de proyectos concebidos lejos de las comunidades.

  1. La memoria histórica de los pueblos originarios

Los pueblos indígenas no hablan desde el miedo abstracto ni desde una oposición vacía al desarrollo. Hablan desde la memoria histórica.

Durante décadas, los proyectos energéticos, extractivos y de infraestructura se han diseñado sin la participación efectiva de los pueblos originarios, a pesar de que sus impactos recaen directamente sobre sus territorios, sus ríos, sus prácticas culturales y sus condiciones de vida. Esta exclusión histórica constituye una forma más de marginación estructural.

Con demasiada frecuencia, se convoca a los pueblos indígenas cuando las decisiones ya están tomadas, reduciendo la consulta a un mero trámite institucional en lugar de un verdadero proceso de diálogo y consentimiento. Esa lógica reproduce una relación desigual en la que las comunidades son vistas como obstáculos administrativos, no como sujetos políticos titulares de derechos colectivos.

En este contexto, la defensa de la consulta previa, libre e informada establecida en el Convenio 169 de la OIT no es un simple requisito legal. Es una lucha por el reconocimiento de la dignidad política de los pueblos originarios y de su derecho a decidir sobre todo aquello que afecte sus territorios y sus formas de vida. 

  1. La huella del Proyecto Hidroeléctrico Diquís

La memoria del Proyecto Hidroeléctrico Diquís sigue viva en los pueblos indígenas de Costa Rica. Ese proceso dejó profundas heridas en torno al derecho a la consulta, la autonomía territorial y los impactos de los megaproyectos impulsados sin consentimiento previo, libre e informado.

El caso Diquís evidenció cómo, bajo los discursos de progreso y desarrollo nacional, se pueden invisibilizar las consecuencias sociales, culturales y ambientales que recaen sobre comunidades concretas. Para muchos pueblos indígenas, no se trataba únicamente de electricidad, sino de desplazamiento, transformación del territorio, afectación de sitios sagrados y culturales, y pérdida del control sobre espacios vitales para la vida comunitaria.

Recordar esta experiencia es también recordar que el desarrollo no puede construirse a costa de los derechos de los pueblos. La historia reciente demuestra que cuando las comunidades son excluidas de las decisiones estratégicas del país, las heridas sociales permanecen mucho después de que los debates institucionales han terminado.

  1. La importancia de levantar la voz

En medio del debate actual sobre la reforma y privatización del mercado eléctrico, resulta fundamental la intervención de colectivos y organizaciones como el Colectivo Antonio Saldaña, porque vuelven a colocar en el centro a voces históricamente relegadas de la discusión pública.

Nuestro pronunciamiento no solo expresa preocupaciones ambientales o jurídicas; representa también un ejercicio de memoria, defensa territorial y participación política desde los pueblos originarios. En un contexto dominado por visiones tecnocráticas y empresariales de la energía, estas voces recuerdan que detrás de cada proyecto existen comunidades, historias, culturas y derechos colectivos.

La participación de los pueblos indígenas en este debate amplía la discusión democrática y obliga al país a preguntarse: ¿qué modelo energético queremos construir y para quién lo construimos? Escuchar estas voces no debe verse como un obstáculo para el desarrollo, sino como una oportunidad para repensar colectivamente el bienestar, la energía, la soberanía y la justicia ambiental.

  1. Hacia una discusión sobre justicia energética

El debate sobre la reforma y privatización del mercado eléctrico también nos exige hablar de justicia energética.

La energía no puede entenderse únicamente como una mercancía o un espacio de rentabilidad económica. La electricidad sostiene la vida cotidiana, la producción, la comunicación, el acceso a derechos y las posibilidades de desarrollo de las comunidades. Por eso, discutir el futuro del sistema eléctrico implica preguntarse: ¿quién produce la energía?, ¿quién se beneficia de ella?, ¿quién asume los costos ambientales y territoriales?, ¿y quién queda excluido de las decisiones?

Hablar de justicia energética significa reconocer que los impactos y beneficios de los proyectos energéticos no se distribuyen de manera equitativa. Mientras algunos sectores obtienen ganancias económicas, muchas comunidades —especialmente los pueblos indígenas, los territorios rurales y las poblaciones históricamente marginadas— sufren las consecuencias ambientales, sociales y culturales.

También implica cuestionar aquellos modelos de desarrollo que conciben los territorios como meros espacios disponibles para la extracción o la generación de rentabilidad. Desde la perspectiva de la justicia energética, los ríos, bosques y territorios no son simples recursos: son espacios de vida, memoria, identidad y reproducción comunitaria.

En este sentido, las voces de los pueblos originarios aportan elementos fundamentales para repensar la relación entre energía y vida colectiva. Sus luchas nos recuerdan que la defensa de los territorios no es una demanda sectorial, sino una discusión central sobre el tipo de país que Costa Rica desea construir.

Por todo ello, la discusión energética no debería limitarse a cifras de mercado, competitividad o apertura económica. Debe incorporar, necesariamente, preguntas sobre democracia, participación, derechos colectivos, sostenibilidad y protección de los bienes comunes. Hablar de justicia energética es reconocer que el acceso y la gestión de la energía forman parte de una discusión más amplia sobre dignidad, soberanía y justicia social y ambiental.

Colectivo Antonio Saldaña

Responsable: Filidencia Cubillo Morales
Cédula: 70680258

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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Seguridad jurídica: el lenguaje que ordena el debate (y también lo limita)

Un ejercicio necesario

Hagamos un ejercicio.

Imaginemos que, en algún lugar del país, recientemente ocurrió un hecho. No diremos exactamente dónde, ni quiénes están involucrados. Solo diremos que una decisión judicial detuvo una intervención sobre un entorno natural.

A partir de ahí, algo predecible comienza a desplegarse.

Distintas voces públicas encienden la alerta. Se habla de “incertidumbre jurídica”, de empleos en riesgo, de inversiones millonarias que podrían frenarse, de la urgencia de reglas claras para sostener el desarrollo. Se construye un relato donde lo que está en juego no es únicamente un caso específico, sino la estabilidad de todo un modelo económico.

El argumento tiene fuerza porque conecta con preocupaciones reales: el trabajo, los ingresos, la posibilidad de sostener proyectos de vida. No es un discurso vacío. Pero precisamente por eso, conviene detenerse no solo en lo que dice, sino en cómo organiza lo que podemos pensar sobre lo que está ocurriendo.

Este ejercicio —aparentemente abstracto— permite tomar distancia. Y en esa distancia, observar patrones que suelen pasar desapercibidos cuando el debate se reduce a nombres propios, cifras o urgencias del momento.

Nombrar también es tomar posición

Cuando una situación se define como un problema de “seguridad jurídica”, no estamos simplemente describiendo la realidad. Estamos eligiendo un marco desde el cual interpretarla.

Ese marco no es neutro.

Colocar la “seguridad jurídica” en el centro implica priorizar la estabilidad de las reglas para la inversión como eje del debate. Desde ahí, otras dimensiones —como la protección de los ecosistemas, los derechos de las comunidades o los límites de ciertas actividades— no desaparecen, pero quedan subordinadas, desplazadas a un segundo plano.

El conflicto cambia de forma.

Ya no se discute principalmente si una intervención sobre un entorno natural es adecuada, sostenible o legalmente válida. Se discute, más bien, qué efectos tiene esa intervención (o su detención) sobre la confianza de quienes invierten.

Ese desplazamiento es profundamente político porque reordena las prioridades colectivas.

Define qué se considera urgente, qué se percibe como amenaza y qué aparece como sacrificable. También delimita el tipo de soluciones que se vuelven imaginables: si el problema es la incertidumbre para la inversión, la respuesta tenderá a ser eliminar obstáculos, reducir controles o acelerar procesos.

Así, el lenguaje no solo describe el conflicto. Lo produce en una forma específica.

La decisión judicial: ¿ruptura o expresión del sistema?

Sigamos con el ejercicio.

Imaginemos ahora que la decisión judicial que detiene la intervención no surge de la nada. Que está fundamentada en normativa existente. Que responde a procedimientos establecidos. Que forma parte del mismo entramado institucional que, en teoría, garantiza esas “reglas claras” que se reclaman como indispensables.

En ese sentido, la resolución no es una anomalía. Es una expresión del sistema en funcionamiento.

Sin embargo, cuando esa aplicación de la ley introduce límites —especialmente sobre proyectos económicamente relevantes— comienza a ser interpretada como un factor de inestabilidad.

Aquí aparece una tensión difícil de ignorar.

La seguridad jurídica es celebrada cuando facilita, habilita o da previsibilidad a la inversión. Pero tiende a ser cuestionada cuando esa misma estructura legal actúa para regular, contener o incluso detener determinadas acciones.

No se trata entonces de una oposición entre legalidad e incertidumbre, sino de una disputa sobre qué tipo de legalidad se considera legítima.

¿Es legítima solo aquella que garantiza fluidez a la inversión? ¿O también aquella que impone límites en función de la protección ambiental y el interés colectivo?

La respuesta a estas preguntas no es técnica. Es política.

La asimetría del ejercicio legal

Hay una dimensión clave que suele quedar fuera del encuadre dominante: la profunda desigualdad en la forma en que distintos actores pueden relacionarse con el sistema legal.

En abstracto, la ley se presenta como un terreno común. Un espacio donde todas las partes pueden acudir en igualdad de condiciones. Pero en la práctica, ese acceso está mediado por recursos, capacidades y posiciones de poder muy diferentes.

Algunos actores cuentan con:

  • -Equipos legales especializados y permanentes
  • -Capacidad financiera para sostener litigios prolongados
  • -Posibilidad de asumir costos judiciales como parte de su estrategia
  • -Influencia suficiente para incidir en los ritmos y alcances de los procesos

Desde esa posición, el sistema legal puede ser utilizado activamente como herramienta: para defender intereses, para presionar, para disputar territorios o incluso para desincentivar la acción de otros actores.

En contraste, quienes participan en la defensa de los territorios y los ecosistemas suelen enfrentar condiciones mucho más precarias:

  • -Acceso limitado a asesoría legal continua
  • -Dificultades para asumir costos económicos sostenidos
  • -Impactos directos en su vida cotidiana ante medidas judiciales
  • -Desgaste emocional y organizativo derivado de procesos largos e inciertos

En algunos casos, el uso de mecanismos legales contra estas personas no solo busca resolver un conflicto específico, sino generar efectos más amplios de intimidación o desmovilización.

En este escenario, la “seguridad jurídica” se experimenta de manera profundamente desigual.

Para unos, es un marco que ofrece garantías y herramientas. Para otros, puede convertirse en un espacio de riesgo, desgaste e incluso vulnerabilidad.

Reconocer esta asimetría no debilita el Estado de derecho. Al contrario, permite ver dónde sus promesas no se cumplen de forma equitativa.

Desarrollo, empleo y lo que no se discute

El discurso de la seguridad jurídica encuentra uno de sus apoyos más fuertes en la defensa del empleo.

Se presentan cifras, proyecciones, impactos en cadenas productivas. Se construye una imagen donde la estabilidad de la inversión aparece directamente vinculada al bienestar de miles de personas.

Y, en efecto, el empleo importa. Importa profundamente. Pero el problema no es que se hable de empleo. Es cómo se habla de él.

Con frecuencia, el argumento se plantea en términos cuantitativos: cuántos puestos están en juego, cuánto se podría perder. Sin embargo, quedan fuera preguntas igualmente relevantes:

  • -¿Qué condiciones laborales caracterizan esos empleos?
  • -¿Qué niveles de estabilidad ofrecen en el mediano y largo plazo?
  • -¿Qué grado de dependencia generan respecto a un único sector económico?
  • -¿Qué capacidad tienen las comunidades para incidir en las decisiones que afectan esos territorios?

Además, se omite con frecuencia una relación fundamental: muchas de estas actividades económicas dependen directamente de la salud de los ecosistemas en los que se insertan.

El deterioro ambiental no es un problema separado del desarrollo. Es un límite estructural. Pensar el empleo sin considerar esa base ecológica es, en el fondo, pensar en términos de corto plazo.

Seguridad jurídica como campo de disputa

Lo que este ejercicio permite evidenciar es que la seguridad jurídica no es simplemente una condición técnica que debe cumplirse.

Es también un concepto en disputa.

Un lenguaje que distintos actores utilizan para posicionar sus intereses, legitimar sus demandas y construir sentido sobre lo que está ocurriendo.

En ese campo de disputa, la seguridad jurídica puede ser invocada para:

  • -Defender la estabilidad de la inversión
  • -Exigir el cumplimiento de la legislación ambiental
  • -Proteger derechos colectivos
  • -Garantizar condiciones para la participación y la defensa del territorio

El problema surge cuando esa pluralidad se reduce.

Cuando una de esas interpretaciones se impone como la única válida, y las demás son presentadas como obstáculos, excesos o amenazas.

En ese momento, la seguridad jurídica deja de ser un principio compartido y se convierte en un argumento selectivo.

Más allá del juego

El ejercicio de no nombrar lugares ni actores no busca ocultar la realidad, ni diluir responsabilidades.

Busca algo distinto.

Busca mostrar que, incluso cuando se eliminan los detalles, la estructura del conflicto permanece reconocible. Que hay formas de narrar, de argumentar y de posicionar intereses que se repiten en distintos territorios y contextos.

Y que, por lo tanto, lo que está en juego no es únicamente un caso particular.

Es una manera de entender la relación entre ley, desarrollo y naturaleza.

Por eso, la discusión de fondo no es si la seguridad jurídica es necesaria. Lo es, y seguirá siéndolo.

La cuestión es si estamos dispuestos a sostener una idea de seguridad jurídica que sea realmente integral. Una que no funcione solo como garantía para ciertos intereses, sino como un marco que articule de manera equilibrada:

  • -la actividad económica,
  • -la protección de los ecosistemas,
  • -y los derechos de quienes habitan y defienden los territorios.

Porque cuando la ley opera con fuerza hacia un lado
y con fragilidad hacia el otro,
deja de ser una base común.

Y empieza a parecerse, cada vez más, a una expresión de las relaciones de poder que atraviesan la sociedad.

La inseguridad jurídica que no se nombra

Hay, sin embargo, una dimensión de la seguridad jurídica que rara vez ocupa titulares, comunicados o alertas empresariales. No se mide en millones de dólares ni en proyecciones de inversión. No se presenta como riesgo para la competitividad. Pero existe, y pesa.

Es la inseguridad jurídica que enfrentan quienes defienden los territorios.

En el país, la no ratificación del Acuerdo de Escazú no es un dato menor. Es una decisión política que tiene efectos concretos sobre la vida de las personas que participan en la defensa ambiental y sobre la calidad democrática en la gestión de los conflictos socioambientales.

Escazú no crea derechos nuevos. Refuerza y articula tres pilares básicos: el acceso a la información, la participación pública y el acceso a la justicia en asuntos ambientales. Pero además —y esto es clave— incorpora un elemento que rara vez se coloca en el centro del debate: la protección de las personas defensoras del ambiente.

En un contexto donde quienes alzan la voz pueden enfrentar demandas, presiones económicas o medidas que afectan directamente su vida cotidiana, la ausencia de un marco robusto de protección no es neutra. Genera condiciones de incertidumbre, desalienta la participación y profundiza las asimetrías ya existentes.

Aquí la pregunta vuelve a aparecer, con más fuerza:

¿qué entendemos por seguridad jurídica cuando quienes defienden el interés público no tienen garantías suficientes para hacerlo sin riesgo?

Porque la seguridad jurídica no debería limitarse a la previsibilidad de las reglas para invertir. También debería implicar que cualquier persona pueda acceder a información clara, participar en decisiones que afectan su entorno y acudir a la justicia sin enfrentar barreras desproporcionadas o consecuencias que comprometan su integridad o sus medios de vida.

Cuando esas condiciones no están aseguradas, lo que existe es otra forma de inseguridad jurídica. Más silenciosa, menos visible, pero profundamente estructural.

Una inseguridad que no se expresa en comunicados ni en cifras de inversión,
pero que define quién puede hablar, quién puede defender y quién puede sostener un conflicto en el tiempo.

Cerrar el debate sin reconocer esta dimensión es dejar incompleta la discusión.

Porque sin garantías para la participación, sin protección efectiva para las personas defensoras y sin acceso equitativo a la justicia, la seguridad jurídica deja de ser un principio compartido.

Y se convierte, nuevamente, en un privilegio.

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De “estúpido” a “malintencionado”: cómo se naturaliza la estigmatización de quienes defienden el ambiente

En la conferencia de prensa semanal del presidente de la República, Rodrigo Chaves, junto Ministra de la Presidencia y presidenta electa Laura Fernández, tuvo lugar un intercambio que, para muchos, pudo pasar desapercibido. Sin embargo, a la luz de los estándares internacionales de derechos humanos, constituye un ejemplo claro de estigmatización institucional contra personas defensoras del ambiente.

Durante su intervención, el presidente Chaves se refirió al diputado electo Edgardo Araya como “la clase de estúpido que es este ser humano” y “el padre del desastre de Crucitas”. En la misma línea, calificó al magistrado Fernando Cruz, presidente de la Corte Suprema, como “un desvisado”, “de extrema izquierda y nefasto para el país” y “malintencionado”. Por su parte, la presidenta electa aludió a “personas radicalistas” que “engañan” al país con “información falsa”.

Lo que está en juego aquí no es la libertad de opinión. El problema radica en la normalización de un discurso que descalifica a las personas —y no a sus argumentos—, y que, además, asocia la defensa del ambiente con daño al desarrollo, pérdida de empleos o incluso mala fe.

Lo que dice el derecho interamericano

El informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), “Norte de Centroamérica: Personas defensoras del medio ambiente” (2022), es contundente al respecto:

“La difamación y estigmatización de personas defensoras son prácticas comúnmente utilizadas para distorsionar la percepción que se tiene sobre su labor.” (párr. 114)

El documento señala que, en países como Guatemala, Honduras y El Salvador, funcionarios públicos y actores privados han recurrido a etiquetas como “criminales”, “terroristas”, “antidesarrollo” o “enemigos del Estado” para desacreditar a quienes defienden el ambiente (párr. 115). Aunque con un lenguaje distinto, ese mismo patrón discursivo se hizo presente este miércoles en la conferencia del Poder Ejecutivo costarricense.

La CIDH advierte que la estigmatización no constituye un simple exceso retórico. Por el contrario, contribuye a crear un clima de hostilidad, legitima la descalificación pública y, en contextos de alta conflictividad, puede convertirse en la antesala de amenazas, criminalización e incluso violencia letal (párrs. 116–118).

¿Por qué esto importa en Costa Rica?

Costa Rica experimenta una erosión en las condiciones para la defensa ambiental. Aunque no se trate de un escenario de violencia sistemática como en otros países de la región, el país no está exento de hechos extremos: se han registrado asesinatos de personas vinculadas a la defensa del territorio. En este contexto, se acumulan señales de deterioro —conflicto sostenido en territorios indígenas, declaratorias de “no grato” y afiches de “no bienvenidos”— que, lejos de ser aisladas, delinean una tendencia preocupante. A ello se suma el uso de mecanismos de intimidación legal, como las demandas estratégicas contra la participación pública (SLAPP), reforzando un entorno cada vez más adverso, profundizado por discursos estigmatizantes desde el Poder Ejecutivo.

Estos discursos no solo acompañan este proceso, sino que lo profundizan y legitiman. En primer lugar, normalizan el insulto y la descalificación personal como formas válidas de hacer política y de responder a posiciones críticas, particularmente en materia ambiental. En segundo lugar, deslegitiman la defensa del ambiente al asociarla de manera automática con “fanatismo”, “radicalismo” o “engaño”, sin distinguir entre posturas legítimas y acciones ilegales.

Además, este clima discursivo pone en riesgo el derecho a disentir en temas ambientales, especialmente para comunidades locales, liderazgos indígenas y personas que se oponen a megaproyectos. Finalmente, este tipo de posicionamientos contradice los compromisos internacionales asumidos por Costa Rica, incluyendo su papel histórico en torno al Acuerdo de Escazú y los estándares desarrollados por la CIDH.

Lo que la CIDH recomienda (y Costa Rica debería escuchar)

El informe dedica un apartado específico a las obligaciones estatales en materia de estigmatización. Entre sus conclusiones, señala:

“Las autoridades estatales deben abstenerse de realizar declaraciones que estigmaticen o que sugieran que las organizaciones actúan de manera indebida o ilegal, solo por el hecho de realizar sus labores de promoción y defensa de los derechos humanos.” (párr. 175)

Asimismo, recomienda de forma expresa:

“Crear una campaña de educación y promoción […] Las autoridades, desde los más altos niveles, deben abstenerse de hacer declaraciones o afirmaciones que estigmaticen o desacrediten a las personas defensoras.” (párr. 305, recomendación 2)

Hasta el momento, lejos de promover esta cultura, el Poder Ejecutivo costarricense ha avanzado en sentido contrario.

Más allá de la anécdota: un patrón discursivo

Lo ocurrido el 22 de abril no puede entenderse como un hecho aislado. En los últimos años, desde el Ejecutivo se ha reiterado un patrón discursivo que califica a quienes cuestionan proyectos turísticos, mineros o de infraestructura como “obstruccionistas”, “radicales” o “enemigos del desarrollo”.

Lo novedoso en esta ocasión es la intensidad de la descalificación —dirigida a personas concretas como Araya y Cruz— y la generalización negativa hacia quienes defienden el ambiente, presentados como parte de “corrientes extremas”.

De acuerdo con la CIDH, la estigmatización suele ser el primer eslabón de una cadena que puede escalar hacia el hostigamiento, la criminalización y, en los escenarios más graves, la violencia física (párr. 96). En Costa Rica, aunque no se ha llegado a esos extremos, el discurso oficial comienza a sentar las condiciones para ello.

Cuando el discurso oficial cruza la línea

Señalar la estigmatización desde el Poder Ejecutivo no implica perseguir al gobierno ni restringir la libertad de expresión presidencial. Tampoco se trata de dirimir si un proyecto es viable, beneficioso o no, ni de impedir el desarrollo. Implica, más bien, reconocer que las palabras de quienes ejercen poder público tienen peso, generan efectos y deben ajustarse a ciertos límites, especialmente cuando se refieren a personas que ejercen un derecho fundamental: la defensa del ambiente.

La CIDH ha sido clara: proteger a las personas defensoras comienza por reconocer la legitimidad de su labor y abstenerse de descalificarlas. Un país que se presenta como referente ambiental y de derechos humanos, como Costa Rica, debería comenzar por garantizar ese estándar en su propio discurso institucional.

En este sentido, lo ocurrido no puede leerse como un hecho aislado ni como un simple exceso retórico. Forma parte de un entramado más amplio de violencias que afectan a quienes defienden el ambiente. La siguiente matriz, basada en el informe de la CIDH, permite visualizar cómo estas formas de violencia se articulan y escalan, situando la estigmatización como uno de sus puntos de partida.

Cómo operan las violencias contra personas defensoras del ambiente
Tipo de violencia¿En qué consiste?¿Cómo se manifiesta?Efectos principalesRelación con la estigmatización
Estigmatización y desprestigioDiscursos que deslegitiman la labor de defensa ambientalDeclaraciones públicas, etiquetas como “radicales”, “antidesarrollo”, “enemigos”Erosiona legitimidad social, aísla a las personas defensorasEs el punto de partida: construye el clima que permite otras violencias
Amenazas y hostigamientoIntimidación directa o indirecta contra personas defensorasMensajes de amenaza, vigilancia, acoso, agresiones físicas o psicológicasGenera miedo, limita la participación y la denunciaSe legitima más fácilmente cuando la persona ya ha sido desacreditada públicamente
CriminalizaciónUso indebido del sistema penal para obstaculizar la defensaDenuncias infundadas, procesos judiciales, prisión preventiva abusivaDesgasta recursos, inhibe la acción colectiva, castiga la protestaLa estigmatización construye la narrativa que “justifica” la persecución
Ataques a la vida e integridadViolencia directa contra la integridad físicaAtentados, asesinatos, desapariciones forzadasElimina liderazgos, genera terror en comunidadesEs el extremo de la cadena, precedido muchas veces por estigmatización y hostigamiento

Fuente: elaboración propia con base en el informe de la CIDH “Norte de Centroamérica: Personas defensoras del medio ambiente” (2022).

¿A quiénes alcanza este tipo de discurso?

Hay un elemento adicional que no puede pasarse por alto. En este caso, las descalificaciones se dirigen a figuras con alta exposición pública como Fernando Cruz y Edgardo Araya. Se trata de personas con trayectoria, experiencia institucional y cierto nivel de protección derivado de sus cargos —magistrado y diputado electo—, lo que podría sugerir que están más habituadas a este tipo de confrontaciones.

Sin embargo, el problema no se agota en quienes reciben directamente los ataques. Este tipo de discurso, emitido desde los más altos niveles del poder, no solo impacta a estas figuras: también envía un mensaje más amplio que puede ser replicado y amplificado en otros espacios.

Cuando se normaliza la descalificación personal, se habilita —explícita o implícitamente— que ese mismo trato se reproduzca hacia personas defensoras con menor visibilidad y menor capacidad de protección: liderazgos comunitarios, colectivos locales, juventudes organizadas o personas que participan por primera vez en la defensa de sus territorios.

En esos contextos, las consecuencias pueden ser mucho más graves. A diferencia de figuras públicas consolidadas, estas personas suelen enfrentar mayores niveles de vulnerabilidad frente al hostigamiento, la intimidación o la violencia, precisamente porque no cuentan con los mismos recursos políticos, mediáticos o institucionales para responder.

Esto no implica minimizar los efectos que estas expresiones tienen sobre Fernando Cruz y Edgardo Araya, quienes también pueden verse afectados en distintos niveles por este tipo de violencia simbólica. Más bien, permite dimensionar el alcance del problema: un discurso estigmatizante no se queda en quienes nombra, sino que se expande, permea y reconfigura las condiciones en las que muchas otras personas ejercen su derecho a defender el ambiente.

En ese sentido, la responsabilidad del discurso público no radica solo en a quién se dirige, sino en todo lo que habilita más allá de ese momento.

¿Qué dice esto sobre la política ambiental de Costa Rica?

Más allá del episodio puntual, este tipo de declaraciones abre una pregunta de fondo sobre el rumbo de la política ambiental en Costa Rica. Cuando desde el más alto nivel del Poder Ejecutivo se desacredita a quienes defienden el ambiente, no solo se afecta a personas concretas: se redefine el lugar que ocupa la protección ambiental dentro de las prioridades del Estado.

El discurso importa porque orienta la acción pública. Asociar la defensa del ambiente con obstáculo, engaño o radicalismo no es neutral: desplaza el debate desde la deliberación informada hacia la descalificación, y debilita las condiciones para construir políticas ambientales legítimas, participativas y sostenibles.

En un país que ha construido buena parte de su identidad internacional sobre la protección ambiental, este tipo de posicionamientos genera tensiones evidentes. No se trata solo de una contradicción discursiva, sino de una señal política que puede incidir en cómo se toman decisiones sobre territorios, recursos naturales y comunidades.

Esto se vuelve aún más evidente al revisar la propia intervención de la presidenta electa. En su discurso, Laura Fernández reivindica el ambiente como “la gallina de los huevos de oro”, destacando su valor para el turismo, la imagen país y la generación de riqueza. Sin embargo, esa defensa se articula en términos instrumentalizados: el ambiente aparece valioso en la medida en que produce beneficios económicos y reputacionales, no necesariamente como un derecho o un bien común en sí mismo.

Al mismo tiempo, establece una frontera problemática entre “protección” y “fanatismo”, ubicando a quienes cuestionan proyectos o decisiones como “radicalistas” que “engañan” al país y generan “inseguridad jurídica”. Esto no solo simplifica debates complejos, sino que reproduce el tipo de narrativa que organismos como la CIDH han advertido: aquella que desacredita a las personas defensoras al asociarlas con irracionalidad, mala fe o daño al desarrollo.

A ello se suma una idea que parece técnica, pero que también merece ser problematizada: la noción de compensación ambiental basada en cortar árboles y sembrar más, incluso en proporciones mayores. Si bien estas medidas pueden formar parte de herramientas de gestión ambiental, presentarlas como equivalentes directos invisibiliza aspectos clave como la complejidad de los ecosistemas, el tiempo que tarda en regenerarse un bosque, la biodiversidad específica de cada territorio y los impactos acumulativos de la intervención. No todo árbol es intercambiable, ni todo ecosistema es fácilmente “reemplazable”.

Así, el discurso intenta sostener una defensa del ambiente mientras deslegitima a quienes lo defienden en contextos concretos y simplifica las tensiones ecológicas a una lógica de compensación cuantitativa. La tensión no es menor: se reivindica el valor abstracto de la naturaleza, pero se cuestiona —y se desautoriza— a los sujetos que encarnan su defensa en los territorios.

En ese sentido, la pregunta no es menor: ¿se está consolidando una política ambiental que reconoce el valor de quienes defienden la vida en los territorios, o una que los coloca como adversarios del desarrollo? La respuesta a esa pregunta marcará, en buena medida, el tipo de país que Costa Rica decida ser.

Referencias:

CIDH (2022). Norte de Centroamérica: Personas defensoras del medio ambiente. OEA/Ser.L/V/II. Doc. 400/22. Puede descargar aquí.

Poder Ejecutivo de Costa Rica. (2026, 22 de abril). Conferencia presidencial 22-04-2026 -video. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=tqZw6bY1FVU

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Río Frío en alerta: comunidades denuncian décadas de extracción y proponen una zona de cuido

Las comunidades de Maquengal y Guatuso, junto al Grupo de Defensa de la Cuenca del Río Frío – Caño Negro, hicieron público un pronunciamiento en el que alertan sobre el estado crítico del Río Frío, tras más de cuatro décadas de extracción de materiales en su cauce.

Lejos de centrarse únicamente en aspectos técnicos o legales, el documento pone en el centro la experiencia territorial de quienes habitan la cuenca, señalando los impactos acumulativos de un modelo de desarrollo que ha transformado de forma profunda la dinámica del río. Entre los principales efectos identificados destacan la erosión de riberas, la pérdida de pozas, la sedimentación, la disminución del caudal y la profundización del cauce.

Estas transformaciones no son solo ambientales. Las comunidades advierten consecuencias directas sobre la vida cotidiana: limitaciones en el acceso al río, afectaciones a la ganadería y al turismo local, mayor vulnerabilidad ante inundaciones y deterioro de los humedales vinculados al Refugio Nacional de Vida Silvestre Caño Negro, del cual el río es su principal afluente.

Uno de los elementos más relevantes del pronunciamiento es la evidencia territorial recopilada en recorridos comunitarios. Según señalan, los tramos sin intervención se han reducido a fragmentos aislados: aproximadamente 800 metros hacia el Parque Nacional Tenorio y 1,6 kilómetros en dirección a El Jorón. Esta fragmentación revela que la afectación no es puntual, sino parte de un proceso continuo de transformación del río.

Además, el documento subraya la importancia estratégica de la cuenca para la seguridad hídrica del cantón. Entre el puente de San Rafael de Guatuso y el Parque Nacional Tenorio se ubican algunos de los principales mantos acuíferos de la zona, lo que refuerza la urgencia de proteger este territorio.

Las comunidades son claras: no se oponen al desarrollo, pero cuestionan un modelo que sacrifica los ríos y debilita las bases que sostienen la vida local. En su lugar, proponen fortalecer alternativas como el turismo rural comunitario, la producción local y la conservación.

En este marco, el pronunciamiento plantea la necesidad de abrir una discusión más amplia sobre el ordenamiento territorial y la gobernanza de la cuenca, señalando la ausencia de una visión integral que articule las decisiones institucionales con las dinámicas ecológicas y las necesidades comunitarias. Se insiste en la importancia de aplicar el principio precautorio y evaluar los impactos acumulativos antes de autorizar nuevas intervenciones.

Como propuesta concreta, las comunidades impulsan la creación de una zona de cuido del Río Frío, orientada a la restauración ecológica, el uso comunitario responsable y el desarrollo de alternativas económicas sostenibles. Esta iniciativa podría convertirse en un espacio piloto de gestión participativa de la cuenca.

El llamado a las instituciones es claro: reconocer la voz comunitaria, abrir espacios de diálogo no intimidantes, considerar una moratoria a la extracción de materiales y avanzar hacia decisiones basadas en la sostenibilidad y la justicia intergeneracional.

El pronunciamiento cierra con una afirmación que sintetiza su sentido político y ético: hablar hoy no es oponerse, es cuidar. Es asumir la responsabilidad colectiva de decidir qué tipo de desarrollo se quiere para el territorio y para las generaciones futuras.