¿Qué ocurre cuando aquello que fue creado para ayudarnos termina organizando nuestra vida? ¿Cuándo una herramienta deja de estar a nuestro servicio y comenzamos a estar al servicio de ella? ¿Qué capacidades hemos dejado de ejercer porque aprendimos a depender de instituciones, servicios o expertos?
A cien años del nacimiento de Iván Illich (1926–2002), más que recuperar una figura para convertirla en monumento, podemos hacer algo distinto: volver a sentarnos con su obra y dejar que sus preguntas nos incomoden. Desde el Observatorio de Bienes Comunes proponemos una Sobremesa con Iván, no como una clase sobre un autor ni como un recorrido destinado a ordenar definitivamente su pensamiento, sino como una invitación a encontrarnos con sus preguntas, ponerlas en diálogo con nuestra experiencia y permitir que abran nuevas conversaciones.
Hay algo particularmente sugerente en esta forma de conmemorar un centenario. En lugar de preguntarnos solamente qué pensó Illich, qué conceptos desarrolló o cuáles de sus ideas continúan siendo reconocidas, podemos preguntarnos qué hace todavía su pensamiento cuando lo ponemos en contacto con nuestro presente. Porque quizá su vigencia no consista en ofrecernos respuestas que podamos trasladar mecánicamente a los problemas actuales, sino en ayudarnos a recuperar una disposición crítica: sospechar de aquello que aparece como natural, necesario o inevitable y preguntarnos cómo llegó a ser así, quién decidió que debía organizarse de esa manera y qué otras posibilidades fueron quedando fuera.
Un pensamiento que incomoda
Iván Illich fue un pensador y crítico social nacido en Viena cuya trayectoria intelectual se desarrolló en buena medida desde América Latina. En los años sesenta fundó en Cuernavaca, México, el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), un espacio de encuentro y reflexión sobre educación, cultura y transformación social. Su obra cuestionó algunas de las certezas sobre las que se organizan las sociedades modernas y dirigió una mirada especialmente crítica hacia las instituciones cuando estas, en lugar de ampliar las capacidades de las personas, terminan generando dependencia y definiendo las condiciones bajo las cuales aprendemos, vivimos y nos relacionamos.
En La sociedad desescolarizada, Illich puso en discusión la identificación entre aprendizaje y escolarización; en La convivencialidad exploró la relación entre herramientas, instituciones y autonomía; y en otros trabajos examinó los procesos mediante los cuales actividades y capacidades de la vida cotidiana pueden ser progresivamente desplazadas hacia instituciones profesionales y sistemas especializados. Conceptos como desescolarización, convivencialidad, autonomía y límites permiten acercarse a ese pensamiento, pero también pueden convertirse en una trampa si los tratamos como respuestas acabadas.
Por eso, acercarnos a Illich implica algo más que recuperar sus ideas: supone mirar aquello que esas ideas nos permiten ver y, al mismo tiempo, aquello que no alcanzan a explicar. El propio documento Sobremesa con Iván parte de esta diferencia entre aprender sobre Illich y aprender con Illich: una herramienta de pensamiento tiene sentido cuando nos permite hacer algo con ella, cuando abre una posibilidad de mirar nuestra propia experiencia, y no cuando simplemente la admiramos o la repetimos.
De las ideas a las prácticas
Aquí aparece una cuestión que nos interesa especialmente: la relación entre pensamiento, práctica y ética. Hablar de autonomía, libertad, convivencia o capacidad comunitaria puede resultar relativamente sencillo; lo más exigente es preguntarnos si nuestras propias formas de relacionarnos hacen posible aquello que defendemos.
Esta tensión nos obliga a mirar también hacia nuestros propios espacios. Podemos cuestionar el autoritarismo y reproducir pequeñas formas de autoritarismo; podemos defender la conversación y, al mismo tiempo, querer tener siempre la última palabra; podemos hablar de autonomía mientras construimos relaciones de dependencia. Incluso podemos criticar instituciones que concentran el poder y terminar reproduciendo esas mismas lógicas dentro de nuestras organizaciones, proyectos o comunidades.
En ese sentido, acercarse a Illich supone aceptar que la crítica no puede dirigirse únicamente hacia afuera. También puede volverse sobre nosotros mismos y preguntarnos qué prácticas estamos reproduciendo, qué capacidades estamos desplazando y qué relaciones de dependencia estamos construyendo incluso allí donde buscamos transformarlas. De ahí que una de las preguntas que atraviesan la propuesta sea especialmente incómoda: ¿estamos reproduciendo nosotros mismos aquello que criticamos?
Esta es quizá una de las razones por las que resulta más fecundo leer a Illich como interlocutor que como autoridad. Sus conceptos pueden ayudarnos a mirar nuestra experiencia, pero esa experiencia también tiene derecho a responderles, contradecirlos y ponerlos a prueba.
Una ética para conversar
La conversación, entonces, deja de ser solamente una forma de intercambiar ideas y adquiere una dimensión ética. Conversar implica escuchar, responder, dejarse interpelar y conservar la posibilidad de disentir. Significa reconocer que podemos sostener posiciones diferentes sin convertir necesariamente al otro en enemigo.
El documento recupera, en este sentido, una distinción sugerente entre controversia y polémica: la controversia permite que existan posiciones diferentes sin reducir el encuentro a la derrota del otro, mientras que la polémica tiende a organizarse precisamente alrededor de esa voluntad de vencer.
La diferencia importa porque también dentro de los espacios críticos podemos reproducir las formas de poder que cuestionamos. Podemos defender la autonomía sin permitir el desacuerdo, cuestionar el autoritarismo mientras construimos pequeños autoritarismos o reivindicar la conversación mientras buscamos imponer nuestra propia palabra. Por eso la pregunta no es solamente qué pensamos, sino también cómo queremos relacionarnos mientras pensamos juntos y juntas.
Esta dimensión ética resulta particularmente importante para una lectura contemporánea de Illich. No basta con defender determinadas ideas sobre autonomía, libertad o convivencia; también necesitamos construir formas de relación en las que esas ideas puedan experimentarse. La ética no aparece, entonces, como un conjunto de principios separado de la práctica, sino como algo que se pone en juego en la manera en que escuchamos, discutimos, acompañamos, revisamos nuestras posiciones y aceptamos que nuestras propias herramientas de pensamiento pueden ser cuestionadas.
Leer a Illich contra Illich
Volver a Illich cien años después tampoco significa convertirlo en una figura intocable. Precisamente porque su pensamiento buscó cuestionar las certezas y revisar las formas establecidas de comprender el mundo, parece poco coherente acercarnos a su obra como si fuera una nueva doctrina.
Una de las invitaciones más provocadoras de Sobremesa con Iván es “leer a Illich contra Illich”: preguntarle dónde tiene razón y dónde se equivoca, qué no alcanzó a ver, qué ha cambiado desde que escribió, qué experiencias contemporáneas pueden contradecir sus argumentos y qué conceptos necesitaríamos revisar. El propósito no es encontrar errores para descartarlo ni defenderlo frente a cualquier crítica, sino tomarlo suficientemente en serio como para discutir con él.
Esto también supone reconocer algo fundamental: una obra crítica permanece viva no porque encontremos la interpretación correcta de ella, sino porque todavía consigue abrir una conversación. No necesitamos preguntarnos qué habría dicho Illich sobre cada problema de nuestro tiempo. Podemos hacer algo más interesante: preguntarnos qué preguntas de Illich nos ayudan a pensar esos problemas de otra manera.
¿Qué nos puede preguntar Illich desde Costa Rica?
Es aquí donde la sobremesa deja de ser solamente una conversación sobre un autor y comienza a convertirse en una conversación sobre nuestro mundo. Las preguntas de Illich pueden encontrarse con problemas concretos de Costa Rica: la educación pública, la seguridad social, la universidad, las políticas de agua, los conflictos territoriales, el trabajo, las tecnologías digitales, las ciudades y las formas en que nuestras instituciones organizan la vida cotidiana.
Podemos mirar nuestras instituciones desde una pregunta sencilla pero exigente: ¿qué prometen y qué terminan produciendo? La escuela dice que educa, el hospital que cura, la universidad que produce conocimiento; pero una mirada inspirada en Illich nos invita a observar sus efectos concretos: qué capacidades amplían, cuáles desplazan, de qué dependencias participan y en qué momento aquello que pretendía resolver un problema comienza a producir otros.
Algo semejante ocurre con las herramientas. Teléfonos, plataformas digitales, automóviles, sistemas de evaluación, redes sociales, algoritmos, universidades e instituciones públicas pueden ser observados desde una pregunta que sigue siendo profundamente actual: ¿en qué momento dejamos de utilizar una herramienta y comenzamos a organizar nuestra vida alrededor de ella? La cuestión no consiste en decidir de antemano si una tecnología, una institución o un servicio es bueno o malo, sino en identificar cuándo comienza a establecer las condiciones bajo las cuales debemos vivir.
También podemos mirar nuestra relación con el crecimiento. Más velocidad, más producción, más consumo, más escolarización, más servicios, más información, más tecnología, más infraestructura: la pregunta illichiana no sería simplemente cuánto más podemos alcanzar, sino hasta dónde podemos llegar sin destruir las condiciones que hacen posible una vida autónoma. Allí aparece la cuestión de los límites y de quién tiene la capacidad de decidir dónde se encuentran esos umbrales.
Y junto a esto aparece otra tarea: escuchar aquello que nuestras categorías dejan fuera. El trabajo que no aparece como empleo, los aprendizajes que ocurren fuera de la escuela, los cuidados que no aparecen como servicios, los saberes que no reciben certificación y las múltiples actividades cotidianas que sostienen nuestras vidas sin aparecer necesariamente en las cuentas económicas. Mirar aquello que permanece invisible también es una forma de preguntarnos qué formas de vida han sido desplazadas o desvalorizadas por las categorías con las que organizamos nuestro mundo.
De este modo, las preguntas de Illich pueden ayudarnos a detenernos frente a aquello que suele presentarse como inevitable y recuperar una capacidad que atraviesa toda esta propuesta: preguntar quién decidió que las cosas tenían que ser así y qué posibilidades quedaron fuera.
Una sobremesa para volver a encontrarnos
Con este espíritu nace Sobremesa con Iván. 100 años de Iván Illich. La propuesta parte de una idea sencilla: quizá la mejor manera de conmemorar el centenario no sea ordenar todo lo que Illich pensó, sino recuperar algo de su manera de pensar y ponerla nuevamente en circulación.
El documento propone siete sobremesas para recorrer distintas preocupaciones de su obra: las instituciones que prometen ayudarnos, las herramientas que terminan gobernándonos, el problema del “más”, las formas en que cuidar, educar y ayudar pueden producir dependencia, aquello que queda fuera de nuestras categorías, la posibilidad de discutir con Illich y, finalmente, una ética para conversar. No se trata de un itinerario para aprender correctamente qué debemos pensar, sino de una invitación a utilizar esas preguntas sobre nuestras propias experiencias.
La propuesta incorpora además distintos juegos y ejercicios para llevar el pensamiento a la conversación: imaginar una institución “al revés” para observar sus efectos contradictorios; mirar de nuevo una herramienta cotidiana y preguntarnos quién utiliza a quién; buscar el umbral a partir del cual el “más” deja de producir bienestar; hacer visibles actividades que suelen quedar fuera de las categorías de trabajo, producción o cuidado; imaginar qué le preguntaríamos a Illich hoy; y, finalmente, construir colectivamente preguntas y posibilidades que todavía no existen.
Porque la sobremesa no es solamente una metáfora. Puede convertirse en una práctica: una mesa, un texto, un grupo de personas, una pregunta y tiempo suficiente para que aparezcan asociaciones inesperadas, desacuerdos, cambios de opinión y nuevas posibilidades. En ese sentido, conversar también puede ser una pequeña experiencia de aquello que buscamos defender: un espacio donde el pensamiento no está completamente organizado de antemano, donde nadie posee por completo la respuesta y donde algo puede emerger del encuentro.
Abrir la conversación
Cien años después de su nacimiento, no queremos construir un monumento a Iván Illich. Queremos abrir una conversación. Sentarnos juntos y juntas, abrir un libro, leer una página, preguntar, escuchar, discutir, contradecir, jugar y volver a mirar.
Queremos que sus preguntas salgan de los libros y entren en nuestra vida cotidiana; que puedan encontrarse con nuestras instituciones, nuestras comunidades, nuestros territorios y también con nuestras propias prácticas. Que podamos discutir con Illich sin necesidad de convertirlo en una autoridad, reconocer sus aportes sin dejar de señalar sus límites y, sobre todo, permitir que aquello que pensamos con él vuelva a ponerse en juego en nuestras relaciones.
Tal vez ahí se encuentre una de las formas más fértiles de acercarnos a su legado: no memorizar una obra, sino dejarnos interpelar por ella. Después de todo, una conversación que vale la pena no siempre termina cuando encontramos una respuesta. A veces termina cuando descubrimos una pregunta mejor.
Descargar el documento de trabajo
“Sobremesa con Iván. 100 años de Iván Illich” es el Documento de Trabajo N.º 21 del Observatorio de Bienes Comunes, publicado en septiembre de 2026. Es una propuesta para leer, conversar, jugar con las ideas de Illich y llevar sus preguntas a nuestras propias experiencias, comunidades y territorios.
Toma el documento, siéntate a la mesa y deja que alguna pregunta comience la conversación.Quizá una conversación que vale la pena no termina cuando encontramos una respuesta, sino cuando descubrimos una pregunta mejor.




