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1492 y la herida colonial: Mariátegui y el desafío de pensar desde el territorio

El 12 de octubre suele recordarse bajo distintas denominaciones: Día de la Raza, Día de la Hispanidad o Encuentro de Dos Mundos. Sin embargo, estas expresiones no son neutrales: cada una propone una manera de interpretar la historia y de comprender sus consecuencias en el presente. Desde una perspectiva crítica latinoamericana y caribeña, esta fecha nos invita a reflexionar sobre la conquista, el despojo territorial y la imposición de un orden colonial que transformó las formas de organización económica, las relaciones sociales y los modos de habitar y comprender el mundo de los pueblos originarios.

En este contexto, volver a 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, del pensador peruano José Carlos Mariátegui, constituye una oportunidad para revisar las raíces históricas de nuestras desigualdades y preguntarnos por las posibilidades de construir otras formas de organizar la vida colectiva. Publicada originalmente en 1928, esta obra sigue ofreciendo herramientas para comprender la relación entre tierra, poder, comunidad y emancipación, así como para cuestionar las ideas de progreso que justifican el despojo y la subordinación de los pueblos.

Para el Observatorio de Bienes Comunes, leer a Mariátegui implica recuperar una pregunta fundamental: ¿cómo pensar las transformaciones de nuestras sociedades desde sus propias historias, territorios y experiencias comunitarias, sin convertir las teorías en moldes que ignoran la realidad que pretenden explicar?

La conquista y la transformación de las relaciones con la tierra

En el ensayo «Esquema de la evolución económica», Mariátegui examina las profundas transformaciones producidas por la conquista española en la organización económica del Perú. Su interpretación se distancia de los relatos que presentan este proceso como un encuentro entre culturas o como el inicio inevitable de una etapa de progreso. En su lugar, analiza la ruptura de las formas de organización existentes y la instauración de relaciones de explotación que marcaron la historia posterior del país.

Antes de la conquista, las comunidades indígenas habían desarrollado formas de organización económica vinculadas con el trabajo colectivo, la reciprocidad y el aprovechamiento compartido de los recursos. Mariátegui destaca particularmente la organización agraria del Imperio incaico y la importancia del ayllu, la comunidad como espacio de organización social y económica.

La conquista no sustituyó estas formas de organización por un sistema que garantizara mejores condiciones de vida para las mayorías. Por el contrario, impuso nuevas relaciones de propiedad y explotación, debilitó las estructuras comunitarias y subordinó la producción a los intereses coloniales. Posteriormente, el latifundio y el gamonalismo consolidaron mecanismos de concentración de la tierra y sometimiento de la población indígena.

Esta interpretación permite comprender que la desigualdad no puede explicarse únicamente por las diferencias individuales, las condiciones educativas o las supuestas dificultades de determinados grupos para incorporarse al progreso. Es necesario examinar las relaciones históricas de poder que han determinado quién controla la tierra, quién se beneficia de su aprovechamiento y quién soporta las consecuencias del despojo.

En 7 ensayos, Mariátegui plantea que el problema del indio tiene una raíz fundamentalmente económica y social: el régimen de propiedad de la tierra. Su argumento cuestiona las explicaciones que atribuyen la exclusión indígena a características raciales o culturales y dirige la atención hacia las estructuras que reproducen la explotación.

Esta perspectiva conserva una importancia decisiva para comprender los conflictos territoriales contemporáneos. Las disputas por la tierra y el agua, la expansión de las actividades extractivas y la subordinación de las necesidades comunitarias a los intereses económicos no son fenómenos aislados de su historia. Nos obligan a examinar cómo se distribuyen el poder y los recursos, qué formas de vida se protegen y cuáles se sacrifican en nombre del desarrollo.

La comunidad indígena: memoria, resistencia y posibilidad

Uno de los aportes más significativos de Mariátegui es su reflexión sobre la comunidad indígena. Frente a las interpretaciones que la consideran una estructura atrasada destinada a desaparecer con la modernización, el autor reconoce su importancia económica, social y política.

Su análisis no consiste en idealizar las comunidades ni en afirmar que sus formas históricas de organización deban permanecer intactas. Se trata, más bien, de reconocer que en ellas existen experiencias de cooperación, reciprocidad y trabajo colectivo que cuestionan la idea de que la competencia individual y la propiedad privada constituyen las únicas formas posibles de organizar la producción y satisfacer las necesidades humanas.

La comunidad aparece así como una realidad histórica que ha resistido diferentes formas de subordinación y que conserva capacidades para reorganizarse y transformar sus condiciones de existencia. En el pensamiento de Mariátegui, estas experiencias no son simples vestigios de un pasado que debe superarse, sino una fuente de posibilidades para construir un proyecto emancipador arraigado en las condiciones concretas de nuestra América.

Esta reflexión dialoga con la perspectiva de los bienes comunes. Los bienes comunes no se reducen a recursos naturales disponibles para el aprovechamiento económico. También comprenden las relaciones sociales, los conocimientos, las prácticas de cooperación y las formas de organización mediante las cuales las comunidades sostienen la vida y construyen respuestas colectivas a sus necesidades.

Desde esta mirada, defender los bienes comunes implica prestar atención a las condiciones que hacen posible su existencia: el acceso a la tierra y al agua, la autonomía de las comunidades, la transmisión de conocimientos y la capacidad colectiva de decidir sobre el territorio.

La pregunta, entonces, no es únicamente qué recursos deben protegerse, sino también qué relaciones sociales permiten cuidarlos, compartirlos y sostenerlos frente a las presiones de la mercantilización.

Pensar desde nuestra realidad: una crítica a las ideas importadas de progreso

Mariátegui también ofrece una reflexión fundamental sobre la producción de conocimiento. Su propuesta de interpretar la realidad peruana desde sus particularidades históricas cuestiona la aplicación mecánica de teorías elaboradas en otros contextos.

Su apropiación crítica del marxismo no consistió en reproducir un esquema europeo de evolución social, sino en examinar las contradicciones de una sociedad en la que coexistían distintas formas de producción y relaciones de poder. La herencia colonial, las estructuras agrarias, la expansión capitalista y las formas comunitarias no podían comprenderse como etapas sucesivas de una misma trayectoria universal. Formaban parte de una realidad histórica compleja, atravesada por relaciones de subordinación y conflicto.

De ahí la importancia de su propuesta de construir un pensamiento arraigado en las condiciones concretas de nuestros pueblos. Pensar desde América Latina no significa rechazar las ideas producidas en otras regiones, sino someterlas a la crítica, confrontarlas con nuestras experiencias y construir herramientas capaces de explicar las particularidades de nuestra historia.

Esta preocupación también permite cuestionar las concepciones dominantes del desarrollo. Con frecuencia, el progreso se presenta como un camino único, medido por el crecimiento económico, la expansión de las inversiones y la incorporación de los territorios a los circuitos del mercado. Desde esta perspectiva, las formas comunitarias de organización aparecen como obstáculos y los territorios se valoran principalmente por los recursos que pueden ofrecer.

Mariátegui nos ayuda a poner en cuestión esta mirada. Si la historia de nuestras sociedades está atravesada por la concentración de la tierra, el despojo y la subordinación de las mayorías, no basta con prometer más crecimiento económico para resolver sus contradicciones. Es necesario preguntarnos quién decide el rumbo de las transformaciones, quién se beneficia de ellas y qué ocurre con las comunidades, los conocimientos y las formas de vida que no se ajustan a sus intereses.

Para el Observatorio de Bienes Comunes, esta discusión resulta especialmente relevante. Pensar desde el territorio supone reconocer que las comunidades producen conocimientos sobre sus entornos, construyen memorias colectivas y desarrollan prácticas para sostener la vida. Estos saberes no deben tratarse como elementos secundarios frente al conocimiento institucional, sino como parte de las capacidades sociales necesarias para comprender y transformar la realidad.

El 12 de octubre: una historia que sigue interpelando el presente

A casi un siglo de la publicación de 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, las preguntas de Mariátegui continúan siendo relevantes. La concentración de la tierra, la desigualdad rural, la subordinación de las comunidades y los conflictos entre las necesidades colectivas y los intereses económicos siguen formando parte de las disputas que atraviesan América Latina y el Caribe.

Sin embargo, recuperar su pensamiento no significa trasladar directamente sus respuestas a nuestro tiempo. Supone reconocer la potencia de sus preguntas y utilizarlas para examinar las transformaciones actuales de nuestras sociedades.

¿Qué continuidades existen entre las formas históricas de despojo y los conflictos territoriales contemporáneos? ¿Cómo se justifican las desigualdades cuando se presentan como consecuencias inevitables del progreso? ¿Qué conocimientos y experiencias quedan excluidos cuando las decisiones sobre los territorios se toman sin reconocer la voz de las comunidades? ¿Qué podemos aprender de las prácticas colectivas que, frente a estas presiones, defienden otras maneras de habitar y cuidar el mundo?

Estas preguntas permiten vincular la memoria histórica con las luchas presentes. La conquista no constituye únicamente un acontecimiento del pasado: sus consecuencias se manifiestan en estructuras de propiedad, jerarquías sociales y relaciones de poder que han cambiado a lo largo del tiempo, pero que siguen siendo objeto de disputa.

Por eso, el 12 de octubre también puede ser una oportunidad para reconocer las resistencias de los pueblos indígenas y las comunidades que han defendido sus territorios, sus conocimientos y sus formas de organización. No se trata solamente de recordar lo que fue destruido, sino de reconocer las capacidades colectivas que han permitido sostener y recrear otras formas de vida.

Volver a Mariátegui para defender los bienes comunes

Desde el Observatorio de Bienes Comunes, la lectura de Mariátegui nos invita a recuperar tres reflexiones fundamentales.

Descolonizar nuestra manera de pensar. Reconocer que nuestras sociedades tienen historias y realidades particulares exige cuestionar las explicaciones que presentan un único modelo de desarrollo como destino inevitable. Pensar desde nuestros territorios implica construir herramientas de análisis en diálogo con las experiencias, los conocimientos y las luchas de nuestros pueblos.

Comprender la tierra como una cuestión de poder. Los conflictos territoriales no se limitan a la distribución de recursos. También expresan disputas sobre las condiciones materiales de la vida, la autonomía de las comunidades y la capacidad de decidir qué se produce, cómo se habita el territorio y para quién se organizan sus riquezas.

Reconocer la comunidad como una fuente de posibilidades. Las prácticas de cooperación, reciprocidad y organización colectiva muestran que existen otras maneras de responder a las necesidades compartidas. Defender los bienes comunes significa fortalecer las condiciones que permiten a las comunidades participar en las decisiones que afectan sus vidas y sostener sus formas de organización.

En este 12 de octubre, volver a 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana es una invitación a mirar nuestra historia desde las relaciones de poder que la han configurado, pero también desde las resistencias y posibilidades que atraviesan nuestros territorios.

Mariátegui nos recuerda la importancia de pensar desde nuestra propia realidad, reconocer las experiencias comunitarias y cuestionar los modelos que presentan el despojo como sinónimo de progreso. Su obra nos permite comprender que la defensa de la vida no puede separarse de las condiciones materiales que la hacen posible ni de las relaciones sociales mediante las cuales la sostenemos.

Pensar desde el territorio es también preguntarnos quién decide sobre los bienes que sostienen la vida y qué formas de organización queremos construir para defenderlos.

En el Observatorio de Bienes Comunes, recuperamos esta pregunta como parte de una reflexión colectiva sobre la memoria, la autonomía de los pueblos y la construcción de alternativas frente a la mercantilización de la naturaleza y de la vida.

Volver a Mariátegui es una oportunidad para seguir pensando, desde América Latina y el Caribe, cómo transformar las herencias coloniales y fortalecer las prácticas colectivas que hacen posible otros futuros.

Volver a Mariátegui es una oportunidad para profundizar en las raíces históricas de nuestras desigualdades y reconocer las posibilidades de transformación que nacen de las experiencias comunitarias. Por eso, les invitamos a leer 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, una obra fundamental del pensamiento crítico latinoamericano que continúa aportando preguntas para comprender las relaciones entre tierra, poder, comunidad y emancipación.

Les invitamos a acercarse a esta obra, explorar sus reflexiones y ponerlas en diálogo con las luchas de nuestros territorios y las experiencias de quienes defienden los bienes comunes.

Lea y descargue el libro: 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, de José Carlos Mariátegui, en la Biblioteca Ayacucho.

Porque leer a Mariátegui no es solamente volver sobre nuestra historia: es abrir preguntas sobre el presente y las posibilidades de construir otros futuros desde América Latina y el Caribe.

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A diez años de su siembra: Berta Cáceres, la pedagogía del río y la política de la vida

El 3 de marzo de 2016 fue asesinada en La Esperanza, Honduras, Berta Cáceres, lideresa indígena lenca, feminista y defensora del río Gualcarque. Una década después, su figura no solo convoca memoria: interpela críticamente el modelo político y económico que convierte territorios en mercancía y comunidades en obstáculos.

Como coordinadora del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), Berta articuló una resistencia que trascendía la oposición a un proyecto hidroeléctrico específico. La lucha contra Agua Zarca —impulsada sin consulta previa en territorio lenca— evidenciaba un patrón estructural: el extractivismo como forma contemporánea de colonialismo interno, sostenido por alianzas entre capital transnacional, élites nacionales y aparatos estatales.

En su pensamiento, el río no era un “recurso natural”. Era sujeto de memoria, espiritualidad y comunidad. Allí emerge lo que podríamos llamar la pedagogía del río: una forma de aprendizaje político que nace de la escucha del territorio. El río enseña interdependencia —ningún cauce fluye aislado—; enseña comunidad —sus aguas se sostienen en múltiples afluentes—; enseña límite —cuando se le violenta, responde—; y enseña continuidad —la memoria fluye como corriente.

Defender el Gualcarque no era solo oponerse a una represa; era afirmar que el territorio educa. Que el río forma conciencia. Que en su fluir se aprende una política distinta: no centrada en la acumulación, sino en el cuidado y la reciprocidad. Esta pedagogía desborda la racionalidad tecnocrática que reduce el agua a kilovatios y balances financieros, y cuestiona la idea de desarrollo que fragmenta naturaleza y cultura.

Aquí radica uno de los aportes teóricos más potentes de su legado: la defensa territorial como política de la vida. No se trataba únicamente de resistir un megaproyecto, sino de disputar el sentido mismo de lo que entendemos por progreso. ¿Qué es el río? ¿Quién decide sobre él? ¿Qué saberes cuentan? ¿Qué vidas importan?

A diez años, hablar de Berta Cáceres es hablar de una pedagogía que sigue vigente. Y esa pedagogía no se agota en la defensa ecológica: se expande hacia la memoria, la cultura y las formas en que producimos conocimiento.

Río, memoria y bienes comunes: más allá de lo “natural”

Si el río educa, también lo hace enseñando que la vida no puede dividirse en compartimentos. Uno de los aportes más profundos del pensamiento de Berta es la comprensión del río como bien común que es simultáneamente natural y cultural. El río no es solo agua que fluye: es memoria compartida, es relato colectivo, es práctica espiritual, es organización comunitaria. Es, en ese sentido, un bien común simbólico.

Separar “naturaleza” y “cultura” ha sido una operación funcional al extractivismo. Cuando el río se reduce a caudal aprovechable, se invisibiliza su dimensión histórica y cultural. Pero cuando se le reconoce como espacio de vida, también se reconoce que su defensa es una defensa de la identidad y de la autonomía colectiva. El río sostiene cultivos, pero también sostiene sentidos; alimenta cuerpos, pero también alimenta memorias.

La pedagogía del río nos enseña justamente esa unidad: que el despojo no es solo material. Es también un intento de romper vínculos comunitarios, de erosionar memorias y de imponer una narrativa única del “progreso”. Defender el río es defender la posibilidad de nombrar el mundo desde otros marcos culturales y políticos.

Hoy, en distintos territorios de América Latina, quienes se organizan para proteger sus ríos suelen ser descalificados como “locos”, “radicales” o “ingenuos”. Esa estrategia de deslegitimación busca negar la racionalidad que brota del territorio. Sin embargo, la experiencia demuestra que muchas de esas voces que fueron ridiculizadas advertían impactos reales: contaminación, pérdida de agua, ruptura del tejido comunitario.

La acusación de locura funciona como mecanismo de disciplinamiento. Frente a ello, la pedagogía del río nos invita a invertir la pregunta: ¿qué racionalidad es la que considera razonable destruir un río en nombre del crecimiento económico? ¿qué tipo de normalidad naturaliza la violencia contra quienes defienden la vida?

Recordarla es asumir que la defensa del agua es, al mismo tiempo, defensa de la memoria, de la cultura y de la dignidad. Porque cuando un río se defiende, no solo fluye el agua: fluye también la historia de un pueblo que se niega a desaparecer.

Y esa lección nos conduce inevitablemente a otra dimensión del aprendizaje que el río ofrece: la forma en que conocemos y validamos lo que sabemos.

Cuando el río enseña también en Maquengal: ecos de la pedagogía en el Río Frío

La pedagogía del río de la que hablaba Berta Cáceres no pertenece únicamente al Gualcarque. También se expresa en territorios como Maquengal, en la cuenca del Río Frío – Caño Negro, donde las comunidades han aprendido a leer el agua como memoria viva y como advertencia.

En Maquengal, el río no es una abstracción cartográfica ni un simple caudal medible en metros cúbicos por segundo. Es sustento cotidiano, paisaje compartido, historia familiar y espacio de encuentro. Los recorridos comunitarios por el cauce —para observar cambios, documentar extracciones o señalar afectaciones— no son solo acciones de denuncia: son ejercicios de conocimiento colectivo. Allí se actualiza una forma de saber que no siempre cabe en un expediente técnico, pero que nace de la experiencia directa con el territorio.

Como en el caso que enfrentó Berta desde el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, en Maquengal también se evidencia una tensión entre la mirada que reduce el río a recurso y la que lo comprende como bien común. Cuando la comunidad advierte sobre la pérdida de cobertura ribereña, la alteración del cauce o el impacto acumulativo de intervenciones “permitidas”, no está reaccionando desde la improvisación: está defendiendo un tejido de relaciones que sostiene su vida cotidiana.

La experiencia de Maquengal confirma que la defensa del río es también defensa del derecho a habitar dignamente el territorio. Y muestra que la pedagogía del río no es metáfora lejana: es práctica concreta. Es caminar el cauce, conversar en comunidad, contrastar lo que dicen los papeles con lo que muestra el agua. Es recordar que la legitimidad no nace únicamente del sello institucional, sino del vínculo persistente con el lugar.

En ese sentido, el Río Frío dialoga con el Gualcarque. Ambos recuerdan que los bienes comunes no se defienden solo con argumentos legales, sino con comunidad organizada y memoria activa. Ambos enseñan que cuando el río cambia, la comunidad lo sabe. Y que escuchar esa voz —antes de que sea demasiado tarde— es parte de la tarea ética y política que Berta nos dejó como herencia.

Más allá del estudio técnico: memoria, dignidad y descolonización del conocimiento

Si el río enseña interdependencia y memoria, también enseña que no todo conocimiento cabe en un informe. En muchos conflictos socioambientales, el punto de partida suele definirse en términos de “estudios técnicos”: impacto ambiental, viabilidad financiera, modelaciones hidráulicas, dictámenes jurídicos. Estos instrumentos son relevantes. Pero cuando se convierten en el único lenguaje legítimo de la discusión, producen un silenciamiento: desplazan las memorias, los vínculos afectivos, el derecho al disfrute del territorio y la experiencia cotidiana de quienes habitan los ríos.

Las comunidades no comienzan a defender un río cuando se publica un informe; comienzan cuando sienten que algo amenaza su forma de vida. Esa experiencia también es conocimiento. Allí están los saberes situados, los relatos, las prácticas culturales, las espiritualidades. Está el derecho a una vida digna que no se agota en indicadores cuantificables. Está el lugar de lo sagrado, de aquello que no siempre puede traducirse en categorías técnicas pero que estructura profundamente la experiencia colectiva.

Asumir la pedagogía del río implica reconocer que la defensa territorial no nace únicamente de peritajes, sino de una comprensión integral del territorio como tejido de relaciones. El desafío no es descartar el conocimiento técnico, sino descentrarlo como único punto de validación.

Aquí se abre una tarea pendiente, especialmente para instancias que aún operan bajo marcos epistemológicos coloniales —incluidas muchas secciones de la universidad pública—: comprender que la descolonización no es solo discursiva. Supone transformar nuestras formas de investigar, de acompañar y de producir conocimiento. Trabajar con lo no legitimado, con lo que no está escrito, con lo que no siempre puede decirse en lenguaje académico.

La pedagogía del río nos invita a escuchar lo que no aparece en las matrices de evaluación: la memoria que no está archivada, la experiencia que no cabe en un formulario, el bienestar como principio organizador de la vida colectiva.

Si el acompañamiento universitario y profesional a las luchas territoriales quiere ser coherente con una ética de los bienes comunes, deberá aprender de ese fluir: abrirse a otros lenguajes, reconocer otras epistemologías y admitir que el conocimiento también nace en asambleas, en riberas y en prácticas comunitarias que sostienen la vida.

Quizás esa sea una de las lecciones más urgentes que nos deja esta década sin Berta: dejar que el río no solo sea defendido, sino que nos enseñe a transformar la manera en que pensamos, investigamos y acompañamos la vida en común.

Referencias:

Carvajal, Valentina. (2026, marzo 2). A diez años de Berta Cáceres: la lideresa que defendió el río y despertó al mundo. Greenpeace. https://es.greenpeace.org/es/noticias/a-diez-anos-de-berta-caceres-la-lideresa-que-defendio-el-rio-y-desperto-al-mundo/

Izquierdas. (2018). El asesinato de Berta Cáceres y las tramas del poder en Honduras. Izquierdas, (40), 254–273.

VV. AA. (2022). Defensoras: la vida en el centro. (Entrevista a Berta Cáceres).

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¿Por qué leer a Fanon hoy? Un documento para educar, incomodar y transformar

¿Por qué volver a Fanon hoy?
En un mundo atravesado por el resurgimiento del autoritarismo, la violencia estructural y el despojo territorial, el pensamiento de Frantz Fanon reaparece con una fuerza ineludible. A cien años de su nacimiento, el Observatorio de Bienes Comunes comparte un nuevo documento de trabajo que invita a leer, pensar y actuar desde la experiencia de lxs condenadxs de la tierra.

Este material no solo presenta una lectura accesible y comprometida de la obra de Fanon, sino que propone claves para entender el racismo estructural, la alienación colonial, la solidaridad internacionalista y la potencia transformadora de las luchas que nacen desde abajo. El texto nos recuerda que descolonizar no es solo un asunto del pasado: es un desafío urgente para el presente, que atraviesa nuestras formas de conocer, organizarnos, sanar, enseñar y habitar.

Además, el pensamiento fanoniano ofrece herramientas fundamentales para repensar el papel de la universidad pública. En tiempos en que muchas instituciones se ven atrapadas entre la lógica del mercado y el conservadurismo académico, Fanon interpela con fuerza: ¿puede la universidad ser un espacio de liberación y no de reproducción de jerarquías coloniales? Este cuaderno plantea preguntas necesarias para imaginar una educación crítica, comprometida con los territorios, abierta al diálogo con los saberes populares y orientada a la transformación social.

Aportes principales del documento

🔸 Lectura contextual de Fanon: Desde su biografía militante hasta sus aportes en psiquiatría, el documento traza un recorrido por la vida y obra de Fanon, destacando su coherencia ética entre pensamiento y acción.

🔸 Claves conceptuales: Racismo estructural, alienación, máscaras blancas, violencia liberadora, descolonización radical. Un glosario acompaña al texto para facilitar la apropiación crítica de sus categorías.

🔸 Vigencia de su pensamiento: Fanon es leído a la luz de las luchas actuales: pueblos indígenas, juventudes racializadas, mujeres organizadas, migrantes criminalizados. Su palabra resuena allí donde la dignidad es negada.

🔸 Desafíos para la universidad pública: ¿Puede la academia dejar de reproducir el pensamiento colonial y transformarse en un espacio de liberación? El texto abre preguntas incómodas pero necesarias.

Fanon hoy: una incomodidad necesaria

Frantz Fanon no fue un autor de diagnósticos neutros ni de soluciones cómodas. Su escritura, como su vida, es un llamado al compromiso con los pueblos que luchan. Su pensamiento nos ayuda a entender que el colonialismo no ha desaparecido: ha mutado. Está en la exclusión, en el despojo, en la violencia simbólica, en las estructuras educativas, económicas y sanitarias. Leerlo hoy es un acto de resistencia y lucidez.

📥 Descarga el documento completo acá.

📢 Leé, compartí, discutí.
Este material fue pensado para alimentar círculos de lectura, procesos de formación política, espacios comunitarios, aulas críticas y territorios en lucha. Que las palabras de Fanon no se queden en los márgenes: que sirvan para organizar esperanza.

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Frantz Fanon a 100 años: pensamiento vivo para la liberación

“Cada generación debe, en una relativa oscuridad, descubrir su misión, cumplirla o traicionarla.”
— Frantz Fanon

Este 2025 se cumplen 100 años del nacimiento de Frantz Fanon, psiquiatra, escritor y militante anticolonial nacido en Martinica. A un siglo de su llegada al mundo, su pensamiento no solo conserva una vigencia inusitada, sino que continúa siendo un faro para quienes luchan contra las formas contemporáneas del racismo, el colonialismo y la opresión. Su vida encarna una rara coherencia entre pensamiento y acción, entre la teoría y el compromiso político por la liberación de los pueblos.

Un pensador radical del colonialismo y la subjetividad

Frantz Fanon fue uno de los primeros en articular con profundidad cómo el colonialismo no solo domina territorios, sino que penetra en la psique de las personas colonizadas. En “Piel negra, máscaras blancas” (1952), Fanon exploró cómo el racismo produce una alienación estructural en la subjetividad negra, obligando a las personas a usar “máscaras” impuestas por la cultura blanca dominante para poder sobrevivir. Este texto no es solo un análisis psicológico; es una denuncia ética y política de la deshumanización colonial.

Fanon comprendió el racismo como una tecnología de poder: no es solo un “prejuicio” ni un “error” individual, sino una estructura que sostiene el orden colonial y el capitalismo global. En su lectura, la liberación auténtica no puede venir de reformas superficiales, sino de una ruptura con el sistema que produce esas jerarquías.

La violencia como respuesta: una ética desde los condenados de la tierra

Su obra más influyente, “Los condenados de la tierra” (1961), fue escrita mientras trabajaba con el Frente de Liberación Nacional (FLN) en Argelia, poco antes de su muerte. Este libro marca una ruptura con los discursos liberales y eurocéntricos sobre el desarrollo y la democracia. Fanon no idealiza la violencia, pero la reconoce como un momento inevitable en los procesos de descolonización, porque el colonialismo mismo se funda en la violencia. La violencia liberadora aparece como una reapropiación de la dignidad y una forma de reconstrucción del sujeto oprimido.

A diferencia del humanismo colonial, que oculta la deshumanización bajo discursos de civilización, Fanon apuesta por un nuevo humanismo, nacido de la lucha y del reconocimiento de la humanidad negada. Es un humanismo insurgente, construido por los de abajo, por quienes han sido despojados de su voz y su cuerpo.

Un compromiso encarnado: Fanon militante

Más allá de sus libros, Fanon fue un hombre profundamente comprometido con la praxis revolucionaria. Renunció a su cargo como psiquiatra del hospital de Blida, en Argelia, al no poder ser cómplice del aparato colonial francés. Se unió activamente al movimiento de liberación argelino, asumió misiones diplomáticas y formó parte de una lucha que no era la “de su pueblo natal”, sino la de todos los pueblos colonizados del mundo.

Este gesto de solidaridad radical –arriesgar la vida por una causa que no es “nacional” sino humana– es parte de la coherencia ética que hace de Fanon una figura ejemplar. No pensaba la revolución como una consigna abstracta, sino como un proceso en el que se arriesga el cuerpo, el tiempo y la vida.

Pensar con Fanon hoy: descolonizar es urgente

Hoy, en un mundo atravesado por nuevas formas de colonialismo —económico, cultural, epistémico y ecológico—, las palabras de Fanon resuenan con fuerza. En América Latina, África y Asia, en los territorios indígenas, en los barrios racializados, en las luchas de las juventudes precarizadas, su llamado a descubrir la misión histórica de cada generación sigue siendo una provocación necesaria.

Descolonizar no es solo un acto académico ni un reclamo simbólico: es una práctica que interpela las estructuras de poder y nuestras formas de vida. Leer a Fanon en este centenario no debe ser un homenaje pasivo, sino una invitación activa a renovar el compromiso con los procesos de emancipación, con los pueblos que luchan, con quienes siguen siendo tratados como desechables por un sistema que jerarquiza vidas.

Fanon vive en cada intento por decir la verdad contra la opresión, en cada gesto de solidaridad activa, en cada comunidad que se organiza para recuperar su autonomía. A 100 años de su nacimiento, su pensamiento nos recuerda que no hay transformación sin riesgo, ni liberación sin conflicto.

Descolonizar también es hacer: más allá del discurso

Frantz Fanon nos alerta con claridad: la descolonización no es una metáfora, ni un giro semántico en los debates académicos. Es una reorganización radical del mundo, una ruptura concreta con los modos de vida, de gobernar, de habitar, de sanar y de educar impuestos por el colonialismo. Por eso, descolonizar implica prácticas vividas, no solo interpretaciones.

En muchos espacios, el discurso descolonial ha sido absorbido por instituciones, universidades y ONGs sin que ello signifique un compromiso real con las luchas de los pueblos. Fanon nos previno de ese peligro: cuando la descolonización se vuelve una moda discursiva sin anclaje en el cuerpo, el territorio y la comunidad, deja de ser una amenaza al orden colonial.

Descolonizar exige recuperar saberes, lenguas, espiritualidades, economías y modos de cuidado propios, en diálogo con las urgencias del presente. Significa desafiar la verticalidad del Estado-nación, cuestionar el monocultivo del pensamiento occidental, denunciar las formas de racismo ambiental, reconstruir la salud desde el cuerpo-territorio, y defender la vida más allá del lucro y la acumulación.

En este sentido, Fanon no es solo un pensador, sino un guía ético-político que exige coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Su legado interpela a quienes luchan por el cambio social: ¿cómo se vive lo que se proclama? ¿Qué prácticas reproducen la colonialidad incluso en espacios que se dicen alternativos? ¿Quiénes deciden y desde dónde?

El pensamiento de Fanon, a 100 años de su nacimiento, nos recuerda que no basta con denunciar el colonialismo: hay que dejar de ser sus funcionarios cotidianos. Descolonizar es también cocinar, sembrar, sanar, enseñar y organizar desde otros lugares, con otros ritmos, con otras palabras.

¿Querés una mirada clara y visual sobre el legado de Frantz Fanon? Preparamos una infografía que resume sus principales ideas, su compromiso militante y por qué su pensamiento sigue siendo clave para las luchas actuales.

Ideal para espacios educativos, colectivos, talleres o para compartir en redes.

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Malcolm X: pensar la libertad desde el antirracismo y lo común

Cada 19 de mayo, al conmemorar el natalicio de Malcolm X, no solo recordamos a un líder afroamericano, sino a un pensador radical que entendió que la lucha contra el racismo en Estados Unidos estaba íntimamente conectada con los procesos globales de descolonización. Malcolm X amplió el horizonte del movimiento por los derechos civiles al vincularlo con las luchas de liberación en África, Asia y América Latina, mostrando que el racismo estructural es parte de un sistema colonial aún vigente, sostenido por el capitalismo, el imperialismo y el despojo.

Malcolm X denunció que el colonialismo no solo operaba en territorios formalmente ocupados, sino también en las estructuras sociales, económicas y culturales que perpetúan la subordinación de los pueblos racializados. Su mirada descolonial desnudó cómo las leyes, los medios y el aparato económico servían para mantener la desigualdad, legitimando el saqueo de recursos, el silenciamiento de las voces subalternas y la negación de derechos básicos.

En esta clave, la descolonización no era para él solo un proceso político, sino una transformación profunda de la conciencia, de las relaciones de poder y de los modos de organización social. Esta visión resuena hoy en las luchas por los bienes comunes, entendidos como aquello que pertenece a todos y todas por derecho colectivo: la tierra, el agua, el conocimiento, la salud, la educación, la memoria, el territorio y la vida misma.

Releer a Malcolm X desde América Latina nos interpela a cuestionar las formas coloniales que aún estructuran nuestras sociedades: el racismo ambiental, el extractivismo, la militarización de territorios indígenas y afrodescendientes, o la mercantilización de derechos. Defender los bienes comunes hoy es continuar el legado de Malcolm X: resistir al poder que divide, explota y jerarquiza, y afirmar en cambio la dignidad, la comunidad y la autodeterminación de los pueblos.

Más allá del prejuicio: el racismo como sistema de poder

El racismo estructural no se limita a actitudes individuales de prejuicio o discriminación; es un entramado de relaciones de poder que se ha naturalizado en las instituciones y que reproduce la desigualdad de forma sistemática. A través de leyes que criminalizan a las personas racializadas, medios que refuerzan estereotipos de inferioridad y un aparato económico que concentra riqueza mediante el despojo y la explotación, se perpetúa un orden social jerárquico heredado del colonialismo. Este sistema no solo margina a ciertos cuerpos y culturas, sino que también legitima el saqueo de territorios, el desmantelamiento de derechos colectivos y la invisibilización de las voces que resisten. Malcolm X denunció esta arquitectura de la opresión, revelando que no basta con modificar normas superficiales: es necesario desmantelar las bases estructurales del racismo para construir una sociedad verdaderamente justa.

Conceptos claves en su pensamiento y práctica

1. Racismo estructural:
Para Malcolm X, el racismo no era una cuestión de actitudes personales, sino un sistema organizado de poder que opera a través de las instituciones —leyes, educación, medios, economía— y que perpetúa la desigualdad racial de forma sistemática.

2. Descolonización:
Más allá de la independencia formal de los países, Malcolm X entendía la descolonización como un proceso integral de liberación política, económica y cultural frente al dominio imperialista y racista, tanto en el Sur global como dentro de Estados Unidos.

3. Autodeterminación:
Reivindicó el derecho de los pueblos —incluidos los afroamericanos— a definir su propio destino, organizarse políticamente y rechazar la imposición de modelos ajenos, como vía para reconstruir dignidad y soberanía colectiva.

 

4. Conciencia racial:
Malcolm X promovió una conciencia crítica sobre la historia y la identidad afrodescendiente, como herramienta de emancipación frente a la alienación y el racismo internalizado impuestos por el colonialismo y la cultura dominante.

5. Internacionalismo negro:
Su visión conectó las luchas locales de los afroamericanos con los procesos de liberación en África, Asia y América Latina, planteando una solidaridad anticolonialista y antirracista de alcance global.

6. Crítica al capitalismo:
Malcolm X señaló que el capitalismo se beneficia de la explotación racial y que la justicia racial solo es posible si se confrontan las estructuras económicas que sostienen la desigualdad.

Te invitamos a explorar la infografía adjunta, donde sintetizamos algunas de las ideas centrales del pensamiento de Malcolm X sobre el racismo estructural, el colonialismo y la necesidad de una transformación profunda de las sociedades. A través de sus palabras y su legado, buscamos abrir reflexiones sobre cómo estas luchas siguen vivas hoy en la defensa de los bienes comunes y en la resistencia de los pueblos frente a las múltiples formas de opresión.

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¿12 de octubre? Descolonizar como práctica

En este mes de octubre, vuelve al calendario la fecha del 12 de octubre de 1942, inicio del proceso de conquista, colonización y genocidio de los diversos territorios y pueblos originarios, que habitaron lo que luego será conocido como el continente «Americano». Esta fecha, ha sido disputada desde el propio inicio de la colonización, recordamos los alegatos y denuncias de Fray Bartolomé de las Casas (1484-1566) , pero también, la resistencia de todos los pueblos originarios ante la expansión e intensificación de las relaciones coloniales, que fueron desde la persecución, hasta el establecimiento de sistemas jurídicos racistas.

Con el paso de los siglos, ha habido un juego de narrativas por justificar esta fecha, desde los alegatos de la modernidad y el progreso, hasta los tibios revisionismos del día de las razas o el encuentro de culturas.

Por esta razón, queremos aprovechar este momento, para invitarles a reflexionar sobre qué debemos mirar desde una perspectiva de descolonización. ¿Valen todos los discursos? ¿A qué dimensiones deberíamos ponerles atención?

Esta infografía se realiza a partir de la lectura de los pueblos zapatistas en resistencia pronunciada en 1995 y de la entrevista realizada a Raúl Zibechi por la Crítica y Resistencias: Revista de conflictos sociales latinoamericanos.

También les compartimos algunos textos de Fray Bartolomé de las Casas:

Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias

Historia de las Indias Tomo 1

Historia de las Indias Tomo 2

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