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¿En qué momento nos acostumbramos a que desconozcan lo que somos?

Una reflexión del Colectivo Antonio Saldaña sobre la autonomía indígena, los saberes ancestrales y la defensa de la vida

Hay algo que nos debe preocupar profundamente: que nos acostumbremos a ver cómo se desconocen nuestros derechos, nuestras decisiones y nuestras formas de vida, como si no estuviera pasando nada.

Como Colectivo Antonio Saldaña, sentimos dolor cuando observamos que, frente a decisiones que afectan a nuestros pueblos, parece que poco a poco nos vamos acostumbrando a la indiferencia. El Gobierno y las instituciones toman decisiones, se establecen restricciones y se desconocen prácticas tradicionales y culturales, mientras la vida cotidiana continúa como si nada estuviera ocurriendo.

Pero sí está ocurriendo algo. Y necesitamos hablarlo.

Cuando se desconocen nuestras prácticas tradicionales, no se está despreciando solamente una costumbre o un conocimiento particular. Se está poniendo en cuestión nuestra cosmovisión, nuestra filosofía ancestral, nuestra historia, nuestra autonomía y nuestra identidad. Se está cuestionando nuestro derecho a existir como pueblos con conocimientos, formas de organización y maneras propias de comprender y cuidar la vida.

Para abrir esta reflexión, queremos poner en común tres situaciones que nos invitan a pensar qué lugar ocupan realmente los pueblos indígenas en las decisiones que afectan sus vidas.

1. Cuando nuestros conocimientos no encuentran lugar en los servicios de salud

El pasado 6 de octubre de 2026, el medio Delfino.cr informó que la Comisión Permanente Especial de Derechos Humanos de la Asamblea Legislativa archivó el proyecto de ley 24.506, que buscaba reconocer las prácticas tradicionales de los pueblos indígenas en los servicios de salud.

La iniciativa contemplaba el reconocimiento de la medicina tradicional indígena, las prácticas de las parteras durante el embarazo y el parto, y el respeto a las prácticas culturales relacionadas con la muerte y los funerales.

La mayoría que apoyó el archivo señaló preocupaciones sobre los riesgos sanitarios, la regulación y la supervisión de estas prácticas. Una propuesta de minoría, por su parte, planteó modificaciones para atender algunas de esas observaciones y mantener vivo el proyecto.

Pero esta noticia nos deja una pregunta que va más allá de lo ocurrido en la Asamblea Legislativa: ¿por qué sigue siendo tan difícil construir servicios de salud que reconozcan las condiciones culturales, territoriales y sociales de los pueblos indígenas?

En Talamanca conocemos las dificultades que enfrentan muchas familias para acceder a una atención médica digna y oportuna. Personas adultas mayores, familias con necesidades de atención compleja y personas que requieren medicamentos o tratamientos se encuentran con obstáculos relacionados con la distancia, la falta de recursos y la rigidez de los procedimientos institucionales.

En ocasiones, las propias personas trabajadoras de la salud reconocen estas dificultades, pero señalan que sus posibilidades de actuación están limitadas por los protocolos y los recursos disponibles.

Por eso, el problema no puede reducirse a una discusión entre medicina convencional y medicina tradicional. Necesitamos preguntarnos cómo construir servicios de salud que respondan a las necesidades de las comunidades, respeten sus conocimientos y garanticen la atención necesaria.

El Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo establece, en su artículo 25, que los servicios de salud deben organizarse, en la medida de lo posible, a nivel comunitario, planificarse y administrarse en cooperación con los pueblos interesados, y considerar sus condiciones económicas, geográficas, sociales y culturales.

Entonces, ¿por qué el reconocimiento de estas realidades continúa encontrando tantas dificultades?

Nuestros conocimientos no son piezas de museo. Son parte de nuestra vida, de nuestra historia y de las formas en que hemos aprendido a cuidar de nuestras familias y comunidades.

Reconocerlos no significa renunciar a la atención médica necesaria. Significa construir relaciones respetuosas entre conocimientos y garantizar que las decisiones sobre nuestra salud no se tomen ignorando quiénes somos y dónde vivimos.

2. Cuando las decisiones de nuestras comunidades no son respetadas

En agosto de 2026, comunidades bribris de Talamanca se movilizaron hasta las oficinas centrales de la Dirección Nacional de Desarrollo de la Comunidad (DINADECO), en San José.

Según informó el Observatorio de Bienes Comunes de la Universidad de Costa Rica, más de 60 personas de distintas comunidades participaron en la protesta del 20 de agosto. Exigían que DINADECO atendiera la decisión de la Asamblea de la Asociación de Desarrollo Integral del Territorio Indígena Bribri de Talamanca (ADITIBRI) de destituir a su presidenta.

El conflicto se relaciona con un contrato firmado en septiembre de 2024 con una empresa privada para la venta de certificados de créditos de carbono basados en la cobertura forestal del territorio. De acuerdo con la información publicada, la Asamblea de ADITIBRI había anulado el contrato desde 2024 y, en mayo de 2026, una nueva asamblea decidió destituir a la presidenta. Las personas manifestantes denunciaron que DINADECO no había tramitado esa decisión.

Aquí aparece una cuestión fundamental: ¿qué significa la autonomía indígena si las decisiones adoptadas por las comunidades encuentran obstáculos para hacerse efectivas ante las instituciones del Estado?

La autonomía no puede reducirse a una palabra que aparece en las leyes o en los discursos oficiales. Tiene que expresarse en la posibilidad real de que los pueblos discutan sus asuntos, tomen decisiones colectivas y ejerzan control sobre aquello que afecta su vida.

Cuando una comunidad cuestiona un contrato, exige que se respete una decisión de su asamblea o reclama información sobre una negociación, no está planteando un asunto administrativo aislado. Está defendiendo su derecho a participar en las decisiones que comprometen su presente y su futuro.

También debemos preguntarnos qué sucede cuando los mecanismos institucionales terminan alejando las decisiones de los espacios comunitarios donde deberían discutirse.

¿Quién tiene la última palabra sobre los asuntos que afectan al territorio? ¿Qué ocurre cuando la voluntad expresada en una asamblea no encuentra respuesta? ¿Cómo se garantiza que las estructuras de representación actúen conforme a los acuerdos y las decisiones de las comunidades?

Estas preguntas son necesarias porque la autonomía se construye y se defiende cotidianamente. Requiere información accesible, participación efectiva, transparencia y respeto por las decisiones colectivas.

No basta con afirmar que los pueblos indígenas tienen derechos. Es necesario que existan condiciones para ejercerlos.

3. Cuando proteger el bosque puede significar perder el control sobre el territorio

La discusión sobre los contratos de carbono también nos obliga a mirar más allá de las instituciones nacionales y preguntarnos qué intereses están entrando en nuestros territorios.

En agosto de 2025, durante un conversatorio solicitado por la comunidad de Alto Coén, personas bribris y cabécares de Talamanca analizaron los mecanismos de compensación de emisiones de carbono, en particular el Plan Ambiental Forestal Territorial (PAFT) y el Contrato de Reducción de Emisiones Forestales (CREF).

En ese encuentro se discutieron las condiciones de estos instrumentos, sus implicaciones para los usos tradicionales del bosque y las posibilidades reales de las comunidades de decidir sobre su implementación.

La preocupación no era que el bosque dejara de ser importante. Todo lo contrario: se trataba de defender una relación con la naturaleza que no puede reducirse a la cantidad de carbono que capturan los árboles.

Como señaló Filidencio Cubillo durante la protesta de agosto de 2026: «Es parte de nuestra cosmovisión, cuidar la naturaleza, porque en la naturaleza, en los bosques es que se encuentra nuestro alimento, la medicina, nuestras viviendas».

Estas palabras nos recuerdan que el bosque no es únicamente una superficie que captura carbono y que puede generar certificados para vender en los mercados internacionales. Es también un espacio de vida, de memoria, de alimentación, de medicina y de reproducción cultural.

Por eso, cuando los contratos establecen restricciones sobre el uso de los bosques, necesitamos preguntarnos qué consecuencias pueden tener para las comunidades que han construido históricamente sus formas de vida en relación con ellos.

¿Puede hablarse de conservación si las comunidades pierden capacidad para decidir cómo relacionarse con sus propios territorios?

¿Quién define qué significa proteger un bosque: las personas que han vivido y cuidado ese territorio durante generaciones, las instituciones que diseñan los programas o las empresas que compran certificados de carbono?

¿Quién obtiene los beneficios económicos y quién asume las restricciones y los riesgos?

Los cuestionamientos expresados en Talamanca apuntan a un problema de fondo: la conservación no puede convertirse en una nueva forma de limitar la autonomía indígena ni de subordinar las relaciones con la naturaleza a las necesidades de los mercados.

Los mecanismos de compensación de emisiones deben examinarse considerando sus condiciones concretas, sus efectos y las posibilidades reales de participación de las comunidades. No basta con que un proyecto se presente como ambientalmente beneficioso para dar por hecho que también lo es para los pueblos que habitan los territorios involucrados.

Cuidar el bosque no puede significar desconocer a quienes han construido su vida junto a él.

La protección de la naturaleza y la autonomía de los pueblos no deberían presentarse como objetivos incompatibles. El desafío es reconocer los conocimientos, las decisiones y las formas de manejo territorial de las comunidades, en lugar de imponerles condiciones definidas desde fuera.

4. Tres situaciones, una preocupación compartida

¿Qué tienen en común el archivo de un proyecto sobre medicina tradicional, los reclamos de las comunidades bribris ante DINADECO y las preocupaciones por los contratos de carbono?

Aunque se trata de situaciones diferentes, todas nos invitan a examinar una cuestión fundamental: ¿quién tiene la capacidad de decidir sobre nuestras vidas, nuestros conocimientos y nuestros territorios?

En la salud, la pregunta aparece cuando los servicios no responden adecuadamente a las condiciones culturales y territoriales de las comunidades, o cuando los saberes tradicionales encuentran dificultades para ser reconocidos.

En el gobierno del territorio, aparece cuando las comunidades reclaman que se respeten las decisiones de sus asambleas y que las instituciones atiendan su voluntad.

En la conservación de los bosques, aparece cuando los acuerdos con actores externos pueden establecer condiciones que afectan los usos tradicionales y la capacidad comunitaria de decidir sobre el territorio.

No debemos confundir estas situaciones ni asumir que todas responden exactamente a los mismos mecanismos. Cada una tiene su historia, sus actores y sus particularidades. Sin embargo, juntas nos permiten reconocer una preocupación común: el reconocimiento de los derechos indígenas no puede quedarse en el papel, sino que debe expresarse en las relaciones cotidianas entre los pueblos, las instituciones y los demás actores que intervienen en sus territorios.

La autonomía no existe plenamente si otras personas deciden qué conocimientos son válidos, qué prácticas pueden mantenerse, qué usos del bosque están permitidos o qué decisiones comunitarias merecen ser atendidas.

Y aquí necesitamos insistir en algo: no estamos hablando de privilegios, sino del respeto a los pueblos indígenas como sujetos colectivos de derechos, con historia, conocimientos, autoridades, formas de organización y capacidad para decidir sobre su futuro.

5. ¿Cómo llegamos a acostumbrarnos a la indiferencia?

Hay algo que nos duele y que necesitamos reconocer.

Cuando vemos que se toman decisiones que afectan a nuestros pueblos y sentimos que nada cambia, podemos terminar pensando que no vale la pena hablar, reclamar o participar. Cuando los procedimientos son complicados, las respuestas no llegan y nuestras voces parecen no tener suficiente peso, el cansancio puede convertirse en silencio.

Pero necesitamos preguntarnos qué sucede cuando ese silencio comienza a parecer normal.

¿En qué momento dejamos de sentir como propio lo que afecta a nuestra comunidad? ¿Cuándo empezamos a pensar que la pérdida de una práctica tradicional, la falta de atención médica o una decisión sobre nuestros bosques son asuntos separados de nuestra vida cotidiana?

La indiferencia no debe entenderse simplemente como una falta de interés de las personas. También debemos mirar las condiciones que la alimentan: el desgaste de las luchas, las dificultades para obtener respuestas, la falta de información, las divisiones internas y la sensación de que las decisiones importantes siempre se toman en otros lugares.

Por eso, esta reflexión no pretende señalar a nuestras comunidades ni responsabilizarlas por todo lo que ocurre. Busca abrir una conversación sobre cómo recuperar nuestra capacidad de escucharnos, reconocernos y organizarnos.

Porque la defensa de los derechos no comienza únicamente cuando presentamos una denuncia o participamos en una movilización. También comienza cuando compartimos lo que está ocurriendo, cuando conversamos con las personas mayores, cuando transmitimos nuestros conocimientos a las nuevas generaciones y cuando creamos espacios para discutir las decisiones que afectan a nuestra vida colectiva.

Necesitamos mantener vivas nuestras preguntas y construir respuestas en común.

No podemos permitir que el cansancio nos haga olvidar el valor de lo que defendemos. Tampoco podemos dejar que nuestras diferencias nos impidan reconocer las preocupaciones que compartimos.

La organización comunitaria necesita información, conversación y participación. Necesita que las personas puedan comprender qué está en juego, expresar sus preocupaciones y decidir juntas cómo actuar.

6. Defender lo que somos también es defender nuestro futuro

Nuestra identidad no es una herencia inmóvil que debemos conservar sin cambios. Es una historia viva que se transmite, se transforma y se reconstruye en las relaciones entre las generaciones, en el cuidado de los territorios y en las decisiones que tomamos como pueblos.

Defender nuestras prácticas tradicionales no significa rechazar cualquier conocimiento nuevo. Defender la autonomía no significa renunciar al diálogo con otras instituciones. Defender los bosques no significa aceptar que otras personas decidan por nosotros cómo debemos vivir en ellos.

Significa que esos diálogos, acuerdos y decisiones deben construirse desde el respeto, con participación efectiva y reconociendo nuestra capacidad para decidir.

Queremos servicios de salud que respondan a las necesidades de nuestras familias. Queremos instituciones que respeten nuestras decisiones comunitarias. Queremos que la conservación de los bosques no se convierta en una excusa para restringir nuestros derechos o abrir la puerta a nuevas formas de apropiación de los territorios.

Y, sobre todo, queremos que nuestras voces sean escuchadas antes de que las decisiones estén tomadas.

No podemos aceptar que nuestra historia sea tratada como algo que ya pasó, que nuestros conocimientos sean vistos como obstáculos o que nuestra relación con la naturaleza sea reducida a un valor económico.

Nuestros saberes están vivos. Nuestros territorios están vivos. Nuestras comunidades siguen pensando, actuando y construyendo sus propios caminos.

Por eso, frente a estas situaciones, necesitamos preguntarnos cómo fortalecer nuestra organización, cómo acompañar las luchas de nuestras comunidades y cómo hacer que las nuevas generaciones conozcan las historias que nos han traído hasta aquí.

No podemos permitir que el desconocimiento se vuelva costumbre, ni que la indiferencia termine pareciéndonos normal.

El dolor que sentimos ante estas situaciones también puede convertirse en una oportunidad para conversar, recuperar la memoria y fortalecer los vínculos que sostienen nuestra vida colectiva.

Porque defender nuestros derechos no es solamente reaccionar ante lo que otros hacen. Es también afirmar quiénes somos, qué valoramos y qué futuro queremos construir.

Una pregunta para conversar en nuestras comunidades

Queremos dejar abierta esta reflexión para que no termine en estas palabras.

Cuando se archiva una iniciativa que busca reconocer nuestros conocimientos, cuando una comunidad tiene que movilizarse para exigir que se respeten sus decisiones o cuando se establecen condiciones que pueden afectar nuestra relación con los bosques, tenemos razones para detenernos y conversar.

¿Qué podemos hacer, desde nuestras familias, nuestras comunidades y nuestras formas de organización, para que el desconocimiento de nuestros derechos no se convierta en algo que terminemos aceptando en silencio?

¿Qué necesitamos recuperar para fortalecer nuestra autonomía? ¿Cómo podemos transmitir nuestros conocimientos y nuestra historia a las nuevas generaciones? ¿Qué espacios debemos construir para que las decisiones sobre nuestra salud, nuestra cultura y nuestros territorios se tomen con nuestra participación real?

No tenemos que responder estas preguntas en soledad. Podemos hacerlo escuchándonos, compartiendo nuestras experiencias y construyendo acuerdos.

La defensa de nuestros derechos también se sostiene en esa capacidad de reconocernos como parte de una historia común y de actuar colectivamente para que siga viva.

9 de octubre del 2026

Colectivo Antonio Saldaña

Talamanca, Costa Rica

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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¡La madre tierra!

Los pueblos originarios le rinden tributo a la tierra, porque es parte integral, vital. La misma esencia de todo lo creado. Es vida y “vida en abundancia”.

Los pueblos originarios (nacionalidades) no idolatran la naturaleza, la tierra.

Le rinden reverencia, respeto, como expresión de cariño, de adoración a su creador.

Los pueblos originarios “explotan” la tierra y los demás seres vivos de la creación, con conciencia de hijos del eterno creador. Eterno (Ainu).

Para la caza y la pesca se pide permiso.

Para la agricultura se explota, protegiendo las cuencas, las nacientes, las plantas medicinales y para otros usos.

Los materiales para las casas provienen de los bosques; las raíces, frutas, hojas, bejucos, cáscaras medicinales se extraen de los bosques. Existe una correlación entre naturaleza y hombre o persona humana.

Los mismos clanes, o núcleos familiares, manifiestan esa coexistencia. Ejemplo: diuwák (dueño o parte del río o agua).

Los pueblos originarios fueron escogidos, “ungidos”, como custodios, guardianes de la madre tierra.

Esa correlación no debe interrumpirse; eso será el fin del mundo. El mismo hombre será el autor de su desaparición.

Los sistemas de “conservación” implementados deberían responder a una conciencia integral, un sistema que explore las necesidades, aspiraciones y visiones colectivas, y no solamente a una visión reducida, elitista, estatal, corporativa y capitalista.

Esa visión convierte las vastas áreas y riquísimos recursos forestales y bosques en “enclaves” de grandes corporaciones farmacéuticas, de imperios extractivos, empresas hidroeléctricas.

Por esa razón, se desarrolla sin el “consentimiento previo, libre e informado”, suscitando cismas en la familia, territorios y pueblos entre pueblos.

Los pueblos son esperanzas, aspiraciones, son pasados, presentes y futuros.

En nuestra identidad, espiritualidad, son niños, ancianos, mujeres; no se reducen a organizaciones con propósitos encomiables, pero limitados, sobre todo a instancias que responden a intereses particulares o estatales. Ambiciones mezquinas.

Colectivo Antonio Saldaña

Septiembre, 2026.

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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Colectivo Antonio Saldaña denuncia uso irrespetuoso de la figura de Pablu Presbere y una nueva forma de violencia contra la memoria indígena

El presente pronunciamiento fue emitido por el Colectivo Antonio Saldaña, integrado por personas del pueblo indígena bribri, como respuesta a una publicación difundida por la página Exilio Costa Rica, la cual —según señala el colectivo— utiliza la figura histórica de Pablu Presbere de una manera que tergiversa su significado dentro de la memoria, espiritualidad y cosmovisión bribri.

A través de esta denuncia, el colectivo no solo cuestiona el uso simbólico de uno de los principales referentes de la resistencia indígena en Costa Rica, sino que plantea una reflexión más amplia sobre las formas en que los pueblos originarios continúan enfrentando prácticas de apropiación, simplificación y reinterpretación externa de sus saberes, historias y valores culturales.

Meleruk, 12 de julio del 2026

Colectivo Antonio Saldaña

Ante la publicación realizada por la página Exilio Costa Rica, manifestamos lo siguiente:

Como miembros de una comunidad indígena bribri y del Colectivo Antonio Saldaña, condenamos y repudiamos con la más alta indignación el uso de la “figura” del caudillo de la resistencia e identidad indígena, Pablu Presbere, al considerarlo una forma de denigrar su gesta histórica en defensa del Pueblo Indígena.

El mensaje publicado adultera nuestra filosofía, cosmovisión y espiritualidad como pueblo originario. Constituye una profanación de nuestros valores y una falta de respeto hacia nuestra identidad colectiva.

Es un agravio a nuestra dignidad indígena que se nos presente como seres irracionales, sin voluntad o sin capacidad intelectual para comprender, analizar y decidir sobre nuestra propia realidad.

A la naturaleza le debemos reverencia y respeto; no la divinizamos.

A nuestros líderes y mártires les debemos memoria, admiración y profundo respeto, pero no son ídolos ni seres divinos. Fueron personas inspiradas por los mandatos del Gran Sibö, pero no son del mismo nivel.

Ellos defendieron la naturaleza, la dignidad y la identidad de nuestros pueblos, principios que hoy continúan siendo amenazados por el mundo dominante. Para nosotros resulta indiferente la ideología desde la cual se ejerza esa dominación, ya sea de Occidente, Oriente, colorado, verde, derecha o izquierda; sencillamente reconocemos prácticas capitalistas que han sido históricamente ruines y explotadoras. Sus narrativas suelen estar orientadas al aprovechamiento de los recursos, mientras los pueblos originarios continúan siendo atropellados y vulnerados.

Exigimos, de la manera más enérgica, respeto hacia nuestra espiritualidad, nuestra cosmovisión y nuestra identidad cultural.

Defienda su ideología mediante una argumentación política de altura, honesta y responsable, sin recurrir a formas solapadas de adoctrinamiento.

Han sido suficientes más de 500 años de imposiciones y adoctrinamientos.

Los pueblos indígenas somos racionales, tenemos pensamiento propio y sabemos discernir.

Firmamos desde el territorio Bribri de Talamanca.

Sobre la violencia epistémica y la imposición de narrativas externas

Consideramos necesario señalar que este tipo de expresiones no constituyen únicamente una falta de respeto simbólico o una interpretación equivocada de nuestra historia. Forman parte de prácticas más profundas de violencia epistémica, mediante las cuales se intenta imponer una forma externa de comprender, representar y definir quiénes somos los pueblos indígenas.

La violencia epistémica ocurre cuando se niega la validez de nuestros propios conocimientos, nuestra memoria histórica, nuestra espiritualidad y nuestras formas de interpretar el mundo. Se manifiesta cuando otras personas pretenden explicar nuestra identidad desde categorías ajenas, reduciendo nuestras luchas, nuestros símbolos y nuestros referentes históricos a ideas que no corresponden con nuestra cosmovisión.

Durante más de 500 años hemos enfrentado intentos de despojo no solo de nuestros territorios, sino también de nuestras formas de pensar, nombrar y comprender la vida. La imposición de narrativas externas ha buscado presentar nuestras culturas como inferiores, atrasadas o incapaces de producir conocimiento propio.

Por ello, reivindicamos que los pueblos indígenas no somos objetos de estudio, símbolos decorativos ni herramientas para justificar discursos políticos ajenos. Somos pueblos con memoria, pensamiento crítico, capacidad de análisis y derecho a interpretar nuestra propia historia desde nuestros propios saberes.

El respeto hacia nuestros pueblos implica reconocer que existen otras formas legítimas de comprender la relación entre humanidad, naturaleza, espiritualidad, territorio y comunidad. No aceptamos que nuestra cosmovisión sea utilizada, tergiversada o instrumentalizada para fines políticos o ideológicos que contradicen nuestros valores.

Defender a Pablu Presbere, nuestra memoria colectiva y nuestros principios culturales no significa convertirlos en figuras ajenas a nuestra espiritualidad, sino reconocer el profundo significado que tienen dentro de nuestra historia y nuestra identidad como pueblo bribri.

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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«Yo no soy independiente, estoy sujeto al sistema»

Texto: Andrea Espinoza y Janice Peters

Fotografías: Sofía Padilla

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El Colectivo Antonio Saldaña organizó una reunión el sábado 16 de mayo para conversar sobre distintas problemáticas que vive el territorio bribri de Talamanca. A continuación se comparte un resumen de las intervenciones que realizaron distintas personas integrantes de diversas comunidades del territorio.

Al retomar la historia del pueblo indígena Bribri, nos recordaron que antes de la colonización y el genocidio, la única forma de vida que reinaba era la suya. Dentro del territorio, se respetaba su propia constitución, (una forma sikua de entender este suceso) ahora los problemas son externos. Actualmente, existen conflictos que no se resuelven con los códigos indígenas, porque estos problemas son creados por las personas sikua (persona no indígena). Entonces, las personas indígenas fueron forzadas a este nuevo sistema de leyes que no respeta su identidad ni cultura. 

Justamente, Filidencio Cubillo, recalcó que la identidad de las personas indígenas se ha visto invisibilizada por el sistema occidental y con ello negada por años. Se dice que Costa Rica es un país donde el lema es “sepamos ser libres, no siervos menguados”, pero esto no aplica para las personas indígenas. Donde, su libertad esta mediada por un sistema colonial que les excluye y no les deja disfrutar su vida. Incluso, las repercusiones llegan a afectar a las personas más jóvenes. 

Como el caso de las escuelas, donde las personas estudiantes reciben clases 1 día a la semana de bribri, en comparación con las otras materias. De la mano con la ausencia del idioma, tampoco hay esfuerzos por enseñar la legalidad indígena en los centros educativos. En consecuencia, las infancias están desconectadas de la cultura, y de la lucha contra la estructura. Porque hay un sistema que los y las empuja a salir de su propia cultura e insertarse en las dinámicas occidentales. 

Precisamente, la escuela se guía bajo un sistema que solo reconoce una única forma de existir, y quienes no se ajusten a esa norma se les excluye. A raíz de esa situación, Ornicio Reyes, recalcó que dentro de la educación de este país no aceptan las formas de orden de los pueblos indígenas. Estas formas han funcionado para regular sus propios problemas, pero tristemente, no son respetadas, porque no se ajustan a la lógica neoliberal del país. Lógica en la cual el desarrollo es sinónimo de construir proyectos que atentan contra el medio ambiente y los animales. 

Sin embargo, las desigualdades que enfrenta la comunidad Bribri no se limitan solamente a los ámbitos culturales o educativos. Adicionalmente existen otras condiciones materiales que reflejan con más claridad y contundencia el abandono histórico por parte del Estado costarricense. Problemas relacionados con el acceso al agua, la violencia de personas dentro del territorio y la falta de apoyo institucional afectan la vida diaria de muchas familias indígenas, quienes día con día se enfrentan a un sistema legal que no responde ni reconoce sus necesidades y sus formas de organización.

Durante la charla se mencionó que los conflictos relacionados con el acceso al agua fueron llevados hasta la Sala Constitucional, la cual mediante sentencia en firme condena al Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados y ordena solucionar las problemáticas existentes. No obstante, a la resolución judicial, estas afectaciones continúan sin resolverse, de esta manera, evidencian que un reconocimiento formal de derecho no necesariamente se traduce a un reconocimiento material de los mismos para las comunidades indígenas.

Asimismo, durante la reunión se mencionó como algunos productos fundamentales para la economía de la comunidad, como lo son el banano y el cacao, son pagados a precios sumamente bajos. Un ejemplo de esto es el precio del kilogramo de cacao, este ronda los trecientos colones, siendo que el esfuerzo y el trabajo indígena continúa siendo subvalorado dentro de un sistema que prioriza y se beneficia de su producción sin garantizar condiciones dignas para las comunidades.  

Ante todo, esto, muchas personas jóvenes encuentran dificultades para poder continuar sus estudios, especialmente cuando las becas se hacen escasas y las ayudas económicas son inexistentes. De alguna manera, es el mismo sistema quien empuja a las personas fuera de territorio, de sus dinámicas culturales para adaptarse a estructuras externas que no les aceptan plenamente y que no reconocen plenamente su identidad, dejándolos en un limbo donde no son lo suficientemente occidentales, pero tampoco son lo suficientemente indígenas.

A pesar de la existencias de discursos institucionales sobre la inclusión y diversidad, muchas comunidades consideran que sus necesidades solo reciben atención dentro de contextos políticos específicos, como las elecciones presidenciales. Fuera de este espacio las demandas relacionadas con territorio, infraestructura y reconocimiento jurídico continúan siendo ignoradas sistemáticamente.

La situación se vuelve más contradictoria analizando la narrativa de la memoria histórica nacional. El 12 de octubre continúa siendo presentado en diversos contextos como un día de celebración, de relación entre culturas, aunque para muchos pueblos indígenas esta fecha representa el inicio de procesos de violencia, despojo y muerte.

La experiencia expuesta demuestra que muchas de las desigualdades que enfrentan los pueblos indígenas siguen siendo normalizadas dentro de la estructura del país y a la visión de miles de personas. La frase «Yo no soy independiente, estoy sujeto al sistema» fue expresada por Ornicio Reyes y resume esa sensación de vivir en un sistema que no fue hecho para los pueblos originarios y que no busca adaptarse o siquiera reconocer su existencia pero que sin embargo constantemente les exige encajar en el mismo. A pesar de todo, las comunidades continúan resistiendo, defendiendo fielmente su territorio, cultura y su forma de vida.

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