Jannia Fernández, Jimena Tercero, Monserrat Espinoza y Zuiri Méndez
TC-590 Defensa Comunitaria de Territorios
En la Finca San Andrés y Crün Shurín, Térraba, la historia de la tierra no se cuenta como un asunto del pasado. Se entrelaza con las historias de vida de quienes la habitan: está en las casas levantadas por las familias, en las parcelas que se regeneran y en las personas que participaron en los procesos de recuperación. También permanece en los conflictos que, años después, siguen marcando la vida en el territorio, escenario de una disputa por la tierra, los servicios básicos y el rol de la Asociación de Desarrollo Integral (ADI).
Actualmente, el «Reglamento Interno de Acceso y Tenencia de la Tierra del territorio indígena de Térraba» impulsado desde la ADI de Térraba está en el centro de las preocupaciones de la comunidad. Este reglamento interno podría tener injerencia directa sobre quienes habitan fincas recuperadas, incluida su permanencia y posibles mecanismos de desalojo. Así quedó expuesto durante las reuniones realizadas el 5 y 6 de septiembre, cuando miembros de ambas comunidades compartieron los antecedentes del conflicto y sus preocupaciones frente a una supuesta consulta del reglamento.
Nos han dado la tierra.
Recuperamos la tierra.
La recuperación de Finca San Andrés ocurrió en 2015. Según explicaron, San Andrés había sido adquirida al igual que la finca Volcancito, por el Instituto de Desarrollo Agrario (IDA ahora INDER). Esta gestión se dio en el marco de regresar tierras que estaban en manos no indígenas al territorio indígena de Térraba.
De acuerdo con los participantes, está adquisición fue entregada a la ADI de Térraba, sin embargo Volcancito fue repartido en manos de personas no indígenas y que personas beneficiadas terminaron vendiendo a personas no indígenas. Por lo que según relataron, queriendo evitar que en San Andrés se repitiera la misma situación que en Volcancito y sumando la necesidad de que la tierra se entregará a personas no indígenas, fue que un grupo ingresó a la finca en 2015 para asegurar la tierra a cerca de 40 familias indígenas brörán.
En el caso de Crün Shurín, la recuperación se llevó a cabo en el 2018. Crün Shurín significa «Tierra de Venados» y fue realizada por 16 familias brörán. Según los relatos, las tierras estaban en manos de un terrateniente que se dedicaba a la ganadería extensiva. Luego de la recuperación que implicó la vivencia de múltiples violencias y amenazas, han logrado ir restaurando el espacio para que la biodiversidad se regenere.
Según las personas participantes, la ADI de Térraba no ha respetado la Base de datos creada junto al Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) y el Consejo de Mayores Brörán, donde se reconocen doce troncos genealógicos pertenecientes al pueblo térraba/brörán. Señalan que la ADI tampoco ha hecho esfuerzos para regresar el territorio a manos de personas indígenas. Según Jorge Cole en el año 1976, el 88% del territorio estaba en manos de personas no indígenas (2009).
Un reglamento que podría abrir paso al despojo
Según lo expresado durante las reuniones, el «Reglamento Interno de Acceso y Tenencia de la Tierra del territorio indígena de Térraba» es impulsado desde la ADI de Térraba, cuya dirigencia, según señalaron los participantes, mantiene una continuidad de más de 30 años. Para Macedonio, Pedro y Jorge de la recuperación Crún Shurín, representa otro mecanismo institucional que podría utilizarse para expulsarles de la tierra recuperada.
Para algunos miembros de la comunidad, el problema no es únicamente la existencia del reglamento, sino el poder que podría otorgar a personas no indígenas para tomar decisiones sobre las personas y la tierra en la que habitan. También se cuestionó que una normativa interna permita medidas que afecten derechos fundamentales sin garantizar el debido proceso.
Un reglamento no es una ley y un reglamento no puede ir en contra de una ley, expresó uno de los participantes. La preocupación también se relaciona con quién tendría autoridad para aplicar esas medidas. Otro asistente lo resumió así: La asociación no puede ser juez y parte.
También se mencionó que el reglamento podría contemplar expulsiones del territorio por periodos de entre cinco y diez años, y cuestionaron que decisiones de esa magnitud puedan tomarse sin acuerdos con la comunidad.
Resaltando que el problema no radica únicamente en establecer reglas, sino en que éstas respeten la Ley Indígena y las formas propias mediante las cuales los pueblos indígenas toman sus decisiones.
La ADI y el acceso a servicios básicos como forma de presión
Pero primero, ¿Qué es una ADI?. Las Asociaciones de Desarrollo Integral (ADI) son figuras que el Estado reconoce como agentes legales para impulsar el desarrollo de comunidades. Sin embargo, en el caso de territorios indígenas tienen una particularidad, pues la tierra es de carácter comunal. En los territorios indígenas la tierra que pertenece a cada familia no se registra en planos catastrados, más bien, lo que se reconoce en el Registro Civil es el plano catastrado de todo el territorio designado por ley para cada pueblo indígena en particular.
Por lo que, el Estado entrega una potestad a las ADIs en territorios indígenas para administrar la tierra. Esta decisión ha llevado a muchos tipos de conflictos, pues las ADIs, según señalaron integrantes de Crün Shurín y Térraba, son organizaciones impuestas sobre formas organizativas propias.
El acceso a servicios básicos fue otra de las dificultades señaladas, ya que la ADI entrega reconocimientos de identidad indígena para que puedan acceder a servicios básicos. Algunos habitantes aseguraron haber enfrentado problemas para obtener electricidad y agua potable, y otros continúan sin estos servicios porque, según mencionaron, la ADI obstaculiza su obtención. Nos están negando servicios básicos que para nosotros son funcionales, por ejemplo, poner la electricidad, manifestó uno de los participantes.
La experiencia de Ballvina muestra cómo estas dificultades para acceder a servicios básicos han tenido consecuencias directas en la vida cotidiana de las familias. Al recordar la situación con su madre, señaló que durante años permaneció sin acceso a electricidad ni agua: Nos niega la luz, durante cinco años, no se pudo poner una refri, no se pudo poner una lavadora, ni el agua, el agua siempre la trasladé desde Buenos Aires a aquí para poder tener a mi mamá, hasta que al fin ella descansó, nos cuenta.
Según explicó, su madre no pudo disfrutar de esas condiciones básicas durante el tiempo que permaneció allí.
Los testimonios coinciden al afirmar que la ADI tiene a su disposición un arsenal de herramientas de coacción con el fin de intimidar voces disidentes dentro de la comunidad: desde la promesa de tierras y bonos de vivienda a personas indígenas y no indígenas, hasta una tramitología alienante por parte del SENASA si se busca diversificar la actividad económica.
En palabras de Dixiana: La gente tiene que someterse si quiere acceder a servicios básicos.
En ese contexto, también señalan las presiones que atribuyen a la ADI y cuestionan la poca regulación que, según consideran, ejerce DINADECO (Dirección Nacional de Desarrollo de la Comunidad) sobre las Asociaciones de Desarrollo. A esto se suma la preocupación por el distanciamiento de las autoridades respecto a la comunidad indígena.
El sentimiento entre las y los habitantes reunidos era compartido: aquel de la rabia frente a la violación de su autonomía, autogestión y cosmovisión frente a un organismo con profundas raíces coloniales establecido como régimen disciplinario de cuerpos y territorios.
Autoridades tradicionales fuera de la discusión
La pregunta sobre quién debe participar en las decisiones relacionadas con la vida comunitaria fue un hilo conductor de las conversaciones. Varias voces insistieron en la importancia del Consejo de Mayores dentro de las estructuras tradicionales de autogobierno indígena y cuestionaron la concentración de decisiones en la ADI cuando sus consecuencias afectan a las comunidades.
Uno de los mayores dijo no haber tenido acceso al reglamento: Ese reglamento no lo he visto y pertenezco al Consejo de Mayores. Yo no lo he visto, no me lo han pasado.
Para él, la discusión debía involucrar primero a los mayores. Los mayores (…) deberían primero ver eso para poder conversar con la juventud, manifestó.
Los adultos mayores sostienen la comunidad mediante la transmisión de saberes y herencia cultural; paradójicamente, un mamotreto legal como el que promueve la ADI lo que hace es dejarlos fuera de las decisiones sobre el futuro de nuestros pueblos, donde justamente ellos deberían estar en el centro de todo.
Durante las reuniones también insistieron en que cualquier organización que intervenga en estos asuntos debería respetar la Ley Indígena y las formas propias de organización comunitaria, y que las decisiones deben construirse con la participación del pueblo y mediante acuerdos.
También se cuestionan las formas de comunicación, ya que no están adaptadas a las necesidades de toda la comunidad, especialmente de las personas mayores que no saben leer. Según señalaron, esto limita su acceso a la información y dificulta un diálogo más directo entre la ADI y las personas del territorio, así como el reconocimiento de sus formas de organización y sus tradiciones.
Autogestión y autonomía para una vida digna
Pese a las dificultades, los recuperadores destacaron el trabajo de las familias para establecerse y mantener activas las tierras recuperadas. Las viviendas, las parcelas y los cultivos reflejan un proceso que, según explicaron, han construido y sostenido mediante su propio esfuerzo y aprendizaje.
Muy orgulloso de la gente de aquí, de San Andrés, no esperando que la Asociación nos dé las cosas […] nosotros podemos hacer las cosas, expresó uno de ellos.
Durante un recorrido por la parcela de Gerald, uno de los recuperadores de Finca San Andrés, fue posible observar parte de ese proceso. En un terreno antes utilizado como potrero, ha desarrollado por cuenta propia un sembradío de cacao que mantiene y amplía mientras aprende sobre su manejo. Además de su aprendizaje autodidacta, ha buscado recomendaciones sobre qué especies sembrar y cómo organizar los cultivos, entre ellas la incorporación de guaba junto al cacao.
Con el paso del tiempo, el terreno también ha recuperado parte de su cobertura vegetal: donde antes predominaba el potrero, actualmente se observan cultivos y una mayor presencia de vegetación que ha surgido naturalmente gracias a la protección de las personas indígenas. El proceso muestra cómo algunas familias no solo han ocupado las tierras recuperadas, sino que han aprendido a trabajarlas y transformarlas mediante sus propios recursos y conocimientos adquiridos en el camino.
En Crün Shurín, la autogestión también se ha expresado en la organización comunitaria. Durante la reunión, los habitantes recordaron que en la finca se han impulsado clases para recuperar palabras del idioma indígena, procesos de trabajo junto con universidades y espacios de organización colectiva, entre ellos la creación de un sindicato. También señalaron que varias familias se han establecido allí de forma permanente y que incluso han nacido niños dentro de la recuperación. Para ellos, permanecer en la tierra implica no solo habitarla, sino construir comunidad y sostener prácticas culturales y organizativas propias.
Conflictos impuestos pero salidas colectivas
Después de más de una década, en San Andrés y Crün Shurín se ven las consecuencias de la imposición de formas organizativas que no son propias de los pueblos indígenas. El reglamento, las atribuciones del Estados hacia las ADIs en territorios indígenas y las formas de la ADI de Térraba, visibiliza las herramientas de cohesión que pueden aplicar estas instancias sobre la población indígena.
Las personas participantes piden gobernar su territorio de acuerdo con sus tradiciones e ideales y continuar con procesos como el saneamiento de las tierras, la construcción de comunidad y el rescate cultural.
El reto para las comunidades de San Andrés y Crún Shurín es uno colectivo y contrarreloj, pero como susurró Doña Ballvina, ellos y ellas al ser quienes se ven directamente afectados, no pueden darse el lujo de ser pesimistas.









