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Cuando las instituciones dejan de sentirse interpeladas: Monseñor Romero y una reflexión ética para la universidad

En julio de 2026, durante la sesión solemne del Concejo Municipal de Nicoya con motivo del 202.º aniversario de la Anexión del Partido de Nicoya a Costa Rica, el sacerdote Jeison Víquez Acuña dirigió un mensaje a la presidenta de la República que rápidamente trascendió el acto protocolario y generó un amplio debate nacional. Sus palabras abordaron temas como la justicia tributaria, la educación, la pobreza, la violencia y la responsabilidad del Estado frente a las personas más vulnerables, provocando diversas reacciones tanto de apoyo como de crítica.

Más allá de las posiciones que pueda generar esa intervención, el episodio abrió una discusión de mayor profundidad: ¿qué papel desempeñan las voces éticas cuando interpelan al poder político? ¿Cuál es la responsabilidad de quienes ocupan espacios de liderazgo frente a las desigualdades, las exclusiones y las decisiones que afectan la vida colectiva? Estas preguntas no pertenecen exclusivamente al ámbito religioso; forman parte del debate democrático sobre la responsabilidad pública y el compromiso con el bien común.

En América Latina y el Caribe, una de las figuras que mejor representa esta discusión es Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Si bien su legado suele abordarse desde una perspectiva religiosa o a partir de su martirio, también puede leerse como una experiencia de profunda coherencia ética. Su trayectoria invita a reflexionar sobre cómo una persona o una institución construyen autoridad no desde el poder que ejercen, sino desde su capacidad para escuchar la realidad, dejarse interpelar por el sufrimiento humano y actuar en consecuencia.

Esta reflexión retoma una intervención del papa Francisco sobre Monseñor Romero, no con el propósito de desarrollar una lectura confesional, sino para identificar aquellos rasgos de su práctica que pueden dialogar con desafíos contemporáneos como la universidad pública, la responsabilidad institucional y la defensa de los bienes comunes. En un contexto donde las organizaciones corren el riesgo de concentrarse en sus propios procedimientos, indicadores y dinámicas internas, la experiencia de Romero plantea una pregunta vigente: ¿nuestras prácticas están orientadas a preservar las instituciones o a responder, de manera ética, a las necesidades de la sociedad?

Empezamos

Monseñor Romero suele ser recordado como un mártir o como una figura religiosa de enorme relevancia para América Latina y el Caribe. Sin embargo, más allá de esa dimensión confesional, su trayectoria ofrece una pregunta profundamente ética para cualquier institución que aspire a servir al bien común: ¿desde dónde construimos nuestras decisiones?

En una intervención dirigida a los obispos centroamericanos, el papa Francisco recupera la figura de Romero para recordar que el compromiso auténtico comienza cuando una persona o una institución se deja afectar por la realidad. No basta con conocer el sufrimiento; es necesario permitir que ese sufrimiento modifique nuestras prioridades, nuestras formas de actuar y nuestros criterios de decisión.

Esta reflexión trasciende el ámbito religioso y adquiere especial fuerza cuando pensamos en la universidad pública.

El riesgo de una universidad que se mira a sí misma

Las universidades producen conocimiento, forman profesionales y generan investigación. Sin embargo, existe un riesgo permanente: que la institución termine organizando su vida alrededor de sus propios procedimientos, indicadores y lógicas administrativas.

Cuando esto ocurre, la universidad puede seguir siendo eficiente, publicar más artículos, ejecutar más proyectos o mejorar sus métricas, mientras pierde progresivamente su capacidad para escuchar las preguntas que emergen desde los territorios y las comunidades.

No se trata de negar la importancia de la excelencia académica. Se trata de preguntarnos para quién y desde dónde se produce el conocimiento.

Romero recuerda que la legitimidad de una práctica no depende únicamente de su calidad técnica, sino de su capacidad para responder a las heridas de su tiempo.

De administrar problemas a dejarse afectar

Francisco señala que el verdadero compromiso implica dejar que el sufrimiento transforme incluso el uso del tiempo y de los recursos.

Llevado al ámbito universitario, esto significa preguntarnos si nuestras agendas responden principalmente a las exigencias institucionales o si son capaces de reorientarse cuando la realidad plantea desafíos urgentes.

No basta con investigar sobre la desigualdad, la crisis ambiental o las exclusiones sociales. La pregunta ética es si esos problemas transforman también la manera en que investigamos, enseñamos y nos vinculamos con la sociedad.

La diferencia entre estudiar una realidad y dejarse interpelar por ella marca el paso de una universidad que observa a una universidad que se compromete.

La centralidad de las personas

Uno de los pasajes más sugerentes del discurso afirma que el valor del trabajo no depende de la cantidad de actividades realizadas ni de los recursos disponibles, sino de la centralidad de la compasión.

En un lenguaje laico, podríamos traducir esta idea diciendo que ninguna institución puede medir su éxito únicamente por sus resultados administrativos. La pregunta decisiva sigue siendo si las personas permanecen en el centro de sus decisiones.

Cuando los procedimientos terminan siendo más importantes que las personas, cuando las métricas pesan más que las necesidades sociales, o cuando la gestión desplaza la escucha, la institución comienza a perder el sentido de su existencia.

Escuchar antes que responder

Romero no construyó su autoridad desde la distancia, sino desde la escucha permanente de quienes vivían las consecuencias de la violencia y la exclusión.

Para la universidad, esta actitud supone reconocer que el conocimiento no nace únicamente en las aulas, los laboratorios o los centros de investigación. También se produce en las comunidades, en los movimientos sociales, en las organizaciones populares y en las experiencias cotidianas de quienes enfrentan los problemas que la academia intenta comprender.

Escuchar no significa únicamente consultar. Significa aceptar que esas voces pueden cuestionar nuestras categorías, modificar nuestras preguntas e incluso transformar nuestras prioridades institucionales.

Una ética de la coherencia

Quizá la enseñanza más vigente de Monseñor Romero no sea únicamente la denuncia de las injusticias, sino la coherencia entre lo que afirmaba y la manera en que organizó su vida.

Esa coherencia también interpela a la universidad. Si decimos que somos una institución al servicio de la sociedad, debemos preguntarnos continuamente si nuestras decisiones presupuestarias, nuestras prioridades de investigación, nuestros incentivos académicos y nuestras formas de evaluación fortalecen realmente ese compromiso o si, por el contrario, terminan alimentando una universidad cada vez más preocupada por reproducirse a sí misma.

La pregunta que deja Romero sigue siendo profundamente actual: ¿nuestras instituciones están organizadas para proteger su funcionamiento o para responder a las necesidades de la sociedad?

Responder esa pregunta no es un ejercicio espiritual ni confesional. Es, ante todo, un ejercicio de responsabilidad ética.

Las reflexiones del papa Francisco sobre Monseñor Romero permiten identificar un conjunto de aprendizajes que trascienden el ámbito religioso y se convierten en criterios para evaluar cualquier práctica institucional. En un contexto donde la universidad y otras organizaciones corren el riesgo de orientarse principalmente por sus propios procedimientos, indicadores o lógicas de funcionamiento, la trayectoria de Romero invita a preguntarnos qué significa construir una práctica ética capaz de dejarse interpelar por la realidad. La siguiente matriz recupera algunos de esos rasgos y los pone en diálogo con los desafíos contemporáneos de la universidad pública y la defensa de los bienes comunes.

Rasgo de la práctica de Monseñor Romero¿Qué significa éticamente?Pregunta para la práctica universitaria
Dejarse afectar por la realidadLa ética comienza cuando el sufrimiento de otras personas deja de ser un dato y se convierte en una responsabilidad.¿Qué problemas sociales modifican realmente nuestras prioridades de investigación, docencia y acción social?
Escuchar antes de intervenirComprender exige escuchar a quienes viven las consecuencias de los problemas y reconocerlos como sujetos de conocimiento.¿Escuchamos a las comunidades o únicamente recogemos información de ellas?
La realidad transforma la agendaEl compromiso implica reorganizar el tiempo, los recursos y las decisiones según las necesidades de las personas.¿Nuestra agenda responde a las necesidades sociales o a las exigencias institucionales?
La compasión como criterio institucionalEl valor de una práctica no depende de la cantidad de actividades, sino de su capacidad para cuidar la vida y la dignidad.¿Cómo evaluamos el éxito de nuestros proyectos: por indicadores o por su impacto en las personas?
Coherencia entre discurso y prácticaLa autoridad ética nace de la congruencia entre lo que se afirma y lo que se hace.¿Nuestras políticas institucionales reflejan los valores que defendemos públicamente?
Independencia frente al poderMantener autonomía para señalar injusticias, incluso cuando ello implica costos o tensiones.¿La universidad conserva capacidad crítica frente a los intereses políticos y económicos?
Poner a las personas en el centroLas estructuras deben estar al servicio de las personas y no las personas al servicio de las estructuras.¿Nuestros procedimientos fortalecen o dificultan el vínculo con estudiantes, comunidades y territorios?
Compromiso desde la cercaníaLa legitimidad se construye compartiendo las condiciones de quienes enfrentan los problemas.¿Nuestra investigación se realiza con los territorios o únicamente sobre los territorios?
Aprender desde el puebloLa experiencia social también produce conocimiento y debe dialogar con el saber académico.¿Reconocemos los saberes comunitarios como fuentes legítimas de conocimiento?
Asumir la incomodidadUna práctica ética acepta que el encuentro con la realidad cuestione privilegios, rutinas y certezas.¿Qué estamos dispuestos a cambiar cuando la realidad contradice nuestras formas habituales de trabajar?
La práctica ética como condición para cuidar los bienes comunes

Hablar de bienes comunes implica mucho más que hablar de recursos naturales o de patrimonio colectivo. Los bienes comunes existen porque una comunidad desarrolla prácticas de cuidado, responsabilidad compartida y compromiso con aquello que sostiene la vida. Sin esas prácticas, incluso los bienes más valiosos terminan siendo apropiados, degradados o destruidos.

Desde esta perspectiva, el principal aporte de Monseñor Romero no radica únicamente en la denuncia de las injusticias, sino en la construcción cotidiana de una práctica ética capaz de sostener lo común. Su legado recuerda que el compromiso no se mide por la fuerza del discurso, sino por la disposición a dejar que la realidad transforme nuestras prioridades y nuestras decisiones.

En el discurso que inspira esta reflexión, el papa Francisco insiste en que una práctica auténtica nace cuando las personas y las instituciones se dejan afectar por el sufrimiento de los demás, reorganizan sus agendas y colocan la dignidad humana en el centro de sus decisiones.

Esta idea resulta especialmente pertinente para quienes trabajamos en la defensa de los bienes comunes. Los conflictos por el agua, los bosques, los humedales, los territorios, la salud pública o la educación no son únicamente disputas por recursos. Son también disputas sobre las prácticas éticas que sostienen una sociedad. Allí donde predomina la indiferencia, el individualismo o la subordinación al poder, los bienes comunes se debilitan. Allí donde existen comunidades capaces de escuchar, cuidar, cooperar y actuar con coherencia, los bienes comunes encuentran condiciones para reproducirse y fortalecerse.

En este sentido, la universidad, las organizaciones sociales, las instituciones públicas y los movimientos ciudadanos comparten un desafío común: construir prácticas que no se orienten únicamente por la eficiencia, los indicadores o la administración, sino por la responsabilidad frente a la vida colectiva.

La práctica ética no es un complemento del trabajo por los bienes comunes; es su condición de posibilidad. Sin ella, la participación se convierte en trámite, el conocimiento en acumulación de información y las instituciones en fines en sí mismas. Con ella, en cambio, es posible construir relaciones de confianza, fortalecer la acción colectiva y sostener aquellos bienes materiales e inmateriales que hacen posible una vida digna.

Quizá esa sea una de las enseñanzas más vigentes de Monseñor Romero: los bienes comunes no se defienden únicamente con leyes, políticas públicas o conocimientos técnicos. Se sostienen, ante todo, mediante personas e instituciones capaces de actuar con coherencia, escuchar el clamor de su tiempo y asumir la responsabilidad de cuidar aquello que pertenece a todas y todos.

La importancia de ser «mala palabra»

Uno de los momentos más provocadores de la reflexión del papa Francisco sobre Monseñor Romero aparece cuando recuerda que muchos hombres y mujeres en Centroamérica ofrecieron su vida por mantener viva la voz profética frente a la injusticia y al abuso del poder. En ese contexto afirma, con una expresión cargada de significado: «Él también fue mala palabra», recordando que Romero fue objeto de sospechas, descalificaciones y cuestionamientos incluso dentro de la propia Iglesia. Lejos de reivindicar el conflicto como un fin en sí mismo, esta expresión invita a reflexionar sobre una realidad frecuente en la vida pública: quienes cuestionan las desigualdades, denuncian abusos o ponen en evidencia las contradicciones del poder suelen convertirse en voces incómodas. En muchas ocasiones son etiquetados como exagerados, conflictivos, radicales o inconvenientes, no necesariamente porque sus argumentos carezcan de fundamento, sino porque alteran consensos, interpelan privilegios o desafían formas establecidas de ejercer la autoridad.

Desde esta perspectiva, «ser mala palabra» no significa buscar la confrontación permanente ni construir una identidad basada en la oposición. Significa asumir que una práctica ética difícilmente será siempre cómoda o bien recibida. Cuando una persona, una organización o una institución colocan la dignidad humana, la justicia o el cuidado de lo común por encima de los intereses particulares, es probable que generen resistencias.

Esta reflexión resulta especialmente pertinente para la universidad pública, los movimientos sociales y las organizaciones comprometidas con los bienes comunes. Con frecuencia, los conflictos socioambientales, las desigualdades territoriales o las amenazas contra los derechos colectivos exigen investigaciones, posicionamientos o acciones que incomodan a actores políticos, económicos o incluso académicos. En esos momentos aparece una pregunta decisiva: ¿la búsqueda de reconocimiento institucional debe prevalecer sobre la responsabilidad de decir aquello que la realidad exige?

La trayectoria de Monseñor Romero recuerda que la legitimidad ética no depende de la ausencia de críticas, sino de la coherencia entre la palabra y la práctica. En ocasiones, cuidar los bienes comunes, defender los derechos humanos o acompañar a las comunidades implica aceptar que la crítica, la incomprensión o el aislamiento forman parte del costo de sostener una posición fundada en la justicia.

En un tiempo donde las instituciones enfrentan fuertes presiones para evitar el conflicto, preservar consensos o proteger su imagen pública, el legado de Romero plantea una cuestión que mantiene plena vigencia: ¿estamos dispuestos a asumir la incomodidad que implica defender aquello que consideramos justo o preferimos adaptar nuestras convicciones para evitar convertirnos en «mala palabra»?

Quizá una práctica ética comienza precisamente allí: cuando la búsqueda de aceptación deja de ser el criterio principal y la responsabilidad frente a la sociedad ocupa su lugar.

Referencia:

Papa Francisco. (2019). Discurso del Papa Francisco a los obispos centroamericanos reunidos en Panamá. ACI Prensa

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Deodoro Roca y la universidad imposible: volver a la herejía universitaria

Hay personajes que las universidades recuerdan con relativa tranquilidad mientras permanezcan inmóviles dentro de los aniversarios, las placas conmemorativas y las frases repetidas en actos oficiales. Figuras convertidas en patrimonio histórico, cuidadosamente desactivadas para que ya no representen peligro alguno para la normalidad institucional.

Deodoro Roca no pertenece del todo a esa categoría.

Cada cierto tiempo vuelve a aparecer como una incomodidad. Como una pregunta mal archivada. Como una voz que insiste en recordarnos que la universidad pública latinoamericana no nació para administrar tranquilidad, sino en medio del conflicto, la rebelión estudiantil y la disputa por el sentido mismo del conocimiento.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes presentamos el cuaderno Deodoro Roca y la universidad imposible: rebeldía, espíritu libre y disputas por la universidad pública en América Latina y el Caribe, una nueva entrega de la serie Geografías Herejes de los Bienes Comunes. Un material que busca recuperar no solamente la memoria de la Reforma Universitaria de Córdoba de 1918, sino el filo crítico y profundamente incómodo del pensamiento de Deodoro Roca.

Pero, ¿quién fue Deodoro Roca?

Abogado, ensayista, intelectual argentino y principal redactor del histórico Manifiesto Liminar de 1918, Roca fue una de las voces más radicales de la Reforma Universitaria. Defendió la autonomía universitaria, el cogobierno estudiantil y la libertad de cátedra, pero su pensamiento iba mucho más allá de reformas administrativas. Su crítica apuntaba a algo más profundo: la relación entre universidad y obediencia.

Roca denunció las universidades convertidas en “fábricas de títulos”, criticó a los “domésticos doctorados” y cuestionó la formación de profesionales técnicamente eficientes pero incapaces de confrontar las estructuras de poder que organizan la vida social. Para él, la universidad debía ser un espacio de espíritu libre, imaginación democrática y transformación colectiva.

Y quizá ahí radica la vigencia inquietante de sus palabras.

Porque más de un siglo después, las universidades públicas latinoamericanas continúan atravesadas por tensiones que Roca ya intuía: burocratización institucional, mercantilización del conocimiento, colonialidad académica, productivismo, rankings, tecnocracia y formas cada vez más sofisticadas de administrar el conflicto político sin transformar sus causas.

Hoy, cuando muchas universidades parecen hablar permanentemente de pensamiento crítico mientras convierten la estabilidad administrativa en horizonte absoluto, volver a Deodoro Roca implica recuperar preguntas incómodas:

¿La universidad sigue siendo un espacio para el pensamiento libre o se está convirtiendo en administradora de normalidad?

¿La autonomía universitaria existe para proteger la crítica o únicamente para preservar el funcionamiento institucional?

¿Estamos formando personas capaces de disputar el sentido común dominante o profesionales adaptados a gestionar eficientemente un mundo desigual?

Este cuaderno no busca convertir a Roca en estatua universitaria. Mucho menos en prócer domesticado apto para discursos ceremoniales sobre democracia universitaria. La apuesta es otra: leerlo desde la herejía. Entendiendo la herejía no como error, sino como práctica crítica capaz de interrumpir los consensos burocráticos, desafiar los dogmas tecnocráticos y defender la posibilidad de una universidad verdaderamente viva.

Porque quizá una de las preguntas más peligrosas de nuestro tiempo siga siendo la misma que atravesaba Córdoba en 1918:

¿Qué universidad es todavía posible imaginar en América Latina y el Caribe?

Invitamos a leer, discutir y problematizar este cuaderno. No para repetir consignas heroicas del pasado, sino para preguntarnos qué queda hoy de aquella universidad rebelde que alguna vez soñó producir espíritu libre y no obediencia.

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Manual práctico del 0%: disculpen las molestias, no pedimos permiso

Este manual no debería existir.

No porque no haga falta, sino porque su existencia dice más de lo que cualquier diagnóstico técnico se atrevería a nombrar. Nadie lo solicitó, nadie lo validó, nadie abrió un formulario para recoger opiniones. Y, sin embargo, aquí está.

No pedimos permiso.

Porque cuando las decisiones que afectan la vida universitaria tampoco pasan por consulta —cuando un 0% se instala como si fuera neutral, técnico, inevitable—, la respuesta no siempre llega por los canales formales. A veces aparece en los márgenes, en ese lugar incómodo donde la preocupación se mezcla con la memoria y con una pregunta urgente: ¿qué hacemos con lo que tenemos a mano?

Este “manual práctico del 0%” es, en realidad, un botiquín.

Este manual no debería existir. Pero quizá tampoco haga falta. Porque hoy, en Costa Rica, ya hay personas estudiantes organizándose, movilizándose, discutiendo y sosteniendo la defensa de la universidad pública. Esa experiencia viva —en curso, imperfecta, pero activa— también es un manual. Si este documento sirve, es porque dialoga con esas prácticas. Si sobra, mejor. Porque significaría que la lucha ya está en marcha.

No está pensado para quienes solo se mueven cuando todo ha sido previamente autorizado o encaja sin fisuras en los procedimientos; más bien, encuentra sentido allí donde lo urgente desborda lo establecido y obliga a mirar de frente lo que ya no se puede postergar.

No cura la herida, pero permite reconocerla. No resuelve la emergencia, pero evita que se normalice. No ofrece recetas, pero pone a circular herramientas que otros procesos en América Latina y el Caribe han ido dejando, como quien sabe que en algún momento alguien más las va a necesitar.

Porque el 0% no es un número.

Es el proyecto que se detiene, la beca que no alcanza, el territorio que queda más lejos. Es el ajuste que no se nombra como recorte, pero que se vive como retroceso. Es el silenciamiento progresivo de una idea de universidad pública que históricamente ha sido todo menos neutral.

Y frente a eso, este manual hace algo sencillo —y por eso incómodo—: recuerda.

Recuerda que la universidad pública no nació de la planificación ordenada, sino de la disputa. Que lo que hoy existe fue conquistado, tensionado, defendido. Que cada generación, en contextos distintos, tuvo que inventar formas para sostener lo común.

Por eso este documento no busca representar a nadie.

Ni hablar en nombre de.

Ni cerrar el debate.

Más bien lo contrario: abrirlo.

Poner sobre la mesa que lo que está en juego no es únicamente un presupuesto, sino una forma de entender la universidad, su lugar en la sociedad y su relación con la vida de las personas. Traducir un conflicto que muchas veces queda encerrado en el campus, para que pueda ser sentido como propio más allá de él.

Si este manual circula, cumple su función.
Si incomoda, también.

Porque no fue hecho para tranquilizar.

Fue hecho porque algo está pasando que lo vuelve necesario.

Así que sí:

Gracias.

Y disculpen las molestias.

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Incomodar para aprender: Mujica y la crisis silenciosa de la universidad pública – Documento de trabajo

“Aprendemos porque tenemos picazón y eso se adquiere por contagio cultural, casi cuando abrimos los ojos al mundo.”
José Mujica

En plena Semana Universitaria, mientras las universidades públicas negocian el FEES con un gobierno que congela presupuestos y capitaliza sus divisiones internas, el Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra publica La universidad que no se atreve (o el placer de volver a pensar la educación pública), un documento inspirado en los discursos de Mujica.

No es un informe técnico ni un comunicado gremial. Es, más bien, una provocación: una invitación a preguntarnos por qué defender lo público se volvió una consigna vacía, por qué la universidad dice una cosa y hace otra, y cómo el miedo, el conformismo o la incongruencia institucional se han convertido en obstáculos para cualquier transformación real. Todo esto a partir de una idea sencilla pero potente: el conocimiento también es placer, el inconformismo se contagia y la inteligencia pierde sentido si no se comparte.

La incomodidad de Mujica para una universidad que se cree crítica

José Mujica no es académico, y justamente por eso incomoda. No habla de indicadores, acreditaciones o empleabilidad. Habla de placer, de curiosidad, de aprender con otros. “Me gusta bañarme en piscinas de inteligencia ajena”, dice, y con esa frase tensiona una universidad que premia la autoría individual y sanciona cualquier desborde como falta.

El documento no lo convierte en figura intocable, sino en espejo incómodo. A partir de sus ideas, emergen preguntas que la universidad crítica suele esquivar: ¿por qué desconfiamos de los saberes que no pasaron por el aula? ¿Por qué un campesino que conoce los ciclos de la tierra no puede enseñar? ¿Por qué el éxito estudiantil se mide en salario y no en la capacidad de hacerse preguntas?

En esa línea, una de sus advertencias resuena con fuerza: no se trata de acumular datos, sino de aprender a pensar. Porque los datos envejecen, las tecnologías cambian, los empleos desaparecen. Lo que permanece es la capacidad crítica. Una universidad que solo entrena para el presente, en el fondo, está formando para la obsolescencia.

Semana Universitaria: entre memoria viva y museo

La narrativa oficial sitúa el origen de la Semana Universitaria en 1948, como un esfuerzo por “unir” a la comunidad tras la Guerra Civil. Pero esa versión tiende a suavizar el conflicto y a presentar la unidad como consenso, cuando en realidad fue también una operación de pacificación interna.

Ese sentido cambia en 1970, con la lucha contra ALCOA. Ahí, la Semana deja de ser celebración y se convierte en campo de disputa. El movimiento estudiantil toma la calle para defender la soberanía nacional, mientras las autoridades llaman a la normalidad. Esa tensión —entre una memoria institucional que ordena y una memoria insurgente que incomoda— sigue presente.

De ahí surge la pregunta central del documento: ¿la Semana U de hoy es memoria viva o una puesta en escena de sí misma? Cuando la memoria no incomoda ni empuja a actuar, deja de ser memoria y se convierte en folklore. Y el folklore, a diferencia de la protesta, no interpela a nadie.

Mujica lo diría de otra forma: hace falta una “epidemia de inconformismo”. La Semana U fue eso en su mejor momento. Hoy corre el riesgo de ser apenas su representación.

FEES congelado y universidades fragmentadas

El contexto actual refuerza esa preocupación. En 2026, la negociación del FEES ocurre bajo un congelamiento real del presupuesto (0% de aumento) y con el incumplimiento del 2% aprobado por la Asamblea Legislativa.

Sin embargo, el conflicto no es solo externo. Las universidades han trasladado al espacio público una disputa interna por la redistribución de los recursos. Una discusión legítima, pero que, en este contexto, debilita la posición colectiva. El resultado es funcional al gobierno: no necesita confrontar directamente cuando el bloque universitario se fragmenta por sí mismo.

La advertencia es clara: sin unidad, no hay posibilidad de avance. En palabras de Mujica, “pobre del que emprenda en soledad esta cacería”. Defender lo público —y transformarlo— no es tarea individual.

Un documento para salir de la trinchera

La universidad que no se atreve no busca reafirmar consignas, sino desarmarlas. No pregunta si hay que defender la universidad pública, sino qué universidad estamos defendiendo.

Organizado en diez secciones —desde “El miedo académico” hasta “La hipocresía universitaria”— el documento combina reflexión y práctica. Cada apartado cierra con una actividad: no hay respuestas finales, sino ejercicios para pensar en colectivo.

Entre sus aportes más urgentes destacan:

  • – Una crítica a la distancia entre discurso y práctica: hablar de autonomía mientras se decide sin las bases.
  • – Una apuesta por el inconformismo activo: no como queja, sino como acción concreta.
  • – Una defensa del placer de aprender frente a la lógica del sacrificio.
Leerlo también es tomar posición

Este no es un documento para archivar, sino para usar. Las actividades —“El velorio de lo público”, “La bitácora del miedo”, “El maquillaje y el hueso”— están pensadas para aulas, asambleas y grupos de estudio.

En ese sentido, la publicación dialoga directamente con el momento actual. En medio de la Semana Universitaria, propone recuperar su dimensión crítica. En medio de la crisis del FEES, recuerda que las conquistas históricas no fueron concesiones, sino resultado de organización y conflicto.

La tradición no está garantizada. Se sostiene —o se pierde— en las prácticas del presente.

Una invitación incómoda

“No se dejen robar ni los sueños ni la juventud, comprométanla con el destino, el dolor y la vergüenza de América Latina.”
José Mujica

La universidad que no se atreve es la que teme cambiar. La que prefiere el maquillaje antes que el hueso. La que recuerda el pasado sin asumir el presente.

Este documento no ofrece certezas. Ofrece preguntas. Y en eso radica su potencia.

Descargarlo, leerlo en grupo, discutirlo, incluso pelear con él, es ya un gesto de inconformismo. Porque, al final, la incomodidad que deja no es abstracta: es la certeza de que las cosas podrían ser distintas —y que transformarlas no depende solo de “los de arriba”.

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Una universidad al servicio de la vida – La visión transformadora de Ignacio Ellacuría

En un contexto de creciente desconexión entre las universidades y la realidad social —acentuado por los cuestionamientos a la Universidad de Costa Rica (UCR) y la creciente deslegitimación de sus autoridades—, el Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra publica el documento de trabajo titulado «La universidad como fuerza transformadora – La visión de Ignacio Ellacuría» (abril 2025), en el que se reivindica una educación comprometida con la justicia, los derechos humanos y los bienes comunes.

A partir del legado del filósofo y teólogo jesuita Ignacio Ellacuría, la publicación lanza una interpelación directa a las universidades públicas: ¿están cumpliendo su misión histórica o simplemente replican estructuras de poder y privilegio? Lejos de quedarse en la crítica, el documento propone una alternativa concreta: una universidad viva, crítica, popular y solidaria, capaz de «ponerse en lugar del pobre» y de convertirse en conciencia crítica del país.

Uno de los ejes centrales del texto es la defensa de la educación como bien común social, no como mercancía. Inspirado en la “filosofía de la realidad histórica” de Ellacuría, se plantea que el conocimiento debe ser producido y compartido en función de las mayorías, como herramienta para la transformación social. Desde esa lógica, se recupera el ejemplo de los mártires de la UCA como símbolo de una autoridad universitaria distinta: ética, cercana al pueblo, dispuesta a incomodar al poder y a encarnar el saber con valentía.

El documento invita a repensar profundamente los fines y métodos de la educación superior, y deja abiertas preguntas clave: ¿qué universidad necesitamos? ¿Puede la educación convertirse en un instrumento colectivo de liberación? ¿Cómo recuperamos el valor público del conocimiento?

📄 Documento completo disponible aquí

Les compartimos este video realizado por la Universidad Iberoamericana de Puebla para conocer algunos datos biográficos y del pensamiento de Ignacio Ellacuría

Crédito del video Radio San José.