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Minerales críticos, centros de datos y disputa por los territorios: ¿quién sostiene el poder tecnológico mundial?

La expansión de la inteligencia artificial, la construcción de centros de datos y la transición energética están intensificando la competencia por los minerales, la energía, el agua y las infraestructuras que sostienen la economía digital. Mientras las grandes potencias buscan asegurar sus cadenas de suministro, Costa Rica y Centroamérica enfrentan una pregunta fundamental: ¿cómo participar en esta transformación tecnológica sin subordinar las necesidades de sus territorios a las prioridades de la competencia global?

La inteligencia artificial parece habitar un espacio inmaterial. Hablamos de la nube, de servicios digitales y de sistemas capaces de procesar enormes cantidades de información. Sin embargo, detrás de esa aparente inmaterialidad existe una infraestructura física que ocupa territorios, consume electricidad y agua, requiere equipos especializados y depende de cadenas internacionales de extracción y procesamiento de minerales.

Cada centro de datos necesita instalaciones, sistemas de refrigeración, conexiones eléctricas, equipos de almacenamiento, redes de comunicación y componentes electrónicos. Su construcción y funcionamiento forman parte de una economía tecnológica que depende de materiales como el cobre, el aluminio, el litio, el níquel, el galio y las tierras raras, entre otros, aunque los requerimientos específicos varían según la infraestructura y la tecnología utilizada.

La creciente demanda de capacidad informática, impulsada en parte por la inteligencia artificial, está colocando estas infraestructuras en el centro de nuevas decisiones de inversión y planificación territorial. La expansión de los centros de datos no puede comprenderse únicamente como una cuestión de innovación, conectividad o competitividad económica. También debe analizarse desde las condiciones materiales que hacen posible su funcionamiento y desde las relaciones de poder que determinan quién controla esas condiciones.

Esta discusión se conecta con una transformación más amplia: la creciente importancia de los minerales críticos en la competencia internacional.

El informe Mineral Commodity Summaries 2026 (MCS 2026), publicado por el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), permite examinar cómo se construye la preocupación por el suministro de minerales y cómo esta se traduce en políticas industriales, alianzas comerciales, proyectos extractivos e iniciativas para reorganizar las cadenas globales de producción.

Más allá de sus datos sobre producción, reservas e importaciones, el documento ofrece una oportunidad para plantear preguntas sobre el futuro tecnológico: ¿quién define qué recursos son estratégicos?, ¿qué territorios se consideran prioritarios para garantizar su suministro?, ¿qué necesidades justifican la expansión de estas infraestructuras? y ¿quién asume los costos ambientales y sociales de un modelo de desarrollo cada vez más dependiente de la capacidad de procesamiento digital?

¿Quién decide qué minerales son críticos?

La expresión minerales críticos suele asociarse con materiales indispensables para determinadas industrias y tecnologías, cuyo suministro enfrenta riesgos de interrupción. Sin embargo, la criticidad no depende exclusivamente de las propiedades de un mineral ni de su disponibilidad geológica. También está relacionada con las prioridades industriales, la organización de los mercados y las relaciones políticas entre países.

El informe del USGS destaca la dependencia estadounidense de las importaciones. Según las cifras presentadas en el documento, Estados Unidos depende completamente de las importaciones para 16 minerales y en más de un 50 % para otros 54.

Estos datos permiten dimensionar la exposición de su industria a las interrupciones del suministro externo. Pero las cifras adquieren un significado político cuando esa dependencia se presenta como una amenaza para la seguridad nacional.

En ese contexto, la vulnerabilidad se convierte en un argumento para impulsar medidas como aranceles, subsidios, inversiones en producción nacional, acumulación de reservas estratégicas, acuerdos con proveedores considerados confiables e incluso medidas coercitivas para asegurar el acceso a estos recursos.

La clasificación de los minerales críticos contribuye así a establecer prioridades para la intervención estatal. Al determinar qué materiales son indispensables para la economía y la seguridad del país, también se define qué sectores deben recibir apoyo, qué actividades productivas deben fortalecerse y qué territorios adquieren un nuevo valor estratégico.

La cuestión no consiste en negar los riesgos reales asociados con la concentración de la producción o las restricciones comerciales. Consiste en examinar cómo se interpretan esos riesgos, qué respuestas políticas se consideran legítimas y qué intereses quedan en el centro de las decisiones.

Cuando garantizar el suministro se convierte en una prioridad, los minerales dejan de ser solamente materias primas y pasan a formar parte de una estrategia para organizar la economía, la tecnología y el territorio.

Esta dinámica también permite advertir una contradicción: reducir la dependencia de un proveedor no significa necesariamente disminuir la dependencia general de los recursos naturales. Un país puede diversificar sus importaciones, abrir nuevas minas y fortalecer su industria nacional sin reducir el volumen de materiales que consume.

La discusión sobre los minerales críticos exige, por tanto, distinguir entre la seguridad del abastecimiento y la sostenibilidad del modelo económico que genera esa demanda.

China, Estados Unidos y la disputa por las cadenas de suministro

La competencia por los minerales está estrechamente vinculada con las tensiones entre Estados Unidos y China. Ambos países ocupan posiciones importantes en la economía tecnológica mundial, pero sus capacidades productivas y sus relaciones con los proveedores de materias primas son diferentes.

El informe del USGS identifica dependencias estadounidenses de proveedores extranjeros y documenta restricciones comerciales aplicadas por distintos países a determinados minerales. Estas medidas muestran que las cadenas de suministro no son espacios exclusivamente comerciales: también pueden convertirse en instrumentos de negociación y presión política.

La respuesta estadounidense incluye iniciativas para recuperar capacidades industriales nacionales, diversificar proveedores y fortalecer relaciones con países considerados aliados. Estas estrategias buscan reducir las vulnerabilidades de las cadenas de suministro y asegurar el acceso a materiales necesarios para las industrias estratégicas.

Sin embargo, reducir la dependencia de un proveedor no significa necesariamente transformar las relaciones desiguales que caracterizan el comercio internacional de materias primas. También puede significar trasladar la extracción, el procesamiento y las infraestructuras hacia otros territorios que ofrezcan condiciones favorables.

En este contexto, las estrategias de friendshoring y nearshoring adquieren relevancia para América Latina. La región puede resultar atractiva por su ubicación geográfica, sus recursos energéticos, sus conexiones comerciales y las oportunidades para instalar nuevas infraestructuras industriales y digitales.

La pregunta es qué lugar ocuparán nuestros países en esta reorganización. ¿Serán capaces de desarrollar capacidades tecnológicas propias y fortalecer sus economías, o su participación se concentrará en ofrecer energía, suelo, infraestructura y otros recursos para satisfacer las necesidades de las grandes empresas tecnológicas?

Esta interrogante adquiere una dimensión particular cuando la competencia por las materias primas se combina con la expansión de los centros de datos.

La fiebre por los centros de datos: la nube también ocupa territorio

La expansión de la inteligencia artificial está impulsando una nueva carrera por construir centros de datos capaces de procesar, almacenar y transmitir cantidades crecientes de información.

Estas instalaciones se han convertido en infraestructuras estratégicas para las empresas tecnológicas y los países que buscan fortalecer su posición en la economía digital. América Latina participa de esta expansión: un análisis de mercado de JLL publicado en febrero de 2026 documenta el crecimiento de la capacidad de centros de datos en la región y la aparición de nuevos proyectos.

La tendencia responde a necesidades reales de conectividad, almacenamiento y procesamiento. Sin embargo, también plantea preguntas sobre la escala de las inversiones, los recursos que requieren y los beneficios que dejan en los territorios donde se instalan.

Un centro de datos no es simplemente un edificio lleno de servidores. Es una infraestructura que necesita suministro eléctrico continuo, sistemas de refrigeración, redes de telecomunicaciones, equipamiento electrónico y condiciones específicas para operar. Su construcción y funcionamiento también se relacionan con cadenas globales de producción que comienzan mucho antes de que los equipos lleguen a su destino.

La expansión de estas instalaciones conecta directamente la economía digital con la disputa por los minerales críticos.

Los servidores, los sistemas de alimentación eléctrica, los equipos de comunicación y los sistemas de refrigeración requieren diferentes materiales industriales. El cobre, por ejemplo, es fundamental para numerosos componentes eléctricos; el aluminio se utiliza en distintas estructuras y equipos; y los semiconductores dependen de cadenas productivas que emplean diversos minerales y materiales especializados.

No todos los minerales considerados críticos por Estados Unidos tienen la misma importancia para cada centro de datos. La composición material depende de las tecnologías, los equipos y las decisiones de diseño. Pero el conjunto de estas infraestructuras forma parte de una economía tecnológica cuya expansión depende de la disponibilidad de materiales, energía y capacidad industrial.

La nube no elimina la dependencia de los recursos naturales: la reorganiza y, en muchos casos, la vuelve menos visible para quienes utilizan sus servicios.

Esta dimensión material obliga a ampliar la discusión sobre la inteligencia artificial. No basta con preguntarnos qué nuevas aplicaciones podemos desarrollar o qué ventajas competitivas ofrece una mayor capacidad de procesamiento. También necesitamos saber qué recursos se requieren para sostenerla, de dónde provienen y qué consecuencias genera su producción.

Energía y agua: las condiciones territoriales de la inteligencia artificial

La construcción de centros de datos de gran escala puede incrementar la demanda eléctrica y requerir nuevas inversiones en generación, transmisión y distribución de energía. Las necesidades de agua dependen de los sistemas de refrigeración, las condiciones climáticas, el diseño de las instalaciones y las tecnologías utilizadas.

Estos requerimientos no son iguales en todos los proyectos. Por eso, las evaluaciones deben considerar las características específicas de cada instalación y del territorio donde pretende establecerse.

El desafío aparece cuando la expansión de la infraestructura digital se planifica principalmente desde las necesidades de las empresas, sin discutir suficientemente sus implicaciones para el abastecimiento energético, la gestión del agua y otras prioridades sociales.

Una inversión puede generar empleos y ampliar determinadas capacidades técnicas, pero sus beneficios deben examinarse junto con sus costos, sus requerimientos de infraestructura y las obligaciones que asume frente a las comunidades.

También es importante preguntar quién financia las obras necesarias para garantizar el suministro eléctrico, cómo se distribuyen los costos de ampliar las redes y qué sucede si la demanda proyectada supera las capacidades disponibles.

Estas preguntas no implican rechazar de antemano los centros de datos. Permiten establecer las condiciones bajo las cuales su instalación puede resultar compatible con las necesidades del territorio.

La cuestión es especialmente importante porque la demanda de infraestructura digital no constituye un fin en sí mismo. Su expansión responde a decisiones empresariales, modelos de negocio y expectativas de crecimiento que también deben poder discutirse públicamente.

¿Qué necesidades sociales justifican ampliar la capacidad de procesamiento digital y cómo se comparan sus beneficios con el uso de energía, agua y suelo que exige esa expansión?

Plantear esta pregunta permite diferenciar entre las necesidades colectivas de conectividad y acceso a la tecnología y los intereses particulares asociados con el crecimiento de determinadas plataformas y servicios comerciales.

Costa Rica: ¿una nueva frontera para las infraestructuras digitales?

En Costa Rica, esta discusión ha adquirido una relevancia concreta con el interés por atraer inversiones en centros de datos especializados en inteligencia artificial.

El 17 de septiembre de 2026, la Universidad Estatal a Distancia informó sobre una iniciativa anunciada para Limón que contempla un campus de aproximadamente 42 hectáreas y una capacidad proyectada de hasta 200 megavatios. La publicación señala que su viabilidad requiere examinar aspectos como el consumo eléctrico, la disponibilidad de agua, los permisos ambientales, la conectividad y los beneficios para las comunidades. Se trata de características anunciadas para un proyecto, no de un consumo que deba darse por realizado.

La dimensión de esta iniciativa permite comprender por qué la expansión de los centros de datos debe formar parte de una discusión nacional sobre el modelo de desarrollo.

Costa Rica ha construido una posición internacional vinculada con la conservación de la biodiversidad, la generación eléctrica renovable y la producción de dispositivos médicos y otros bienes de alta tecnología. Estas capacidades pueden ofrecer oportunidades para participar en nuevas actividades económicas, pero también hacen necesario examinar las condiciones bajo las cuales se desarrollan las inversiones.

El interés por atraer centros de datos no debería evaluarse únicamente por el volumen de capital anunciado o por la posibilidad de posicionar al país como destino tecnológico. También es necesario conocer sus requerimientos de energía y agua, las inversiones públicas que podrían necesitar, los empleos que generarían, la formación profesional asociada y las capacidades que permanecerían en el territorio.

La pregunta es particularmente importante cuando se trata de instalaciones que pueden requerir grandes cantidades de electricidad y elevados niveles de inversión, pero cuya operación no necesariamente se traduce en una cantidad proporcional de empleos directos.

Esto no significa que los centros de datos carezcan de beneficios económicos o tecnológicos. Significa que sus aportes deben evaluarse a partir de información concreta y de las prioridades que la sociedad establezca para el uso de sus recursos.

¿Desarrollo tecnológico o provisión de condiciones para el capital global?

Costa Rica necesita discutir qué entiende por desarrollo tecnológico.

Una posibilidad es concentrarse en atraer instalaciones que respondan a la demanda internacional de capacidad informática. Otra es aprovechar las inversiones para fortalecer la formación profesional, la investigación, la innovación local y las capacidades productivas vinculadas con la economía digital.

Ambas dimensiones no son necesariamente incompatibles. Sin embargo, sus resultados dependen de las condiciones de cada proyecto, de las políticas públicas que lo acompañan y de la capacidad de negociación del país.

Por eso, resulta importante preguntar qué compromisos asumen las empresas, qué conocimientos se desarrollan localmente, qué oportunidades existen para proveedores nacionales y cómo se distribuyen los beneficios económicos.

También es necesario analizar los efectos territoriales. La disponibilidad de electricidad, agua y suelo no puede considerarse únicamente una ventaja competitiva para atraer inversiones. Estos recursos sostienen múltiples actividades y formas de vida, y su utilización requiere decisiones que contemplen las necesidades de las poblaciones.

El país debe preguntarse, además, si dispone de información pública suficiente para evaluar las implicaciones de proyectos de gran escala y si existen mecanismos adecuados para que las comunidades participen en las decisiones que pueden transformar sus territorios.

La llegada de nuevas inversiones tecnológicas puede abrir oportunidades, pero su contribución al bienestar colectivo no está garantizada de antemano.

El desafío consiste en que la política de atracción de inversiones no sustituya la discusión sobre qué desarrollo tecnológico necesita Costa Rica y bajo qué condiciones quiere construirlo.

Centroamérica: territorios estratégicos en una economía que necesita más infraestructura

La expansión de los centros de datos también está generando interés en otros países de Centroamérica. La ubicación geográfica de la región, sus conexiones internacionales y el desarrollo de sus infraestructuras de telecomunicaciones ofrecen oportunidades para ampliar las redes digitales.

Sin embargo, la instalación de centros de datos forma parte de un proceso más amplio de reorganización de la economía mundial. La competencia por las infraestructuras digitales se conecta con la búsqueda de electricidad, materiales, conectividad y territorios donde desarrollar nuevas capacidades industriales.

Esto significa que Centroamérica puede adquirir importancia no solo como mercado de servicios digitales, sino también como espacio para instalar infraestructuras que sostengan actividades económicas desarrolladas en otras partes del mundo.

La pregunta es si esta transformación contribuirá a fortalecer las capacidades de la región o si profundizará una inserción económica basada principalmente en ofrecer condiciones favorables para el capital internacional.

La diferencia importa.

Una región puede atraer inversiones, ampliar sus redes de telecomunicaciones y construir nuevas instalaciones sin desarrollar necesariamente las capacidades científicas, industriales y tecnológicas necesarias para controlar una parte significativa de las actividades de mayor valor agregado.

También puede asumir los costos de ampliar sus infraestructuras energéticas e hídricas sin que exista una discusión suficiente sobre quién se beneficia de esas inversiones y quién termina financiándolas.

Por eso, las políticas de atracción de centros de datos deben analizarse junto con las estrategias de desarrollo industrial, formación profesional, investigación científica, planificación energética y protección ambiental.

La coordinación regional podría contribuir a establecer criterios comunes de transparencia, evaluación ambiental y distribución de beneficios. También permitiría fortalecer las capacidades públicas para negociar con empresas internacionales y evitar que la competencia entre países por atraer inversiones debilite las condiciones sociales y ambientales.

La integración centroamericana no debería limitarse a facilitar el tránsito de mercancías o conectar infraestructuras. También puede servir para discutir colectivamente cómo participar en la economía digital y qué condiciones deben respetarse para proteger los bienes comunes y las necesidades de las poblaciones.

Los costos invisibles de la transición tecnológica

La relación entre minerales críticos y centros de datos permite identificar una contradicción que atraviesa buena parte de la economía tecnológica contemporánea.

Por un lado, la digitalización se presenta como una vía para mejorar la eficiencia, ampliar el acceso a la información y desarrollar nuevas soluciones para problemas sociales y ambientales. Por otro, su expansión requiere infraestructuras materiales que dependen de la extracción de recursos, el consumo de energía y la transformación de territorios.

Esta contradicción no significa que las tecnologías digitales sean intrínsecamente perjudiciales. Sus efectos dependen de cómo se diseñan, para qué se utilizan, quién controla sus infraestructuras y qué necesidades buscan satisfacer.

La inteligencia artificial puede tener aplicaciones relevantes en la investigación científica, la salud, la educación y el análisis ambiental. Pero esas posibilidades no justifican automáticamente cualquier expansión de la capacidad informática ni cualquier proyecto de infraestructura.

Es necesario distinguir entre el desarrollo de herramientas que contribuyen a resolver necesidades colectivas y el crecimiento de sistemas orientados principalmente a ampliar mercados, automatizar actividades rentables o sostener modelos de negocio basados en un consumo creciente de recursos.

La misma distinción debe aplicarse a la transición energética.

La sustitución de combustibles fósiles por fuentes renovables es importante para enfrentar el cambio climático, pero las tecnologías utilizadas también requieren materiales y procesos industriales. Una transición que reduce determinadas emisiones mientras desplaza los costos ambientales hacia territorios de extracción necesita ser examinada desde una perspectiva de justicia ambiental.

Asimismo, la sustitución de un proveedor de minerales por otro puede reducir una dependencia geopolítica sin disminuir la presión general sobre los recursos naturales.

El reciclaje, la recuperación de materiales, la durabilidad de los equipos y la reparación pueden contribuir a reducir algunas necesidades extractivas. Sin embargo, sus resultados dependen de las características de las tecnologías, los sistemas de recuperación y las decisiones económicas que orientan la producción.

Por eso, el desafío no consiste únicamente en hacer más eficiente la infraestructura tecnológica. También implica discutir cuánto necesitamos expandirla, con qué propósitos y bajo qué criterios sociales y ambientales.

Una tecnología no puede considerarse sostenible únicamente porque su funcionamiento utiliza electricidad renovable o porque ofrece servicios digitales avanzados. También debemos considerar los materiales que requiere, los territorios que transforma y las necesidades que contribuye a satisfacer.

Una agenda para Costa Rica y Centroamérica: ¿qué debemos discutir?

La competencia por los minerales críticos y la expansión de los centros de datos plantean desafíos que no pueden resolverse únicamente desde las políticas de inversión extranjera o las estrategias empresariales.

Para Costa Rica y Centroamérica, resulta necesario construir una agenda que permita evaluar estas transformaciones desde las necesidades de las poblaciones y las condiciones de sus territorios.

Primero, conocer los requerimientos materiales de la economía digital. Esto supone examinar las cadenas de suministro, la procedencia de los equipos, los materiales utilizados y las implicaciones de su producción. La infraestructura digital debe dejar de presentarse como una actividad desvinculada de los territorios donde se extraen sus recursos.

Segundo, garantizar la transparencia sobre el uso de la energía y el agua. Los proyectos de centros de datos deben evaluarse con información verificable sobre su demanda prevista, sus sistemas de refrigeración, las inversiones necesarias y sus posibles efectos sobre otros usos de estos recursos.

Tercero, discutir los beneficios sociales de las inversiones. La creación de empleo, la formación profesional, la transferencia de conocimientos, el desarrollo de proveedores nacionales y las contribuciones económicas deben examinarse de manera concreta, sin asumir que el volumen de inversión garantiza por sí mismo un beneficio colectivo.

Cuarto, fortalecer la participación de las comunidades. Las decisiones sobre nuevas infraestructuras deben considerar las necesidades de los territorios y permitir una discusión pública informada sobre sus implicaciones. La participación no debería limitarse a comunicar proyectos ya definidos, sino contribuir a establecer sus condiciones y prioridades.

Quinto, desarrollar capacidades científicas y tecnológicas propias. La región necesita políticas que fortalezcan la investigación, la formación profesional, la innovación y la capacidad pública para evaluar y regular las nuevas tecnologías. Esto permitiría ampliar las posibilidades de negociación y reducir la dependencia de conocimientos, equipos y decisiones controlados exclusivamente desde el exterior.

Sexto, preguntarnos qué necesidades queremos atender con la tecnología. La expansión de la capacidad informática debe discutirse junto con las prioridades sociales. El acceso a servicios digitales, la educación, la investigación científica y las herramientas para enfrentar problemas ambientales son dimensiones que merecen consideración, pero sus requerimientos deben compararse con los costos y las alternativas disponibles.

Estas discusiones pueden contribuir a que la región no se limite a competir por atraer proyectos, sino que desarrolle criterios propios para decidir qué inversiones necesita, cuáles son sus condiciones y qué formas de desarrollo desea impulsar.

La nube, los minerales y los bienes comunes: ¿quién decide sobre el futuro?

El informe Mineral Commodity Summaries 2026 muestra cómo el acceso a los minerales se ha convertido en un componente estratégico de la competencia internacional. La dependencia de las importaciones, las restricciones comerciales y las políticas para reorganizar las cadenas de suministro revelan que la economía tecnológica está profundamente vinculada con las decisiones de los Estados y las empresas sobre los recursos materiales.

La expansión de los centros de datos añade otra dimensión a esta disputa. La inteligencia artificial y los servicios digitales necesitan infraestructuras que ocupan territorios, requieren energía y agua y dependen de cadenas globales de extracción, procesamiento y fabricación.

Estas transformaciones también afectan a Costa Rica y Centroamérica. La región puede encontrar oportunidades para desarrollar nuevas capacidades tecnológicas, pero también enfrenta el desafío de determinar cómo se distribuyen los beneficios y las responsabilidades asociados con estas inversiones.

El punto de partida debe ser reconocer que el agua, la energía, los ecosistemas y los territorios no son únicamente factores de producción disponibles para satisfacer las demandas del mercado internacional. Son condiciones que sostienen la vida y que permiten el desarrollo de múltiples actividades sociales, económicas y culturales.

Desde esta perspectiva, la discusión sobre los centros de datos y los minerales críticos también es una discusión sobre los bienes comunes: sobre las condiciones materiales que compartimos, las relaciones que las sostienen y las decisiones colectivas que necesitamos construir para protegerlas.

No se trata de rechazar la tecnología ni de ignorar las oportunidades que puede ofrecer. Se trata de evitar que la promesa de innovación cierre la discusión sobre sus consecuencias y que la necesidad de atraer inversiones sustituya la capacidad de decidir sobre nuestros territorios.

La pregunta central no es únicamente cómo posicionar a Costa Rica en la economía digital o cómo conseguir que Centroamérica participe en las nuevas cadenas de suministro. Es también cómo garantizar que esa participación contribuya a mejorar las condiciones de vida, fortalezca las capacidades de nuestras sociedades y respete los límites ecológicos.

¿Quién decide qué tecnologías necesitamos? ¿Quién controla los recursos que las hacen posibles? ¿Quién recibe sus beneficios y quién asume sus costos?

La fiebre por los centros de datos y la disputa por los minerales críticos nos recuerdan que el poder tecnológico también es poder sobre la materia, la energía, el agua y el territorio.

Comprender estas relaciones es indispensable para abrir una discusión pública sobre el futuro que queremos construir. Porque la pregunta no es solamente de quién es la nube, sino también de quién son los recursos que la sostienen, al servicio de qué intereses se organizan y qué lugar ocupan nuestras comunidades en las decisiones sobre su futuro.

El Escudo de las Américas: minerales críticos, centros de datos y seguridad para quién

La inclusión de los minerales críticos entre las prioridades de seguridad del Escudo de las Américas abre una discusión fundamental sobre el rumbo de la transformación tecnológica en Centroamérica. Cuando el acceso a determinados materiales y la protección de las cadenas de suministro se vinculan con la seguridad regional, los minerales dejan de ser considerados únicamente recursos necesarios para la industria y pasan a ocupar un lugar estratégico en la competencia económica y geopolítica. Esta perspectiva también permite comprender la creciente importancia de las infraestructuras digitales, entre ellas los centros de datos que sostienen la expansión de la inteligencia artificial.

En este escenario, la llamada fiebre por los centros de datos adquiere una dimensión política. Estas instalaciones requieren energía, agua, conectividad y suelo, y su expansión puede generar nuevas presiones sobre los territorios. Si, además, las infraestructuras digitales comienzan a presentarse como estratégicas para la seguridad económica y tecnológica, surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando las necesidades de las comunidades entran en conflicto con las prioridades de seguridad definidas por los gobiernos y los intereses económicos globales?

La preocupación no consiste en afirmar que el Escudo de las Américas establezca mecanismos para imponer proyectos o limitar la participación comunitaria, sino en examinar las implicaciones de situar los minerales críticos y sus cadenas de suministro en el ámbito de la seguridad. Cuando una inversión se presenta como indispensable para la competitividad, el desarrollo tecnológico o la seguridad nacional, existe el riesgo de que las objeciones de las comunidades sean tratadas como obstáculos frente a objetivos considerados superiores. Por eso, es necesario preguntarse qué espacio tendrán la deliberación pública, la evaluación de los impactos y la capacidad de las poblaciones para cuestionar iniciativas que comprometan sus condiciones de vida.

Para Costa Rica y Centroamérica, esta discusión resulta especialmente relevante. La atracción de inversiones en infraestructura digital no debería evaluarse únicamente por el capital movilizado o la posición que los países puedan ocupar en las cadenas globales de suministro. También requiere examinar quién recibe los beneficios, quién asume los costos de ampliar las redes eléctricas y los servicios de agua, qué necesidades locales podrían quedar desplazadas y qué mecanismos permiten a las comunidades intervenir en las decisiones. Si los centros de datos y las cadenas de suministro de minerales críticos adquieren prioridad estratégica, ¿podrán las comunidades decidir sobre el futuro de sus territorios o sus necesidades quedarán subordinadas a intereses definidos fuera de ellos?

La cuestión de fondo es qué entendemos por seguridad. ¿Se trata de garantizar el suministro de materiales, la disponibilidad de energía y el funcionamiento de infraestructuras para la economía digital, o también de proteger el agua, los ecosistemas, las condiciones de vida y la capacidad de los pueblos para decidir sobre los bienes comunes? Vincular la tecnología con la seguridad regional no debería convertir las prioridades geopolíticas en razones para reducir el debate democrático. Por el contrario, hace más necesario fortalecer la transparencia, la participación ciudadana y los mecanismos de rendición de cuentas.

En última instancia, la pregunta para Centroamérica no es solamente cómo incorporarse a la economía digital, sino quién define sus prioridades, a qué intereses responde esa transformación y qué capacidad tendrán los pueblos para decidir sobre ella. Porque una región puede convertirse en un espacio estratégico para las cadenas globales de suministro y la expansión tecnológica sin que eso garantice mejores condiciones de vida para sus habitantes. El desafío es evitar que la seguridad de la economía digital termine prevaleciendo sobre la seguridad y la autonomía de las comunidades que sostienen, habitan y cuidan estos territorios.

Referencias:

Acontecer Digital. (2026, 17 de septiembre). Data center en Costa Rica abre oportunidad tecnológica, pero exige certezas sobre energía, agua y viabilidad. Universidad Estatal a Distancia.

Departamento de Estado de los Estados Unidos. (2026, 22 de septiembre). Declaración conjunta sobre el Escudo de las Américas.

Picerni, R. (2026, 23 de febrero). Latin America data center report: Year-end 2025. JLL.

U.S. Geological Survey. (2026). Mineral commodity summaries 2026. U.S. Department of the Interior.

Pueden descargar aquí la infografía

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Cuando el río cambia: sedimentos, extracción de material y afectaciones sobre la pesca en el río Frío

El presente texto forma parte de los monitoreos que realiza el Grupo de Defensa de la cuenca del Río Frío, en el marco de los diálogos comunitarios orientados a comprender cómo la extracción de material del río altera los modos de vida de quienes habitan y dependen de él. Desde la experiencia cotidiana de pescadores, comunidades y personas vinculadas al río, se han comenzado a registrar señales que merecen atención: aguas cargadas de sedimentos, cambios en la profundidad del cauce, acumulación de material y una percepción generalizada de disminución de los peces. Estas observaciones no son conclusiones definitivas, sino puntos de partida para el diálogo, la investigación y el seguimiento colectivo de las transformaciones que hoy enfrenta el río Frío de Guatuso.

Desde la experiencia de quienes conocen y viven el río Frío, comienzan a hacerse visibles señales que llaman a prestar atención: aguas cargadas de sedimentos, cambios en la profundidad del cauce, acumulación de material y una percepción de disminución de los peces. Estas observaciones forman parte de las reflexiones que el Grupo de Defensa de la cuenca del Río Frío viene compartiendo frente a las intervenciones que actualmente se realizan en el río.

Un río no cambia únicamente cuando deja de correr. También cambia cuando sus aguas comienzan a transportar constantemente grandes cantidades de sedimento, cuando ese material se deposita en otros sectores, cuando se modifica la profundidad del cauce o cuando los espacios donde antes se encontraba vida acuática dejan de presentar las mismas condiciones. Eso es parte de lo que preocupa actualmente en el río Frío de Guatuso.

Desde la experiencia cotidiana de quienes conocen el río y desarrollan actividades vinculadas con él, se señala que durante los días en que se realizan trabajos de dragado y extracción de material en la parte alta, el agua baja constantemente cargada de sedimentos. La percepción expresada es clara: durante buena parte de la semana resulta difícil encontrar momentos en que el río vuelva a presentar sus aguas transparentes.

El sedimento también viaja

La extracción de material en un río no termina necesariamente en el lugar donde se realiza la intervención. El agua continúa su recorrido y con ella se movilizan partículas y sedimentos que pueden terminar depositándose aguas abajo.

En el caso del río Frío, quienes conocen diferentes sectores del cauce han observado acumulaciones de material en puntos donde antes las condiciones eran distintas. Lugares que anteriormente presentaban mayor profundidad hoy se perciben más rellenados, al punto de que sectores que antes tenían características diferentes pueden recorrerse actualmente con el agua aproximadamente a la cintura.

Estas transformaciones llaman la atención porque el cauce de un río es un sistema dinámico. Modificar una parte puede tener consecuencias en otros puntos, especialmente cuando la intervención implica remover grandes cantidades de material.

La pregunta, entonces, no debería ser únicamente cuánto material se extrae, sino qué ocurre con ese material, hacia dónde se desplaza y cómo modifica las condiciones del río aguas abajo.

¿Qué significa esto para la pesca?

La pesca permite observar cambios que muchas veces no aparecen inmediatamente en una medición.

Quienes han pescado durante años pueden reconocer cuándo determinadas especies dejan de aparecer con la misma frecuencia, cuándo cambian los lugares donde se encuentran los peces o cuándo las condiciones del agua ya no son las mismas.

Entre las preocupaciones compartidas desde el territorio está precisamente la percepción de que anteriormente era posible encontrar una mayor cantidad de peces y que actualmente son cada vez menos frecuentes.

No corresponde atribuir automáticamente esta disminución a una sola causa. La salud de las poblaciones de peces depende de múltiples factores y requiere estudios que permitan establecer relaciones con evidencia. Sin embargo, la coincidencia temporal entre cambios visibles en el río, presencia constante de sedimentos y transformaciones del cauce constituye una señal que merece ser investigada.

Porque cuando un río cambia, también pueden cambiar los lugares donde los peces se alimentan, se refugian y se reproducen.

Y cuando disminuyen los peces, no solamente se afecta una actividad recreativa. También se deteriora una relación histórica entre las comunidades y el río.

Agua sucia todos los días: una señal que no debería normalizarse

Otra preocupación señalada desde quienes conocen el río es la presencia constante de agua turbia durante los días en que se realizan los trabajos.

La turbidez por sedimentos no debe confundirse automáticamente con contaminación química. Son fenómenos diferentes y requieren análisis específicos. Sin embargo, una presencia persistente de sedimentos puede modificar las condiciones físicas del hábitat acuático y afectar organismos que dependen de determinadas características del agua.

A esto se suma la observación ocasional de manchas que aparentaban corresponder a aceite desplazándose por el río.

Una observación de este tipo, por sí sola, no permite determinar el origen ni la composición de una sustancia. Precisamente por eso debería activar una pregunta básica: ¿qué está llegando al agua y qué controles existen para determinarlo?

Un río no debería convertirse en un espacio donde las comunidades tengan que acostumbrarse a mirar el agua sucia y preguntarse qué está ocurriendo.

Un problema que también alcanza a la vida alrededor del río

Las preocupaciones no se limitan a la pesca. El río forma parte de una red de relaciones mucho más amplia. Sus aguas atraviesan comunidades, sostienen formas de vida y son utilizadas por animales. Cuando las características del agua y del cauce cambian, las consecuencias potenciales también pueden extenderse más allá del sitio exacto donde se realiza una extracción.

Por eso resulta necesario mirar el río como un sistema y no como una sucesión de puntos aislados donde se puede extraer material sin considerar lo que ocurre antes y después.

Desde esta perspectiva, una intervención en la parte alta puede tener implicaciones aguas abajo. El sedimento que hoy se remueve en un sector puede terminar depositándose en otro. Una modificación del cauce puede alterar las condiciones de un sitio que se encuentra a kilómetros de distancia. Y una disminución de peces puede ser percibida primero por quienes pasan horas junto al río antes de que exista un estudio que explique sus causas.

Escuchar las señales del río

Las reflexiones del Grupo de Defensa de la cuenca del Río Frío parten precisamente de esa experiencia acumulada en el territorio: observar, escuchar y comparar lo que ocurre actualmente con lo que el río ha sido durante años.

No se trata de convertir cada cambio observado en una conclusión definitiva. Se trata, más bien, de reconocer que existen señales que merecen ser tomadas en serio y que requieren investigación, seguimiento y transparencia.

Un río no es solamente un lugar del que se puede extraer material.

Es un cauce vivo, un espacio donde circula agua, sedimento y vida; donde existen peces, animales y relaciones comunitarias; y donde las transformaciones realizadas en un punto pueden repercutir mucho más allá del lugar intervenido.

Señales de alerta

A partir de lo observado y compartido desde el territorio, algunas señales deberían motivar atención y seguimiento:

  • -Aumento persistente de la turbidez durante los periodos de extracción o intervención.

  • -Acumulación de sedimentos en sectores aguas abajo.

  • -Cambios perceptibles en la profundidad y configuración del cauce.

  • -Disminución o cambios en la presencia de peces respecto de años anteriores.

  • -Aparición de manchas o sustancias inusuales sobre el agua, que requieran identificación y análisis.

  • -Extracción continua o ampliación de las zonas intervenidas.

  • -Cambios que se perciben aguas abajo de los sitios donde se realiza la extracción.

  • -Ausencia de información pública suficiente sobre los volúmenes extraídos, las condiciones de la intervención, su seguimiento y sus posibles efectos.

  • -Normalización de cambios que anteriormente no formaban parte de las condiciones habituales del río.

Estas señales no sustituyen los estudios ambientales ni las evaluaciones técnicas. Pero tampoco deberían ser ignoradas.

Porque muchas veces el deterioro de un río no comienza con una gran catástrofe. Comienza cuando pequeñas modificaciones empiezan a repetirse, cuando el agua permanece turbia un día tras otro, cuando el sedimento se acumula, cuando los peces dejan de aparecer como antes y cuando la comunidad comienza a considerar normal aquello que antes no lo era.

Escuchar esas señales también es una forma de defender el río Frío.

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Cien días de Laura Fernández: las señales de un rumbo socioambiental

Antes de la llegada de Laura Fernández a la Presidencia, el gobierno de Rodrigo Chaves cerraba su período dejando una señal clara sobre la forma en que había venido construyendo su relación con la política ambiental: una creciente confrontación con quienes defendían límites ambientales, una asociación cada vez más explícita entre regulación y obstáculos para la inversión, y una defensa del desarrollo económico como argumento para cuestionar decisiones de las instituciones encargadas de la protección ambiental. El episodio ocurrido en los últimos días de su administración, marcado por los cuestionamientos y descalificaciones hacia quienes interpusieron recursos y decisiones institucionales que frenaban determinadas iniciativas, no puede leerse únicamente como un conflicto puntual. Forma parte de una tendencia más amplia en la que la protección ambiental comienza a ser presentada como una fuente de incertidumbre para la inversión y donde quienes defienden esos límites son colocados discursivamente del lado de los obstáculos al desarrollo. Es sobre este terreno político que Laura Fernández inicia su gobierno.

Los primeros 100 días del gobierno de Laura Fernández permiten identificar algunas señales sobre la orientación que comienza a tomar su administración en materia ambiental. La apuesta por formalizar la minería en Crucitas, las decisiones alrededor de la presión turística en Corcovado y la persistencia de un discurso confrontativo hacia sectores ambientalistas abren una pregunta de mayor alcance: ¿estamos ante una profundización del giro que comenzó durante la administración de Rodrigo Chaves?

Cien días no bastan para definir por completo el rumbo de un gobierno. Sería apresurado convertir este breve período en una explicación definitiva de lo que será toda una administración. Sin embargo, los primeros meses sí permiten observar prioridades, identificar conflictos que adquieren centralidad y reconocer las formas en que un nuevo gobierno comienza a responder a las tensiones que atraviesan al país.

En el caso de Laura Fernández, esta lectura adquiere una particularidad. Su llegada a la Presidencia no representa una ruptura absoluta con el período anterior, sino la continuidad de un bloque político que durante la administración de Rodrigo Chaves ya había mostrado una relación conflictiva con diversos sectores ambientalistas y una disposición creciente a cuestionar los límites que la institucionalidad ambiental establece sobre determinadas actividades económicas.

Los primeros 100 días permiten preguntarse, entonces, qué elementos de ese rumbo se mantienen y cuáles comienzan a profundizarse.

La discusión sobre Crucitas, las tensiones alrededor de la gestión del Parque Nacional Corcovado y las formas en que desde el oficialismo se ha respondido a quienes cuestionan determinadas decisiones ambientales permiten observar algo más que conflictos aislados. En conjunto, estos acontecimientos muestran una forma particular de entender la relación entre desarrollo y naturaleza, donde la conservación parece enfrentar una presión creciente para demostrar su compatibilidad con determinados intereses económicos.

Crucitas: cuando la explotación comienza a presentarse como respuesta

La situación en Crucitas ha ocupado un lugar central dentro de esta discusión. Durante años, el territorio ha sido escenario de minería ilegal, degradación ambiental, presencia de redes dedicadas a la extracción de oro y una evidente incapacidad estatal para controlar de manera sostenida lo que ocurre en la zona.

Frente a este escenario, la posición asumida por la presidenta Laura Fernández ha sido clara: la explotación formal del oro comienza a presentarse como una alternativa necesaria frente a un problema que el Estado no ha logrado resolver.

El argumento parte de una realidad difícil de negar. La minería ilegal continúa y las capacidades institucionales para detenerla son limitadas. Pero el debate comienza a adquirir otra dimensión cuando la incapacidad para controlar una actividad ilegal se convierte en una razón para abrir la discusión sobre la explotación formal.

La pregunta deja de ser únicamente cómo detener la extracción ilegal, restaurar el territorio o recuperar ambientalmente una zona afectada durante años. También comienza a plantearse cómo aprovechar formalmente un recurso que, según esta lógica, continuará siendo extraído de una u otra manera.

Esta forma de construir el problema permite recuperar una de las reflexiones desarrolladas por Eduardo Gudynas alrededor de los extractivismos. La explotación de la naturaleza no se sostiene únicamente mediante proyectos, inversiones o decisiones legales. También requiere discursos que la presenten como necesaria, inevitable o como la única respuesta realista frente a un determinado problema.

En Crucitas comienza a configurarse precisamente esa tensión. La formalización de la minería aparece como una alternativa pragmática, mientras las propuestas que priorizan la restauración o la protección del territorio pueden ser presentadas como posiciones incapaces de responder a la realidad.

Pero esta oposición simplifica un conflicto mucho más complejo. La incapacidad estatal para controlar la minería ilegal no convierte automáticamente la explotación formal en la única alternativa posible. También obliga a preguntarse qué tipo de respuesta pública se construye cuando un problema de gobernanza termina abriendo el camino para una nueva forma de apropiación económica de un territorio.

Corcovado: cuando la conservación comienza a negociarse

El caso de Corcovado permite observar esta tensión desde otro lugar. Aquí no se discute directamente la apertura de una actividad extractiva, sino la capacidad de un área protegida para establecer límites frente a la presión turística.

Las dificultades de la infraestructura sanitaria de la Estación Biológica Sirena llevaron al Sinac a reducir temporalmente el aforo, aplicando el principio precautorio ante el riesgo de afectaciones ambientales. Sin embargo, la medida generó presión de sectores vinculados con la actividad turística y, poco después, el límite de visitación volvió a aumentar.

Más allá de la discusión sobre la pertinencia técnica de cada decisión, el episodio permite observar una dinámica relevante: los límites ambientales pueden comenzar a ser negociados cuando entran en conflicto con intereses económicos. La protección no desaparece necesariamente; las instituciones continúan existiendo y las decisiones siguen presentándose como técnicamente fundamentadas. Lo que cambia es el límite que se considera aceptable.

Este tipo de desplazamiento resulta importante para leer la política ambiental. La flexibilización no siempre ocurre mediante la eliminación de una norma o la apertura explícita de un territorio a una nueva actividad. También puede producirse mediante ajustes sucesivos de los umbrales de protección, reinterpretaciones técnicas o modificaciones de las condiciones bajo las cuales una actividad puede continuar.

Corcovado plantea así una pregunta que trasciende el caso: ¿los límites ambientales están orientando las actividades económicas o son las presiones económicas las que terminan redefiniendo esos límites?

La diferencia es fundamental. En el primer escenario, la actividad económica debe adaptarse a las condiciones ecológicas del territorio. En el segundo, son esas condiciones las que progresivamente deben acomodarse a las necesidades de la actividad económica.

La disputa también ocurre en el lenguaje

Los primeros 100 días de un gobierno no se leen únicamente a través de sus decisiones. También se observan en el lenguaje con el que se construyen los conflictos y se responde a quienes cuestionan determinadas políticas.

En este punto resulta significativa la continuidad de una forma de confrontación que ya había sido característica del oficialismo durante la administración de Rodrigo Chaves. El episodio protagonizado por el entonces presidente y la reacción hacia un diputado electo, luego de las acciones legales relacionadas con la tala de árboles en Playa Panamá, permite observar la manera en que determinados conflictos ambientales pueden transformarse rápidamente en una confrontación contra quienes los cuestionan.

La discusión no se concentra únicamente en la tala, los procedimientos legales o los impactos ambientales. También se desplaza hacia la descalificación de la persona que interpone la acción y hacia la construcción de su posición como una expresión de fanatismo o radicalismo. Este desplazamiento no es menor.

Cuando el debate ambiental comienza a organizarse alrededor de una oposición entre pragmatismo y fanatismo, quienes defienden límites a determinadas actividades económicas pueden ser presentados como personas que se oponen al desarrollo, al empleo o a la prosperidad.

Desde esta perspectiva, las reflexiones de Gudynas permiten observar otro componente de los extractivismos: sus formas de legitimación. La explotación de la naturaleza necesita ser presentada como una actividad necesaria para el bienestar, mientras quienes cuestionan sus impactos pueden ser convertidos en obstáculos para alcanzar ese bienestar.

Así, una discusión sobre minería, conservación o protección de un bosque corre el riesgo de transformarse en otra discusión: quién tiene derecho a cuestionar las decisiones que se toman sobre los territorios. La crítica ambiental deja de ser solamente una diferencia política o técnica y comienza a ser presentada como un problema que debe enfrentarse.

Más que hechos aislados

Crucitas, Corcovado y la confrontación con sectores ambientalistas son conflictos distintos. Sería simplista afirmar que todos responden exactamente a una misma lógica o que los primeros 100 días permiten establecer conclusiones definitivas sobre toda la política ambiental del gobierno de Laura Fernández. Sin embargo, observar estos acontecimientos en conjunto permite identificar algunas señales:

-La primera es una mayor disposición a presentar la explotación de la naturaleza como una respuesta legítima e incluso necesaria frente a determinados problemas. En Crucitas, la formalización de la minería comienza a ocupar un lugar central dentro de las alternativas planteadas para enfrentar la extracción ilegal.

-La segunda tiene que ver con la posición de la conservación frente a las actividades económicas. El caso de Corcovado muestra que los límites ambientales pueden quedar rápidamente sometidos a presión cuando afectan intereses económicos y sociales vinculados a la explotación turística de un territorio. Más aún, muestra cómo una medida precautoria puede ser revisada en un contexto de presión sectorial y poco después de producirse un cambio en la dirección responsable de la gestión del área.

-La tercera se encuentra en el terreno político y discursivo. La confrontación con sectores ambientalistas y la tendencia a presentar determinadas posiciones como radicales o fanáticas contribuyen a reducir el espacio para una discusión pública más amplia sobre las alternativas de desarrollo.

Vistas por separado, estas situaciones pueden parecer conflictos específicos, con actores y circunstancias particulares. Vistas en conjunto, permiten preguntarse si estamos asistiendo a una profundización de una orientación que ya había comenzado a consolidarse durante el gobierno de Rodrigo Chaves: una forma de entender el desarrollo donde la naturaleza aparece cada vez más como un recurso disponible para ser aprovechado y donde los límites ambientales deben justificar constantemente su permanencia.

Cien días y una pregunta abierta

Eduardo Gudynas ha insistido en que el extractivismo no debe entenderse únicamente como un conjunto de actividades dedicadas a extraer recursos naturales. También constituye una forma de organizar la relación entre economía, Estado y naturaleza, con efectos que pueden extenderse hacia las instituciones, la participación ciudadana y la propia manera en que se entiende el desarrollo.

Esta perspectiva permite leer los primeros 100 días de Laura Fernández más allá de una lista de decisiones o declaraciones. La pregunta no es solamente si su gobierno promoverá o no determinados proyectos extractivos.

La cuestión de fondo es qué tipo de relación comienza a construirse entre la actividad económica y los límites que imponen los ecosistemas.

-¿La conservación será entendida como una condición que debe orientar las decisiones sobre el desarrollo?

-¿O comenzará a ser presentada, cada vez con mayor frecuencia, como un obstáculo que debe flexibilizarse cuando entra en conflicto con determinadas actividades económicas?

Los primeros 100 días todavía no ofrecen una respuesta definitiva. Pero sí permiten reconocer señales, prioridades y formas de entender los conflictos. Y esas señales importan.

Porque los cambios en la política ambiental no siempre comienzan con la aprobación de una gran reforma o con la apertura inmediata de un nuevo proyecto. A veces comienzan con algo aparentemente más sutil: con una nueva forma de nombrar la naturaleza, de definir qué se considera una solución realista y de establecer quiénes pueden participar legítimamente en la discusión sobre el futuro de los territorios.

A cien días de iniciado el gobierno de Laura Fernández, quizás esa sea una de las preguntas más importantes que comienza a plantearse: ¿hacia dónde se está moviendo Costa Rica cuando se trata de decidir qué proteger, qué explotar y quién tiene derecho a cuestionar esas decisiones?

Leer la dirección del cambio

Las políticas ambientales no siempre cambian de un día para otro. A veces el desplazamiento ocurre de manera gradual: una excepción, una modificación técnica, un cambio de criterio, una nueva interpretación de una norma o una decisión que parece aislada. Por eso, además de preguntarnos qué decisión toma un gobierno, necesitamos observar hacia dónde se mueve el límite.

Esta tabla propone seguir esas pequeñas variaciones. ¿Se fortalecen las capacidades de protección o se debilitan? ¿Se mantienen los límites ambientales o comienzan a flexibilizarse? ¿La naturaleza continúa siendo entendida como un bien que debe protegerse o aparece cada vez más como un recurso disponible para la inversión y el aprovechamiento económico?

La clave no está en etiquetar inmediatamente cada decisión, sino en seguir la trayectoria. Una decisión aislada puede decir poco; varias decisiones que apuntan en una misma dirección comienzan a revelar una tendencia.

Leer la política ambiental es, también, aprender a reconocer hacia dónde se está moviendo el límite.

Tendencia observada¿Qué significa preguntar?
Fortalecimiento de límites¿Se están ampliando las capacidades de protección y regulación?
Mantenimiento¿Se mantienen las reglas y capacidades existentes?
Flexibilización¿Se modifican límites para facilitar determinadas actividades?
Debilitamiento institucional¿Se reducen capacidades, controles o autonomía institucional?
Expansión extractiva¿Se abren nuevas posibilidades de apropiación de bienes naturales?
Mercantilización¿Un bien común comienza a ser tratado principalmente como recurso económico?
Conflicto y confrontación¿La crítica ambiental está siendo deslegitimada o criminalizada discursivamente?
Democratización¿Se amplían los espacios de participación y deliberación sobre las decisiones territoriales?

Referencias

Arrieta, Esteban (2026, 12 de junio). Laura Fernández a opositores de explotar oro de Crucitas: “Que Dios los perdone, ojalá que el pueblo de Costa Rica no”. La República.

Gudynas, Eduardo (2015). Extractivismos: Ecología, economía y política de un modo de entender el desarrollo y la Naturaleza. CEDIB y CLAES.

Madrigal, Luis (2026, 23 de abril). Chaves insulta a magistrado de Sala IV y diputado electo tras freno a tala de árboles en Papagayo. Delfino.cr.

Martínez, Alonso (2026, 3 de julio). Minae reubica a director de ACOSA tras presión de sectores turísticos por reducción de aforo en Corcovado. Delfino.cr

May, Sebastian. (2026, 19 de mayo). Laura Fernández invita a diputaciones a gira por Crucitas el 19 de junio. Delfino.cr.

Pomareda, Fabiola. (2026, 28 de julio). Sinac vuelve a aumentar el aforo en Corcovado tras salida de director que alertó por colapso ambiental. Semanario Universidad.

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El hidrógeno verde y las preguntas que casi nadie está haciendo

Durante los últimos años, el hidrógeno verde ha comenzado a ocupar un lugar privilegiado en los discursos sobre la transición energética. Gobiernos, organismos internacionales y empresas lo presentan como una de las principales soluciones para enfrentar la crisis climática y avanzar hacia economías descarbonizadas.

Pero ¿qué ocurre cuando una promesa tecnológica se convierte en una estrategia geopolítica? ¿Quiénes se benefician de esta nueva economía energética? ¿Qué territorios deberán asumir sus costos ambientales y sociales?

Estas son algunas de las preguntas que plantea el dossier «Hidrógeno verde: ¿transición o colonialismo? Apuntes para el debate en Argentina, Uruguay y Chile», una publicación coordinada por Florencia Puente y editada por la Fundación Rosa Luxemburgo, que reúne investigaciones de especialistas de América Latina y el Caribe para analizar críticamente el auge del hidrógeno verde en la región.

Lejos de ofrecer respuestas definitivas, el documento invita a revisar críticamente la narrativa dominante que presenta al hidrógeno verde como una solución incuestionable frente al cambio climático. Sus autores proponen analizar la transición energética desde una perspectiva política, preguntándose quién define sus prioridades, quién controla la infraestructura, quién financia los proyectos y quién asume los impactos territoriales.

La transición también puede reproducir desigualdades

Uno de los principales aportes del dossier consiste en mostrar que la discusión no gira únicamente alrededor de una nueva fuente energética. El problema central es el modelo de transición que se está construyendo.

Mientras los países del Norte Global incrementan su demanda de minerales, agua y energía para sostener sus procesos de descarbonización, numerosos países latinoamericanos y caribeños reforman sus políticas públicas para atraer inversiones destinadas a producir hidrógeno verde de exportación. El riesgo, advierten los autores, es que la transición energética reproduzca viejas relaciones de dependencia, donde el Sur Global continúa aportando territorios, bienes comunes y recursos estratégicos para sostener el consumo de las economías industrializadas.

Desde esta perspectiva, el hidrógeno verde deja de ser únicamente una innovación tecnológica para convertirse en una discusión sobre soberanía energética, justicia ambiental y democracia.

Más preguntas que certezas

El documento también cuestiona algunos de los supuestos que acompañan el entusiasmo alrededor del hidrógeno verde.

Recuerda que el hidrógeno no es una fuente de energía, sino un vector energético: producirlo requiere grandes cantidades de electricidad, agua e infraestructura especializada. Además, buena parte de los escenarios internacionales proyectan que el crecimiento del hidrógeno no sustituirá completamente a los combustibles fósiles, sino que podría sumarse a ellos, ampliando la demanda energética global.

Los autores también advierten sobre la creciente utilización del concepto de «hidrógeno de bajas emisiones», una categoría que puede facilitar la continuidad del uso de gas fósil mediante tecnologías de captura de carbono, ampliando el margen para el greenwashing y retrasando transformaciones más profundas del modelo energético.

Un debate necesario para Costa Rica

Aunque el dossier se concentra en Argentina, Uruguay y Chile, muchas de las preguntas que plantea resultan especialmente pertinentes para Costa Rica.

El país también impulsa estrategias para desarrollar una economía del hidrógeno verde y promover inversiones vinculadas a este sector. En ese contexto, resulta indispensable ampliar el debate público más allá del optimismo tecnológico.

-¿Cómo se distribuirán los beneficios y los impactos?

-¿Qué implicaciones tendrá sobre el uso del agua, el territorio y la infraestructura energética?

-¿Responderá esta estrategia a las necesidades del país o principalmente a la demanda energética internacional?

Abrir estas discusiones no significa rechazar la innovación, sino fortalecer una transición energética verdaderamente democrática, donde la justicia social, la protección de los bienes comunes y la participación de las comunidades ocupen un lugar central.

Descargar el dossier

Desde el Observatorio de Bienes Comunes consideramos que este documento constituye un valioso insumo para comprender los debates que atraviesan la transición energética en América Latina.

Más que ofrecer respuestas cerradas, invita a formular las preguntas que muchas veces quedan fuera del discurso oficial y a pensar si la descarbonización puede construirse sin reproducir nuevas formas de extractivismo y dependencia.

Puede descargar el dossier completo al final de esta publicación y contribuir al debate sobre el futuro energético de nuestra región.

Pueden descargar la infografía aquí.

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Caribe Sur: señales de una transformación territorial en marcha

El reciente reporte elaborado por Philippe Vangoidsenhoven documenta una serie de intervenciones ambientales observadas en distintos puntos del Caribe Sur. Aunque cada caso posee sus propias particularidades, en conjunto permiten identificar tendencias que van más allá de situaciones puntuales. Desde el Observatorio de Bienes Comunes consideramos que este material constituye una oportunidad para reflexionar sobre las tensiones que atraviesan actualmente la región: la presión sobre humedales y zonas costeras, la expansión de actividades inmobiliarias y turísticas, las disputas en torno al uso del territorio y los desafíos que enfrenta la protección de los bienes comunes en un contexto de transformación acelerada. Invitamos a las personas interesadas a consultar el reporte completo, así como a seguir el trabajo de documentación y vigilancia ambiental que Philippe Vangoidsenhoven comparte de manera permanente a través de su sitio web y sus redes sociales, una labor que contribuye a construir memoria territorial y a visibilizar procesos que muchas veces pasan desapercibidos en el debate público.

Más información

Lo que revelan años de vigilancia ambiental

Durante años, Philippe Vangoidsenhoven ha documentado cambios en humedales, bosques costeros, quebradas, arroyos y zonas públicas del Caribe Sur de Costa Rica. Sus fotografías, videos, sobrevuelos con dron y denuncias constituyen mucho más que un registro de incidentes ambientales aislados: conforman una memoria territorial que permite observar procesos de transformación que suelen pasar desapercibidos cuando se analizan de manera fragmentada.

Vista de forma individual, cada denuncia parece referirse a un problema específico. Sin embargo, cuando estos registros se observan en conjunto, emerge una imagen más amplia. Lo que aparece es un territorio sometido a presiones crecientes derivadas de la expansión inmobiliaria, el desarrollo turístico y la creciente valorización económica de la tierra.

No se trata únicamente de cambios en el paisaje. Se trata de transformaciones que afectan bienes comunes fundamentales para la vida colectiva, desde humedales y corredores biológicos hasta zonas públicas costeras y cuerpos de agua.

La desaparición silenciosa de los humedales

Uno de los patrones más visibles es la presión constante sobre los humedales. En distintos puntos del Caribe Sur se observan procesos de relleno, nivelación y alteración de terrenos inundables para habilitar nuevos usos constructivos. Estas intervenciones suelen justificarse como mejoras del terreno o preparación para futuros desarrollos, pero sus efectos trascienden los límites de cada propiedad.

Los humedales desempeñan funciones esenciales para la regulación hídrica, la absorción de excedentes de agua durante eventos extremos, la conservación de biodiversidad y el mantenimiento de procesos ecológicos complejos. Su desaparición implica también la pérdida de hábitats, la alteración de flujos naturales de agua y una mayor vulnerabilidad frente a inundaciones.

Más preocupante aún es que muchos de estos cambios ocurren de manera gradual. No desaparecen grandes extensiones de un día para otro; se transforman poco a poco hasta que aquello que alguna vez fue reconocido como humedal deja de ser percibido como tal.

La limpieza del paisaje como forma de ocupación

Otra tendencia recurrente es la eliminación sistemática de vegetación. La chapea constante del sotobosque, la remoción de vegetación costera y la limpieza de franjas protegidas aparecen reiteradamente en distintos sectores del litoral.

Estas prácticas suelen presentarse como labores de mantenimiento, seguridad o embellecimiento. Sin embargo, en muchos casos cumplen una función territorial más profunda: preparar espacios para futuras intervenciones, aumentar el atractivo visual de propiedades o reforzar procesos de apropiación de áreas que legalmente poseen carácter público o protegido.

La transformación comienza muchas veces antes de la construcción. Empieza con la modificación gradual del paisaje.

La creciente presión sobre la zona costera

La Zona Marítimo Terrestre y las áreas de protección asociadas a quebradas, arroyos y humedales se han convertido en espacios particularmente disputados.

Los registros recopilados muestran intentos recurrentes de ampliar usos privados sobre espacios que cumplen funciones públicas y ambientales. Se trata de una tensión permanente entre diferentes formas de entender el territorio: como mercancía, como recurso económico o como bien común.

La importancia de esta discusión radica en que la zona costera no solo constituye un atractivo turístico. También alberga ecosistemas estratégicos y espacios cuyo acceso y conservación tienen una dimensión colectiva.

Cuando las excepciones comienzan a repetirse

Quizá el elemento más revelador de los registros recopilados no sea la magnitud de cada intervención particular, sino su frecuencia.

Lo que antes podía interpretarse como una situación excepcional aparece una y otra vez bajo distintas formas. Cambian los lugares, cambian los actores y cambian las justificaciones, pero ciertos patrones se mantienen.

La presión sobre humedales. La eliminación de cobertura vegetal. La ocupación gradual de espacios públicos. La fragmentación de ecosistemas. Las dificultades institucionales para prevenir o detener algunos procesos.

La repetición constante de estas situaciones obliga a desplazar la pregunta. Ya no se trata únicamente de analizar cada caso por separado. Se vuelve necesario preguntarse qué nos dicen, en conjunto, sobre la dirección que está tomando el territorio.

La importancia de la vigilancia ciudadana

En este contexto, el trabajo desarrollado por Philippe Vangoidsenhoven adquiere un valor que va más allá de la denuncia ambiental.

Sus registros permiten documentar procesos de largo plazo, identificar patrones y construir memoria sobre transformaciones que muchas veces avanzan de manera dispersa y poco visible. Son una forma de observación ciudadana del territorio que contribuye a la defensa de los bienes comunes y al fortalecimiento del debate público sobre el futuro del Caribe Sur.

Porque los cambios territoriales no ocurren únicamente cuando entra una excavadora o cuando inicia una construcción. También ocurren cuando una sociedad deja de percibir ciertas transformaciones como problemáticas.

Y es precisamente ahí donde surge una de las preguntas más importantes para el Caribe Sur contemporáneo: ¿qué sucede cuando las presiones sobre los bienes comunes dejan de ser percibidas como amenazas y comienzan a aceptarse como parte normal del paisaje?

Responder esa pregunta implica mirar más allá de cada denuncia individual y reflexionar colectivamente sobre el tipo de territorio que se está construyendo y sobre quiénes asumen los costos ambientales de ese proceso.

Crédito fotográfico: Todas las fotografías incluidas en esta publicación son autoría de Philippe Vangoidsenhoven y forman parte de su trabajo de documentación y vigilancia ambiental en el Caribe Sur. Las imágenes se utilizan con carácter ilustrativo para acompañar la reflexión sobre las transformaciones territoriales y las presiones que enfrentan los bienes comunes en la región.

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«Ya no es el río que conocimos»: memoria, cambios y preocupaciones desde Birmania de Upala

Un río que conecta territorio, comunidad y vida

Birmania es una pequeña comunidad ubicada en el distrito de Dos Ríos, cantón de Upala, en la Zona Norte de Costa Rica, a unos 32 kilómetros de la frontera con Nicaragua. Se trata de una región marcada por la producción agrícola y ganadera, atravesada por ríos que nacen en las faldas del volcán Rincón de la Vieja y forman parte de una compleja red hídrica que conecta territorios, comunidades y ecosistemas.

Uno de esos ríos es el Río Niño, también conocido como Río Pizote. Sus aguas han acompañado durante décadas la vida cotidiana de las personas que habitan la zona, convirtiéndose en un espacio de recreación, encuentro comunitario y observación de la naturaleza.

Una conversación desde la experiencia de quienes habitan el territorio

En esta edición de Sentires y Saberes, conversamos con David Menjívar, vecino de Birmania desde hace más de cinco décadas, quien comparte sus recuerdos sobre el río, los cambios que ha observado a lo largo del tiempo y las preocupaciones que existen actualmente en torno a la extracción de materiales de su cauce.

A partir de su experiencia, la conversación permite reflexionar sobre las transformaciones ambientales que experimentan los territorios, el papel de las comunidades en la observación y defensa de los bienes comunes, así como los desafíos institucionales para garantizar la protección de los ecosistemas.

Algunos temas claves:
  • -El Río Niño ha sido históricamente un espacio de encuentro, recreación y convivencia para las comunidades de la zona.
  • -Las personas que habitan los territorios suelen ser las primeras en identificar cambios y afectaciones ambientales.
  • -La extracción continua de materiales del cauce ha generado preocupaciones por la pérdida de vegetación ribereña, cambios en la dinámica del río y afectaciones a especies acuáticas.
  • -Los procesos de transformación ambiental también impactan prácticas cotidianas y espacios de recreación comunitaria.
  • -La defensa de los bienes comunes no se limita a las denuncias: incluye acciones de cuido, restauración y observación permanente del territorio.
  • -El conocimiento comunitario constituye una fuente valiosa para comprender los cambios que experimentan los ecosistemas.
  • -Las nuevas generaciones cuentan con más herramientas para informarse, participar y asumir un papel activo en el cuidado de la naturaleza.

Más que una entrevista sobre un río, este diálogo nos invita a pensar en la relación entre memoria, territorio y responsabilidad colectiva. Le invitamos a escuchar este nuevo episodio de Sentires y Saberes y conocer la mirada de una persona que ha dedicado gran parte de su vida a observar, cuidar y defender el Río Niño.

Galería
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Entre la erosión y la incertidumbre: comunidad alerta sobre la situación del río Pizote-Upala

Personas vecinas de la comunidad cerca del Río Pizote o también conocido como Río Niño, en el cantón de Upala, han manifestado su preocupación ante lo que consideran posibles afectaciones al cauce y al lecho del río asociadas a actividades de extracción de material que se desarrollan en la zona. Según la comunicación compartida por habitantes que han dado seguimiento al caso durante varios años, las lluvias recientes permitieron observar con mayor claridad cambios en distintos sectores del río que, a su criterio, requieren una investigación inmediata por parte de las autoridades competentes.

El río Pizote, forma parte de los sistemas hídricos de la zona norte de Costa Rica. Como ocurre con numerosos ríos del país, cumple funciones fundamentales para el equilibrio ecológico de la cuenca, el transporte natural de sedimentos, la recarga de acuíferos y el sostenimiento de diversos ecosistemas asociados. Además, constituye un elemento central en la vida cotidiana de las comunidades que habitan sus alrededores, por lo que cualquier alteración significativa de sus dinámicas naturales genera preocupación entre la población local.

De acuerdo con los reportes vecinales, la disminución del caudal tras varios días de lluvia dejó al descubierto extensas áreas de suelo expuesto en el fondo y las orillas del río. Las personas denunciantes sostienen que estos sectores podrían evidenciar procesos de alteración del lecho, erosión o socavación que habrían pasado desapercibidos durante periodos de mayor caudal.

Según indican, también se habría observado maquinaria realizando movimientos de tierra en las márgenes del río. Las personas vecinas consideran necesario que las autoridades determinen si estas labores corresponden a actividades autorizadas y si se ajustan a las condiciones establecidas en los permisos y regulaciones ambientales vigentes.

La preocupación comunitaria radica en que cualquier modificación significativa del cauce o de las condiciones naturales del río podría generar consecuencias que trascienden el área inmediata de intervención. Diversos estudios sobre gestión de cuencas señalan que las alteraciones en los lechos fluviales pueden modificar patrones de sedimentación, aumentar procesos erosivos, afectar la estabilidad de las márgenes e incrementar la vulnerabilidad ante inundaciones o desbordamientos en determinados sectores.

Asimismo, los cambios en la dinámica natural de los ríos pueden repercutir sobre los ecosistemas asociados, afectar hábitats acuáticos y alterar procesos fundamentales para la conservación de la biodiversidad. La remoción excesiva de sedimentos o la modificación de las condiciones naturales del cauce pueden impactar la calidad del agua, la reproducción de especies y la capacidad del río para mantener sus funciones ecológicas.

Más allá del río: impactos sobre las comunidades

Las posibles afectaciones a un río no se limitan al deterioro de un ecosistema. Cuando un curso de agua pierde su equilibrio natural, las consecuencias suelen extenderse a la vida cotidiana de las comunidades que habitan su entorno. Por esta razón, las denuncias sobre alteraciones en cauces, extracción de materiales o degradación de las riberas deben ser comprendidas también como asuntos relacionados con la calidad de vida, la seguridad y los derechos de las personas.

Entre las posibles consecuencias se encuentran el aumento de procesos erosivos que pueden comprometer terrenos, caminos, puentes o infraestructura comunitaria. Asimismo, las modificaciones en la dinámica de los sedimentos y del flujo del agua pueden incrementar la vulnerabilidad frente a inundaciones, especialmente durante eventos de lluvia intensa cada vez más frecuentes en el contexto de la crisis climática.

Los impactos también pueden manifestarse en la pérdida de espacios de recreación, encuentro comunitario y vínculo cultural con los ríos. Para muchas comunidades, estos cuerpos de agua no son únicamente elementos del paisaje, sino parte de su historia, de su memoria colectiva y de sus formas de relación con el territorio.

A ello se suma una dimensión menos visible, pero igualmente importante: el desgaste que experimentan las personas que asumen la defensa de los bienes comunes. La necesidad de documentar posibles daños, presentar denuncias, asistir a reuniones y dar seguimiento a procesos institucionales suele implicar una carga significativa de tiempo, recursos y energía emocional. En muchos casos, las comunidades enfrentan largos periodos de incertidumbre mientras esperan respuestas de las autoridades competentes.

Por estas razones, prestar atención a las alertas que surgen desde los territorios resulta fundamental. Las denuncias comunitarias suelen constituir una de las primeras señales de posibles problemas ambientales y permiten activar mecanismos de prevención antes de que los daños alcancen niveles difíciles o imposibles de revertir. Escuchar a quienes viven junto a los ríos, conocen sus cambios y observan cotidianamente sus transformaciones constituye un elemento indispensable para la protección de los ecosistemas y para la construcción de una gestión ambiental más democrática y participativa.

Las personas vecinas afirman haber presentado denuncias ante distintas instancias y sostienen que la respuesta institucional ha sido lenta frente a la magnitud de las preocupaciones planteadas. Aunque reconocen que recientemente se habrían impulsado algunos mecanismos de seguimiento, consideran que resulta necesario fortalecer los procesos de inspección y fiscalización para esclarecer lo que está ocurriendo en el sitio.

En este contexto, la comunidad solicita que las instituciones competentes realicen evaluaciones técnicas independientes que permitan determinar si existe daño ambiental, establecer las posibles causas de las alteraciones observadas y definir las medidas de protección que correspondan. Asimismo, plantean la necesidad de que cualquier eventual responsabilidad, ya sea de empresas concesionarias, entidades públicas o actores particulares, sea investigada y determinada mediante los procedimientos legales y administrativos correspondientes.

Para quienes viven junto al río, la preocupación no se limita a una situación puntual. El caso refleja interrogantes más amplias sobre la capacidad de las instituciones para prevenir daños ambientales, garantizar una supervisión efectiva de las actividades extractivas y responder oportunamente a las alertas que surgen desde las comunidades.

Mientras continúan las gestiones y denuncias, las personas vecinas insisten en que la protección del río Pizote requiere transparencia, acceso a la información y una actuación diligente de las autoridades responsables, con el fin de evitar que posibles afectaciones ambientales se profundicen y generen consecuencias irreversibles para el ecosistema y las comunidades que dependen de él.

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Comunicado Público del Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío-Caño Negro Día Mundial del Medio Ambiente 2026

Les compartimos el Comunicado Público del Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío Caño Negro.

¿Qué celebramos cuando nuestros ríos están siendo transformados?

Cada 5 de junio se multiplican los mensajes sobre la importancia de cuidar el medio ambiente. Escuchamos hablar de sostenibilidad, conservación y desarrollo verde. Sin embargo, desde las comunidades que habitamos y defendemos la cuenca del Río Frío-Caño Negro, sentimos la necesidad de plantear una pregunta sencilla pero urgente: ¿qué celebramos cuando nuestros ríos continúan siendo alterados, degradados y sometidos a presiones cada vez mayores?

Costa Rica ha construido una imagen internacional asociada a la protección de la naturaleza. Esa imagen tiene fundamentos importantes, pero también convive con realidades que muchas veces permanecen invisibilizadas. Mientras se habla de desarrollo sostenible, numerosos ríos del país enfrentan procesos de extracción de materiales, alteración de cauces, pérdida de espacios de acceso comunitario, contaminación y presiones crecientes sobre sus ecosistemas.

En nuestra cuenca hemos observado transformaciones que preocupan profundamente a quienes vivimos el territorio día a día. Hemos visto desaparecer espacios que durante generaciones fueron parte de la vida comunitaria. Hemos visto cambios en el cauce, en las pozas, en la dinámica del río y en las posibilidades que las personas tienen de relacionarse con él. Lo que antes era un lugar de encuentro, recreación y convivencia se encuentra cada vez más limitado por procesos que privilegian la explotación de corto plazo sobre el cuidado de largo plazo.

Estas transformaciones no pueden entenderse únicamente como un problema ambiental. Reducir la discusión a aspectos técnicos invisibiliza dimensiones fundamentales de lo que está en juego.

Los ríos son memoria. En sus aguas habitan historias familiares, recuerdos de infancia, aprendizajes compartidos y experiencias que forman parte de la identidad de las comunidades. Las pozas donde generaciones aprendieron a nadar, los sitios donde las familias se reunían durante los fines de semana, los lugares donde las personas encontraron descanso, alegría y convivencia son también parte del patrimonio de nuestros territorios.

Cuando estos espacios desaparecen o se degradan, no se pierde únicamente un paisaje. Se debilitan vínculos comunitarios y se erosionan memorias que ayudan a dar sentido a la vida colectiva.

Los ríos también sostienen formas de producción y de trabajo. Muchas familias dependen de ellos para actividades agropecuarias, para el abastecimiento de agua y para iniciativas económicas vinculadas al turismo rural y comunitario. La pérdida de espacios naturales, el deterioro de los ecosistemas y las modificaciones en los cauces afectan oportunidades que históricamente han permitido construir economías locales más cercanas al territorio y a sus dinámicas naturales.

Sin embargo, quizá la pregunta más importante es la que debemos hacernos pensando en quienes todavía no han nacido.

¿Qué ríos heredarán las futuras generaciones?

Cada poza destruida, cada tramo degradado y cada espacio comunitario perdido representa una experiencia que alguien ya no podrá vivir. Cada intervención que reduce la capacidad del río para sostener la vida disminuye también las posibilidades de que las nuevas generaciones conozcan los territorios que hoy conocemos.

Estamos tomando decisiones cuyos efectos perdurarán mucho más allá de nuestro tiempo. Por eso, la defensa de los ríos no puede entenderse como una preocupación de grupos aislados o de personas particularmente sensibles a los temas ambientales. Se trata de una responsabilidad colectiva con la vida presente y futura.

Nos preocupa especialmente que las advertencias provenientes de las comunidades continúen siendo minimizadas o ignoradas. Quienes habitan los territorios conocen los cambios del río porque los observan diariamente. Saben cuándo desaparece una poza, cuándo aumenta la erosión, cuándo cambia la corriente y cuándo se pierde biodiversidad. Saben cuándo el río deja de ser el río que conocieron.

Ese conocimiento construido desde la experiencia cotidiana constituye una forma legítima de comprender lo que está ocurriendo. No se trata de opiniones sin fundamento. Se trata de años de observación, de convivencia con el territorio y de una relación directa con los procesos que hoy están transformando nuestras cuencas.

Por ello, hacemos un llamado a las instituciones públicas, a las autoridades competentes, a las municipalidades, a las universidades, a las organizaciones sociales y a toda la ciudadanía para que asumamos una discusión profunda sobre el futuro de nuestros ríos. Necesitamos fortalecer la protección efectiva de las cuencas hidrográficas, mejorar los mecanismos de fiscalización y reconocer que el cuidado de los ríos no es un obstáculo para el desarrollo, sino una condición indispensable para construir un futuro verdaderamente sostenible.

Pero también creemos que ha llegado el momento de formular una pregunta incómoda.

Durante años las comunidades han cumplido su papel. Hemos recorrido los ríos. Hemos documentado cambios. Hemos impulsado denuncias. Hemos participado en reuniones. Hemos solicitado información. Hemos compartido conocimientos. Hemos acompañado procesos de organización comunitaria. Hemos advertido sobre riesgos que muchas veces fueron ignorados o minimizados.

Lo hemos hecho porque amamos nuestros territorios y porque comprendemos que defender los ríos es defender la vida.

Sin embargo, la protección de las cuencas no puede recaer exclusivamente sobre quienes viven junto a ellas.

La responsabilidad es colectiva, pero no es igual para todos.

Quienes tienen competencias legales, recursos públicos, capacidad de fiscalización y poder para tomar decisiones tienen una responsabilidad mayor. Las instituciones públicas tienen la obligación de actuar cuando existen señales de deterioro. Las municipalidades tienen la responsabilidad de velar por el bienestar integral de sus territorios. Las empresas tienen el deber de asumir las consecuencias de los impactos que generan y de comprender que el beneficio económico no puede construirse a costa de los bienes que sostienen la vida colectiva.

Por eso, en este Día Mundial del Medio Ambiente queremos dirigir una serie de preguntas claras a quienes tienen capacidad de decisión, responsables de un modelo que genera ganancias para unos pocos mientras deja a un pueblo desértico, sin ningún beneficio y, sobre todo, sin ningún futuro:

Las comunidades estamos haciendo nuestra parte.

Nos estamos organizando.

Estamos observando.

Estamos documentando.

Estamos denunciando.

Estamos proponiendo.

Estamos alzando la voz.

¿Y ustedes?

¿Están haciendo su parte las instituciones encargadas de proteger nuestros bienes naturales?

¿Están haciendo su parte las municipalidades responsables de ordenar y cuidar los territorios?

¿Están haciendo su parte las empresas que obtienen beneficios económicos de actividades que impactan nuestros ríos?

¿Está haciendo el Estado su parte cuando las comunidades alertan, denuncian y aportan evidencia sobre los daños ambientales, pero sus advertencias son desestimadas o ignoradas por quienes tienen la responsabilidad de actuar?

Porque el mejor homenaje al Día Mundial del Medio Ambiente no es repetir discursos sobre sostenibilidad. No es publicar campañas verdes una vez al año. No es acumular declaraciones de buenas intenciones.

El mejor homenaje al Día Mundial del Medio Ambiente es garantizar que nuestros ríos sigan fluyendo libres, vivos y accesibles para las comunidades que dependen de ellos.

Todavía estamos a tiempo de escuchar lo que los ríos nos están diciendo.

La pregunta es si tendremos la voluntad de hacerlo.

Grupo de Defensa de la Cuenca Río Frío-Caño Negro

Correo: defensa.cuencas.guatuso@gmail.com

5 de junio de 2026

Video del 29 de mayo del 2026.

En este video se observan las labores mecanizadas de extracción de material en el río Frío, específicamente en la comunidad de La Amapola. Aunque estas actividades suelen justificarse como necesarias para obras y mejoras locales, cuando se realizan de forma intensiva pueden generar impactos significativos sobre los ecosistemas fluviales: alteración de cauces, pérdida de pozas, erosión de las riberas, afectación de la biodiversidad y reducción de espacios de uso comunitario. Los ríos son mucho más que una fuente de materiales. Son bienes comunes que sostienen la vida, la producción local, la memoria de las comunidades y el bienestar de las futuras generaciones. Por ello, resulta necesario preguntarnos si la extracción que se realiza responde realmente a las necesidades del cantón o si estamos frente a procesos de sobreexplotación destinados a abastecer mercados más amplios a costa del deterioro de nuestro patrimonio natural.

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PRONUNCIAMIENTO ANTE EL PROYECTO DE ARMONIZACIÓN DEL MERCADO ELÉCTRICO: IMPACTOS SOBRE LA SOBERANÍA, LOS TERRITORIOS INDÍGENAS Y EL AMBIENTE -Colectivo Antonio Saldaña

  1. Una propuesta que amenaza derechos fundamentales

El denominado “Proyecto de Armonización del Mercado Eléctrico” representa una iniciativa legal que, lejos de modernizar el sector, atenta directamente contra lo dispuesto en la Constitución Política en materia de protección ambiental. Asimismo, vulnera el Estado Social de Derecho al facilitar la intervención de inversiones extranjeras y privadas sin un control efectivo por parte del Estado costarricense, lo que constituye una violación flagrante de nuestra soberanía nacional.

  1. Impacto sobre los pueblos indígenas: violación del Convenio 169 de la OIT

Para los pueblos originarios, este proyecto implica un nuevo menoscabo a su autodeterminación y autonomía. Se continúa violentando los tratados internacionales firmados por el Estado costarricense, en particular el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Su artículo 6, que garantiza el derecho a la consulta previa, libre e informada, es sistemáticamente ignorado. Además, la promoción de proyectos extractivos, como los hidroeléctricos, afectaría gravemente a las poblaciones originarias.

Exigimos, por tanto, el pleno respeto a los derechos de los pueblos indígenas y la realización de estudios rigurosos que determinen los impactos ambientales del proyecto en los territorios indígenas. No es admisible que, después de tantos años de evidencia, se siga desvalorizando el daño que los proyectos hidroeléctricos causan en estas comunidades.

  1. ¿Quién decide sobre los territorios y los bienes comunes?

El posicionamiento de los pueblos originarios frente a este proyecto revive una discusión que Costa Rica intenta eludir sistemáticamente: ¿quién decide sobre los territorios, los ríos y los bienes comunes de la nación?

El debate sobre el mercado eléctrico no es meramente técnico o económico. Es, fundamentalmente, un debate sobre soberanía, democracia y el modelo de país que deseamos. Detrás de términos como “modernización”, “competitividad” o “apertura del mercado” se esconden decisiones concretas que transforman territorios, alteran ecosistemas y destruyen formas de vida comunitaria.

La apresurada apertura a intereses privados y extranjeros genera preocupaciones legítimas: por un lado, el debilitamiento del rol rector del Estado en sectores estratégicos; por otro, la merma de la capacidad real de las comunidades para incidir en decisiones que afectan directamente sus territorios. Cuando la energía deja de entenderse como un bien público y se concibe principalmente como un espacio de inversión y rentabilidad, los territorios se convierten, inevitablemente, en zonas de sacrificio al servicio de proyectos concebidos lejos de las comunidades.

  1. La memoria histórica de los pueblos originarios

Los pueblos indígenas no hablan desde el miedo abstracto ni desde una oposición vacía al desarrollo. Hablan desde la memoria histórica.

Durante décadas, los proyectos energéticos, extractivos y de infraestructura se han diseñado sin la participación efectiva de los pueblos originarios, a pesar de que sus impactos recaen directamente sobre sus territorios, sus ríos, sus prácticas culturales y sus condiciones de vida. Esta exclusión histórica constituye una forma más de marginación estructural.

Con demasiada frecuencia, se convoca a los pueblos indígenas cuando las decisiones ya están tomadas, reduciendo la consulta a un mero trámite institucional en lugar de un verdadero proceso de diálogo y consentimiento. Esa lógica reproduce una relación desigual en la que las comunidades son vistas como obstáculos administrativos, no como sujetos políticos titulares de derechos colectivos.

En este contexto, la defensa de la consulta previa, libre e informada establecida en el Convenio 169 de la OIT no es un simple requisito legal. Es una lucha por el reconocimiento de la dignidad política de los pueblos originarios y de su derecho a decidir sobre todo aquello que afecte sus territorios y sus formas de vida. 

  1. La huella del Proyecto Hidroeléctrico Diquís

La memoria del Proyecto Hidroeléctrico Diquís sigue viva en los pueblos indígenas de Costa Rica. Ese proceso dejó profundas heridas en torno al derecho a la consulta, la autonomía territorial y los impactos de los megaproyectos impulsados sin consentimiento previo, libre e informado.

El caso Diquís evidenció cómo, bajo los discursos de progreso y desarrollo nacional, se pueden invisibilizar las consecuencias sociales, culturales y ambientales que recaen sobre comunidades concretas. Para muchos pueblos indígenas, no se trataba únicamente de electricidad, sino de desplazamiento, transformación del territorio, afectación de sitios sagrados y culturales, y pérdida del control sobre espacios vitales para la vida comunitaria.

Recordar esta experiencia es también recordar que el desarrollo no puede construirse a costa de los derechos de los pueblos. La historia reciente demuestra que cuando las comunidades son excluidas de las decisiones estratégicas del país, las heridas sociales permanecen mucho después de que los debates institucionales han terminado.

  1. La importancia de levantar la voz

En medio del debate actual sobre la reforma y privatización del mercado eléctrico, resulta fundamental la intervención de colectivos y organizaciones como el Colectivo Antonio Saldaña, porque vuelven a colocar en el centro a voces históricamente relegadas de la discusión pública.

Nuestro pronunciamiento no solo expresa preocupaciones ambientales o jurídicas; representa también un ejercicio de memoria, defensa territorial y participación política desde los pueblos originarios. En un contexto dominado por visiones tecnocráticas y empresariales de la energía, estas voces recuerdan que detrás de cada proyecto existen comunidades, historias, culturas y derechos colectivos.

La participación de los pueblos indígenas en este debate amplía la discusión democrática y obliga al país a preguntarse: ¿qué modelo energético queremos construir y para quién lo construimos? Escuchar estas voces no debe verse como un obstáculo para el desarrollo, sino como una oportunidad para repensar colectivamente el bienestar, la energía, la soberanía y la justicia ambiental.

  1. Hacia una discusión sobre justicia energética

El debate sobre la reforma y privatización del mercado eléctrico también nos exige hablar de justicia energética.

La energía no puede entenderse únicamente como una mercancía o un espacio de rentabilidad económica. La electricidad sostiene la vida cotidiana, la producción, la comunicación, el acceso a derechos y las posibilidades de desarrollo de las comunidades. Por eso, discutir el futuro del sistema eléctrico implica preguntarse: ¿quién produce la energía?, ¿quién se beneficia de ella?, ¿quién asume los costos ambientales y territoriales?, ¿y quién queda excluido de las decisiones?

Hablar de justicia energética significa reconocer que los impactos y beneficios de los proyectos energéticos no se distribuyen de manera equitativa. Mientras algunos sectores obtienen ganancias económicas, muchas comunidades —especialmente los pueblos indígenas, los territorios rurales y las poblaciones históricamente marginadas— sufren las consecuencias ambientales, sociales y culturales.

También implica cuestionar aquellos modelos de desarrollo que conciben los territorios como meros espacios disponibles para la extracción o la generación de rentabilidad. Desde la perspectiva de la justicia energética, los ríos, bosques y territorios no son simples recursos: son espacios de vida, memoria, identidad y reproducción comunitaria.

En este sentido, las voces de los pueblos originarios aportan elementos fundamentales para repensar la relación entre energía y vida colectiva. Sus luchas nos recuerdan que la defensa de los territorios no es una demanda sectorial, sino una discusión central sobre el tipo de país que Costa Rica desea construir.

Por todo ello, la discusión energética no debería limitarse a cifras de mercado, competitividad o apertura económica. Debe incorporar, necesariamente, preguntas sobre democracia, participación, derechos colectivos, sostenibilidad y protección de los bienes comunes. Hablar de justicia energética es reconocer que el acceso y la gestión de la energía forman parte de una discusión más amplia sobre dignidad, soberanía y justicia social y ambiental.

Colectivo Antonio Saldaña

Responsable: Filidencia Cubillo Morales
Cédula: 70680258

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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Seguridad jurídica: el lenguaje que ordena el debate (y también lo limita)

Un ejercicio necesario

Hagamos un ejercicio.

Imaginemos que, en algún lugar del país, recientemente ocurrió un hecho. No diremos exactamente dónde, ni quiénes están involucrados. Solo diremos que una decisión judicial detuvo una intervención sobre un entorno natural.

A partir de ahí, algo predecible comienza a desplegarse.

Distintas voces públicas encienden la alerta. Se habla de “incertidumbre jurídica”, de empleos en riesgo, de inversiones millonarias que podrían frenarse, de la urgencia de reglas claras para sostener el desarrollo. Se construye un relato donde lo que está en juego no es únicamente un caso específico, sino la estabilidad de todo un modelo económico.

El argumento tiene fuerza porque conecta con preocupaciones reales: el trabajo, los ingresos, la posibilidad de sostener proyectos de vida. No es un discurso vacío. Pero precisamente por eso, conviene detenerse no solo en lo que dice, sino en cómo organiza lo que podemos pensar sobre lo que está ocurriendo.

Este ejercicio —aparentemente abstracto— permite tomar distancia. Y en esa distancia, observar patrones que suelen pasar desapercibidos cuando el debate se reduce a nombres propios, cifras o urgencias del momento.

Nombrar también es tomar posición

Cuando una situación se define como un problema de “seguridad jurídica”, no estamos simplemente describiendo la realidad. Estamos eligiendo un marco desde el cual interpretarla.

Ese marco no es neutro.

Colocar la “seguridad jurídica” en el centro implica priorizar la estabilidad de las reglas para la inversión como eje del debate. Desde ahí, otras dimensiones —como la protección de los ecosistemas, los derechos de las comunidades o los límites de ciertas actividades— no desaparecen, pero quedan subordinadas, desplazadas a un segundo plano.

El conflicto cambia de forma.

Ya no se discute principalmente si una intervención sobre un entorno natural es adecuada, sostenible o legalmente válida. Se discute, más bien, qué efectos tiene esa intervención (o su detención) sobre la confianza de quienes invierten.

Ese desplazamiento es profundamente político porque reordena las prioridades colectivas.

Define qué se considera urgente, qué se percibe como amenaza y qué aparece como sacrificable. También delimita el tipo de soluciones que se vuelven imaginables: si el problema es la incertidumbre para la inversión, la respuesta tenderá a ser eliminar obstáculos, reducir controles o acelerar procesos.

Así, el lenguaje no solo describe el conflicto. Lo produce en una forma específica.

La decisión judicial: ¿ruptura o expresión del sistema?

Sigamos con el ejercicio.

Imaginemos ahora que la decisión judicial que detiene la intervención no surge de la nada. Que está fundamentada en normativa existente. Que responde a procedimientos establecidos. Que forma parte del mismo entramado institucional que, en teoría, garantiza esas “reglas claras” que se reclaman como indispensables.

En ese sentido, la resolución no es una anomalía. Es una expresión del sistema en funcionamiento.

Sin embargo, cuando esa aplicación de la ley introduce límites —especialmente sobre proyectos económicamente relevantes— comienza a ser interpretada como un factor de inestabilidad.

Aquí aparece una tensión difícil de ignorar.

La seguridad jurídica es celebrada cuando facilita, habilita o da previsibilidad a la inversión. Pero tiende a ser cuestionada cuando esa misma estructura legal actúa para regular, contener o incluso detener determinadas acciones.

No se trata entonces de una oposición entre legalidad e incertidumbre, sino de una disputa sobre qué tipo de legalidad se considera legítima.

¿Es legítima solo aquella que garantiza fluidez a la inversión? ¿O también aquella que impone límites en función de la protección ambiental y el interés colectivo?

La respuesta a estas preguntas no es técnica. Es política.

La asimetría del ejercicio legal

Hay una dimensión clave que suele quedar fuera del encuadre dominante: la profunda desigualdad en la forma en que distintos actores pueden relacionarse con el sistema legal.

En abstracto, la ley se presenta como un terreno común. Un espacio donde todas las partes pueden acudir en igualdad de condiciones. Pero en la práctica, ese acceso está mediado por recursos, capacidades y posiciones de poder muy diferentes.

Algunos actores cuentan con:

  • -Equipos legales especializados y permanentes
  • -Capacidad financiera para sostener litigios prolongados
  • -Posibilidad de asumir costos judiciales como parte de su estrategia
  • -Influencia suficiente para incidir en los ritmos y alcances de los procesos

Desde esa posición, el sistema legal puede ser utilizado activamente como herramienta: para defender intereses, para presionar, para disputar territorios o incluso para desincentivar la acción de otros actores.

En contraste, quienes participan en la defensa de los territorios y los ecosistemas suelen enfrentar condiciones mucho más precarias:

  • -Acceso limitado a asesoría legal continua
  • -Dificultades para asumir costos económicos sostenidos
  • -Impactos directos en su vida cotidiana ante medidas judiciales
  • -Desgaste emocional y organizativo derivado de procesos largos e inciertos

En algunos casos, el uso de mecanismos legales contra estas personas no solo busca resolver un conflicto específico, sino generar efectos más amplios de intimidación o desmovilización.

En este escenario, la “seguridad jurídica” se experimenta de manera profundamente desigual.

Para unos, es un marco que ofrece garantías y herramientas. Para otros, puede convertirse en un espacio de riesgo, desgaste e incluso vulnerabilidad.

Reconocer esta asimetría no debilita el Estado de derecho. Al contrario, permite ver dónde sus promesas no se cumplen de forma equitativa.

Desarrollo, empleo y lo que no se discute

El discurso de la seguridad jurídica encuentra uno de sus apoyos más fuertes en la defensa del empleo.

Se presentan cifras, proyecciones, impactos en cadenas productivas. Se construye una imagen donde la estabilidad de la inversión aparece directamente vinculada al bienestar de miles de personas.

Y, en efecto, el empleo importa. Importa profundamente. Pero el problema no es que se hable de empleo. Es cómo se habla de él.

Con frecuencia, el argumento se plantea en términos cuantitativos: cuántos puestos están en juego, cuánto se podría perder. Sin embargo, quedan fuera preguntas igualmente relevantes:

  • -¿Qué condiciones laborales caracterizan esos empleos?
  • -¿Qué niveles de estabilidad ofrecen en el mediano y largo plazo?
  • -¿Qué grado de dependencia generan respecto a un único sector económico?
  • -¿Qué capacidad tienen las comunidades para incidir en las decisiones que afectan esos territorios?

Además, se omite con frecuencia una relación fundamental: muchas de estas actividades económicas dependen directamente de la salud de los ecosistemas en los que se insertan.

El deterioro ambiental no es un problema separado del desarrollo. Es un límite estructural. Pensar el empleo sin considerar esa base ecológica es, en el fondo, pensar en términos de corto plazo.

Seguridad jurídica como campo de disputa

Lo que este ejercicio permite evidenciar es que la seguridad jurídica no es simplemente una condición técnica que debe cumplirse.

Es también un concepto en disputa.

Un lenguaje que distintos actores utilizan para posicionar sus intereses, legitimar sus demandas y construir sentido sobre lo que está ocurriendo.

En ese campo de disputa, la seguridad jurídica puede ser invocada para:

  • -Defender la estabilidad de la inversión
  • -Exigir el cumplimiento de la legislación ambiental
  • -Proteger derechos colectivos
  • -Garantizar condiciones para la participación y la defensa del territorio

El problema surge cuando esa pluralidad se reduce.

Cuando una de esas interpretaciones se impone como la única válida, y las demás son presentadas como obstáculos, excesos o amenazas.

En ese momento, la seguridad jurídica deja de ser un principio compartido y se convierte en un argumento selectivo.

Más allá del juego

El ejercicio de no nombrar lugares ni actores no busca ocultar la realidad, ni diluir responsabilidades.

Busca algo distinto.

Busca mostrar que, incluso cuando se eliminan los detalles, la estructura del conflicto permanece reconocible. Que hay formas de narrar, de argumentar y de posicionar intereses que se repiten en distintos territorios y contextos.

Y que, por lo tanto, lo que está en juego no es únicamente un caso particular.

Es una manera de entender la relación entre ley, desarrollo y naturaleza.

Por eso, la discusión de fondo no es si la seguridad jurídica es necesaria. Lo es, y seguirá siéndolo.

La cuestión es si estamos dispuestos a sostener una idea de seguridad jurídica que sea realmente integral. Una que no funcione solo como garantía para ciertos intereses, sino como un marco que articule de manera equilibrada:

  • -la actividad económica,
  • -la protección de los ecosistemas,
  • -y los derechos de quienes habitan y defienden los territorios.

Porque cuando la ley opera con fuerza hacia un lado
y con fragilidad hacia el otro,
deja de ser una base común.

Y empieza a parecerse, cada vez más, a una expresión de las relaciones de poder que atraviesan la sociedad.

La inseguridad jurídica que no se nombra

Hay, sin embargo, una dimensión de la seguridad jurídica que rara vez ocupa titulares, comunicados o alertas empresariales. No se mide en millones de dólares ni en proyecciones de inversión. No se presenta como riesgo para la competitividad. Pero existe, y pesa.

Es la inseguridad jurídica que enfrentan quienes defienden los territorios.

En el país, la no ratificación del Acuerdo de Escazú no es un dato menor. Es una decisión política que tiene efectos concretos sobre la vida de las personas que participan en la defensa ambiental y sobre la calidad democrática en la gestión de los conflictos socioambientales.

Escazú no crea derechos nuevos. Refuerza y articula tres pilares básicos: el acceso a la información, la participación pública y el acceso a la justicia en asuntos ambientales. Pero además —y esto es clave— incorpora un elemento que rara vez se coloca en el centro del debate: la protección de las personas defensoras del ambiente.

En un contexto donde quienes alzan la voz pueden enfrentar demandas, presiones económicas o medidas que afectan directamente su vida cotidiana, la ausencia de un marco robusto de protección no es neutra. Genera condiciones de incertidumbre, desalienta la participación y profundiza las asimetrías ya existentes.

Aquí la pregunta vuelve a aparecer, con más fuerza:

¿qué entendemos por seguridad jurídica cuando quienes defienden el interés público no tienen garantías suficientes para hacerlo sin riesgo?

Porque la seguridad jurídica no debería limitarse a la previsibilidad de las reglas para invertir. También debería implicar que cualquier persona pueda acceder a información clara, participar en decisiones que afectan su entorno y acudir a la justicia sin enfrentar barreras desproporcionadas o consecuencias que comprometan su integridad o sus medios de vida.

Cuando esas condiciones no están aseguradas, lo que existe es otra forma de inseguridad jurídica. Más silenciosa, menos visible, pero profundamente estructural.

Una inseguridad que no se expresa en comunicados ni en cifras de inversión,
pero que define quién puede hablar, quién puede defender y quién puede sostener un conflicto en el tiempo.

Cerrar el debate sin reconocer esta dimensión es dejar incompleta la discusión.

Porque sin garantías para la participación, sin protección efectiva para las personas defensoras y sin acceso equitativo a la justicia, la seguridad jurídica deja de ser un principio compartido.

Y se convierte, nuevamente, en un privilegio.