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Pensar fuera del centro: un mapa para desobedecer la geopolítica del conocimiento

¿Dónde se produce el conocimiento? Si queremos investigar un problema de nuestra comunidad, reconstruir la historia de una organización campesina o conservar la memoria de una lucha social, ¿a dónde nos dirige nuestro mapa mental? ¿A la universidad, a un centro de investigación, a una biblioteca? ¿Y qué ocurre con los conocimientos que se construyen en los territorios, las organizaciones y los espacios comunitarios?

El Observatorio de Bienes Comunes de la Universidad de Costa Rica presenta Pensar fuera del centro: Antigeopolítica de los espacios de pensamiento, reflexión y acción en América Latina y el Caribe, un nuevo cuaderno de la colección Los Herejes de lo Común. Una invitación a explorar experiencias que cuestionaron las formas habituales de producir, reconocer y compartir conocimientos, y que se atrevieron a construir otros lugares desde donde pensar el mundo.

El GPS del conocimiento siempre nos lleva al mismo lugar

Imaginemos que encendemos un GPS y escribimos: «Quiero producir conocimiento».

El aparato calcula la ruta: «Destino recomendado: universidad».

Insistimos: «Quiero investigar los saberes de un territorio».

La respuesta no cambia demasiado.

«Destino recomendado: universidad».

Probamos una última vez: «Quiero conservar la memoria de una organización campesina».

El GPS duda un instante y vuelve a señalar el mismo camino.

El problema no está en las universidades, los archivos o los centros de investigación como tales. La pregunta es por qué hemos aprendido a reconocer determinados espacios como productores legítimos de conocimiento, mientras otros aparecen solamente como lugares donde ocurren las cosas o donde se recogen testimonios y datos.

La geopolítica del conocimiento no se limita a establecer cuáles instituciones tienen mayor prestigio. También distribuye autoridad: quién puede formular preguntas, elaborar conceptos, interpretar experiencias y decidir qué cuenta como conocimiento; quién publica y enseña, y quién termina convertido en objeto de investigación.

Pensar fuera del centro significa cuestionar esa distribución y explorar otras formas de construir espacios para conocer.

Una historia de lugares construidos para pensar

El cuaderno recorre diez experiencias históricas y contemporáneas de América Latina y el Caribe. No las reúne para construir un nuevo santoral de instituciones alternativas ni para ofrecer recetas que puedan copiarse en cualquier territorio. Las pone en conversación para explorar una pregunta común: ¿qué ocurre cuando pensar exige construir un espacio propio?

El recorrido comienza antes de las universidades, con los quilombos, palenques y cumbes que surgieron de las luchas de las personas esclavizadas contra el orden colonial. No se plantea una línea histórica directa entre aquellas comunidades y las experiencias educativas y organizativas posteriores. La conexión está en otra parte: en la necesidad de construir condiciones para vivir, reunirse, transmitir saberes, conservar la memoria y decidir colectivamente.

Desde allí, el mapa nos lleva a las Universidades Populares vinculadas con José Carlos Mariátegui en Perú, donde la cultura se entendía como un terreno de disputa política; a Warisata, en Bolivia, donde la comunidad y el ayllu se convirtieron en parte fundamental de la experiencia educativa; y a las escuelas de formación obrera del Caribe, que buscaron fortalecer las capacidades de organización y comprensión del mundo de los trabajadores.

También nos encontramos con La Rosca de Investigación y Acción Social, en Colombia, que cuestionó la autoridad tradicional del investigador y exploró formas de producir conocimiento junto con las organizaciones campesinas; con el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), asociado con Iván Illich, en Cuernavaca, México; y con el Centro de Documentación e Información Bolivia (CEDIB), donde conservar documentos se convirtió en una forma de sostener la memoria y facilitar el acceso a información relevante para la sociedad.

El recorrido continúa con el Instituto Brasileiro de Análises Sociais e Econômicas (IBASE), que articuló investigación y participación pública; la Escola Nacional Florestan Fernandes (ENFF), construida por el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra de Brasil; el CIDECI-Unitierra, en Chiapas, que invita a discutir las formas convencionales de reconocer el aprendizaje; y las experiencias de educación autónoma zapatista, donde el territorio, la vida comunitaria y la organización forman parte de los procesos educativos.

Cada experiencia tiene su historia, sus protagonistas y sus condiciones particulares. No todas persiguen los mismos objetivos ni enfrentan las mismas relaciones de poder. Precisamente por eso, el cuaderno no pregunta únicamente qué hicieron, sino también qué problemas intentaban resolver, qué espacios construyeron, qué relaciones quisieron transformar y qué contradicciones aparecieron en el camino.

No se trata de encontrar nuevas recetas

Una experiencia histórica puede convertirse fácilmente en una «buena práctica» cuando se la presenta como un modelo listo para reproducir. En ese proceso suelen desaparecer las disputas, los errores, las improvisaciones y las preguntas que le dieron sentido.

La Rosca no fue solamente una experiencia de participación: puso en discusión quién tiene autoridad para investigar. CIDOC no fue únicamente una iniciativa de educación alternativa: también enfrentó el riesgo de institucionalizarse. CEDIB no fue simplemente un archivo: su trabajo documental respondió a necesidades históricas concretas. Y construir una escuela propia, como hizo el MST con la ENFF, implica mucho más que levantar un edificio: supone crear condiciones materiales y colectivas para sostener la formación.

Por eso, el cuaderno propone cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos «¿qué podemos copiar de estas experiencias?», nos invita a explorar ¿qué preguntas nos ayudan a formular para nuestros propios territorios y organizaciones?

Esta mirada también permite reconocer que un espacio de pensamiento necesita más que financiamiento o infraestructura. Requiere tiempo para detenerse, posibilidades de encuentro, memoria, circulación de conocimientos, autonomía para formular preguntas, capacidad de disentir y condiciones para equivocarse y cambiar de rumbo.

Tener recursos no garantiza libertad para investigar. Contar con un proyecto financiado no significa poder modificar sus preguntas cuando la realidad demuestra que algo no funciona. La autonomía también depende de quién decide, qué puede discutirse y qué conocimientos pueden compartirse.

Cuatro ejercicios para desarmar el GPS del conocimiento

El cuaderno no quiere quedarse en la reflexión. Por eso incluye cuatro ejercicios para trabajar estas preguntas de manera práctica y colectiva:

  • -El GPS del conocimiento: dibujar un mapa de los lugares a los que acudimos para aprender, investigar o producir conocimiento, y explorar rutas alternativas.

  • -El detective de los espacios: reconstruir una experiencia histórica atendiendo a sus problemas, protagonistas, relaciones de poder y contradicciones.

  • -El centro se mueve: reconocer lugares donde ya aprendemos y pensamos, incluso cuando no suelen ser considerados espacios de producción de conocimiento.

  • -Construir un espacio que todavía no existe: imaginar un espacio de pensamiento en nuestro territorio y discutir quién podría participar, qué se aprendería, quién decidiría, cómo se sostendría y qué haría falta para que no terminara reproduciendo aquello que busca transformar.

No son ejercicios con respuestas correctas. Son herramientas para abrir conversaciones, hacer visibles las jerarquías que solemos dar por sentadas e imaginar otras posibilidades de encuentro, investigación y acción colectiva.

El mapa no se destruye: se desobedece

Una universidad, una comunidad, un archivo, una escuela de movimiento, una biblioteca o una conversación pueden convertirse en espacios de pensamiento. No porque todos deban hacer lo mismo, sino porque pueden crear condiciones distintas para formular preguntas, compartir saberes, conservar memorias y actuar sobre los problemas que enfrentamos.

La antigeopolítica del conocimiento que propone este cuaderno no busca sustituir un centro por otro. Nos invita a cuestionar por qué ciertos lugares concentran la autoridad para producir conocimiento y a reconocer la diversidad de espacios desde los cuales podemos comprender y transformar el mundo.

Quizá la primera herejía no haya sido pensar diferente. Quizá haya sido construir un lugar desde donde hacerlo.

¿Qué es Los Herejes de lo Común?

Pensar fuera del centro forma parte de la colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes: Cuadernos de Antigeopolítica y Antiimperialismos, impulsada por el Observatorio de Bienes Comunes de la Universidad de Costa Rica.

Estos cuadernos nacen como herramientas pedagógicas y políticas para cuestionar los dogmas que presentan como inevitables el extractivismo, el colonialismo contemporáneo, la mercantilización de la vida y las distintas formas de dominación imperial. Recuperan experiencias históricas y actuales de resistencia, organización y defensa de la vida en América Latina y el Caribe, con el propósito de fortalecer la reflexión crítica y la imaginación política.

La figura del hereje, inspirada en la tradición de Fray Servando Teresa de Mier, no representa aquí a quien se equivoca, sino a quien se atreve a cuestionar las verdades establecidas y a imaginar otras formas de comprender y habitar el mundo. Desde esta perspectiva, las luchas por el agua, los territorios, la soberanía de los pueblos y las formas comunitarias de vida también producen preguntas, conocimientos y horizontes colectivos que desafían el orden dominante.

La colección busca abrir espacios para pensar esas experiencias, reconocer sus aprendizajes y contradicciones, y preguntarnos qué mundos queremos defender y construir frente a las múltiples formas de ocupación, control y despojo contemporáneo.

Porque defender los bienes comunes también significa defender nuestra capacidad colectiva de pensar, imaginar y construir otros mundos posibles.

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La Pantera Rosa sale a la calle: crónicas de una esperanza que no se deja domesticar

Entre pancartas, canciones, bailes y reclamos, las protestas sociales nos recuerdan que pensar críticamente también consiste en cuestionar lo que nos han dicho que debemos aceptar.

Una extraña costumbre se extiende por el mundo

Buenas tardes. Les habla la Pantera Rosa, corresponsal infiltrada en las calles del planeta, donde se ha detectado una anomalía que preocupa profundamente a ciertos sectores del poder: la gente está saliendo a protestar. Y no parece tratarse de un error del sistema.

En distintos lugares del mundo, las personas se encuentran para expresar su malestar, reclamar derechos, defender sus territorios, cuestionar decisiones gubernamentales y exigir condiciones de vida dignas. Algunas marchan con pancartas; otras llevan tambores, canciones, disfraces o instrumentos musicales. Hay quienes preparan comida, comparten agua, acompañan a las personas heridas y organizan espacios para sostener la movilización.

¡Qué situación tan complicada para quienes preferirían que cada persona resolviera sus problemas en la intimidad de su casa, sin molestar a nadie!

Porque una cosa es que alguien esté inconforme y otra, bastante más incómoda, es que descubra que otras personas también lo están. Peor todavía: que empiecen a conversar, a reconocerse y a preguntarse si aquello que parecía un problema individual tiene causas que van mucho más allá de sus circunstancias particulares.

Y entonces sucede lo impensable: el malestar deja de ser una colección de frustraciones privadas y comienza a convertirse en una pregunta colectiva.

Nuestra corresponsalía considera que aquí hay algo digno de atención.

Cuando las calles se convierten en lugares para pensar

Existe una curiosa costumbre de imaginar el pensamiento crítico como una actividad que ocurre exclusivamente entre libros, escritorios, aulas universitarias y personas que utilizan palabras suficientemente complicadas como para necesitar un diccionario a mano.

La Pantera Rosa no tiene nada contra los libros. De hecho, lleva uno en su bolso, por si acaso necesita defenderse de alguna interpretación apresurada de la realidad.

Pero hay algo que conviene recordar: también se piensa cuando una comunidad se pregunta por qué le falta agua, cuando estudiantes defienden la educación pública, cuando las personas trabajadoras cuestionan sus condiciones laborales o cuando un territorio se organiza para proteger un río amenazado.

Se piensa al comparar lo que se promete con lo que realmente sucede. Al escuchar experiencias que contradicen las explicaciones oficiales. Al descubrir que aquello que se presenta como inevitable responde, en realidad, a decisiones humanas que pueden discutirse y transformarse.

La protesta social abre precisamente ese espacio: permite que distintas experiencias salgan del aislamiento, se encuentren y pongan en cuestión las explicaciones con las que aprendimos a entender el mundo.

El libro Pensar en marcha. Filosofía y protesta social en Colombia, publicado por CLACSO, recoge una experiencia especialmente interesante: la reflexión filosófica que acompaña las movilizaciones sociales y busca comprender sus preguntas, sus conflictos y sus posibilidades. Sus autores proponen una relación entre la reflexión comprometida y la acción reflexiva. Pensar-en-marcha

Dicho de una manera menos solemne: no hace falta esperar a que termine la protesta para empezar a pensar sobre ella. También podemos pensar mientras caminamos, discutimos, organizamos una olla comunitaria o intentamos comprender por qué tantas personas sienten que las instituciones no están respondiendo a sus necesidades.

La calle no sustituye a los libros, ni los libros sustituyen a la calle. Pero cuando se encuentran, pueden ayudarnos a formular mejores preguntas.

Y formular preguntas sigue siendo una costumbre difícil de controlar.

El problema de una ciudadanía que empieza a hacerse preguntas

La Pantera Rosa ha observado que, cuando aparecen las protestas, también suele aparecer un repertorio bastante conocido de explicaciones.

Que las personas no comprenden las decisiones gubernamentales. Que alguien las manipula. Que deberían esperar. Que existen canales institucionales para expresar sus preocupaciones. Que manifestarse altera la tranquilidad de quienes no tienen nada que reclamar.

Esta corresponsalía no descarta que cada movilización tenga sus propias tensiones, contradicciones y conflictos. Las protestas no son espacios mágicos donde desaparecen las diferencias ni comunidades perfectamente organizadas en las que todo el mundo está de acuerdo.

Pero hay una pregunta que merece hacerse: ¿qué ocurre cuando los canales disponibles no ofrecen respuestas suficientes, cuando determinadas voces no encuentran escucha o cuando los problemas persisten a pesar de haber sido señalados una y otra vez?

En esas circunstancias, la protesta puede convertirse en una manera de hacer visible aquello que se preferiría mantener fuera de la conversación pública.

Y aquí aparece otra curiosidad: con frecuencia se invita a la ciudadanía a participar, siempre que su participación no incomode demasiado, no cuestione las decisiones tomadas y no interrumpa el funcionamiento habitual de las cosas.

La Pantera Rosa quisiera conocer la dirección exacta de esa oficina donde se tramitan las solicitudes para una participación ciudadana que no produzca ninguna incomodidad.

Mientras tanto, conviene recordar que la protesta social no es solamente una expresión de descontento. También puede abrir debates sobre qué entendemos por democracia, quiénes tienen la posibilidad de intervenir en las decisiones colectivas y cuáles son las experiencias que reciben atención pública.

Protestar no garantiza que las demandas sean atendidas ni que los cambios necesarios se produzcan. Pero permite colocar preguntas en el espacio público y disputar la idea de que las cosas deben continuar exactamente como están.

No todo ocurre frente a un micrófono

Hay otra dimensión de las protestas que merece atención: aquello que sucede entre las personas que participan.

A veces, la mirada se concentra tanto en las consignas, las declaraciones y los enfrentamientos que dejamos de observar las relaciones que hacen posible sostener una movilización.

Alguien cocina. Otra persona organiza los turnos. Alguien presta su casa, comparte información o acompaña a quien tiene miedo. Hay quienes ponen música, crean imágenes, escriben, bailan y encuentran maneras de expresar lo que las palabras habituales no alcanzan a decir.

Estas prácticas no son simples adornos de la protesta. Pueden formar parte de su capacidad para reunir experiencias diversas, construir vínculos y abrir espacios de colaboración.

En su reflexión sobre las movilizaciones colombianas de 2021, Pensar en marcha presta atención precisamente a la presencia del arte, la cultura, los cuidados y las formas de solidaridad que acompañaron las resistencias. Pensar-en-marcha

La Pantera Rosa encuentra aquí una noticia particularmente interesante: mientras buena parte del mundo insiste en presentarnos la competencia como la forma natural de relacionarnos, en las calles aparecen personas ensayando otras maneras de encontrarse.

No significa que todas las diferencias desaparezcan ni que toda experiencia colectiva sea necesariamente justa. Significa que, en medio del conflicto, también pueden surgir aprendizajes, preguntas y relaciones que merecen ser reconocidos.

A veces, la protesta no solo cuestiona una decisión política. También permite experimentar, aunque sea temporalmente, que otras formas de organizarnos son posibles.

Y eso, para una corresponsal acostumbrada a observar las extravagancias del poder, resulta bastante más interesante que otro discurso sobre la importancia de la productividad.

La esperanza no es quedarse esperando

Conviene hacer una aclaración antes de cerrar esta transmisión: la Pantera Rosa no confunde esperanza con ingenuidad.

Las protestas tienen costos. Las personas pueden sufrir violencia, persecución, detenciones y desgaste. Las movilizaciones pueden enfrentar divisiones, perder fuerza o no alcanzar sus objetivos. Además, quienes salen a las calles no siempre comparten las mismas aspiraciones ni imaginan las mismas soluciones.

Por eso, mirar las protestas críticamente también exige escuchar sus distintas voces, comprender sus contextos y preguntarnos por los cambios que reclaman, las relaciones que construyen y los obstáculos que encuentran.

Pero reconocer esas dificultades no significa ignorar su importancia.

Cuando las personas se encuentran para cuestionar una injusticia, defender un bien común o exigir que sus necesidades sean escuchadas, están participando en una disputa sobre cómo queremos vivir y qué lugar ocupamos en las decisiones que afectan nuestras vidas.

La esperanza aparece allí, no como una promesa de que todo saldrá bien, sino como la posibilidad de actuar colectivamente frente a aquello que parecía inamovible.

Por eso, cuando la Pantera Rosa recorre las noticias de las protestas que emergen en distintos lugares del mundo, presta atención no solo a las multitudes, sino también a las preguntas que las reúnen, a las historias que las impulsan y a los vínculos que nacen en el camino.

Porque pensar críticamente no consiste únicamente en aprender a desconfiar de las explicaciones que recibimos. También implica imaginar alternativas, escuchar a quienes han sido ignorados y construir herramientas para comprender y transformar nuestra realidad.

Y si, además, en el proceso aparecen una orquesta, una pancarta ingeniosa o alguien repartiendo comida, nuestra corresponsalía no tiene objeciones.

Último reporte: las calles siguen hablando

Desde el Observatorio de Bienes Comunes, esta Pantera Rosa se despide con una última observación: las protestas sociales nos recuerdan que la vida colectiva no está terminada de escribir.

Cada movilización tiene su historia. Cada comunidad enfrenta sus propios conflictos. No hay una receta universal para transformar la realidad, ni basta con llenar las calles para resolver problemas que se han construido durante décadas.

Pero cuando las personas se encuentran, comparten sus experiencias y se atreven a cuestionar lo que parecía incuestionable, se abre una posibilidad: comenzar a pensar de otra manera aquello que vivimos en común.

Tal vez por eso las protestas incomodan tanto. No solo interrumpen la circulación de vehículos o alteran la agenda de las autoridades. También interrumpen la circulación de ciertas certezas.

Y ahora, si me permiten, debo continuar mi recorrido. Hay demasiadas calles por observar, demasiadas preguntas por escuchar y demasiados intentos de explicar que todo está bien mientras la gente insiste en decir lo contrario.

La Pantera Rosa informa: pensar también es salir al encuentro de otras personas, cuestionar lo que parecía inevitable y descubrir que la realidad puede transformarse cuando dejamos de enfrentarla en soledad.

Seguiremos informando. La esperanza, por lo visto, todavía no ha solicitado permiso para manifestarse.

Mapa de las protestas: distintas luchas, una pregunta compartida

La Pantera Rosa ha desplegado su libreta de corresponsal y encontró algo que merece atención: las protestas no nacen todas por las mismas razones, ni tienen idénticos objetivos. Algunas denuncian decisiones gubernamentales; otras enfrentan la corrupción, las desigualdades, la violencia o el deterioro de las condiciones de vida. Pero muchas comparten una ruptura: personas que dejan de aceptar en silencio aquello que se presenta como inevitable.

Para ampliar la nota, podemos incorporar una matriz que permita reconocer qué se reclama, qué está en juego y qué nos enseñan estas movilizaciones sobre la vida en común. No se trata de meter todas las luchas en el mismo saco (la Pantera Rosa sabe que hasta los sacos tienen sus límites), sino de mirar sus diferencias y posibles puntos de encuentro.

Matriz de protestas: ¿qué está llevando a la gente a las calles?

Esta matriz recoge algunas de las movilizaciones documentadas durante las últimas semanas y otros procesos de protesta que continúan activos. No es un inventario completo de las luchas del mundo, sino una fotografía de distintas formas de inconformidad que atraviesan octubre de 2026.

País o región¿Qué está movilizando a la gente?¿Qué está en juego?La pregunta que nos deja la Pantera Rosa
FranciaEstudiantes, sindicatos y otros sectores protestan por las condiciones educativas, el costo de la vida y el deterioro de los servicios públicos.El acceso a una educación digna y la capacidad de sostener la vida cuando todo cuesta más.¿Por qué siempre aparecen recursos para exigir sacrificios a la población, pero nunca parecen suficientes para garantizar sus derechos?
AlbaniaEstudiantes y otros sectores se sumaron a las protestas contra la corrupción, el gobierno y un proyecto turístico de lujo que amenaza con privatizar el aprovechamiento de la costa.La defensa del territorio, los bienes comunes y la posibilidad de decidir qué futuro se construye.¿Quién decide qué hacer con un territorio: quienes lo habitan o quienes llegan con suficiente dinero para comprarlo?
ArgentinaEstudiantes y trabajadores universitarios marcharon contra los recortes presupuestarios a la educación.La educación pública como derecho y como condición para construir una sociedad menos desigual.¿Qué clase de futuro se puede construir si se considera el conocimiento un gasto prescindible?
Estados UnidosSe han registrado movilizaciones contra las políticas migratorias y actuaciones de agentes de inmigración, además de convocatorias contra el gobierno de Donald Trump.Los derechos de las personas migrantes, los límites del poder estatal y las libertades democráticas.¿Qué queda de los derechos cuando su ejercicio depende de quién eres, de dónde vienes o de cuánto le agradas al poder?
EspañaLas protestas por los desalojos y el encarecimiento de la vivienda han puesto en el centro el derecho a permanecer en el lugar donde se ha construido una vida.El acceso a la vivienda, la permanencia en los barrios y el conflicto entre la vivienda como derecho y como negocio.¿En qué momento tener un techo dejó de ser una necesidad humana y pasó a convertirse, ante todo, en una oportunidad de inversión?
PortugalLas movilizaciones por el encarecimiento de la vivienda expresan el malestar ante unos precios que dificultan cada vez más el acceso a un hogar.La posibilidad de vivir en las ciudades sin que el alquiler consuma una parte desproporcionada de los ingresos.Si una ciudad expulsa a quienes la sostienen, ¿para quién se está construyendo?
IndiaMovilizaciones juveniles han denunciado irregularidades electorales y cuestionado las revisiones de los registros de votantes.La confianza en los procesos electorales y el derecho a participar en la vida política.¿De qué sirve celebrar elecciones si también hay que preguntarse quién podrá ejercer realmente su derecho al voto?
Reino Unido y otros paísesLas marchas de solidaridad con Palestina continúan expresando rechazo a la violencia contra la población palestina y cuestionamientos a las políticas de los gobiernos.La defensa de la vida, la solidaridad internacional y el derecho a denunciar las violaciones de derechos humanos.¿La solidaridad es un principio universal o solo se permite cuando no incomoda a quienes gobiernan?
Indonesia y otros países con movilizaciones juvenilesDistintos movimientos juveniles han cuestionado la corrupción, las condiciones de vida, las oportunidades laborales y el funcionamiento de las instituciones. Las causas varían de un país a otro.La posibilidad de tener un futuro digno y participar en decisiones que afectan la vida cotidiana.¿Qué ocurre cuando una generación deja de creer que debe conformarse con el futuro que le ofrecen?

Nota de la corresponsalía: esta selección reúne protestas con causas y trayectorias diferentes. No todas comparten demandas, formas de organización ni horizontes políticos. Tampoco todas las movilizaciones tienen los mismos niveles de participación o han recibido las mismas respuestas de las autoridades.

Hay una solidaridad que atraviesa muchas de estas movilizaciones y que merece un lugar propio: la defensa del pueblo palestino frente al genocidio en Gaza, perpetrado por Israel, y la violencia que continúa marcando sus vidas. En distintas partes del mundo, las marchas, los plantones, las acciones culturales y las campañas de solidaridad han llevado a las calles una exigencia de justicia, el rechazo a las acciones del Estado israelí y la denuncia de la devastación de la vida palestina.

Estas expresiones nos recuerdan que la solidaridad también cruza fronteras: que el sufrimiento de un pueblo no tiene por qué convertirse en una noticia más que aprendemos a tolerar, y que defender la dignidad humana implica cuestionar la indiferencia, exigir responsabilidades a quienes perpetran la violencia y acompañar a quienes resisten.

La Pantera Rosa toma nota: mientras algunos pretenden que miremos hacia otro lado, hay quienes siguen encontrándose en las calles para denunciar las acciones de Israel, afirmar que la vida palestina importa y recordarnos que la solidaridad no necesita pasaporte, pero sí memoria, compromiso y voluntad de no mirar hacia otro lado.

Lo que la matriz no puede mostrar por sí sola

La tabla permite ordenar las demandas, pero hay algo que se pierde cuando las protestas se reducen a una lista de reclamos: la gente no solo sale a la calle para denunciar lo que está mal; también aprende, se organiza y ensaya otras formas de relacionarse.

En las movilizaciones encontramos asambleas, conversaciones, canciones, bailes, ollas compartidas, acompañamiento y cuidado mutuo. No aparecen necesariamente en los titulares, pero son parte de la experiencia de protestar. La calle se convierte, por momentos, en un lugar donde se comparten conocimientos, se reconocen problemas que parecían individuales y se descubren posibilidades de actuar colectivamente.

Desde esa perspectiva, la protesta también es una práctica de pensamiento crítico. No porque quienes protestan tengan todas las respuestas, sino porque se atreven a poner en duda las respuestas que el poder presenta como definitivas.

La Pantera Rosa propone tres preguntas para leer estas luchas:

  • -¿Qué nos enseñan sobre aquello que nuestras sociedades consideran normal, aunque produzca sufrimiento o desigualdad?
  • -¿Qué vínculos, saberes y formas de ayuda mutua aparecen cuando las personas se organizan?
  • -¿Qué alternativas comienzan a imaginarse cuando dejamos de pensar que los problemas deben resolverse individualmente?

Y una última observación de esta corresponsalía: a los gobiernos puede incomodarles que la gente proteste; a los mercados, que cuestione sus prioridades; y a quienes prefieren la obediencia, que las personas comiencen a pensar juntas.

Pero quizá esa sea una de las contribuciones más importantes de la protesta: recordarnos que la realidad no es un guion terminado y que la ciudadanía no consiste únicamente en observar cómo otras personas deciden nuestro destino.

La Pantera Rosa seguirá recorriendo las calles. No descarta entrevistar a una pancarta, asistir a una asamblea o aprenderse una coreografía. Lo que no hará es quedarse esperando, en silencio, a que le concedan permiso para pensar.

Para seguir pensando en marcha: una invitación a leer colectivamente

La Pantera Rosa ha hecho sus recorridos por las calles y ha llenado varias páginas de su libreta. Pero todavía queda una pregunta: ¿cómo comprender lo que ocurre cuando las personas dejan de aceptar en silencio las decisiones que afectan sus vidas y comienzan a organizarse para cuestionarlas?

Para seguir esta pista, queremos recomendar una lectura: Pensar en marcha. Filosofía y protesta social en Colombia, publicado por CLACSO. Este libro nos invita a acercarnos a las protestas no solamente como acontecimientos políticos que aparecen en las noticias, sino también como experiencias que producen preguntas, reflexiones y aprendizajes colectivos.

Leerlo en este momento puede ayudarnos a mirar más allá de las imágenes de multitudes, las pancartas y los enfrentamientos. ¿Qué conocimientos se construyen en las calles? ¿Qué preguntas comienzan a hacerse las personas cuando descubren que sus malestares no son problemas individuales? ¿Qué relaciones de solidaridad, cuidado y colaboración hacen posible sostener una lucha? ¿Qué ocurre con nuestras ideas sobre la democracia cuando quienes habitualmente son escuchados deciden que ya no quieren seguir hablando solos?

Las experiencias colombianas que recoge el libro nos ofrecen pistas para pensar también las movilizaciones que recorren otros lugares del mundo. No porque todas las protestas sean iguales, sino porque acercarnos a ellas puede ayudarnos a reconocer sus particularidades, sus tensiones y sus posibilidades transformadoras.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes nos interesa especialmente esta invitación: entender la protesta como una expresión de inconformidad, pero también como un espacio donde se aprende a pensar con otras personas, se cuestiona lo que parecía inevitable y se ensayan maneras distintas de construir la vida en común.

La Pantera Rosa recomienda, entonces, hacer una pausa entre pancarta y pancarta, abrir el libro y continuar la conversación. Porque salir a la calle puede ser una manera de plantear preguntas, y leer colectivamente puede ayudarnos a comprender mejor por qué esas preguntas importan.

¿Y si, además de observar las protestas, nos animamos a pensar con ellas?

Referencias:

Associated Press. (2026, 17 de octubre). Riots in Tirana enter a fifth day as Albania’s anti-government protests escalate.

Columbia University, Global Freedom of Expression. (2026). CGFoE Protest Monitor: Tracking pro-democracy protests and the suppression of dissent worldwide.

Democracy Now! (2026, 16 de octubre). Las protestas lideradas por estudiantes se extienden de Francia a Albania y Argentina.

Grueso Vanegas, D. I., Niño Castro, Á., Rueda Barrera, E. A., y Tovar González, L. (Eds.). (2022). Pensar en marcha: Filosofía y protesta social en Colombia. CLACSO.

Nilsson-Julien, E. (2026, 5 de octubre). From school blockades to violence: What is driving student protests in France? Euronews.

Tanjim, N. (2026, 16 de octubre). Young, online and on the streets. The Business Standard.

Taylor, H. (2026, 18 de octubre). Why are people protesting across Europe? The Guardian.

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1492 y la herida colonial: Mariátegui y el desafío de pensar desde el territorio

El 12 de octubre suele recordarse bajo distintas denominaciones: Día de la Raza, Día de la Hispanidad o Encuentro de Dos Mundos. Sin embargo, estas expresiones no son neutrales: cada una propone una manera de interpretar la historia y de comprender sus consecuencias en el presente. Desde una perspectiva crítica latinoamericana y caribeña, esta fecha nos invita a reflexionar sobre la conquista, el despojo territorial y la imposición de un orden colonial que transformó las formas de organización económica, las relaciones sociales y los modos de habitar y comprender el mundo de los pueblos originarios.

En este contexto, volver a 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, del pensador peruano José Carlos Mariátegui, constituye una oportunidad para revisar las raíces históricas de nuestras desigualdades y preguntarnos por las posibilidades de construir otras formas de organizar la vida colectiva. Publicada originalmente en 1928, esta obra sigue ofreciendo herramientas para comprender la relación entre tierra, poder, comunidad y emancipación, así como para cuestionar las ideas de progreso que justifican el despojo y la subordinación de los pueblos.

Para el Observatorio de Bienes Comunes, leer a Mariátegui implica recuperar una pregunta fundamental: ¿cómo pensar las transformaciones de nuestras sociedades desde sus propias historias, territorios y experiencias comunitarias, sin convertir las teorías en moldes que ignoran la realidad que pretenden explicar?

La conquista y la transformación de las relaciones con la tierra

En el ensayo «Esquema de la evolución económica», Mariátegui examina las profundas transformaciones producidas por la conquista española en la organización económica del Perú. Su interpretación se distancia de los relatos que presentan este proceso como un encuentro entre culturas o como el inicio inevitable de una etapa de progreso. En su lugar, analiza la ruptura de las formas de organización existentes y la instauración de relaciones de explotación que marcaron la historia posterior del país.

Antes de la conquista, las comunidades indígenas habían desarrollado formas de organización económica vinculadas con el trabajo colectivo, la reciprocidad y el aprovechamiento compartido de los recursos. Mariátegui destaca particularmente la organización agraria del Imperio incaico y la importancia del ayllu, la comunidad como espacio de organización social y económica.

La conquista no sustituyó estas formas de organización por un sistema que garantizara mejores condiciones de vida para las mayorías. Por el contrario, impuso nuevas relaciones de propiedad y explotación, debilitó las estructuras comunitarias y subordinó la producción a los intereses coloniales. Posteriormente, el latifundio y el gamonalismo consolidaron mecanismos de concentración de la tierra y sometimiento de la población indígena.

Esta interpretación permite comprender que la desigualdad no puede explicarse únicamente por las diferencias individuales, las condiciones educativas o las supuestas dificultades de determinados grupos para incorporarse al progreso. Es necesario examinar las relaciones históricas de poder que han determinado quién controla la tierra, quién se beneficia de su aprovechamiento y quién soporta las consecuencias del despojo.

En 7 ensayos, Mariátegui plantea que el problema del indio tiene una raíz fundamentalmente económica y social: el régimen de propiedad de la tierra. Su argumento cuestiona las explicaciones que atribuyen la exclusión indígena a características raciales o culturales y dirige la atención hacia las estructuras que reproducen la explotación.

Esta perspectiva conserva una importancia decisiva para comprender los conflictos territoriales contemporáneos. Las disputas por la tierra y el agua, la expansión de las actividades extractivas y la subordinación de las necesidades comunitarias a los intereses económicos no son fenómenos aislados de su historia. Nos obligan a examinar cómo se distribuyen el poder y los recursos, qué formas de vida se protegen y cuáles se sacrifican en nombre del desarrollo.

La comunidad indígena: memoria, resistencia y posibilidad

Uno de los aportes más significativos de Mariátegui es su reflexión sobre la comunidad indígena. Frente a las interpretaciones que la consideran una estructura atrasada destinada a desaparecer con la modernización, el autor reconoce su importancia económica, social y política.

Su análisis no consiste en idealizar las comunidades ni en afirmar que sus formas históricas de organización deban permanecer intactas. Se trata, más bien, de reconocer que en ellas existen experiencias de cooperación, reciprocidad y trabajo colectivo que cuestionan la idea de que la competencia individual y la propiedad privada constituyen las únicas formas posibles de organizar la producción y satisfacer las necesidades humanas.

La comunidad aparece así como una realidad histórica que ha resistido diferentes formas de subordinación y que conserva capacidades para reorganizarse y transformar sus condiciones de existencia. En el pensamiento de Mariátegui, estas experiencias no son simples vestigios de un pasado que debe superarse, sino una fuente de posibilidades para construir un proyecto emancipador arraigado en las condiciones concretas de nuestra América.

Esta reflexión dialoga con la perspectiva de los bienes comunes. Los bienes comunes no se reducen a recursos naturales disponibles para el aprovechamiento económico. También comprenden las relaciones sociales, los conocimientos, las prácticas de cooperación y las formas de organización mediante las cuales las comunidades sostienen la vida y construyen respuestas colectivas a sus necesidades.

Desde esta mirada, defender los bienes comunes implica prestar atención a las condiciones que hacen posible su existencia: el acceso a la tierra y al agua, la autonomía de las comunidades, la transmisión de conocimientos y la capacidad colectiva de decidir sobre el territorio.

La pregunta, entonces, no es únicamente qué recursos deben protegerse, sino también qué relaciones sociales permiten cuidarlos, compartirlos y sostenerlos frente a las presiones de la mercantilización.

Pensar desde nuestra realidad: una crítica a las ideas importadas de progreso

Mariátegui también ofrece una reflexión fundamental sobre la producción de conocimiento. Su propuesta de interpretar la realidad peruana desde sus particularidades históricas cuestiona la aplicación mecánica de teorías elaboradas en otros contextos.

Su apropiación crítica del marxismo no consistió en reproducir un esquema europeo de evolución social, sino en examinar las contradicciones de una sociedad en la que coexistían distintas formas de producción y relaciones de poder. La herencia colonial, las estructuras agrarias, la expansión capitalista y las formas comunitarias no podían comprenderse como etapas sucesivas de una misma trayectoria universal. Formaban parte de una realidad histórica compleja, atravesada por relaciones de subordinación y conflicto.

De ahí la importancia de su propuesta de construir un pensamiento arraigado en las condiciones concretas de nuestros pueblos. Pensar desde América Latina no significa rechazar las ideas producidas en otras regiones, sino someterlas a la crítica, confrontarlas con nuestras experiencias y construir herramientas capaces de explicar las particularidades de nuestra historia.

Esta preocupación también permite cuestionar las concepciones dominantes del desarrollo. Con frecuencia, el progreso se presenta como un camino único, medido por el crecimiento económico, la expansión de las inversiones y la incorporación de los territorios a los circuitos del mercado. Desde esta perspectiva, las formas comunitarias de organización aparecen como obstáculos y los territorios se valoran principalmente por los recursos que pueden ofrecer.

Mariátegui nos ayuda a poner en cuestión esta mirada. Si la historia de nuestras sociedades está atravesada por la concentración de la tierra, el despojo y la subordinación de las mayorías, no basta con prometer más crecimiento económico para resolver sus contradicciones. Es necesario preguntarnos quién decide el rumbo de las transformaciones, quién se beneficia de ellas y qué ocurre con las comunidades, los conocimientos y las formas de vida que no se ajustan a sus intereses.

Para el Observatorio de Bienes Comunes, esta discusión resulta especialmente relevante. Pensar desde el territorio supone reconocer que las comunidades producen conocimientos sobre sus entornos, construyen memorias colectivas y desarrollan prácticas para sostener la vida. Estos saberes no deben tratarse como elementos secundarios frente al conocimiento institucional, sino como parte de las capacidades sociales necesarias para comprender y transformar la realidad.

El 12 de octubre: una historia que sigue interpelando el presente

A casi un siglo de la publicación de 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, las preguntas de Mariátegui continúan siendo relevantes. La concentración de la tierra, la desigualdad rural, la subordinación de las comunidades y los conflictos entre las necesidades colectivas y los intereses económicos siguen formando parte de las disputas que atraviesan América Latina y el Caribe.

Sin embargo, recuperar su pensamiento no significa trasladar directamente sus respuestas a nuestro tiempo. Supone reconocer la potencia de sus preguntas y utilizarlas para examinar las transformaciones actuales de nuestras sociedades.

¿Qué continuidades existen entre las formas históricas de despojo y los conflictos territoriales contemporáneos? ¿Cómo se justifican las desigualdades cuando se presentan como consecuencias inevitables del progreso? ¿Qué conocimientos y experiencias quedan excluidos cuando las decisiones sobre los territorios se toman sin reconocer la voz de las comunidades? ¿Qué podemos aprender de las prácticas colectivas que, frente a estas presiones, defienden otras maneras de habitar y cuidar el mundo?

Estas preguntas permiten vincular la memoria histórica con las luchas presentes. La conquista no constituye únicamente un acontecimiento del pasado: sus consecuencias se manifiestan en estructuras de propiedad, jerarquías sociales y relaciones de poder que han cambiado a lo largo del tiempo, pero que siguen siendo objeto de disputa.

Por eso, el 12 de octubre también puede ser una oportunidad para reconocer las resistencias de los pueblos indígenas y las comunidades que han defendido sus territorios, sus conocimientos y sus formas de organización. No se trata solamente de recordar lo que fue destruido, sino de reconocer las capacidades colectivas que han permitido sostener y recrear otras formas de vida.

Volver a Mariátegui para defender los bienes comunes

Desde el Observatorio de Bienes Comunes, la lectura de Mariátegui nos invita a recuperar tres reflexiones fundamentales.

Descolonizar nuestra manera de pensar. Reconocer que nuestras sociedades tienen historias y realidades particulares exige cuestionar las explicaciones que presentan un único modelo de desarrollo como destino inevitable. Pensar desde nuestros territorios implica construir herramientas de análisis en diálogo con las experiencias, los conocimientos y las luchas de nuestros pueblos.

Comprender la tierra como una cuestión de poder. Los conflictos territoriales no se limitan a la distribución de recursos. También expresan disputas sobre las condiciones materiales de la vida, la autonomía de las comunidades y la capacidad de decidir qué se produce, cómo se habita el territorio y para quién se organizan sus riquezas.

Reconocer la comunidad como una fuente de posibilidades. Las prácticas de cooperación, reciprocidad y organización colectiva muestran que existen otras maneras de responder a las necesidades compartidas. Defender los bienes comunes significa fortalecer las condiciones que permiten a las comunidades participar en las decisiones que afectan sus vidas y sostener sus formas de organización.

En este 12 de octubre, volver a 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana es una invitación a mirar nuestra historia desde las relaciones de poder que la han configurado, pero también desde las resistencias y posibilidades que atraviesan nuestros territorios.

Mariátegui nos recuerda la importancia de pensar desde nuestra propia realidad, reconocer las experiencias comunitarias y cuestionar los modelos que presentan el despojo como sinónimo de progreso. Su obra nos permite comprender que la defensa de la vida no puede separarse de las condiciones materiales que la hacen posible ni de las relaciones sociales mediante las cuales la sostenemos.

Pensar desde el territorio es también preguntarnos quién decide sobre los bienes que sostienen la vida y qué formas de organización queremos construir para defenderlos.

En el Observatorio de Bienes Comunes, recuperamos esta pregunta como parte de una reflexión colectiva sobre la memoria, la autonomía de los pueblos y la construcción de alternativas frente a la mercantilización de la naturaleza y de la vida.

Volver a Mariátegui es una oportunidad para seguir pensando, desde América Latina y el Caribe, cómo transformar las herencias coloniales y fortalecer las prácticas colectivas que hacen posible otros futuros.

Volver a Mariátegui es una oportunidad para profundizar en las raíces históricas de nuestras desigualdades y reconocer las posibilidades de transformación que nacen de las experiencias comunitarias. Por eso, les invitamos a leer 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, una obra fundamental del pensamiento crítico latinoamericano que continúa aportando preguntas para comprender las relaciones entre tierra, poder, comunidad y emancipación.

Les invitamos a acercarse a esta obra, explorar sus reflexiones y ponerlas en diálogo con las luchas de nuestros territorios y las experiencias de quienes defienden los bienes comunes.

Lea y descargue el libro: 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, de José Carlos Mariátegui, en la Biblioteca Ayacucho.

Porque leer a Mariátegui no es solamente volver sobre nuestra historia: es abrir preguntas sobre el presente y las posibilidades de construir otros futuros desde América Latina y el Caribe.

Ivan Illich en su primer cumpleaños en Cuernavaca corregida

Cien años de Illich: las preguntas que todavía incomodan

¿Qué ocurre cuando aquello que fue creado para ayudarnos termina organizando nuestra vida? ¿Cuándo una herramienta deja de estar a nuestro servicio y comenzamos a estar al servicio de ella? ¿Qué capacidades hemos dejado de ejercer porque aprendimos a depender de instituciones, servicios o expertos?

A cien años del nacimiento de Iván Illich (1926–2002), más que recuperar una figura para convertirla en monumento, podemos hacer algo distinto: volver a sentarnos con su obra y dejar que sus preguntas nos incomoden. Desde el Observatorio de Bienes Comunes proponemos una Sobremesa con Iván, no como una clase sobre un autor ni como un recorrido destinado a ordenar definitivamente su pensamiento, sino como una invitación a encontrarnos con sus preguntas, ponerlas en diálogo con nuestra experiencia y permitir que abran nuevas conversaciones.

Hay algo particularmente sugerente en esta forma de conmemorar un centenario. En lugar de preguntarnos solamente qué pensó Illich, qué conceptos desarrolló o cuáles de sus ideas continúan siendo reconocidas, podemos preguntarnos qué hace todavía su pensamiento cuando lo ponemos en contacto con nuestro presente. Porque quizá su vigencia no consista en ofrecernos respuestas que podamos trasladar mecánicamente a los problemas actuales, sino en ayudarnos a recuperar una disposición crítica: sospechar de aquello que aparece como natural, necesario o inevitable y preguntarnos cómo llegó a ser así, quién decidió que debía organizarse de esa manera y qué otras posibilidades fueron quedando fuera.

Un pensamiento que incomoda

Iván Illich fue un pensador y crítico social nacido en Viena cuya trayectoria intelectual se desarrolló en buena medida desde América Latina. En los años sesenta fundó en Cuernavaca, México, el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), un espacio de encuentro y reflexión sobre educación, cultura y transformación social. Su obra cuestionó algunas de las certezas sobre las que se organizan las sociedades modernas y dirigió una mirada especialmente crítica hacia las instituciones cuando estas, en lugar de ampliar las capacidades de las personas, terminan generando dependencia y definiendo las condiciones bajo las cuales aprendemos, vivimos y nos relacionamos.

En La sociedad desescolarizada, Illich puso en discusión la identificación entre aprendizaje y escolarización; en La convivencialidad exploró la relación entre herramientas, instituciones y autonomía; y en otros trabajos examinó los procesos mediante los cuales actividades y capacidades de la vida cotidiana pueden ser progresivamente desplazadas hacia instituciones profesionales y sistemas especializados. Conceptos como desescolarización, convivencialidad, autonomía y límites permiten acercarse a ese pensamiento, pero también pueden convertirse en una trampa si los tratamos como respuestas acabadas.

Por eso, acercarnos a Illich implica algo más que recuperar sus ideas: supone mirar aquello que esas ideas nos permiten ver y, al mismo tiempo, aquello que no alcanzan a explicar. El propio documento Sobremesa con Iván parte de esta diferencia entre aprender sobre Illich y aprender con Illich: una herramienta de pensamiento tiene sentido cuando nos permite hacer algo con ella, cuando abre una posibilidad de mirar nuestra propia experiencia, y no cuando simplemente la admiramos o la repetimos.

De las ideas a las prácticas

Aquí aparece una cuestión que nos interesa especialmente: la relación entre pensamiento, práctica y ética. Hablar de autonomía, libertad, convivencia o capacidad comunitaria puede resultar relativamente sencillo; lo más exigente es preguntarnos si nuestras propias formas de relacionarnos hacen posible aquello que defendemos.

Esta tensión nos obliga a mirar también hacia nuestros propios espacios. Podemos cuestionar el autoritarismo y reproducir pequeñas formas de autoritarismo; podemos defender la conversación y, al mismo tiempo, querer tener siempre la última palabra; podemos hablar de autonomía mientras construimos relaciones de dependencia. Incluso podemos criticar instituciones que concentran el poder y terminar reproduciendo esas mismas lógicas dentro de nuestras organizaciones, proyectos o comunidades.

En ese sentido, acercarse a Illich supone aceptar que la crítica no puede dirigirse únicamente hacia afuera. También puede volverse sobre nosotros mismos y preguntarnos qué prácticas estamos reproduciendo, qué capacidades estamos desplazando y qué relaciones de dependencia estamos construyendo incluso allí donde buscamos transformarlas. De ahí que una de las preguntas que atraviesan la propuesta sea especialmente incómoda: ¿estamos reproduciendo nosotros mismos aquello que criticamos?

Esta es quizá una de las razones por las que resulta más fecundo leer a Illich como interlocutor que como autoridad. Sus conceptos pueden ayudarnos a mirar nuestra experiencia, pero esa experiencia también tiene derecho a responderles, contradecirlos y ponerlos a prueba.

Una ética para conversar

La conversación, entonces, deja de ser solamente una forma de intercambiar ideas y adquiere una dimensión ética. Conversar implica escuchar, responder, dejarse interpelar y conservar la posibilidad de disentir. Significa reconocer que podemos sostener posiciones diferentes sin convertir necesariamente al otro en enemigo.

El documento recupera, en este sentido, una distinción sugerente entre controversia y polémica: la controversia permite que existan posiciones diferentes sin reducir el encuentro a la derrota del otro, mientras que la polémica tiende a organizarse precisamente alrededor de esa voluntad de vencer.

La diferencia importa porque también dentro de los espacios críticos podemos reproducir las formas de poder que cuestionamos. Podemos defender la autonomía sin permitir el desacuerdo, cuestionar el autoritarismo mientras construimos pequeños autoritarismos o reivindicar la conversación mientras buscamos imponer nuestra propia palabra. Por eso la pregunta no es solamente qué pensamos, sino también cómo queremos relacionarnos mientras pensamos juntos y juntas.

Esta dimensión ética resulta particularmente importante para una lectura contemporánea de Illich. No basta con defender determinadas ideas sobre autonomía, libertad o convivencia; también necesitamos construir formas de relación en las que esas ideas puedan experimentarse. La ética no aparece, entonces, como un conjunto de principios separado de la práctica, sino como algo que se pone en juego en la manera en que escuchamos, discutimos, acompañamos, revisamos nuestras posiciones y aceptamos que nuestras propias herramientas de pensamiento pueden ser cuestionadas.

Leer a Illich contra Illich

Volver a Illich cien años después tampoco significa convertirlo en una figura intocable. Precisamente porque su pensamiento buscó cuestionar las certezas y revisar las formas establecidas de comprender el mundo, parece poco coherente acercarnos a su obra como si fuera una nueva doctrina.

Una de las invitaciones más provocadoras de Sobremesa con Iván es “leer a Illich contra Illich”: preguntarle dónde tiene razón y dónde se equivoca, qué no alcanzó a ver, qué ha cambiado desde que escribió, qué experiencias contemporáneas pueden contradecir sus argumentos y qué conceptos necesitaríamos revisar. El propósito no es encontrar errores para descartarlo ni defenderlo frente a cualquier crítica, sino tomarlo suficientemente en serio como para discutir con él.

Esto también supone reconocer algo fundamental: una obra crítica permanece viva no porque encontremos la interpretación correcta de ella, sino porque todavía consigue abrir una conversación. No necesitamos preguntarnos qué habría dicho Illich sobre cada problema de nuestro tiempo. Podemos hacer algo más interesante: preguntarnos qué preguntas de Illich nos ayudan a pensar esos problemas de otra manera.

¿Qué nos puede preguntar Illich desde Costa Rica?

Es aquí donde la sobremesa deja de ser solamente una conversación sobre un autor y comienza a convertirse en una conversación sobre nuestro mundo. Las preguntas de Illich pueden encontrarse con problemas concretos de Costa Rica: la educación pública, la seguridad social, la universidad, las políticas de agua, los conflictos territoriales, el trabajo, las tecnologías digitales, las ciudades y las formas en que nuestras instituciones organizan la vida cotidiana.

Podemos mirar nuestras instituciones desde una pregunta sencilla pero exigente: ¿qué prometen y qué terminan produciendo? La escuela dice que educa, el hospital que cura, la universidad que produce conocimiento; pero una mirada inspirada en Illich nos invita a observar sus efectos concretos: qué capacidades amplían, cuáles desplazan, de qué dependencias participan y en qué momento aquello que pretendía resolver un problema comienza a producir otros.

Algo semejante ocurre con las herramientas. Teléfonos, plataformas digitales, automóviles, sistemas de evaluación, redes sociales, algoritmos, universidades e instituciones públicas pueden ser observados desde una pregunta que sigue siendo profundamente actual: ¿en qué momento dejamos de utilizar una herramienta y comenzamos a organizar nuestra vida alrededor de ella? La cuestión no consiste en decidir de antemano si una tecnología, una institución o un servicio es bueno o malo, sino en identificar cuándo comienza a establecer las condiciones bajo las cuales debemos vivir.

También podemos mirar nuestra relación con el crecimiento. Más velocidad, más producción, más consumo, más escolarización, más servicios, más información, más tecnología, más infraestructura: la pregunta illichiana no sería simplemente cuánto más podemos alcanzar, sino hasta dónde podemos llegar sin destruir las condiciones que hacen posible una vida autónoma. Allí aparece la cuestión de los límites y de quién tiene la capacidad de decidir dónde se encuentran esos umbrales.

Y junto a esto aparece otra tarea: escuchar aquello que nuestras categorías dejan fuera. El trabajo que no aparece como empleo, los aprendizajes que ocurren fuera de la escuela, los cuidados que no aparecen como servicios, los saberes que no reciben certificación y las múltiples actividades cotidianas que sostienen nuestras vidas sin aparecer necesariamente en las cuentas económicas. Mirar aquello que permanece invisible también es una forma de preguntarnos qué formas de vida han sido desplazadas o desvalorizadas por las categorías con las que organizamos nuestro mundo.

De este modo, las preguntas de Illich pueden ayudarnos a detenernos frente a aquello que suele presentarse como inevitable y recuperar una capacidad que atraviesa toda esta propuesta: preguntar quién decidió que las cosas tenían que ser así y qué posibilidades quedaron fuera.

Una sobremesa para volver a encontrarnos

Con este espíritu nace Sobremesa con Iván. 100 años de Iván Illich. La propuesta parte de una idea sencilla: quizá la mejor manera de conmemorar el centenario no sea ordenar todo lo que Illich pensó, sino recuperar algo de su manera de pensar y ponerla nuevamente en circulación.

El documento propone siete sobremesas para recorrer distintas preocupaciones de su obra: las instituciones que prometen ayudarnos, las herramientas que terminan gobernándonos, el problema del “más”, las formas en que cuidar, educar y ayudar pueden producir dependencia, aquello que queda fuera de nuestras categorías, la posibilidad de discutir con Illich y, finalmente, una ética para conversar. No se trata de un itinerario para aprender correctamente qué debemos pensar, sino de una invitación a utilizar esas preguntas sobre nuestras propias experiencias.

La propuesta incorpora además distintos juegos y ejercicios para llevar el pensamiento a la conversación: imaginar una institución “al revés” para observar sus efectos contradictorios; mirar de nuevo una herramienta cotidiana y preguntarnos quién utiliza a quién; buscar el umbral a partir del cual el “más” deja de producir bienestar; hacer visibles actividades que suelen quedar fuera de las categorías de trabajo, producción o cuidado; imaginar qué le preguntaríamos a Illich hoy; y, finalmente, construir colectivamente preguntas y posibilidades que todavía no existen.

Porque la sobremesa no es solamente una metáfora. Puede convertirse en una práctica: una mesa, un texto, un grupo de personas, una pregunta y tiempo suficiente para que aparezcan asociaciones inesperadas, desacuerdos, cambios de opinión y nuevas posibilidades. En ese sentido, conversar también puede ser una pequeña experiencia de aquello que buscamos defender: un espacio donde el pensamiento no está completamente organizado de antemano, donde nadie posee por completo la respuesta y donde algo puede emerger del encuentro.

Abrir la conversación

Cien años después de su nacimiento, no queremos construir un monumento a Iván Illich. Queremos abrir una conversación. Sentarnos juntos y juntas, abrir un libro, leer una página, preguntar, escuchar, discutir, contradecir, jugar y volver a mirar.

Queremos que sus preguntas salgan de los libros y entren en nuestra vida cotidiana; que puedan encontrarse con nuestras instituciones, nuestras comunidades, nuestros territorios y también con nuestras propias prácticas. Que podamos discutir con Illich sin necesidad de convertirlo en una autoridad, reconocer sus aportes sin dejar de señalar sus límites y, sobre todo, permitir que aquello que pensamos con él vuelva a ponerse en juego en nuestras relaciones.

Tal vez ahí se encuentre una de las formas más fértiles de acercarnos a su legado: no memorizar una obra, sino dejarnos interpelar por ella. Después de todo, una conversación que vale la pena no siempre termina cuando encontramos una respuesta. A veces termina cuando descubrimos una pregunta mejor.

Descargar el documento de trabajo

“Sobremesa con Iván. 100 años de Iván Illich” es el Documento de Trabajo N.º 21 del Observatorio de Bienes Comunes, publicado en septiembre de 2026. Es una propuesta para leer, conversar, jugar con las ideas de Illich y llevar sus preguntas a nuestras propias experiencias, comunidades y territorios.

Toma el documento, siéntate a la mesa y deja que alguna pregunta comience la conversación.Quizá una conversación que vale la pena no termina cuando encontramos una respuesta, sino cuando descubrimos una pregunta mejor.

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Convocatoria – Contar para existir: Los relatos zapatistas del Viejo Antonio como pedagogía del diálogo

Una invitación a caminar preguntando

En un mundo que suele privilegiar respuestas rápidas y verdades únicas, Contar para existir nos propone un ejercicio distinto: aprender a escuchar, a preguntar y a construir conocimiento con otras personas, desde la experiencia, la memoria y la palabra compartida.

Este curso-taller no es un espacio para estudiar textos desde afuera, sino para habitar los relatos del Viejo Antonio —ese anciano maya que conversaba con el Subcomandante Marcos en las montañas del sureste mexicano— y dejar que sus historias nos interpelen, nos muevan y nos ayuden a mirar el mundo con otros ojos.

¿De qué se trata?

A lo largo de cuatro encuentros presenciales, exploraremos preguntas esenciales para nuestra vida en comunidad:

  • -¿Quiénes caminan conmigo?

  • -¿Cómo aprendemos a mirar?

  • -¿Cómo aprendemos a escuchar?

  • -¿Qué historias queremos dejar caminando?

Cada sesión partirá de un relato zapatista y abrirá un diálogo colectivo donde todas las voces son valiosas, porque todas llegamos con saberes, experiencias y formas propias de interpretar la realidad.

¿Por qué participar?

Este curso-taller está diseñado desde la educación popular y el principio zapatista de caminar preguntando. No encontrarás respuestas cerradas, sino un espacio para:

  • ✔️ Cuestionar tus propias miradas y descubrir quién te enseñó a ver el mundo.

  • ✔️ Practicar la escucha profunda, haciendo espacio para lo que el ruido cotidiano no deja oír.

  • ✔️ Reconocer la diversidad de saberes como una riqueza, no como un obstáculo.

  • ✔️ Fortalecer la palabra compartida como herramienta de transformación comunitaria.

  • ✔️ Imaginar colectivamente nuevas formas de habitar el territorio y la vida.

  • ✔️ Conectar con una tradición de resistencia y pensamiento que sigue viva en los relatos del Viejo Antonio.

Fechas y lugar

Lugar: Oficina Kioscos Socioambientales San Pedro

Duración: 4 sesiones (una por semana)

SesiónFechaHora
1. ¿Quiénes caminan conmigo?2 de setiembre6:00 pm
2. ¿Cómo aprendemos a mirar?9 de setiembre6:00 pm
3. ¿Cómo aprendemos a escuchar?16 de setiembre6:00 pm
4. ¿Qué historias queremos dejar caminando?23 de setiembre6:00 pm

Cupos limitados para garantizar un espacio de diálogo cercano y participativo.

¿A quién está dirigido?

A todas las personas interesadas en el diálogo, la educación popular, las pedagogías alternativas, el pensamiento zapatista o simplemente en aprender de otra manera, desde la experiencia compartida y el respeto por la diversidad.

No se requieren conocimientos previos. Solo ganas de escuchar, preguntar y caminar con otras personas.

Inscripciones

Las inscripciones están abiertas. Los cupos son limitados, así que te invitamos a registrarte cuanto antes.

🔹 Formulario de inscripción: https://forms.gle/cijnrQG536K15uxi7

Procuramos con este proceso

Que el diálogo no sea un lujo, sino una práctica cotidiana.
Que aprender no sea acumular información, sino transformarnos con otras personas.
Que las historias que contamos sean semillas para otros mundos posibles.

Te esperamos para caminar preguntando.

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CartmanCast Política Premium: Manual para estudiar el poder sin reconocerlo cuando está en tu oficina

El 22 de junio de 2026, el sitio web de apoyo a Boaventura de Sousa Santos anunció el cierre definitivo de todos los procedimientos judiciales contra el sociólogo. Según la versión difundida por su defensa, el Ministerio Público portugués archivó las investigaciones por «falta de denuncias formales», y la demanda por difamación interpuesta por el académico quedó sin efecto tras el desistimiento de las denunciantes. El caso se cierra. Los tribunales archivan. Pero nosotros y nosotras, aprovechamos que este tipo de situaciones siguen ocurriendo en tantos lugares para hacer la pregunta que no se archiva con el expediente: ¿cuántas denuncias de abuso en la academia terminan archivadas no porque sean falsas, sino porque el sistema está diseñado para que sostenerlas resulte más costoso que callar?

Y queremos ser claros desde el principio: Sobre el proceso judicial concreto, nuestra reflexión no juzga ese caso en particular, ni sus protagonistas, ni la veracidad de las denuncias. Lo usamos como ventana para mirar un problema que trasciende a cualquier persona: la dificultad estructural que tienen las instituciones de conocimiento para escuchar críticas internas sin activar mecanismos de defensa corporativa. Dicho esto, empecemos…

Bienvenidas y bienvenidos a CartmanCast Política Premium.

Hoy vamos a hablar de un lugar fascinante.

Un lugar donde se estudian las relaciones de poder, pero donde a veces nadie quiere hablar del poder. Un lugar donde se producen investigaciones sobre desigualdad, jerarquías y dominación, pero donde, ocasionalmente, algunas personas reaccionan con profunda incomodidad cuando alguien sugiere que esos mismos fenómenos podrían existir dentro de la propia institución.

Sí. Vamos a hablar de la academia.

Ese ecosistema extraordinario donde una persona puede dedicar veinte años a explicar cómo funcionan las élites, el patriarcado, el colonialismo y las estructuras de dominación global, pero sufrir una crisis existencial si alguien le pregunta quién toma las decisiones dentro de su departamento.

Porque, aparentemente, el poder siempre está en otra parte.

-Está en los gobiernos.

-Está en las corporaciones.

-Está en los organismos internacionales.

-Está en los partidos políticos.

Pero jamás en una oficina universitaria llena de libros, artículos indexados y tazas de café con frases de Paulo Freire.

Y como en este podcast somos profundamente irresponsables con las zonas de confort, hoy vamos a hacer una pregunta que resuena en los pasillos pero rara vez se escucha en los auditorios: ¿Puede una institución dedicada a estudiar las desigualdades terminar reproduciendo algunas de ellas?

Pónganse cómodos. O incómodos. Que para este tema probablemente sea más apropiado.

Para empezar a responder a esa pregunta, debemos recordar las lecciones que la propia academia nos ha enseñado.

Durante décadas, la academia crítica nos enseñó a identificar el poder allí donde parecía invisible. Aprendimos que las relaciones de dominación no dependen únicamente de la fuerza, que el poder puede expresarse a través del prestigio, de las jerarquías, de la capacidad para definir qué conocimientos son legítimos y cuáles no. Aprendimos que las instituciones pueden producir silencios, normalizar desigualdades y proteger privilegios mientras se presentan como espacios comprometidos con la justicia.

Sin embargo, hay una pregunta que las universidades suelen formular con mucha menos frecuencia: ¿qué ocurre cuando esas mismas dinámicas aparecen dentro de la propia academia?

Y esta pregunta no es un ejercicio de teoría abstracta. No es menor. Tampoco es nueva. Cada cierto tiempo emergen testimonios, denuncias y relatos que obligan a mirar detrás de la imagen idealizada de la universidad como refugio del pensamiento crítico. Historias que hablan de abuso de poder, hostigamiento, apropiación del trabajo intelectual, discriminación, acoso o explotación académica. Historias que, independientemente de cómo concluyan los procesos institucionales o judiciales, exponen una realidad difícil de ignorar: las universidades también son espacios atravesados por relaciones de poder. Y quizás ahí reside una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo.

Ahora bien, ¿por qué ocurre esto? La primera razón está en una falsa creencia: la idea de que el prestigio elimina las relaciones de poder.

Existe una tendencia a pensar que las universidades funcionan principalmente a partir de argumentos, ideas y debates racionales. Como si el conocimiento circulara en un espacio neutral donde todas las personas participan en igualdad de condiciones. La realidad, sin embargo, suele ser bastante más compleja.

La vida académica está organizada alrededor de jerarquías. Algunas son formales y visibles. Otras operan de manera más sutil. Hay quienes tienen acceso a recursos, financiamiento, publicaciones, redes internacionales, becas, puestos de investigación y capacidad para abrir o cerrar puertas. Hay quienes poseen reconocimiento acumulado durante décadas. Hay quienes se convierten en referentes de una disciplina o incluso en símbolos de determinadas corrientes de pensamiento.

Nada de esto es necesariamente problemático. El problema aparece cuando el prestigio deja de ser reconocimiento y comienza a funcionar como poder incuestionable. Porque allí donde existen fuertes asimetrías también aparecen riesgos. No es casualidad que muchas de las discusiones contemporáneas sobre violencia en la academia tengan como telón de fondo relaciones profundamente desiguales entre personas que ocupan posiciones distintas dentro de la estructura universitaria.

Quien dirige un proyecto no ocupa el mismo lugar que quien depende de ese proyecto para sostener una beca. Quien decide publicaciones no ocupa el mismo lugar que quien necesita publicar para continuar una carrera académica. Quien controla redes institucionales no ocupa el mismo lugar que quien intenta abrirse espacio en ellas. Ignorar estas diferencias no elimina el problema. Simplemente lo vuelve invisible.

Pero si las jerarquías son el escenario, el silencio es el mecanismo que permite que la obra continúe.

Las universidades suelen reaccionar con incomodidad cuando estas discusiones aparecen. En ocasiones porque existe una preocupación legítima por garantizar procedimientos justos. Pero también porque las denuncias suelen poner en cuestión algo más profundo: la imagen que las instituciones construyen sobre sí mismas.

Es entonces cuando aparece un fenómeno conocido. La conversación deja de centrarse en las experiencias relatadas y pasa a girar alrededor del prestigio de las personas involucradas, la reputación institucional o los posibles daños a la imagen de la organización. La institución comienza a preguntarse cómo protegerse. Mucho menos frecuente es que se pregunte qué condiciones hicieron posible que determinadas experiencias ocurrieran.

Y es que las violencias no son fenómenos aislados.

Rara vez prosperan en el vacío. Necesitan contextos. Necesitan silencios. Necesitan culturas organizativas donde ciertas conductas se normalizan, se minimizan o se justifican porque quien las ejerce es considerado demasiado importante, demasiado influyente o demasiado valioso para ser cuestionado. Por eso el problema nunca es únicamente individual. También es institucional.

Esta dinámica nos lleva a una de las reacciones más perversas del sistema: tratar a las víctimas como una amenaza.

Uno de los aspectos más preocupantes de estos debates es la facilidad con que quienes denuncian terminan siendo presentados como una amenaza. De repente, el foco deja de estar en las relaciones de poder que hicieron posible determinadas experiencias y se desplaza hacia las personas que decidieron hablar. Se cuestionan sus motivaciones. Se examinan sus trayectorias. Se pone bajo sospecha su credibilidad. Se les exige un nivel de perfección moral que rara vez se exige a quienes ocupan posiciones de autoridad.

Mientras tanto, la pregunta central queda suspendida: ¿qué nos están diciendo esos testimonios sobre la forma en que organizamos la producción del conocimiento?

Escuchar a las víctimas no implica renunciar a principios fundamentales como el debido proceso o el derecho a la defensa. Tampoco significa asumir automáticamente la culpabilidad de nadie. Significa reconocer que existe una responsabilidad ética de tomar en serio aquello que se está denunciando y de preguntarse qué aspectos de nuestras instituciones necesitan transformarse. Porque una universidad comprometida con la democracia no debería temerle a la verdad, incluso cuando esa verdad resulta incómoda.

Y hablando de incomodidad, hay un tema que la academia maneja con particular torpeza: el acoso y abuso sexual.

No se nos olvida. El acoso y el abuso sexual en la academia suele ser uno de esos temas que la institución maneja con una mezcla muy particular de incomodidad selectiva y memoria corta. Se habla de él en los protocolos, en los comunicados, en los talleres obligatorios que nadie quiere dar ni recibir. Pero en la vida cotidiana universitaria, muchas veces opera como ese fenómeno que «todos saben que existe», pero que rara vez se nombra en voz alta si no hay un escándalo demasiado público como para seguir mirando hacia otro lado.

La academia no es solo un espacio de ideas. Es también un espacio de jerarquías bastante concretas. Quien evalúa, dirige, recomienda, financia o publica tiene poder real sobre trayectorias que todavía están en construcción. En ese escenario, el abuso no necesita presentarse como algo explícito o excepcional: puede camuflarse en decisiones académicas, evaluaciones «objetivas», oportunidades que aparecen o desaparecen sin mucha explicación, o silencios que se vuelven costumbre.

El problema se vuelve aún más delicado cuando se cruza con algo que la institución maneja con especial cuidado: su reputación. Porque cuando emergen denuncias, la pregunta rara vez empieza por las condiciones que las hicieron posibles. Más bien aparece el reflejo institucional de control de daños. Se revisa el lenguaje, se ajustan los procedimientos, se pide prudencia, se recuerda el debido proceso. Todo eso es importante, sí. Pero en paralelo suele quedar intacta la pregunta incómoda: qué tipo de estructuras permiten que alguien tenga suficiente poder como para que otras personas teman hablar.

En ese contexto, denunciar no es simplemente relatar un hecho. Es entrar en un terreno donde la desigualdad ya juega antes de que empiece cualquier procedimiento formal. Quien denuncia suele hacerlo desde una posición más frágil, con más que perder y menos margen de maniobra. Y esa asimetría no desaparece porque exista un reglamento; a lo sumo, se administra. Quizás por eso este tema incomoda tanto. No solo por lo que revela sobre conductas individuales, sino porque obliga a mirar algo más estructural: que incluso en los espacios que se dedican a estudiar el poder, el poder sigue operando, a veces con una sofisticación bastante académica.

Y entonces, ¿qué hacemos con todo esto? Llegamos al punto central, el que la academia siempre ha exigido a los demás y rara vez se aplica a sí misma: la crítica comienza por casa.

Quizás la mayor lección que deja esta discusión sea una profundamente política.

Durante años, la academia crítica ha señalado las múltiples formas mediante las cuales opera el poder en nuestras sociedades. Ha denunciado el patriarcado, el racismo, el colonialismo y las desigualdades económicas. Ha mostrado cómo las instituciones pueden reproducir relaciones de dominación incluso cuando afirman combatirlas. La pregunta ahora es si está dispuesta a aplicar ese mismo ejercicio sobre sí misma. No para destruir la universidad. No para alimentar campañas de desprestigio. Sino precisamente para fortalecerla.

Porque una institución que no puede escuchar a quienes denuncian abusos termina pareciéndose demasiado a aquellas estructuras de poder que durante décadas dijo combatir. Y porque ninguna producción de conocimiento verdaderamente emancipadora puede construirse sobre el silencio de quienes han sido lastimados. La crítica, después de todo, comienza por casa.

Epílogo Premium para personas fácilmente ofendibles

Si llegaron hasta aquí, probablemente hay dos posibilidades.

La primera es que estén de acuerdo.

La segunda es que ya estén redactando un correo explicando por qué esta reflexión constituye un ataque sistemático contra la universidad, el conocimiento, la civilización occidental y posiblemente la física cuántica.

Pero permítanme ser claro: el punto nunca fue atacar la academia. De hecho, es exactamente al revés. Las universidades son demasiado importantes como para tratarlas como iglesias. Demasiado importantes como para convertirlas en espacios donde ciertas preguntas no pueden formularse. Demasiado importantes como para creer que el prestigio sustituye la rendición de cuentas.

Quienes señalan abusos, silencios o relaciones problemáticas de poder no necesariamente están debilitando la universidad. Muchas veces están intentando salvarla de sí misma. Porque las instituciones no se vuelven más democráticas cuando esconden sus contradicciones. Se vuelven más democráticas cuando son capaces de enfrentarlas.

En conclusión, si la academia quiere seguir enseñándonos cómo funcionan las relaciones de poder, quizás el mejor punto de partida sea aceptar una idea bastante sencilla: las relaciones de poder no desaparecen mágicamente cuando alguien obtiene un doctorado.

Nos escuchamos en la próxima edición de CartmanCast Política Premium. Ese espacio donde hacemos preguntas incómodas para que otras personas tengan reuniones incómodas.

El Libro que la Academia No Quiere que Leas

Ya que hemos pasado el rato señalando las contradicciones de la academia, sería injusto no dejar sobre la mesa el material que hizo posible este episodio.

El libro se titula Los males de la academia: Abuso de poder, endogamia, acoso, corrupción y otras violencias. Lo editan Ana Bravo-Moreno y Francisco Javier Ogáyar-Marín. Y es, básicamente, el manual de instrucciones que nadie pidió para entender por qué las universidades son ese lugar tan maravilloso y tan terrible al mismo tiempo.

¿Qué encontrarán dentro?

  1. Testimonios de abuso de poder en universidades de Argentina, España, Estados Unidos, Indonesia, México y Reino Unido.
  2. Personas que han tenido que usar seudónimos para contar su historia porque, incluso hoy, denunciar en la academia sigue siendo más peligroso que callar.
  3. Análisis sobre endogamia, clientelismo, acoso sexual, fabricación de artículos científicos y eso que los editores llaman «violencia sistémica».
Pueden descargar el libro aquí.

 

Pero también, y esto es lo importante, es un libro de resistencia. No se limita a señalar el problema. Ofrece herramientas para pensarlo, para nombrarlo y, quizás, para empezar a transformarlo. Porque si algo hemos aprendido hoy es que la crítica, como decíamos, comienza por casa. Y que callar, cuando se tiene la posibilidad de hablar, también es una decisión política.

¿Es cómodo? No. ¿Es necesario? Absolutamente.

Y está disponible en acceso abierto. Porque el conocimiento crítico, al fin y al cabo, también es un bien común. Y porque la única forma de que las universidades dejen de parecerse a las estructuras de poder que dicen combatir es empezar a mirarlas con ojos críticos.

Así que ya saben: si este episodio les ha generado incomodidad, si han reconocido algo de lo que hemos hablado en sus propias experiencias o en las de sus colegas… quizás sea el momento de dejar de quejarse y empezar a leer.

Nos leemos en la próxima edición. O, mejor dicho, nos leemos en las páginas de este libro.

Referencias:

Apoyo Boaventura (2025). Difamación: toda la verdad documentada. Apoyo Boaventura Sousa. 

Apoyo Boaventura. (2026). Cerrados definitivamente todos los procedimientos contra Boaventura de Sousa Santos. Apoyo Boaventura Sousa.

Bravo-Moreno, Ana, y Ogáyar-Marín, Francisco Javier (Eds.). (2026). Los males de la academia: Abuso de poder, endogamia, acoso, corrupción y otras violencias. Peter Lang.

Camacho Muñoz, Mariana. (2023). Boaventura y la irresponsabilidad en la academia. Dejusticia. 

Manica, Daniela y Gama, Fabiene (2025). Qué No Hacer Si Te Acusan De Acoso: El Caso De Boaventura de Souza Santos. CASTAC Blog.

OpenDemocracy. (2024). Sociólogo Boaventura de Sousa Santos enfrenta nuevas denuncias de acoso. openDemocracy. 

¿Por qué un observatorio de bienes comunes habla de esto?

Porque el conocimiento es un bien común.

Porque las universidades, aunque a veces lo olviden, son espacios de producción de conocimiento que pertenece a la sociedad. No son feudos privados de unos pocos. No son clubes exclusivos donde el prestigio se hereda o se compra con favores. Son instituciones que deberían estar al servicio de la colectividad, no al servicio de sus propias élites.

Y porque los bienes comunes no son solo recursos naturales o infraestructuras digitales. También son las condiciones que hacen posible que el conocimiento circule, que se produzca de manera ética y que esté al alcance de quienes más lo necesitan.

Cuando una universidad permite el abuso de poder, el acoso, la endogamia o la corrupción, no está fallando solo a sus estudiantes o a su personal. Está fallando a la sociedad entera. Está debilitando la confianza en la institución que debería ser la más fiable para generar saber crítico. Está diciendo, en voz baja pero con hechos, que el conocimiento también puede ser un botín.

Por eso desde este observatorio miramos la academia. No para destruirla, sino para recordarle que su compromiso no es con sus propias jerarquías, sino con la verdad y con la justicia. Y porque creemos que señalar las contradicciones de quienes estudian el poder también es una forma de cuidar el bien común.

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La sopa no, la esperanza sí: inscribite al curso Educación Popular con Mafalda

En un mundo donde muchas veces educar se limita a repetir, obedecer y memorizar, recuperar a Mafalda como recurso pedagógico es una apuesta por imaginar, cuestionar y transformar. Desde sus viñetas, esta niña irreverente y lúcida nos recuerda que la ternura también puede ser crítica, y que el humor es una forma poderosa de pensar el mundo.

El curso «Educación Popular con Mafalda» es una invitación a mirar la educación desde el sur, con las gafas de la rebeldía infantil y el pensamiento colectivo. Se desarrollará en cinco sesiones presenciales, todos los miércoles del 11 de setiembre al 9 de octubre de 2025, en la Universidad de Costa Rica.

Tres dimensiones que guían este proceso

🎨 Creatividad crítica
A partir del lenguaje de la historieta y otros lenguajes expresivos, el curso busca estimular la imaginación política y pedagógica, retomando el legado de Mafalda para interpelar nuestras realidades educativas.

🗣️ Diálogo horizontal
Siguiendo el espíritu de la educación popular latinoamericana, este espacio promueve el encuentro entre saberes diversos, reconociendo el valor de la experiencia, la diferencia y la construcción colectiva.

🌱 Acción transformadora
La propuesta no se queda en el análisis: busca sembrar acciones pedagógicas concretas, capaces de articular humor, esperanza y compromiso con la justicia social en los territorios.

¿Quién es Mafalda y por qué formarnos con ella?

Mafalda es una historieta creada por Quino en los años 60, en plena efervescencia política de América Latina. Con una mezcla de ternura e ironía, la niña protagonista cuestiona desde la guerra hasta los roles de género, desde la escuela hasta el consumo. Su actitud crítica encarna uno de los principios más importantes de la educación popular: leer el mundo antes que la palabra.

Formarse con Mafalda no es una nostalgia, es una estrategia pedagógica actual: frente a las violencias estructurales, el vaciamiento educativo y las urgencias del presente, necesitamos herramientas que despierten preguntas, convoquen al pensamiento colectivo y abran caminos de esperanza.

Información general

📍 Lugar: Oficina de Kioscos Socioambientales, Universidad de Costa Rica
🕘 Horario: Lunes de 9 a.m. a 12 m.d. (15/09 al 13/10) Nuevas fechas
🎯 Público: Abierto a todas las personas, con énfasis en quienes participan en organizaciones sociales, culturales o comunitarias
📝 Inscripciones: Hasta el 1 de setiembre de 2025
📌 Cupo limitado – se requiere participación en todas las sesiones.

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¿Por qué leer a Fanon hoy? Un documento para educar, incomodar y transformar

¿Por qué volver a Fanon hoy?
En un mundo atravesado por el resurgimiento del autoritarismo, la violencia estructural y el despojo territorial, el pensamiento de Frantz Fanon reaparece con una fuerza ineludible. A cien años de su nacimiento, el Observatorio de Bienes Comunes comparte un nuevo documento de trabajo que invita a leer, pensar y actuar desde la experiencia de lxs condenadxs de la tierra.

Este material no solo presenta una lectura accesible y comprometida de la obra de Fanon, sino que propone claves para entender el racismo estructural, la alienación colonial, la solidaridad internacionalista y la potencia transformadora de las luchas que nacen desde abajo. El texto nos recuerda que descolonizar no es solo un asunto del pasado: es un desafío urgente para el presente, que atraviesa nuestras formas de conocer, organizarnos, sanar, enseñar y habitar.

Además, el pensamiento fanoniano ofrece herramientas fundamentales para repensar el papel de la universidad pública. En tiempos en que muchas instituciones se ven atrapadas entre la lógica del mercado y el conservadurismo académico, Fanon interpela con fuerza: ¿puede la universidad ser un espacio de liberación y no de reproducción de jerarquías coloniales? Este cuaderno plantea preguntas necesarias para imaginar una educación crítica, comprometida con los territorios, abierta al diálogo con los saberes populares y orientada a la transformación social.

Aportes principales del documento

🔸 Lectura contextual de Fanon: Desde su biografía militante hasta sus aportes en psiquiatría, el documento traza un recorrido por la vida y obra de Fanon, destacando su coherencia ética entre pensamiento y acción.

🔸 Claves conceptuales: Racismo estructural, alienación, máscaras blancas, violencia liberadora, descolonización radical. Un glosario acompaña al texto para facilitar la apropiación crítica de sus categorías.

🔸 Vigencia de su pensamiento: Fanon es leído a la luz de las luchas actuales: pueblos indígenas, juventudes racializadas, mujeres organizadas, migrantes criminalizados. Su palabra resuena allí donde la dignidad es negada.

🔸 Desafíos para la universidad pública: ¿Puede la academia dejar de reproducir el pensamiento colonial y transformarse en un espacio de liberación? El texto abre preguntas incómodas pero necesarias.

Fanon hoy: una incomodidad necesaria

Frantz Fanon no fue un autor de diagnósticos neutros ni de soluciones cómodas. Su escritura, como su vida, es un llamado al compromiso con los pueblos que luchan. Su pensamiento nos ayuda a entender que el colonialismo no ha desaparecido: ha mutado. Está en la exclusión, en el despojo, en la violencia simbólica, en las estructuras educativas, económicas y sanitarias. Leerlo hoy es un acto de resistencia y lucidez.

📥 Descarga el documento completo acá.

📢 Leé, compartí, discutí.
Este material fue pensado para alimentar círculos de lectura, procesos de formación política, espacios comunitarios, aulas críticas y territorios en lucha. Que las palabras de Fanon no se queden en los márgenes: que sirvan para organizar esperanza.