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Cuando la minería legal convive con el crimen: una historia incómoda para el debate sobre minería ilegal

En el contexto del debate público sobre minería en Costa Rica, algunas voces políticas han planteado que permitir la explotación legal del oro podría contribuir a frenar la minería ilegal y recuperar recursos económicos para el país. Por ejemplo, en febrero de 2026 la presidenta electa Laura Fernández señaló que su gobierno impulsará la aprobación de un proyecto para explotar el oro existente en Crucitas, argumentando que actualmente el metal está siendo extraído por redes ilegales que generan daños ambientales y beneficios para el crimen organizado. Según sus declaraciones, la explotación regulada permitiría que esos recursos se traduzcan en ingresos para el Estado y financien áreas como educación, salud e infraestructura (Arrieta, 2026).

Las declaraciones de la presidenta electa de Costa Rica se inscriben en una discusión más amplia que ha ganado presencia en el debate público costarricense en los últimos años: la idea de que permitir la explotación legal del oro podría ser una forma de enfrentar la minería ilegal que actualmente ocurre en zonas como Crucitas. Bajo este enfoque, la apertura de proyectos regulados permitiría recuperar recursos económicos para el país y, al mismo tiempo, reducir el espacio de acción de las redes criminales vinculadas a la extracción ilegal.

Sin embargo, este planteamiento abre una pregunta clave: ¿existe realmente una relación directa entre permitir minería legal y reducir la minería ilegal?

En el debate sobre la minería suele repetirse un argumento aparentemente simple: si se permite la minería legal, se reduce la minería ilegal. La lógica parece intuitiva: al abrir un mercado regulado, el espacio para las economías criminales disminuiría y las actividades extractivas podrían ser supervisadas por el Estado.

Sin embargo, la experiencia internacional y los estudios sobre economías criminales muestran que la relación entre minería legal e ilegal es mucho más compleja. En muchos casos, ambas actividades no se excluyen mutuamente, sino que pueden coexistir dentro de los mismos territorios, mercados y cadenas de suministro.

Algunos episodios dentro de la propia industria minera ilustran esta complejidad. Uno de los más citados ocurrió en 2015, cuando el empresario canadiense Rob McEwen, presidente de McEwen Mining Inc., realizó una declaración pública que generó una polémica internacional sobre la relación entre minería y crimen organizado.

La declaración que incomodó a la industria

En abril de 2015, tras el robo de aproximadamente 8,5 millones de dólares en concentrado de oro en la mina El Gallo 1, ubicada en el estado mexicano de Sinaloa, McEwen fue entrevistado por la cadena canadiense Business News Network para explicar el contexto de seguridad en el que operaba la empresa.

Durante esa entrevista, el directivo describió la realidad de trabajar en territorios donde el crimen organizado tiene presencia consolidada. En sus declaraciones señaló que los cárteles operaban en la zona y que, en términos generales, la empresa mantenía una relación funcional con ellos, en el sentido de coexistir dentro del mismo territorio.

Según sus palabras, cuando la empresa deseaba explorar nuevas áreas, en ocasiones consultaba informalmente si la zona estaba disponible para trabajar. La frase que más repercusión tuvo en medios fue la siguiente:

“Los cárteles están ahí. Generalmente tenemos una buena relación con ellos. Si queremos explorar en algún lugar les preguntamos… y te dicen que regreses en un par de semanas cuando hayan terminado lo que están haciendo.” (McEwen, citado en CNN Expansión, 2015; El Financiero, 2015).

La declaración generó una fuerte reacción mediática y política en México. Diversos analistas interpretaron sus palabras como una admisión de que las empresas extractivas podían verse obligadas a convivir o negociar indirectamente con actores criminales cuando operan en regiones donde el Estado tiene presencia limitada.

Más allá del debate puntual sobre la entrevista, el episodio reveló un problema estructural: muchas actividades económicas legales operan en territorios donde también existen economías criminales. En estas zonas, las fronteras entre lo formal y lo informal pueden volverse difusas debido a factores como la seguridad, el control territorial y las redes económicas locales.

La retractación

Pocos días después de la entrevista, McEwen publicó un comunicado aclarando sus declaraciones. En este documento sostuvo que sus palabras habían sido malinterpretadas por los medios y negó que la empresa tuviera relaciones con organizaciones criminales.

Según explicó, cuando habló de mantener una “buena relación”, se refería en realidad a las comunidades locales y propietarios de tierras, con quienes la empresa suele coordinar para realizar trabajos de exploración (Río Doce, 2015).

En el comunicado, el empresario afirmó explícitamente:

“Ni yo ni ningún miembro del equipo directivo de la empresa ha tenido contacto regular ni relación alguna con miembros de los cárteles.” (McEwen citado en Animal Político, 2015).

La aclaración buscaba cerrar la polémica pública. No obstante, el episodio dejó una discusión abierta sobre las condiciones reales en las que operan muchas industrias extractivas, especialmente en regiones donde la presencia del crimen organizado se ha consolidado a lo largo de décadas.

Incluso cuando las empresas niegan vínculos directos, el simple hecho de operar en territorios donde existen economías criminales implica interacciones indirectas, presiones o dinámicas de coexistencia territorial que rara vez aparecen en el discurso corporativo oficial.

Un problema estructural, no una excepción

El caso de McEwen ilustra un fenómeno más amplio documentado en diversos estudios sobre minería y economías ilegales. En múltiples regiones del mundo se observa la presencia simultánea de:

  • -empresas mineras formales

  • -minería artesanal o informal

  • -minería ilegal organizada

  • -redes criminales vinculadas al control territorial o financiero

Esto ocurre porque la minería —especialmente la del oro— genera rentas extraordinarias cuando los precios internacionales son elevados. Esa rentabilidad atrae tanto a inversionistas legales como a actores ilegales que buscan capturar parte del valor económico del mineral (Giusti, 2019).

En América Latina, investigaciones sobre economías criminales han mostrado que la minería ilegal se ha convertido en una de las actividades ilícitas más lucrativas después del narcotráfico. En algunos países incluso ha llegado a superarlo en términos de rentabilidad debido a la relativa facilidad para integrar el mineral al mercado legal una vez extraído (Naciones Unidas, 2020).

En este contexto, la presencia de minería industrial no elimina automáticamente las economías ilegales. Por el contrario, ambas pueden coexistir dentro de las mismas regiones extractivas, generando dinámicas complejas como:

  • -robo de mineral o concentrados en instalaciones industriales

  • -infiltración de intermediarios en las cadenas de comercialización

  • -mezcla de minerales legales e ilegales para su exportación

  • -extorsión o cobro de “protección” por parte de grupos criminales

  • -utilización de infraestructura logística existente para movilizar mineral ilegal

Diversos análisis sobre economías criminales señalan que estas actividades suelen formar “economías perversas”, en las que actores legales e ilegales participan de redes económicas que se superponen en el territorio (Nueva Sociedad, 2022).

Lo que esto significa para el debate público

Este tipo de experiencias resulta especialmente relevante cuando en el debate público aparece el argumento de que permitir la minería legal ayudaría a combatir la minería ilegal.

Aunque la idea puede parecer lógica a primera vista, la evidencia comparada sugiere que la relación no es tan directa. La minería ilegal no surge únicamente porque la minería esté prohibida, sino por una combinación de factores estructurales, entre ellos:

  • -debilidad institucional y limitada presencia del Estado en territorios periféricos

  • -altos precios internacionales del oro que incentivan la extracción informal

  • -redes criminales que financian operaciones ilegales

  • -pobreza y falta de alternativas económicas en comunidades rurales

En estas condiciones, la minería ilegal funciona como una economía paralela altamente rentable, que puede adaptarse incluso en contextos donde existe minería formal y regulada (Global Initiative Against Transnational Organized Crime, 2021).

Por esta razón, varios estudios concluyen que legalizar la minería no garantiza reducir la minería ilegal, especialmente si no se fortalecen simultáneamente las capacidades estatales de fiscalización, trazabilidad y control territorial.

El caso de Costa Rica: entre la prohibición y el debate actual

En Costa Rica, la minería metálica a cielo abierto fue prohibida en 2010 tras un intenso debate ambiental y social marcado por preocupaciones sobre la contaminación del agua, la deforestación y la transformación del paisaje. La discusión estuvo estrechamente vinculada al conflicto socioambiental generado por el proyecto minero en Crucitas de Cutris, uno de los episodios más emblemáticos del debate ambiental en el país.

En años recientes, algunos sectores políticos y empresariales han planteado revisar esa prohibición con el argumento de que permitir minería industrial regulada podría ayudar a combatir la minería ilegal en zonas donde ya se registran actividades extractivas clandestinas.

Sin embargo, la evidencia comparada en América Latina sugiere que ambos fenómenos responden a lógicas económicas y organizativas diferentes.

La minería industrial suele operar mediante grandes inversiones, tecnología especializada, permisos ambientales y cadenas formales de exportación. En contraste, la minería ilegal tiende a organizarse a través de redes informales flexibles, con menor inversión inicial, movilidad territorial y una alta capacidad de adaptación a las fluctuaciones del precio internacional del oro.

Investigaciones sobre economías criminales vinculadas a la minería muestran que la actividad ilegal no depende necesariamente de la ausencia de minería formal, sino de factores institucionales y territoriales, como la debilidad de los controles estatales, la existencia de mercados internacionales para el oro y la posibilidad de introducir minerales ilegales en circuitos comerciales aparentemente legales (OEA, 2021; Insight Crime, 2020).

Por esta razón, distintos estudios sostienen que combatir la minería ilegal requiere principalmente políticas de gobernanza territorial, entre ellas:

  • -fortalecimiento de la presencia estatal en zonas mineras

  • -sistemas de trazabilidad y certificación del origen del mineral

  • -control financiero sobre las redes de comercialización

  • -supervisión de exportaciones y empresas intermediarias

  • -alternativas económicas para comunidades dependientes de actividades extractivas informales

Sin estos elementos institucionales, modificar la legislación minera por sí sola difícilmente resuelve el problema.

Redes de tráfico de oro y empresas de papel en Costa Rica

Un caso reciente en Costa Rica ilustra con claridad cómo la minería ilegal puede integrarse en estructuras criminales complejas con mecanismos financieros sofisticados, más allá de la actividad extractiva en sí misma.

De acuerdo con un reportaje publicado por InSight Crime el 2 de septiembre de 2020, el periodista Zachary Goodwin documentó la desarticulación de una red dedicada a extraer oro ilegalmente y exportarlo mediante empresas fachada.

A finales de agosto de 2020, el Organismo de Investigación Judicial (OIJ) y el Ministerio Público de Costa Rica realizaron 32 allanamientos en todo el país y detuvieron a 27 personas vinculadas con la red criminal. Durante los operativos se decomisaron lingotes de oro, drogas, dinero en efectivo y documentación de exportaciones presuntamente falsificada.

La investigación había iniciado en abril de 2019 cuando funcionarios del Aeropuerto Internacional Juan Santamaría detectaron un volumen inusualmente alto de exportaciones de oro en la documentación comercial.

Este hallazgo permitió descubrir una estructura criminal organizada en múltiples niveles, que incluía equipos responsables de:

  • -extracción del oro

  • -fundición y procesamiento

  • -transporte interno

  • -exportación internacional

  • -lavado de dinero

Según el entonces director del OIJ, Walter Espinoza, los documentos decomisados indican que la organización habría generado al menos 60 millones de dólares en ventas internacionales de oro (Goodwin, 2020).

Origen del oro ilegal

El oro provenía principalmente de dos zonas:

  • -Crucitas de Cutris, cerca de la frontera con Nicaragua

  • -Parque Nacional Corcovado

En el caso de Crucitas, la extracción ilegal se intensificó después de que el Estado costarricense cancelara en 2011 la concesión minera otorgada a la empresa Infinito Gold Ltd..

Tras la cancelación del proyecto, la infraestructura parcialmente construida fue aprovechada por mineros ilegales, incluidos grupos que cruzaban la frontera desde Nicaragua.

Un informe gubernamental citado en la investigación indicó que entre 2018 y 2019 la minería ilegal en Crucitas se expandió en aproximadamente 70 hectáreas, lo que representó un aumento del 156 % del área explotada. Además, la actividad habría contaminado al menos 35 cuerpos de agua en la región (Goodwin, 2020).

Lavado de oro mediante comercio internacional

El aspecto más relevante del caso no fue únicamente la extracción ilegal, sino el sistema de lavado de activos asociado al comercio internacional del oro.

La investigación determinó que la red utilizaba empresas de comercio exterior y empresas de papel para exportar lingotes de oro a ciudades estadounidenses como:

  • -Miami

  • -Los Ángeles

  • -Houston

Para hacerlo, los implicados falsificaban documentos de exportación que permitían introducir el oro en los mercados internacionales como si fuera de origen legal.

Las autoridades también identificaron la participación de al menos un funcionario del Ministerio de Hacienda, quien habría asesorado a la organización en mecanismos financieros para ocultar el origen ilícito del metal. Las investigaciones indicaron que podrían existir otros funcionarios involucrados.

Este tipo de mecanismos coincide con las tipologías de lavado de activos vinculadas a minería ilegal identificadas por la Organización de los Estados Americanos, donde se documenta el uso de exportadoras, intermediarios comerciales y manipulación de documentación para introducir oro ilegal en mercados internacionales (OEA, 2021).

Posibles vínculos con otras economías criminales

Durante los operativos también se decomisaron narcóticos y dinero en efectivo, lo que llevó a los fiscales a abrir una investigación paralela para determinar posibles vínculos con redes de narcotráfico.

Diversos estudios sobre economías criminales en América Latina muestran que la minería ilegal puede integrarse con otras actividades ilícitas, incluyendo contrabando, tráfico de drogas, lavado de activos y corrupción institucional.

De hecho, investigaciones regionales han señalado que la minería ilegal ha llegado a competir con el narcotráfico como una de las economías criminales más lucrativas en algunas regiones, impulsada por el aumento sostenido del precio internacional del oro (Insight Crime, 2019; OEA, 2021).

Implicaciones para el debate sobre minería en Costa Rica

El caso de Crucitas es especialmente relevante para el debate actual sobre la política minera en Costa Rica porque muestra que la minería ilegal no opera únicamente como actividad artesanal aislada, sino dentro de redes financieras, comerciales y logísticas más amplias.

El caso evidencia al menos tres dinámicas importantes:

1.La minería ilegal puede integrarse en estructuras empresariales y financieras complejas.

2.El lavado de oro depende frecuentemente de canales comerciales formales, como exportadoras o intermediarios.

3.La expansión de la minería ilegal no necesariamente depende de la ausencia de minería legal, sino de la existencia de mercados internacionales y mecanismos de lavado.

Por esta razón, distintos análisis sobre crimen organizado y minería en América Latina advierten que la simple legalización o apertura de proyectos mineros industriales no garantiza la reducción de la minería ilegal.

En muchos contextos, ambos mercados pueden coexistir e incluso entrelazarse a través de cadenas de comercialización, intermediarios y sistemas financieros que permiten mezclar minerales legales e ilegales.

Un debate que requiere más evidencia

El caso de la declaración y posterior retractación del empresario Rob McEwen no demuestra por sí mismo la existencia de una relación sistemática entre empresas mineras y organizaciones criminales. Sin embargo, sí revela un aspecto relevante de las economías extractivas contemporáneas: las economías legales e ilegales pueden coexistir dentro de los mismos territorios.

Esta coexistencia plantea desafíos complejos para la regulación pública, la gobernanza territorial y los mecanismos de supervisión estatal.

Por esa razón, cuando se afirma que legalizar la minería resolverá la minería ilegal, resulta necesario examinar con mayor detenimiento la evidencia comparada y las dinámicas reales de las economías criminales.

La experiencia internacional sugiere que el problema no es únicamente jurídico, sino también institucional y territorial. En muchos casos, lo legal y lo ilegal no se separan simplemente por una norma, sino por la capacidad efectiva del Estado para regular, supervisar y controlar los territorios donde se desarrollan estas actividades.

Como complemento al análisis presentado en este artículo, se incluye a continuación una matriz de tipologías y señales de alerta del lavado de activos vinculado a la minería ilegal. Esta tabla tiene un propósito pedagógico: sintetizar de manera clara algunos de los patrones, prácticas y señales que suelen aparecer cuando las economías criminales asociadas a la extracción ilegal de minerales intentan insertar sus ganancias en circuitos financieros o comerciales formales.

La matriz permite identificar de forma esquemática modalidades de operación, actores involucrados y posibles indicadores de riesgo, lo cual puede resultar útil para investigadores, periodistas, estudiantes o personas interesadas en comprender mejor cómo funcionan estas dinámicas en la región.

Este cuadro fue elaborado a partir de la información contenida en el informe de la Organización de los Estados Americanos: Tipologías y señales de alerta relacionadas con el lavado de activos provenientes de la minería ilegal en América Latina y el Caribe (Organización de los Estados Americanos, Secretaría de Seguridad Multidimensional, Departamento contra la Delincuencia Organizada Transnacional, 2022), que analiza los mecanismos más comunes utilizados para ocultar o legitimar ganancias provenientes de la explotación minera ilícita en América Latina y el Caribe.

Matriz de tipologías y señales de alerta del lavado de activos vinculado a minería ilegal
Tipología identificadaDescripción del mecanismoSeñales de alerta principalesImplicación para la gobernanza minera
Uso de negocios de alta rotación de efectivoEmpresas aparentemente legales (comercio de alimentos, insumos o transporte) canalizan grandes cantidades de dinero hacia zonas de minería ilegal y ayudan a movilizar el oro extraído.Grandes movimientos de efectivo; empresas que operan en zonas remotas con actividad financiera desproporcionada; uso frecuente de transporte de valores.Permite introducir capital ilícito en la economía formal y financiar operaciones mineras ilegales.
Pago de mercancías de contrabando con oro ilegalEl oro extraído ilegalmente se utiliza como medio de pago para mercancías ingresadas ilegalmente al país.Comercio en zonas fronterizas con pagos en oro o efectivo; empresas vinculadas simultáneamente a comercio y minería.Integra minería ilegal con otras economías criminales como contrabando o narcotráfico.
Manipulación de exportaciones de chatarra de oroExportación o importación de oro reciclado o chatarra con información alterada sobre peso o calidad.Documentación inconsistente; diferencias entre valor declarado y valor de mercado; empresas intermediarias sin historial comercial.Facilita introducir oro ilegal en cadenas de comercio internacional.
Tráfico transfronterizo de oro ilícitoContrabando de oro a países vecinos para aprovechar diferencias fiscales o controles regulatorios más débiles.Exportaciones de oro desproporcionadas en países sin producción minera relevante; flujos comerciales inusuales en zonas fronterizas.Aprovecha fronteras porosas y diferencias tributarias entre países.
Uso de jurisdicciones o intermediarios de alto riesgoEmpresas o intermediarios ubicados en jurisdicciones con baja supervisión financiera facilitan el lavado de dinero.Transferencias internacionales frecuentes a paraísos fiscales o países con controles débiles.Permite ocultar beneficiarios finales y dificultar investigaciones financieras.
Corrupción de funcionarios públicosSobornos o pagos para facilitar licencias, permisos o protección frente a controles estatales.Funcionarios con patrimonio inexplicable; irregularidades en otorgamiento de permisos mineros.Debilita las instituciones y permite la continuidad de la minería ilegal.
Tráfico de relaves o residuos minerosComercialización ilegal de residuos mineros que contienen metales valiosos recuperables.Empresas que comercializan relaves sin documentación técnica o ambiental.Amplía la cadena de explotación ilegal más allá de la mina original.
Uso de casas de empeñoCasas de empeño compran oro sin verificar origen, permitiendo introducir oro ilegal en el mercado.Altas compras de oro sin trazabilidad o documentación.Puntos de entrada del oro ilegal al mercado formal.
Contrabando de oro para comercialización en otro paísEl oro es transportado clandestinamente para ser vendido en mercados más rentables.Diferencias significativas entre producción nacional y exportaciones.Permite lavar oro ilegal a través de mercados externos.
Simulación de producción por empresas minerasEmpresas registradas reportan producción ficticia para justificar la venta de oro ilegal.Empresas con producción elevada sin capacidad operativa o infraestructura.Permite mezclar oro ilegal con producción aparentemente legal.
Uso de permisos de formalización mineraMineros ilegales utilizan registros de minería artesanal o permisos de formalización para comercializar oro ilícito.Permisos utilizados por terceros o producción mayor a la autorizada.Debilita programas de formalización minera.
Sobrevaloración de exportacionesManipulación del valor declarado del oro para transferir dinero ilícito mediante comercio internacional.Empresas recién creadas con exportaciones millonarias; discrepancias en precios declarados.Forma de lavado basada en comercio internacional.
Uso de “correos humanos”Transporte físico de oro o dinero por personas que cruzan fronteras.Viajeros con objetos de oro ocultos en equipaje o ropa.Facilita mover oro sin registro oficial.
Producción ficticia en minas legales inactivasMinas que oficialmente están cerradas o sin producción reportan ventas de oro.Empresas sin actividad real pero con ventas o exportaciones importantes.Permite introducir oro ilegal en cadenas legales.
Préstamos ilícitos para financiar minería ilegalFinanciación de operaciones mediante préstamos informales o usureros vinculados a organizaciones criminales.Zonas mineras con gran circulación de efectivo y poco uso del sistema bancario.Conecta minería ilegal con redes de crédito criminal.
Sistemas alternativos de transferencia de dineroUso de intermediarios informales o redes paralelas para transferir pagos y remesas de trabajadores mineros.Pagadores informales y transferencias fuera del sistema financiero.Dificulta rastrear flujos financieros vinculados a la minería ilegal.

Elaboración propia a partir de Organización de los Estados Americanos (2022) Tipologías y señales de alerta relacionadas con el lavado de activos provenientes de la minería ilegal en América Latina y el Caribe.

Referencias:

Arrieta, Esteban. (2026, febrero 17). Laura Fernández se compromete con plan para explotar el oro que hay en Crucitas. La República. https://www.larepublica.net/noticia/laura-fernandez-se-compromete-con-plan-para-explotar-el-oro-que-hay-en-crucitas

CNN Expansión. (2015, abril 10). Minera canadiense “pide permiso” a cárteles para explorar. https://expansion.mx/negocios/2015/04/10/minera-canadiense-pide-permiso-a-carteles-para-explorar

EFE. (2015, 12 de abril). In Mexico, mining firms play drug cartel politics. News.co.cr.
https://news.co.cr/in-mexico-mining-firms-play-drug-cartel-politics/38164/

El Financiero. (2015, 10 de abril). McEwen Mining admite control de cárteles en exploración minera.
https://www.elfinanciero.com.mx/empresas/mcewen-mining-admite-control-de-carteles-en-exploracion-minera/

Haldevang, Max de., y Nuño, Analy. (2024, 13 de diciembre). Blood and Ore: Mexican cartel violence silences mine opponents. Organized Crime and Corruption Reporting Project (OCCRP).
https://www.occrp.org/en/feature/blood-and-ore-mexican-cartel-violence-silences-mine-opponents

Hernández Navarro, Luis. (2017, 9 de mayo). Minería, narco y comunidades indígenas. La Jornada.
https://www.ceccam.org/node/2251

Lohmuller, Michael. (2015, 14 de abril). Empresa minera admite relación con el crimen organizado en México. InSight Crime.
https://insightcrime.org/es/noticias/noticias-del-dia/empresa-minera-admite-relacion-crimen-organizado-mexico/

Miranda, Boris. (2016). Las economías perversas del crimen organizado. Nueva Sociedad, (263), mayo-junio.
https://static.nuso.org/media/articles/downloads/8.TC_Miranda_263.pdf

Organización de los Estados Americanos, Secretaría de Seguridad Multidimensional, Departamento contra la Delincuencia Organizada Transnacional. (2022). Tipologías y señales de alerta relacionadas con el lavado de activos provenientes de la minería ilegal en América Latina y el Caribe. Organización de los Estados Americanos. https://share.google/uKVCMH04mGo9ehLIX

Río Doce. (2015, 13 de abril). Se retracta McEwen: niega que minera tiene relación con cárteles.
https://riodoce.mx/2015/04/13/se-retracta-mcewen-niega-que-minera-tiene-relacion-con-carteles/

Scotland, Jennifer. (2025, 12 de mayo). Gold rush: Organised crime in transition mineral supply chains. Royal United Services Institute (RUSI).
https://www.rusi.org/explore-our-research/publications/commentary/gold-rush-organised-crime-transition-mineral-supply-chains

The Global Initiative Against Transnational Organized Crime. (2016). Organized crime and illegally mined gold in Latin America.
https://globalinitiative.net

Crédito de Imagenes:  Semanario Universidad.

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A diez años de su siembra: Berta Cáceres, la pedagogía del río y la política de la vida

El 3 de marzo de 2016 fue asesinada en La Esperanza, Honduras, Berta Cáceres, lideresa indígena lenca, feminista y defensora del río Gualcarque. Una década después, su figura no solo convoca memoria: interpela críticamente el modelo político y económico que convierte territorios en mercancía y comunidades en obstáculos.

Como coordinadora del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), Berta articuló una resistencia que trascendía la oposición a un proyecto hidroeléctrico específico. La lucha contra Agua Zarca —impulsada sin consulta previa en territorio lenca— evidenciaba un patrón estructural: el extractivismo como forma contemporánea de colonialismo interno, sostenido por alianzas entre capital transnacional, élites nacionales y aparatos estatales.

En su pensamiento, el río no era un “recurso natural”. Era sujeto de memoria, espiritualidad y comunidad. Allí emerge lo que podríamos llamar la pedagogía del río: una forma de aprendizaje político que nace de la escucha del territorio. El río enseña interdependencia —ningún cauce fluye aislado—; enseña comunidad —sus aguas se sostienen en múltiples afluentes—; enseña límite —cuando se le violenta, responde—; y enseña continuidad —la memoria fluye como corriente.

Defender el Gualcarque no era solo oponerse a una represa; era afirmar que el territorio educa. Que el río forma conciencia. Que en su fluir se aprende una política distinta: no centrada en la acumulación, sino en el cuidado y la reciprocidad. Esta pedagogía desborda la racionalidad tecnocrática que reduce el agua a kilovatios y balances financieros, y cuestiona la idea de desarrollo que fragmenta naturaleza y cultura.

Aquí radica uno de los aportes teóricos más potentes de su legado: la defensa territorial como política de la vida. No se trataba únicamente de resistir un megaproyecto, sino de disputar el sentido mismo de lo que entendemos por progreso. ¿Qué es el río? ¿Quién decide sobre él? ¿Qué saberes cuentan? ¿Qué vidas importan?

A diez años, hablar de Berta Cáceres es hablar de una pedagogía que sigue vigente. Y esa pedagogía no se agota en la defensa ecológica: se expande hacia la memoria, la cultura y las formas en que producimos conocimiento.

Río, memoria y bienes comunes: más allá de lo “natural”

Si el río educa, también lo hace enseñando que la vida no puede dividirse en compartimentos. Uno de los aportes más profundos del pensamiento de Berta es la comprensión del río como bien común que es simultáneamente natural y cultural. El río no es solo agua que fluye: es memoria compartida, es relato colectivo, es práctica espiritual, es organización comunitaria. Es, en ese sentido, un bien común simbólico.

Separar “naturaleza” y “cultura” ha sido una operación funcional al extractivismo. Cuando el río se reduce a caudal aprovechable, se invisibiliza su dimensión histórica y cultural. Pero cuando se le reconoce como espacio de vida, también se reconoce que su defensa es una defensa de la identidad y de la autonomía colectiva. El río sostiene cultivos, pero también sostiene sentidos; alimenta cuerpos, pero también alimenta memorias.

La pedagogía del río nos enseña justamente esa unidad: que el despojo no es solo material. Es también un intento de romper vínculos comunitarios, de erosionar memorias y de imponer una narrativa única del “progreso”. Defender el río es defender la posibilidad de nombrar el mundo desde otros marcos culturales y políticos.

Hoy, en distintos territorios de América Latina, quienes se organizan para proteger sus ríos suelen ser descalificados como “locos”, “radicales” o “ingenuos”. Esa estrategia de deslegitimación busca negar la racionalidad que brota del territorio. Sin embargo, la experiencia demuestra que muchas de esas voces que fueron ridiculizadas advertían impactos reales: contaminación, pérdida de agua, ruptura del tejido comunitario.

La acusación de locura funciona como mecanismo de disciplinamiento. Frente a ello, la pedagogía del río nos invita a invertir la pregunta: ¿qué racionalidad es la que considera razonable destruir un río en nombre del crecimiento económico? ¿qué tipo de normalidad naturaliza la violencia contra quienes defienden la vida?

Recordarla es asumir que la defensa del agua es, al mismo tiempo, defensa de la memoria, de la cultura y de la dignidad. Porque cuando un río se defiende, no solo fluye el agua: fluye también la historia de un pueblo que se niega a desaparecer.

Y esa lección nos conduce inevitablemente a otra dimensión del aprendizaje que el río ofrece: la forma en que conocemos y validamos lo que sabemos.

Cuando el río enseña también en Maquengal: ecos de la pedagogía en el Río Frío

La pedagogía del río de la que hablaba Berta Cáceres no pertenece únicamente al Gualcarque. También se expresa en territorios como Maquengal, en la cuenca del Río Frío – Caño Negro, donde las comunidades han aprendido a leer el agua como memoria viva y como advertencia.

En Maquengal, el río no es una abstracción cartográfica ni un simple caudal medible en metros cúbicos por segundo. Es sustento cotidiano, paisaje compartido, historia familiar y espacio de encuentro. Los recorridos comunitarios por el cauce —para observar cambios, documentar extracciones o señalar afectaciones— no son solo acciones de denuncia: son ejercicios de conocimiento colectivo. Allí se actualiza una forma de saber que no siempre cabe en un expediente técnico, pero que nace de la experiencia directa con el territorio.

Como en el caso que enfrentó Berta desde el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, en Maquengal también se evidencia una tensión entre la mirada que reduce el río a recurso y la que lo comprende como bien común. Cuando la comunidad advierte sobre la pérdida de cobertura ribereña, la alteración del cauce o el impacto acumulativo de intervenciones “permitidas”, no está reaccionando desde la improvisación: está defendiendo un tejido de relaciones que sostiene su vida cotidiana.

La experiencia de Maquengal confirma que la defensa del río es también defensa del derecho a habitar dignamente el territorio. Y muestra que la pedagogía del río no es metáfora lejana: es práctica concreta. Es caminar el cauce, conversar en comunidad, contrastar lo que dicen los papeles con lo que muestra el agua. Es recordar que la legitimidad no nace únicamente del sello institucional, sino del vínculo persistente con el lugar.

En ese sentido, el Río Frío dialoga con el Gualcarque. Ambos recuerdan que los bienes comunes no se defienden solo con argumentos legales, sino con comunidad organizada y memoria activa. Ambos enseñan que cuando el río cambia, la comunidad lo sabe. Y que escuchar esa voz —antes de que sea demasiado tarde— es parte de la tarea ética y política que Berta nos dejó como herencia.

Más allá del estudio técnico: memoria, dignidad y descolonización del conocimiento

Si el río enseña interdependencia y memoria, también enseña que no todo conocimiento cabe en un informe. En muchos conflictos socioambientales, el punto de partida suele definirse en términos de “estudios técnicos”: impacto ambiental, viabilidad financiera, modelaciones hidráulicas, dictámenes jurídicos. Estos instrumentos son relevantes. Pero cuando se convierten en el único lenguaje legítimo de la discusión, producen un silenciamiento: desplazan las memorias, los vínculos afectivos, el derecho al disfrute del territorio y la experiencia cotidiana de quienes habitan los ríos.

Las comunidades no comienzan a defender un río cuando se publica un informe; comienzan cuando sienten que algo amenaza su forma de vida. Esa experiencia también es conocimiento. Allí están los saberes situados, los relatos, las prácticas culturales, las espiritualidades. Está el derecho a una vida digna que no se agota en indicadores cuantificables. Está el lugar de lo sagrado, de aquello que no siempre puede traducirse en categorías técnicas pero que estructura profundamente la experiencia colectiva.

Asumir la pedagogía del río implica reconocer que la defensa territorial no nace únicamente de peritajes, sino de una comprensión integral del territorio como tejido de relaciones. El desafío no es descartar el conocimiento técnico, sino descentrarlo como único punto de validación.

Aquí se abre una tarea pendiente, especialmente para instancias que aún operan bajo marcos epistemológicos coloniales —incluidas muchas secciones de la universidad pública—: comprender que la descolonización no es solo discursiva. Supone transformar nuestras formas de investigar, de acompañar y de producir conocimiento. Trabajar con lo no legitimado, con lo que no está escrito, con lo que no siempre puede decirse en lenguaje académico.

La pedagogía del río nos invita a escuchar lo que no aparece en las matrices de evaluación: la memoria que no está archivada, la experiencia que no cabe en un formulario, el bienestar como principio organizador de la vida colectiva.

Si el acompañamiento universitario y profesional a las luchas territoriales quiere ser coherente con una ética de los bienes comunes, deberá aprender de ese fluir: abrirse a otros lenguajes, reconocer otras epistemologías y admitir que el conocimiento también nace en asambleas, en riberas y en prácticas comunitarias que sostienen la vida.

Quizás esa sea una de las lecciones más urgentes que nos deja esta década sin Berta: dejar que el río no solo sea defendido, sino que nos enseñe a transformar la manera en que pensamos, investigamos y acompañamos la vida en común.

Referencias:

Carvajal, Valentina. (2026, marzo 2). A diez años de Berta Cáceres: la lideresa que defendió el río y despertó al mundo. Greenpeace. https://es.greenpeace.org/es/noticias/a-diez-anos-de-berta-caceres-la-lideresa-que-defendio-el-rio-y-desperto-al-mundo/

Izquierdas. (2018). El asesinato de Berta Cáceres y las tramas del poder en Honduras. Izquierdas, (40), 254–273.

VV. AA. (2022). Defensoras: la vida en el centro. (Entrevista a Berta Cáceres).

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Minería ilegal: el nuevo pretexto del viejo extractivismo

Un año después de advertir sobre la pereza mental de la política costarricense frente a la minería en Cutris, el debate vuelve a escena con un nuevo giro discursivo. Esta vez, el argumento no se presenta principalmente como “desarrollo” ni como “minería sostenible”, sino como una supuesta respuesta urgente ante la minería ilegal.

En su comparecencia ante la Asamblea Legislativa, el ministro de Seguridad Pública, Mario Zamora, afirmó que la afectación territorial por minería ilegal en Crucitas habría aumentado en más de un 200%, reforzando la narrativa de que el país enfrenta una emergencia que justificaría medidas excepcionales (Semanario Universidad, 2025). El mensaje implícito es claro: si el Estado no logra frenar la extracción clandestina, entonces permitir minería formal podría convertirse en la salida “realista”.

Pero esta lógica, lejos de representar un análisis serio del problema, reproduce un patrón conocido: usar una crisis —ambiental, social o de seguridad— como argumento para reactivar el extractivismo. La pregunta que Costa Rica debería hacerse no es si la minería ilegal existe (porque existe y es grave), sino si abrir minería metálica a cielo abierto detendría realmente esa ilegalidad, o si más bien terminaría institucionalizándola.

Los documentos internacionales y regionales revisados permiten sostener una idea fundamental: la minería ilegal no es simplemente un delito ambiental, sino un síntoma de crisis estructurales profundas vinculadas a desigualdad, abandono territorial, corrupción y redes criminales transnacionales (CIDH-REDESCA, 2025; CMIA, 2025).

Imagen: Captura de pantalla nota Semanario Universidad

Cuando lo “ilegal” se vuelve una categoría política

En el debate público costarricense, “minería ilegal” suele presentarse como una actividad marginal realizada por individuos aislados que operan fuera de la ley. Esa imagen resulta cómoda, porque permite reducir el problema a un conflicto entre “buenos y malos”, o entre “Estado y coligalleros”.

Sin embargo, los informes internacionales son contundentes: la minería ilegal de oro en América Latina no funciona como un fenómeno espontáneo o desorganizado. Es una economía ilícita consolidada, conectada con cadenas comerciales internacionales, mercados globales del oro y redes de violencia que incluyen corrupción, lavado de activos y control territorial (CIDH-REDESCA, 2025; UNODC, s. f.).

Por eso, la minería ilegal no puede explicarse únicamente como falta de permisos o ausencia de regulación. Se explica por la existencia de una economía extractiva paralela que se sostiene gracias a la impunidad y al debilitamiento institucional. En otras palabras, lo ilegal no es solo una práctica, sino un régimen de poder territorial.

El riesgo político aparece cuando esta complejidad se simplifica deliberadamente. La ilegalidad se convierte entonces en una palabra útil para construir un argumento: si hay ilegalidad, entonces hay que legalizar. Pero esa es una conclusión apresurada y profundamente interesada.

La minería ilegal como síntoma del abandono estatal

En la Amazonía y en múltiples regiones de América Latina, los organismos internacionales han advertido que la minería ilegal prospera especialmente en zonas donde el Estado es débil o está ausente: regiones fronterizas, áreas rurales empobrecidas o territorios indígenas históricamente marginados (CMIA, 2025).

El caso de Crucitas debe leerse desde esa misma perspectiva. La minería ilegal no aparece en un vacío. Surge en un contexto donde convergen:

  • -precariedad socioeconómica,
  • -ausencia de alternativas productivas sostenidas,
  • -insuficiente presencia institucional,
  • -crisis de fiscalización ambiental,
  • -limitaciones de control territorial (Semanario Universidad, 2025; CMIA, 2025).

Por eso, hablar únicamente de coligalleros y no hablar del abandono estatal es una forma de omisión política. Lo que ocurre en Crucitas no es solo extracción ilegal: es una reconfiguración territorial, económica y social. Donde el Estado no regula, aparecen mercados informales, jerarquías de poder local, redes de intermediación y violencia.

En ese sentido, lo ilegal no es un “desorden” pasajero: es una expresión de un territorio abandonado.

La trampa del discurso técnico: “solo falta regular”

Un elemento recurrente en las discusiones institucionales es presentar la minería ilegal como un problema técnico: falta fiscalización, faltan permisos, faltan procedimientos. Bajo esta visión, bastaría con habilitar un marco de concesiones, modernizar el Código de Minería y establecer controles para ordenar el territorio.

Pero esta narrativa ignora una dimensión esencial: la minería ilegal es política porque está sostenida por relaciones de poder. REDESCA ha documentado que en varios países la minería ilegal está vinculada con economías ilícitas, violencia sistemática y captura territorial, generando incluso crisis humanitarias (CIDH-REDESCA, 2025).

En la Amazonía, por ejemplo, se ha señalado que la minería ilegal se vincula a desplazamientos forzados, trata, deterioro sanitario y destrucción de ecosistemas, en un marco donde el oro funciona como combustible de redes criminales (CMIA, 2025).

Cuando el problema es de poder, corrupción y crimen organizado, legalizar no significa controlar: significa abrir una nueva fase de disputa por el territorio.

El gran engaño: creer que lo legal elimina lo ilegal

Uno de los argumentos que se repiten con insistencia en Costa Rica es que abrir minería formal permitiría reducir o eliminar la minería ilegal. Sin embargo, la evidencia regional apunta en otra dirección: en numerosos contextos, la minería legal y la ilegal coexisten y, en ocasiones, se retroalimentan (CMIA, 2025; UNODC, 2022).

Esto ocurre por varias razones:

  • La minería ilegal puede ser más rentable, porque evade costos ambientales y laborales.
  • La minería legal puede convertirse en un canal de lavado, mediante el ingreso de oro ilegal a circuitos formales.
  • Las cadenas de comercialización del oro son opacas, y su trazabilidad real suele ser limitada.
  • La fiscalización estatal es insuficiente, incluso en operaciones formales.
  • La presión extractiva aumenta cuando el territorio se normaliza como zona minera (CIDH-REDESCA, 2025; UNODC, 2022).

Así, la legalización puede funcionar como un mecanismo de normalización del extractivismo. En vez de erradicar lo ilegal, puede reorganizarlo, hacerlo más sofisticado y hacerlo convivir con estructuras empresariales formales.

Crucitas como excusa: la emergencia convertida en estrategia

En Costa Rica, el proyecto legislativo 24.717 plantea una excepción territorial para permitir minería metálica sostenible a cielo abierto en Cutris de San Carlos. El texto sustitutivo se sostiene en la idea de que esta medida permitiría enfrentar el desastre ambiental y social generado por la minería ilegal, aprovechando racionalmente el recurso y generando beneficios públicos (Asamblea Legislativa de Costa Rica, 2025).

Sin embargo, este razonamiento es problemático por al menos tres razones.

Primero, porque transforma una crisis de ilegalidad y ausencia estatal en un argumento para habilitar una actividad prohibida a nivel nacional. En vez de fortalecer la capacidad institucional para combatir redes criminales, se plantea abrir una puerta extractiva bajo la promesa de “orden” (CIDH-REDESCA, 2025).

Segundo, porque asume que el Estado podrá fiscalizar con eficacia una industria minera formal cuando, precisamente, lo que ha quedado en evidencia es su incapacidad para controlar el territorio y detener la minería ilegal (CMIA, 2025).

Y tercero, porque la minería a cielo abierto no es una actividad neutra. Implica transformación radical del territorio, presión sobre fuentes de agua, deforestación y conflictos socioambientales. No es un simple mecanismo administrativo para resolver un problema de seguridad.

La minería ilegal se denuncia, pero el extractivismo vuelve como receta.

¿Quién gana cuando lo ilegal se vuelve argumento?

Que la minería ilegal sea real no significa que el uso político de esa realidad sea neutral. Al contrario: convertir la ilegalidad en narrativa dominante permite justificar cambios legales y reabrir un mercado extractivo que la sociedad costarricense había cerrado.

Aquí aparecen preguntas inevitables:

  • -¿quién gana con la apertura de minería metálica?
  • -¿quién controla la comercialización del oro?
  • -¿qué actores económicos se posicionan detrás de la retórica de la “minería sostenible”?
  • -¿qué tan sólida es la capacidad estatal de fiscalización y trazabilidad del mineral?
  • -¿qué se entiende por sostenibilidad cuando se trata de extracción intensiva? (CIDH-REDESCA, 2025; UNODC, 2022).

REDESCA advierte que incluso en países donde la minería es legal, la débil supervisión estatal y la corrupción pueden facilitar que el extractivismo formal reproduzca impactos graves y, al mismo tiempo, se convierta en una fachada para economías ilícitas (CIDH-REDESCA, 2025).

En ese marco, la frontera entre lo legal y lo ilegal puede volverse frágil, difusa e instrumental.

De la ilegalidad al derecho: el enfoque que se está perdiendo

Los documentos internacionales insisten en un punto clave: la respuesta a la minería ilegal no puede reducirse a una discusión de permisos, concesiones o regalías. Debe abordarse desde un enfoque de derechos humanos y justicia ambiental (CIDH-REDESCA, 2025).

La minería ilegal afecta directamente:

  • -el derecho a un ambiente sano,
  • -el derecho al agua,
  • -la salud pública,
  • -la seguridad comunitaria,
  • -la integridad territorial de pueblos indígenas,
  • -el derecho a defender derechos (CIDH-REDESCA, 2025).

Y, además, la CIDH ha advertido que los Estados tienen obligaciones claras en materia de prevención, protección y reparación, especialmente en contextos donde la minería ilegal genera violencia y degradación ambiental sistemática (CIDH-REDESCA, 2025).

Desde esa perspectiva, combatir la minería ilegal debería implicar:

  1. trazabilidad real del oro,
  2. control del comercio de mercurio y sustancias tóxicas,
  3. persecución de redes de intermediación y comercialización,
  4. fortalecimiento de fiscalización ambiental y judicial,
  5. protección de comunidades y defensores ambientales,
  6. alternativas económicas territoriales sostenidas (CMIA, 2025; UNODC, 2022).

En ese marco, legalizar minería a cielo abierto no aparece como una solución de derechos: aparece como una salida económica con costos socioambientales difíciles de revertir.

La pereza mental regresa con uniforme nuevo

En setiembre de 2025 señalamos que la política costarricense repite un patrón de pereza mental: frente a problemas complejos, se recurre al libreto extractivista como salida rápida. Hoy ese patrón vuelve, pero con un nuevo uniforme discursivo: el lenguaje de la seguridad pública.

La minería aparece nuevamente como la “salida fácil” ante realidades duras: inseguridad, pobreza, abandono, crisis territorial. Y se intenta instalar un falso dilema: o minería legal o caos ilegal.

Sin embargo, esa narrativa invisibiliza algo esencial: la ilegalidad no se combate con extractivismo. Se combate con Estado, justicia ambiental, presencia territorial sostenida y alternativas económicas reales.

Costa Rica no necesita más minería para combatir la minería ilegal. Necesita más imaginación política, más capacidad institucional y más coherencia con la decisión histórica que el país tomó en 2010.

Lo ilegal no se resuelve con extractivismo

La minería ilegal es una amenaza real. Pero convertirla en argumento para abrir minería metálica a cielo abierto es una operación política peligrosa. Los informes revisados muestran que este fenómeno no se origina por falta de minería legal, sino por redes criminales, mercados globales del oro, desigualdad, corrupción y debilitamiento institucional (CIDH-REDESCA, 2025; CMIA, 2025).

En ese contexto, legalizar minería a cielo abierto no garantiza detener la ilegalidad. Puede incluso facilitar nuevas formas de lavado de oro, captura institucional y expansión extractiva bajo discursos de sostenibilidad (UNODC, s. f.; CMIA, 2025).

Lo que está en juego no es solo un proyecto de ley ni un distrito del norte del país. Lo que está en disputa es si Costa Rica enfrentará la minería ilegal fortaleciendo la justicia ambiental y el control democrático del territorio, o si permitirá que esa crisis funcione como pretexto para normalizar un modelo extractivo que el país ya había decidido superar.

Referencias:

Asamblea Legislativa de Costa Rica. (2025). Texto sustitutivo del expediente 24.717: Ley para regular la exploración y explotación de minería metálica sostenible a cielo abierto en el distrito de Cutris de San Carlos, provincia de Alajuela y reforma parcial al Código de Minería (Ley N.º 6797). Ver aquí.

Climate and Mining in the Amazon. (2025). Cambio climático, minería ilegal y derechos humanos en la Amazonía: una reflexión desde la sociedad civil y los pueblos indígenas. Pueden descargar el documento aquí.

Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Relatoría Especial sobre Derechos Económicos, Sociales, Culturales y Ambientales. (2025). REDESCA alerta sobre el impacto de la minería ilegal de oro y urge garantizar un medio ambiente sano. Comunicado de prensa. Organización de los Estados Americanos. Pueden ver el comunicado aquí.

Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito. (2022). Tipologías y señales de alerta: minería ilegal. Pueden descargar el documento aquí.

Observatorio Bienes Comunes (2025). Minería en Cutris: la pereza mental de la política costarricense. Ver noticia.

Semanario Universidad. (2026). Ministro de Seguridad alegó aumento de 200% en afectación territorial por minería ilegal en Crucitas. Ver noticia.

Crédito imagen de cabecera Miriet Abrego/Semanario Universidad.

Pueden descargar la infografía aquí.

PDFImagen

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Monitoreos de Philippe: registro de impactos ambientales

Como parte de su trabajo de monitoreo ambiental, Philippe Vangoidsenhoven ha documentado diversas prácticas que generan preocupación tanto en zonas boscosas como en áreas públicas. Sus observaciones permiten visibilizar conflictos y daños potenciales al entorno, evidenciando la vulnerabilidad de estos territorios ante intervenciones humanas desordenadas. A continuación se presentan dos casos recientes que ilustran estas problemáticas.

Caso 1 — Chapeo de bosque privado y agresión a observador

Philippe registró la intervención en un bosque que hasta ahora no había sido tocado. Durante siete u ocho días, un grupo de cuatro o cinco personas realizó labores de chapeo. El terreno pertenece a una empresa ampliamente reconocida por la extracción de material de río y que, además, ha sido denunciada por extraer material de una loma en el cantón de Talamanca.

Tras denuncias previas, los responsables retiraron los rótulos de los camiones para evitar problemas legales. Al consultar a uno de los trabajadores sobre la razón del chapeo, este no ofreció una explicación clara. Philippe advierte que, en muchos casos, este tipo de acciones precede a la tala y posterior loteo de terrenos. En este caso, el bosque es montañoso y se desconoce el objetivo de la intervención.

Durante el monitoreo, Philippe también sufrió un incidente de violencia: mientras tomaba fotografías y registraba la situación con su celular, un hombre del lugar le gritó e intentó intimidarlo desde unos 100 metros, exigiéndole que dejara de tomar fotos. Philippe documentó el evento con la cámara de su carro y su celular, señalando que la percepción de la ley por parte de los responsables parece basarse más en caprichos que en la normativa vigente, lo que dificulta la protección ambiental.

Caso 2 — Uso desordenado de áreas públicas y playas

En otro monitoreo, Philippe observó que, especialmente durante los periodos de vacaciones, la zona pública y las playas sufren un uso desordenado y dañino. Personas que llegan a la zona realizan actividades de parqueo y ocupación de espacios públicos, incluyendo áreas que deberían ser refugio de fauna o patrimonio comunitario.

Philippe describe la situación como un “desastre total”, en la que el control por parte de las autoridades es limitado y la presión social y ambiental se intensifica. Este caso evidencia un problema recurrente en la gestión de espacios públicos y en la protección del litoral costarricense.

Caribe Sur bajo presión

Estos dos casos muestran patrones recurrentes de intervención humana en territorios sensibles, donde tanto la acción privada como el uso desordenado del espacio público generan riesgos significativos para los ecosistemas y la gestión comunitaria. En el Caso 1, el chapeo de un bosque montañoso, acompañado de agresión a un observador, evidencia la vulnerabilidad de los bosques ante prácticas no reguladas y caprichos individuales que pueden anticipar la tala y el loteo de terrenos. La falta de claridad sobre la finalidad de estas intervenciones refleja la debilidad institucional y la dificultad de aplicar la normativa ambiental en contextos de presión extractiva.

En el Caso 2, la ocupación descontrolada de playas y zonas públicas durante periodos de mayor afluencia demuestra cómo la presión social sobre espacios comunes contribuye al deterioro ambiental y al conflicto de usos. La incapacidad de las autoridades para regular estas prácticas refuerza la idea de que los territorios más frágiles —ya sea por su valor ecológico, social o cultural— requieren mecanismos de control y vigilancia más efectivos.

En conjunto, ambos casos revelan cómo actividades aparentemente dispersas o aisladas tienen efectos acumulativos sobre ecosistemas y comunidades. Bosques, ríos y playas son territorios vulnerables que no solo sufren daños físicos, sino también tensiones legales, sociales y éticas. La experiencia de Philippe muestra que la defensa ambiental exige monitoreo constante, visibilización de agresiones, y la construcción de capacidades comunitarias para resistir prácticas que ponen en riesgo bienes comunes y patrimonios naturales.

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Cuando el río habla más fuerte que las carrozas: del lema a la acción en el Río Frío

Este texto es un aporte del Grupo Defensa de la Cuenca Río Frío – Caño Negro para invitar a la reflexión sobre la distancia que existe entre las buenas intenciones y las palabras frente a las acciones en territorios donde el extractivismo avanza y se intenta ocultar los daños que se producen.

El sábado 6 de diciembre, Guatuso se llenó de luces, música y celebración durante el Festival de la Luz. Entre las carrozas que recorrieron el centro del cantón, una llamó especialmente la atención: la de la ASADA de San Rafael, que llevaba el mensaje “El agua nace en la naturaleza, cuidemos sus raíces”.

Un lema necesario, inspirador y absolutamente cierto. Pero también un llamado que, en el contexto actual del Río Frío, exige algo más que aplausos y fotografías: exige coherencia.

Mientras las carrozas desfilaban, el Río Frío —uno de los afluentes vitales para la región— continúa enfrentando un proceso acelerado de deterioro. La pérdida de piedras en su cauce, la erosión, la desaparición de pozas y los impactos de la extracción de materiales muestran un panorama que contrasta con la imagen festiva. Aparte de la erosión, gran parte del río donde antes se podía acceder fácilmente por pequeñas rampas hoy presenta paredes de entre 7 y 8 metros. Esto preocupa profundamente a los vecinos que protegen el río, sobre todo porque la extracción actual se realiza a apenas un kilómetro del Parque Nacional.

La comunidad se pregunta con indignación: ¿dónde está la gran estima al Río Frío que el cantón celebra en su himno, en festividades y en nombres de salones, restaurantes y comercios? La ASADA cuenta con un salón de reuniones llamado Río Frío y un letrero frente al Banco Nacional que lo identifica, mientras restaurantes y comercios llevan su nombre como orgullo del pueblo. Sin embargo, frente a la realidad del cauce, estos símbolos parecen decorativos: un enorme muro intenta contener la furia del río cuando crece, mientras los daños se acumulan silenciosamente. Además, el río forma parte de un corredor biológico, la ruta de los Maleku, lo que suma valor ecológico a esta historia de degradación.

La mirada comunitaria es clara y profunda: el Río Frío, que alimentó familias, fue ruta de transporte y espacio de recreación, está siendo matado por la mano del hombre, la avaricia y la falta de conciencia ambiental. Durante casi 40 años, tanto la cuenca alta como la baja han sufrido extracción, dragado, pérdida de lagunas y humedales para dar paso a pastizales y cultivos de tubérculos. A pesar de ello, los grandes empresarios turísticos en las partes bajas aún explotan el río para turismo de lanchas, ignorando que su caudal está compuesto por nueve afluentes —Frío, Quéquer, Cote, Venado, Muerto, Samen, Treminio, Celeste, Quebradón, Pejibaye, Cucaracha y Venado— y que la sedimentación ha reducido drásticamente su flujo.

Los vecinos, con la ayuda de Kioscos Socioambientales de la UCR y redes sociales, saben que el río está en estado crítico, como si tuviera “metástasis” o se encontrara en etapa terminal. Ni todo el dinero del mundo, ni las instituciones que se presentan como protectoras del ambiente, pueden devolverlo a su estado original según la evidencia que arroja la Contraloría Ambiental. El daño al pueblo de Maquengal y sus alrededores es irreparable, y la tristeza y desaliento de ver cómo se pierde un río que los vio nacer es profundo y compartido.

¿Por qué tanto lema hacia el río, pero tan poca acción real para defenderlo?

El monitoreo comunitario confirma que el Río Frío está perdiendo su capacidad natural de autorregularse y su equilibrio ecológico. En los tramos intervenidos, la remoción de piedras ha provocado cambios profundos: el cauce se vuelve más angosto y, aunque transporta menos agua, las riberas se han hecho mucho más profundas, formando paredones de hasta 8 metros donde antes había rampas naturales. Este estrechamiento, sumado a la pérdida de estructura en el fondo del río, ha generado corrientes más fuertes y peligrosas, aumentando el riesgo de desbordes y representando una amenaza directa para Guatuso centro, especialmente en época lluviosa.

Allí donde la comunidad ha resistido la venta de terrenos o la entrada de maquinaria, el río se mantiene vivo; donde no, el daño es evidente. Muchos habitantes expresan una mezcla de desesperanza y falsa tranquilidad, como si el río fuera indestructible. Pero el deterioro observado demuestra lo contrario: el Río Frío sí puede desaparecer tal como lo conocimos.

El mensaje de la carroza —aunque valioso— debe convertirse en un punto de partida, no en un cierre decorativo. Guatuso necesita que sus instituciones, organizaciones y ASADAS asuman un rol activo y coherente en la defensa del Río Frío, promoviendo transparencia, vigilancia y una gestión responsable del agua como bien común. En un tiempo donde los lemas se iluminan en las calles, el desafío es lograr que también iluminen las decisiones.

Lo que el Festival no mostró, el río sí

La distancia entre los mensajes festivos y la realidad que vive el Río Frío nos recuerda por qué el monitoreo comunitario es tan necesario. Mientras los lemas invitan a cuidar el agua, el cauce muestra otra historia: desgaste, silencios institucionales y procesos extractivos que avanzan más rápido que la protección.

Hallazgos principales del monitoreo comunitario:

  • Desaparición progresiva de piedras en el cauce: las piedras grandes, medianas y pequeñas han disminuido significativamente en las partes bajas, mientras que en las zonas altas —donde la comunidad no ha permitido maquinaria ni venta de terrenos— aún se conservan.
  • Alteración profunda del cauce y debilitamiento del río: el cauce se ha desplazado hasta 80 metros y el fondo se ha llenado de material suelto, impidiendo la formación de pozas y remolinos.
  • Erosión acelerada y pérdida de estabilidad en las orillas: paredes de hasta 8 metros, suelos expuestos y vegetación ribereña en decadencia, afectando la seguridad de la comunidad.
  • Desaparición de pozas tradicionales y afectación a la vida silvestre: pozas como la Poza del Remolino han desaparecido o cambiado de lugar; la fauna acuática se desplaza hacia las partes altas, señal de un desequilibrio creciente.
  • Pérdida del espacio público y del paisaje comunitario: limita recreación, turismo local y convivencia.
  • Incongruencias con los informes técnicos: el Estudio de Impacto Ambiental de Maquengal minimiza los impactos, mientras la observación comunitaria evidencia daños acumulativos y sostenidos.
  • Fortaleza de la memoria y la observación comunitaria: la comunidad conserva la memoria de un río fuerte, sonoro y lleno de vida; su conocimiento es indispensable para la gestión de los bienes comunes.
  • Una historia de abandono y explotación sostenida: los vecinos recuerdan que durante casi 40 años, la cuenca alta y baja ha sufrido extracción, dragado, pérdida de lagunas y humedales para pastizales y cultivos de tubérculos. La institucionalidad, los concesionarios turísticos y la propia comunidad han visto cómo se degrada un río que alimentó familias, sirvió de transporte y fue espacio de recreación. Hoy, muchos temen que el Río Frío se encuentre en etapa terminal, víctima de la avaricia y la falta de conciencia ambiental.

Esta historia es larga, triste y educativa: un río que durante décadas alimentó familias, sirvió de ruta y espacio de encuentro, hoy nos recuerda que los lemas no bastan. Para el Río Frío, la coherencia, la vigilancia y la acción real son urgentes.

Grupo Defensa de la Cuenca Río Frío – Caño Negro

Diciembre, 2025

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Un decreto a la medida de nuestro modelo agroindustrial: agroquímicos y discursos simplificados

El Decreto Ejecutivo N.° 45310, publicado el 26 de noviembre de 2025, establece el nuevo Reglamento General para las Condiciones de Aplicaciones Terrestres de Agroquímicos. La narrativa oficial lo presenta como una normativa moderna, técnica, rigurosa y necesaria para ordenar la actividad agrícola. Sin embargo, visto desde los bienes comunes y la ecología política, el decreto revela algo distinto: una actualización operativa que mantiene intacta la estructura del modelo agroquímico nacional.

Costa Rica no enfrenta una crisis ambiental por falta de “procedimientos”. La enfrenta por la expansión de un régimen agroexportador intensivo, basado en monocultivos, altas cargas químicas y una gobernanza que históricamente ha priorizado la productividad sobre la sostenibilidad ecosistémica.

Por eso, esta nota plantea una lectura crítica del decreto: no para negar la necesidad de regulación, sino para evidenciar lo que regula, lo que omite y lo que profundiza.

¿Qué regula realmente el Decreto 45310?

El corazón del decreto está en definir cómo se deben aplicar los agroquímicos. Esto incluye criterios operativos, roles, sanciones y condiciones técnico-meteorológicas. Pero una lectura detallada muestra que el instrumento se centra en hacer «más eficiente la aplicación», no en reducir su uso ni en proteger bienes comunes.

Lo que sí regula

El decreto establece:

  • -distancias mínimas de no aplicación (entre 1 y 5 metros),

  • -procedimientos para calibración y uso de equipos,

  • -parámetros de velocidad del viento, temperatura y técnicas operativas,

  • -clasificación de equipos terrestres, incluyendo drones,

  • -obligaciones de aplicadores y patronos,

  • -procesos sancionatorios y administrativos.

En apariencia, se trata de un ordenamiento técnico.

Pero cuando se mira con atención, un patrón se vuelve evidente: las reglas están diseñadas para habilitar una aplicación más ágil, precisa y continua —no para limitarla.

Impactos sobre bienes comunes: lo que el decreto no mira

Aunque el decreto cita leyes ambientales, sus medidas no protegen de forma efectiva los bienes comunes esenciales. Las omisiones son tan importantes como lo que regula.

Agua: el bien común más vulnerable

El reglamento no establece distancias ni protecciones especiales para:

  • -ríos,

  • -arroyos,

  • -quebradas,

  • -nacientes,

  • -acuíferos,

  • -zonas de recarga.

Esto es especialmente grave en regiones donde las fuentes de agua han sido contaminadas históricamente por agroquímicos.

Suelo: la base silenciosa que sostiene la vida

El decreto no menciona:

  • -acumulación de residuos,

  • -persistencia de moléculas,

  • -pérdida de fertilidad,

  • -alteraciones microbianas.

El suelo es tratado únicamente como superficie de cultivo, no como ecosistema vivo.

Biodiversidad: invisibilizada en el reglamento

No se contemplan salvaguardas específicas para:

  • -fauna silvestre,

  • -polinizadores,

  • -corredores biológicos,

  • -zonas de alta fragilidad ecológica.

El ambiente aparece citado como un principio, pero no como un sujeto de protección concreta.

 

¿Qué revela este decreto sobre nuestro modelo agrícola?

Al analizarlo en conjunto, el Decreto 45310 deja ver las prioridades que organizan la política agrícola del país:

  • -el problema no es reducir químicos, sino aplicarlos “correctamente”;

  • -la competitividad agroexportadora pesa más que el principio precautorio;

  • -la regulación pertenece al ámbito técnico, no al participativo;

  • -las comunidades que viven la exposición diaria no están contempladas;

  • -los bienes comunes quedan subordinados a la operatividad productiva.

En otras palabras: se fortalece un modelo que necesita estos químicos para sostenerse. El decreto moderniza y legitima su aplicación, pero no cuestiona su razón de ser.

Impactos sobre bienes comunes: lo que el decreto no mira

Aunque el decreto cita leyes ambientales, sus medidas no protegen de forma efectiva los bienes comunes esenciales. Las omisiones son tan importantes como lo que regula.

La discusión pendiente: ¿cómo transitar hacia otro modelo?

Una política agrícola verdaderamente protectora debería contemplar:

  • -metas concretas para reducir el uso de plaguicidas,

  • -impulso real a la agroecología y la diversificación,

  • -zonas de amortiguamiento amplias y efectivas,

  • -monitoreo de mezclas y efectos acumulativos,

  • -participación de comunidades afectadas en la regulación,

  • -y una visión de los bienes comunes como base de vida, no como límite productivo.

Este decreto no inicia esa transición.
Más bien, hace más eficiente el modelo que ya mostró sus límites.

Sigue la tendencia

El Decreto 45310  confirma una tendencia preocupante: la regulación ambiental en Costa Rica continúa subordinada a la lógica del agronegocio. No transforma nada esencial; apenas ajusta la maquinaria para que el modelo agroquímico funcione con menos fricción y más eficiencia. En lugar de cuestionar la dependencia estructural de los plaguicidas, la norma normaliza y tecnifica esa dependencia, convirtiendo la gestión del riesgo en una serie de verificaciones operativas que ocultan el problema de fondo.

Este decreto es un recordatorio de algo fundamental: cuando una política pública solo ordena procedimientos sin tocar las causas, termina protegiendo el modelo, no a las personas ni a los ecosistemas. Los bienes comunes —el agua, los suelos, la biodiversidad y la salud de las comunidades— quedan relegados a notas de pie de página en un marco regulatorio que privilegia la competitividad y la continuidad productiva.

Si realmente queremos proteger la vida en los territorios, necesitamos asumir preguntas incómodas y estructurales:
-¿Qué agricultura queremos sostener?
-¿A quién beneficia este modelo?
-¿Quién absorbe sus costos?
-¿Y qué territorios quedan en la línea de fuego?

El Decreto 45310 ordena la superficie, pero no toca la raíz. Por eso, la discusión no puede cerrarse aquí.
Lo urgente —y lo honesto— es mantener abierta la mirada crítica sobre el modelo que da forma a estas normas, y sobre las relaciones de poder que deciden qué se regula y qué se deja sin proteger.

La discusión pública ya no puede seguir girando en torno a procedimientos. Es momento de hablar de la estructura, porque es ahí donde se decide el futuro de los territorios y de los bienes comunes

La política agrícola sigue subordinada a la competitividad

El Decreto 45310 incorpora una frase clave: proteger el ambiente siempre que no se obstaculice la competitividad.

Este principio, presentado como razonable, define las prioridades del país: la salud, los ecosistemas y la biodiversidad quedan condicionados al desempeño del sector agroexportador.

Esto refleja:

  • -el peso político del lobby agroindustrial (banano, piña, hortalizas intensivas);

  • -la continuidad de un modelo extractivo-exportador basado en agroquímicos;

  • -una visión tecnocrática que despolitiza el riesgo;

  • -y la marginación de comunidades afectadas en la toma de decisiones.

La protección ambiental no puede depender del rendimiento del modelo químico-productivo. Cuando así ocurre, la regulación se convierte en una herramienta al servicio de la productividad, no del bien común.

¿Qué requiere realmente Costa Rica?

Transformar el modelo requiere más que decretos que optimizan aplicaciones. Necesita una conversación honesta, profunda y participativa sobre:

  • -una reducción sostenida del uso de plaguicidas;

  • -el impulso real a la agroecología y la soberanía alimentaria;

  • -la protección estricta de ríos, nacientes, suelos y corredores biológicos;

  • -la regulación específica de mezclas y sinergias químicas;

  • -la participación activa de las comunidades rurales afectadas;

  • -y un enfoque de bienes comunes que reconozca que la salud de los ecosistemas es condición para la vida, no un obstáculo para la productividad.

Proteger la vida no se logra eliminando una molécula: se logra transformando el sistema que hace necesaria su aplicación continua.

El anuncio sobre el fipronil fue mediáticamente atractivo, pero desvió la atención del punto central: el Decreto 45310 consolida y agiliza un modelo agrícola altamente dependiente de químicos.

Si Costa Rica quiere cuidar a las personas, los territorios y la biodiversidad, necesita mucho más que gestos simbólicos. Necesita una política pública que vaya a la raíz del problema: un modelo que privilegia la competitividad y la aceleración productiva por encima del bienestar y los bienes comunes.

El debate está abierto.
Lo urgente es no perder de vista la estructura.

La participación ausente: una dimensión crítica del Decreto 45310

Un elemento que pasa desapercibido en la discusión pública —pero que resulta crucial desde la ecología política y la justicia socioecológica— es la ausencia total de mecanismos de participación social en la elaboración, aplicación o evaluación del Decreto 45310.

A lo largo del texto normativo, ni una sola vez aparecen conceptos como:

  • -participación ciudadana,

  • -consulta pública,

  • -comunidades afectadas,

  • -transparencia,

  • -rendición de cuentas,

  • -monitoreo comunitario,

  • -denuncias territoriales,

  • -información accesible.

Esto no es una omisión menor: revela la forma en que se construye la política agrícola y ambiental en Costa Rica cuando el tema son los agroquímicos.

Muestra un patrón histórico: las decisiones se toman en espacios cerrados, entre instituciones técnicas y sectores productivos, mientras las comunidades rurales —las que viven la exposición cotidiana— quedan fuera de la mesa. La regulación se formula como asunto estrictamente operativo, donde la eficiencia productiva pesa más que el derecho a participar, a saber y a decidir sobre aquello que afecta la salud y los territorios. Esta forma de gobernar convierte los bienes comunes en simples variables de gestión y reduce la democracia ambiental a un requisito secundario. En el fondo, el decreto reafirma un modelo donde el riesgo se define desde arriba, sin las voces que lo experimentan desde abajo.

 
Una regulación sin territorios ni voces comunitarias

El decreto define con extremo detalle:

  • -requisitos técnicos,

  • -procedimientos operativos,

  • -parámetros meteorológicos,

  • -obligaciones de aplicadores,

  • -sanciones administrativas.

Pero calla completamente sobre las poblaciones rurales que conviven diariamente con las aspersiones, sobre las escuelas rodeadas de monocultivos, sobre las comunidades que han denunciado contaminación del agua y sobre las personas trabajadoras agrícolas más expuestas.

Desde una perspectiva de participación ambiental, esto significa que el decreto:

  • -centraliza el poder regulatorio en el Estado y el sector productivo,

  • -deja fuera a quienes padecen los impactos,

  • -convierte lo ambiental en un asunto de calibración técnica,

  • -y despolitiza la gestión del riesgo, tratándola como un problema de eficiencia operativa.

Sin espacios para la democracia ambiental

Aunque Costa Rica decidió no ratificar el Acuerdo de Escazú, este decreto confirma por qué: su diseño es coherente con una institucionalidad que evita la participación, limita la transparencia y reduce la justicia ambiental a un trámite técnico. La no ratificación no es un accidente político; es parte de la misma lógica que hoy produce una regulación hecha sin comunidades, sin debate público y sin estándares de democracia ambiental:

  • -acceso a la información,

  • -participación pública en decisiones ambientales,

  • -justicia en casos de afectación.

Sin embargo, el Decreto 45310:

  • -no establece instancias de consulta para comunidades rurales,

  • -no contempla mecanismos para que las personas afectadas denuncien violaciones,

  • -no incorpora auditorías sociales territoriales,

  • -no garantiza transparencia sobre aplicaciones, sustancias o mezclas,

  • -no reconoce los conflictos socioambientales vinculados al uso de plaguicidas.

La regulación se formula sin democracia ambiental, y al hacerlo, reproduce las asimetrías de poder que sostienen el modelo agroexportador.

Participación ambiental como condición para una transición real

Una política agrícola que busque proteger la vida y los bienes comunes debería incluir:

  • -monitoreo comunitario del agua y de los agroquímicos aplicados,

  • -consultas públicas previas a emitir normas y excepciones técnicas,

  • -transparencia obligatoria sobre sustancias, volúmenes y zonas de aplicación,

  • -protocolos de participación para escuelas y centros de salud cercanos a cultivos,

  • -comités locales de seguimiento con voz vinculante,

  • -acceso a la información en tiempo real sobre condiciones de aspersión,

  • -mecanismos de denuncia y acompañamiento jurídico para comunidades afectadas.

Nada de esto está presente en el decreto.

La pregunta que queda abierta

Si la regulación agrícola se diseña sin las voces de quienes viven en los territorios y sin mecanismos efectivos de democracia ambiental, ¿a quién sirve realmente?

El Decreto 45310 ordena procedimientos, pero no abre espacios para que las comunidades definan sus prioridades, su seguridad, su salud o el futuro de sus bienes comunes.

Y sin participación ambiental, no hay posibilidad real de transición agroecológica, ni de justicia territorial, ni de protección efectiva de la vida.

Cómo leer esta tabla y por qué importa

Para cerrar el análisis del Decreto 45310, es útil detenerse en las tensiones estructurales que atraviesan la regulación del uso de agroquímicos en Costa Rica. La siguiente tabla ofrece una lectura crítica que condensa los principales elementos discutidos en la nota: el peso de la competitividad, la influencia del agronegocio, la despolitización del riesgo, la exposición desigual de comunidades y el impacto en los bienes comunes.

No busca repetir lo dicho, sino organizar las ideas clave para facilitar su comprensión, permitir comparaciones y abrir preguntas sobre el modelo agrícola que el país sigue reproduciendo. Es una herramienta para mirar el decreto no solo como un texto técnico, sino como el reflejo de decisiones políticas que afectan territorios, ecosistemas y formas de vida.

Eje de análisisQué muestra el decretoLectura crítica desde ecología política y bienes comunes
1. Competitividad como criterio centralLa protección ambiental queda condicionada a “no obstaculizar la competitividad”.La salud y el ambiente se subordinan al rendimiento agroexportador. Se prioriza la viabilidad del agronegocio, no el principio precautorio.
2. Influencia del lobby agroindustrialFlexibiliza distancias, incorpora drones y agiliza aplicaciones.Sectores bananeros y piñeros han impulsado históricamente regulaciones más permisivas; el decreto consolida esa agenda.
3. Modelo extractivo-exportadorReproduce un esquema agrícola dependiente de insumos químicos.El decreto no discute cómo reducir el uso de tóxicos; moderniza la infraestructura para seguir aplicándolos.
4. Agroquímicos como “tecnología inevitable”Enfatiza la precisión técnica como solución (equipos, condiciones, calibración).Reafirma el paradigma químico-productivista: el problema no son los tóxicos, sino cómo se aplican. No abre espacio para agroecología.
5. Despolitización del riesgoSustenta la norma en modelos técnicos, cálculos y estándares internacionales.El riesgo se presenta como asunto técnico, no de justicia ambiental. Se ocultan las desigualdades territoriales.
6. Invisibilización de los procesos acumulativosRegula eventos puntuales (una aplicación, una distancia, una condición).Las crisis ambientales responden a acumulación, sinergias químicas y exposición continua: nada de esto está contemplado.
7. Afectación de bienes comunesNo incluye medidas diferenciadas para agua, suelos o biodiversidad.El agua, el suelo y los polinizadores quedan desprotegidos. Se nombran como “recursos”, no como bienes comunes.
8. Exposición desigual de comunidadesDistancias mínimas (1–5 m), sin participación comunitaria en el diseño.Poblaciones rurales absorben los impactos sin voz en la regulación. Se reproduce la inequidad territorial.
9. Falta de horizonte de transiciónNormativa centrada en eficiencia operativa.No plantea caminos hacia modelos que reduzcan agroquímicos; se limita a hacer más eficiente su uso.
10. Preguntas estructurales abiertasLa norma no aborda el modelo agrícola a largo plazo.El país debe discutir qué agricultura quiere: ¿más intensificación química o transiciones agroecológicas reales?
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Democracia, territorio y bienes comunes en clave Mononoke

Costa Rica se acerca al ciclo electoral de 2026 en un momento en que el territorio —sus aguas, bosques, cuencas y comunidades— se ha convertido en el verdadero termómetro de la democracia. En este nuevo Documento de Trabajo del Observatorio de Bienes Comunes, “Democracia, territorio y bienes comunes en clave Mononoke”, se propone una lectura socioambiental del país inspirada en la película La Princesa Mononoke, no como metáfora decorativa, sino como lente crítica para entender un conflicto que ya habitamos.

Cuando las elecciones pasan por el bosque

El documento parte de una afirmación contundente: hablar de democracia sin hablar de territorio es quedarse a mitad del cuento. Las disputas por el agua, el avance del turismo intensivo sobre humedales, la urbanización acelerada y la captura criminal de espacios estratégicos están redefiniendo quién decide y quién queda al margen.
Como en Mononoke, distintos actores ven el bosque —o el territorio— desde intereses contrapuestos: Estado tecnocrático, élites económicas, crimen organizado y comunidades que sostienen la vida cotidiana frente al deterioro institucional.

El agua: la herida que cambia todo

Una de las claves del documento es el lugar central del agua. Se la aborda no como «recurso», sino como ciclo vivo que sostiene culturas, economías y ecosistemas enteros. Herir el agua es herir el territorio completo.
Por eso, el texto propone una lectura que desplaza el lenguaje tecnocrático (“eficiencia”, “gestión”, “recurso”) y lo reemplaza por preguntas más profundas sobre límites ecológicos, justicia y redistribución del poder.

Monitoreo comunitario: criterio de verdad territorial

El análisis destaca un actor que suele quedar fuera del debate electoral: las comunidades que vigilan, documentan y alertan antes de que el Estado llegue —o a veces, pese a que nunca llegue—.
El documento muestra cómo este conocimiento situado:

  • -anticipa conflictos,

  • -expone el vacío institucional,

  • -confronta narrativas oficialistas,

  • y democratiza la vigilancia ambiental.

En tiempos electorales, estos datos no son insumos técnicos: son brújulas políticas.

Lo que dicen (y callan) los planes de gobierno

A partir de la matriz socioambiental construida en el proceso formativo, se identifican dos horizontes en disputa:

1. El modelo dominante (la “Ciudad de Hierro”):

  • -Ambiente como trámite técnico.

  • -Agua como recurso.

  • -Participación simbólica.

  • -Ausencia de conflictos territoriales.

2. El modelo alternativo:

  • -Bienes comunes como eje.

  • -Agua como ciclo.

  • -Gobernanza vinculante.

  • -Reconocimiento de defensoras.

  • -Justicia ambiental y restauración.

Esta distinción permite leer las propuestas no por sus promesas, sino por el tipo de país que configuran.

Los desafíos que siguen

El documento cierra con una serie de retos para el movimiento ecologista y los territorios: politizar el agua, disputar narrativas, fortalecer la protección de defensoras, usar monitoreo comunitario como contrapeso a los discursos electorales y reconocer que el territorio es un conflicto político, no un expediente.

La pregunta Mononoke para Costa Rica

Al final, todo se reduce a una pregunta que atraviesa la película y nuestro momento histórico:
¿Qué mundo queremos sostener cuando las presiones sobre la vida se vuelvan insostenibles?

El Observatorio propone una respuesta tan sencilla como exigente:
La democracia se mide en cuánta vida protege, no en cuántos trámites resuelve.

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Cuando la tala se disfraza de legalidad: patrones que se repiten en el Caribe Sur

Durante años, el Caribe Sur ha sido escenario de una tala que avanza sin hacer ruido, mientras un puñado de papeles –permisos, regencias, declaraciones forestales– opera como una especie de blindaje administrativo. Las observaciones y análisis de Philippe Vangoidsenhoven, quien ha documentado estos procesos por décadas, ayuda a iluminar la trama: no se trata simplemente de tala ilegal, sino de una legalidad que se retuerce para permitir lo que la ley dice que debe evitar.

El resultado es un paisaje que cambia sin que las instituciones registren el deterioro, y un bosque que desaparece mientras la documentación parece estar siempre “en regla”.

  1. Permisos que se reciclan: la legalidad en bucle

Una de las tendencias más persistentes es el uso reiterado de permisos forestales. Algunos se emplean más allá de su alcance; otros reaparecen para justificar aprovechamientos posteriores; otros simplemente se muestran como escudo ante cualquier inspección.

En la práctica, la presencia de un papel –sin verificación de fondo– se convierte en un salvoconducto para seguir extrayendo.

Es la legalidad como trámite, no como garantía.

  1. El bosque que dejan de llamar bosque

Quizá la maniobra más elocuente es la reclasificación territorial. Luego de años de extracción, ciertas fincas dejan súbitamente de figurar como bosque, aunque lo fueron durante décadas.

Ese simple cambio administrativo legitima lo que ocurre después: si “no es bosque”, entonces no cuenta como afectación, y tanto la tala como la siembra posterior quedan envueltas en una apariencia de normalidad.

Se borra la historia ecológica del lugar para que encaje con el presente que conviene.

  1. Reforestar para volver a talar: la plantación continua

Tras el agotamiento del bosque original, se siembran árboles destinados a ciclos muy cortos de aprovechamiento: troncos de 20 o 30 centímetros, cortados apenas alcanzan valor comercial.

Esta reforestación acelerada funciona como maquillaje verde: se presenta como manejo responsable, pero en realidad sostiene un negocio de extracción constante. Se siembra para talar, y se tala para volver a sembrar.

Es una sustitución progresiva del bosque por una fábrica de madera.

  1. El permiso como escudo y la retirada del Estado

Philippe describe una escena repetida: llega MINAE, se observa la tala, se muestra un permiso, y la inspección termina ahí.

La autoridad no revisa si el documento es válido, pertinente o coherente con lo que ocurre en el terreno. Tampoco investiga si existe un historial de aprovechamientos acumulados.

El papel pesa más que el daño.

  1. Cuando el control llega tarde —o no llega

La fiscalización institucional suele presentarse cuando ya no hay nada que ver: el bosque ya fue tumbado, acarreado o empujado con maquinaria.

Las visitas posteriores se encuentran con rebrotes o áreas recién sembradas y concluyen que “no hay afectación visible”.

Es un control que opera en diferido, sin capacidad de reconstruir lo que ocurrió antes.

El vacío temporal se vuelve parte del mecanismo.

  1. El transporte como punto crítico… y su límite

Durante años, el único control relativamente efectivo ha sido la revisión de furgones cargados de madera en carretera. Ahí sí se detienen camiones, se inspeccionan troncos y se piden documentos.

Pero incluso esa instancia es frágil: la corrupción, los arreglos informales o la presión local pueden diluir el impacto de estas revisiones.

Nada garantiza que el punto de control sea un verdadero cierre de brechas.

La ruta puede convertirse en coladero si quienes vigilan no cuentan con independencia o apoyo institucional.

  1. Conservación de oportunidad: cuando proteger es solo una pausa

En varios casos, las fincas ingresan a esquemas de conservación justo cuando se llega al límite de aprovechamiento. Durante esos años reciben beneficios económicos, mientras esperan a que los permisos vuelvan a activarse.

Una vez termina el periodo, el ciclo de tala se retoma.

Es una conservación que preserva el ingreso, no el bosque.

  1. Tala selectiva que termina siendo tala total

Lo que empieza como extracción de árboles grandes termina en un barrido casi completo del paisaje.

Primero se llevan los gigantes; luego los medianos; luego los más jóvenes; luego los sembrados; luego los recién sembrados.

El bosque se convierte en secuencia de diámetros decrecientes.

La selectividad inicial abre camino al agotamiento sistemático.

  1. La ciudadanía como última defensa

En medio de estas prácticas, Philippe aparece como uno de los pocos que insiste en denunciar, documentar y señalar las contradicciones.

Mientras muchos funcionarios operan en un margen estrecho —por miedo a sanciones internas, por presión comunitaria o por falta de apoyo—, son personas como él quienes sostienen la línea mínima para que estos casos no queden invisibilizados.

La defensa del bosque termina sostenida por quienes se rehúsan a acostumbrarse.

La tala de aprovechamiento como llave para urbanizar: el nuevo patrón en la costa

Philippe advierte sobre un mecanismo que se ha vuelto cada vez más común en zonas del Caribe Sur: usar los permisos de “tala de aprovechamiento” como antesala de procesos de urbanización, loteo y construcción. No se trata de un fenómeno aislado; es un método que se repite con precisión quirúrgica.

El libreto funciona así:

  • Primero se extrae la madera valiosa. Puede haber ocurrido hace años o recién; lo importante es que el bosque ya está debilitado o fragmentado.
  • Luego se solicita un permiso de aprovechamiento para tumbar lo que “queda”: árboles dispersos, especies menores, restos de cobertura.
    En el papel, la finca aparece con pocos árboles por superficie, lo cual facilita justificar el permiso.
  • Una vez ejecutada la tala y con el terreno ralo, las instituciones concluyen que “ya no es bosque”. Esta lectura ignora la historia reciente: hace 3, 5 o 10 años ese mismo terreno sí era bosque continuo, y su reducción está prohibida por ley desde 1995.
  • Con el bosque debilitado, inicia la segunda fase: el loteo. Se rellenan áreas, se trazan caminos, se subdividen las fincas y arranca el mercado inmobiliario. A veces se construyen casas de lujo; otras veces simplemente se venden los lotes.
  • La supervisión institucional llega tarde, atrapada en el “aquí y ahora”: mide la cobertura actual, ignora la pérdida previa y concluye que la zona “no cumple criterios de bosque”.
  • Este patrón se repite en Playa Negra y otros puntos de la costa: grandes extensiones de bosque convertidas en proyectos inmobiliarios bajo una secuencia bien conocida por quienes la ejecutan.

Philippe incluso describe episodios donde, al alertar a la fiscalía, las obras se detienen de inmediato, lo que confirma que el proceso avanza mientras nadie lo vea; cuando se investiga seriamente, se paraliza. Pero sin vigilancia sostenida, el ciclo vuelve a comenzar.

Este uso instrumental de la tala de aprovechamiento no solo fragmenta el bosque en todo el Caribe Sur: abre la puerta para que intereses privados —incluidos capitales opacos— remodelen la costa según su conveniencia, desplazando ecosistemas y encareciendo el territorio.

No es una coincidencia ni un error técnico.

Es una estrategia.

Y hoy es visible como uno de los patrones que más amenaza lo poco que queda del bosque costero en el Caribe Sur.

Una trama que se repite… y que urge detener

Lo que Philippe ha venido mostrando no son historias aisladas. Son patrones.

Son formas de burlar la ley a través de la propia ley.

Son ciclos que degradan el bosque mientras mantienen una apariencia de orden.

Nombrarlos, documentarlos y exponerlos es un paso necesario para frenar una dinámica que, de seguir así, convertirá los últimos bosques del Caribe Sur en simples viveros de aprovechamiento.

Cuando el caso se repite: de hechos aislados a un patrón que corroe la institucionalidad

Lo que Philippe describe no es la excepción geográfica ni temporal. Los relatos, los permisos que aparecen a última hora, la retirada de las autoridades ante cualquier papel, los ciclos de siembra–tala, las revisiones superficiales y la ausencia de seguimiento forman una secuencia que los actores locales reconocen, aceptan o reproducen como parte del “funcionamiento real” del Caribe Sur.

La suma de estos episodios crea un paisaje donde la ley deja de ser herramienta y se convierte en telón: está ahí, pero no orienta ni limita. Las prácticas se normalizan hasta el punto de que cualquier intento de control institucional queda atrofiado por tres fuerzas que se alimentan entre sí:

  1. La repetición sistemática de maniobras —permisos usados como escudo, reclasificación del bosque, extracción progresiva— crea una rutina de impunidad.
  2. Los actores conocen el libreto, saben qué decir, a quién mostrarle qué documento y en qué momento detenerse para luego continuar.
  3. Las instituciones operan desde una fragilidad aprendida, donde inspeccionar no es investigar, y observar no es intervenir.

Con el tiempo, el patrón deja de esconderse: se vuelve paisaje. Las autoridades llegan, ven un terreno ya alterado, revisan documentación fragmentada y, al no encontrar “evidencia inmediata”, se retiran. Así, cada omisión reafirma la idea de que el bosque puede ser desmontado sin consecuencias reales.

En este escenario, la institucionalidad no solo pierde autoridad; pierde memoria.
Cada caso se evalúa como si fuera el primero, sin reconstruir la secuencia previa ni identificar a los actores que la repiten. Y cuando el Estado no conecta los puntos, quienes desean explotar el bosque lo hacen por adelantado.

El resultado es una erosión silenciosa: un sistema que funciona sin funcionar, y un bosque que se desvanece mientras el papel certifica que todo está en orden.

Casos que lo evidencian: cuando el patrón se vuelve territorio

Las observaciones de Philippe no se quedan en análisis generales. Son fruto de recorrer, denunciar y documentar situaciones concretas a lo largo del Caribe Sur. Cada caso apunta a lo mismo: tala de aprovechamiento utilizada para abrir camino al loteo, la venta y la construcción, mientras la institucionalidad responde tarde, o simplemente avala.

Estos son algunos de los ejemplos que él mismo ha acompañado:

  • Camino hacia Cahuita
    Talaron los últimos árboles para lotear y vender con fines de construcción. Philippe denunció la situación, pero la respuesta institucional fue que “no era bosque” y que “todo estaba bien”. La urbanización avanzó sin obstáculos.
  • Calle hacia Cahuita (otro punto del mismo sector)
    El patrón se repite: los últimos árboles fueron talados, se dividió la finca en lotes, se vendieron y luego se construyó. No hubo impedimento ni cuestionamiento.

Terreno en Puerto Viejo
Eliminación total de los árboles. En este sitio pasa una quebrada que fue intubada, ocultando su presencia para poder aplanar y preparar el terreno para construir. Un ecosistema convertido en plataforma inmobiliaria.

Playa Negra
Zona de bosque y humedal. Se eliminaron la mayoría de los árboles, se rellenó y se inició el loteo para venta. Lo que era un ecosistema costero se transformó en una operación comercial acelerada.

  • Punta Uva / REGAMA
    Philippe y otras personas lograron detener temporalmente una carga de madera. El sitio estaba siendo talado y los troncos cargados.
    Al llegar con MINAE, la institución ratificó que “todo estaba bien” porque existía un permiso emitido por un ingeniero forestal.
  • El caso terminó exponiendo algo de mayor escala: ese mismo funcionario fue arrestado posteriormente en la investigación del caso Pacheco Dent, donde se demostró la existencia de permisos ilegales para tala dentro de REGAMA, incluyendo áreas de bosque, humedal y patrimonio natural del Estado. El permiso fue declarado ilegal.

Estos ejemplos muestran que el problema no es hipotético ni excepcional: ocurre en sitios distintos, con actores distintos, pero con la misma secuencia.

La tala se presenta como legal, la urbanización avanza, las denuncias chocan con la inercia institucional y los ecosistemas desaparecen sin dejar huella en los expedientes.

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“Lo que el río revela”: denuncias desde Maquengal sobre los daños ambientales en el río Frío

En Maquengal, Guatuso, el río Frío sigue transformándose a un ritmo alarmante. Esta vez, la comunidad documentó en video los daños provocados por la minería no metálica, mostrando lo que a simple vista cualquier visitante logra apreciar, pero que durante años ha sido ignorado por las instituciones encargadas de fiscalizar estas actividades.

El registro fue realizado por un vecino de Maquengal, quien ha acompañado por años el monitoreo comunitario del río. Su voz, cargada de indignación y tristeza, funciona como una bitácora visual de un ecosistema que se está agotando frente a la indiferencia institucional.

Un paisaje alterado por la extracción

En el video, se señala uno a uno los puntos más críticos del daño ambiental. La profundidad del cauce —que según él ya supera varios metros—, el arrasamiento de la vegetación en las isletas, y las enormes “lágrimas” o cortes verticales creados por el dragado constante, evidencian un río que ha sido forzado a cambiar.

El vecino nos muestra cómo la maquinaria ha removido piedras y sedimentos para abrir caminos dentro del mismo cauce, dejando montículos artificiales que alteran el flujo del agua y dañan la retención natural del río. Esto no solo fragmenta el ecosistema, sino que aumenta el riesgo de inundaciones, erosión y pérdida irreversible de biodiversidad.

La profundidad del daño: un río excavado más allá del límite permitido

El vecino explica que los concesionarios habrían profundizado el cauce mucho más de lo que establece la normativa técnica. Mientras la regla indica un máximo de un metro y medio en el cauce, las mediciones empíricas de la comunidad sugieren que el dragado habría alcanzado hasta tres metros.

“Hace falta venir con una varilla para medir dónde estaba el nivel y dónde está ahora” indica el vecino, señalando las paredes verticales creadas por la extracción continua.

Su preocupación es directa: la muerte del río es un proceso silencioso, pero evidente. Cada metro de profundidad perdido es, también, un metro de vida que desaparece.

El paisaje que antes sostenía vida

El video rememora un río que antes era espacio de pesca, juego, encuentro y vida comunitaria.
“Muchos años pudimos bañarnos, pescar, caminar de noche a la luz de la luna… hoy todo eso se está perdiendo”, lamenta el vecino.

La pérdida de retención natural, el arrastre de piedras grandes, la desaparición de refugios para peces y aves, y la alteración del flujo del agua están desencadenando un proceso de degradación que amenaza incluso a Caño Negro, ya que el río Frío es uno de sus aportes principales.

Una economía que destruye más de lo que produce

El vecino denuncia un comportamiento empresarial que prioriza el lucro rápido sobre cualquier consideración ambiental o social: “Cuatro gatitos están haciendo dinero con lo que es de todos, mientras el río se destruye.”

La comunidad cuestiona también la expansión simultánea de equipos entre Upala y Maquengal, lo cual evidencia un modelo de explotación intensiva desconectado de la realidad ecológica y social de la zona.

División en la comunidad: entre la defensa del río y la normalización del daño

Una parte de la comunidad se ha organizado para defender el río, pero el veicno reconoce con preocupación que existen personas que justifican la destrucción o la consideran parte “normal” de las concesiones. Ese discurso —dice— debilita la capacidad colectiva para exigir protección ambiental y abre espacio para que el daño avance sin oposición sólida.

Los conocimiento de las comunidades sigue siendo ignorado

La denuncia registrada en este video expone una verdad que se repite en muchos territorios: las instituciones ambientales no están escuchando a las comunidades. Setena, geología, municipalidades y otras instancias han minimizado o descartado observaciones que son obvias para quienes viven a la orilla del río.

El testimonio del vecino es el de una persona que conoce el río desde adentro, que lo ha caminado durante décadas y que puede identificar, sin instrumentos sofisticados, cuándo un ecosistema está sufriendo. Sin embargo, su conocimiento —como el de tantos vecinos y vecinas de Maquengal— ha sido sistemáticamente ninguneado.

Mientras los informes técnicos normalizan la extracción, la comunidad registra daños que ninguna inspección oficial ha querido reconocer. La brecha entre la mirada institucional y la experiencia territorial se vuelve una forma de violencia: una que deslegitima saberes locales y facilita el avance de concesiones que ponen en riesgo los bienes comunes.

El video es más que una denuncia: es un llamado urgente a detener la destrucción y a reconocer que la defensa del río solo es posible si se escucha a quienes lo viven, lo sienten y lo cuidan todos los días.

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MAG reclasifica drones como equipos de fumigación terrestre: ¿avance tecnológico o flexibilización regulatoria?

El Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) anunció este 28 de noviembre la publicación del Decreto Ejecutivo N.° 45310, mediante el cual se establece una nueva normativa técnica para regular las aplicaciones terrestres de agroquímicos, incluyendo por primera vez al uso de drones agrícolas o RPAS dentro de esta categoría. El cambio elimina la clasificación anterior que consideraba a los drones como herramientas de fumigación aérea, lo que implicaba un nivel de regulación más exigente por parte del Servicio Fitosanitario del Estado (SFE)*.

En su comunicado, el MAG afirma que esta actualización “define criterios operativos, requisitos técnicos y parámetros de seguridad para productores, operadores y demás actores del sector agropecuario” y que busca “ordenar el uso de estas tecnologías y mejorar la precisión en las aplicaciones”, incorporando lineamientos para la sostenibilidad ambiental y la reducción de riesgos.

Sin embargo, el núcleo del cambio es la reclasificación de los drones como equipos de aplicación terrestre, lo cual habilita el uso de productos aprobados para bombas de motor o bombas de espalda —categoría menos regulada— y excluye únicamente los productos más peligrosos o de uso restringido. Según el ministro Víctor Carvajal, esta medida “elimina muchas limitaciones” al simplificar los requisitos necesarios para la utilización de drones en agricultura.

Desde una mirada técnica y socioambiental, este cambio no es menor. Implica modificar la forma en que el Estado entiende y regula un método que, aunque operado desde tierra, dispersa sustancias químicas desde el aire.

Un cambio regulatorio que reduce controles y amplía el margen de uso

Hasta ahora, los drones estaban sujetos a la regulación de fumigación aérea:
– Necesitaban supervisión del SFE.
– Los productos aplicados debían ser aprobados explícitamente para uso aéreo.
– Se consideraban los riesgos de deriva, exposición humana y afectación a cuerpos de agua.

Con el nuevo decreto, los drones pasan a operar bajo los estándares de las aplicaciones terrestres, mucho menos estrictos. Esto implica:
– Menos controles directos del SFE.
– Mayor cantidad de agroquímicos disponibles para uso con drones.
– Menos análisis previo sobre la deriva y el impacto en comunidades vecinas.

La justificación oficial apela a la precisión tecnológica y a la modernización productiva. Pero desde los territorios, donde comunidades y ecosistemas ya enfrentan altos niveles de exposición a agroquímicos, esta flexibilización puede agravar riesgos existentes.

Implicaciones socioambientales: ¿quién asume los riesgos?

Las zonas rurales donde ya hay conflictos por fumigaciones —como comunidades cercanas a monocultivos de piña, banano o hortalizas— podrían experimentar un aumento en la frecuencia de aplicaciones y una disminución en la capacidad de control institucional.

Aunque el decreto establece distancias mínimas de no aplicación y cercas vivas como barreras naturales, estos mecanismos han demostrado ser insuficientes cuando no se fiscalizan adecuadamente. Además, la efectividad real de una cerca viva para frenar la deriva aérea es limitada si no se acompaña de controles estrictos sobre clima, volúmenes aplicados y condiciones de operación.

A esto se suma que la clasificación como “terrestre” puede invisibilizar los impactos que siguen siendo aéreos, porque la dispersión del agroquímico no ocurre sobre el suelo, sino en forma de gotas que viajan por encima de él. En un país donde los conflictos socioambientales asociados a agroquímicos ya son numerosos y persistentes, el cambio normativo puede aumentar tensiones y desigualdades territoriales.

Tecnología como solución: una mirada educativa y crítica

La narrativa con la que se presenta esta modificación se apoya fuertemente en la idea de que la tecnología es una solución casi automática a los problemas del sector. Los drones son descritos como herramientas más modernas, precisas y seguras, lo cual podría generar la impresión de que reducen de forma significativa los riesgos asociados al uso de agroquímicos.

Sin embargo, es fundamental comprender que los drones son dispositivos aéreos, aunque se operen desde tierra. Esto significa que su funcionamiento depende de condiciones climáticas y que existe riesgo de deriva: el agroquímico puede desplazarse fuera del área de aplicación y llegar a comunidades, cuerpos de agua y ecosistemas cercanos.

La tecnología puede aportar mejoras, pero no elimina la naturaleza del riesgo. Tampoco cambia el modelo agrícola que demanda grandes volúmenes de insumos químicos. Cuando se presenta la tecnología como panacea, se corre el riesgo de ocultar preguntas esenciales:
– ¿Por qué se utilizan tantos agroquímicos en primer lugar?
– ¿Qué impactos generan sobre las personas y los bienes comunes?
– ¿Qué alternativas productivas podrían reducir esa dependencia?

En este sentido, el decreto puede interpretarse como una flexibilización regulatoria que utiliza el prestigio de la innovación para justificar un acceso más amplio a agroquímicos. El debate público se desplaza hacia la herramienta —el dron— y se aleja del modelo que reproduce impactos socioambientales profundos.

La verdadera sostenibilidad requiere algo más que nuevos dispositivos: necesita procesos de participación, escucha territorial, reducción del uso de químicos y fortalecimiento de la institucionalidad ambiental. La tecnología puede complementar, pero no sustituir el análisis crítico ni la protección de los derechos de las comunidades.

¿Qué podemos aprender del caso de Entre Ríos? Un espejo para nuestras luchas socioambientales

El reciente fallo judicial de Entre Ríos, Argentina —que prohibió de manera cautelar las fumigaciones con drones en una zona rural tras confirmarse daño genotóxico crónico en una niña de 12 años— deja varias lecciones valiosas para pensar las disputas ambientales en nuestra región. El caso, impulsado por el padre de la niña y organizaciones socioambientales, logró que la Justicia reconociera algo esencial: cuando la tecnología avanza más rápido que la regulación, los riesgos recaen sobre las comunidades, especialmente sobre niñas, niños y personas trabajadoras del campo.

Lo más significativo del fallo es que no se limita a suspender una práctica puntual. También cuestiona la legislación vigente y la insuficiencia de las distancias de protección establecidas para fumigaciones terrestres y aéreas. La jueza subrayó que la ausencia de registros, protocolos y habilitaciones para drones pulverizadores convierte su uso en ilegal y, por lo tanto, incompatible con la garantía del derecho a la salud y a un ambiente sano. Esto sienta un precedente poderoso para otros territorios donde las comunidades denuncian fumigaciones incontroladas y exposición crónica a agrotóxicos.

La medida revela además el peso que puede tener la evidencia científica cuando se articula con la movilización comunitaria. Los estudios genéticos que confirmaron el daño en la niña fueron determinantes para que la Cámara en lo Contencioso Administrativo actuara con el principio de precaución: ante la duda, proteger la vida. En un contexto donde las normativas suelen responder más a intereses productivos que a estándares sanitarios, la sentencia abre un camino para discutir qué entendemos por “desarrollo” y quiénes asumen sus costos.

Este caso también expone un patrón que se repite en diversos países latinoamericanos: la brecha entre la realidad tecnológica del modelo agroindustrial y la capacidad del Estado para regularlo. Mientras las empresas implementan sistemas avanzados de aplicación de plaguicidas, los marcos legales permanecen desfasados, sin incorporar nuevas dinámicas de riesgo ni mecanismos de control. En esa brecha, las comunidades quedan desprotegidas, y sus denuncias —como ocurre frecuentemente en Costa Rica— suelen ser minimizadas o descartadas por falta de “pruebas suficientes”.

Finalmente, la experiencia de Aldea Salto recuerda algo fundamental para el Caribe, Centroamérica y cualquier territorio que enfrenta conflictos ambientales: los derechos no se garantizan solos. Requieren de vigilancia social, organización comunitaria, articulación entre actores, acompañamiento legal y, sobre todo, del reconocimiento pleno de que el conocimiento local es tan válido como cualquier otra fuente de evidencia. Así como en Entre Ríos una familia impulsó un cambio judicial con impacto nacional, nuestras comunidades también tienen la capacidad de abrir precedentes y transformar prácticas que dañan la salud, el ambiente y los bienes comunes.

Tipos de fumigación y sus riesgos

1. Fumigación terrestre tradicional: La realizan personas operando bombas de espalda o motobombas.
Riesgos: exposición directa de trabajadores, contaminación del suelo, escurrimientos hacia ríos y quebradas, riesgo de intoxicación aguda.

2. Fumigación con bombas de motor: Usa equipos más potentes que dispersan el químico a mayor distancia.
Riesgos: mayor alcance de la nube química, aumento del riesgo de exposición a terceros, dificultad para controlar volúmenes aplicados.

3. Fumigación aérea: Incluye avionetas o helicópteros.
Riesgos: alta probabilidad de deriva, afectación a viviendas, escuelas y cuerpos de agua; uso principalmente en monocultivos intensivos.

4. Fumigación mediante drones (RPAS): Tecnología operada desde tierra, pero que dispersa químicos desde el aire.
Riesgos: deriva según viento y clima, exposición comunitaria, posibilidad de aumento en frecuencia de aplicaciones, percepción de “seguridad” que podría reducir controles.

*En Costa Rica, la supervisión SFE se refiere a la Supervisión del Servicio Fitosanitario del Estado (SFE), una dependencia del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) encargada de regular, controlar y fiscalizar todo lo relacionado con:
¿Qué supervisa el SFE?
-Uso, comercialización y aplicación de agroquímicos
Controla que los plaguicidas y otros productos agrícolas se registren, vendan y utilicen de manera autorizada y conforme a la ley.
-Movilización y control de organismos vegetales
Supervisa plagas, enfermedades y riesgos fitosanitarios para proteger la agricultura nacional.
-Certificaciones fitosanitarias
Emite permisos, verificaciones y certificaciones para exportaciones e importaciones agrícolas.
-Buenas prácticas agrícolas
Vigila que las fincas cumplan con normas de manejo adecuado de agroquímicos, almacenamiento, equipos y distancias de seguridad.
-Inspecciones en campo
Puede realizar visitas para verificar denuncias, revisar condiciones de aplicación, equipos de fumigación, registros y cumplimiento de la normativa vigente.
¿Por qué es importante la supervisión del SFE?
El SFE es una de las instituciones clave para evitar daños ambientales y riesgos a la salud humana asociados al uso de agroquímicos. Su supervisión permite:
-Prevenir contaminación de agua, suelos y ecosistemas.
-Reducir intoxicaciones en personas trabajadoras y comunidades.
-Controlar prácticas ilegales o uso de productos no autorizados.
-Garantizar que la producción agrícola cumpla estándares de inocuidad.

Referencias:

Noticias Ambientales. (2025, 12 noviembre). Tras el caso de una niña con daño genético, la Justicia de Entre Ríos prohíbe las fumigaciones con drones. Noticias Ambientales. https://noticiasambientales.com/medio-ambiente/tras-el-caso-de-una-nina-con-dano-genetico-la-justicia-de-entre-rios-prohibe-las-fumigaciones-con-drones/ Noticias Ambientales

Chacón, Vinicio. (2025, 28 noviembre). MAG emite norma técnica que clasifica a los drones como equipos de aplicación terrestre de agroquímicos. Semanario Universidad. https://semanariouniversidad.com/pais/mag-emite-norma-tecnica-que-clasifica-a-los-drones-como-equipos-de-aplicacion-terrestre-de-agroquimicos/