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¡Esto no se cuenta, se escucha! La calle en estéreo: voces, canciones y consignas de la marcha del 20 de octubre

Voces de la protesta
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20 de octubre
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Audio alojado en Internet Archive.

La Plaza de la Democracia como escenario: un collage sonoro de la protesta

¡La Pantera Rosa se nos adelantó! Mientras ella salió a recorrer la marcha para averiguar qué estaba pasando, desde el Observatorio de Bienes Comunes traemos nuestro propio registro sonoro. Estamos considerando contratarla como corresponsal oficial, pero tenemos un pequeño problema: Cartman se está poniendo celoso y asegura que él también sabe escuchar… aunque todavía no sabemos si entiende lo que escucha.

Por ahora, dejamos que hablen las voces de la calle. ¡Dale play!

¿Qué se escucha cuando un pueblo sale a la calle? Consignas, canciones, poemas, testimonios y conversaciones que, entre el ruido de la multitud, cuentan mucho más que una protesta.

Este archivo sonoro recupera momentos de la movilización del martes 20 de octubre en defensa de la educación pública y los derechos sociales en Costa Rica. En sus voces se encuentran distintas generaciones, experiencias y preocupaciones: desde estudiantes que defienden su futuro hasta personas que recuerdan las conquistas sociales que han marcado sus vidas.

La educación, la salud, las becas y los derechos de las personas con discapacidad se entrelazan con la memoria de luchas históricas, las denuncias políticas y las preocupaciones de las comunidades rurales. También hay música, poesía, lluvia y llamados a organizarse y cuidarse mutuamente.

¿Qué nos permite escuchar este registro?

  • -La diversidad de voces: estudiantes, personas adultas mayores, personas con discapacidad y habitantes de distintos territorios comparten sus experiencias y preocupaciones.
  • -La defensa de los derechos sociales: la educación pública, la salud, las becas y las instituciones públicas aparecen como conquistas que sostienen las posibilidades de una vida digna.
  • -La memoria de las luchas: las referencias a movilizaciones históricas conectan las demandas del presente con las conquistas sociales construidas colectivamente.
  • -La organización y el cuidado mutuo: las instrucciones, los acuerdos y los llamados a protegerse muestran el trabajo colectivo que hace posible sostener una movilización.
  • -La música y la poesía como expresión política: canciones, consignas y versos revelan otras maneras de comunicar el descontento, compartir sentimientos y construir comunidad.
  • -Las tensiones y los debates: las críticas al Gobierno, las distintas formas de expresar la indignación y los llamados a la unidad muestran que la protesta es también un espacio de disputa política.
  • -Las conexiones con otras luchas: las referencias internacionales invitan a pensar cómo las preocupaciones que atraviesan Costa Rica se relacionan con procesos que ocurren en otros países.
Escuchar también es hacer memoria

Desde el Observatorio de Bienes Comunes, compartimos este registro porque una movilización no se agota en sus imágenes ni en las consignas que alcanzan mayor visibilidad. También está hecha de conversaciones, testimonios, afectos, desacuerdos y experiencias que merecen ser escuchadas.

Este archivo sonoro es una invitación a detenernos en esas voces y reconocer la calle como un espacio de participación, memoria y construcción colectiva.

Te invitamos a escuchar el audio completo. La transcripción íntegra está disponible junto al registro.

Porque una marcha no solo se ve: también se escucha en las voces de quienes la hacen posible.

Cuando llueve indignación, ¡salen las bombas!

Parece que el agua también tiene sus misterios políticos: mientras algunos creen que basta con mojar a la gente para dispersar una protesta, en la calle ocurre algo curioso. La lluvia cae, las personas se empapan y, en lugar de desaparecer, ¡se ponen a declamar bombas guanacastecas!

Porque una cosa es el agua que cae del cielo y otra muy distinta es la indignación que se viene acumulando desde hace rato. Esa no se quita con una manguera, ni se dispersa con un buen baldazo. A veces, hasta encuentra la manera de responder con humor, poesía y una buena dosis de picardía popular.

En este video, entre paraguas, ropa mojada y gotas por todas partes, las bombas guanacastecas ponen la palabra donde otros quisieran dejar solamente el ruido del agua. Y ahí está la gracia: podrán mojarnos, pero no por eso se nos quita la palabra, la memoria ni las ganas de defender nuestros derechos.

¡Que llueva, que llueva! Que para la indignación todavía hay versos y para la protesta, mucha calle.

P. D. Y porque la memoria también se construye con imágenes, acompañamos este registro sonoro con fotografías de la marcha, sus carteles y hasta la lluvia que nos acompañó durante el recorrido. Son huellas de lo caminado, de los mensajes que tomaron las calles y de quienes estuvieron ahí para defender sus derechos. Porque recordar también es reconocer la importancia de lo que construimos colectivamente.

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Crónica rosa: La Pantera sale a conocer qué pasa en una protesta

Este martes 20 de octubre, la Pantera Rosa se dejó ver por las calles de San José, Costa Rica. Su misión era sencilla: conocer qué sucede en una manifestación y descubrir por qué las protestas parecen molestar tanto al poder.

La Pantera Rosa salió hoy a caminar por San José. No iba detrás de ningún sospechoso, como en sus viejas aventuras, ni tenía que resolver uno de esos misterios que la mantienen ocupada. Esta vez tenía una tarea diferente: visitar la manifestación por los derechos sociales y observar qué hace la gente cuando sale a la calle para defender aquello que considera importante.

La curiosidad tenía su razón de ser.

Mientras el partido oficialista cuenta con los votos necesarios para impulsar sus decisiones y avanzar con los recortes que afectan derechos sociales, también dedica esfuerzos a descalificar las protestas, ningunear a quienes participan y promover investigaciones que parecen querer convertir la manifestación en un problema por sí mismo.

Así que la Pantera se hizo una pregunta antes de salir de casa: si quienes gobiernan tienen los votos para tomar sus decisiones, ¿por qué les molesta tanto que la gente salga a la calle?

Con esa inquietud, llegó a San José. Y lo primero que descubrió fue que una protesta es mucho más que una multitud reunida en una calle.

Se camina, se conversa, se comparte

La Pantera Rosa empezó por observar los pasos. La gente caminaba, se encontraba con otras personas, intercambiaba saludos y conversaba. Algunas llegaban con sus compañeras y compañeros de organización; otras se acercaban para conocer qué estaba pasando. Había quienes llevaban rato participando y quienes quizás estaban viviendo una experiencia nueva.

En medio de la marcha, las consignas se escuchaban una tras otra. Se cantaba, se reía y se compartían palabras de ánimo. También había momentos para escuchar las intervenciones de quienes tomaban el micrófono y poner atención a las razones que habían llevado a tantas personas hasta allí.

La Pantera anotó algo importante en su libreta: una protesta también es un lugar para encontrarse.

Porque las luchas sociales no se construyen únicamente en reuniones formales, oficinas o espacios organizativos. También se alimentan de esos encuentros en los que las personas reconocen que sus preocupaciones no son individuales, que otras viven situaciones semejantes y que hay problemas que necesitan respuestas colectivas.

Quizás alguien llegó preocupado por el futuro de la salud pública. Otra persona, por los recortes sociales. Alguien más, por las condiciones de vida de su familia o por las dificultades que enfrenta su comunidad. Aunque los motivos particulares puedan ser distintos, la calle permite ponerlos en común.

Y allí estaba la Pantera, descubriendo que caminar junto a otras personas puede ser una manera de decir: esto que nos sucede no nos resulta indiferente.

En las plazas también se hace política

La investigación continuó en los espacios públicos. La Pantera observó plantones, intervenciones y distintas formas de expresar posiciones políticas. Vio cómo las personas se apropiaban de las plazas para hacer visibles sus preocupaciones y recordar que los asuntos públicos no pertenecen exclusivamente a quienes ocupan cargos de gobierno.

Porque una plaza no es solamente un lugar para atravesar de camino a otro sitio. También puede convertirse en un espacio para detenerse, escuchar, conversar y preguntarse qué está pasando con aquello que compartimos.

La Pantera comprendió que una manifestación busca precisamente eso: interrumpir, aunque sea por un momento, la normalidad con la que transcurre la vida cotidiana.

Cuando se recorta un derecho, se modifica una política pública o se toman decisiones que afectan a muchas personas, no todo el mundo tiene la posibilidad de sentarse frente a quienes deciden. Tampoco todas las personas encuentran espacios para hacer escuchar sus preocupaciones.

Por eso, salir a una plaza, organizar un plantón o convocar una manifestación puede ser una forma de abrir una conversación que, de otro modo, difícilmente tendría lugar.

La protesta hace visible aquello que algunos preferirían mantener lejos de la mirada pública.

Y cuando la Pantera observó cómo las calles se convertían en espacios de expresión, encontró otra pista: a veces, ocupar el espacio público es la manera de recordarle al poder que la sociedad no se reduce a las decisiones que se toman desde arriba.

La protesta también tiene música, poesía y baile

Pero la Pantera Rosa todavía tenía mucho que aprender.

En su recorrido descubrió que una manifestación no se compone únicamente de discursos y consignas. También hay música, poesía, rap y baile. Hay personas que encuentran en una canción las palabras que necesitan para expresar su indignación. Otras recurren a la poesía para hablar de lo que les preocupa. Algunas prefieren escuchar; otras sienten la necesidad de tomar la palabra.

La creatividad aparece allí donde las personas buscan formas de contar lo que viven, compartir sus ideas y expresar sus desacuerdos.

La Pantera tomó nota de algo que parecía evidente, pero que a veces se olvida: protestar no significa dejar de reír, cantar o bailar. La indignación y la alegría pueden caminar juntas. La preocupación por el futuro también puede expresarse mediante la música, el arte y el encuentro.

Y es que, incluso en momentos difíciles, las personas necesitan reconocerse, acompañarse y encontrar fuerzas para continuar.

Una manifestación puede ser un espacio para expresar el descontento, pero también para celebrar que todavía es posible reunirse, hablar y construir algo en común.

La Pantera, que había llegado esperando encontrar únicamente una multitud enojada, descubrió una experiencia mucho más diversa.

Había desacuerdo, sí. Había preocupación y reclamos. Pero también había creatividad, conversación y ganas de hacerse escuchar.

Las calles hablan de lo que está pasando y de lo que podría venir

La investigación llevó a la Pantera a otro asunto: las calles también sirven para advertir sobre lo que está sucediendo y sobre aquello que podría ocurrir si las decisiones políticas siguen un determinado rumbo.

Las personas no salen a protestar solamente por lo que ya han perdido. También pueden hacerlo para advertir sobre los riesgos que identifican en las decisiones que se están discutiendo.

En ese sentido, una manifestación es una forma de intervenir en el presente y disputar el futuro.

Quienes participan buscan que sus preocupaciones sean escuchadas antes de que determinadas decisiones se consoliden, que sus argumentos entren en una discusión de la que se sienten excluidos o que las consecuencias de ciertas medidas no sean tratadas como asuntos secundarios.

La Pantera comprendió entonces que la protesta no siempre llega cuando todo ha sucedido. A veces aparece precisamente porque las personas intentan evitar que algo suceda.

Sin embargo, no todas las advertencias reciben la misma atención. Hay quienes pueden acceder fácilmente a los espacios donde se toman las decisiones y quienes necesitan organizarse, movilizarse y ocupar las calles para conseguir que sus voces sean escuchadas.

Por eso, la Pantera siguió observando. Quería comprender qué sucede cuando las personas se manifiestan, expresan sus preocupaciones y, aun así, sienten que las decisiones continúan avanzando sin tomar en cuenta sus voces.

Reconocimiento y agradecimiento

Agradecemos a Primitivo, por compartir su rap, y al Colectivo Barrial, por llevar su poesía a la protesta. Gracias por poner la palabra, el ritmo y la creación artística al servicio del encuentro, la expresión colectiva y la defensa de los derechos sociales. Porque también desde el arte se toma la calle, se comparte lo que sentimos y se construyen formas de decir, juntas y juntos, que otras vidas son posibles.

La espera también forma parte de la protesta

En algún momento, la Pantera se detuvo a observar a quienes permanecían allí, pendientes de lo que pudiera suceder.

Porque una manifestación no termina necesariamente cuando se apagan los micrófonos o cuando las personas comienzan a retirarse. También está la espera: la incertidumbre sobre las decisiones que se tomarán, la expectativa de saber si alguien escuchará los reclamos y la preocupación por lo que vendrá después.

Las personas pueden salir a las calles, expresar sus argumentos y presentar sus demandas, pero eso no significa que obtendrán una respuesta inmediata.

A veces, la protesta es precisamente la expresión de una conversación que no ha podido producirse en otros espacios. Una manera de insistir en que las decisiones que afectan la vida de muchas personas no deberían tratarse como si sus consecuencias fueran irrelevantes.

La Pantera miró alrededor y volvió a preguntarse qué significa escuchar.

¿Basta con permitir que las personas hablen? ¿Escuchar consiste únicamente en dejar que una manifestación termine para continuar con los planes previstos? ¿Qué sucede cuando las voces se expresan, los argumentos se presentan y, aun así, quienes toman las decisiones no parecen dispuestos a reconsiderarlas?

La libreta comenzaba a llenarse de preguntas.

El misterio de la Pantera Rosa: ¿por qué le molestan tanto las protestas al poder?

Antes de retirarse, la Pantera Rosa volvió sobre el motivo que la había llevado hasta San José.

El partido oficialista cuenta con los votos para impulsar sus decisiones. Tiene la posibilidad de recurrir a los mecanismos institucionales para avanzar con sus propuestas. Sin embargo, la existencia de esa mayoría no ha impedido que las manifestaciones sean objeto de descalificaciones, que se intente restar importancia a los reclamos o que se planteen investigaciones contra quienes participan en la protesta social.

Entonces, ¿qué es lo que tanto incomoda?

Si los votos están asegurados, ¿por qué parece necesario desacreditar a quienes se oponen? Si las decisiones pueden defenderse públicamente con argumentos, ¿por qué la expresión del desacuerdo se convierte en motivo de sospecha? Si quienes gobiernan están convencidos de que sus propuestas son las correctas, ¿por qué les preocupa que otras personas salgan a cuestionarlas?

La Pantera Rosa no encontró una respuesta definitiva. Pero sí comprendió que el misterio no estaba en las personas que caminaban, cantaban, bailaban, conversaban o sostenían sus pancartas.

El verdadero asunto estaba en la relación entre el poder y el desacuerdo.

Porque una mayoría parlamentaria permite aprobar decisiones, pero no significa que toda la sociedad esté de acuerdo con ellas. Tener los votos no equivale a tener la razón sobre todos los asuntos, ni elimina la responsabilidad de escuchar las consecuencias que las decisiones políticas tienen sobre la vida de las personas.

La democracia no consiste únicamente en contar votos. También implica reconocer que quienes no comparten las decisiones de una mayoría conservan el derecho a cuestionarlas, organizarse y manifestarse públicamente.

Y es precisamente allí donde la protesta adquiere importancia: recuerda que la política no termina en las instituciones, que la ciudadanía no desaparece después de las elecciones y que las personas siguen teniendo razones para intervenir en las decisiones que afectan sus vidas.

La Pantera cerró su libreta. Había aprendido que en una protesta se camina, se conversa, se canta, se baila, se comparte, se escucha y se espera. Que las calles pueden convertirse en lugares donde las preocupaciones individuales se encuentran y se transforman en preguntas colectivas. Que el espacio público también sirve para advertir, reclamar y recordar que hay asuntos que no deberían resolverse de espaldas a quienes los viven.

Pero se marchó con una última pregunta, quizás la más importante de todas: Si quienes gobiernan tienen los votos para hacer lo que quieren, ¿por qué les cuesta tanto aceptar que otras personas tengan el derecho de decir que no están de acuerdo?

La Pantera Rosa siguió su camino. El misterio continúa abierto.

Las pequeñas cosas que sostienen una protesta

Antes de marcharse, la Pantera Rosa quiso hacer una última anotación. Esta vez no tenía que ver con las consignas, los discursos ni las pancartas. Se trataba de esas cosas que suceden mientras una manifestación avanza y que, a veces, pasan inadvertidas entre tanta gente.

La Pantera observó a quienes se dedicaban a cuidar la marcha. Personas que, sin necesidad de tomar un micrófono, asumían la tarea de mantener un cordón para resguardar a quienes caminaban, estar pendientes de los movimientos alrededor y evitar que los vehículos atravesaran el espacio ocupado por la manifestación.

No eran detalles menores. Mientras unas personas expresaban sus demandas, otras procuraban que pudieran hacerlo con mayor seguridad. Había quienes estaban pendientes de lo que sucedía a los lados, quienes advertían sobre los vehículos y quienes ayudaban a mantener el espacio para que la marcha continuara.

La Pantera tomó nota: para que muchas personas puedan salir a la calle, también hace falta que otras se ocupen de cuidarlas.

Después llegó la lluvia. Y con ella, otra de esas escenas que quizás no aparecen en las fotografías de las manifestaciones, pero que dicen mucho sobre lo que sucede allí.

La Pantera vio a personas que se acercaban para cubrirse entre varias, compartir un espacio bajo un paraguas y ayudarse a sobrellevar el aguacero. Pequeños gestos de acompañamiento que, en medio de una jornada de reclamos, mostraban otra dimensión de la protesta: la preocupación por quienes están al lado.

Porque una marcha no se sostiene solamente con consignas. También necesita atención, organización, responsabilidad y disposición para cuidar a otras personas.

Hay quienes ayudan a mantener el recorrido, quienes están pendientes de que nadie quede desprotegido, quienes comparten lo que tienen y quienes encuentran la manera de acompañar a alguien que quizás ni siquiera conocen.

La Pantera comprendió que, en medio de una manifestación, también se construyen relaciones. Personas que llegan con sus propias preocupaciones descubren que pueden hacer algo por las demás. El cuidado deja de ser un asunto exclusivamente individual y se convierte en una responsabilidad compartida.

Y quizás allí encontró una de las lecciones más interesantes de su recorrido: mientras se reclama por los derechos sociales, también se ponen en práctica formas de convivencia que nos recuerdan por qué esos derechos importan.

La seguridad, el acompañamiento, la posibilidad de expresarse y el cuidado mutuo no son asuntos separados de la vida colectiva. Son parte de las condiciones que permiten que las personas se encuentren, participen y defiendan aquello que consideran importante.

La Pantera Rosa guardó su libreta. Esta vez, además de las preguntas sobre el poder, se llevaba algunas imágenes: personas sosteniendo un cordón para cuidar a otras, cuerpos que se organizaban para proteger el espacio de la marcha y gente que se acercaba para compartir un poco de resguardo frente a la lluvia.

Quizás no todo el mundo se detenga a mirar esas escenas. Quizás tampoco ocupen los titulares del día siguiente.

Pero la Pantera decidió que valía la pena recordarlas. Porque una protesta también se construye con esos gestos discretos que hacen posible caminar en compañía y que nos recuerdan que defender los derechos de todas las personas comienza, muchas veces, por estar pendientes de quienes caminan a nuestro lado.

Y mientras se alejaba, la Pantera Rosa se hizo una última pregunta: Si en medio de una protesta somos capaces de organizarnos para cuidarnos entre tantas personas, ¿qué otras cosas podríamos hacer juntas y juntos si aprendiéramos a cuidar de esa misma manera la vida cotidiana?

La libreta de la Pantera Rosa: ¿Qué se protesta y qué se disputa?

La Pantera Rosa se detuvo a escuchar. Entre consignas, discursos y voces que se levantaban pese a la lluvia, fue anotando aquello que las personas reunidas en San José querían defender, cuestionar y poner en discusión. Su libreta comenzó a llenarse de reclamos, preocupaciones y preguntas sobre el país que estamos construyendo.

Al revisar sus apuntes, encontró que la protesta no se limita a defender un presupuesto: también disputa qué entendemos por derechos, democracia, bienestar y futuro.

1. La educación pública no es un privilegio: es un derecho: Estudiantes de secundaria y universidades públicas, personas graduadas y quienes reconocen en la educación una oportunidad para transformar sus vidas insistieron en una preocupación compartida: los recortes presupuestarios no son cifras abstractas. Pueden afectar becas, oportunidades de estudio y las condiciones que permiten a personas de distintos territorios y realidades económicas acceder a la educación.

La Pantera anotó una frase que atravesó varias intervenciones: muchas de las personas que hoy estudian o participan en la vida universitaria pudieron hacerlo gracias a la educación pública. Defenderla significa defender también las oportunidades de quienes todavía no han llegado a las aulas.

2. ¿Qué país prioriza las cárceles mientras debilita las escuelas?: En las intervenciones apareció una crítica a las prioridades del Gobierno. Algunas voces cuestionaron que se presenten las cárceles como respuesta a los problemas de seguridad mientras se reducen recursos destinados a la educación y otros servicios públicos.

La disputa no se limita a decidir cuánto dinero se asigna a cada institución. También plantea una pregunta sobre las respuestas que construimos como sociedad: ¿qué condiciones necesitamos para vivir con dignidad y seguridad? ¿Qué lugar ocupan la educación, la salud y las oportunidades para las juventudes en ese horizonte?

3. Los recortes tienen consecuencias concretas y desiguales: La Pantera escuchó preocupaciones por el estudiantado de territorios como Limón, por las becas y por los recursos que permiten a personas de sectores populares continuar sus estudios. También hubo voces que llamaron la atención sobre las personas con discapacidad y las dificultades que enfrentan cuando se debilitan los apoyos institucionales.

Las intervenciones recordaron que las decisiones presupuestarias no afectan a todas las personas de la misma manera. Para algunas, un recorte puede significar perder una oportunidad educativa o encontrar nuevas barreras para ejercer sus derechos.

La pregunta que quedó anotada fue: ¿quién termina pagando las consecuencias de las decisiones que se toman desde el poder?

4. La salud y la educación públicas forman parte de una historia compartida: Varias intervenciones vincularon la defensa de la educación con la de la Caja Costarricense de Seguro Social y las garantías sociales. Se recordó que muchas personas nacieron en hospitales públicos, estudiaron en centros educativos estatales y encontraron en estas instituciones oportunidades que difícilmente habrían tenido de otra manera.

La protesta recuperó así una memoria colectiva: los derechos sociales son conquistas históricas y no simples concesiones de quienes gobiernan.

Defenderlos significa preguntarse qué queremos preservar de esa historia y qué país queremos dejar a las próximas generaciones.

5. La democracia no termina cuando se cuentan los votos: La Pantera encontró una preocupación que atravesaba buena parte de los discursos: el derecho a expresar desacuerdos, cuestionar las decisiones gubernamentales y manifestarse en el espacio público.

Algunas personas denunciaron actitudes autoritarias y manifestaron su preocupación por la descalificación de las voces críticas. Otras insistieron en la importancia de defender el Estado de derecho y las libertades democráticas.

La disputa, entonces, también se refiere a cómo entendemos la democracia. ¿Es solamente la posibilidad de elegir representantes y permitir que una mayoría tome decisiones? ¿O supone también la obligación de escuchar a quienes cuestionan esas decisiones y garantizar que puedan organizarse, reclamar y protestar?

6. No se trata solamente de partidos políticos, se trata de derechos: En distintas intervenciones aparecieron críticas al Gobierno, a sus representantes y a las decisiones que se están impulsando. Pero también hubo llamados a no reducir la movilización a una disputa entre partidos.

Estudiantes y otras personas participantes insistieron en que la defensa de la educación pública y de los derechos sociales necesita reunir a quienes comparten esas preocupaciones, incluso si tienen trayectorias políticas diferentes.

La Pantera anotó una tensión importante: ¿cómo construir una fuerza colectiva capaz de defender derechos comunes sin quedar atrapada en las divisiones partidarias?

7. La protesta también disputa el sentido de lo que significa cuidar el país: Hubo intervenciones que relacionaron la defensa de los derechos sociales con la protección de la naturaleza, la responsabilidad con las generaciones futuras y la necesidad de construir un país donde las personas puedan vivir con dignidad.

Algunas voces llamaron a fortalecer la organización y a conectar las luchas dentro y fuera de Costa Rica. Otras recordaron el valor de la educación pública para las personas que provienen de comunidades rurales y sectores populares.

La Pantera comprendió que, detrás de los reclamos presupuestarios, también hay distintas ideas sobre el bienestar colectivo y sobre aquello que merece ser protegido como parte de una vida compartida.

8. La organización importa: ocupar las calles también implica cuidarse: En medio de la movilización, las personas participantes recibieron indicaciones para organizarse en distintos espacios, mantener el orden y evitar provocaciones. También hubo llamados a acompañar a quienes enfrentaban situaciones difíciles durante la jornada.

La Pantera encontró aquí otra dimensión de la protesta: no basta con expresar el desacuerdo; también es necesario construir formas de participación colectiva que permitan sostenerlo.

La organización, el acompañamiento y el cuidado mutuo forman parte de las condiciones que hacen posible defender derechos en el espacio público.

Al terminar sus apuntes, la Pantera Rosa comprendió que las voces reunidas en la manifestación no expresaban una única preocupación ni necesariamente compartían todas las respuestas. Había reclamos presupuestarios, denuncias políticas, experiencias personales y distintas maneras de entender lo que estaba en juego.

Sin embargo, encontró un hilo común: la defensa de la educación pública y de los derechos sociales se convirtió también en una discusión sobre las prioridades del país, las desigualdades que atraviesan las decisiones presupuestarias y las condiciones necesarias para ejercer la democracia.

La Pantera cerró su libreta con una última pregunta: Cuando las personas salen a la calle para defender sus derechos, ¿están pidiendo únicamente que no les quiten lo que tienen o también están disputando qué país queremos construir entre todas y todos?

La Pantera Rosa se despide… pero sigue investigando

La Pantera Rosa guardó su libreta, sacudió las gotas de lluvia de su abrigo y se dispuso a regresar a casa. Se iba con varias preguntas, algunas respuestas y la sospecha de que el verdadero misterio no estaba en las calles, sino en los despachos donde se toman decisiones sobre la vida de tanta gente.

Antes de marcharse, miró hacia atrás. La gente seguía conversando, organizándose y defendiendo sus derechos. Entonces sonrió: ¡vaya, vaya! Parece que una protesta es mucho más que hacer bulla.

La Pantera no logró resolver por qué a algunos les molesta tanto que la gente se manifieste, pero sí descubrió algo curioso: hay quienes tienen votos para tomar decisiones, pero no parecen tener mucha paciencia para escuchar a quienes las cuestionan.

Y eso sí que merece una investigación. Por ahora, nuestra felina detective se retira de la escena. Eso sí, deja una advertencia: seguirá observando, tomando apuntes y haciendo preguntas incómodas. Porque, como bien sabe cualquier detective, cuando alguien se empeña demasiado en que no se mire algo… ¡más ganas dan de investigar!

Caso cerrado por hoy. ¿Misterio resuelto? ¡no!

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Talamanca no está en venta – Pronunciamiento del Colectivo Antonio Saldaña frente al Acuerdo Transpacífico

Desde Talamanca, las familias productoras indígenas conocemos las dificultades de sostener nuestro trabajo y vivir dignamente de lo que producimos. Durante años hemos cultivado la tierra, diversificado nuestros productos y mantenido una relación con la naturaleza que forma parte de nuestra vida y nuestra identidad. Sin embargo, hoy enfrentamos precios injustos, intermediarios que condicionan nuestra comercialización y la falta de respuestas concretas de las instituciones públicas. Nuestra experiencia nos ha enseñado que producir no siempre significa poder vivir dignamente de nuestro trabajo.

Ante esta realidad, rechazamos la incorporación de Costa Rica al Acuerdo Transpacífico (CPTPP) y exigimos que no sea aprobado. Nos preocupa que se profundice un modelo económico que presenta la apertura comercial como una oportunidad para todos, mientras nuestras comunidades siguen enfrentando condiciones desiguales para producir, comercializar y sostener sus economías. ¿De qué sirve abrir nuevos mercados si quienes trabajamos la tierra continuamos recibiendo precios que no reconocen nuestro esfuerzo? ¿Quiénes se benefician realmente de estas reglas comerciales y quiénes terminan pagando sus consecuencias?

No queremos que el futuro de nuestros pueblos dependa de decisiones económicas tomadas sin considerar nuestras realidades. La tierra no es solamente un espacio para producir mercancías; es territorio, memoria, cultura y sustento de nuestras comunidades. Nuestras formas de producción, nuestros conocimientos y nuestras relaciones con la naturaleza tienen valor más allá de las ganancias que puedan generar en el mercado. Defenderlos significa también defender nuestro derecho a decidir cómo queremos vivir y qué futuro queremos construir.

Por eso, no aceptamos que las promesas de crecimiento económico justifiquen compromisos comerciales cuyos efectos sobre nuestras comunidades deben examinarse con seriedad. La experiencia del banano en Talamanca nos recuerda que aumentar las oportunidades de comercialización no garantiza, por sí mismo, justicia económica. Sin condiciones dignas para producir y vender, quienes trabajamos terminamos asumiendo los costos mientras otros concentran los beneficios.

Exigimos al Gobierno de Costa Rica y a la Asamblea Legislativa que no aprueben la incorporación al CPTPP. Demandamos que se respeten los derechos de los pueblos indígenas, nuestra autonomía y nuestras formas de producción, y que ninguna decisión de esta magnitud se tome ignorando las voces de quienes habitamos y sostenemos estos territorios.

No hablamos desde el rechazo al intercambio entre pueblos, sino desde la defensa de relaciones económicas justas, donde nuestro trabajo sea valorado y nuestras comunidades no queden subordinadas a los intereses de las grandes empresas. Queremos mercados que respeten a quienes producen, instituciones que respondan a nuestras necesidades y políticas que fortalezcan nuestras capacidades, en lugar de profundizar las desigualdades existentes.

Desde el Colectivo Antonio Saldaña reafirmamos nuestro compromiso con la defensa de la dignidad de las familias productoras indígenas y con el derecho de nuestros pueblos a construir su propio futuro. Talamanca no necesita que decidan por ella: necesita respeto, justicia económica y autonomía para vivir dignamente.

Nuestra tierra no es una mercancía. Nuestro trabajo no puede seguir siendo menospreciado. Nuestro futuro no se negocia a nuestras espaldas.

Colectivo Antonio Saldaña

Talamanca, Costa Rica

Octubre de 2026

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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Pronunciamiento del Colectivo Antonio Saldaña- Rechazamos la armonización eléctrica: la energía no puede quedar al servicio de los grandes negocios

La discusión sobre el proyecto de Ley de Armonización del Sistema Eléctrico Nacional (expediente n.º 23.414) continúa abierta. Después de su aprobación en primer debate y las posteriores negociaciones políticas para buscar acuerdos que permitan su avance, el futuro del modelo eléctrico costarricense sigue en disputa.

Desde el Colectivo Antonio Saldaña rechazamos el proyecto en su formulación actual. Nos preocupa que una transformación de esta magnitud se impulse bajo las promesas de modernización y competitividad, sin una discusión pública suficiente sobre sus consecuencias para la soberanía energética, las instituciones públicas y las comunidades que podrían asumir sus impactos.

La justicia energética que Costa Rica todavía no discute

La discusión energética no puede reducirse a cómo producir electricidad o atraer inversiones. Necesitamos preguntarnos quién controla su producción, quién obtiene los beneficios, quién asume los costos ambientales y territoriales y quién tiene capacidad para decidir sobre un servicio indispensable para la vida.

Costa Rica mantiene una deuda con la discusión sobre justicia energética. Mientras se promueven cambios en la organización del mercado eléctrico, no se debate suficientemente qué necesidades deben orientar la política energética ni cómo garantizar que el bienestar colectivo prevalezca sobre los intereses económicos particulares.

¿Para quién estamos reorganizando la energía?

La expansión de los centros de datos y de las infraestructuras destinadas a la inteligencia artificial introduce nuevas presiones sobre la electricidad, el agua y los territorios. Estos desarrollos nos obligan a examinar qué intereses económicos están detrás de las transformaciones propuestas y qué condiciones se pretenden establecer para atender las demandas de grandes consumidores de energía.

Poco a poco, comenzamos a reconocer quiénes podrían beneficiarse de una mayor apertura del mercado eléctrico. No afirmamos que estos intereses expliquen por sí solos la reforma, pero sí que su expansión hace indispensable preguntarnos si estamos reorganizando el sistema para garantizar derechos y responder a las necesidades de la población o para facilitar nuevas oportunidades de negocio.

No podemos discutir las promesas de inversión tecnológica al margen de sus necesidades energéticas y ambientales, ni asumir que sus beneficios económicos se traducirán automáticamente en bienestar para las comunidades.

Nuestra posición: los bienes comunes no son una plataforma de negocios

Rechazamos que el futuro energético del país se defina sin resolver las preocupaciones sobre soberanía, justicia energética y protección de los bienes comunes. Defendemos el fortalecimiento de las responsabilidades públicas, la transparencia sobre los intereses económicos involucrados y la participación efectiva de las comunidades y los pueblos originarios.

La memoria del Proyecto Hidroeléctrico Diquís nos recuerda que las decisiones energéticas pueden dejar profundas consecuencias cuando los derechos colectivos y la autonomía territorial quedan subordinados a las prioridades económicas. Los ríos, los bosques y los territorios no son espacios disponibles únicamente para generar rentabilidad: son parte de los bienes comunes que sostienen la vida.

Costa Rica necesita discutir su futuro energético, pero esa discusión no puede limitarse a decidir cómo abrir nuevos espacios de rentabilidad privada. Debe permitirnos definir colectivamente qué sistema energético necesitamos para garantizar una vida digna, proteger nuestros territorios y responder al bienestar de las mayorías.

Rechazar este proyecto en su formulación actual es defender el derecho de la sociedad a decidir sobre su futuro energético. La energía debe estar al servicio de la vida, no la vida al servicio de la rentabilidad.

Colectivo Antonio Saldaña

Talamanca, Costa Rica

Octubre de 2026

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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Alfabetizar es organizar: internacionalismo, educación popular y descolonización de las mentes

En tiempos de estallidos sociales, cuando tantas personas salen a las calles para expresar su inconformidad y reclamar transformaciones, también es importante recordar que la fuerza de los movimientos no reside únicamente en su capacidad de protestar, sino en su posibilidad de organizarse, aprender colectivamente y construir alternativas propias. Las movilizaciones abren caminos, visibilizan conflictos y muestran que el orden existente puede cuestionarse; pero sostener esas transformaciones requiere tejer solidaridades, fortalecer procesos organizativos y desarrollar herramientas para comprender y cambiar nuestra realidad. En ese horizonte, la educación popular y la alfabetización adquieren una importancia particular: no solo permiten acceder a la palabra escrita, sino también ampliar nuestra capacidad de leer el mundo, reconocernos como sujetos colectivos y participar en la construcción de otras posibilidades de vida.

La experiencia de alfabetización impulsada por el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) en Zambia nos recuerda que la educación puede convertirse en una fuerza de organización popular. A partir de esta experiencia, el pensamiento de Amílcar Cabral y Paulo Freire nos invita a reconocer que aprender a leer y escribir también significa conquistar autonomía, comprender críticamente la realidad y construir posibilidades para transformarla.

Cuando la solidaridad cruza fronteras

En 2019, el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra de Brasil (MST) y el Partido Socialista de Zambia comenzaron a impulsar una iniciativa que llevaría la educación popular brasileña a comunidades rurales y urbanas del sur de África. La experiencia se concretó en la Campaña de Alfabetización y Agroecología Fred M’Membe, un proceso que ha articulado a educadores, campesinos, estudiantes y comunidades alrededor de una tarea compartida: hacer de la alfabetización una herramienta para transformar sus condiciones de vida.

Según el relato de Elizabet Cerqueira da Conceição, publicado por el Instituto Tricontinental de Investigación Social, la campaña ha alfabetizado a más de cinco mil personas en cuatro provincias de Zambia, con la participación de cerca de 350 educadores y educadoras voluntarias. Una experiencia que demuestra la capacidad de los movimientos populares para construir respuestas colectivas allí donde el acceso a la educación continúa atravesado por desigualdades económicas y sociales. alfabetizar

Sin embargo, hay algo más que merece nuestra atención: esta experiencia expresa una forma de internacionalismo que no se limita a proclamar la solidaridad entre los pueblos, sino que la convierte en una práctica concreta.

Una brigada internacionalista brasileña se vincula con una organización política de Zambia para contribuir a un proceso educativo que responde a las necesidades de sus comunidades. No se trata simplemente de trasladar una metodología de un país a otro, como si existiera una receta capaz de resolver realidades diferentes. Por el contrario, el encuentro entre experiencias educativas, la participación comunitaria y el reconocimiento de los saberes locales permitieron construir una propuesta propia.

La campaña recuperó aportes de la experiencia cubana de alfabetización Yo, sí puedo, de la pedagogía de Paulo Freire y de los conocimientos producidos por las propias comunidades. De ese diálogo surgió el método Hablar, leer, escribir las palabras y el mundo, que vincula el aprendizaje de la lectura y la escritura con la comprensión crítica de la realidad. alfabetizar

Este proceso nos recuerda que la solidaridad internacionalista puede contribuir a multiplicar las capacidades de los pueblos cuando se construye desde el encuentro, el aprendizaje mutuo y el compromiso con las luchas colectivas.

La transformación no llega desde afuera para sustituir la experiencia de las comunidades. Se construye con ellas, reconociendo su capacidad para producir conocimientos, organizarse y abrir caminos que antes parecían imposibles.

Alfabetizar también es transformar el mundo

¿Por qué sigue siendo importante hablar de alfabetización?

En ocasiones, podemos reducirla a una habilidad técnica: aprender a reconocer letras, formar palabras, leer un texto o escribir nuestro nombre. Todas estas capacidades son fundamentales, pero la experiencia de Zambia nos invita a ampliar la mirada y preguntarnos por las posibilidades que se abren cuando el aprendizaje se vincula con la vida cotidiana, la organización popular y la acción colectiva.

En la campaña, las palabras generadoras no se buscan en una realidad abstracta o distante. Surgen de las experiencias de las comunidades: la semilla que se siembra, la lluvia que no llega, el precio del maíz, las enfermedades asociadas a las inundaciones o el deseo de poder firmar el propio nombre.

Son palabras que expresan necesidades, preocupaciones, conocimientos y aspiraciones. A partir de ellas, aprender a leer y escribir también significa poner en común las experiencias, reconocer problemas compartidos y comprender las relaciones que atraviesan la vida de las personas.

Esta perspectiva adquiere especial importancia cuando la alfabetización se articula con la agroecología. Para las comunidades campesinas, la educación puede contribuir a comprender mejor las condiciones de producción, fortalecer los conocimientos sobre el territorio y ampliar las posibilidades de defender sus medios de vida.

Por eso, la alfabetización no aparece como una actividad aislada de las luchas sociales. Forma parte de un proceso más amplio en el que el aprendizaje puede fortalecer la autonomía de las personas y las capacidades organizativas de sus comunidades.

Aquí encontramos una de las contribuciones fundamentales de Paulo Freire: leer la palabra también implica aprender a leer el mundo. La educación no consiste únicamente en recibir conocimientos, sino en desarrollar capacidades para interpretar críticamente la realidad y participar en su transformación.

Esta concepción nos permite reconocer que la educación puede contribuir tanto a reproducir las relaciones existentes como a cuestionarlas. La diferencia no está solamente en los contenidos que se enseñan, sino también en la relación que se construye entre quienes participan del proceso educativo, los conocimientos que se reconocen y las posibilidades de actuar sobre la realidad.

Alfabetizar, desde esta perspectiva, también es crear condiciones para que las personas puedan participar con mayor autonomía en la vida social, política y económica.

Amílcar Cabral y Paulo Freire: un diálogo que sigue interpelándonos

La experiencia de Zambia nos conduce a un encuentro intelectual y político de especial relevancia: el diálogo entre Amílcar Cabral y Paulo Freire.

Aunque sus trayectorias fueron diferentes, ambos comprendieron que la emancipación no podía reducirse a un cambio en las estructuras políticas. La transformación también exigía cuestionar las formas de pensar, los valores y las concepciones del mundo que las relaciones de dominación habían impuesto.

Amílcar Cabral, uno de los principales dirigentes de las luchas de liberación nacional de Guinea-Bisáu y Cabo Verde, comprendió que la lucha anticolonial no podía separarse de la recuperación de la cultura, la historia y la capacidad de los pueblos para reconocerse como protagonistas de su propio destino.

Paulo Freire, por su parte, desarrolló una pedagogía que situó el diálogo, la conciencia crítica y la experiencia de las personas oprimidas en el centro del proceso educativo.

Sus aportes convergen en una cuestión decisiva: la liberación política necesita acompañarse de una transformación cultural y educativa que permita a los pueblos pensar desde sus propias experiencias y construir sus propios caminos.

Como explican José Eustáquio Romão y Moacir Gadotti en Paulo Freire e Amílcar Cabral: A descolonização das mentes, la independencia política no elimina automáticamente las formas de dominación que permanecen en la cultura, los valores y las maneras de comprender el mundo. La descolonización también implica cuestionar los referentes impuestos y recuperar la capacidad colectiva de producir conocimientos y construir autonomía. 4-amilcar-desconolizacao_das_me…

Este diálogo es particularmente pertinente para pensar los procesos educativos actuales.

Nos invita a preguntarnos qué conocimientos se consideran legítimos, cuáles experiencias quedan fuera de los espacios de formación y hasta qué punto la educación permite comprender las condiciones históricas que producen las desigualdades.

También nos recuerda que los pueblos no son simples destinatarios de conocimientos elaborados en otros lugares. Sus luchas, experiencias y prácticas cotidianas producen saberes que pueden contribuir a comprender el mundo y transformarlo.

La relación entre Cabral y Freire no debe entenderse como una identidad absoluta entre sus pensamientos, sino como un encuentro entre trayectorias que, desde sus particularidades, aportan herramientas para reflexionar sobre la emancipación, la educación y la organización popular.

En ese sentido, la experiencia de Zambia adquiere una fuerza especial: muestra cómo una tradición pedagógica puede ponerse en diálogo con otra realidad histórica sin renunciar a la construcción colectiva de respuestas propias.

La vigencia de descolonizar nuestras maneras de pensar

Leer a Cabral y Freire hoy implica reconocer que la descolonización de las mentes no es una tarea concluida con la independencia de los territorios ni una discusión reservada a un momento específico de la historia.

Las relaciones de dominación también pueden reproducirse mediante las ideas que presentamos como naturales, los conocimientos que consideramos superiores y las explicaciones que nos llevan a aceptar las desigualdades como inevitables.

Por eso, la pregunta educativa sigue siendo profundamente política: ¿aprendemos para adaptarnos a la realidad tal como está organizada o también para comprenderla, cuestionarla y participar en su transformación?

Esta interrogante no supone desconocer la importancia de los conocimientos acumulados por la humanidad. Nos invita, más bien, a ampliar las posibilidades de aprendizaje, reconocer la diversidad de experiencias y construir relaciones educativas en las que el pensamiento crítico pueda desarrollarse colectivamente.

Desde esta perspectiva, la alfabetización es mucho más que una puerta de entrada al lenguaje escrito. Puede convertirse en parte de un proceso de construcción de autonomía, fortalecimiento organizativo y recuperación de la capacidad de imaginar otros futuros.

La experiencia del MST en Zambia nos recuerda que estas posibilidades no dependen exclusivamente de grandes infraestructuras ni de soluciones diseñadas desde arriba. También nacen del compromiso colectivo, del trabajo voluntario, de la organización comunitaria y de la convicción de que todas las personas tienen derecho a desarrollar sus capacidades.

El internacionalismo, la educación popular y la descolonización de las mentes se encuentran así en una misma preocupación: cómo fortalecer la capacidad de los pueblos para comprender su realidad y convertirse en protagonistas de su transformación.

Para seguir la conversación: leer a Cabral y Freire

La experiencia de alfabetización en Zambia nos deja una invitación que trasciende sus fronteras: volver sobre las preguntas que Amílcar Cabral y Paulo Freire plantearon acerca de la educación, la cultura, la autonomía y la liberación.

El libro Paulo Freire e Amílcar Cabral: A descolonização das mentes, de José Eustáquio Romão y Moacir Gadotti, ofrece una oportunidad para profundizar en ese encuentro. Sus páginas examinan las convergencias entre el pensamiento crítico de Freire y la praxis política de Cabral, así como los vínculos entre educación, revolución y descolonización cultural. La obra también aborda la experiencia africana de Freire y las posibilidades de una educación emancipadora en el presente. 4-amilcar-desconolizacao_das_me…

Leer este libro es una oportunidad para recuperar estas reflexiones y ponerlas en diálogo con nuestras propias experiencias educativas, organizativas y comunitarias.

Porque la alfabetización puede enseñarnos a leer las palabras, pero su horizonte emancipador se amplía cuando también aprendemos a reconocer las relaciones que organizan nuestra sociedad, cuestionamos aquello que parecía inamovible y construimos colectivamente otras posibilidades.

¿Qué necesitamos aprender para transformar nuestra realidad? ¿Qué ideas necesitamos cuestionar para conquistar mayor autonomía? ¿Cómo hacemos de la educación una práctica que fortalezca la organización y la capacidad de los pueblos para decidir sobre su propio destino?

Las experiencias de alfabetización popular y el diálogo entre Cabral y Freire nos invitan a seguir buscando respuestas colectivas.

Les invitamos a leer Paulo Freire e Amílcar Cabral: A descolonização das mentes, de José Eustáquio Romão y Moacir Gadotti (portugués), y a continuar esta conversación sobre educación popular, internacionalismo y emancipación.

Referencia:

Cerqueira da Conceição, E. (2026, 2 de octubre). Alfabetizar es organizar: el proceso de alfabetización en Zambia y la solidaridad internacionalista del MST. Instituto Tricontinental de Investigación Social. https://thetricontinental.org/es/nuestra-america/boletin-alfabetizar-es-organizar/

Romão, J. E., & Gadotti, M. (2012). Paulo Freire e Amílcar Cabral: A descolonização das mentes. Editora e Livraria Instituto Paulo Freire.

Samora Machel Internationalist Brigade. (2022, 18 de mayo). In Zambia, Literacy and Agroecology Campaign trains 2,000 people. Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra (MST). https://mst.org.br/2022/05/18/in-zambia-literacy-and-agroecology-campaign-trains-2000-people/

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La Pantera Rosa sale a la calle: crónicas de una esperanza que no se deja domesticar

Entre pancartas, canciones, bailes y reclamos, las protestas sociales nos recuerdan que pensar críticamente también consiste en cuestionar lo que nos han dicho que debemos aceptar.

Una extraña costumbre se extiende por el mundo

Buenas tardes. Les habla la Pantera Rosa, corresponsal infiltrada en las calles del planeta, donde se ha detectado una anomalía que preocupa profundamente a ciertos sectores del poder: la gente está saliendo a protestar. Y no parece tratarse de un error del sistema.

En distintos lugares del mundo, las personas se encuentran para expresar su malestar, reclamar derechos, defender sus territorios, cuestionar decisiones gubernamentales y exigir condiciones de vida dignas. Algunas marchan con pancartas; otras llevan tambores, canciones, disfraces o instrumentos musicales. Hay quienes preparan comida, comparten agua, acompañan a las personas heridas y organizan espacios para sostener la movilización.

¡Qué situación tan complicada para quienes preferirían que cada persona resolviera sus problemas en la intimidad de su casa, sin molestar a nadie!

Porque una cosa es que alguien esté inconforme y otra, bastante más incómoda, es que descubra que otras personas también lo están. Peor todavía: que empiecen a conversar, a reconocerse y a preguntarse si aquello que parecía un problema individual tiene causas que van mucho más allá de sus circunstancias particulares.

Y entonces sucede lo impensable: el malestar deja de ser una colección de frustraciones privadas y comienza a convertirse en una pregunta colectiva.

Nuestra corresponsalía considera que aquí hay algo digno de atención.

Cuando las calles se convierten en lugares para pensar

Existe una curiosa costumbre de imaginar el pensamiento crítico como una actividad que ocurre exclusivamente entre libros, escritorios, aulas universitarias y personas que utilizan palabras suficientemente complicadas como para necesitar un diccionario a mano.

La Pantera Rosa no tiene nada contra los libros. De hecho, lleva uno en su bolso, por si acaso necesita defenderse de alguna interpretación apresurada de la realidad.

Pero hay algo que conviene recordar: también se piensa cuando una comunidad se pregunta por qué le falta agua, cuando estudiantes defienden la educación pública, cuando las personas trabajadoras cuestionan sus condiciones laborales o cuando un territorio se organiza para proteger un río amenazado.

Se piensa al comparar lo que se promete con lo que realmente sucede. Al escuchar experiencias que contradicen las explicaciones oficiales. Al descubrir que aquello que se presenta como inevitable responde, en realidad, a decisiones humanas que pueden discutirse y transformarse.

La protesta social abre precisamente ese espacio: permite que distintas experiencias salgan del aislamiento, se encuentren y pongan en cuestión las explicaciones con las que aprendimos a entender el mundo.

El libro Pensar en marcha. Filosofía y protesta social en Colombia, publicado por CLACSO, recoge una experiencia especialmente interesante: la reflexión filosófica que acompaña las movilizaciones sociales y busca comprender sus preguntas, sus conflictos y sus posibilidades. Sus autores proponen una relación entre la reflexión comprometida y la acción reflexiva. Pensar-en-marcha

Dicho de una manera menos solemne: no hace falta esperar a que termine la protesta para empezar a pensar sobre ella. También podemos pensar mientras caminamos, discutimos, organizamos una olla comunitaria o intentamos comprender por qué tantas personas sienten que las instituciones no están respondiendo a sus necesidades.

La calle no sustituye a los libros, ni los libros sustituyen a la calle. Pero cuando se encuentran, pueden ayudarnos a formular mejores preguntas.

Y formular preguntas sigue siendo una costumbre difícil de controlar.

El problema de una ciudadanía que empieza a hacerse preguntas

La Pantera Rosa ha observado que, cuando aparecen las protestas, también suele aparecer un repertorio bastante conocido de explicaciones.

Que las personas no comprenden las decisiones gubernamentales. Que alguien las manipula. Que deberían esperar. Que existen canales institucionales para expresar sus preocupaciones. Que manifestarse altera la tranquilidad de quienes no tienen nada que reclamar.

Esta corresponsalía no descarta que cada movilización tenga sus propias tensiones, contradicciones y conflictos. Las protestas no son espacios mágicos donde desaparecen las diferencias ni comunidades perfectamente organizadas en las que todo el mundo está de acuerdo.

Pero hay una pregunta que merece hacerse: ¿qué ocurre cuando los canales disponibles no ofrecen respuestas suficientes, cuando determinadas voces no encuentran escucha o cuando los problemas persisten a pesar de haber sido señalados una y otra vez?

En esas circunstancias, la protesta puede convertirse en una manera de hacer visible aquello que se preferiría mantener fuera de la conversación pública.

Y aquí aparece otra curiosidad: con frecuencia se invita a la ciudadanía a participar, siempre que su participación no incomode demasiado, no cuestione las decisiones tomadas y no interrumpa el funcionamiento habitual de las cosas.

La Pantera Rosa quisiera conocer la dirección exacta de esa oficina donde se tramitan las solicitudes para una participación ciudadana que no produzca ninguna incomodidad.

Mientras tanto, conviene recordar que la protesta social no es solamente una expresión de descontento. También puede abrir debates sobre qué entendemos por democracia, quiénes tienen la posibilidad de intervenir en las decisiones colectivas y cuáles son las experiencias que reciben atención pública.

Protestar no garantiza que las demandas sean atendidas ni que los cambios necesarios se produzcan. Pero permite colocar preguntas en el espacio público y disputar la idea de que las cosas deben continuar exactamente como están.

No todo ocurre frente a un micrófono

Hay otra dimensión de las protestas que merece atención: aquello que sucede entre las personas que participan.

A veces, la mirada se concentra tanto en las consignas, las declaraciones y los enfrentamientos que dejamos de observar las relaciones que hacen posible sostener una movilización.

Alguien cocina. Otra persona organiza los turnos. Alguien presta su casa, comparte información o acompaña a quien tiene miedo. Hay quienes ponen música, crean imágenes, escriben, bailan y encuentran maneras de expresar lo que las palabras habituales no alcanzan a decir.

Estas prácticas no son simples adornos de la protesta. Pueden formar parte de su capacidad para reunir experiencias diversas, construir vínculos y abrir espacios de colaboración.

En su reflexión sobre las movilizaciones colombianas de 2021, Pensar en marcha presta atención precisamente a la presencia del arte, la cultura, los cuidados y las formas de solidaridad que acompañaron las resistencias. Pensar-en-marcha

La Pantera Rosa encuentra aquí una noticia particularmente interesante: mientras buena parte del mundo insiste en presentarnos la competencia como la forma natural de relacionarnos, en las calles aparecen personas ensayando otras maneras de encontrarse.

No significa que todas las diferencias desaparezcan ni que toda experiencia colectiva sea necesariamente justa. Significa que, en medio del conflicto, también pueden surgir aprendizajes, preguntas y relaciones que merecen ser reconocidos.

A veces, la protesta no solo cuestiona una decisión política. También permite experimentar, aunque sea temporalmente, que otras formas de organizarnos son posibles.

Y eso, para una corresponsal acostumbrada a observar las extravagancias del poder, resulta bastante más interesante que otro discurso sobre la importancia de la productividad.

La esperanza no es quedarse esperando

Conviene hacer una aclaración antes de cerrar esta transmisión: la Pantera Rosa no confunde esperanza con ingenuidad.

Las protestas tienen costos. Las personas pueden sufrir violencia, persecución, detenciones y desgaste. Las movilizaciones pueden enfrentar divisiones, perder fuerza o no alcanzar sus objetivos. Además, quienes salen a las calles no siempre comparten las mismas aspiraciones ni imaginan las mismas soluciones.

Por eso, mirar las protestas críticamente también exige escuchar sus distintas voces, comprender sus contextos y preguntarnos por los cambios que reclaman, las relaciones que construyen y los obstáculos que encuentran.

Pero reconocer esas dificultades no significa ignorar su importancia.

Cuando las personas se encuentran para cuestionar una injusticia, defender un bien común o exigir que sus necesidades sean escuchadas, están participando en una disputa sobre cómo queremos vivir y qué lugar ocupamos en las decisiones que afectan nuestras vidas.

La esperanza aparece allí, no como una promesa de que todo saldrá bien, sino como la posibilidad de actuar colectivamente frente a aquello que parecía inamovible.

Por eso, cuando la Pantera Rosa recorre las noticias de las protestas que emergen en distintos lugares del mundo, presta atención no solo a las multitudes, sino también a las preguntas que las reúnen, a las historias que las impulsan y a los vínculos que nacen en el camino.

Porque pensar críticamente no consiste únicamente en aprender a desconfiar de las explicaciones que recibimos. También implica imaginar alternativas, escuchar a quienes han sido ignorados y construir herramientas para comprender y transformar nuestra realidad.

Y si, además, en el proceso aparecen una orquesta, una pancarta ingeniosa o alguien repartiendo comida, nuestra corresponsalía no tiene objeciones.

Último reporte: las calles siguen hablando

Desde el Observatorio de Bienes Comunes, esta Pantera Rosa se despide con una última observación: las protestas sociales nos recuerdan que la vida colectiva no está terminada de escribir.

Cada movilización tiene su historia. Cada comunidad enfrenta sus propios conflictos. No hay una receta universal para transformar la realidad, ni basta con llenar las calles para resolver problemas que se han construido durante décadas.

Pero cuando las personas se encuentran, comparten sus experiencias y se atreven a cuestionar lo que parecía incuestionable, se abre una posibilidad: comenzar a pensar de otra manera aquello que vivimos en común.

Tal vez por eso las protestas incomodan tanto. No solo interrumpen la circulación de vehículos o alteran la agenda de las autoridades. También interrumpen la circulación de ciertas certezas.

Y ahora, si me permiten, debo continuar mi recorrido. Hay demasiadas calles por observar, demasiadas preguntas por escuchar y demasiados intentos de explicar que todo está bien mientras la gente insiste en decir lo contrario.

La Pantera Rosa informa: pensar también es salir al encuentro de otras personas, cuestionar lo que parecía inevitable y descubrir que la realidad puede transformarse cuando dejamos de enfrentarla en soledad.

Seguiremos informando. La esperanza, por lo visto, todavía no ha solicitado permiso para manifestarse.

Mapa de las protestas: distintas luchas, una pregunta compartida

La Pantera Rosa ha desplegado su libreta de corresponsal y encontró algo que merece atención: las protestas no nacen todas por las mismas razones, ni tienen idénticos objetivos. Algunas denuncian decisiones gubernamentales; otras enfrentan la corrupción, las desigualdades, la violencia o el deterioro de las condiciones de vida. Pero muchas comparten una ruptura: personas que dejan de aceptar en silencio aquello que se presenta como inevitable.

Para ampliar la nota, podemos incorporar una matriz que permita reconocer qué se reclama, qué está en juego y qué nos enseñan estas movilizaciones sobre la vida en común. No se trata de meter todas las luchas en el mismo saco (la Pantera Rosa sabe que hasta los sacos tienen sus límites), sino de mirar sus diferencias y posibles puntos de encuentro.

Matriz de protestas: ¿qué está llevando a la gente a las calles?

Esta matriz recoge algunas de las movilizaciones documentadas durante las últimas semanas y otros procesos de protesta que continúan activos. No es un inventario completo de las luchas del mundo, sino una fotografía de distintas formas de inconformidad que atraviesan octubre de 2026.

País o región¿Qué está movilizando a la gente?¿Qué está en juego?La pregunta que nos deja la Pantera Rosa
FranciaEstudiantes, sindicatos y otros sectores protestan por las condiciones educativas, el costo de la vida y el deterioro de los servicios públicos.El acceso a una educación digna y la capacidad de sostener la vida cuando todo cuesta más.¿Por qué siempre aparecen recursos para exigir sacrificios a la población, pero nunca parecen suficientes para garantizar sus derechos?
AlbaniaEstudiantes y otros sectores se sumaron a las protestas contra la corrupción, el gobierno y un proyecto turístico de lujo que amenaza con privatizar el aprovechamiento de la costa.La defensa del territorio, los bienes comunes y la posibilidad de decidir qué futuro se construye.¿Quién decide qué hacer con un territorio: quienes lo habitan o quienes llegan con suficiente dinero para comprarlo?
ArgentinaEstudiantes y trabajadores universitarios marcharon contra los recortes presupuestarios a la educación.La educación pública como derecho y como condición para construir una sociedad menos desigual.¿Qué clase de futuro se puede construir si se considera el conocimiento un gasto prescindible?
Estados UnidosSe han registrado movilizaciones contra las políticas migratorias y actuaciones de agentes de inmigración, además de convocatorias contra el gobierno de Donald Trump.Los derechos de las personas migrantes, los límites del poder estatal y las libertades democráticas.¿Qué queda de los derechos cuando su ejercicio depende de quién eres, de dónde vienes o de cuánto le agradas al poder?
EspañaLas protestas por los desalojos y el encarecimiento de la vivienda han puesto en el centro el derecho a permanecer en el lugar donde se ha construido una vida.El acceso a la vivienda, la permanencia en los barrios y el conflicto entre la vivienda como derecho y como negocio.¿En qué momento tener un techo dejó de ser una necesidad humana y pasó a convertirse, ante todo, en una oportunidad de inversión?
PortugalLas movilizaciones por el encarecimiento de la vivienda expresan el malestar ante unos precios que dificultan cada vez más el acceso a un hogar.La posibilidad de vivir en las ciudades sin que el alquiler consuma una parte desproporcionada de los ingresos.Si una ciudad expulsa a quienes la sostienen, ¿para quién se está construyendo?
IndiaMovilizaciones juveniles han denunciado irregularidades electorales y cuestionado las revisiones de los registros de votantes.La confianza en los procesos electorales y el derecho a participar en la vida política.¿De qué sirve celebrar elecciones si también hay que preguntarse quién podrá ejercer realmente su derecho al voto?
Reino Unido y otros paísesLas marchas de solidaridad con Palestina continúan expresando rechazo a la violencia contra la población palestina y cuestionamientos a las políticas de los gobiernos.La defensa de la vida, la solidaridad internacional y el derecho a denunciar las violaciones de derechos humanos.¿La solidaridad es un principio universal o solo se permite cuando no incomoda a quienes gobiernan?
Indonesia y otros países con movilizaciones juvenilesDistintos movimientos juveniles han cuestionado la corrupción, las condiciones de vida, las oportunidades laborales y el funcionamiento de las instituciones. Las causas varían de un país a otro.La posibilidad de tener un futuro digno y participar en decisiones que afectan la vida cotidiana.¿Qué ocurre cuando una generación deja de creer que debe conformarse con el futuro que le ofrecen?

Nota de la corresponsalía: esta selección reúne protestas con causas y trayectorias diferentes. No todas comparten demandas, formas de organización ni horizontes políticos. Tampoco todas las movilizaciones tienen los mismos niveles de participación o han recibido las mismas respuestas de las autoridades.

Hay una solidaridad que atraviesa muchas de estas movilizaciones y que merece un lugar propio: la defensa del pueblo palestino frente al genocidio en Gaza, perpetrado por Israel, y la violencia que continúa marcando sus vidas. En distintas partes del mundo, las marchas, los plantones, las acciones culturales y las campañas de solidaridad han llevado a las calles una exigencia de justicia, el rechazo a las acciones del Estado israelí y la denuncia de la devastación de la vida palestina.

Estas expresiones nos recuerdan que la solidaridad también cruza fronteras: que el sufrimiento de un pueblo no tiene por qué convertirse en una noticia más que aprendemos a tolerar, y que defender la dignidad humana implica cuestionar la indiferencia, exigir responsabilidades a quienes perpetran la violencia y acompañar a quienes resisten.

La Pantera Rosa toma nota: mientras algunos pretenden que miremos hacia otro lado, hay quienes siguen encontrándose en las calles para denunciar las acciones de Israel, afirmar que la vida palestina importa y recordarnos que la solidaridad no necesita pasaporte, pero sí memoria, compromiso y voluntad de no mirar hacia otro lado.

Lo que la matriz no puede mostrar por sí sola

La tabla permite ordenar las demandas, pero hay algo que se pierde cuando las protestas se reducen a una lista de reclamos: la gente no solo sale a la calle para denunciar lo que está mal; también aprende, se organiza y ensaya otras formas de relacionarse.

En las movilizaciones encontramos asambleas, conversaciones, canciones, bailes, ollas compartidas, acompañamiento y cuidado mutuo. No aparecen necesariamente en los titulares, pero son parte de la experiencia de protestar. La calle se convierte, por momentos, en un lugar donde se comparten conocimientos, se reconocen problemas que parecían individuales y se descubren posibilidades de actuar colectivamente.

Desde esa perspectiva, la protesta también es una práctica de pensamiento crítico. No porque quienes protestan tengan todas las respuestas, sino porque se atreven a poner en duda las respuestas que el poder presenta como definitivas.

La Pantera Rosa propone tres preguntas para leer estas luchas:

  • -¿Qué nos enseñan sobre aquello que nuestras sociedades consideran normal, aunque produzca sufrimiento o desigualdad?
  • -¿Qué vínculos, saberes y formas de ayuda mutua aparecen cuando las personas se organizan?
  • -¿Qué alternativas comienzan a imaginarse cuando dejamos de pensar que los problemas deben resolverse individualmente?

Y una última observación de esta corresponsalía: a los gobiernos puede incomodarles que la gente proteste; a los mercados, que cuestione sus prioridades; y a quienes prefieren la obediencia, que las personas comiencen a pensar juntas.

Pero quizá esa sea una de las contribuciones más importantes de la protesta: recordarnos que la realidad no es un guion terminado y que la ciudadanía no consiste únicamente en observar cómo otras personas deciden nuestro destino.

La Pantera Rosa seguirá recorriendo las calles. No descarta entrevistar a una pancarta, asistir a una asamblea o aprenderse una coreografía. Lo que no hará es quedarse esperando, en silencio, a que le concedan permiso para pensar.

Para seguir pensando en marcha: una invitación a leer colectivamente

La Pantera Rosa ha hecho sus recorridos por las calles y ha llenado varias páginas de su libreta. Pero todavía queda una pregunta: ¿cómo comprender lo que ocurre cuando las personas dejan de aceptar en silencio las decisiones que afectan sus vidas y comienzan a organizarse para cuestionarlas?

Para seguir esta pista, queremos recomendar una lectura: Pensar en marcha. Filosofía y protesta social en Colombia, publicado por CLACSO. Este libro nos invita a acercarnos a las protestas no solamente como acontecimientos políticos que aparecen en las noticias, sino también como experiencias que producen preguntas, reflexiones y aprendizajes colectivos.

Leerlo en este momento puede ayudarnos a mirar más allá de las imágenes de multitudes, las pancartas y los enfrentamientos. ¿Qué conocimientos se construyen en las calles? ¿Qué preguntas comienzan a hacerse las personas cuando descubren que sus malestares no son problemas individuales? ¿Qué relaciones de solidaridad, cuidado y colaboración hacen posible sostener una lucha? ¿Qué ocurre con nuestras ideas sobre la democracia cuando quienes habitualmente son escuchados deciden que ya no quieren seguir hablando solos?

Las experiencias colombianas que recoge el libro nos ofrecen pistas para pensar también las movilizaciones que recorren otros lugares del mundo. No porque todas las protestas sean iguales, sino porque acercarnos a ellas puede ayudarnos a reconocer sus particularidades, sus tensiones y sus posibilidades transformadoras.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes nos interesa especialmente esta invitación: entender la protesta como una expresión de inconformidad, pero también como un espacio donde se aprende a pensar con otras personas, se cuestiona lo que parecía inevitable y se ensayan maneras distintas de construir la vida en común.

La Pantera Rosa recomienda, entonces, hacer una pausa entre pancarta y pancarta, abrir el libro y continuar la conversación. Porque salir a la calle puede ser una manera de plantear preguntas, y leer colectivamente puede ayudarnos a comprender mejor por qué esas preguntas importan.

¿Y si, además de observar las protestas, nos animamos a pensar con ellas?

Referencias:

Associated Press. (2026, 17 de octubre). Riots in Tirana enter a fifth day as Albania’s anti-government protests escalate.

Columbia University, Global Freedom of Expression. (2026). CGFoE Protest Monitor: Tracking pro-democracy protests and the suppression of dissent worldwide.

Democracy Now! (2026, 16 de octubre). Las protestas lideradas por estudiantes se extienden de Francia a Albania y Argentina.

Grueso Vanegas, D. I., Niño Castro, Á., Rueda Barrera, E. A., y Tovar González, L. (Eds.). (2022). Pensar en marcha: Filosofía y protesta social en Colombia. CLACSO.

Nilsson-Julien, E. (2026, 5 de octubre). From school blockades to violence: What is driving student protests in France? Euronews.

Tanjim, N. (2026, 16 de octubre). Young, online and on the streets. The Business Standard.

Taylor, H. (2026, 18 de octubre). Why are people protesting across Europe? The Guardian.

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La necropolítica en Costa Rica: los Juegos del Hambre y el Estado que decide quién importa

Seguridad, exclusión y deshumanización: cuando los derechos se convierten en fichas de negociación

¿Qué sucede cuando una sociedad comienza a aceptar que algunas personas deben sacrificarse para que otras puedan vivir con seguridad, prosperidad o tranquilidad?

En Los Juegos del Hambre, de Suzanne Collins, el Capitolio gobierna mediante el miedo, el espectáculo y la desigualdad. Los distritos sostienen materialmente al sistema, pero sus habitantes deben competir en una arena donde la supervivencia de unos depende de la eliminación de otros. Mientras el espectáculo concentra la atención, las relaciones de poder que lo hacen posible permanecen en segundo plano.

¿Y si utilizáramos esa imagen para mirar la política costarricense?

Las disputas por el financiamiento de la educación pública y las políticas sociales, las transformaciones laborales, las decisiones ambientales, los acuerdos comerciales y las respuestas frente a la violencia parecen asuntos separados. Sin embargo, todos abren una pregunta común: ¿quién define las prioridades del Estado y quién termina soportando las consecuencias de sus decisiones?

En estas discusiones, la negociación suele presentarse como una necesidad: hay que llegar a acuerdos, aceptar concesiones y comprender que los recursos son limitados. Pero ¿por qué tantas veces la negociación comienza por determinar qué derechos deben sacrificarse, en lugar de discutir las condiciones que producen su deterioro?

El concepto de necropolítica, desarrollado por el filósofo camerunés Achille Mbembe, permite examinar cómo el poder distribuye desigualmente la exposición a la violencia, el abandono y las condiciones degradadas de existencia. No se refiere únicamente a matar, sino también a las formas en que determinadas poblaciones quedan expuestas a mayores riesgos y reciben menor protección.

La metáfora de Los Juegos del Hambre nos ayuda a conectar estas preguntas. No porque todas las decisiones políticas sean equivalentes, sino porque permite examinar quién establece las reglas, quién decide los sacrificios y quiénes deben asumir sus costos.

La arena: convertir los derechos en sacrificios

En Los Juegos del Hambre, la desigualdad aparece como una condición inevitable. La competencia distrae de las reglas que organizan el sistema y presenta la supervivencia individual como la única salida posible.

En la política costarricense encontramos una tensión semejante cuando la educación pública, las políticas sociales o la protección ambiental se presentan como gastos que compiten con otras prioridades; cuando las garantías laborales aparecen como obstáculos para la competitividad, o cuando las necesidades de las comunidades se subordinan a determinados proyectos económicos.

Cada discusión tiene sus particularidades, pero todas requieren examinar cómo se distribuyen los recursos, los beneficios y los costos.

La promoción de centros de datos, por ejemplo, plantea interrogantes sobre el consumo de agua y energía, el uso del territorio y la distribución de los beneficios de la inversión. La discusión sobre la jornada laboral 4×3 remite, a su vez, al tiempo de descanso, los cuidados y la capacidad de las personas para organizar sus vidas.

No se trata de asumir que toda inversión es perjudicial o que cualquier reforma constituye una amenaza. Se trata de preguntar bajo qué condiciones se toman las decisiones y quién tiene capacidad para enfrentar sus consecuencias.

Cuando los derechos se presentan como obstáculos y las pérdidas como inevitables, la discusión deja de centrarse en cómo garantizar mejores condiciones de vida y pasa a determinar quién debe conformarse con menos.

Los tributos: ¿quién paga el precio del desarrollo?

En el mundo de Suzanne Collins, los distritos producen los recursos que sostienen al Capitolio, pero no participan en igualdad de condiciones en las decisiones que organizan sus vidas.

Esta imagen invita a examinar las relaciones entre desarrollo, poder y distribución de recursos en Costa Rica.

El crecimiento económico y la atracción de inversiones suelen justificarse por los beneficios que prometen. Sin embargo, sus resultados no se distribuyen automáticamente de manera equitativa. Los costos ambientales, laborales y sociales pueden recaer sobre poblaciones que tienen menos recursos para afrontarlos y menos capacidad para incidir en las decisiones.

Algo similar ocurre cuando se discuten las condiciones de financiamiento de las instituciones públicas. Quienes pueden pagar servicios privados tienen alternativas frente al deterioro de la oferta pública; quienes dependen de ella pueden ver restringidas sus posibilidades de atención, educación y bienestar.

Estas diferencias importan porque los sacrificios no se experimentan de la misma manera. Una restricción puede ser una dificultad temporal para algunos sectores y una barrera decisiva para otros.

Por eso, evaluar una política económica requiere más que contabilizar inversiones, empleos o ingresos. También exige examinar sus consecuencias territoriales y sociales.

¿Quién recibe los beneficios del desarrollo, quién asume sus costos y quién tiene voz para decidir cómo se distribuyen?

El Capitolio también negocia: el TLC con Israel

Las relaciones comerciales también expresan prioridades políticas. Un caso relevante es el Tratado de Libre Comercio entre Costa Rica e Israel, cuyo expediente legislativo es el 25.542.

En octubre de 2026, el Consejo Universitario de la Universidad de Costa Rica recomendó a la Asamblea Legislativa no aprobar el tratado. Entre sus preocupaciones señaló aspectos relacionados con los derechos humanos, la protección ambiental, la participación ciudadana y la identificación del origen de mercancías procedentes de territorios palestinos ocupados. El tratado continuaba en trámite legislativo.

Este debate se desarrolla en el contexto del genocidio contra el pueblo palestino y de las discusiones internacionales sobre las responsabilidades de los Estados y sus relaciones económicas con Israel. Por ello, no puede reducirse a una cuestión técnica sobre aranceles y oportunidades de mercado.

En septiembre de 2026, una comisión legislativa rechazó solicitudes para recibir en audiencia a la cónsul honoraria de Palestina en Costa Rica y al especialista en derecho internacional Nicolás Boeglin, quienes podían aportar criterios al análisis del tratado.

Estos hechos plantean preguntas sobre la relación entre los intereses comerciales y las obligaciones internacionales del país. ¿Cómo se evalúan las implicaciones de un acuerdo comercial cuando existen graves cuestionamientos sobre los derechos humanos? ¿Qué mecanismos permiten identificar el origen de las mercancías? ¿Qué lugar ocupan las consideraciones éticas, ambientales y jurídicas en las decisiones económicas?

La discusión no consiste en afirmar que un tratado comercial sea equivalente a otras formas de violencia. Consiste en examinar las responsabilidades que acompañan a las decisiones estatales y los límites que deben orientar sus relaciones económicas.

En Los Juegos del Hambre, el Capitolio establece las reglas de una competencia que oculta las relaciones de poder detrás del espectáculo. En este caso, la pregunta es qué aspectos quedan fuera de la discusión cuando los beneficios comerciales ocupan el centro del debate.

Un acuerdo no debería evaluarse únicamente por sus oportunidades económicas, sino también por sus implicaciones sociales, ambientales y de derechos humanos.

Chorreras: cuando una comunidad se convierte en un problema que resolver

En noviembre de 2025, alrededor de 73 familias de Chorreras, en Cutris de San Carlos, fueron desalojadas de terrenos ubicados dentro del Refugio Nacional de Vida Silvestre Corredor Fronterizo Norte. El operativo incluyó la demolición de las estructuras que ocupaban las familias. El caso se relaciona con la ocupación de terrenos estatales dentro de un área silvestre protegida.

El caso obliga a considerar dos responsabilidades: la protección de los ecosistemas y la atención de las consecuencias sociales de las decisiones estatales.

La defensa de un área protegida no elimina la necesidad de examinar qué ocurre con las personas que pierden sus viviendas, sus relaciones comunitarias y sus condiciones cotidianas de subsistencia. Tampoco significa que la protección ambiental deba suspenderse, sino que las respuestas institucionales deben considerar las dimensiones sociales del conflicto.

Desde la perspectiva de la necropolítica, interesa observar qué sucede cuando una comunidad queda reducida a un problema territorial que debe resolverse. El espacio aparece como aquello que debe recuperarse, mientras las condiciones de vida de quienes lo habitan pueden quedar relegadas.

La cuestión es cómo se articulan la protección ambiental, las responsabilidades institucionales y los derechos de las personas afectadas.

En Los Juegos del Hambre, los distritos existen en función de las necesidades del Capitolio. En Chorreras, la metáfora invita a preguntar quién tiene capacidad para decidir sobre el territorio y qué lugar ocupan las familias afectadas en esa decisión.

La protección de los bienes comunes y la atención de las condiciones de vida no deberían tratarse como objetivos necesariamente incompatibles.

Los descartables: cuando algunas muertes parecen importar menos

En agosto de 2023, Rodrigo Chaves se refirió a los homicidios mediante la expresión «es entre ellos que se matan», en un contexto de creciente preocupación por la violencia. La declaración generó controversia sobre la manera en que el Gobierno interpretaba la crisis de homicidios.

La frase permite plantear una pregunta: ¿quiénes son esos «ellos» que aparecen separados del resto de la sociedad?

El crimen organizado y la violencia homicida requieren respuestas institucionales. Sin embargo, cuando las víctimas se presentan como parte de un mundo ajeno, existe el riesgo de que sus muertes se perciban como menos relevantes o previsibles.

La necropolítica invita a examinar cómo se construyen esas fronteras morales: quién merece preocupación, quién recibe reconocimiento como víctima y quién queda reducido a una categoría que parece explicar o justificar su muerte.

No se trata de ignorar las circunstancias de cada homicidio ni de equiparar situaciones diferentes. Se trata de preguntar si esas diferencias terminan debilitando la obligación de investigar la violencia y proteger a las comunidades afectadas.

Cuando algunas muertes dejan de interpelarnos porque creemos que pertenecen a «otros», la desigualdad también empieza a organizar nuestro reconocimiento de la vida.

El espectáculo del castigo: la cárcel como advertencia

En julio de 2026, Laura Fernández planteó la posibilidad de llevar estudiantes de barrios considerados peligrosos al Centro de Alta Contención de la Criminalidad Organizada (CACCO), con la intención de mostrarles las consecuencias de involucrarse en actividades delictivas. La propuesta provocó cuestionamientos sobre su eficacia preventiva y sobre el riesgo de estigmatizar a jóvenes por el lugar donde viven.

La iniciativa convierte la cárcel en una advertencia dirigida a una población previamente identificada como problemática. El barrio donde vive un estudiante aparece como una señal de riesgo y el encierro como un destino que debe evitar.

Sin embargo, prevenir la violencia requiere considerar también las oportunidades educativas, laborales, culturales y comunitarias disponibles para la juventud. Mostrar las consecuencias del delito no sustituye la necesidad de construir condiciones para que existan alternativas reales.

La inauguración del CACCO, el 14 de octubre de 2026, amplió esta discusión. El centro tiene una capacidad anunciada de 5.100 personas y se inspira en el modelo penitenciario salvadoreño. El Gobierno lo presenta como una herramienta contra el crimen organizado, mientras el modelo de seguridad asociado a las megacárceles plantea interrogantes sobre las garantías y los derechos de las personas privadas de libertad.

Una cárcel de alta seguridad no constituye por sí misma una expresión de necropolítica. La cuestión es qué concepción de seguridad se fortalece cuando el castigo ocupa un lugar central en el discurso público.

En Los Juegos del Hambre, el espectáculo recuerda a los distritos quién tiene el poder. Cuando el encierro se presenta como advertencia pública, cabe preguntar si la exhibición del castigo desplaza la discusión sobre prevención, reinserción y condiciones sociales de la violencia.

La seguridad no se mide solamente por la capacidad de encerrar, sino también por la de prevenir la violencia y construir condiciones para la convivencia.

La gran negociación: ¿quién decide qué derechos se sacrifican?

El financiamiento de la educación pública, las políticas sociales, las condiciones laborales, la protección ambiental, los acuerdos comerciales y las respuestas frente a la violencia son asuntos diferentes. No tienen las mismas causas ni producen necesariamente los mismos efectos.

Sin embargo, todos pueden examinarse desde una preocupación compartida: cómo se establecen las prioridades públicas, quién participa en su definición y quién asume sus consecuencias.

La negociación es parte de la democracia. Permite construir acuerdos, resolver conflictos y conciliar intereses. El problema aparece cuando se utiliza para presentar el sacrificio de determinados derechos como una condición inevitable, sin discutir suficientemente las alternativas ni la distribución de los costos.

¿Por qué la protección ambiental se presenta a veces como un obstáculo para la inversión? ¿Por qué el financiamiento de la educación pública debe justificarse continuamente? ¿Por qué los costos de determinadas transformaciones laborales recaen sobre quienes tienen menor capacidad para afrontarlos? ¿Qué lugar ocupan los derechos humanos cuando entran en tensión con intereses comerciales?

Estas preguntas permiten conectar debates que, tratados por separado, pueden ocultar las relaciones de poder que los atraviesan.

En la arena, los participantes compiten dentro de reglas que no han establecido. La atención se concentra en sobrevivir, mientras el sistema que organiza la competencia permanece fuera de foco.

Algo semejante puede ocurrir cuando las necesidades colectivas se presentan como intereses enfrentados y la política queda reducida a decidir quién debe ceder.

La pregunta no es solamente quién gana una negociación, sino quién definió sus condiciones y qué alternativas quedaron fuera de la discusión.

Salir de la arena: disputar las condiciones de vida

La metáfora de Los Juegos del Hambre también permite imaginar la posibilidad de cuestionar las reglas de la competencia.

Frente a los conflictos analizados, no basta con identificar quién soporta los costos de las decisiones. También es necesario preguntarse cómo se construyen alternativas, qué actores pueden intervenir y qué capacidades colectivas permiten transformar las condiciones existentes.

La defensa de la educación pública, el trabajo digno, los derechos humanos, la protección ambiental y las condiciones de vida de las comunidades no tiene por qué convertirse en una competencia entre causas. Son dimensiones relacionadas con la posibilidad de sostener una vida digna.

La organización social permite recuperar las experiencias de quienes enfrentan estos problemas, producir conocimiento colectivo y formular propuestas que no se limiten a escoger entre sacrificios.

Esto no significa negar los conflictos, las restricciones materiales o la necesidad de tomar decisiones. Significa que las prioridades deben discutirse democráticamente y que sus consecuencias no deberían recaer sistemáticamente sobre quienes tienen menos poder para influir en ellas.

La necropolítica ofrece una herramienta para examinar precisamente esa distribución desigual de la protección y la vulnerabilidad. Su utilidad no consiste en convertir cualquier decisión cuestionable en una manifestación del mismo fenómeno, sino en preguntar cuándo las políticas y los discursos contribuyen a deshumanizar poblaciones, normalizar su sufrimiento o reducir la protección que reciben.

El TLC con Israel, el desalojo de Chorreras, los discursos sobre la violencia y las políticas penitenciarias son escenarios distintos. Cada uno requiere un análisis específico, pero todos nos invitan a examinar cómo se definen las prioridades y qué lugar ocupa la vida en las decisiones públicas.

Volvamos, entonces, a la pregunta inicial: ¿qué sucede cuando una sociedad comienza a aceptar que algunas personas pueden ser expulsadas, estigmatizadas o abandonadas sin que su sufrimiento provoque la misma preocupación que el de otras?

Quizás el mayor riesgo sea acostumbrarnos a la arena: asumir que no existen alternativas y que la única discusión posible consiste en decidir quién debe sacrificarse esta vez.

Los derechos necesitan condiciones materiales, instituciones que los sostengan y comunidades capaces de defenderlos. No deberían convertirse en fichas de cambio ni depender de que otras personas pierdan los suyos.

Porque el problema no es solamente quién gana los Juegos del Hambre. Es por qué hemos llegado a aceptar que la sociedad debe funcionar como una arena en la que unas vidas se sostienen a costa de otras.

Para seguir profundizando

La necropolítica, concepto desarrollado por el filósofo camerunés Achille Mbembe, nos invita a cuestionar cómo el poder decide quién merece protección y qué poblaciones quedan expuestas a la violencia, el abandono y la precarización de la vida. Para profundizar en esta reflexión, te invitamos a leer su texto Necropolitica, una obra fundamental para comprender las relaciones entre poder, violencia y las condiciones desiguales en que vivimos. Porque preguntarnos qué vidas importan también implica cuestionar las estructuras que producen y normalizan esas desigualdades.

Notas de prensa utilizadas

Corte Internacional de Justicia. (2024, 19 de julio). Legal consequences arising from the policies and practices of Israel in the Occupied Palestinian Territory, including East Jerusalem: Advisory opinion.

Costa Rica adopta el modelo penitenciario de Bukele con la inauguración de una nueva megacárcel. (2026, 14 de octubre). El País.

Costa Rica opens mega-prison as organized crime fight intensifies. (2026, 14 de octubre). Reuters.

Chaves incumplió promesa de resolver situación de 73 familias desalojadas en Chorreras. (2025, 28 de noviembre). CR Hoy.

Chaves sí reafirmó que “es entre ellos que se matan” al hablar de la crisis de homicidios. (2025, 11 de noviembre). Radioemisoras UCR.

Comisión rechaza recibir a cónsul palestina y experto en derecho internacional por TLC con Israel. (2026, 11 de septiembre). Delfino.cr.

El mito del paraíso verde y sostenible: Costa Rica arrastra al menos nueve retrocesos ambientales. (2026, 24 de julio). La Nación.

Excursiones estudiantiles a una megacárcel: la última receta contra el narco que divide a Costa Rica. (2026, 13 de julio). El País.

Madrigal, L. M. (2025, 26 de noviembre). Autoridades desalojaron asentamiento ilegal de coligalleros en Chorreras, Cutris. Delfino.cr.

Consejo Universitario de la UCR recomienda no aprobar TLC con Israel. (2026, 6 de octubre). Delfino.cr.

TLC entre Costa Rica e Israel: nuevas preguntas en el trámite legislativo. (2026, 22 de septiembre). Delfino.cr.

Vargas, N. (2025, 19 de julio). Minae ordena desalojar a más de 73 familias por invasión de refugio de vida silvestre. La Nación.

Sánchez, S. (2026, 16 de julio). Reglamento emitido por Rodrigo Chaves prohíbe visitas de menores a circuitos de alta contención, pero Laura Fernández impulsa llevar estudiantes al Cacco. La Nación.

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¿En qué momento nos acostumbramos a que desconozcan lo que somos?

Una reflexión del Colectivo Antonio Saldaña sobre la autonomía indígena, los saberes ancestrales y la defensa de la vida

Hay algo que nos debe preocupar profundamente: que nos acostumbremos a ver cómo se desconocen nuestros derechos, nuestras decisiones y nuestras formas de vida, como si no estuviera pasando nada.

Como Colectivo Antonio Saldaña, sentimos dolor cuando observamos que, frente a decisiones que afectan a nuestros pueblos, parece que poco a poco nos vamos acostumbrando a la indiferencia. El Gobierno y las instituciones toman decisiones, se establecen restricciones y se desconocen prácticas tradicionales y culturales, mientras la vida cotidiana continúa como si nada estuviera ocurriendo.

Pero sí está ocurriendo algo. Y necesitamos hablarlo.

Cuando se desconocen nuestras prácticas tradicionales, no se está despreciando solamente una costumbre o un conocimiento particular. Se está poniendo en cuestión nuestra cosmovisión, nuestra filosofía ancestral, nuestra historia, nuestra autonomía y nuestra identidad. Se está cuestionando nuestro derecho a existir como pueblos con conocimientos, formas de organización y maneras propias de comprender y cuidar la vida.

Para abrir esta reflexión, queremos poner en común tres situaciones que nos invitan a pensar qué lugar ocupan realmente los pueblos indígenas en las decisiones que afectan sus vidas.

1. Cuando nuestros conocimientos no encuentran lugar en los servicios de salud

El pasado 6 de octubre de 2026, el medio Delfino.cr informó que la Comisión Permanente Especial de Derechos Humanos de la Asamblea Legislativa archivó el proyecto de ley 24.506, que buscaba reconocer las prácticas tradicionales de los pueblos indígenas en los servicios de salud.

La iniciativa contemplaba el reconocimiento de la medicina tradicional indígena, las prácticas de las parteras durante el embarazo y el parto, y el respeto a las prácticas culturales relacionadas con la muerte y los funerales.

La mayoría que apoyó el archivo señaló preocupaciones sobre los riesgos sanitarios, la regulación y la supervisión de estas prácticas. Una propuesta de minoría, por su parte, planteó modificaciones para atender algunas de esas observaciones y mantener vivo el proyecto.

Pero esta noticia nos deja una pregunta que va más allá de lo ocurrido en la Asamblea Legislativa: ¿por qué sigue siendo tan difícil construir servicios de salud que reconozcan las condiciones culturales, territoriales y sociales de los pueblos indígenas?

En Talamanca conocemos las dificultades que enfrentan muchas familias para acceder a una atención médica digna y oportuna. Personas adultas mayores, familias con necesidades de atención compleja y personas que requieren medicamentos o tratamientos se encuentran con obstáculos relacionados con la distancia, la falta de recursos y la rigidez de los procedimientos institucionales.

En ocasiones, las propias personas trabajadoras de la salud reconocen estas dificultades, pero señalan que sus posibilidades de actuación están limitadas por los protocolos y los recursos disponibles.

Por eso, el problema no puede reducirse a una discusión entre medicina convencional y medicina tradicional. Necesitamos preguntarnos cómo construir servicios de salud que respondan a las necesidades de las comunidades, respeten sus conocimientos y garanticen la atención necesaria.

El Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo establece, en su artículo 25, que los servicios de salud deben organizarse, en la medida de lo posible, a nivel comunitario, planificarse y administrarse en cooperación con los pueblos interesados, y considerar sus condiciones económicas, geográficas, sociales y culturales.

Entonces, ¿por qué el reconocimiento de estas realidades continúa encontrando tantas dificultades?

Nuestros conocimientos no son piezas de museo. Son parte de nuestra vida, de nuestra historia y de las formas en que hemos aprendido a cuidar de nuestras familias y comunidades.

Reconocerlos no significa renunciar a la atención médica necesaria. Significa construir relaciones respetuosas entre conocimientos y garantizar que las decisiones sobre nuestra salud no se tomen ignorando quiénes somos y dónde vivimos.

2. Cuando las decisiones de nuestras comunidades no son respetadas

En agosto de 2026, comunidades bribris de Talamanca se movilizaron hasta las oficinas centrales de la Dirección Nacional de Desarrollo de la Comunidad (DINADECO), en San José.

Según informó el Observatorio de Bienes Comunes de la Universidad de Costa Rica, más de 60 personas de distintas comunidades participaron en la protesta del 20 de agosto. Exigían que DINADECO atendiera la decisión de la Asamblea de la Asociación de Desarrollo Integral del Territorio Indígena Bribri de Talamanca (ADITIBRI) de destituir a su presidenta.

El conflicto se relaciona con un contrato firmado en septiembre de 2024 con una empresa privada para la venta de certificados de créditos de carbono basados en la cobertura forestal del territorio. De acuerdo con la información publicada, la Asamblea de ADITIBRI había anulado el contrato desde 2024 y, en mayo de 2026, una nueva asamblea decidió destituir a la presidenta. Las personas manifestantes denunciaron que DINADECO no había tramitado esa decisión.

Aquí aparece una cuestión fundamental: ¿qué significa la autonomía indígena si las decisiones adoptadas por las comunidades encuentran obstáculos para hacerse efectivas ante las instituciones del Estado?

La autonomía no puede reducirse a una palabra que aparece en las leyes o en los discursos oficiales. Tiene que expresarse en la posibilidad real de que los pueblos discutan sus asuntos, tomen decisiones colectivas y ejerzan control sobre aquello que afecta su vida.

Cuando una comunidad cuestiona un contrato, exige que se respete una decisión de su asamblea o reclama información sobre una negociación, no está planteando un asunto administrativo aislado. Está defendiendo su derecho a participar en las decisiones que comprometen su presente y su futuro.

También debemos preguntarnos qué sucede cuando los mecanismos institucionales terminan alejando las decisiones de los espacios comunitarios donde deberían discutirse.

¿Quién tiene la última palabra sobre los asuntos que afectan al territorio? ¿Qué ocurre cuando la voluntad expresada en una asamblea no encuentra respuesta? ¿Cómo se garantiza que las estructuras de representación actúen conforme a los acuerdos y las decisiones de las comunidades?

Estas preguntas son necesarias porque la autonomía se construye y se defiende cotidianamente. Requiere información accesible, participación efectiva, transparencia y respeto por las decisiones colectivas.

No basta con afirmar que los pueblos indígenas tienen derechos. Es necesario que existan condiciones para ejercerlos.

3. Cuando proteger el bosque puede significar perder el control sobre el territorio

La discusión sobre los contratos de carbono también nos obliga a mirar más allá de las instituciones nacionales y preguntarnos qué intereses están entrando en nuestros territorios.

En agosto de 2025, durante un conversatorio solicitado por la comunidad de Alto Coén, personas bribris y cabécares de Talamanca analizaron los mecanismos de compensación de emisiones de carbono, en particular el Plan Ambiental Forestal Territorial (PAFT) y el Contrato de Reducción de Emisiones Forestales (CREF).

En ese encuentro se discutieron las condiciones de estos instrumentos, sus implicaciones para los usos tradicionales del bosque y las posibilidades reales de las comunidades de decidir sobre su implementación.

La preocupación no era que el bosque dejara de ser importante. Todo lo contrario: se trataba de defender una relación con la naturaleza que no puede reducirse a la cantidad de carbono que capturan los árboles.

Como señaló Filidencio Cubillo durante la protesta de agosto de 2026: «Es parte de nuestra cosmovisión, cuidar la naturaleza, porque en la naturaleza, en los bosques es que se encuentra nuestro alimento, la medicina, nuestras viviendas».

Estas palabras nos recuerdan que el bosque no es únicamente una superficie que captura carbono y que puede generar certificados para vender en los mercados internacionales. Es también un espacio de vida, de memoria, de alimentación, de medicina y de reproducción cultural.

Por eso, cuando los contratos establecen restricciones sobre el uso de los bosques, necesitamos preguntarnos qué consecuencias pueden tener para las comunidades que han construido históricamente sus formas de vida en relación con ellos.

¿Puede hablarse de conservación si las comunidades pierden capacidad para decidir cómo relacionarse con sus propios territorios?

¿Quién define qué significa proteger un bosque: las personas que han vivido y cuidado ese territorio durante generaciones, las instituciones que diseñan los programas o las empresas que compran certificados de carbono?

¿Quién obtiene los beneficios económicos y quién asume las restricciones y los riesgos?

Los cuestionamientos expresados en Talamanca apuntan a un problema de fondo: la conservación no puede convertirse en una nueva forma de limitar la autonomía indígena ni de subordinar las relaciones con la naturaleza a las necesidades de los mercados.

Los mecanismos de compensación de emisiones deben examinarse considerando sus condiciones concretas, sus efectos y las posibilidades reales de participación de las comunidades. No basta con que un proyecto se presente como ambientalmente beneficioso para dar por hecho que también lo es para los pueblos que habitan los territorios involucrados.

Cuidar el bosque no puede significar desconocer a quienes han construido su vida junto a él.

La protección de la naturaleza y la autonomía de los pueblos no deberían presentarse como objetivos incompatibles. El desafío es reconocer los conocimientos, las decisiones y las formas de manejo territorial de las comunidades, en lugar de imponerles condiciones definidas desde fuera.

4. Tres situaciones, una preocupación compartida

¿Qué tienen en común el archivo de un proyecto sobre medicina tradicional, los reclamos de las comunidades bribris ante DINADECO y las preocupaciones por los contratos de carbono?

Aunque se trata de situaciones diferentes, todas nos invitan a examinar una cuestión fundamental: ¿quién tiene la capacidad de decidir sobre nuestras vidas, nuestros conocimientos y nuestros territorios?

En la salud, la pregunta aparece cuando los servicios no responden adecuadamente a las condiciones culturales y territoriales de las comunidades, o cuando los saberes tradicionales encuentran dificultades para ser reconocidos.

En el gobierno del territorio, aparece cuando las comunidades reclaman que se respeten las decisiones de sus asambleas y que las instituciones atiendan su voluntad.

En la conservación de los bosques, aparece cuando los acuerdos con actores externos pueden establecer condiciones que afectan los usos tradicionales y la capacidad comunitaria de decidir sobre el territorio.

No debemos confundir estas situaciones ni asumir que todas responden exactamente a los mismos mecanismos. Cada una tiene su historia, sus actores y sus particularidades. Sin embargo, juntas nos permiten reconocer una preocupación común: el reconocimiento de los derechos indígenas no puede quedarse en el papel, sino que debe expresarse en las relaciones cotidianas entre los pueblos, las instituciones y los demás actores que intervienen en sus territorios.

La autonomía no existe plenamente si otras personas deciden qué conocimientos son válidos, qué prácticas pueden mantenerse, qué usos del bosque están permitidos o qué decisiones comunitarias merecen ser atendidas.

Y aquí necesitamos insistir en algo: no estamos hablando de privilegios, sino del respeto a los pueblos indígenas como sujetos colectivos de derechos, con historia, conocimientos, autoridades, formas de organización y capacidad para decidir sobre su futuro.

5. ¿Cómo llegamos a acostumbrarnos a la indiferencia?

Hay algo que nos duele y que necesitamos reconocer.

Cuando vemos que se toman decisiones que afectan a nuestros pueblos y sentimos que nada cambia, podemos terminar pensando que no vale la pena hablar, reclamar o participar. Cuando los procedimientos son complicados, las respuestas no llegan y nuestras voces parecen no tener suficiente peso, el cansancio puede convertirse en silencio.

Pero necesitamos preguntarnos qué sucede cuando ese silencio comienza a parecer normal.

¿En qué momento dejamos de sentir como propio lo que afecta a nuestra comunidad? ¿Cuándo empezamos a pensar que la pérdida de una práctica tradicional, la falta de atención médica o una decisión sobre nuestros bosques son asuntos separados de nuestra vida cotidiana?

La indiferencia no debe entenderse simplemente como una falta de interés de las personas. También debemos mirar las condiciones que la alimentan: el desgaste de las luchas, las dificultades para obtener respuestas, la falta de información, las divisiones internas y la sensación de que las decisiones importantes siempre se toman en otros lugares.

Por eso, esta reflexión no pretende señalar a nuestras comunidades ni responsabilizarlas por todo lo que ocurre. Busca abrir una conversación sobre cómo recuperar nuestra capacidad de escucharnos, reconocernos y organizarnos.

Porque la defensa de los derechos no comienza únicamente cuando presentamos una denuncia o participamos en una movilización. También comienza cuando compartimos lo que está ocurriendo, cuando conversamos con las personas mayores, cuando transmitimos nuestros conocimientos a las nuevas generaciones y cuando creamos espacios para discutir las decisiones que afectan a nuestra vida colectiva.

Necesitamos mantener vivas nuestras preguntas y construir respuestas en común.

No podemos permitir que el cansancio nos haga olvidar el valor de lo que defendemos. Tampoco podemos dejar que nuestras diferencias nos impidan reconocer las preocupaciones que compartimos.

La organización comunitaria necesita información, conversación y participación. Necesita que las personas puedan comprender qué está en juego, expresar sus preocupaciones y decidir juntas cómo actuar.

6. Defender lo que somos también es defender nuestro futuro

Nuestra identidad no es una herencia inmóvil que debemos conservar sin cambios. Es una historia viva que se transmite, se transforma y se reconstruye en las relaciones entre las generaciones, en el cuidado de los territorios y en las decisiones que tomamos como pueblos.

Defender nuestras prácticas tradicionales no significa rechazar cualquier conocimiento nuevo. Defender la autonomía no significa renunciar al diálogo con otras instituciones. Defender los bosques no significa aceptar que otras personas decidan por nosotros cómo debemos vivir en ellos.

Significa que esos diálogos, acuerdos y decisiones deben construirse desde el respeto, con participación efectiva y reconociendo nuestra capacidad para decidir.

Queremos servicios de salud que respondan a las necesidades de nuestras familias. Queremos instituciones que respeten nuestras decisiones comunitarias. Queremos que la conservación de los bosques no se convierta en una excusa para restringir nuestros derechos o abrir la puerta a nuevas formas de apropiación de los territorios.

Y, sobre todo, queremos que nuestras voces sean escuchadas antes de que las decisiones estén tomadas.

No podemos aceptar que nuestra historia sea tratada como algo que ya pasó, que nuestros conocimientos sean vistos como obstáculos o que nuestra relación con la naturaleza sea reducida a un valor económico.

Nuestros saberes están vivos. Nuestros territorios están vivos. Nuestras comunidades siguen pensando, actuando y construyendo sus propios caminos.

Por eso, frente a estas situaciones, necesitamos preguntarnos cómo fortalecer nuestra organización, cómo acompañar las luchas de nuestras comunidades y cómo hacer que las nuevas generaciones conozcan las historias que nos han traído hasta aquí.

No podemos permitir que el desconocimiento se vuelva costumbre, ni que la indiferencia termine pareciéndonos normal.

El dolor que sentimos ante estas situaciones también puede convertirse en una oportunidad para conversar, recuperar la memoria y fortalecer los vínculos que sostienen nuestra vida colectiva.

Porque defender nuestros derechos no es solamente reaccionar ante lo que otros hacen. Es también afirmar quiénes somos, qué valoramos y qué futuro queremos construir.

Una pregunta para conversar en nuestras comunidades

Queremos dejar abierta esta reflexión para que no termine en estas palabras.

Cuando se archiva una iniciativa que busca reconocer nuestros conocimientos, cuando una comunidad tiene que movilizarse para exigir que se respeten sus decisiones o cuando se establecen condiciones que pueden afectar nuestra relación con los bosques, tenemos razones para detenernos y conversar.

¿Qué podemos hacer, desde nuestras familias, nuestras comunidades y nuestras formas de organización, para que el desconocimiento de nuestros derechos no se convierta en algo que terminemos aceptando en silencio?

¿Qué necesitamos recuperar para fortalecer nuestra autonomía? ¿Cómo podemos transmitir nuestros conocimientos y nuestra historia a las nuevas generaciones? ¿Qué espacios debemos construir para que las decisiones sobre nuestra salud, nuestra cultura y nuestros territorios se tomen con nuestra participación real?

No tenemos que responder estas preguntas en soledad. Podemos hacerlo escuchándonos, compartiendo nuestras experiencias y construyendo acuerdos.

La defensa de nuestros derechos también se sostiene en esa capacidad de reconocernos como parte de una historia común y de actuar colectivamente para que siga viva.

9 de octubre del 2026

Colectivo Antonio Saldaña

Talamanca, Costa Rica

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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60 años de las Panteras Negras y la defensa de lo común: ¿cómo se construye autonomía desde la organización colectiva?

El 15 de octubre de 1966, Huey P. Newton y Bobby Seale fundaron el Partido Pantera Negra para la Autodefensa en Estados Unidos. Su Programa de Diez Puntos articuló demandas de libertad, empleo, vivienda, educación, justicia y autodeterminación para las comunidades negras. A sesenta años de aquella declaración, su legado nos invita a preguntarnos cómo defender las condiciones que sostienen la vida y cómo construir autonomía desde los movimientos sociales y los colectivos.

Hay declaraciones políticas que nos permiten reconocer que las injusticias no son problemas aislados, sino expresiones de una forma de organizar la sociedad. También hay declaraciones que, además de denunciar esas injusticias, plantean una pregunta fundamental: ¿quién tiene la capacidad de decidir sobre las condiciones en las que vivimos?

El Programa de Diez Puntos del Partido Pantera Negra, redactado el 15 de octubre de 1966, partía de una realidad marcada por el racismo estructural, la explotación económica y la violencia policial contra la población negra en Estados Unidos. Bajo el título What We Want, What We Believe —«Lo que queremos, lo que creemos»—, Huey P. Newton y Bobby Seale formularon diez demandas que vinculaban la libertad con las condiciones materiales de existencia y la capacidad de las comunidades para determinar su propio destino.

El documento reclamaba empleo, vivienda digna, educación, justicia, protección frente a la violencia policial y libertad para las personas encarceladas injustamente. También cuestionaba la apropiación capitalista de la riqueza de las comunidades negras y reivindicaba el acceso a la tierra, la alimentación, el vestido y la paz.

Su punto de partida era claro: no podía hablarse de libertad mientras las condiciones necesarias para ejercerla estuvieran negadas a una parte de la población.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes, volver sobre esta declaración permite abrir una conversación que conecta las luchas históricas contra el racismo con una pregunta que atraviesa las experiencias actuales de organización social: ¿cómo defendemos aquello que sostiene nuestras vidas y construimos la capacidad colectiva para decidir sobre ello?

Diez puntos para transformar las condiciones de la vida

El Programa de Diez Puntos no era una lista de demandas inconexas. Sus planteamientos expresaban una comprensión de la desigualdad que relacionaba las condiciones materiales de existencia con las relaciones económicas, la discriminación racial y el ejercicio del poder.

Sus diez puntos pueden sintetizarse de la siguiente manera:

  1. Libertad y autodeterminación: capacidad de las comunidades negras para determinar su propio destino.
  2. Empleo pleno: garantizar trabajo e ingresos, y transformar el control de los medios de producción cuando los empresarios no aseguraran empleo para toda la población.
  3. Fin de la explotación económica: exigir reparación por el despojo y la explotación histórica sufridos por las comunidades negras.
  4. Vivienda digna: garantizar condiciones adecuadas para habitar y plantear alternativas cooperativas de propiedad y gestión.
  5. Educación liberadora: conocer la historia propia y comprender la posición de las comunidades en la sociedad.
  6. Rechazo al servicio militar obligatorio: cuestionar la participación forzada en una estructura estatal que no garantizaba la protección de la población negra.
  7. Fin de la brutalidad policial: exigir el cese de la violencia policial y reivindicar la autodefensa comunitaria.
  8. Libertad para las personas negras encarceladas injustamente: denunciar la ausencia de juicios justos e imparciales.
  9. Juicios con garantías y jurados representativos: reclamar que los procesos judiciales consideraran las condiciones sociales, históricas y comunitarias de las personas acusadas.
  10. Acceso a la tierra y a las condiciones fundamentales para vivir: reunir las demandas de alimentación, vivienda, educación, vestido, justicia y paz.

(Fuente: elaboración propia a partir del Programa de Diez Puntos del Partido Pantera Negra, publicado por BlackPast.)

Al leer estos planteamientos en conjunto, encontramos una preocupación que atraviesa todo el programa: la libertad no puede separarse de las condiciones materiales que permiten ejercerla.

La educación no se limita a recibir información; también supone comprender la historia y la posición que ocupamos en la sociedad. La vivienda no es únicamente disponer de un techo; implica contar con condiciones dignas para habitar. El empleo no se reduce a conseguir una ocupación; también plantea preguntas sobre la distribución de la riqueza y el control de los procesos productivos.

De igual manera, la justicia no puede comprenderse únicamente como la existencia de instituciones judiciales cuando las propias comunidades denuncian prácticas discriminatorias y violencia institucional.

El programa conectaba las necesidades cotidianas con una disputa más profunda sobre quién controla los recursos, quién toma las decisiones y qué posibilidades tienen las comunidades de transformar las condiciones que producen la desigualdad.

Esta perspectiva resulta importante para pensar la defensa de los bienes comunes. Las condiciones que sostienen la vida no pueden analizarse exclusivamente como asuntos individuales, pues también dependen de relaciones sociales, decisiones políticas, formas de propiedad y capacidades de organización colectiva.

La autonomía comienza por la capacidad de decidir

El primer punto del programa expresaba una aspiración que atravesaba los demás: la población negra no sería libre mientras no pudiera determinar el destino de sus propias comunidades.

Esta reivindicación permite detenernos en una cuestión central para los movimientos sociales: ¿qué significa construir autonomía cuando las decisiones que afectan nuestras vidas se encuentran concentradas en otras manos?

La autonomía no se limita a disponer de espacios propios o a obtener reconocimiento institucional. También implica construir capacidades para identificar necesidades, formular propuestas, establecer prioridades, tomar decisiones y sostener procesos colectivos.

Desde esta perspectiva, un movimiento social no construye autonomía únicamente cuando consigue que una institución atienda sus demandas. También lo hace cuando fortalece su capacidad para interpretar la realidad, producir conocimientos propios, organizarse y decidir qué caminos seguir.

Esto no significa que las instituciones públicas dejen de tener responsabilidades. Las demandas de las Panteras Negras dirigían exigencias concretas al Gobierno estadounidense y cuestionaban las condiciones económicas y políticas que reproducían la desigualdad. El programa combinaba, por tanto, la exigencia de transformaciones estructurales con la reivindicación de la capacidad de las comunidades para determinar su propio destino.

Aquí aparece una tensión que sigue presente en las organizaciones contemporáneas: ¿cómo exigir que el Estado y otras instituciones cumplan sus responsabilidades sin delegar completamente en ellas la capacidad de decidir y actuar?

La pregunta es relevante para los colectivos que defienden el agua, la tierra, los territorios, la salud, la educación y otros bienes comunes. En sus luchas, las comunidades suelen necesitar respuestas institucionales, recursos públicos y cambios normativos. Pero también necesitan fortalecer sus propias capacidades para comprender los problemas, construir acuerdos y sostener la organización más allá de una coyuntura particular.

La autonomía se construye precisamente en esa relación entre la exigencia de derechos y el fortalecimiento de las capacidades colectivas.

No se trata de escoger entre actuar por cuenta propia o exigir respuestas institucionales. Se trata de evitar que la organización comunitaria quede reducida a esperar decisiones ajenas y de construir las condiciones para intervenir en ellas desde una posición colectiva.

Del programa político a las prácticas que sostienen la vida

La experiencia histórica del Partido Pantera Negra también permite reflexionar sobre la relación entre las reivindicaciones políticas y las prácticas cotidianas.

Además de formular sus demandas, las Panteras Negras desarrollaron iniciativas comunitarias como el Programa de Desayunos Gratuitos para Niños, clínicas de salud y actividades educativas. Estas experiencias buscaban responder a necesidades concretas y acercar la organización política a la vida diaria de las comunidades.

Esta dimensión importa porque muestra que la acción política no se agota en la denuncia, la movilización o la interlocución con las instituciones. También puede expresarse en la creación de iniciativas que permitan atender necesidades, compartir recursos y desarrollar capacidades colectivas.

Cuando una organización plantea que la alimentación es un derecho, la pregunta también es cómo responder a las situaciones concretas de hambre. Cuando reivindica el acceso a la salud, debe preguntarse qué barreras enfrentan las personas y qué respuestas pueden construirse. Cuando defiende la educación, necesita reflexionar sobre los conocimientos que se producen, quiénes pueden acceder a ellos y para qué sirven.

Las iniciativas comunitarias de las Panteras Negras respondieron a su contexto histórico y político específico. No constituyen una fórmula que pueda trasladarse mecánicamente a otros lugares, pero permiten reconocer una relación importante entre las demandas de transformación y la construcción de respuestas colectivas.

Para los movimientos y colectivos actuales, esta relación abre varias preguntas: ¿qué necesidades compartidas podemos atender mediante nuestra organización? ¿Qué conocimientos, recursos y capacidades existen ya en nuestras comunidades? ¿Cómo podemos fortalecerlos sin sustituir las responsabilidades que corresponden a las instituciones públicas?

Desde el Observatorio de Bienes Comunes, esta reflexión nos permite reconocer que defender lo común también supone construir relaciones de cooperación, prácticas de cuidado y espacios donde los conocimientos puedan compartirse. Lo común no es únicamente aquello que se reclama o se protege. También se construye mediante las relaciones sociales que permiten sostenerlo.

La autonomía también se construye desde el conocimiento

El quinto punto del Programa de Diez Puntos reclamaba una educación que permitiera conocer la historia de la población negra y comprender su posición en la sociedad. Para las Panteras Negras, conocer la propia historia estaba relacionado con la posibilidad de interpretar la realidad y actuar sobre ella.

Esta reivindicación nos invita a pensar el papel del conocimiento en los procesos de organización colectiva.

Los movimientos sociales no solo se enfrentan a problemas materiales. También necesitan disputar las explicaciones que se construyen sobre esos problemas. Las desigualdades pueden presentarse como inevitables, las necesidades comunitarias pueden reducirse a asuntos individuales y las experiencias históricas de resistencia pueden quedar fuera de los relatos dominantes.

Frente a ello, producir conocimiento desde las propias experiencias permite reconocer las causas de los problemas, recuperar la memoria de las luchas y construir herramientas para orientar la acción colectiva.

Pensemos en una comunidad que enfrenta dificultades para acceder al agua. Su experiencia no comienza cuando llega una institución a estudiar el problema ni termina cuando se publica un informe técnico. Existe un conocimiento construido mediante la observación cotidiana, la memoria de los cambios en el territorio, las prácticas de cuidado y las conversaciones entre quienes dependen de esa fuente de agua.

Ese conocimiento no sustituye los estudios técnicos ni las responsabilidades institucionales, pero resulta indispensable para comprender integralmente lo que sucede y para que las decisiones no excluyan a quienes viven sus consecuencias.

Algo semejante ocurre con las luchas por la tierra, la salud y la educación. La experiencia de quienes enfrentan una situación concreta constituye una fuente de conocimiento que puede fortalecerse mediante el diálogo, la investigación y la reflexión colectiva.

En este sentido, la autonomía también supone la capacidad de producir interpretaciones propias de la realidad, compartir saberes y decidir qué conocimientos necesitamos para actuar.

Un colectivo fortalece su autonomía cuando deja de ser únicamente destinatario de diagnósticos ajenos y construye capacidades para comprender, explicar y transformar las condiciones que afectan su vida.

Esta dimensión conecta la experiencia histórica de las Panteras Negras con la educación popular y la sistematización de experiencias: prácticas que reconocen a las personas y comunidades como protagonistas de la producción de conocimiento, no solamente como receptoras de información.

Defender lo común es construir organización sin perder la autonomía

Las luchas colectivas suelen enfrentarse a una dificultad: las necesidades son muchas, los recursos son limitados y las instituciones no siempre responden a las demandas planteadas. En ese escenario, sostener la organización requiere algo más que voluntad.

Es necesario construir acuerdos, distribuir responsabilidades, compartir conocimientos y generar condiciones para que la participación no dependa exclusivamente de unas pocas personas. También es importante desarrollar mecanismos para evaluar las decisiones, abordar los desacuerdos y revisar las estrategias cuando las circunstancias cambian.

La autonomía no significa que un colectivo deba resolverlo todo por sí mismo. Tampoco implica rechazar las alianzas con otras organizaciones o instituciones. Por el contrario, puede fortalecerse mediante la articulación con otros actores, siempre que existan condiciones para discutir los objetivos, establecer acuerdos y mantener la capacidad de decisión colectiva.

Esta cuestión es especialmente importante cuando las organizaciones consiguen recursos, reciben apoyo institucional o participan en espacios de negociación. Esas relaciones pueden contribuir a sostener procesos comunitarios, pero también plantean interrogantes sobre las prioridades, los tiempos y las formas de trabajo.

¿Quién define los objetivos de una iniciativa? ¿Las prioridades responden a las necesidades identificadas colectivamente o a las condiciones establecidas por quienes aportan los recursos? ¿Qué sucede con la organización cuando termina un proyecto o cambia una administración? ¿Qué capacidades permanecen en la comunidad después de una intervención?

Estas preguntas no tienen respuestas universales. Cada proceso debe encontrar sus propios caminos. Sin embargo, permiten reconocer que la autonomía también depende de cómo se organizan las relaciones internas y externas de los colectivos.

La experiencia de las Panteras Negras nos invita a observar la relación entre las reivindicaciones, las necesidades cotidianas y la capacidad de organización. Su Programa de Diez Puntos no se limitaba a pedir mejores condiciones de vida: cuestionaba las estructuras que producían la desigualdad y reclamaba que las comunidades pudieran decidir sobre su destino.

Recuperar esa dimensión no significa idealizar su trayectoria ni trasladar sus estrategias a otros contextos sin considerar sus diferencias. Significa reconocer una pregunta que sigue siendo relevante para los movimientos sociales: ¿cómo construir fuerzas colectivas capaces de transformar las condiciones de vida sin perder la capacidad de decidir sobre sus propios caminos?

El 15 de octubre de 2026 se cumplen sesenta años de la fundación del Partido Pantera Negra. Su Programa de Diez Puntos surgió de una experiencia histórica específica, marcada por el racismo estructural, la explotación económica y la violencia institucional en Estados Unidos. Sin embargo, sus planteamientos permiten abrir una conversación sobre la relación entre las condiciones materiales de existencia, la justicia y la autonomía comunitaria.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes, nos interesa recuperar esta experiencia sin forzar equivalencias entre contextos diferentes. La pregunta no es si las luchas actuales deben reproducir el programa de las Panteras Negras, sino qué reflexiones podemos construir a partir de su manera de relacionar las necesidades cotidianas con las estructuras de poder.

Cuando una comunidad defiende el agua, también disputa quién puede decidir sobre ella y bajo qué criterios. Cuando un colectivo reivindica el acceso a la salud, plantea preguntas sobre las condiciones necesarias para sostener la vida. Cuando una organización recupera la memoria de un territorio, fortalece la posibilidad de comprender su historia y participar en las decisiones sobre su futuro.

En todos estos casos, la defensa de lo común requiere reconocer las necesidades compartidas, pero también construir capacidades para intervenir en las condiciones que las hacen posibles.

Por eso, la autonomía de los movimientos y colectivos no puede reducirse a una consigna. Se construye en las prácticas cotidianas: en la forma de tomar decisiones, compartir conocimientos, distribuir responsabilidades, establecer alianzas y sostener procesos organizativos a lo largo del tiempo.

También se construye cuando las comunidades reconocen que sus experiencias tienen valor, que pueden producir conocimientos y que tienen derecho a participar en las decisiones que afectan sus vidas.

El legado de las Panteras Negras nos devuelve, así, a tres preguntas fundamentales:

  • -¿Qué condiciones necesitamos para vivir dignamente y cómo defendemos aquello que las hace posibles?
  • -¿Cómo fortalecemos la capacidad de nuestras comunidades para decidir sobre los bienes, los conocimientos y las relaciones que sostienen la vida?
  • -¿Qué formas de organización necesitamos construir para transformar las condiciones de desigualdad sin perder nuestra autonomía?

Estas preguntas no ofrecen respuestas inmediatas. Nos invitan a reconocer que la defensa de lo común es, al mismo tiempo, una disputa por los recursos, una lucha por la capacidad de decidir y un proceso de construcción colectiva.

A sesenta años de su fundación, el Programa de Diez Puntos nos recuerda que las demandas por una vida digna adquieren otra dimensión cuando se conectan con la organización de las comunidades y su capacidad para transformar las condiciones que enfrentan.

Defender lo común no consiste solamente en proteger aquello que compartimos. También implica construir autonomía para decidir cómo queremos vivir, fortalecer las capacidades colectivas para sostener esa vida y organizarnos para transformar las relaciones que la amenazan.

Referencia:

BlackPast, The Black Panther Party Ten-Point Program (1966).
https://blackpast.org/african-american-history/black-panther-party-ten-point-program-1966/

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De la denuncia al compromiso: comunidades de Upala logran acuerdos para atender sus caminos

La organización de las comunidades de Los Ledezma, Fátima, Villanueva, El Delirio y San Bosco comienza a dar resultados. Después de denunciar públicamente el deterioro de sus caminos y anunciar una manifestación pacífica para exigir respuestas, Mario Cortez, presidente de la Asociación de Desarrollo Integral de Los Ledezma nos informa sobre los nuevos compromisos que obtuvieron: la Municipalidad acordó aproximadamente 31 millones de colones para rutas cantonales y el Consejo Nacional de Vialidad (CONAVI) acordó iniciar trabajos en uno de los caminos a partir del martes.

Lo ocurrido nos recuerda que las comunidades no son espectadoras de sus propias condiciones de vida. Cuando las necesidades se acumulan y las respuestas no llegan, la organización colectiva permite hacer visibles los problemas, posicionar las demandas y abrir espacios de negociación.

Cuando las comunidades se organizan, sus demandas se hacen escuchar

Hace unos días, las asociaciones de desarrollo de Los Ledezma, Fátima, Villanueva, El Delirio y San Bosco alzaron la voz para denunciar las condiciones de la ruta nacional 170 y de varios caminos municipales. La situación afectaba actividades fundamentales para la vida cotidiana: el acceso a los servicios de salud, la asistencia a la escuela, el traslado de las cosechas y la posibilidad de desplazarse entre comunidades.

Ante la falta de respuestas concretas, las organizaciones anunciaron una manifestación pacífica para exigir compromisos que permitieran atender la problemática. Su demanda era clara: no bastaba con escuchar promesas; necesitaban acuerdos concretos y fechas para el inicio de las obras.

Ahora, las comunidades comparten noticias alentadoras sobre las gestiones realizadas. Según la información comunicada por sus representantes, la Municipalidad aprobó aproximadamente 30 millones de colones para atender rutas cantonales. Además, informan que representantes de CONAVI se presentaron ante las comunidades y alcanzaron un acuerdo para comenzar los trabajos de reparación de uno de los caminos el próximo martes.

Estos avances constituyen una respuesta a las gestiones comunitarias y abren una nueva etapa: dar seguimiento a los compromisos para que se traduzcan en mejoras efectivas para las poblaciones.

La voluntad comunitaria de defender la vida cotidiana

Lo sucedido en estas comunidades permite reconocer el valor de la organización comunal, especialmente en territorios rurales donde las poblaciones enfrentan dificultades para conseguir que sus necesidades sean atendidas.

Organizarse, denunciar públicamente, buscar espacios en los medios de comunicación y anunciar una manifestación pacífica son formas legítimas de participación mediante las cuales las comunidades ejercen su derecho a expresar sus preocupaciones y exigir respuestas.

Estas acciones adquieren especial relevancia cuando las personas deben insistir durante años para que se atiendan necesidades que afectan directamente su vida cotidiana. En estos contextos, las comunidades no siempre cuentan con los mismos recursos, capacidades de incidencia o posibilidades de interlocución que las instituciones responsables de atender sus demandas. Frente a estas desventajas, la articulación entre asociaciones permite compartir esfuerzos, fortalecer su capacidad de negociación y construir una voz colectiva.

En Upala, cinco comunidades decidieron unir sus voces porque reconocieron que sus dificultades no eran problemas aislados. El deterioro de los caminos afectaba a distintas poblaciones y comprometía condiciones fundamentales para estudiar, trabajar, cuidar y sostener la vida comunitaria.

La respuesta que ahora comunican muestra la importancia de mantener abiertas las vías de diálogo sin renunciar a la exigencia de soluciones. La disposición comunitaria para organizarse y posicionar sus demandas permitió colocar el problema en la agenda pública y avanzar hacia compromisos concretos.

Afiche de invitación a la manifestación difundido por parte de las asociaciones.

Del compromiso a las obras: la importancia de dar seguimiento

Los acuerdos alcanzados representan un paso importante, pero también plantean un desafío: verificar que los compromisos anunciados se cumplan.

La aprobación de recursos por parte de la Municipalidad para las rutas cantonales y el acuerdo comunicado con CONAVI deberán traducirse en intervenciones que respondan a las necesidades señaladas por las comunidades. Por eso, será importante conocer el alcance de las obras, los caminos que serán atendidos y los avances de los trabajos anunciados.

Este seguimiento no resta valor a los acuerdos alcanzados. Por el contrario, permite fortalecer la participación ciudadana y reconocer que las comunidades tienen un papel fundamental en la vigilancia de los compromisos públicos que afectan sus condiciones de vida.

Un camino transitable no es únicamente una obra de infraestructura. Es una condición para que una ambulancia pueda llegar hasta una vivienda, para que la niñez acceda a la educación, para que las familias campesinas transporten sus cosechas y para que las personas puedan desplazarse sin que las condiciones de las vías se conviertan en un obstáculo permanente.

Por eso, atender estos caminos significa también responder a necesidades de salud, educación, trabajo y organización comunitaria.

Organizarse también es construir comunidad

La experiencia de Los Ledezma, Fátima, Villanueva, El Delirio y San Bosco nos deja una reflexión que va más allá de los acuerdos anunciados.

Las comunidades conocen de primera mano las dificultades que atraviesan sus territorios. Son sus habitantes quienes enfrentan cotidianamente las consecuencias de los caminos deteriorados y quienes identifican lo que está en juego cuando las respuestas institucionales tardan en llegar.

Su organización permite convertir esas experiencias dispersas en una demanda colectiva, construir interlocución con las instituciones y reclamar condiciones que consideran indispensables para vivir dignamente.

Lo ocurrido también nos invita a mirar la participación ciudadana más allá de los mecanismos formales. Participar es reunirse, compartir preocupaciones, construir acuerdos, denunciar aquello que afecta a la comunidad y ejercer presión para que las necesidades sean atendidas. Es, además, sostener la voluntad de actuar colectivamente incluso cuando existen dificultades y desventajas para hacerse escuchar.

Las noticias que llegan desde Upala son motivo para reconocer el esfuerzo de las organizaciones comunitarias y la importancia de los compromisos alcanzados. Por una parte, la aprobación de recursos municipales para las rutas cantonales representa un avance en la atención de las necesidades señaladas; por otra, el acuerdo con CONAVI abre la posibilidad de iniciar trabajos en uno de los caminos. Ahora corresponde dar seguimiento para que estos compromisos se conviertan en obras y las mejoras lleguen a quienes las necesitan.

Porque cuando una comunidad se organiza para defender sus caminos, también está defendiendo sus posibilidades de cuidar, trabajar, estudiar y permanecer en su territorio.

La experiencia de estas cinco comunidades nos recuerda que la organización colectiva importa: las demandas compartidas pueden abrir caminos para que las necesidades de la población sean escuchadas y atendidas. Y que la participación comunitaria no termina cuando se anuncia un acuerdo; continúa en la tarea de vigilar su cumplimiento y defender las condiciones que hacen posible una vida digna.