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Diez años de denuncias ambientales en Guatuso: lo que revelan los expedientes del SITADA sobre la minería en Río Frío

Entre 2015 y 2025, al menos dieciocho expedientes registrados en el Sistema Integrado de Trámite y Atención de Denuncias Ambientales (SITADA) documentan una historia de conflictividad persistente alrededor de la extracción de materiales en Guatuso. Más allá del resultado de cada denuncia, la lectura conjunta de estos registros permite identificar tendencias sobre la evolución del conflicto, la respuesta institucional y el papel del monitoreo comunitario en la defensa del territorio.

Durante la última década, el cantón de Guatuso ha sido escenario de una sucesión de denuncias relacionadas con la extracción de materiales en cauces, alteraciones de ríos y posibles infracciones a la legislación minera y ambiental. Aunque cada expediente responde a hechos particulares y tuvo resultados administrativos distintos, su revisión conjunta permite reconstruir un proceso de conflictividad que se ha mantenido vigente durante más de diez años.

Los expedientes abarcan distintos sectores del cantón, entre ellos Pataste, La Rivera, Maquengal, el río Frío y el río La Muerte, y documentan denuncias presentadas por personas vecinas, organizaciones, propietarios de fincas, cuerpos policiales y diferentes instituciones públicas.

Un conflicto que no comenzó recientemente

La cronología muestra que la conflictividad alrededor de la minería no metálica en Guatuso no es un fenómeno reciente.

El primer expediente localizado corresponde a 2015, cuando se denunció una presunta extracción de materiales en Pataste, San Rafael de Guatuso. En los años siguientes aparecen nuevos registros relacionados con extracción en el río La Muerte y en un brazo del río Frío, incluyendo denuncias por actividades fuera de áreas concesionadas y extracción sin autorización.

Para 2020 las denuncias comienzan a incorporar elementos adicionales, como la desviación de cauces, la eliminación de cobertura forestal y afectaciones sobre propiedades privadas, reflejando que las preocupaciones de las comunidades ya no se limitaban únicamente a la extracción de materiales. Lejos de desaparecer, el conflicto continúa durante los años siguientes y presenta un incremento visible en la cantidad de expedientes registrados entre 2023 y 2025.

Las denuncias evolucionaron junto con el conflicto

La revisión de los expedientes evidencia una transformación importante en el tipo de situaciones denunciadas. Mientras los primeros registros se concentran principalmente en la extracción de materiales de los cauces, los expedientes más recientes incorporan una visión más amplia de los impactos sobre el territorio.

Entre las denuncias presentadas en los últimos años aparecen referencias a:

  • -destrucción de islas fluviales;
  • -socavación de árboles ribereños;
  • -apertura de caminos y patios de acopio;
  • -movimientos de tierra;
  • -abastecimiento de combustible a maquinaria dentro del cauce;
  • -construcción de diques y desvíos temporales del río;
  • -cuestionamientos sobre expedientes ambientales y coordenadas de proyectos;
  • -utilización de estudios elaborados mediante Sistemas de Información Geográfica (SIG) como evidencia técnica.

Esta evolución muestra que las denuncias dejaron de enfocarse únicamente en una actividad extractiva para incorporar una preocupación creciente por las transformaciones acumulativas del paisaje y de los ecosistemas ribereños.

Más actores participan en la vigilancia del territorio

Otra tendencia que reflejan los expedientes es la ampliación de los actores involucrados. Las primeras denuncias fueron impulsadas principalmente por personas particulares. Con el paso de los años aparecen informes elaborados por la Fuerza Pública, inspecciones técnicas, actuaciones de la Dirección de Geología y Minas, intervenciones de la Dirección de Aguas, coordinación con el SINAC y remisiones al Ministerio Público y a la Fiscalía.

Especialmente durante 2023 se registran varios expedientes consecutivos derivados de operativos policiales en el río La Muerte, donde se documentó la presencia de maquinaria y se realizaron remisiones para investigación penal. La evolución de los expedientes sugiere que el conflicto dejó de ser únicamente una preocupación comunitaria para involucrar progresivamente a distintas instituciones del Estado.

¿Qué muestran las respuestas institucionales?

Los resultados de las investigaciones administrativas fueron diversos.

Una parte importante de los expedientes concluyó con resoluciones de archivo, «sin lugar» o por no haberse logrado comprobar los hechos denunciados. En otros casos las autoridades señalaron que no fue posible identificar responsables o que existían concesiones que respaldaban determinadas actividades. Algunos expedientes fueron remitidos al Ministerio Público para investigaciones adicionales y varios permanecen actualmente en trámite.

Dentro del conjunto revisado destaca un expediente correspondiente a 2021 que concluyó con una resolución favorable a la denuncia y fue remitido tanto al Registro Nacional Minero como al Ministerio Público.

Esta diversidad de resultados evidencia que los expedientes no permiten afirmar automáticamente la existencia de infracciones en todos los casos denunciados. Sin embargo, sí muestran que las denuncias han sido persistentes, reiteradas y suficientemente relevantes para activar durante una década distintos mecanismos de investigación administrativa y judicial.

El monitoreo comunitario: una memoria del territorio

Más allá de los resultados administrativos, los expedientes también permiten identificar otro fenómeno de gran relevancia: el papel del monitoreo comunitario como mecanismo de vigilancia ambiental.

Una parte importante de las denuncias nace de la observación cotidiana realizada por personas vecinas, propietarios de fincas, organizaciones locales y comunidades que habitan el territorio. Son estas personas quienes detectan cambios en los cauces, presencia de maquinaria, apertura de caminos, extracción de materiales o modificaciones en los ecosistemas ribereños y deciden activar los mecanismos institucionales de denuncia.

Esta vigilancia social no sustituye las competencias de las instituciones públicas ni determina, por sí sola, la existencia de una infracción. Sin embargo, constituye el primer eslabón de la protección ambiental. Sin esas observaciones iniciales, muchas inspecciones técnicas, informes institucionales e investigaciones administrativas probablemente nunca llegarían a realizarse.

Los propios expedientes muestran cómo este monitoreo ha fortalecido sus capacidades. Mientras las primeras denuncias se apoyaban principalmente en reportes ciudadanos o fotografías, los registros más recientes incorporan estudios cartográficos elaborados mediante Sistemas de Información Geográfica (SIG), documentación técnica e información ambiental cada vez más detallada.

También resulta significativo que las preocupaciones comunitarias parecen anticipar la evolución del conflicto. Las primeras denuncias advertían sobre extracción de materiales; años después los expedientes describen posibles afectaciones más complejas, como la destrucción de islas fluviales, la socavación de árboles, la apertura de accesos, patios de acopio, abastecimiento de combustible dentro del río y modificaciones del cauce mediante diques y caminos temporales.

Los expedientes del SITADA no solo registran denuncias; también documentan una década de vigilancia ciudadana sobre un mismo territorio. Leídos en conjunto, muestran que la protección ambiental no comienza cuando una institución realiza una inspección, sino mucho antes: cuando las comunidades observan, registran, comparan, conservan memoria y deciden convertir esas observaciones en denuncias formales. En esa secuencia, el monitoreo comunitario aparece como una pieza fundamental para comprender conflictos ambientales que, lejos de ser hechos aislados, se desarrollan de forma acumulativa a lo largo del tiempo.

Una década de registros que invita a mirar el conjunto

Cada expediente responde a circunstancias particulares y debe interpretarse conforme a sus propias actuaciones y resoluciones. Sin embargo, la lectura conjunta de los registros disponibles permite identificar tendencias que difícilmente serían visibles al analizar un solo caso.

Durante diez años persisten denuncias sobre extracción de materiales, modificaciones de cauces, afectaciones a ecosistemas ribereños y conflictos relacionados con el aprovechamiento de recursos naturales en Guatuso. También se observa una evolución en la calidad de la evidencia aportada, una participación cada vez mayor de distintas instituciones públicas y una creciente complejidad en los impactos denunciados.

Más que una sucesión de hechos aislados, los expedientes del SITADA revelan la existencia de un proceso continuo de conflictividad socioambiental. En ese contexto, el monitoreo comunitario, la memoria territorial y el acceso a mecanismos públicos de denuncia se convierten en herramientas esenciales para comprender cómo evolucionan los conflictos ambientales y para fortalecer la gestión y protección de los bienes comunes.

En pocas palabras: ¿Qué revelan diez años de expedientes?
Lo que muestran los expedientesTendencia identificada
Las denuncias se mantienen durante diez años.Persistencia del conflicto socioambiental.
Los impactos denunciados se vuelven más diversos y complejos.Escalada en la complejidad de las afectaciones.
Las comunidades documentan cambios antes de las inspecciones institucionales.El monitoreo comunitario funciona como sistema de alerta temprana.
La evidencia presentada mejora con el tiempo.Fortalecimiento de las capacidades comunitarias de documentación.
Participan cada vez más instituciones.Mayor institucionalización del conflicto.
Existen respuestas administrativas diversas.La gestión institucional combina archivos, investigaciones y procesos en trámite.
El conflicto permanece en el mismo territorio.Las afectaciones presentan un carácter acumulativo.

Refrencia: La información presentada se elaboró mediante la revisión y sistematización de los expedientes públicos disponibles en el Sistema Integrado de Trámite y Atención de Denuncias Ambientales (SITADA), utilizando como criterio de búsqueda la etiqueta «Extracción de materiales en cauce de dominio público». Posteriormente, los expedientes fueron depurados para identificar aquellos correspondientes al cantón de Guatuso y analizados con el fin de identificar tendencias temporales, tipos de denuncia, instituciones competentes, resultados de las inspecciones y resoluciones administrativas.

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«Ya no es el río que conocimos»: memoria, cambios y preocupaciones desde Birmania de Upala

Un río que conecta territorio, comunidad y vida

Birmania es una pequeña comunidad ubicada en el distrito de Dos Ríos, cantón de Upala, en la Zona Norte de Costa Rica, a unos 32 kilómetros de la frontera con Nicaragua. Se trata de una región marcada por la producción agrícola y ganadera, atravesada por ríos que nacen en las faldas del volcán Rincón de la Vieja y forman parte de una compleja red hídrica que conecta territorios, comunidades y ecosistemas.

Uno de esos ríos es el Río Niño, también conocido como Río Pizote. Sus aguas han acompañado durante décadas la vida cotidiana de las personas que habitan la zona, convirtiéndose en un espacio de recreación, encuentro comunitario y observación de la naturaleza.

Una conversación desde la experiencia de quienes habitan el territorio

En esta edición de Sentires y Saberes, conversamos con David Menjívar, vecino de Birmania desde hace más de cinco décadas, quien comparte sus recuerdos sobre el río, los cambios que ha observado a lo largo del tiempo y las preocupaciones que existen actualmente en torno a la extracción de materiales de su cauce.

A partir de su experiencia, la conversación permite reflexionar sobre las transformaciones ambientales que experimentan los territorios, el papel de las comunidades en la observación y defensa de los bienes comunes, así como los desafíos institucionales para garantizar la protección de los ecosistemas.

Algunos temas claves:
  • -El Río Niño ha sido históricamente un espacio de encuentro, recreación y convivencia para las comunidades de la zona.
  • -Las personas que habitan los territorios suelen ser las primeras en identificar cambios y afectaciones ambientales.
  • -La extracción continua de materiales del cauce ha generado preocupaciones por la pérdida de vegetación ribereña, cambios en la dinámica del río y afectaciones a especies acuáticas.
  • -Los procesos de transformación ambiental también impactan prácticas cotidianas y espacios de recreación comunitaria.
  • -La defensa de los bienes comunes no se limita a las denuncias: incluye acciones de cuido, restauración y observación permanente del territorio.
  • -El conocimiento comunitario constituye una fuente valiosa para comprender los cambios que experimentan los ecosistemas.
  • -Las nuevas generaciones cuentan con más herramientas para informarse, participar y asumir un papel activo en el cuidado de la naturaleza.

Más que una entrevista sobre un río, este diálogo nos invita a pensar en la relación entre memoria, territorio y responsabilidad colectiva. Le invitamos a escuchar este nuevo episodio de Sentires y Saberes y conocer la mirada de una persona que ha dedicado gran parte de su vida a observar, cuidar y defender el Río Niño.

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Entre la erosión y la incertidumbre: comunidad alerta sobre la situación del río Pizote-Upala

Personas vecinas de la comunidad cerca del Río Pizote o también conocido como Río Niño, en el cantón de Upala, han manifestado su preocupación ante lo que consideran posibles afectaciones al cauce y al lecho del río asociadas a actividades de extracción de material que se desarrollan en la zona. Según la comunicación compartida por habitantes que han dado seguimiento al caso durante varios años, las lluvias recientes permitieron observar con mayor claridad cambios en distintos sectores del río que, a su criterio, requieren una investigación inmediata por parte de las autoridades competentes.

El río Pizote, forma parte de los sistemas hídricos de la zona norte de Costa Rica. Como ocurre con numerosos ríos del país, cumple funciones fundamentales para el equilibrio ecológico de la cuenca, el transporte natural de sedimentos, la recarga de acuíferos y el sostenimiento de diversos ecosistemas asociados. Además, constituye un elemento central en la vida cotidiana de las comunidades que habitan sus alrededores, por lo que cualquier alteración significativa de sus dinámicas naturales genera preocupación entre la población local.

De acuerdo con los reportes vecinales, la disminución del caudal tras varios días de lluvia dejó al descubierto extensas áreas de suelo expuesto en el fondo y las orillas del río. Las personas denunciantes sostienen que estos sectores podrían evidenciar procesos de alteración del lecho, erosión o socavación que habrían pasado desapercibidos durante periodos de mayor caudal.

Según indican, también se habría observado maquinaria realizando movimientos de tierra en las márgenes del río. Las personas vecinas consideran necesario que las autoridades determinen si estas labores corresponden a actividades autorizadas y si se ajustan a las condiciones establecidas en los permisos y regulaciones ambientales vigentes.

La preocupación comunitaria radica en que cualquier modificación significativa del cauce o de las condiciones naturales del río podría generar consecuencias que trascienden el área inmediata de intervención. Diversos estudios sobre gestión de cuencas señalan que las alteraciones en los lechos fluviales pueden modificar patrones de sedimentación, aumentar procesos erosivos, afectar la estabilidad de las márgenes e incrementar la vulnerabilidad ante inundaciones o desbordamientos en determinados sectores.

Asimismo, los cambios en la dinámica natural de los ríos pueden repercutir sobre los ecosistemas asociados, afectar hábitats acuáticos y alterar procesos fundamentales para la conservación de la biodiversidad. La remoción excesiva de sedimentos o la modificación de las condiciones naturales del cauce pueden impactar la calidad del agua, la reproducción de especies y la capacidad del río para mantener sus funciones ecológicas.

Más allá del río: impactos sobre las comunidades

Las posibles afectaciones a un río no se limitan al deterioro de un ecosistema. Cuando un curso de agua pierde su equilibrio natural, las consecuencias suelen extenderse a la vida cotidiana de las comunidades que habitan su entorno. Por esta razón, las denuncias sobre alteraciones en cauces, extracción de materiales o degradación de las riberas deben ser comprendidas también como asuntos relacionados con la calidad de vida, la seguridad y los derechos de las personas.

Entre las posibles consecuencias se encuentran el aumento de procesos erosivos que pueden comprometer terrenos, caminos, puentes o infraestructura comunitaria. Asimismo, las modificaciones en la dinámica de los sedimentos y del flujo del agua pueden incrementar la vulnerabilidad frente a inundaciones, especialmente durante eventos de lluvia intensa cada vez más frecuentes en el contexto de la crisis climática.

Los impactos también pueden manifestarse en la pérdida de espacios de recreación, encuentro comunitario y vínculo cultural con los ríos. Para muchas comunidades, estos cuerpos de agua no son únicamente elementos del paisaje, sino parte de su historia, de su memoria colectiva y de sus formas de relación con el territorio.

A ello se suma una dimensión menos visible, pero igualmente importante: el desgaste que experimentan las personas que asumen la defensa de los bienes comunes. La necesidad de documentar posibles daños, presentar denuncias, asistir a reuniones y dar seguimiento a procesos institucionales suele implicar una carga significativa de tiempo, recursos y energía emocional. En muchos casos, las comunidades enfrentan largos periodos de incertidumbre mientras esperan respuestas de las autoridades competentes.

Por estas razones, prestar atención a las alertas que surgen desde los territorios resulta fundamental. Las denuncias comunitarias suelen constituir una de las primeras señales de posibles problemas ambientales y permiten activar mecanismos de prevención antes de que los daños alcancen niveles difíciles o imposibles de revertir. Escuchar a quienes viven junto a los ríos, conocen sus cambios y observan cotidianamente sus transformaciones constituye un elemento indispensable para la protección de los ecosistemas y para la construcción de una gestión ambiental más democrática y participativa.

Las personas vecinas afirman haber presentado denuncias ante distintas instancias y sostienen que la respuesta institucional ha sido lenta frente a la magnitud de las preocupaciones planteadas. Aunque reconocen que recientemente se habrían impulsado algunos mecanismos de seguimiento, consideran que resulta necesario fortalecer los procesos de inspección y fiscalización para esclarecer lo que está ocurriendo en el sitio.

En este contexto, la comunidad solicita que las instituciones competentes realicen evaluaciones técnicas independientes que permitan determinar si existe daño ambiental, establecer las posibles causas de las alteraciones observadas y definir las medidas de protección que correspondan. Asimismo, plantean la necesidad de que cualquier eventual responsabilidad, ya sea de empresas concesionarias, entidades públicas o actores particulares, sea investigada y determinada mediante los procedimientos legales y administrativos correspondientes.

Para quienes viven junto al río, la preocupación no se limita a una situación puntual. El caso refleja interrogantes más amplias sobre la capacidad de las instituciones para prevenir daños ambientales, garantizar una supervisión efectiva de las actividades extractivas y responder oportunamente a las alertas que surgen desde las comunidades.

Mientras continúan las gestiones y denuncias, las personas vecinas insisten en que la protección del río Pizote requiere transparencia, acceso a la información y una actuación diligente de las autoridades responsables, con el fin de evitar que posibles afectaciones ambientales se profundicen y generen consecuencias irreversibles para el ecosistema y las comunidades que dependen de él.

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Río Frío en alerta: comunidades denuncian décadas de extracción y proponen una zona de cuido

Las comunidades de Maquengal y Guatuso, junto al Grupo de Defensa de la Cuenca del Río Frío – Caño Negro, hicieron público un pronunciamiento en el que alertan sobre el estado crítico del Río Frío, tras más de cuatro décadas de extracción de materiales en su cauce.

Lejos de centrarse únicamente en aspectos técnicos o legales, el documento pone en el centro la experiencia territorial de quienes habitan la cuenca, señalando los impactos acumulativos de un modelo de desarrollo que ha transformado de forma profunda la dinámica del río. Entre los principales efectos identificados destacan la erosión de riberas, la pérdida de pozas, la sedimentación, la disminución del caudal y la profundización del cauce.

Estas transformaciones no son solo ambientales. Las comunidades advierten consecuencias directas sobre la vida cotidiana: limitaciones en el acceso al río, afectaciones a la ganadería y al turismo local, mayor vulnerabilidad ante inundaciones y deterioro de los humedales vinculados al Refugio Nacional de Vida Silvestre Caño Negro, del cual el río es su principal afluente.

Uno de los elementos más relevantes del pronunciamiento es la evidencia territorial recopilada en recorridos comunitarios. Según señalan, los tramos sin intervención se han reducido a fragmentos aislados: aproximadamente 800 metros hacia el Parque Nacional Tenorio y 1,6 kilómetros en dirección a El Jorón. Esta fragmentación revela que la afectación no es puntual, sino parte de un proceso continuo de transformación del río.

Además, el documento subraya la importancia estratégica de la cuenca para la seguridad hídrica del cantón. Entre el puente de San Rafael de Guatuso y el Parque Nacional Tenorio se ubican algunos de los principales mantos acuíferos de la zona, lo que refuerza la urgencia de proteger este territorio.

Las comunidades son claras: no se oponen al desarrollo, pero cuestionan un modelo que sacrifica los ríos y debilita las bases que sostienen la vida local. En su lugar, proponen fortalecer alternativas como el turismo rural comunitario, la producción local y la conservación.

En este marco, el pronunciamiento plantea la necesidad de abrir una discusión más amplia sobre el ordenamiento territorial y la gobernanza de la cuenca, señalando la ausencia de una visión integral que articule las decisiones institucionales con las dinámicas ecológicas y las necesidades comunitarias. Se insiste en la importancia de aplicar el principio precautorio y evaluar los impactos acumulativos antes de autorizar nuevas intervenciones.

Como propuesta concreta, las comunidades impulsan la creación de una zona de cuido del Río Frío, orientada a la restauración ecológica, el uso comunitario responsable y el desarrollo de alternativas económicas sostenibles. Esta iniciativa podría convertirse en un espacio piloto de gestión participativa de la cuenca.

El llamado a las instituciones es claro: reconocer la voz comunitaria, abrir espacios de diálogo no intimidantes, considerar una moratoria a la extracción de materiales y avanzar hacia decisiones basadas en la sostenibilidad y la justicia intergeneracional.

El pronunciamiento cierra con una afirmación que sintetiza su sentido político y ético: hablar hoy no es oponerse, es cuidar. Es asumir la responsabilidad colectiva de decidir qué tipo de desarrollo se quiere para el territorio y para las generaciones futuras.

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Cuando el río habla más fuerte que las carrozas: del lema a la acción en el Río Frío

Este texto es un aporte del Grupo Defensa de la Cuenca Río Frío – Caño Negro para invitar a la reflexión sobre la distancia que existe entre las buenas intenciones y las palabras frente a las acciones en territorios donde el extractivismo avanza y se intenta ocultar los daños que se producen.

El sábado 6 de diciembre, Guatuso se llenó de luces, música y celebración durante el Festival de la Luz. Entre las carrozas que recorrieron el centro del cantón, una llamó especialmente la atención: la de la ASADA de San Rafael, que llevaba el mensaje “El agua nace en la naturaleza, cuidemos sus raíces”.

Un lema necesario, inspirador y absolutamente cierto. Pero también un llamado que, en el contexto actual del Río Frío, exige algo más que aplausos y fotografías: exige coherencia.

Mientras las carrozas desfilaban, el Río Frío —uno de los afluentes vitales para la región— continúa enfrentando un proceso acelerado de deterioro. La pérdida de piedras en su cauce, la erosión, la desaparición de pozas y los impactos de la extracción de materiales muestran un panorama que contrasta con la imagen festiva. Aparte de la erosión, gran parte del río donde antes se podía acceder fácilmente por pequeñas rampas hoy presenta paredes de entre 7 y 8 metros. Esto preocupa profundamente a los vecinos que protegen el río, sobre todo porque la extracción actual se realiza a apenas un kilómetro del Parque Nacional.

La comunidad se pregunta con indignación: ¿dónde está la gran estima al Río Frío que el cantón celebra en su himno, en festividades y en nombres de salones, restaurantes y comercios? La ASADA cuenta con un salón de reuniones llamado Río Frío y un letrero frente al Banco Nacional que lo identifica, mientras restaurantes y comercios llevan su nombre como orgullo del pueblo. Sin embargo, frente a la realidad del cauce, estos símbolos parecen decorativos: un enorme muro intenta contener la furia del río cuando crece, mientras los daños se acumulan silenciosamente. Además, el río forma parte de un corredor biológico, la ruta de los Maleku, lo que suma valor ecológico a esta historia de degradación.

La mirada comunitaria es clara y profunda: el Río Frío, que alimentó familias, fue ruta de transporte y espacio de recreación, está siendo matado por la mano del hombre, la avaricia y la falta de conciencia ambiental. Durante casi 40 años, tanto la cuenca alta como la baja han sufrido extracción, dragado, pérdida de lagunas y humedales para dar paso a pastizales y cultivos de tubérculos. A pesar de ello, los grandes empresarios turísticos en las partes bajas aún explotan el río para turismo de lanchas, ignorando que su caudal está compuesto por nueve afluentes —Frío, Quéquer, Cote, Venado, Muerto, Samen, Treminio, Celeste, Quebradón, Pejibaye, Cucaracha y Venado— y que la sedimentación ha reducido drásticamente su flujo.

Los vecinos, con la ayuda de Kioscos Socioambientales de la UCR y redes sociales, saben que el río está en estado crítico, como si tuviera “metástasis” o se encontrara en etapa terminal. Ni todo el dinero del mundo, ni las instituciones que se presentan como protectoras del ambiente, pueden devolverlo a su estado original según la evidencia que arroja la Contraloría Ambiental. El daño al pueblo de Maquengal y sus alrededores es irreparable, y la tristeza y desaliento de ver cómo se pierde un río que los vio nacer es profundo y compartido.

¿Por qué tanto lema hacia el río, pero tan poca acción real para defenderlo?

El monitoreo comunitario confirma que el Río Frío está perdiendo su capacidad natural de autorregularse y su equilibrio ecológico. En los tramos intervenidos, la remoción de piedras ha provocado cambios profundos: el cauce se vuelve más angosto y, aunque transporta menos agua, las riberas se han hecho mucho más profundas, formando paredones de hasta 8 metros donde antes había rampas naturales. Este estrechamiento, sumado a la pérdida de estructura en el fondo del río, ha generado corrientes más fuertes y peligrosas, aumentando el riesgo de desbordes y representando una amenaza directa para Guatuso centro, especialmente en época lluviosa.

Allí donde la comunidad ha resistido la venta de terrenos o la entrada de maquinaria, el río se mantiene vivo; donde no, el daño es evidente. Muchos habitantes expresan una mezcla de desesperanza y falsa tranquilidad, como si el río fuera indestructible. Pero el deterioro observado demuestra lo contrario: el Río Frío sí puede desaparecer tal como lo conocimos.

El mensaje de la carroza —aunque valioso— debe convertirse en un punto de partida, no en un cierre decorativo. Guatuso necesita que sus instituciones, organizaciones y ASADAS asuman un rol activo y coherente en la defensa del Río Frío, promoviendo transparencia, vigilancia y una gestión responsable del agua como bien común. En un tiempo donde los lemas se iluminan en las calles, el desafío es lograr que también iluminen las decisiones.

Lo que el Festival no mostró, el río sí

La distancia entre los mensajes festivos y la realidad que vive el Río Frío nos recuerda por qué el monitoreo comunitario es tan necesario. Mientras los lemas invitan a cuidar el agua, el cauce muestra otra historia: desgaste, silencios institucionales y procesos extractivos que avanzan más rápido que la protección.

Hallazgos principales del monitoreo comunitario:

  • Desaparición progresiva de piedras en el cauce: las piedras grandes, medianas y pequeñas han disminuido significativamente en las partes bajas, mientras que en las zonas altas —donde la comunidad no ha permitido maquinaria ni venta de terrenos— aún se conservan.
  • Alteración profunda del cauce y debilitamiento del río: el cauce se ha desplazado hasta 80 metros y el fondo se ha llenado de material suelto, impidiendo la formación de pozas y remolinos.
  • Erosión acelerada y pérdida de estabilidad en las orillas: paredes de hasta 8 metros, suelos expuestos y vegetación ribereña en decadencia, afectando la seguridad de la comunidad.
  • Desaparición de pozas tradicionales y afectación a la vida silvestre: pozas como la Poza del Remolino han desaparecido o cambiado de lugar; la fauna acuática se desplaza hacia las partes altas, señal de un desequilibrio creciente.
  • Pérdida del espacio público y del paisaje comunitario: limita recreación, turismo local y convivencia.
  • Incongruencias con los informes técnicos: el Estudio de Impacto Ambiental de Maquengal minimiza los impactos, mientras la observación comunitaria evidencia daños acumulativos y sostenidos.
  • Fortaleza de la memoria y la observación comunitaria: la comunidad conserva la memoria de un río fuerte, sonoro y lleno de vida; su conocimiento es indispensable para la gestión de los bienes comunes.
  • Una historia de abandono y explotación sostenida: los vecinos recuerdan que durante casi 40 años, la cuenca alta y baja ha sufrido extracción, dragado, pérdida de lagunas y humedales para pastizales y cultivos de tubérculos. La institucionalidad, los concesionarios turísticos y la propia comunidad han visto cómo se degrada un río que alimentó familias, sirvió de transporte y fue espacio de recreación. Hoy, muchos temen que el Río Frío se encuentre en etapa terminal, víctima de la avaricia y la falta de conciencia ambiental.

Esta historia es larga, triste y educativa: un río que durante décadas alimentó familias, sirvió de ruta y espacio de encuentro, hoy nos recuerda que los lemas no bastan. Para el Río Frío, la coherencia, la vigilancia y la acción real son urgentes.

Grupo Defensa de la Cuenca Río Frío – Caño Negro

Diciembre, 2025

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Cuidando el río Frío: resultados del monitoreo comunitario en Maquengal – Sentires y Saberes

El programa Sentires y Saberes, del Observatorio de Bienes Comunes, el Programa Kioscos Socioambientales y el CIEP–UCR, volvió a la comunidad de Maquengal, en Guatuso, para recorrer el río Frío y escuchar a quienes más lo conocen: sus vecinas y vecinos. Durante casi ocho horas de caminata, compartieron recuerdos, preocupaciones y esperanzas frente al deterioro acelerado del cauce.

Lo que más preocupa a la comunidad

Yadira Campos, Minor Atencio y Emigdio Barrantes «Millo»  narraron su tristeza e indignación ante los daños que el río Frío sufre cada día: la disminución del caudal, el desvío del cauce, la erosión de las riberas y la desaparición de antiguos pasos y zonas recreativas.

También señalaron la falta de respuesta institucional, marcada por la indiferencia de la Setena y la municipalidad, así como la ausencia de visitas técnicas, pese a las reiteradas denuncias. Recordaron que una carta enviada al Presidente fue remitida al Ministro de Ambiente sin obtener respuesta, y que en otra ocasión, solo gracias a la insistencia, la fiscalía aceptó recibir una denuncia.

Para la comunidad, estos daños no solo afectan la biodiversidad, sino también la vida cotidiana, la seguridad de las viviendas y la posibilidad de disfrutar de actividades recreativas o turísticas.

Síntesis del monitoreo comunitario

El recorrido cubrió desde la antigua concesión en la finca de Fernando Murillo hasta Maquengal, alrededor de unos 7 kilómetros. Algunos de los hallazgos más críticos incluyen:

  • -Extracción intensiva de material y dragados que desvían el cauce.

  • -Pérdida de vegetación ribereña, que agrava la erosión.

  • -Profundización del lecho y disminución del caudal, con muerte de hábitats acuáticos.

  • -Afectaciones a propiedades vecinas, actividades agropecuarias y pérdida de tierra.

  • -Destrucción del acceso comunitario al río, antes usado como espacio recreativo.

La comunidad insistió en la urgencia de que las instituciones realicen inspecciones presenciales, consulten a quienes habitan la zona y detengan nuevas concesiones cerca del Parque Nacional Tenorio.

Escuchar para acompañar

El diálogo con las vecinas y vecinos de Maquengal no solo documenta los impactos del extractivismo, sino que también muestra la resistencia y organización de una comunidad que defiende su río como un bien común.

🎧 Acompañá estas voces y escuchá el audio completo: desde Guatuso, siguen cuidando la vida del río Frío.

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Ríos y montañas en riesgo: la huella de la extracción de materiales pétreos

La extracción de materiales pétreos —arena, grava, caliza, basalto, arcillas, entre otros— es una de las actividades extractivas más extendidas en el planeta. Estos insumos son la base de la industria de la construcción y de múltiples procesos industriales: desde el cemento y el concreto hasta la fabricación de vidrio, cerámica e incluso componentes tecnológicos.

Aunque forman parte de nuestra vida cotidiana, la magnitud de su extracción suele pasar desapercibida. A nivel global, la demanda de materiales pétreos crece sin pausa, impulsada por la urbanización y las infraestructuras que sostienen el modelo de desarrollo actual. La arena, por ejemplo, es el recurso más utilizado del mundo después del agua.

La expansión de una actividad silenciosa

El crecimiento urbano y el desarrollo tecnológico han disparado la extracción de materiales pétreos en ríos, montañas y planicies. Esta actividad combina prácticas de minería terrestre y fluvial, utilizando maquinaria pesada, voladuras con explosivos y dragas que remueven los sedimentos del lecho de los ríos.

Su presencia es visible en las cicatrices abiertas sobre el paisaje: canteras que reemplazan bosques, cauces alterados que se desvían o se secan, y suelos que pierden toda capacidad de regeneración. Las imágenes satelitales y los estudios más recientes muestran que los bancos de material —tanto terrestres como fluviales— se multiplican sin que exista una fiscalización efectiva o una planificación integral que evalúe sus consecuencias.

Impactos visibles y ocultos

La extracción de materiales pétreos transforma ecosistemas enteros. En tierra, genera deforestación, pérdida de suelos fértiles y alteración de la topografía, afectando la capacidad del terreno para retener agua y regular el clima. En ríos y cuerpos de agua, modifica los cauces naturales, aumenta la turbidez y destruye los hábitats de peces y microorganismos.

El dragado intensivo reduce los niveles de agua subterránea y altera la dinámica de los deltas y estuarios. Estas transformaciones favorecen la erosión costera, agravan la pérdida de biodiversidad y debilitan los mecanismos naturales de protección frente a tormentas y marejadas.

A ello se suman impactos menos visibles, pero igualmente graves: contaminación acústica y atmosférica, fragmentación del paisaje y emisiones asociadas a la industria del cemento, que contribuyen de forma significativa al cambio climático.

Gobernanza débil y expansión sin control

La normativa en torno a la extracción de materiales pétreos es, en la mayoría de los países, ambigua, dispersa y débilmente aplicada. Los permisos se tramitan como simples gestiones administrativas, sin que existan mecanismos eficaces de fiscalización ni seguimiento.

El resultado es un modelo extractivo sin control: muchos bancos de material operan en condiciones irregulares o ilegales, sin planes de restauración ambiental, sin participación de las comunidades y con escasa transparencia. Las instituciones encargadas de regular la actividad suelen carecer de coordinación, generando vacíos legales que facilitan la expansión de la minería no metálica.

Los costos recaen en los territorios y comunidades

Si bien la extracción de materiales responde a la demanda de las ciudades y a las dinámicas del mercado, los costos ambientales y sociales recaen en los territorios donde se realiza.

Las comunidades que habitan cerca de los bancos de extracción enfrentan pérdida de suelos agrícolas, contaminación del aire por polvo en suspensión y alteración de sus fuentes de agua. En los casos de extracción fluvial, el desvío de cauces y la eliminación de vegetación ribereña provocan inundaciones, sequías y desplazamientos de población.

A esto se suma un daño menos visible: la pérdida de vínculos culturales con el territorio. Los ríos y montañas degradados dejan de ser espacios de vida, identidad y espiritualidad, convirtiéndose en zonas de desecho o abandono.

La inequidad es estructural: las ganancias se concentran en los centros urbanos y en las empresas que abastecen la industria de la construcción, mientras las comunidades locales cargan con la degradación ambiental y los riesgos a la salud. Esta asimetría convierte la extracción en un problema de justicia socioambiental que exige nuevos marcos éticos y políticos.

Un reto urgente

La extracción de materiales pétreos es un engranaje silencioso del modelo de desarrollo global. Su omnipresencia en la vida moderna —en las carreteras, edificios, pantallas y vidrios— nos recuerda que la comodidad urbana tiene un costo oculto: la destrucción de ecosistemas y la vulnerabilidad de comunidades enteras.

Repensar esta actividad no implica detener el progreso, sino reconocer los límites del planeta y construir alternativas que prioricen la regeneración de los territorios, la transparencia y la participación ciudadana.
Dejar de ver como “normal” la muerte de los ríos o la desaparición de las montañas es el primer paso para imaginar un futuro distinto.

Cuando los ríos dejan de ser ríos

Los lugares donde antes corría el agua, donde las familias se reunían a bañarse o a pescar, se han transformado en canteras abiertas y espacios prohibidos. Allí donde antes había vida, ahora hay polvo, maquinaria y ruido. Este cambio va más allá del daño ecológico: implica la pérdida de los ríos y montañas como espacios públicos y de encuentro social.

Cuando un cauce se convierte en un sitio de extracción, desaparece también su dimensión simbólica y afectiva. El río deja de ser un lugar de paseo, de juego, de contemplación, para volverse una zona cercada, peligrosa o simplemente desolada. El paisaje pierde su capacidad de inspirar pertenencia y se vuelve un vacío industrial.

Esa transformación erosiona el tejido comunitario. Los niños ya no crecen jugando cerca del agua, las fiestas locales desaparecen, los caminos se cierran. Los espacios que antes servían para el descanso o el trabajo compartido se transforman en territorios de uso privado, donde la lógica extractiva reemplaza la del bien común.

Esta pérdida de lo público y lo común es también una pérdida cultural. Los ríos y montañas son parte de la memoria y la identidad colectiva; en ellos se inscriben historias, creencias y prácticas que definen la relación de las comunidades con su entorno. Cuando son reducidos a minas o bancos de material, se rompe el vínculo entre la gente y su territorio, y con ello, la posibilidad de imaginar formas más sostenibles de habitar el mundo.

Dejar de ver a los ríos como simples fuentes de materia prima es reconocerlos nuevamente como espacios de vida, encuentro y derecho colectivo. Recuperar esa mirada es, quizás, el primer paso hacia una verdadera justicia ambiental.

Extracción de materiales pétreos: panorama de México y la región latinoamericana
AspectoMéxico (Informe Ríos y montañas en riesgo, 2024)Tendencias regionales en América Latina y el Caribe
Cantidad de sitios de extracciónMás de 10,000 bancos identificados (activos, abandonados o en expansión).En la mayoría de países no existen registros integrales; subregistro estimado >60%.
Superficie afectadaMás de 73,000 hectáreas, especialmente en cuencas del centro y sur del país.Extensión desconocida en muchos países; se estima cientos de miles de hectáreas degradadas.
Materiales extraídosArena, grava, caliza, basalto, arcillas y tobas volcánicas.Predominan arena, grava y caliza en zonas costeras y fluviales.
Zonas más afectadasCuencas del Valle de México, Huasteca Potosina, ríos Atoyac y Papaloapan, y región del Balsas.En Centroamérica, riberas de ríos como Tempisque, Lempa y Choluteca; en el Caribe, zonas costeras y manglares.
Principales impactos ambientalesAlteración de cauces, erosión, pérdida de suelos fértiles, deforestación y pérdida de biodiversidad.Erosión costera, contaminación del agua, sedimentación excesiva, pérdida de hábitats ribereños.
Impactos socialesContaminación por polvo y ruido, afectación a la agricultura, conflictos territoriales, pérdida de espacios públicos.Desplazamiento de comunidades, afectación a pesca artesanal y turismo, desigualdad territorial.
Nivel de regulaciónMenos del 25% de los bancos cuentan con permisos o evaluaciones ambientales.Regulación fragmentada y débil; alto nivel de informalidad e ilegalidad.
Motivos de expansiónUrbanización, obras de infraestructura y demanda de la industria de la construcción.Urbanización acelerada, megaproyectos turísticos y obras viales (carreteras, puertos, represas).
Dimensión culturalRíos y montañas convertidos en canteras, pérdida de su valor simbólico y comunitario.Procesos similares: pérdida de ríos como espacios de encuentro, recreación y memoria.
Desafío centralRevertir la normalización del deterioro ambiental y garantizar justicia socioambiental.Integrar la defensa de los ríos y montañas como bienes comunes en políticas públicas y ciudadanas.
Reseña del informe

El informe “Ríos y montañas en riesgo: una mirada crítica a la extracción de materiales pétreos en México”, elaborado por Manuel Llano, Carla Flores Lot y Carlos Carabaña (CartoCrítica y Fundación Heinrich Böll, 2024), constituye uno de los estudios más exhaustivos sobre una de las actividades extractivas más invisibilizadas: la minería no metálica o de materiales pétreos.

Lejos de la atención mediática que suele tener la minería metálica, la extracción de arena, grava y piedra avanza silenciosamente por todo el territorio, dejando tras de sí profundas huellas ambientales y sociales. El informe parte de un esfuerzo cartográfico sin precedentes: la identificación y georreferenciación de más de 10,000 sitios de extracción —tanto en superficie terrestre como en cauces fluviales—, que revelan la magnitud del fenómeno y su distribución prácticamente nacional.

A lo largo de siete capítulos, los autores analizan los tipos de materiales y métodos de extracción, los impactos ambientales y sociales asociados, el marco legal fragmentado que permite la expansión de la actividad, y una serie de casos concretos que muestran las consecuencias de décadas de explotación descontrolada. Entre ellos destacan los bancos de la Huasteca potosina, el río San Rodrigo en Coahuila y el río La Sierra en Tabasco, donde las montañas y cauces han sido transformados hasta perder su función ecológica.

El documento señala que esta minería, indispensable para el cemento, el vidrio o el asfalto, opera con una regulación débil, dispersa y en gran medida ausente. La falta de vigilancia y de rendición de cuentas ha convertido vastos territorios en zonas degradadas, mientras las ciudades continúan demandando recursos para su expansión.

La investigación pone de manifiesto un patrón de injusticia territorial y ambiental: los beneficios se concentran en los sectores urbanos e industriales, mientras los costos recaen sobre las comunidades rurales, campesinas e indígenas, que ven afectadas sus fuentes de agua, sus suelos y sus modos de vida.

Más que un estudio técnico, Ríos y montañas en riesgo es una denuncia documentada y un llamado urgente a detener la normalización del deterioro. Con datos, mapas y ejemplos precisos, ofrece una mirada integral que combina ciencia, política y ética ambiental, recordando que el progreso material no puede sostenerse sobre la destrucción de los ecosistemas que nos sostienen.

Puede descargar el informe aquí.

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¿Vale la pena defender el Río Frío? El Río Frío habla a través de su gente

Este video recoge las voces de vecinas y vecinos de Maquengal (Guatuso), quienes denuncian la devastación causada por la minería no metálica: pérdida de acceso al río, afectaciones en la ganadería, el turismo y un abandono institucional que profundiza la crisis.

La comunidad recuerda cómo el 2 de agosto se organizó para firmar una denuncia pública que respalda esta lucha. Lo que les sostiene es claro: la fuerza de la organización, la defensa del territorio y la convicción de que solo con incidencia política su voz será escuchada.

El Grupo de Defensa de la Cuenca del Río Frío – Caño Negro insiste: proteger el río es proteger la vida, la cultura y el futuro.

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Del turismo al extractivismo: el Río Frío entre la belleza y la cantera

Guatuso se ha posicionado en la última década como un destino de gran atractivo turístico. Lugares como el Río Celeste en el Parque Nacional Volcán Tenorio, el emblemático Árbol de la Paz y el territorio indígena Maleku han sido presentados como símbolos de biodiversidad, cultura viva y belleza escénica. En esa misma línea, el Río Frío aparecía como un bien natural clave para fortalecer el turismo rural comunitario y articular experiencias de naturaleza y cultura. Sin embargo, como se mostrará en este artículo, la política actual del cantón amenaza con borrar ese potencial: el Río Frío se encuentra hoy bajo la presión de la minería no metálica, una actividad que destruye su belleza y pone en riesgo la vida comunitaria que lo rodea.

Durante años, el Río Frío en Guatuso fue imaginado como un eje de desarrollo turístico comunitario. Investigaciones académicas y planes institucionales lo presentaban como un territorio con potencial para la recreación, la navegación hacia Caño Negro, la conexión con la cultura Maleku y la promoción del turismo rural (Zumbado-Morales & Mesén-Leal, 2018). Sin embargo, ese futuro hoy parece desdibujarse bajo el ruido de las máquinas y la huella de la minería no metálica (Observatorio Bienes Comunes UCR, 2025a).

La contradicción es evidente: mientras desde el discurso oficial se insistía en la importancia de gestionar la cuenca de forma integral para impulsar un turismo sostenible (Zumbado-Morales & Mesén-Leal, 2018), la práctica ha derivado en la concesión de permisos para extraer materiales directamente del cauce. Lo que antes eran isletas llenas de árboles centenarios, aves y espacios de pesca, ahora se transforma en paredones erosionados, aguas turbias y caminos comunitarios convertidos en rutas para vagonetas (Observatorio Bienes Comunes UCR, 2025b). Ya es evidente, incluso para quienes viven a orillas del río, cómo la pendiente del cauce se ha incrementado y con ello la fuerza de las aguas, aumentando el riesgo de inundaciones.

Este modelo de “desarrollo” no solo degrada el ecosistema: también desconoce y margina a las comunidades locales. Los estudios ambientales aplicados a las concesiones relegaron la consulta a sectores distintos, dejando por fuera a las personas de Maquengal, quienes reciben el impacto directo del polvo, el ruido, la alteración del cauce y la amenaza a sus fuentes de agua (Observatorio Bienes Comunes UCR, 2025a). La consulta se convirtió en trámite, no en un proceso de participación real y protagónica.

La oportunidad que se perdió

Lo que se pierde no es únicamente un paisaje atractivo, sino la oportunidad de consolidar un turismo de río donde ya se practicaban actividades como tubing y kayak. Se pierden ingresos familiares, posibilidades de empleo en proyectos de turismo rural comunitario y, con ello, un camino alternativo de desarrollo que buscaba armonizar la economía con el respeto al territorio. Como bien señalan habitantes de la zona: “¿Quién va a querer visitar un lugar donde lo que se oye es maquinaria y lo que se ve es un río herido?” (Observatorio Bienes Comunes UCR, 2025a).

La imagen verde de Guatuso atrajo durante años a visitantes internacionales interesados en el turismo de naturaleza y cultura. El Río Frío aparecía como un lugar privilegiado para la recreación, la pesca, la navegación hacia Caño Negro y el encuentro con la cultura Maleku. Sin embargo, esa promesa se fue desvaneciendo. Hoy quienes regresan al lugar no encuentran el río sereno que esperaban, sino un paisaje herido: árboles arrastrados por inundaciones, aguas turbias, pozas secas y peces ausentes. La oportunidad de construir un turismo rural comunitario fuerte y sostenible se perdió bajo el ruido de la maquinaria y la extracción de materiales. Como advirtieron visitantes extranjeros: “Los animales y plantas no tienen voz, pero sus desapariciones son silenciosas y permanentes”.

Testimonios que hablan del río

Las voces de la comunidad y de visitantes internacionales dan cuenta del profundo impacto que deja la minería en el Río Frío. Desde Europa llegan advertencias:

“Casi todos los ríos se abrieron al uso comercial. ¡La contaminación y la explotación se llevaron al máximo! La flora y fauna fueron desplazadas y los suelos agrícolas perdieron su fertilidad. Hoy los países europeos dependen de la importación de alimentos y muchos niños ya no saben lo que comen. Esta explotación fluvial es solo el principio. ¡Más tarde nadie recordará lo que pasó antes! ¡Es hora de actuar, mañana puede ser demasiado tarde!”

La preocupación también se refleja en la vida local:

“El daño que hace la gente sacando material de arriba es enorme: el material grande se levanta y la arena se viene para abajo, tapando todas las pozas. Los pescados ya no están, el río se seca y en las noches el agua se mantiene sucia.”

“Este era un río con guapotes, mojarras rayadas y roncadores. Hoy ya no hay nada, porque lo desviaron y le quitaron todas las vueltas. En verano se seca, cosa que nunca pasaba antes. Eso es un daño que ya difícilmente se podrá revertir.”

“Ya y usted cruza ese río Frío hacia abajo y antes era hondo. Ahora está lleno de sedimento, las pozas se secan y el agua baja turbia. Además, hubo un derrame de aceite que contaminó aún más. Antes uno iba y sacaba unas machacas; ahora no hay nada. Algo está pasando con el río y tiene que detenerse.”

“Nosotros crecimos bañándonos en este río, jugando en las pozas, pescando para la comida de la familia. Hoy llevamos a los niños y ya no encuentran nada de eso. ¿Qué futuro les dejamos si el río solo es ruido de vagonetas y agua sucia?”

“Dicen que la minería da trabajo, pero ¿a quién? Aquí la mayoría seguimos igual de pobres, pero ahora sin río, sin pesca y con miedo a que la casa se inunde cuando llueve fuerte.”

“Cada árbol que se pierde en la orilla es un recuerdo que se borra. Había ceibos enormes, donde anidaban y descansaban las garzas. Ahora lo que queda es tierra pelada y un río que corre con furia.”

“El turismo nos daba esperanza: gente que venía a conocer nuestra cultura Maleku, a caminar por el río, a escuchar nuestras historias. ¿Quién va a querer venir ahora, a ver un río destruido? Eso no es desarrollo, es retroceso.”

“La consulta que hicieron no nos tomó en cuenta. Llegaron con papeles ya listos, pero nunca preguntaron a quienes vivimos aquí al lado del río. Nos sentimos invisibles, como si nuestra voz no valiera.”

“Cuando uno ve cómo se llevan la arena y la piedra, piensa que se están llevando pedazos de nuestra vida. No es solo tierra, es la historia, la comida, el agua de nuestras familias.”

“Hemos visto cómo el agua baja con más fuerza. Antes las crecidas eran manejables, ahora cada invierno tememos que se nos meta a las casas. Es como si la naturaleza estuviera gritando que ya no aguanta más.”

“No somos enemigos del progreso, queremos trabajo y oportunidades, pero no a costa de perder el río. El progreso que nos ofrecen es pan para hoy y hambre para mañana.”

Finalmente, algunos testimonios interpelan directamente a la población de Guatuso:

“¿Qué clase de habitantes somos, que hemos entregado nuestros bienes comunes —el río, los humedales, las montañas— a piñeras, tubérculos, hoteles y extractoras? ¿Será que nos invade el temor o el amor al dinero fácil? Al paso que vamos, los atractivos turísticos de Guatuso serán apenas un recuerdo del pasado.”

“Yo pienso que la unión hace la fuerza. Tenemos que organizarnos para detener esto, porque si no lo paramos ahora, después será demasiado tarde.”

Afligidos e indignados

El dolor de la comunidad se palpa en cada relato. Una vecina describe: “Ayer fuimos y contamos los árboles. No lo pudimos marcar todos porque se nos acabó la pintura, pero llegamos a marcar 40 árboles de diferentes especies. Verlos en riesgo duele mucho”. Otro testimonio refleja la mezcla de esperanza y tristeza: “Cuando vi que salieron las máquinas me contenté, pero al ver que volvían otra vez, me puse tan triste que hasta me dieron ganas de llorar”.

La indignación también se dirige a la ineficacia institucional: “Nos sentimos como una comunidad huérfana. Las leyes de Costa Rica aquí no valen nada, parecen estar únicamente para los grandes. Ni la policía ni el OIJ llegan; las instituciones se tiran la pelota entre ellas. Un día dicen que es geología, otro que es biología o que es la Dirección de Aguas, y al final nadie responde”.

A esto se suma la preocupación por posibles irregularidades en los permisos: vecinas y vecinos señalan que se habrían concesionado propiedades privadas, como presuntamente ocurrió en una finca de Maquengal donde se mencionan tres hectáreas afectadas. “¿Cómo es posible que alguien reciba un permiso para explotar un terreno que ni siquiera es del Estado? Eso nos preocupa mucho”, advierten.

Comunidades como última defensa

El Río Frío hoy se debate entre ser un espacio de vida o un campo de extracción. En este dilema, las comunidades ribereñas han asumido el rol que las instituciones han abandonado: el de defensa del bien común. Son ellas quienes levantan la voz, documentan los daños y resisten el aislamiento social que provoca la imposición de concesiones.

La experiencia de Guatuso muestra con crudeza cómo la irresponsabilidad institucional erosiona la confianza social y normaliza la degradación ambiental.

Cuando la consulta se convierte en formalidad, la vida cotidiana de las personas que habitan el río queda invisibilizada. Y cuando se ignora esa vida, también se ignora la memoria, los vínculos y la dignidad de quienes han convivido con el río por generaciones.

Defender el Río Frío no es solo un acto de resistencia local, es una advertencia nacional. Si las instituciones no asumen en serio su responsabilidad, serán las comunidades las que, una vez más, queden como la última línea de defensa ante un modelo de desarrollo que confunde progreso con saqueo. Desde Maquengal observan con preocupación que, si esto continúa, se acerca el día de una inundación que no será fácil de superar.

Este video muestra cómo la maquinaria utilizada en la minería de río ha transformado Maquengal, un área que antes era un espacio de recreo y encuentro comunitario. Los impactos acumulados —desde la alteración del cauce, la contaminación y la pérdida de biodiversidad, hasta la desaparición de zonas seguras para el disfrute— revelan el costo social y ambiental del extractivismo en los territorios.

Referencias

Observatorio Bienes Comunes UCR. (2025a, agosto 11). Hablemos de supuestos: ¿y si un río usado para recrearse se convirtiera en una zona de extracción?. Observatorio Bienes Comunes. https://bienescomunes.fcs.ucr.ac.cr/2025/08/11/

Observatorio Bienes Comunes UCR. (2025b, agosto 7). Isletas bajo amenaza: el extractivismo arrasa con árboles centenarios en el Río Frío. Observatorio Bienes Comunes. https://bienescomunes.fcs.ucr.ac.cr/2025/08/07/

Observatorio Bienes Comunes UCR. (2025c, agosto 6). La voz del río: comunidades de Guatuso alertan sobre las nuevas amenazas al Río Frío. Observatorio Bienes Comunes. https://bienescomunes.fcs.ucr.ac.cr/2025/08/06/

Zumbado-Morales, Félix, & Mesén-Leal, Roger. (2018). Gestión de cuencas y turismo: Caso de la cuenca del Río Frío, Guatuso, Costa Rica. Economía, Sociedad y Territorio, 18(56), 141–163. https://doi.org/10.22136/est20181110

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La voz del río y el silencio de los estudios: ¿quién protege a Maquengal?

Vecinas y vecinos de Maquengal y San Luis de Upala, junto con cinco personas de Guatuso, se reunieron en Maquengal el pasado 3 de agosto, expresaron su profunda preocupación ante la reciente concesión para la extracción de materiales en el Río Frío. Mientras los documentos oficiales presentan a Maquengal como un caserío marginal, citando una escuela y un poblado, casi de paso, la realidad vivida por la comunidad revela otra historia: un territorio vivo, organizado y profundamente ligado a su río.

Lo que dice el Estudio de Impacto Ambiental (EsIA)

El EsIA del proyecto CDP Río Frío sostiene que:

  • La consulta a 31 personas refleja opiniones divididas y concluye que “no se prevé conflicto social significativo”.

  • El uso recreativo y turístico del río es secundario, reconocido solo por un 25,8% de las personas encuestadas.

  • Maquengal es descrito como un pueblo pequeño, con casas aisladas y servicios básicos mínimos.

  • La escuela cercana y los caminos comunales apenas son mencionados.

  • Los impactos sociales se limitan a variables como empleo, tránsito y servicios básicos, concluyendo que el proyecto no modificará los indicadores sociales y culturales de la zona.

  • Pueden descargar los documentos aquí.

Maquengal es descrito como un pueblo pequeño, con casas aisladas y servicios básicos mínimos; para este estudio se presenta prácticamente como un caserío, casi un pueblo fantasma, situación que indigna a las personas vecinas.

¿Caserío o pueblo? La manera en que se nombra también despoja

El EsIA clasifica a Maquengal como un simple “caserío”, casi un punto de paso sin relevancia, con pocas viviendas y servicios limitados. Esa definición técnica no es inocente: cuando un territorio se reduce a la categoría de caserío, se minimiza el valor de la vida que late en él.

Para quienes viven allí, Maquengal no es un punto en un mapa ni una suma de casas dispersas. Es un pueblo con historia, arraigo y vínculos colectivos. Ahí se han formado familias, se han criado generaciones y se han tejido relaciones de solidaridad. El río ha sido siempre el eje de esas vidas: lugar de recreación, de trabajo, de encuentro y de identidad.

Nombrar a Maquengal como caserío es una forma de desvalorización simbólica: sugiere que lo que ocurra ahí importa menos que en otros lugares, que sus habitantes no tienen el mismo derecho a decidir sobre su entorno, que sus afectaciones son menores porque se trata de “pocos habitantes”. Sin embargo, cada familia, cada niña y cada adulto que ha hecho su vida en torno al Río Frío sabe que ese espacio es mucho más que un caserío: es comunidad, es pueblo, es territorio vivido.

Lo que vive y denuncia la comunidad

El contraste con la realidad es contundente. En el conversatorio, las personas vecinas dieron sus testimonios que:

  • No hubo información ni consulta previa. “Nos enteramos cuando ya era un hecho”, relataron las personas.

  • El río es espacio de vida, recreación y cultura, donde generaciones han convivido y compartido.

  • El camino público que daba acceso al río fue tomado por maquinaria pesada, cerrando un espacio de recreación y generando riesgos para la comunidad y la Escuela Palmital, ubicada a 400 metros.

  • Los impactos son acumulativos: inundaciones más frecuentes, pérdida de cultivos, deterioro de caminos, reducción de caudal, desaparición de oportunidades de turismo comunitario y afectación al paisaje.

  • El daño no es solo ambiental, también es económico, social y cultural: se pierden ingresos familiares, empleos potenciales y proyectos de vida alternativos.

Un contraste que revela exclusión

El análisis comparativo muestra un patrón preocupante:

  • El EsIA minimiza la dimensión social y cultural, reduciendo el valor del río a un recurso de extracción.

  • La comunidad, en cambio, lo entiende como su futuro colectivo y su identidad.

  • Al no reconocer seriamente el uso recreativo, el turismo rural y la seguridad de la comunidad, se invisibiliza la verdadera magnitud de los impactos.

Más allá de Maquengal

Este caso no es aislado. Forma parte de un modelo de concesiones mineras en cauces públicos que prioriza los beneficios privados sobre los bienes comunes. Cuando lo social se relega a un apéndice técnico, se debilitan derechos fundamentales como la participación ciudadana y la consulta informada.

La insensibilidad institucional: cuando el desarrollo se mide sin comunidad

El problema no solo está en el documento, sino también en la insensibilidad con que profesionales e instituciones lo validan. El EsIA del CDP Río Frío fue elaborado por especialistas acreditados y revisado por instancias como SETENA y la Municipalidad de Guatuso, que terminaron avalando percepciones reducidas de la realidad.

Que un estudio presente a Maquengal como un caserío menor, que minimice la cercanía de una escuela y que reduzca el río a un recurso económico, refleja no solo un sesgo técnico, sino también un desprecio hacia la vida comunitaria.

La institucionalidad ambiental y municipal, al aprobar estos enfoques, reproduce un modelo de desarrollo que prioriza el beneficio privado sobre el bienestar colectivo. Se habla de empleos temporales, de “aprovechamiento de recursos” y de supuestas mejoras en infraestructura, pero se calla el costo real: la pérdida de un espacio de encuentro, la amenaza a la seguridad de niñas y niños, la frustración de proyectos de turismo rural y la erosión de la identidad cultural.

¿Qué desarrollo es este? ¿Qué le dejo la municipalidad a Maquengal? 

La respuesta es corta, destrozos.

Sin embargo, la pregunta que surge es inevitable: ¿qué tipo de desarrollo se impulsa cuando se ignora la voz de las comunidades?

  • Un desarrollo que destruye caminos públicos para abrir paso a maquinaria pesada.

  • Un desarrollo que reduce un río a cantera, invisibilizando su valor cultural y recreativo.

  • Un desarrollo que erosiona alternativas sostenibles como el turismo comunitario.

Este no es un desarrollo que fortalece comunidades ni que respeta los bienes comunes. Es un modelo extractivo que vende como progreso lo que en realidad es despojo.

La voz del río

Las comunidades de Maquengal lo tienen claro: “El río no se vende, se defiende”. Su lucha no es solo ambiental, es también por el respeto a la vida comunitaria, la cultura y la posibilidad de un desarrollo sostenible y justo.

La promesa autocumplida: cuando la indiferencia convierte en realidad lo que hoy se niega

Lo más doloroso de esta historia es la posibilidad de que la definición de caserío que hoy se impone desde un Estudio de Impacto Ambiental termine haciéndose realidad. Si persiste el desinterés de autoridades municipales, más preocupadas por ingresos rápidos que por el bienestar de sus comunidades, y si continúa la apatía de ciertos sectores vecinos, que no ven el valor del río hasta que ya es demasiado tarde, Maquengal corre el riesgo de convertirse en lo que los informes dicen que ya es: un caserío sin vida comunitaria, reducido a casas dispersas alrededor de un cauce herido.

La minería no metálica, con su ruido, polvo y maquinaria, no solo transforma el paisaje y el río. También erosiona silenciosamente los vínculos sociales, las oportunidades económicas sostenibles y el orgullo de pertenecer a un pueblo con historia. Bajo este modelo extractivo, el futuro no es el de un pueblo fuerte y organizado, sino el de un caserío debilitado, marginado y dependiente.

Así, la indiferencia y el interés económico fácil abren paso a una profecía autocumplida: la que convierte un pueblo con identidad en un caserío sin horizonte.

De todo esto queda el sentir de las personas defensoras del Río Frío, que expresan con claridad su indignación y preocupación: 

“Nosotros vemos que en el estudio ponen a Maquengal como si fuera un caserío despoblado, casi sin vida, y eso nos duele. Hablan de una escuela y de un lugar vacío, como si aquí no hubiera comunidad. También queremos dejar claro que, aunque hemos buscado apoyo en Guatuso, la verdad es que solo dos personas nos han acompañado en este proceso; en general no hemos recibido respaldo.

Lo que más nos preocupa es que un día suceda una tragedia con la tierra y el río, porque ya hemos advertido de los riesgos y no hemos sido escuchados. Hemos tenido el mínimo apoyo, pero nuestra voz queda como testimonio: si algo pasa, será porque no quisieron escuchar lo que hemos venido diciendo.”