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¿Qué país se planifica? Naturaleza, derechos y democracia en el PNDIP 2027-2030

Antes de entrar en nuestras preguntas, les invitamos a leer el Plan Nacional de Desarrollo y de Inversión Pública (PNDIP) 2027-2030, conocer sus diagnósticos, prioridades y propuestas, y acercarnos directamente a la hoja de ruta que plantea para el país. Leer el Plan también es una forma de preguntarnos qué futuro está imaginando y cómo pretende construirlo.

El Plan Nacional de Desarrollo y de Inversión Pública (PNDIP) 2027-2030 propone una ruta para los próximos cuatro años en la que conviven crecimiento económico, atracción de inversión, reducción de la pobreza, transformación tecnológica, descarbonización y fortalecimiento de los servicios públicos. Pero más allá de sus metas e indicadores, el documento construye una determinada imagen del país: una forma de entender la naturaleza, los derechos sociales y el papel de quienes participan en las decisiones públicas.

Leer el Plan desde estas dimensiones permite encontrar algunas tensiones que no siempre aparecen cuando se lo observa únicamente como instrumento técnico.

La primera pregunta es aparentemente sencilla: ¿qué naturaleza aparece en el PNDIP?

Una naturaleza que debe ser gestionada

El capítulo de Ambiente y Energía incorpora biodiversidad, recurso hídrico, mares y costas, suelos, energía, descarbonización, acción climática y gestión del riesgo. El diagnóstico reconoce el deterioro de ecosistemas, la contaminación, la pérdida de biodiversidad y la vulnerabilidad de distintos territorios. También plantea la necesidad de restaurar, conservar y mejorar la gestión ambiental.

Pero junto con esta preocupación aparece un lenguaje particularmente revelador: capital natural, servicios ecosistémicos, bioeconomía, financiamiento, incentivos e inversión sostenible.

No se trata simplemente de palabras técnicas. Expresan una determinada manera de comprender la relación entre sociedad y naturaleza. El bosque, el agua, la biodiversidad o los ecosistemas aparecen no solo como condiciones que sostienen la vida, sino también como recursos que pueden ser valorados, gestionados, financiados e incorporados a determinadas dinámicas productivas.

El propio Plan plantea la necesidad de hacer visible el “capital natural” en las decisiones económicas y financieras, mientras incorpora mecanismos de financiamiento para bienes y servicios ecosistémicos. De esta manera, la conservación deja de aparecer únicamente como una obligación pública o una responsabilidad colectiva y comienza también a hablar el lenguaje de la inversión, los incentivos y las oportunidades económicas.

Aquí aparece una primera tensión. ¿Qué significa conservar cuando la conservación debe, al mismo tiempo, demostrar su utilidad económica?

La pregunta no supone negar que la naturaleza tenga dimensiones económicas ni que existan instrumentos financieros capaces de contribuir a su protección. El problema aparece cuando esa valoración termina delimitando qué merece ser protegido, bajo qué condiciones y con qué criterios. Un bosque puede ser importante porque presta servicios ecosistémicos, pero también porque sostiene una comunidad, una cultura, un territorio y múltiples formas de vida cuya importancia difícilmente puede reducirse a una rentabilidad, un precio o un indicador.

Pero existe una tensión todavía más profunda. La conservación no ocurre fuera del modelo de desarrollo. Los mismos territorios que son presentados como espacios de protección, restauración o provisión de servicios ecosistémicos pueden ser, simultáneamente, espacios de infraestructura, producción, inversión y aprovechamiento de recursos.

Esto obliga a preguntar por los límites de este tipo de conservación. ¿Qué sucede cuando proteger un ecosistema no implica necesariamente cuestionar las actividades económicas que presionan sobre él? ¿Hasta dónde puede llegar una política de conservación que busca hacer compatible la protección ambiental con nuevas oportunidades productivas? ¿Qué ocurre cuando el lenguaje de la sostenibilidad permite incorporar nuevas actividades económicas sin discutir de manera suficiente sus impactos territoriales?

El caso del agua permite observar con mayor claridad esta tensión. El Plan habla de seguridad hídrica, infraestructura, gestión por cuencas y fortalecimiento de capacidades locales. Pero la seguridad hídrica puede significar cosas muy diferentes según cómo se defina. Puede significar garantizar disponibilidad para las actividades económicas, ampliar infraestructura y asegurar el suministro, o proteger el agua como condición fundamental de la vida y como responsabilidad colectiva.

Por eso, la pregunta no es únicamente cómo gestionar mejor el recurso, sino también para qué, para quién y bajo qué prioridades se gestiona. ¿Quién decide sobre el agua? ¿Quién participa en esas decisiones? ¿Quién tiene acceso? ¿Quién obtiene los beneficios de su aprovechamiento? ¿Quién asume los costos cuando el territorio se deteriora?

La referencia a la naturaleza como “capital” introduce así una pregunta que atraviesa todo el Plan: ¿qué ocurre cuando aquello que debe ser protegido también es pensado como un recurso para dinamizar el desarrollo?

El desafío no consiste solamente en escoger entre conservación o desarrollo. Es preguntarnos qué tipo de desarrollo puede sostenerse sin convertir las condiciones que hacen posible la vida en simples insumos de ese mismo desarrollo. Porque una política puede restaurar un ecosistema y, al mismo tiempo, mantener intactas las lógicas que producen nuevas presiones sobre otros territorios. Puede financiar la conservación y, simultáneamente, ampliar las condiciones para nuevas inversiones. Puede hablar de sostenibilidad sin necesariamente interrogar las relaciones de poder que determinan quién puede decidir sobre la naturaleza.

La naturaleza que emerge del Plan es, entonces, una naturaleza fundamentalmente administrada: una naturaleza que debe ser medida, ordenada, restaurada, financiada y gestionada. La cuestión que queda abierta es hasta dónde llegan esas herramientas cuando aquello que está en disputa no es solamente la gestión de la naturaleza, sino el modelo de desarrollo que define sus usos y sus límites.

Y esto conduce directamente a la segunda pregunta: ¿qué entiende el Plan por derechos sociales?

¿Qué entiende el Plan por derechos sociales?

El PNDIP declara incorporar un enfoque de Derechos Humanos y Sostenibilidad y reconoce derechos vinculados con educación, salud, vivienda, trabajo y protección social. Pero el reconocimiento de un derecho no agota la discusión sobre cómo se garantiza.

En el Plan, buena parte de los derechos sociales se traduce en cobertura, acceso, beneficiarios, eficiencia, metas e indicadores. En salud, por ejemplo, se plantea aumentar la cobertura del Seguro de Salud; en protección social aparecen metas relacionadas con pensiones; y en educación se establecen indicadores de permanencia, conclusión, cobertura y aprendizaje.

Medir estas dimensiones es necesario. El problema aparece cuando la medición comienza a sustituir la discusión sobre el derecho mismo.

Tener cobertura no significa necesariamente tener acceso efectivo. Estar matriculado no garantiza una educación significativa. Recibir un servicio no implica que existan condiciones dignas para ejercer el derecho.

Esta diferencia es fundamental porque los derechos sociales no funcionan bajo la misma lógica que una mercancía o un servicio cualquiera. Su fundamento no debería depender de la rentabilidad, de la capacidad de pago o del atractivo de un territorio para la inversión.

Sin embargo, el PNDIP incorpora de manera importante el lenguaje de financiamiento, inversión y alianzas público-privadas, incluso en ámbitos vinculados con vivienda e infraestructura.

Esto abre una frontera problemática: ¿hasta dónde llega la responsabilidad pública y dónde comienza la lógica de la inversión?

No se trata de afirmar que toda participación privada implique privatización. La cuestión es más estructural. Cuando la disponibilidad de capital se convierte en una condición central para resolver necesidades sociales, existe el riesgo de que la política pública comience a organizar sus prioridades según aquello que puede ser financiado, ejecutado o convertido en proyecto de inversión.

Ahí se produce un desplazamiento importante: del derecho como garantía colectiva hacia la necesidad como problema de gestión y financiamiento.

¿Derecho o cobertura? Cuando garantizar no es solamente llegar a más personas

El énfasis del PNDIP en ampliar coberturas y mejorar el acceso permite mostrar resultados, establecer metas y medir avances. Pero también deja abierta una pregunta de fondo: ¿cuándo podemos decir que un derecho está efectivamente garantizado? La cantidad de personas cubiertas por un servicio puede crecer sin que necesariamente mejoren, en la misma proporción, las condiciones materiales para ejercer ese derecho.

Esta tensión resulta especialmente relevante cuando se observan derechos como la salud, la educación, la vivienda o la protección social. Una política puede aumentar la cobertura de un seguro, ampliar la matrícula educativa, otorgar soluciones habitacionales o incrementar el número de personas beneficiarias de un programa y, aun así, persistir desigualdades relacionadas con la calidad, la oportunidad, la continuidad o las condiciones territoriales de acceso.

Por eso, cobertura y garantía no son necesariamente equivalentes. La primera responde, sobre todo, a una pregunta cuantificable: ¿a cuántas personas llega una política? La segunda exige preguntas más amplias: ¿en qué condiciones llega?, ¿qué posibilidades reales abre?, ¿qué desigualdades reproduce o transforma?, ¿qué ocurre con quienes quedan fuera y por qué?

El propio lenguaje de indicadores puede hacer menos visibles estas diferencias. Cuando el cumplimiento de un derecho se expresa principalmente mediante porcentajes, metas y número de personas atendidas, existe el riesgo de que aquello que resulta más sencillo de medir termine ocupando el centro de la política pública. Lo que no cabe fácilmente en un indicador puede quedar relegado, aunque sea decisivo para la experiencia concreta de un derecho.

Esto no significa cuestionar la necesidad de medir. Significa preguntarse qué estamos midiendo y qué dejamos de mirar cuando la medición se convierte en la principal forma de demostrar que un derecho está siendo garantizado.

La discusión también tiene una dimensión territorial. Una misma cobertura puede producir experiencias muy distintas según las condiciones del lugar donde se vive: las distancias, la infraestructura disponible, las capacidades institucionales, las condiciones económicas o las posibilidades de organización comunitaria. De ahí que garantizar derechos no pueda reducirse únicamente a ampliar porcentajes nacionales.

La pregunta entonces cambia de escala: no basta con saber cuánto cubre una política; necesitamos saber qué condiciones de vida hace posibles. Y allí aparece una tensión central para el modelo de desarrollo: si los derechos son entendidos principalmente como servicios que deben ampliar su cobertura y eficiencia, ¿qué lugar ocupan las condiciones sociales, territoriales y colectivas que hacen posible ejercerlos?

Así, el desafío no consiste en escoger entre derechos o indicadores, sino en evitar que el indicador termine reemplazando al derecho. El PNDIP permite avanzar en la primera pregunta —cuánto se cubre—, pero deja abierta una discusión más profunda: ¿cómo sabemos que una sociedad está garantizando efectivamente los derechos que reconoce?

El territorio donde ambas preguntas se encuentran

Naturaleza y derechos sociales no son asuntos separados. Ambos se expresan en territorios concretos, donde las condiciones ambientales, las desigualdades sociales, las formas de producción y las capacidades institucionales se encuentran y, muchas veces, entran en conflicto.

El PNDIP reconoce esta dimensión territorial y construye parte de su diagnóstico a partir de las brechas existentes entre regiones. Identifica, por ejemplo, el estrés hídrico y la contaminación de fuentes en el Pacífico Norte; los problemas de saneamiento, planificación y gobernanza en las zonas marino-costeras; la presión sobre el agua, el aire, los residuos y la biodiversidad en la Gran Área Metropolitana; y la degradación de suelos y los déficits de planificación en territorios rurales y áreas fuera de las zonas protegidas.

Esta diferenciación resulta importante porque muestra que los problemas ambientales y sociales no se distribuyen de manera homogénea. El lugar donde se vive condiciona las posibilidades de acceder a determinados servicios, enfrentar riesgos, desarrollar actividades económicas o sostener formas de vida. Por eso, hablar de brechas territoriales no debería significar únicamente distribuir recursos de manera diferenciada, sino también preguntarse cómo se producen esas desigualdades y quiénes tienen capacidad para definir el futuro de esos territorios.

El Plan propone respuestas que van desde infraestructura y gestión de cuencas hasta ordenamiento territorial, restauración, saneamiento, desarrollo local y fortalecimiento de capacidades. En vivienda, por ejemplo, plantea intervenciones integrales en barrios vulnerables y asentamientos informales que combinan infraestructura, equipamiento, vivienda, regularización, renovación urbana y mitigación de riesgos.

Aquí aparece una cuestión que atraviesa todo el PNDIP: ¿el territorio es solamente el lugar donde se implementan las políticas o también un espacio desde donde se construyen las decisiones?

La pregunta adquiere todavía más fuerza cuando observamos cómo el propio Plan describe su proceso de participación. El PNDIP afirma que las consultas ciudadanas, regionales y sectoriales permitieron identificar necesidades de la población y que sus resultados constituyeron un insumo relevante para formular las intervenciones públicas. Pero participar en una consulta y participar en la definición de las decisiones no son necesariamente lo mismo.

Participar no es necesariamente decidir

El PNDIP incorpora consultas directas, consultas con organizaciones, consultas regionales y mecanismos de participación ciudadana. Sin embargo, el propio documento muestra que la participación tiene alcances distintos según la intervención. En el sector vivienda, por ejemplo, señala que solo dos de las siete intervenciones programadas incorporaron mecanismos de participación ciudadana en su formulación, mientras otras contemplan mecanismos de retroalimentación durante la implementación.

La diferencia no es menor. Ser consultado, aportar información, retroalimentar una política y tener capacidad para modificar sus prioridades son formas distintas de participación.

Esto permite formular una pregunta más exigente: ¿en qué momento la voz de los territorios deja de ser un insumo para convertirse en capacidad efectiva de decisión?

La cuestión resulta particularmente relevante cuando las políticas intervienen sobre espacios donde ya existen comunidades, actividades productivas, ecosistemas y formas diversas de habitar. Un plan puede identificar correctamente una brecha territorial y diseñar una intervención para atenderla, pero todavía queda abierta la discusión sobre quién define qué debe cambiar, cómo debe cambiar y qué costos o transformaciones serán asumidos por quienes habitan ese territorio.

El propio PNDIP ofrece ejemplos de esta diversidad. Mientras algunas intervenciones contemplan articulación con organizaciones comunales y procesos de seguimiento y rendición de cuentas, otras no incorporan mecanismos de participación ciudadana en su formulación o implementación.

Por eso, el dilema no está únicamente en cuánta participación ofrece el Plan, sino en qué capacidad efectiva tienen quienes participan para incidir sobre las decisiones que afectan sus territorios.

Esta discusión conecta nuevamente las preguntas que atraviesan el documento. La naturaleza aparece como ecosistema, recurso, capital natural y objeto de protección; los derechos sociales aparecen como garantías que deben ampliar cobertura y producir resultados; y los territorios aparecen como espacios diferenciados que requieren intervenciones específicas. La participación debería permitir poner estas dimensiones en diálogo, pero queda abierta la pregunta de si también permite discutir las prioridades y las propias reglas del desarrollo.

Ahí se encuentra una de las tensiones centrales del PNDIP: ¿qué ocurre cuando los territorios son reconocidos como espacios con necesidades particulares, pero las decisiones sobre su futuro continúan organizándose principalmente desde instituciones, indicadores, proyectos e instrumentos de inversión?

La pregunta no busca negar la importancia de planificar ni de contar con metas. Busca mirar qué queda fuera cuando planificar significa, sobre todo, identificar brechas, asignar intervenciones y medir resultados.

Porque un territorio no es únicamente una unidad de planificación. También es un espacio vivido, habitado, disputado y construido colectivamente.

¿Profundizar o erosionar la democracia?

Las tensiones anteriores también tienen una dimensión democrática. La forma en que una política pública entiende la naturaleza, los derechos y la participación no es políticamente neutral: define quién puede decidir, qué conocimientos son reconocidos y cuáles intereses tienen capacidad para orientar las decisiones.

El PNDIP apuesta por una fuerte capacidad de planificación, rectoría institucional, medición de resultados y coordinación entre actores. Esta arquitectura puede fortalecer la capacidad del Estado para responder a problemas complejos. Pero también puede producir un efecto contrario cuando la definición de las prioridades queda concentrada en expertos, instituciones e instrumentos técnicos, mientras la participación social se limita a espacios consultivos.

Aquí aparece una tensión entre democracia como participación y democracia como gestión. En la primera, las personas y comunidades no son solamente receptoras de políticas, sino sujetos capaces de disputar diagnósticos, prioridades y decisiones. En la segunda, participan principalmente dentro de procedimientos diseñados previamente por las instituciones.

La diferencia adquiere mayor importancia cuando las decisiones involucran naturaleza y derechos. Si los ecosistemas son traducidos principalmente en indicadores de conservación, servicios y mecanismos de financiamiento, y los derechos sociales en coberturas, metas y resultados, existe el riesgo de que aquello que no puede ser fácilmente cuantificado pierda capacidad para intervenir en la definición de lo público.

Algo similar ocurre con la incorporación del mercado. La participación de actores privados puede ampliar capacidades y recursos, pero también introduce una asimetría que no puede ignorarse: no todos los actores llegan a la mesa con los mismos recursos, capacidades de negociación o posibilidades de incidir. Una política que convoca por igual a comunidades, instituciones y capital privado puede parecer participativa y, sin embargo, reproducir profundas desigualdades en la capacidad efectiva de decisión.

La paradoja es que un Estado puede ampliar sus mecanismos de consulta mientras concentra la definición de las reglas, puede multiplicar indicadores de transparencia mientras mantiene decisiones difíciles de disputar técnicamente, y puede convocar a la ciudadanía mientras las decisiones fundamentales siguen organizándose alrededor de criterios de eficiencia, inversión y gestión.

Por eso, la cuestión democrática no se reduce a preguntar si hubo participación. La pregunta más exigente es qué capacidad tuvo esa participación para transformar las decisiones.

En este sentido, el PNDIP deja abierto un dilema de fondo. Su apuesta por la planificación, la experticia técnica, los indicadores, la inversión y la coordinación institucional puede contribuir a fortalecer las capacidades públicas, pero también puede erosionar la dimensión deliberativa y conflictiva de la democracia si convierte la política en un problema predominantemente técnico y administrativo.

La democracia también supone reconocer que existen desacuerdos legítimos sobre qué proteger, qué producir, qué distribuir y qué priorizar. No todos los conflictos pueden resolverse mediante un indicador de desempeño, ni todas las decisiones colectivas pueden delegarse en quienes poseen la experticia técnica o financiera para ejecutarlas.

Ahí se encuentra quizá la tensión democrática más profunda del Plan: si la participación será entendida como un mecanismo para legitimar y mejorar la gestión, o como una capacidad efectiva de las personas y comunidades para disputar el rumbo de las decisiones públicas.

La diferencia entre ambas opciones no es menor. En ella se juega buena parte de la posibilidad de que la planificación fortalezca la democracia o, bajo el lenguaje de la eficiencia y la modernización, termine reduciendo los espacios desde los cuales la sociedad puede intervenir, cuestionar y decidir sobre aquello que afecta su vida.

Las tensiones del modelo de desarrollo: entre lo común y lo mercantil

El PNDIP no presenta estas dimensiones como conflictos abiertos. Más bien, las articula dentro de una misma arquitectura de desarrollo en la que conviven protección ambiental, derechos sociales, inversión, financiamiento, infraestructura y participación. Precisamente ahí aparecen las tensiones que interesa explorar: ¿qué sucede cuando aquello que sostiene la vida también es pensado como recurso, servicio, inversión o proyecto? La siguiente matriz recoge algunos de estos puntos de fricción y propone preguntas para mirar cómo se relacionan, dentro del Plan, las necesidades colectivas con las lógicas de valorización económica.

Dimensión¿Qué plantea el PNDIP?Tensión que aparecePreguntas críticas
NaturalezaReconoce biodiversidad, agua, suelos, mares y ecosistemas como ámbitos prioritarios de intervención. Plantea conservación, restauración, gestión ambiental y sostenibilidad.La naturaleza aparece como aquello que debe protegerse, pero también como parte de las estrategias productivas y de desarrollo.¿Qué significa proteger la naturaleza cuando su protección también se incorpora a una determinada idea de desarrollo? ¿Qué formas de relación con ella quedan fuera de esa mirada?
Capital naturalUtiliza la categoría de “capital natural” y plantea hacer visible su importancia en las decisiones económicas y financieras.La naturaleza adquiere reconocimiento dentro del lenguaje económico y puede ser incorporada a decisiones de inversión, financiamiento y gestión.¿Qué ganamos y qué perdemos cuando aquello que sostiene la vida es nombrado como “capital”? ¿Qué otros valores de la naturaleza quedan fuera cuando se la traduce al lenguaje económico?
Servicios ecosistémicosIncorpora mecanismos de financiamiento para bienes y servicios ecosistémicos y utiliza instrumentos de compensación y reconocimiento económico.La conservación puede quedar vinculada a mecanismos financieros que asignan valor económico a determinadas funciones de los ecosistemas.¿La conservación necesita convertirse en un servicio susceptible de financiamiento para ser reconocida? ¿Qué ocurre con aquello que no puede traducirse fácilmente en una unidad financiable?
Conservación y desarrolloVincula biodiversidad, producción, bioeconomía, restauración, incentivos y planificación territorial bajo criterios de sostenibilidad.La conservación no aparece necesariamente como límite frente a determinadas actividades económicas, sino también como una dimensión que puede coexistir con ellas.¿Hasta dónde puede llegar una conservación que busca ser compatible con las dinámicas productivas? ¿Cuándo la sostenibilidad transforma las formas de producir y cuándo simplemente permite hacerlas compatibles con nuevos instrumentos ambientales?
Minería y actividades extractivasEn el caso de Crucitas, reconoce impactos ambientales críticos asociados a la minería ilegal, incluida la deforestación y contaminación de fuentes de agua. Al mismo tiempo, plantea promover la exploración y explotación regulada de minería metálica a cielo abierto en Cutris de San Carlos mediante un marco legal.Un mismo territorio aparece como espacio afectado por daños ambientales, receptor de inversión pública para atender necesidades básicas y, simultáneamente, como territorio donde se contempla desarrollar una actividad minera regulada.¿Qué significa ordenar un territorio donde la actividad extractiva aparece simultáneamente como problema ambiental y como posibilidad de desarrollo? ¿Dónde se sitúan los límites de la sostenibilidad? ¿Quién decide qué actividades son compatibles con el futuro del territorio?
AguaVincula seguridad hídrica con infraestructura, gestión de cuencas, saneamiento y fortalecimiento de capacidades locales. También incorpora instrumentos económicos de gestión ambiental.El agua aparece simultáneamente como recurso, servicio, condición sanitaria y objeto de gestión económica.¿Desde dónde se define el agua: como recurso, como servicio, como derecho o como condición fundamental de la vida? ¿Qué sucede cuando esas distintas formas de entenderla entran en conflicto?
InversiónPresenta la inversión como motor del desarrollo productivo y destaca la movilización de capital para infraestructura, servicios y actividades económicas.Las necesidades colectivas se articulan con una estrategia de atracción, movilización y ejecución de inversión.¿Qué necesidades tienen prioridad cuando el desarrollo se organiza alrededor de la capacidad de movilizar inversión? ¿Qué lugar ocupan aquellas necesidades que no representan una oportunidad de inversión?
InfraestructuraPrioriza carreteras, caminos y puentes, además de electricidad, telecomunicaciones, acueductos y alcantarillados.La infraestructura puede ampliar derechos y capacidades, pero también transforma los territorios donde se instala y puede habilitar nuevas dinámicas productivas.¿Infraestructura para quién y para qué proyecto de territorio? ¿Cómo se decide qué debe transformarse y qué debe permanecer? ¿Quién participa en esas decisiones y quién asume sus costos?
ViviendaIncluye alternativas crediticias, financiamiento y alianzas público-privadas para el desarrollo habitacional.La vivienda como derecho se articula con mecanismos financieros y participación de actores privados.¿Qué ocurre cuando garantizar el derecho a la vivienda pasa también por las condiciones del crédito y de la inversión? ¿Puede hablarse de garantía efectiva cuando el acceso depende de determinados mecanismos financieros?
TerritorioIncorpora diagnósticos regionales, planes de desarrollo, ordenamiento territorial, intervenciones diferenciadas y mecanismos de retroalimentación de actores sociales.El territorio es simultáneamente espacio de vida, planificación, inversión, producción y localización de proyectos.¿El territorio es solamente el lugar donde se implementan las políticas o también un espacio desde donde se construyen las decisiones? ¿Quién tiene capacidad para definir su futuro?
Derechos socialesTraduce derechos vinculados con salud, educación, vivienda, trabajo y protección social en coberturas, beneficiarios, metas, resultados e indicadores.La garantía de derechos puede desplazarse hacia una lógica de cobertura, eficiencia y gestión de servicios.¿Cuándo podemos decir que un derecho está efectivamente garantizado? ¿Qué dimensiones de la vida quedan fuera cuando la garantía se mide principalmente mediante cobertura e indicadores?
ParticipaciónIncorpora consultas ciudadanas, regionales y sectoriales. Algunas intervenciones contemplan participación en la formulación y otras mecanismos de retroalimentación durante la implementación.Ser consultado, aportar información, retroalimentar una política y poder modificar sus prioridades son formas distintas de participación.¿Participar significa ser escuchado o poder modificar las decisiones? ¿En qué momento entra la ciudadanía: cuando se define el rumbo o cuando se consulta sobre un rumbo ya trazado?
Actores privadosIncorpora organizaciones productivas, entidades financieras, empresas y otros actores en determinadas intervenciones y mecanismos de articulación.Los actores participan desde posiciones diferentes y con capacidades desiguales de negociación, recursos e incidencia.¿Quién tiene mayor capacidad para hacer valer sus intereses dentro de esta gobernanza? ¿Una mesa compartida implica necesariamente una distribución compartida del poder?
Indicadores y gestiónOrganiza buena parte del Plan mediante Gestión para Resultados, metas, indicadores, cobertura y cumplimiento.Lo que puede medirse y compararse adquiere mayor visibilidad dentro de la política pública, mientras otras dimensiones pueden resultar más difíciles de incorporar.¿Qué ocurre cuando aquello que resulta más sencillo de medir termina definiendo qué cuenta como resultado? ¿Qué dimensiones de los derechos, los territorios o la naturaleza quedan fuera del indicador?
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¿Quién decide qué conocimiento importa? Participación ciudadana, ciencia y políticas públicas

Vivimos rodeados de decisiones que tienen una fuerte dimensión científica y tecnológica. La inteligencia artificial, la preparación ante nuevas pandemias, la transición energética, la gestión de los territorios o las políticas de salud implican conocimientos especializados y decisiones que terminan afectando nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, quienes viven las consecuencias de esas decisiones rara vez participan en la definición de los problemas, las prioridades o las respuestas.

Un artículo publicado en Nature el 2 de julio de 2026 plantea precisamente esta preocupación. Bajo el título Six ways to put the public at the heart of science and policy, Chris Tyler y un grupo de especialistas de distintos países proponen seis caminos para colocar a la ciudadanía en el centro de la investigación y del asesoramiento científico a las instituciones públicas.

La propuesta parte de una constatación sencilla, pero incómoda: la comunicación entre ciencia y política suele desarrollarse principalmente entre personas expertas y responsables institucionales, mientras que la ciudadanía permanece en buena medida al margen. Incluso dentro de las universidades, las metodologías para incorporar a las comunidades a la investigación existen, pero continúan siendo poco financiadas y poco utilizadas.

Pero el problema no es solamente quién participa. También está en juego qué conocimientos son reconocidos, quién define las preguntas y quién tiene capacidad para incidir en las decisiones.

Participar no es solamente ser consultado

Uno de los aportes más interesantes del artículo es que propone pasar de una participación entendida como consulta ocasional a una participación incorporada desde el comienzo de los procesos.

Entre 2015 y 2018, por ejemplo, la Unión Europea invitó a ciudadanos de 30 países a participar en la definición de prioridades de investigación para el programa Horizonte 2020. El contraste fue significativo: mientras 16 informes elaborados desde perspectivas expertas recomendaban priorizar avances tecnológicos, las personas participantes otorgaron mayor importancia a comunidades fuertes, salud y bienestar, educación y economías locales.

El ejemplo permite observar algo fundamental: la ciudadanía no necesariamente está aportando una versión menos especializada del mismo conocimiento. Puede estar planteando otras preguntas y señalando otras prioridades.

Por eso, involucrar a las comunidades no significa simplemente traducir la ciencia a un lenguaje más sencillo. Significa abrir la posibilidad de que las personas afectadas por una decisión contribuyan a definir qué vale la pena investigar y para qué.

El artículo propone que la participación pública sea una expectativa habitual en los proyectos de investigación, salvo que existan razones para no incorporarla. También señala que este trabajo necesita recursos, capacidades y tiempo: construir relaciones con las comunidades, reconocer los desequilibrios de poder y desarrollar formas de investigación conjunta no puede depender únicamente de la buena voluntad de quienes investigan.

Del territorio también viene conocimiento

Esta discusión resulta especialmente relevante cuando pensamos en los territorios. El conocimiento no se encuentra únicamente en universidades, laboratorios, oficinas gubernamentales o publicaciones científicas. Las comunidades acumulan experiencias, observaciones, memorias y formas de comprender los lugares que habitan.

El artículo presenta un ejemplo de restauración de manglares en Filipinas. En Kalibo, el conocimiento científico sobre las especies necesarias para construir un ecosistema resiliente se combinó con el conocimiento comunitario sobre las dinámicas de la costa. El proceso alcanzó resultados duraderos cuando una organización local obtuvo el derecho de gestionar el bosque a largo plazo, que hoy forma parte del Bakhawan Eco-Park.

Aquí aparece una diferencia importante entre escuchar conocimientos comunitarios y reconocerlos.

Escuchar puede significar recoger información y después continuar tomando las decisiones desde las instituciones. Reconocer implica aceptar que esos conocimientos tienen valor para comprender un problema y que quienes los producen deben contar con espacios efectivos para incidir.

Por eso, el artículo insiste en que la inclusión de conocimientos diversos necesita mecanismos institucionales duraderos. La buena voluntad no es suficiente: quienes poseen esos conocimientos necesitan capacidad real de decisión.

Desde una mirada de bienes comunes, esta discusión resulta particularmente sugerente. Los territorios no son únicamente espacios sobre los cuales se aplican políticas diseñadas en otros lugares. También son espacios donde se producen conocimientos y donde las comunidades desarrollan formas de cuidado, uso, defensa y gestión.

¿Quién define las prioridades?

El segundo camino propuesto por el artículo consiste en incorporar la deliberación pública en los organismos que asesoran a los gobiernos.

No se trata únicamente de preguntar a la ciudadanía si está de acuerdo con una decisión que ya fue tomada. La propuesta es incorporar la deliberación antes, cuando todavía se están definiendo los problemas y los valores que deberían orientar las decisiones.

Para ello se mencionan diferentes mecanismos: paneles ciudadanos, conferencias de consenso y consultas públicas. En Dinamarca, por ejemplo, desde mediados de la década de 1980 se han desarrollado conferencias de consenso para discutir asuntos como la tecnología genética y el ambiente marino, contribuyendo a orientar agendas legislativas. También se mencionan experiencias relacionadas con decisiones de la NASA y con la regulación de tecnologías de edición genética en el Reino Unido.

La cuestión de fondo no es solamente crear nuevos espacios de participación. Es preguntarnos en qué momento participa la ciudadanía y cuánto puede transformar aquello que se está decidiendo.

Una consulta realizada cuando todo está definido tiene un alcance muy distinto a una deliberación que participa en la definición del problema.

La transparencia también es una forma de participación

La confianza tampoco se construye simplemente pidiendo a la ciudadanía que confíe en las personas expertas.

El artículo plantea la importancia de la humildad, la honestidad y la transparencia. Durante la pandemia de COVID-19, por ejemplo, la confianza en uno de los principales grupos asesores científicos del Gobierno británico se vio afectada por la falta inicial de transparencia, mientras que el comité encargado de asesorar sobre vacunación publicaba regularmente sus actas y explicaciones sobre decisiones controvertidas. Esto no eliminó los desacuerdos, pero permitió conocer el razonamiento detrás de las decisiones y someterlo al escrutinio público.

La transparencia, entonces, no significa que todo el mundo tenga que llegar a las mismas conclusiones. Significa poder conocer cómo se llegó a una conclusión, qué información se utilizó, qué incertidumbres existen y qué valores están orientando una recomendación.

Esto último resulta especialmente importante. Las decisiones científicas y políticas no ocurren en un vacío de valores. El artículo plantea que quienes asesoran deberían ser capaces de reconocer, por ejemplo, si están priorizando el principio de precaución, la libertad individual o la reducción de riesgos colectivos.

Hacer visibles esas decisiones no debilita necesariamente el conocimiento científico. Puede permitir comprender mejor sus alcances y límites.

Ciencia para todos los poderes

Hay otra dimensión que puede pasar desapercibida: ¿quién asesora científicamente a quienes toman decisiones?

El artículo señala que alrededor del 90 % de los parlamentos carecen de sistemas adecuados de asesoramiento científico. Mientras algunos poderes ejecutivos cuentan con estructuras para recibir información técnica, los parlamentos suelen tener menos capacidades para evaluar críticamente las leyes que deben discutir y aprobar. El poder judicial tampoco suele disponer de órganos permanentes de asesoramiento científico.

Esto abre una pregunta sobre la democracia: si las decisiones públicas incorporan cada vez más dimensiones técnicas y científicas, ¿no debería existir también la posibilidad de que distintos poderes y sectores de la sociedad puedan acceder a conocimientos rigurosos para discutirlas?

El artículo propone que quienes investigan estén dispuestos a trabajar con responsables políticos y ciudadanía de diferentes posiciones, manteniendo como fuente de autoridad el rigor, la transparencia, la revisión por pares y la posibilidad de revisar las propias conclusiones, y no una determinada identificación política.

Hacer de la participación una estructura, no una excepción

El sexto camino es probablemente el más difícil: institucionalizar estos procesos.

No basta con encontrar investigadores comprometidos o funcionarios dispuestos a abrir una consulta. Las universidades, organismos públicos y parlamentos necesitan capacidades, recursos e incentivos permanentes para sostener estos vínculos.

El artículo propone que las universidades incorporen equipos especializados en políticas y participación, que los fondos de investigación contemplen recursos para estos procesos y que los sistemas de evaluación reconozcan el impacto social del conocimiento. Como ejemplo se menciona el sistema británico Research Excellence Framework, que incorpora el impacto social medible dentro de la evaluación de la investigación universitaria.

La propuesta reconoce, además, que no todas las instituciones cuentan con los mismos recursos. Por eso plantea avanzar mediante compromisos graduales: gobiernos con presupuestos limitados pueden asociarse con universidades y organizaciones sociales; las instituciones académicas pueden crear equipos de enlace; y quienes investigan pueden incorporar interacciones comunitarias dentro de sus proyectos.

El punto central es que la participación requiere infraestructura. No puede descansar permanentemente sobre el voluntarismo.

¿Y si la pregunta no fuera si la ciudadanía confía en la ciencia?

El artículo termina dando vuelta una pregunta que suele plantearse de otra manera.

Habitualmente hablamos de la pérdida de confianza en las instituciones, en los gobiernos, en las universidades o en la ciencia como si el problema estuviera principalmente en una ciudadanía mal informada o desconfiada.

Pero ¿qué ocurre si hacemos la pregunta al revés?

¿Qué pasa cuando las instituciones piden confianza sin abrir realmente sus procesos? ¿Qué sucede cuando una comunidad aporta información sobre su territorio, pero esa información no modifica ninguna decisión? ¿Qué ocurre cuando se invita a participar después de que ya fueron definidos el problema, las alternativas y los criterios para evaluarlas?

En estos casos, el problema no necesariamente es que la ciudadanía no confíe en el conocimiento experto. Puede ser que las instituciones no estén dispuestas a compartir el poder de producir conocimiento y tomar decisiones.

El artículo lo formula de manera directa: democratizar la investigación y los procesos de asesoramiento puede contribuir a reconstruir la confianza y democratizar la producción de conocimiento, pero antes de eso las élites académicas y políticas necesitan confiar en el público.

Desde los bienes comunes: conocimiento, participación y poder

Para quienes trabajamos alrededor de los bienes comunes, esta discusión plantea una cuestión particularmente relevante.

Hablar de participación no debería reducirse a incorporar personas en reuniones, talleres o consultas. La pregunta fundamental es qué capacidad tienen esas personas para intervenir en aquello que se decide.

De la misma manera, hablar de conocimiento comunitario no significa colocar todos los conocimientos en el mismo plano ni negar la importancia del conocimiento científico. Significa reconocer que existen distintas formas de conocer y que los problemas complejos requieren ponerlas en diálogo.

Una comunidad que conoce el comportamiento de un río, los cambios de un territorio, las dinámicas de un bosque o los efectos cotidianos de una política pública no necesariamente dispone de las mismas herramientas que una universidad o una institución estatal. Pero eso no significa que su conocimiento sea irrelevante.

La cuestión, entonces, no es elegir entre ciencia y comunidad. Es preguntarnos cómo construir relaciones en las que diferentes conocimientos puedan encontrarse, contrastarse y producir decisiones más democráticas.

Desde esta perspectiva, la participación deja de ser un mecanismo para mejorar la aceptación de decisiones previamente elaboradas. Puede convertirse en una forma de disputar quién define los problemas, quién produce conocimiento y quién participa en la gestión de aquello que nos pertenece colectivamente.

Una pregunta que queda abierta

El artículo de Nature ofrece seis caminos concretos para avanzar hacia una ciencia y unas políticas públicas más participativas: incorporar al público en la investigación, hacer participativos los órganos de asesoramiento, reconocer conocimientos diversos, fortalecer la transparencia, asesorar a todos los poderes e institucionalizar estas capacidades.

Pero quizá su aporte más importante no esté en la lista de propuestas.

Está en la pregunta que deja abierta: ¿Estamos realmente dispuestos a confiar en la ciudadanía?

No solamente a escucharla.

No solamente a consultarla.

No solamente a invitarla a una mesa.

Sino a reconocer que también produce conocimiento, que puede formular preguntas distintas, que puede cuestionar las prioridades institucionales y que debe tener capacidad real para participar en las decisiones que afectan su vida y sus territorios.

Quizá democratizar el conocimiento empiece justamente por ahí: dejar de pensar la participación como un favor que las instituciones conceden y empezar a entenderla como una dimensión necesaria de la vida democrática.

Matriz para pasar de la reflexión a la acción

Esta matriz propone tomar las ideas centrales del artículo y ponerlas en diálogo con nuestras propias experiencias, territorios y procesos organizativos. No busca encontrar respuestas únicas ni comprobar si nuestras prácticas “cumplen” con un modelo de participación, sino abrir preguntas: ¿quién participa?, ¿quién produce conocimiento?, ¿qué saberes son reconocidos?, ¿quién decide y qué capacidad real existe para incidir? Puede utilizarse de manera individual o colectiva, seleccionando uno o varios ejes y completando las preguntas a partir de casos concretos. El objetivo es convertir la lectura en un insumo para la reflexión crítica y, sobre todo, para reconocer aprendizajes, tensiones y posibilidades de transformación.

Eje de reflexión¿Qué plantea el artículo?Pregunta para problematizar¿Qué ocurre en nuestros territorios?Tensiones / contradiccionesExperiencias o casos que podemos documentarPosibles acciones / aprendizajes
ParticipaciónIncorporar al público desde el diseño de la investigación y las políticas.¿Participar significa ser consultado o tener capacidad de decisión?¿En qué procesos se consulta a las comunidades y en cuáles realmente pueden incidir?Participación simbólica vs. participación con poder.Asambleas, consultas, procesos comunitarios, conflictos territoriales.Identificar mecanismos que permitan pasar de consulta a incidencia.
Producción de conocimientoLa investigación puede producirse conjuntamente con las comunidades.¿Quién define qué preguntas vale la pena investigar?¿Qué conocimientos producen las comunidades sobre sus territorios?Conocimiento experto vs. conocimiento situado.Monitoreos comunitarios, observatorios, investigaciones participativas.Reconocer a las comunidades como productoras de conocimiento.
Saberes territorialesLas comunidades poseen conocimientos valiosos que deben incorporarse a las decisiones.¿Qué conocimientos son considerados legítimos y cuáles son descartados?¿Qué saben las personas del territorio que no aparece en informes institucionales?Saber técnico vs. experiencia territorial.Conocimiento sobre ríos, bosques, fauna, agricultura, agua, contaminación.Construir espacios de diálogo entre diferentes formas de conocimiento.
Definición de prioridadesLa ciudadanía puede establecer prioridades distintas a las de los expertos.¿Quién decide cuáles son los problemas urgentes?¿Coinciden las prioridades institucionales con las preocupaciones comunitarias?Agenda institucional vs. necesidades territoriales.Procesos de diagnóstico participativo, conflictos socioambientales.Incorporar las prioridades comunitarias desde el inicio.
Asesoramiento científicoLos órganos que asesoran a gobiernos deberían incorporar deliberación pública.¿Quién asesora a quienes toman decisiones sobre nuestros territorios?¿Qué información llega a las instituciones y quién queda fuera?Decisiones cerradas vs. deliberación pública.Comisiones, municipalidades, instituciones ambientales, legislativas.Promover mecanismos públicos de asesoramiento y deliberación.
TransparenciaLas instituciones deben explicar métodos, datos, incertidumbres y razones.¿Qué necesitamos saber para poder discutir una decisión?¿Son accesibles los datos y criterios utilizados por las instituciones?Transparencia formal vs. información realmente comprensible.Estudios de impacto, informes técnicos, permisos, resoluciones.Traducir información técnica y exigir trazabilidad de las decisiones.
ConfianzaLa confianza no debería exigirse unilateralmente a la ciudadanía.¿Las instituciones confían realmente en las comunidades?¿Cómo responden las instituciones cuando una comunidad cuestiona una decisión?Ciudadanía «desinformada» vs. instituciones que no escuchan.Conflictos donde los aportes comunitarios fueron ignorados o incorporados.Cambiar la relación entre instituciones, ciencia y ciudadanía.
PoderLa participación efectiva requiere capacidad real de decisión.¿Qué cambia cuando una comunidad participa?¿Qué decisiones puede modificar realmente la ciudadanía?Participación sin poder vs. cogestión.Procesos de defensa territorial, gestión comunitaria, bienes comunes.Identificar dónde se concentra el poder y cómo redistribuirlo.
InstitucionalizaciónLa participación necesita recursos, capacidades e incentivos permanentes.¿Por qué la participación suele depender de personas o proyectos específicos?¿Qué mecanismos participativos permanecen cuando termina un proyecto?Voluntarismo vs. estructuras permanentes.Observatorios, organizaciones comunitarias, universidades, gobiernos locales.Crear mecanismos estables de participación y seguimiento.
Conocimiento y bienes comunesDemocratizar la producción de conocimiento puede mejorar las decisiones públicas.¿Puede el conocimiento ser pensado también como un bien común?¿Cómo se comparte, protege y utiliza el conocimiento producido colectivamente?Conocimiento abierto vs. apropiación institucional o privada.Mapas comunitarios, monitoreos, archivos, memorias territoriales.Fortalecer formas comunitarias de producir, compartir y cuidar conocimiento.
Referencia:

Tyler, C., Akerlof, K. L., al-Gharbi, M., Bedsted, B., Boeira, L., Brown, T., Christopherson, E., Scheufele, D. A., Farooque, M., Head, B. W., Piquado, T., & Pedersen, D. B. (2026). Six ways to put the public at the heart of science and policy. Nature, 655, 34–37. https://doi.org/10.1038/d41586-026-01981-z

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Densificación, agua y espacios públicos: las claves para entender la propuesta de modificación del Plan Regulador de Escazú

La Comisión del Plan Regulador de Escazú celebró el pasado 29 de julio una sesión extraordinaria para informar sobre los avances de la modificación que contempla reformas parciales en los distritos de Escazú Centro y San Antonio. Durante la sesión, la administración municipal brindó detalles sobre el alcance del proceso, que hasta el momento no ha iniciado labores concretas debido a cambios normativos a nivel nacional.

Una contratación que aún no arranca

Uno de los puntos que generó mayor atención fue la situación de la empresa consultora contratada para llevar adelante esta modificación. Según explicó el funcionario municipal encargado de la presentación, la contratación fue adjudicada el año pasado, pero aún no se ha dado la orden de inicio para la ejecución de los trabajos.

La razón principal es la entrada en vigor del Mapriot (Manual de Planes Reguladores como Instrumentos de Ordenamiento Territorial), un nuevo instrumento normativo del Instituto Nacional de Vivienda y Urbanismo (INVU) que establece requisitos más exigentes para cualquier modificación o creación de planes reguladores. Dado que el proceso de contratación se realizó bajo la normativa anterior, la administración decidió suspender temporalmente el inicio de labores para evitar que el estudio fuera rechazado por el INVU y se perdieran recursos públicos.

«Si avanzábamos hace ocho meses, prácticamente nos iban a decir ‘empiece de cero’. Los recursos públicos hay que cuidarlos», señaló el funcionario.

Actualmente, la administración se encuentra en una fase preliminar de análisis, previa a la elaboración de los estudios técnicos que sustentarán la propuesta de modificación. Aunque no se brindó una fecha exacta para el inicio de los trabajos, se indicó que la Comisión del Plan Regulador será el primer espacio donde se presentarán los avances.

Exclusiones y alcances de la modificación

Una de las aclaraciones más relevantes de la sesión fue que la modificación no incluye la zona agrícola ni la zona protectora de los cerros de Escazú. El funcionario municipal fue enfático en este punto: la propuesta se limitará a las áreas urbanas de los distritos de Escazú Centro y San Antonio, respetando las zonas que actualmente están protegidas por su valor ambiental.

Además, se informó que no habrá cambios de zonificación ni creación de nuevas zonas. La modificación utilizará las mismas categorías de suelo existentes desde el 2005, ya que cualquier modificación a la zonificación implicaría perder la viabilidad ambiental actualmente vigente y someterse a un nuevo proceso de evaluación ambiental.

Densificación habitacional como eje central

El principal objetivo de la modificación es mejorar las condiciones de densidad en zonas residenciales, permitiendo que propietarios de terrenos con ciertas características puedan desarrollar una segunda unidad residencial en su propiedad.

Según la administración, la demanda de usos de suelo que ha llegado al departamento de Gestión Urbana en los últimos años muestra un patrón recurrente: personas que desean ampliar sus viviendas para que sus hijos o hijas puedan independizarse, pero que no cuentan con el metraje suficiente bajo la normativa actual.

La propuesta buscaría ajustar parámetros como altura, cobertura y retiros, siempre dentro de los límites establecidos por la viabilidad ambiental. No obstante, se aclaró que la parte comercial no será beneficiada por esta modificación, ya que cualquier cambio en ese sentido implicaría una modificación a la zonificación existente.

El modelo de las «capas»: una herramienta para entender y cuestionar el ordenamiento territorial

Uno de los momentos más valiosos de la sesión fue la explicación técnica sobre cómo se toman las decisiones en el ordenamiento territorial. Comprender este modelo es fundamental para que la ciudadanía pueda leer, cuestionar y dar seguimiento a las propuestas que se presenten en el futuro.

La metáfora del queque de capas: Imaginemos el territorio como un queque de varias capas. Cada capa representa una dimensión distinta que debe ser analizada antes de tomar decisiones sobre el uso del suelo, la densidad o la altura de las edificaciones. La clave es que las capas superiores no pueden superar los límites que imponen las capas inferiores.

Capa 1 La viabilidad ambiental (el límite máximo): Esta es la capa más fundamental. La viabilidad ambiental establece el límite máximo de desarrollo posible en un territorio, con base en estudios sobre la fragilidad del suelo, la capacidad de carga del ecosistema, la disponibilidad de agua y otros factores ambientales.

En el caso de Escazú, la viabilidad ambiental actual fue aprobada en el 2009 y establece, por ejemplo, que en ciertas zonas se podría construir hasta 14 pisos. Este es el techo máximo, el límite que no se puede rebasar bajo ninguna circunstancia.

Capa 2 Infraestructura y servicios públicos: Sobre la capa ambiental se superpone la de infraestructura urbana: vialidad, redes de agua potable, alcantarillado sanitario, sistemas de drenaje pluvial, transporte público, entre otros.

Aquí ocurre una primera reducción del potencial constructivo. Aunque la viabilidad ambiental permita 14 pisos, si las calles son estrechas, si la red de agua no tiene la capacidad suficiente o si no hay un sistema de alcantarillado adecuado, el desarrollo real tendrá que ser menor.

Por ejemplo, el ancho de las vías determina el potencial constructivo en altura debido al denominado «efecto sombra»: cuando se construyen edificios muy altos en calles estrechas, se bloquea la luz solar, afectando la calidad de vida en el entorno urbano.

Capa 3 Usos de suelo y normativa local: Una tercera capa es la de los usos de suelo permitidos y la normativa urbanística local. Aquí se definen, por ejemplo, si una zona es residencial, comercial o mixta; cuáles son los retiros obligatorios; qué porcentaje del terreno puede ser construido (cobertura); y qué usos específicos están autorizados.

¿Cómo se toman las decisiones en la práctica?

Lo que la administración municipal debe hacer es bajar desde el límite máximo (la viabilidad ambiental) hasta un parámetro que sea viable técnica y socialmente. El estudio que realizará la empresa consultora consistirá precisamente en analizar todas estas capas para determinar cuál es el potencial constructivo real de cada zona.

Para la ciudadanía, la pregunta clave en las próximas etapas del proceso será: ¿la administración está ajustando los parámetros a la realidad de la infraestructura existente, o está decidiendo ignorar esas limitaciones y apostar por un desarrollo que la ciudad no puede sostener?

Lo que debe pedir la ciudadanía en las próximas etapas

Cuando se presenten los estudios y las propuestas concretas, quienes habitan el cantón pueden formular preguntas como:

  • Sobre la viabilidad ambiental: ¿Se está respetando el límite máximo que establece la viabilidad ambiental? ¿O se está intentando modificar ese límite?

  • Sobre infraestructura: ¿Los parámetros propuestos consideran la capacidad real de las vías, el agua potable y el alcantarillado? ¿Se han hecho estudios que demuestren que la infraestructura puede soportar el aumento de densidad?

  • Sobre el efecto sombra: ¿Se ha analizado cómo las nuevas alturas afectarán la iluminación natural y la calidad de vida en los espacios públicos y viviendas cercanas?

  • Sobre servicios públicos: ¿El aumento de población que genera la densificación puede ser atendido por los servicios de salud, educación, transporte y seguridad existentes?

  • Sobre espacios públicos: ¿Se está garantizando que el aumento de densidad vaya acompañado de suficientes áreas verdes, aceras y espacios de convivencia?

Preocupaciones ciudadanas: agua, espacios públicos y gentrificación

Durante el espacio de atención al público, vecinos y vecinas expresaron sus principales preocupaciones en torno a la modificación y, en general, al futuro del ordenamiento territorial en Escazú.

Aguas residuales: una deuda pendiente

Uno de los temas que generó mayor debate fue el tratamiento de aguas residuales. Vecinas señalaron que la municipalidad exige a los particulares contar con sistemas de tratamiento adecuados para obtener permisos de construcción, mientras que la infraestructura pública de alcantarillado sanitario en el cantón presenta un rezago inaceptable.

«Si yo voy a hacer una casa, lo primero que me piden es: ¿dónde está mi planta de tratamiento? Entonces yo le digo a la administración: ¿dónde está su planta de tratamiento?», cuestionó una vecina, quien además denunció los olores a cloaca que afectan diversas zonas del cantón, incluso frente a la propia municipalidad.

Desde la administración se aclaró que el Ministerio de Salud considera sistemas de tanque séptico mejorado como plantas de tratamiento, y que la propuesta de modificación incentivaría estas mejoras como condición para el desarrollo de segundas viviendas. Sin embargo, se reconoció que la red de alcantarillado sanitario es competencia del AyA, aunque también se recordó que los municipios pueden asumir esa competencia si así lo deciden.

En ese sentido, un miembro de la comisión informó que hace aproximadamente tres meses se aprobó en el concejo municipal una moción para iniciar un proceso de diálogo con los cantones vecinos (Santa Ana, Mora y Acosta) con el objetivo de explorar la posibilidad de impulsar, con apoyo de cooperación internacional, un proyecto de planta de tratamiento de aguas residuales para el oeste del área metropolitana.

Agua potable: disponibilidad versus infraestructura

Otro tema crítico fue la disponibilidad de agua potable. Vecinos señalaron que, aunque el AyA asegura que hay dotación de agua, la infraestructura de distribución es insuficiente, lo que se traduce en cortes de agua recurrentes, especialmente los miércoles.

Se advirtió que cualquier aumento de densidad debe considerar este factor, ya que sin la infraestructura adecuada, el problema de suministro se agravaría. Desde la administración se indicó que, aunque la modificación pueda autorizar mayores densidades, cada permiso de construcción requiere la viabilidad del AyA sobre la disponibilidad de agua potable, lo que actúa como un filtro adicional.

Desde la perspectiva del modelo de capas, el agua potable es una de las capas de infraestructura que debe ser analizada rigurosamente. La pregunta que la ciudadanía debe mantener presente es: ¿se está verificando que haya suficiente agua para la nueva densidad que se autoriza?

Espacios públicos y movilidad

Vecinos también plantearon la necesidad de que la modificación considere la ampliación de espacios públicos, aceras y áreas verdes. Se señaló que el desarrollo del centro de Escazú ha sido históricamente limitado en este aspecto, y que el mejoramiento de parámetros urbanísticos debería ir acompañado de condiciones que garanticen espacios para la movilidad peatonal y el disfrute público.

Desde la administración se mencionaron experiencias recientes en proyectos de obra pública donde se ha logrado la cesión voluntaria de parte de propiedades para ampliar aceras, a cambio de la construcción de estas por parte de la municipalidad. Sin embargo, se reconoció que en algunos casos ha sido necesario recurrir a procesos de expropiación.

En el marco del modelo de capas, los espacios públicos son parte de la infraestructura urbana que debe ser dimensionada adecuadamente para absorber el crecimiento poblacional. Una densificación sin espacios públicos suficientes compromete la calidad de vida y la cohesión social.

Habitabilidad y permanencia de las comunidades

Una de las preocupaciones recurrentes entre las personas vecinas de Escazú es el impacto que el aumento de densidad podría tener en la vida cotidiana de quienes habitan el cantón. Existe la interrogante sobre si el desarrollo urbano que se promueve con modificaciones como esta podría generar cambios en el tejido social y en las condiciones de permanencia de las comunidades que históricamente han vivido en el territorio.

Esta preocupación se suma a los ejes de trabajo que diversos movimientos ciudadanos han venido planteando en el cantón: el derecho a la vivienda, la protección de los espacios públicos y la defensa de la calidad de vida frente a la presión urbanística. La pregunta sobre cómo el incremento del valor de las propiedades y la transformación del territorio podrían afectar el arraigo de la población local sigue siendo un tema central en la agenda ciudadana.

Próximos pasos

La administración municipal se comprometió a presentar los avances de la modificación en la Comisión del Plan Regulador una vez que los estudios técnicos estén más avanzados. Posteriormente, se realizarán talleres de participación ciudadana y una audiencia pública, tal como lo establece la normativa vigente.

La Comisión del Plan Regulador continuará siendo el espacio donde la ciudadanía organizada y la administración dialoguen sobre el futuro del territorio, con el desafío de equilibrar el desarrollo urbano con la protección ambiental y la garantía de servicios básicos para la población.

Te invitamos a consultar el manual elaborado por el Instituto Nacional de Vivienda y Urbanismo (INVU), una herramienta que brinda información y orientaciones para comprender mejor los procesos relacionados con la planificación territorial y el ordenamiento urbano.

Descargalo aquí

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Ciudadanía activa: propuesta y monitoreo en torno al Plan Regulador de Escazú

Esta entrevista fue realizada el 29 de julio, horas antes de la sesión de la Comisión del Plan Regulador en la que la administración municipal informaría sobre los avances de la modificación. La conversación con Javier Sánchez, presidente de CODECE, documenta las preocupaciones y expectativas ciudadanas que antecedieron a esa sesión. Las reflexiones aquí planteadas —sobre participación, acceso a la información, protección de espacios públicos y prevención de la gentrificación— mantienen plena vigencia más allá de los detalles coyunturales que se conocieron posteriormente.

La construcción de un plan regulador no es únicamente un ejercicio técnico. Es, sobre todo, un proceso de política pública que define cómo se transforma el territorio, cuáles intereses se priorizan y qué condiciones tendrán las comunidades para habitar sus barrios en los próximos años. Por esa razón, la participación ciudadana no puede limitarse a las audiencias públicas o a la consulta de documentos ya elaborados; requiere organización, propuesta y seguimiento permanente.

En una nueva edición de Sentires y Saberes, conversamos con Javier Sánchez, presidente de CODECE, organización comunal ambiental con una amplia trayectoria en la defensa del ordenamiento territorial en Escazú. La entrevista, realizada el 29 de julio, recupera el contexto del proceso que ha vivido el cantón durante el último año, marcado por la movilización ciudadana que logró mantener la representación comunitaria dentro de la Comisión del Plan Regulador y fortalecer un espacio de seguimiento y propuesta sobre las decisiones relacionadas con el territorio.

La participación no es solo reacción: también es propuesta

La historia de CODECE en Escazú es un ejemplo de participación propositiva. Desde los años 90, esta organización ha trabajado activamente en la formulación del plan regulador, logrando incidencia concreta: en el primer plan regulador, CODECE impulsó la zonificación de la zona protectora de los cerros de Escazú, una herramienta que ha permitido regular el crecimiento urbano y proteger el área natural más cercana a San José.

Esta experiencia demuestra que la ciudadanía organizada no solo vigila, sino que también propone. No se trata únicamente de oponerse o de reaccionar ante decisiones municipales, sino de construir alternativas, aportar conocimiento técnico y comunitario, y negociar en los espacios institucionales para incidir en el rumbo del territorio.

Vigilancia y propuesta: dos caras de una misma participación

La entrevista con Javier Sánchez fue realizada horas antes de la sesión convocada por la Comisión del Plan Regulador para conocer los avances de las reformas parciales en los distritos de Escazú Centro y San Antonio. En ese momento, existía preocupación por el escaso acceso a la información y por el trabajo que podría estar desarrollando una empresa consultora contratada por la Municipalidad.

Durante la sesión del 29 de julio, sin embargo, se informó que la empresa consultora aún no ha iniciado labores y que las actividades previstas para este proceso tampoco han comenzado. Esta actualización modifica parte del contexto inmediato de la entrevista, pero las reflexiones de fondo mantienen plena vigencia: la ciudadanía no puede esperar a que los procesos estén cerrados para participar. Debe estar presente desde el inicio, formulando preguntas, pero también proponiendo soluciones y alternativas para el desarrollo del territorio.

Preguntas que construyen, no solo que fiscalizan

Uno de los principales aprendizajes que deja la experiencia de CODECE es que participar también significa formular preguntas, pero no desde una postura meramente fiscalizadora, sino desde la búsqueda de soluciones compartidas:

  • -¿Qué cambios se pretenden realizar y bajo qué criterios técnicos y ambientales?

  • -¿Cómo pueden estos cambios beneficiar la habitabilidad de las comunidades?

  • -¿Qué mecanismos existen para garantizar la protección de espacios públicos y áreas verdes?

  • -¿Cómo se previenen procesos de gentrificación que puedan desplazar a quienes han habitado históricamente el cantón?

  • -¿Qué alternativas existen para mejorar la infraestructura urbana sin sacrificar la calidad de vida?

Estas preguntas no son solo un ejercicio de control; son el punto de partida para construir respuestas colectivas y propuestas ciudadanas que enriquezcan el debate público.

Propuestas ciudadanas para el ordenamiento territorial

Desde su experiencia, CODECE plantea líneas de acción que trascienden la crítica y se convierten en propuestas concretas para el futuro de Escazú:

  • -Priorizar la habitabilidad de las comunidades, garantizando que las personas que han nacido y construido el cantón puedan seguir viviendo en él.

  • -Proteger y ampliar los espacios públicos y áreas verdes, entendiéndolos como bienes comunes esenciales para la calidad de vida.

  • -Prevenir la gentrificación, promoviendo políticas que eviten el desplazamiento de las poblaciones locales por el aumento desmedido del costo de la vivienda.

  • -Exigir estudios técnicos y ambientales rigurosos que sustenten cualquier modificación al plan regulador.

  • -Fortalecer los espacios de participación institucional, como la Comisión del Plan Regulador, para que sean canales efectivos de incidencia ciudadana.

Desafíos para una participación ciudadana activa y propositiva

El proceso que vive actualmente Escazú deja lecciones que trascienden este cantón y resultan relevantes para cualquier comunidad involucrada en procesos de ordenamiento territorial y gestión ambiental:

  • -Organizarse desde el inicio de los procesos, antes de que las decisiones estén definidas y los proyectos se encuentren avanzados.

  • -Exigir y aportar información pública clara, completa y oportuna, como condición indispensable para una participación informada.

  • -Fortalecer las organizaciones comunitarias, ya que la participación colectiva tiene mayor capacidad de incidencia y propuesta que las acciones individuales.

  • -Comprender el territorio como un bien común, donde las decisiones sobre el uso del suelo afectan la calidad de vida, el acceso a la vivienda, la movilidad, el patrimonio natural y las generaciones futuras.

  • -Dar seguimiento permanente a las políticas públicas, entendiendo que la participación no concluye con una audiencia o una consulta, sino que implica monitorear la implementación y proponer ajustes cuando sea necesario.

  • -Incorporar la dimensión ambiental en la planificación territorial, procurando que las decisiones contemplen la protección de áreas verdes, corredores biológicos, zonas de recarga hídrica y demás ecosistemas estratégicos.

  • -Promover procesos transparentes y abiertos al diálogo, donde la diversidad de voces contribuya a construir mejores decisiones para el conjunto de la comunidad.

Seguimos escuchando a la ciudadanía

En el Observatorio de Bienes Comunes continuaremos dando seguimiento a este proceso porque entendemos que monitorear las políticas públicas es una forma de participación, pero no es la única. La ciudadanía organizada tiene la capacidad de proponer, construir alternativas y negociar en los espacios institucionales para incidir en el rumbo del territorio.

La experiencia de CODECE en Escazú demuestra que la participación propositiva es posible y necesaria. No se trata de esperar a que las decisiones lleguen para reaccionar, sino de estar presentes desde el inicio, con preguntas, con propuestas y con la convicción de que el territorio es un bien común que nos pertenece a todas y todos.

Te invitamos a escuchar la entrevista completa y a mantenerte atento a las próximas actualizaciones sobre el proceso del Plan Regulador de Escazú.

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Escazú abre camino: el reto del diálogo real en el Plan Regulador

Este martes 26 de agosto, el Concejo Municipal de Escazú confirmó el acuerdo alcanzado tras semanas de movilización ciudadana: se reinstala la Comisión Especial del Plan Regulador, garantizando que la ciudadanía tenga voz en la definición de este instrumento clave para el futuro del cantón.

La decisión marca un hito en la defensa de la participación ciudadana en Escazú. Luego de intensas tensiones, denuncias públicas y vigilias en el propio Concejo, vecinas y vecinos lograron abrir nuevamente el espacio para incidir en el proceso, revirtiendo el intento de trasladar toda la responsabilidad a una oficina técnica sin representación comunitaria.

Para las comunidades, se trata de un paso fundamental: el Plan Regulador incide directamente en la vida cotidiana, desde la protección de los Cerros de Escazú y las fuentes de agua, hasta la regulación de barrios, comercios e infraestructura.

Lo que viene: selección de representantes

Con el acuerdo ya en firme, el siguiente paso será la selección de las personas representantes de la ciudadanía que integrarán la Comisión. En cada uno de los tres distritos del cantón (Escazú, San Antonio y San Rafael) se realizarán audiencias públicas para elegir a quienes representarán la voz vecinal en este proceso. Esta fase será crucial para asegurar que exista una representación legítima, diversa y comprometida con los intereses colectivos.

Un diálogo necesario: conocimiento técnico y comunitario

Más allá de la conformación, se abre ahora una discusión de fondo: ¿cómo dialogan el conocimiento técnico y el comunitario en la construcción del Plan Regulador?

Tradicionalmente, la planificación territorial se ha basado en estudios técnicos —cartografía, imágenes satelitales, censos, diagnósticos sectoriales— que, aunque necesarios, resultan insuficientes para reflejar la complejidad de la vida cotidiana en el territorio.

El Manual de Planes Reguladores como Instrumento de Ordenamiento Territorial señala que la información para estos procesos puede y debe nutrirse de múltiples fuentes: inventarios ambientales, análisis socioeconómicos, talleres participativos, consultas locales, recorridos comunitarios y observación directa del entorno.

La experiencia de vecinas y vecinos aporta elementos que ningún estudio puede reemplazar: la memoria de inundaciones y deslizamientos, la relación con las quebradas y nacientes, el impacto de la expansión comercial en la vida barrial, la tensión entre agricultura y urbanización. Son trayectorias e historias de vida que permiten comprender el territorio en su dimensión más humana y comunitaria.

El reto estará en reconocer este conocimiento como parte legítima del proceso y no como un complemento secundario. Solo con un diálogo equilibrado entre lo técnico y lo comunitario será posible construir un Plan Regulador que garantice seguridad, sostenibilidad y calidad de vida para el cantón.

Un proceso en disputa

La reinstalación de la Comisión no significa que el camino esté despejado. Lo que viene será un proceso cargado de tensiones sobre qué contenidos se priorizan, cómo se recogen los aportes y hasta dónde se consideran las propuestas ciudadanas en las decisiones finales.

Sin embargo, la experiencia de estas semanas demuestra que la organización comunitaria es capaz de incidir. La presión vecinal no solo recuperó un espacio que se había cerrado, sino que dejó claro que la planificación territorial es un asunto de interés público que no puede definirse entre cuatro paredes.

Un nuevo capítulo para Escazú

Con este acuerdo, Escazú abre un nuevo capítulo en la gestión de su territorio. La Comisión Especial del Plan Regulador tendrá ahora la tarea de construir un puente entre la mirada técnica y la experiencia comunitaria.

El desafío será mantener viva la participación y asegurar que el futuro del cantón se decida de manera transparente, democrática y con la voz activa de quienes lo habitan día a día.

Herramientas y técnicas participativas disponibles

El Manual de Planes Reguladores enfatiza que la construcción de estos instrumentos no puede limitarse al análisis técnico, sino que debe integrar activamente la participación de las comunidades. Para ello, identifica un conjunto de herramientas que permiten recopilar, sistematizar y validar la información de manera inclusiva y transparente. Entre ellas se encuentran:

  1. Audiencias públicas: espacios formales donde se presentan avances, se recogen observaciones y se abren canales de diálogo directo con la ciudadanía.
  2. Talleres participativos: dinámicas grupales en las que se trabaja con mapas, dibujos y debates abiertos para recoger percepciones, propuestas y problemáticas locales.
  3. Mapeo comunitario: ejercicios donde las personas habitantes identifican en planos o cartografía sus recorridos, lugares de importancia, zonas de riesgo o sitios de conflicto.
  4. Entrevistas y encuestas: permiten profundizar en las experiencias de distintos sectores de la población, recogiendo datos cualitativos y cuantitativos.
  5. Mesas temáticas: espacios de discusión especializados (agua, movilidad, riesgo, vivienda, ambiente) que permiten detallar aportes sectoriales.
  6. Recorridos de campo y observación directa: visitas conjuntas a barrios, quebradas, zonas agrícolas o áreas de riesgo para complementar los diagnósticos técnicos con la mirada comunitaria.
  7. Inventarios y diagnósticos participativos: registros elaborados con apoyo de la población local sobre recursos naturales, espacios públicos, prácticas productivas o usos del suelo.

Estas herramientas demuestran que la información relevante para un Plan Regulador no proviene únicamente de estudios satelitales o consultorías técnicas, sino también del conocimiento acumulado en la vida cotidiana de las comunidades. Su incorporación fortalece la legitimidad del proceso y abre oportunidades para construir un ordenamiento territorial más justo y equilibrado.

Extracto de la sesión del Concejo Municipal
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Tras movilización ciudadana se abre mesa de negociación por la participación en el Plan Regulador de Escazú

Tras la movilización y presión ciudadana, este viernes 22 de agosto se abrió una mesa de negociación para abordar el tema de la participación en la elaboración del Plan Regulador de Escazú.

En el espacio participan representantes de la alcaldía, las siete personas regidoras del Concejo Municipal y cuatro delegados escogidos por los  movimientos cívicos ciudadanos que se articularon para exigir condiciones reales de incidencia comunitaria. Con esta apertura, se reconoce la legitimidad de las demandas vecinales y se abre una oportunidad para que la voz de la ciudadanía tenga un lugar en la definición del futuro territorial del cantón.

La mesa de negociación se instala en un contexto marcado por el descontento. Tras el pasado 29 de julio, dónde se dio  la decisión de trasladar la responsabilidad del Plan Regulador a una oficina técnica municipal, sin el acompañamiento de la Comisión Especial con representación comunitaria, provocó un amplio rechazo. Vecinas y vecinos denunciaron la reducción de la transparencia, la improvisación en las sesiones del Concejo y la ausencia de condiciones mínimas para la participación.

Ahora, con la instalación de la mesa, los movimientos ciudadanos esperan que se construyan acuerdos concretos que garanticen:

  • La permanencia de un mecanismo de representación comunitaria.

  • Procesos accesibles y transparentes de discusión de las propuestas.

  • Condiciones adecuadas para que la ciudadanía pueda incidir desde las primeras etapas.

 

El próximo martes 26 de agosto, durante la sesión ordinaria del Concejo Municipal, se presentarán los resultados de esta negociación y las soluciones acordadas entre las partes. Será un momento clave para confirmar si la apertura al diálogo se traduce en compromisos reales y efectivos.

Desde los movimientos ciudadanos el mensaje es claro: la participación en el Plan Regulador no es un privilegio, sino un derecho democrático que garantiza que las decisiones sobre el territorio respondan al interés colectivo y no únicamente a intereses comerciales o particulares.

“Nos vemos el martes”, expresan las organizaciones, reafirmando la convocatoria a la comunidad escazuceña para llenar nuevamente el Concejo Municipal y dar seguimiento a los acuerdos. Pueden ver el post de facebook aquí y seguir toda la información.

La fuerza de la movilización ciudadana

La apertura de la mesa de negociación no fue un gesto espontáneo de la administración municipal, sino el resultado directo de la organización y presión de la ciudadanía. Desde las primeras denuncias de CODECE y colectivos locales, hasta la concentración de más de un centenar de vecinos y vecinas en las afueras del Concejo Municipal, la participación comunitaria se convirtió en el motor que obligó a las autoridades a escuchar y abrir un espacio formal de diálogo.

La movilización ha demostrado que el involucramiento activo de la población puede cambiar el rumbo de decisiones que parecían cerradas. Frente a intentos de limitar la incidencia ciudadana, la respuesta colectiva puso sobre la mesa que el territorio es un asunto de interés público y no exclusivo de oficinas técnicas o de intereses inmobiliarios.

Más allá de la coyuntura inmediata, esta experiencia deja un aprendizaje clave: solo con presencia, vigilancia y articulación comunitaria es posible defender los bienes comunes, el derecho a la ciudad y la transparencia en la gestión municipal.

En Escazú, la voz organizada de la ciudadanía logró abrir una negociación que hasta hace pocos días parecía impensable. El desafío ahora es que los acuerdos se concreten en mecanismos reales de participación, y que la movilización se mantenga como una herramienta de defensa del territorio y la vida comunitaria.

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Escuchando a Escazú: participación y retos ante las decisiones municipales

Durante la reciente sesión municipal, tuvimos la oportunidad de conversar con Javier y Francisco sobre por qué es fundamental que las personas vecinas participen en la elaboración del Plan Regulador, qué desafíos enfrenta el cantón, y cómo las decisiones de la Municipalidad afectan su vida diaria.

Sus testimonios reflejan la urgencia de generar espacios de diálogo reales, transparentes y abiertos a todas las personas.

No te pierdas estas voces: escucha el audio completo aquí

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¿Está Escazú relegando la participación ciudadana a un papel sin incidencia real en su Plan Regulador?

Próxima sesión clave Martes 19 de agosto: El Concejo Municipal de Escazú discutirá nuevamente el tema tras recibir el dictamen de su Comisión Jurídica. Organizaciones como CODECE y vecinos llaman a llenar la sala para exigir que se respete la figura de la Comisión Especial y, con ella, la voz y voto de la comunidad en la planificación del territorio.

El pasado 12 de agosto, el Concejo Municipal de Escazú rechazó —por cinco votos contra dos— restituir la Comisión Especial del Plan Regulador, el mecanismo que permitía a personas y comunidades participar de manera directa en la definición del futuro territorial del cantón. Los dos votos a favor, emitidos por Mario Arce y Marcela Quesada, representan la posición minoritaria que defendió activamente la participación ciudadana frente a un Concejo mayoritariamente cerrado a la inclusión vecinal (Ricardo López, Laura Fonseca, Adriana Solís, José Tino Campos y Sigrid Miller). En su lugar, se mantiene la figura de una supuesta “Oficina del Plan Regulador” sin representación vecinal, lo que, en la práctica, reduce la participación ciudadana a una sola audiencia pública al final del proceso y a talleres sin carácter vinculante.

Esta decisión, lejos de ser un asunto meramente administrativo, refleja un modelo institucional donde la participación se concibe como un trámite formal, no como un ejercicio efectivo de incidencia.

¿Qué dice la legislación costarricense?

La Constitución Política (artículo 9) establece que Costa Rica es una república “popular, representativa y participativa”. Esto implica que el pueblo no solo elige representantes, sino que también tiene derecho a involucrarse directamente en la toma de decisiones públicas.

En materia urbanística, la Ley de Planificación Urbana (Ley 4240) es clara:

  • El Plan Regulador es el instrumento que orienta el desarrollo del territorio y define usos de suelo, zonas de protección y áreas de expansión.

  • La ley y su reglamento reconocen a las Comisiones Especiales del Plan Regulador como órganos que integran representación técnica y ciudadana, con voz y voto en todas las fases: diagnóstico, formulación, aplicación y revisión.

  • La participación no se limita a “opinar” en audiencias públicas; debe garantizarse en todo el ciclo de planificación.

Reducir la participación ciudadana a una única audiencia de consulta o a talleres recopilatorios —que, según la Ley de Planificación Urbana, no son vinculantes en cuanto a sus resultados— contradice el espíritu participativo de la norma y debilita el control ciudadano sobre decisiones que pueden modificar de forma significativa e irreversible el entorno ambiental, social y económico del territorio.

Consultar no es participar

Un error frecuente en la gestión pública es confundir consulta con participación.

  • Consultar es pedir opinión (a veces, tarde y sin consecuencias reales en la decisión).

  • Participar es tener espacios permanentes y con capacidad de incidencia en el diseño, ejecución y seguimiento de políticas y planes.

En los planes reguladores, la verdadera participación significa:

  • Acceso temprano a la información y a los estudios técnicos.

  • Derecho a proponer modificaciones y escenarios.

  • Poder de decisión en las comisiones mixtas donde se delibera el contenido del plan.

  • Seguimiento y evaluación de la aplicación de lo aprobado.

Cuando las comunidades son excluidas de las fases iniciales y solo se les convoca para validar (o no) un documento ya cerrado, la participación se convierte en un ejercicio simbólico.

Un retroceso democrático

En el fondo, la decisión del Concejo Municipal no es un hecho aislado: es un síntoma de una tendencia peligrosa en la gestión pública, donde se vacían de contenido los mecanismos de participación establecidos por la ley.

Al eliminar la Comisión Especial del Plan Regulador y delegar todo en una oficina técnica sin representación ciudadana:

  • Se concentra el poder en pocas manos, reduciendo el control social.

  • Se invisibiliza el conocimiento local que aportan comunidades, asociaciones y personas con experiencia directa sobre las necesidades y particularidades del territorio.

  • Se rompe la confianza institucional, pues la ciudadanía percibe que sus aportes no tienen valor real en las decisiones finales.

  • Se sienta un precedente que otros municipios podrían imitar, debilitando progresivamente la cultura democrática.

En términos políticos, se trata de una regresión: se pasa de un modelo de democracia participativa a uno meramente representativo y tecnocrático, donde las decisiones se toman puertas adentro, bajo la lógica de que “los expertos saben mejor”. Este enfoque no solo contradice el marco legal costarricense, sino que también erosiona la legitimidad de las políticas urbanas y abre la puerta a decisiones con sesgo político o económico.

Lo que está en juego

La manera en que se construye un plan regulador tiene efectos que duran décadas. No es un documento técnico más:

  • Define cómo y dónde se puede construir, qué áreas se protegen, dónde habrá comercio, industria o vivienda.

  • Determina el uso y la conservación de recursos naturales, incluyendo agua, suelos, bosques y zonas de riesgo.

  • Moldea la identidad cultural y paisajística del cantón, influenciando su atractivo, su calidad de vida y su cohesión social.

Cuando se excluye a la ciudadanía de estas decisiones, se corre el riesgo de:

  • Facilitar la especulación inmobiliaria y la urbanización descontrolada.

  • Desproteger áreas de alto valor ambiental o patrimonial por falta de presión comunitaria.

  • Aumentar conflictos socioambientales, ya que las decisiones se perciben como impuestas y no consensuadas.

  • Perder oportunidades de desarrollo inclusivo, porque se ignoran visiones, propuestas y necesidades que solo emergen del diálogo con quienes habitan el territorio.

En términos democráticos, lo que está en juego es el derecho de las comunidades a decidir sobre su propio futuro. Y en términos prácticos, lo que se arriesga es la sostenibilidad misma del territorio: un plan regulador sin participación activa puede ser funcional para intereses privados, pero es incapaz de garantizar un equilibrio entre desarrollo, justicia social y protección ambiental.

La pregunta clave es: ¿sirve para algo “consultar” si al final las decisiones ya están tomadas, o si las observaciones llegan demasiado tarde para incidir? La participación real demanda más que un espacio formal: exige reconocimiento, análisis y transformación de lo consultado en el contenido final del plan.

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Liderazgos que transforman: mujeres tejiendo participación desde Upala

Durante marzo y abril de 2025, un grupo de mujeres líderes de distintas comunidades de Upala se reunió en un proceso de formación y reflexión sobre participación, liderazgo y acción colectiva. A través de tres sesiones organizadas por Fundación Mujer, las participantes compartieron sus experiencias, inquietudes y sueños, construyendo de forma conjunta una visión transformadora del liderazgo comunitario.

Desde la necesidad de ser escuchadas y reconocidas en sus espacios, hasta la urgencia de contar con herramientas para emprender y liderar proyectos, las sesiones permitieron profundizar en temas clave como la democracia participativa, la igualdad de género, la resolución de conflictos y la sostenibilidad de los procesos organizativos.

Este proceso no solo fortaleció sus capacidades personales y colectivas, sino que reafirmó un principio vital: el liderazgo que mejora vidas se construye desde la escucha, el compromiso y la acción compartida. Las mujeres de Upala siguen aprendiendo, pero también enseñando que otro liderazgo —más justo, más humano, más colectivo— es posible.

Nuestros aprendizajes

Boletines

Boletín #1 – 1 de marzo de 2025
La primera sesión fue un espacio para cuestionar y resignificar conceptos como comunidad, participación, democracia y liderazgo desde las propias experiencias. Las participantes compartieron sus expectativas e intereses, destacando la necesidad de aprender, emprender y fortalecer su rol en la toma de decisiones. Se reafirmó el valor de los vínculos solidarios y el apoyo mutuo como base del cambio colectivo.

Pueden descargarlo aquí

Boletín #2 – 23 de marzo de 2025
En este encuentro se exploraron los desafíos reales que enfrentan las mujeres al participar en espacios organizativos. A partir de testimonios personales, se reflexionó sobre la importancia de contar con liderazgos participativos, comunicación clara y procesos transparentes. Se construyeron estrategias para identificar señales de alerta y promover una participación equitativa, inclusiva y bien informada.

Pueden descargarlo aquí.

Boletín #3 – 5 de abril de 2025
La última sesión se centró en el liderazgo aplicado a proyectos comunitarios y de emprendedurismo. Las mujeres identificaron habilidades clave como la organización, la delegación, la escucha activa y la gestión de recursos. También se discutió el impacto concreto de los proyectos en la vida cotidiana, resaltando que el liderazgo debe responder a las necesidades reales de la comunidad para ser verdaderamente transformador.

Pueden descargarlo aquí.

Galería

Agradecimiento especial

Agradecemos profundamente a Fundación Mujer por brindarnos sus instalaciones en Upala y por la calidez con la que nos acompañaron durante cada sesión. Su apoyo fue fundamental para crear un espacio seguro, acogedor y propicio para el aprendizaje, el intercambio y la construcción colectiva. ¡Gracias por ser parte de este proceso!

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¿Qué pasa en las fincas de Júpiter y Siberia en el Valle la Estrella?

Luis Alberto Soto, dirigente comunal, nos explica el contexto de las acciones llevadas a cabo en las comunidades de Júpiter I y Júpiter II durante el año 2024. Desde el comité pro-desarrollo del asentamiento, han desempeñado un papel clave como interlocutores con el INDER para la gestión de diversos proyectos. Uno de sus logros más recientes ha sido la rehabilitación de 7 kilómetros de caminos. Además, comparte sus reflexiones sobre los desafíos que enfrentan al entablar un diálogo con instituciones que no están acostumbradas a la participación comunitaria.

Es importante señalar que como parte del seguimiento del Comité, se realizó una respuesta pública al INDER, ante la solicitud de que esta instancia funcionara como fiscalizadora, sin apoyo de la institución.

En esta nota que compartimos, se reconoce la importancia de asumir un rol fiscalizador y de control en la ejecución de obras, pero es fundamental establecer límites claros.

Argumentan que, en proyectos donde la comunidad no dispone de recursos propios, no resulta aceptable que se le utilice como recurso o mano de obra gratuita. 

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