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Registrar para no normalizar: palabras, poder y violencia política

Hay palabras que parecen pequeñas. Una descalificación, una burla, un apodo o una etiqueta lanzada desde una conferencia de prensa pueden durar apenas unos segundos, convertirse en titular, circular por redes sociales y desaparecer rápidamente entre nuevas declaraciones y nuevas controversias. Sin embargo, cuando esas palabras son pronunciadas desde posiciones de autoridad, merecen ser registradas. No solamente por lo que dicen, sino por lo que hacen.

La reciente referencia a la “plantonitis” ofrece una puerta de entrada para observar un fenómeno más amplio. En estos primeros cien días de gobierno se ha acumulado un repertorio de expresiones utilizadas para referirse a quienes protestan, cuestionan, investigan, critican o simplemente incomodan al poder. Ratas, cucarachas, vagabundos, canallas, comunistas, filibusteros, jetones, zánganos, sicarios políticos y muchas otras expresiones forman parte de un vocabulario que merece ser observado más allá de la anécdota.

Por eso reunimos cien términos y expresiones. No como un campeonato de groserías ni para reducir la discusión política a quién insultó más, sino como un ejercicio de registro. Porque las palabras también forman parte de las relaciones de poder.

Cuando la palabra viene desde el poder

No todas las palabras tienen el mismo peso. Una descalificación entre particulares puede formar parte de una disputa interpersonal, pero cuando quien habla ocupa la Presidencia de la República, una curul legislativa o una posición institucional de autoridad, sus palabras ocurren dentro de una relación desigual. Quien ejerce el poder tiene una plataforma pública, capacidad para instalar temas en la agenda y, en muchos casos, capacidad efectiva para tomar decisiones que afectan la vida de las personas.

Por eso, cuando desde esos espacios se llama “ratas”, “vagabundos”, “canallas”, “filibusteros” o “sicarios políticos” a quienes cuestionan, el problema no se agota en el tono. Hay una operación política que merece atención: el adversario deja de aparecer como alguien con quien se puede discrepar y comienza a ser construido como alguien despreciable, ignorante, corrupto, peligroso o enemigo.

Esto no significa que la política deba ser un espacio sin conflicto. Todo lo contrario. Una democracia necesita desacuerdos, controversias y confrontación de ideas. El problema aparece cuando la respuesta a una posición política deja de ser un argumento y pasa a ser una descalificación de quien la sostiene.

De la demanda al estigma

Una de las consecuencias de este lenguaje es el desplazamiento de la discusión. En lugar de preguntar qué está reclamando una comunidad, qué denuncia una organización o qué cuestiona una persona, la conversación comienza a girar alrededor de quiénes son esos que reclaman.

La protesta puede convertirse entonces en “plantonitis”; quienes protestan, en “vagabundos”; quienes cuestionan, en “enemigos”; quienes investigan, en “sicarios”; quienes discrepan, en “comunistas” o “antipatriotas”. La etiqueta funciona como una respuesta rápida: permite desacreditar al interlocutor sin necesidad de entrar en el contenido de su argumento.

Este mecanismo adquiere especial relevancia cuando pensamos en los bienes comunes. Defender un río, el agua, un bosque, un territorio, un parque, una escuela, la salud o cualquier otro espacio fundamental para la vida colectiva implica muchas veces organizarse, participar, cuestionar decisiones y disputar públicamente las formas en que se administra aquello que nos pertenece colectivamente.

La protesta, en ese sentido, no es una anomalía de la democracia. Es también una de sus expresiones.

Registrar para poder volver sobre lo ocurrido

Aquí aparece el sentido de este ejercicio. Registrar no significa asumir que cada expresión constituye por sí misma un acto de violencia política ni que todas tienen la misma gravedad. Significa conservar la evidencia para poder discutirla.

¿Quién lo dijo? ¿Cuándo? ¿En qué contexto? ¿Contra quién? ¿Fue una expresión aislada o forma parte de un repertorio que se repite? ¿Qué efecto produce cuando ese lenguaje proviene de una autoridad?

Estas preguntas son importantes porque la comunicación política contemporánea está marcada por una velocidad que favorece el olvido. Una declaración provoca indignación durante unas horas, se convierte en meme al día siguiente y pronto queda desplazada por la siguiente controversia. La acumulación desaparece. El patrón se vuelve difícil de percibir.

El registro interrumpe ese ciclo. Permite volver sobre las palabras, compararlas y reconstruir una secuencia. También permite enfrentar la desinformación: una frase puede ser recortada, sacada de contexto, reinterpretada o negada con el paso del tiempo. Conservar las declaraciones y sus fuentes permite regresar a lo ocurrido y discutirlo sobre una base documental.

Por eso, documentar estas expresiones no consiste simplemente en guardar insultos. Es construir memoria política.

El peligro de acostumbrarnos

Existe además un riesgo menos visible: la normalización. Una expresión que inicialmente provoca rechazo puede convertirse, después de repetirse muchas veces, en parte del paisaje político. Lo que ayer parecía inaceptable comienza a ser explicado como “el estilo” de determinada figura pública. La violencia verbal deja de discutirse y pasa a considerarse simplemente una característica del personaje.

Ahí el registro cumple otra función. Permite decir que algo ocurrió antes de que se vuelva invisible por repetición.

La normalización no significa que todas las palabras fuertes deban recibir el mismo tratamiento. Tampoco supone exigir una política sin confrontación. Significa prestar atención cuando la descalificación sistemática empieza a sustituir al argumento y cuando el desprecio se convierte en una forma habitual de responder a la crítica.

Registrar permite conservar la posibilidad de mirar hacia atrás y preguntar: ¿cuándo comenzó a parecernos normal?

Cien días como punto de partida

Los primeros cien días de un gobierno suelen utilizarse para hacer balances de proyectos, decisiones, anuncios y resultados. Proponemos agregar otra dimensión: observar cómo habla el poder cuando enfrenta el desacuerdo.

La “plantonitis” es, en este sentido, una puerta de entrada satírica a una discusión mucho más seria. El problema no está únicamente en una palabra, sino en lo que un repertorio de palabras puede revelar sobre la relación entre autoridad, crítica y participación.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes nos interesa mirar estas formas de comunicación porque la defensa de lo común requiere precisamente espacios donde las comunidades puedan cuestionar, organizarse y disputar las decisiones que afectan sus territorios y sus condiciones de vida. Si quienes ejercen ese derecho son sistemáticamente ridiculizados o deslegitimados, también se está afectando la calidad del espacio democrático en el que esas disputas ocurren.

Las palabras no son un detalle separado de la política. Pueden cerrar conversaciones o abrirlas; pueden deshumanizar o reconocer; pueden convertir una demanda social en una molestia o permitir que esa demanda sea escuchada.

Por eso hacemos este registro. Registrar para recordar. Recordar para discutir. Discutir para no normalizar.

Porque frente a la velocidad del discurso político, el olvido también puede convertirse en una forma de impunidad. Y porque quienes defienden un río, el agua, un bosque, un territorio o cualquier otro bien común tienen derecho a algo tan sencillo como fundamental: que su voz sea escuchada antes de ser descalificada.

100 expresiones de la confrontación política

Las siguientes palabras y expresiones han sido utilizadas y enunciadas públicamente desde lugares de poder político y tribunas institucionales. Se presentan como un registro del lenguaje empleado para descalificar, ridiculizar, estigmatizar o confrontar a personas, grupos, medios e instituciones.

No se trata de equiparar todas las expresiones ni de afirmar que tienen la misma gravedad. El interés del registro está precisamente en observar la acumulación y las distintas formas que puede adoptar el lenguaje de la confrontación.

  • Inútiles
  • Mafiosos
  • Chantajistas
  • Banda de corruptos
  • Antipatriotas
  • Desgraciados
  • Malnacidos
  • Burros
  • Mentirosos
  • Desagradables
  • Que rebuznan
  • Vagos
  • Mezquinos
  • Traidores de la patria
  • Ratas
  • Cucarachas
  • Judas
  • Matrafuleros
  • Loca de Gandoca
  • Zánganos
  • Sicarios políticos
  • Ticos con corona
  • Medios canallas
  • Mentirosos
  • Desinformadores
  • Manipuladores
  • Hipócritas
  • Escandalosos
  • Malintencionados
  • Cafoleados
  • Despreciable
  • En lo único que a usted no la he visto metida […] es en el gimnasio
  • Ticos con corona
  • Tontita
  • Tres medios
  • asesinos a sueldo
  • Sicario que se vende al mejor postor
  • Prensa canalla
  • Defensor de las castas
  • Prensa malvada
  • Prensa ruin
  • Vende humo
  • Resentidos sociales
  • Damas de compañía
  • Diputadilla comunista y resentida social
  • Vagabunda
  • Tonta que no entiende
  • Gran mentirosa
  • Vagabunda, tonta que no entiende, o mentirosa
  • Traición a los ideales del pueblo de Costa Rica
  • Comunista
  • Desagradable
  • Vendidos
  • Corruptos
  • Equino
  • Atacan sin piedad
  • Campaña psicológica
  • Grupo chiquitito de diputados
  • El ridículo que están haciendo
  • Meterse en la misma cama
  • El escándalo que hagan
  • El ridículo que están haciendo
  • Escandalillos baratos
  • Morbo
  • Mentir sin pudor
  • Patente de corso
  • Hacer lo que le dé la gana
  • A donde le dé la gana
  • Como le dé la gana
  • Escudarse en la libertad de prensa
  • Comunistas
  • Vagabundos
  • Canallas
  • Vergüenza nacional
  • Lastre
  • Partida de comunistas
  • Que se enderecen
  • Trolles
  • Obstruccionistas
  • Privilegiados
  • Caníbales
  • Póngase crema de rosas”
  • “Que le llevara serenata”
  • Acusetas
  • La desaparición del comunismo
  • Maricón
  • Chuchinga
  • Pernicioso
  • Vulgar
  • Perverso
  • Animal
  • Hocico
  • Chancletudo barato de quinta categoría
  • Chusma
  • Pachuco
  • Cobarde
  • Miserable
  • Que llega drogado a la Asamblea
  • El más inepto e inútil de los funcionarios
  • Un plantón que no merece más que el desprecio
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Cien días de Laura Fernández: las señales de un rumbo socioambiental

Antes de la llegada de Laura Fernández a la Presidencia, el gobierno de Rodrigo Chaves cerraba su período dejando una señal clara sobre la forma en que había venido construyendo su relación con la política ambiental: una creciente confrontación con quienes defendían límites ambientales, una asociación cada vez más explícita entre regulación y obstáculos para la inversión, y una defensa del desarrollo económico como argumento para cuestionar decisiones de las instituciones encargadas de la protección ambiental. El episodio ocurrido en los últimos días de su administración, marcado por los cuestionamientos y descalificaciones hacia quienes interpusieron recursos y decisiones institucionales que frenaban determinadas iniciativas, no puede leerse únicamente como un conflicto puntual. Forma parte de una tendencia más amplia en la que la protección ambiental comienza a ser presentada como una fuente de incertidumbre para la inversión y donde quienes defienden esos límites son colocados discursivamente del lado de los obstáculos al desarrollo. Es sobre este terreno político que Laura Fernández inicia su gobierno.

Los primeros 100 días del gobierno de Laura Fernández permiten identificar algunas señales sobre la orientación que comienza a tomar su administración en materia ambiental. La apuesta por formalizar la minería en Crucitas, las decisiones alrededor de la presión turística en Corcovado y la persistencia de un discurso confrontativo hacia sectores ambientalistas abren una pregunta de mayor alcance: ¿estamos ante una profundización del giro que comenzó durante la administración de Rodrigo Chaves?

Cien días no bastan para definir por completo el rumbo de un gobierno. Sería apresurado convertir este breve período en una explicación definitiva de lo que será toda una administración. Sin embargo, los primeros meses sí permiten observar prioridades, identificar conflictos que adquieren centralidad y reconocer las formas en que un nuevo gobierno comienza a responder a las tensiones que atraviesan al país.

En el caso de Laura Fernández, esta lectura adquiere una particularidad. Su llegada a la Presidencia no representa una ruptura absoluta con el período anterior, sino la continuidad de un bloque político que durante la administración de Rodrigo Chaves ya había mostrado una relación conflictiva con diversos sectores ambientalistas y una disposición creciente a cuestionar los límites que la institucionalidad ambiental establece sobre determinadas actividades económicas.

Los primeros 100 días permiten preguntarse, entonces, qué elementos de ese rumbo se mantienen y cuáles comienzan a profundizarse.

La discusión sobre Crucitas, las tensiones alrededor de la gestión del Parque Nacional Corcovado y las formas en que desde el oficialismo se ha respondido a quienes cuestionan determinadas decisiones ambientales permiten observar algo más que conflictos aislados. En conjunto, estos acontecimientos muestran una forma particular de entender la relación entre desarrollo y naturaleza, donde la conservación parece enfrentar una presión creciente para demostrar su compatibilidad con determinados intereses económicos.

Crucitas: cuando la explotación comienza a presentarse como respuesta

La situación en Crucitas ha ocupado un lugar central dentro de esta discusión. Durante años, el territorio ha sido escenario de minería ilegal, degradación ambiental, presencia de redes dedicadas a la extracción de oro y una evidente incapacidad estatal para controlar de manera sostenida lo que ocurre en la zona.

Frente a este escenario, la posición asumida por la presidenta Laura Fernández ha sido clara: la explotación formal del oro comienza a presentarse como una alternativa necesaria frente a un problema que el Estado no ha logrado resolver.

El argumento parte de una realidad difícil de negar. La minería ilegal continúa y las capacidades institucionales para detenerla son limitadas. Pero el debate comienza a adquirir otra dimensión cuando la incapacidad para controlar una actividad ilegal se convierte en una razón para abrir la discusión sobre la explotación formal.

La pregunta deja de ser únicamente cómo detener la extracción ilegal, restaurar el territorio o recuperar ambientalmente una zona afectada durante años. También comienza a plantearse cómo aprovechar formalmente un recurso que, según esta lógica, continuará siendo extraído de una u otra manera.

Esta forma de construir el problema permite recuperar una de las reflexiones desarrolladas por Eduardo Gudynas alrededor de los extractivismos. La explotación de la naturaleza no se sostiene únicamente mediante proyectos, inversiones o decisiones legales. También requiere discursos que la presenten como necesaria, inevitable o como la única respuesta realista frente a un determinado problema.

En Crucitas comienza a configurarse precisamente esa tensión. La formalización de la minería aparece como una alternativa pragmática, mientras las propuestas que priorizan la restauración o la protección del territorio pueden ser presentadas como posiciones incapaces de responder a la realidad.

Pero esta oposición simplifica un conflicto mucho más complejo. La incapacidad estatal para controlar la minería ilegal no convierte automáticamente la explotación formal en la única alternativa posible. También obliga a preguntarse qué tipo de respuesta pública se construye cuando un problema de gobernanza termina abriendo el camino para una nueva forma de apropiación económica de un territorio.

Corcovado: cuando la conservación comienza a negociarse

El caso de Corcovado permite observar esta tensión desde otro lugar. Aquí no se discute directamente la apertura de una actividad extractiva, sino la capacidad de un área protegida para establecer límites frente a la presión turística.

Las dificultades de la infraestructura sanitaria de la Estación Biológica Sirena llevaron al Sinac a reducir temporalmente el aforo, aplicando el principio precautorio ante el riesgo de afectaciones ambientales. Sin embargo, la medida generó presión de sectores vinculados con la actividad turística y, poco después, el límite de visitación volvió a aumentar.

Más allá de la discusión sobre la pertinencia técnica de cada decisión, el episodio permite observar una dinámica relevante: los límites ambientales pueden comenzar a ser negociados cuando entran en conflicto con intereses económicos. La protección no desaparece necesariamente; las instituciones continúan existiendo y las decisiones siguen presentándose como técnicamente fundamentadas. Lo que cambia es el límite que se considera aceptable.

Este tipo de desplazamiento resulta importante para leer la política ambiental. La flexibilización no siempre ocurre mediante la eliminación de una norma o la apertura explícita de un territorio a una nueva actividad. También puede producirse mediante ajustes sucesivos de los umbrales de protección, reinterpretaciones técnicas o modificaciones de las condiciones bajo las cuales una actividad puede continuar.

Corcovado plantea así una pregunta que trasciende el caso: ¿los límites ambientales están orientando las actividades económicas o son las presiones económicas las que terminan redefiniendo esos límites?

La diferencia es fundamental. En el primer escenario, la actividad económica debe adaptarse a las condiciones ecológicas del territorio. En el segundo, son esas condiciones las que progresivamente deben acomodarse a las necesidades de la actividad económica.

La disputa también ocurre en el lenguaje

Los primeros 100 días de un gobierno no se leen únicamente a través de sus decisiones. También se observan en el lenguaje con el que se construyen los conflictos y se responde a quienes cuestionan determinadas políticas.

En este punto resulta significativa la continuidad de una forma de confrontación que ya había sido característica del oficialismo durante la administración de Rodrigo Chaves. El episodio protagonizado por el entonces presidente y la reacción hacia un diputado electo, luego de las acciones legales relacionadas con la tala de árboles en Playa Panamá, permite observar la manera en que determinados conflictos ambientales pueden transformarse rápidamente en una confrontación contra quienes los cuestionan.

La discusión no se concentra únicamente en la tala, los procedimientos legales o los impactos ambientales. También se desplaza hacia la descalificación de la persona que interpone la acción y hacia la construcción de su posición como una expresión de fanatismo o radicalismo. Este desplazamiento no es menor.

Cuando el debate ambiental comienza a organizarse alrededor de una oposición entre pragmatismo y fanatismo, quienes defienden límites a determinadas actividades económicas pueden ser presentados como personas que se oponen al desarrollo, al empleo o a la prosperidad.

Desde esta perspectiva, las reflexiones de Gudynas permiten observar otro componente de los extractivismos: sus formas de legitimación. La explotación de la naturaleza necesita ser presentada como una actividad necesaria para el bienestar, mientras quienes cuestionan sus impactos pueden ser convertidos en obstáculos para alcanzar ese bienestar.

Así, una discusión sobre minería, conservación o protección de un bosque corre el riesgo de transformarse en otra discusión: quién tiene derecho a cuestionar las decisiones que se toman sobre los territorios. La crítica ambiental deja de ser solamente una diferencia política o técnica y comienza a ser presentada como un problema que debe enfrentarse.

Más que hechos aislados

Crucitas, Corcovado y la confrontación con sectores ambientalistas son conflictos distintos. Sería simplista afirmar que todos responden exactamente a una misma lógica o que los primeros 100 días permiten establecer conclusiones definitivas sobre toda la política ambiental del gobierno de Laura Fernández. Sin embargo, observar estos acontecimientos en conjunto permite identificar algunas señales:

-La primera es una mayor disposición a presentar la explotación de la naturaleza como una respuesta legítima e incluso necesaria frente a determinados problemas. En Crucitas, la formalización de la minería comienza a ocupar un lugar central dentro de las alternativas planteadas para enfrentar la extracción ilegal.

-La segunda tiene que ver con la posición de la conservación frente a las actividades económicas. El caso de Corcovado muestra que los límites ambientales pueden quedar rápidamente sometidos a presión cuando afectan intereses económicos y sociales vinculados a la explotación turística de un territorio. Más aún, muestra cómo una medida precautoria puede ser revisada en un contexto de presión sectorial y poco después de producirse un cambio en la dirección responsable de la gestión del área.

-La tercera se encuentra en el terreno político y discursivo. La confrontación con sectores ambientalistas y la tendencia a presentar determinadas posiciones como radicales o fanáticas contribuyen a reducir el espacio para una discusión pública más amplia sobre las alternativas de desarrollo.

Vistas por separado, estas situaciones pueden parecer conflictos específicos, con actores y circunstancias particulares. Vistas en conjunto, permiten preguntarse si estamos asistiendo a una profundización de una orientación que ya había comenzado a consolidarse durante el gobierno de Rodrigo Chaves: una forma de entender el desarrollo donde la naturaleza aparece cada vez más como un recurso disponible para ser aprovechado y donde los límites ambientales deben justificar constantemente su permanencia.

Cien días y una pregunta abierta

Eduardo Gudynas ha insistido en que el extractivismo no debe entenderse únicamente como un conjunto de actividades dedicadas a extraer recursos naturales. También constituye una forma de organizar la relación entre economía, Estado y naturaleza, con efectos que pueden extenderse hacia las instituciones, la participación ciudadana y la propia manera en que se entiende el desarrollo.

Esta perspectiva permite leer los primeros 100 días de Laura Fernández más allá de una lista de decisiones o declaraciones. La pregunta no es solamente si su gobierno promoverá o no determinados proyectos extractivos.

La cuestión de fondo es qué tipo de relación comienza a construirse entre la actividad económica y los límites que imponen los ecosistemas.

-¿La conservación será entendida como una condición que debe orientar las decisiones sobre el desarrollo?

-¿O comenzará a ser presentada, cada vez con mayor frecuencia, como un obstáculo que debe flexibilizarse cuando entra en conflicto con determinadas actividades económicas?

Los primeros 100 días todavía no ofrecen una respuesta definitiva. Pero sí permiten reconocer señales, prioridades y formas de entender los conflictos. Y esas señales importan.

Porque los cambios en la política ambiental no siempre comienzan con la aprobación de una gran reforma o con la apertura inmediata de un nuevo proyecto. A veces comienzan con algo aparentemente más sutil: con una nueva forma de nombrar la naturaleza, de definir qué se considera una solución realista y de establecer quiénes pueden participar legítimamente en la discusión sobre el futuro de los territorios.

A cien días de iniciado el gobierno de Laura Fernández, quizás esa sea una de las preguntas más importantes que comienza a plantearse: ¿hacia dónde se está moviendo Costa Rica cuando se trata de decidir qué proteger, qué explotar y quién tiene derecho a cuestionar esas decisiones?

Leer la dirección del cambio

Las políticas ambientales no siempre cambian de un día para otro. A veces el desplazamiento ocurre de manera gradual: una excepción, una modificación técnica, un cambio de criterio, una nueva interpretación de una norma o una decisión que parece aislada. Por eso, además de preguntarnos qué decisión toma un gobierno, necesitamos observar hacia dónde se mueve el límite.

Esta tabla propone seguir esas pequeñas variaciones. ¿Se fortalecen las capacidades de protección o se debilitan? ¿Se mantienen los límites ambientales o comienzan a flexibilizarse? ¿La naturaleza continúa siendo entendida como un bien que debe protegerse o aparece cada vez más como un recurso disponible para la inversión y el aprovechamiento económico?

La clave no está en etiquetar inmediatamente cada decisión, sino en seguir la trayectoria. Una decisión aislada puede decir poco; varias decisiones que apuntan en una misma dirección comienzan a revelar una tendencia.

Leer la política ambiental es, también, aprender a reconocer hacia dónde se está moviendo el límite.

Tendencia observada¿Qué significa preguntar?
Fortalecimiento de límites¿Se están ampliando las capacidades de protección y regulación?
Mantenimiento¿Se mantienen las reglas y capacidades existentes?
Flexibilización¿Se modifican límites para facilitar determinadas actividades?
Debilitamiento institucional¿Se reducen capacidades, controles o autonomía institucional?
Expansión extractiva¿Se abren nuevas posibilidades de apropiación de bienes naturales?
Mercantilización¿Un bien común comienza a ser tratado principalmente como recurso económico?
Conflicto y confrontación¿La crítica ambiental está siendo deslegitimada o criminalizada discursivamente?
Democratización¿Se amplían los espacios de participación y deliberación sobre las decisiones territoriales?

Referencias

Arrieta, Esteban (2026, 12 de junio). Laura Fernández a opositores de explotar oro de Crucitas: “Que Dios los perdone, ojalá que el pueblo de Costa Rica no”. La República.

Gudynas, Eduardo (2015). Extractivismos: Ecología, economía y política de un modo de entender el desarrollo y la Naturaleza. CEDIB y CLAES.

Madrigal, Luis (2026, 23 de abril). Chaves insulta a magistrado de Sala IV y diputado electo tras freno a tala de árboles en Papagayo. Delfino.cr.

Martínez, Alonso (2026, 3 de julio). Minae reubica a director de ACOSA tras presión de sectores turísticos por reducción de aforo en Corcovado. Delfino.cr

May, Sebastian. (2026, 19 de mayo). Laura Fernández invita a diputaciones a gira por Crucitas el 19 de junio. Delfino.cr.

Pomareda, Fabiola. (2026, 28 de julio). Sinac vuelve a aumentar el aforo en Corcovado tras salida de director que alertó por colapso ambiental. Semanario Universidad.

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El jardín del mar se apaga: La huella humana está destruyendo los arrecifes

Un nuevo estudio científico ha llegado a una conclusión: los eventos de blanqueamiento masivo de corales que están devastando los arrecifes del mundo no ocurrirían sin el cambio climático causado por las formas de consumo e industrias promovidas por el ser humano.

Esta investigación, publicada en la revista Oceanography, demuestra que el aumento de la temperatura del mar, impulsado por nuestras emisiones de gases de efecto invernadero, es el motor principal de esta crisis ecológica. Fenómenos naturales como «El Niño» solo actúan como un catalizador que acelera un problema que ya existía por nuestra culpa.

¿Qué está pasando con los corales?

Los corales son animales que construyen los arrecifes, verdaderas ciudades submarinas. Viven en simbiosis con unas algas microscópicas que les dan su color y la mayor parte de su alimento. Esta relación es perfecta… hasta que el agua se calienta demasiado.

Cuando la temperatura del océano supera cierto umbral durante varias semanas, los corales expulsan a estas algas. Es como si perdieran su fuente de energía. Este proceso se conoce como blanqueamiento porque el coral pierde su color y se vuelve blanco, mostrando su esqueleto de carbonato de calcio.

Si las condiciones de estrés térmico persisten, los corales mueren. Y lo que era un ecosistema vibrante y lleno de vida se convierte en un paisaje desolado dominado por algas.

Este fenómeno ha ocurrido en cuatro ocasiones a escala global desde 1998, siendo el más reciente y prolongado el que comenzó en 2018 y se extendió hasta 2025. Hasta ahora, estos eventos se asociaban a la ocurrencia de «El Niño». Sin embargo, este nuevo estudio cambia la perspectiva por completo.

Hallazgos Principales del Estudio

Los investigadores utilizaron una técnica llamada «atribución de eventos extremos», que permite aislar el efecto del cambio climático del resto de las variaciones naturales del océano. Estos son sus descubrimientos clave:

  • Sin cambio climático, no habría blanqueamiento global: Al simular un escenario sin el calentamiento global inducido por el ser humano, los científicos descubrieron que ninguno de los cuatro eventos de blanqueamiento masivo habría ocurrido.

  • El impacto humano es anterior a lo que se creía: El estudio revela que el cambio climático ya era el principal impulsor del blanqueamiento masivo desde el primer evento en 1998, incluso cuando se considera la influencia del fuerte «El Niño» de ese año.

  • El calentamiento global supera a «El Niño»: La investigación cuantifica que el efecto del calentamiento global en el estrés térmico de los corales es, hoy en día, más fuerte que el de un «El Niño» extremo en la mayoría de las regiones del mundo.

  • El riesgo es generalizado y creciente: El estudio mapeó las regiones con mayor riesgo de blanqueamiento. La mayoría de los arrecifes del mundo ya están experimentando niveles de estrés térmico que son directamente atribuibles al calentamiento global, y la tendencia va en aumento.

  • Se acabó la era de los eventos esporádicos: La conclusión es clara: los eventos de blanqueamiento masivo, que antes ocurrían cada década, se están volviendo casi anuales, y esto se debe exclusivamente al aumento de la temperatura global.

Datos Clave que Debes Conocer

Para entender la magnitud de esta crisis, aquí te presentamos los hallazgos más importantes del estudio, traducidos en datos concretos:

Dato ¿Qué significa?
+0.7°C desde 1998 El aumento adicional de la temperatura global ha convertido un fenómeno natural esporádico en una crisis permanente.
El calentamiento global es más fuerte que «El Niño» En 61 de cada 74 regiones con arrecifes, el impacto humano ya supera al del fenómeno natural más potente.
Para 2028, el calentamiento dominará todas las regiones La influencia humana será el factor principal en el 100% de los arrecifes del mundo.
Sin cambio climático, el blanqueamiento sería «extremadamente raro» Los eventos de blanqueamiento masivo simplemente no existirían en un mundo sin calentamiento global.
El daño comenzó en 1998 El cambio climático ya era el principal impulsor del blanqueamiento desde el primer evento, hace más de 25 años.
La velocidad de calentamiento supera la capacidad de adaptación de los corales Los corales no pueden evolucionar lo suficientemente rápido para seguir el ritmo del cambio.
Los arrecifes albergan el 32% de todas las especies marinas Su desaparición sería una catástrofe ecológica, económica y humanitaria para más de 500 millones de personas.
¿Qué Actividades Humanas Están Causando Esto?

El calentamiento global no es un fenómeno abstracto. Es el resultado directo de nuestras actividades diarias. Estas son las principales causas que podemos señalar como responsables del aumento de la temperatura del océano:

1. Quema de Combustibles Fósiles: La principal fuente de emisiones de gases de efecto invernadero es la quema de carbón, petróleo y gas natural para generar energía, transportarnos y producir bienes. Este proceso libera grandes cantidades de dióxido de carbono (CO₂) a la atmósfera, que atrapa el calor y calienta el planeta, y con él, los océanos.

2. Deforestación y Cambio de Uso de Suelo: Los bosques son los «pulmones» del planeta porque absorben CO₂. Cuando talamos selvas y bosques para la agricultura, la ganadería o la urbanización, no solo eliminamos esta capacidad de absorber carbono, sino que también liberamos el carbono almacenado en los árboles. Esto acelera el calentamiento.

3. Agricultura y Ganadería Intensivas: La producción de alimentos a gran escala, especialmente la ganadería, genera grandes cantidades de metano (CH₄) y óxido nitroso (N₂O). Estos gases son mucho más potentes que el CO₂ para atrapar el calor, aunque permanecen menos tiempo en la atmósfera. El uso excesivo de fertilizantes también contribuye a este problema.

4. Procesos Industriales : Muchas industrias, como la producción de cemento, acero y plásticos, liberan gases de efecto invernadero como parte de sus procesos químicos. Estos no solo provienen de la quema de combustibles, sino de las propias reacciones químicas necesarias para fabricar estos materiales.

5. Generación de Residuos: Los vertederos y la descomposición de la basura orgánica producen metano. Además, la incineración de residuos libera CO₂. Reducir, reutilizar y reciclar no solo es bueno para evitar la contaminación, sino que también ayuda a frenar el calentamiento global.

¿Por qué es tan relevante esta investigación?

Esta investigación aporta evidencia que debería impulsar la acción global. Al demostrar que el cambio climático es la causa raíz del blanqueamiento masivo de corales, se elimina así cualquier duda sobre la responsabilidad de los sectores contaminantes en este problema.

Los arrecifes de coral son los «bosques tropicales del mar». Su desaparición no solo sería una pérdida ecológica inmensa, sino también una catástrofe humanitaria y económica. El estudio advierte que, aunque algunos corales pueden adaptarse al calor, la velocidad actual del calentamiento es demasiado rápida.

La única solución a largo plazo para salvar estos ecosistemas es reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero. Cada acción cuenta: desde el uso de energías renovables hasta la elección de una dieta más sostenible.

¿Quieres saber más?

El artículo completo, con todos los detalles de la metodología, los datos y las referencias científicas, está disponible en inglés en la revista Oceanography.

Puedes leerlo y profundizar en el tema en el siguiente enlace:

🔗Pueden descargar el artículo aquí.

Pueden descargar la infografía aquí.

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Crédito de imágenes: Fotografías utilizadas cortesía de Pexels.

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Que la cultura no se quede quieta: La Barraca, García Lorca y el desafío de mantener vivo un legado

El 18 de agosto de 1936, Federico García Lorca fue asesinado en Granada, en los primeros meses de la Guerra Civil española. Tenía 38 años y se encontraba en su tierra natal cuando la violencia política terminó con su vida. La fecha quedó asociada a una de las pérdidas más dolorosas de la cultura española del siglo XX, pero también a una paradoja que resulta difícil de ignorar: quienes silenciaron al poeta no pudieron silenciar aquello que había puesto en movimiento. Su poesía, su teatro y, especialmente para esta reflexión, su apuesta por llevar la cultura al encuentro de las comunidades continuaron viajando mucho después de su muerte.

Ochenta años después, la pregunta no es solamente cómo recordar a Lorca, sino qué hacemos hoy con aquello que él ayudó a poner en movimiento.

¿Qué necesitamos compartir para poder vivir juntos y juntas?

Casi un siglo después, esta pregunta podría parecer muy distante de una experiencia ocurrida en los caminos de la España de los años treinta. Sin embargo, basta mirar un poco más de cerca para descubrir que sigue interpelándonos.

En 1931, un grupo de estudiantes universitarios decidió que el teatro no podía seguir siendo un privilegio reservado para quienes vivían en las ciudades o podían pagar una entrada. Así nació La Barraca, un proyecto de teatro universitario ambulante impulsado por estudiantes de la Unión Federal de Estudiantes Hispanos y dirigido por Federico García Lorca y Eduardo Ugarte.

Su apuesta era sencilla de decir, pero profundamente radical para su tiempo: sacar la cultura de sus espacios habituales y llevarla al encuentro de las comunidades.

Durante cuatro años, estudiantes voluntarios recorrieron pueblos y aldeas llevando obras de Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina y otros autores del teatro clásico español. No cobraban por hacerlo. No había primeras ni segundas figuras. Todos participaban de las distintas tareas: actuar, montar los escenarios, transportar los decorados, organizar las funciones.

Como decía Lorca: “Aquí no hay divos”.

La frase resume algo mucho más profundo que una forma de organizar una compañía teatral. Expresa una manera distinta de entender la cultura: como una construcción colectiva en la que nadie está por encima de los demás y en la que cada persona aporta desde sus posibilidades.

Cuando la cultura sale al camino

La Barraca no fue solamente una compañía de teatro. Fue un experimento de democratización cultural.

En una España atravesada por profundas desigualdades sociales y territoriales, el acceso al teatro, las bibliotecas, las universidades, los museos y otros espacios culturales estaba concentrado principalmente en las ciudades. Para buena parte de la población rural, la cultura institucional permanecía distante.

La respuesta de La Barraca no fue esperar a que las comunidades llegaran hasta esos espacios. Fueron ellos quienes emprendieron el camino.

Las plazas, los atrios, los descampados y otros espacios públicos se transformaron en escenarios. La cultura abandonaba el “templo” y se encontraba con la gente allí donde estaba. Y quizás ahí encontramos una de las imágenes más poderosas de aquella experiencia.

En Almazán, durante una representación al aire libre, comenzó a llover. Los actores continuaron sobre el escenario y el público permaneció en la plaza. La función siguió adelante bajo la lluvia. Actores y espectadores compartían la misma intemperie. La escena puede parecer pequeña frente a la historia de La Barraca, pero contiene buena parte de su significado: la cultura como encuentro, como experiencia compartida, como espacio común.

De espectadores a sujetos colectivos

Esta forma de entender la cultura también modificaba la relación entre quienes producían una obra y quienes la recibían.

La Barraca llevó a los pueblos obras que hablaban de conflictos, injusticias, resistencias, comunidades y relaciones de poder. Uno de sus montajes más emblemáticos fue Fuenteovejuna, cuya historia ponía en escena la respuesta colectiva de un pueblo frente al abuso del poder. Así, el teatro podía convertirse en algo más que entretenimiento.

Podía ser una forma de reconocerse, de hacerse preguntas, de conversar sobre el poder, la justicia y la dignidad.

Por eso el documento de trabajo que presentamos no propone leer La Barraca solamente como una experiencia del pasado. Propone preguntarnos qué podemos aprender de ella para pensar nuestro presente.

Porque si la cultura es un bien común, entonces importa preguntarnos quién puede acceder a ella, quién la produce, quién decide sobre ella y qué ocurre cuando deja de ser un espacio compartido para convertirse exclusivamente en mercancía.

La cultura también es un bien común

Cuando hablamos de bienes comunes solemos pensar en el agua, los bosques, las semillas o el territorio. Pero existen otros bienes que no siempre reconocemos de la misma manera: la memoria, el conocimiento, la educación, los espacios públicos, los saberes comunitarios, la capacidad de organización y, también, la cultura.

Son bienes que no podemos simplemente poseer de manera individual. Existen porque se comparten, se practican, se transmiten y se cuidan colectivamente.

El documento “La Barraca: cultura, comunidad y bienes comunes sociales. Federico García Lorca y el derecho colectivo a la cultura”, Documento de Trabajo N.º 20 del Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra, parte precisamente de esa idea.

No pretende ser una biografía de Lorca ni un estudio literario sobre La Barraca. Es, ante todo, una herramienta pedagógica para pensar la cultura como un bien común, tomando aquella experiencia como punto de partida.

Desde esta perspectiva, el legado de La Barraca puede pensarse a partir de tres dimensiones: accesibilidad, participación y sostenibilidad.

La cultura no puede ser común si está reservada para unos pocos. Pero tampoco basta con ampliar el acceso: necesitamos participar en su producción, apropiarnos de ella, interpretarla y transformarla. Y, finalmente, necesitamos cuidarla para que pueda transmitirse y continuar existiendo.

¿Qué tiene que ver La Barraca con Costa Rica?

Quizás esta sea la pregunta más importante. Porque no se trata de reproducir una experiencia de hace casi cien años. Se trata de reconocer que algunas preguntas siguen abiertas.

En Costa Rica también existen desigualdades en el acceso a espacios y bienes culturales. Hay conocimientos comunitarios que corren el riesgo de perderse, espacios de encuentro que se debilitan y territorios donde las posibilidades de acceso a determinadas expresiones culturales son mucho menores.

Pero también existen comunidades, colectivos, universidades, bibliotecas, grupos artísticos y organizaciones que producen y sostienen cultura todos los días. La pregunta, entonces, no es solamente qué cultura tenemos.

Es también:

-¿Quién puede acceder a ella?

-¿Quién decide qué cultura importa?

-¿Qué conocimientos estamos dejando desaparecer?

-¿Qué espacios necesitamos proteger para encontrarnos?

-¿Qué papel puede jugar la universidad pública en la construcción y defensa de estos bienes comunes?

Estas preguntas atraviesan el documento y buscan llevar la discusión más allá de la historia de La Barraca, hacia nuestros propios territorios y comunidades.

El carro de Tespis todavía está rodando

Hay una imagen que atraviesa las últimas páginas del documento: el carro de Tespis. Según la tradición recogida en el cuaderno, Tespis habría sido uno de los primeros actores y habría llevado el teatro de un lugar a otro sobre un carro. Siglos después, La Barraca retomó esa imagen y convirtió la rueda en su símbolo.

Pero hay algo más importante que la anécdota. El carro representa una idea: la cultura no se queda quieta. Lorca y sus estudiantes pusieron esa idea en práctica. Cargaron decorados, vestuarios y escenarios en camiones y salieron al camino.

Hoy no necesitamos necesariamente camiones ni tablados para continuar ese movimiento. Podemos hacerlo con una biblioteca comunitaria, un archivo local, una obra de teatro, una canción, una película, un mural, una ronda de cuentos, un taller, una memoria recuperada o una conversación en la plaza.

El desafío sigue siendo el mismo: poner la cultura en movimiento y convertirla nuevamente en encuentro. Mantener vivo un legado no es repetirlo Por eso presentamos este documento de trabajo. No como un homenaje nostálgico a La Barraca ni como una invitación a mirar con admiración una experiencia que ocurrió hace casi un siglo.

Lo presentamos como una herramienta para hacer preguntas desde nuestro propio presente. El documento incluye ejercicios para identificar los bienes culturales de nuestras comunidades, reconocer cuáles están amenazados, pensar qué espacios de encuentro estamos perdiendo y preguntarnos cómo podríamos construir colectivamente una nueva “Barraca” en nuestros territorios.

Porque mantener vivo un legado no significa conservarlo intacto.

-Significa hacerlo conversar con nuestro tiempo.

-Significa tomar una pregunta del pasado y dejar que vuelva a incomodarnos.

-Significa preguntarnos qué estamos dispuestos a compartir para vivir juntos y juntas.

Y quizás, sobre todo, significa recordar que la cultura no tiene por qué esperar encerrada.

-Puede salir a la calle.

-Puede encontrarse con la comunidad.

-Puede ponerse al servicio de la imaginación, la memoria, la organización y la vida colectiva.

-Puede volver a subir al carro.

El carro sigue esperando

Casi un siglo después, la pregunta de La Barraca continúa abierta:

¿La cultura se queda encerrada o sale al camino?

Desde el Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra queremos contribuir a que ese carro siga rodando.

Por eso ponemos a disposición “La Barraca: cultura, comunidad y bienes comunes sociales. Federico García Lorca y el derecho colectivo a la cultura”, nuestro Documento de Trabajo N.º 20, elaborado como una herramienta para leer, conversar, caminar los territorios, reconocer nuestros bienes culturales y pensar colectivamente qué queremos proteger, recuperar y construir.

Porque, al final, la cultura —como los bienes comunes— solo permanece viva cuando la hacemos vivir colectivamente.

El carro de Tespis sigue rodando. La pregunta es: ¿qué vamos a poner dentro?

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¿Quién decide qué conocimiento importa? Participación ciudadana, ciencia y políticas públicas

Vivimos rodeados de decisiones que tienen una fuerte dimensión científica y tecnológica. La inteligencia artificial, la preparación ante nuevas pandemias, la transición energética, la gestión de los territorios o las políticas de salud implican conocimientos especializados y decisiones que terminan afectando nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, quienes viven las consecuencias de esas decisiones rara vez participan en la definición de los problemas, las prioridades o las respuestas.

Un artículo publicado en Nature el 2 de julio de 2026 plantea precisamente esta preocupación. Bajo el título Six ways to put the public at the heart of science and policy, Chris Tyler y un grupo de especialistas de distintos países proponen seis caminos para colocar a la ciudadanía en el centro de la investigación y del asesoramiento científico a las instituciones públicas.

La propuesta parte de una constatación sencilla, pero incómoda: la comunicación entre ciencia y política suele desarrollarse principalmente entre personas expertas y responsables institucionales, mientras que la ciudadanía permanece en buena medida al margen. Incluso dentro de las universidades, las metodologías para incorporar a las comunidades a la investigación existen, pero continúan siendo poco financiadas y poco utilizadas.

Pero el problema no es solamente quién participa. También está en juego qué conocimientos son reconocidos, quién define las preguntas y quién tiene capacidad para incidir en las decisiones.

Participar no es solamente ser consultado

Uno de los aportes más interesantes del artículo es que propone pasar de una participación entendida como consulta ocasional a una participación incorporada desde el comienzo de los procesos.

Entre 2015 y 2018, por ejemplo, la Unión Europea invitó a ciudadanos de 30 países a participar en la definición de prioridades de investigación para el programa Horizonte 2020. El contraste fue significativo: mientras 16 informes elaborados desde perspectivas expertas recomendaban priorizar avances tecnológicos, las personas participantes otorgaron mayor importancia a comunidades fuertes, salud y bienestar, educación y economías locales.

El ejemplo permite observar algo fundamental: la ciudadanía no necesariamente está aportando una versión menos especializada del mismo conocimiento. Puede estar planteando otras preguntas y señalando otras prioridades.

Por eso, involucrar a las comunidades no significa simplemente traducir la ciencia a un lenguaje más sencillo. Significa abrir la posibilidad de que las personas afectadas por una decisión contribuyan a definir qué vale la pena investigar y para qué.

El artículo propone que la participación pública sea una expectativa habitual en los proyectos de investigación, salvo que existan razones para no incorporarla. También señala que este trabajo necesita recursos, capacidades y tiempo: construir relaciones con las comunidades, reconocer los desequilibrios de poder y desarrollar formas de investigación conjunta no puede depender únicamente de la buena voluntad de quienes investigan.

Del territorio también viene conocimiento

Esta discusión resulta especialmente relevante cuando pensamos en los territorios. El conocimiento no se encuentra únicamente en universidades, laboratorios, oficinas gubernamentales o publicaciones científicas. Las comunidades acumulan experiencias, observaciones, memorias y formas de comprender los lugares que habitan.

El artículo presenta un ejemplo de restauración de manglares en Filipinas. En Kalibo, el conocimiento científico sobre las especies necesarias para construir un ecosistema resiliente se combinó con el conocimiento comunitario sobre las dinámicas de la costa. El proceso alcanzó resultados duraderos cuando una organización local obtuvo el derecho de gestionar el bosque a largo plazo, que hoy forma parte del Bakhawan Eco-Park.

Aquí aparece una diferencia importante entre escuchar conocimientos comunitarios y reconocerlos.

Escuchar puede significar recoger información y después continuar tomando las decisiones desde las instituciones. Reconocer implica aceptar que esos conocimientos tienen valor para comprender un problema y que quienes los producen deben contar con espacios efectivos para incidir.

Por eso, el artículo insiste en que la inclusión de conocimientos diversos necesita mecanismos institucionales duraderos. La buena voluntad no es suficiente: quienes poseen esos conocimientos necesitan capacidad real de decisión.

Desde una mirada de bienes comunes, esta discusión resulta particularmente sugerente. Los territorios no son únicamente espacios sobre los cuales se aplican políticas diseñadas en otros lugares. También son espacios donde se producen conocimientos y donde las comunidades desarrollan formas de cuidado, uso, defensa y gestión.

¿Quién define las prioridades?

El segundo camino propuesto por el artículo consiste en incorporar la deliberación pública en los organismos que asesoran a los gobiernos.

No se trata únicamente de preguntar a la ciudadanía si está de acuerdo con una decisión que ya fue tomada. La propuesta es incorporar la deliberación antes, cuando todavía se están definiendo los problemas y los valores que deberían orientar las decisiones.

Para ello se mencionan diferentes mecanismos: paneles ciudadanos, conferencias de consenso y consultas públicas. En Dinamarca, por ejemplo, desde mediados de la década de 1980 se han desarrollado conferencias de consenso para discutir asuntos como la tecnología genética y el ambiente marino, contribuyendo a orientar agendas legislativas. También se mencionan experiencias relacionadas con decisiones de la NASA y con la regulación de tecnologías de edición genética en el Reino Unido.

La cuestión de fondo no es solamente crear nuevos espacios de participación. Es preguntarnos en qué momento participa la ciudadanía y cuánto puede transformar aquello que se está decidiendo.

Una consulta realizada cuando todo está definido tiene un alcance muy distinto a una deliberación que participa en la definición del problema.

La transparencia también es una forma de participación

La confianza tampoco se construye simplemente pidiendo a la ciudadanía que confíe en las personas expertas.

El artículo plantea la importancia de la humildad, la honestidad y la transparencia. Durante la pandemia de COVID-19, por ejemplo, la confianza en uno de los principales grupos asesores científicos del Gobierno británico se vio afectada por la falta inicial de transparencia, mientras que el comité encargado de asesorar sobre vacunación publicaba regularmente sus actas y explicaciones sobre decisiones controvertidas. Esto no eliminó los desacuerdos, pero permitió conocer el razonamiento detrás de las decisiones y someterlo al escrutinio público.

La transparencia, entonces, no significa que todo el mundo tenga que llegar a las mismas conclusiones. Significa poder conocer cómo se llegó a una conclusión, qué información se utilizó, qué incertidumbres existen y qué valores están orientando una recomendación.

Esto último resulta especialmente importante. Las decisiones científicas y políticas no ocurren en un vacío de valores. El artículo plantea que quienes asesoran deberían ser capaces de reconocer, por ejemplo, si están priorizando el principio de precaución, la libertad individual o la reducción de riesgos colectivos.

Hacer visibles esas decisiones no debilita necesariamente el conocimiento científico. Puede permitir comprender mejor sus alcances y límites.

Ciencia para todos los poderes

Hay otra dimensión que puede pasar desapercibida: ¿quién asesora científicamente a quienes toman decisiones?

El artículo señala que alrededor del 90 % de los parlamentos carecen de sistemas adecuados de asesoramiento científico. Mientras algunos poderes ejecutivos cuentan con estructuras para recibir información técnica, los parlamentos suelen tener menos capacidades para evaluar críticamente las leyes que deben discutir y aprobar. El poder judicial tampoco suele disponer de órganos permanentes de asesoramiento científico.

Esto abre una pregunta sobre la democracia: si las decisiones públicas incorporan cada vez más dimensiones técnicas y científicas, ¿no debería existir también la posibilidad de que distintos poderes y sectores de la sociedad puedan acceder a conocimientos rigurosos para discutirlas?

El artículo propone que quienes investigan estén dispuestos a trabajar con responsables políticos y ciudadanía de diferentes posiciones, manteniendo como fuente de autoridad el rigor, la transparencia, la revisión por pares y la posibilidad de revisar las propias conclusiones, y no una determinada identificación política.

Hacer de la participación una estructura, no una excepción

El sexto camino es probablemente el más difícil: institucionalizar estos procesos.

No basta con encontrar investigadores comprometidos o funcionarios dispuestos a abrir una consulta. Las universidades, organismos públicos y parlamentos necesitan capacidades, recursos e incentivos permanentes para sostener estos vínculos.

El artículo propone que las universidades incorporen equipos especializados en políticas y participación, que los fondos de investigación contemplen recursos para estos procesos y que los sistemas de evaluación reconozcan el impacto social del conocimiento. Como ejemplo se menciona el sistema británico Research Excellence Framework, que incorpora el impacto social medible dentro de la evaluación de la investigación universitaria.

La propuesta reconoce, además, que no todas las instituciones cuentan con los mismos recursos. Por eso plantea avanzar mediante compromisos graduales: gobiernos con presupuestos limitados pueden asociarse con universidades y organizaciones sociales; las instituciones académicas pueden crear equipos de enlace; y quienes investigan pueden incorporar interacciones comunitarias dentro de sus proyectos.

El punto central es que la participación requiere infraestructura. No puede descansar permanentemente sobre el voluntarismo.

¿Y si la pregunta no fuera si la ciudadanía confía en la ciencia?

El artículo termina dando vuelta una pregunta que suele plantearse de otra manera.

Habitualmente hablamos de la pérdida de confianza en las instituciones, en los gobiernos, en las universidades o en la ciencia como si el problema estuviera principalmente en una ciudadanía mal informada o desconfiada.

Pero ¿qué ocurre si hacemos la pregunta al revés?

¿Qué pasa cuando las instituciones piden confianza sin abrir realmente sus procesos? ¿Qué sucede cuando una comunidad aporta información sobre su territorio, pero esa información no modifica ninguna decisión? ¿Qué ocurre cuando se invita a participar después de que ya fueron definidos el problema, las alternativas y los criterios para evaluarlas?

En estos casos, el problema no necesariamente es que la ciudadanía no confíe en el conocimiento experto. Puede ser que las instituciones no estén dispuestas a compartir el poder de producir conocimiento y tomar decisiones.

El artículo lo formula de manera directa: democratizar la investigación y los procesos de asesoramiento puede contribuir a reconstruir la confianza y democratizar la producción de conocimiento, pero antes de eso las élites académicas y políticas necesitan confiar en el público.

Desde los bienes comunes: conocimiento, participación y poder

Para quienes trabajamos alrededor de los bienes comunes, esta discusión plantea una cuestión particularmente relevante.

Hablar de participación no debería reducirse a incorporar personas en reuniones, talleres o consultas. La pregunta fundamental es qué capacidad tienen esas personas para intervenir en aquello que se decide.

De la misma manera, hablar de conocimiento comunitario no significa colocar todos los conocimientos en el mismo plano ni negar la importancia del conocimiento científico. Significa reconocer que existen distintas formas de conocer y que los problemas complejos requieren ponerlas en diálogo.

Una comunidad que conoce el comportamiento de un río, los cambios de un territorio, las dinámicas de un bosque o los efectos cotidianos de una política pública no necesariamente dispone de las mismas herramientas que una universidad o una institución estatal. Pero eso no significa que su conocimiento sea irrelevante.

La cuestión, entonces, no es elegir entre ciencia y comunidad. Es preguntarnos cómo construir relaciones en las que diferentes conocimientos puedan encontrarse, contrastarse y producir decisiones más democráticas.

Desde esta perspectiva, la participación deja de ser un mecanismo para mejorar la aceptación de decisiones previamente elaboradas. Puede convertirse en una forma de disputar quién define los problemas, quién produce conocimiento y quién participa en la gestión de aquello que nos pertenece colectivamente.

Una pregunta que queda abierta

El artículo de Nature ofrece seis caminos concretos para avanzar hacia una ciencia y unas políticas públicas más participativas: incorporar al público en la investigación, hacer participativos los órganos de asesoramiento, reconocer conocimientos diversos, fortalecer la transparencia, asesorar a todos los poderes e institucionalizar estas capacidades.

Pero quizá su aporte más importante no esté en la lista de propuestas.

Está en la pregunta que deja abierta: ¿Estamos realmente dispuestos a confiar en la ciudadanía?

No solamente a escucharla.

No solamente a consultarla.

No solamente a invitarla a una mesa.

Sino a reconocer que también produce conocimiento, que puede formular preguntas distintas, que puede cuestionar las prioridades institucionales y que debe tener capacidad real para participar en las decisiones que afectan su vida y sus territorios.

Quizá democratizar el conocimiento empiece justamente por ahí: dejar de pensar la participación como un favor que las instituciones conceden y empezar a entenderla como una dimensión necesaria de la vida democrática.

Matriz para pasar de la reflexión a la acción

Esta matriz propone tomar las ideas centrales del artículo y ponerlas en diálogo con nuestras propias experiencias, territorios y procesos organizativos. No busca encontrar respuestas únicas ni comprobar si nuestras prácticas “cumplen” con un modelo de participación, sino abrir preguntas: ¿quién participa?, ¿quién produce conocimiento?, ¿qué saberes son reconocidos?, ¿quién decide y qué capacidad real existe para incidir? Puede utilizarse de manera individual o colectiva, seleccionando uno o varios ejes y completando las preguntas a partir de casos concretos. El objetivo es convertir la lectura en un insumo para la reflexión crítica y, sobre todo, para reconocer aprendizajes, tensiones y posibilidades de transformación.

Eje de reflexión¿Qué plantea el artículo?Pregunta para problematizar¿Qué ocurre en nuestros territorios?Tensiones / contradiccionesExperiencias o casos que podemos documentarPosibles acciones / aprendizajes
ParticipaciónIncorporar al público desde el diseño de la investigación y las políticas.¿Participar significa ser consultado o tener capacidad de decisión?¿En qué procesos se consulta a las comunidades y en cuáles realmente pueden incidir?Participación simbólica vs. participación con poder.Asambleas, consultas, procesos comunitarios, conflictos territoriales.Identificar mecanismos que permitan pasar de consulta a incidencia.
Producción de conocimientoLa investigación puede producirse conjuntamente con las comunidades.¿Quién define qué preguntas vale la pena investigar?¿Qué conocimientos producen las comunidades sobre sus territorios?Conocimiento experto vs. conocimiento situado.Monitoreos comunitarios, observatorios, investigaciones participativas.Reconocer a las comunidades como productoras de conocimiento.
Saberes territorialesLas comunidades poseen conocimientos valiosos que deben incorporarse a las decisiones.¿Qué conocimientos son considerados legítimos y cuáles son descartados?¿Qué saben las personas del territorio que no aparece en informes institucionales?Saber técnico vs. experiencia territorial.Conocimiento sobre ríos, bosques, fauna, agricultura, agua, contaminación.Construir espacios de diálogo entre diferentes formas de conocimiento.
Definición de prioridadesLa ciudadanía puede establecer prioridades distintas a las de los expertos.¿Quién decide cuáles son los problemas urgentes?¿Coinciden las prioridades institucionales con las preocupaciones comunitarias?Agenda institucional vs. necesidades territoriales.Procesos de diagnóstico participativo, conflictos socioambientales.Incorporar las prioridades comunitarias desde el inicio.
Asesoramiento científicoLos órganos que asesoran a gobiernos deberían incorporar deliberación pública.¿Quién asesora a quienes toman decisiones sobre nuestros territorios?¿Qué información llega a las instituciones y quién queda fuera?Decisiones cerradas vs. deliberación pública.Comisiones, municipalidades, instituciones ambientales, legislativas.Promover mecanismos públicos de asesoramiento y deliberación.
TransparenciaLas instituciones deben explicar métodos, datos, incertidumbres y razones.¿Qué necesitamos saber para poder discutir una decisión?¿Son accesibles los datos y criterios utilizados por las instituciones?Transparencia formal vs. información realmente comprensible.Estudios de impacto, informes técnicos, permisos, resoluciones.Traducir información técnica y exigir trazabilidad de las decisiones.
ConfianzaLa confianza no debería exigirse unilateralmente a la ciudadanía.¿Las instituciones confían realmente en las comunidades?¿Cómo responden las instituciones cuando una comunidad cuestiona una decisión?Ciudadanía «desinformada» vs. instituciones que no escuchan.Conflictos donde los aportes comunitarios fueron ignorados o incorporados.Cambiar la relación entre instituciones, ciencia y ciudadanía.
PoderLa participación efectiva requiere capacidad real de decisión.¿Qué cambia cuando una comunidad participa?¿Qué decisiones puede modificar realmente la ciudadanía?Participación sin poder vs. cogestión.Procesos de defensa territorial, gestión comunitaria, bienes comunes.Identificar dónde se concentra el poder y cómo redistribuirlo.
InstitucionalizaciónLa participación necesita recursos, capacidades e incentivos permanentes.¿Por qué la participación suele depender de personas o proyectos específicos?¿Qué mecanismos participativos permanecen cuando termina un proyecto?Voluntarismo vs. estructuras permanentes.Observatorios, organizaciones comunitarias, universidades, gobiernos locales.Crear mecanismos estables de participación y seguimiento.
Conocimiento y bienes comunesDemocratizar la producción de conocimiento puede mejorar las decisiones públicas.¿Puede el conocimiento ser pensado también como un bien común?¿Cómo se comparte, protege y utiliza el conocimiento producido colectivamente?Conocimiento abierto vs. apropiación institucional o privada.Mapas comunitarios, monitoreos, archivos, memorias territoriales.Fortalecer formas comunitarias de producir, compartir y cuidar conocimiento.
Referencia:

Tyler, C., Akerlof, K. L., al-Gharbi, M., Bedsted, B., Boeira, L., Brown, T., Christopherson, E., Scheufele, D. A., Farooque, M., Head, B. W., Piquado, T., & Pedersen, D. B. (2026). Six ways to put the public at the heart of science and policy. Nature, 655, 34–37. https://doi.org/10.1038/d41586-026-01981-z

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Convocatoria – Contar para existir: Los relatos zapatistas del Viejo Antonio como pedagogía del diálogo

Una invitación a caminar preguntando

En un mundo que suele privilegiar respuestas rápidas y verdades únicas, Contar para existir nos propone un ejercicio distinto: aprender a escuchar, a preguntar y a construir conocimiento con otras personas, desde la experiencia, la memoria y la palabra compartida.

Este curso-taller no es un espacio para estudiar textos desde afuera, sino para habitar los relatos del Viejo Antonio —ese anciano maya que conversaba con el Subcomandante Marcos en las montañas del sureste mexicano— y dejar que sus historias nos interpelen, nos muevan y nos ayuden a mirar el mundo con otros ojos.

¿De qué se trata?

A lo largo de cuatro encuentros presenciales, exploraremos preguntas esenciales para nuestra vida en comunidad:

  • -¿Quiénes caminan conmigo?

  • -¿Cómo aprendemos a mirar?

  • -¿Cómo aprendemos a escuchar?

  • -¿Qué historias queremos dejar caminando?

Cada sesión partirá de un relato zapatista y abrirá un diálogo colectivo donde todas las voces son valiosas, porque todas llegamos con saberes, experiencias y formas propias de interpretar la realidad.

¿Por qué participar?

Este curso-taller está diseñado desde la educación popular y el principio zapatista de caminar preguntando. No encontrarás respuestas cerradas, sino un espacio para:

  • ✔️ Cuestionar tus propias miradas y descubrir quién te enseñó a ver el mundo.

  • ✔️ Practicar la escucha profunda, haciendo espacio para lo que el ruido cotidiano no deja oír.

  • ✔️ Reconocer la diversidad de saberes como una riqueza, no como un obstáculo.

  • ✔️ Fortalecer la palabra compartida como herramienta de transformación comunitaria.

  • ✔️ Imaginar colectivamente nuevas formas de habitar el territorio y la vida.

  • ✔️ Conectar con una tradición de resistencia y pensamiento que sigue viva en los relatos del Viejo Antonio.

Fechas y lugar

Lugar: Oficina Kioscos Socioambientales San Pedro

Duración: 4 sesiones (una por semana)

SesiónFechaHora
1. ¿Quiénes caminan conmigo?2 de setiembre6:00 pm
2. ¿Cómo aprendemos a mirar?9 de setiembre6:00 pm
3. ¿Cómo aprendemos a escuchar?16 de setiembre6:00 pm
4. ¿Qué historias queremos dejar caminando?23 de setiembre6:00 pm

Cupos limitados para garantizar un espacio de diálogo cercano y participativo.

¿A quién está dirigido?

A todas las personas interesadas en el diálogo, la educación popular, las pedagogías alternativas, el pensamiento zapatista o simplemente en aprender de otra manera, desde la experiencia compartida y el respeto por la diversidad.

No se requieren conocimientos previos. Solo ganas de escuchar, preguntar y caminar con otras personas.

Inscripciones

Las inscripciones están abiertas. Los cupos son limitados, así que te invitamos a registrarte cuanto antes.

🔹 Formulario de inscripción: https://forms.gle/cijnrQG536K15uxi7

Procuramos con este proceso

Que el diálogo no sea un lujo, sino una práctica cotidiana.
Que aprender no sea acumular información, sino transformarnos con otras personas.
Que las historias que contamos sean semillas para otros mundos posibles.

Te esperamos para caminar preguntando.

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La Escuela de la Protesta Social: fui a cubrir un plantón y terminé aprendiendo cosas

Pueden escuchar el audio aquí

Soy Cartman. Trabajo en el Observatorio de Bienes Comunes. Muy a mi pesar.

No recuerdo haber solicitado este puesto, pero aquí estoy. Y como si trabajar en el Observatorio no fuera suficiente castigo, de vez en cuando me mandan a observar cosas. Esta vez tocó un plantón.

La instrucción, según recuerdo, era bastante sencilla: ir, escuchar, registrar y después contar qué había pasado. Yo pensé que sería una de esas actividades en las que uno llega, mira unas pancartas, escucha un par de discursos y puede regresar tranquilamente a sus asuntos.

No contaba con la Escuela de la Protesta Social.

Porque eso fue lo que encontré en la calle. Una escuela sin matrícula, sin pupitres y sin ninguna posibilidad de solicitar un cambio de grupo. Las pizarras eran los carteles. Las clases aparecían cada vez que alguien tomaba el micrófono. Y, para mi desgracia, las personas que estaban ahí tenían bastante que decir.

Así que escuché.

Y después de escuchar varias veces el audio que quedó registrado durante la jornada, tengo que admitir algo que preferiría mantener en secreto: un plantón puede ser bastante más complejo que un grupo de personas protestando.

Lo primero que me enseñaron fueron los carteles. Yo había pensado que eran simplemente carteles, pero aparentemente hasta eso requiere más atención de la que estaba dispuesto a ofrecer. En cada uno había una manera de nombrar el presente: una demanda, una preocupación, una denuncia, una pregunta o una frase capaz de condensar en pocas palabras algo que, en un discurso, podría tomar veinte minutos.

Por eso las calles también tienen pizarras.

Los carteles no explican toda una coyuntura, pero dejan rastros de ella. Son pequeñas piezas de memoria instantánea. Registran aquello que alguien consideró suficientemente importante como para escribirlo y levantarlo frente a otras personas. Y cuando se juntan muchos, empiezan a mostrar algo más: las preocupaciones, los lenguajes y hasta el sentido del humor con los que una movilización intenta hacerse escuchar.

Eso me interesó. No demasiado, claro.

No quiero que en el Observatorio crean que estoy disfrutando. Pero sí lo suficiente para entender que la protesta también escribe.

Después vino mi segunda sorpresa. Yo esperaba encontrar una concentración marcada por la solemnidad, porque aparentemente tenemos la costumbre de imaginar que protestar significa poner cara seria durante varias horas. Pero había música, canciones, aplausos, encuentros y solidaridad. Había alegría.

En una de las intervenciones se habló precisamente de la importancia de la solidaridad, el compañerismo y la ciudadanía, y también aparecieron voces de personas adultas mayores que reivindicaron su presencia y su participación en la defensa de derechos y de aquello que consideran construido colectivamente.

Ahí tuve que corregir otra de mis ideas. La protesta no solamente se alimenta de la indignación.

También necesita encuentro.

La gente se reúne porque algo le importa, pero también porque encontrarse con otras personas puede producir solidaridad, confianza y hasta alegría. Parece una cosa sencilla, pero tiene consecuencias importantes: una movilización no es solamente una suma de reclamos individuales, sino un espacio donde esos reclamos empiezan a reconocerse como asuntos compartidos.

Cartman aprendió eso. No pongan “Cartman aprendió eso” en ningún informe oficial.

Luego llegó la memoria, y ahí la cosa cambió.

Una de las intervenciones comenzó a recuperar nombres de mujeres: Luisa Carrasco, Luisa González, Carmen Lyra, Ángela Acuña, Yolanda Oreamuno, Chavela Vargas, Adela González y Cristina Zeledón. Después de cada nombre aparecía un “presente”. La intervención no se quedó en las figuras más conocidas, sino que también recordó a mujeres cuyos nombres no siempre ocupan un lugar visible en los relatos históricos: quienes trabajan en casas, hospitales, fábricas, campos y montañas y que, desde esos lugares, también sostienen la vida cotidiana.
Entonces entendí por qué una protesta puede ser también una forma de memoria.

No se trata solamente de recordar por recordar. Se trata de traer al presente las luchas que hicieron posible que algunas cosas que hoy consideramos derechos llegaran a existir. La memoria permite conectar lo que ocurre ahora con quienes estuvieron antes, con sus luchas, sus derrotas, sus conquistas y sus preguntas.

Una de las voces del plantón lo planteó desde la historia de la democracia costarricense y de las luchas por la educación pública, los derechos sociales, las libertades, la paz y la división de poderes.

Y ahí apareció una frase que, pese a mi natural resistencia a tomarme estas cosas demasiado en serio, me pareció difícil de ignorar: nuestra dignidad, nuestra rabia y nuestra rebeldía tienen historia.

Quizá esa sea una de las razones por las que las protestas insisten tanto en recordar nombres. Porque decir “presente” no solamente habla de alguien que ya no está. También dice que aquello por lo que esa persona luchó sigue formando parte de la conversación.

La memoria, entonces, no queda detrás.

Camina con la protesta.

Pero la jornada no tenía una sola memoria ni una sola voz. Y esa fue otra de las cosas que tuve que aprender.

En el audio aparecen personas adultas mayores, activistas, estudiantes y personas trans, entre otras voces, hablando desde experiencias diferentes. Una intervención de la Asociación Trans Vida reivindicó la presencia de las personas trans y de quienes desafían las normas de género, rechazando que sus vidas fueran reducidas a una supuesta “ideología” y defendiendo su lugar como personas y ciudadanía. También hubo un llamado a detener la confrontación y abrir espacios de diálogo.

Eso hizo que el plantón adquiriera otra dimensión.

Protestar también es decir quiénes están. Quiénes tienen algo que decir. Quiénes quieren ser escuchados. Y quiénes consideran que determinadas discusiones sobre el país también les pertenecen.

No todas las voces del audio dicen exactamente lo mismo. Tampoco tienen las mismas experiencias ni las mismas prioridades. Pero comparten un espacio público y, durante un momento, participan de una conversación colectiva.

Eso es importante porque a veces hablamos de “la protesta” como si fuera una persona con una sola opinión. No lo es.

La protesta tiene voces. Y esas voces pueden coincidir, complementarse, tensarse e incluso contradecirse. Escucharlas juntas permite entender algo que una fotografía no muestra: la diversidad interna de quienes salen a la calle.

También se habló mucho de democracia.

Y aquí debo reconocer que pensé en esconderme detrás de una pancarta.

Las intervenciones vincularon la democracia con la libertad de expresión, los derechos humanos, la independencia de poderes, la institucionalidad, la educación pública, la paz y la participación ciudadana. Una de las voces cuestionó la idea de que la democracia se limite al momento de votar y reivindicó la posibilidad de organizarse, expresarse y participar en el espacio público.

También aparecieron críticas al Gobierno y preocupaciones relacionadas con el Poder Judicial, las garantías sociales y otras instituciones públicas.

Aquí hay que escuchar con cuidado. Las expresiones políticas fuertes que aparecen en el audio pertenecen a quienes participaron en el plantón. No son afirmaciones institucionales del Observatorio ni deben confundirse con hechos verificados simplemente porque fueron pronunciadas desde un micrófono. Pero sí forman parte de la memoria de esa jornada. Y eso también importa.

Porque un registro de protesta no solamente conserva argumentos con los que podemos estar de acuerdo. Conserva también el lenguaje de la confrontación, las preocupaciones, las exageraciones, las certezas y los temores que circulan en un momento determinado.

Escuchar es, en este caso, una forma de aproximarse a cómo una parte de la ciudadanía estaba leyendo el presente.

Y llegó.

Y entonces, cuando ya estaba bastante cansado de escuchar hablar de democracia, derechos, institucionalidad, memoria y paz, apareció el humor. Por fin. Ahí sí me sentí como pez en el agua.

Había canciones, consignas, bombas y juegos de palabras. Una de las canciones convertía la coyuntura política en una burla repetitiva; en otros momentos, las críticas aparecían acompañadas por humor y recursos propios de la tradición satírica de las protestas.
Y descubrí que la sátira también cumple una función política.

Puede señalar una contradicción sin necesidad de explicarla durante media hora. Puede quitarle solemnidad al poder. Puede transformar una crítica en una frase que se recuerda y circula. Puede hacer reír a quienes están ahí y, al mismo tiempo, dejar una pregunta incómoda.

La protesta puede estar profundamente preocupada por lo que está ocurriendo y aun así reírse.

De hecho, quizá justamente porque está preocupada necesita hacerlo.

Yo, personalmente, considero que esta fue la mejor parte de la clase.

No porque me guste la protesta. No porque me guste trabajar en el Observatorio. Y definitivamente no porque alguien me haya pedido escribir esta nota.

Simplemente porque era la materia para la que estaba mejor preparado.

Cuando terminó la jornada, volví al Observatorio con una conclusión bastante molesta: había ido pensando que debía registrar una protesta y terminé registrando algo mucho más difícil de resumir.

Había memoria. Había preocupación. Había distintas identidades y experiencias. Había defensa de derechos. Había una discusión sobre democracia y sobre el papel de las instituciones. Había solidaridad. Había alegría. Y había humor.

Todo ocurriendo al mismo tiempo. Por eso quizá sería demasiado sencillo decir que aquel plantón fue solamente una expresión de descontento. Lo que quedó grabado en el audio muestra algo más complejo: personas diferentes entrando al espacio público para contar cómo estaban viviendo el momento, qué les preocupaba, qué querían defender y qué país imaginaban.

Eso es lo que me interesa conservar. No una versión ordenada en la que todos piensan lo mismo. No una conclusión que resuelva el plantón en tres frases. Sino las voces.

Porque después de que la plaza se vacía, los carteles se guardan y las personas regresan a sus casas, todavía queda algo que puede volver a escucharse.

Una canción. Un nombre. Un “presente”. Una denuncia. Una carcajada. Una preocupación. Una idea de democracia. Una voz diciendo que está ahí. Y eso también es memoria.

Así que, después de todo, quizá sí fui a una escuela. Solo que no me avisaron. Y como aparentemente en el Observatorio creen que estas cosas son importantes, ahora me toca dejar la tarea. Escuchen el audio completo del plantón.

No se queden con mi versión. Yo ya hice bastante. Fui. Escuché. Tomé notas. Y escribí esto.

El resto está en las voces. Ahí están las canciones, las intervenciones, los nombres, los “presentes”, las demandas, el humor y las distintas maneras en que quienes participaron intentaron explicar qué estaba pasando. Yo solamente hice el favor de ponerlo por escrito.

Muy a mi pesar, claro.

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Chavela Vargas y los bienes comunes sociales: cuando una voz también sostiene la vida en común

“La música no tiene fronteras, pero sí un final común: el amor y la rebeldía”
— Chavela Vargas

Cada 5 de agosto recordamos a Chavela Vargas. Su legado suele evocarse por una extraordinaria carrera artística, una voz inconfundible y una vida marcada por la rebeldía. Pero detenernos únicamente en esos aspectos deja fuera una pregunta que hoy resulta urgente: ¿qué tiene que ver una cantante con los bienes comunes?

A primera vista, parecería que muy poco. Sin embargo, si entendemos los bienes comunes como aquello que una comunidad crea, comparte, cuida y transmite colectivamente para sostener la vida, la respuesta cambia por completo.

La música, la memoria, los lenguajes, los afectos, las historias y las formas de nombrar el mundo también pueden entenderse como bienes comunes sociales. No porque pertenezcan a todas las personas de manera automática, sino porque cobran sentido cuando son apropiados, recreados y compartidos por una comunidad.

Los bienes comunes no son solo naturales

Cuando hablamos de bienes comunes solemos pensar en ríos, bosques, humedales, semillas o acuíferos. Son fundamentales para la reproducción de la vida y han ocupado un lugar central en las luchas socioambientales. Pero la vida en común también depende de otros bienes que no pueden encerrarse en un cercado ni delimitarse sobre un mapa.

Los bienes comunes sociales y culturales son las memorias colectivas, los saberes populares, las lenguas, las fiestas, las canciones, las formas de organización, las prácticas de solidaridad y los vínculos que permiten a una comunidad reconocerse como tal.

No son recursos que simplemente existen. Son procesos vivos que se construyen, se cuidan y se recrean cada día mediante la participación de quienes los habitan.

Una voz que pasó a ser de los pueblos

Chavela Vargas nunca perteneció únicamente a la industria musical. Con el paso del tiempo, muchas de sus interpretaciones dejaron de ser canciones para convertirse en parte de la memoria afectiva de América Latina.

Su voz acompañó despedidas, migraciones, exilios, luchas sociales, encuentros y pérdidas. Pero también abrió un horizonte de libertad para muchas personas que, desde la diversidad sexual, encontraron en su vida una afirmación de que era posible desafiar los mandatos sociales y vivir con dignidad.

Cada generación encontró nuevas maneras de apropiarse de su obra, otorgándole sentidos distintos según su propio contexto.

Eso revela una característica fundamental de los bienes comunes: permanecen vivos porque las comunidades los resignifican continuamente.

Una canción deja de pertenecer únicamente a quien la interpreta cuando pasa a formar parte de la experiencia compartida de un pueblo.

La cultura también sostiene la vida

Con frecuencia se piensa que la cultura ocupa un lugar secundario frente a las urgencias económicas, ambientales o políticas.

Sin embargo, ninguna comunidad logra sostener una defensa del territorio únicamente mediante argumentos técnicos, científicos o jurídicos.

Las luchas necesitan relatos que expliquen por qué vale la pena defender un lugar.

-Necesitan memorias que conecten generaciones.

-Necesitan símbolos que fortalezcan la identidad colectiva.

-Necesitan espacios donde compartir el dolor, la esperanza y la alegría.

En otras palabras, necesitan cultura. Las canciones que acompañan una marcha, las radios comunitarias, los murales, los relatos de las personas mayores o las celebraciones populares no son elementos decorativos. Constituyen bienes comunes sociales porque fortalecen la confianza, transmiten conocimientos y hacen posible la organización colectiva.

Cuando se pierde la cultura también se pierde territorio

Los procesos de despojo rara vez afectan únicamente la naturaleza. También transforman profundamente las relaciones sociales que hacen posible la vida comunitaria.

Cuando una comunidad es desplazada, no desaparecen solamente las viviendas o los paisajes. También se debilitan las redes de apoyo, los conocimientos locales, las prácticas de ayuda mutua y las memorias compartidas.

Por eso, defender los bienes comunes implica proteger tanto los territorios como las relaciones que les dan significado.

-No basta con conservar un río si desaparecen las comunidades que conocen su historia.

-No basta con proteger un bosque si se pierde la cultura que enseñaba cómo convivir con él.

La defensa de los bienes comunes es, al mismo tiempo, una defensa de las condiciones materiales y simbólicas que permiten sostener la vida en común.

Chavela y la dignidad de existir

La vida de Chavela Vargas desafió muchas de las normas de su tiempo. Cuestionó los mandatos sobre el género, la forma de habitar el espacio público y la libertad para amar. Sin necesidad de convertir cada gesto en una consigna política, mostró que existir con autenticidad también puede convertirse en un acto de resistencia.

Su trayectoria recuerda que los bienes comunes sociales también incluyen la posibilidad de construir comunidades donde la diferencia no sea motivo de exclusión, sino parte de la riqueza colectiva.

La dignidad, el reconocimiento y la libertad de ser quienes somos también necesitan cultivarse comunitariamente.

Cuidar la cultura también es defender los bienes comunes

En una época en que muchas expresiones culturales son absorbidas por las lógicas del mercado o reducidas a mercancías de consumo, conviene recordar que la cultura también puede ser un espacio de encuentro, organización y memoria.

Defender los bienes comunes no consiste únicamente en proteger aquello que puede medirse o delimitarse sobre un mapa.

También significa cuidar las historias que nos unen, las palabras que compartimos, las canciones que nos acompañan y las memorias que fortalecen nuestra capacidad de imaginar otros futuros posibles.

Quizá por eso recordar a Chavela Vargas no sea solamente un ejercicio de nostalgia.

Es reconocer que la cultura no es un lujo. Es un bien común social que fortalece la memoria, alimenta la organización y nos ayuda a imaginar otros futuros posibles.

Los pueblos no solo sobreviven porque tienen agua, tierra o bosques. También sobreviven porque conservan las voces, los afectos, los saberes y las memorias que hacen posible la vida en común.

En tiempos de fragmentación, cuidar esos bienes comunes sociales es también una forma de resistencia.

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¿Qué aprendemos mientras limpiamos un río? Un cuaderno que convierte las jornadas de limpieza en experiencias de organización, memoria y acción colectiva

¿Qué ocurre cuando una jornada de limpieza deja de ser una actividad puntual y se convierte en un espacio para encontrarse, conversar, organizarse y aprender colectivamente?

Esa es la pregunta que atraviesa Pedagogía de la constancia: metodologías participativas para el cuidado de los ríos. La publicación recoge una experiencia construida por Observatorio Ciudadano del Agua (OCA) del Río Agualote, carrera de Gestión Integral del Recurso Hídrico-UCR, FUNDEMA-PP, el Acueducto Municipal de Grecia, el OCA Río Trojas, el OCA Colorado y la Municipalidad de Sarchí, junto a otras organizaciones comunitarias, instituciones públicas y personas voluntarias que, durante varios años, participaron en jornadas de limpieza en los ríos Prendas, Tacares, Trojas y Agualote, en la región de Occidente de Costa Rica. Con el tiempo, estas jornadas dejaron de entenderse únicamente como acciones para retirar residuos y se transformaron en espacios para fortalecer vínculos, compartir saberes, recuperar la memoria de los territorios y construir nuevas formas de participación.

Cuando limpiar un río también significa construir comunidad

Lejos de presentar un manual o una receta, el cuaderno propone una reflexión sobre lo aprendido en el camino. Su principal aporte es reconocer que el cuidado de los bienes comunes no depende únicamente de grandes acciones, sino también de la capacidad de regresar una y otra vez al territorio, sostener los procesos en el tiempo y construir relaciones de confianza.

A esta apuesta la llamamos pedagogía de la constancia: una forma de entender que la transformación social se construye desde la persistencia, la organización y el compromiso colectivo.

¿Qué encontrarán en este cuaderno?

El documento combina reflexión conceptual, sistematización de experiencias y herramientas metodológicas. Entre sus principales aportes destacan:

  • -Una mirada a los ríos como territorios vivos y bienes comunes.
  • -La comprensión de las jornadas de limpieza como procesos pedagógicos y organizativos, más allá de la recolección de residuos.
  • -Una propuesta conceptual sobre la pedagogía de la constancia, surgida de la experiencia acumulada en los territorios.
  • -Diez metodologías participativas para fortalecer el trabajo comunitario antes, durante y después de las jornadas.
  • -Herramientas para leer críticamente los procesos, identificar aprendizajes y reconocer las tensiones que forman parte de toda experiencia colectiva.
  • -Preguntas e indicadores para acompañar procesos similares en comunidades, organizaciones, centros educativos e instituciones.
Una invitación a mirar más allá de la «basura»

Con frecuencia el éxito de una jornada de limpieza se mide por la cantidad de residuos recolectados. Este cuaderno propone ampliar esa mirada e incorporar otras preguntas: ¿qué relaciones se fortalecieron?, ¿qué aprendimos sobre nuestro territorio?, ¿qué capacidades organizativas se construyeron?, ¿quiénes se involucraron y quiénes aún faltan?

Estas preguntas permiten reconocer que el verdadero impacto de una jornada no termina cuando el río queda limpio, sino cuando la comunidad desarrolla mayores capacidades para cuidar, defender y habitar su territorio.

Una herramienta para organizaciones y comunidades

Esta publicación está dirigida a organizaciones comunitarias, colectivos ambientales, centros educativos, gobiernos locales, instituciones públicas, universidades y personas interesadas en fortalecer procesos participativos para el cuidado de los bienes comunes.

Más que documentar una experiencia, el cuaderno busca compartir aprendizajes que puedan inspirar nuevas iniciativas y seguir tejiendo redes de colaboración en defensa de los ríos.

Porque un río limpio es importante, pero una comunidad organizada para cuidarlo lo es aún más.

Sobre la colección

Este cuaderno forma parte de la colección Huellas Cimarronas: Cuadernos Metodológicos, una serie que nace del reconocimiento de que, en América Latina y el Caribe, las luchas por los bienes comunes también han construido formas propias de aprender, organizarse y transformar la realidad. La colección recupera esas memorias, experiencias y saberes que recorren nuestros caminos de resistencia, esperanza y creación colectiva, poniéndolos en diálogo con los desafíos de nuestro tiempo.

El nombre Huellas Cimarronas reivindica la memoria de los pueblos cimarrones: hombres y mujeres esclavizados que huyeron para construir espacios de libertad en palenques y quilombos. Allí no solo preservaron sus culturas y formas de vida, sino que también desarrollaron estrategias de organización, solidaridad y resistencia para seguir luchando por la libertad de quienes aún faltaban. Inspirada en ese legado, esta colección reúne herramientas metodológicas y reflexiones que entienden la educación popular como una práctica de libertad y la construcción colectiva del conocimiento como parte de la defensa de los bienes comunes.

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El Congreso Anfictiónico sigue haciéndonos preguntas: Un debate de hace dos siglos que continúa vigente

Hace doscientos años, en Panamá, representantes de las nuevas repúblicas latinoamericanas se reunieron para intentar responder una pregunta que aún nos interpela: ¿cómo defender la soberanía y construir una integración capaz de enfrentar las amenazas que se cernían sobre Nuestra América? Aquella reunión, conocida como el Congreso Anfictiónico de Panamá, fue mucho más que un encuentro diplomático. Representó uno de los primeros esfuerzos por imaginar una región capaz de actuar de manera conjunta frente a las presiones externas y las disputas internas.

Dos siglos después, las preguntas permanecen abiertas. La dependencia económica, el extractivismo, la militarización de los territorios, la crisis climática, la regresión de derechos y las nuevas formas de dominación nos obligan a volver sobre aquella experiencia, no para idealizar el pasado, sino para encontrar herramientas que nos permitan comprender los desafíos del presente. Como plantea el cuaderno, la historia no es un museo de acontecimientos concluidos, sino un territorio en disputa desde el cual pensar los horizontes políticos de nuestro tiempo.

¿Qué propone este cuaderno?

Con este propósito, desde el Observatorio de Bienes Comunes presentamos el cuaderno El Congreso Anfictiónico de Panamá: soberanía, integración y disputas antigeopolíticas en Nuestra América, un material de formación política que propone leer este episodio histórico desde una perspectiva antigeopolítica. La publicación invita a mirar el Congreso no únicamente como un proyecto entre Estados, sino como una reflexión sobre la construcción de soberanía desde los pueblos, la defensa de los bienes comunes y la necesidad de fortalecer procesos de integración que coloquen la vida en el centro.

Ideas clave que encontrarás en la publicación

El cuaderno desarrolla una lectura crítica del Congreso Anfictiónico y propone reflexionar sobre temas como:

  • -La vigencia del Congreso Anfictiónico para comprender los desafíos actuales de América Latina.
  • -La disputa histórica entre el panamericanismo y el latinoamericanismo como proyectos políticos enfrentados.
  • -La soberanía entendida más allá del Estado, vinculada a la autonomía de los pueblos.
  • -La integración regional como una práctica construida desde los territorios y no únicamente desde los gobiernos.
  • -Una lectura antigeopolítica que coloca en el centro la vida, los bienes comunes y la cooperación entre los pueblos.
  • -Los desafíos contemporáneos de la región: extractivismo, crisis climática, militarización, dependencia tecnológica, migraciones y defensa de los bienes comunes.
  • -Propuestas metodológicas y actividades de educación popular para trabajar estos temas en talleres, organizaciones y espacios comunitarios.
Una herramienta para la formación política

Lejos de ser un texto exclusivamente histórico, el cuaderno establece puentes entre el siglo XIX y los desafíos contemporáneos. A lo largo de sus capítulos analiza las tensiones entre panamericanismo y latinoamericanismo, las razones del fracaso del Congreso, las disputas geopolíticas que atraviesan la región y las posibilidades de construir una integración desde abajo, impulsada por las comunidades, organizaciones y movimientos sociales. Además, incorpora actividades de educación popular que buscan convertir la lectura en un proceso colectivo de reflexión y acción.

Parte de la colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes

Este cuaderno forma parte de la colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes, específicamente de la serie Los Herejes de lo Común: Cuadernos de Antigeopolítica y Antiimperialismos. La colección nace como una herramienta pedagógica y política para fortalecer lecturas críticas sobre los bienes comunes, las resistencias territoriales, la soberanía y los antiimperialismos desde América Latina y el Caribe. Más que ofrecer respuestas definitivas, busca abrir preguntas, recuperar memorias de lucha y contribuir a la construcción colectiva de otros horizontes posibles.

Una invitación a seguir pensando la integración

En un contexto en el que los proyectos de integración regional enfrentan múltiples desafíos y donde la fragmentación continúa favoreciendo intereses económicos y geopolíticos ajenos a los pueblos, recuperar el debate sobre el Congreso Anfictiónico significa preguntarnos nuevamente por las formas de construir solidaridad, cooperación y autonomía en Nuestra América.

Te invitamos a descargar, leer y compartir este nuevo cuaderno, con la convicción de que la historia cobra sentido cuando nos ayuda a comprender el presente y a imaginar colectivamente los caminos para defender la vida y los bienes comunes.

¿Por qué un Observatorio de Bienes Comunes habla del Congreso Anfictiónico?

A primera vista, el Congreso Anfictiónico de Panamá podría parecer un episodio lejano de la historia diplomática latinoamericana. Sin embargo, para quienes trabajamos desde la perspectiva de los bienes comunes, representa una oportunidad para reflexionar sobre preguntas que siguen abiertas: ¿cómo construimos soberanía?, ¿cómo defendemos aquello que compartimos?, ¿cómo articulamos respuestas colectivas frente a problemas que trascienden las fronteras nacionales?

Los bienes comunes no son únicamente el agua, los bosques, las semillas o los territorios. También son aquellas condiciones que hacen posible la vida en común: la paz, la cooperación entre los pueblos, la solidaridad, la capacidad de decidir colectivamente sobre nuestro futuro y de construir horizontes compartidos. En ese sentido, la integración latinoamericana puede entenderse como un bien común político que requiere ser cuidado, fortalecido y permanentemente reconstruido.

Hoy, las amenazas que enfrentan nuestros pueblos —el extractivismo, la crisis climática, la militarización, la mercantilización de la vida, la dependencia tecnológica y la regresión de derechos— difícilmente pueden comprenderse o enfrentarse desde una mirada exclusivamente nacional. Son procesos que atraviesan el continente y que exigen nuevas formas de articulación, aprendizaje y acción colectiva.

Por eso, recuperar el Congreso Anfictiónico no responde a un interés por conmemorar el pasado, sino por alimentar las discusiones del presente. Volver sobre aquella experiencia nos permite preguntarnos qué significa construir soberanía en el siglo XXI, qué formas de integración necesitamos y cuál puede ser el papel de las comunidades, organizaciones y movimientos sociales en la defensa de la vida y los bienes comunes.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes entendemos que la memoria también es un territorio en disputa. Revisitar estos procesos históricos es una forma de fortalecer la imaginación política, recuperar experiencias de organización e identificar aquellas preguntas que continúan orientando las luchas por una Nuestra América más justa, solidaria y comprometida con el cuidado de la vida.