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Cuando cae la nevada: geopolítica, seguridad y educación popular en América Latina

Este texto forma parte de los procesos de reflexión construidos en el curso “Proceso de Formación: Rompecabezas de las miradas: quién te mira y quién te ve”.

Las ideas aquí desarrolladas no son un ejercicio individual, sino el resultado de un diálogo colectivo que busca leer críticamente el contexto actual, reconociendo cómo las miradas de poder configuran los territorios, las amenazas y también las posibilidades de organización.

En ese marco, esta nota propone una interpretación situada de los cambios geopolíticos en curso y sus implicaciones para América Latina y el Caribe, incorporando la educación popular como herramienta clave para comprender y actuar en medio de estos procesos.

La nevada que no parece amenaza

En El Eternauta, la catástrofe no irrumpe con estruendo. No hay una señal clara que anuncie el desastre. Todo comienza con una nevada suave, casi hipnótica, que cae sobre la ciudad sin levantar sospechas. Es blanca, silenciosa, aparentemente inofensiva. Pero es letal.

Lo inquietante no es solo su efecto, sino su forma de aparecer: sin alarma, sin nombre, sin posibilidad inmediata de ser comprendida.

Algo de esa lógica se puede rastrear en el actual reposicionamiento geopolítico de Estados Unidos. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional no se presenta como una política de dominación ni como una ofensiva directa sobre la región. Se formula en términos de orden, estabilidad, protección, soberanía.

Pero, como en la nevada, el problema no es cómo se nombra, sino lo que empieza a producir.

Y lo que empieza a producir es un reordenamiento profundo del lugar de América Latina y el Caribe en el mundo.

Del silencio al mapa: el regreso del hemisferio

En la historieta, la comprensión de lo que ocurre no llega de inmediato. Los personajes, poco a poco, comienzan a atar cabos. Lo que parecía un fenómeno aislado empieza a revelar una estructura más amplia, organizada, intencional.

Ese paso —del desconcierto a la lectura del mapa— es clave. Porque solo cuando se logra identificar la lógica que ordena los acontecimientos, es posible comenzar a responder.

En la estrategia estadounidense ocurre algo similar. América Latina y el Caribe reaparece, pero no como espacio de diálogo o cooperación, sino como una pieza central dentro de un esquema mayor de seguridad.

El llamado “corolario” a la Doctrina Monroe no es solo una referencia histórica. Es la actualización de una lógica: el hemisferio occidental como zona de control estratégico.

Esto se traduce en objetivos concretos:

  • -limitar la presencia de potencias extrahemisféricas
  • -asegurar el acceso a recursos críticos
  • -reorganizar cadenas de suministro
  • -garantizar control sobre territorios y rutas clave

No se trata de una ocupación visible. No hay tropas desplegándose en escena de forma generalizada. Lo que se configura es algo más complejo: un ordenamiento del espacio, donde cada país, cada territorio, cada infraestructura comienza a ser leído en función de su valor estratégico.

Y en ese mapa, América Latina y el Caribe deja de ser margen para convertirse en frontera.

Cuando la amenaza cambia de rostro

Pero ese reordenamiento no se sostiene únicamente sobre territorios. También requiere redefinir qué se entiende por amenaza.

A medida que avanza El Eternauta, la pregunta por el enemigo se vuelve cada vez más difícil de responder. Los verdaderos responsables no aparecen directamente. Operan a través de otros. La amenaza se fragmenta, se desplaza, se vuelve difusa.

Esa ambigüedad no es menor: descoloca, desorienta, dificulta la respuesta.

Algo similar ocurre en el documento de seguridad. La noción de amenaza se amplía y se vuelve más elástica. Ya no se limita a Estados adversarios claramente identificables. Se extiende hacia fenómenos sociales, culturales y económicos:

  • -la migración deja de ser un fenómeno humano para convertirse en riesgo estratégico
  • -el narcotráfico se inscribe en una lógica de guerra
  • -las “influencias externas” y la “subversión cultural” aparecen como peligros

En ese movimiento, la frontera entre lo externo y lo interno comienza a diluirse.

Y ahí emerge un punto especialmente delicado: cuando la amenaza se vuelve difusa, también se amplía el margen para definir quién o qué constituye un riesgo.

En América Latina y el Caribe, esto no es nuevo. La historia de la región ha mostrado cómo, bajo discursos de seguridad, actores sociales —movimientos territoriales, luchas ambientales, organizaciones comunitarias— han sido leídos como problemas a contener.

La pregunta, entonces, no es solo quién es el enemigo, sino quién puede ser nombrado como tal.

La intemperie organizada

Si la amenaza se redefine, también lo hace el lugar desde donde se responde a ella.

En la historieta, hay un momento en que salir al exterior sin protección significa exponerse a la muerte. Pero quedarse encerrado tampoco garantiza la supervivencia. Lo que hace la diferencia es la capacidad de organizarse, de construir protección colectiva.

La intemperie no es solo un lugar físico. Es una condición.

La estrategia de seguridad redefine a América Latina y el Caribe en una posición similar: como una zona de contención, un espacio donde se busca detener amenazas antes de que alcancen el centro.

Esto se traduce en medidas concretas:

  • -militarización de fronteras y rutas
  • -control reforzado de flujos migratorios
  • -posibilidad de uso de fuerza directa contra actores no estatales
  • -presión sobre gobiernos para alinear políticas de seguridad

La región aparece así como un territorio expuesto, donde la lógica dominante no es la del cuidado ni la del desarrollo, sino la del control.

Una intemperie organizada desde fuera.

Territorios funcionales, vidas desplazadas

Este desplazamiento hacia la seguridad no ocurre de manera aislada. Se articula con una forma específica de entender el territorio.

Conforme avanza El Eternauta, se hace evidente que la invasión no es caótica. Responde a una estructura donde cada elemento cumple una función dentro de un engranaje mayor.

Ese reconocimiento cambia la forma de entender lo que está en juego.

En el plano geopolítico, algo similar ocurre con la forma en que se piensa América Latina y el Caribe:

  • -territorios como reservorios de minerales, energía o biodiversidad
  • -países como nodos logísticos o barreras de contención
  • -economías como extensiones de cadenas productivas externas

La idea de una “Gran Norteamérica” se inscribe en esa lógica: no como integración entre iguales, sino como reorganización funcional del espacio.

Lo que se pierde en ese proceso es fundamental: la posibilidad de pensar los territorios desde quienes los habitan.

Porque cuando el territorio se convierte en pieza, las vidas que lo sostienen tienden a volverse invisibles.

Lo que no se ve (pero ordena)

Sin embargo, no todo este proceso es visible de forma inmediata.

Uno de los elementos más inquietantes de El Eternauta es que lo decisivo no siempre se muestra directamente. La verdadera estructura de poder opera desde lugares que no se ven, pero que organizan todo lo demás.

En la estrategia de seguridad, esto se expresa en la normalización de ciertas lógicas:

  • -todo puede ser leído en clave de seguridad
  • -toda dinámica puede ser intervenida si se define como riesgo
  • -toda diferencia puede ser sospechosa

Este desplazamiento es profundo. No implica necesariamente una intervención directa constante, sino algo más sutil y, al mismo tiempo, más abarcador: un marco que redefine cómo se interpretan los conflictos, las movilidades y las demandas sociales.

Cuando la seguridad se vuelve el lenguaje dominante, otras formas de entender la realidad —derechos, justicia, vida digna— quedan subordinadas.

Educar en la nevada: desafíos de la educación popular en tiempos de securitización

Frente a este escenario, la pregunta por la comprensión se vuelve central. Y con ella, el lugar de la educación.

Si algo enseña El Eternauta es que, incluso en medio de la incertidumbre, hay algo que no puede suspenderse: la capacidad de comprender lo que está pasando.

No como un ejercicio abstracto, sino como una necesidad para sobrevivir.

En contextos donde la seguridad se vuelve el lenguaje dominante, donde los territorios son leídos como espacios de riesgo y donde las dinámicas sociales pueden ser reinterpretadas como amenazas, la educación popular enfrenta un escenario particularmente desafiante.

Ya no se trata solo de formar conciencia crítica. Se trata de hacerlo en condiciones donde esa misma conciencia puede ser vigilada, deslegitimada o contenida.

Cuando aprender también se vuelve sospechoso

La expansión de marcos securitarios no solo redefine políticas públicas. También reconfigura los sentidos de lo educativo.

Procesos que históricamente han sido centrales para la educación popular —organización comunitaria, reflexión colectiva, lectura crítica de la realidad— pueden empezar a ser vistos como:

  • -espacios de “influencia”
  • -focos de “radicalización”
  • -o incluso amenazas al orden

Este desplazamiento no siempre es explícito. Muchas veces opera de forma sutil: a través de financiamientos condicionados, discursos institucionales, marcos regulatorios o estigmatización pública.

Pero su efecto es profundo: instala la idea de que pensar críticamente puede ser problemático.

El riesgo del aislamiento

En El Eternauta, uno de los mayores peligros no es solo la amenaza externa, sino la fragmentación. Cuando los vínculos se rompen, la capacidad de respuesta se debilita.

En el campo educativo ocurre algo similar.

Los contextos de control tienden a:

  • -aislar experiencias
  • -fragmentar procesos organizativos
  • -debilitar redes comunitarias

Y sin redes, la educación popular pierde uno de sus pilares fundamentales: la construcción colectiva del conocimiento y, con ella, su capacidad de transformación.

El desafío, entonces, no es solo sostener espacios educativos, sino sostener comunidad en condiciones adversas.

Nombrar el mundo cuando otros lo nombran por nosotros

Uno de los aportes centrales de la educación popular —en la línea de Paulo Freire— es la capacidad de nombrar el mundo desde la experiencia de quienes lo viven.

Pero en contextos donde el lenguaje de la seguridad se impone, esa capacidad entra en disputa.

Cuando los territorios son nombrados como “zonas de riesgo”, cuando las movilidades son “amenazas” y cuando los conflictos son “problemas de orden”, se produce un desplazamiento del sentido.

La educación popular se enfrenta entonces a un reto clave:

recuperar la capacidad de nombrar la realidad desde abajo, incluso cuando otros intentan imponer sus categorías.

Educar para leer la nevada

Volviendo a la metáfora, el problema nunca fue solo la nevada. Fue no entenderla a tiempo.

En este contexto, la educación popular tiene un papel urgente:

  • -ayudar a leer los procesos en curso
  • -conectar lo local con lo global
  • -visibilizar las estructuras que operan detrás de lo cotidiano

No se trata de “explicar” desde afuera, sino de construir colectivamente herramientas para comprender lo que se vive.

Leer la nevada no es anticiparse por completo, pero sí evitar que pase desapercibida.

Sostener la esperanza como práctica política

En escenarios restrictivos, donde el control se intensifica y los márgenes parecen reducirse, la tentación del repliegue es fuerte.

Sin embargo, El Eternauta también deja otra enseñanza: incluso en las condiciones más adversas, la organización es posible.

La educación popular no solo transmite contenidos. Sostiene algo más profundo:

  • -la posibilidad de imaginar alternativas
  • -la convicción de que lo colectivo importa
  • -la práctica cotidiana de construir sentido en común

En ese sentido, educar no es solo resistir. Es también seguir creando mundo en medio de la nevada.

La pregunta del Eternauta

Todo lo anterior nos devuelve a una pregunta central.

En medio del caos, El Eternauta insiste en una idea sencilla pero radical: nadie se salva solo.

La supervivencia no depende de la fuerza individual, sino de la capacidad de organizarse, de confiar, de construir en común incluso en condiciones adversas.

Trasladada a este escenario, la pregunta cambia de escala, pero no de sentido:

¿qué formas de organización son posibles cuando los territorios comienzan a ser definidos desde afuera como espacios de riesgo o de control?

Pensar más allá del tablero

La geopolítica suele presentarse como un tablero donde actores poderosos mueven piezas. Esa lectura es necesaria: permite identificar intereses, estrategias, disputas.

Pero no es suficiente.

Porque ese tablero está habitado.

Pensar este momento también exige una mirada que desborde esa lógica. Una perspectiva capaz de:

  • -reconocer las voces de los territorios
  • -leer las luchas sociales como expresiones políticas legítimas
  • -disputar el sentido de lo que se nombra como “seguridad”

No se trata de negar la geopolítica, sino de no quedar atrapados en ella.

Reconocer la nevada

En El Eternauta, la nevada avanza porque, al inicio, no se logra dimensionar su alcance. Cuando se comprende, ya ha transformado profundamente el mundo.

Hoy, América Latina se encuentra en un momento donde múltiples procesos —económicos, políticos, securitarios— se están reconfigurando.

No todos son visibles de inmediato. No todos se presentan como amenaza.

Por eso, tal vez la pregunta no es solo qué está pasando.

La pregunta es otra:

¿estamos reconociendo la nevada mientras cae, o la vamos a entender cuando ya haya cubierto todo?

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Estrategias de seguridad en tiempos de colapso: extractivismo y poder en la política de Estados Unidos

Estados Unidos debe prepararse para un entorno de crisis prolongadas —económicas, climáticas, sanitarias y geopolíticas— mediante una adaptación constante de sus capacidades civiles, económicas y militares.

Pueden descargar el documento aquí.

La Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos redefine la seguridad nacional desde una lógica abiertamente economicista y geopolítica, en la que el control de territorios, recursos estratégicos y cadenas de suministro aparece como condición central del poder global. Esta formulación no solo desatiende la crisis socioecológica contemporánea, sino que contribuye a profundizarla al legitimar nuevas formas de extractivismo bajo el lenguaje de la “seguridad”, la “estabilidad” y la “resiliencia”.

El documento presenta el acceso a minerales críticos, energía y recursos naturales como un imperativo estratégico, con especial énfasis en América Latina y otras regiones del Sur Global. Esta narrativa transforma territorios vivos en infraestructuras funcionales a la seguridad de las potencias, desplazando comunidades, debilitando soberanías locales y reforzando economías dependientes. La crisis climática, lejos de asumirse como un límite estructural del modelo civilizatorio vigente, es negada o instrumentalizada para justificar la expansión energética, la reindustrialización extractiva y la intensificación del control territorial.

En este marco, la noción de seguridad se desvincula del cuidado de la vida y se redefine como capacidad de control, militarización y aseguramiento de flujos materiales. La estrategia promovida por la administración de Donald Trump expresa así una respuesta autoritaria a una crisis que es simultáneamente ecológica, social y política: en lugar de abrir transiciones hacia modelos pos-extractivistas y de justicia ambiental, profundiza la disputa por los bienes comunes y consolida las asimetrías globales existentes.

Pensar la seguridad desde esta clave obliga a invertir la pregunta: ¿seguridad para quién y a costa de qué territorios? En un contexto de colapso socioecológico, insistir en estrategias de dominación y extracción no produce estabilidad, sino que acelera los conflictos, amplía las desigualdades y erosiona las condiciones que hacen posible la vida.

La seguridad nacional de Estados Unidos abarca la defensa del país, la fortaleza de su economía, la protección de infraestructuras críticas y la capacidad de sostener cadenas de suministro seguras frente a crisis y amenazas externas.

América Latina y el Caribe: el territorio como “zona de seguridad”

Vista desde América Latina y el Caribe, la Estrategia de Seguridad reactualiza una matriz histórica de dominación hemisférica en la que la región es concebida como espacio de provisión, contención y control. La referencia explícita al “Hemisferio Occidental” como área prioritaria de seguridad, junto con mensajes difundidos desde redes sociales oficiales del gobierno estadounidense afirmando que “el hemisferio es nuestro”, refuerzan una visión neomonroísta que subordina territorios, pueblos y bienes comunes a los intereses estratégicos de una potencia externa.

En este encuadre, América Latina y el Caribe no aparecen como sujetos políticos con proyectos propios, sino como reservas de minerales críticos, energía, biodiversidad y fuerza de trabajo, disponibles para sostener la seguridad económica y militar del Norte global. Esta narrativa prolonga una historia marcada por el extractivismo, la dependencia y la violencia territorial. La securitización de los bienes naturales y de las cadenas de suministro habilita la militarización, la flexibilización ambiental y el debilitamiento de la autodeterminación de comunidades indígenas, campesinas y costeras. Bajo el lenguaje de la “estabilidad” y la “cooperación”, se refuerzan economías de enclave y se amplían las asimetrías regionales, desplazando cualquier debate sustantivo sobre transiciones justas, soberanía popular y defensa de los bienes comunes.

Esta lógica se inscribe en una genealogía más amplia de dominación hemisférica que remite directamente a la Doctrina Monroe y al Destino Manifiesto, pilares históricos de la política exterior estadounidense hacia la región. Bajo la consigna de “América para los americanos”, estas doctrinas legitimaron la intervención, el tutelaje político y la apropiación territorial como supuestos actos de protección y civilización. La afirmación contemporánea de que “el hemisferio es nuestro” no constituye una anomalía discursiva, sino la actualización de ese imaginario colonial: América Latina y el Caribe como patio trasero estratégico, espacio disponible para la extracción, el control y la contención de amenazas externas.

El acceso confiable a minerales críticos, energía y otros recursos estratégicos es esencial para la seguridad nacional, la competitividad industrial, la innovación tecnológica y la preparación ante escenarios de conflicto y disrupción global.

Recursos estratégicos y disputa geopolítica

En este mismo marco, las declaraciones de Laura J. Richardson, excomandante del United States Southern Command, ilustran con particular claridad la forma en que la seguridad nacional estadounidense se articula con la disputa por los recursos de la región. Richardson señaló de manera reiterada que América Latina y el Caribe concentran activos estratégicos clave —como el litio del denominado Triángulo del Litio en Argentina, Bolivia y Chile, los hidrocarburos de Venezuela y Guyana, el agua dulce y las tierras raras— y que estos resultan centrales para los intereses de Washington frente a la competencia con China y Rusia.

Al afirmar que “esta región importa” por sus recursos y que Estados Unidos debía “empezar su juego” para disputar su acceso, estas declaraciones colocan explícitamente los bienes naturales estratégicos en el centro de las prioridades militares y geopolíticas. Lejos de tratarse de deslices retóricos, constituyen expresiones coherentes con una concepción de seguridad que convierte territorios y ecosistemas en piezas de un tablero de competencia global.

Guerra, extractivismo y crisis socioecológica: una misma racionalidad

La guerra ocupa un lugar estructural en los extractivismos contemporáneos y en la profundización de la crisis socioecológica. No se trata únicamente de conflictos armados abiertos, sino de una racionalidad de guerra que atraviesa la gestión de los territorios, la naturaleza y los cuerpos. El extractivismo opera como una guerra permanente contra la vida: impone ritmos acelerados de extracción, despoja comunidades, fragmenta ecosistemas y normaliza la violencia como costo necesario del “progreso”, la “seguridad” o el “desarrollo”. La militarización de territorios ricos en bienes naturales no es una anomalía del modelo, sino una de sus condiciones de posibilidad.

En el contexto actual, la crisis climática y ecológica no desactiva esta lógica, sino que la reconfigura. A medida que el colapso socioecológico se profundiza, la guerra se consolida como dispositivo para asegurar el acceso a recursos cada vez más escasos: agua, energía, minerales críticos y tierras fértiles. La securitización de estos bienes transforma conflictos socioambientales en amenazas estratégicas y legitima el uso de la fuerza —militar, policial, jurídica o económica— para garantizar flujos materiales hacia los centros de poder. De este modo, la guerra deja de ser un evento excepcional y se convierte en una forma cotidiana de gobernanza del colapso.

Esta articulación revela que no estamos ante crisis separadas —ambiental, social, energética o de seguridad—, sino ante una crisis civilizatoria sostenida por una lógica de dominación. La guerra protege al extractivismo y el extractivismo alimenta la guerra, en un círculo que erosiona las bases mismas de la vida. Romper ese vínculo implica disputar el sentido de la seguridad: no como capacidad de destruir o controlar, sino como posibilidad de sostener territorios habitables, relaciones justas y futuros comunes. En un mundo al borde del colapso, la paz no puede edificarse sobre territorios devastados ni sobre comunidades convertidas en zonas de sacrificio.

Lo común frente a la tormenta: recomenzar desde abajo

Frente a un escenario marcado por la militarización de la seguridad, la expansión extractiva y la gestión autoritaria del colapso, las reflexiones del Ejército Zapatista de Liberación Nacional ofrecen un contrapunto radical. Allí donde la seguridad hegemónica se define como control de territorios, aseguramiento de flujos materiales y disputa entre potencias, el zapatismo plantea otra pregunta: ¿cómo sostener la vida en medio de la tormenta y, sobre todo, cómo no repetir el mundo que la produjo?

La “tormenta” nombrada por el EZLN —esa convergencia de crisis climática, guerras, despojos, violencias y colapsos— es el mismo horizonte que subyace a las estrategias de seguridad analizadas en este texto. Pero mientras estas responden con más extracción, más control y más guerra, el zapatismo insiste en que el verdadero riesgo está en el “día después”: reconstruir sobre las mismas lógicas que convirtieron la tierra, los cuerpos y los territorios en mercancía y botín estratégico.

En ese punto, lo común aparece no como consigna abstracta, sino como práctica concreta de recomposición social. Asamblea, trabajo compartido, cuidado mutuo, autonomía y reconocimiento de las diferencias se presentan como bases para sostener la vida cuando las grandes infraestructuras del poder —Estados, mercados, ejércitos— fallan o se vuelven abiertamente destructivas. Lo común no se subordina a la seguridad de las potencias ni a la rentabilidad del capital: se orienta a garantizar lo necesario para vivir con dignidad.

Este horizonte interpela directamente la noción de seguridad que atraviesa la disputa global por los recursos estratégicos. Mientras la seguridad dominante convierte territorios en “zonas de sacrificio” y normaliza la guerra como forma de gobernanza del colapso, la apuesta por lo común desplaza el eje hacia la reproducción de la vida. No se trata de asegurar minerales, energía o cadenas de suministro, sino de asegurar agua, alimento, salud, memoria y futuro para las comunidades.

En tiempos de crisis socioecológica, pensar desde lo común implica reconocer que la estabilidad no vendrá de la dominación ni del control armado de la naturaleza, sino de la capacidad colectiva de recomenzar sin repetir. La palabra zapatista no ofrece recetas, pero sí una advertencia y una invitación: si el día después se construye con las mismas lógicas de guerra y extractivismo, la tormenta no habrá terminado. Defender lo común es, en ese sentido, una forma radical de disputar la seguridad, el futuro y la vida misma.

Claves conceptuales para leer la seguridad y los recursos en disputa

Los documentos de seguridad utilizan categorías como “recursos estratégicos”, “minerales críticos” o “recursos naturales” como si fueran conceptos neutros y evidentes. Sin embargo, cada término encierra una forma particular de entender el territorio, la naturaleza y el poder. La siguiente tabla ofrece definiciones comparadas que permiten distinguir estas nociones y, al mismo tiempo, abrir una lectura crítica sobre cómo el lenguaje de la seguridad transforma bienes comunes en activos geopolíticos.

ConceptoDefinición operativaCómo aparece en discursos de seguridad / desarrolloLectura crítica desde ecología política
Bienes naturalesElementos de la naturaleza que sostienen la vida y los ecosistemas (agua, suelos, bosques, biodiversidad).Invisibilizados o reducidos a “insumos” disponibles.Son relacionales y finitos; no existen para ser apropiados, sino para ser cuidados colectivamente.
Recursos naturalesBienes naturales convertidos en objetos de uso económico.Nombrados como base del crecimiento y la competitividad.La categoría naturaliza la mercantilización y oculta relaciones de poder y despojo.
Recursos estratégicosRecursos clave para la seguridad, la industria o el poder geopolítico.Asociados a soberanía, control territorial y cadenas de suministro.Reconfiguran territorios como zonas de sacrificio en nombre de la seguridad nacional.
Recursos críticosInsumos considerados escasos o indispensables (litio, tierras raras, agua).Justifican urgencia, flexibilización ambiental y extractivismo acelerado.La “criticidad” es política: depende del modelo productivo que se decide sostener.
Materias primasRecursos extraídos sin procesamiento significativo.Presentadas como oportunidad de inserción económica global.Reproducen dependencia y reprimarización de economías periféricas.
Infraestructura estratégicaObras que permiten extracción, transporte y control (puertos, carreteras, energía).Asociadas a desarrollo, seguridad y estabilidad.Facilitan el extractivismo y fragmentan territorios y tejidos comunitarios.
Seguridad energéticaGarantía de acceso continuo a fuentes de energía.Prioriza expansión fósil y control geopolítico.Ignora límites ecológicos y alternativas de transición justa.
Cadenas de suministroRedes globales de producción y circulación de bienes.Presentadas como vulnerables y a asegurar.Externalizan costos sociales y ambientales a territorios periféricos.
SoberaníaCapacidad de un Estado para decidir sin interferencias externas.Invocada para justificar control y militarización.Puede entrar en tensión con la autodeterminación de pueblos y comunidades.
Bienes comunesBienes gestionados colectivamente para la vida (agua, territorio, saberes).Ausentes o incompatibles con el enfoque dominante.Proponen una lógica de cuidado, corresponsabilidad y límites al extractivismo.
Matriz general de lectura crítica: Estrategia de seguridad de EE. UU.
EjeQué plantea la estrategiaClaves de lectura críticaImplicaciones para América Latina y el Caribe
Concepto de seguridadAmplía la seguridad nacional más allá de lo militar, incorporando economía, energía, cadenas de suministro y tecnología.La seguridad deja de centrarse en la vida y se redefine como capacidad de control y aseguramiento de flujos materiales.Los territorios pasan a ser leídos como activos estratégicos, no como espacios de vida.
Recursos estratégicos y críticosPrioriza el acceso a minerales críticos, energía, agua y tierras clave para la competitividad global.Naturaliza la extracción como necesidad estratégica e invisibiliza sus impactos sociales y ecológicos.Refuerza el rol de la región como proveedora de materias primas.
Cadenas globales de suministroBusca reducir dependencias y asegurar abastecimiento frente a crisis o competidores geopolíticos.La resiliencia se traduce en control territorial y presión sobre países del Sur Global.Intensificación de proyectos extractivos y de infraestructura.
Competencia entre potenciasDefine a China y Rusia como competidores estratégicos prioritarios.La disputa geopolítica se desplaza a territorios periféricos.Mayor injerencia externa bajo la lógica de “equilibrio de poder”.
Dimensión climáticaReconoce el cambio climático como riesgo, pero lo integra a la seguridad.El clima se gestiona como amenaza, no como límite estructural del modelo.Se justifica nueva extracción “verde” y expansión energética.
MilitarizaciónRefuerza cooperación militar y presencia estratégica en regiones clave.La militarización aparece como herramienta normal de gobernanza.Criminalización de conflictos socioambientales.
Lenguaje y narrativaUso de términos como estabilidad, resiliencia, cooperación y orden.Lenguaje técnico que oculta relaciones de poder y despojo.Dificulta la visibilización de resistencias locales.
TerritorioEl territorio es concebido como espacio a asegurar.Se vacía de historia, cultura y vida comunitaria.Desplazamiento de pueblos indígenas y comunidades rurales.
Modelo de desarrolloVincula seguridad con crecimiento, reindustrialización y competitividad.Reafirma un modelo extractivo dependiente de alta intensidad material.Bloquea debates sobre transiciones justas y alternativas.
SoberaníaPromueve cooperación alineada a intereses estratégicos de EE. UU.La soberanía se subordina a la lógica hemisférica de seguridad.Debilitamiento de proyectos políticos autónomos.
Conflicto y guerraAsume escenarios de conflicto prolongado y crisis múltiples.La guerra se vuelve forma permanente de gestión del colapso.Incremento de tensiones sociales y ambientales.
Bienes comunesNo aparecen como categoría central.Lo común queda subsumido en la lógica de recurso estratégico.Amenaza directa a territorios, agua, biodiversidad y saberes.
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Voces y Política: Reflexiones sobre el Día mundial del ambiente: ¿Hablamos el mismo “idioma”?


El 5 de junio celebramos el día mundial del ambiente y muchos mensajes serán titulares en medios de comunicación y redes sociales, por esta razón hoy conversamos con Nery Chaves García especialista en temas internacionales sobre algunas de las dimensiones del ambiente que se encuentran en disputa. Desde una mirada crítica procuraremos abordar los intereses extractivistas y tensiones entre las comunidades, Estados, las mega-corporaciones (las tecnológicas, las petroleras/mineras o las agroindustriales).
Algo nos dice que el próximo 5 de junio no estarán hablando el mismo idioma.