Ivan Illich en su primer cumpleaños en Cuernavaca corregida

Cien años de Illich: las preguntas que todavía incomodan

¿Qué ocurre cuando aquello que fue creado para ayudarnos termina organizando nuestra vida? ¿Cuándo una herramienta deja de estar a nuestro servicio y comenzamos a estar al servicio de ella? ¿Qué capacidades hemos dejado de ejercer porque aprendimos a depender de instituciones, servicios o expertos?

A cien años del nacimiento de Iván Illich (1926–2002), más que recuperar una figura para convertirla en monumento, podemos hacer algo distinto: volver a sentarnos con su obra y dejar que sus preguntas nos incomoden. Desde el Observatorio de Bienes Comunes proponemos una Sobremesa con Iván, no como una clase sobre un autor ni como un recorrido destinado a ordenar definitivamente su pensamiento, sino como una invitación a encontrarnos con sus preguntas, ponerlas en diálogo con nuestra experiencia y permitir que abran nuevas conversaciones.

Hay algo particularmente sugerente en esta forma de conmemorar un centenario. En lugar de preguntarnos solamente qué pensó Illich, qué conceptos desarrolló o cuáles de sus ideas continúan siendo reconocidas, podemos preguntarnos qué hace todavía su pensamiento cuando lo ponemos en contacto con nuestro presente. Porque quizá su vigencia no consista en ofrecernos respuestas que podamos trasladar mecánicamente a los problemas actuales, sino en ayudarnos a recuperar una disposición crítica: sospechar de aquello que aparece como natural, necesario o inevitable y preguntarnos cómo llegó a ser así, quién decidió que debía organizarse de esa manera y qué otras posibilidades fueron quedando fuera.

Un pensamiento que incomoda

Iván Illich fue un pensador y crítico social nacido en Viena cuya trayectoria intelectual se desarrolló en buena medida desde América Latina. En los años sesenta fundó en Cuernavaca, México, el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), un espacio de encuentro y reflexión sobre educación, cultura y transformación social. Su obra cuestionó algunas de las certezas sobre las que se organizan las sociedades modernas y dirigió una mirada especialmente crítica hacia las instituciones cuando estas, en lugar de ampliar las capacidades de las personas, terminan generando dependencia y definiendo las condiciones bajo las cuales aprendemos, vivimos y nos relacionamos.

En La sociedad desescolarizada, Illich puso en discusión la identificación entre aprendizaje y escolarización; en La convivencialidad exploró la relación entre herramientas, instituciones y autonomía; y en otros trabajos examinó los procesos mediante los cuales actividades y capacidades de la vida cotidiana pueden ser progresivamente desplazadas hacia instituciones profesionales y sistemas especializados. Conceptos como desescolarización, convivencialidad, autonomía y límites permiten acercarse a ese pensamiento, pero también pueden convertirse en una trampa si los tratamos como respuestas acabadas.

Por eso, acercarnos a Illich implica algo más que recuperar sus ideas: supone mirar aquello que esas ideas nos permiten ver y, al mismo tiempo, aquello que no alcanzan a explicar. El propio documento Sobremesa con Iván parte de esta diferencia entre aprender sobre Illich y aprender con Illich: una herramienta de pensamiento tiene sentido cuando nos permite hacer algo con ella, cuando abre una posibilidad de mirar nuestra propia experiencia, y no cuando simplemente la admiramos o la repetimos.

De las ideas a las prácticas

Aquí aparece una cuestión que nos interesa especialmente: la relación entre pensamiento, práctica y ética. Hablar de autonomía, libertad, convivencia o capacidad comunitaria puede resultar relativamente sencillo; lo más exigente es preguntarnos si nuestras propias formas de relacionarnos hacen posible aquello que defendemos.

Esta tensión nos obliga a mirar también hacia nuestros propios espacios. Podemos cuestionar el autoritarismo y reproducir pequeñas formas de autoritarismo; podemos defender la conversación y, al mismo tiempo, querer tener siempre la última palabra; podemos hablar de autonomía mientras construimos relaciones de dependencia. Incluso podemos criticar instituciones que concentran el poder y terminar reproduciendo esas mismas lógicas dentro de nuestras organizaciones, proyectos o comunidades.

En ese sentido, acercarse a Illich supone aceptar que la crítica no puede dirigirse únicamente hacia afuera. También puede volverse sobre nosotros mismos y preguntarnos qué prácticas estamos reproduciendo, qué capacidades estamos desplazando y qué relaciones de dependencia estamos construyendo incluso allí donde buscamos transformarlas. De ahí que una de las preguntas que atraviesan la propuesta sea especialmente incómoda: ¿estamos reproduciendo nosotros mismos aquello que criticamos?

Esta es quizá una de las razones por las que resulta más fecundo leer a Illich como interlocutor que como autoridad. Sus conceptos pueden ayudarnos a mirar nuestra experiencia, pero esa experiencia también tiene derecho a responderles, contradecirlos y ponerlos a prueba.

Una ética para conversar

La conversación, entonces, deja de ser solamente una forma de intercambiar ideas y adquiere una dimensión ética. Conversar implica escuchar, responder, dejarse interpelar y conservar la posibilidad de disentir. Significa reconocer que podemos sostener posiciones diferentes sin convertir necesariamente al otro en enemigo.

El documento recupera, en este sentido, una distinción sugerente entre controversia y polémica: la controversia permite que existan posiciones diferentes sin reducir el encuentro a la derrota del otro, mientras que la polémica tiende a organizarse precisamente alrededor de esa voluntad de vencer.

La diferencia importa porque también dentro de los espacios críticos podemos reproducir las formas de poder que cuestionamos. Podemos defender la autonomía sin permitir el desacuerdo, cuestionar el autoritarismo mientras construimos pequeños autoritarismos o reivindicar la conversación mientras buscamos imponer nuestra propia palabra. Por eso la pregunta no es solamente qué pensamos, sino también cómo queremos relacionarnos mientras pensamos juntos y juntas.

Esta dimensión ética resulta particularmente importante para una lectura contemporánea de Illich. No basta con defender determinadas ideas sobre autonomía, libertad o convivencia; también necesitamos construir formas de relación en las que esas ideas puedan experimentarse. La ética no aparece, entonces, como un conjunto de principios separado de la práctica, sino como algo que se pone en juego en la manera en que escuchamos, discutimos, acompañamos, revisamos nuestras posiciones y aceptamos que nuestras propias herramientas de pensamiento pueden ser cuestionadas.

Leer a Illich contra Illich

Volver a Illich cien años después tampoco significa convertirlo en una figura intocable. Precisamente porque su pensamiento buscó cuestionar las certezas y revisar las formas establecidas de comprender el mundo, parece poco coherente acercarnos a su obra como si fuera una nueva doctrina.

Una de las invitaciones más provocadoras de Sobremesa con Iván es “leer a Illich contra Illich”: preguntarle dónde tiene razón y dónde se equivoca, qué no alcanzó a ver, qué ha cambiado desde que escribió, qué experiencias contemporáneas pueden contradecir sus argumentos y qué conceptos necesitaríamos revisar. El propósito no es encontrar errores para descartarlo ni defenderlo frente a cualquier crítica, sino tomarlo suficientemente en serio como para discutir con él.

Esto también supone reconocer algo fundamental: una obra crítica permanece viva no porque encontremos la interpretación correcta de ella, sino porque todavía consigue abrir una conversación. No necesitamos preguntarnos qué habría dicho Illich sobre cada problema de nuestro tiempo. Podemos hacer algo más interesante: preguntarnos qué preguntas de Illich nos ayudan a pensar esos problemas de otra manera.

¿Qué nos puede preguntar Illich desde Costa Rica?

Es aquí donde la sobremesa deja de ser solamente una conversación sobre un autor y comienza a convertirse en una conversación sobre nuestro mundo. Las preguntas de Illich pueden encontrarse con problemas concretos de Costa Rica: la educación pública, la seguridad social, la universidad, las políticas de agua, los conflictos territoriales, el trabajo, las tecnologías digitales, las ciudades y las formas en que nuestras instituciones organizan la vida cotidiana.

Podemos mirar nuestras instituciones desde una pregunta sencilla pero exigente: ¿qué prometen y qué terminan produciendo? La escuela dice que educa, el hospital que cura, la universidad que produce conocimiento; pero una mirada inspirada en Illich nos invita a observar sus efectos concretos: qué capacidades amplían, cuáles desplazan, de qué dependencias participan y en qué momento aquello que pretendía resolver un problema comienza a producir otros.

Algo semejante ocurre con las herramientas. Teléfonos, plataformas digitales, automóviles, sistemas de evaluación, redes sociales, algoritmos, universidades e instituciones públicas pueden ser observados desde una pregunta que sigue siendo profundamente actual: ¿en qué momento dejamos de utilizar una herramienta y comenzamos a organizar nuestra vida alrededor de ella? La cuestión no consiste en decidir de antemano si una tecnología, una institución o un servicio es bueno o malo, sino en identificar cuándo comienza a establecer las condiciones bajo las cuales debemos vivir.

También podemos mirar nuestra relación con el crecimiento. Más velocidad, más producción, más consumo, más escolarización, más servicios, más información, más tecnología, más infraestructura: la pregunta illichiana no sería simplemente cuánto más podemos alcanzar, sino hasta dónde podemos llegar sin destruir las condiciones que hacen posible una vida autónoma. Allí aparece la cuestión de los límites y de quién tiene la capacidad de decidir dónde se encuentran esos umbrales.

Y junto a esto aparece otra tarea: escuchar aquello que nuestras categorías dejan fuera. El trabajo que no aparece como empleo, los aprendizajes que ocurren fuera de la escuela, los cuidados que no aparecen como servicios, los saberes que no reciben certificación y las múltiples actividades cotidianas que sostienen nuestras vidas sin aparecer necesariamente en las cuentas económicas. Mirar aquello que permanece invisible también es una forma de preguntarnos qué formas de vida han sido desplazadas o desvalorizadas por las categorías con las que organizamos nuestro mundo.

De este modo, las preguntas de Illich pueden ayudarnos a detenernos frente a aquello que suele presentarse como inevitable y recuperar una capacidad que atraviesa toda esta propuesta: preguntar quién decidió que las cosas tenían que ser así y qué posibilidades quedaron fuera.

Una sobremesa para volver a encontrarnos

Con este espíritu nace Sobremesa con Iván. 100 años de Iván Illich. La propuesta parte de una idea sencilla: quizá la mejor manera de conmemorar el centenario no sea ordenar todo lo que Illich pensó, sino recuperar algo de su manera de pensar y ponerla nuevamente en circulación.

El documento propone siete sobremesas para recorrer distintas preocupaciones de su obra: las instituciones que prometen ayudarnos, las herramientas que terminan gobernándonos, el problema del “más”, las formas en que cuidar, educar y ayudar pueden producir dependencia, aquello que queda fuera de nuestras categorías, la posibilidad de discutir con Illich y, finalmente, una ética para conversar. No se trata de un itinerario para aprender correctamente qué debemos pensar, sino de una invitación a utilizar esas preguntas sobre nuestras propias experiencias.

La propuesta incorpora además distintos juegos y ejercicios para llevar el pensamiento a la conversación: imaginar una institución “al revés” para observar sus efectos contradictorios; mirar de nuevo una herramienta cotidiana y preguntarnos quién utiliza a quién; buscar el umbral a partir del cual el “más” deja de producir bienestar; hacer visibles actividades que suelen quedar fuera de las categorías de trabajo, producción o cuidado; imaginar qué le preguntaríamos a Illich hoy; y, finalmente, construir colectivamente preguntas y posibilidades que todavía no existen.

Porque la sobremesa no es solamente una metáfora. Puede convertirse en una práctica: una mesa, un texto, un grupo de personas, una pregunta y tiempo suficiente para que aparezcan asociaciones inesperadas, desacuerdos, cambios de opinión y nuevas posibilidades. En ese sentido, conversar también puede ser una pequeña experiencia de aquello que buscamos defender: un espacio donde el pensamiento no está completamente organizado de antemano, donde nadie posee por completo la respuesta y donde algo puede emerger del encuentro.

Abrir la conversación

Cien años después de su nacimiento, no queremos construir un monumento a Iván Illich. Queremos abrir una conversación. Sentarnos juntos y juntas, abrir un libro, leer una página, preguntar, escuchar, discutir, contradecir, jugar y volver a mirar.

Queremos que sus preguntas salgan de los libros y entren en nuestra vida cotidiana; que puedan encontrarse con nuestras instituciones, nuestras comunidades, nuestros territorios y también con nuestras propias prácticas. Que podamos discutir con Illich sin necesidad de convertirlo en una autoridad, reconocer sus aportes sin dejar de señalar sus límites y, sobre todo, permitir que aquello que pensamos con él vuelva a ponerse en juego en nuestras relaciones.

Tal vez ahí se encuentre una de las formas más fértiles de acercarnos a su legado: no memorizar una obra, sino dejarnos interpelar por ella. Después de todo, una conversación que vale la pena no siempre termina cuando encontramos una respuesta. A veces termina cuando descubrimos una pregunta mejor.

Descargar el documento de trabajo

“Sobremesa con Iván. 100 años de Iván Illich” es el Documento de Trabajo N.º 21 del Observatorio de Bienes Comunes, publicado en septiembre de 2026. Es una propuesta para leer, conversar, jugar con las ideas de Illich y llevar sus preguntas a nuestras propias experiencias, comunidades y territorios.

Toma el documento, siéntate a la mesa y deja que alguna pregunta comience la conversación.Quizá una conversación que vale la pena no termina cuando encontramos una respuesta, sino cuando descubrimos una pregunta mejor.

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Convocatoria – Contar para existir: Los relatos zapatistas del Viejo Antonio como pedagogía del diálogo

Una invitación a caminar preguntando

En un mundo que suele privilegiar respuestas rápidas y verdades únicas, Contar para existir nos propone un ejercicio distinto: aprender a escuchar, a preguntar y a construir conocimiento con otras personas, desde la experiencia, la memoria y la palabra compartida.

Este curso-taller no es un espacio para estudiar textos desde afuera, sino para habitar los relatos del Viejo Antonio —ese anciano maya que conversaba con el Subcomandante Marcos en las montañas del sureste mexicano— y dejar que sus historias nos interpelen, nos muevan y nos ayuden a mirar el mundo con otros ojos.

¿De qué se trata?

A lo largo de cuatro encuentros presenciales, exploraremos preguntas esenciales para nuestra vida en comunidad:

  • -¿Quiénes caminan conmigo?

  • -¿Cómo aprendemos a mirar?

  • -¿Cómo aprendemos a escuchar?

  • -¿Qué historias queremos dejar caminando?

Cada sesión partirá de un relato zapatista y abrirá un diálogo colectivo donde todas las voces son valiosas, porque todas llegamos con saberes, experiencias y formas propias de interpretar la realidad.

¿Por qué participar?

Este curso-taller está diseñado desde la educación popular y el principio zapatista de caminar preguntando. No encontrarás respuestas cerradas, sino un espacio para:

  • ✔️ Cuestionar tus propias miradas y descubrir quién te enseñó a ver el mundo.

  • ✔️ Practicar la escucha profunda, haciendo espacio para lo que el ruido cotidiano no deja oír.

  • ✔️ Reconocer la diversidad de saberes como una riqueza, no como un obstáculo.

  • ✔️ Fortalecer la palabra compartida como herramienta de transformación comunitaria.

  • ✔️ Imaginar colectivamente nuevas formas de habitar el territorio y la vida.

  • ✔️ Conectar con una tradición de resistencia y pensamiento que sigue viva en los relatos del Viejo Antonio.

Fechas y lugar

Lugar: Oficina Kioscos Socioambientales San Pedro

Duración: 4 sesiones (una por semana)

SesiónFechaHora
1. ¿Quiénes caminan conmigo?2 de setiembre6:00 pm
2. ¿Cómo aprendemos a mirar?9 de setiembre6:00 pm
3. ¿Cómo aprendemos a escuchar?16 de setiembre6:00 pm
4. ¿Qué historias queremos dejar caminando?23 de setiembre6:00 pm

Cupos limitados para garantizar un espacio de diálogo cercano y participativo.

¿A quién está dirigido?

A todas las personas interesadas en el diálogo, la educación popular, las pedagogías alternativas, el pensamiento zapatista o simplemente en aprender de otra manera, desde la experiencia compartida y el respeto por la diversidad.

No se requieren conocimientos previos. Solo ganas de escuchar, preguntar y caminar con otras personas.

Inscripciones

Las inscripciones están abiertas. Los cupos son limitados, así que te invitamos a registrarte cuanto antes.

🔹 Formulario de inscripción: https://forms.gle/cijnrQG536K15uxi7

Procuramos con este proceso

Que el diálogo no sea un lujo, sino una práctica cotidiana.
Que aprender no sea acumular información, sino transformarnos con otras personas.
Que las historias que contamos sean semillas para otros mundos posibles.

Te esperamos para caminar preguntando.

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CartmanCast Política Premium: Manual para estudiar el poder sin reconocerlo cuando está en tu oficina

El 22 de junio de 2026, el sitio web de apoyo a Boaventura de Sousa Santos anunció el cierre definitivo de todos los procedimientos judiciales contra el sociólogo. Según la versión difundida por su defensa, el Ministerio Público portugués archivó las investigaciones por «falta de denuncias formales», y la demanda por difamación interpuesta por el académico quedó sin efecto tras el desistimiento de las denunciantes. El caso se cierra. Los tribunales archivan. Pero nosotros y nosotras, aprovechamos que este tipo de situaciones siguen ocurriendo en tantos lugares para hacer la pregunta que no se archiva con el expediente: ¿cuántas denuncias de abuso en la academia terminan archivadas no porque sean falsas, sino porque el sistema está diseñado para que sostenerlas resulte más costoso que callar?

Y queremos ser claros desde el principio: Sobre el proceso judicial concreto, nuestra reflexión no juzga ese caso en particular, ni sus protagonistas, ni la veracidad de las denuncias. Lo usamos como ventana para mirar un problema que trasciende a cualquier persona: la dificultad estructural que tienen las instituciones de conocimiento para escuchar críticas internas sin activar mecanismos de defensa corporativa. Dicho esto, empecemos…

Bienvenidas y bienvenidos a CartmanCast Política Premium.

Hoy vamos a hablar de un lugar fascinante.

Un lugar donde se estudian las relaciones de poder, pero donde a veces nadie quiere hablar del poder. Un lugar donde se producen investigaciones sobre desigualdad, jerarquías y dominación, pero donde, ocasionalmente, algunas personas reaccionan con profunda incomodidad cuando alguien sugiere que esos mismos fenómenos podrían existir dentro de la propia institución.

Sí. Vamos a hablar de la academia.

Ese ecosistema extraordinario donde una persona puede dedicar veinte años a explicar cómo funcionan las élites, el patriarcado, el colonialismo y las estructuras de dominación global, pero sufrir una crisis existencial si alguien le pregunta quién toma las decisiones dentro de su departamento.

Porque, aparentemente, el poder siempre está en otra parte.

-Está en los gobiernos.

-Está en las corporaciones.

-Está en los organismos internacionales.

-Está en los partidos políticos.

Pero jamás en una oficina universitaria llena de libros, artículos indexados y tazas de café con frases de Paulo Freire.

Y como en este podcast somos profundamente irresponsables con las zonas de confort, hoy vamos a hacer una pregunta que resuena en los pasillos pero rara vez se escucha en los auditorios: ¿Puede una institución dedicada a estudiar las desigualdades terminar reproduciendo algunas de ellas?

Pónganse cómodos. O incómodos. Que para este tema probablemente sea más apropiado.

Para empezar a responder a esa pregunta, debemos recordar las lecciones que la propia academia nos ha enseñado.

Durante décadas, la academia crítica nos enseñó a identificar el poder allí donde parecía invisible. Aprendimos que las relaciones de dominación no dependen únicamente de la fuerza, que el poder puede expresarse a través del prestigio, de las jerarquías, de la capacidad para definir qué conocimientos son legítimos y cuáles no. Aprendimos que las instituciones pueden producir silencios, normalizar desigualdades y proteger privilegios mientras se presentan como espacios comprometidos con la justicia.

Sin embargo, hay una pregunta que las universidades suelen formular con mucha menos frecuencia: ¿qué ocurre cuando esas mismas dinámicas aparecen dentro de la propia academia?

Y esta pregunta no es un ejercicio de teoría abstracta. No es menor. Tampoco es nueva. Cada cierto tiempo emergen testimonios, denuncias y relatos que obligan a mirar detrás de la imagen idealizada de la universidad como refugio del pensamiento crítico. Historias que hablan de abuso de poder, hostigamiento, apropiación del trabajo intelectual, discriminación, acoso o explotación académica. Historias que, independientemente de cómo concluyan los procesos institucionales o judiciales, exponen una realidad difícil de ignorar: las universidades también son espacios atravesados por relaciones de poder. Y quizás ahí reside una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo.

Ahora bien, ¿por qué ocurre esto? La primera razón está en una falsa creencia: la idea de que el prestigio elimina las relaciones de poder.

Existe una tendencia a pensar que las universidades funcionan principalmente a partir de argumentos, ideas y debates racionales. Como si el conocimiento circulara en un espacio neutral donde todas las personas participan en igualdad de condiciones. La realidad, sin embargo, suele ser bastante más compleja.

La vida académica está organizada alrededor de jerarquías. Algunas son formales y visibles. Otras operan de manera más sutil. Hay quienes tienen acceso a recursos, financiamiento, publicaciones, redes internacionales, becas, puestos de investigación y capacidad para abrir o cerrar puertas. Hay quienes poseen reconocimiento acumulado durante décadas. Hay quienes se convierten en referentes de una disciplina o incluso en símbolos de determinadas corrientes de pensamiento.

Nada de esto es necesariamente problemático. El problema aparece cuando el prestigio deja de ser reconocimiento y comienza a funcionar como poder incuestionable. Porque allí donde existen fuertes asimetrías también aparecen riesgos. No es casualidad que muchas de las discusiones contemporáneas sobre violencia en la academia tengan como telón de fondo relaciones profundamente desiguales entre personas que ocupan posiciones distintas dentro de la estructura universitaria.

Quien dirige un proyecto no ocupa el mismo lugar que quien depende de ese proyecto para sostener una beca. Quien decide publicaciones no ocupa el mismo lugar que quien necesita publicar para continuar una carrera académica. Quien controla redes institucionales no ocupa el mismo lugar que quien intenta abrirse espacio en ellas. Ignorar estas diferencias no elimina el problema. Simplemente lo vuelve invisible.

Pero si las jerarquías son el escenario, el silencio es el mecanismo que permite que la obra continúe.

Las universidades suelen reaccionar con incomodidad cuando estas discusiones aparecen. En ocasiones porque existe una preocupación legítima por garantizar procedimientos justos. Pero también porque las denuncias suelen poner en cuestión algo más profundo: la imagen que las instituciones construyen sobre sí mismas.

Es entonces cuando aparece un fenómeno conocido. La conversación deja de centrarse en las experiencias relatadas y pasa a girar alrededor del prestigio de las personas involucradas, la reputación institucional o los posibles daños a la imagen de la organización. La institución comienza a preguntarse cómo protegerse. Mucho menos frecuente es que se pregunte qué condiciones hicieron posible que determinadas experiencias ocurrieran.

Y es que las violencias no son fenómenos aislados.

Rara vez prosperan en el vacío. Necesitan contextos. Necesitan silencios. Necesitan culturas organizativas donde ciertas conductas se normalizan, se minimizan o se justifican porque quien las ejerce es considerado demasiado importante, demasiado influyente o demasiado valioso para ser cuestionado. Por eso el problema nunca es únicamente individual. También es institucional.

Esta dinámica nos lleva a una de las reacciones más perversas del sistema: tratar a las víctimas como una amenaza.

Uno de los aspectos más preocupantes de estos debates es la facilidad con que quienes denuncian terminan siendo presentados como una amenaza. De repente, el foco deja de estar en las relaciones de poder que hicieron posible determinadas experiencias y se desplaza hacia las personas que decidieron hablar. Se cuestionan sus motivaciones. Se examinan sus trayectorias. Se pone bajo sospecha su credibilidad. Se les exige un nivel de perfección moral que rara vez se exige a quienes ocupan posiciones de autoridad.

Mientras tanto, la pregunta central queda suspendida: ¿qué nos están diciendo esos testimonios sobre la forma en que organizamos la producción del conocimiento?

Escuchar a las víctimas no implica renunciar a principios fundamentales como el debido proceso o el derecho a la defensa. Tampoco significa asumir automáticamente la culpabilidad de nadie. Significa reconocer que existe una responsabilidad ética de tomar en serio aquello que se está denunciando y de preguntarse qué aspectos de nuestras instituciones necesitan transformarse. Porque una universidad comprometida con la democracia no debería temerle a la verdad, incluso cuando esa verdad resulta incómoda.

Y hablando de incomodidad, hay un tema que la academia maneja con particular torpeza: el acoso y abuso sexual.

No se nos olvida. El acoso y el abuso sexual en la academia suele ser uno de esos temas que la institución maneja con una mezcla muy particular de incomodidad selectiva y memoria corta. Se habla de él en los protocolos, en los comunicados, en los talleres obligatorios que nadie quiere dar ni recibir. Pero en la vida cotidiana universitaria, muchas veces opera como ese fenómeno que «todos saben que existe», pero que rara vez se nombra en voz alta si no hay un escándalo demasiado público como para seguir mirando hacia otro lado.

La academia no es solo un espacio de ideas. Es también un espacio de jerarquías bastante concretas. Quien evalúa, dirige, recomienda, financia o publica tiene poder real sobre trayectorias que todavía están en construcción. En ese escenario, el abuso no necesita presentarse como algo explícito o excepcional: puede camuflarse en decisiones académicas, evaluaciones «objetivas», oportunidades que aparecen o desaparecen sin mucha explicación, o silencios que se vuelven costumbre.

El problema se vuelve aún más delicado cuando se cruza con algo que la institución maneja con especial cuidado: su reputación. Porque cuando emergen denuncias, la pregunta rara vez empieza por las condiciones que las hicieron posibles. Más bien aparece el reflejo institucional de control de daños. Se revisa el lenguaje, se ajustan los procedimientos, se pide prudencia, se recuerda el debido proceso. Todo eso es importante, sí. Pero en paralelo suele quedar intacta la pregunta incómoda: qué tipo de estructuras permiten que alguien tenga suficiente poder como para que otras personas teman hablar.

En ese contexto, denunciar no es simplemente relatar un hecho. Es entrar en un terreno donde la desigualdad ya juega antes de que empiece cualquier procedimiento formal. Quien denuncia suele hacerlo desde una posición más frágil, con más que perder y menos margen de maniobra. Y esa asimetría no desaparece porque exista un reglamento; a lo sumo, se administra. Quizás por eso este tema incomoda tanto. No solo por lo que revela sobre conductas individuales, sino porque obliga a mirar algo más estructural: que incluso en los espacios que se dedican a estudiar el poder, el poder sigue operando, a veces con una sofisticación bastante académica.

Y entonces, ¿qué hacemos con todo esto? Llegamos al punto central, el que la academia siempre ha exigido a los demás y rara vez se aplica a sí misma: la crítica comienza por casa.

Quizás la mayor lección que deja esta discusión sea una profundamente política.

Durante años, la academia crítica ha señalado las múltiples formas mediante las cuales opera el poder en nuestras sociedades. Ha denunciado el patriarcado, el racismo, el colonialismo y las desigualdades económicas. Ha mostrado cómo las instituciones pueden reproducir relaciones de dominación incluso cuando afirman combatirlas. La pregunta ahora es si está dispuesta a aplicar ese mismo ejercicio sobre sí misma. No para destruir la universidad. No para alimentar campañas de desprestigio. Sino precisamente para fortalecerla.

Porque una institución que no puede escuchar a quienes denuncian abusos termina pareciéndose demasiado a aquellas estructuras de poder que durante décadas dijo combatir. Y porque ninguna producción de conocimiento verdaderamente emancipadora puede construirse sobre el silencio de quienes han sido lastimados. La crítica, después de todo, comienza por casa.

Epílogo Premium para personas fácilmente ofendibles

Si llegaron hasta aquí, probablemente hay dos posibilidades.

La primera es que estén de acuerdo.

La segunda es que ya estén redactando un correo explicando por qué esta reflexión constituye un ataque sistemático contra la universidad, el conocimiento, la civilización occidental y posiblemente la física cuántica.

Pero permítanme ser claro: el punto nunca fue atacar la academia. De hecho, es exactamente al revés. Las universidades son demasiado importantes como para tratarlas como iglesias. Demasiado importantes como para convertirlas en espacios donde ciertas preguntas no pueden formularse. Demasiado importantes como para creer que el prestigio sustituye la rendición de cuentas.

Quienes señalan abusos, silencios o relaciones problemáticas de poder no necesariamente están debilitando la universidad. Muchas veces están intentando salvarla de sí misma. Porque las instituciones no se vuelven más democráticas cuando esconden sus contradicciones. Se vuelven más democráticas cuando son capaces de enfrentarlas.

En conclusión, si la academia quiere seguir enseñándonos cómo funcionan las relaciones de poder, quizás el mejor punto de partida sea aceptar una idea bastante sencilla: las relaciones de poder no desaparecen mágicamente cuando alguien obtiene un doctorado.

Nos escuchamos en la próxima edición de CartmanCast Política Premium. Ese espacio donde hacemos preguntas incómodas para que otras personas tengan reuniones incómodas.

El Libro que la Academia No Quiere que Leas

Ya que hemos pasado el rato señalando las contradicciones de la academia, sería injusto no dejar sobre la mesa el material que hizo posible este episodio.

El libro se titula Los males de la academia: Abuso de poder, endogamia, acoso, corrupción y otras violencias. Lo editan Ana Bravo-Moreno y Francisco Javier Ogáyar-Marín. Y es, básicamente, el manual de instrucciones que nadie pidió para entender por qué las universidades son ese lugar tan maravilloso y tan terrible al mismo tiempo.

¿Qué encontrarán dentro?

  1. Testimonios de abuso de poder en universidades de Argentina, España, Estados Unidos, Indonesia, México y Reino Unido.
  2. Personas que han tenido que usar seudónimos para contar su historia porque, incluso hoy, denunciar en la academia sigue siendo más peligroso que callar.
  3. Análisis sobre endogamia, clientelismo, acoso sexual, fabricación de artículos científicos y eso que los editores llaman «violencia sistémica».
Pueden descargar el libro aquí.

 

Pero también, y esto es lo importante, es un libro de resistencia. No se limita a señalar el problema. Ofrece herramientas para pensarlo, para nombrarlo y, quizás, para empezar a transformarlo. Porque si algo hemos aprendido hoy es que la crítica, como decíamos, comienza por casa. Y que callar, cuando se tiene la posibilidad de hablar, también es una decisión política.

¿Es cómodo? No. ¿Es necesario? Absolutamente.

Y está disponible en acceso abierto. Porque el conocimiento crítico, al fin y al cabo, también es un bien común. Y porque la única forma de que las universidades dejen de parecerse a las estructuras de poder que dicen combatir es empezar a mirarlas con ojos críticos.

Así que ya saben: si este episodio les ha generado incomodidad, si han reconocido algo de lo que hemos hablado en sus propias experiencias o en las de sus colegas… quizás sea el momento de dejar de quejarse y empezar a leer.

Nos leemos en la próxima edición. O, mejor dicho, nos leemos en las páginas de este libro.

Referencias:

Apoyo Boaventura (2025). Difamación: toda la verdad documentada. Apoyo Boaventura Sousa

Apoyo Boaventura. (2026). Cerrados definitivamente todos los procedimientos contra Boaventura de Sousa Santos. Apoyo Boaventura Sousa.

Bravo-Moreno, Ana, y Ogáyar-Marín, Francisco Javier (Eds.). (2026). Los males de la academia: Abuso de poder, endogamia, acoso, corrupción y otras violencias. Peter Lang.

Camacho Muñoz, Mariana. (2023). Boaventura y la irresponsabilidad en la academia. Dejusticia. 

Manica, Daniela y Gama, Fabiene (2025). Qué No Hacer Si Te Acusan De Acoso: El Caso De Boaventura de Souza Santos. CASTAC Blog.

OpenDemocracy. (2024). Sociólogo Boaventura de Sousa Santos enfrenta nuevas denuncias de acoso. openDemocracy. 

¿Por qué un observatorio de bienes comunes habla de esto?

Porque el conocimiento es un bien común.

Porque las universidades, aunque a veces lo olviden, son espacios de producción de conocimiento que pertenece a la sociedad. No son feudos privados de unos pocos. No son clubes exclusivos donde el prestigio se hereda o se compra con favores. Son instituciones que deberían estar al servicio de la colectividad, no al servicio de sus propias élites.

Y porque los bienes comunes no son solo recursos naturales o infraestructuras digitales. También son las condiciones que hacen posible que el conocimiento circule, que se produzca de manera ética y que esté al alcance de quienes más lo necesitan.

Cuando una universidad permite el abuso de poder, el acoso, la endogamia o la corrupción, no está fallando solo a sus estudiantes o a su personal. Está fallando a la sociedad entera. Está debilitando la confianza en la institución que debería ser la más fiable para generar saber crítico. Está diciendo, en voz baja pero con hechos, que el conocimiento también puede ser un botín.

Por eso desde este observatorio miramos la academia. No para destruirla, sino para recordarle que su compromiso no es con sus propias jerarquías, sino con la verdad y con la justicia. Y porque creemos que señalar las contradicciones de quienes estudian el poder también es una forma de cuidar el bien común.

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La sopa no, la esperanza sí: inscribite al curso Educación Popular con Mafalda

En un mundo donde muchas veces educar se limita a repetir, obedecer y memorizar, recuperar a Mafalda como recurso pedagógico es una apuesta por imaginar, cuestionar y transformar. Desde sus viñetas, esta niña irreverente y lúcida nos recuerda que la ternura también puede ser crítica, y que el humor es una forma poderosa de pensar el mundo.

El curso «Educación Popular con Mafalda» es una invitación a mirar la educación desde el sur, con las gafas de la rebeldía infantil y el pensamiento colectivo. Se desarrollará en cinco sesiones presenciales, todos los miércoles del 11 de setiembre al 9 de octubre de 2025, en la Universidad de Costa Rica.

Tres dimensiones que guían este proceso

🎨 Creatividad crítica
A partir del lenguaje de la historieta y otros lenguajes expresivos, el curso busca estimular la imaginación política y pedagógica, retomando el legado de Mafalda para interpelar nuestras realidades educativas.

🗣️ Diálogo horizontal
Siguiendo el espíritu de la educación popular latinoamericana, este espacio promueve el encuentro entre saberes diversos, reconociendo el valor de la experiencia, la diferencia y la construcción colectiva.

🌱 Acción transformadora
La propuesta no se queda en el análisis: busca sembrar acciones pedagógicas concretas, capaces de articular humor, esperanza y compromiso con la justicia social en los territorios.

¿Quién es Mafalda y por qué formarnos con ella?

Mafalda es una historieta creada por Quino en los años 60, en plena efervescencia política de América Latina. Con una mezcla de ternura e ironía, la niña protagonista cuestiona desde la guerra hasta los roles de género, desde la escuela hasta el consumo. Su actitud crítica encarna uno de los principios más importantes de la educación popular: leer el mundo antes que la palabra.

Formarse con Mafalda no es una nostalgia, es una estrategia pedagógica actual: frente a las violencias estructurales, el vaciamiento educativo y las urgencias del presente, necesitamos herramientas que despierten preguntas, convoquen al pensamiento colectivo y abran caminos de esperanza.

Información general

📍 Lugar: Oficina de Kioscos Socioambientales, Universidad de Costa Rica
🕘 Horario: Lunes de 9 a.m. a 12 m.d. (15/09 al 13/10) Nuevas fechas
🎯 Público: Abierto a todas las personas, con énfasis en quienes participan en organizaciones sociales, culturales o comunitarias
📝 Inscripciones: Hasta el 1 de setiembre de 2025
📌 Cupo limitado – se requiere participación en todas las sesiones.

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¿Por qué leer a Fanon hoy? Un documento para educar, incomodar y transformar

¿Por qué volver a Fanon hoy?
En un mundo atravesado por el resurgimiento del autoritarismo, la violencia estructural y el despojo territorial, el pensamiento de Frantz Fanon reaparece con una fuerza ineludible. A cien años de su nacimiento, el Observatorio de Bienes Comunes comparte un nuevo documento de trabajo que invita a leer, pensar y actuar desde la experiencia de lxs condenadxs de la tierra.

Este material no solo presenta una lectura accesible y comprometida de la obra de Fanon, sino que propone claves para entender el racismo estructural, la alienación colonial, la solidaridad internacionalista y la potencia transformadora de las luchas que nacen desde abajo. El texto nos recuerda que descolonizar no es solo un asunto del pasado: es un desafío urgente para el presente, que atraviesa nuestras formas de conocer, organizarnos, sanar, enseñar y habitar.

Además, el pensamiento fanoniano ofrece herramientas fundamentales para repensar el papel de la universidad pública. En tiempos en que muchas instituciones se ven atrapadas entre la lógica del mercado y el conservadurismo académico, Fanon interpela con fuerza: ¿puede la universidad ser un espacio de liberación y no de reproducción de jerarquías coloniales? Este cuaderno plantea preguntas necesarias para imaginar una educación crítica, comprometida con los territorios, abierta al diálogo con los saberes populares y orientada a la transformación social.

Aportes principales del documento

🔸 Lectura contextual de Fanon: Desde su biografía militante hasta sus aportes en psiquiatría, el documento traza un recorrido por la vida y obra de Fanon, destacando su coherencia ética entre pensamiento y acción.

🔸 Claves conceptuales: Racismo estructural, alienación, máscaras blancas, violencia liberadora, descolonización radical. Un glosario acompaña al texto para facilitar la apropiación crítica de sus categorías.

🔸 Vigencia de su pensamiento: Fanon es leído a la luz de las luchas actuales: pueblos indígenas, juventudes racializadas, mujeres organizadas, migrantes criminalizados. Su palabra resuena allí donde la dignidad es negada.

🔸 Desafíos para la universidad pública: ¿Puede la academia dejar de reproducir el pensamiento colonial y transformarse en un espacio de liberación? El texto abre preguntas incómodas pero necesarias.

Fanon hoy: una incomodidad necesaria

Frantz Fanon no fue un autor de diagnósticos neutros ni de soluciones cómodas. Su escritura, como su vida, es un llamado al compromiso con los pueblos que luchan. Su pensamiento nos ayuda a entender que el colonialismo no ha desaparecido: ha mutado. Está en la exclusión, en el despojo, en la violencia simbólica, en las estructuras educativas, económicas y sanitarias. Leerlo hoy es un acto de resistencia y lucidez.

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Este material fue pensado para alimentar círculos de lectura, procesos de formación política, espacios comunitarios, aulas críticas y territorios en lucha. Que las palabras de Fanon no se queden en los márgenes: que sirvan para organizar esperanza.