¿Dónde se produce el conocimiento? Si queremos investigar un problema de nuestra comunidad, reconstruir la historia de una organización campesina o conservar la memoria de una lucha social, ¿a dónde nos dirige nuestro mapa mental? ¿A la universidad, a un centro de investigación, a una biblioteca? ¿Y qué ocurre con los conocimientos que se construyen en los territorios, las organizaciones y los espacios comunitarios?
El Observatorio de Bienes Comunes de la Universidad de Costa Rica presenta Pensar fuera del centro: Antigeopolítica de los espacios de pensamiento, reflexión y acción en América Latina y el Caribe, un nuevo cuaderno de la colección Los Herejes de lo Común. Una invitación a explorar experiencias que cuestionaron las formas habituales de producir, reconocer y compartir conocimientos, y que se atrevieron a construir otros lugares desde donde pensar el mundo.
El GPS del conocimiento siempre nos lleva al mismo lugar
Imaginemos que encendemos un GPS y escribimos: «Quiero producir conocimiento».
El aparato calcula la ruta: «Destino recomendado: universidad».
Insistimos: «Quiero investigar los saberes de un territorio».
La respuesta no cambia demasiado.
«Destino recomendado: universidad».
Probamos una última vez: «Quiero conservar la memoria de una organización campesina».
El GPS duda un instante y vuelve a señalar el mismo camino.
El problema no está en las universidades, los archivos o los centros de investigación como tales. La pregunta es por qué hemos aprendido a reconocer determinados espacios como productores legítimos de conocimiento, mientras otros aparecen solamente como lugares donde ocurren las cosas o donde se recogen testimonios y datos.
La geopolítica del conocimiento no se limita a establecer cuáles instituciones tienen mayor prestigio. También distribuye autoridad: quién puede formular preguntas, elaborar conceptos, interpretar experiencias y decidir qué cuenta como conocimiento; quién publica y enseña, y quién termina convertido en objeto de investigación.
Pensar fuera del centro significa cuestionar esa distribución y explorar otras formas de construir espacios para conocer.
Una historia de lugares construidos para pensar
El cuaderno recorre diez experiencias históricas y contemporáneas de América Latina y el Caribe. No las reúne para construir un nuevo santoral de instituciones alternativas ni para ofrecer recetas que puedan copiarse en cualquier territorio. Las pone en conversación para explorar una pregunta común: ¿qué ocurre cuando pensar exige construir un espacio propio?
El recorrido comienza antes de las universidades, con los quilombos, palenques y cumbes que surgieron de las luchas de las personas esclavizadas contra el orden colonial. No se plantea una línea histórica directa entre aquellas comunidades y las experiencias educativas y organizativas posteriores. La conexión está en otra parte: en la necesidad de construir condiciones para vivir, reunirse, transmitir saberes, conservar la memoria y decidir colectivamente.
Desde allí, el mapa nos lleva a las Universidades Populares vinculadas con José Carlos Mariátegui en Perú, donde la cultura se entendía como un terreno de disputa política; a Warisata, en Bolivia, donde la comunidad y el ayllu se convirtieron en parte fundamental de la experiencia educativa; y a las escuelas de formación obrera del Caribe, que buscaron fortalecer las capacidades de organización y comprensión del mundo de los trabajadores.
También nos encontramos con La Rosca de Investigación y Acción Social, en Colombia, que cuestionó la autoridad tradicional del investigador y exploró formas de producir conocimiento junto con las organizaciones campesinas; con el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), asociado con Iván Illich, en Cuernavaca, México; y con el Centro de Documentación e Información Bolivia (CEDIB), donde conservar documentos se convirtió en una forma de sostener la memoria y facilitar el acceso a información relevante para la sociedad.
El recorrido continúa con el Instituto Brasileiro de Análises Sociais e Econômicas (IBASE), que articuló investigación y participación pública; la Escola Nacional Florestan Fernandes (ENFF), construida por el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra de Brasil; el CIDECI-Unitierra, en Chiapas, que invita a discutir las formas convencionales de reconocer el aprendizaje; y las experiencias de educación autónoma zapatista, donde el territorio, la vida comunitaria y la organización forman parte de los procesos educativos.
Cada experiencia tiene su historia, sus protagonistas y sus condiciones particulares. No todas persiguen los mismos objetivos ni enfrentan las mismas relaciones de poder. Precisamente por eso, el cuaderno no pregunta únicamente qué hicieron, sino también qué problemas intentaban resolver, qué espacios construyeron, qué relaciones quisieron transformar y qué contradicciones aparecieron en el camino.
No se trata de encontrar nuevas recetas
Una experiencia histórica puede convertirse fácilmente en una «buena práctica» cuando se la presenta como un modelo listo para reproducir. En ese proceso suelen desaparecer las disputas, los errores, las improvisaciones y las preguntas que le dieron sentido.
La Rosca no fue solamente una experiencia de participación: puso en discusión quién tiene autoridad para investigar. CIDOC no fue únicamente una iniciativa de educación alternativa: también enfrentó el riesgo de institucionalizarse. CEDIB no fue simplemente un archivo: su trabajo documental respondió a necesidades históricas concretas. Y construir una escuela propia, como hizo el MST con la ENFF, implica mucho más que levantar un edificio: supone crear condiciones materiales y colectivas para sostener la formación.
Por eso, el cuaderno propone cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos «¿qué podemos copiar de estas experiencias?», nos invita a explorar ¿qué preguntas nos ayudan a formular para nuestros propios territorios y organizaciones?
Esta mirada también permite reconocer que un espacio de pensamiento necesita más que financiamiento o infraestructura. Requiere tiempo para detenerse, posibilidades de encuentro, memoria, circulación de conocimientos, autonomía para formular preguntas, capacidad de disentir y condiciones para equivocarse y cambiar de rumbo.
Tener recursos no garantiza libertad para investigar. Contar con un proyecto financiado no significa poder modificar sus preguntas cuando la realidad demuestra que algo no funciona. La autonomía también depende de quién decide, qué puede discutirse y qué conocimientos pueden compartirse.
Cuatro ejercicios para desarmar el GPS del conocimiento
El cuaderno no quiere quedarse en la reflexión. Por eso incluye cuatro ejercicios para trabajar estas preguntas de manera práctica y colectiva:
-El GPS del conocimiento: dibujar un mapa de los lugares a los que acudimos para aprender, investigar o producir conocimiento, y explorar rutas alternativas.
-El detective de los espacios: reconstruir una experiencia histórica atendiendo a sus problemas, protagonistas, relaciones de poder y contradicciones.
-El centro se mueve: reconocer lugares donde ya aprendemos y pensamos, incluso cuando no suelen ser considerados espacios de producción de conocimiento.
-Construir un espacio que todavía no existe: imaginar un espacio de pensamiento en nuestro territorio y discutir quién podría participar, qué se aprendería, quién decidiría, cómo se sostendría y qué haría falta para que no terminara reproduciendo aquello que busca transformar.
No son ejercicios con respuestas correctas. Son herramientas para abrir conversaciones, hacer visibles las jerarquías que solemos dar por sentadas e imaginar otras posibilidades de encuentro, investigación y acción colectiva.
El mapa no se destruye: se desobedece
Una universidad, una comunidad, un archivo, una escuela de movimiento, una biblioteca o una conversación pueden convertirse en espacios de pensamiento. No porque todos deban hacer lo mismo, sino porque pueden crear condiciones distintas para formular preguntas, compartir saberes, conservar memorias y actuar sobre los problemas que enfrentamos.
La antigeopolítica del conocimiento que propone este cuaderno no busca sustituir un centro por otro. Nos invita a cuestionar por qué ciertos lugares concentran la autoridad para producir conocimiento y a reconocer la diversidad de espacios desde los cuales podemos comprender y transformar el mundo.
Quizá la primera herejía no haya sido pensar diferente. Quizá haya sido construir un lugar desde donde hacerlo.
¿Qué es Los Herejes de lo Común?
Pensar fuera del centro forma parte de la colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes: Cuadernos de Antigeopolítica y Antiimperialismos, impulsada por el Observatorio de Bienes Comunes de la Universidad de Costa Rica.
Estos cuadernos nacen como herramientas pedagógicas y políticas para cuestionar los dogmas que presentan como inevitables el extractivismo, el colonialismo contemporáneo, la mercantilización de la vida y las distintas formas de dominación imperial. Recuperan experiencias históricas y actuales de resistencia, organización y defensa de la vida en América Latina y el Caribe, con el propósito de fortalecer la reflexión crítica y la imaginación política.
La figura del hereje, inspirada en la tradición de Fray Servando Teresa de Mier, no representa aquí a quien se equivoca, sino a quien se atreve a cuestionar las verdades establecidas y a imaginar otras formas de comprender y habitar el mundo. Desde esta perspectiva, las luchas por el agua, los territorios, la soberanía de los pueblos y las formas comunitarias de vida también producen preguntas, conocimientos y horizontes colectivos que desafían el orden dominante.
La colección busca abrir espacios para pensar esas experiencias, reconocer sus aprendizajes y contradicciones, y preguntarnos qué mundos queremos defender y construir frente a las múltiples formas de ocupación, control y despojo contemporáneo.
Porque defender los bienes comunes también significa defender nuestra capacidad colectiva de pensar, imaginar y construir otros mundos posibles.







